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sábado, 21 de febrero de 2026

La cara es el espejo del alma

Puede que la abstracción sea la herramienta más poderosa de un escritor de ficción. Más que la imaginación, con la cual está emparentada en promiscuo concubinato. Más que el lenguaje, que sólo es un vehículo expresivo. Más que una buena biblioteca o, en su versión contemporánea, un buen acceso a Internet, donde buscar documentación solvente. La abstracción está por encima de todas ellas. Si quieres escribir fábulas, debes ser capaz de abstraerte.

abstraer

Del lat. abstrahĕre 'arrastrar lejos', 'apartar, separar'.

1. tr. Separar por medio de una operación intelectual un rasgo o una cualidad de algo para analizarlos aisladamente o considerarlos en su pura esencia o noción. 2. prnl. Concentrarse en los propios pensamientos apartando los sentidos o la mente de la realidad inmediata. 

He tenido oportunidad de volver a recordar este axioma en fecha reciente. Aunque entonces no lo llamé «abstracción», sino llamé «esquizofrenia dialéctica». Y me quedé tan ancho.

Vayamos por pollas, digo por partes, que decía Sasha Grey, digo Jack el destripador. Tenemos que empezar por hacer diversas suposiciones:

Supongamos que eres el autor de un libro de fantasía oscura (grimdark fantasy, lo llaman ahora los insufribles gafapásticos cagapoquitos). Y quiero decir MUY oscura. Oscura como los cojones de un grillo. Como el corazón de un concejal de Urbanismo. Oscura como el pelo del chocho de Riley Reid.

Cuando digo «oscura» estoy hablando de una novela protagonizada por personajes ambiguos y adultos, con preocupaciones complejas, multiestratificadas, contradicciones extremas e, incluso entre los «mejores» de ellos, lapsos morales realmente indigestos. Una novela con tramas entrecruzadas, temáticas ambiciosas, macedonia de géneros (noir, ciencia-ficción, thriller político, fantástico, terror, bélico), erotismo a raudales y violencia explícita, sádica.

No es El señor de los anillos, por oscuros que puedan ser algunos capítulos de ese libro. Ni siquiera es el libro random de fantasía con la típica ambientación falsomedieval que J.R.R. puso de moda y al que se adhieren mayoritariamente incluso los autores más modernos y transgresores del subgénero grimdark: El Gordo Cabrón, John Gwynne, R. Scott Bakker, Steven EricksonAndrzej Sapkowski, Joe Abercrombie, Glen Cook, Mark Lawrence, Robin Hobb... por no olvidar los precursores, como el anarquista Michael Moorcock con libros, autor de clásicos del calibre de El bastón rúnico o la Saga de Elric de Melniboné.


Como te gusta complicarte la vida, o porque has leído demasiada fantasía deplorable escrita con esos códigos (o porque ya intentaste en su día perpetrar tu clon de Tolkien, y te sentiste al menos tan sucio como cuando tu dulce hermanita de catorce años te pilló haciéndote una gayola con el catálogo del Venca), has ambientando tu novela de fantasía oscura en la última década del siglo XX, en un mundo muy parecido al tuyo. Y, porque esas parábolas en blanco y negro, donde los buenos son siempre irreprochables y los malos son peores que la carne del pescuezo, ya no armonizan con tu experiencia adulta del mundo (y probablemente tampoco lo hagan con tus lectores), le has metido a tu experimento de grimdark fantasy contemporáneo personajes más o menos execrables, bizantinas luchas corporativas, bandazos de geopolítica, un inquietante deep state de multimillonarios  narcisistas y psicópatas, unas chispitas de chocolate de mitología, artes marciales, gánsteres, acciones encubiertas de equipos de operaciones especiales y mucha follasión. Y decimos follasión no siempre heterosexual y no siempre entre adultos consentidores.

Síp. Tu libro de «espada y brujería» es, en realidad, un libro de «fusiles de asalto y brujería», de «armas atómicas y brujería», de «opas hostiles y brujería», de «mitología nórdica y brujería». Cómo coño has logrado hacer funcionar eso, o si lo has conseguido siquiera, queda a discreción de los lectores, no a la tuya. Con un poco de suerte, estarán demasiado ocupados buscando la siguiente escena sórdida de POOOOOOOLVAAAAAASOOOO viscoso y denigrante para darse cuenta de que has compuesto un pastiche que no termina de empastar del todo.


Como eres un lector bulímico y tienes un par de neuronas que se hablan entre sí, has notado la característica fundamental del grimdark, que lo diferencia de la fantasía épica tradicional, e intentado incorporarla a tu libro: en las novelas «estilo Tolkien», los héroes siempre hacen lo correcto (o al menos eso es lo que se espera de ellos, tentación de Boromir aparte). En tu novela, los «héroes» hacen lo que pueden, lo que les dejan o lo que no les queda más remedio. Y, a veces, el único curso de acción a su alcance es escoger el menor de dos males. Y descubrir si pueden o no sobrevivir a las consecuencias de su elección. Tolkien es fantasía infantil y adolescente, llena de magia, maravilla y esperanza incluso en la hora más oscura de la Tierra Media desde los tiempos de Morgoth y la caída de Gondolin. Tu libro es fantasía para adultos baqueteados, desencantados y con poca o ninguna fe en el futuro, lectores que necesitan que alguien les diga que lo están haciendo tan bien como pueden, y que tal vez la sospecha de que el mundo conspira contra ellos no está del todo desinformada.


¿Me sigues por ahora, querido lector? Bien.

Ahora supongamos que un día te sientas a diseñar un portafolio gráfico para la novela, el abecedario visual, los códigos plásticos del libro. En principio, empieza como un juego. Dado que tus amigos dibujantes están siempre muy ocupados (y 
todavía estás esperando el último encargo que les hiciste, en 2019), o eso dicen, los cacho cabrones; que tú llevas la tira y los que se andan a gatas sin dibujar sistemáticamente (con lo cual, para desoxidarte, tendrías que empezar prácticamente de cero), echas mano de ChatGPT y, regateo aquí, regateo allá, maquíllate, maquíllate, obtienes un primer diseño de dos de los personajes de tu novela que te deja razonablemente satisfecho.
(Te dices a ti mismo que sólo son bocetos, referencias visuales, material de apoyo para tu novela; pero la tentación de usar el dibujo tal cual es casi irresistible, aunque la idea te hace sentirte un poco sucio, como ver el más reciente vídeo ginecológico de tachán tacháaaaan, a ver si lo adivinas).
Deutschland!

Pero coges vicio. Y te curras algunas imágenes más. Con unos prompts exasperantemente largos, que probablemente justificarían por sí solos el pico en el precio de la memoria RAM, te haces con una pequeña carpeta de dibujos inspirados en los personajes y el universo ficticio de tu novela.

Y llega el momento en que te quieres currar una portada para el libro (bueno, vale, dos; no hay puta manera que ese ladrillo quepa en un único volumen).

Y aquí es donde empieza el problema.

Tomas la imagen original, la de los personajes de tu novela que tanto te gustó. La encuadras en un formato estándar de libro en rústica. Le pones el título. Le pones tu nombre. Y durante un tiempo te sientes muy orgulloso de haberte conocido.

Y luego algo empieza a oler a pañal de abuelo. De abuelo muerto hace doce años.

La portada es preciosa. Tan bonita como los ojos de Alexandra Daddario. Probablemente la única mujer de la historia de la humanidad que ha dicho, alguna vez en su vida, «mis tetas están aquí abajo, lince».
Pero tu, que has escrito la novela, sientes que algo no funciona. Que eso no está bien. Que no es la portada apropiada para la obra que introduce. Que no es una fiel representación del tono, temática y, lo más importante, público objetivo al que está dirigido el libro.

¡Pero joder, qué bonita es esa portada, por Dios! ¡Y qué cachondo te pone! ¡Te pone más cachondo que ver a una lesbiana cortando leña!

¡Pero mierda, qué desasosiego más gordo te embarga cuando intentas reconciliar esa portada tan erotizante con el libro que introduce!

Y entonces se produce la escisión. La abstracción. En una proeza intelectual, divides tu conciencia en dos personajes con objetivos contrapuestos: el escritor y el artista con formación en Bellas Artes e Ilustración, los encierras en una habitación de tu mente y los obligas a dialogar en un ejercicio deliberado de e
squizofrenia dialéctica.

Y, saques algo en limpio o no, en el peor de los casos ya te has currado la nueva entrada del Paratroopers.

En este diálogo escindido, Tú, El Escritor, presentas un pliego de condiciones en el que exiges que las portadas tengan como motivo icónico principal los personajes (ese dibujito hecho con IA del que te sientes tan hipócritamente orgulloso). Y es hasta cierto punto de esperar que así sea. Tú, El Escritor, has pasado años dentro de la cabeza de esos personajes. Te has enamorado de ellos, hasta de los más chungos. Has vivido con ellos sus aventuras, sus decisiones, sus errores y proezas. Y, encima, tienes ese precioso dibujo que, ah, joder, ¡qué sensación tan extraña, tan maravillosamente estimulante, poder mirar por primera vez a los ojos a los hijos de tu imaginación y que ellos, a su vez, te devuelvan la mirada!

Tú, El Ilustrador, escuchas a ese gilipollas largar mamonadas por su sucia boquita y tienes que contenerte las ganas de darle cuatro patadas en la sien y petarle el cacas mientras está en el suelo, llorando y llamando a su puta madre. Así que aprietas el culo y asientes como si un mongólico mientras el imbécil del Escritor enumera todas y cada una de sus «razones» (que en realidad son sólo excusas y justificaciones) para pedirte que pongas en la portada de su libro algo que, como responsable del apartado visual de la novela, sabes perfectamente que NO va a funcionar.

Pero por el momento, tú, El Ilustrador, callas y escuchas. Es mejor dejar a los imbéciles ventilar de una sola vez toda su diarrea mental antes de empezar a explicarles por qué son unos completos retrasados en Diseño Gráfico y promoción editorial.

Así que dejas que el pelotudo del Tú Escritor hable y hable, y mueves la cabeza como un perrete de esos de salpicadero de coche, los de la cabecita loca. No porque le estés dando la razón, al pobre bastardo, sino porque, si no le interrumpes, acabará mucho antes de decir chuminadas.

Y tú, El Escritor, terminas de ponerte cachondo... quiero decir en evidencia, y tú, El Ilustrador, empiezas a hablar. Y empiezas fuerte, para marcar tu territorio:

«Mira, piltrafilla, lo que tú me estás describiendo es la receta de un FRACASO de ventas o una demanda civil colectiva, interpuesta por padres de adolescentes traumatizados, que va a temblar el misterio».

«¿Qué?», dice el Tú Escritor, y el Tú Ilustrador pasa a explicarse.
Mein Herz in Flammen!

Como la literatura, las artes plásticas tienen su propia gramática. Una ilustración de portada transmite un mensaje no ya por la escena que pueda o no pueda representar, sino por el motivo pictórico escogido, la técnica empleada, la composición visual, la posición, color y dirección de la luz, ¡la puta tipografía! Una paleta de colores errónea, un tipo de letra irresponsable, y tu novela ligera sobre un otaku adolescente que desarrolla superpoderes de tanto jugar al Animal Crossing, acabará en El Corte Inglés al lado de los Libros de la sangre de Clive Barker.

«¿Qué?», repite el Tú Escritor.

La representación en portada del cuerpo humano, particularmente de unos veinte años a esta parte, se reserva, con carácter prácticamente exclusivo, para la literatura romántica, la novela histórica y los libros orientados a un público infantil y juvenil; aunque estiremos la etiqueta «juvenil», hasta casi romperla, para que alcance la categoría que en inglés se llama «young adult» (y que abarca una horquilla desde los 12 a los 18-20 años). La fantasía adulta, y tu libro, Escritor, es ADULTO DE LA HOSTIA, ha desplazado el diseño de sus portadas de lo figurativo a lo simbólico, del personaje a lo conceptual. Y hay buenas razones para haberlo hecho así.

(Tú, El Escritor, remueves el culo en el asiento, como si te picasen las lombrices).
En primer lugar, la literatura de «ficción especulativa» (género que engloba la epic fantasy de toda la vida y todos los subgéneros de ciencia-ficción que conozcas, y los que se hayan inventado mientras escribíamos este párrafo) ha perdido por fin el virgo. O sea, la inocencia. Ya no se resigna a ser considerada «literatura de segunda», «escapismo descerebrado», «pienso para pajeros». Por eso el diseño de sus encuadernaciones rechaza la apariencia pulp que caracterizaba el género en los ochenta y noventa, y que no era más que la inercia adquirida por aquellas portadas de la Edad de Oro. El género ya no se resigna a subsistir exclusivamente de lectores adolescentes y juveniles, de modo que opta por reclamos visuales que transmitan tono, prestigio y complejidad, no la enésima pitoflautez con dragones y elfos.

En las portadas modernas de los libros de fantasía adulta (el matiz es importante), la figura humana desaparece, se fragmenta, se abstrae, queda reducida a una silueta o se confina en las ediciones ilustradas o de lujo. Y eso es debido a que la portada, «el alma» del libro, debe hacer, de cara al lector, la promesa de lectura CORRECTA.

Una portada de Grimdark Fantasy con personajes reconocibles, calidad narrativa y literalidad más o menos expresa no está susurrando «grimdark fantasy», sino gritando «¡FANTASÍA LIGERA GENÉRICA! ¡PÚBLICO JUVENIL! ¡ÉPICA CONVENCIONAL! ¡EXPANSIÓN DEL AD&D! ¡TOLKIEN, CÓMEME LOS HUEVOS POR DETRÁS!» e incluso «¡FANART-ARAMA! ¡R.A. SALVATORE! (y hasta las portadas de sus libros han empezado a alejarse del estilo D&D)».

Ahora imagínate, Tú El Escritor, por un momento transmutado en Tú El Lector (esquizofrenia plus), pasando por la sección de novedades de la FNAC y viendo esa portada que tanto te gusta, envolviendo la novela que has escrito. Si eres un lector adulto, del tipo que ya no se pone palote con elfas de rotundas tetas y dragones de duras escamas, pasas de largo y limpias la caché de tu memoria a corto plazo. Si eres un adolescente seboso lleno de acné y que acaba de empezar a hacerse las primeras manuelas, abres el libro... y te abofetean los personajes oscuros, de moralidad dudosa, te salpica la cara la sangre y tripas de las escenas de violencia gráfica, y te chorrean en los ojos los fluidos venéreos de los pasajes de sexo turbio y explícito.

Y devuelves a la estantería ese catálogo de decapitaciones, incesto, asesinatos en masa, ninfomanía, desmembramientos y coito anal. Porque no tienes la edad
que necesitas, ni la vida te ha dejado aún suficientes cicatrices, para procesar una novela con ese bagaje. La portada del libro te ha engañado. Ha defraudado tus expectativas. Te ha anticipado falsamente un tono, temática y lenguaje del que en realidad la novela carece y que NUNCA tuvo intención de ofrecerte. Mientras tanto, el público lector que podría estar interesado en una obra así, pasa DE LARGO sin dedicarle una segunda mirada a esa «nueva mierda para lúsers y pereros».

El problema no es que la figura humana, en portada, expulse al lector adulto (y dañado, y amargado). Es el lenguaje visual, el propósito y naturaleza de esa representación de la figura humana lo que puede desorientar al público al que está destinado tu novela (y especialmente al que NO lo está). Entiendo que tengas la picha hecha un lío, Tú El Escritor, si tu idea de «portada de libro de fantasía» es un bárbaro dibujado por Frank Frazetta o una putaca con bikini de cota de malla firmada por Boris Vallejo. Ya me toca la funda de las bolas tener que ser yo, el Tú Ilustrador, el que te lo diga a ti, el Tú Escritor, pero las poses heroicas, la mirada al lector, la estética de cómic/anime/arte conceptual, transmiten el mensaje «¡Somos los protas! ¡Yuuuuupiiii! ¡Míranos! ¡Mira cómo molamos! ¡Molamos tanto como una peli de Zack Snyder

Y eso no va a hacer que se detengan ante tu libro de fantasía oscura, lucha desesperada contra poderes omnímodos, gobiernos en la sombra y fornicio, los únicos lectores que podrían apreciarlo.

Las portadas de fantasía adulta que todavía recurren a la figura humana no se limitan a recrear escenas y tropos de tu libro favorito de «escoge tu propia aventura». Convierten el cuerpo humano en un icono, cargan las tintas en la atmósfera, diluyendo la identidad y la sensación de «personaje protagonista», procuran evitar los rostros claros o las expresiones. La mayoría del género ha dejado progresiva y preferentemente de lado el estilo figurativo y abrazado el simbolismo visual. Canción de fuego y hielo: blasones, colores planos; la saga de The Witcher, vuelta la espalda (con matices y excepciones, sigue leyendo) al cuerpo humano: iconos, texturas, atmósferas. Joe Abercombie: paisajes desolados, abstracciones, objetos inanimados, tipografías puras. Mark Lawrence: arquitectura, paisajes, claroscuros (de nuevo con salvedades).

«Pero», protestas Tú El Escritor, «la portada debe ser la extensión emocional de la novela. Y la novela reposa por entero sobre los hombros de sus personajes. Situarlos en la portada es el reconocimiento que merecen. Es lo que los hace REALES, más allá de las palabras que los describen».

No, dices Tú El Ilustrador. La portada es la interfaz entre el libro y el mercado. Tú, Escritor, estás pensando en tus personajes. Tú, El Ilustrador, tiene la responsabilidad de pensar en los lectores que aún NO LOS CONOCE. Y esa portada no debe desafiar a los libreros («¿Dónde mierda pongo esto? ¿A quién cojones se lo ofrezco?»), sino encontrar de manera orgánica su lugar en las mesas de novedades, debe ser, y esto es muy importante, ser legible en los thumbnails de Amazon y evocar, sin esfuerzo, otros títulos del mismo género.

«Pero...», protestas Tú, El Escritor.

No hay peros, le interrumpes Tú El Ilustrador, y no he terminado de hablar.

Las portadas pulp de los años 30, 40, 50 y 60, cuya resaca pareces no haber superado, Tú El Escritor, no eran figurativas y vistosas por inmadurez artística de sus artistas o lectores, sino por pura necesidad. Esos libros y revistas se vendían en kioscos (el concepto «librería especializada» es de ayer por la tarde), donde competían por la atención del comprador con otros libros, revistas, cómics y tabloides. El lector tenía segundos para decidir en qué se gastaba sus veinte centavos. Las portadas tenían que contar, con el mínimo esfuerzo, qué-pasa-aquí, de-qué-coño-va-esto, me-va-a-gustar-o-no.

Por eso esas portadas «clásicas» muestran cuerpos humanos, normalmente ideales anatómicos, acción congelada, conflicto escenificado y erotismo implícito o expreso. Un lenguaje visual DE IMPACTO, empleado expresamente para atraer la atención del lector en un entorno saturado de «ruido» sensorial.

La caída del kiosco tradicional coincide con el ascenso del «lector iniciado». El género de ficción especulativa se desplaza a las librerías. Los libros reemplazan a las revistas pulp encuadernadas en papel tan barato que se desintegraban mientras las leías. El comprador ya no es un consumidor ocasional, es un lector fiel que conoce el género, que sabe moverse por la sección de fantasía de la librería, que reconoce el nombre del autor porque está familiarizado con su obra.

En este momento histórico, las portadas del género ya no necesitan ser descriptivas. Es entonces cuando digievolucionan y se convierten en identitarias. La fantasía y la ciencia ficción, que durante décadas han arrastrado el contrapeso de «literatura escapista», «género menor», «entretenimiento para adolescentes», escoge abjurar de sus propios clichés (que, repetimos, surgieron originalmente como herramienta de SUPERVIVENCIA). Abandona a las doncellas en peligro, castra a los guerreros semidesnudos, expulsa a los monstruos lovecraftianos.

¿Y cómo se expresa esa nueva estrategia promocional en las editoriales? Pues adoptando códigos extraídos directamente de las portadas de la novela histórica, la ficción «madura» y el ensayo. El contenido no cambia. Asimov sigue siendo el mismo viejo verde obsesionado con las tetas. Úrsula K. Le Guin aún habla sin tapujos de sexualidad en La mano izquierda de la oscuridad. El contenido es el mismo, es el continente el que ahora reivindica la dignidad de un género que ha dejado de disculparse por existir y conquistado su lugar en el mercado.

Y al género de ficción especulativa, esta transición le pilla en mitad de una zancada. Es notorio el cambio en el estilo visual de las portadas de GRRRR Martin, de la época en que Canción de fuego y hielo era otra obra de nicho, alpiste para incels y gordos gafotas, a la actualidad: las típicas convenciones sentadas por los manuales y novelas de Dragones y Mazmorras son descartadas y reemplazadas por portadas simbólicas. Pura metonimia. Conceptualización más o menos acusada.

Las primeras ediciones de Canción de fuego y hielo heredaron el rico, pero ya caduco, patrimonio visual de D&D. Un imaginario que comunica épica clásica y una orientación juvenil, convencional, que mal conciliaba con una historia con forbidden love entre hermanos, enanos borrachos, cinismo, villanos triunfantes, héroes pánfilos, borracheras, nihilismo expreso, zombis, tetas, diarrea, bodas rojas, torturas, putas y puñaladas traperas.

Las ediciones más recientes de la serie (que probablemente nunca veremos terminada, por razones analizadas aquí), parten de un pool de lectores que ya sabe quién es el Gordo Cabrón (bien porque conocen sus libros, bien porque han visto la serie de televisión, de temporada final tan dolorosamente decepcionante) y de qué va esto de las tetas y los dragones. Por eso los ilustradores de las portadas de las reediciones abandonan el personaje y priorizan el mundo, el sistema, el conflicto, en un mundo donde los protagonistas están trabados en una mezquina lucha por el poder (mientras crece en la sombra la verdadera amenaza que todos deberían unirse para combatir).

El huargo de los Stark, el ciervo de los Baratheon, el dragón de los Targaryen, no son dibujos bonitos, son condensadores semánticos. Iconografía identitaria. Y funcionan como atractores visuales e identificadores de marca porque, a la par que se producía la evolución del género, también han crecido y madurado sus lectores. El lector contemporáneo ha visto cine de ciencia ficción y fantasía, ha leído cómics, ha jugado a videojuegos, reconoce los tropos del género y está familiarizado con el hedor a cliché. Porque en ficción especulativa, como en todo lo demás, la mayor parte de lo que se escribe es mierda. Y quiero decir mierda con marcianos, elfos, viajes a la velocidad de la luz y dragones, que es la peor clase de mierda imaginable.

Ese lector contemporáneo sabe lo que promete una portada figurativa: liviandad, personajes irreprochables y monolíticos, villanos estereotipados, suspense de plastilina, moralina más o menos evidente. Y también ha aprendido a identificar lo que se oculta tras una portada simbólica: un worldbuilding rico y profundo, personajes ambiguos y complejos (es decir humanos), superposición de capas narrativas y temas adultos, un texto que RESISTE la relectura, que NO SE AGOTA en la superficie.

La competencia con otros productos culturales ha aportado su granito de arena a esta decadencia de la ilustración figurativa. Los principales rivales del libro son el cómic y, por encima de todo y casi exclusivamente, el cine y las series de televisión. La novela adulta (quitamos aquí los epítetos, porque es una norma universalmente válida) no se beneficia intentando conquistar la atención del público de HBO, no debe cometer el error de perseguir las cifras del nuevo título del MCU, porque si entra a ese campo de juego, si acepta sus reglas, inevitablemente PERDERÁ.

Dos o más personajes en portada, haciendo posturitas y poniendo cara de aguantarse un pedo choricero, no conseguirán que tus posibles lectores saquen los hocicos de sus teléfonos móviles.

El símbolo, el icono en portada, renuncia a esa batalla, perdida de antemano. Desplaza la atención del lector a un plano diferente, donde puede competir con dignidad y posibilidades de victoria contra sus declarados enemigos. Promete complicidad intelectual, profundidad filosófica, recompensa al tiempo invertido en su lectura.

Algo que los medios audiovisuales raras veces pueden ofrecer y nunca igualar.

«Bueno«, dices Tú El Escritor, «pero la edición de Orbit de 2025 de la saga de Geralt de Rivia vuelve a tener personajes en portada».

Algunas ediciones. Algunas ediciones, amigo Escritor. Las encuadernaciones de Orbit para las novelas de El Brujero no descalifican mi tesis, sino que la ratifican al materializar perfectamente esa tensión entre el antiguo y el nuevo lenguaje visual. Y, precisamente, la saga de Geralt de Rivia no puede tomarse como referente porque Gerardo El Magias es una IP consolidada, conocida por el espectador y el lector promedios, que ya están al corriente de su carácter adulto, oscuro, trágico.

Geralt, Yennefer, Ciri, Triss Merigold, no son personajes nuevos que tengan que encontrar su hueco; a estas alturas de la película ya son PUTOS iconos pop y arquetipos culturales. Además, en Orbit no han «recaído» en la estética pulp ni intentado rescatar del olvido los muñegotes de libro de Timun Mas. Sus portadas figurativas son atmosféricas, melancólicas, de un estilismo frío, escultórico. Y ese argumento es más o menos extensivo, por no individualizar, a casi todas las demás portadas figurativas de fantasía adulta que nos puedas tirar a la cara (algunos ejemplos de las cuales ilustran la presente entrada). En casi todos los mercados, en casi todos los idiomas.

Las portadas de Orbit para The Witcher no dicen, «volvemos a los años 60», dicen, «podemos hacer lo que nos salga de la polla porque The Witcher es marca».

El papel del artista de portada no es hacer concesiones al autor, es traducir su novela a un lenguaje legible, que comunique la impresión apropiada y sea fiel al contenido del libro. Que atraiga al lector correcto. Y eso se logra mediante una composición adecuada, un código cromático acorde al tono, atmósfera, historia de la novela y público al que va orientado. El ilustrador de portada puede y debe, o no estaría HACIENDO SU TRABAJO, convertir el INFIERNO de una novela (sobre todo una tan larga y enrevesada como ésta), en un símbolo sofisticado, en un sistema visual que transmita la información correcta al lector correcto.

Y eso no pasa por plegarse a todos los deseos del Tú Escritor.

El Tú Escritor ya ha hecho lo más difícil: escribir el libro.

El Tú Ilustrador tiene ahora por delante una misión no menos esforzada y afanosa: PROTEGER el libro. Convertir tu exuberante universo imaginario en concepto. Crear UNA marca reconocible. Establecer de manera inequívoca el tono y temperamento de la novela. Garantizar en portada una unidad conceptual y una lectura clara que permitan, sin vacilaciones, una muy necesaria DIFERENCIACIÓN de género (literario, no gilipóllico). Respetar la complejidad del libro sin convertir su cubierta en «ruido blanco» incomprensible. Lograr que la tapa sea una puerta que el lector esté deseando cruzar, no un póster de habitación de estudiante universitario que se arruga y tira a la basura después de los exámenes de junio.

Por eso, Tú El Escritor, cuando se trate de cuestiones de diseño de portada, o de cualquier otro tipo de recurso visual, deberías callarte la PUTA BOCA y dejarle ese trabajo al Tú Ilustrador. Zapatero a tus zapatos.

«¿Y... crees que estarás a la altura del desafío, o que podrás encontrar a alguien que lo esté?»

Creo que ya hemos llegado al final de la entrada de esta quincena. Y que en realidad no importa lo que haga o deje de hacer, porque tu libro, como casi todos los libros, probablemente no sea más que una mierda.
(Aquí entramos en ESQUIZOFRENIA MODE [OFF] y recuperamos la unicidad de nuestro ser).

sábado, 6 de julio de 2024

Necesitas un poco más de katsugen en tu dieta (II)

En una entrada anterior atendimos tu expreso deseo, oh, tirano lector, ¡cómo te malcriamos!, y te recomendamos cinco títulos de manga con historias de amor adolescente entre personajes que, a priori, estaban condenados a no entenderse jamás. Vamos, la misma temática que el manga My Dress-Up Darling, que seguimos sin entender por qué todavía no estás leyendo, ¡cojonazos! ¡Que eres un cojonazos!

De nada.

Tu ración de katsugen para hoy.

Hoy queremos hacer algunos añadidos a esa lista.

Porque sí.

Porque no hemos agotado el repositorio de manga romántico adolescente con elementos de comedia (aunque ya nos dijiste, amado lector imaginario, que comenzaban a interesarte otros géneros de manga).

Porque nos resuelve la entrada de la bitácora.

Porque nos da una excusa para seguir poniendo GIFs de japonesas haciendo golferías con la excusa, falaz, de no explicarnos nuestra fascinación por ellas.

Ahí va el lote:


Lv2からチートだった元勇者候補のまったり異世界ライフ / Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu / Relajándome en otro mundo con súper poderes de nivel 2 para hacer trampas, de Miya Kinojo, empezó en 2016 como serie de novelas digitales en la página web de autoedición Shōsetsuka ni Narō (sí, ellos otra vez; la misma página donde empezó su andadura Tokidoki Bosotto Roshiago de Dereru Tonari no Arya-san, que te recomendamos en la anterior entrada), pasó en seguida al papel de la mano del sello editorial Overlap, escrita por el mismo Kinojo e ilustrada por Katagiri (nombre artístico o señor sin apellido, aparentemente). Y tuvo suficiente éxito para ser vertida en 2019 al manga, bajo la firma de Akine Itomachi, serie de la cual se han editado ya 10 volúmenes, y que, era casi inevitable, ha sido trasladada también a un serial de anime simplemente adorable que cerró su primera temporada de emisiones en este mismo mes de junio de 2024.

La historia de Relajándome en otro mundo... es, como su propio nombre indica, un isekai (ya sabes, o tal vez no, millennial de mierda: Fushigi Yûgi, El-Hazard, Tenkū no Escaflowne, Magic Knight Rayearth...), así que, si no te gusta este género (espectacularmente prolífico en la última década y pico), deja ya de joder y pasa al siguiente título de nuestra lista. Pero ya te digo que te vas a perder una serie divertidísima.
(O, mejor aún, si no te deja el isekai deja de leer, ¡gentuza! Porque, si no te gusta el isekai, no te gusta Sen to Chihiro no Kamikakushi, y eso significa que  no mereces respirar el mismo aire que yo. ¡Basura! ¡Funcionario! ¡Ministro!).

Banaza, el bondadoso y tolerante protagonista de Relajándome en otro mundo... es invocado por los magos del reino de Klyrode como candidato a héroe que deberá guiarlos hacia la victoria en su guerra contra los ejércitos de El Oscuro, pero los magos que lo han invocado descubren que no tiene ningún poder ni habilidad de consideración. Además, justo después de llegar Banaza a Klyrode, un segundo héroe, el Héroe Rubio, con unas estadísticas del cagarse, hace su aparición en la sala de invocaciones. Y la gente se emociona tanto con él que olvidan devolver a Banaza a su mundo hasta que el portal ya se ha cerrado, así que al pobre Banaza lo destierran a un bosque (que, incidentalmente, está en poder de los ejércitos del Oscuro) y hacen un esfuerzo por olvidarse de que existe, y de la pasta que se han gastado en traerlo desde su mundo. Allí, ya solo, Banaza mata un slime (una especie de gelatina inteligente, típico monstruo de bestiario de Dragones y Mazmorras) que, jum, jum, ha atraído los hechizos ocultos de «atraer monstruos» que le han puesto en el castillo del rey de Klyrode para que un bicho se coma a Banaza y se joda, por no ser el héroe que todos necesitaban, y, cuando mata al slime, todas sus estadísticas se disparan al infinito.

Sí, he dicho «estadísticas». Esto de incorporar, al universo de un manga de temática fantástica, características sacadas de los videojuegos de rol es, de un tiempo a esta parte, una tendencia creciente que no puedo decir que esté siempre bien utilizada. Bueno, volvemos con Banaza: de ser un mierda seca acaba de convertirse en el gigachad supremo. Es, probablemente, la criatura más poderosa de Klyrode. Ahora podría vengarse del gilipollas del rey de Klyrode, que lo ha secuestrado e intentado matarlo (un pieza, su Bajestad), y de sus lerdos magos. Pero eso no va con su carácter. Banaza era un mercader en su mundo y sólo quiere vivir en paz. Una casa. Un trabajo honrado. Amigos. Tal vez una novia. Y de la guerra entre los demonios y los humanos de Klyrode, prefiere no saber nada. Es un forastero, no conoce los motivos de ninguno de los dos bandos para estar a la gresca y no va a tomar partido. Pero, en su opinión, estaría fetén que los humanos y los monstruos aprendiesen a convivir sin hacerse la puñeta los unos a los otros.

Lo que no quiere decir que no acabe teniendo que usar sus poderes semidivinos. Más de una vez, y a desgana, pero tiene que usarlos. Sobre todo porque el Héroe Rubio de estadísticas impresionantes es un miserable cobardica, corrupto y engreído, incapaz de ganar una mísera discusión sobre fútbol, no te digo ya una batalla, y que le hace unos rotos al ejército de Klyrode que ríete tú de una novia latina.
(También me llama la atención el recurso constate, en las historias de muchos manga y anime que he leído últimamente, al tropo del «mierdecilla sin habilidades al que todos putean porque es una miserable nulidad en todos los aspectos, pero que acaba consiguiendo poderes casi absolutos, a veces de chiripa, otras a base de pura disciplina y fuerza de voluntad, y convirtiéndose en LA REHOSTIA en vinagre». Tema repetido en otros manga como Isekai De Cheat Skill Wo Te Ni Shita Ore Wa, Genjitsu Sekai Wo Mo Musou Suru ~Level Up Wa Jinsei Wo Kaeta, Hazure Waku no [Joutai Ijou Skill] de Saikyou ni Natta Ore ga Subete wo Juurin Suru made o Solo Leveling. Supongo que es la sobrecompensación típica del nerd gordo, virgen y con ansiedad social. Y lo digo con conocimiento de causa).

El componente rom-com de Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu es introducido por Fenrys (Rys, para los amigos) que, a pesar de su nombre, no es el lobo gigantesco, hijo de Loki, que devorará el sol cuando llegue el Ragnarok, sino una diablesa del ejército del Oscuro, hermana de uno de sus más poderosos generales. Banaza la derrota en combate y Rys se somete a él, respetando la tradición de su pueblo de doblegarse ante el más fuerte. Muy lejos de aprovecharse de la pobre Rys, Banaza la acoge como compañera de aventuras y le ofrece respeto, consideración y cariño. Y Rys acaba enamorada hasta las trancas de Banaza, y comienza a llamarle «ダンナ様», «Danna-sama» (literalmente «querido esposo»). Y empieza a intentar aparearse con él (¿qué pasa? Es medio loba. No vas a pedirle la misma contención secsuaaaaarl que a una persona promedio). Y el hecho de que, por la dulzura de su ánimo, carácter servicial e insobornable sentido de la hospitalidad, Banaza atraiga a su lado a un chorro incontenible de macizas, altera la presión arterial de Rys, que es celosa y un pelín territorial y se pregunta cómo carajos va a tener momentos de calidad con su cariñito mientras siga rodeado por la amazona rubia, y un poco lerda, Balirossa, el chicote musculado Blossom, la timorata maga Belano YO-NO-LE-HE-PUESTO-NOMBRE-BORRA-ESA-CARA-DE-GILIPOLLAS-PROFUNDO, la arquera Byleri o el/la andrógino/a genio Hiya (tetas tiene, pero no sabemos si los gitanales se le meten para dentro o le salen para fuera, aunque l@ amamos igual), o sea requerido por la prudente y sensata princesa de Klyrode (reina, después de derrocar al bulto inútil de su padre), que parece que también le empieza a hacer tilín.

El mensaje de comprensión, tolerancia, convivencia y perdón de Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu (hasta al abdicado Señor Oscuro Gholl y a la nekomimi Uliminas, la jefa de su servicio secreto, acaba hospedando Banaza en su casa, con la única condición de que no lastime a los otros residentes ni a ningún humano) debería ser suficiente para que te lances a leer... bueno... Lv2 kara Chīto... etcétera, a menos que seas un mojón reseco, muerto por dentro. Y, si no lo haces por el precioso dibujo y por los valores que transmite, hazlo por los juajuas.

転生コロシアム~最弱スキルで最強の女たちを攻略して奴隷ハーレム作ります~ / Saijaku Skill de Saikyo no Onna-tachi o Koryaku Shite Dorei Harem Tsukurimasu / literalmente «Coliseo de la reencarnación: Crea un harén de esclavas conquistando a las mujeres más fuertes con tus habilidades más débiles», frecuentemente resumido en Reincarnation Colosseum, de Harawata Saizou y Zunta, es otro isekai; éste con un giro hentai no por inesperado menos agradecido, aunque por momentos un poco turbio. Una vez más nos encontramos con el tropo del héroe «mierdecilla sin habilidades al que todos putean porque es una miserable nulidad en todos los aspectos pero que acaba consiguiendo poderes casi absolutos, a veces de chiripa, otras a base de pura disciplina y fuerza de voluntad, y convirtiéndose en LA REHOSTIA en vinagre, perpetuado por títulos como Akademi peulleieoleul jug-yeossda ó Ore dake fuguu Skill no isekai shoukan hangyakuki - Saijaku Skill 'Kyuushuu' ga subete o nomikomu made». El protagonista de Reincarnation Colosseum es Koji Mikagami, un estudiante de instituto con notas promedio y casi nulas habilidades atléticas pero que es un fiera de los videojuegos: jamás ha perdido a uno. Como Banaza, de Lv2 kara Chīto datta..., Mikagami es invocado a un mundo de fantasía con magia y esas mierdas. Aparece en el reino de Bumbledol, en guerra contra el reino de Dumbledol (no, no se han matado mucho con los nombrecitos), y donde, desesperados, han empezado a «importar» campeones de otros mundos para ver si consiguen darle la vuelta al conflicto.

Nada más llegar a Bumbledol, a Mikagami lo examinan para descubrir qué habilidades ha adquirido en el tránsito que puedan ser útiles para la guerra y... resulta que no tiene ninguna. Y su «bendición de la diosa» (una especie de «habilidad permanente» aleatoria que se obtiene al ser invocado) es la considerada más baja de todas: «copia», que le permite copiar las habilidades que vea usar un adversario, aunque con una calidad inferior, obviamente, ya que las usará por primera vez. Con un cabreo colosal (no pun intended), la teta sacerdotisa... la suma sacerdoteta... Zayd lo destina al coliseo, donde peleará contra otros gladiadores para diversión de la plebe.
Esta señora. La muy pedazo de cabrona.

PERO...

Esta arena de gladiadores tiene sus propias reglas. El perdedor de un duelo se convierte inmediatamente en esclavo del vencedor.

Que tendrá hijos con él.

Que sí.

El perdedor se convierte en un esclavo seeeeeeecsuaaaaaar.

Si el perdedor es un hombre, se le hace un yuyu macumba sandunguero para convertirlo en mujer. Y si el ganador es otra mujer que ha derrotado a otra mujer, a la triunfadora se le hace un vudú pachamámico tiranosáurico para que le crezca vergajo. Y, al propósito de asegurarse de que hay guarrerida española, la caidita de Roma, el sarto der tigre, a los dos les dan a beber un potente afroasiático... afrocítrico... un CALIENTABURRAS, que hace efecto más rápido en las mujeres que en los hombres, para que, acabado el duelo, se pongan a chingar como gorrinos a la voz de ya.

Te advertimos que Reincarnation... tenía giro hentai.

También tiene tetas. Muchas tetas. Generalmente grandes. Y por pares.
¡Ups! ¡Perdón! Imagen equivocada.

Ah, no. No importa si mueres. Te resucitan con una alquimia holística abracadábrica y ve preparándote para ser el onahole del vencedor.
¡Ésta! ¡Esta es la buena!

El primer adversario de Mikagami es Mary Tortura. Una sádica hija de puta especializada en «limpiar la basura», uséase esmochar invocados lúsers como Mikagami. Es una guerrera sañuda, con una técnica de esgrima insuperable y la habilidad de matar con un único corte de su espada.

Así que nuestro protagonista, a priori, está jodido.

Pero...

...Koji se enfrenta al desafío de la supervivencia en Bumbledol como si el coliseo fuese un videojuego más de los muchos que se ha pasado con la punta del cipote en su mundo de origen. Reúne toda la información que puede sobre los poderes y la psicología de su adversaria y sobre las reglas del Coliseo, y elabora una estrategia. Y la aplica a su duelo contra Mary T
ortura como si a un DLC del Elden Ring.
Buena construcción de personaje, por cierto.

Y gana. Contra todo pronóstico y esperanza, Koji gana el combate. Y se lleva a su adversaria vencida, y ahora esclava secsuaaaaaaaaaar, a las habitaciones de reproducción, y se beben el frontispicio, y se lo monta con ella como un pistón desbocado. Y la pobre Mary Tortura, que, pese a tener un cuerpo que es puro pecado, es una solterona que se había resignado ya a vestir santos, se recontraENCOÑA viva de este lúser reciclado en macho alfa rompechochos, que no sólo la ha derrotado en la arena del coliseo volviendo contra ella sus propios poderes (recordemos que Koji puede copiar los poderes de sus adversarios, aunque su copia es como un Louis Vuitton de seis euros con cincuenta) y la ha humillado delante del público que presenciaba el combate, sino que le ha dado como un testigo de Jehová a un picaporte durante TRES días de lubricidad y concupiscencia, reduciéndola a un sudoroso y trémulo sumidero de orgasmos.

Sí, claro. Técnicamente, lo que ha sucedido entre esos dos es una violación y no hay más que hablar. Pero esto es un manga. Un manga quizá pelín machista, te lo concedemos, amado lector tan sensibilizado con los derechos de las mujeres, pero manga a fin y al cabo, y la fantasía del harén es común a muchas historias del cómic erótico japonés (y a muchas mujeres presuntamente emancipadas del heteropatriarcado cisgénero opresor). ¿Que se conoce que los nipones son todos unos guarrillos? Le predicas a un converso. Mikagami se aprovecha de una drogada Mary Tortura, pero éso es, paradójicamente, lo que ella necesitaba para enchocharse PERDIDA de un hombre: que la sometieran, la humillasen y la hiciesen sentir vulnerable. A ella, que es una guerrera feroz y despiadada. En fin. Las mujeres son complicadas, y los personajes femeninos de manga son MUY mujeres. No le des más vueltas, que Mary no tarda TRES capítulos desde su derrota en beberse ella misma de un trago el zumo de calentura vaginaarrrl y lanzarse sobre Koji como una marrana en celo, sin consideración alguna a su integridad fálica.
Aplicando sus habilidades de gamer, Koji derrota uno tras otro a todos sus rivales. A Marl Barrock, por ejemplo, una pedazo de bestia crossfitera, más dura que la jeta de un concejal de Urbanismo y peor que la carne del pescuezo; un monstruo que, cuando se trajina a sus esclavas, las descoyunta y les rompe brazos y piernas, una adversaria a la que Mikagami no puede derrotar en buena lid por mucho que copie sus habilidades marciales; a ese leviatán machorro y bronceado consigue atraerla lo suficientemente para escupirle en la boca un buche de afrodisíaco. Y, como la poción les hace efecto antes a las mujeres que a los hombres, a partir de ese momento Koji sólo tiene que aguantar todas las hostias que le lluevan y esperar a que Marl, de puro cachonda, no pueda seguir luchando. Y en ese momento...

Y ahora, básicamente, Koji tiene una esclava a la que ha programado para correrse viva cuando le da de cachetes en su musculado culete.

Sí, ya sé que, hablando desde un punto de vista estrictamente ético, esto que te estamos describiendo es simplemente horrible. Pero, joder, si no pierdes de vista que Koji está embarcado en una lucha por su propia supervivencia y sometiendo a un monstruo torturador, o tienes la suficiente madurez intelectual y emocional para comprender que todo pertenece a una obra de ficción (escrita por un pajero, te lo concedemos), con Reincarnation Colosseum te echas unos juajuas que te rompen el orto. Y te lees los siguientes capítulos (que se publican con una morosidad insoportable), ansioso por descubrir a qué nuevos adversarios tendrá que enfrentarse el incómodo antihéroe de esta historia, y qué nuevas tácticas empleará para vencer.

Reincarnation Colosseum no es un manga que vaya a inspirar en ti sentimientos cristianos, sugerirte debates intelectuales de altura ni promover modelos de comportamiento socialmente aceptables (¡si hasta uno de los adversarios de Koji es una Loli, que para mí es de línea roja y llamada a La Meretérica!). Pero entretiene, tiene la justa cantidad de suspense y, encima, da risa.
Y casi para paja.

Y, si no te apetece reírte, léete
Reincarnation Colosseum por las tetas, que siempre son un buen motivo.
Tremendas PETACAS se gasta la Mary Tortura.

«Oye, no me malinterpretes, pero esto del harén como que me ha despertado la curiosidad. ¿Tienes algún otro título de manga sobre el tema?»

Lo que tú eres es un puto cerdo y no se hable más. Estás a dos gallardas con los catálogos del Venca de tu madre de que te contraten en Tele 5.

ピーター・グリルと賢者の時間 / Peter Grill To Kenja No Jikan / Peter Grill y el tiempo filosofal (¿¿¿¿????), de Hiyama Daisuke, es otro HILARANTE ejemplo de manga adulto de fantasía con toques de gorrinería y mucho elemento harén.
«¡Ole ole! O sea... ara ara!»

Peter Grill tiene un sólo objetivo en la vida: casarse con el amor de su vida, Luvelia Sanctos, la atolondrada hija del jefe de la Cofradía de Aventureros, Albatross Sanctos (que, por decirlo con suavidad, aparte de ser un padre posesivo y estar como una puta berza, tiene una relación enfermiza con su hija que roza el incesto platónico). Es por ello que Peter entrenó como una puta bestia sus competencias marciales y participó en el torneo para determinar quién era el guerrero más poderoso del mundo. Y lo ganó. Y ahora, armado con ese marchamo y gloria marciales, espera al fin obtener la aprobación del padre de Luvelia para comprometerse con ella.

PERO...

...desde el momento en que Peter gana el título de «guerrero más fuerte del mundo», se convierte en el objeto de deseo de docenas de hembras de todas las especies humanoides del continente. Furias uterinas que desean preñarse de él para tener una descendencia poderosa: las hermanas Alpacas, Lisa y Mimi, dos ogresas más calientes que la pipa de un hippy; las elfas Vegan y Frutalia Eldriel,
también hermanas, la bellísima (y siniestra) orca Piglette Pancetta (ríete lo que te de la gana, pero, dado que tiene orejas de cerdita, el nombre no podría ser más acertado), Gobuko Nggiell, una sexy hobgoblinesa (con un six-pack del carajo) a la que se da la circunstancia que Peter y su hermana Lucy criaron desde bebé, la ingeniera enana Mithlim Netherlant... y la lista de mozas en celo no para de crecer y crecer y crecer y crecer.
Gobuko y su tableta de chocolate.

Y no aceptan un «no» por respuesta, las muy hijas de puta.

Y, encima, a pesar de toda su disciplina, Peter tiene una fuerza de voluntad extraordinariamente baja a la hora de resistirse a los avances eróticos de todas esas hembras fértiles.

Peter Grill se tiene que enfrentar, capítulo tras capítulo, al problema de satisfacer a su creciente gineceo de guarrillas, poner paz entre ellas cuando reivindican privilegios sobre su esperma, mantener en la inopia a su candorosa novia Luvelia (¡que cree que los niños se hacen rezando y te los trae una cigüeña!), luchar contra sus remordimientos cada vez que se vacía hasta la liofilización testicular en los voraces úteros de todas las hembras con las que, lo quiera o no, le está poniendo las perchas a su chica; sobrevivir a los peligros de un mundo lleno de dragones, trolls y otra bichería, salir con Luvelia (e impedir que su harén de ninfómanas desatadas sabotee sus citas con exigencias de fornicio), resolver las misiones que le encomienda la cofradía de aventureros, escapar a la cólera castradora de su hermana Lucy, resentida contra los puteros después de que su padre abandonase a la madre de ambos para irse a por tabaco (Lucy le dio caza, le cortó el pito y lo picó para hamburguesas), conseguir que su suegro no se entere de su promiscuidad sobrevenida y desarmar todas las trampas que el muy hijo de Satanás de Albatross le pone para hacer fracasar ese compromiso con su hija, que jamás ha aprobado.

Y todo eso, insistimos, entre polvo orgiástico y polvo orgiástico.
¡Nos da una pena, el pobre!

Peter Grill To Kenja No Jikan es ESCACHARRANTE. Joder, las estrategias, a cada una más retorcida, que las guarrillas de Peter se marcan para conseguir una eyaculación exclusiva más que sus rivales, las situaciones de pura comedia de enredo, la siempre inane resistencia de Peter a las exigencias chumineras de sus «novias», ¡el CALENDARIO DE FORNICACIONES que ellas se curran, cuando empiezan a ser demasiadas, y que por supuesto ninguna respeta!, convierten la lectura de este manga en una carcajada continua. Y nunca hay que menospreciar el poder salutífero de la risa.

De Peter Grill To Kenja No Jikan hay anime. Hasta el momento, dos temporadas. Si leer te da como cosica, te ves la serie y disfrutas de esta historia alocada y picantuela.

Marranillo.
Sí. Nos gustan Gobuko y sus abdominales como magdalenas. ¿Qué pasa?

異世界で配信活動をしたら大量のヤンデレ信者を生み出してしまった件 / Isekai de Haishin Katsudou wo Shitara Tairyou no Yandere Shinja wo Umidashite Shimatta Ken / Algo así como «Creé una gran cantidad de seguidoras yandere cuando hice streaming en otro mundo» (sí, ¡otro isekai!, ¿qué pasa? ¿Lo pintas o la emprendemos a hostias?), de Tsuku Iyomine y Myon, me ha llamado la atención en esta categoría de manga sobre (no necesariamente) pendejos que ponen burras a rehatas de señoritas núbiles.

Isekai de Haishin Katsudou... etcétera es, también, muy divertido y, también, un fantástico de temática harén. Aunque no tiene fornicio (al menos de momento), y el dibujo es promedio (traducción: es correcto sin resultar impresionante), pero el planteamiento del argumento, y su influencia en el desarrollo de la historia, es lo que me ha fascinado. En este manga de Iyomine y Myon nos encontramos a Kanata, alumno de la academia real de Sistol, en el reino de Rogias, Ataraxia, un mundo de fantasía con cofradías de aventureros, magia, demonios y cosas así.

Lo que distingue a Kanata de sus compañeros es, aparte de que en la reencarnación ha adquirido poderes semidivinos (vuelve a leerte nuestra breve reflexión de hace unos cuantos párrafos) que se esfuerza por ocultar, por aquello de no destacar; la diferencia, decimos, que distingue a Kanata es que él se ha reencarnado desde otro mundo. Concretamente del nuestro o de uno muy parecido al nuestro. Un mundo en el que la tecnología y la sociedad están más avanzadas que en Ataraxia (y no existía magia). Y Kanata conserva todos sus recuerdos. Recuerda Internet. Recuerda el streaming, algo que en Ataraxia no se conoce. Y, ganoso de currarse un hobby, chapucea con sus poderes una estación de trabajo (la mezcla de magia y ambientación decimonónica con elementos futuristas me resulta un poco chocante) para convertirla en algo parecido a un PC, currarse algo que recuerda a una página web y empezar a retransmitir.

Kanata no es un streamer más. Es EL STREAMER. El único. Ha inventado el medio en Ataraxia y, encima, su estilo de retransmisión es brutalmente honesto y su voz arrecha a las hembras. Al capitán de un equipo de aventureros, que le escribe para contarle que ha rechazado a un mago con capacidad de detectar enemigos y reparar armas, lo llama estúpido por poner en peligro a su equipo y rechazar las habilidades del aspirante, que incrementarían sus probabilidades de supervivencia durante las misiones. «No me importa si eres un dios o un rey. Ahí va un aviso: Si no tienes verdadero criterio, renuncia ahora mismo. ¿O prefieres esperar a que todo el mundo haya muerto?». Al hijo de una familia de clase alta que está comprometido, pero prefiere casarse con una hermosa estudiante de intercambio a la que ha conocido, le desea la muerte y que su prometida se acabe casando con él (con Streamer). «¿Es que no has pensando en tu familia? Éste no es un asunto que se pueda tomar a la ligera. Gánate la confianza de tu novia y no escojas a la gente basándote sólo en su aspecto».

Pero, en sus podcasts, Kanata no sólo pone a caldo a sus oyentes más repipis, también escucha los problemas de sus oyentes, les ofrece consuelo y consejo en la medida de sus posibilidades, y los conquista con su carisma, honestidad y sinceridad naturales.

Y... algunas de sus seguidoras se ponen como fieras en celo oyendo sus voz e interactuando con él.

La reacción en cadena de hembras humedecidas y fanatizadas que, inocentemente, Kanata inicia, da lugar a un TSUNAMI de situaciones hilarantes a cual más bizarra. En fin, yandere podría traducirse como «loco de amor» o «demente por amor», así que no te sorprenderá que algunas de las oyentes de Kanata, amado lector, se calienten como burras con sus streams: la princesa María Atarasishu (compañera de clase de Kanata que ignora completamente que su camarada de academia es el DIOS STREAMER que consigue que, como a Dido, le hierva la médula de los huesos), la reina de los demonios, Lady Shrouza, que se EMPOTORRA VIVA de Kanata cuando él llama a poner fin a la guerra entre humanos y demonios y clama por el inicio de conversaciones de paz entre ambos bandos; la santa Alfana, que santa sí, pero la voz de Kanata reverbera en su útero como en una cámara de ecos en la que alguien estuviese reproduciendo un disco de Barry White. La asesina Cuervo, contratada para matar a Streamer, considerado por algunos prebostes de Ataraxia como una amenaza para el statu quo, y que ELIMINA A SU CLIENTE por osar poner precio a la cabeza de su amado Streamer/Kanata. Kanna, la prostituta pelirroja con cuerpo escultural, para quien la voz de Streamer es su único consuelo desde que defendió en una de sus retransmisiones a las rameras. Todas las mozas que se sienten solas, que se han sentido rechazadas, que no pueden mostrarse vulnerables o sensibles con la gente que las rodean, encuentran en Kanata/Streamer la voz que las absuelve por sus defectos, que les proporciona la energía para seguir adelante, que se niega a juzgarlas.

Que les calienta el chichi a temperatura de lava fundida y las lleva a éxtasis aurales.

Y todo esto sólo en los primeros siete u ocho primeros capítulos publicados. No hemos siquiera empezado a tratar las TRANSFORMACIONES que, casi accidentalmente, Kanata pone en marcha y que medran en las contradicciones y vicios de la sociedad del mundo en el que se ha reencarnado. Los planes que los poderosos de Ataraxia trazan para desenmascararle, silenciarle o desacreditarle. Los extremos a los que están dispuestas a llegar sus más desaforadas seguidoras en prueba de amor y lealtad hacia él.

¿Es que tengo que seguir vendiéndote Isekai de Haishin Katsudou wo Shitara Tairyou no Yandere Shinja wo Umidashite Shimatta Ken? ¡Corre a leértelo ya, copón!

«Hostia, esto del manga me está empezando a gustar, Sommer. ¿Tienes más títulos que recomendarme?»

Espera un momento.


O, mejor, como la entrada nos está quedando un poco larga, espera a la próxima sobre el mismo tema.