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sábado, 12 de septiembre de 2026

El venenoso concepto del escritor putilla (3): Dejad de arrearle al puto gordo, cojones ya

Hace casi dos años, expresamos en la bitácora nuestra convicción de que, a menos que la realidad nos desautorice, nunca veremos terminada la saga literaria de Canción de fuego y hielo.

(Ni el final de la saga del asesino de reyes).


Porque no. Este año, hayas leído lo que hayas leído en la Intenné, TAMPOCO se va a publicar Vientos de invierno.
Y estamos bien con eso. Mientras Riley Reid siga subiendo a Internet sus clips cerdos de prostitución audiovisual. ¡Y ahora generados por ChatGPT! ¡La remolisión!

Tal vez ni siquiera tenga ya sentido preguntarse si ASOFAI verá algún día publicados esos dos últimos volúmenes. Ciertamente, la perspectiva no invita a pensarlo así. Y, dado que la historia tuvo ya un final, horrible, vago, decepcionante y autosuicida, en la serie de televisión (aquí le dimos fuerte en el hígado a esa última temporada). Y, dado que el universo de ASOFAI sigue expandiéndose en otros medios, tal vez el Gordo Cabrón ni siquiera sienta ya la necesidad de escribir su propio final de la saga inaugural de su obra-río de fantasía.

Por más que les joda a muchos.

A estas alturas (quince años después de la publicación de Danza de dragones), hay gente tan cabreada con GRRRRR Martin por no sacar Vientos de invierno y Sueño de primavera que están dispuestos a echarle la culpa de todo. Del cambio climático. Del auge de la ultraderecha. De la guerra en Ucrania. Del asesinato de Olof Palme. Del albinismo de Copito de Nieve. De que Sasha Grey dejase el porno. De que Jessica Alba siga sin responder a nuestras cartas de amor desesperado.

Y estamos bien con eso. Gilipollas los hay, los ha habido y los habrá... al menos hasta que Anthropic nos haga un Skynet a todos. Y sin un mal John Connor a la vista.

Hay que dar gracias a Dios por los gilipollas. Son como los canarios en la mina. Nos ayudan a hacerle la prueba de choque a nuestra propia sensatez. El día que empiecen a desaparecer, o estés en un grupo de, digamos, al menos media docena de personas, y no sepas identificar al gilipollas, será porque el gilipollas eres .
(Bueno, hay que darle gracias a Dios por los gilipollas y por el arito en la nariz. Nunca había sido tan fácil identificar a los gilipollas. Pero dejemos eso para otro día).

Echarle la culpa al Gordo Cabrón de que ya no se publique fantasía épica, en cambio, es ya farlopa de otra narcolancha.

Larry Correia fue, quizá, el que encendió la mecha con un tuit, de junio de este mismo año, en su cuenta oficial de la platatorma anteriormente conocida como Twitter, donde lanza unas acusaciones realmente gordas contra GRRRRR Martin.
«GRRM pissed off millions of customers but he don’t give a shit. He got his bag. But his legacy is being such an epic bum ass bum that he crippled an entire genre, ruined consumer sentiment, and killed off an entire generation of epic fantasy authors».
No era la primera vez que Correia, él mismo escritor, puteaba al Gordo Cabrón. Y viceversa. En enero de 2025, Correia dedicaba su nuevo libro, Heart of the Mountain, a GRRRRR Martin, con doble de venenato monosódico.

(Algunas de las respuestas a ese tuit son ORO PURO).

La reacción de GRRRR Martin a esa dedicatoria no fue precisamente deportiva, pero al menos le sirvió a Correia en su momento para seguir dándose autobombo, de gratis, a costa del Gordo Cabrón.
(Como decía una respuesta al tuit anterior, si GRRRR Martin hubiese puesto esas palabras en Vientos de invierno, ahora estaríamos un poco más cerca de ver el libro publicado).

Bueno, tal vez habría que recordar que estos dos elementos tuvieron sus más y sus menos cuando todo aquel asunto de los «Sad Puppies», liderados por Larry Correia y Brad R. Torgersen, y que GRRRRR Martin le dio bastante duro a Correia por aquel entonces. No, no vamos a volver a explicarte todo el «Puppygate» y la manipulación de votaciones en los Premios Hugo. Te vuelves a leer esta entrada de la bitácora, donde lo tratamos por encima, y tan contentos.

Ciertamente, entre estos dos escritores amor, lo que se dice amor, no hay mucho. Y han tenido piques en el pasado. Incluso ha corrido la proverbial sangre. Pero que en su post de junio de este año, Correia entra a hueso contra el autor de ASOFAI, tampoco se puede negar:
«Publishers no longer took chances on new series because customers had got burned by lazy shirkers like George and Pat. Agents wouldn’t represent new epic fantasy unless the whole thing was done. It hurt Indy because dudes had to convince customers that they weren’t bums too. Except when book one makes $50 total, because customers said Im not starting a new series until it’s done! they sure as shit ain’t writing book two. So it’s a self fulfilling prophesy of suck».
Según esta tesis defendida por Correia, que algunos fans de la fantasía épica han comprado con el aborregamiento que cabría esperar de los pajeros nerds con sobrepeso (para muestra, el autor de estas líneas), la patente incapacidad de GRRRRR Martin de acabar su puñetera saga de Poniente ha dinamitado en su fase embrionaria la carrera literaria de a saber cuántas jóvenes promesas en el género de la fantasía. Abortado series antes incluso de que se publicaran. Repelido a los lectores, que no volverán a incurrir en el riesgo de enamorarse de otra saga antes de que esté terminada. Acojonado a los editores. Vuelto cínicos a los libreros. Estrangulado el estrecho de Ormuz. Multiplicado exponecialmente el porno de aceitosas MILFs tetudas y sumisas waifus asiáticas generadas por IA.
«Customers and the industry quit taking chances on new guys. We will never know how many excellent fantasy series we missed out on, robbed by George’s laziness burning so many customers. 

»Some writers gave up, but others moved into different genres. Which is good. But it sure does suck if epic fantasy is your jam.»
Y todo por culpa del Gordo Cabrón flojo y condescendiente que se niega a acabar, de una puta vez, Canción de fuego y hielo.
«Being such a pretentious, bloviating bum that you damage an entire industry and strangle a generation of aspiring artists is quite the legacy».

Afirmación que tiene cuarto y mitad de cojones viniendo de Correia, siendo el mismo autor de una serie en publicación de la que se han proyectado ocho volúmenes y que aún no ha terminado. Pero eso no es importante ahora mismo.

Lo importante de todo este asunto es ¿tiene razón Correia?

La respuesta corta es: no.

La respuesta larga es: agárrate los cojones.

Eso de que el Gordo Cabrón haya dejado un «lisiado» el género de la fantasía épica, aparte de una imagen pobre y de escritor aficionado, no está en absoluto refrendada por los datos. O, al menos, por las evidencias.

«Evidencias», sí, porque construir una métrica que nos permita elaborar estadísticas sobre «autores debutantes de fantasía épica» no es nada fácil. Los editores no comparten sus bases de datos de ventas, por razones obvias (racanear a los autores sus royalties, por si las razones no eran tan obvias), y cruzar datos de Circana, Nielsen/Bowker o Publishers Marketplace suena demasiado como la clase de trabajo que sólo haces, a regañadientes, cuando sabes que te van a pagar por ello. Pero tomarse esa molestia para una bitácora de mierda que no lee ni el Tato, es un sacrificio que no estamos dispuestos a hacer. Y nos importa una mierda que nos señales con el dedo.

Así que para determinar la validez de la tesis de Correia, tenemos que fijarnos en aquello que está más o menos a plena vista.

Y una docena de consultas en Google no arrojan en absoluto la impresión de que la fantasía épica sea un  género moribundo.

En 2016, cinco años después de la publicación de Danza de dragones, hubo un incremento de un 17% en ventas del género bifronte de fantasía/ciencia-ficción.

En 2018 hubo una notoria caída (11%) en el género de fantasía con respecto a las ventas de 2017, pero fue en cierto modo «protestada» por un repunte de un 18% en la ventas del género de ciencia-ficción, en no pequeña parte debido al impacto de Ready Player One de Ernest Cline.

En 2021, la fantasía para adultos creció espectacularmente, catapultándose hasta un acojonante 45,3%.

En 2022, pese al auge del género romántico, nuestro viejo amigo el género de los ciclados en taparrabos y las putacas en bikini de malla creció de nuevo un 17,4%.

En el primer semestre de 2023, yendo a la contra de un mercado editorial en contracción, la fantasía/ciencia-ficción volvió a crecer un 26,5%.

En el primer semestre de 2024, el género tocó las estrellas con un FLIPANTE 85,2%, con Sarah J. Maas y Rebecca Yarros dando sendos puñetazos en la mesa e incorporando, poderosamente, a la fantasía las convenciones y temáticas de la novela romántica. Y el año terminó con un total acumulado de un 35,8% de crecimiento.

2025 que nos mostró una corrección, con una contracción del -8,7% en el género de fantasía.

Trece años desde la publicación de Danza de dragones, con sucesivos pronósticos, desmentidos uno tras otro, sobre la publicación de Vientos de invierno, deberían ser suficientes para observar esa caída en las ventas del género fantástico que cabría esperar si la afirmación de Correia fuese veraz.

No ha pasado. Lo que sí ha sucedido, es un desplazamiento de las temáticas del género, desde los clásicos tropos de aventura pseudomedieval con guerras, elfos, intrigas, dragones, reinos enfrentados y dinastías, hacia el romantasy, la cozy fantasy y el LitRPG.

Joe Abrecombie aún publica. Los libros de Mark Lawrence siguen llegando a las librerías. Richard K. Morgan sigue en el juego, pero los lectores de fantasía han cambiado, o quizá, mas precisamente, las mujeres han descubierto el género de fantasía, como lectoras y como autoras, y eso explicaría el éxito de autoras como Leigh Bardugo, Deborah Harkness y Diana Gabaldon.

Suponiendo que Larry Correia estuviese en lo cierto en sus acusaciones hacia el Gordo Cabrón, a partir de 2012 debería observarse una progresiva desaparición de las series de fantasía, un rechazo del mercado a este tipo de productos. Escaldados por la experiencia de la inconclusa ASOFAI, los editores debería haber empezado a rechazar las series y trilogías (que parecen ser el estándar del género de fantasía).

Si la tesis de Correia estuviese respaldada por alguna evidencia empírica, a partir de 2011 (fecha de publicación del, casi seguramente, ÚLTIMO volumen de Canción de fuego y hielo), deberíamos apreciar:

1. Una caída de adquisiciones de fantasía épica de autores noveles, tal vez difícil de rastrear al principio pero claramente visible a, digamos, unos diez años de desarrollo de la curva de ventas. Y que esa caída no respondiese a un fenómeno generalizado de TODO el género de fantasía o incluso de toda la industria editorial.

2. Suficientes indicios que permitiesen sospechar o confirmar que los editores estarían rechazando series de fantasía por el temor expreso a que quedasen inconclusos, defraudando la fidelidad de los lectores y debilitando su adhesión al género.

3. Suficientes evidencias de que esa contracción en el género no es en realidad un AJUSTE del mercado, un desplazamiento del focos de los lectores (quizá por la incorporación de miles de nuevas LECTORAS y ESCRITORAS, con otros intereses narrativos, estilísticos y temáticos) hacia otros «nichos» del género alejados del clásico «espada y brujería» o el casi omnipresente grimdark.

En tres palabras: no ha pasado.

Cinco años después de Danza de dragones, el autor debutante S. A. Chakraborty le vendió su trilogía The City of Brass a Harper Voyager. No les vendió un libro, les vendió la serie entera en una subasta en la que participaron otros seis editores.

¿No se suponía, según defiende Correia, que los editores deberían estar rechazando las series de fantasía, por culpa de GRRRR Martin?

En 2017, Orbit publicó Kings of the Wyld, de Nicholas Eames, el primer volumen de su trilogía The Band, y Soul of the World, de David Mealing. Ambos obras de autores noveles. Ambos, primeros volúmenes de series.

En 2018, otra vez Harper Voyager, compró el grimdark The Poppy War de Rebecca F. Kuang. Novela debut de la trilogía completada por The Dragon Republic (2019) y The Burning God (2020).

Lo de 2019 ya fue un abuso de debuts de nuevos autores, como Gareth Hanrahan, con su The Gutter Prayer, o Evan Winter, con The Rage of Dragons (que salió con una tirada inicial de nada menos que 75 000 ejemplares), o del inicio de nuevas trilogías de autores ya conocidos, como The Bone Ships, de R. J. Barker.

Y la cosa no ha dejado de rular de 2020 a 2026. Sí, esa década que, según Larry Correia, es un «smoking crater» en el género, hemos tenido, mirando por encima:

The Bone Shard Daughter (2020), de Andrea Stewart. De nuevo, un libro de autor debutante y, de nuevo, el primero de una trilogía.

The Wolf of Oren-Yaro (2020), de K. S. Villoso, es, de nuevo, el primer libro publicado de su autora.

The Unbroken (2021), de C. L. Clark. Novela debut. Primer volumen de la trilogía Magic of the Lost. Fue nominada al Locus entre otros premios.

The Final Strife (2021), de Saara El-Arifi. Libro debut de fantasía épica inspirada en África. Llegó a manos de los editores de Del Rey desde la «pila de manuscritos rechazados» (el infame «slush pile»). Y vendió en términos de seis cifras.

Y la lista sigue y sigue.

Godkiller (2021), de Hannah Kaner. Harper Collins compró esta trilogía de autora inédita, en Pre-empt. O sea, no esperaron a descubrir si había otros editores interesados. Compraron a ciegas con la esperanza de que hiciese caja. Aprentemente, ha hecho. Y bastante.

The Phoenix King (2022), de Aparna Verma. Primera obra de autora desconocida. Trilogía.

En 2023, Second Sky publicó The Fury of Kings, primer volumen de la trilogía The Erland Saga, de R. S. Moule, y Orbit publicó The Jasad Heir, de Sara Hashem. Otra novela debut.
 
2024: la agencia literaria de Jennifer Azantian le coloca a DAW The Serpent Called Mercy, «Malaysian Chinese-inspired epic fantasy», novela primeriza de Roanne Lau.

2025: HarperVoyager se hace con Stormkeeper, trilogía de fantasía épica de la debutante de Jacinta Tomás. No compraron un libro, compraron la serie entera. También en 2025, St. Martin compra Lightfall, de Ed Crocker, presentado explícitamente como novela debut y primer volumen de una trilogía.

Y en este año de Nuestro Señor de 2026, Orbit publicó The Book of Fallen Leaves, de A. S. Tamaki, de nuevo obra debut de fantasía.

Más allá de que la amarga experiencia de ASOIAF (o con la trilogía, todavía duología inconclusa, de Patrick Rothfuss) haya desalentado al lector promedio de fantasía épica a comprometerse con series «abiertas», la atribución de esa tendencia a un flujo de causas y efectos que se pueda remontar hasta el Gordo Cabrón, y que respondería a una contracción del mercado del género, es, a falta de métricas nuevas y pruebas más extensas, una completa invención de Correia. Que se la tiene jurada a GRRRR Martin y se le nota.

El modelo que conjuga autor desconocido, obra debut y contrato por dos o tres libros sigue existiendo. Lo cual no quiere decir en modo alguno que las editoriales no hayan decidido evitar compromisos con series largas más allá de la trilogía. Aunque sólo sea porque, desde el punto de vista estratégico, es mucho más fácil calcular los márgenes comerciales y proyectar el retorno de una obra en tres volúmenes a seis o siete años que de una de ocho o catorce tomos a Dios sabe cuándo el hijo de puta este entregará el último libro.

Lo que tal vez Correia ha notado es que ya no se publica tanta fantasía épica COMO LA QUE A ÉL LE GUSTA. Viniendo como viene del Puppygate, no nos extrañaría que ésta fuese la razón, consciente o subterránea, del cabreo de Correia. Menos bárbaros homoeróticos con hachas de dos filos y zorrupias medio en pelotas. Menos elfos. Menos dragones. Menos sagas de tropecientos volúmenes. Más romantasy. Más cozy fantasy, progression fantasy, LitRPG, fantasía histórica, grimdark, fantasía de inspiración no europea, autores queer (como la pobre Cait Corrain, de infausta memoria), fantasía híbrida con elementos románticos, novelas autoconclusivas y series cortas de dos o tres libros máximo.

Que la amarga experiencia del fandom y el mercado con el huevaplomismo del Gordo Cabrón haya hecho más difícil vender a un editor la serie de fantasía épica en catorce volúmenes de un autor debutante, algo que, para empezar, nunca fue fácil, no es descartable, pero tampoco es fácil de rastrear como un efecto del retraso en Vientos de invierno y Sueño de primavera. Correlación no implica causalidad. Además, sobran razones por las cuales una serie así sería un riesgo que pocos editores estarían dispuestos a asumir.

Una novela de 200 000 palabras es cara de editar, cara de imprimir y CARÍSIMA de almacenar. Ahora imagínate repetir ese proceso cuatro, cinco, siete veces. Un retraso en la publicación de las siguientes entregas podría hacer que la obra perdiese su ventana de oportunidad, la atención de sus lectores, y una a caída de ventas medianamente significativa podría llevar a la cancelación de los siguientes números. Un lore muy vasto (personajes, nombres, mapas, worldbuilding...), estirado a lo largo de varios libros, puede poner a prueba la paciencia y capacidad de concentración de los lectores más allá de lo razonable. Los algoritmos y las redes sociales favorecen determinadas clases de descubrimiento. Y las editoriales pueden preferir trilogías compactas a sagas potencialmente interminables.

Y ninguna de estas razones exige un Gordo Cabrón por detrás, moviendo los hilos.

Extrapolar, de la evidencia de que «los lanzamientos de fantasía épica tradicional dentro de la fantasía adulta ha disminuido» (y el público potencial de los editores de fantasía se ha desplazado del adulto al young adult), la conclusión «la fantasía épica está muerta y George R. R. Martin la mató» es pasarse mucho de frenada.

Larry Correia ha visto un fenómeno real («los lectores se han vuelto escépticos con las series largas y las sagas inconclusas») y lo ha aprovechado para clavarle otra navaja en los riñones a GRRRRRRR Martin. A quien se la tiene jurada desde el Puppygate. Y Martin a él. Eso es todo. Fin de la historia.

Y, quién te ha visto y quien te ve, Sommer, me ha obligado a salir en defensa del escritor más cojonazos de la historia de la fantasía moderna.

Me siento sucio. Pero no de la manera buena. Ya me entiendes.

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El texto completo de Larry Correia:


I’ve been telling people this for years. 

GRRM pissed off millions of customers but he don’t give a shit. He got his bag. But his legacy is being such an epic bum ass bum that he crippled an entire genre, ruined consumer sentiment, and killed off an entire generation of epic fantasy authors. 

Romantasy and LitRPG grew as a direct result of filling the smoking crater George left in the industry. New writers could no longer get deals to write epic fantasy unless the entire series was in the bag, and nobody can afford to gamble that much time to write that many books they may never sell. 

Publishers no longer took chances on new series because customers had got burned by lazy shirkers like George and Pat. Agents wouldn’t represent new epic fantasy unless the whole thing was done. It hurt Indy because dudes had to convince customers that they weren’t bums too. Except when book one makes $50 total, because customers said Im not starting a new series until it’s done! they sure as shit ain’t writing book two. So it’s a self fulfilling prophesy of suck. 

In the comments Dunning-Krugerands are saying this isn’t true. Look at guys like Brandon Sanderson. Wrong. Guys like him, or me, who already had established names, reputations, and fan bases were fine. We had enough customers who trusted us we could still do new things and people would come along to make it economically viable. 

For example, the only reason my epic fantasy series got picked up is because I was already successful and could guarantee a viable level of sales off my existing fans. Newbs don’t have that. And over the ten years it took for me to write the six books to finish it, the entire time I heard from potential customers, nope, not gonna start a new series that might not finish because of George. 

I am fine during this because I’m still gonna make a couple hundred grand off each of those just off my existing fans. Newbs make two bucks an hour, say to hell with being a writer I’m going back to my day job, and you all missed out on the next great author and his absolutely brilliant series, because you were too mad at billionaire George shoving twinkies in his mouth instead of writing. 

Nope. Guys like me and Brandon are fine. George’s profound laziness screwed over the new guys. Customers and the industry quit taking chances on new guys. We will never know how many excellent fantasy series we missed out on, robbed by George’s laziness burning so many customers. 

Some writers gave up, but others moved into different genres. Which is good. But it sure does suck if epic fantasy is your jam. LitRPG is close but different enough it blew up during this time frame because that’s where the talented went. 

Being such a pretentious, bloviating bum that you damage an entire industry and strangle a generation of aspiring artists is quite the legacy. 

Kal (who is a good writer btw, check out his books) asks what can we do about this? For me personally I’m just gonna continue mocking George’s work ethic in the hopes more normies realize what an outlier he is, and how they should expand their horizons to read other authors who aren’t stuck up, know it all, dickheads. 

And before anybody starts barking at me that I’m such a hypocrite because I’ve not finished all my series, sorry I’ve only finished three of eight so far, and have only written THIRTY books since George’s last one, the next MHI comes out in December, and the last two books are next year, and I’m not planning on retiring anytime soon (if ever).

domingo, 19 de julio de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVII): Los ricos también lloran, y sus hijos no veas

Jean Paul Getty probablemente sea uno de los personajes más mezquinos del siglo XX, y eso no es decir poco.


Heredero de los derechos sobre campos petrolíferos que su padre, George Franklin Getty, abogado de seguros, había adquirido en Oklahoma, el joven Getty recibió la educación de un príncipe europeo. Estudió idiomas (francés, alemán, italiano, español, árabe, ruso, latín y griego clásico), se matriculó en Berkeley, si bien no llegó a licenciarse, hizo varios viajes a Europa, ingresó en Oxford y obtuvo una carta de recomendación del presidente Taft que le permitió recibir instrucción en el Magdalen College, si bien no estaba matriculado en él. Pero aprovechó para hacer buenas amistades, como un tal Eduardo Alberto Cristián Jorge Andrés Patricio David, engolado pesetero filonazi racista loco por los chochos divorciados que, cosas de la vida, por breve plazo, fue el rey Eduardo VIII del Reino Unido.

Con un pequeño préstamo de su padre, Getty hizo sus primeras inversiones en una compañía petrolera de Tulsa, ganó su primer millón en 1917 (ajustando la inflación, eso serían unos 26 millones de los de ahora) y dijo que se llevaba los beneficios a Los Ángeles, a frungir coños, hacer bastardos, casarse y divorciarse en serie. Y es que, parece, al tío le ponían a tiro un chocho y perdía el oremus.


Aunque acabó regresando al negocio familiar, Jean Paul había perdido completamente el respeto de su padre, inflexible metodista abstemio y monógamo, que, a su muerte en 1930, sólo le dejó medio millón de dólares de la fortuna familiar (unos diez milloncitos de los de 2026), calculada en unos diez millones de la época (unos 200 millones actuales), y un tercio de las acciones de la Oklahoma Oil Corp. La viuda, Sarah Catherine McPherson, heredó el 95% de la fortuna familiar y los otros dos tercios de la compañía, pero su avispado y codicioso hijo le hizo la del trile para que lo pusiese en un fideicomiso contra el que Getty podía pedir financiación para sus propios negocios, como la adquisición de acciones de la Tidewater Oil Company.

Durante la Gran Depresión, cuando todo el mundo vendía, desesperadamente y los agentes de bolsa se tiraban por las ventanas, Jean Paul Getty compró la Pacific Western Oil Corporation, como parte de una estrategia que culminaría en 1953 con la compra de la Skelly Oil Company. Estos holdings fueron los pilares de Getty Oil, surgida en 1967 de la fusión de todos ellos. Antes ya había llegado a un acuerdo con Ibn Saud en el que se comprometía a mantener el precio del barril de crudo de la Zona neutral saudí-kuwaití a 55 centavos y sufragar al rey árabe un millón de dólares al año. La fluidez de Getty en árabe y su profundo conocimiento de la historia, el arte y la cultura musulmanas derivaron en una duradera amistad personal entre ambos.

Y bueno, resumiendo mucho, digamos que varios autores y economistas conceden a Getty el título de «primer milmillonario de la historia» (una vez más, ajustando la cuantía de su fortuna personal y el valor de sus alrededor de doscientas empresas a la inflación). Vamos, que el tío era asquerosamente rico. Rico nivel Dios. No sólo coleccionaba obras de arte (lienzos de Rubens, Renoir, Tintoretto, Degas, Monet...; ), antigüedades (mármoles romanos y griegos, fundamentalmente, hoy en día exhibidos mayoritariamente en la Villa Getty) e inmuebles carísimos (un castillo del siglo XV cerca de Roma, un rancho en Malibu, Sutton Place, la mansión de 72 habitaciones en Surrey que se convirtió en su centro de operaciones...). El cabrón cagaba oro, como un Lannister.

Y, como a un Lannister, la mayoría de los críos le salieron tarados. Casado cinco veces, divorciado otras cinco (los matrimonios raras veces le duraban cinco años), tuvo cinco hijos reconocidos (y un número indeterminado de hijos ilegítimos) que parecen haber heredado con la sangre paterna todo el epicureismo y desenfreno genital y poco o nada de su ética de trabajo espartana y feroz austeridad. Su quinta esposa, Louise Dudley Teddy Lynch, contó en 2013 que Getty se había puesto tó loco por la cantidad de dinero que ella se gastaba en el tratamiento del único hijo que habían tenido juntos, y que había perdido la vista, a los seis años, debido a un tumor cerebral. El niño murió a los doce años y Getty no se tomó la molestia de asistir a su funeral.

En 1973, George Franklin Getty II, vicepresidente de Getty Oil, se suicidó, dicen algunas malas lenguas, en pleno mal viaje de LSD o ataque de delirium tremens provocado por su alcoholismo recalcitrante (otros atribuyen su automorisión a la depresión severa que sufría).

El tercer hijo de Jean Paul, John Paul Getty II, se dio a una vida hippie pagada por los minolles de papá con la actriz británica Talitha Pol. La pareja se compró un palacio en Marruecos al que llamaron el «Palacio del Placer» y en el que la fornicación era diaria, el ron entraba en cisternas, la coca en camiones y el jaco en carretas. La pareja tuvo una hija a la que hicieron la gigantesca putada de bautizar Tara Gabriel Gramophone Galaxy. Talitha murió de sobredosis de heroína dos años después de separarse de John Paul.

Gordon Getty, el cuarto hijo del patriarca, no tuvo una vida marcada por la tragedia, pero protagonizó su propio escándalo en 1999, cuando se descubrió que mantenía a su familia oficial y a otra «de repuesto» con una mujer llamada Cynthia Beck, que le había dado tres hijas.

Precisamente uno de los hijos de Gordon, Andrew Getty apareció muerto en su domicilio de Los Ángeles en 2015, con un nivel de anfeta en sangre capaz de matar a dos elefantes. John Gilbert, otro hijo de Gordon, apareció en su habitación de hotel de San Antonio, Texas, con un poco de sangre en el fentanilo.


La pésima relación de Getty con sus hijos (que al parecer se transmitía de generación en generación) era casi tan mala como su relación con sus esposas. Se atribuye a Getty la frase «Una relación duradera con una mujer sólo es posible si eres un empresario fracasado». Dicen las malas lenguas, que, en sus últimos años, mantenía en Sutton Place un pequeño harén de concubinas, vinculadas POR CONTRATO a su cama, a las que mantenía a raya y hacía competir entre sí por su «amor» prometiéndoles un buen mordisco de su patrimonio, cuando falleciese. Promesas que jamás había tenido intención de cumplir, porque no es sólo que la diversión preferida de Jean Paul Getty fuese reescribir su testamento, es que estaba convencido de que sus descendientes NO merecían ni un penique de madera de su dinero. «Los hijos de los ricos no deben ser consentidos ni recibir dinero cuando tengan edad de valerse por sí mismos», dicen que dijo una vez, como su padre le había dicho a él (pero el muy cabrón se las ingenió para hacer pasta con la fortuna de la familia de todas formas).

Su racanería, siendo como era un cabrón PODRIDO de dinero ha puesto a Jean Paul Getty en los libros de historia. Cuando el periódico que le llevaban a la mesa del desayuno todos los días subió su precio dos cochinos peniques, Getty estuvo considerando muy seriamente cancelar su suscripción. Jamás tiraba una fotocopia, carta, menú o tarjeta hasta haber aprovechado el papel por ambas caras. Se lavaba sus propios gayumbos para ahorrarse el coste de la lavandería. Hizo instalar una cabina de teléfonos, de las que funcionan con monedas, en su mansión de Surrey, porque en esta casa las llamadas importantes las hago yo o se hacen cuando yo lo mando, y el que quiera telefonear por chuminadas que se lo pague de su bolsillo. Y, naturalmente, el episodio por el que su cicatería se ha vuelto legendaria, estuvo REGATEANDO con los secuestradores de su nieto, John Paul Getty III, para ahorrarse el dinero del rescate, y, por rata, estuvo a punto de lograr que AMOCHARAN al pobre chaval.

El crío (dieciséis años), estaba de tranquis por Roma, donde también residía Gail, su madre, (ya divorciada de John Paul Getty II) y se daba la vida padre, o madre, o sobrina, o todo a la vez, sin responsabilidades, sin una puta lira en el bolsillo, pero confiando, como todo pijito consentido, que en caso de tropezar acudirían al rescate los millones de su acaudalado abuelo. A John Paul Getty III le conocían por «el hippie de oro». Vivía de okupa con unos amigos y su novia (y con la hermana gemela de su novia, a la que dicen que también se garchaba), bebía y comía a crédito usando su apellido como una Visa, se follaba potorros peludos ablandados por la promesa del braguetazo de la década y esnifaba farlopa que no podía permitirse pagar.

Y un día, fue secuestrado.

Su novia de entonces, Gisela Martine Schmidt, ha confesado que la vida hippie no era tan atractiva y romántica como se la habían vendido y que la pareja eran prácticamente unos indigentes que pasaban más hambre que el perro de un ciego. Como quiera que su padre le racaneaba las pensión alimentaria (fiel a la tradición familiar de tener pésimas relaciones con su progenie, John Paul Getty II podía pasarse meses sin tomarse la molestia de cogerle el teléfono a su hijo), ni siquiera les quedaba el recurso de sablear a su madre, que tenía otros hijos a los que dar de comer. Con la cabeza llena de fantasías adolescentes (John Paul Getty III quería irse a vivir a Marruecos con su chorba, y no pegar palo al agua en su puta vida), el churumbel comenzó a coquetear con la idea de fingir su propio secuestro y retirarse, a sus tiernos dieciséis añitos, con la pasta del rescate que sin duda pagaría su acaudalado abuelo. Incluso se puso en contacto con unos indeseables de los bajos fondos romanos para pulir los detalles del plan.


Gisela Martine juró a la policía que su novio había renunciado a ese plan descabellado cuando, en junio de 1973, dos sujetos de facha patibularia lo trincaron en la Piazza Farnese, le metieron la cabeza en una bolsa y el cuerpo en el maletero de un coche. Que la idea de fingir un secuestro y gorronear el dinero del rescate ya no tenía sentido porque tanto Gisela como John Paul III habían conseguido trabajo como modelos fotográficos y ya no necesitaban chulear la fortuna del yayo.

O bien John Paul Getty III olvidó comunicarle el cambio de planes a los secuestradores, o no consiguió convencerlos, o estos habían pillado carrerilla y ya no podían detenerse, porque lo cierto es que el chaval acabó en una cueva de Calabria, vigilado por varios malencarados miembros de la 'Ndrangheta, y una nota de rescate por diecisiete millones (casi 128 millones de dólares a día de hoy) fue enviada a Jean Paul Getty, que la leyó y dijo algo como «el cabrón éste de mi nieto se ha vuelto a quedar sin panoja y, encima, se cree que soy subnormal» antes de triturarla y desentenderse del asunto.

John Paul Getty Jnr., que era un padre penoso, un puto borracho, un marido horrible y un yonqui incurable, no obstante conservaba algo de empatía y se tomó muy en serio la nota de rescate. Acudió a su padre y le suplicó que pagase a los secuestradores. Pero el patriarca de la familia seguía sin creerse lo del rapto y, encima, declaró, si resultaba ser un secuestro legítimo y pagaba a estos raptores, inmediatamente abriría la veda para sus otros trece nietos. Los convertiría en objetivos. Para el frío y maquiavélico multimillonario, mejor amortizar pérdidas y conservar a sus otros nietos que ponerlos en peligro abriendo demasiado pronto la bolsa.

Una segunda nota de rescate se retrasó por culpa de una huelga de funcionarios de Correos en Italia y a los secuestradores de John Paul Getty III comenzaron a inflársele los cojones. Empezaron a torturarlo psicológicamente, le retiraron los magros privilegios de los que disfrutaba en su cautiverio, mataron a un pájaro al que había adoptado como mascota e incluso jugaron a la ruleta rusa. Con su cabeza.

Finalmente, en noviembre del 73, a los secuestradores se les acabó la paciencia y enviaron a la redacción de un periódico una nueva nota de rescate, esta vez por 3 200 000 dólares de la época (unos 24 millones de los de hoy), un rizo de pelo pelirrojo y una de las orejas de John Paul Getty III. «Si en diez días no nos pagan, les mandamos la otra», rezaba la nota.


Si has llegado hasta aquí y crees, oh probo lector con sabor a gonococos macerados en el baboso michino peludo de Riley Reid, que eso fue suficiente para ablandar el duro y negro corazoncito de Jean Paul Getty senior, es que corres más rápido que tu comprensión lectora. El cabrón del petromillonario se puso a regatear con los secuestradores mientras su nieto se medio moría, en aquella cueva calabresa, de la turboinfección que pilló en el muñón de la oreja amputada (también agarró una neumonía del cagarse, por la humedad que hacía allí dentro). Acojonados de que su valiosa gallina se les escoñase antes de poner el huevo de oro, los secuestradores le dieron al pobre chaval brandy para el dolor y dosis veterinarias de penicilina para la infección, consiguiendo, a la vez, convertirlo en un alcohólico sin remedio y volverlo alérgico a los antibióticos.

Finalmente, Jean Paul Getty aceptó pagar el rescate... pero, una vez más, su inhumana racanería asomó la cabeza. El viejo psicópata sólo puso 2 200 000 millones. El máximo que podía desgravarse, vía impuestos, para la época. El resto del dinero del rescate se lo prestó, repetimos, SE LO PRESTÓ, a su hijo John Paul Getty II, padre del muchacho secuestrado, a un 4% de interés. Se conoce que el siniestro magnate multimillonario hijo de puta no tenía suelto en aquel momento.

El 15 de diciembre, cinco meses después de su secuestro, John Paul Getty III fue abandonado en una gasolinera de Lauria, en la provincia de Potenza. De regreso con su madre, intentó llamar a su abuelo para agradecerle el pago del rescate, pero el patriarca se negó a ponerse al teléfono y, según los biógrafos de ambos, abuelo y nieto no volvieron a hablar ni a verse jamás.
(Después de su rescate, John Paul Getty III, haciendo honor a la tradición familiar, llevó una vida putísima. Si antes del secuestro se endrogaba para quedarse a gusto, después lo hacía para combatir los síntomas de una depresión y trastorno de estrés post-traumático que ya siempre le acompañarían. En 1981 se preparó un cóctel de Valium, metadona y alcohol que le jodió el hígado y le causó un derrame cerebral que lo dejó ciego, mudo y cuadriplégico por el resto de sus días, que terminaron en febrero de 2011).

Y esta historia completamente real es tan puñeteramente cinematográfica, tiene personajes tan complejos, profundos y humanos, está llena de tantas zonas grises y versiones contradictorias de los hechos, tiene un final tan ambiguo y poco satisfactorio (no se recuperó el dinero del rescate, los principales promotores del secuestro jamás fueron arrestados ni procesados) y explora temas tan extraordinariamente arquetípicos que cabría esperar que haya inspirado un chorro de series y películas.

Aparentemente, era mucho esperar.

Como cabría esperar, existen muchos documentales sobre lo sucedido, pero no es el true crime lo que nos interesa en esta entrada, y, generalmente, tampoco en esta bitácora, volcada mayoritariamente en la ficción.

La historia del secuestro de John Paul Getty III tiene al menos una «obra derivada / libremente inspirada por» que alcanzó la forma de dos películas, una de 1987 con Scott Glenn y otra de 2004 con Denzel Washington. Ambas películas se basan en Man on Fire, novela de 1980 firmada por A.J. Quinnell (pseudónimo del novelista inglés Philip Nicholson). Pese a titularse igual, la serie de Netflix de este mismo año, además de raceswappear, again, al protagonista (nada reseñable, tratándose de Netflix), parece haberse tomado notorias libertades sobre la historia original de la novela.

De Captivated, proyecto protagonizado por Al Pacino y la pavisosa Katie Holmes que pretende contar el rapto de John Paul Getty III desde la perspectiva de Saverio Mammoliti, uno de los secuestradores (de quien su familia sostiene que mantuvo con su víctima una relación mucho más cercana y afable de lo que cuenta la historia oficial), sólo sabemos que se anunció en 2024 y que en 2025, teóricamente, seguía en preproducción, sin avances reseñables en una dirección u otra.

Así que, para el gran público, la única versión dramatizada del secuestro del «hippie de oro» ha sido, durante años, la espantosa Todo el dinero del mundo de Ridley Scott. Esa oscura, sucia, sudorosa, lenta, pretenciosa, arrogante, racista, hipócrita y xenófoba automamada de preciosista estilo cinematográfico estrenada en 2017 con Christopher Plummer volviendo a rodar todas las escenas del pobre Kevin Spacey, acusado de agresión sexual sobre cuatro víctimas diferentes, al menos una de las cuales era menor de edad cuando presuntamente sucedieron los hechos denunciados, en un período de tiempo que abarcaba dos décadas de conducta depredadora, según los denunciantes.

En la típica reacción hollywoodiense de «oh Dios mío qué hemos hecho», Scott «borró» a Spacey de su película en plena fase de montaje, reclutó al veterano actor canadiense, llamó de nuevo a Michelle Williams y Mark Whalberg para reshootear algunas escenas y se gastó en torno a diez millones de dólares adicionales para volver a rodar cuatrocientos planos del personaje de Jean Paul Getty, ahora con el nuevo intérprete. Pero nada podía salvar esta insufrible castaña de cincuenta millones de presupuesto (y algo menos de 57 de recaudación global, o sea un TURBOHOSTIÓN ÉPICO CON DOBLE TIRABUZÓN Y REBOTE) que retrata a los italianos como mugrientos y transpirados perdonavidas, a las italianas jóvenes como putas, a las viejas como inflados sapos a sueldo de la mafia, a la policía italiana como corruptos e inútiles burócratas, al pijito hedonista niñato de John Paul Getty III como un alma cándida, un espíritu libre de prístino candor, y a su consentidora e irresponsable madre («¿que vive de squatter en una casa ocupada con dos gemelas alemanas, folla chuminazos romanos a pelo y vende en la acera monas pintadas por él mismo para pagarse la marijuana?, bueno, es joven, está en viaje de autodescubrimiento») como una amazona en lucha contra el mundo por el rescate de su hijo.
(En julio de 2023, Spacey fue declarado inocente de todos los cargos).

La HORROROSA (como toda su producción desde Marte, paradójicamente la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott) ficción del director de Alien y Blade Runner  sobre el secuestro de John Paul Getty III, con sus personajes unidimensionales, su trama puerilmente manierista, su estética decadente y pretenciosa, fue un nuevo clavo en el ataúd cinematográfico de Scott, que ya no puede seguir viviendo de las rentas de su filmografía temprana. Los que todavía amamos el cine, conocemos y admiramos las primeras películas del casi nonagenario realizador británico y estamos familiarizados, siquiera superficialmente, con el secuestro de John Paul Getty III, no podíamos dejar de repetirnos en nuestras butacas «no se puede contar peor esta historia ni metiéndole ninjas y una máquina del tiempo».

Y, un año después de la DEBACLE de Todo el dinero del mundo, Simon Beaufoy le mojó la oreja a Scott con su miniserie Trust.


Sin renunciar a la típica dramatización necesaria para un producto cinematográfico o televisivo, sin abstenerse de las licencias autorales que todo artista necesita para imprimir su firma creativa o adecuar una historia dada a la gramática del Séptimo Arte, a lo largo de sus diez episodios, esta pequeña maravilla con el ya tristemente desaparecido GIGANTE Donald Sutherland en el papel de Jean Paul Getty, Harris Dickinson como John Paul Getty III, Hilary Swank como Gail Getty, Luca Marinelli y Francesco Colella como dos de los secuestradores, las bellísimas gemelas Laura y Sarah Bellini como el interés vaginal de Getty III y su hermana, y el COLOSAL Brendan Fraser como Fletcher Grace (jefe de seguridad de Getty senior y responsable de hacer contacto con los secuestradores cuando quedó claro que la cosa iba en serio), y TODOS ESTÁN COJONUDOS, hasta los personajes secundarios, logrando, con ayuda de un guion bien resuelto, que esta humilde producción para FX le de OCHOCIENTAS PATADAS EN LOS COJONES al pretencioso, vacuo y denigrante artefacto de Scott POR UNA FRACCIÓN DE SU MULTIMILLONARIO PRESUPUESTO.


Y, sin embargo, inexplicablemente, la serie ha pasado desapercibida.

Lo cual nos lleva en la bitácora a sugerir la conclusión de que tenemos el paladar tan embotado por el cine y televisión de pésima calidad que ya hasta la miel nos sabe a mierda.

Desde la bitácora, aquí queda nuestro humilde esfuerzo a promocionar esta serie de televisión. Aunque sólo sea por pintarle la cara a Ridley Scott, que con los mismos materiales y un volquete de billetes fue incapaz de sacarle PETRÓLEO a esta historia fascinante.

Te jodes, Ridley Scott.