miércoles, 31 de diciembre de 2025

Cuadritos asiáticos para despedir otro año de mierda

Las tradiciones sin significado no son más que el corte de mangas que nuestros antepasados nos hacen desde la tumba.

(Salvo cuando subimos la tradicional foto de la divina Sara Sampaio, o el tradicional GIF de Riley Reid induciéndonos a pecar de pensamiento, palabra y obra. Ésas son tradiciones BUENAS).

Aquí, en la bitácora, tenemos desde los orígenes al menos una tradición que aún tiene significado: acabar el año publicando, el 31 de diciembre, una entrada especial. Hasta 2019 fue un textito con pretensiones literarias. En 2020, año de mierda, año pandémico, una doble peineta de Homer Simpson. En 2021, una falsa entrevista. En 2022, una enmienda total a ese año de mierda. En 2023, una entrega especial de la sección «Todo lo que creías saber probablemente sea mentira» con historias atchonburísticas completamente verídicas. En 2024 nada, porque los cabrones de Vomistar nos dejaron tres meses sin Internet.

Pues este año no nos sale de los aguacates comernos mucho la cabecita con la entrada de Nochevieja, así que, tachán, tachán, bala de plata de cómics asiáticos y a tomar por culo.

Empecemos por una de zombis. No estamos muy por las historias de zombis en la bitácora, pero de todo tiene que haber en la viña del señor y, en el peor de los casos, 종말이 찾아왔다/Jongmal-i chaj-awassda/El fin ha llegado, de Jeon Seon-Wook, tiene un dibujo simplemente precioso en el que, además, los personajes coreanos PARECEN coreanos. Nada de enormes ojos brillantes, ni cabellos de colorines (hasta ahora), ni chorradas de shojo manga.

El fin ha llegado parte del típico escenario de crisis zombi estándar e involucra en ella a Jung Minjun, un mierdecilla de clase obrera con problemas de autoestima, y Han Yena, la clásica pijita engreída, hiperpopular y ávida de atención. La típica Instagram Attention Whore, pero en coreano, con la que, por algún motivo, Minjun acaba siempre compartiendo pupitre.
Turbomaciza está, afirmamos.

Minjun está enchochado de Yena, que ya hemos dicho que es tremendo pibardo, desde la primera vez que coincidieron en la misma clase. Pero sus escasas probabilidades de intercambiar saliva con ella, por no mencionar otros fluidos, cayeron por debajo de cero desde el día en que le dirigió la palabra y Yena no le manifestó más que abierto desprecio. Desde entonces, no ha dejado de llamarle «perdedor», decirle que «apesta a pobre», lamentarse en voz alta cuando acaban en la misma clase y prohibirle mirarla, si por accidente lo pilla contemplándola a distancia.

Sí, Han Yena es un encanto. Cada vez que abre la boquita, no sabes si darle un par de hostias o invitarla a un café. De ácido sulfúrico.

Si la vida de Minjun, una masa subcrítica de hormonas adolescentes a la que la proximidad física de Han Yena lleva al borde de una detonación de por lo menos tres Oppenheimers, no fuese ya lo bastante interesante, encima se ha convertido en el objetivo del matón del instituto, Park Seongbin, un bigardo altísimo y corpulento (musculitos de gimnasio, pendientes de chuloputas, tatuajes de malandro) que le da capa y media de hostias todos los días a nuestro héroe. Porque puede. Porque Minjun, un alfeñique acomplejado y sin carácter, se ha conformado ya con su papel de punching-ball y no se piensa siquiera en defenderse.

Los únicos amigos de Minjun son Bae Sunho y Oh Byeongjun. Tremendo par de frikardos asociales como él, no pueden ayudarlo especialmente a desarrollar un buen par de huevos. Son al menos tan pichafrías como Minjun, tan ineptos físicamente como él y están tan hechos mierda, psicológica y socialmente, como él. No pueden salvarle del cabrón de Seongbin ni abrirle el frío, duro y negro corazoncito de Yena.

Enamorado sin esperanza de Yena, puteado por Seongbin, maltratado físicamente por éste y psicológicamente por aquella, lo único que Minjun tiene en su vida es su ordenador y su colección de videojuegos, de entre los cuales destaca Rage Z, una especie de Call of Duty, si CoD arrancase directamente en el modo zombis. En Rage Z, Minjun es la hostia bendita. El boss (♪ Booooorn in de yu-es-ei ♫). El puto amo. Se sabe todos los mapas. Todas las vulnerabilidades de los mini-bosses. Las mejores tácticas para sacar partido a las misiones.

Pero luego el regreso a la realidad cotidiana se le hace aún más cuesta arriba. Minjun ha llegado a tal estado de tortura emocional que solo quiere que el instituto, el mundo o su vida se acaben de una vez. Odia ir a clase. Aborrece a sus compañeros. Detesta sentirse humillado, menospreciado, maltratado. En el primer capítulo del 
manhua, Minjun está decidido a dejar los estudios. No va a volver a esa escuela en la que lo hacen sentir miserable.

Después de la enésima paliza que recibe de Seongbin, Minjun piensa seriamente en acabar con el dolor automorisionándose. Busca un edificio alto desde el cual saltar a la calle. Medio aturdido, gravita hacia el complejo de apartamentos en el que vive Yena, que lo ve y no pierde la oportunidad de zaherirlo otra vez y, a la vista de sus heridas, le dice que alguien tan patético como él al menos debería tener los redaños de defenderse.

Olvidada por un momento la seducción de la autoacabasión (a fin y al cabo, por grosera que haya sido, Yena ha dicho la verdad), Minjun vuelve a casa y se refugia en los videojuegos, su único consuelo en este mundo. Lanza Rage Z y se une a una partida.

Avanzando en el juego, sus compañeros de juego on-line le dicen que tienen que irse, que ponga las noticias, que algo muy raro está pasando en Corea. Antes de poder hacerlo, el vecino de Minjun, un borrachuzo de mierda, llama a su puerta, 
sangrando como un miura y aparentemente más mamado que una picha que haya entrado en el mismo distrito postal de Riley Reid; e intenta darle un muerdo. Minjun se lo quita de encima con una patada y una potra que no te cuento, cierra la puerta e intenta llamar a la pañoca, pero la línea de la policía está bloqueada y el móvil de Minjun lleno de mensajes de alerta.

Hay gente, por las calles de Seúl, Busan, Incheon y otras ciudades, comportándose como zombis y atacando salvajemente a los no-infectados. Encima, se cae Internet, el servicio de telefonía móvil sólo funciona a ratos (y, cuando lo hace, a Minjun sólo lo contactan su madre y sus amigos Sunho y Byeongjun) y las autoridades del ramo, a través de los informativos de televisión (mientras dura la señal), imponen un confinamiento forzoso de emergencia a todos los civiles como primera medida para controlar lo que, inicialmente, se considera un ataque terrorista.

Alguien, no nos preguntes cómo (no porque no lo sepamos, sino porque si contestamos te jodemos la historia de Jongmal-i chaj-awassda), se las ha arreglado para recrear el escenario de Rage Z en el mundo real, en un momento en el que Minjun estaba solo en casa (en un edificio en el que, además del borrachuzo, algunos vecinos ya han sido infectados) y tenía provisiones para algo menos de dos semanas, suponiendo que no tenga que compartirlas con nadie.

Pero, por algún motivo, Minjun no tiene miedo.

Ya sea porque, justo en la víspera del estallido de la epidemia zombi, había renunciado a la vida y estaba dispuesto a tirar del cable; ya sea porque el escenario escalofriante en que se ha convertido su mundo le resulta familiar, cómodo, puesto que conoce sus reglas desde su experiencia como jugador; ya sea porque ha sobrevivido a los dos primeros ataques zombis, ya sea por el motivo que sea, Minjun no tiene miedo al apocalipsis, ni siquiera cuando el rescate se retrasa y Minjun comprende que tendrá que salir a la calle a buscar víveres si quiere esperar al socorro en su apartamento.

Pero quien llega a su apartamento no es un equipo de rescate. Es Han Yena, desesperada y perseguida por un grupo de malas bestias que quieren comérsela, y no en el buen sentido. Minjun, que no es un desalmado, da refugio a Yena, aunque ella no parece agradecérselo especialmente. La altiva e inalcanzable pijita sigue siendo muy princesita incluso en mitad del fin del mundo (echa a Minjun de su propio dormitorio, «¿pretendías dormir a mi lado?»), no ha perdido su actitud insoportable y, encima, con su llegada ha cortado por la mitad la duración de sus provisiones.
(Si quieres saber cómo conocía Yena la dirección de Minjun, te lees El fin ha llegado y dejas de joder la marrana).

No, por supuesto que nuestros aguerridos protagonistas no se quedan en el minúsculo semisótano de la familia Jung. Ésta es una historia de zombis y eso la convierte, de acuerdo al formulario actualmente en vigor en el género, en una road-movie. Minjun y Yena parten en busca de un refugio mejor, a ser posible defendido por soldados armados. Y acaban formando equipo con Kang Hakcheol, un compañero de instituto y emigrado del norte que es todo lo que Minjun no ha sido nunca (valiente, atlético, decidido y templado. No le tiene miedo ni se deja intimidar ni siquiera por el enorme Seongbin, y no duda en reprocharle las bravuconadas de matoncillo de patio de recreo cada vez que es testigo de una). En su odisea, los tres muchachos acaban encontrándose todos los tropos habituales de historia post-apocalíptica: los saqueadores violentos, las bandas organizadas que llenan el hueco dejado por las instituciones colapsadas, los buenos samaritanos que incluso en medio del caos más absoluto no renuncian a la empatía y a su humanidad, los mierdas secas que aprovechan la anarquía para cobrarse venganza por pasadas ofensas, los hijos de mala verga que ya eran cabrones plus antes de que todo se fuese a la puta y que bendicen la oportunidad de sacar a flote toda su mala raza (sí, estamos hablando de Seongbin)...

En su periplo por un mundo que se está desmoronando, Minjun, Yena y Hakcheol deben superar sus miedos, aprender a confiar y depender los unos de los otros, descubrir las tácticas óptimas de supervivencia en este escenario infestado de peligros (la experiencia de Minjun como jugador de Rage Z es valiosísima a tal fin) y afrontar los cambios que el apocalipsis empieza a obrar en sí mismos. «Huy», se da cuenta Yena «si de repente me parece que Minjun ya no apesta tanto a pobre. De hecho, empieza a olerme a joooodeeeeer qué mojada me estoy ponieeeeeendoooo».

¡Hala! ¡Ya está! ¡A leer Jongmal-i chaj-awassda/El fin ha llegado! ¡Deja de pelarte el pistón mirando vídeos de asiáticas marranas durante un par de horas!


당신의 가격을 알려드립니다/Dangsin-ui gagyeog-eul allyeodeulibnida/Déjame saber tu precio, de Kwak Dong-ju y Mubi, también empieza con una epidemia que desencadena una pesadilla distópica, aunque no la clase de epidemia que imaginas.

Un virus informático de origen desconocido instala en todos los teléfonos móviles del planeta una App que no se puede desactivar ni desinstalar y que asigna un valor monetario a las personas. Nuestra heroína protagonista, Go Gohui (explotada y puteada al máximo por la mala puta de su tiránica jefa), descubre, horrorizada, que su valor es de unos míseros 2 500 won (menos de lo que cuesta un café en Corea). Y cayendo.

Y lo más ignominioso de este fenómeno es que cualquier Juan Lanas puede consultar el valor de otra persona desde la App de su teléfono.

Según la información en pantalla de la propia App, es posible incrementar el valor monetario personal. El problema es que nadie parece tener muy claro cómo se hace eso, y los actos deliberados de «bondad» interesada, o sea la virtud fingida, sólo restan puntos más rápido al infractor. El «valor social» de Gohui no para de descender sin que ella sienta motivación suficiente para invertir la tendencia o sospeche cómo lograrlo.

Lo cual solo la deprime un poco más (Gohui es una chica sumisa, desmotivada, insegura y acomplejada)... hasta que las consecuencias de seguir perdiendo «valor» y alcanzar el cero se hacen escandalosamente públicas. Y entonces empieza una frenética carrera por la supervivencia.

¡PataCHOOOOOOF!

Déjame saber tu precio introduce un montón de temas interesantes y reflexiona sobre un fenómeno que, lo creas o no
, querido lector, no es tan fantasioso como imaginas. En China lleva funcionando este sistema de crédito social desde que, en 2009, se realizó una prueba regional de la versión «perfeccionada» de lo que había sido lanzado en la década de los ochenta como sistema de calificación crediticia. Denunciado por algunos críticos como una intrusiva herramienta de vigilancia global, este sistema, afirman sus defensores, sólo castiga muy superficialmente a los infractores reincidentes.

Pero, si piensas que puedes perder el derecho a subirte a un avión o tomar un tren rápido por haberte saltado unos cuantos semáforos en rojo o entrado en páginas de Internet que el gobierno chino prefiere que no visites, la noticia de que Europa está haciendo pruebas para implementar un mecanismo correctivo similar, debería empezar a arrugarte ambos cojones.

El misérrimo crédito social de Gohui no tarda en comenzar a hacerle la puñeta. Los organizadores de un concurso de cuentos de hadas al que se ha presentado valoran descalificarla, aunque técnicamente había resultado ganadora, no tanto por el temor a que haga ¡PATACHOF! durante la entrega de premios, sino por no asociar el certamen a una persona marcada como un paria social. Algunos locales y negocios comienzan a rechazar a los posibles clientes con crédito bajo e inminente amenaza de licuefacción. Caseros desalojan a sus inquilinos peor valorados por la App. Jefes despiden a sus empleados menos pudientes en Social Coins por el mismo motivo. La jodida App está cambiando el mundo entero, y no necesariamente para mejor.

Los factores que determinan el auténtico valor de una vida humana. La improvisación y tentaciones totalitarias de los gobiernos, superados por un «cisne negro» para el cual no hay manual de instrucciones (en un momento dado, los pobres diablos 
con puntuaciones de miseria como Gohui son internados por la fuerza en un campo de concentración y observados 24/7 por investigadores, vestidos de El juego del calamar, que intentan determinar cómo subir el crédito social). La división social basada en la percepción que otros tienen de nosotros. El efecto que nuestras decisiones tienen sobre otras personas y la posibilidad cotidiana de «reescribirnos» a nosotros mismos, abandonar comportamientos lesivos y adoptar hábitos constructivos que aumentarán nuestro «valor» para la única persona a quien debería realmente importarle (nosotros mismos), son otros temas explorados en Dangsin-ui gagyeog-eul allyeodeulibnida.

Mientras los ciudadanos que van llegando a cero puntos explotan como hámsteres en un microondas, los protagonistas (básicamente Gohui y la valiente reportera Kang Hanji) investigan el origen de la misteriosa App y su mecanismo de funcionamiento, y luchan por elevar o mantener su valoración social para no descender a cero y hacerse mierda espontáneamente.

Hala, esa información debería bastarte para decidir acerca de este interesante manhua. A menos que seas muy, pero que muy sieso.

광마회귀/Gwangmahoegwi/El regreso del demonio loco, basada en una webnovela de Yu Jin-Seong, ha sido vertida en cómic por dos señores de pintorescos nombres: JP e Ihy. Es nuestra aportación de la presente entrada al género del wǔxiá/xiānxiá (fina línea separatoria entre ambas, por lo que se refiere a este título).

El Demonio Loco al que alude el título de este manhua es Zaha Yi, un impulsivo, arrogante y tornadizo vagabundo (claramente inspirado en el joven Musashi) que aspira a convertirse en el Dios de las Artes Marciales.

Qué pena que se haya caído por un precipicio justo después de robar el Jade Celeste a la secta Demonio.

Qué raro que, en el momento de hacerse mierda contra el fondo del acantilado, Zaha se vea en una vastedad vacía y ante un anciano de refulgentes ropas blancas que le dice que la ha liado parda, pardísima, por tragarse la perla de Jade del Cielo, que no solo ha impedido que las almas de los guerreros antiguos, vinculadas a esa reliquia, ascendiesen al paraíso, sino que ahora el qi de Zaha se va a poner bravo, pero lo que se dice bravo.

Zaha se defiende. Lo único que quería era impedir que el líder del Clan del Demonio se hiciese más fuerte, porque el muy cabrón no le guarda el más mínimo respeto a la vida humana, y eso basta para que Zaha lo lleve debajo de un diente.

Zaha puede ser un venado del carallo con un apodo más que justificado, pero, a su manera arrebatada y aparentemente anárquica, tiene un profundo sentido del bien y del mal, y hace el mal necesario para proteger el bien.
Convencido de la moralidad de los actos de nuestro protagonista, el desconocido de ropas blancas hace un chuchu yuyu macumba abracadábrico y Zaha se despierta en el pasado, de nuevo con veintipocos años, cuando no era más que el chico de los recados de la posada de sus difuntos padres, pero con todo su conocimiento acerca del futuro y las técnicas marciales que aprendió a lo largo de su vida.

Pero, ¿es ésta una segunda oportunidad de hacer las cosas bien o una condena a repetir los mismos errores y terminar en un nuevo fracaso?

Bueno, pues te tendrás que leer El regreso del demonio loco para conocer la respuesta. ¿Y qué encontrará allí? A un protagonista caprichoso, imprevisible y osado que va consolidando una base de poder en la prefectura de Ilyang ESCOÑANDO a las sectas y bandas regionales, asimilando nuevas técnicas marciales y cultivando su qi para alcanzar su objetivo de convertirse en el Dios de las Artes Marciales.

Por el camino, verás a Zaha deshaciendo un malentendido con Chae Hyang, la cortesana más cara del burdel de La flor de ciruelo (eeeeeh no, no creo que el juego de palabras sea intencionado), malentendido que le costó a Zaha una paliza de los porteros del putiferio. Deshaciendo el malentendido y, por el mismo precio, lisiando a los porteros de la casa de putas que le dieron la paliza antes de su «momento returner». Y convirtiéndose en el dueño, de facto, de La flor de ciruelo y los otros dos burdeles del pueblo.

Le verás crear su propia secta, «la secta de lo más bajo», o los cimientos de una. Le verás conquistar al Místico Sindicato Negro y autoproclamarse su jefe (después de finiquitar a su predecesor). Y le verás administrarle a Hongshin, el Mono Rojo de los Doce Generales Celestiales (unos tíos ultraturbios, que usan máscaras y matan gente), un turbolaxante, diciéndole que es veneno, para que mate a uno de sus compañeros a cambio del «antídoto». Y ella lo hace. Cagándose viva encima. Literalmente.
Parece inteligente.

A pesar de su apodo, y de los cadáveres que va apilando en su aventura, Zaha no es un matarife sin alma. Ofrece a sus adversarios la oportunidad de proporcionar una razón por la cual no debería matarlos. Se apiada de los masillas de las bandas y los deja marcharse. Siempre que es posible, convierte a los enemigos en aliados y los recluta (mata a aquellos de los  Doce Generales que se mantienen fieles al Gran Rakshasa, pero respeta la vida de los que están hartos de su tiranía). Delega su autoridad en la persona más apropiada para ejercerla. Prohíbe los negocios más turbios y prácticas más humillantes y violentas en las organizaciones que conquista (es particularmente agresivo contra los traficantes de esclavos), y se preocupa por garantizar el bienestar y el progreso de sus miembros. Y no soporta a los abusones.

Zaha adopta más disfraces y emplea más argucias que Odiseo, pero, a veces, simplemente acogota a un cabronazo que lo ha mirado mal. Porque es «el Demonio Loco» a fin y al cabo, y tiene que hacer justicia a su apodo.

Y, si toda esa información no es suficiente para ayudarte a decidir si quieres leer o no El regreso del demonio loco, ninguna cantidad de información lo será.

자매전쟁/Jamaejeonjaeng/Guerra entre hermanas, de Maenggi Ki (el mismo de 커플브레이커/Keopeulbeuleikeo/Rompeparejas, que, honestamente, en la bitácora no nos chistó nada) nos ha tocado la patata, y esperamos que te la toque también a ti, sensible y considerado lector.

La rivalidad entre Haera Chu y Rion Won es bien conocida entre los alumnos del instituto artístico Daehan. Las dos son unas jovencitas rebosantes de talento, grandes dibujantes, pintoras y escultoras. Pero ahí se acaba todo parecido entre ellas.

Haera es una huérfana criada por su pobre abuela, que en su ancianidad se mata a trabajar para mantener a ambas y financiar los materiales de Arte que su nieta necesita (y si nunca has comprado materiales de Arte, ya te avisamos, oh, desinformado lector, que baratos no son). Si Haera ha conseguido entrar en Daehan ha sido solo gracias a una beca que no da para muchas alegrías. Encima, Haera es una chica introspectiva, callada y poco sociable. La típica niña vicente de cola de caballo y gafitas que hemos visto en tantos cómics.

Rion, por su parte, va a clase con una chaqueta y una cartera de Chanel, un broche de diamantes de Cartier y unas zapatillas de Dior. También tiene mucho talento para las Artes, pero no se puede obviar que juega con ventaja: su madre es la guapa, estilosa y celebérrima escultura multimillonaria Miran Won (descendiente de una larga dinastía de artistas famosos e, irónicamente, la inspiración de Haera). Desde que Rion era muy pequeña, Miran ha estimulado la creatividad de su hija y le ha proporcionado todo lo necesario para cultivar su talento. Rion, encima, es extrovertida, accesible, popular y de una belleza candente. La típica «social butterfly».

En los exámenes, certámenes y concursos, Rion siempre consigue el primer puesto y Haera el segundo. Suficiente para que hubiese mucha pelusilla entre ambas si, encima, la mala puta de Rion no fuese una pijita narcisista, ultra-privilegiada y malcriada que sólo se dirige a Haera para señalar, siempre de la manera más humillante posible, sus diferencias de clase (llega a tirarle dinero a la cara para que pague las facturas médicas de su abuela, gravemente enferma, y pretende presentarlo como un acto de bondad) o castigarla por atreverse a robar, aunque sólo sea por un instante, los focos que reclama de su exclusiva propiedad (choca con Haera en los pasillos del instituto después de que la chica de las gafitas y la coleta dé una respuesta particularmente inspirada a una pregunta de una profesora).

Rion encubre su desprecio hacia Haera, a la que ve como una rival, tras una máscara de impostada amabilidad.

No conforme con ser una Cayetana odiosa, pasivo-agresiva y engreída, Rion oculta un secreto realmente siniestro que sólo intuimos por insinuaciones. ¿Por qué se ha propuesto triturar emocionalmente a Haera? ¿Por qué intenta sabotear su carrera artística? ¿Por qué roba el fabuloso examen de dibujo de Rion, que iba a conseguirle una tutoría privada con su admirada Miran, lo tritura y lo tira por el váter?

Bueno, los que nos leímos los primeros capítulos de Guerra entre hermanas, si bien enamorados ya del argumento y de la protagonista, nos suponíamos haber dado con el típico josei manga ambientado en una escuela, la típica trama de superación a través de la diversidad, con un tufillo nada disimulado de guerra de clases.
Chinas con patorras. ¡Lo nunca visto!

Ahora imagínate la cara que se nos quedó cuando Miran Won vio la copia de la Pietà presentada por Haera 
a un concurso del cual la famosa escultora es jurado (y que no es la misma estatua que esculpió Miguel Ángel ni la que podemos visitar hoy en día en el Vaticano, sino la Pietà mancillada a martillazos en 1972 por el tarado de Laszlo Toth) e inmediatamente reconoció la mano de «su hija», pidió que le trajesen a la artista responsable de aquella escultura, reconoció a Haera nada más verla, encontró la marca de nacimiento en su mano y abrazó a la muchacha, emocionada.

Haera es LA AUTÉNTICA Rion Won, desaparecida a los siete años en una isla cerca de Jeju, donde fue recogida, amnésica y medio ahogada, por la que luego se convertiría en su abuela. La Rion Won que hemos conocido hasta este momento es UNA SUSTITUTA. Una impostora.

Y esto pasa en el capítulo octavo de más de cien publicados.
(La pijita insufrible de la Falsa Rion había tomado un jet privado para irse a Italia a tomar apuntes y fotografías directamente del original. Pero no vio la «auténtica Pietà». Por una vez, Haera la ha superado artísticamente).
Si con esto no te hemos abierto el apetito por Guerra entre hermanas, oh insaciable lector, ya no sabemos qué más decirte. Vuelve a tus Tik-Toks de malomos olientales con tantos filtros y asistencia por IA que parecen núbiles zorritas.

Y, comoquiera que en Asia el cuatro es un número yuyu, y aunque estamos escribiendo esto en la tarde del 31 de diciembre y aún nos queda corregir la entrada y subir las imágenes, no nos vamos a ir sin recomendarte por lo menos otro título. Y, como nos negamos a ser esclavos de la tradición, y a pesar de que te hemos acostumbrado, en las últimas entradas sobre cómics-sushi, a cerrar la lista con un buen six-pack femenino en 2D, nos vamos a saltar esa imposición y homenajear, en cambio, a los inicios de esta sección presentándote otra relación imposible entre un lúser freak y una burbujeante gyaru.

描くなるうえは/Kakunaru ue wa/En lo que se refiere al dibujo, de Kyū Takahata y Yūji Kaba es una divertida comedia romántica en la que Yūki Uehara, un estudiante de secundaria que aspira a convertirse en dibujante de manga de género romántico, acepta la descabellada proposición de su extrovertida compañera de clase Niina Miyamoto, también aspirante a mangaka de historias de amooooooorl. Los dos han sometido trabajos a un editor, los dos han recibido la misma cortés negativa, «caray, es que esto no es realista, no hay quien se lo crea, para una historia romántica, no hay el menor sentido de romance aquí».

Miyamoto, con la inocencia que sólo se tiene a ciertas edades, llega a la conclusión de que la falta de experiencia romántica sólo se adquiere acumulando esperiencias románticas. Y, dado que 
Uehara tiene el mismo problema y persigue el mismo objetivo que ella, ambos pueden beneficiarse mutuamente FINGIENDO QUE SON PAREJA y haciendo las cosas que suelen hacer las parejas.

Que sí, que sí. Que Miyamoto propone a 
Uehara ser su novio falso para que ambos puedan dibujar mejores manga románticos y maximizar sus probabilidades de conseguir editor.

Y si nos hemos reservado este título para el final de la presente entrada, es porque Niina nos transmite las mismas vibras positivas, la misma dulzura y entusiasmo que nuestra adorada Marin Kitagawa.

«Y tiene un par de mandingos que... Joooder, quéééééééé beeeerzaaaaas».

¡Eh! ¿Quién ha dicho eso? ¡La teta ni mentarla, que tiene tetales consecuencias! ¡Ni mentarla! ¡Ni mentaaaaaaarlaaaaa!

Por supuesto, tratándose de un seinen manga (por mucho que nos perturbe en Occidente la proliferación de cómics japoneses ORIENTADOS A ADULTOS y que presentan historias de amor ADOLESCENTE), hay numerosas escenas picantuelas, insinuaciones de carne femenina, momentos equívocos, erotismo más o menos disimulado y mucho, mucho humor. Por supuesto, el romance «fingido» entre Miyamoto y Uehara evoluciona lenta e inexorablemente hacia algo mucho menos fingido y definitivamente más...

«Disculpe, señor Sommer, me ha parecido que me llamaba usted. ¿Necesita algo?».

¡Ah! ¡AAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡VADE TETO, TETANÁS!

sábado, 27 de diciembre de 2025

♫ Tiene nombres mil, tiene nombres mil, tiene nombres mil el miembro viril ♪

Tener un pene enorme podría no ser tan fabuloso como imaginas. Y John Curtis Estes, más conocido por su nombre profesional de John Holmes (de profesión, sus guarras) es un buen caso de estudio al respecto.

No vamos a contarte aquí su puta vida, que daría no ya para una, sino para varias entradas de la bitácora y que, de hecho, ha sido explorada en documentales, libros, ficciones varias y artículos de prensa (sólo su implicación, nunca aclarada del todo, en los asesinatos de Laurel Canyon, dramatizados en la película Wonderland, ya da para bitácora extralarga de potato de emergencia o balrog).


Hijo de padres divorciados, maltratado por su padre alcohólico y su padrastro abusivo (de quien adoptó el apellido por el que luego sería conocido artísticamente), al abandonar el Ejército, Holmes sobrevivió en varios empleos de mierda en Los Ángeles hasta que su aparatosa herramienta pollil llamó la atención, en un urinario público, de un fotógrafo que le consiguió sus primeros bolos para revistas golfas y pelis marranas en 8 mm.

A lo largo de su carrera, frustrada por sus adicciones y finiquitada por el VIH que contrajo, probablemente, alquilándose como chapero o rodando porno gay (sus amigos y familia niegan que consumiese drogas intravenosas, porque, dicen, le aterraban las agujas), virus que lo acabaría llevado al corral de los quietos en marzo de 1988; John holmes conquistó por derecho propio el título de «el rey del porno», con alrededor de 2 500 créditos en películas triple x a lo largo de dos décadas. Su tarjeta de visita era un personaje propio, el investigador privado Johnny Wadd (literalmente «Juanito Paquete», sí, ese paquete), protagonista de su propia serie de género negro-fornicatorio, en un momento histórico en el que Garganta profunda había sacado el porno del circuito clandestino de las salas X para convertirlo en un fenómeno de cultura pop, en un género todavía sórdido, pero chic. De consumo de masas. Semirrespetable.

La industria del porno en los años 70 y primeros años 80 se parecía muy poco a la de ahora. No vamos a ofrecer un análisis profundo sobre el tema porque la presente entrada no va de eso. Estamos sólo en la introducción del post. Entre otras diferencias, se rodaba en cámara de celuloide. Había guion (malísimo y utilitario, pero lo había) para buena parte de las producciones, digamos, «genéricas». Y se esperaba de los actores y actrices una actitud desenfadada. Histriónica. El aspecto físico no importaba tanto como la personalidad (no tomes esta afirmación como un absoluto, despierto lector; que ya entonces había tetas de silicona, y se notaban), y el cabrón de John Holmes tenía mucha. Personalidad. Y polla.


En nuestros tiempos, excepciones aparte, los profesionales del porno son casi atletas. Machacantes con cuerpos de culturista (y tatuajes de marero salvatruchense). Trotonas con culitos respingones, esculpidos a fuerza de series de sentadillas, y tripitas planas como tablas de planchar (y más piercings que una convención de gotiquillas, y más tinta en la piel de la que hay en la puerta del váter de una gasolinera). Y, signo de los tiempos, tienen que imponerse a la competencia desleal de millones de chicas random que zorrean como bonobos hembra en sus cuentas de Instagram antes de decidirse a zorrear plus, previo pago de una cuota, en Onlyfans. Resulta difícil de imaginar, hoy en día, que 
tipos contrahechos, vellosos y feúchos como Ron Jeremy o tirillas con cara de acelga como John Holmes pudiesen ganarse las lentejas haciendo videos de fornicación impostada.

De izquierda a derecha: Lilu Moon, Melissa Burn, Nancy Ace y Solazola.

Es decir, si dejamos de lado que nadie contrataba a Jeremy o Holmes por su aspecto físico sino, como hemos dicho más arriba, por su capacidad por actuar (, querido lector; en sus tiempos, los actores porno tenían que ACTUAR), su habilidad para imprimir un determinado carácter a sus interpretaciones, o sea su desparpajo...

...bueno, y por el tamaño de sus carallos.

Lo cierto es que no tenemos una información empírica acerca de las dimensiones del cipote de John Holmes, y los testimonios al respecto son contradictorios. Su amigo y colega Ron Jeremy (tercera vez que lo hemos citado en esta entrada) dice que la tranca de Holmes medía treinta y tres centímetros. Varios estudios comparativos realizados sobre fotografías y capturas de imagen de sus vídeos abarcan un espectro que varía entre las diez pulgadas (25 cm) y las doce pulgadas y tres cuartos de pulgada (32 centímetros). Pero, claro, esos estudios se hicieron a ojo de buen culero, y el paralaje es el paralaje. Bill Amerson, su amigo y representante durante años, aseguró que había visto a Holmes medir su quinto miembro muchas veces y que alcanzaba una longitud total de trece pulgadas y media (34,3 centímetros), con un bellotón del tamaño de una manzana Kanzi. Su última esposa, la también actriz porno Laurie Misty Dawn Rose dice que tururú a las trece pulgadas. Que diez pulgadas de pichula, y eso en un buen día.


La nebulosa sobre este asunto es realmente difícil de penetrar (no pun intended). El propio Holmes, que era un poco (vale, un mucho) fantasmón (Bill Amerson se desesperaba desmintiendo las mentiras que contaba su amigo), llegó a afirmar en una ocasión que su badajo medía dieciséis pulgadas (casi 41 centímetros). En su propia autobiografía, publicada póstumamente, Holmes salda la incertidumbre proclamando que su morronga era «mayor que una cabina de teléfonos, más pequeña que un Cadillac». Bill Margold, actor, director e historiador del porno, afirma en Wadd: The Life & Times of John C. Holmes, documental que te recomendamos, sordidillo lector, si quieres ampliar tus conocimientos sobre el asunto, que el picatoste de John Holmes era tan largo como su antebrazo. La actriz Dorotheia Seka Patton declaró que el nardo de Holmes era el más grande de la industria del porno (otras colegas que también trabajaron con el Rey del Porno discrepan educadamente), y que hacerle una mamada era como meterse un poste de teléfonos en la boca.
Última foto conocida del chimbo de John Holmes.

Aquí, en la bitácora, no poseemos información que permita resolver este enigma pichil. El cimborrio de John Holmes es sólo un recurso alegórico que introduce el presente post. y que nos lleva a una pregunta importante: ¿Le compensaba realmente a Holmes tener tremenda cigala?
Annette Haven.

La actriz porno Annette Haven, que trabajó con Holmes, (vamos, que dio sentones
 como una fiera en su pepino) afirma que la pirola de Johnny nunca llegaba a estar completamente dura. Que, hasta en el momento más apasionado de una escena particularmente estimulante, aquella mortadela no pasaba de macarrón muy hecho (Haven compara el garrote de Holmes con una luffa, que es una cucurbitácea de la que se obtiene una esponja natural). En el documental vinculado más arriba, la misma Anette perpetúa el chascarrillo que, afirma, circulaba por la industria de la prostitución artística en los setenta:«el chiste era que si John realmente conseguía tener una erección, se desmayaría por falta de sangre en el cerebro».

(Hace 6 párrafos te hemos dicho, y no nos creíste, que un porcentaje sorprendentemente elevado de actores y actrices de la Edad de Oro del porno eran capaces de alcanzar notorios registros dramáticos, talento del que no pueden presumir la mayoría de las Instagram Attention Whores modernas. Vamos, que sabían actuar, porque la industria les demandaba que lo hiciesen y priorizaba su capacidad de comunicar, no sus anatomías o falta de escrúpulos. Y hemos esperado a llegar a este punto para contarte que Brian de Palma estuvo considerando muy seriamente darle el papel femenino de Doble de cuerpo [torpemente titulada en castellano Doble cuerpo] a Anette Haven, que en el año 84 seguía estando cañón, en vez de Melanie Griffith, que se lo acabó llevando por los pelos, por imposición de Columbia Pictures o por lo que sea. Haven permaneció en la producción como asesora y, digamos, «coreógrafa», de Griffith).

"Aside from the fact that we needed a good actress and someone who could convey sexuality on screen, she had to do this dance routine ―and a lot of actresses dind't want to do it. I tried to talk a few actresses into trying out for it. That's why I was interested in a real porno star because when you are dealing with this kind of explicit sexuality, it can be very unconfortable― for the director as well as the performer. We had only people try out ―Melanie and Annette." 

(De Palma en declaraciones al Boca Raton News, 29 de octubre de 1984).


El examen exhaustivo de las primeras películas de Johnny Paquete parece desautorizar a Annette Haven y sugerir que, al menos al principio de su carrera, Holmes podía jurar bandera como un campeón (o fingirlo como una fiera). Y, dado que la dependencia de Holmes de la cocaína se agravó en el ocaso de su etapa profesional, y teniendo presente que la farlopa desencadena o agrava los problemas de erección, los datos visuales y el testimonio de Anette Haven podrían no ser irreconciliables, sino otra evidencia más de la decadencia física y personal de Holmes.

Pero nosotros, porque nos conviene para elaborar nuestro argumento, vamos a dar por buena la declaración de Haven y suponer que John Holmes no lograba sacarle partido a su desaforado vergallo porque aquella poronga privilegiada era incapaz de ponerse realmente dura sin comprometer el riego al cerebro de su propietario.

Porque ésa es, básicamente, la sensación que nos ha producido el visionado de Avatar: Fuego y cenizas, la tercera iteración de la franquicia inaugurada por James Cameron en 2009 y a cuya espantosa secuela le dimos de patadas en el hígado aquí.

A ver, que no se nos malinterprete: Avatar: Fuego y cenizas es, de largo, mucho mejor película que Avatar: El camino del agua; mucho mejor escrita, mucho mejor dirigida, mucho más entretenida, mucho más interesante.

Lo cual tampoco es que sea una apoteosis, porque, básicamente, Fuego y cenizas es LA MISMA PELÍCULA que El camino del agua.

Fuego y cenizas no es una secuela de Avatar. Es una secuela de Avatar: El camino del agua. O un remake de El camino del agua ligeramente mejor hecho. O Moana pero con skins del Fornite.

El argumento es prácticamente el mismo. Los personajes son los mismos (salvo por la inclusión de la Neytiri chunga, o, si lo prefieres, la Neytiri chunga ligeramente menos insufrible que la Neytiri chunga original). Las interacciones entre personajes son las mismas que en la película anterior. Su arco de transformación, prácticamente inexistente. Los temas narrativos, idéntico. El mensaje ecologeta pachamámico gretathumbergiano es más intrusivo y cargante que nunca, cuando en la primera película servía de poética moraleja e invitación a la reflexión personal. La estructura es ya la tercera vez que la vemos. La obsesión de Cameron con el mar y el ecosistema marino empieza a tocar los cojones, y la falacia del «buen salvaje» y el mito del «malvado hombre blanco colonizador» ya cansa por pura saturación. 

Fuego y ceniza fracasa en todo aquello en lo que triunfaba Avatar, aunque cuenta lo mismo que El camino del agua, y lo cuenta mejor. Pero en realidad no importa, porque esta gigantesca pitón cinematográfica nunca llega a alcanzar la erección. Entrar entra, como entraba
en Annette Haven la grotesca minga de John Holmes, según atestigua la propia Anette Haven; pero entra fofa. Lánguida. Sin ganas. Follar, acabas follando igual y, a diferencia de lo que sucede con El camino del agua, no te sientes sucia después. Sólo un poco decepcionada. Pero tampoco te corres.

De verdad, no hay gran cosa que contar sobre Fuego y ceniza. Neytiri sigue de luto por la muerte de su hijo Neteyam, esmochado en El camino del agua, y eso la hace un poco más insoportable y xenófoba que en la película anterior. Jake Sully sigue siendo un padre penoso y distante. El clon del coronel Quaritch sigue obsesionado con capturar a Jake y someterlo a juicio sumarísimo. La «tgente del tsielo» sigue sin comprar la ideología flower-power cumbayá señor cumbayá de los Na'vi y sigue decidida a colonizar, depredar, explotar y contaminar Pandora. Y, con permiso de Varang (Oona Chaplin, o, si lo prefieres, 
la Neytiri chunga ligeramente menos insufrible que la Neytiri chunga original), quizá el único personaje mínimamente interesante de esta película, y a pesar de un par de giros de guion y devs ex machina, no por predecibles y repetitivos menos satisfactorios, Fuego y ceniza es como un refrito de la primera Avatar en los escenarios de El camino del agua. Y fíjate lo mucho que nos estamos esforzando, querido lector, por no usar la palabra «pitufos» ni hacer alusiones a Bailando con lobos. Que ya tiene mérito, ¿eh? Como mérito tiene haber hablado tanto de vergas en esta entrada sin haber incrustado, todavía, un GIF de nuestra amada Riley Reid.

«¡Mierda! ¡Se me coló!», dijo ella.

No nos malinterpretes, amado lector de ojos verdes que podrían competir con la mirada del millón de cipotes de los esmeraldinos luceros de nuestra ramera cinematográfica preferida: Fuego y ceniza nos ha gustado. Lo hemos pasado bien. Es exactamente la misma película que ya habíamos visto dos veces (con una capa de barniz nuevo por encima), y lo que nos gustó en la primera es lo mismo que nos gusta en la tercera (no, de la segunda no nos gustó nada).


Con un estreno doméstico de 88 millones de dólares y una recaudación de 345 millones en su primer fin de semana de exhibición, Fuego y ceniza tiene muchas posibilidades de ponerse, así, como quien no quiere la cosa, en mil millones. Y más allá. El camino del agua se pasó muy de largo la cifra de los 2 300 millones de recaudación. La Avatar original, sumando estreno, reestreno y estreno de la versión extendida, casi pica los tres mil millones de dólares (ojo con las cifras, porque hay que tener en cuenta la inflación y, también, que una parte significativa de esos reales de vellón procede de las entradas 3D, que cuestan un cojón y la yema del otro, así que Avatar pudo muy bien vender menos entradas que sus secuelas, y recaudar más, y éstas vender menos entradas, pero más caras, y adulterar la contabilidad final).

La serie, hasta la época, ha ganado mocho, mocho dinero, pasta, tela, guita, parné, plata, money.

Como mocho, mocho dinero, pasta, tela, guita, parné, plata, money costó hacer Fuego y ceniza. Alrededor de 400 millones de dólares (una vez más, se nos ofusca el verdadero presupuesto de la producción).

Y, una vez más, tenemos que hacer la pregunta: ¿en qué cojones se los han gastado? Porque en guionistas ya te decimos que no. En escenarios, vestuario, localizaciones y atrezo, sugerimos que tampoco (pantalla verde, trajes de captura de movimiento y a cagar). ¿En desarrollar la tecnología de efectos especiales por ordenador ultra-tecno-sacraméntico-ferolíticos que, sospechamos, es el plan de jubilación de un James Cameron al que le empiezan a pesar los años y se le empieza a advertir la falta de ideas para nuevas historias? Pues, honestamente, no hemos notado el salto generacional prometido. Es más, no sé si solamente nos pasa a nosotros, pero, ya desde El hobbit: un viaje inesperado, la puñetera fotografía HFR nos resulta mareante, confusa (en algunas escenas de acción había tantas cosas moviéndose en pantalla, y tanta profundidad de campo, que no sabías adónde mirar ni qué coño estabas viendo) y nos hace percibir las figuras en pantalla como si estuviesen plastificadas, o pasadas por todos los filtros de TikTok e Instagram conocidos por el hombre y cuatro docenas más todavía a descubrir.
Yo opino que es un tío o una IA. ¿Y tú?

Y no, la recaudación de Avatar 3 no es asunto baladí. El propio James Cameron, que se ha negado a revelar cuánto le costó rodarla, ha expresado dudas acerca de su rentabilidad y su temor a que Fuego y ceniza no recaude lo suficiente para que Disney apruebe las dos últimas secuelas de la saga: Avatar 4 (inicialmente prevista para 2029) y Avatar 5 (que, de existir, se estrenaría en algún momento a partir de 2031, suponiendo que Cameron, que para entonces ya habría picado 77 tacos de calendario, no tenga el capricho de morirse por el camino).

Cameron debe de haberlas visto realmente negras con Avatar 3, porque ya ha lanzado que, si a Fuego y ceniza le va mal en las taquillas (o sea, si no recauda por lo menos 2 000 millones, o, mejor aún, cualquier cantidad por encima de esa cifra) y él no puede hacer las películas que le faltan, terminará la historia de su mundo imaginario en una novela, o lo que sea, y se irá a rodar Ghosts of Hiroshima, a partir del libro homónimo; proyecto del que, por el momento, solo hay un guion todavía en desarrollo.

«[...] there’s an argument for taking a pause and figuring that out. There’s an argument for going out and doing some smaller, more personal film in the meantime, while that gets figured out. There’s an argument, in wild success, for us just launching and just going straight into [“Avatar 4” and “Avatar 5”] and I figure out a production methodology where I have a bit of a hiatus where I can make another film. And there’s another argument that says just go make those two damn movies and figure everything else out when I’m 80».

Y hay mucho que decir de la rentabilidad de la serie de Avatar, que hasta unos años estaba garantizada. James Cameron tal vez sea el único director de cine que jamás ha perdido dinero con una película... dejando fuera Piraña: asesinos voladores, película debut de la que fue DESPEDIDO fulminantemente, de la que Cameron reniega y que sus feladores, y el propio Cameron excluyen muy interesadamente de su filmografía. Vamos a darle cancha al director canadiense y asumir que ciertamente este sonoro DESASTRE DE TAQUILLA y crítica fue finalizado por Ovidio G. Assonitis. En palabras del propio Cameron: «the producer wouldn't take my name off the picture because [por contrato] they couldn't deliver it with an Italian name. So they left me on, no matter what I did. [...] In actual fact, I did some directing on the film, but I don't feel it was my first movie.»
(Técnicamente, con 70 millones de presupuesto y sólo 90 de recaudación, The Abyss fue un fracaso, pero por algún motivo esta película escasamente rentable, cuyo rodaje casi le cuesta su salud mental a Mary Elizabeth Mastrantonio, también figura como un éxito en el panegíricio de los hagiógrafos de James Cameron).

Hay mucho que decir de la rentabilidad de Avatar: Fuego y ceniza porque el mercado cinematográfico ha cambiado mucho desde 2009, cuando se estrenó la primera película, y RADICALMENTE desde 2019, aunque solo fuese porque los costes de producción, particularmente de los efectos especiales por ordenador, de los que vemos un abuso creciente en la industria cinematográfica, se han DISPARADO y, encima, los cines no han recuperado, ni parece que vayan a hacerlo a corto ni medio plazo, la afluencia de espectadores anterior al confinamiento durante la pandemia del Covid-19. Y si no entiendes a qué nos referimos, nos referimos a que la asistencia a los cines desde 2019 ha sufrido una caída de, agárrate los huevos, amado lector, un 75 POR CIENTO. Como suena.

Eso por no meternos en un análisis más profundo de los cambios en el mercado del ocio de China, que, por mera fuerza del volumen de espectadores llegó a decidir la rentabilidad de muchos títulos con presupuestos extraordinariamente elevados, y que habían funcionado mal o se habían estrellado en la taquilla doméstica (como fue el caso de Transformers: el último caballero, que en Estados Unidos se metió un HOSTIÓN de menos de 45 millones en su estreno mientras que en China abrió con casi 120 millones). El peso del fandom chino llegó a ser tan determinante que incluso cambió la forma en que se comercializaban, se escribían e incluso se dirigían los largometrajes de gran presupuesto (y está directamente detrás del auge del cine de superhéroes, y de su decadencia artística, cinematográfica y narrativa, como ya hemos señalado en numerosas entradas anteriores)... Pero la insensata política exterior trumpista, y otros factores que no nos planteamos deshilvanar aquí, ha supuesto una contracción del mercado chino para en lo que a recepción de películas extranjeras se trata y un auge de la producción nacional, destinada a cubrir el nicho dejado por los grandes títulos de las productoras occidentales.
(Y ése es uno de los motivos más determinantes por los cuales Ne Zha 2 superó a Del revés 2 como la película de animación más taquillera de la historia, poniéndose con una recaudación acumulada de más de 2 000 millones de dólares, muy por delante de Del revés 2 y sus algo menos de mil setecientos millones).
En Pixar/Disney cuando se enteraron.

Y, aunque Avatar: Fuego y ceniza amase una morterada de panoja que haga posible el rodaje de sus secuelas (desenlace que deseamos, pues realmente, y a pesar de sus los desengaños y altibajos, queremos ver el final de esta saga), la recaudación con la que James Cameron sueña, por elevada que sea, no podrá elevar la fláccida narración de las tres películas ni remediar el prácticamente NULO impacto cultural de su emblemática saga.

No se ven, salvo anecdóticamente, cosplayers de Avatar en las convenciones de cómic y videojuegos (y casi siempre coincidiendo con la ventana de estreno de alguna de las películas). Hay entre poca y casi ninguna fan-fiction de Avatar, fuera de algunos subforos y wikis para incondicionales, y de los circuitos subterráneos del porno. Si medimos el eco que una obra artística crea en nuestra civilización a partir de la asimilación de dicha obra en nuestro lenguaje y expresiones artísticas, el proyecto largamente soñado por James Cameron desde los años 90, pospuesto hasta que la tecnología le permitió filmarlo con la merecida dignidad, prácticamente NO EXISTE.

Y quizá, sólo quizá, (idea loca que se nos ha ocurrido así como sin darnos cuenta), parte de esta irrelevancia se deba a que James Cameron ha pasado tanto tiempo diseñando la ecología y etnología de Pandora que no se tomó la molestia de escribir unos personajes carismáticos o una historia mínimamente interesante, aunque se hubiese limitado a tomar los tropos del clásico cuento de hadas como hizo en su día el director con la segunda papada más repugnante de la historia del cine al rodar su La guerra de las galaxias. Y Cameron, que no se está haciendo más joven, está perdiendo la oportunidad, única en una vida que ya entró en período de descuento, de crear una saga inmortal.

En la sala en la que vimos Fuego y ceniza había gente de todas las edades, pero con una notoria sobrerrepresentación de chavalines de en torno a los doce años, en grupitos o acompañados por sus padres. Polluelos que, al terminar la proyección, aplaudieron como focas amaestradas. Que no sé a quién coño aplaudían, los muy cabritos, porque, generación TikTok, se pasaron el 90% de las tres horas de metraje pendientes de las pantallas de sus teléfonos. Quizá Cameron simplemente ha renunciado a escribir una buena película (y ya van tres oportunidades perdidas), y se ha conformado, una vez más, con ofrecernos un demo-reel de su puntera tecnología de efectos especiales que fotocopia, casi hasta la caricatura, el argumento, personajes y temas de ese otro largometraje que nos comprometimos a no mencionar en la presente entrada.

Avatar: Fuego y ceniza es una reata bien gorda y bien cara. Una pinga gigantesca. Un pico pantagruélico. Un chimbo desaforado. Un troncho inmenso. Una garcha titánica. Una pija de proporciones homéricas. Una ñema como un misil. Una callampa que asusta.

Pero nunca llega a ponerse dura del todo.