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sábado, 21 de febrero de 2026

La cara es el espejo del alma

Puede que la abstracción sea la herramienta más poderosa de un escritor de ficción. Más que la imaginación, con la cual está emparentada en promiscuo concubinato. Más que el lenguaje, que sólo es un vehículo expresivo. Más que una buena biblioteca o, en su versión contemporánea, un buen acceso a Internet, donde buscar documentación solvente. La abstracción está por encima de todas ellas. Si quieres escribir fábulas, debes ser capaz de abstraerte.

abstraer

Del lat. abstrahĕre 'arrastrar lejos', 'apartar, separar'.

1. tr. Separar por medio de una operación intelectual un rasgo o una cualidad de algo para analizarlos aisladamente o considerarlos en su pura esencia o noción. 2. prnl. Concentrarse en los propios pensamientos apartando los sentidos o la mente de la realidad inmediata. 

He tenido oportunidad de volver a recordar este axioma en fecha reciente. Aunque entonces no lo llamé «abstracción», sino llamé «esquizofrenia dialéctica». Y me quedé tan ancho.

Vayamos por pollas, digo por partes, que decía Sasha Grey, digo Jack el destripador. Tenemos que empezar por hacer diversas suposiciones:

Supongamos que eres el autor de un libro de fantasía oscura (grimdark fantasy, lo llaman ahora los insufribles gafapásticos cagapoquitos). Y quiero decir MUY oscura. Oscura como los cojones de un grillo. Como el corazón de un concejal de Urbanismo. Oscura como el pelo del chocho de Riley Reid.

Cuando digo «oscura» estoy hablando de una novela protagonizada por personajes ambiguos y adultos, con preocupaciones complejas, multiestratificadas, contradicciones extremas e, incluso entre los «mejores» de ellos, lapsos morales realmente indigestos. Una novela con tramas entrecruzadas, temáticas ambiciosas, macedonia de géneros (noir, ciencia-ficción, thriller político, fantástico, terror, bélico), erotismo a raudales y violencia explícita, sádica.

No es El señor de los anillos, por oscuros que puedan ser algunos capítulos de ese libro. Ni siquiera es el libro random de fantasía con la típica ambientación falsomedieval que J.R.R. puso de moda y al que se adhieren mayoritariamente incluso los autores más modernos y transgresores del subgénero grimdark: El Gordo Cabrón, John Gwynne, R. Scott Bakker, Steven EricksonAndrzej Sapkowski, Joe Abercrombie, Glen Cook, Mark Lawrence, Robin Hobb... por no olvidar los precursores, como el anarquista Michael Moorcock con libros, autor de clásicos del calibre de El bastón rúnico o la Saga de Elric de Melniboné.


Como te gusta complicarte la vida, o porque has leído demasiada fantasía deplorable escrita con esos códigos (o porque ya intentaste en su día perpetrar tu clon de Tolkien, y te sentiste al menos tan sucio como cuando tu dulce hermanita de catorce años te pilló haciéndote una gayola con el catálogo del Venca), has ambientando tu novela de fantasía oscura en la última década del siglo XX, en un mundo muy parecido al tuyo. Y, porque esas parábolas en blanco y negro, donde los buenos son siempre irreprochables y los malos son peores que la carne del pescuezo, ya no armonizan con tu experiencia adulta del mundo (y probablemente tampoco lo hagan con tus lectores), le has metido a tu experimento de grimdark fantasy contemporáneo personajes más o menos execrables, bizantinas luchas corporativas, bandazos de geopolítica, un inquietante deep state de multimillonarios  narcisistas y psicópatas, unas chispitas de chocolate de mitología, artes marciales, gánsteres, acciones encubiertas de equipos de operaciones especiales y mucha follasión. Y decimos follasión no siempre heterosexual y no siempre entre adultos consentidores.

Síp. Tu libro de «espada y brujería» es, en realidad, un libro de «fusiles de asalto y brujería», de «armas atómicas y brujería», de «opas hostiles y brujería», de «mitología nórdica y brujería». Cómo coño has logrado hacer funcionar eso, o si lo has conseguido siquiera, queda a discreción de los lectores, no a la tuya. Con un poco de suerte, estarán demasiado ocupados buscando la siguiente escena sórdida de POOOOOOOLVAAAAAASOOOO viscoso y denigrante para darse cuenta de que has compuesto un pastiche que no termina de empastar del todo.


Como eres un lector bulímico y tienes un par de neuronas que se hablan entre sí, has notado la característica fundamental del grimdark, que lo diferencia de la fantasía épica tradicional, e intentado incorporarla a tu libro: en las novelas «estilo Tolkien», los héroes siempre hacen lo correcto (o al menos eso es lo que se espera de ellos, tentación de Boromir aparte). En tu novela, los «héroes» hacen lo que pueden, lo que les dejan o lo que no les queda más remedio. Y, a veces, el único curso de acción a su alcance es escoger el menor de dos males. Y descubrir si pueden o no sobrevivir a las consecuencias de su elección. Tolkien es fantasía infantil y adolescente, llena de magia, maravilla y esperanza incluso en la hora más oscura de la Tierra Media desde los tiempos de Morgoth y la caída de Gondolin. Tu libro es fantasía para adultos baqueteados, desencantados y con poca o ninguna fe en el futuro, lectores que necesitan que alguien les diga que lo están haciendo tan bien como pueden, y que tal vez la sospecha de que el mundo conspira contra ellos no está del todo desinformada.


¿Me sigues por ahora, querido lector? Bien.

Ahora supongamos que un día te sientas a diseñar un portafolio gráfico para la novela, el abecedario visual, los códigos plásticos del libro. En principio, empieza como un juego. Dado que tus amigos dibujantes están siempre muy ocupados (y 
todavía estás esperando el último encargo que les hiciste, en 2019), o eso dicen, los cacho cabrones; que tú llevas la tira y los que se andan a gatas sin dibujar sistemáticamente (con lo cual, para desoxidarte, tendrías que empezar prácticamente de cero), echas mano de ChatGPT y, regateo aquí, regateo allá, maquíllate, maquíllate, obtienes un primer diseño de dos de los personajes de tu novela que te deja razonablemente satisfecho.
(Te dices a ti mismo que sólo son bocetos, referencias visuales, material de apoyo para tu novela; pero la tentación de usar el dibujo tal cual es casi irresistible, aunque la idea te hace sentirte un poco sucio, como ver el más reciente vídeo ginecológico de tachán tacháaaaan, a ver si lo adivinas).
Deutschland!

Pero coges vicio. Y te curras algunas imágenes más. Con unos prompts exasperantemente largos, que probablemente justificarían por sí solos el pico en el precio de la memoria RAM, te haces con una pequeña carpeta de dibujos inspirados en los personajes y el universo ficticio de tu novela.

Y llega el momento en que te quieres currar una portada para el libro (bueno, vale, dos; no hay puta manera que ese ladrillo quepa en un único volumen).

Y aquí es donde empieza el problema.

Tomas la imagen original, la de los personajes de tu novela que tanto te gustó. La encuadras en un formato estándar de libro en rústica. Le pones el título. Le pones tu nombre. Y durante un tiempo te sientes muy orgulloso de haberte conocido.

Y luego algo empieza a oler a pañal de abuelo. De abuelo muerto hace doce años.

La portada es preciosa. Tan bonita como los ojos de Alexandra Daddario. Probablemente la única mujer de la historia de la humanidad que ha dicho, alguna vez en su vida, «mis tetas están aquí abajo, lince».
Pero tu, que has escrito la novela, sientes que algo no funciona. Que eso no está bien. Que no es la portada apropiada para la obra que introduce. Que no es una fiel representación del tono, temática y, lo más importante, público objetivo al que está dirigido el libro.

¡Pero joder, qué bonita es esa portada, por Dios! ¡Y qué cachondo te pone! ¡Te pone más cachondo que ver a una lesbiana cortando leña!

¡Pero mierda, qué desasosiego más gordo te embarga cuando intentas reconciliar esa portada tan erotizante con el libro que introduce!

Y entonces se produce la escisión. La abstracción. En una proeza intelectual, divides tu conciencia en dos personajes con objetivos contrapuestos: el escritor y el artista con formación en Bellas Artes e Ilustración, los encierras en una habitación de tu mente y los obligas a dialogar en un ejercicio deliberado de e
squizofrenia dialéctica.

Y, saques algo en limpio o no, en el peor de los casos ya te has currado la nueva entrada del Paratroopers.

En este diálogo escindido, Tú, El Escritor, presentas un pliego de condiciones en el que exiges que las portadas tengan como motivo icónico principal los personajes (ese dibujito hecho con IA del que te sientes tan hipócritamente orgulloso). Y es hasta cierto punto de esperar que así sea. Tú, El Escritor, has pasado años dentro de la cabeza de esos personajes. Te has enamorado de ellos, hasta de los más chungos. Has vivido con ellos sus aventuras, sus decisiones, sus errores y proezas. Y, encima, tienes ese precioso dibujo que, ah, joder, ¡qué sensación tan extraña, tan maravillosamente estimulante, poder mirar por primera vez a los ojos a los hijos de tu imaginación y que ellos, a su vez, te devuelvan la mirada!

Tú, El Ilustrador, escuchas a ese gilipollas largar mamonadas por su sucia boquita y tienes que contenerte las ganas de darle cuatro patadas en la sien y petarle el cacas mientras está en el suelo, llorando y llamando a su puta madre. Así que aprietas el culo y asientes como si un mongólico mientras el imbécil del Escritor enumera todas y cada una de sus «razones» (que en realidad son sólo excusas y justificaciones) para pedirte que pongas en la portada de su libro algo que, como responsable del apartado visual de la novela, sabes perfectamente que NO va a funcionar.

Pero por el momento, tú, El Ilustrador, callas y escuchas. Es mejor dejar a los imbéciles ventilar de una sola vez toda su diarrea mental antes de empezar a explicarles por qué son unos completos retrasados en Diseño Gráfico y promoción editorial.

Así que dejas que el pelotudo del Tú Escritor hable y hable, y mueves la cabeza como un perrete de esos de salpicadero de coche, los de la cabecita loca. No porque le estés dando la razón, al pobre bastardo, sino porque, si no le interrumpes, acabará mucho antes de decir chuminadas.

Y tú, El Escritor, terminas de ponerte cachondo... quiero decir en evidencia, y tú, El Ilustrador, empiezas a hablar. Y empiezas fuerte, para marcar tu territorio:

«Mira, piltrafilla, lo que tú me estás describiendo es la receta de un FRACASO de ventas o una demanda civil colectiva, interpuesta por padres de adolescentes traumatizados, que va a temblar el misterio».

«¿Qué?», dice el Tú Escritor, y el Tú Ilustrador pasa a explicarse.
Mein Herz in Flammen!

Como la literatura, las artes plásticas tienen su propia gramática. Una ilustración de portada transmite un mensaje no ya por la escena que pueda o no pueda representar, sino por el motivo pictórico escogido, la técnica empleada, la composición visual, la posición, color y dirección de la luz, ¡la puta tipografía! Una paleta de colores errónea, un tipo de letra irresponsable, y tu novela ligera sobre un otaku adolescente que desarrolla superpoderes de tanto jugar al Animal Crossing, acabará en El Corte Inglés al lado de los Libros de la sangre de Clive Barker.

«¿Qué?», repite el Tú Escritor.

La representación en portada del cuerpo humano, particularmente de unos veinte años a esta parte, se reserva, con carácter prácticamente exclusivo, para la literatura romántica, la novela histórica y los libros orientados a un público infantil y juvenil; aunque estiremos la etiqueta «juvenil», hasta casi romperla, para que alcance la categoría que en inglés se llama «young adult» (y que abarca una horquilla desde los 12 a los 18-20 años). La fantasía adulta, y tu libro, Escritor, es ADULTO DE LA HOSTIA, ha desplazado el diseño de sus portadas de lo figurativo a lo simbólico, del personaje a lo conceptual. Y hay buenas razones para haberlo hecho así.

(Tú, El Escritor, remueves el culo en el asiento, como si te picasen las lombrices).
En primer lugar, la literatura de «ficción especulativa» (género que engloba la epic fantasy de toda la vida y todos los subgéneros de ciencia-ficción que conozcas, y los que se hayan inventado mientras escribíamos este párrafo) ha perdido por fin el virgo. O sea, la inocencia. Ya no se resigna a ser considerada «literatura de segunda», «escapismo descerebrado», «pienso para pajeros». Por eso el diseño de sus encuadernaciones rechaza la apariencia pulp que caracterizaba el género en los ochenta y noventa, y que no era más que la inercia adquirida por aquellas portadas de la Edad de Oro. El género ya no se resigna a subsistir exclusivamente de lectores adolescentes y juveniles, de modo que opta por reclamos visuales que transmitan tono, prestigio y complejidad, no la enésima pitoflautez con dragones y elfos.

En las portadas modernas de los libros de fantasía adulta (el matiz es importante), la figura humana desaparece, se fragmenta, se abstrae, queda reducida a una silueta o se confina en las ediciones ilustradas o de lujo. Y eso es debido a que la portada, «el alma» del libro, debe hacer, de cara al lector, la promesa de lectura CORRECTA.

Una portada de Grimdark Fantasy con personajes reconocibles, calidad narrativa y literalidad más o menos expresa no está susurrando «grimdark fantasy», sino gritando «¡FANTASÍA LIGERA GENÉRICA! ¡PÚBLICO JUVENIL! ¡ÉPICA CONVENCIONAL! ¡EXPANSIÓN DEL AD&D! ¡TOLKIEN, CÓMEME LOS HUEVOS POR DETRÁS!» e incluso «¡FANART-ARAMA! ¡R.A. SALVATORE! (y hasta las portadas de sus libros han empezado a alejarse del estilo D&D)».

Ahora imagínate, Tú El Escritor, por un momento transmutado en Tú El Lector (esquizofrenia plus), pasando por la sección de novedades de la FNAC y viendo esa portada que tanto te gusta, envolviendo la novela que has escrito. Si eres un lector adulto, del tipo que ya no se pone palote con elfas de rotundas tetas y dragones de duras escamas, pasas de largo y limpias la caché de tu memoria a corto plazo. Si eres un adolescente seboso lleno de acné y que acaba de empezar a hacerse las primeras manuelas, abres el libro... y te abofetean los personajes oscuros, de moralidad dudosa, te salpica la cara la sangre y tripas de las escenas de violencia gráfica, y te chorrean en los ojos los fluidos venéreos de los pasajes de sexo turbio y explícito.

Y devuelves a la estantería ese catálogo de decapitaciones, incesto, asesinatos en masa, ninfomanía, desmembramientos y coito anal. Porque no tienes la edad
que necesitas, ni la vida te ha dejado aún suficientes cicatrices, para procesar una novela con ese bagaje. La portada del libro te ha engañado. Ha defraudado tus expectativas. Te ha anticipado falsamente un tono, temática y lenguaje del que en realidad la novela carece y que NUNCA tuvo intención de ofrecerte. Mientras tanto, el público lector que podría estar interesado en una obra así, pasa DE LARGO sin dedicarle una segunda mirada a esa «nueva mierda para lúsers y pereros».

El problema no es que la figura humana, en portada, expulse al lector adulto (y dañado, y amargado). Es el lenguaje visual, el propósito y naturaleza de esa representación de la figura humana lo que puede desorientar al público al que está destinado tu novela (y especialmente al que NO lo está). Entiendo que tengas la picha hecha un lío, Tú El Escritor, si tu idea de «portada de libro de fantasía» es un bárbaro dibujado por Frank Frazetta o una putaca con bikini de cota de malla firmada por Boris Vallejo. Ya me toca la funda de las bolas tener que ser yo, el Tú Ilustrador, el que te lo diga a ti, el Tú Escritor, pero las poses heroicas, la mirada al lector, la estética de cómic/anime/arte conceptual, transmiten el mensaje «¡Somos los protas! ¡Yuuuuupiiii! ¡Míranos! ¡Mira cómo molamos! ¡Molamos tanto como una peli de Zack Snyder

Y eso no va a hacer que se detengan ante tu libro de fantasía oscura, lucha desesperada contra poderes omnímodos, gobiernos en la sombra y fornicio, los únicos lectores que podrían apreciarlo.

Las portadas de fantasía adulta que todavía recurren a la figura humana no se limitan a recrear escenas y tropos de tu libro favorito de «escoge tu propia aventura». Convierten el cuerpo humano en un icono, cargan las tintas en la atmósfera, diluyendo la identidad y la sensación de «personaje protagonista», procuran evitar los rostros claros o las expresiones. La mayoría del género ha dejado progresiva y preferentemente de lado el estilo figurativo y abrazado el simbolismo visual. Canción de fuego y hielo: blasones, colores planos; la saga de The Witcher, vuelta la espalda (con matices y excepciones, sigue leyendo) al cuerpo humano: iconos, texturas, atmósferas. Joe Abercombie: paisajes desolados, abstracciones, objetos inanimados, tipografías puras. Mark Lawrence: arquitectura, paisajes, claroscuros (de nuevo con salvedades).

«Pero», protestas Tú El Escritor, «la portada debe ser la extensión emocional de la novela. Y la novela reposa por entero sobre los hombros de sus personajes. Situarlos en la portada es el reconocimiento que merecen. Es lo que los hace REALES, más allá de las palabras que los describen».

No, dices Tú El Ilustrador. La portada es la interfaz entre el libro y el mercado. Tú, Escritor, estás pensando en tus personajes. Tú, El Ilustrador, tiene la responsabilidad de pensar en los lectores que aún NO LOS CONOCE. Y esa portada no debe desafiar a los libreros («¿Dónde mierda pongo esto? ¿A quién cojones se lo ofrezco?»), sino encontrar de manera orgánica su lugar en las mesas de novedades, debe ser, y esto es muy importante, ser legible en los thumbnails de Amazon y evocar, sin esfuerzo, otros títulos del mismo género.

«Pero...», protestas Tú, El Escritor.

No hay peros, le interrumpes Tú El Ilustrador, y no he terminado de hablar.

Las portadas pulp de los años 30, 40, 50 y 60, cuya resaca pareces no haber superado, Tú El Escritor, no eran figurativas y vistosas por inmadurez artística de sus artistas o lectores, sino por pura necesidad. Esos libros y revistas se vendían en kioscos (el concepto «librería especializada» es de ayer por la tarde), donde competían por la atención del comprador con otros libros, revistas, cómics y tabloides. El lector tenía segundos para decidir en qué se gastaba sus veinte centavos. Las portadas tenían que contar, con el mínimo esfuerzo, qué-pasa-aquí, de-qué-coño-va-esto, me-va-a-gustar-o-no.

Por eso esas portadas «clásicas» muestran cuerpos humanos, normalmente ideales anatómicos, acción congelada, conflicto escenificado y erotismo implícito o expreso. Un lenguaje visual DE IMPACTO, empleado expresamente para atraer la atención del lector en un entorno saturado de «ruido» sensorial.

La caída del kiosco tradicional coincide con el ascenso del «lector iniciado». El género de ficción especulativa se desplaza a las librerías. Los libros reemplazan a las revistas pulp encuadernadas en papel tan barato que se desintegraban mientras las leías. El comprador ya no es un consumidor ocasional, es un lector fiel que conoce el género, que sabe moverse por la sección de fantasía de la librería, que reconoce el nombre del autor porque está familiarizado con su obra.

En este momento histórico, las portadas del género ya no necesitan ser descriptivas. Es entonces cuando digievolucionan y se convierten en identitarias. La fantasía y la ciencia ficción, que durante décadas han arrastrado el contrapeso de «literatura escapista», «género menor», «entretenimiento para adolescentes», escoge abjurar de sus propios clichés (que, repetimos, surgieron originalmente como herramienta de SUPERVIVENCIA). Abandona a las doncellas en peligro, castra a los guerreros semidesnudos, expulsa a los monstruos lovecraftianos.

¿Y cómo se expresa esa nueva estrategia promocional en las editoriales? Pues adoptando códigos extraídos directamente de las portadas de la novela histórica, la ficción «madura» y el ensayo. El contenido no cambia. Asimov sigue siendo el mismo viejo verde obsesionado con las tetas. Úrsula K. Le Guin aún habla sin tapujos de sexualidad en La mano izquierda de la oscuridad. El contenido es el mismo, es el continente el que ahora reivindica la dignidad de un género que ha dejado de disculparse por existir y conquistado su lugar en el mercado.

Y al género de ficción especulativa, esta transición le pilla en mitad de una zancada. Es notorio el cambio en el estilo visual de las portadas de GRRRR Martin, de la época en que Canción de fuego y hielo era otra obra de nicho, alpiste para incels y gordos gafotas, a la actualidad: las típicas convenciones sentadas por los manuales y novelas de Dragones y Mazmorras son descartadas y reemplazadas por portadas simbólicas. Pura metonimia. Conceptualización más o menos acusada.

Las primeras ediciones de Canción de fuego y hielo heredaron el rico, pero ya caduco, patrimonio visual de D&D. Un imaginario que comunica épica clásica y una orientación juvenil, convencional, que mal conciliaba con una historia con forbidden love entre hermanos, enanos borrachos, cinismo, villanos triunfantes, héroes pánfilos, borracheras, nihilismo expreso, zombis, tetas, diarrea, bodas rojas, torturas, putas y puñaladas traperas.

Las ediciones más recientes de la serie (que probablemente nunca veremos terminada, por razones analizadas aquí), parten de un pool de lectores que ya sabe quién es el Gordo Cabrón (bien porque conocen sus libros, bien porque han visto la serie de televisión, de temporada final tan dolorosamente decepcionante) y de qué va esto de las tetas y los dragones. Por eso los ilustradores de las portadas de las reediciones abandonan el personaje y priorizan el mundo, el sistema, el conflicto, en un mundo donde los protagonistas están trabados en una mezquina lucha por el poder (mientras crece en la sombra la verdadera amenaza que todos deberían unirse para combatir).

El huargo de los Stark, el ciervo de los Baratheon, el dragón de los Targaryen, no son dibujos bonitos, son condensadores semánticos. Iconografía identitaria. Y funcionan como atractores visuales e identificadores de marca porque, a la par que se producía la evolución del género, también han crecido y madurado sus lectores. El lector contemporáneo ha visto cine de ciencia ficción y fantasía, ha leído cómics, ha jugado a videojuegos, reconoce los tropos del género y está familiarizado con el hedor a cliché. Porque en ficción especulativa, como en todo lo demás, la mayor parte de lo que se escribe es mierda. Y quiero decir mierda con marcianos, elfos, viajes a la velocidad de la luz y dragones, que es la peor clase de mierda imaginable.

Ese lector contemporáneo sabe lo que promete una portada figurativa: liviandad, personajes irreprochables y monolíticos, villanos estereotipados, suspense de plastilina, moralina más o menos evidente. Y también ha aprendido a identificar lo que se oculta tras una portada simbólica: un worldbuilding rico y profundo, personajes ambiguos y complejos (es decir humanos), superposición de capas narrativas y temas adultos, un texto que RESISTE la relectura, que NO SE AGOTA en la superficie.

La competencia con otros productos culturales ha aportado su granito de arena a esta decadencia de la ilustración figurativa. Los principales rivales del libro son el cómic y, por encima de todo y casi exclusivamente, el cine y las series de televisión. La novela adulta (quitamos aquí los epítetos, porque es una norma universalmente válida) no se beneficia intentando conquistar la atención del público de HBO, no debe cometer el error de perseguir las cifras del nuevo título del MCU, porque si entra a ese campo de juego, si acepta sus reglas, inevitablemente PERDERÁ.

Dos o más personajes en portada, haciendo posturitas y poniendo cara de aguantarse un pedo choricero, no conseguirán que tus posibles lectores saquen los hocicos de sus teléfonos móviles.

El símbolo, el icono en portada, renuncia a esa batalla, perdida de antemano. Desplaza la atención del lector a un plano diferente, donde puede competir con dignidad y posibilidades de victoria contra sus declarados enemigos. Promete complicidad intelectual, profundidad filosófica, recompensa al tiempo invertido en su lectura.

Algo que los medios audiovisuales raras veces pueden ofrecer y nunca igualar.

«Bueno«, dices Tú El Escritor, «pero la edición de Orbit de 2025 de la saga de Geralt de Rivia vuelve a tener personajes en portada».

Algunas ediciones. Algunas ediciones, amigo Escritor. Las encuadernaciones de Orbit para las novelas de El Brujero no descalifican mi tesis, sino que la ratifican al materializar perfectamente esa tensión entre el antiguo y el nuevo lenguaje visual. Y, precisamente, la saga de Geralt de Rivia no puede tomarse como referente porque Gerardo El Magias es una IP consolidada, conocida por el espectador y el lector promedios, que ya están al corriente de su carácter adulto, oscuro, trágico.

Geralt, Yennefer, Ciri, Triss Merigold, no son personajes nuevos que tengan que encontrar su hueco; a estas alturas de la película ya son PUTOS iconos pop y arquetipos culturales. Además, en Orbit no han «recaído» en la estética pulp ni intentado rescatar del olvido los muñegotes de libro de Timun Mas. Sus portadas figurativas son atmosféricas, melancólicas, de un estilismo frío, escultórico. Y ese argumento es más o menos extensivo, por no individualizar, a casi todas las demás portadas figurativas de fantasía adulta que nos puedas tirar a la cara (algunos ejemplos de las cuales ilustran la presente entrada). En casi todos los mercados, en casi todos los idiomas.

Las portadas de Orbit para The Witcher no dicen, «volvemos a los años 60», dicen, «podemos hacer lo que nos salga de la polla porque The Witcher es marca».

El papel del artista de portada no es hacer concesiones al autor, es traducir su novela a un lenguaje legible, que comunique la impresión apropiada y sea fiel al contenido del libro. Que atraiga al lector correcto. Y eso se logra mediante una composición adecuada, un código cromático acorde al tono, atmósfera, historia de la novela y público al que va orientado. El ilustrador de portada puede y debe, o no estaría HACIENDO SU TRABAJO, convertir el INFIERNO de una novela (sobre todo una tan larga y enrevesada como ésta), en un símbolo sofisticado, en un sistema visual que transmita la información correcta al lector correcto.

Y eso no pasa por plegarse a todos los deseos del Tú Escritor.

El Tú Escritor ya ha hecho lo más difícil: escribir el libro.

El Tú Ilustrador tiene ahora por delante una misión no menos esforzada y afanosa: PROTEGER el libro. Convertir tu exuberante universo imaginario en concepto. Crear UNA marca reconocible. Establecer de manera inequívoca el tono y temperamento de la novela. Garantizar en portada una unidad conceptual y una lectura clara que permitan, sin vacilaciones, una muy necesaria DIFERENCIACIÓN de género (literario, no gilipóllico). Respetar la complejidad del libro sin convertir su cubierta en «ruido blanco» incomprensible. Lograr que la tapa sea una puerta que el lector esté deseando cruzar, no un póster de habitación de estudiante universitario que se arruga y tira a la basura después de los exámenes de junio.

Por eso, Tú El Escritor, cuando se trate de cuestiones de diseño de portada, o de cualquier otro tipo de recurso visual, deberías callarte la PUTA BOCA y dejarle ese trabajo al Tú Ilustrador. Zapatero a tus zapatos.

«¿Y... crees que estarás a la altura del desafío, o que podrás encontrar a alguien que lo esté?»

Creo que ya hemos llegado al final de la entrada de esta quincena. Y que en realidad no importa lo que haga o deje de hacer, porque tu libro, como casi todos los libros, probablemente no sea más que una mierda.
(Aquí entramos en ESQUIZOFRENIA MODE [OFF] y recuperamos la unicidad de nuestro ser).

domingo, 11 de enero de 2026

P‪iérdete en la música, si quieres, pero no olvides renovar tu receta de Largactil

♫ Look, if you had one shot or one opportunity
To seize everything you ever wanted in one moment
Would you capture it or just let it slip?
Yo ♪


James Graham Ballard
 es un autor aquejado del mismo mal que afectaba a la pobre Doris Lessing: sus correligionarios, apóstoles y filisteos ocultaban muy deliberadamente sus títulos de ciencia-ficción. Como si fuesen pecadillos de juventud. Excentricidades vergonzosas. Parafilias humillantes. Para los engolados culturetas gafapastas que cantan las alabanzas de El imperio del sol, Crash, La muestra de atrocidades o La isla de cemento; los títulos del autor británico que innegablemente caen en el casillero de la ciencia-ficción, como El viento de ninguna parte, Noches de cocaína, El mundo sumergido o La sequía, o bien «no son en realidad ciencia-ficción» (aquí, con unos cojonazos como La Berenguela, los mismos cagapoquitos sustituyen el muy noble título de «escritor de ciencia-ficción» por el etéreo «escritor visionario») o, simplemente, no existen.

Sí, gilipollas (que van a salir más de una vez en esta entrada) los hay en todas partes.


También la pobre Doris Lessing sufrió, durante su larga y fructífera carrera, del mismo desprecio intelectualoide hacia su obra de ciencia-ficción. Un montón de petulantes gusanos de biblioteca no podían perdonar a Doris Lessing, una de las pocas personas que ganó, en vida, TODOS los grandes premios literarios de Europa, que escribiese, entre otras cosas, Shikasta, Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco o Los experimentos sirios (aunque para nosotros, y que nos perdone la Whiskypedia, en esta categoría entran también La grieta e Instrucciones para un descenso al infierno).

Este resquemor, esta inquina mejor o peor disimulada contra la regordeta feminista nacida en Kermanshá (Irán) estalló con varios kilotones de mala sangre cuando Lessing fue galardonada con el Nóbel de Literatura en 2007. El insufrible Harold Bloom, con todo su engreído papo y autoatribuida superioridad intelectual, tuvo el cuajo de hacer escarnio de toda la bibilografía de la autora: «Although Ms. Lessing at the beginning of her writing career had a few admirable qualities, I find her work for the past 15 years quite unreadable… fourth-rate science fiction». El crítico literario Marcel Reich-Ranicki tildó el fallo de la academia de «una decisión decepcionante» y hasta a Umberto Eco, después de felicitar a la autora, le faltó tiempo para denunciar olor a cuerno quemado ante la evidencia de que, rompiendo una norma no escrita del Nóbel de literatura, lo hubiesen ganado en tan breve plazo autores angloparlantes (el anterior a Lessing fue el turco Orhan Pamuk, pero el galardonado de 2005 fue Harold Pinter).

Para sorpresa de ninguno de los habituales de la bitácora, esta entrada no va sobre J.G. Ballard ni Doris Lessing.

J.G. Ballard (que no, que no va de él la entrada, copóns) es conocido, además de por sus libros, por su ingenio, típicamente británico y heredero de Wilde, del cual florecieron no pocos aforismos. Ponemos algunos ejemplos, algunos sorprendentemente proféticos:

«Las sociedades avanzadas del futuro no se regirán por la razón. Se regirán por la irracionalidad, por sistemas de psicopatología en competencia».

«El arte existe porque la realidad no es real ni significativa».

«Los padres infelices te enseñan una lección que dura toda la vida».

«Junto con nuestra pasividad, estamos entrando en una fase profundamente masoquista Todo el mundo es víctima hoy en día, de los padres, de los médicos, de las empresas farmacéuticas, incluso del propio amor. Y cuánto lo disfrutamos. Nuestros momentos más felices los pasamos intentando idear nuevas variedades de victimismo».

«Mi breve estancia en el hospital ya me había convencido de que la profesión médica era una puerta abierta a cualquiera que guardara rencor a la raza humana».

«Tarde o temprano, todo se convierte en televisión».

Y una de nuestras favoritas, y de las que encierra una verdad más dolorosamente palpable:
«Cualquier tonto puede escribir una novela, pero hay que ser un genio para venderla».
Y, ahora sí, DE ESO va el presente post.

De vender libros, y un poco de salud mental. Y de cómo el Arte atrae a personalidades frágiles, inestables o, abiertamente, patológicas. Porque tal vez lo que dicen sea cierto y todos los artistas hayamos nacido bajo el signo de Saturno, y el verdadero genio es a menudo tan indistinguible de la locura que muchos no iniciados puedan considerarlo equivalente.

No, no vamos a darte consejos sobre el mercado editorial, ni indicaciones para contactar a un editor o un agente literario. Si tuviésemos ese conocimiento, te lo ofreceríamos, vaya que sí. A cambio de un precio. ¿Qué coño te habías creído, parguela? ¿Que te ibas a trincar a una chinita cañón? Un ongarután en gayumbos tiene más posibilidades que tú.

No. Lo que vamos a enseñarte es una de las muchas formas en las que NO DEBES promocionar tu mierda de libro, ajustando la puntería de nuestra pistola de sarcasmo y nuestras bombas de racimo de sátira. Porque no tenemos suficiente información para determinar si la persona protagonista de la historia que te vamos a contar ha nacido realmente bajo el signo de Saturno, con el componente de locura e impulsividad que conlleva, o una cínica y fatua snowflake a la que pillaron con las manos enfangadas en tinta. Y, en caso de duda, es mejor respetar la presunción de inocencia o decirle a Riley Reid que vuelva a vestirse, que ese olor dulzón que desprenden sus promiscuos poros probablemente sea clamidia.

Deutchsland!

Si quieres leer A Crown of StarlightUna corona de luz estelar»), la, antaño, esperadísima (en cierto nicho de lectores) space-opera romántica de Cait Corrain inspirada en la mitología griega, lo vas a tener difícil DE COJONES, oh amado lector bibliófilo de grasienta papada y perenne olor a esmegma. En Amazon Reino Unido está completamente descatalogado y, en puridad, aunque tiene una fecha prevista de publicación de Diciembre de 2024, no parece haber estado nunca disponible en ningún formato.

En Amazon España sigue en preventa, tanto en tapa dura a 24,21€ como en rústica a 17,34€... pero, con una fecha de publicación prevista de enero de 2079, erratas o bromazos aparte, no recomendamos, en buena fe, a nadie que nos caiga simpático, que haga desembolso alguno hasta que el libro esté disponible o mientras la fecha de lanzamiento siga exigiendo hibernación o viaje interestelar a velocidades relativísticas.

En Amazon.com es que ni existe. Hay un puñado de títulos accidental o intencionadamente parecidos, en audiolibro, electrónico, rústica o tapa dura; ninguno de ellos la novela que hemos referenciado más arriba.

Y, encima, si haces una búsqueda en Amazon.com por nombre de la autora, te sale una página de resultados que da mucha vicisitud en la que no aparece ni un solo libro de esta escritora. Ni de ninguna otra, ya puestos.

Y tratándose de una autora que tenía ya firmado un contrato con Del Rey Books por éste, y otros libros, y una representante, Rebecca Podos (ella misma escritora de la que no resulta difícil encontrar obra a la venta en Amazon, si bien no muy extensa), de la agencia literaria RLA, este misterio no puede dejar de arrugarte la nariz, oh avispado lector.

Por si todo esto te parece un poco etéreo, amado lector (a fin y al cabo, la tal Podos es una ilustre desconocida y, a tenor del argumento de su obra publicada, casi más una activista y propagandista queer que una escritora per se), déjanos decirte que Del Rey Books es un sello editorial de, nada más y nada menos que, Random House, del grupo Bertelsmann. Y Random House, tras la fusión con Penguin en 2013 es, básicamente, una de las «big five» (categoría de peso corporativo en el mundo editorial en el que compiten titanes como Simon & Schuster, Hachette, HarperCollins y Macmillan Publishers). En lengua vernácula: Penguin Random House Limited es un puto coloso editorial en el cual trabajan más de 10 000 personas de todo el mundo, que abarca un poco menos de 250 editoriales y sellos, y que publica un promedio de 15 000 novedades al año, entre ellas algunas de las obras de los autores mejor vendidos del mercado editorial.

Del Rey Books fue fundado en 1977 como sello editorial de Ballantine Books. Del Rey era el espacio de Ballantine dedicado a los géneros de ciencia-ficción, terror y fantasía. El padre de la idea y responsable de la línea editorial de Del Rey Books no fue otro que Ramón Felipe Álvarez-del Rey, alias Lester del Rey, alias Leonard Knapp, uno de los padres de la ciencia-ficción de la Edad de Oro (y pupilo de John W. Campbell, y colega de Robert A. Heinlein), y su cuarta esposa esposa, Judy-Lynn (sí, ¿qué coño pasa?; los escritores nos divorciamos mucho, ¿algo que objetar?), tiene en su cartera de autores a completos desconocidos como Isaac Asimov, Ray Bradbury, Terry Brooks, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Stephen R. Donaldson, China Miéville, nuestra respetada y añorada Anne McCaffrey o Frederik Pohl.

En cuanto a como Del Rey acabó integrada en Random House, es historia antigua y breve: Random adquirió Ballantine en 1973, cuatro años antes de que existiese Del Rey Books. Del Rey nació ya en Random House.

Con el contexto que acabamos de proporcionarte, si eres una persona inquisitiva y ávida de conocimiento, no dejarás de preguntarte qué CARALLO EN NOMBRE DE LA DIVINA SARA SAMPAIO DOMINÁTRIX, ALABADOS SEAN SUS MUELLES MORROS LUSITANOS, pudo pasar para que Cait Corrain perdiese un contrato, por A Crown of Starlight y otro libro, con uno de los grupos editoriales más poderosos del mundo. Contrato que prácticamente le garantizaba el éxito comercial. Aunque pudiese ser un éxito fabricado (la capacidad de una bestia como Penguin Random House de colocar millones de ejemplares de la mierda más absoluta no es de desdeñar. ¡Que estamos hablando de los editores de la nefanda polvología de Cincuenta pollazos de la grey y El víncido Da Code!).

Cait Corrain tenía todas las rifas para convertirse en autora de un best-seller. Tenía agente literaria. Tenía contrato por varios libros con uno de los cinco grupos editoriales más poderosos del mundo. Coleccionaba entusiastas elogios de los early readers que habían accedido a una copia anticipada de la novela.

Y sin embargo, se comió una mierda así de grande y tanto ella como su libro desaparecieron de la Red de Redes.

¿Qué pasó?

Pues, lamentablemente, sólo podemos reconstruir la historia a partir de fuentes secundarias. El Tweet original de la página oficial de Del Rey Books en el que anuncia la ruptura de relaciones contractuales con Corrain sigue disponible (al menos en el momento en que escribimos esta entrada), así como el Tweet de Ilumicrate (un servicio de suscripción de libros de Daphne Press) en el que comunican su renuncia a incluir el libro de Corrain en su bundle de mayo de 2024; pero la cuenta de la propia Corrain, Tweets de los autores que denunciaron a la escritora, e incluso los hilos de Reddit y cuentas desde las que pusieron el grito en el ciberespacio, han sido borradas, cerradas o eliminadas. Y sin embargo, lo poco que podemos, es suficiente para presentarte, oh ojiplático lector embriagado por la contoneante pelvis corruptora de nuestra bayadera pornográfica preferida, un caso de estudio de CATASTRÓFICA implicación de un autor en la promoción de su propio libro. CAGADA APOTEÓSICA tal vez, no podemos asegurarlo, pero sin la suficiente información no nos atrevemos a cuestionarlo, originada en un sangrante problema de inmadurez emocional o derivada de una psique atribulada.

Un indignado resumen de la controversia todavía se puede encontrar en un vídeo, que sigue disponible mientras se escriben estas líneas, de la página de TikTok de Xiran Jay Zhao, ella misma escritora, cosplayer e Internet Celebrity. Xiran Zhao, que ya se hizo famosa por la RAJADA de 2020 en Twitter dándole hostias hasta en el DNI a la adaptación de imagen real de Mulán (sólo por eso ya nos cae simpática la amiga Xiran). Tú mismo, si te defiendes en inglés con acento canadiense, oh políglota lector.


Ahí van los datos, por si eres demasiado vago para pinchar el enlace o se te ha dormido la hipermusculada mano de hacerte las pajas viendo vídeos de Riley Reid:

«Un gusto generalizado por la pornografía significa que la naturaleza nos está alertando de alguna amenaza de extinción».

J. G. Ballard

Mein Herz in Flammen!

Desde por lo menos abril de 2023, varias cuentas de Goodreads comenzaron a darle puntuaciones extremadamente bajas, de una estrella (de cinco) a los libros, de inminente publicación de varios autores noveles. Lo que en inglés, tan propensos a los neologismos, se denomina «review bombing» («bombardeo de reseñas»), una técnica de sabotaje en el que se intenta lesionar el impacto de mercado de una película, videojuego, libro o análogo por el procedimiento de inundar los foros y redes sociales de comentarios en los que se  le llama de todo menos bonito. Normalmente por motivos espurios. Videojuegos como Mass Effect 3, Fallout 4 y Star Wars: Battlefront II, y películas como Star Wars: El ascenso de Skywalker, Los Eternos y Peter Pan & Wendy fueron víctimas de esta nociva práctica de la era Internet, que no nos atrevemos a descalificar como totalmente injustificada (vuelve a leer los ejemplos de películas que te hemos dado, lector. Sobre todo los dos primeros).


Haz un pequeño esfuerzo para colocarte en los zapatos de los afectados: imagina que eres un escritor novel a punto de publicar tu ópera prima y alguien, o varios alguienes, comienza una campaña en Internet para asegurarse de que va a hundir tu libro antes incluso de que salga a la venta.

La liebre, en el caso del bombardeo de reseñas de Goodreads de 2023 saltó cuando alguien hizo notar dos características especialmente llamativas de esta campaña:

a. Un porcentaje nada anecdótico de los autores «saboteados» en Goodreads era lo que los mongólicos de la neolengua woke-social justice warrior-we're fucking retarded and proud of it llaman POC, o sea «person of color». Vamos, que esos escritores primerizos no eran blancos. Los titulares de las cuentas desde que se lanzó el review bombing habían señalado como objetivo a autores con una pigmentación no estrictamente palidorra (con excepciones). Entre los afectados estaban Frances White y su Voyage of the Damned, por aquel entonces todavía inédito, To Gaze Upon Wicked Gods, de Molly X. Chang (el apellido te dará una idea de sus niveles de melanina, oh preclaro lector), The Poisons We Drink, de Bethany Baptiste, Mistress of Lies, de K.M. Enright (que, a pesar de su equívoco nombre y de vivir en Nueva Jersey, es más filipino que el sinigang), y So Let Them Burn, de la más bien morenita Kamilah Cole.

b. Las mismas cuentas que ponían una estrella a los títulos en preparación de los autores arriba aludidos, le ponían cinco estrellacas como cinco banderillas a A Crown of Starlight, de Cait Corrain. Ojo, esas cuentas de Goodreads no estaban centradas exclusivamente en los autores citados más arriba y en A Crown of Starlight, sino que, digamos para hacer la cosa un poco menos evidente, también reseñaban varias docenas de títulos de otros escritores. Pero, de nuevo, una persona especialmente despierta e informada del mercado editorial en lengua inglesa no habría dejado de notar que las víctimas de este bombardeo de reseñas eran libros que, por género y temática (ciencia-ficción, fantasía y romance; agitados, no revueltos, con inspiración más o menos declarada en la mitología griega), tono (mucho personaje no-blanco y LGBT), naturaleza novel del autor y calendario de publicación (ventanas editoriales de 2024), podrían haber competido con A Crown of Starlight (los libros de Frances White y Molly X. Chang, como el de Corrain, también eran primeras obras y, de postre, tanto Chang como Danielle Jensen, otra de las afectadas por este acoso y derribo cibernético, tenían contrato con Del Rey, al igual que Corrain).
Kamilah Cole. por las dudas.

No hacía falta ser un Sherlock Holmes para seguir el rastro de miguitas, y los perjudicados por esta estrategia de zapa y minado no tardaron en identificar a quién pertenecía la mano invisible que estaba intentando sabotear los lanzamientos de sus respectivos libros, y que era, básicamente, otra escritora novel con obra pendiente de publicación. Y queremos decir una escritora novel más blanca que la leche con crema de Oreos. Xiran Zhao estaba tan cabreada con esta ladina exhibición de, permítaseme tomar prestado el idiolecto de los subnormales postmodernos tardomarxistas, «fragilidad blanca» que quería lanzar un bombardeo orbital completo con los datos recopilados, para que la Intenné se cobrase su justicia callejera; pero las víctimas de esta sucia operación clandestina intentaron resolver el asunto discretamente poniéndose en contacto, fuera de los focos, con la presunta culpable.

Lamentablemente, los esfuerzos de los afectados no se vieron coronados pro el éxito (los detalles no ha sido revelados o no he podido encontrar las fuentes correctas). Tanto no tuvieron éxito en sus labores diplomáticas que Cait Corrain, pues ella era la presunta bombardera de reseñas maliciosas, en vez de bajar la cabeza, meter el rabo entre las piernas y reconocer lo que había hecho, se llenó en Twitter de afectada indignación acerca de las «cuentas falsas» que estaban tuneando sus reseñas de Goodreads. Aunque Corrain ha eliminado su cuenta de Twitter, las capturas de pantalla tienen la fea costumbre de volver para darte una hostia con los cinco dedos. Aquí tienes a la buena de Cait intentado hacerse pasar por otra víctima del review bombing:


Ésa fue la gota que colmó el vaso de Xiran Zhao. La autora de Iron Widow y Heavenly Tyrant se crujió los nudillos, aporreó su propio Twitter y se ganó, lo sepa o no, un título de paracaidista honoraria de esta bitácora.


Ése fue el principio del fin para A Crown of Starlight y, hasta nuevo aviso y previsiblemente, para la carrera literaria de Cait Corrain, pero en aquel momento nadie lo sabía aún. Nótese que Xiran no menciona nombre alguno, otorgando a la sospechosa la oportunidad de hacer las paces, en privado, con sus compañeros debutantes, a los que había hecho la puñeta plus, o, en caso de que Corrain fuese inocente, implicarse en la investigación del verdadero responsable y, en última instancia, limpiar su nombre artístico y no dinamitar su currículum profesional antes incluso de que existiese como tal.
Will dich lieben und verdammen!

La historia se espesó como lefa de bigardo en la boca abierta de Sasha Grey, tendida al sol en topless en una playa de Antibes Juan-les-Pins cuando un «amigo» (identidad no revelada) de Cait se puso en contacto con Xiran Zhao para culpar del review bombing a otro «amigo», «amiga» o seguidor/a/e/@/X (el sufijo de género, entre esta patulea, siempre es esquivo) de Corrain, que había pensado, ingenuamente, que estaba ayudando a hacer prosperar la carrera literaria de la autora de A Crown of Starlight. Ese «amigo» (el primero al que aludimos en este párrafo) proporcionó a Xiran presuntas capturas de pantalla de un chat (por el contexto entendemos que procedente de una comunidad de FanFiction de Rei Palpatine y Kylo Ren) en el que el Amigo/a/e/@/X 2 de Cait, alias Lilly, le confesaba haber vandalizado las reseñas en Goodreads de los autores aludidos más arriba.


Xiran no se tragó la rueda de molino. No se creyó los pantallazos que, presuntamente, absolvían a Corrain de implicación alguna en la campaña de sabotaje. No pudo dejar de notar que las marcas de tiempo de ese chat incluían, en algún fabuloso fenómeno cuántico que los especialistas deberían estudiar, mensajes de «ayer» y «hoy» EN LA MISMA CAPTURA DE PANTALLA. Antes de comprar esa burra coja y mal follada y exculpar a Cait, Xiran pidió (nos atrevemos a sugerir que, más bien, EXIGIÓ ver mensajes antiguos entre Corraine y Lilly... y recibió exactamente NADA. Photoshop habuimos, fratres mei carissimi.

Mientras la espera por las pruebas tardonas hacía estragos en la presión arterial de Zhao, Cait asumió la identidad, hasta entonces no revelada por Xiran ni por los escritores afectados, de la novelista cuyo libro habían sido, presuntamente, hiperhypeadas por un desalmado que también había tanqueado las reseñas de sus inmediatos competidores. La confesión tuvo lugar en una cuenta privada de Slack compartida con otros autores noveles con lanzamiento previsto para 2024, aunque Corrain siguió, vuelta la mula al trigo, defendiendo la fábula del «amigo/a/e/@/X» imaginario que habría urdido y lanzado la campaña de review bombing sin su conocimiento. Y compartió las mismas capturas de pantalla con las que había intentado convencer a Xiran Zhao de su inocencia.


Fue un error. Los chats photoshopeados eran tan ignominiosamente falsos que todo ese grupo de Slack se tiró al hígado de Cait. Exigió lo mismo que Zhao, pruebas de que esa misteriosa Lilly existía y estaba en contacto con Corrain desde, como mínimo, abril de 2023. Ella, obviamente, no pudo proporcionar ninguna e intentó defenderse de las acusaciones de racismo orientando sus «celos» profesionales hacia otro autor o autora de piel blanca, que no llegó a identificar, que también había firmado con Del Rey y que iba a publicar su libro, de un género, temática y tono parecidos a A Crown of Starlight, en la misma ventana editorial. Ni que decir tiene que la maniobra de distracción no dio resultado, y tampoco ayudó a su caso.


Una vez se hizo público todo el mondongo, los autores afectados por el bombardeo de reseñas en Goodreads dieron un paso adelante y exigieron a Corrain el Discord de la (hemos decidido que es una ella, porque nos ha salido de los huevos) vandálica Lilly. Borrado. ¿Twitter? Borrado. Toda la huella digital de la «responsable» del review bombing había sido erradicada de la existencia. Impostando justa indignación, Cait Corrain publicó su indignación, jugó de nuevo la carta de la víctima, «¡ya habéis decidido que no vas a creerme, diga lo que diga!», o algo por el estilo, y salió del servidor.

Algunos «amigos» de Corrain, aparentemente estos sí reales, le hicieron mal tercio al salir en su defensa atacando, con sañudas falacias ad hominem, a los mismos autores vandalizados en Goodreads. Como maniobra de distracción, fue una pésima decisión táctica porque, llegados a este punto, los olientales ovalios de Xiran Zhao directamente explotaron como bombas de hidrógeno y la autora sino-canadiense publicó sus 41 páginas de dossier con capturas de pantalla. El documento, en el momento en que escribimos estas líneas, sigue disponible en este enlace de Google Docs. Tú mismo, oh paciente y conspicuo lector.

Y Twitter hizo ¡chabuj! Las Redes no habían entrado en una ebullición semejante desde que a Mia Khalifa le reventaron una teta con una pastilla de Hockey sobre hielo. Una investigación de los administradores de la página en la cual, presuntamente, se habían intercambiado los chats entre Corrain y su fanática seguidora sacó a la luz que jamás habían tenido una cuenta a nombre de ninguna Lilly. Los usuarios del chat notaron las obvias similitudes entre el lenguaje y redacción de Corrain, en antiguos chats y textos publicados en la comunidad de fanfiction, y la metafísica Lilly y, lo que probablemente acabó por cerrar el círculo, se descubrió que dos de las autoras bombardeadas en Goodreads, con obra ya publicada, Ali Hazelwood y Thea Guanzon, eran antiguas «compañeras» de Corrain en la misma comunidad de fans dedicada al romance entre la Jedi más sosa de la historia y el Lord Sith de Aliexpress.

Thea Guanzón, que era una de las amigas más antiguas de Cait Corrain. Que ¡hasta se había encontrado con ella offline! Que había leído un borrador de A Crown of Starlight y lo había puesto por las nubes. Thea, que acababa de descubrir que su celosa amiga había intentado boicotear su carrera.

Superada por las evidencias, atosigada por varios frentes, Cait Corrain acabó admitiendo, en un Tweet de diciembre de 2023 publicado en su cuenta oficial, ahora cerrada, que no había ni Lilly ni niño muerto. Que ella era la eminencia gris detrás del review bombing. Que había creado todas esas cuentas falsas en Goodreads (admisión de culpa innecesaria desde el momento en que una de las cuentas desde las que se había lanzado la campaña era una conocida cuenta de la propia Cait) y dado, deliberadamente, puntuaciones misérrimas a sus competidoras para sacarle mayor brillo al lanzamiento de A Crown of Starlight humillando a los libros rivales. Intentó generar simpatía aludiendo a antiguas psicopatologías no específicas y culpando de la campaña de reseñas falsas a un «colapso mental» fruto, inferimos, del estrés por la inminente publicación de su novela, y por el cual iba a recibir tratamiento psiquiátrico a la mayor brevedad.

«[...] it was just my fear of how my book would be received running out of control. [...] I’m sorrier than you’ll ever know, and there’s nothing I can say to erase what I did to you».

A partir de ahí, efecto dominó: Del Rey retiró A Crown of Starlight de su calendario de lanzamientos y canceló, a continuación, el contrato por dos libros que había firmado con Corrain. Rebecca Podos anunció que renunciaba a continuar representando a Corrain y todos los demás portales y empresas que estaban ansiosos por colaborar en la comercialización de A Crown of Starlight se alejaron del libro y de su autora como de un Chernobyl recién petado.

♪ You better lose yourself in the music
The moment, you own it, you better never let it go (Go)
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime, yo
You better lose yourself in the music
The moment, you own it, you better never let it go (Go)
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime, yo ♫


Te lo resumimos así no más, amado lector (que a estas alturas ya se habrá perdido):

Cait Corrain tenía un libro acabado. Tenía un público ansioso por leerlo. Tenía una agente literaria. Tenía una comunidad de fans que la apoyaba. Tenía un contrato por dos libros con una de las editoriales más poderosas del orbe.

Y se saboteó a sí misma por un problema de celos, narcisismo, inmadurez emocional, orgullo, inseguridad, frío cinismo, problemas mentales o todo lo anterior junto.

Y, más allá de que la literatura, por llamarla de alguna manera, que Corrain aspiraba a hacer suena sospechosamente a panfleto queer más que a ficción sólida y bien escrita, si tuviésemos que exigir sólo una causa posible de su injustificables, e interesadas, operaciones clandestinas contra otros autores de su cuerda... a ver, no queremos ser hijos de puta, PERO (el «pero» siempre es un factor a tener en cuenta), a raíz de amargas experiencias personales, los paracaidistas de la bitácora hemos aprendido, como perros de Pavlov, a asociar los conceptos «piercing en el septo nasal» y «supreme final boss loca del chocho». (Como todas las generalizaciones, ésta es injusta, sesgada y probablemente falsa).

Y, claro, fue ver una foto de la criatura y no poder contener un «¡a-aaaaah! ¡Ahora entiendo!».
Mejórate, Cait.

Y hemos llegado demasiado lejos en la presente entrada para abrir el melón agusanado de la relación entre genio y locura, arte y fragilidad, creatividad y narcisismo. Quedará para futuros análisis. Ahora vamos a buscar el balrog y desearle a Cait Corrain un pronto y completo restablecimiento de sus problemas mentales, en caso de que los tenga, y el mayor éxito en sus futuras empresas personales y profesionales.

Que, nos tememos, con su reputación lanzallameada, la llevarán muy, muy lejos del mundo editorial.