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domingo, 7 de junio de 2026

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

Weapons fue una de las más gratas sorpresas de 2025. Y los amantes del género de terror no estamos acostumbrados a llevarnos sorpresas. Especialmente las agradables.


Zack Cregger venía de dirigir la comedia pajera Miss Marzo (que no hemos visto; la comedia pajera nunca nos ha gustado), la serie cómico-paródica The Whitest Kids U'Know (que nos enteramos que existía mientras nos documentábamos para esta entrada), la comedia gamberra The Civil War on Drugs (que tampoco hemos visto), donde el propio Cregger hace de Abraham Lincoln..., y de repente Cregger «salió del armario» del jachondeo cinematográfico y dio el salto al terror de bajo presupuesto con Barbarian, una cinta de 2022 de la cual circulan videos promocionales del público cagándose encima durante las escenas más acojonantes.

Y en 2025 llegó Weapons.

El terror es uno de los géneros más difíciles, junto con la comedia. Tan difícil, de hecho, que la mayoría de directores de una cinta de terror renuncian directamente a intentarlo siquiera. Una amiga mía, fan del género, lo formuló perfectamente hace ya años, a la salida de una sesión de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, proyección que nos había dejado a todos ni fu ni fa, ni frío ni calor, cero grados: «ya no se hacen películas de terror. Se hacen películas de asco». Y no puede ser la primera vez que esta cita aparece en la bitácora.

El director de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, que tanto nos había decepcionado, se había marcado un gore regulero, absurdo, cobarde, sin identidad. Un copy-paste de otras cuarenta mil películas mediocres como la suya. Su pereza e ineptitud era tan dolorosamente obvia que, a día de hoy, no recuerdo el título de esa Enésima película de terror que no puedes dejar de ver que presuntamente iba a lograr que nos defecásemos vivos en nuestras butacas. Y he olvidado esa película por los mismos motivos por los cuales son incapaz de distinguir el argumento (¡ja ja ja, «argumento»!) de las películas de Fast and Furious o citar, en el orden correcto, las de Misión Imposible (salvo la abominable Misión Imposible 2, dirigida, es un decir, por John Woo).

Pero no se me ha olvidado The Ring. Ni la versión japonesa ni la americana. No se me ha olvidado El exorcista. No se me ha olvidado La cosa. Psicosis. Alien (¡Ay! ¡El Ridley Scott que sabía hacer cine!). La profecía. No se me han olvidado Poltergeist, The descent, Carrie, Paranormal Activity, ni La semilla del diablo.

Cuando el cine está bien hecho, perdura en la memoria. Independientemente del género.

Pero el cine bien hecho es una especie amenazada. Ya hemos analizado varias veces en la bitácora por qué, no vamos a insistir sobre ello en esta entrada, que no va de esto.

Contar una historia, por cualquier medio, conlleva sus propios retos.

Contar una historia y acertar con las claves de una de las emociones más arraigadas. Contar una historia y estimular adecuadamente los resortes de uno de los instintos primordiales, es más que difícil, es una de las cosas más desafiantes que un narrador puede hacer.

Todos sabemos lo que es el miedo. Pero a cada uno de nosotros nos asustan diferentes cosas (al que esto escribe, por ejemplo, le producen sudores fríos y cagalera las películas de El Fary). Por ese motivo, a la hora de escribir una historia de terror que perdure, que conmueva al público, que salte la barrera del carácter e incluso de las culturas para convertirse en un Arma de Acojonamiento Masivo, hay que bajar a la mina. Al inconsciente freudiano (que ni existe ni ha existido nunca, pero, a efectos prácticos, aceptemos «barco» como animal de compañía). A los miedos atávicos comunes a toda la humanidad.

Y ése es un viaje que no todos los directores de cine, no todos los escritores, están dispuestos a hacer.

Y, así, tenemos películas de, abrir comillas, terror, cerrar comillas, como Wishmaster (menuda mierda), Arrástrame al infierno (menuda estupidez), La casa de ceraSara Sampaio Dominátrix bendita, qué risas!) o Jeepers Creepers.

Sin que esto se vaya a convertir en una tesis sobre el tema, puedes reconocer el «mal cine de terror» cuando satisface las condiciones para encajar en una o varias de estas categorías fundamentales de «cine desganado y torpe»:


Película de sobresaltos. Expediente Warren: The Conjuring, Nunca apagues la luz, Los extraños, La autopsia de Jane Doe, Until Dawn (qué desastrosa forma de cagarse en un buen videojuego).

Thriller (o no) desasosegante con tomatina y tripas con extra de regodeo sádico en el sufrimiento humano. Al interior, Hostel, Wolf Creek, Saw, Terrifier.

La enésima vuelta de tuerca al asesino en serie, terrenal o sobrenatural. Alta tensión, Apex, Scream, Cuando llama un extraño, La noche de Halloween, Última llamadaPesadilla en Elm Street.

Y aunque nos gusta un body-horror como al que más (aquí, nuestra crítica de La sustancia y, pronto, con ayuda de Blas, la de Together. O no. Depende de lo que nos salga de los cojones en los próximos días), las mejores películas de terror, las que recordamos de manera más vívida, a veces en mitad de la madrugada, no son las que nos revuelven las tripas con torturas y mutilaciones, no las de zombis, asesinos en serie aparentemente inmortales, posesiones diabólicas ni vergüenza ajena disfrazada de terror, sino los largometrajes que lograron crear una ATMÓSFERA desasosegante.

Y por eso recordamos El efecto Lázaro, Horizonte final, La posesión, Inseparables, La escalera de Jacob, The lords of Salem, Midsommar, SmileHáblame, Black Phone, Déjame salir, Un lugar tranquilo o Devuélvemela.

¿Que qué caracteriza al género de terror, me preguntas, oh voluptuoso lector obsesionado con la danza potorrera de Riley Reid? Se podría escribir un grueso tratado al respecto, pero lo que caracteriza al género de terror, en párrafo corto, es lo mismo que caracterizaba a la tragedia clásica. La indefensión. La pérdida de control sobre el propio destino (reducido, en el slasher y el body-horror, los primos endogámicos del género, a la pérdida del control sobre el propio cuerpo). Enfrentar a los personajes a una fuerza ominosa, generalmente invisible e incomprensible (aunque esto no es un requisito), inexorable, que les haga perder el control sobre sus vidas y avistar un cercano destino trágico.

Y porque el buen terror apela a algo connatural a la especia humana, hay géneros que apelan a diferentes edades. Fue una experiencia extraordinariamente pedagógica descubrir, durante el tedioso e incómodo visionado de La noche de Halloween, y Scream VI, que el slasher (del cual estas películas son excelentes embajadoras), que antaño me encantaba, a mi edad provecta de cojones descolgados y canosos, ahora me produce una promiscua mezcla de repulsión y aburrimiento.

El slasher/body-horror/gore suele funcionar mejor entre adolescentes y post-adolescentes. Miedo a la transformación del propio cuerpo, a una juventud truncada, a la muerte de la infancia y el nacimiento de las mil jodiendas de la edad adulta. Viernes 13Seducción mortal, Las colinas tienen ojos, Sé lo que hicisteis el último verano, Candyman, Leyenda urbana, Destino final.

Las películas que más acojonan a los padres, o en edad de serlo, son las que implican la pérdida de un hijo, su corrupción hasta volverlo irreconocible, o la terrible sospecha de que ha sido un monstruo todo el rato. La momia de Lee Cronin, Yo, Cristina F, La huérfana, The Hole, Cementerio de animales, The Innocents, Muñeco diabólico, El hijo, Déjame entrar, Morgan, Buenas noches, mamá, Los chicos del maíz, Los sin nombre, El pueblo de los malditos, La cosecha, Stoker (con una de las escenas de masturbación más perturbadoras desde lo de Selma Blair y el crucifijo) .

Por todo lo arriba citado, no sorprenderá que, a partir de cierta edad, las películas que más acojonan son las de la pérdida de la propia identidad, Vinieron de dentro de..., La invasión de los ladrones de cuerpos, Spider, Antebellum, Shutter Island, Cisne negro, Memento, El resplandor, Mulholland Drive, Persona, Perfect Blue, La chica del tren, Audition, El maquinista, Última noche en el Soho, Nosotros, Enemy, Saint Maud, El faro, Carretera perdida y casi cualquiera de zombis o vampiros.
(¡Anda, hijo de puta! ¡Dime que algunos de esos largometrajes no son de terror! ¡Dímelo! ¡«Las películas que más acojonan» y las que «suele[n] funcionar mejor» hemos dicho! ¡Analfabeto! ¡Chusma! ¡Simio!)
El terror ha ocupado en nuestros tiempos el lugar que antes se reservaba para la tragedia. El miedo funciona como herramienta narrativa cuando es el destino travestido. El avatar del dolor, la enfermedad, la vejez, el vacío. El recordatorio de la muerte.

Y hasta aquí llega la introducción a esta entrada, que, por increíble que parezca, no va sobre cine de terror y no va sobre Weapons. Película que desde el Paratroopers te recomendamos.

Va de Zach Cregger, que ha compartido en un reel de Putagram, perdón, en Instaputa, quería decir, su secreto para acabar el primer borrador de tu guion (técnica aplicable a cualquier otro tipo de escritura).

Un secreto, Zach, no me jodas, que no era un secreto para nadie que haya acabado un guion, o una novela.

Zach Egger denomina, a su técnica secreta que no es un secreto, «elfing». Y describe un interesante y productivo ejercicio mental: actuar como si el guion no lo estuvieses escribiendo tú, sino un elfo extraordinariamente pequeño, y extraordinariamente imbécil, que en cuanto empiece a escribir, el pequeño cabrón, no va a parar hasta llegar al final.

A ese elfo no le pides un buen guion. Ni siquiera uno que tenga sentido. Sólo le pides un guion terminado. ¿Que la caga con uno, varios o todos los personajes? Que la cague, el muy hijo de puta. ¿Que destroza las mejores escenas de tu película, y las peores también? Ya lo arreglarás tú luego. ¿Que escribe con faltas de ortografía? Bueno, no todo el mundo ha estudiado en colegio de monjas. ¿Que sus diálogos son abominables? Por lo menos está escribiendo diálogos. ¿Que no hay una correlación entre escenas, que la acción no tiene sentido, que faltan conectores narrativos entre el primer y el segundo acto, o entre el segundo y el tercero, o entre todos? Bueno, para eso estás tú. Para ir rellenando los espacios en blanco.

Lo que el elfo te va a entregar es impublicable. Infilmable. Indefendible. Pero está terminado. El elfo ha aprendido todo lo que se puede aprender sobre la historia y los personajes. No le ha sacado provecho ninguno, pero tú sí vas a hacerlo. El elfo ha cometido TODOS los errores que se podían cometer. Y lo ha hecho por ti. Ahora ya sabes cómo JODER tu guion. Qué hacer para que NO FUNCIONE. Cómo CAGARLA al escribir tu historia. El elfo ha hecho el trabajo sucio por ti.
El elfo no tiene filtros. No tiene vergüenza. no tiene miedo. No tiene límites. Sólo tiene un objetivo: acabar el guion. Y se va a lanzar a por esa meta como un miura a por los riñones de un gringo borracho en un encierro de San Fermín.

Al elfo lo has tirado al fondo de un pozo y el pequeño cabrón ha comenzado a cavar hasta que tocó roca madre y no pudo seguir.

Ahora tú puedes evitar ese pozo. Puedes alzarte de ese abismo creativo. Coges la MIERDA ABSOLUTA que te ha dado el elfo y comienzas a corregir todos sus errores. Le limpias las manchas de café y las huellas de dedos con sabor a dónut de chocolate. Soplas las pelusas de ombligo y la caspa. Corriges la ortografía y la sintaxis. Desarrollas la psicología y las motivaciones de los personajes. Hilas una trama que una todas las escenas. Quitas la morralla. Borras lo que no funciona. Ésta es la parte fácil, porque el elfo ya ha hecho lo más difícil: darte un texto terminado.

Un texto que apesta, pero que ya contiene la estructura de la historia. Cuando quites todo lo que no sirve podrás arreglar lo que está roto y edificar un guion nuevo. Mejor. Al menos tan bueno como el de Weapons.

En este reel que citamos, y que justifica la presente entrada, Zach Cregger se revela como un no-escritor. Zach Egger es un reescritor. Parece igual pero no es lo mismo. Hay autores que escriben, y a la primera sentada obtienen algo que se parecerá al texto final, y «habemos» otros que reescribimos, que tiramos pa'lante como burros con anteojeras (y las venas llenas de anfetas), y luego volvemos atrás y nos ponemos a corregir todas las espectaculares CAGADAS que hemos ido cometiendo a lo largo de la escritura del primer borrador.

Porque lo realmente difícil no es escribir. Eso puede hacerlo cualquier gilipollas. El verdadero reto es ACABAR lo que has empezado a escribir. La prueba de ello es que todo escritor tiene un cajón, o un cubo de la basura, lleno de capítulos sueltos de novelas que no existen, cuentos inconclusos, libros amputados y notas para futuras historias que nunca ha encontrado la piedra de Rosetta para descifrar. Como esa novela de vampiros que el autor de estas líneas ha mencionado tantas veces en la bitácora. O libretas y libretas llenas de ideas para cuentos que no acaban de cuajar.

Limpiar una casa sucia es mucho más sencillo que construirla. Pintar una pared desconchada es más fácil que levantarla, ladrillo a ladrillo. El «elfing» de Zach Cregger es un truco mental. Una estrategia psicológica para liberar la parte creativa de nuestro cerebro de la exigente, a veces paralizante, necesidad de perfección, que es la forma más sincera en que se expresa la vanidad autoral. El ego del escritor fatuo y egocéntrico que se toma demasiado en serio a sí mismo. Una herramienta más, de las muchas en el cajón del escritor, que, bien empleada, ofrece resultados extraordinarios.

Todo escritor aspira a hacer literatura. En la práctica, prácticamente ninguno lo consigue. Todos quieren «clavar» la frase perfecta, la escena perfecta, escribir un personaje universal, arquetípico. Pero eso es difícil de LA HOSTIA. No hay más que un Shakespeare. No hay más que un Homero. Hay un sólo Cervantes. Los Rilke no abundan. Los Dante escasean. Nadie ha podido aún llenar los zapatos de Milton. La mayoría de nosotros deberíamos asumir nuestra mediocridad y renunciar a la Gran Obra alquímica que exige una novela, un poema, un cuento inmortal. Limitarnos a contar historias. Que no es poco. Y rezar porque alguien, alguna vez, descubra que una de esas historias es significativa para él.

La perfección es extenuante. La perfección son unas cadenas. Si escribes intentando alcanzar la perfección, escribir se convertirá en una tortura. Un castigo. Un veneno que te destruirá.

Pero si contratas a un elfo gilipollas, medio analfabeto y particularmente inútil, para que te entregue un manuscrito terminado, horrendo, pueril, mal escrito, imperfecto, podrás centrarte en perseguir algo parecido a la perfección. Quitarle la grasa. Rellenar las grietas. Reducir las fracturas. Alisar las arrugas. Pastear y pintar de nuevo. Y el resultado final, muchas correcciones y reescrituras después, no será perfecto, pero será mejor, infinitamente mejor de lo que habrías conseguido si hubieses intentado hacerlo bien desde el principio. Y, especialmente, estará ACABADO, que, lo creas o no, era, desde el principio, el mayor reto de todos.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Ésa es la lección que resume la entrada de hoy.

Contrata a un elfo imbécil para que escriba un primer manuscrito de tus historias y podrás olvidarte de la perfección para perseguir la idoneidad, que, de todas formas, es lo máximo a lo que puede aspirar tu libro de mierda.

«Pero ¿esto realmente funciona, señor Sommer?»

¡Señorita Tetas, por el amor de Tetios! ¡Avíseme antes de aparecer así, tetamente, que me teta los nervios!

«Mis ojos siguen aquí arriba, señor Sommer».

Tetemos que llegar tuted y yo a un tetuerdo tetilizado. O teta usted de tetar esas tetas con teta teteridad o yo teto que tetar la tetación de...


Gracias. Lo necesitaba.

«Conteste a la pregunta, señor Sommer. Esto del "elfing" funciona o no?»

Tú dirás, tetura. Así hemos tetado esta tetada (¡y tantas otras de la tetácora!)

domingo, 10 de mayo de 2026

Una profesión de putas

En febrero de este año se ha ido a corregir galeradas al cielo de los genios uno de los mejores escritores contemporáneos de ciencia-ficción y terror.


Y no le ha importado a nadie porque la prensa generalista se ha asegurado de que muriese prácticamente en la oscuridad, en buena medida olvidado y vilipendiado. Recordado sólo por sus lectores más fieles y llorado por sus mejores amigos.
Y nosotros tomamos prestado el título de la autobiografía de David Mamet (curiosamente descatalogada en el mercado nacional) para vilipendiar a casi todo el género periodístico en su totalidad y, de paso, quejarnos de su fanatismo, intolerancia y estupidez congénita. Que, dado que no nos ofrecen justicia, por lo menos nos respeten la pataleta.

No nos vamos a remontar muy atrás en la biografía de Dan Simmons porque, honestamente, a ti te importa una mierda de perro muerto, querido lector, y a nosotros también. Es mejor poner el «año cero» del autor de Los fuegos del Edén y El terror en el genuino inicio de su carrera como escritor. Y, para pasmo y estupefacción tuya y de muchos (ciertamente no para los informados paracaidistas de esta bitácora), esa carrera empezó con el indomable, inimitable e insobornable Harlan Ellison (a quien, pronto hará ocho añacos le dedicamos un sentido panegírico en la bitácora, aunque difícilmente podríamos haberlo hecho mejor que José R. Montejano en este artículo para Zenda).

Cuando su camino se cruzó con el autor de No tengo boca y debo gritar, Dan Simmons llevaba ya diez años de embrutecedora carrera profesional en la enseñanza, después de graduarse en Literatura e Inglesa por Wabash, escribiendo en sus horas libres historias cortas de terror que enviaba, con dispar éxito, a toda clase de revistas del género. 

Desesperado, a principios de los ochenta Simmons le dijo a su mujer, Karen, que si no obtenía pronto algún tipo de incentivo para seguir intentando abrirse camino en la industria editorial, iba a mandar a la puta lo de escribir pantufladas que nadie quería publicar y dedicarse full-time a su trabajo de profesor.

Y entonces llegó esa conferencia para escritores celebrada en Denver, donde Harlan Ellison, que no le comía la polla a nadie ni era amigo de chuminadas, se fijó en él de entre toda la gente que participaba en un taller de escritura creativa para decirle a Simmons que tenía verdadero talento. Que no dejase de escribir. Que para un escritor de ciencia-ficción, fantasía o terror de la época es, para que me entiendas, como si Jesucristo te dijese «ven conmigo y yo te haré pescador de hombres».

Espoleado por EllisonSimmons acabó ganando el premio Locus, en la categoría de Historia Corta, en 1983, con su cuento The River Styx Runs Upstream. La historia fue publicada, y por primera vez Dan Simmons llamó la atención de los editores.

(En 1984, Simmons volvió a ser premiado con el Locust, esta vez en la categoría de Novela Corta, por Remembering Siri).

Y en 1986 llegó su primera novela publicada, Canción de Kali.

Uno de los libros más perturbadores, agobiantes, aterradores, oscuros y fascinantes que hemos leído jamás los ternascos de la bitácora. Leerla es como adentrarte en una pesadilla de la que te despiertas para descubrir que estás en otra pesadilla.

Su naturaleza de colisión entre el personaje de Robert Luczak, que representa al ilustrado y materialista Occidente, y los intelectuales indios, a los que se representa como primitivos y, hasta cierto punto, supersticiosos ignorantes «lastrados» por la inercia de su milenaria religión del millón de dioses; y la descripción de Calcuta como una especie de infecto vertedero contaminado de maldad en estado puro han despertado las iras de algunos intelectuales sojas con demasiado tiempo libre y excesivas ganas de escenificar su «virtue signaling». Como James Nicoll, sin ir más lejos:
«Post‑9/11, Simmons outed himself as a virulent Islamophobe. Was this a reaction to second-hand trauma or did it bring out something that had been lurking there all along, unnoticed? Or did it cast light on something that had been obvious from the beginning?»

»Simmon’s Calcutta is overpopulated, filthy, violent, diseased, crime-ridden, cult-ridden, and eeeeeeeeevil. Simmons hammers on that theme over and over. From time-to-time Simmons seems to remember that perhaps an unending stream of spittle-flinging invective about all the ways in which a densely populated Asian city fails to please a white American might come across as a little bit racist and inserts mention of a positive aspect of the local culture.»

»I should also note that science fiction, fantasy, and horror aren’t too keen on cities, especially large cities, or persons of colour. Indian megalopolises therefore are likely to be regarded with disdain by your average spec fic author. Also, India in particular has been singled out by various Western pundits and writers as the Asian nation most likely to collapse into famine and civil war. Still…
Song of Kali stands out for sheer unmotivated hatred and xenophobia.»
(No acabamos de entender muy bien cómo coño puedes empezar la crítica de un libro poniendo a caldo las opiniones políticas y actitudes racistas que le atribuyes al autor. Ni cómo una persona con el bagaje de Nicoll es aparentemente incapaz de distinguir entre el narrador de Canción de Kali, que es un personaje más, con razones más que sobradas para detestar Calcuta y a todos los que viven allí, y el escritor de la novela. Ni por qué necesita que le expliquen que Simmons se limitó a retratar una Calcuta imaginaria, quimérica, donde su oscura historia de terror y culto a la muerte pudiese tener lugar).
Canción de Kali ganó el Locus de 1986 a la Mejor novela de un autor primerizo (porque los lectores de Locus, que la premiaron en 1986, al parecer tenían más discernimiento y capacidad de abstracción que James Nicoll en 2024). Fue el pistoletazo de salida para una carrera literaria (tras el éxito de esta novela, Simmons mandó a mamar su trabajo como profesor de inglés) que se ha movido con soltura entre la fantasía y la ciencia-ficción con elementos de terror (aunque menudo Simmons renuncia a las encorsetadoras etiquetas y mezcla géneros en magistral promiscuidad) y que atraviesa varias décadas con obras que ya han conquistado, por derecho propio, un puesto de honor en los anales de la ficción especulativa.

Y probablemente debido a su formación en literatura inglesa, Simmons no se ha resistido a meter «morcillas» de cultureta gafapasta en todas sus obras, o hacer personajes secundarios, e incluso protagonistas de sus novelas, a algunas de las bichas más grandes de las letras anglosajonas y latinas.

Los vampiros de la mente, de 1989, personalmente a los paracaidistas que escribimos en la bitácora nos aburrió soberanamente y es, con carácter oficial, la única novela de Dan Simmons que hemos sido incapaces de acabarnos. ¡Cansina, copóns! El título original de la novela, Carrion Comfort, está tomado de un poema de Gerard Manley Hopkins.
Not, I'll not, carrion comfort, Despair, not feast on thee;
Not untwist — slack they may be — these last strands of man
In me ór, most weary, cry I can no more. I can;
Can something, hope, wish day come, not choose not to be.
But ah, but O thou terrible, why wouldst thou rude on me
Thy wring-world right foot rock? lay a lionlimb against me? scan
With darksome devouring eyes my bruisèd bones? and fan,
O in turns of tempest, me heaped there; me frantic to avoid thee and flee? 


Los cantos de Hiperión, dividida en cuatro volúmenes (Hiperión, La caída de Hiperión, Endimión y El ascenso de Endymion) es una de sus series más conocidas. Una space-opera siniestra e hipnótica inspirada por Los cuentos de Canterbury (al menos, ése es el caso con Hiperión) y con títulos directamente secuestrados de poemas de John Keats.
Deep in the shady sadness of a vale
Far sunken from the healthy breath of morn,
Far from the fiery noon, and eve's one star,
Sat gray-hair'd Saturn, quiet as a stone,
Still as the silence round about his lair;
Forest on forest hung about his head
Like cloud on cloud. No stir of air was there,
Not so much life as on a summer's day
Robs not one light seed from the feather'd grass,
But where the dead leaf fell, there did it rest. 


En los fuegos del Edén, Mark Twain es protagonista de una de las tramas principales de esta novela fascinante con millonarios pastosos, inversores japoneses, esposas trofeo y dioses hawaianos de los de la cáscara amarga.

The Hollow Man alude, obviamente, a ése poema de T.S. Eliot y se inspira, casi rozando el plagio, en El infierno de Dante.
We are the hollow men 
We are the stuffed men 
Leaning together
Headpiece filled with straw. Alas!
Our dried voices, when 
We whisper together 
Are quiet and meaningless
As wind in dry grass 
Or rats’ feet over broken glass
In our dry cellar 


Un verano tenebroso es un It de Stephen King escrito después del It de Stephen King. Aunque Dan Simmons juró más tarde que, en el momento de escribir este libro, no conocía It y el propio King escribió un entusiasta blurb que se reproduce en muchas ediciones de Un verano tenebroso:
«If Summer of Night isn't the best horror novel of the last five years, it is surely one of the best three…»
Aunque no he podido confirmarlo, parece ser que, después de publicado Un verano tenebroso, King y Simmons se reunieron, compararon notas y descubrieron, para su mutuo pasmo, que habían basado sus respectivos libros en experiencias e influencias comunes. Por lo tanto, Un verano tenebroso sería más un «hermano espiritual» de It que el descarado plagio que muchos denunciaron en su día (grupo de niños en un pequeño pueblo, verano iniciático en los años 50/60, mal antiguo y casi cósmico, nostalgia de la infancia, mezcla de aventura juvenil y horror... llega a tus propias conclusiones, amado lector).

El terror es una ficción fantástico-acojonástica sobre la expedición Franklin, cuyos barcos quedaron atrapados en el Ártico en 1847 en una aventurada, y desorientada, misión de búsqueda del huidizo Paso del Noroeste. Por si la historia real no era ya lo bastante perturbadora (entre los náufragos de la expedición se han documentado incluso casos de canibalismo), Simmons le mete una amenaza invisible, terror psicológico, miserias humanas y antiguos espíritus malvados inuit en una obra fascinante que en 2018 fue adaptada en forma de serie de televisión.

Ilión y Olimpo son dos PEDAZO LADRILLOS inspirados directamente en La ilíada de Homero y La tempestad de Shakespeare. Y decimos ladrillos por extensión (unas 400 000 palabras entre las dos), no porque sean aburridas. Que no lo son (aunque sí es ciencia-ficción para los fans «pata negra» de Simmons, absolutamente desaconsejables para neófitos).

La soledad de Charles Dickens es una extraordinariamente desvergonzada novela biográfica, llena de falsedades y exageraciones, sobre los últimos años de vida del colosal escritor de Oliver Twist y de su opiómano amigo Wilkie Collins, que tuvo la mala suerte de nacer en la misma época que Dickens.

Simmons también hizo sus pinitos en el hard-boiled con su trilogía de Joe Kurtz (Hardcase, Hard Freeze y Hard as Nails, que, por lo que yo sé no tienen edición en español, al menos en papel, aunque juraría que he leído Hardcase traducida al idioma de Espronceda).

Paradójicamente, a pesar de su obra extensa (aquí sólo te hemos ofrecido un esbozo, querido lector), historias poderosas, personajes icónicos y atmósferas evocadoras, la obra de Simmons ha conocido poca o ninguna adaptación a la pantalla, más allá de la serie de El terror emitida por AMC. La saga de Hiperión lleva DÉCADAS en el temido «development hell» sin encontrar ni financiación ni formato (que si película dirigida por Scott Derrickson. Que si serie de televisión de Syfy. Que si Bradley Cooper implicado en el desarrollo. que si Warner Bros al timón y Graham King al guion. Que si la concha bendita...).

Un verano tenebroso, al tirón de It y Stranger Things, parecería, a priori, la más «adaptable», al menos en el momento actual. Pues tampoco.

¿La soledad de Charles Dickens? Que no hay manera. Que ni con el nombre de Guillermo del Toro asociado al proyecto se consigue poner esto en movimiento

Los vampiros de la mente. Se intentó. Se desistió. Cuentan las malas lenguas que alguien, en alguna parte, lo sigue intentando.

The Crook Factory. Un gran «nope!»

Canción de Kali. No se hizo la película en los ochenta. No se hizo en los noventa. En el clima pichafrígido actual, nadie tendría huevos de hacerla ahora.

Diremos, en descargo de los productores, que Dan Simmons es, probablemente, el rey de los «libros inadaptables». Sus novelas suelen ser larguísimas. Sus estructuras narrativas complejas desaniman al más pintado de los guionistas (y de esos, aparentemente, ya no quedan). La mezcla de géneros hace muy difícil encontrar el tono apropiado de una posible adaptación a la pantalla. La intertextualidad literaria es IMPOSIBLE de trasladar a una película o serie. Y la ambientación de obras como Los cantos de Hiperión o Ilión/Olimpo (sobre las que en 2004 se compró una opción para la pantalla) requeriría no ya presupuestos nivel Vengadores: Endgame, sino nivel NASA en sus mejores años.

En su dilatada y carrera, Simmons no solo ha tocado todos los palos que se pueden tocar del noir a la ciencia-ficción, sino que ha coleccionado los más prestigiosos premios del mundillo y también algunos de los menos conocidos. El Bram Stoker. El British Fantasy Award. El Hugo. El Nébula. El Ignotus. El Grand Prix de l'Imaginaire. El BSFA. El Premio Theodore Sturgeon. El International Horror Guild Award, ahora extinto. Y el título de Gran Maestro de la World Horror Convention, que lleva sin convocarse, conviene decirlo desde tiempos pre-pandémicos.

Y, a pesar de este bagaje, la muerte de Dan Simmons ha sido deliberadamente ignorada por la mayoría de la prensa generalista.

¿Qué ha pasado?

Pues ha pasado que, en el mefítico monocultivo woke actual, Dan Simmons fue etiquetado como un escritor extremista, ultraconservador y racista. Y funado miserablemente. La condena dictada para las voces independientes que no se amoldan a los pútridos valores tardomarxistas promovidos desde los grandes grupos de comunicación es el escarnio reputacional y la muerte pública. Por ese motivo ni siquiera el fallecimiento del autor protagonista de esta entrada ha merecido más que un titular desganado en algunos medios.

Flashback, una novela de Simmons publicada en 2011, desencadenó el odio de los dueños de los medios y portavoces SJW sobre el autor de Canción de Kali. Esta novela es una distopía ambientada en una futura Norteamérica devastada por las políticas de redistribución forzada de la riqueza y programas sociales desmesurados puestos en marcha por la administración Obama.

La civilización estadounidense, arruinada por las paguitas, los chiringuitos, los subsidios, la ideología fanática y ciega a las más elementales leyes de la economía, ha visto la desaparición de la libertad de expresión (las voces conservadores han sido prohibidas), la imposición de la represión de disidentes (los estadios deportivos se han convertido en improvisados campos de concentración), la crisis energética desencadenada por la «estafa del cambio climático», el reemplazo étnico y cultural motivado por la inmigración masiva y descontrolada, la multiplicación de mezquitas por el país, desplazando a las iglesias cristianas (hay un nuevo califato cobrando forma en Oriente Medio), la desintegración de las infraestructuras críticas, la desaparición del ejército nacional y su sustitución por ejércitos privados de mercenarios, la erradicación del Estado de Israel con armas nucleares (y un «segundo holocausto» que ha matado a millones de judíos) y la popularización de una droga de consumo masivo, llamada Flashback, que da unos «viajes» permiten al consumidor revivir los «buenos viejos tiempos» antes de que la economía se fuese a la verga.

Flashback de Dan Simmons es (los lectores argentinos entenderán esto) una distopía de un cuarto de vuelta de peronismo con doble de fentanilo y cuarto y mitad de islamismo.

En el Paratroopers no nos hemos leído Flashback y nos resulta muy incómodo hacer la crítica de una obra que desconocemos. Las reseñas que hemos encontrado por ahí van del odio rabioso y políticamente motivado al desengaño («How could the witty and potent imagination that produced “The Terror” and “Drood” wither to such smug and censorious dullness?», extractado de aquí).

Las críticas más suaves  a Flashback ponen el énfasis en los diálogos desganados y extraños («mind-numbingly expository... jarring... bizarre... sometimes overtly offensive...», extractado de aquí). En su cargante naturaleza de propaganda anti-izquierdista («as a political novel [...] it's a disaster. Simmons seems unable to keep himself from stopping his book dead with frequent ideological rants»), pro-sionista («In one strikingly tone-deaf moment, the lapsed-liberal professor Fox condemns politicians of the past [...] who weren't sufficiently pro-Israel: "I wish those presidents and senators and representatives had been hanged from lampposts all over Washington."») y tremendamente despectiva hacia las minorías (hay un personaje negro que se llama, literalemente, «Delroy Nigger Brown»).

El escarnio que, a los votantes demócratas y meapilas, les parecía que se le hacía en Flashback a SU presidente, ese «blanco honorario» que ganó el Nóbel de la paz por ser negro y por no ser George W. Bush (y luego autorizó la mayor cantidad de asesinatos selectivos con drones de la historia de EE UU desde que esa tecnología estaba disponible) les cabreó muchísimo.

«I’ve been called a Nazi. I’ve been called a racist. People who have no idea of my life, what I’ve done, how I’ve worked for civil rights throughout my life, or what my politics have been, and what Democratic candidates I’ve written speeches for. [Instead,] I’m [labeled] a racist and a Libertarian, which amuses me. (I had a Libertarian professor once—he was pretty smart, he made some sense, but I’m no Libertarian.)»

No sirvió de nada que Dan Simmons, desde su página web, hoy inaccesible, gritase bien fuerte y bien alto que la novela no representaba sus ideales políticos. Que el presidente de la historia corta original de 1991, en la que había inspirado Flashback, era Reagan, no Obama. Era tarde para librarse de la condena de los apóstoles de la corrección política, los groupies del «desde el río hasta el mar», los pijocomunistas de iPhone y cuenta en Twitter desde la que aúllan y cuenta en Bluesky en la que no les lee ni Dios. La gente ansiosa por pegarse la etiqueta de víctima y creer lo peor de los demás desempolvó sus copias de Canción de Kali y dijo, «¿Veis, veis? ¡Ya en este libro racista, aporofóbico, colonialista y supremacista blanco, Simmons nos estaba mostrando sus verdaderos colores!»

«[These critics] read the wrong version of Flashback. I should just let them all read the 1991 story that was published. Because it was 1991, America went broke because of Ronald Reagan, and the same young character that’s in the 2010 novel, says, “He acted like our grandfather, but the mofo made us broke. He ruined our country.” So I’d be a hero to all the progressives who say I’m not worth reading, and I’m a bastard, and so forth if they read that version.»

Cuando los justicieros de la tecla te declaran culpable, no queda nada que decir en tu defensa. Cualquier invocación del sentido común es considerada obstinación, cualquier exposición de hechos, miedo, cualquier declaración de inocencia, debilidad. Dan Simmons aprendió, quizá demasiado tarde, que no hay posibilidad de diálogo con la morralla aborregada e intolerante de la secta de lo políticamente correcto. Ya sabes, los de «con el fascista no se debate, al fascista se le combate».

«I didn’t care how America went broke, I just needed it broke so I could write this book. I need a completely economically-devastated United States so I could get my people on flashback and look at the effects of this idea of a nation turning its back on the future. They think I was just going after Obama in the book; well, it used to be Reagan, and if I had waited a few years it would be whoever else would be president.»
(Los tres entrecomillados superiores han sido extractados de esta entrevista a Simmons).
La importancia histórica de Dan Simmons en la literatura de terror y ciencia-fición no merece el relativo silencio con el cual fue acogida su muerte. Newsweek, Ars Technica y The Guardian publicaron su obituario. El inframundo de las revistas y bitácoras de ciencia-ficción de Internet encendió velitas por él y clavó a unas cuantas víctimas en el Árbol del Dolor del Alcaudón. Pero el autor de algunas de las novelas de ficción especulativa más interesantes de los últimos treinta años no gozó del homenaje multitudinario, del reconocimiento unánime de una prensa generalista demasiado cobarde para darle el reconocimiento que merecía, ni siquiera en la muerte, o demasiado rencorosa y mezquina para siquiera respetar a un enemigo caído.

De ahí que, desde hace muchos años, cuando nos piden nuestra opinión sobre el oficio de periodista, lo primero que nos sale es decir de ellos lo que David Mamet decía de los guionistas de cine.

Y volvemos a afirmarlo en la presente entrada de la bitácora, último homenaje a un hombre que, por falible que fuese en su carne mortal, era un gigante intelectual y un escritor superdotado, cuyo fallecimiento deja al mundo un poco más oscuro y mucho más pobre y monótono.
«I don’t argue with people now, but if I were to talk to somebody I’d say, “If you’re going to vet every author you read, you’re going to be very busy, and you’re not going to be reading many.”»

Dan Simmons. 1948-2026