domingo, 22 de marzo de 2026

La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido

La ceremonia de los premios de la Academia de Cine, o, si lo prefieres, la gala de los Óscars, ha venido y se ha ido.

Y básicamente, y aparte de haber servido para fabricar un nuevo meme con Leonardo Dicaprio, la gala de los Óscars nos ha importado a todos un cojón de madera.


Y, como en el Paratroopers somos mucho de pensar (feo vicio que, con el de comer y el de respirar, algún día nos va a buscar la ruina), no hemos podido dejar de preguntarnos si esta indiferencia hacia un evento anual que antiguamente reunía a nuestras familias delante del televisor (como antaño la final de Eurovisión, dicho sea de paso) es un síntoma de la progresiva decadencia de la antaño casi ritualista relación que generaciones pasadas manteníamos con el cine.

Que tal vez no lo sea.

Pero no importa. Desbarrar sobre el tema podría ser la introducción de la presente entrada de la bitácora, o toda la bitácora. No sabemos. No hemos planeado nada. Ya lo iremos viendo.

¿Qué pasa con el cine, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? ¿Qué pasa con la ceremonia de los Óscars, que antes, no sé en tu casa, pero en la mía (y somos currelas de mierda, ¿eh?, que el único con estudios superiores es el que esto suscribe, y aún estoy por medio desasnar), nos cruzábamos apuestas sobre quién ganaría Mejor Película, quién sería el Mejor Director, quién se llevaría el premio a Mejor Guion Original...?

Hace más de dos décadas que todo eso se fue a la verga. Me recuerdo a mí mismo cabreadísimo, discutiendo con mi madre (a quien probablemente, a esas alturas, ya todo ese tema se la bufaba muchísimo) los motivos por los cuales Pulp Fiction  era mil veces mejor película que ese demo reel de efectos especiales por ordenador llamado Forrest Gump, ¡y, aunque sólo fuese por Regreso al futuro, yo ya adoraría a Robert Zemeckis! Pero, aparte de intentar hacernos pasar a una de las villanas más odiosas y perversas de la historia del cine, por el «love interest» del protagonista, poner cara de vaca mirando pasar el tren no es actuar, Tom Hanks. Tú puedes hacerlo mucho mejor que eso. ¡Y hazle un test de ADN al puto crío, copóns!
(Zemeckis también es director de Tras el corazón verde, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, La muerte os sienta tan bien, Contact y Náufrago. Un capo, el cabrón).

Pero, claro, no iban a negarle el Óscar a Mejor película al subnormal, ¿cierto? Eso habría sido, no sé, como discriminatorio, ¿cierto?

¡Aleluyas blancas
de los zarzales floridos!


Bien, vamos allá, la primera en la frente: la ceremonia de los Óscars coronó en 1998. Casi sesenta millones de espectadores vieron a Titanic arrasar con la mayoría de los premios, ONCE de las CATORCE categorías en las que concursaba (Mejor película, Mejor director, Mejor dirección artística, Mejor fotografía, Mejor diseño de vestuario, Mejor montaje, Mejor banda sonora original, Mejor canción original que Celine Dion no quería cantar, Mejor sonido, Mejores efectos de sonido y Mejores efectos visuales), y a un joven Ben Affleck y otro joven Matt Damon recoger el Óscar al Mejor guion original por El indomable Will Hunting y al Hombre más gracioso del mundo el de Mejor actor secundario por la misma película.

A partir de 1998, la gala de los Óscars empezó, básicamente, a comerle los cojones a todo el mundo.

La 72ª ceremonia, celebrada en 2000, el año que vimos a Kevin Spacey cascarse varias pajas en American Beauty y Hillary Swank nos hizo dudar de nuestra heterosexualidad en Boys don't cry, fue vista por «sólo» 46 millones de espectadores.

La 73ª, de 2001 (Tigre y dragón, Traffic, Erin Brockovich), sentó ante el televisor a un poco menos de 43 millones.

La 74ª, de 2002 (El señor de los anillos: La comunidad del anillo, Black Hawk derribado, la desgarradora Monster's Ball), a 42 millones.

La 75ª, de 2003 (El pianista, Camino a la perdición, El viaje de Chihiro, Bowling for Columbine), a poco más de 33 millones.

La 76ª, de 2004 (Master and Commander: Al otro lado del mundo, Monster, Mystic River), repuntó con más de 43 millones.

La 77ª, de 2005 (Million Dollar Baby, Spiderman 2, Los increíbles), mantuvo el tipo con 42 millones de espectadores. Y las audiencias de la ceremonia se movieron, 
en los siguientes certámenes, en esta horquilla de 30-40 millones (casi 39 millones de espectadores en 2006, casi 40 en 2007, 31 millones en 2008, un poco menos de 37 millones en 2009, 41 millones largos en 2010...) hasta que empezaron a llegar las HONDONADAS DE HOSTIAS.

En 2018, la 90ª gala de los Óscars no llegó ni a los 27 millones de espectadores. En 2020, la 92ª se MATÓ con menos de 14 millones de espectadores. En 2021, la 93ª ceremonia se hundió a 10 millones de espectadores. En 2022, remontó un pelín, hasta algo menos de 17 millones. En 2023, no alcanzó los 19 millones por el canto de un duro. En 2024, casi llegó a 19 millones y medio. En 2025, se pasó muy de largo los 19 millones y, llegados a 2026, la 98ª ceremonia de los Premios de la Academia de Cine, ha sido de nuevo incapaz de alcanzar los 18 millones de espectadores.

Noche castellana;
la canción se dice,
o, mejor se calla,
Cuando duerman todos,
saldré a la ventana. 


Si te importa el cine aunque sólo sea un poco, o ya te has bajado todos los vídeos de Riley Reid y tienes unos minutos libres para leer esta bitácora de mierda, te estarás preguntando qué coño está pasando, cuál es la motivación de este creciente desinterés del gran público, de los cinéfilos de tropa, por la ceremonia de los Óscars; desdén que corre paralelo, y no nos atrevemos ni a descartar ni a insinuar vasos comunicantes entre ambos fenómenos, al creciente desapego de ese mismo público por el cine, al menos, por el cine en pantalla grande, como mandan los cánones.

En menos de treinta años, la Gala de los Óscars ha perdido dos terceras partes de sus espectadores. Y ése es el motivo por el cual tanta gente sospechó que la hostia de Will Smith a Chris Rock fue, en realidad, un sucio truco de marketing para intentar invertir la caída en barrena de las audiencias del certamen.


(Lo mismo se llegó a decir de la teta de Janet Jackson en la Superbowl de 2004. Lo cual no tiene absolutamente ningún sentido porque las audiencias de la Superbowl, con fluctuaciones ocasionales, no han dejado de crecer desde los años 70).

Como con todos los fenómenos humanos, con absoluta seguridad, también éste ostracismo al cual
 el Manolo random está condenando la ceremonia de los Óscars sea multifactorial. Pero todo parece empezar en el año 1998. El año de Titanic. El año en que, para sorpresa de no pocos, una película elogiada por las críticas, bien dirigida, con una producción lujosa, y favorecida en las taquillas (yo mismo me la vi más de una vez en el cine), arrasó con casi todas las principales categorías de premios.

La gente que había ido al cine a ver el carísimo (210 millones de la época, unos 337 millones de los de ahora) y superrentable capricho de James Cameron dos, tres veces y las que hicieran falta, llegaron a la gala de los Óscars con expectación. Querían averiguar si su película preferida, la más cara del año 97, el primer título de recaudación milmillonaria (récord que mantuvo hasta Avatar, otra de Cameron, DOCE años más tarde), el largometraje que tanto les había conmovido, hacía justicia a las quinielas y arramplaba con las catorce estatuillas a las que aspiraba. Había hype por esta película antes incluso de que la gente usase la palabra hype.
(Frikifacto para exquisitos: James Cameron ya tenía apalabrado un astillero en Irlanda para construirle una réplica, a tamaño real, del Titanic. Los productores dijeron que nones. Que maquetas y CGI. Eso sí, cuando vieron la factura, se dieron cuenta de que, con lo que había costado recrear por ordenador el malhadado barco, se habrían construido dos Titanics de los de verdad).

El divorcio entre el gusto de los académicos con derecho a voto y las preferencias de las audiencias empezó más o menos aquí. ¿Cuál fue la galardonada como Mejor película del primer año post-Titanic? Shakespeare in Love. Pero ¿es mejor película que Salvar al soldado Ryan, contra la que competía? (volveremos a hablar de ellas más abajo). Según los académicos de Hollywood, sí. Según el público mundial, NI DE COÑA. Aunque funcionó de vicio en taquilla (25 millones de presupuesto, un poco menos de 290 millones de recaudación global), Shakespeare in Love arruga el ano ante los cuatrocientos ochenta y dos millones y pico de la película bélica de Spielberg (que para el humilde autor de estas líneas es aburridísima, excluidos su primer y tercer actos).

¿Y en los años siguientes? ¿De verdad American Beauty (con toda su mala hostia de comedia negra directa a las tripas del Sueño Americano) es mucho mejor película que Las normas de la casa de la sidra, La milla verde, El dilema o El sexto sentido? Si tuviésemos que medirlo en votos de los académicos, indiscutiblemente. Si las entradas vendidas fuesen un valor a tener en cuenta, la cinta debut de M. Night Ramalamadingdong, con sus casi 673 millones de dólares de recaudación, le da sopas con onda a la película de Sam Mendes y sus 356 millones de recaudación. (Las otras candidatas a Mejor película de ese año funcionaron en taquilla entre bien y mal, con La milla verde embolsándose casi 287 millones y El dilema estrellándose sin haber llegado siquiera a recuperar sus 90 millones de presupuesto).

Canta, canta en claro rimo, 
el almendro en verde rama
y el doble sauce del río. 


Cuidado: la recaudación en taquilla no es la única métrica a considerar, cuando estamos hablando de la calidad de una película. El dilema es una buena película, porque Michael Mann hace, normalmente, buenas películas (salvo Blackhat, que, además de aburridísima, es horrorosa), mientras que Torrente presidente, con todo mi cariño para Santiago Segura, es, y no necesitamos verla para saberlo, un insulto a la inteligencia del espectador y una blasfemia cinematográfica, lo cual no le impedirá hacer, como sus predecesoras, un costal de panoja en las taquillas.

Resulta muy seductora esa idea de que la entrega de los Óscars ha ido perdiendo interés, entre otros motivos, porque las películas presentadas a concurso han dejado de ser las favorecidas por el público, si es que alguna vez lo fueron desde tiempos de Titanic. ¿A quién coño le importa que CODA: Los sonidos del silencio (la peli esa de los sordomudos con la que Marlee Matlin intenta convencernos, una vez más, de que lo de Hijos de un dios menor no fue un «one hit wonder»), le ganase el premio a Mejor película a Licorice Pizza en 2021? A mí desde luego no (y fui incapaz de acabarme Licorice Pizza. ¡Tremendo ñordazo insulso y sobrevalorado, por Sara Sampaio Dominátrix!). Licorice Pizza no la fue a ver ni el Tato (33 millones de recaudación global, 40 millones de presupuesto) y, a pesar de todas esas palmas que ganó en Sundance, CODA, producto de Apple+, no la fue a ver ni Dios en su estreno limitado en salas. La pregunta debería ser ¿por qué estas dos películas, que casi nadie ha visto en un cine de carne y hueso, llegaron a la final de los premios de la Academia de Hollywood?

Que los Óscars son la celebración de la mediocridad, el esnobismo y la cobardía no sorprenderá a nadie medianamente informado al respecto. Si realmente esta ceremonia premiase el talento, Hitchcock, nominado CINCO veces a Mejor director, no debería haberse confirmado con ese humillante Premio honorífico de 1968 que agradeció de forma tan transparentemente lacónica, y Stanley Kubrick habría, por lo menos, cosechado alguna nominación. La lista de actores, escritores y directores que, por oscuros motivos, no recibieron en su momento el reconocimiento que merecían y hubieron de conformarse con un ignominioso «Óscar honorario», abarca nombres como Gary Cooper, Orson Welles, Cary Grant, Akira Kurosawa, Charles Chaplin, Sidney Lumet, Federico Fellini, Mary Pickford, Elia Kazan, Alec Guinness, Michelangelo Antonioni, James Stewart, Hayao Miyazaki o Ennio Morricone, por citar unos pocos.

Además, el clasista desprecio de la Academia por los géneros de evasión pura ha mantenido tradicionalmente vetados de los premios mayores (Mejor película, Mejor dirección, Mejor guion) a géneros cinematográficos enteros, eso sí, extraordinariamente populares, como la comedia, la aventura, el terror y la ciencia ficción. ¿Tenemos que recordar que la Academia cambió inesperadamente las reglas del certamen para IMPEDIR que Howard Shore ganase, otra vez, el Óscar a a la Mejor música por su partitura para El señor de los anillos: Las dos torres? Y funcionó. Ni siquiera fue nominado. El maricón dorado se lo llevó Elliot Goldenthal por su música para Frida. Porque girrrrrrl paua y lanitismo, supongo (y no es que no nos haya gustado Frida o su música, es que resulta difícil imaginar como alguien pudo ganarle ese año a Thomas Newman o, cualquier año, a John Williams, aunque hay que recordar que Williams ya perdió, con su música para Harry Potter y la piedra filosofal, ante Shore y su score para El señor de los anillos: La comunidad del anillo ).

A las palabras de amor
les sienta bien su poquito
de exageración. 


¿Y qué me dices del sucio secreto a voces que empezó a enseñar la patita por debajo de la puerta precisamente en 1999, cuando Shakespeare in Love, una divertida, pero en absoluto destacable comedia, le arrebató el premio a Mejor película, entre otras, a Salvar al soldado Ryan? ¿Tendrá eso algo que ver con el desengaño de los espectadores hacia la ceremonia de entrega de premios de la Academia? Atendiendo a todos los indicios, Harvey Weinstein se habría asegurado el premio para su producción por medios extracinematográficos, recurriendo a la más agresiva campaña de promoción de una productora de su tamaño en toda la historia. Cuando el gordo y pichadeforme violador fue procesado y condenado por su patente desprecio al consentimiento sexual, comenzaron a oírse historias sobre cómo las campañas de Miramax se centraban especialmente en los académicos con derecho a voto. He leído las palabras «intimidación» y «soborno» tantas veces asociadas a las políticas de promoción de los Weinstein que no resulta descabellado asociarlas al concepto «compra de votos».
(El Hollywood Reporter recogió una «historia oral» de la campaña pre-Óscar de Miramax para Shakespeare in Love. «The nastiest campaign ever staged». Entre otras cosas, Weinstein reclutó a la siniestra mercenaria Hillary Clinton para que promocionase su película, invitó a conocidos periodistas de medios culturales para poner de chupa de dómine a Salvar al soldado Ryan, a pesar de que adoraba la película, envió copias en VHS de Shakespeare in Love a todo miembro de la academia con derecho a voto cuya dirección postal pudo encontrar, contrató para su campaña de promoción a un montón de publicistas... que casualmente eran todos miembros de la Academia con derecho a voto, llegó a hacer proyecciones privadas para académicos ancianos en sus asilos, hizo campaña telefónica entre los votantes aunque estaba estrictamente prohibido por las normas de la Academia...).
«I started to get all these calls from press saying, “Harvey Weinstein has hired publicists, including Murray Weissman, and, just so you know, they’re trying to get us to write stories saying that the only thing amazing about Ryan is the first 20 minutes, and then after that it’s just a regular genre movie.” I mean, I knew Harvey was spending a ton of money, but that was the first time I was exposed to the idea of a “whisper campaign” against another movie.»

En el Paratroopers, estamos completamente CONVENCIDOS de que el infame Weinstein no usó ninguna táctica para asegurarse la victoria en los Óscars que no hayan empleado, mil millones de veces, los grandes estudios. El problema es que Harvey Weinstein expuso los métodos de los grandes estudios para «influir» directa o indirectamente en las votaciones de los Óscars. Por lo tanto DESLEGITIMÓ el concurso, volviéndolo sospechoso de corrupción (algo que los más despiertos ya habíamos deducido tras la avalancha de películas protagonizadas por deficientes mentales que siguió a Forrest Gump), hipocresía y labilidad. En el momento en que las grandes audiencias se dieron cuenta de que en la noche de los Óscars no ganan las mejores películas, sino las que mejor le hayan acunado las pelotas a los académicos, las más «ligeras» y cómodas (o sea las menos polémicas y arriesgadas), las que representen los volátiles valores que los think tanks del momento declaren de moda esa semana, empezaron a volver la espalda a los oropeles de corchopán y las votaciones timoratas.
(No. No vamos a abrir el agusanado y fermentado melón de las normas DEI instauradas por la Academia en 2024. Esa mierda woke daría para toda una entrada de la bitácora, y sería una entrada más de la que se merece. Que para que tus valores como director, guionista, actor o montador sean reconocidos por tus pares tengas que firmar una película en la que salga al menos una negra obesa, sordociega, inmigrante ilegal, musulmana neurodivergente y transexual no-binaria analfabeta es, sólo, la última garrotada del catecismo SJW de ociosos pijos blancos millonarios).

Cuando la gala de los Óscars dejó de ser un escaparate desde el que descubrir lo mejor que puede ofrecerte la industria del cine, la gente que todavía ama el cine deja de ver la gala de los Óscars. Así de simple.

En este contexto, el incidente de la gala de 2017, cuando un apapahostiado empleado de PricewaterhouseCooper, más preocupado por sacarle fotos con el móvil a los culos de las actrices que por hacer bien su trabajo, le dio a Warren Beatty el sobre equivocado y, por dos minutos, La la land fue la Mejor película de la 89ª ceremonia de los Óscars, casi despertarían ternura de no delatar, a gritos, la erosión de la profesionalidad, seriedad y solemnidad que se exige de un certamen como éste, en el que participan «activos» (películas y cineastas) valorados en miles de millones de dólares.

La caída en las audiencias de la televisión, por razones que no vamos a analizar aquí, tratándose la gala de los Óscars, como se trata, de un fenómenos eminentemente televisivo, también se ha cobrado la parte del león en las audiencias de este evento, antaño multitudinario. La gente ya no ve tanta televisión como antes. O ya no la ve en absoluto. Punto. No ve televisión y se busca otros entretenimientos.

Tampoco vamos a entrar a destripar la voladura del sistema de estrellas, que hemos tratado en otras entradas de la bitácora, y que ha contribuido a reducir el atractivo de la ceremonia de los premios de la Academia. En resumen, los estudios ya no promocionan a sus actores, promocionan a sus personajes. Sus franquicias. A Marvel/Dismey le importa una mierda Chris Evans. Le importa el Capitán América. Ni saben quién es George Lucas ni quieren saberlo. Pero harán películas de Star Wars hasta que vomites. Para ellos, El Capi es marca. La guerra de las galaxias es marca. Son productos financieros. Chris Evans es sólo una cara. George Lucas es sólo un nombre. Si los actores y directores dejan de ser los protagonistas del cine, ¿qué incentivos tiene el espectador promedio para sentarse a ver una engolada y pretenciosa ceremonia de masturbación colectiva en la que, declaradamente, se los ovaciona?

En otro caso de pescadilla que se muerde la cola, la reputación decreciente de los premios de la Academia determina que cada vez menos gente persiga ese galardón. El talento huye ahora de esta competición y de sus reglas amañadas y, con matices, se refugia en las plataformas de Video bajo Demanda. Con lo cual, los únicos candidatos que quedan en la carrera son los que están dispuestos a bajarse los pantalones con las nuevas y antojadizas normas, someterse a los caprichos de los académicos a cambio de rozar con los dedos ese consolador chapado en oro que no garantiza nada, que ha arruinado muchas carreras (ganar un Óscar y que no te vuelvan a ofrecer un papel digno es un fenómeno tan habitual que se ha llegado a acuñar el concepto de la «maldición» de los Óscar). Con lo cual, las películas candidatas se vuelven cada vez menos interesantes para el gran público. Con lo cual, el rango de opciones vuelve a reducirse. Con lo cual… ¡Que cunda el pánico!

A la orilla del río, 
por el negro encinar, 
sus abarcas de plata
hemos visto brillar. 


Y, por si todos estos factores no fuesen lo bastante decisivos, el relevo generacional ha terminado por cristalizar la fragmentación de las audiencias. La entrega de los premios de la Academia se convirtió en un fenómeno cultural y social cuando el cine, y la televisión, imperaban en un estado de monocultivo cultural. Eso se acabó. Ahora, tanto el cine como la tele deben partirse la cara por la atención del público con YouTube, TikTok, Instagram, Su Puta Madre en Bicicleta y como cuarenta compañías de streaming distintas. Quizá por ese mismo motivo, asumida la derrota en esta lid, la Academia de cine de Hollywood ya ha anunciado que, a partir de 2029, parte peras con ABC y se larga a YouTube. Probablemente quince años demasiado tarde para compensar la sangría de espectadores.

Pero quizá, nos atrevemos a sugerir en el Paratroopers, una de las fuerzas soterradas que ha engendrado este desinterés de los espectadores con la ceremonia de los Óscars es la dolorosa evidencia de que ir al cine haya dejado de ser una diversión barata, un entretenimiento proletario, una opción de ocio para pobres (¡aquellas sesiones dobles!, ¡aquellos dominicales con dibujos animados!) para convertirse en un PUTO LUJO al alcance de pocos. Joder, que antes con mil pesetas (seis putos euros) podías pillar el bus, sacarte la entrada de cine, comprarte una Coca Cola, echar unas partidas al Street Fighter II y volver a casa en autobús, y ahora ya sólo la puta entrada te cuesta una mano.

Y esto sucede al final de un proceso que empezó cuando dejaron morir los cines de barrio. Ése cine que estaba a una parada de autobús de distancia, a veces en tu misma calle. Las viejas salas se fueron a la puta, incapaces de mantenerse al día con la avalancha de estrenos semanales que comenzaron a inundar nuestras pantallas. El cine, como una diosa asiática, se reencarnó y multiplicó en numerosos avatares: los cines multisala, donde se incrementaba la oferta proyectando tres, cinco, siete, trece títulos distintos. ¿Y dónde operaban esos multicines? No en los viejos centros urbanos, donde no era posible encontrar locales lo bastante grandes o alquileres lo bastante asequibles. Hasta en España importamos de los Estados Unidos la nefasta cultura del centro comercial, esas abominables blasfemias arquitectónicas que son la paja de sangre del capitalismo. Los ubicamos en los arrabales. Los polígonos industriales. Las afueras, adonde normalmente iban a picarse los yonkarras. Acudimos a esos templos de consumismo atraídos por las luces brillantes, el hilo musical, los restaurantes de comida rápida, las tiendas de ropa barata y videojuegos.

De repente, el cine comenzó a ser algo que sólo se podían permitir las personas con acceso a un coche, los residentes de los principales núcleos urbanos o la gente en disposición a malgastar una hora y media de sus vidas en la carretera para hacer una apuesta a ciegas de noventa minutos ante una pantalla grande y un cubo de palomitas de maíz rancias.

Y cuando el último de los viejos cines de toda la vida se tiró el último pedo (tuve el dudoso honor de oler el cuesco póstumo de varios), cuando la competencia abandonó, ensangrentada y rota, el campo de batalla y los nuevos centros comerciales se convirtieron en los reyes del mambo tocan canciones de amor, y se construyeron más y más centros comerciales con más y más multicines (inflando una burbuja que acabaría haciendo ¡pum!, al menos en Galicia) sus administradores por fin pudieron operar en régimen de monopolio e, inflación mediante (¡será puta!), y espoleados por la codicia de las distribuidoras, extorsionadas por los grandes estudios, comenzaron a subirnos el precio de las entradas.

Un nuevo mordisco de mierdecillas con mugre bajo las uñas fue expulsado de las grandes pantallas. Salvo en ocasiones especiales. Bodas, herencias del abuelo Pichoto y cosas así.

Cuando me fui a estudiar fuera de mi pueblo, una entrada de cine costaba quinientas pesetas. Eso son tres euros, mi querido Millennial. Tres PUTOS euros. En los treinta años transcurridos desde entonces, el precio de las entradas se ha CUADRUPLICADO mientras que la oferta (la cantidad de títulos) y la calidad de la misma se ha DESPLOMADO (nueve salas diferentes, cinco de ellas proyectando la misma puta mierda de Marvel/Disney que costó doscientos millones de dólares de producción y ochenta en promoción y que jamás recuperará ese dinero).

Y llegó Netflix. Y de repente volvió a haber una opción accesible, barata y cómoda de acceso al cine para los peatones sin carné de conducir, los provincianos profesionales y demás pobretones expulsados de los multicines. Por una «tarifa plana» mensual tenías acceso a prácticamente todo lo que había para ver (la cosa se complicó cuando las productoras sacaron los ábacos, calcularon la parte del pastel que se estaban perdiendo y comenzaron a dejar caducar licencias para abrir sus propios servicios de VoD). Otra hornada de espectadores que le hicieron un corte de mangas a las salas de cine a la voz de «¡hasta luigo, Lucas, jaaaarl!»

Y llegó la pandemia mundial por Conavirus e incluso algunas de las más recalcitrantes ratas de centro comercial descubrieron que era posible ver una película sin pedirle prestado el cuerno al abuelo cebolleta para poder seguir los diálogos por encima de los gritos de los hijos de puta a quienes sus padres deberían haber abortado. Que no era obligatorio tener que soportar a los cabrones que llegan tarde o salen a mear cuando la peli ya ha comenzado. A los soplapollas mongolizados que hablan por el móvil en mitad de la proyección o se sacan selfies delante de la pantalla. Ah, y que las palomitas de microondas recién hechas saben incluso mejor que las palomitas recalentadas de su Cinesa o su Cines Yelmo habitual. Y que puedes hacer otras cosas en tu casa, confinado, aparte de ver peliculitas.

Sí, en el salón de tu casa no tenías un buen equipo de sonido, ni una buena acústica, ni una pantalla grande. Pero tampoco tenías que aguantar la mala crianza de todos esos soplapollas cuyo destino natural, habida cuenta de su incapacidad para coexistir con personas normales en una sociedad civilizada, era el fondo de un condón en la cuneta de un descampado. Las ventajas compensaban los inconvenientes y, además, ya habías visto en el MediaMarkt un Samsung de ochenta pulgadas de oferta y tu hijo pequeño, en realidad, no necesita tanto esa ortodoncia.

Y este tren de fichas de dominó cayendo una tras otra no hay mudanza a YouTube, de la Gala de los Óscar, que lo arregle.

El cambio en los hábitos de consumo de los espectadores, las sospechas de comadreo, venialidad y clasismo en los académicos, los escándalos mayores, medianos o menores, la disolución de la atención del público en un creciente mercado de ofertas audiovisuales y el desdén gafapástico hacia los títulos realmente populares podrían explicar, por sí solos o en su conjunto, por qué a la gente común hace muchos años que dejó de interesarle la ceremonia de los Óscars.

No podemos evitar preguntarnos si, quizá, esto se arreglaría en futuras ediciones si los estudios dejasen de hacer películas de mierda.

Pero no nos atrevemos a depositar muchas esperanzas en la inteligencia promedio del ejecutivo cinematográfico.

Y, con esto, queda resuelta la presente entrada.

Hala, a pastar hasta dentro de quince días.

Mañana seré pampero
y se me irá el corazón
a orillas del alto Duero. 

sábado, 7 de marzo de 2026

La fuente del unicornio

La fuente del unicornio (publicada por primera vez en 1953) es una de las más conocidas antologías de Theodore Sturgeon, uno de los más celebrados autores de ciencia ficción y, con Alfred Bester, uno de los maestros del relato breve de terror y «ficción especulativa», como a algunos gilipuertas, incluido el autor de estas líneas, les gusta llamar ocasionalmente al género de fantasía y ciencia ficción.


Sturgeon, que en realidad se llamaba Edward Hamilton Waldo (ahora entiendes por qué publicaba bajo pseudónimo), es autor de once novelas, más de 120 cuentos, unas 400 reseñas, artículos y críticas literarias, novelizaciones de guiones cinematográficos, una autobiografía realmente cruda donde no se reprime al hablar de los malos tratos que sufrió a manos de su padre ni de sus experiencias homosexuales (que no le impidieron casarse tres veces y hacer siete hijos), y unos cuantos capítulos para la serie original de Star Trek.

(Aquí una bibliografía del animal).


Autor de la Edad de Oro de la ciencia ficción, su prosa despertaba la admiración y envidia de sus propios colegas. El mismísimo Rey Marciano, Ray Bradbury in person, confesaba en su introducción para Without Sorcery (1948), la primera antología publicada del bueno de Ted, agarrar cada nuevo relato de Sturgeon y viviseccionarlo sin contemplaciones para intentar descubrir qué lo hacía funcionar como un reloj suizo.

Sin embargo, Sturgeon es casi más conocido, sobre todo entre la gente que apenas lee, por su «Ley de Sturgeon», que ya hemos citado numerosas veces en el Paratroopers y que evolucionó de un ambiguo apotegma («Nothing is always absolutely so», «nada es siempre absolutamente así») a una elegante máxima de naturaleza lapidaria («Ninety percent of [science fiction] is crud, but then, ninety percent of everything is crud», «el noventa por ciento de [la ciencia ficción] es basura, pero el noventa por ciento de todo es basura»).

No, la Ley de Sturgeon no es el tema central de esta entrada de la bitácora. Es sólo el hilo conductor.

El tema central de este paracaídas es el unicornio.

Tú sabes que los unicornios no existen.

Yo sé que tú sabes que los unicornios no existen.

Los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.

Nosotros sabemos que los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.

Con toda esa información, no tiene ningún sentido salir a buscar unicornios. Es absurdo. Un desperdicio de tu vida, del tiempo que te quede en este mundo. También el rasgo delator de un infantilismo emocional preocupante. El síntoma de una posible desconexión de la realidad. El 
«ninety percent of everything is crud» se transforma, en el caso que nos ocupa, en un «ninety-nine point ninety-nine percent of everything is crud». Y sólo dejamos esa centésima de margen porque en ciencia no hay absolutos, solo «afirmaciones no disputadas». La afirmación «todos los cisnes son blancos» es una bomba atómica en la línea de flotación de la credibilidad científica si, porque el universo tiene estas cosas, un día aparece un cisne negro. Por eso, aunque pedante, es mucho más sensata la declaración «en el actual estado de nuestro conocimiento sobre la materia, sólo podemos afirmar que todos los cisnes observados son blancos».

Pero, claro, críate tú leyendo a Verne, a Asimov, a Tolkien, a Clarke, a Moorcock, a Harlan Ellison, a Frank Herbert, a Philip K. Dick, a Ursula K. Le Guin, e intenta convencerte a ti mismo de que los unicornios no existen. De que ese cero coma cero uno por ciento no es una simple concesión a la métrica. Siempre persistirá la duda, soterrada, inconsciente. Porque el adulto que
en su infancia ha construido los circuitos neurológicos y asociaciones mentales que la ciencia ficción y la fantasía necesitan para no ser descartados sin consideración, se ha educado a sí mismo para dejar abierta una ventana a lo imposible. Por pequeña que sea.

Quizá por eso los frikis follamos tan poco y nos llevamos tantos desengaños con las adaptaciones a la pantalla de nuestras historias favoritas. Porque en materia vaginal y en el cine, los unicornios no existen. Buscarlos o esperarlos es correr en pos de un precipicio. Y tenemos un grueso catálogo de ejemplos para ilustrar esta realidad.

Los zurullos del cagar es esa chica a la que te ligaste en un after. A las doce de la noche la declaraste del montón. A las dos de la madrugada, cuando ya todas las macizas te habían mandado a la verga, comenzó a parecerte una diosa iluminada por la luz negra de la pista de baile. A las cuatro, estabas dispuesto a pagar por su compañía. Mediste su talle, ni muy generoso ni muy mezquino, y lo proclamaste cinturita de avispa. Su pelo estropajoso se convirtió en deslumbrante cabellera rubia. Sus facciones regulares y anodinas la cara de un angelote. 
Tallaste desde la distancia sus tetas promedio y viste tremendas maracas.

Y luego llegó el momento de mojar el churro y resultó que la diosa de Pachá no resistía la luz blanca de más de veinticinco vatios. Que sus blondos caracolillos eran una peluca. Su cinturita de avispa, una faja. Sus esculturales sandías, dos tristes higos resecos dentro de un WonderBra™ (y ni siquiera un WonderBra™ de la marca WonderBra™, sino uno sucedáneo chino, de esos con relleno). Y su famélica venusta un hediondo pozo de perdición que no había conocido el agua ni el jabón desde los tiempos del Betamax, y en cuyo grasiento vello, que nacía en su ombligo y le llegaba a las rodillas, se movían unos ácaros del tamaño de centollos.

Y encima la muy impostora se ofendió cuando te tiraste, desnudo, por la ventana del motel, gritando que a partir de ese día te ibas a hacer maricón.
(Nuestro alarido de horror cósmico provocado por el visionado de esta ruinosa mierda aquí).

Juego de Tronos es la novia gótica que siempre has soñado que tendrías. O la tomas, o la dejas. Pero si la tomas, no te queda otra que tomarla entera. Las góticas vienen en lote indivisible. No puedes escoger qué prefieres y qué rechazas. En las primeras semanas de vuestra relación vas a echar los polvos más cerdos y viscosos de tu vida. Tu novia gótica va a hacerte cosas que harían sentirse sucia a Riley Reid. Va a llorar rímel con una sonrisa mientras se atraganta con tu carallo. Te va a estrujar el cipote, con esa almeja afeitada y señalizada por tatuajes carcelarios, hasta que tengas experiencias extracorpóreas. Tu rictus de mongolizado donante de esperma va a despertar la envidia de tus compañeros del club de Futbito.

Pero...

...cuando tú y tu novia gótica os mudéis a vivir juntos vas a tener que comerte toda su mierda emocional. Y estoy hablando de diarreas de cachalote. Desarrollarás la disciplina de madrugar todos los días y leer su puto horóscopo, anticipándote así al infierno que te espera en las próximas veinticuatro horas. Descubrirás que triturarle los Ativanes y disolvérselos en el Colacao es la única manera de mantener bajo precario control su ardiente necesidad de abrirse las venas en la bañera. Entrenarás tu cerebro para que funcione como el de los delfines, o sea que te permita dormir con un hemisferio siempre activo, no sea que la loca hija de puta vuelva a apuñalarte mientras duermes con la chuta de su primo yonqui y sidoso. Y empezarás a cuestionarte tus decisiones vitales cuando pilles la décima clamidia consecutiva o te pongan delante el acta de nacimiento de un dulce bebé, de la escala de los tierras en la Guía Pantone, y del que hasta tu pobre abuelita centenaria, ciega, sorda y medio senil, se da cuenta de que se parece más al perro que a ti.
(Nuestra reflexión sobre la temporada final de Trueno de jogos, antes incluso de haber visto el último capítulo, aquí).

¿Te imaginas que alguna de estas series de televisión hubiese sido un unicornio? Un Los pelillos del cagar escrito por guionistas que sí respetasen a Tolkien, o que (tal vez sea pedir mucho, lo sé) supiesen leer y escribir en alguna lengua civilizada y, al menos una vez en su vida, hubiesen cogido un libro en la mano. ¿Te imaginas que las temporadas finales de Trueno de jogos no se hubiesen precipitado hacia un final tan abrupto como insatisfactorio? ¿Te imaginas que los Davids (Benioff y Weiss) hubiesen hecho examen de conciencia y pasado la antorcha? «Mirad, chicos, estamos agotados. Llevamos diez años con esta mierda y ya no damos más de nosotros. Pero amamos este universo y a estos personajes, y respetamos a nuestra audiencia. Así que hemos decidido hacernos a un lado y dejar el tramo final de la serie en manos de personas con ideas nuevas y las pilas a tope».
(El Gordo Cabrón intentó con todas sus fuerzas que los Davids siguieran adelante con la serie por lo menos hasta la décima temporada. Se rumorea en los mentideros habituales que incluso pidió a HBO que presionase a los Davids para que no precipitasen el final de la saga, aunque se habían quedado ya sin libros que adaptar. Presuntamente, GRRRRRR Martin puso a disposición de los showrunners todas sus notas, resúmenes y esquemas inéditos y les reveló el final previsto de las novelas. Pero, aparte del hecho de que lo habían alienado miserablemente a partir de la cuarta temporada, parece que sus argumentos no ablandaron el corazón de los Davids, que o bien estaban tan agotados como parecían o tenían una prisa del cagarse para empezar a rodar esa trilogía de La guerra de las galaxias que se acabó cancelando).

¿Te lo imaginas, querido lector? Porque eso sería el equivalente a que la diosa del after tuviese unos pomelos duros, altos, aterciopelados. Una melena de sedoso oro puro. Un pubis saneado y fragante. Un corazón de oro. Un fondo fiduciario de nueve cifras. Unas ganas de ser madre que tiembla el Misterio. Que fuese rusa, o ucraniana, modelo de lencería, que aún no le hubiesen quitado el precinto y que, en flagrante e ignominiosa traición a su herencia genética y cultural, no le rezase a un icono de santa Siliconina Goldiggeriga Putonova.

O el equivalente a que la novia gotiquilla siguiese siendo una glotona felatómana e insuperable amazona uterina, pero sin las alforjas de ETSs y desórdenes de la personalidad que suelen distinguir a los componentes de esa tribu urbana. Que te amase más de lo que en la bitácora amamos las puestas de sol sobre el cuerpo de Sara Sampaio reluciente de aceite Jhonson's, y que sus libros favoritos fuesen los de Richard K. Morgan, no esa pornografía para frígidas y enfermas sobre lo romántico que es follarse a un animal de granja.

Pero eso no puede pasar, ¿verdad? Porque cualquiera de esas dos mujeres sería un unicornio, y ya hemos establecido que los unicornios no existen. Ni siquiera en ese cero coma cero uno por ciento que hemos reservado.

Y, sin embargo, la primera temporada de El caballero de los siete reinos se parece sospechosamente a un unicornio.

En un momento convulso, nebuloso, en el que los ejecutivos de cine y televisión han intentado, con catastróficos resultados, aplicar la estrategia de inversión de los gigantes de Silicon Valley («métele millones a esta mierda a ver si, por accidente, algún día empieza a ser rentable»), estrategia que, en el caso del entretenimiento en pantalla, aparentemente pasa por dejarse todo el presupuesto en apabullantes efectos especiales por ordenador, en vez de en escritores competentes y directores con oficio. En una época en la que la RAM está por las nubes, porque los burbujistas de la inteligencia artificial se han aprovechado de la estupidez natural de algunos madroños pastosos con demasiado tiempo libre y escasas luces, y les han prometido que la IA va a ser una revolución que ríase usted de la máquina de vapor, y algunas grandes turbomegacorporaciones maliiiiiignas han comenzado a hacer limpieza de personal laboral, porque ya la IA lo va a hacer todo y lo va a hacer mejor, a partir de ahora, también en el cine, y por eso fuera actores, guionistas y su puta madre y entren gigas de DDR5, y pongamos punto y aparte ya a esta interminable cadena de subordinadas.

En este tiempo, decía, se agradece una serie de televisión modesta, con una historia pequeña que habla de temas universales, con un corazón sano y enérgico y seres humanos delante y detrás de las cámaras. Como aquellas en las que nos destetaron a los espectadores de mi generación.
(¡Ah, la gente de mi generación, qué ingenuos éramos! Nuestra mayor preocupación era que la Inteligencia Artificial empezase a fabricar en masa esqueletos robot que se nos iban a follar por la oreja a todos. Y no es que la preocupación haya sido completamente descartada, no me entiendas mal).

(¡Qué raro darte cuenta, a estas alturas del partido, cuando ya has alcanzado el tiempo de descuento, que la IA te no va a matar a tiros de armas láser ni con explosiones atómicas, sino bombardeándote con vídeos cerdos de slutty thick latina waifus!)
(No. En serio. La IA va a hacer que te peles la cigala hasta quedarte amojamao).

¿Cómo puedo venderte, oh lector escaldado por las gotiquillas sifilíticas y las madres solteras cuarentonas con un dedo de maquillaje y WonderBra
™ de los chinos, este pequeño y maravilloso spin-off de Canción de fuego y hielo, basado en tres novelas cortas que GRRRRRR Martin escribió en vez de escribir los últimos volúmenes de su saga monumental, y todo ello sin espóilers, porque quiero que la descubras con candor angelical, como (casi, porque ya me había leído las novelas) hice yo?

Los personajes son arquetípicos y sólidos.

Los actores están colosales.

Los de diseño de producción han construido una ambientación conveniente y convincente a pesar de su menesteroso presupuesto o quizá precisamente a causa de él.

La serie es mucho menos oscura, sórdida y turbia que Juego de tronos o La casa del dragón (cuya tercera temporada se espera para junio del presente año) y, por primera vez para ti, que estás completamente enconado por éstas dos, no castiga la virtud, ni ridiculiza a los héroes, ni se chotea de los ideales de honor, honestidad e integridad que los personajes de GOT se quitan y se ponen como unos calzoncillos, porque de lo contrario los matan con ellos puestos. Y cagados. En lo que a tono se refiere, sin renunciar completamente a la sordidez de las historias de Poniente, El caballero de los siete reinos se acerca más a una historia clásica de fantasía.

El caballero de los siete reinos
le da sopas con onda a las últimas temporadas de Juego de tronos, a los primeros capítulos de La casa del dragón y a esa aberración de Los franquillos del coger. Con una fracción del presupuesto del bochornoso antojo de mil millones de dólares de Jeff Bezos (escrito por anormales, diseñado por ciegos, dirigido por mancos, protagonizado por inútiles, alabado por gilipollas). Realmente no hay color. Puesto que es, o se parece mucho a, un unicornio, El caballero de los siete reinos compite únicamente contra si misma. Y es precisamente en la comparación con la carísima mamarrachada de Amazon Studios que se aprecia mejor la colisión ESPECTACULAR entre estas dos culturas empresariales, tan irreconciliables en sus estrategias como dispares en sus resultados.

Pero, si llegados a este punto se te han cansado los ojos de tanto leer (CO-JO-NA-ZOS), te ves este vídeo de Gabriel Incertis y te vas a tomar por donde amargan los Bollicaos.

Donde Los pelillos del cabrear fue perdiendo audiencia, episodio tras episodio, hasta llegar al final de su temporada inaugural con un TERCIO de los espectadores que se habían tragado el piloto (y, para la segunda temporada, perdió al SESENTA por ciento de ese 37% que había conservado en la anterior), El caballero de los siete reinos alcanzó los nueve millones de espectadores en su quinto episodio, frente a los 6,7 millones del capítulo piloto, con un promedio de 13 millones de espectadores por episodio, lo cual la convierte en la serie de HBO Max en exhibición más vista después solo de ese Urgencias sin el reparto original ni acuerdo con las ex mujeres de Michael Chrichton que es The Pitt (y que te recomendamos, porque es fabulosa).

(Y, aunque las cifras hay que tomarlas con pinzas, por si las moscas, no conviene olvidar que los ejecutivos de Prime Video, al hablar de la acogida de su nefanda sodomía post-mortem de Tolkien, se limitaban siempre a las audiencias de los dos primeros episodios, ocultando muy interesadamente la CAÍDA EN BARRENA de visualizaciones que comenzó a partir de ellos).

La pasta que los de Amazon se gastaron en la promoción de su quebrada paja sanchezdragoniana podría haber pagado la deuda externa de Venezuela. El caballero de los siete reinos ha ganado sus audiencias por el boca a boca, a partir de una pequeña cábala de iniciados que recomendaban el programa a sus amigos peor informados. El obsceno desembolso de Los cagarros del mal follar, justificado en su día por la necesidad de hacer justicia al colosal, épico y rico universo imaginario de J.R.R., resulta aún más ignominioso a la vista de su paupérrima puesta en escena. Ese guion de herniado cerebral. Esa Tierra Media que parece cualquier escenario genérico de cualquier fantasía genérica. Esa historia tediosa e insignificante. Esos enanos y negros racializados (porque, por algún motivo, era más importante construir un cuento «for the modern audiences» que respetar el material original). Esos personajes irreconocibles. Esos diálogos de poliestireno. Esa insufrible Faladriel supremacista y asesina. ¡Esa malla de escamas serigrafiada EN UNA PUTA CAMISETA en una producción de mil millones de dólares, QUE ERU ILUVATAR ME LO EXPLIQUE!

El caballero de los siete reinos nos presenta una historia pequeña, centrada en un personaje noble, bonachón y sencillo con el que nos resulta muy fácil conectar. The Ringos of the Powerlessness intentó COMPRAR a sus espectadores con una multimillonaria campaña de marketing, AVASALLADORA y RUIDOSA, que no pudo encubrir la ABSOLUTA VACUIDAD e INANIDAD de su propuesta. Puedes envolver un mojón en pan de oro de veinticuatro quilates. Y será el mojón más caro de la historia. Pero seguirá siendo un mojón. La producción de El caballero de los siete reinos enfocó su propia estrategia de ventas en los personajes, en un argumento sencillo y provinciano que permitiese tratar algunos de los tropos argumentales y morales más antiguos más antiguos del Arte. Y les ha salido bien. Porque puedes diluir tu reflexión sobre la naturaleza humana en huera épica sin alma o descender al nivel de lo cotidiano, en el que todos nos reconocemos, y tratar de los grandes temas de la civilización a una escala que tu público pueda entender.
(También puedes tener a la vez épica y valores, como lo demuestran La odisea o El señor de los anillos, pero para escribir a esa escala hay que ser un puto genio, y a esos, en el caso de que quede alguno vivo, no los contratan para hacer series de televisión).

Haciendo de la necesidad virtud, los productores de El caballero de los siete reinos ocultaron sus espartanos medios recurriendo a todos los trucos del oficio. Planos cerrados y niebla ocultan que no había panoja para construir decorados o contratar extras. Prácticamente una única localización a lo largo de toda la temporada. Un montaje bien planificado que evita el rodaje de planos innecesarios. Un número reducido de personajes protagónicos. El tamaño, y los pobres desgraciados que nos torturamos con los dos primeros episodios de Los anillos del quebrar lo sabemos bien, no aporta en sí mismo valor cinematográfico, narrativo o artístico. De nuevo la metáfora del mojón. Gastarte más dinero no hará que tu película o tu serie de televisión sean automáticamente mejores. O, si prefieres un símil futbolero: tirando de chequera puedes contratar a los once mejores jugadores del mundo. Pero no hay suficiente dinero en el universo que les haga ganar partidos. Cada episodio de la primera temporada de Los anillos... (me canso de buscar apelativos insultantes para esta soberana mierda) costó unos sesenta millones de dólares y el mejor de ellos luce como el puto culo. Cada episodio de El caballero de los siete reinos fue rodado con unos seis millones (un tercio de lo que cuesta uno de La casa del dragón), y parece una superproducción de lujo.

Sólo los relatos íntimos pueden ser realmente universales. Ulises sólo quiere volver a casa. La única motivación de Frodo es proteger de la destrucción su pequeño rincón del mundo. Don Camilo no aspira más que a vivir su tranquila existencia de párroco rural, curar las almas de sus feligreses y, de vez en cuando, darse el gusto de poner de manifiesto la rusticidad del alcalde Pepón. Pero se requieren escritores de talento para elevar una fabulita modesta y sin pretensiones a la categoría de epopeya cultural. Cuando fueron contratados como showrunners de Los anillos... a Patrick McKay y John D. Payne no se les conocía experiencia alguna como escritores o productores, a ningún nivel significativo, en ninguna producción (y, a la vista de su trabajo, es legítimo preguntarse por qué no se dedicaron a vender colchones). No precisamente el currículum que yo buscaría para una serie basada en la obra de Tolkien. Ira Parker, por su parte, sumaba catorce créditos de guion y producción antes de que lo pusiesen al frente de El caballero de los siete reinos (alguno de esos créditos en La casa del dragón, otro de los productos de la franquicia). McKay y Payne vienen de Bad Robot, la productora de J.J. Abrams, donde trabajaron denodadamente para lograr ser reconocidos exactamente en cero créditos de cero producciones. Pero, por alguna misteriosa razón, alguien en Amazon Studios pensó que estos becarios, que seguro que hacen un café cojonudo y unas fotocopias que da gloria verlas, eran las personas apropiadas para llevar a la pantalla una serie sobre la Tierra Media.

Donde El caballero de los siete reinos es humana, íntima y fluida, Los anillos... es altisonante, fría e incoherente. Amazon quería su propio Juego de tronos. Pero como no tenían historia propiamente dicha, ni guionistas, ni director con algo remotamente parecido al talento, imitaron GOT en lo único en lo que podían: el presupuesto. Y no hablamos del presupuesto relativamente «modesto» de la primera temporada, que costó unos 50 millones de dólares, sino el de las tres últimas (cien, setenta y noventa millones respectivamente). Una vez más, la mentalidad de nuevo rico de los ejecutivos de Silicon Valley: «Fake it 'til you Make it», en traducción libérrima: «sigue atrayendo rondas de financiación y gasta como un nabab hasta que lo consigas, o hasta que el FBI te detenga y tus inversores te metan en la cárcel, lo que suceda primero».

Donde El caballero de los siete reinos es una bola de helado de vainilla con chispas de chocolate, servido en el prístino ombligo de Jessica Alba, Los anillos... es un plato de camarones a la diabla que luego tienes que hacer salir a través de unas hemorroides especialmente inflamadas. Donde Los anillos... tiene risibles calcomanías unidimensionales, El caballero de los siete reinos tiene profundidad y personajes icónicos y atractivos. Donde a Los anillos... le sobran HORAS de metraje, en El caballero de los siete reinos cada plano cuenta. Donde Amazon Studios nos da negritud por las bravas y REPPPPPRESENTEISHON, HBO Max nos ofrece una buena historia con villanos a los que ansías odiar, pero a los que acabas compadeciendo. Los anillos... reescribe, corrige y malinterpreta deliberadamente a Tolkien. El caballero... amplía el universo del Gordo Cabrón ateniéndose a sus propias reglas. Y sin hemorroides.

El resultado está a la vista. Las audiencias también (aunque a veces las audiencias se equivocan).

Por si no te había quedado claro, amigo lector: hazte un maratón de El caballero de los siete reinos (que son nueve) antes de que alguno de tus amigos cabrones te la cuente.

Y tiembla.

Tiembla porque la segunda temporada ya ha sido confirmada y HBO quiere otras once o catorce secuelas más de esta pequeña maravilla... pero GRRRRRR Martin sólo ha escrito tres historias de Dunk y Egg. Y ya sabemos a qué velocidad trabaja el Gordo Cabrón.


¿Te suena la historia, amado lector?