sábado, 29 de agosto de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVIII): El verdadero rostro de James Bond

Ian Lancaster Fleming nació el 28 de mayo de 1908 en Mayfair, uno de los distritos más pijos de Londres. Su padre, Valentine Fleming, fue diputado de los Comunes por el distrito de Henley de 1910 a 1917 y amochó bajo fuego alemán en el Frente Oriental de la Gran Guerra en mayo de 1917. Su abuelo, Robert Fleming, era un financiero escocés que co-fundó la Compañía Escocesa-Americana de Inversiones y el banco comercial Robert Fleming & Co. Ian tenía dos hermanos menores: Richard y Michael (que murió en Normandía en octubre de 1940 a causa de las heridas recibidas en campaña con la Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire), y un hermano mayor, Peter (que sirvió en los Granaderos de la Guardia durante la Segunda Guerra Mundial y estuvo implicado en operaciones especiales en Noruega y Grecia).


En 1921 a pesar de sus notas mediocres, Ian logró ser admitido en el Colegio del Rey de Nuestra Señora de Eton, donde pronto destacó por su excelente forma física, sus victorias deportivas, su gomina, su coche (era de los pocos alumnos de Eton que poseía uno) y su éxito vaginal. Aconsejada por el responsable de su residencia, escandalizado por el comportamiento de su pupilo, la madre de Ian, Evelyn Fleming, lo sacó de Eton y lo matriculó en el Real Colegio Militar de Sandhurst. Probablemente con la esperanza de que allí el joven Ian adquiriese un poco de templanza y disciplina.

Y le salió el cochino mal capado. Fleming no aguantó ni un año en Sandhurst. Abandonó el Colegio en 1927, con gonorrea y sin haber logrado obtener un mando. Su madre, que comenzaba a perder la paciencia con él, lo mandó a un internado en Austria dirigido por Ernan Forbes, un antiguo espía británico, y su esposa y novelista, Phyllis Bottome. Evelyn Fleming esperaba que la formación en el extranjero y el aprendizaje de idiomas le abriese a su hijo la posibilidad de un puesto de trabajo en el Foreign Office.

Tras un breve paso por la universidad de Múnich y la Universidad de Ginebra, Ian regresó a Reino Unido en septiembre de 1931, del brazo de Monique Panchaud de Bottens, una belleza suiza del cantón del Vaud, con la que le había dado el antojo de casarse, y pasó el examen de ingreso en el Foreign Office.

Aprobó, pero sus notas no fueron para tirar cohetes y tampoco recibió ninguna oferta de trabajo del ministerio de exteriores británico. Echando humo y blasfemando en arameo, lengua que nadie recordaba haberla visto estudiando, Evelyn Fleming tiró de contactos y le consiguió al putero de su hijo mediano un trabajito como periodista y editor asociado en la agencia de noticias Reuters.

En su primer trabajo remunerado digno de llamarse trabajo, Fleming estuvo en Moscú, cubriendo el Asunto Metro-Vickers y casi consiguiendo una entrevista con el mismísimo Stalin. A su regreso, su madre le recibió con un ultimátum: o dejaba a Monique o la familia le cerraba el grifo. Con gran dolor de su corazón (los biógrafos de Fleming retratan a Monique Panchaud de Bottens como el gran amor imposible de Ian Fleming), Ian mandó a su suiza a pastar.

Fleming encontró trabajo de banquero en la firma financiera Cull & Co. en 1933 y de corredor de bolsa en Rowe and Pitman en 1935. Fue una completa nulidad en ambos roles. Mientras esquiaba en Kitzbühel, en el Tirol austríaco, conoció a Muriel Wright, con la que mantudo un largo romance hasta la muerte de ella en 1944, durante uno de los bombardeos que afligieron Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Ian quedó devastado. Aunque, todo hay que decirlo, mientras mantenía interesada a Muriel Wright también se trincaba a Ann O’Neill, la esposa del tercer Barón O’Neill.

En mayo de 1939, y a pesar de sus notoriamente escasas aptitudes para el empleo, Ian fue reclutado como asistente personal del contraalmirante John Godfrey, Director de la Inteligencia Naval de la Royal Navy. Promovido a teniente coronel (y ascendido pronto al rango de comandante). Además de tareas administrativas básicas, el trabajo de Fleming era actuar de colchón entre el contraalmirante Godfrey, famoso por su temperamento explosivo y ácidos requiebros, y las instituciones y negociados de la administración británica de guerra con las que estaba en cotidiano contacto: el Servicio Secreto, la Ejecutiva de Operaciones Especiales, el Comité Conjunto de Inteligencia, la Ejecutiva de Guerra Política y la oficina del Primer Ministro.

Durante la guerra, Fleming hizo gala de su imaginación perversa sugiriendo toda clase de planes de contraespionaje y maniobras de distracción, los cuales no está documentado que llegasen a ejecutarse. Alan Turing y toda la gente de Bletchley Park, empecinados en la ruptura del código nazi Enigma, estaban que fumaban en pipa cuando el Alto Mando desestimó la bizantina propuesta de Ian Fleming para hacerse con la más nueva máquina Enigma y sus libros de códigos.

Fleming también acompañó al contraalmirante Godfrey en un viaje oficial a los Estados Unidos e hizo algunas sugerencias para el diseño de la Oficina del Coordinador de Información estadounidense, órgano de inteligencia que se convertiría en la Oficina de Servicios Estratégicos y, andando el tiempo, en la CIA. Godfrey también puso a Fleming a cargo de la Operación Goldeneye, que desplegó una red de información y operadores «durmientes» en España en previsión de una invasión nazi. También organizó y seleccionó objetivos para la 30 Unidad de Asalto, un cuerpo de comandos creado por él en 1942 e inspirado en la unidad de operaciones especiales organizada y comandada por Otto Skorzeny.

Fleming no participó en misiones de combate en primera línea (lo más cerca que estuvo del frente fue observar la batalla de Dieppe desde la cubierta del HMS Fernie, en una visita de inspección tras un ataque a Cherburgo y en otro viaje al seno mismo de Alemania cuando se localizaron en el Castillo de Tambach los archivos de la armada alemanas de 1870). Y probablemente fuese mejor así, dado que los hombres de la 30AU no llevaban demasiado bien que Ian Fleming se refiriese a ellos como sus «Indios Rojos». Cuando el mando de la División de Inteligencia Naval recayó en el capitán Edmund Rushbrooke, Fleming perdió influencia en la División, aunque le permitieron conservar su control sobre el 30AU hasta junio de 1944.

Fleming pasó a seleccionar objetivos para la Target Force, fundada en agosto de 1944 sobre los éxitos de 30 Unidad de Asalto y encargada de la recopilación de inteligencia, personal, equipo y documentos, en territorio enemigo liberado, de interés para los Aliados. La mayor follada de la T-Force fue el descubrimiento, en el puerto alemán de Kiel, del centro de investigación del cual salían los motores de los cohetes V-2 y los aviones Me 163.

Desmovilizado en mayo de 1945, Fleming permaneció en la reserva hasta 1952, logrando en ese lapso la promoción a Comandante. Ya en tiempo de paz, Fleming regresó al periodismo para el Sunday Times, con un contrato casi cortado a medida que le permitía tomarse tres meses de vacaciones al año, que Ian pasaba en Jamaica, isla de la que se había enamorado en 1942, durante una cumbre de inteligencia anglo-americana en la que había participado. Allí compró una villa a la que llamó, muy teatralmente, «Goldeneye».

Colgado el uniforme, Fleming recuperó sus hábitos de soltero libertino. Rechazó la petición de matrimonio de su amante Anne Charteris, que había enviudado durante la guerra, y se entregó a una vida de vicio y concupiscencia. Anne Charteris se casó con el segundo vizconde de Rothermere, lo cual no le impidió encontrarse numerosas veces con Fleming en Jamaica, bajo el pretexto de visitar a su amigo, el actor, dramaturgo y compositor Noël Coward, residente también en Jamaica. Durante sus visitas a la isla caribeña, Ian y Anne crujían como gorrinos en celo. El uno con el otro. Y también con otras personas (Anne con Hugh Gaitskell, líder del Partido Laborista, Ian con su vecina Blanche Blackwell). Anne incluso dio a luz a la hija mortinata de Ian, Mary.

Harto de darse con los cuernos contra los marcos de las puertas, el vizconde Rothermere se divorció de su fornicadora esposa en 1951 y, finalmente, Ian y Anne se casaron en 1952 (ella con un visible bombo) y tuvieron un hijo, Caspar, que automorisionó de una sobredosis de barbitúricos en 1975, a la edad de 23 años.

Y si has llegado hasta aquí, querido lector, tal vez todavía estés a tiempo de leer que, obviamente, la fuente de la popularidad de Ian Fleming es menos su labor periodística, su despendoleo genital o sus aportaciones al esfuerzo de guerra, que la creación del espía más famoso de todos los tiempos.

James Bond era una idea que Fleming había acariciado durante la guerra, y comentado con sus amigos. Finalmente, poco antes de su boda con Anne Charteris, Fleming se sentó ante una mesa en Goldeneye y escribió Casino Royale en dos meses, promediando unas dos mil palabras diarias (que ya te digo, amado lector, que es un ritmo de trabajo encomiable, sobre todo teniendo en cuenta que Ian pasaba la mayor parte de su tiempo en Jamaica tocándose los cojones). Tirando de contactos de su hermano Peter, escritor él mismo, Fleming consiguió que Jonathan Cape le publicase la novela en abril de 1953 pese a los informes en contra de los lectores de la editorial.

El resto, como suele decirse, es historia. Contra las perspectivas de su editor, Casino Royale fue un éxito de ventas y permitió a Fleming dedicarse por completo a la escritura. A su muerte en 1964, de una cardiopatía causada o agravada por su recalcitrante tabaquismo (fumaba unos 80 Morlands AL DÍA), Ian Fleming había firmado doce novelas y dos antologías de historias cortas protagonizadas por 007. Dos de ellas (The Man with the Golden Gun y Octopussy and The Living Daylights) inéditas y publicadas póstumamente.

James Bond es un carácter tan carismático que las primeras adaptaciones a la pantalla (y otros medios, como las tiras cómicas para el Daily Express dibujadas por John McLusky a partir de 1957) llegaron tan pronto como octubre de 1954, cuando CBS pagó a Fleming mil dólares de la época para adaptar, tomándose extraordinarias libertades en el proceso, Casino Royale a un telefilme de una hora protagonizado por Barry Nelson, al que difícilmente veríamos como un Bond apropiado hoy en día.

Sí, amigo lector. El primer Bond cinematográfico que conoces NO FUE EL PRIMER 007.

De hecho, a Fleming ni siquiera le gustaba Sean Connery como 007. Cuando Eon Productions anunció a su elegido para protagonizar la primera película para cine de James Bond, Ian Fleming torció el culo. A principios de los años 60, Connery era famoso por la práctica del fisioculturismo y por las películas y series de televisión en las que había participado desde 1954. Con su metro ochenta y ocho de estatura, Connery era, a juicio de Fleming, un «desgarbado doble de acción carente de la delicadeza y elegancia para interpretar a James Bond» («an overgrown stuntman lacking the finesse and elegance to play James Bond»).

Ian quería a un actor capaz de transmitir elegancia y sofisticación en pantalla. De haber tenido pito que tocar en la producción (por contrato, no tenía), Fleming, sin dudar ni por un momento, habría escogido a David Niven (el Bond retirado de la no-canónica y casi autoparódica primera adaptación cinematográfica de Casino Royale, estrenada en 1967).

Pero el productor Albert R. Broccoli discrepaba. Él quería un 007 «con pelotas». Connery fue escogido por su imponente presencia («¡pero ¿no has visto que camina como una pantera?!», dicen que dijo la esposa de Albert Broccoli, probablemente chorreándose encima, después de conocer a Connery) y sex appeal. «Ponle un poco de barniz a esa dura piel escocesa [y] tienes al Bond de Fleming en vez de todos esos sarasas amanerados que se ofrecieron para el puesto». Tampoco Connery estaba de acuerdo con la caracterización de 007 que Fleming ofrecía en sus novelas. El Bond de Sean Connery es mucho más epicúreo, arrogante y amoral que el de Fleming.

Ahora bien, es de justicia apuntar que Fleming, cuando por fin pudo echarle un ojo a Agente 007 contra el Dr. No quedó tan impresionado por la actuación de Connery, pese a sus reservas iniciales, que incorporó a su personaje parte de los rasgos más característicos de la actuación de Connery. Por ejemplo su sentido del humor, algo seco. El increíble trabajo del intérprete escocés, su identificación con el personaje alcanzó tales cotas, que Connery es responsable de que para muchos de nosotros, y me refiero a los que ya peinamos canas en los cojones, 007 tiene el rostro de Sean Connery y Sean Connery es Bond.

Lo cual no deja de ser interesante.

Porque Sean Connery se parece físicamente muy poco al Bond que Fleming describe en sus novelas.

En la propia Casino Royale, Vesper Lynd dice que Bond le recuerda a un Hoagy Carmichael «frío y despiadado». Carmichael fue un músico, compositor y cantante estadounidense cuyo cabello negro, rasgos finos, constitución felina y elevada estatura inspiraron a Fleming la fisonomía de 007. En Moonraker, la agente Gala Brand de la División Especial remacha ese parecido: «en cierto modo, se parecía a Hoagy Carmichael. Ese pelo negro que le caía sobre la ceja derecha. Los huesos eran muy parecidos. Pero había algo un poco cruel en su boca, y los ojos eran fríos». El retrato canónico de Bond, establecido por sus novelas, es la de un hombre alto y esbelto, de cabello moreno y corto, rostro huesudo, ojos azul-grisáceos, boca cruel y una cicatriz vertical en su mejilla derecha (que hasta la fecha nunca ha aparecido en ninguna adaptación cinematográfica),

Este retrato mal se concilia con Sean Connery o David Niven.

Ni con George Lazenby (que consiguió el papel de 007 haciéndose un traje en el mismo sastre que Connery y echándole UN PAR DE PELOTAS e inventándose un currículum cinematográfico inexistente).

Ni con Roger Moore (que protagonizó su primera película como 007 a los 45 años, cuatro más de los que tenía Connery cuando dejó el personaje CASI definitivamente porque se sentía «demasiado mayor» para seguir haciendo de Bond, antes de regresar como un 007 envejecido en Nunca digas nunca jamás, otra película no canónica de 007).

Ni con Timothy Dalton (uno de nuestros 007 favoritos y el más parecido, en personalidad, al de las novelas).

O Pierce Brosnan.


Y está a años luz del Bond de Daniel Craig.

Y no digamos ya del ornitólogo estadounidense James Bond, feo como un tumor de escroto, a quien las novelas de Fleming y las películas de Eon Productions le causaron más de un momento embarazoso en aduanas. 


Como ya hemos dicho más arriba, el rostro de Bond, de tener uno, probablemente se parezca más a un joven Hoagy Carmichael que a ninguna otra persona. Ponle una cicatriz a esa cara y tendrás casi un retrato «canónico» de 007.

Pero... ¿cuál fue la inspiración REAL para el personaje de James Bond, más allá de su rostro y físico?

Ah, esa es la cuestión, que decía Xecspir. Andrew Lycett, biógrafo de Fleming, tiene claro que Bond es una amalgama de varias personas reales a las que Ian habría conocido o con las que habría trabajo durante sus años en la Royal Navy. Por lo tanto no tendría sentido buscar un único nomb...

«Pero, coño, Sommer, que yo sólo he venido aquí buscando fotos de Sara Sampaio ligerita de ropa».

Ahí te va:


Hala, a mamarla, pajero de mierda. Usa pañuelos de papel, para que tu madre no te riña.

Para todos los demás, seguimos.

Entre los refrentes reales que se han sugerido como inspiración para James Bond, y la mayoría de ellos corresponden a personas a las que Fleming conoció o pudo haber conocido durante su tiempo como oficial de Inteligencia Naval. Patrick Dalzel-Job, también oficial de inteligencia y comando británico de la 2GM es uno de los candidatos más obvios. Durante su servicio con la Fuerza Anglo-Polaco-Francesa en Noruega desobedeció una orden directa y ayudó a evacuar a unos 5 000 civiles de Narvik. El rey Haakon le concedió la Cruz de Caballero de San Olav, protegiéndole así de la corte marcial que le esperaba en Reino Unido.

Del año 42 al 43, Dalzel-Job condujo operaciones de comando en Noruega desde torpederas Fairmile D y del 43 a principios del 44 se entrenó con la Flotilla Submarina en el uso de submarinos de bolsillo Welman (que se revelaron prácticamente inútiles en combate) mientras sacaba tiempo para entrenar con la División Aerotransportada. Cuando descubrió el 30AU, pidió su traslado a la unidad y sirvió bajo las órdenes de Ian Fleming. Con la 30 Unidad de Asalto, Dalzel-job saltó tras las líneas alemanas dos días después del Día D y llevó a cabo golpes de mano contra objetivos designados en territorio ocupado, entre ellos, la toma de Bremen.

Pero aunque algunas fuentes acreditan que Dalzel-Job afirmaba haber oído de labios del mismo Fleming que él era la inspiración para Bond, el veterano comando británico jamás leyó una novela de 007. «They are not my style»
Dalzel-Job no era bebedor y amó en toda su vida a una sola mujer, la noruega Bjørg Bangsund, con la que contrajo matrimonio en 1945 y que le daría su único hijo, Iain.

Wilfred Albert Biffy Dunderdale, espía y diplomático británico, es también citado a menudo como otra más que probable fuente de inspiración para 007. Bilingüe en inglés y ruso (había nacido en Ucrania), trabajó para el MI6 de 1921 a 1959. Como parte de su servicio (al menos la que se ha hecho pública) ayudó al sultán Mehmed VI a abandonar Constantinopla tras la caída del Imperio Otomano en 1922, fue jefe de puesto en París en los años 30 y oficial de enlace con la inteligencia polaca y francesa. El tipo conducía un Rolls-Royce blindado, usaba gemelos de Cartier y trajes a medida y follaba como un puma. Dunderdale y Fleming se conocieron y trabaron amistad durante la guerra.

Duško Popov, agente serbio que contaminó a la Abwehr alemana con toneladas de información falsa proporcionada por los británicos, también sale en todas las listas de posibles inspiradores reales del agente 007. Popov participó en la Operación Fortitude, la gran misión de contrainteligencia que logró convencer a Hitler de que el desembarco aliado tendría lugar en Calais, no en Normandía. Popov es, además, autor de una autobiografía, Spy/Counterspy, que repasa sus hazañas durante la guerra.

También hay una considerable coña marinera con un diplomático británico de nombre James Albert Bond que habría trabajado en la embajada británica en Varsovia entre 1964 y 1965, desempeñando labores de inteligencia. Dado que no hay absolutamente ninguna evidencia de que Fleming estuviese al corriente de la existencia de este James Bond de la vida real, no podemos contarlo como posible inspiración para su personaje insignia.

El australiano Frederick Sidney Cotton, espía, veterano de ambas guerras mundiales, inventor y oficial del Real Servicio Aéreo Naval, hizo buenas migas con Ian Fleming durante la 2GM y no se descarta que sus pelotas de acero pudiesen servir de inspiración para el personaje de Bond. Cotton se las arregló para esconder una cámara en el fuselaje de su avión y sacar desde el aire fotos de fábricas, instalaciones militares y aeródromos alemanes. Fotos que luego entregaba al MI6. Cotton también pilotó el último avión civil que abandonó Berlín justo antes de que empezase la Segunda Guerra Mundial... y por el camino se las arregló para fotografiar la marina alemana fondeada en Hamburgo.

El espía polaco Bronislaw Urbański, operador de la Sección 993/W «Wapiennik», tiene muchas, pero que muchas papeletas para haber inspirado al Bond real. No sólo sus rasgos físicos y complexión recuerdan llamativa y poderosamente al James Bond literario, sino que sus funciones durante la guerra recuerdan poderosamente la de 007 en la ficción. Urbański pertenecía al Departamento de Seguridad y Contrainteligencia de la Segunda Rama de Información e Inteligencia del Cuartel General del ejército polaco. La sección 993/W era una unidad de reacción rápida encargada de eliminar objetivos enemigos estratégicos, SÍ, ESTAMOS HABLANDO DE PERSONAS, condenadas por tribunales clandestinos en la Polonia ocupada por los nazis. Vamos que Urbański tenía una auténtica «licencia para matar». Transformada en una compañía de fusileros a mediados de 1944, la 993/W tomó parte en el Levantamiento de Varsovia como parte del batallón «Pięść».

Según algunas fuentes, la agente polaca del SOE Krystyna Skarbek (a la que Ian Fleming conoció en persona y en la que se inspiró para crear a Vesper Lynd) habría proporcionado a Fleming los datos del pasaporte de Urbański y una descripción de sus principales características físicas, incluyendo cicatrices muy llamativas. Además, si ponemos lado a lado una foto de Urbański y el único esbozo conocido de Bond dibujado por la propia mano de Fleming, no podemos dejar de notar el parecido:

Otro poderoso candidato a «007 histórico» es William Stephenson, maestro de espías, no sólo por su impresionante hoja de servicio en dos guerras y por hacer los martinis más cargados de los Estados Unidos, sino porque el propio Fleming lo citó en un artículo de The Sunday Times de 1962, como uno de sus principales referentes: [James Bond es] «a highly romanticized version of a true spy. The real thing, the man who became one of the great agents of the War is William Stephenson».

Y, a partir de aquí, las listas de posibles «inspiradores» del personaje de Fleming divagan de lo superficial a lo ridículo, pasando por lo conveniente.

El coronel Charles Howard Dick Ellis, oficial de inteligencia británico de origen australiano y «padre» de la OSS (sus aportaciones al diseño del servicio de inteligencia estadounidense fueron reconocidas por el presidente Truman, que le concedió la Legión al Mérito), a pesar de la cerrada defensa que de él hizo en su día el periodista Phillip Knightley, especializado en el mundo del espionaje («His adventures not only rival those of James Bond; he was James Bond»), no parece haber hecho ninguna aportación reseñable al retrato de 007. Además, las alegaciones hechas en su contra tras la deserción de Kim Philby, y que le atribuyen el doble delito de traición de haber espiado para los nazis y los soviéticos, si bien no sustanciadas por pruebas públicas (el gobierno de Margaret Thatcher rehusó pronunciarse al respecto), arrojan una sombra de sospecha sobre este personaje.

Porfirio Rubirosa Ariza, playboy dominicano, diplomático, piloto de carreras y, según algunas fuentes, sicario a las órdenes del mismísimo Trujillo, se ganó sus galones de pichabrava de lujo gracias a su vida de altos vuelos y su atribuida potencia sexual sobrehumana. Casado cinco veces, muerto al estrellar su deportivo contra un castaño de indias, Rubirosa suele entrar en las listas más exhaustivas de personajes históricos que hayan podido inspirar el personaje de 007, aunque no está documentado que Ian Fleming lo haya conocido jamás.

A quien sí conoció, obviamente, fue a su propio hermano. Robert Peter Fleming raras veces es considerado una inspiración para Bond, a pesar de que durante la guerra realizó labores de inteligencia, contrainteligencia y sabotaje tras las líneas alemanas en Noruega y Grecia y se le tenía por un reputado experto en operaciones especiales.

Sabemos que Fleming consultó al capitán de artillería Robin de La Lanne-Mirrlees mientra escribía Al servicio secreto de su Majestad, pero de ahí a atribuirle algún papel en la caracterización de Bond hay una distancia diez veces mayor que la que nos separa de los amores venéreos de nuestra rubia de bote favorita, distancia ya de por sí insalvable.

El explorador ártico y agente retirado de la Inteligencia Naval Sandy Glen se descartó a sí mismo como posible inspiración para 007, aunque, como Bond, era escocés y había asistido al Fettes College. Además conocía personalmente a Fleming (algo que, para muchos autores, parece ser motivo más que suficiente para haber servido de referente para el espía más famoso de todos los tiempos).

Duane Hudson, Fitzroy Maclean, Michael Mason, Merlin Minshall, Conrad O'Brient-ffrench, Sidney Reilly, Peter Smithers o Forest Yeo-Thomas confirman esta hipótesis de trabajo de que, para ser etiquetado como «el auténtico James Bond» basta haber tenido algún papel relacionado con la inteligencia británica durante la 2GM o haber conocido personalmente a Fleming.

Como habrás deducido ya, de lo expresado más arriba, no hay un único Bond histórico que haya sido la inspiración directa de 007. El personaje insignia de Fleming es una quimera de muchas personas reales, sazonada con la imaginación y personalidad del propio Fleming.

Lo que sí sabemos con bastante certeza es que Christopher Lee NO ES una de esas personas que inspiraron a Ian Fleming para construir a Bond, afirme lo que afirme un rumor  que lleva algunos años circulando por Internet. Como la mitad de lo que circula por la Red de Redes, esa información mezcla realidad apriorismos, parte de una conclusión para guiar al lector por un camino tortuoso de medias verdades y mentiras más o menos descaradas y contiene un vicio de origen: falsea la realidad para conseguir clics de lectores o tejer una polémica completamente artificial.

Vamos a destripar paso por paso este embuste:

1. Ian Fleming y Christopher Lee se conocían y eran familia

Correcto. La madre de Cristopher Lee, la condesa italiana Estelle Marie Carandini di Sarzano, se divorció del padre de Lee, el teniente coronel Geoffrey Trollope Lee del 60º Cuerpo de Fusileros del Rey, y se casó con Harcourt George St-Croix Rose, tío de Ian Fleming. Por lo tanto, Fleming y Lee eran primos POLÍTICOS.

Además, Ian y Christopher se conocían personalmente. Y no sólo de verse en los ambientes de la alta sociedad británica que ambos frecuentaban. Además de los vínculos familiares, Fleming y Lee compartían su obsesión casi enfermiza con el golf, que solían practicar juntos. Se comenta que fue precisamente durante un juego de golf, juntos, que Fleming le propuso a Lee que interpretase al Doctor No en la película de 007 que estaba a punto de entrar en fase de producción. Finalmente el papel se lo acabó llevando Joseph Wiseman.

Si realmente sir Christopher Frank Carandini Lee hubiese sido la inspiración más o menos directa de Bond, ¿por qué Fleming le habría propuesto interpretar al villano en Dr. No en vez de al protagonista? Pregunta retórica. Lee acabaría interpretando a otro villano bondiano: el sicario Scaramanga, en El hombre de la pistola de oro.

2. Christopher Lee hizo carrera como espía en la 2GM


Mentira a medias. Christopher Lee sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y habló, muy superficialmente, de haber trabajado con el SAS en operaciones de las que no podía aportar detalles. Oficial de inteligencia en el 260 Escuadrón de la RAF, parece demostrado, por la documentación desclasificada, que trabajó con el SOE, repetimos, CON el SOE, no PARA el SOE ni EN el SOE.

Como oficial de la RAF adscrito al 260 Escuadrón, Lee se habría ocupado de labores de enlace, planificación y, sí, inteligencia. Pero el SOE era una organización enorme, muy compartimentada, y «trabajar CON el SOE» no significa en absoluto «participar en operaciones especiales». Por la misma regla de tres, cuando Lee afirmaba, en algunas entrevistas, que trabajó con el SAS, repetimos, CON el SAS, no EN el SAS, no estaría en modo alguno afirmando haber pertenecido a la élite de las fuerzas especiales británicas.

Que Lee haya podido realizar misiones con el Long Range Desert Group, vinculado al SAS, no significa en modo alguno que Christopher Lee haya pertenecido a esa unidad o al Servicio Aéreo Especial. Es más, las propias palabras de Lee al respecto son particularmente cautelosas: «I was attached to the SAS from time to time». Pero nunca mencionaba fechas ni misiones concretas. Tal vez porque no podía (suena a coña, pero los miembros del SAS y otras unidades especiales firman contratos de confidencialidad). Tal vez porque, como veterano del ramo, entendía la necesidad de la «seguridad operativa». Tal vez porque no quería poner a prueba la Ley de Secretos Oficiales británica, que es particularmente puñetera. Tal vez porque era un actor, le gustaba hacerse el misterioso, cultivar un cierto tipo de reputación y dejar que los gilipollas le construyesen la campaña de promoción por él.

«Christopher Lee fue un agente secreto» es un titular mucho más atractivo y que vende más periódicos que «Christopher Lee fue un oficial de inteligencia de la RAF e hizo muchas cosas distintas durante la guerra».

3. Lee ha admitido en entrevistas que Fleming creó a 007 basándose en él

ASQUEROSA MENTIRA. Es más, cuando le preguntaban sobre el tema, Lee rechazaba EXPRESAMENTE que Fleming hubiese basado a Bond en él. Por si las propias declaraciones al respecto de su primo político no fuesen lo bastante inequívocas, Lee fue uno de los que primero entendió, y más fervorosamente defendió, cada vez que se le presentaba la oportunidad, que 007 se inspiraba en diferentes personas reales. Que Bond, James Bond tenía muchos padres, no uno solo, y que probablemente él no fuese ninguno de ellos.

4. Lee siguió vinculado al mundo de la inteligencia al acabar la guerra

Parcialmente cierto. Tras la victoria en Europa, Lee fue destinado al Central Registry of War Criminals and Security
Suspects
, organismo dedicado a la localización, identificación y arresto de criminales de guerra nazis. Su formación en Inteligencia y educación políglota (hablaba con fluidez inglés, italiano, francés, alemán y español y se defendía moderadamente bien en sueco, ruso y griego) le hacían particularmente apropiado para esta misión.

Pero de ahí a decir que tras la guerra trabajó como espía, media un mundo.

Lo cual no le quita nada de carne a la afirmación, muy seria y con una mirada de aquellos penetrantes ojos negros, que le hizo a Peter Jackson durante el rodaje de El retorno del rey, cuando el director neozelandés intentó explicarle cuál es el sonido que debía hacer Saruman al ser apuñalado: «Have you any idea what kind of noise happens when somebody is stabbed in the back? Well, because I do.»

Así que no. Lo siento. No siempre una historia, por bien contada que esté, por mucho que nos gustaría que fuese cierta, refleja la realidad.

Pero, joder, a menos te he dado, querido lector empeñado en escribir fan-fiction de 50 pollazos de Grey, lo complicado que es realmente escribir personajes sólidos, arquetípicos, que resistan la prueba del tiempo y sean adaptados a multitud de medios diferentes.

Y, por la misma regla de tres, además de darte la chapa hemos resuelto la entrada de la bitácora.

domingo, 16 de agosto de 2026

El sentido de la maravilla

El talento no es suficiente.

La primera vez que me interesé por el nombre de un director de cine, el nombre de ese director era Steven Spielberg y esa película fue E.T. El Extraterrestre.


Quería saberlo todo sobre el hombre que había hecho aquella película divertida, emocionante, conmovedora, apasionante, hermosa.

«Todo» resultó ser realmente poco, en aquellos años pre-internet. Lo que pude rascar en los periódicos y revistas que cayeron en mis manos y en los escasos programas de televisión dedicados al cine que se emitían en las dos, si, repito, dos únicas cadenas generalistas que había en España por aquel entonces.

Quería conocer al hombre responsable de aquella magia. No al nivel de aquel alienado gilipollas del que que hablamos en la infancia de la bitácora, pero casi.

Quería averiguar si era posible comprender cómo lo había logrado, cómo había cocinado Spielberg aquella película que aún recuerdo con ternura e ingenuo afecto no amplificados por la nostalgia.

En el transcurso de los años, Steven Spielberg se convirtió en un nombre digno de todo mi respeto. El director de Ohio había logrado la cuadratura del círculo: hacer películas impecablemente ejecutadas, desde el punto de vista técnico, contar historias interesantes, articuladas en torno a grandes temas y preguntas, comunes a toda la humanidad (característica que le permitía saltarse las barreras culturales y convertir sus títulos en fenómenos globales) y, por si eso no fuera suficiente, lograr unas recaudaciones millonarias.

Talento, arte y éxito comercial. Spielberg se convirtió en el «chico de oro», en el «rey Midas»  de Hollywood de la década de los 80. Los productores le ponían el culo. Sus películas raras veces sufrían problemas de financiación. Spielberg era un valor seguro. Darle tu pasta para que te hiciese un largometraje era una inversión sin riesgos.

Y, durante años, incluso décadas enteras, esa tendencia se mantuvo, a lo largo de una carrera que ya es historia del cine y que te vamos a resumir aquí.

El primer largo de Spielberg fue ni más ni menos que El diablo sobre ruedas, con guion de Richard Matheson (sí, ese Richard matheson) a partir de su novela corta homónima (inspirada por un perturbador encuentro personal con un camionero cabronías en la autopista 126 de Fillmore, California). De alguna manera, la novelita de Matheson llegó a manos de los productores de la ABC.

Por aquel entonces, Spielberg (después de haber flunkeado tres exámenes de ingreso en la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad del Sur de California) estaba en nómina en la división de Universal para televisión y había dirigido ya algunos episodios de Marcus Welby, M.D., y Columbo y L.A. 2017, un episodio largo (unos 76 minutos), con temática de ciencia-ficción, de la 13ª temporada del programa Chiller Theater.

Nona Tyson, la secretaria de Spielberg por aquel entonces, le llevó la noticia de que ABC se había hecho con los derechos de la novela de Matheson para hacer de ella un telefilme que estrenar en su programa semanal ABC Movie of the Week. Tyson le entregó a su jefe un ejemplar de la novela corta y Spielberg vio de inmediato el potencial cinematográfico de aquella historia y corrió a ofrecerse como director al productor George Eckstein, llevando consigo un episodio, todavía no emitido, de Columbo dirigido por él, como «portafolio de autor» que ayudase a Eckstein a hacerse una idea de las aptitudes de Spielberg como realizador.
(Programas como ABC Movie of the WeekWorld Premiere Movie de NBC fueron la respuesta de las cadenas de televisión generalistas a los astronómicos derechos de emisión que los estudios de cine, que despreciaban la televisión, exigían a cambio de permitir que sus títulos llegasen a las antenas de los teleespectadores norteamericanos. Como los directivos de las emisoras no podían convencer a los ejecutivos de Hollywood de que la televisión era un medio totalmente respetable para la exhibición de sus títulos, ni tampoco estaban dispuestos a pagar los precios que pedían los estudios, comenzaron a producir y emitir sus propios largometrajes. Ésta fue la cantera de muchos directores de cine en los años 60 y 70, Spielberg entre ellos).

Spielberg le vendió la moto a Eckstein y El diablo sobre ruedas, con un presupuesto misérrimo (450 000 dólares, menos de cuatro millones de los de hoy en día), se rodó en escenarios naturales de Canyon County y Acton a lo largo de trece días de infarto (y tres de propina para reshoots), con los productores comiéndole el culo a Spielberg (entre otras cosas, habían intentado quitarle de la cabeza lo de rodar en exteriores, que siempre encarece los costos de producción). Diez días de corta y pega redujeron a setenta y cinco minutos el metraje de  este título que, en su estreno, alcanzó un 33% de share. Eso significa que uno de cada tres estadounidenses que encendieron la tele aquel día vio El diablo sobre ruedas, amigo lector.
(Entre los espectadores se encontraba un completo desconocido llamado George Lucas, que, aburrido como una ostra en una fiesta que estaba dando otro completo desconocido llamado Francis Ford Coppola, se fue a ver a la tele a una habitación vacía y, en el primer corte a publicidad, fue corriendo a buscar a su barbudo amigo. «Francis, joder, deja ese puto rulo de cocaína y ven a ver esta peli. ¡Esto es cine de cualité!», o algo así).

El megaexitazo de El diablo sobre ruedas llevó a los preboste de Universal a proponer a Spielberg el estreno limitado en salas de un corte extendido de la cinta. Dos días adicionales de reshoots más tarde, Spielberg tuvo material suficiente para armar un montaje de 90 minutos copiado en 35 milímetros (los negativos originales son de 16 milímetros).

Y el resto es historia.

Hoy en día, la opinión unánime entre críticos, historiadores de la televisión y realizadores es que El diablo sobre ruedas es uno de los mejores telefilmes jamás filmados. Poca gente menciona los dos siguiente telefilmes de Spielberg, Algo diabólico y Savage, y casi todas sus biografías saltan directamente a Loca evasión, una road-movie en clave de comedia negra, protagonizada por Goldie Hawn y Ben Johnson, de la que te acabas de enterar que existe.

De Tiburón, por el contrario, probablemente ya hayas oído hablar. Resulta difícil, desde el presente, validar el impacto que tuvo esta cinta (la primera de una franquicia que se pudrió muy pronto y llegó a niveles de vergüenza ajena simplemente atchonburísticos), que obsesionaba a un vecino mismo (se la vio en cine unas tres veces, y todas sus secuelas). Con un presupuesto de siete millones de la época (un poco más de 43 millones de hoy en día), la cinta que reunió a Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss sobre un guion adaptado de la novela homónima de Peter Benchley, recaudó en total unos astronómicos CUATROCIENTOS NOVENTA millones de dólares, cimentando la reputación de Spielberg como «rey midas» de Hollywood.

De repente, todos los estudios querían trabajar con Spielberg, pero él tenía muy claro qué películas no quería dirigir. Rechazó Tiburón 2 (que acabó dirigiendo Jeannot Szwarc). Dijo que no a hacer el remake de King Kong (que acabó en manos de John Guillermin) y le colgó el teléfono a los Salkind, que estaban empeñados en que dirigiese Supermán: la película, que Dick Donner convirtió en un clásico universal.

Encuentros en la tercera fase fue otro pepinazo del bueno de Steve. Veinte millones de presupuesto. Más de 300 de recaudación global. El público y los críticos comiéndole la polla a dos carrillos a Spielberg, que se vino arriba y rodó 1941, una loca comedia con John Belushi y Dan Aykroyd (antes de Granujas a todo ritmo) que se considera el primer «fracaso» de Steven Spielberg porque sólo recaudó 92 millones sobre 35 de presupuesto. Claramente fue rentable, aunque, por supuesto, los de Universal se habían enviciado del retorno de Tiburón y esos 92 millones y casi medio les supieron a poco.

En busca del arca perdida fue un pollazo en la boca de todos aquellos que se descojonaron cuando 1941 no alcanzó las expectativas. Sobre una idea de su amigo George Lucas (el que había arrastrado a Coppola de una oreja para que viese en la tele El diablo sobre ruedas), Spielberg puso a Lawrence Kasdan a escribirel guion y juntos convencieron a Lucas de cambiarle el nombre del protagonista, de Indiana Smith a Indiana Jones, y le quitaron de la puta cabeza todas las estúpidas ocurrencias del director con la segunda papada más repugnante de la historia.
(Entre otras chuminadas, Lucas quería que Indiana Jones practicase kung-fu y llevase la vida disoluta de un playboy millonario. O sea, Lucas quería una mezcla entre Bruce Lee y James Bond. ¡Menos mal que toda esa mierda se cayó a la papelera de Lawrence Kasdan! Y cuidado, que Spielberg también tuvo ideas de bombero que, afortunadamente, fueron descartadas del guion final, como hacer de Indiana un alcohólico incurable).

NINGÚN estudio de Hollywood quiso En busca del arca perdida. Spielberg arrastraba, desde Tiburón, una bien justificada reputación de reventar presupuestos y calendarios de producción, y la relativa cagada de 1941 hacía temer a los estudios que Spielberg fracasase en entregar un éxito de taquilla. Todos los productores que mostraron interés en el proyecto quisieron imponer a un director diferente, pero George Lucas dijo que nones. Que o la peli la dirigía Steven Spielberg o no la dirigía nadie.

Finalmente Michael Eisner, presidente de Paramount Pictures, finalmente ofreció un poco de culo. Paramount produciría la película a cambio de los derechos de las secuelas. Eisner impuso un contrato leonino, con penalizaciones por incumplimiento del calendario de rodaje (fijado en un máximo de 85 días) o rupturas del presupuesto (18 millones de la época, unos 66 millones de hoy en día). Para que le soplase todo el rato en la oreja y le diese de hostias en la nuca si se volvía loco con la pasta, Spielberg contrató al productor Frank Marshall, curtido en producciones de bajo presupuesto, y el rodaje, que se extendió por Francia, Túnez, Estados Unidos e Inglaterra, comenzó en junio de 1980 y concluyó 73 días después, en septiembre de 1980, con Harrison Ford cagándose vivo entre toma y toma (nadie le avisó de que no bebiese agua del grifo en Túnez).

Estrenada en de 1981, En busca del arca perdida fue LA REPANOCHA. Al cierre de su recorrido por las salas internacionales, había recaudado casi 390 millones de dólares, hecho asquerosamente ricos a Spielberg y Lucas (que se habían garantizado, por contrato, jugosas participaciones en beneficios) y abierto una franquicia de tres, sí, TRES, SÓLO TRES, fabulosas películas que todos los críos de nuestra generación recordamos con cariño y volvemos a ver con infantil excitación.

El rey Midas de Hollywood estaba de regreso. Y ¡de qué manera! E.T. El extraterrestre fue otro POLLAZO en las taquillas. Casi 798 millones de recaudación global sobre un presupuesto de 10 millones y medio. La secuela de En busca del arca perdida, Indiana Jones y el templo maldito, que es, de la trilogía (SÍ, TRILOGÍA, SÓLO HAY TRES PELIS DE INDIANA JONES, SÍ, SÓLO TRES), la más floja, fue otro CIPOTAZO circuncidado en la cara de los ejecutivos de la Meca del cine que habían rechazado la primera película. 28 millones de presupuesto. 333 millones de recaudación.

Y este éxito de taquillas de un autor del llamado «New Hollywood», como sucede a menudo (si la envidia fuera tiña...) provocó una reacción en sentido opuesto. Los críticos que habían alabado El padrino, Malas calles y Taxi Driver, arremetieron contra Lucas y Spielberg como padrinos del blockbuster moderno, que esos mismos críticos proclamaron un peligro para la industria.

Esta idea completamente nueva de que una película podía convertirse en un fenómeno de masas centrado en el espectáculo, los efectos especiales, un ritmo que no daba al espectador la opción de pararse a pensar e (importantísimo) las secuelas, despertó entre algunos críticos el temor de que Hollywood comenzase a reemplazar la complejidad dramática por el espectáculo puro y duro. De que la historia fuese desplazada por la experiencia. De que se sacrificase la profundidad por la intensidad.

Como en muchas de las películas del MCU post-Vengadores: Endgame, en las que se rodaban las escenas de acción y luego se desafiaba a un analfabeto de pelo rosa con el injustificado rol de guionista, y sin puta idea del material que estaba adaptando, a escribir un hilo conductor que las conectase, estos críticos tempranos del cine de Spielberg temían que los grandes estudios de Hollywood convirtiesen la experiencia de ir al cine en algo más propio de un parque de atracciones. De que se azuzase a los nuevos realizadores a construir montañas rusas (con un simulacro de narración que medio las hiciese parecer que contaban una historia), no películas propiamente dichas.
(Hay que joderse. La razón que tenían, los cabrones).
Ojo, estos críticos no decían que Spielberg no hiciese buenas películas. Lo que decían era que él (y Lucas, y otros) hacían películas pueriles, que apelaban a la emoción superficial, se refugiaban en unos ritmos vertiginosos y renunciaban a cualquier tipo de ambigüedad moral. Es particularmente ilustrativa de este rechazo la reseña de La guerra de las galaxias firmada por Pauline Kael para New Yorker. Kael denunciaba el «ruido» visual de esta película, su ritmo despiadado, su transparente intención de encadenar una escena impactante tras otra sin tiempo para que el espectador respirase.

Para Kael, La guerra de las galaxias y En busca del arca perdida eran circos de tres pistas, no películas, no lo que debería ser una película. Kael denunciaba que los responsables de marketing de los estudios habían tomado el control del proceso creativo y supeditado toda la industria del cine a criterios puramente mercantilistas. Ya no se rodaban las mejores películas, ni siquiera las que mejor se esperaba que fuesen a funcionar en taquilla, sino las películas que prometían vender más juguetes, más camisetas, más atracciones en parques temáticos, más SECUELAS (¿te suena, amado lector?)

Entretenimiento con sensibilidad artística y portador de mensajes duraderos, atemporales, contra espectáculo prefabricado que sólo produce estímulos fugaces, pero tremendamente adictivos. Secuestrar la atención de un público educado para apreciar y disfrutar un cine adulto y complejo (Easy Rider, Chinatown, The French Connection) y retroevolucionarlo a una etapa emocional pre-adolescente. Ésa era la dicotomía que los críticos de Spielberg temían fuese a desgarrar la industria del cine.

A pesar de las protestas de sus detractores, a Steven Spielberg le ha ido de puta madre desde entonces. Ha cosechado numerosos éxitos punteados por algunos fracasos, pero, a la vista de algunos de sus proyectos, también parece que las críticas a la «infantilización» y «simplificación» de su cine calaron pronto en él. El color púrpura fue la primera intentona de Spielberg de ganarse a los críticos que lo acusaban de cargarse el Séptimo Arte con sus películas palomiteras para toda la familia, en vez de hacer el elevado cine engolado, melancólico y gafapástico, herramienta social transformadora de la civilización, que ellos preferían. Fue un éxito con más de 94 millones sólo en los mercados domésticos (142 millones en total) a partir de sus 15 millones de presupuesto.

El imperio del sol, basada en la novela autobigráfica de J.G. Ballard, fue un nuevo tropezón en la carrera de Spielberg (35 millones de presupuesto, poco más de 66 de recaudación). «Me he ganado el derecho de fracasar», dijo Spielberg.

Indiana Jones y la última cruzada, la última de la trilogía (SÍ, SÓLO HAY TRES, SÓLO TRES PELÍCULAS DE INDIANA JONES), se pasó de largo los 400 millones de recaudación sobre 48 millones de presupuesto.

Always (la última película de la pobre Audrey Hepburn, que ya estaba muy enferma durante el rodaje) fue un sonoro fracaso. 31 millones de presupuesto, poco más de 74 de recaudación. Hook, muy a pesar de tener en cartel a Al Pacino, Julia Roberts y al Hombre Más Divertido Del Mundo fue un éxito de casi 301 millones de recaudación global, pero, por alguna misteriosa razón, raras veces entra en las filmografías de Spielberg que maneja el hombre de la calle.

Y siguieron Parque Jurásico, La lista de Schindler, El mundo perdido: Jurassic Park, Salvar al soldado Ryan (sólo valen de algo el primer y el tercer actos, pero bueno...), Minority Report, Atrápame si puedes, La terminal, La guerra de los mundos... Éxitos de taquilla, grandes, pequeños y mediopensionistas, éxitos de crítica.

Y también Amistad, tremenda HOSTIA en taquillas (40 millones de producción, poco más de 65 millones y medio en entradas vendidas), Inteligencia artificial, otro resbalón de más de 100 millones (a partir de un proyecto de Stanley Kubrick, basado en un cuento de Brian Aldiss, que la muerte le impidió ver terminado). Inteligencia artificial se quedó a las puertas de la rentabilidad con su recaudación de menos de 236 millones.

Todas estas películas, incluso las que fueron rechazadas en su momento por los espectadores, tenían en común, además de la excelencia de su realización (fotografía, montaje, música, efectos especiales, sonido, guion, actuaciones...), que traspasaban generaciones. Uno de los recuerdos que más atesoramos de nuestra infancia es reunir a toda nuestra familia, abuelos, padres, primos, tíos, hermanos, delante de un televisor de tubo catódico (ni Alta Definición, ni HDR, ni 60 fps ni pollas con castañas), para ver una copia en VHS de Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, Parque Jurásico o Tiburón, y ver las caras de asombro, los ojos iluminados por un candoroso e infantil sentido de la maravilla ante aquellos largometrajes que no entendían de edades, ni de culturas, ni de clases.

Spielberg era un realizador de gran talento y extraordinariamente humano, pero sobre todo, por encima de todo, era un cineasta capaz de sentarnos delante de una pantalla y hacernos a todos iguales en asombro, iguales en admiración, iguales en entretenimiento.

Spielberg dominaba el lenguaje y la técnica del cine y, además, poseía un extra del que no pueden presumir otros directores de su generación: Spielberg tenía la capacidad, quizá innata, de instilar en todos nosotros el sentido de la maravilla.

Spielberg nos hacía a todos niños, y nos mostraba mundos nuevos, hasta entonces inexplorados, nos contaba historias nuevas, o historias viejas con un lenguaje que nadie había usado antes, o que había usado de otra manera. Cada estreno de Spielberg era una nueva aventura en la que nos adentrábamos con los ojos como platos y el corazón acelerado de expectación.

El autor de estas líneas no puede rastrear el momento en que esta salsa secreta del cine de Spielberg comenzó a agriarse. Pero claramente el siglo XXI no le sentó bien a la magia del rey Midas de Hollywood de los 70 y los 80 (y parte de los 90).

Múnich sigue siendo una gran película, con una gran historia, con excelentes actores, con una ejecución técnica impecable, pero, sin menospreciar todo eso, no pasa de thriller de espías genérico. John Frankenheimer podría haber dirigido esta cinta. William Friedkin habría hecho una excelente película con este guion y estos actores. Orson Welles y Roman Polanski habrían clavado Múnich. ¿Y Brian de Palma? ¿Y Hitchcock?

Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio, libertades tomadas sobre los cómics que adapta para la pantalla, casi brilla con la misma llama hechizadora de las primeras cintas de Spielberg. Claro que es difícil conectar del todo con esta producción animada, pero por lo menos los viejos buenos ingredientes del cine de Steven Spielberg están más o menos presentes en ella. Después de Tintín, de nuevo, en vez del cine para toda la familia, Spielberg se centró en dramones: War Horse, Lincoln, El puente de los espías, Los archivos del Pentágono.

Y, sí, como si tuviese mala conciencia o 
una versión más joven de sí mismo le pidiese cuentas, de vez en cuando Spielberg firma un Mi amigo el gigante o un Ready Player One (aquí nuestra reseña de la película y aquí la del libro en que se basa).

Pero luego toma decisiones autorales aparentemente absurdas, comercialmente suicidas y, sospechamos, caprichosas, como ese remake de West Side Story que fue UNA HOSTIA COMO UN ARMARIO DE CINCO CUERPOS CON TODAS LAS PUERTAS ABIERTAS, EN LLAMAS Y LLENO DE DINAMITA (100 millones de presupuesto, 76 de recaudación total), con la insufrible Rachel Zegler de protagonista. O rodar Los Fabelman, una cinta técnica y cinematográficamente impecable, pero tan personalísima, tan inextricablemente permeada del ADN biográfico de Spielberg (la cinta dramatiza el largo adulterio de la madre del realizador, conocido y consentido por su padre, que desembocó en un divorcio que partió a la familia), que, al menos al autor de esta entrada del Paratroopers, le resultó inalcanzable, morosa, intransferible, indescifrable, fría, empalagosa y tediosa (salvo esa escena final del encuentro, probablemente apócrifo, de un joven Spielberg/Fabelman con el cíclope gruñón John Ford, interpretado por David Lynch).
(Y no fui el único al que esta película, técnicamente irreprochable, le produjo rechazo. Con 40 millones de presupuesto, ni siquiera el nombre de Spielberg en el cartel logró atraer a los espectadores a los cines, donde Los Fabelman cerró su ciclo de exhibición con poco más de 43 millones de recaudación).

Que a lo mejor este análisis de la filmografía en decadencia del rey Midas de Hollywood cataloga un fenómeno inevitable en todo realizador (a Ridley Scott ya no le queda una parte del cuerpo en el que no le hayamos dado una capa de proverbiales hostias por sus últimas películas). Una consecuencia esperada de la madurez artística de todo cineasta. Los temas más evocadores en la «infancia creativa» de un artista no tiene por qué coincidir con los que le apasionen en la madurez. Los años y años a pie de obra afilan las habilidades del director de cine, depuran su talento, pero también agotan la llama interior. Resulta difícil seguir apasionándote con el rodaje de una escena de persecución cuando has rodado doscientas. No abordarás tu septuagésimo nono título de ciencia-ficción con el mismo entusiasmo con el que abordaste el primero. Los desafíos que te plantearon tus primeras producciones, y que te enseñaron tanto, hoy en día no representan reto alguno. Hoy podrías volver a rodar toda tu filmografía temprana en la mitad de tiempo, por la mitad de presupuesto. Y, de alguna manera, la mera idea te produce un hastío infinito.

También, algo a tener en cuenta, no sólo cambian los directores, cambian las audiencias. Los niños a los que hechizaste con E.T. y Parque Jurásico son hoy adultos interesados en otro tipo de cine, y los hijos que han tenido prefieren ver videos de subnormales bailando maricón en Tik Tok que ir al cine. Y no abramos de nuevo el melón del precio de las entradas, que ha convertido el cine, antaño entretenimiento de proletarios, en una diversión reservada a los ricos. Búscate las entradas pasadas de la bitácora en la que hemos tocado el tema.

El día de la revelación, la más reciente cinta de Spielberg, es una película entretenida, relativamente bien escrita, con buenas actuaciones y una historia interesante, pero le falta el sentido de la maravilla que nos hacía tan atractivo el cine de Spielberg.

Es una película entretenida. Pero no es una película emocionante, salvo en un par de momentos muy puntuales y en respuesta a los consabidos trucos sucios del oficio para «forzar» esa emoción en el espectador. Es una película, a grandes rasgos y sin entrar en el detalle, razonablemente bien escrita. Pero la historia evoca una sorprendente familiaridad con un capítulo largo de Expediente X que ya hemos visto y del que podemos predecir cada puto giro. Tiene unos actorazos (James Woods, Jodie Foster, Matthew McConaugh... huy, perdón, que me lío, quería decir Colin Firth, Emily Blunt, Josh O'Connor, Eve Hewson, Colman Domingo). Pero esos actorazos no logran que nos olvidemos de que estamos viendo una ficción. No consiguen meternos completamente en la película.

El día de la revelación es atractiva, pero destruye nuestra ilusión de reencontrarnos con la magia del Spielberg de antaño. Miramos esta película y queremos ver a aquella chica fantabulosa de fértiles ancas que nos hacía oír música de violines en el instituto, ésa de la que esperábamos, ingenuamente, que se enamorase de nosotros y nos destruyese el virgo a sentadillas, pero sólo vemos un corazón roto, una gonorrea resistente a los antibióticos y dieciocho años de pensión alimentaria.


En los ochenta y noventa, Spielberg nos acostumbró a esperar que sus películas se convirtiesen en éxitos de taquilla (con las excepciones ya señaladas). Con 115 millones de presupuesto, El día de la revelación debería haberse puesto en 288 millones para poder ser declarada rentable. Se ha quedado en 241 y la propina. Es, sin paños calientes, un fracaso. No uno espectacular, tal vez ni siquiera uno justificado, pero una buena hostia con la mano abierta al rey Midas de Hollywood por la misma 
audiencia (o no la misma, como hemos sugerido más arriba) que antes se rendía a sus pies.

Se podrían analizar las razones por las cuales, quizá, esta película no funciona. Pero creo que, desde mi punto de vista, las más llamativas son dos: el personaje de Emily Blunt no parece estar nunca en verdadero peligro (es un puto devs ex machina con piernas que siempre aparece para resolver una situación crítica aparentemente desesperada) y la película no llega nunca a cumplir las promesas que su tráiler hace. Quiero decir, si la revelación prometida es publicar en Internet un montón de vídeos de Ovnis que podrían descartarse con un desdeñoso «están hechos por IA» y sacar en directo en la tele a un alienígena vivo, lo primero apenas merece una ceja arqueada de la cínica generación TikTok y lo segundo ocurre demasiado tarde en la trama para que pueda tener en los personajes, en el universo de El día de la revelación, un impacto más que superficial.

El día de la revelación es una película de suspense y aventuras sin clímax final.

Pero lo peor de todo es que no es una historia ni tan siquiera mínimamente original, no ofrece personajes ni temas nuevos y está muy por detrás, en todos los sentidos, de su referente más obvio, que algunos de nosotros no hemos olvidado.

Contact, de Robert Zemeckis, logró en 1997 todo aquello de lo que Spielberg, en 2026, ha sido incapaz. Todos los temas en los que El día de revelación resbala, Contact los CLAVA: la transformación cultural, social y económica del descubrimiento de inteligencia extraterrestre. La colisión de esta nueva realidad con la sensibilidad espiritual forjada por el dogma religioso. La epifanía de nuestra propia ignorancia, impotencia y pequeñez, enfrentadas a los vastos misterios inexplorados del universo. La resistencia de algunas personas asustadas, ignorantes, o celosas de su posición de autoridad, al cambio inevitable que
acarreará la divulgación de la verdad. La MARAVILLA del pobre provinciano terrícola cuando se asoma, sólo se asoma, a la inmensidad del cosmos.

La misma maravilla que está completamente ausente de la más reciente película de Steven Spielberg. Lo cual no puede dejar de inspirar tristeza a todos aquellos que, no hace tanto tiempo, se sentaban delante de la pantalla con los ojos como platos y el corazón de un niño de once años latiendo en sus pechos para que el director de Tiburón y En busca del arca perdida los transportase a un mundo de aventura, sorpresas y fantasía.

¿Eres lo bastante viejuno, oh probo lector, para recordar cuando Steven Spielberg hacía un cine de chuparse los dedos como quien chupa las sudorosas berzas de Izzy Green?


Pues el bueno de Steve ya ha llegado a la edad biológica y artística en la que sus películas se ven cansadas, formularias, rutinarias, instrascendentes.

Y todo ello porque, nos tememos, en algún punto del camino, Spielberg extravió su sentido de la maravilla.