«Señor Sommer, haga la crítica de La odisea de Nolan».
Huuuuuum no.
«¿Por qué no, señor Sommer?»
Es queeeee en realidad no me apetece.
«¿No ha visto usted la película?»
Pueeeeees no tenía intención de verla, pero luego me sentí culpable, porque le dije a un amigo que la peli me olía mal, y a él empezaron a quitársele las ganas de verla, así que, por el bien de este amigo, fui a verla con él y...
«Su respuesta es demasiado larga, señor Sommer. ¿Vio usted la película o no?»
Sí.
«Pues háganos la crítica. Sus cuatro lectores mal contados se lo agradecerán».
Es que realmente no me acaba de...
«Le dejo olerme las tetas si me hace la crítica de La odisea, señor Sommer».
He ido al cine a ver La Odisea de Christopher Nolan.
Y estoy un poco perdido.
No sé si me ha gustado o me ha dejado indiferente.
Y eso, en cualquiera de las formas que adopta esa disciplina mayor llamada Arte, siempre es mala señal. Puedes odiar o amar una película, pero cuando no sabes cómo sentirte con respecto a ella, la película tiene un problema.
A la hora de ver una película, lo mejor es ir sin ideas preconcebidas. He dicho «lo mejor», no he dicho que siempre sea posible. Con el diluvio de mierda que le ha caído encima a este largometraje antes incluso de su estreno, a poco que tengas acceso a Internet, llegar a la sala de cine con cualquier nivel de candor, era poco menos que imposible.
Además, cualquier adaptación de La odisea difícilmente te va a contar una historia original o sorprendente. Si no eres un puto paramecio mongolizado por TikTok y Fornite, ya conoces el argumento, los giros de trama y el final. No es la historia lo que te va a sorprender, a menos, insisto, que seas un puto adoquín. Es la forma en que te van a contar esa historia que ya conoces lo que determinará si te gusta o no.
Que no me vea capaz de decidirme al respecto debería ser suficiente para la crítica del más reciente trabajo del director de El caballero oscuro.
«De eso nada, señor Sommer. No hay hocicada de bazungas con esa cantidad de texto. Elabore. Elabore».
Ay.
Que de verdad, me da mucha pereza. En serio.
«Mire como me rebotan las perolas, señor Sommer. Boing, boing, boing».
Mire, Señorita, el atractivo de su tremendo bullate como que ha ido perdiendo poder sobre mí con la exposición continuada. Tengo que decir...
...eh uh uuh ¿eso que brilla son unas gotitas de sudor?
«Boing. Boing».
Después de Tenet, algunos empezamos a temer que la carrera de Christopher Nolan hubiese entrado en barrena, como lo hizo la de Ridley Scott hace años (sin señales de que vaya a remontar en ningún momento entre aquí y el cementerio), por razones ya expuestas aquí y que se pueden resumir en que Tenet no tiene puto sentido. Tenet es aburrida, salvo cuando las escenas «al revés» la convierten en comedia involuntaria. Tenet viola sus propias reglas. Tenet es mala y punto.
(De hecho, Tenet se hostió en taquilla. Con su presupuesto de más de 200 millones de dólares, debería haberse puesto en quinientos millones para ser considerada rentable, pero se quedó en un poco más de 376 millones de recaudación global. Y sí, no se me olvida que se estrenó en 2020, cuando muchos países aún imponían draconianas restricciones sobre los espacios públicos y el acceso a salas de cine, debido al Conavirus).
Y no es la primera mala película del rubio director británico. Dunkerque, unos años antes, también había hecho zozobrar nuestra fe en el talento de Nolan como narrador. Puedes, amado lector mesmerizado por la armonía pélvico-chuminera de nuestra zorrupia preferida, ver la crítica que hicimos en la bitácora de esta tediosa falsificación histórica llena de grandes actores miserablemente desaprovechados, pinchando en el mismo enlace de nuestra reseña sobre Tenet.
Con ese precedente, el anuncio de la siguiente película de Nolan (después de esa película no canónica de 007 con viajes en el tiempo) nos dejó a todos con el ano arrugado. Y a los que seguíamos la obra de Nolan, y la respetábamos, desde Memento e Insomnio, nos dejó con el ano arrugado y apretado. ¿Un biopic sobre Oppenheimer? Pero ¿quién coño iba a ir al cine a ver eso, por el amor de Sara Sampaio Dominátrix?
Nos equivocamos. Me equivoqué. Felizmente, me equivoqué. Oppenheimer fue un bombazo (pun intended). Con un estreno de más de 82 millones y una recaudación global que se quedó a un pelito de gamba de los 976 millones, la película de cien millones de presupuesto sobre el padre de la bomba atómica arrasó en taquilla y revalidó el título de Nolan como director exitoso, con dominio del lenguaje del cine y una marca de estilo propia. Nuestra reseña, aquí, por si quieres ampliar tus conocimientos o refrescar tus recuerdos, amado lector.
(¡Qué raro fue aquel año del Barbenheimer!)
Con nuestra fe renovada, los fans del cine en general, y de la obra de Christopher Nolan en particular, nos sentamos a esperar su siguiente proyecto.
Y, cuando se anunció, nos cagamos encima.
«¿Qué coj...? ¿Se ha vuelto loco?»
Para adaptar la que es, sin discusión posible, la OBRA LITERARIA FUNDACIONAL DE LA IDENTIDAD Y CULTURA EUROPEAS, hay que tener UNAS PELOTAS COMO SANDÍAS.
Y, hombre, nunca le hemos hecho un Cocodrilo Dundee a Christopher Nolan, pero, joder, hay que tener UNOS HUEVOS COMO CAMIONES para adaptar esta historia a la pantalla.
Para ti, que no lees nada más largo que un tweet, esto te resultará novedoso, pero, verás, millennial imbécil, antes de que J.R.R. Tolkien escribiera El señor de los anillos, digo más, antes de que los tátara-tátara-tátara-etcétera-abuelos de Tolkien naciesen, un señor (o varios, según algunos académicos) escribió La ilíada y La odisea.
Hacer la película de cualquiera de estas dos historias es el equivalente a adaptar a la pantalla El señor de los anillos, con la salvedad de que la fábula de Tolkien no ha dado forma a la civilización moderna y La ilíada y La odisea sí lo han hecho.
Unos COJONES COMO BOMBAS ATÓMICAS es lo que necesita el director de cine enfrentado a este proyecto.
Y, a falta de un cojómetro para medir las gónadas artísticas de Christopher Nolan, sólo nos quedaba esperar al estreno de la película para hacernos una idea aproximada de las proporciones de su masa testicular.
Resuelto el trámite, me enfrento a esta página en blanco motivado por la promesa de un husmeo pechugero y con las energías bajas. Realmente no tengo nada reseñable que contar sobre La odisea. No la odio. No la amo. No hay nada especialmente notable sobre esta película.
Las actuaciones me han parecido correctas. Sin más (salvo la de Zentolla, digo Zendaya, que es tan irrelevante como siempre). No he visto una escena que me haya impactado, que vaya a recordar en los años venideros, como la inyección de adrenalina en el corazón de Mia Wallace en Pulp Fiction o el tiroteo a la salida del banco en Heat.
Los efectos especiales no se notan, lo cual significa que están bien, supongo (porque no se convierten en el foco de atención, sino que acompañan a la historia). La música está bien. La fotografía, los efectos de sonido... nada reseñable en un extremo o en otro.
Sí, claro, La odisea de Nolan tiene problemas. Los diálogos no acaban de gustarme. Demasiado «simplificados» y demasiado «actualizados» al lenguaje moderno. No es que los freaks de la historia tengamos derecho a esperar diálogos en griego ático, como no esperábamos que los actores de El señor de los anillos de Jackson hablasen todo el rato en oestron y sindarin. Es que Christopher Nolan se ha tomado libertades sobre el texto original que suenan extraordinariamente anacrónicas en boca de estos personajes.
«No, es que yo quiero hacer accesible La odisea a las nuevas generaciones», ha dicho Nolan.
La odisea ha sido accesible a docenas de nuevas generaciones a lo largo de casi tres mil años. De alguna manera, Nolan se las ha arreglado para tomar una historia que, con mayor o menor esfuerzo, ha estado al alcance de millones de jóvenes durante SIGLOS, y la ha convertido en una «obra derivada» baja, inferior, simplificada. Como una «La odisea en cómic», «La odisea resumida para niños», que fue como muchos de nosotros nos asomamos por primera vez a esta historia inmortal.
Ejemplo de esta adaptación «para las audiencias modernas» es la degradación del concepto de xenía (ξενία), «hospitalidad», travestida en etérea y omnipresente «ley de Zeus» que tanto parece justificar soportar okupas abusivos y violentos (lo que, en puridad, viola abiertamente la regla clásica de la hospitalidad) como cualquier otra cosa. Siempre que un personaje de la Odisea de Nolan no quiere hacer lo que debe, se esconde detrás de la Ley de Zeus, plot device artificialmente retorcido por Nolan para intentar tapar los agujeros de trama de su película.
«Zeus’s law, it’s the Golden Rule—treat as you would be treated—and with a theological underpinning in their world, that you might be a god in disguise.»
Parece que Nolan no confía demasiado en la inteligencia de los espectadores de su Odisea. Y no tiene muy clara la distinción entre xenía y ubuntu.
No voy a decir que la película sea mala. No lo es. Tampoco voy a decir que sea excepcional. No lo es. ¿Es buena? Pues... podría serlo. Lo es, a ratos. Lo intenta. Qué lástima que Nolan se haya asegurado de sabotear los esfuerzos de esta película por convertirse en una obra maestra.
Podría decir que me encanta esta película si cada vez que sale en pantalla ese mudo y gigantesco Agamenón no estuviese esperando a que diga «soy Batman» (y parece que Nolan se ha empeñado en hacérmelo imposible de ignorar).
Podría proclamar esta cinta un peliculón si Nolan no me hubiese colado, por cojones, un reparto racialmente diverso que rompe por completo la ilusión, por otra parte logradísima, de estar viendo una fantasía ambientada en el Mediterráneo.
¿Aqueos de naves negras... y pieles negras, Chris? ¿Griegos con rasgos asiáticos? ¿Un aedo negro, rapero y con rastas, Christopher? ¿Lupita Nyong’o haciendo a la vez de Helena de Troya y Clitemnestra? ¿Zentolla, digo Zendaya, Christopher, haciendo de una Atenea que en realidad no es Atenea sino la proyección de los remordimientos de conciencia de Odiseo?
Inciso número uno: Lupita Nyong’o es una mujer bellísima y una muy buena actriz. Pero la hipótesis de que Helena «la de blancos brazos» (recordemos que nació del huevo de un cisne) y Clitemnestra (ambas hijas de Leda) fuesen gemelas es una ocurrencia relativamente tardía, aunque en esta película Christopher Nolan lo presente como una evidencia. Y, aunque así no fuese, ¿me quiere decir, señor Nolan, que este bellísimo rostro africano le parece a usted representativo de la apariencia de los griegos del siglo VIII a.C.? Entonces, por esa misma regla de tres, yo puedo contratar a Ryan Gosling para hacer de Shaka Zulú y a Terry Crews para hacer de Cleopatra, ¿verdad, señor Nolan?
Inciso número dos: ¿por qué la gente sigue contratando a Zentolla, digo Zendaya? No es atractiva, no sabe actuar, pone la misma puta cara en todos los planos y si aparece en una película o una serie es siempre el personaje más odioso y amorfo.
El blackface de manual que le han hecho a algunos personajes de La odisea de Nolan casi no me molesta tanto como la violación anal del carácter de esos mismos personajes y la desfiguración del universo en que transcurren las aventuras de Odiseo y sus compañeros, a fin de que encaje en la ya (gracias a Dios) en declive agenda woke.
¿Una Penélope feminista y empoderada gritándole a la cara a su hijo que no tiene las pelotas para ser rey, no como ella y su renegrido chumino, que llevan veinte años siendo reinas in absentia, y que si no pueden serlo es por esa ley machista que dice que sólo los hombres se pueden sentar en el trono?
¿Un Odiseo de masculinidad deconstruida que se da cuenta de que esa misteriosa amenaza de los «pueblos del mar» que está sembrando el terror por todo el Mediterráneo, son, en realidad, los héroes de la guerra de Troya, de camino a casa?
¿La sugerencia, absolutamente porrera, de que Odiseo debe hacer expiación por sus pecados en Troya y durante su epopeya de regreso a Ítaca, y buscar la absolución navegando hacia poniente hasta... descubrir América, quizá?
Si lo que algunos hemos escuchado en podcasts y leído en bitácoras de Internet es cierto y Nolan ha basado su película en la traducción blasfema (porque cualquier traducción que incluya la ideología del traductor es una blasfemia) de la obra de Homero perpetrada por Emily Wilson, no tenemos que ir muy lejos para buscar culpables de que este largometraje no sea la gran película que tenía la oportunidad de ser.
«[...] Wilson’s translation uses “dad” and “daddy” instead of “father,” and more contemporary language like “crazy” and “tote bag,” which appear in Nolan’s movie.»
No se me ocurre una forma más rápida de que a un muchacho del siglo VII a.C. le metan tremenda hostia que le cambie hasta el signo del zodíaco que llamar «papá» a su padre. No hace tanto que al cabeza de familia, en nuestras casas, se le hablaba de usted. De hecho, algunos de mis compañeros de estudios, gente de campo, todavía lo hacían tan tarde como a finales de la década de los 90 del siglo pasado.
Queda a discreción del autor escoger qué cuenta y qué no cuando adapta una obra tan vasta como La odisea. Nolan se queda con unos cuantos capítulos clave (la caída de Troya, Polifemo, la isla de los lestrígones, Calipso, la matanza de los pretendientes...) y desvirtúa algunos de ellos. ¿Por qué la diosa Circe, representada desde la antigüedad como una mujer de gran belleza, es en la película de Nolan una especie de matrona cincuentona poco agraciada? ¿Por qué, en su descenso al Hades, Odiseo no ve a su madre, Anticlea, sino sólo a Tiresias y los hombres a los que condujo a la muerte en Troya? ¿Por qué no ve a Agamenón, Áyax o Aquiles entre las sombras de los muertos?
(No, contra los rumores maliciosos difundidos antes de su estreno, Ellen Paige no hace de Aquiles en esta película, ¡por fin una buena noticia!)
¡Y esa alusión al «rostro que botó mil naves»! ¡Joder, menuda patada de anacronismo en el culo de los que tenemos un par de lecturas encima! ¡Eso es de la obra teatral de Marlowe, del siglo XVII! Sólo Menelao, tuiteando «¡hemos tomado Troya! #tejodesIlión #asaquearseñores» desde su iPhone, podría echar más rápido y de manera más contundente fuera de la película al espectador culto promedio.
Sin renunciar a sus muchas virtudes, a La odisea de Nolan se le pueden hacer muchos reproches.
Que en realidad no importan un carajo, porque La odisea de Nolan está a punto de picar los setecientos millones de dólares de recaudación, con lo cual, técnicamente y a falta de otras consideraciones, estaría ya en la zona de la rentabilidad (teniendo en cuenta que estamos hablando de dinero recaudado en taquilla, no de entradas vendidas, y que las entradas de las salas IMAX, formato en que fue filmado este largometraje, son mucho más caras que las convencionales).
El problema de la Odisea de Nolan no es que no se haya hecho antes. Es que se ha hecho antes y se ha hecho MEJOR, y, la última vez que se hizo mejor, se hizo hace sólo dos años.
El regreso de Ulises, dirigida en 2024 por Uberto Pasolini, es una pequeña maravilla que refleja excepcionalmente el carácter trágico de ese rey itacense que regresa de Troya cargado de amargura, por los horrores que ha visto y los pecados que ha cometido, sintiéndose culpable de sobrevivir a todos sus compañeros, temiendo no ser reconocido por su esposa, sus criados, sus hijos, pues él mismo, tras veinte años de ausencia, batallas y vagabundeos por el Mediterráneo, ya no se reconoce tampoco.
El Odiseo de El regreso de Ulises es un héroe que ganó la guerra de Ilión, la de las desaforadas torres, pero se perdió a sí mismo. En la victoria, fue derrotado. En el viaje de regreso a casa, perdió su botín, sus naves, a sus compañeros, su memoria (temporalmente) y su propia identidad. Y Ralph Fiennes, ese ACTORAZO, clava la interpretación del Ulises mendigo. El Ulises que teme presentarse ante su esposa, ante el hijo que no le recuerda, ante las viudas de sus compañeros de expedición, y ser juzgado por ellos.
Lamentablemente, no podemos ofrecer unas cifras de taquilla para esta pequeña maravilla, con buen guion y excelentes autores, pues es un producto de Apple TV con estreno limitado en salas (poco más de 600 salas en Estados Unidos, todavía menos pantallas en Reino Unido y España), por las que pasó sin pena ni gloria. La práctica ausencia de una campaña comercial a la altura de esta pequeña joya del séptimo arte no contribuyó en absoluto a incrementar la venta de entradas.
(No pretendemos sugerir que una buena campaña publicitaria fuese a cambiar las cifras de taquilla, pues su ritmo pausado, su condición de producto de nicho, de «película para ponérsela dura a los críticos de los festivales de cine», la convierten en una cinta realmente difícil de vender a audiencias masivas. Lo cual no ha impedido a Nolan uh aaah llamémoslo «homenajear» en su adaptación algunas de las escenas más significativas de la película de Pasolini).
Resulta muy difícil nadar contracorriente, y los resultados de taquilla están ahí, para volver sospechosa esta reseña, pero lo cierto es que el estreno de La odisea de Nolan nos generó preguntas que su visionado no ha sido capaz de contestar. Seguimos sin saber si la película nos gusta o nos deja indiferentes, si la volveremos a ver o le volveremos la espalda, si es buena, regular o fifty-fifty.
Y seguimos sin saber cómo de grandes tiene los cojones Christopher Nolan.
En fin, con esto ya he cumplido ¿Señorita Tetas?
«¿Sí, señor Sommer?»
Traiga aquí esas petacas. No. No es necesario que se seque el sudor. Gracias.
«Lo prometido es deuda, señor Sommer. Pero suénese primero».