La primera entrada de enero de este año la dedicamos a un caso de estudio de autodestrucción reputacional y autosabotaje profesional que, nos pareció, ilustraba bastante bien el tan manido tropo de la fragilidad emocional de los escritores, multiplicada por setecientos millones cuando hablamos de escritores millenials o Generación X.
«Señor Sommer, hace la tira y los que se andan a gatas que no sube usted un post sobre manga. La verdad es que lo echo un poco de menos.»
Cómeme los huevos, Lector Cojonazos. Además, ¿tú no estabas puto muerto? ¿O eres la Señorita Tetas con un vestido de piel humana otra vez? ¡Joder, la continuidad de esta bitácora se está yendo a la puta!
Que no sabéis más que tocar la polla, cojones. Cuando hay demasiadas entradas de monas asiáticas, cuando no hay suficientes. Cuando te has pasado tres pueblos con los GIFs de Riley Reid, cuando qué pasa que ya no te gusta desde que se quedó preñada. Cuando qué mierda te ha hecho la pobre de Sara Sampaio, que ya no subes fotos suyas, cuando basta ya, puto pajero, que ese pedazo de cacho de trozo de hembra ni se te mearía en la boca si te viese tirado en la cuneta, a punto de morirte de sed.
¡Pues hala, os jodéis! ¡GIF de Disha Patani rompiendo pollas!
¡Eso no os lo esperabais, ¿eh, perras?!
¿Por dónde ombligo..., digoooo... por dónde iba?
Ah, sí, la loca de Cait Corrain y su «Goodreadsgate».
La historia que te contamos en enero tiene su villana, Cait Corrain, por más que sea la víctima de su propia inmadurez y narcisismo, sus perjudicados (todos los autores noveles a los que Corrain intentó putear para que sus libros no eclipsasen al suyo) y su heroína. Y esa heroína es Xiran Jay Zhao, escritora ella misma, con unos ovarios ASÍ DE GRANDES, y la excusa, el pretexto, de la presente entrada de la bitácora.
Vamos a ello.
Descubrimos a Xiran Jay Zhao cuando descubrimos a Cait Corrain y su caída en desgracia, de la que no puede responsabilizar a nadie más que a sus propias inseguridades. Xiran fue la que se curró el «pliego de cargos» que expuso la campaña de «review bombing» armada en Goodreads contra los rivales de Cait Corrain (autores de fantasía «young adult», más o menos queer, que iban a publicar su ópera prima en torno a la misma ventana editorial que Corrain). La que recopiló las pruebas. La que señaló, sin señalarlo, lo obvio: que los mismos usuarios sin identificar que estaban poniendo a pedir pan los libros de los «rivales» de Cait Corrain ponían en los cuernos de la luna A Crown of Starlight.
Sólo había que sumar dos más dos. Con las evidencias en la mano, Corrain acabaría confesando su autoría de la campaña de review bombing (atribuyéndola a su depresión, a su alcoholismo, a otras adicciones no especificadas, a las fases de la luna, al apetito de las ocas sagradas o al chocho de la Bernarda), su agente literaria la mandó a pastar, sus editores anularon el contrato por dos libros que habían firmado con ella, su libro nunca fue publicado y Cait Corrain desapareció de Internet. De camino a la consulta de un buen terapeuta, esperamos.
Ahí debería haberse acabado la historia. Porque aquí todos somos unas víboras, unas lagartas, y nos gusta el chafardeo como al que más. Ahí debería haberse acabado la historia pero no se acabó, porque, al menos al autor de estas líneas, se le despertó la curiosidad acerca de la heroína de esta historia.
Vale, ya sabemos que es combativa, cosplayer y asiática, que tiene principios y un chocho de titanio, pero ¿qué tal escritora es nuestra heroína Xiran Jay?
Sólo había una manera de responder a esa pregunta.
Y ya tenemos la respuesta.
No solemos leer novelas «Young Adult» porque se nos ha pasado el arroz para ese género y porque, aquí toca sincerarse, hemos tropezado con demasiados autores de ese género que, por decirlo con diplomacia, se la cogen con papel de fumar de manera tan hipócritamente obvia que sus formularios intentos por mantenerse dentro de las convenciones del género nos producen una repelente sensación de gazmoñería. De cálculo cínico. De «no soy lo bastante macho para escribir como que quiero, porque entonces vendería menos».
No, por supuesto que no estamos acusando a todos los autores de YA de ser unos cagapoquitos pichafrías. Es más, para empezar ni siquiera existe una «plantilla» de lo que es o no es «Young Adult», que no puede considerarse un género en sí mismo, sino una categoría editorial... que puede no coincidir, necesariamente, de una editorial a otra.
Pero, a grandes rasgos, toda novela YA es reconocible por estas características comunes (además de que ser un cortijo casi exclusivamente monopolizado por escritores con vallaina):
1. El o los protagonistas suelen ser adolescentes. Qué constituye o no «adolescente» ya es objeto de discusión en torno a las mesas de los editores. Algunos editores pueden pensar que «adolescente» empieza a los 15 años y termina al día que cumples 18, y que cualquier cosa por debajo de quince no es un adolescente, es un niño. Sin embargo, hay novelas promocionadas como YA y protagonizadas por personajes menores de quince o mayores de 18 (pero, aparentemente no de 19, como si los veinte fuese el límite natural de la juventud y el inicio de la edad adulta).
Pongámonos o no de acuerdo en una cifra, la novela Young Adult tiene la adolescencia como tema central de la historia. Con ese patrón, las novelas de Susan E. Hinton, donde hay drogas, peleas entre bandas, navaja en mano, y sexo serían YA. Y El Juego de Ender, con menores de edad convertidos en asesinos por una organización militar, y el genocidio de toda una especie alienígena, también sería YA.
2. Una experiencia personal. El narrador de una novela Young Adult cuenta la historia desde su perspectiva. En primera o tercera persona verbal, eso no importa realmente, el narrador, que suele ser también el protagonista, comunica al lector su percepción del escenario, comparte con él sus deseos, sus contradicciones, sus errores, sus descubrimientos y todo su Weltanschauung.
Lo cual es maravillosamente congruente con el ensimismamiento y solipsismo propios de la pubertad, si te has fijado.
3. Y, por supuesto, como estamos hablando de historias protagonizadas por adolescentes, o narradas por adolescentes, una característica fundacional del YA es que suele presentarnos tramas de construcción de la identidad, que es precisamente el viaje de autodescubrimiento que empieza cuando nos baja el primer tomate o nos sale la primera cuajada. Normalmente a traición. El adolescente, ya no un niño, toma por primera vez conciencia de que es algo más que el hijo de sus padres. Que tiene que descubrir su propia individualidad. Responder a preguntas que, hasta aquel preciso momento, no se había planteado: «¿Quién soy? ¿Quién quiero ser? ¿A qué colectivo pertenezco, si es que pertenezco a alguno? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿Puedo seguir siendo quien era hasta ahora o tengo que sacrificar algo, transformarme en el adulto que estoy condenado a ser?»
Como con la pubertad llegan, generalmente, los primeros amores, a esas preguntas filosóficas se suman la incertidumbre, las dudas de naturaleza emocional, que componen las subtramas románticas características de muchos títulos YA. «¿Puedo amar? ¿Seré amado realmente algún día, a pesar de todos mis defectos? ¿Qué busco en una relación? ¿Qué puedo ofrecerle al ser amado? ¿Qué será de mí si no soy correspondido? ¿Amo más a éste o a aquel?»
4. El conflicto se centra en el presente del protagonista. El personaje de la novela Young Adult normalmente no se mortifica por el pasado (aunque puede rememorarlo como trasfondo argumental, justificación de su carácter, o como fuente de su motivación, de su trauma) ni se angustia por el futuro, sino que vive y narra una trama que ocupa su presente.
Un drama familiar, una traición de su mejor amigo, un problema en el instituto, las dudas o turbulencias de la propia sexualidad, las turbulencias del primer amor (no necesariamente el primero, pero sí el primero realmente significativo), el yugo de las expectativas sociales o una guerra contra invasores del espacio exterior son tramas perfectamente admisibles, pero por regla general todas ellas se narran como una acción que transcurre mientras nos la cuentan, no como un episodio del pasado.
Las fronteras entre lo que es un libro YA y lo que no lo es son, como poco, porosas. E, insistimos, «Young Adult» es una etiqueta que define una categoría editorial, no una definición legal. Young Adult, o cualquier otro contenedor similar, cumple fundamentalmente una función de posicionamiento editorial. Ayuda a los dueños de las librerías y los comerciales de las grandes superficies a decidir en qué estante colocan el libro y a qué clase de compradores se lo recomiendan. Y poco más.
Como norma general, y tomando estas categorías con pinzas (repetimos, es una zona nebulosa, de incertidumbre cuántica), podríamos decir:
Una novela «Middle Grade» iría orientada a un lector de entre 8 y 12 años.
Una novela «Young Adult» se dirige a un público de 12 a 18 años, con notoria preferencia por los lectores de 14 a 18. Vamos, los que ya pueden perforar calzoncillos viendo bailar al ombligo de Disha Patani.
Un lector «New Adult», descontadas las pijoterías al respecto de cada editorial, tiene entre 18 y 25 años y, aparentemente, está muy interesado en el género romántico o en las historias con fuerte peso del componente sentimental.
Finalmente, una novela «Adult», aunque tenga protagonistas adolescentes, ha sido escrita pensando en un lector mayor de 18 años (y mayor de 25, a menos que queramos solapar esta clasificación con la inmediatamente anterior, algo que hacen muchos editores, y ya debe de ser la tercera vez que te advertimos, querido lector, que esto no está grabado en piedra).
«Pero, bueno, entonces... ¿qué coño hay en una novela Young Adult?»
Pero ¿tú no te habías muerto, joder? ¿Qué coño...? Tengo que llamar al médico de la Seguridad Social para que me cambie las pastillas de la cabesa. A ver, a priori no hay ningún impedimento para que en una novela YA podamos encontrar violencia, fornicio, lenguaje soez, drojaína, comportamientos abusivos, malos tratos, enfermedad mental, relaciones tóxicas o personajes hijoputescos. Lo que diferencia una novela YA de otra no es la presencia o ausencia de estos ingredientes, sino su representación. La función narrativa que cumplen. La voz que los describe. El enfoque sobre los mismos.
a. El sexo: Sí, gracias. Pero como fuerza iniciática. Primeras experiencias. Exploración. Deseo. Intimidad. Dudas identitarias. Marranadas no. Gracias. Eso ya no es YA. Es otra cosa. Una corte de niebla y furia, de Sarah J. Maas, tiene una escena «picante» bastante explícita en sus primerísimos capítulos, pero está narrada con una perspectiva de novela romántica, de «porno ligero para mamás». El lenguaje está muy cuidado para no convertir el pasaje en material de Penthouse. Las descripciones sobrevuelan la y evitan caer en lo ginecológico. La escena está centrada en cómo vive Feyre la experiencia de hacer guarreridas españolas, la caidita de Roma, er sarto der tigre con su amado Tamlin. Sarah J. Maas no ha puesto esa escena para le saques brillo al pistón. Te lo aseguro. Algo que no puede decir Penny Barber de sus bazongas.
¿Besos, atracción física, calenturas genitales, caricias, relaciones sexuales expresas, primeras veces, dudas sobre orientación sexual? Sí es YA. ¿Descripciones anatómicamente precisas, erotismo explícito, escenas que se recrean en la sensualidad con el fin de que el lector abra sus pantalones por las costuras o la lectora se moje las bragas? No es YA o no debería serlo.
b. El lenguaje: El YA puede tener insultos, palabrotas, lenguaje coloquial, humor negro... pero no demasiado. Qué es y qué no es «demasiado» ya queda a discreción del editor, y cambia de colección a colección y de editorial a editorial. Que se conoce que los grupos mediáticos que publican Young Adult tienen un Mecagoendiosómetro para decidir si una determinada es YA o no.
c. La violencia: También, pero, de nuevo, como con el lenguaje, está cabrón ponerle banderillas a esto. Un libro YA puede tener peleas, puede recrear guerras, puede mostrar asesinatos, contener amenazas, describir torturas... pero no se espera de este tipo de novelas que se recreen en los detalles. De nuevo, qué supone un regodeo en el gore, un interés morboso, y qué no, es materia de discusión.
¿Peleas, duelos, batallas, heridas, físicas y emocionales, incluso la muerte? Es YA. ¿El recreo morboso en el sufrimiento y largas descripciones de violencia, agonía o tortura que no parecen tener propósito narrativo y sólo buscan incomodar al lector? No es YA.
d. Las adicciones: Sí, claro. La adolescencia es el período de crecimiento personal en el que muchos beben su primer calimocho y se fuman los primeros petardos. No tendría sentido que un libro Young Adult pretendiese que no existen el alcohol, el tabaco o las dronjas, y que los jóvenes no se sienten naturalmente atraídos por ellas. Lo que ya no es admisible es presentar el consumo como algo romántico, glamuroso, un comportamiento a imitar. A fin de evitar el atractivo perverso de la adicción, estos libros suelen mostrar los efectos perniciosos del consumo de tóxicos: el peaje físico, las sobredosis, la destrucción de la vida familiar y personal, la desintegración del ego.
e. La salud mental: Por supuesto. La depresión, la ansiedad, las ideaciones suicidas, los trastornos alimentarios, las conductas autolesivas y las cicatrices emocionales del trauma pueden, y habitualmente aparecen, en las novelas YA. Siempre y cuando no se las presente de manera banal. Atractivo. Romántico.
¿El sufrimiento como recurso estético, la autolesión como expresión de amor enfermizo? No es YA.
f. Relaciones tóxicas: Los celos, la manipulación y dependencia emocionales, la infidelidad, el abuso físico o psicológico, las relaciones destructivas... Todo cabe en el YA, siempre y cuando se etiqueten correctamente como conductas perniciosas. Hablando de lo cual, ya llegados aquí, me pregunto cómo cojones la saga Escrúpulo, con ese vampiro de doscientos años de edad acosando a una adolescente, se nos vende como una hermosa historia de amor. Porque sí, Escórbuto se vende como YA.
g. Cajón de sastre: Racismo, homofobia, discriminación, conflictos políticos o religiosos, violencia institucional, exhibición de la miseria, personajes moralmente ambiguos, antihéroes, tragedia... todo esto cabe en el YA, aunque, de nuevo, el tratamiento es lo que determina si la novela cae o no en la categoría.
En otras palabras, «Young Adult» es lo que una determinada editorial diga, en un determinado momento, que es Young Adult. Y punto en boca. Lo tomas o lo dejas.
No solemos leer novelas YA, decíamos hace unos cuantos párrafos.
Pero Xiran Jay Zhao nos cayó tan simpática a raíz de todo el asunto Corrain que nos leímos su Iron Widow. Por solidaridad. Y curiosidad.
Y, joder.
El libro está bien.
Incluso muy bien.
No sabíamos qué esperar de esta novela escrita por nuestra cosplayer china, criada en Canadá, favorita, y el hecho de que le hayan publicado una secuela no significaba nada. A la mierda infecta de amor pedófilo entre el vampiro adulto y la pavisosa adolescente le publicaron CINCO.
Pero, oye, viendo lo que otras... «autoras» están escribiendo...
...Iron Widow no sólo no da vergüenza ajena, ascopena y náuseas, sino que está razonablemente bien escrito, no tiene cosas... eh... uh... raras y, encima nos ha gustado.
Mucho, de hecho.
Iron Widow, publicada en septiembre de 2021 como parte de un trato por dos novelas firmado entre Xiran Jay Zhao y Penguin Teen Canadá (aunque nacida en China, la autora y sus padres emigraron al país de las hojas de arce y los pijocomunistas imbéciles siendo ella una niña), está inspirada en la historia real de Wu Zetian (624-705), la única emperatriz con verdadero poder soberano en la historia de China.
Elevada de la posición de emperatriz consorte del emperador Gaozong, de la dinastía Tang, a emperatriz viuda, durante los reinados de sus hijos, Zhongzong y Ruizong, a quienes convirtió en meras figuras decorativas mientras conspiraba, purgaba la corte de partidarios de los Tang y consolidaba el poder necesario para proclamarse a sí misma emperatriz y coronarse, en 690, primera (y única) emperatriz de la dinastía Zhou.
Nuestra querida Xiran Jay, aparentemente, reflexionó sobre esta historia y se preguntó (porque son los «ysíes» y los «porquénoes» los que te convierten en escritor), «¿y si a esta historia le añadimos alienígenas, tecnología de ciencia-ficción y Mechas gigantes estilo Neon Genesis Evangelion?»
La respuesta es Iron Window y su secuela, Heavenly Tyrant.
Wu Zetian, la protagonista de Iron Widow que se llama igual que la Wu Zetian histórica, es una campesina que vive en Huaxia, un mundo expresamente inspirado en la China medieval y bajo ataque de los hunduns, una criaturas alienígenas parcial o totalmente artificiales, que han llevado a la humanidad al borde de la extinción.
Unos dioses misteriosos, el Consejo Celestial, han proporcionado a los hombres la tecnología para «reciclar» los cadáveres de los hunduns y construir con ellos «crisálidas», robots de guerra a lo Mazinger Z, con formas inspiradas en las criaturas legendarias de la tradición china (tortugas, dragones, tigres, fénixes), y suficiente potencia de fuego para hacer retroceder a los hunduns y, quizá, con un poco de persistencia, recuperar el terreno que han arrebatado a los hombres.
Sólo hay un pequeño problema.
Las crisálidas tienen dos asientos, un asiento Yang para un piloto masculino y un asiento Yin para su «concubina», que proporcionará al piloto la energía necesaria para sincronizarse completamente con el Mecha (al que controla mediante el pensamiento), armonizar su «presión espiritual» (mil perdones, no se nos ocurre de qué otra puta manera traducir «spirit pressure») y conducirlo a la batalla.
Aunque los mejores pilotos sobreviven, las «concubinas» de los pilotos de crisálida mueren rutinariamente, de agotamiento físico y mental, tras cada batalla. Sólo las «parejas equilibradas», de las que hay contados ejemplos, tienen una razonable expectativa de culminar una batalla con ambos pilotos vivos.
En el mundo de Zetian, las mujeres son «combustible» para la guerra. Material de usar y tirar. No como nuestra amiga Disha, que vino al mundo para demostrarnos a todos que Dios existe y, o es mujer, o le encantan las morenas.
Mujeres como la pobre Wu Ruyi, la hermana mayor de Wu Zetian, «concubina» de Yang Guang, piloto de la Crisálida Zorro de Nueve Colas (más mitología china).
Wu Ruyi, que fue maltratada por Yang Guang (en la última videollamada que hizo a su familia, apareció con un ojo morado y una excusa poco convincente), antes de ser drenada de energía por su piloto en una batalla contra los hunduns y morir en ella.
Wu Zetian se presenta voluntaria como «concubina» con el único propósito de ser emparejada con Yang Guang.
Y matarle, con el estilete que oculta en una aguja para el pelo, por la muerte y los malos tratos que Wu Ruyi sufrió a sus manos.
Y nada la detendrá. Ciertamente no su familia, una recua de malas bestias que sienten por Wu Zetian un afecto ligeramente inferior al que sentirían por un perro y que dejaron marchar a su hija mayor felices del dinero que recibirían del gobierno a cambio de ella. Tampoco Gao Yizhi, un amigo de la infancia de Zetian, procedente de una acaudalada familia, que está clarísimamente enamorado de ella, a pesar de las diferencias sociales, y que, en un intento desesperado por impedir que Zetian parta hacia una muerte cierta (aunque sobreviva al «emparejamiento» con Yang Guang en la cabina de su Crisálida, no hay dudas de lo que le pasará después de asesinar al mejor piloto del ejército de Huaxia), intenta «comprar» a Zetian a su familia, ofreciéndoles un matrimonio al que no hay Cristo que lo fundó que se crea que la familia de Gao Yizhi fuese a dar su bendición.
Así que Zetian parte para completar su entrenamiento como «concubina», consigue llamar la atención de Yang Guang, acaba sentada en el asiento Yin del Zorro de Nueve Colas junto a él (aunque Wu Zetian se resiste, porque ése nunca había sido el plan, ya que Zetian jamás soñó con sobrevivir al emparejamiento en la cabina de una Crisálida), traban batalla con una horda de hunduns...
...y Zetian se hace con el control del Zorro de Nueve Colas, CONSUME a Yang Guang, no al revés, le CHUPA HASTA LA MÉDULA DE LOS HUESOS, lo ASESINA, TRANSFORMA el Zorro de Nueve Colas (sí, como un pokémon evolucionando) en su «forma heroica», algo que sólo las mejores parejas piloto-concubina con niveles cuasidivinos de «presión espiritual» pueden hacer, gana la batalla y sale victoriosa, viva, de la cabina de la Crisálida gritando «¡Habéis vivido en un sueño durante suficiente tiempo! ¡Bienvenidos a vuestra pesadilla!»
LA QUE ACABAS DE LIAR, WU ZETIAN.
Iron Widow aprovecha su trasfondo de fantasía y ciencia-ficción para poner de chupa de dómine tantos elementos connaturales a la tradición china que resulta difícil enumerarlos aquí. El feroz machismo, la rígida estructura social, el poder omnipotente del cabeza de familia, propenso a los abusos y arbitrariedades, los resabios totalitarios del poder político, los mecanismos de control dispuestos, en todas las instituciones chinas, para garantizar la supervivencia e inmutabilidad del sistema.
Cuando Xiran Jay Zhao nos describe a Wu Zetian cojeando, o cambiándose las vendas ensangrentadas y purulentas de sus pies de loto (práctica bárbara y malsana que, amparándose en un artificial ideal estético, convertía, de hecho, a las mujeres chinas en inválidas de por vida, acuciadas por dolores e infecciones), o leyendo el contrato de promoción desnuda ante una cámara, porque el malvado, hiperturbomillonario y corrupto padre de Gao Yizhi quiere tener algo con lo que extorsionarla, por si se sale de madre, está haciendo una denuncia de los abusos y vicios que, todavía hoy, y en el mundo real, la sociedad china arrastra de siglos pasados, y que impide a sus pobladores alcanzar unos mínimos estándares éticos comparables a los occidentales (que no decimos aquí que se respeten siempre, sino que son la «regla de oro» sobre la que hemos escogido construir nuestra sociedad).
Hija de ambas orillas, Xiran Jay hace que Oriente y Occidente se miren a los ojos, el uno convertido en el espejo del otro, y, sin eslóganes, sin propaganda, hace en Iron Widow una enmienda a todo aquello que no le gusta de su país natal cuando, en realidad, tú creías que estabas leyendo una novela de robots gigantes curtiéndose a hostia viva y chorros de energía pachamámico-chino-magufiana.
Y, por supuesto, Iron Widow está narrada con los códigos de la novela Young Adult que te hemos dado más arriba. Hay violencia, pero no gore, hay mamoneo por encima de la ropa, pero no sexo explícito, hay crueldad y abusos físicos y mentales, pero nada demasiado gráfico, hay consumo de alcohol, pero no, hay un triángulo amoroso entre Wu Zetian, Gao Yizhi y Li Shimin...
Y, honestamente, llegados a este punto no se nos ocurre qué más contarte para que le des una oportunidad a este libro y su secuela, que no te van a cambiar la vida, pero sí hacerte pasar unas horas entretenido, en compañía de personajes interesantes y en un exótico entorno de ciencia-ficción, y plantearte, con suerte, un par de buenas preguntas acerca del mundo en el que vives.
Salvo una cosa.
Cuando todavía no la conocía ni Dios, Xiran Jay Zhao prometió a sus amigos que, si le publicaban un libro, la foto de autor se la iban a sacar llevando puesto un disfraz de vaca.
Y...
Si todo lo demás no te convence, o si aborreces los libros YA, al menos deberías plantearte concederle el beneficio de la duda a una escritora que se mantiene fiel a sus promesas.
Y la única manera de acabar esta entrada más en alto es con un primer plano de Disha Patani para que veas lo turboguapérrima que es, la jodía:
¡Tu trono peligra, Sara Sampaio! ¡Deberías habernos confesado tu amor eterno hace años! ¡Quizá ya sea demasiado tarde!



























