sábado, 11 de abril de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVI): ninja el rey, ninja el Papa, sin ninjar nadie se escapa

Si quieres ver realmente cabreado a un historiador japonés, pregúntale por los ninjas. Ya será raro que te defraude.


Si quieres ver 
realmente cabreado a un redactor del Paratroopers, pregúntale por las adaptaciones al cine de sus libros o cómics favoritos. Ya será raro que te defraude.

Lo de los ninjas es una de las imposturas más exitosas de la historia de la cultura popular. Y, en buena medida, un fenómeno casi completamente occidental a pesar de sus orígenes japoneses. Pocas veces una mentira histórica tan evidente se ha aceptado de manera tan absoluta y acrítica, hasta el punto de materializarse en formas que sus promotores caraduras no pudieron ni siquiera anticipar, como la proliferación de dojos, o sea escuelas de Artes Marciales, en las que se enseña el «ancestral arte marcial secreto de los ninjas», entrecomillado en el que hay ni más ni menos que cinco mentiras.

Pero vamos por partes.

Si te vas a la página correspondiente de la whiskypedia, te encontrarás un artículo según el cual, «En la historia de Japón, los ninja (忍者?) o shinobi (忍び?) eran un grupo de mercenarios entrenados especialmente en formas no ortodoxas de hacer la guerra, en las que se incluía el asesinato, espionaje, sabotaje, reconocimiento y guerra de guerrillas, con el afán de desestabilizar al ejército enemigo, obtener información vital de la posición de sus tropas o lograr una ventaja importante que pudiera ser decisiva en el campo de batalla.»

Si además te has visto media docena de películas de artes marciales, o ambientadas en Japón, o eres un fan fatal, un talifán del género, habrás aprendido a asociar con la figura del ninja a esos mercenarios de pijamas negros, armados con espadas de hojas recta, llamadas ninjatosshuriken o estrellas arrojadizas de metal y todo ese arsenal de 007 preindustrial que, al parecer, siempre acompañaba a estos sigilosos y felinos asesinos.

A ver cómo coño te cuento yo ahora que casi todo lo expuesto en los dos párrafos anteriores no ha existido jamás, y que la información verídica que apunta a la existencia de algo que podría parecer un ninja es interesadamente parcial, está exagerada o ha sido malinterpretada por auténticos becerros sin puta idea de la historia, la cultura o el idioma japonés.

Para que me entiendas, ahí va un chorreo de datos puros de oliva, corroborados por múltiples historiadores, japoneses y de los otros:

No hay absolutamente NINGUNA evidencia histórica de que los ninjas o shinobi (luego hablaremos de la nomenclatura y etimología, ten un poco de paciencia) usasen shuriken. Y hasta el nombre es engañoso, pues significa casi literalmente «hoja en la palma de la mano» (手: «te», «mano», 裏: «ura», «espalda, detrás, al revés, dentro, palma»; 剣: «ken», «sable, espada, hoja»).

La primera vez documentada que alguien en el planeta Tierra vio un shuriken, una estrella ninja, fue en la película Shinobi no mono, de 1962, protagonizada por Raizō Ichikawa. Y los que se perdieron esa peli, tal vez vieron su primera estrella arrojadiza ninja en la atchonburística serie de televisión Ninja butai gekkō, de 1964. El arma japonesa más parecida que se conocía hasta los años 60 eran unos dardos de acero (bō shuriken) que no eran más que eso: barritas de acero acabadas en punta. Se conservan ejemplares datados hacia el siglo XVII. Pero ninguno de ellos en forma de estrella, ni de cuatro puntas, ni de tres, ni de su punta madre.

El ninjato, esa espada que presuntamente era el arma secular distintiva del ninja, y que se diferenciaba de la katana samurái en su hoja recta, comparativamente corta, y guarnición (tsuba) cuadrada... bueno, pura y simplemente no ha existido JAMÁS. Es una completa invención. Un producto del siglo XX. La primera vez que alguien vio un ninjato fue en las fotos de un panfleto turístico japonés de 1956 al que aludiremos de nuevo más abajo. Y la segunda vez documentada que alguien vio un ninjato fue en las secuelas de Shinobi no Mono que empezaron a llegar a los cines nipones a partir de 1963: Zoku shinobi no mono, Shin shinobi no mono, Shinobi no mono: Kirigakure Saizo, Shinobi no mono: Zoku Kirigakure Saizō y ya nos cansamos de pegar enlaces, que esta saga tiene más películas que Torrente.

Pero, a pesar de su absolutamente nula historicidad, de su infamante condición de artículo de atrezo cocinado por la gente del diseño de producción de Daiei Studios allá por 1963, por algún misterioso motivo que escapa a la comprensión del autor de estas líneas y que tiene más que ver con la sociología que con la Historia, para cuando Sho Kōshugi y Franco Nero coincidieron en 1981 en La justicia del ninja, este invento de los años 60 se había convertido ya en la espada «histórica» y arma «tradicional» de los ninjas.

Si le aplicas un mínimo de investigación histórica, casi todo el arsenal ninja «tradicional» se desploma ante tus ojos como un incel de catorce años bajo la condescendiente mirada de Sara Sampaio o resulta no ser para nada, ni haberlo sido nunca, un arma estrictamente usada por los ninjas. ¿El kunai? Jamás fue un arma. Los kunai históricos se describen más como espátulas que como cuchillos. Herramientas, no armas. ¿Los makibishi o «abrojos ninja»? Oh, sí, existieron. Pero ni eran exclusivos de los ninja y ni siquiera exclusivos de Japón. Los antiguos romanos ya usaban algo parecido, llamado tribulus, para putear a la caballería enemiga.

¿Y lo de los uniformes negros? Esa pantuflada es tan obviamente mentira que no merecería ni un comentario. Pero como eres subnormal perdido, querido lector (si no, ¿por qué coño estás leyendo esta bitácora?), te lo voy a explicar. Dime: dejando ya de lago el hecho de que vestirte de negro para atacar de noche es más propio de un deficiente mental que de un ladino sicario (¿quieres ser la única «silueta humana» perfectamente reconocible contra un fondo oscuro con varios niveles de sombra y penumbra y diferentes texturas?), pongamos los cojones sobre la mesa: ¿cómo crees que te resultará más fácil acercarte a la persona a la que quieres asesinar o espiar sin que te indentifiquen y te metan un pitonazo por el culo; vestido como una persona normal o disfrazado de capullo supremo con un pijama a la funerala y una máscara? Sieso, que eres un sieso.

El puto chándal negro y la capucha es una convención plástica, típicamente japonesa (registrada en grabados de Hokusai, por ejemplo), y muy ligada al teatro kabuki, que no se asociaba tradicionalmente con los ninjas hasta que estalló este fervor absurdo y también ridículo por el personaje, sino con la iconografía de cualquier, y repito, cualquier personaje teatral que estuviese intentando ocultar su identidad. En el cine mudo occidental de los años veinte el villano usaba chistera y capa y se mesaba un largo bigote ridículo y en la escenografía teatral japonesa de antaño, cuando se quería comunicar al público que un personaje ocultaba su identidad, se le vestía de negro. Y punto en boca.

«Pero, ¿qué coño me estás contando? ¿Que todo lo de los ninjas es mentira?»

...

«¿Hola? ¿Sommer, me oyes?»

Me cago en... pero ¿tú no estabas muerto? O sea, ¿dónde está La Tetas? Si hasta le estaba empezando a coger cariño y todo. Y, vistas así de cerca, ese tremendo par de aldabas jugosas, relucientes de aromática transpiración, como que no es tan intimidante.

«¿Qué Tetas? ¿De qué me hablas? ¡No desvíes la pregunta! ¿Hay alguna prueba histórica de la existencia de los ninjas o no? ¿Tal vez algún documento?»

Pues (suspiro), sí, y no. Hay un libro de estrategia militar y filosofía de los clanes Iga y Kōga (presuntos clanes ninja de toda la vida) titulado Bansenshūkai o Mansenshūkai, que se supone fue recopilado hacia finales del siglo XVII y que se ha llamado, tradicionalmente, «la Biblia ninja». Pero hasta esta «Biblia ninja» es, en gran medida, una mixtificación. Se supone que el Bansenshūkai resume y condensa los principales capítulos del Kanrinseiyō, un volumen anterior y más extenso sobre el mismo tema. Vamos, que sería una especie de Selecciones del Reader's Digest de esa auténtica y genuina «Biblia ninja» original...

...salvo que durante siglos nadie había visto una copia ni
 siquiera extractos o fragmentos del Kanrinseiyō, y muchos estudiosos e historiadores japoneses llegaron a declararlo una completa fantasía. Y DE REPENTE, en 2022, apareció en Koga, no sabemos si muy oportunamente o no, una copia del Kanrinseiyō. Y, hombre, qué quieres que te diga, que un profesor de historia japonesa lo haya autenticado no me basta, personalmente, para aceptarlo como un documento legítimo toda vez que este texto ancestral ninja fue «encontrado» por el «Grupo de investigación ninja de Koga-ryu» (sigue leyendo y entenderás por qué) y presentado a la prensa, de nuevo, por un soplapollas que se hizo fotografiar vestido de patético robabragas.

Pero incluso dando por bueno que el Bansenshūkai fuese una obra legítima, un auténtico texto histórico de 1676 cuya mera existencia respaldaría la veracidad de los ninjas como figuras históricas, su contenido algo atropellado no puede menos que hacer fruncir una ceja. Por lo menos una. Porque es que, además de varios volúmenes sobre doctrina militar y liderazgo, armas y herramientas, el arte del disfraz y la infiltración y el manejo e interrogatorio de prisioneros (hasta aquí, todo coherente y congruente con lo que se espera de un manual ninja), hay libros de filosofía y astrología que resultan realmente difícil de justificar en una «Biblia ninja» y, la rehostia en vinagre, una receta de tofu. Que no tiene nada de especial. Esta receta de tofu es igual a otras muchas recetas de tofu de la época. Este tofu ninja no te va a dar superpoderes ni a enseñar técnicas ninja secretas. Es tofu. Se acabó.

Leyendo por encima los índices, sin profundizar en el contenido del Bansenshūkai, resulta difícil de imaginar que de su lectura vayas a aprender más sobre los ninja de lo que aprenderías sobre el espionaje de la Guerra Fría leyendo las novelas de Ian Fleming. En las que también te puedes encontrar al menos una receta. Ya sabes: dos medidas de vodka, una de ginebra Gordon's, media de quina Lillet, agitado, no revuelto, con hielo picado y servido con una filigrana de piel de limón. No hay ningún secreto ninja en la «Biblia ninja». De su lectura no vas a aprender absolutamente nada sobre liderazgo militar, estrategia o técnicas de infiltración que no pudieses haber deducido tú mismo usando un poco de sentido común. «Ataca cuando tu enemigo no esté preparado», «reconoce el terreno antes de la batalla y escoge el campo que más beneficie a tu ejército», «no le metas nunca la picha a una gótica, por bien que la chupe y gordas que tenga las bufas» y cosas así. Vamos, que el Bansenshūkai no dice nada que no vayas a encontrar en El arte de la guerra de Sun Tzu. Salvo, quizá, la receta del tofu.

Además, el Bansenshūkai «pita» estruendosamente cuando menciona episodios presuntamente reales como ejemplos de hazañas históricas protagonizadas por ninjas. Un ejemplo para ilustrarte, oh amado lector: de acuerdo con el 
Bansenshūkai , durante el período Sengoku, Rokkaku Yoshitaka habría contratado a Tateoka Doshun, ninja de la Confederación Iga, para que le ayudase a tomar el castillo de Sawayama, donde se había atrincherado Dodo Kuranosuke, un antiguo vasallo de Yoshitaka que se había rebelado contra él. Tateoka formó un equipo de menos de cincuenta ninjas, los disfrazó de partidarios de Kuranosuke, entró con ellos por la puerta del castillo sin encontrar oposición, le prendieron fuego a todo y salieron por piernas. En la confusión que siguió al incendio, Yoshitaka pudo por fin tomar la fortaleza enemiga.

El problema es que este relato, tenido por histórico y canónico por los defensores de la presunta historicidad de los ninjas, sólo tiene ninjas y a Tateoka Doshun según el Bansenshūkai. En todos los demás documentos conservados que aluden al sitio y conquista de Sawayama, no se los menciona EN ABSOLUTO, y el Dodo Oki-no-Kami Kuranosuke histórico no era un antiguo samurái de 
Rokkaku Yoshitaka que había traicionado a su señor, sino un vasallo del clan Azai, enemigos de Yoshitaka. Y, aunque la crónica de la conquista de Sawayama recogida en el Bansenshūkai fuese verídica, y todo apunta a que no lo es, curiosamente no encontrarás en ella shuriken, ni capuchas, ni ninjatos, ni pijamas negros, ni bombas de humo, ni chochos en vinagre.

Algo huele a podrido en Dinamarca, digo en Sawayama, cuando hasta la «Biblia ninja» desmiente categóricamente toda la iconografía popularmente atribuida a los ninjas.

(No, no es la fecha de Riley Reid. He dicho que huele a podrido, no a fornicación mercernaria y sífilis).

E incluso aunque estés dispuesto a concederle el beneficio de la duda a todas las evidencias cuestionables y abiertas invenciones modernas que hemos enumerado, muy someramente, hasta ahora, al menos deberías hacer examen de conciencia ante la realidad innegable de que el ninjutsu, ese arte marcial milenario de cuyo estudio el ninja adquiría, presuntamente, todas sus habilidades, ni existe, ni ha existido NUNCA como tal hasta que, llegado el siglo XX, un puñado de instructores caraduras decidió inventarlo.

La mera palabra ninjutsu (忍術) ha representado conceptos muy diferentes a lo largo de la historia. En el Japón medieval era un agregador genérico para cualquier conocimiento o enseñanza sistematizada de estrategia militar. En el período Edo se empezó a usar la palabra como sinónimo de, no miento, ¡BRUJERÍA! El ninjutsu no fue un arte marcial JAMÁS. No ha dejado la más mínima huella en el registro histórico. Y la palabra ninjutsu no fue empleada como denominación de un arte de combate hasta los años 60, cuando un puñado de alelados soplapollas occidentales, trágicamente desinformados por los desorientados escritos de un puñado distinto de periodistas occidentales, tan lerdos como ellos, comenzaron a llegar a Japón empeñados en estudiar «el arte ancestral y secreto de los ninjas». Arte ancestral y secreto que no se podía estudiar, ni en Japón ni en ninguna parte, porque NO EXISTÍA.

«Pero, oye, Sommer, que con una simple búsqueda por Internet te encuentras docenas de academias y dojos japoneses que enseñan ninjutsu».

¡Claro, gilipollas! Porque en economía hay una cosa llamada «ley de la oferta y la demanda». Y cuando algunos maestros japoneses de artes marciales, sinvergüenzas todos ellos del primero al último, vieron llegar a todos aquellos gilipollas de ojos azules con los bolsillos llenos de dólares, y comprendieron que podían escoger entre dar clases de karate o kendo a treinta pavos al mes, o clases de «ninjutsu» por trescientos, el «arte ancestral y secreto de los ninjas» apareció de la nada como por arte de magia. Era absolutamente inevitable. Y, de repente, en busca de legitimidad, 
los archivos de algunas oscuras y minoritarias escuelas de artes marciales, escritos en kanji tan antiguos y desusados que tal vez sólo un par de docenas de personas vivas puedan leerlos, se convirtieron en documentos ninjas legítimos. Y algunos ronin y samuráis famosos por su inclinación a la puñalada trapera y el disimulo se convirtieron, por la magia y el poder de la mano invisible del Mercado, en ninjas de toda la vida, según el relato de estos instructores del «arte ancestral y secreto de los ninjas» que se acababan de inventar.

Hay realidades históricas que han llegado hasta nuestros días tan desenfocadas por la distancia y adulteradas por la ficción que ya nunca podremos más que suponer su naturaleza original. La historia distante y mal documentada acaba desapareciendo o convertida en mito.

Y luego está el caso del ninjutsu, que es exactamente el contrario. El mito moderno se ha «enviado al pasado» buscando cualquier elemento mínimamente histórico que lo legitimase. Por el mismo precio, podrías cambiarte el nombre a Bruce Wayne y contarle a todo el mundo que un raterillo de mierda mató a tus padres en un callejón de Gotham, a la salida del cine. Y tienes mi permiso para decir que venías de ver una peli de ninjas.

Incluso la palabra «ninja» es un invento moderno (y cuando digo moderno digo del siglo XX, allá por los años 70) que no encontrarás en la bibliografía histórica japonesa. En las fuentes históricas, al personaje al que se atribuyen las barrabasadas que nuestro imaginario moderno (contaminado por las interpretaciones perezosas e interesadas del mito) atribuye al ninja se le denominaría shinobi (忍び), e incluso esta denominación tiene matices de los que te vamos a hablar a continuación, ojiplático lector. Y no, no me importa una mierda lo que ponga la Whiskypedia sobre este tema. Este artículo ha sido claramente redactado por un indocumentado. Ahí vienen los matices: incluso la palabra shinobi, a decir de los estudiosos de la historia y la filología japonesas, no parece haberse empleado jamás para denominar a uno o varios individuos como tales, sino que etiqueta un conjunto de tácticas militares y de guerrilla basadas en el sigilo, la sorpresa y el secreto. Shinobi sería un nombre genérico para lo que hoy en día llamamos «operaciones especiales», sin que se conozca documentación histórica alguna que atribuya a los responsables del shinobi una denominación específica.

En otras palabras: en el Japón antiguo, shinobi no era algo que eras, era algo que hacías. Y si alguna vez hubo algo que medio se parecía a los ninjas, fueron los tipos que, bajo determinadas circunstancias, hacían shinobi (guerrilla, operaciones encubiertas, espionaje, sabotaje, contrainteligencia, asesinato de personalidades) y que tal vez, bajo otras circunstancias diferentes, libraban guerras convencionales, en el campo de batalla, cara a cara y con las armas en la mano.

Y sí hay registro histórico de estos señores japoneses que hacían shinobi, y que no sabemos qué denominación profesional se daban a sí mismos, si es que se daban alguna, así que, por comodidad, vamos a llamarlos shinobi, como hemos hecho más arriba. Lamentablemente, las fuentes históricas una vez más se cagan en toda la mojiganga del «asesino furtivo vestido de negro y equipado con un arsenal de armas exóticas» y te presenta a estos shinobi (una vez más, el uso de la palabra es confuso e inexacto, pero lamentablemente necesario) como saboteadores y espías, fundamentalmente. Los shinobi históricos reunían información, difundían rumores y vandalizaban recursos estratégicos. O sea, desempeñaban tareas de espionaje, contrainteligencia y sabotaje. Vamos, lo mismo que hacen (o hacían en su día) los modernos agentes de la CIA, pero con una dieta basada en el arroz en el caso de los shinobi.

La mera existencia del MITO del ninja reside en su valor como excelente arma de propaganda. Existieses o no los ninjas, y todo parece indicar que NO, la mera sospecha de que el señor feudal, yo qué sé, Fujitsu Toshiba o Mitsubishi Nakasone, tuviese a su servicio a misteriosos asesinos furtivos capaces de matar con artes marciales misteriosas, venenos indetectables y armas ocultas, podría haber sido suficiente para que la gente escogiese no tocarle los nakasones a Toshiba. No vaya a ser que se levante un día con el sushi cambiado y nos monte una liadita plus.

«Me estás deprimiendo, Sommer».

Nada más lejos de mi intención, Lector Cojonazos sospechosamente resucitado. Aquí, en el Paratroopers, nada nos gustaría más que hacer a todo el mundo tan felices como Stun_gravy cuando vio que los de DICE habían incorporado su trickshot de 2011 en el Battlefield 3 (el ya famoso, en círculos gamers, rendezook) al tráiler de Battlefield 2042.

Pero la verdad es tozuda. Y no le importan tus sentimientos.

«Pero, yo he visto en un documental de Japón una "aldea ninja", una especie de museo que reproduce una "casa ninja tradicional" y que está llena de escondites, pasadizos secretos y armas ninja».

¿Te refieres a la «aldea ninja» construida como museo por Okuse Heishichirō en la provinca de Iga a principios de los años 50, después de empacharse de una lectura del Bansenshūkai, libro que ya hemos desacreditado como documento histórico? ¿Aldea-museo ninja que fue la principal fuente de ingresos de
Heishichirō y su familia? ¿Esa aldea-museo que cobra 900 yenes de entrada a los adultos y 600 a los niños? Es precisamente en un panfleto publicitario de ese museo, panfleto publicado en 1956 (y al que hemos citado más arriba, cuando hablamos del ninjato), que vemos por primera vez en toda la historia conocida de la humanidad, a un gilipollas vestido de pijama negro pretendiendo ser un «asesino ancestral japonés» y usando presuntas «armas tradicionales del ninjutsu que en realidad no existe». Y lo sabrías si tuvieses un poco de comprensión lectora o de retentiva.

La aldea ninja de Iga es casi tan real como la tumba del rey Arturo en Glastonbury, la Fortaleza de la Soledad de Supermán en el Polo Norte o la virginidad anal de Verónica Leal.

Lo cual no impidió a los productores de la serie de Shinobi no Mono acudir a Heishichirō como «asesor histórico». Sabes que una mentira tuya ha calado en el imaginario colectivo cuando una productora de cine te contrata para que la defiendas.

La historia de amor de Occidente por los ninjas ha llegado a tales extremos que ha contaminado a los propios japoneses, en un patético caso de retroalimentación que provoca entre vergüenza ajena y repelús. Y no hablo de las penosas películas de la Cannon, que al menos eran entretenidas, sobre todo si te las veías de adolescente (y si te fumabas un par de trujas antes de darle al Play, aquello ya era la rehostia). Hablo de cómo la figura del ninja ha permeado casi todos los productos culturales: novela, series de televisión, manga y anime, videojuegos, ¡y no hablemos ya de los cómics! La obsesión por este arquetipo de personaje que manifiesta obsesivamente el amargado, envejecido y (nos tememos, a juzgar de sus declaraciones públicas a partir del atentado) traumatizado por el 11-S, Frank Miller es simplemente legendaria y un buen ejemplo de esta fascinación occidental casi enfermiza.

Nunca de tan poca sustancia se había sacado tanto beneficio.

Si descontamos el Evangelio, claro.

Que un puñado de periodistas y escritores extranjeros y soplapollas, con entre cero y subcero conocimiento del idioma, la cultura o la historia japonesas, empezasen allá por los años 70 a difundir en Occidente verdaderas MONGOLADAS sobre los ninjas, no sería tan triste si en nuestra propia tradición histórica no tuviésemos una élite de asesinos sigilosos (estos reales aunque, como los ninjas, rodeados de leyenda y teatralidad) que no tienen nada que envidiarle a los ninjas japoneses. Y sí, me refiero a los ismailitas nizaríes de Hassan-i Sabbah, el «Viejo de la Montaña». Los sectarios que han dado origen a la palabra misma «asesino»: ḥashshāshīn, o sea «fumadores de hachís». Vamos, «porreros».

Hay varias teorías acerca de por qué los hashishin se llamaban así, o incluso si el término mismo es histórico o un deliberado insulto anacrónico, acuñado por sus detractores. Una teoría da por sentado que los nizaríes eran conocidos como hashishin porque iban trabadísimos a sus misiones encubiertas. Vamos, que se emporraban vivos para no sentir miedo ni dolor. Dado que el Corán prohíbe todo tipo de tóxicos (el porro entre ellos), la voz hashishin sería un ultraje acuñado por los enemigos de los nizaríes, fundamentalmente los Ismaelitas mustalíes, para desacreditarlos ante otros creyentes islámicos. O que simplemente los llamasen hashishin como quien llama hoy en día a otro «subnormal», ridiculizando su fanatismo y ciega devoción a la secta como más propia de la mente débil y voluntad dócil de un yonqui. O que fuese la forma poética de decir, entonces, «descastado, marginal, escoria». O que alguien, en algún momento de la historia, como sugiere el escritor Amin Maalouf, pura y simplemente haya escrito mal la palabra asāsīyūn, que significa «aquellos que son leales a los fundamentos de la fe».

Pero mi explicación preferida de la etimología de este término nos remite al Viejo de la Montaña (Sheij al-Yebal, lo que probablemente era el título hereditario del líder de la secta, no una sola persona) que reclutaba a los aspirantes a su secta de matarifes fanáticos, los llevaba a una de sus fortalezas secretas y los hacía fumarse unas estacas de costo puro de oliva. En una habitación aparte, esperaban unas putacas de prietas carnes y perfumadas cucarachas, vestidas de huríes con vaporosos velos y entrenadas hasta alcanzar la potencia chuminera de una stripper de Las Vegas. Cuando los candidatos ya tenían un globo del quince, estas zorrupias entraban por una puerta secreta y cabalgaban a los porreros como amazonas en celo, haciéndoles conocer delicias venéreas con las que pocos hombres se han atrevido a soñar.

Para cuando a los colgados se les bajaba el melocotón, ya las suripantas habían hecho mutis y entonces aparecía un Asesino ya iniciado o el Viejo de la Montaña in person, y les decía que la experiencia de embrutecedor recreo potorrero que acababan de tener era un anticipo de los placeres que les esperaban el el Paraíso, si mataban para la secta, y mataban mucho, y mataban bien, o, según otras fuentes, que efectivamente habían muerto ya y visitado el cielo, y hecho el unboxing a algunas de las 72 vírgenes (¡JA! ¡VÍRGENES DICE!) a las que tendrían derecho cuando acabasen la misión para la que Alá los había devuelto a la tierra.

Como se creían ya muertos, o después de trincarse a las pelanduscas andaban con una calentura de pirola comprensible pero absolutamente insoportable, estos hashishin no sólo no le tenían miedo a nada, sino que se morían, no pun intended, de ganas de morir matando o volver a chingar colocados. Las misiones suicidas eran lo habitual entre la secta de los nizaríes. Sus incursiones sigilosas, normalmente al amparo de la noche, por ejemplo para dejar una daga bajo la almohada de un posible objetivo sin ser detectados, y sin despertar a su víctima, los hicieron legendarios y convirtieron la secta en una potencia ominosa, aterradora, a la que nadie quería oponerse.
(Puede que todo esto te suene ligeramente, anonadado lector, por la serie de videojuegos de Assassin's Creed, en la que los canadienses de Ubisoft Montreal convirtieron a esta siniestra secta de fanáticos asesinos en superhéroes protectores de la humanidad. Que manda una punta así de carallo, tampoco te engaño).

Y no nos vamos a meter ahora con el tema de los hashishin, que también ha cosechado su buena saca de mitos, bulos y malentendidos, porque ya ha terminado esta larguísima introducción a una entrada que, en realidad, va a ser brevísima (y por eso le hemos metido tanta paja). Retomamos el tema del cabreo con el que abrimos el post para preguntarte si a estas alturas entiendes ya por qué los historiadores japoneses con un mínimo de solvencia se cabrean tanto cuando les preguntan por los ninjas.

Y, aunque los motivos del cabreo son diferentes, la naturaleza de esa indignación del historiador japonés enfrentado a una pregunta sobre los ninjas es la misma del redactor del Paratroopers cuando se le pide su opinión sobre ésta o aquella adaptación a la pantalla de éste o aquel otro libro.

Pero hay milagros en todas partes y, a veces, una adaptación de una novela, sin dejar de ser una traición a su referente (algo por otra parte más o menos inevitable), te deja con un buen sabor de boca. Incluso con un excelente sabor de boca.

Desde que Marte se convirtió en 2015 en un éxito de crítica y público, y, tristemente, en la última película de Ridley Scott que no produce arcadas (aquí, nuestro entusiasta análisis pandémico), estaba claro que había que marcar de cerca las próximas novelas de Andy Weir, porque alguna de ellas podría acabar también adaptada a nuestras pantallas. No parece que Artemis, que despellejamos aquí, vaya a sufrir ese destino. Al menos a corto plazo. Pero si hablamos de la tercera novela de Weir, Project Hail Mary, la película ya ha llegado a nuestras pantallas, con Ryan Gosling de protagonista y Phil Lord y Christopher Miller como director bicéfalo y el propio Gosling como productor ejecutivo.

Y es cojonuda.

La película dura más de dos horas y media y no se te hace larga en ningún momento. Y eso que, como era inevitable, el material original se resume, comprime y condensa y el guionista y directores han tomado algunas decisiones que a los lectores de la novela podrían hacernos arrugar la nariz. Hablo del peso de la comedia, que en la adaptación a la pantalla es muy acusado y en absoluto refleja el tono de la novela que adapta, un drama de ciencia-ficción dura con sólo ocasionales concesiones al humor y casi siempre a través de la personalidad del doctor Ryland Grace (interpretado por Gosling con una emoción y profundidad de registros actorales de los que el actor de Drive y El diario de Noa no suele hacer alarde desde que descubrió que es tan guapo que le pagan igual aunque no se esfuerce).

Hala, ahora vete a verla.

«Pero ¿de qué va la película, Sommer?»

¡Pero qué coño importa! ¡Ve a verla, copóns! Aaaagh. Unos microorganismos alienígenas, los «astrófagos», se están alimentando de la radiación infrarroja del sol, reduciendo su luminosidad y condenando por lo tanto a la Tierra, a medio plazo, a una Edad de Hielo y a la raza humana a la extinción. Entonces, las Naciones Unidas ponen en marcha una misión espacial desesperada hacia Tau Ceti, donde también se ha detectado el organismo alienígena pero que, por algún motivo, no está perdiendo brillo. Un equipo de tres astronautas emprende un viaje sin retorno para determinar si hay, en torno a Tau Ceti, algún limitador del crecimiento del astrófago que pueda salvar la Tierra. Ya está. ¿Contento?

«Mucho, señor Sommer. Ya puedo quitarme esto. ¡Que me da un calor!».

[SFX: sonido de cremallera al bajarse]

¡Aaaaaah! ¡Señoteta! Pero... ¿eso que llevaba puesto era un disfraz?

«Piel genuina, señor Sommer. Toque, toque».

¿Cómo que teta auténtica? ¿Piel humana teténtica? ¿Llevaba usted tetada la piel tetida del tetor tetonazos? ¡Y con una tetallera, como el disfraz de un furro!

«Estaba enterrado en su jardín, señor Sommer. Debajo de la estatua de Súper Mario Bros. Me pareció un desperdicio dejarlo ahí. Reciclar reduce la huella de carbono, ¿verdad?»

Pero, tetorita, ¡que lleva usted puesto un cadáver, me teto en Dios! ¿Y cómo teto ha metido esas tetas dentro de ese pijama de Lector Tetonazos sin que se tete el palmito? ¡Está usted tetando las tetas de la Física!

«Me parece que necesita usted sus medicinas y una ducha fría, señor Sommer. Despida ya la entrada de hoy, si es tan amable».

Hasta aquí teta este teto, querido tetor. Hasta la tetada siguiente.
 

domingo, 22 de marzo de 2026

La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido

La ceremonia de los premios de la Academia de Cine, o, si lo prefieres, la gala de los Óscars, ha venido y se ha ido.

Y básicamente, y aparte de haber servido para fabricar un nuevo meme con Leonardo Dicaprio, la gala de los Óscars nos ha importado a todos un cojón de madera.


Y, como en el Paratroopers somos mucho de pensar (feo vicio que, con el de comer y el de respirar, algún día nos va a buscar la ruina), no hemos podido dejar de preguntarnos si esta indiferencia hacia un evento anual que antiguamente reunía a nuestras familias delante del televisor (como antaño la final de Eurovisión, dicho sea de paso) es un síntoma de la progresiva decadencia de la antaño casi ritualista relación que generaciones pasadas manteníamos con el cine.

Que tal vez no lo sea.

Pero no importa. Desbarrar sobre el tema podría ser la introducción de la presente entrada de la bitácora, o toda la bitácora. No sabemos. No hemos planeado nada. Ya lo iremos viendo.

¿Qué pasa con el cine, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? ¿Qué pasa con la ceremonia de los Óscars, que antes, no sé en tu casa, pero en la mía (y somos currelas de mierda, ¿eh?, que el único con estudios superiores es el que esto suscribe, y aún estoy por medio desasnar), nos cruzábamos apuestas sobre quién ganaría Mejor Película, quién sería el Mejor Director, quién se llevaría el premio a Mejor Guion Original...?

Hace más de dos décadas que todo eso se fue a la verga. Me recuerdo a mí mismo cabreadísimo, discutiendo con mi madre (a quien probablemente, a esas alturas, ya todo ese tema se la bufaba muchísimo) los motivos por los cuales Pulp Fiction  era mil veces mejor película que ese demo reel de efectos especiales por ordenador llamado Forrest Gump, ¡y, aunque sólo fuese por Regreso al futuro, yo ya adoraría a Robert Zemeckis! Pero, aparte de intentar hacernos pasar a una de las villanas más odiosas y perversas de la historia del cine, por el «love interest» del protagonista, poner cara de vaca mirando pasar el tren no es actuar, Tom Hanks. Tú puedes hacerlo mucho mejor que eso. ¡Y hazle un test de ADN al puto crío, copóns!
(Zemeckis también es director de Tras el corazón verde, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, La muerte os sienta tan bien, Contact y Náufrago. Un capo, el cabrón).

Pero, claro, no iban a negarle el Óscar a Mejor película al subnormal, ¿cierto? Eso habría sido, no sé, como discriminatorio, ¿cierto?

¡Aleluyas blancas
de los zarzales floridos!


Bien, vamos allá, la primera en la frente: la ceremonia de los Óscars coronó en 1998. Casi sesenta millones de espectadores vieron a Titanic arrasar con la mayoría de los premios, ONCE de las CATORCE categorías en las que concursaba (Mejor película, Mejor director, Mejor dirección artística, Mejor fotografía, Mejor diseño de vestuario, Mejor montaje, Mejor banda sonora original, Mejor canción original que Celine Dion no quería cantar, Mejor sonido, Mejores efectos de sonido y Mejores efectos visuales), y a un joven Ben Affleck y otro joven Matt Damon recoger el Óscar al Mejor guion original por El indomable Will Hunting y al Hombre más gracioso del mundo el de Mejor actor secundario por la misma película.

A partir de 1998, la gala de los Óscars empezó, básicamente, a comerle los cojones a todo el mundo.

La 72ª ceremonia, celebrada en 2000, el año que vimos a Kevin Spacey cascarse varias pajas en American Beauty y Hillary Swank nos hizo dudar de nuestra heterosexualidad en Boys don't cry, fue vista por «sólo» 46 millones de espectadores.

La 73ª, de 2001 (Tigre y dragón, Traffic, Erin Brockovich), sentó ante el televisor a un poco menos de 43 millones.

La 74ª, de 2002 (El señor de los anillos: La comunidad del anillo, Black Hawk derribado, la desgarradora Monster's Ball), a 42 millones.

La 75ª, de 2003 (El pianista, Camino a la perdición, El viaje de Chihiro, Bowling for Columbine), a poco más de 33 millones.

La 76ª, de 2004 (Master and Commander: Al otro lado del mundo, Monster, Mystic River), repuntó con más de 43 millones.

La 77ª, de 2005 (Million Dollar Baby, Spiderman 2, Los increíbles), mantuvo el tipo con 42 millones de espectadores. Y las audiencias de la ceremonia se movieron, 
en los siguientes certámenes, en esta horquilla de 30-40 millones (casi 39 millones de espectadores en 2006, casi 40 en 2007, 31 millones en 2008, un poco menos de 37 millones en 2009, 41 millones largos en 2010...) hasta que empezaron a llegar las HONDONADAS DE HOSTIAS.

En 2018, la 90ª gala de los Óscars no llegó ni a los 27 millones de espectadores. En 2020, la 92ª se MATÓ con menos de 14 millones de espectadores. En 2021, la 93ª ceremonia se hundió a 10 millones de espectadores. En 2022, remontó un pelín, hasta algo menos de 17 millones. En 2023, no alcanzó los 19 millones por el canto de un duro. En 2024, casi llegó a 19 millones y medio. En 2025, se pasó muy de largo los 19 millones y, llegados a 2026, la 98ª ceremonia de los Premios de la Academia de Cine, ha sido de nuevo incapaz de alcanzar los 18 millones de espectadores.

Noche castellana;
la canción se dice,
o, mejor se calla,
Cuando duerman todos,
saldré a la ventana. 


Si te importa el cine aunque sólo sea un poco, o ya te has bajado todos los vídeos de Riley Reid y tienes unos minutos libres para leer esta bitácora de mierda, te estarás preguntando qué coño está pasando, cuál es la motivación de este creciente desinterés del gran público, de los cinéfilos de tropa, por la ceremonia de los Óscars; desdén que corre paralelo, y no nos atrevemos ni a descartar ni a insinuar vasos comunicantes entre ambos fenómenos, al creciente desapego de ese mismo público por el cine, al menos, por el cine en pantalla grande, como mandan los cánones.

En menos de treinta años, la Gala de los Óscars ha perdido dos terceras partes de sus espectadores. Y ése es el motivo por el cual tanta gente sospechó que la hostia de Will Smith a Chris Rock fue, en realidad, un sucio truco de marketing para intentar invertir la caída en barrena de las audiencias del certamen.


(Lo mismo se llegó a decir de la teta de Janet Jackson en la Superbowl de 2004. Lo cual no tiene absolutamente ningún sentido porque las audiencias de la Superbowl, con fluctuaciones ocasionales, no han dejado de crecer desde los años 70).

Como con todos los fenómenos humanos, con absoluta seguridad, también éste ostracismo al cual
 el Manolo random está condenando la ceremonia de los Óscars sea multifactorial. Pero todo parece empezar en el año 1998. El año de Titanic. El año en que, para sorpresa de no pocos, una película elogiada por las críticas, bien dirigida, con una producción lujosa, y favorecida en las taquillas (yo mismo me la vi más de una vez en el cine), arrasó con casi todas las principales categorías de premios.

La gente que había ido al cine a ver el carísimo (210 millones de la época, unos 337 millones de los de ahora) y superrentable capricho de James Cameron dos, tres veces y las que hicieran falta, llegaron a la gala de los Óscars con expectación. Querían averiguar si su película preferida, la más cara del año 97, el primer título de recaudación milmillonaria (récord que mantuvo hasta Avatar, otra de Cameron, DOCE años más tarde), el largometraje que tanto les había conmovido, hacía justicia a las quinielas y arramplaba con las catorce estatuillas a las que aspiraba. Había hype por esta película antes incluso de que la gente usase la palabra hype.
(Frikifacto para exquisitos: James Cameron ya tenía apalabrado un astillero en Irlanda para construirle una réplica, a tamaño real, del Titanic. Los productores dijeron que nones. Que maquetas y CGI. Eso sí, cuando vieron la factura, se dieron cuenta de que, con lo que había costado recrear por ordenador el malhadado barco, se habrían construido dos Titanics de los de verdad).

El divorcio entre el gusto de los académicos con derecho a voto y las preferencias de las audiencias empezó más o menos aquí. ¿Cuál fue la galardonada como Mejor película del primer año post-Titanic? Shakespeare in Love. Pero ¿es mejor película que Salvar al soldado Ryan, contra la que competía? (volveremos a hablar de ellas más abajo). Según los académicos de Hollywood, sí. Según el público mundial, NI DE COÑA. Aunque funcionó de vicio en taquilla (25 millones de presupuesto, un poco menos de 290 millones de recaudación global), Shakespeare in Love arruga el ano ante los cuatrocientos ochenta y dos millones y pico de la película bélica de Spielberg (que para el humilde autor de estas líneas es aburridísima, excluidos su primer y tercer actos).

¿Y en los años siguientes? ¿De verdad American Beauty (con toda su mala hostia de comedia negra directa a las tripas del Sueño Americano) es mucho mejor película que Las normas de la casa de la sidra, La milla verde, El dilema o El sexto sentido? Si tuviésemos que medirlo en votos de los académicos, indiscutiblemente. Si las entradas vendidas fuesen un valor a tener en cuenta, la cinta debut de M. Night Ramalamadingdong, con sus casi 673 millones de dólares de recaudación, le da sopas con onda a la película de Sam Mendes y sus 356 millones de recaudación. (Las otras candidatas a Mejor película de ese año funcionaron en taquilla entre bien y mal, con La milla verde embolsándose casi 287 millones y El dilema estrellándose sin haber llegado siquiera a recuperar sus 90 millones de presupuesto).

Canta, canta en claro rimo, 
el almendro en verde rama
y el doble sauce del río. 


Cuidado: la recaudación en taquilla no es la única métrica a considerar, cuando estamos hablando de la calidad de una película. El dilema es una buena película, porque Michael Mann hace, normalmente, buenas películas (salvo Blackhat, que, además de aburridísima, es horrorosa), mientras que Torrente presidente, con todo mi cariño para Santiago Segura, es, y no necesitamos verla para saberlo, un insulto a la inteligencia del espectador y una blasfemia cinematográfica, lo cual no le impedirá hacer, como sus predecesoras, un costal de panoja en las taquillas.

Resulta muy seductora esa idea de que la entrega de los Óscars ha ido perdiendo interés, entre otros motivos, porque las películas presentadas a concurso han dejado de ser las favorecidas por el público, si es que alguna vez lo fueron desde tiempos de Titanic. ¿A quién coño le importa que CODA: Los sonidos del silencio (la peli esa de los sordomudos con la que Marlee Matlin intenta convencernos, una vez más, de que lo de Hijos de un dios menor no fue un «one hit wonder»), le ganase el premio a Mejor película a Licorice Pizza en 2021? A mí desde luego no (y fui incapaz de acabarme Licorice Pizza. ¡Tremendo ñordazo insulso y sobrevalorado, por Sara Sampaio Dominátrix!). Licorice Pizza no la fue a ver ni el Tato (33 millones de recaudación global, 40 millones de presupuesto) y, a pesar de todas esas palmas que ganó en Sundance, CODA, producto de Apple+, no la fue a ver ni Dios en su estreno limitado en salas. La pregunta debería ser ¿por qué estas dos películas, que casi nadie ha visto en un cine de carne y hueso, llegaron a la final de los premios de la Academia de Hollywood?

Que los Óscars son la celebración de la mediocridad, el esnobismo y la cobardía no sorprenderá a nadie medianamente informado al respecto. Si realmente esta ceremonia premiase el talento, Hitchcock, nominado CINCO veces a Mejor director, no debería haberse confirmado con ese humillante Premio honorífico de 1968 que agradeció de forma tan transparentemente lacónica, y Stanley Kubrick habría, por lo menos, cosechado alguna nominación. La lista de actores, escritores y directores que, por oscuros motivos, no recibieron en su momento el reconocimiento que merecían y hubieron de conformarse con un ignominioso «Óscar honorario», abarca nombres como Gary Cooper, Orson Welles, Cary Grant, Akira Kurosawa, Charles Chaplin, Sidney Lumet, Federico Fellini, Mary Pickford, Elia Kazan, Alec Guinness, Michelangelo Antonioni, James Stewart, Hayao Miyazaki o Ennio Morricone, por citar unos pocos.

Además, el clasista desprecio de la Academia por los géneros de evasión pura ha mantenido tradicionalmente vetados de los premios mayores (Mejor película, Mejor dirección, Mejor guion) a géneros cinematográficos enteros, eso sí, extraordinariamente populares, como la comedia, la aventura, el terror y la ciencia ficción. ¿Tenemos que recordar que la Academia cambió inesperadamente las reglas del certamen para IMPEDIR que Howard Shore ganase, otra vez, el Óscar a a la Mejor música por su partitura para El señor de los anillos: Las dos torres? Y funcionó. Ni siquiera fue nominado. El maricón dorado se lo llevó Elliot Goldenthal por su música para Frida. Porque girrrrrrl paua y lanitismo, supongo (y no es que no nos haya gustado Frida o su música, es que resulta difícil imaginar como alguien pudo ganarle ese año a Thomas Newman o, cualquier año, a John Williams, aunque hay que recordar que Williams ya perdió, con su música para Harry Potter y la piedra filosofal, ante Shore y su score para El señor de los anillos: La comunidad del anillo ).

A las palabras de amor
les sienta bien su poquito
de exageración. 


¿Y qué me dices del sucio secreto a voces que empezó a enseñar la patita por debajo de la puerta precisamente en 1999, cuando Shakespeare in Love, una divertida, pero en absoluto destacable comedia, le arrebató el premio a Mejor película, entre otras, a Salvar al soldado Ryan? ¿Tendrá eso algo que ver con el desengaño de los espectadores hacia la ceremonia de entrega de premios de la Academia? Atendiendo a todos los indicios, Harvey Weinstein se habría asegurado el premio para su producción por medios extracinematográficos, recurriendo a la más agresiva campaña de promoción de una productora de su tamaño en toda la historia. Cuando el gordo y pichadeforme violador fue procesado y condenado por su patente desprecio al consentimiento sexual, comenzaron a oírse historias sobre cómo las campañas de Miramax se centraban especialmente en los académicos con derecho a voto. He leído las palabras «intimidación» y «soborno» tantas veces asociadas a las políticas de promoción de los Weinstein que no resulta descabellado asociarlas al concepto «compra de votos».
(El Hollywood Reporter recogió una «historia oral» de la campaña pre-Óscar de Miramax para Shakespeare in Love. «The nastiest campaign ever staged». Entre otras cosas, Weinstein reclutó a la siniestra mercenaria Hillary Clinton para que promocionase su película, invitó a conocidos periodistas de medios culturales para poner de chupa de dómine a Salvar al soldado Ryan, a pesar de que adoraba la película, envió copias en VHS de Shakespeare in Love a todo miembro de la academia con derecho a voto cuya dirección postal pudo encontrar, contrató para su campaña de promoción a un montón de publicistas... que casualmente eran todos miembros de la Academia con derecho a voto, llegó a hacer proyecciones privadas para académicos ancianos en sus asilos, hizo campaña telefónica entre los votantes aunque estaba estrictamente prohibido por las normas de la Academia...).
«I started to get all these calls from press saying, “Harvey Weinstein has hired publicists, including Murray Weissman, and, just so you know, they’re trying to get us to write stories saying that the only thing amazing about Ryan is the first 20 minutes, and then after that it’s just a regular genre movie.” I mean, I knew Harvey was spending a ton of money, but that was the first time I was exposed to the idea of a “whisper campaign” against another movie.»

En el Paratroopers, estamos completamente CONVENCIDOS de que el infame Weinstein no usó ninguna táctica para asegurarse la victoria en los Óscars que no hayan empleado, mil millones de veces, los grandes estudios. El problema es que Harvey Weinstein expuso los métodos de los grandes estudios para «influir» directa o indirectamente en las votaciones de los Óscars. Por lo tanto DESLEGITIMÓ el concurso, volviéndolo sospechoso de corrupción (algo que los más despiertos ya habíamos deducido tras la avalancha de películas protagonizadas por deficientes mentales que siguió a Forrest Gump), hipocresía y labilidad. En el momento en que las grandes audiencias se dieron cuenta de que en la noche de los Óscars no ganan las mejores películas, sino las que mejor le hayan acunado las pelotas a los académicos, las más «ligeras» y cómodas (o sea las menos polémicas y arriesgadas), las que representen los volátiles valores que los think tanks del momento declaren de moda esa semana, empezaron a volver la espalda a los oropeles de corchopán y las votaciones timoratas.
(No. No vamos a abrir el agusanado y fermentado melón de las normas DEI instauradas por la Academia en 2024. Esa mierda woke daría para toda una entrada de la bitácora, y sería una entrada más de la que se merece. Que para que tus valores como director, guionista, actor o montador sean reconocidos por tus pares tengas que firmar una película en la que salga al menos una negra obesa, sordociega, inmigrante ilegal, musulmana neurodivergente y transexual no-binaria analfabeta es, sólo, la última garrotada del catecismo SJW de ociosos pijos blancos millonarios).

Cuando la gala de los Óscars dejó de ser un escaparate desde el que descubrir lo mejor que puede ofrecerte la industria del cine, la gente que todavía ama el cine deja de ver la gala de los Óscars. Así de simple.

En este contexto, el incidente de la gala de 2017, cuando un apapahostiado empleado de PricewaterhouseCooper, más preocupado por sacarle fotos con el móvil a los culos de las actrices que por hacer bien su trabajo, le dio a Warren Beatty el sobre equivocado y, por dos minutos, La la land fue la Mejor película de la 89ª ceremonia de los Óscars, casi despertarían ternura de no delatar, a gritos, la erosión de la profesionalidad, seriedad y solemnidad que se exige de un certamen como éste, en el que participan «activos» (películas y cineastas) valorados en miles de millones de dólares.

La caída en las audiencias de la televisión, por razones que no vamos a analizar aquí, tratándose la gala de los Óscars, como se trata, de un fenómenos eminentemente televisivo, también se ha cobrado la parte del león en las audiencias de este evento, antaño multitudinario. La gente ya no ve tanta televisión como antes. O ya no la ve en absoluto. Punto. No ve televisión y se busca otros entretenimientos.

Tampoco vamos a entrar a destripar la voladura del sistema de estrellas, que hemos tratado en otras entradas de la bitácora, y que ha contribuido a reducir el atractivo de la ceremonia de los premios de la Academia. En resumen, los estudios ya no promocionan a sus actores, promocionan a sus personajes. Sus franquicias. A Marvel/Dismey le importa una mierda Chris Evans. Le importa el Capitán América. Ni saben quién es George Lucas ni quieren saberlo. Pero harán películas de Star Wars hasta que vomites. Para ellos, El Capi es marca. La guerra de las galaxias es marca. Son productos financieros. Chris Evans es sólo una cara. George Lucas es sólo un nombre. Si los actores y directores dejan de ser los protagonistas del cine, ¿qué incentivos tiene el espectador promedio para sentarse a ver una engolada y pretenciosa ceremonia de masturbación colectiva en la que, declaradamente, se los ovaciona?

En otro caso de pescadilla que se muerde la cola, la reputación decreciente de los premios de la Academia determina que cada vez menos gente persiga ese galardón. El talento huye ahora de esta competición y de sus reglas amañadas y, con matices, se refugia en las plataformas de Video bajo Demanda. Con lo cual, los únicos candidatos que quedan en la carrera son los que están dispuestos a bajarse los pantalones con las nuevas y antojadizas normas, someterse a los caprichos de los académicos a cambio de rozar con los dedos ese consolador chapado en oro que no garantiza nada, que ha arruinado muchas carreras (ganar un Óscar y que no te vuelvan a ofrecer un papel digno es un fenómeno tan habitual que se ha llegado a acuñar el concepto de la «maldición» de los Óscar). Con lo cual, las películas candidatas se vuelven cada vez menos interesantes para el gran público. Con lo cual, el rango de opciones vuelve a reducirse. Con lo cual… ¡Que cunda el pánico!

A la orilla del río, 
por el negro encinar, 
sus abarcas de plata
hemos visto brillar. 


Y, por si todos estos factores no fuesen lo bastante decisivos, el relevo generacional ha terminado por cristalizar la fragmentación de las audiencias. La entrega de los premios de la Academia se convirtió en un fenómeno cultural y social cuando el cine, y la televisión, imperaban en un estado de monocultivo cultural. Eso se acabó. Ahora, tanto el cine como la tele deben partirse la cara por la atención del público con YouTube, TikTok, Instagram, Su Puta Madre en Bicicleta y como cuarenta compañías de streaming distintas. Quizá por ese mismo motivo, asumida la derrota en esta lid, la Academia de cine de Hollywood ya ha anunciado que, a partir de 2029, parte peras con ABC y se larga a YouTube. Probablemente quince años demasiado tarde para compensar la sangría de espectadores.

Pero quizá, nos atrevemos a sugerir en el Paratroopers, una de las fuerzas soterradas que ha engendrado este desinterés de los espectadores con la ceremonia de los Óscars es la dolorosa evidencia de que ir al cine haya dejado de ser una diversión barata, un entretenimiento proletario, una opción de ocio para pobres (¡aquellas sesiones dobles!, ¡aquellos dominicales con dibujos animados!) para convertirse en un PUTO LUJO al alcance de pocos. Joder, que antes con mil pesetas (seis putos euros) podías pillar el bus, sacarte la entrada de cine, comprarte una Coca Cola, echar unas partidas al Street Fighter II y volver a casa en autobús, y ahora ya sólo la puta entrada te cuesta una mano.

Y esto sucede al final de un proceso que empezó cuando dejaron morir los cines de barrio. Ése cine que estaba a una parada de autobús de distancia, a veces en tu misma calle. Las viejas salas se fueron a la puta, incapaces de mantenerse al día con la avalancha de estrenos semanales que comenzaron a inundar nuestras pantallas. El cine, como una diosa asiática, se reencarnó y multiplicó en numerosos avatares: los cines multisala, donde se incrementaba la oferta proyectando tres, cinco, siete, trece títulos distintos. ¿Y dónde operaban esos multicines? No en los viejos centros urbanos, donde no era posible encontrar locales lo bastante grandes o alquileres lo bastante asequibles. Hasta en España importamos de los Estados Unidos la nefasta cultura del centro comercial, esas abominables blasfemias arquitectónicas que son la paja de sangre del capitalismo. Los ubicamos en los arrabales. Los polígonos industriales. Las afueras, adonde normalmente iban a picarse los yonkarras. Acudimos a esos templos de consumismo atraídos por las luces brillantes, el hilo musical, los restaurantes de comida rápida, las tiendas de ropa barata y videojuegos.

De repente, el cine comenzó a ser algo que sólo se podían permitir las personas con acceso a un coche, los residentes de los principales núcleos urbanos o la gente en disposición a malgastar una hora y media de sus vidas en la carretera para hacer una apuesta a ciegas de noventa minutos ante una pantalla grande y un cubo de palomitas de maíz rancias.

Y cuando el último de los viejos cines de toda la vida se tiró el último pedo (tuve el dudoso honor de oler el cuesco póstumo de varios), cuando la competencia abandonó, ensangrentada y rota, el campo de batalla y los nuevos centros comerciales se convirtieron en los reyes del mambo tocan canciones de amor, y se construyeron más y más centros comerciales con más y más multicines (inflando una burbuja que acabaría haciendo ¡pum!, al menos en Galicia) sus administradores por fin pudieron operar en régimen de monopolio e, inflación mediante (¡será puta!), y espoleados por la codicia de las distribuidoras, extorsionadas por los grandes estudios, comenzaron a subirnos el precio de las entradas.

Un nuevo mordisco de mierdecillas con mugre bajo las uñas fue expulsado de las grandes pantallas. Salvo en ocasiones especiales. Bodas, herencias del abuelo Pichoto y cosas así.

Cuando me fui a estudiar fuera de mi pueblo, una entrada de cine costaba quinientas pesetas. Eso son tres euros, mi querido Millennial. Tres PUTOS euros. En los treinta años transcurridos desde entonces, el precio de las entradas se ha CUADRUPLICADO mientras que la oferta (la cantidad de títulos) y la calidad de la misma se ha DESPLOMADO (nueve salas diferentes, cinco de ellas proyectando la misma puta mierda de Marvel/Disney que costó doscientos millones de dólares de producción y ochenta en promoción y que jamás recuperará ese dinero).

Y llegó Netflix. Y de repente volvió a haber una opción accesible, barata y cómoda de acceso al cine para los peatones sin carné de conducir, los provincianos profesionales y demás pobretones expulsados de los multicines. Por una «tarifa plana» mensual tenías acceso a prácticamente todo lo que había para ver (la cosa se complicó cuando las productoras sacaron los ábacos, calcularon la parte del pastel que se estaban perdiendo y comenzaron a dejar caducar licencias para abrir sus propios servicios de VoD). Otra hornada de espectadores que le hicieron un corte de mangas a las salas de cine a la voz de «¡hasta luigo, Lucas, jaaaarl!»

Y llegó la pandemia mundial por Conavirus e incluso algunas de las más recalcitrantes ratas de centro comercial descubrieron que era posible ver una película sin pedirle prestado el cuerno al abuelo cebolleta para poder seguir los diálogos por encima de los gritos de los hijos de puta a quienes sus padres deberían haber abortado. Que no era obligatorio tener que soportar a los cabrones que llegan tarde o salen a mear cuando la peli ya ha comenzado. A los soplapollas mongolizados que hablan por el móvil en mitad de la proyección o se sacan selfies delante de la pantalla. Ah, y que las palomitas de microondas recién hechas saben incluso mejor que las palomitas recalentadas de su Cinesa o su Cines Yelmo habitual. Y que puedes hacer otras cosas en tu casa, confinado, aparte de ver peliculitas.

Sí, en el salón de tu casa no tenías un buen equipo de sonido, ni una buena acústica, ni una pantalla grande. Pero tampoco tenías que aguantar la mala crianza de todos esos soplapollas cuyo destino natural, habida cuenta de su incapacidad para coexistir con personas normales en una sociedad civilizada, era el fondo de un condón en la cuneta de un descampado. Las ventajas compensaban los inconvenientes y, además, ya habías visto en el MediaMarkt un Samsung de ochenta pulgadas de oferta y tu hijo pequeño, en realidad, no necesita tanto esa ortodoncia.

Y este tren de fichas de dominó cayendo una tras otra no hay mudanza a YouTube, de la Gala de los Óscar, que lo arregle.

El cambio en los hábitos de consumo de los espectadores, las sospechas de comadreo, venialidad y clasismo en los académicos, los escándalos mayores, medianos o menores, la disolución de la atención del público en un creciente mercado de ofertas audiovisuales y el desdén gafapástico hacia los títulos realmente populares podrían explicar, por sí solos o en su conjunto, por qué a la gente común hace muchos años que dejó de interesarle la ceremonia de los Óscars.

No podemos evitar preguntarnos si, quizá, esto se arreglaría en futuras ediciones si los estudios dejasen de hacer películas de mierda.

Pero no nos atrevemos a depositar muchas esperanzas en la inteligencia promedio del ejecutivo cinematográfico.

Y, con esto, queda resuelta la presente entrada.

Hala, a pastar hasta dentro de quince días.

Mañana seré pampero
y se me irá el corazón
a orillas del alto Duero.