domingo, 25 de enero de 2026

En Netflix piensan que eres gilipollas (y probablemente tengan razón)

La amistad entre Ben Affleck y Matt Damon se remonta a la infancia de ambos en Boston, donde crecieron a dos calles de distancia el uno del otro y, al menos una vez, Affleck le sacó de encima a Damon a un bestiajo ternasco que lo estaba hostiando vivo.

A estas alturas, ya tendría delito, amigo lector a quien suponemos algún interés en la literatura y el cine, entre garrotazo y garrotazo viendo vídeos de Riley Reid, que tuviésemos que explicarte quién coño son Ben Affleck y Matt Damon.


Pero si eres espectador de Netflix probablemente lo necesites, así que ahí va:

Matt Damon es uno de los rostros más reconocibles de la presente generación de actores. Para la mayoría de los espectadores, Matt Damon es el chico de En honor a la verdad, o Legítima defensa, o, faltaría más, El indomable Will Hunting. Para unos pocos enfermos del cine de acción, Damon es Jason Bourne (con permiso del fallecido Richard Chamberlain) o Comosellame de Green Zone: Distrito protegido. Hay que profundizar un poco para descubrir que Damon lleva haciendo cine y televisión al menos desde 1988 (entre otros papelitos, hizo un cameo como figurante en Campo de sueños, junto a su amigo Ben Affleck, aunque ninguno de los dos llega a entrar claramente en plano).

Desde sus orígenes, Damon ha hecho todo tipo de papeles, sin subirse a un pedestal de mármol. Cuando ya era una estrella que venía de salvar al soldado Ryan, matar a Jude Law y ganarle al póquer a John Malkovitch; aceptó un papelito de pocos minutos en la hermosa y conmovedora Descubriendo a Forrester (¡hostia lo que lloré con ese plano final!), no le hizo ascos a aparecer en una serie de televisión regulera y le puso voz a uno de los personajes de la película Titan A.E. (que a mí particularmente no me funciona y que, de heco, se comió TREMENDA MIERDA en taquilla, pero bueno).

Damon ha trabajado con Soderbergh, ha trabajado con Scorsese, ha trabajado con Eastwood, dos veces, con los hermanos Coen, con Ridley Scott en quizá la última buena película del realizador británico, con Christopher Nolan, con Terry Gilliam, con su amigo George Clooney y con el coño de la Bernarda. Damon ha hecho drama político, cine negro cuasidocumental, fantasía, ciencia-ficción, desafortunados anuncios de criptomonedas y todo lo imaginable.

(De la filmografía temprana, y poco difundida, de Damon, te recomiendo muy encarecidamente, querido lectora quien aprecio más de lo que crees, la conmovedora School Ties, donde, además de una historia conmovedora de iniciación a la vida, de dignidad y honestidad, descubrirás, si tenías alguna duda al respecto, que Brendan Fraser ha sido, toda su puta vida, con permiso de las momias y los Jorges de la jungla, UN ACTORAZO DE QUITARSE LA BOINA).

Pero no olvidemos que Damon también es escritor. Tiene un Óscar al mejor guion original por El indomable Will Hunting (premio que compartió con Affleck) y créditos por los guiones de Gerry, Tierra prometida y El último duelo (que Diosito se lo perdone). Y Productor, que se nos olvidaba. Casi cuarenta créditos como productor, que es uno de los pocos roles en que un actor puede tener alguna autoridad creativa en la película en la que trabaja... y garantizarse algún retorno extra, aparte del sueldo. Pues, como productor, «inviertes» en la película (normalmente con la pasta de otros) y te pones en la lista preferente a la hora de cobrar tu parte de los beneficios, suponiendo que los haya.

En cuanto a Affleck, si sólo pudiésemos citar su faceta como escritor, ya se habría ganado nuestro respeto por El indomable Will Hunting (que escribió a cuatro manos e interpretó a dos cuerpos con Matt Damon), Adiós pequeña, adiós, The Town: Ciudad de ladrones y Vivir de noche, injustamente maltratada en taquilla. Sí, por supuesto, Affleck también firmó el guion de la espantosa El último duelo, ese gargajo verdoso que Ridley Scott le escupió a su credibilidad cinematográfica en 2021. Hasta el mejor escribano echa de vez en cuando un borrón.

Pero es que, en el cine, Ben Affleck ha hecho ya prácticamente de todo: dirección (Argo y las ya citadas, Adiós pequeña, adiós, The Town: Ciudad de ladrones y Vivir de noche). Producción de series B baratiuskas como Atrapados, telefilmes como The Leisure Class, reality-shows, documentales como Kiss the Future. U2 en Sarajevo, películas semi-indie medio desconocidas como Speakeasy y títulos de acción con pretensiones de franquicia propia  pero también de ultramegablockbusters como la fallida La liga de la justicia.

Y ya no entramos a picar en el larguísimo currículo de Affleck como actor, ya sea como protagonista, co-protagonista o secundario más o menos bien dispuesto (o directamente en calidad de cameo «no sé cómo decirle a este amigo mío que se vaya a la mierda, así que aquí me tenéis»). En la filmografía de Ben Affleck como intérprete hay títulos «meh», otros ciertamente encomiables y un extraño récord que dudamos vaya a ser roto a corto o medio plazo: el de ser, a fecha de hoy, el único actor que ha interpretado tanto a Supermán (aquí) como al, hasta la fecha, mejor Batman cinematográfico, aunque fuese en una de las peores películas de Batman jamás rodadas.

Y estos dos, y su longeva amistad, que a veces se expresa en formas hilarantes, que ha sobrevivido a dos divorcios (¡quién coño se divorcia de Jennifer Garner, Ben, por Dios!), un millón de memes y a los problemas de Affleck con el desayuno de los campeones, vienen ahora a colación porque acaban de estrenar película en Netflix en la que comparten plano.

Y no, la presente entrada no va de El botín, donde Damon y Affleck comparten pantalla a las órdenes de Joe Carnahan (el director de Narc, Infierno blanco y Un día más para morir, descaradamente inspirada, nos atrevemos a sugerir muy diplomáticamente, en Al filo del mañana).

Y no, la presente entrada no va de El botín porque no nos la hemos visto (que la veremos, no te preocupes, porque tiene una pintaza que ni Jessica Alba cubierta de miel caliente). La presente entrada va sobre la desagradable sorpresa que Damon se llevó cuando empezó el rodaje de El botín. Una sorpresa que arroja sombras sobre el presente panorama cultural y tiñe de rojo los cielos del cine, ahora que se ha completado la compra de Warner por Netflix.

Como parte de la promoción de su más reciente película, Affleck y Damon han ido al podcast de Joe Rogan donde, aparte de hablar de lo divino y lo humano (y, supongo que en consideración a los problemas de Affleck con sus adicciones, optaron por no echarse unos canutillos). El momento de esta charla de amiguetes (porque Rogan se las arregla para que en ningún momento sus invitados tengan la sensación de estar siendo entrevistados) que más preocupa al autor de estas líneas, y que debería preocuparte a ti, oh dignísimo lector, si te gusta el cine o le guardas algún respeto, por pequeño que sea, a la especie humana, es cuando Damon pasa a discutir las exigencias que, por contrato, Netflix impuso a director y actores, si querían estrenar la película en su plataforma.

Y estamos hablando de decisiones creativas VISIBLES. Decisiones sobre escritura y montaje. Y eso es de lo que queremos hablar. De esas decisiones, y de la motivación tras ellas.

A ver, empecemos suavecito. Que la agresividad, por engañosamente energética que parezca, no es garantía de una experiencia satisfactoria. Algo que nunca aprendió tu ex. Y mira que no es difícil recordar que, para hacer las mamadas, NO TIENES que chupar tan fuerte.

El botín es, no vamos a profundizar, un policial con gran peso de la acción o, dale la vuelta a la filloa si quieres, una película de acción con bragas de cine negro. Normalmente, una persona con más de dos neuronas no espera grandes alardes cinematográficos de una película de acción. Si eres de la hornada de churumbeles que se alquilaron en VHS El guerrero americano, Rambo II o cualquiera de Chuck Norris (y nos las veíamos TODAS), no te vas a poner muy puntilloso con la dirección del género testosterónico por antonomasia (una vez descartado el porno). 

Tampoco, como punto de partida, le pides al cine de acción una escritura digna de un Golden Globe. Sale gente, se pegan tiros, intercambian hostias, corre la sangre, los buenos ganan, fin. Hay, y está bien que las haya, porque si el guionista es bueno dignifica incluso una mala película; hay, decía, películas de acción con buenos, muy buenos e incluso EXCELENTES guiones. Acorralado, sin ir más lejos, se robó sobre un buen guion de Michael Kozoll, William Sackheim y, I'm not making this shit up, Sylvester Stallone a partir de la novela Primera sangre, de David Morrell. Heat, si soportas que Michael Mann se tome su tiempo para construir el drama y los personajes, es una lección de escritura de guion (si quieres aprender a escribir guiones como Michael Mann, se entiende). La reescritura que Christopher McQuarrie le hizo al guion de Jack Reacher elevó sensiblemente la calidad del original, firmado por Josh Olson. Y, por si no lo sabías, el guion de Arma Letal, una de esas películas ochenteras que tenían un argumento y una historia, fue escrito por Jeffrey Boam (al que no acreditaron) y Shane Black, que interpretaba a Hawkins en otro de los clásicos de acción de nuestra adolescencia que también tenía historia, y no mala; clásico que, treinta y un años más tarde, profanaría como director.

Pero sí, excepciones aparte, si te gustan las pelis de Scott Adkins o las de Fast & Furious, si perteneces al colectivo de la gente que se ve sin remordimientos la última chorrada masculinamente tóxica de Yuri Boyka o Dominic Toretto, no te distingues por tus elevados estándares de exigencia en lo que se refiere al cine de acción.

Ése es el estándar del espectador promedio de cine de acción.

Y sin embargo, por espurios motivos, Netflix ha conseguido bajar todavía más la barra.
«The standard way to make an action movie that we learned was, you usually have three set pieces. One in the first act, one in the second, one in the third».

«La forma estándar de hacer una película de acción, tal y como la aprendimos, era que normalmente se tienen tres escenas. Una en el primer acto, una en el segundo, una en el tercero».

El texto arriba citado procede de aquí, donde se limitan a transcribir la exposición de Matt Damon, que ya hemos establecido que algo sabe de escribir películas, en el Podcast de Joe Rogan. En ese fragmento, Damon te cuenta cómo se estructura una película de acción (de las que ha protagonizado unas cuantas, y con buenos directores) y, si me apuras, una película en general: tres actos, cada uno de ellos presidido por una escena clave en torno a la cual gira toda la acción de ese acto en concreto.

Como toda norma, método o plantilla creativa, ésta es una recomendación genérica, no los Diez Mandamientos. Un mapa de carreteras para que no pierdas, no para que te metas en el socabrón de las obras del gas que no estaba allí cuando imprimieron el mapa. Una historia, una vez más, casi cualquier historia, por lo general agradece ir escalando la tensión, acrecentando el drama. Como la mecha de una metafórica bomba acercándose inexorablemente a la carga explosiva. Ese recurso narrativo despierta en tu público, tus lectores, tu audiencia, el deseo morboso de ver la explosión, el accidente de coche; les da el chute de dopamina que los va a mantener pegados a la página, a la pantalla, a lo que sea.

Por este motivo, normalmente, la escena más intensa de una película de acción, la más elaborada, en la que los personajes más se juegan (y a menudo la más cara), suele reservarse para el tercer acto. Damon también nos lo recuerda:
«You spend most of your money on that one in the third act. That’s your finale».

«Te gastas la mayor parte de tu dinero en esa [escena] del tercer acto. Ése es el clímax [de tu película]».

Yyyyyyyy aquí es donde entran los de Netflix. Cito (por si te da perrera verte el capítulo correspondiente de Joe Rogan o por si no entiendes el pitinglish) de aquí:
«Damon told Rogan that the streamer asks film-makers to dumb things down a little, adding a big action set piece early on to keep viewers interested, and advising them that: "It wouldn’t be terrible if you reiterated the plot three or four times in the dialogue because people are on their phones while they’re watching."»
«Damon le contó a [Joe] Rogan que Netflix [traduzco así «the streamers» para mejor comprensión] le pide a los cineastas simplificar las cosas un poco, añadiendo una gran escena de acción temprana para mantener interesados a los espectadores, y aconsejándoles que "No sería terrible si repitieseis el argumento tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente mira la película en sus teléfonos"».

Deja que eso se asiente durante un momento, querido lector. Yo te espero viendo a Sarita Sampaio desfilar por la plataforma del show de Victoria's Secret. O de cualquier otro.

¿Ya estás de vuelta? Bien.

No, no has leído mal. Netflix IMPONE por contrato a sus cineastas una determinada forma de hacer cine, si quieren estrenar con ellos sus títulos.

Netflix crea series y películas para PERSONAS CON DÉFICIT DE ATENCIÓN.

Y, al hacerlo así, Netflix FOMENTA EL DÉFICIT DE ATENCIÓN de su público.

Netflix ha inventado EL ANTICINE para millennials apollardados.

Y yo, que pienso de ir al cine lo mismo que Matt Damon«I always say it’s more like going to church – you show up at an appointed time. It doesn’t wait for you»―, estoy muy preocupado, particularmente desde que Netlix compró WB, de que esta práctica empresarial suponga LA MUERTE del Séptimo Arte. Toda vez que Ted Sarandos ya ha anunciado sus intenciones de reducir el tiempo de exhibición en salas comerciales, de los estrenos de Warner, a diecisiete días (aunque luego se han medio acojonado y aumentado el plazo a cuarenta y cinco días, que, es lo mínimo que piden cadenas de cines como AMC).

¿Que por qué el tiempo de exhibición en salas comerciales es tan relevante, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Porque los grandes exhibidores estadounidenses han echado las cuentas y llegado a la conclusión de que NO HAY PUTA MANERA de que les salga rentable pagar lo que pagan por proyectar una película de la Warner para que a las dos semanas ya esté, de gratis, en Netflix.

Si finalmente Ted Sarandos se sale con la suya, a las grandes cadenas de cine estadounidenses y europeas NO LES VA A SALIR A CUENTA estrenar películas de Warner Bros., porque el beneficio que podrían sacar de ellas se lo va a comer casi enterito la licencia de distribución (las productoras te cobran UN COJÓN Y LA YEMA DE OTRO por permitirte proyectar sus películas en tu cine), los gastos corrientes y la inversión en publicidad. Piensa que el pico de rentabilidad de un estreno suele concentrarse en sus tres o cuatro primeras semanas de exhibición. Si recortas ese período por la mitad, no vas a reducir las ventas de entradas a la mitad, sino a MUCHO MENOS DE LA MITAD porque:

La gente VA A DEJAR DE IR AL CINE y pagar doce euracos de vellón por intentar enterarse, a pesar de los gritos de los adolescentes hiperglucémicos y las poses de putilla de Instagram de los soplapollas que se sacan selfies ante la pantalla, de qué HOSTIA EN DIOS va una PUTA peli DE CRISTO que estaban deseando ver si ese misma gente sabe que, dos semanas más tarde, van a poder ver esa misma película, por cero mortadelos, en la paz de su domicilio, en el catálogo de estrenos de su cuenta de Netflix, por mucho que ese título siga disponible en pantalla grande.

La recaudación en salas, que, reducido a su mínima expresión el mercado de venta de DVDs y liquidado el de alquiler físico, es la PRINCIPAL FUENTE DE INGRESOS de los estudios de cine cuando estrenan película (y por eso se contratan o descartan secuelas dependiendo del comportamiento de un largometraje en salas, particularmente las domésticas, donde los costos añadidos de doblaje, promoción y distribución internacional no le dan otro muerdo a los libros de cuentas), CAERÁ EN PICADO para Warner.

Si Ted Sarandos impone sus condiciones, repentinamente va a haber MENOS DINERO para hacer películas. Más proyectos rechazados porque no podrán ser financiados, pese a su valor cinematográfico intrínseco.

Y más películas HECHAS PARA SUBNORMALES que no pueden seguir el hilo de una historia durante más de veinte minutos.

Ted Sarandos pretende implementar, de forma artificial, precisamente el mismo proceso económico perverso que ANIQUILÓ los cines de barrio cuando estalló el mercado de alquiler en vídeo. Cuando era niño, en mi pueblo natal había no uno, sino DOS cines de los de antes. En el de mis abuelos, otro, (si bien nunca llegué a verlo funcionando). En el de al lado, otros dos. La oferta de pantallas se redujo a la mitad cuando casi todo el mundo pudo permitirse un televisor en casa (antes el cine era el sitio al que ibas a ver, antes de la peli, las noticias y los dibujos animados), pero lo que acabó liquidando a la mayoría de los escasos supervivientes fue la proliferación de los video-clubs y las políticas de exhibición de los distribuidores.

Hacia principios de los noventa, casi la mitad de la gente a la que estaba acostumbrado a ver en las taquillas de nuestros cines locales se habían pasado al VHS. Y no pensaban regresar. Porque las distribuidoras nunca encargaban suficientes copias para satisfacer la demanda de los exhibidores más modestos. Preferían favorecer a las cadenas de los grandes centros urbanos que, aunque sólo fuese por volumen de población, podían maximizar beneficios precisamente en esa horquilla de tres a cuatro semanas que hemos descrito más arriba. Y los pequeños exhibidores se iban quedando atrás. Una semana. Dos semanas. Tres semanas, y las dos terceras partes de tu menguante público potencial se habían pillado la autopista para ver la película en Santiago, en La Coruña, en Vigo, en donde fuese menos en tu cine, que al distribuidor no le salía de los cojones enviarte una copia.

A mediados de los años 90, para cuando incluso los estrenos más esperados llegaban a nuestros teatros, nos teníamos que conformar con la purria. Las sobras que ya se habían follado todos los cines de España, y a las que se les notaba el kilometraje. Bobinas a las que faltaban fotogramas y, a veces, escenas enteras, de tanto corta y pega (empalmar todos los rollos de un largometraje en un único carrete y ahorrarte así el sueldo del proyeccionista es una práctica casi tan antigua como la masturbación). Celuloides rayados o medio quemados por las lámparas de los proyectores. Pistas de audio parcialmente desmagnetizadas, de tanto rodar por las cabezas lectoras, y unos diálogos prácticamente inaudibles.

Los «estrenos» llegaban a nuestras pantallas de pueblo una semana antes que a nuestros videoclubes... o dos semanas después. He estado en sesiones de tarde YO SOLO, con todo el cine para mí, doscientas butacas libres. El PUTO PROYECCIONISTA SE HA SENTADO A VER LA PELI CONMIGO un par de veces, porque ¿por qué no? Ya que lo iban a despedir en cualquier momento, porque aquel modesto y honesto cine de pueblo estaba a punto de morir, al menos llevarse algo pegado al pellejo.

Y ahora Netflix quiere aplicar este modelo a escala global.

Lo cual podría, muy bien, representar la MUERTE del cine.

Netflix ha establecido un modelo de producción audiovisual que no solo propicia, sino que EXIGE aniquilar la experiencia inmersiva del cine, de la televisión, RENUNCIA a comunicar cualquier contenido medianamente profundo, trascendente, perdurable, e INSULTA, VIOLA y SE CAGA en la inteligencia de sus espectadores. Y, si Netflix ha establecido este modelo de cine y televisión, no debería sorprenderte, oh atribulado lector, que otras empresas de VoD también lo hagan. Con flagrante desprecio hacia sus audiencias y a las historias que están contando. Y podríamos aportar numerosos ejemplos.

El cine y la televisión, hechos al gusto de Ted Sarandos, se convierten en ruido de fondo. El binge watching. La visualización de vídeos a 1,5X de velocidad, como si te fuesen a dar un premio por acabarte lo antes posible la última temporada de Stranger Things. Todas las prácticas malsanas favorecidas por el modelo de negocio de Netflix, y que están arruinando la capacidad de concentración de sus clientes y su comprensión narrativa, y agigantando su necesidad de satisfacción inmediata y estímulo constante, no han causado el problema de concentración de los Millennials, no ha llenado las clases de la Generación Z de adolescentes incapaces de explicar un concepto sencillo que acaban de enseñarles no hace ni diez segundos, que está descrito en la pizarra y en los apuntes que han tomado, pero tampoco les está haciendo ningún favor.
Y ahora esta gente tiene todo el catálogo de Warner Bros.

Que Billy Wilder nos pille confesados.

domingo, 11 de enero de 2026

P‪iérdete en la música, si quieres, pero no olvides renovar tu receta de Largactil

♫ Look, if you had one shot or one opportunity
To seize everything you ever wanted in one moment
Would you capture it or just let it slip?
Yo ♪


James Graham Ballard
 es un autor aquejado del mismo mal que afectaba a la pobre Doris Lessing: sus correligionarios, apóstoles y filisteos ocultaban muy deliberadamente sus títulos de ciencia-ficción. Como si fuesen pecadillos de juventud. Excentricidades vergonzosas. Parafilias humillantes. Para los engolados culturetas gafapastas que cantan las alabanzas de El imperio del sol, Crash, La muestra de atrocidades o La isla de cemento; los títulos del autor británico que innegablemente caen en el casillero de la ciencia-ficción, como El viento de ninguna parte, Noches de cocaína, El mundo sumergido o La sequía, o bien «no son en realidad ciencia-ficción» (aquí, con unos cojonazos como La Berenguela, los mismos cagapoquitos sustituyen el muy noble título de «escritor de ciencia-ficción» por el etéreo «escritor visionario») o, simplemente, no existen.

Sí, gilipollas (que van a salir más de una vez en esta entrada) los hay en todas partes.


También la pobre Doris Lessing sufrió, durante su larga y fructífera carrera, del mismo desprecio intelectualoide hacia su obra de ciencia-ficción. Un montón de petulantes gusanos de biblioteca no podían perdonar a Doris Lessing, una de las pocas personas que ganó, en vida, TODOS los grandes premios literarios de Europa, que escribiese, entre otras cosas, Shikasta, Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco o Los experimentos sirios (aunque para nosotros, y que nos perdone la Whiskypedia, en esta categoría entran también La grieta e Instrucciones para un descenso al infierno).

Este resquemor, esta inquina mejor o peor disimulada contra la regordeta feminista nacida en Kermanshá (Irán) estalló con varios kilotones de mala sangre cuando Lessing fue galardonada con el Nóbel de Literatura en 2007. El insufrible Harold Bloom, con todo su engreído papo y autoatribuida superioridad intelectual, tuvo el cuajo de hacer escarnio de toda la bibilografía de la autora: «Although Ms. Lessing at the beginning of her writing career had a few admirable qualities, I find her work for the past 15 years quite unreadable… fourth-rate science fiction». El crítico literario Marcel Reich-Ranicki tildó el fallo de la academia de «una decisión decepcionante» y hasta a Umberto Eco, después de felicitar a la autora, le faltó tiempo para denunciar olor a cuerno quemado ante la evidencia de que, rompiendo una norma no escrita del Nóbel de literatura, lo hubiesen ganado en tan breve plazo autores angloparlantes (el anterior a Lessing fue el turco Orhan Pamuk, pero el galardonado de 2005 fue Harold Pinter).

Para sorpresa de ninguno de los habituales de la bitácora, esta entrada no va sobre J.G. Ballard ni Doris Lessing.

J.G. Ballard (que no, que no va de él la entrada, copóns) es conocido, además de por sus libros, por su ingenio, típicamente británico y heredero de Wilde, del cual florecieron no pocos aforismos. Ponemos algunos ejemplos, algunos sorprendentemente proféticos:

«Las sociedades avanzadas del futuro no se regirán por la razón. Se regirán por la irracionalidad, por sistemas de psicopatología en competencia».

«El arte existe porque la realidad no es real ni significativa».

«Los padres infelices te enseñan una lección que dura toda la vida».

«Junto con nuestra pasividad, estamos entrando en una fase profundamente masoquista Todo el mundo es víctima hoy en día, de los padres, de los médicos, de las empresas farmacéuticas, incluso del propio amor. Y cuánto lo disfrutamos. Nuestros momentos más felices los pasamos intentando idear nuevas variedades de victimismo».

«Mi breve estancia en el hospital ya me había convencido de que la profesión médica era una puerta abierta a cualquiera que guardara rencor a la raza humana».

«Tarde o temprano, todo se convierte en televisión».

Y una de nuestras favoritas, y de las que encierra una verdad más dolorosamente palpable:
«Cualquier tonto puede escribir una novela, pero hay que ser un genio para venderla».
Y, ahora sí, DE ESO va el presente post.

De vender libros, y un poco de salud mental. Y de cómo el Arte atrae a personalidades frágiles, inestables o, abiertamente, patológicas. Porque tal vez lo que dicen sea cierto y todos los artistas hayamos nacido bajo el signo de Saturno, y el verdadero genio es a menudo tan indistinguible de la locura que muchos no iniciados puedan considerarlo equivalente.

No, no vamos a darte consejos sobre el mercado editorial, ni indicaciones para contactar a un editor o un agente literario. Si tuviésemos ese conocimiento, te lo ofreceríamos, vaya que sí. A cambio de un precio. ¿Qué coño te habías creído, parguela? ¿Que te ibas a trincar a una chinita cañón? Un ongarután en gayumbos tiene más posibilidades que tú.

No. Lo que vamos a enseñarte es una de las muchas formas en las que NO DEBES promocionar tu mierda de libro, ajustando la puntería de nuestra pistola de sarcasmo y nuestras bombas de racimo de sátira. Porque no tenemos suficiente información para determinar si la persona protagonista de la historia que te vamos a contar ha nacido realmente bajo el signo de Saturno, con el componente de locura e impulsividad que conlleva, o una cínica y fatua snowflake a la que pillaron con las manos enfangadas en tinta. Y, en caso de duda, es mejor respetar la presunción de inocencia o decirle a Riley Reid que vuelva a vestirse, que ese olor dulzón que desprenden sus promiscuos poros probablemente sea clamidia.

Deutchsland!

Si quieres leer A Crown of StarlightUna corona de luz estelar»), la, antaño, esperadísima (en cierto nicho de lectores) space-opera romántica de Cait Corrain inspirada en la mitología griega, lo vas a tener difícil DE COJONES, oh amado lector bibliófilo de grasienta papada y perenne olor a esmegma. En Amazon Reino Unido está completamente descatalogado y, en puridad, aunque tiene una fecha prevista de publicación de Diciembre de 2024, no parece haber estado nunca disponible en ningún formato.

En Amazon España sigue en preventa, tanto en tapa dura a 24,21€ como en rústica a 17,34€... pero, con una fecha de publicación prevista de enero de 2079, erratas o bromazos aparte, no recomendamos, en buena fe, a nadie que nos caiga simpático, que haga desembolso alguno hasta que el libro esté disponible o mientras la fecha de lanzamiento siga exigiendo hibernación o viaje interestelar a velocidades relativísticas.

En Amazon.com es que ni existe. Hay un puñado de títulos accidental o intencionadamente parecidos, en audiolibro, electrónico, rústica o tapa dura; ninguno de ellos la novela que hemos referenciado más arriba.

Y, encima, si haces una búsqueda en Amazon.com por nombre de la autora, te sale una página de resultados que da mucha vicisitud en la que no aparece ni un solo libro de esta escritora. Ni de ninguna otra, ya puestos.

Y tratándose de una autora que tenía ya firmado un contrato con Del Rey Books por éste, y otros libros, y una representante, Rebecca Podos (ella misma escritora de la que no resulta difícil encontrar obra a la venta en Amazon, si bien no muy extensa), de la agencia literaria RLA, este misterio no puede dejar de arrugarte la nariz, oh avispado lector.

Por si todo esto te parece un poco etéreo, amado lector (a fin y al cabo, la tal Podos es una ilustre desconocida y, a tenor del argumento de su obra publicada, casi más una activista y propagandista queer que una escritora per se), déjanos decirte que Del Rey Books es un sello editorial de, nada más y nada menos que, Random House, del grupo Bertelsmann. Y Random House, tras la fusión con Penguin en 2013 es, básicamente, una de las «big five» (categoría de peso corporativo en el mundo editorial en el que compiten titanes como Simon & Schuster, Hachette, HarperCollins y Macmillan Publishers). En lengua vernácula: Penguin Random House Limited es un puto coloso editorial en el cual trabajan más de 10 000 personas de todo el mundo, que abarca un poco menos de 250 editoriales y sellos, y que publica un promedio de 15 000 novedades al año, entre ellas algunas de las obras de los autores mejor vendidos del mercado editorial.

Del Rey Books fue fundado en 1977 como sello editorial de Ballantine Books. Del Rey era el espacio de Ballantine dedicado a los géneros de ciencia-ficción, terror y fantasía. El padre de la idea y responsable de la línea editorial de Del Rey Books no fue otro que Ramón Felipe Álvarez-del Rey, alias Lester del Rey, alias Leonard Knapp, uno de los padres de la ciencia-ficción de la Edad de Oro (y pupilo de John W. Campbell, y colega de Robert A. Heinlein), y su cuarta esposa esposa, Judy-Lynn (sí, ¿qué coño pasa?; los escritores nos divorciamos mucho, ¿algo que objetar?), tiene en su cartera de autores a completos desconocidos como Isaac Asimov, Ray Bradbury, Terry Brooks, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Stephen R. Donaldson, China Miéville, nuestra respetada y añorada Anne McCaffrey o Frederik Pohl.

En cuanto a como Del Rey acabó integrada en Random House, es historia antigua y breve: Random adquirió Ballantine en 1973, cuatro años antes de que existiese Del Rey Books. Del Rey nació ya en Random House.

Con el contexto que acabamos de proporcionarte, si eres una persona inquisitiva y ávida de conocimiento, no dejarás de preguntarte qué CARALLO EN NOMBRE DE LA DIVINA SARA SAMPAIO DOMINÁTRIX, ALABADOS SEAN SUS MUELLES MORROS LUSITANOS, pudo pasar para que Cait Corrain perdiese un contrato, por A Crown of Starlight y otro libro, con uno de los grupos editoriales más poderosos del mundo. Contrato que prácticamente le garantizaba el éxito comercial. Aunque pudiese ser un éxito fabricado (la capacidad de una bestia como Penguin Random House de colocar millones de ejemplares de la mierda más absoluta no es de desdeñar. ¡Que estamos hablando de los editores de la nefanda polvología de Cincuenta pollazos de la grey y El víncido Da Code!).

Cait Corrain tenía todas las rifas para convertirse en autora de un best-seller. Tenía agente literaria. Tenía contrato por varios libros con uno de los cinco grupos editoriales más poderosos del mundo. Coleccionaba entusiastas elogios de los early readers que habían accedido a una copia anticipada de la novela.

Y sin embargo, se comió una mierda así de grande y tanto ella como su libro desaparecieron de la Red de Redes.

¿Qué pasó?

Pues, lamentablemente, sólo podemos reconstruir la historia a partir de fuentes secundarias. El Tweet original de la página oficial de Del Rey Books en el que anuncia la ruptura de relaciones contractuales con Corrain sigue disponible (al menos en el momento en que escribimos esta entrada), así como el Tweet de Ilumicrate (un servicio de suscripción de libros de Daphne Press) en el que comunican su renuncia a incluir el libro de Corrain en su bundle de mayo de 2024; pero la cuenta de la propia Corrain, Tweets de los autores que denunciaron a la escritora, e incluso los hilos de Reddit y cuentas desde las que pusieron el grito en el ciberespacio, han sido borradas, cerradas o eliminadas. Y sin embargo, lo poco que podemos, es suficiente para presentarte, oh ojiplático lector embriagado por la contoneante pelvis corruptora de nuestra bayadera pornográfica preferida, un caso de estudio de CATASTRÓFICA implicación de un autor en la promoción de su propio libro. CAGADA APOTEÓSICA tal vez, no podemos asegurarlo, pero sin la suficiente información no nos atrevemos a cuestionarlo, originada en un sangrante problema de inmadurez emocional o derivada de una psique atribulada.

Un indignado resumen de la controversia todavía se puede encontrar en un vídeo, que sigue disponible mientras se escriben estas líneas, de la página de TikTok de Xiran Jay Zhao, ella misma escritora, cosplayer e Internet Celebrity. Xiran Zhao, que ya se hizo famosa por la RAJADA de 2020 en Twitter dándole hostias hasta en el DNI a la adaptación de imagen real de Mulán (sólo por eso ya nos cae simpática la amiga Xiran). Tú mismo, si te defiendes en inglés con acento canadiense, oh políglota lector.


Ahí van los datos, por si eres demasiado vago para pinchar el enlace o se te ha dormido la hipermusculada mano de hacerte las pajas viendo vídeos de Riley Reid:

«Un gusto generalizado por la pornografía significa que la naturaleza nos está alertando de alguna amenaza de extinción».

J. G. Ballard

Mein Herz in Flammen!

Desde por lo menos abril de 2023, varias cuentas de Goodreads comenzaron a darle puntuaciones extremadamente bajas, de una estrella (de cinco) a los libros, de inminente publicación de varios autores noveles. Lo que en inglés, tan propensos a los neologismos, se denomina «review bombing» («bombardeo de reseñas»), una técnica de sabotaje en el que se intenta lesionar el impacto de mercado de una película, videojuego, libro o análogo por el procedimiento de inundar los foros y redes sociales de comentarios en los que se  le llama de todo menos bonito. Normalmente por motivos espurios. Videojuegos como Mass Effect 3, Fallout 4 y Star Wars: Battlefront II, y películas como Star Wars: El ascenso de Skywalker, Los Eternos y Peter Pan & Wendy fueron víctimas de esta nociva práctica de la era Internet, que no nos atrevemos a descalificar como totalmente injustificada (vuelve a leer los ejemplos de películas que te hemos dado, lector. Sobre todo los dos primeros).


Haz un pequeño esfuerzo para colocarte en los zapatos de los afectados: imagina que eres un escritor novel a punto de publicar tu ópera prima y alguien, o varios alguienes, comienza una campaña en Internet para asegurarse de que va a hundir tu libro antes incluso de que salga a la venta.

La liebre, en el caso del bombardeo de reseñas de Goodreads de 2023 saltó cuando alguien hizo notar dos características especialmente llamativas de esta campaña:

a. Un porcentaje nada anecdótico de los autores «saboteados» en Goodreads era lo que los mongólicos de la neolengua woke-social justice warrior-we're fucking retarded and proud of it llaman POC, o sea «person of color». Vamos, que esos escritores primerizos no eran blancos. Los titulares de las cuentas desde que se lanzó el review bombing habían señalado como objetivo a autores con una pigmentación no estrictamente palidorra (con excepciones). Entre los afectados estaban Frances White y su Voyage of the Damned, por aquel entonces todavía inédito, To Gaze Upon Wicked Gods, de Molly X. Chang (el apellido te dará una idea de sus niveles de melanina, oh preclaro lector), The Poisons We Drink, de Bethany Baptiste, Mistress of Lies, de K.M. Enright (que, a pesar de su equívoco nombre y de vivir en Nueva Jersey, es más filipino que el sinigang), y So Let Them Burn, de la más bien morenita Kamilah Cole.

b. Las mismas cuentas que ponían una estrella a los títulos en preparación de los autores arriba aludidos, le ponían cinco estrellacas como cinco banderillas a A Crown of Starlight, de Cait Corrain. Ojo, esas cuentas de Goodreads no estaban centradas exclusivamente en los autores citados más arriba y en A Crown of Starlight, sino que, digamos para hacer la cosa un poco menos evidente, también reseñaban varias docenas de títulos de otros escritores. Pero, de nuevo, una persona especialmente despierta e informada del mercado editorial en lengua inglesa no habría dejado de notar que las víctimas de este bombardeo de reseñas eran libros que, por género y temática (ciencia-ficción, fantasía y romance; agitados, no revueltos, con inspiración más o menos declarada en la mitología griega), tono (mucho personaje no-blanco y LGBT), naturaleza novel del autor y calendario de publicación (ventanas editoriales de 2024), podrían haber competido con A Crown of Starlight (los libros de Frances White y Molly X. Chang, como el de Corrain, también eran primeras obras y, de postre, tanto Chang como Danielle Jensen, otra de las afectadas por este acoso y derribo cibernético, tenían contrato con Del Rey, al igual que Corrain).
Kamilah Cole. por las dudas.

No hacía falta ser un Sherlock Holmes para seguir el rastro de miguitas, y los perjudicados por esta estrategia de zapa y minado no tardaron en identificar a quién pertenecía la mano invisible que estaba intentando sabotear los lanzamientos de sus respectivos libros, y que era, básicamente, otra escritora novel con obra pendiente de publicación. Y queremos decir una escritora novel más blanca que la leche con crema de Oreos. Xiran Zhao estaba tan cabreada con esta ladina exhibición de, permítaseme tomar prestado el idiolecto de los subnormales postmodernos tardomarxistas, «fragilidad blanca» que quería lanzar un bombardeo orbital completo con los datos recopilados, para que la Intenné se cobrase su justicia callejera; pero las víctimas de esta sucia operación clandestina intentaron resolver el asunto discretamente poniéndose en contacto, fuera de los focos, con la presunta culpable.

Lamentablemente, los esfuerzos de los afectados no se vieron coronados pro el éxito (los detalles no ha sido revelados o no he podido encontrar las fuentes correctas). Tanto no tuvieron éxito en sus labores diplomáticas que Cait Corrain, pues ella era la presunta bombardera de reseñas maliciosas, en vez de bajar la cabeza, meter el rabo entre las piernas y reconocer lo que había hecho, se llenó en Twitter de afectada indignación acerca de las «cuentas falsas» que estaban tuneando sus reseñas de Goodreads. Aunque Corrain ha eliminado su cuenta de Twitter, las capturas de pantalla tienen la fea costumbre de volver para darte una hostia con los cinco dedos. Aquí tienes a la buena de Cait intentado hacerse pasar por otra víctima del review bombing:


Ésa fue la gota que colmó el vaso de Xiran Zhao. La autora de Iron Widow y Heavenly Tyrant se crujió los nudillos, aporreó su propio Twitter y se ganó, lo sepa o no, un título de paracaidista honoraria de esta bitácora.


Ése fue el principio del fin para A Crown of Starlight y, hasta nuevo aviso y previsiblemente, para la carrera literaria de Cait Corrain, pero en aquel momento nadie lo sabía aún. Nótese que Xiran no menciona nombre alguno, otorgando a la sospechosa la oportunidad de hacer las paces, en privado, con sus compañeros debutantes, a los que había hecho la puñeta plus, o, en caso de que Corrain fuese inocente, implicarse en la investigación del verdadero responsable y, en última instancia, limpiar su nombre artístico y no dinamitar su currículum profesional antes incluso de que existiese como tal.
Will dich lieben und verdammen!

La historia se espesó como lefa de bigardo en la boca abierta de Sasha Grey, tendida al sol en topless en una playa de Antibes Juan-les-Pins cuando un «amigo» (identidad no revelada) de Cait se puso en contacto con Xiran Zhao para culpar del review bombing a otro «amigo», «amiga» o seguidor/a/e/@/X (el sufijo de género, entre esta patulea, siempre es esquivo) de Corrain, que había pensado, ingenuamente, que estaba ayudando a hacer prosperar la carrera literaria de la autora de A Crown of Starlight. Ese «amigo» (el primero al que aludimos en este párrafo) proporcionó a Xiran presuntas capturas de pantalla de un chat (por el contexto entendemos que procedente de una comunidad de FanFiction de Rei Palpatine y Kylo Ren) en el que el Amigo/a/e/@/X 2 de Cait, alias Lilly, le confesaba haber vandalizado las reseñas en Goodreads de los autores aludidos más arriba.


Xiran no se tragó la rueda de molino. No se creyó los pantallazos que, presuntamente, absolvían a Corrain de implicación alguna en la campaña de sabotaje. No pudo dejar de notar que las marcas de tiempo de ese chat incluían, en algún fabuloso fenómeno cuántico que los especialistas deberían estudiar, mensajes de «ayer» y «hoy» EN LA MISMA CAPTURA DE PANTALLA. Antes de comprar esa burra coja y mal follada y exculpar a Cait, Xiran pidió (nos atrevemos a sugerir que, más bien, EXIGIÓ ver mensajes antiguos entre Corraine y Lilly... y recibió exactamente NADA. Photoshop habuimos, fratres mei carissimi.

Mientras la espera por las pruebas tardonas hacía estragos en la presión arterial de Zhao, Cait asumió la identidad, hasta entonces no revelada por Xiran ni por los escritores afectados, de la novelista cuyo libro habían sido, presuntamente, hiperhypeadas por un desalmado que también había tanqueado las reseñas de sus inmediatos competidores. La confesión tuvo lugar en una cuenta privada de Slack compartida con otros autores noveles con lanzamiento previsto para 2024, aunque Corrain siguió, vuelta la mula al trigo, defendiendo la fábula del «amigo/a/e/@/X» imaginario que habría urdido y lanzado la campaña de review bombing sin su conocimiento. Y compartió las mismas capturas de pantalla con las que había intentado convencer a Xiran Zhao de su inocencia.


Fue un error. Los chats photoshopeados eran tan ignominiosamente falsos que todo ese grupo de Slack se tiró al hígado de Cait. Exigió lo mismo que Zhao, pruebas de que esa misteriosa Lilly existía y estaba en contacto con Corrain desde, como mínimo, abril de 2023. Ella, obviamente, no pudo proporcionar ninguna e intentó defenderse de las acusaciones de racismo orientando sus «celos» profesionales hacia otro autor o autora de piel blanca, que no llegó a identificar, que también había firmado con Del Rey y que iba a publicar su libro, de un género, temática y tono parecidos a A Crown of Starlight, en la misma ventana editorial. Ni que decir tiene que la maniobra de distracción no dio resultado, y tampoco ayudó a su caso.


Una vez se hizo público todo el mondongo, los autores afectados por el bombardeo de reseñas en Goodreads dieron un paso adelante y exigieron a Corrain el Discord de la (hemos decidido que es una ella, porque nos ha salido de los huevos) vandálica Lilly. Borrado. ¿Twitter? Borrado. Toda la huella digital de la «responsable» del review bombing había sido erradicada de la existencia. Impostando justa indignación, Cait Corrain publicó su indignación, jugó de nuevo la carta de la víctima, «¡ya habéis decidido que no vas a creerme, diga lo que diga!», o algo por el estilo, y salió del servidor.

Algunos «amigos» de Corrain, aparentemente estos sí reales, le hicieron mal tercio al salir en su defensa atacando, con sañudas falacias ad hominem, a los mismos autores vandalizados en Goodreads. Como maniobra de distracción, fue una pésima decisión táctica porque, llegados a este punto, los olientales ovalios de Xiran Zhao directamente explotaron como bombas de hidrógeno y la autora sino-canadiense publicó sus 41 páginas de dossier con capturas de pantalla. El documento, en el momento en que escribimos estas líneas, sigue disponible en este enlace de Google Docs. Tú mismo, oh paciente y conspicuo lector.

Y Twitter hizo ¡chabuj! Las Redes no habían entrado en una ebullición semejante desde que a Mia Khalifa le reventaron una teta con una pastilla de Hockey sobre hielo. Una investigación de los administradores de la página en la cual, presuntamente, se habían intercambiado los chats entre Corrain y su fanática seguidora sacó a la luz que jamás habían tenido una cuenta a nombre de ninguna Lilly. Los usuarios del chat notaron las obvias similitudes entre el lenguaje y redacción de Corrain, en antiguos chats y textos publicados en la comunidad de fanfiction, y la metafísica Lilly y, lo que probablemente acabó por cerrar el círculo, se descubrió que dos de las autoras bombardeadas en Goodreads, con obra ya publicada, Ali Hazelwood y Thea Guanzon, eran antiguas «compañeras» de Corrain en la misma comunidad de fans dedicada al romance entre la Jedi más sosa de la historia y el Lord Sith de Aliexpress.

Thea Guanzón, que era una de las amigas más antiguas de Cait Corrain. Que ¡hasta se había encontrado con ella offline! Que había leído un borrador de A Crown of Starlight y lo había puesto por las nubes. Thea, que acababa de descubrir que su celosa amiga había intentado boicotear su carrera.

Superada por las evidencias, atosigada por varios frentes, Cait Corrain acabó admitiendo, en un Tweet de diciembre de 2023 publicado en su cuenta oficial, ahora cerrada, que no había ni Lilly ni niño muerto. Que ella era la eminencia gris detrás del review bombing. Que había creado todas esas cuentas falsas en Goodreads (admisión de culpa innecesaria desde el momento en que una de las cuentas desde las que se había lanzado la campaña era una conocida cuenta de la propia Cait) y dado, deliberadamente, puntuaciones misérrimas a sus competidoras para sacarle mayor brillo al lanzamiento de A Crown of Starlight humillando a los libros rivales. Intentó generar simpatía aludiendo a antiguas psicopatologías no específicas y culpando de la campaña de reseñas falsas a un «colapso mental» fruto, inferimos, del estrés por la inminente publicación de su novela, y por el cual iba a recibir tratamiento psiquiátrico a la mayor brevedad.

«[...] it was just my fear of how my book would be received running out of control. [...] I’m sorrier than you’ll ever know, and there’s nothing I can say to erase what I did to you».

A partir de ahí, efecto dominó: Del Rey retiró A Crown of Starlight de su calendario de lanzamientos y canceló, a continuación, el contrato por dos libros que había firmado con Corrain. Rebecca Podos anunció que renunciaba a continuar representando a Corrain y todos los demás portales y empresas que estaban ansiosos por colaborar en la comercialización de A Crown of Starlight se alejaron del libro y de su autora como de un Chernobyl recién petado.

♪ You better lose yourself in the music
The moment, you own it, you better never let it go (Go)
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime, yo
You better lose yourself in the music
The moment, you own it, you better never let it go (Go)
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime, yo ♫


Te lo resumimos así no más, amado lector (que a estas alturas ya se habrá perdido):

Cait Corrain tenía un libro acabado. Tenía un público ansioso por leerlo. Tenía una agente literaria. Tenía una comunidad de fans que la apoyaba. Tenía un contrato por dos libros con una de las editoriales más poderosas del orbe.

Y se saboteó a sí misma por un problema de celos, narcisismo, inmadurez emocional, orgullo, inseguridad, frío cinismo, problemas mentales o todo lo anterior junto.

Y, más allá de que la literatura, por llamarla de alguna manera, que Corrain aspiraba a hacer suena sospechosamente a panfleto queer más que a ficción sólida y bien escrita, si tuviésemos que exigir sólo una causa posible de su injustificables, e interesadas, operaciones clandestinas contra otros autores de su cuerda... a ver, no queremos ser hijos de puta, PERO (el «pero» siempre es un factor a tener en cuenta), a raíz de amargas experiencias personales, los paracaidistas de la bitácora hemos aprendido, como perros de Pavlov, a asociar los conceptos «piercing en el septo nasal» y «supreme final boss loca del chocho». (Como todas las generalizaciones, ésta es injusta, sesgada y probablemente falsa).

Y, claro, fue ver una foto de la criatura y no poder contener un «¡a-aaaaah! ¡Ahora entiendo!».
Mejórate, Cait.

Y hemos llegado demasiado lejos en la presente entrada para abrir el melón agusanado de la relación entre genio y locura, arte y fragilidad, creatividad y narcisismo. Quedará para futuros análisis. Ahora vamos a buscar el balrog y desearle a Cait Corrain un pronto y completo restablecimiento de sus problemas mentales, en caso de que los tenga, y el mayor éxito en sus futuras empresas personales y profesionales.

Que, nos tememos, con su reputación lanzallameada, la llevarán muy, muy lejos del mundo editorial.