sábado, 12 de septiembre de 2026

El venenoso concepto del escritor putilla (3): Dejad de arrearle al puto gordo, cojones ya

Hace casi dos años, expresamos en la bitácora nuestra convicción de que, a menos que la realidad nos desautorice, nunca veremos terminada la saga literaria de Canción de fuego y hielo.

(Ni el final de la saga del asesino de reyes).


Porque no. Este año, hayas leído lo que hayas leído en la Intenné, TAMPOCO se va a publicar Vientos de invierno.
Y estamos bien con eso. Mientras Riley Reid siga subiendo a Internet sus clips cerdos de prostitución audiovisual. ¡Y ahora generados por ChatGPT! ¡La remolisión!

Tal vez ni siquiera tenga ya sentido preguntarse si ASOFAI verá algún día publicados esos dos últimos volúmenes. Ciertamente, la perspectiva no invita a pensarlo así. Y, dado que la historia tuvo ya un final, horrible, vago, decepcionante y autosuicida, en la serie de televisión (aquí le dimos fuerte en el hígado a esa última temporada). Y, dado que el universo de ASOFAI sigue expandiéndose en otros medios, tal vez el Gordo Cabrón ni siquiera sienta ya la necesidad de escribir su propio final de la saga inaugural de su obra-río de fantasía.

Por más que les joda a muchos.

A estas alturas (quince años después de la publicación de Danza de dragones), hay gente tan cabreada con GRRRRR Martin por no sacar Vientos de invierno y Sueño de primavera que están dispuestos a echarle la culpa de todo. Del cambio climático. Del auge de la ultraderecha. De la guerra en Ucrania. Del asesinato de Olof Palme. Del albinismo de Copito de Nieve. De que Sasha Grey dejase el porno. De que Jessica Alba siga sin responder a nuestras cartas de amor desesperado.

Y estamos bien con eso. Gilipollas los hay, los ha habido y los habrá... al menos hasta que Anthropic nos haga un Skynet a todos. Y sin un mal John Connor a la vista.

Hay que dar gracias a Dios por los gilipollas. Son como los canarios en la mina. Nos ayudan a hacerle la prueba de choque a nuestra propia sensatez. El día que empiecen a desaparecer, o estés en un grupo de, digamos, al menos media docena de personas, y no sepas identificar al gilipollas, será porque el gilipollas eres .
(Bueno, hay que darle gracias a Dios por los gilipollas y por el arito en la nariz. Nunca había sido tan fácil identificar a los gilipollas. Pero dejemos eso para otro día).

Echarle la culpa al Gordo Cabrón de que ya no se publique fantasía épica, en cambio, es ya farlopa de otra narcolancha.

Larry Correia fue, quizá, el que encendió la mecha con un tuit, de junio de este mismo año, en su cuenta oficial de la platatorma anteriormente conocida como Twitter, donde lanza unas acusaciones realmente gordas contra GRRRRR Martin.
«GRRM pissed off millions of customers but he don’t give a shit. He got his bag. But his legacy is being such an epic bum ass bum that he crippled an entire genre, ruined consumer sentiment, and killed off an entire generation of epic fantasy authors».
No era la primera vez que Correia, él mismo escritor, puteaba al Gordo Cabrón. Y viceversa. En enero de 2025, Correia dedicaba su nuevo libro, Heart of the Mountain, a GRRRRR Martin, con doble de venenato monosódico.

(Algunas de las respuestas a ese tuit son ORO PURO).

La reacción de GRRRR Martin a esa dedicatoria no fue precisamente deportiva, pero al menos le sirvió a Correia en su momento para seguir dándose autobombo, de gratis, a costa del Gordo Cabrón.
(Como decía una respuesta al tuit anterior, si GRRRR Martin hubiese puesto esas palabras en Vientos de invierno, ahora estaríamos un poco más cerca de ver el libro publicado).

Bueno, tal vez habría que recordar que estos dos elementos tuvieron sus más y sus menos cuando todo aquel asunto de los «Sad Puppies», liderados por Larry Correia y Brad R. Torgersen, y que GRRRRR Martin le dio bastante duro a Correia por aquel entonces. No, no vamos a volver a explicarte todo el «Puppygate» y la manipulación de votaciones en los Premios Hugo. Te vuelves a leer esta entrada de la bitácora, donde lo tratamos por encima, y tan contentos.

Ciertamente, entre estos dos escritores amor, lo que se dice amor, no hay mucho. Y han tenido piques en el pasado. Incluso ha corrido la proverbial sangre. Pero que en su post de junio de este año, Correia entra a hueso contra el autor de ASOFAI, tampoco se puede negar:
«Publishers no longer took chances on new series because customers had got burned by lazy shirkers like George and Pat. Agents wouldn’t represent new epic fantasy unless the whole thing was done. It hurt Indy because dudes had to convince customers that they weren’t bums too. Except when book one makes $50 total, because customers said Im not starting a new series until it’s done! they sure as shit ain’t writing book two. So it’s a self fulfilling prophesy of suck».
Según esta tesis defendida por Correia, que algunos fans de la fantasía épica han comprado con el aborregamiento que cabría esperar de los pajeros nerds con sobrepeso (para muestra, el autor de estas líneas), la patente incapacidad de GRRRRR Martin de acabar su puñetera saga de Poniente ha dinamitado en su fase embrionaria la carrera literaria de a saber cuántas jóvenes promesas en el género de la fantasía. Abortado series antes incluso de que se publicaran. Repelido a los lectores, que no volverán a incurrir en el riesgo de enamorarse de otra saga antes de que esté terminada. Acojonado a los editores. Vuelto cínicos a los libreros. Estrangulado el estrecho de Ormuz. Multiplicado exponecialmente el porno de aceitosas MILFs tetudas y sumisas waifus asiáticas generadas por IA.
«Customers and the industry quit taking chances on new guys. We will never know how many excellent fantasy series we missed out on, robbed by George’s laziness burning so many customers. 

»Some writers gave up, but others moved into different genres. Which is good. But it sure does suck if epic fantasy is your jam.»
Y todo por culpa del Gordo Cabrón flojo y condescendiente que se niega a acabar, de una puta vez, Canción de fuego y hielo.
«Being such a pretentious, bloviating bum that you damage an entire industry and strangle a generation of aspiring artists is quite the legacy».

Afirmación que tiene cuarto y mitad de cojones viniendo de Correia, siendo el mismo autor de una serie en publicación de la que se han proyectado ocho volúmenes y que aún no ha terminado. Pero eso no es importante ahora mismo.

Lo importante de todo este asunto es ¿tiene razón Correia?

La respuesta corta es: no.

La respuesta larga es: agárrate los cojones.

Eso de que el Gordo Cabrón haya dejado un «lisiado» el género de la fantasía épica, aparte de una imagen pobre y de escritor aficionado, no está en absoluto refrendada por los datos. O, al menos, por las evidencias.

«Evidencias», sí, porque construir una métrica que nos permita elaborar estadísticas sobre «autores debutantes de fantasía épica» no es nada fácil. Los editores no comparten sus bases de datos de ventas, por razones obvias (racanear a los autores sus royalties, por si las razones no eran tan obvias), y cruzar datos de Circana, Nielsen/Bowker o Publishers Marketplace suena demasiado como la clase de trabajo que sólo haces, a regañadientes, cuando sabes que te van a pagar por ello. Pero tomarse esa molestia para una bitácora de mierda que no lee ni el Tato, es un sacrificio que no estamos dispuestos a hacer. Y nos importa una mierda que nos señales con el dedo.

Así que para determinar la validez de la tesis de Correia, tenemos que fijarnos en aquello que está más o menos a plena vista.

Y una docena de consultas en Google no arrojan en absoluto la impresión de que la fantasía épica sea un  género moribundo.

En 2016, cinco años después de la publicación de Danza de dragones, hubo un incremento de un 17% en ventas del género bifronte de fantasía/ciencia-ficción.

En 2018 hubo una notoria caída (11%) en el género de fantasía con respecto a las ventas de 2017, pero fue en cierto modo «protestada» por un repunte de un 18% en la ventas del género de ciencia-ficción, en no pequeña parte debido al impacto de Ready Player One de Ernest Cline.

En 2021, la fantasía para adultos creció espectacularmente, catapultándose hasta un acojonante 45,3%.

En 2022, pese al auge del género romántico, nuestro viejo amigo el género de los ciclados en taparrabos y las putacas en bikini de malla creció de nuevo un 17,4%.

En el primer semestre de 2023, yendo a la contra de un mercado editorial en contracción, la fantasía/ciencia-ficción volvió a crecer un 26,5%.

En el primer semestre de 2024, el género tocó las estrellas con un FLIPANTE 85,2%, con Sarah J. Maas y Rebecca Yarros dando sendos puñetazos en la mesa e incorporando, poderosamente, a la fantasía las convenciones y temáticas de la novela romántica. Y el año terminó con un total acumulado de un 35,8% de crecimiento.

2025 que nos mostró una corrección, con una contracción del -8,7% en el género de fantasía.

Trece años desde la publicación de Danza de dragones, con sucesivos pronósticos, desmentidos uno tras otro, sobre la publicación de Vientos de invierno, deberían ser suficientes para observar esa caída en las ventas del género fantástico que cabría esperar si la afirmación de Correia fuese veraz.

No ha pasado. Lo que sí ha sucedido, es un desplazamiento de las temáticas del género, desde los clásicos tropos de aventura pseudomedieval con guerras, elfos, intrigas, dragones, reinos enfrentados y dinastías, hacia el romantasy, la cozy fantasy y el LitRPG.

Joe Abrecombie aún publica. Los libros de Mark Lawrence siguen llegando a las librerías. Richard K. Morgan sigue en el juego, pero los lectores de fantasía han cambiado, o quizá, mas precisamente, las mujeres han descubierto el género de fantasía, como lectoras y como autoras, y eso explicaría el éxito de autoras como Leigh Bardugo, Deborah Harkness y Diana Gabaldon.

Suponiendo que Larry Correia estuviese en lo cierto en sus acusaciones hacia el Gordo Cabrón, a partir de 2012 debería observarse una progresiva desaparición de las series de fantasía, un rechazo del mercado a este tipo de productos. Escaldados por la experiencia de la inconclusa ASOFAI, los editores debería haber empezado a rechazar las series y trilogías (que parecen ser el estándar del género de fantasía).

Si la tesis de Correia estuviese respaldada por alguna evidencia empírica, a partir de 2011 (fecha de publicación del, casi seguramente, ÚLTIMO volumen de Canción de fuego y hielo), deberíamos apreciar:

1. Una caída de adquisiciones de fantasía épica de autores noveles, tal vez difícil de rastrear al principio pero claramente visible a, digamos, unos diez años de desarrollo de la curva de ventas. Y que esa caída no respondiese a un fenómeno generalizado de TODO el género de fantasía o incluso de toda la industria editorial.

2. Suficientes indicios que permitiesen sospechar o confirmar que los editores estarían rechazando series de fantasía por el temor expreso a que quedasen inconclusos, defraudando la fidelidad de los lectores y debilitando su adhesión al género.

3. Suficientes evidencias de que esa contracción en el género no es en realidad un AJUSTE del mercado, un desplazamiento del focos de los lectores (quizá por la incorporación de miles de nuevas LECTORAS y ESCRITORAS, con otros intereses narrativos, estilísticos y temáticos) hacia otros «nichos» del género alejados del clásico «espada y brujería» o el casi omnipresente grimdark.

En tres palabras: no ha pasado.

Cinco años después de Danza de dragones, el autor debutante S. A. Chakraborty le vendió su trilogía The City of Brass a Harper Voyager. No les vendió un libro, les vendió la serie entera en una subasta en la que participaron otros seis editores.

¿No se suponía, según defiende Correia, que los editores deberían estar rechazando las series de fantasía, por culpa de GRRRR Martin?

En 2017, Orbit publicó Kings of the Wyld, de Nicholas Eames, el primer volumen de su trilogía The Band, y Soul of the World, de David Mealing. Ambos obras de autores noveles. Ambos, primeros volúmenes de series.

En 2018, otra vez Harper Voyager, compró el grimdark The Poppy War de Rebecca F. Kuang. Novela debut de la trilogía completada por The Dragon Republic (2019) y The Burning God (2020).

Lo de 2019 ya fue un abuso de debuts de nuevos autores, como Gareth Hanrahan, con su The Gutter Prayer, o Evan Winter, con The Rage of Dragons (que salió con una tirada inicial de nada menos que 75 000 ejemplares), o del inicio de nuevas trilogías de autores ya conocidos, como The Bone Ships, de R. J. Barker.

Y la cosa no ha dejado de rular de 2020 a 2026. Sí, esa década que, según Larry Correia, es un «smoking crater» en el género, hemos tenido, mirando por encima:

The Bone Shard Daughter (2020), de Andrea Stewart. De nuevo, un libro de autor debutante y, de nuevo, el primero de una trilogía.

The Wolf of Oren-Yaro (2020), de K. S. Villoso, es, de nuevo, el primer libro publicado de su autora.

The Unbroken (2021), de C. L. Clark. Novela debut. Primer volumen de la trilogía Magic of the Lost. Fue nominada al Locus entre otros premios.

The Final Strife (2021), de Saara El-Arifi. Libro debut de fantasía épica inspirada en África. Llegó a manos de los editores de Del Rey desde la «pila de manuscritos rechazados» (el infame «slush pile»). Y vendió en términos de seis cifras.

Y la lista sigue y sigue.

Godkiller (2021), de Hannah Kaner. Harper Collins compró esta trilogía de autora inédita, en Pre-empt. O sea, no esperaron a descubrir si había otros editores interesados. Compraron a ciegas con la esperanza de que hiciese caja. Aprentemente, ha hecho. Y bastante.

The Phoenix King (2022), de Aparna Verma. Primera obra de autora desconocida. Trilogía.

En 2023, Second Sky publicó The Fury of Kings, primer volumen de la trilogía The Erland Saga, de R. S. Moule, y Orbit publicó The Jasad Heir, de Sara Hashem. Otra novela debut.
 
2024: la agencia literaria de Jennifer Azantian le coloca a DAW The Serpent Called Mercy, «Malaysian Chinese-inspired epic fantasy», novela primeriza de Roanne Lau.

2025: HarperVoyager se hace con Stormkeeper, trilogía de fantasía épica de la debutante de Jacinta Tomás. No compraron un libro, compraron la serie entera. También en 2025, St. Martin compra Lightfall, de Ed Crocker, presentado explícitamente como novela debut y primer volumen de una trilogía.

Y en este año de Nuestro Señor de 2026, Orbit publicó The Book of Fallen Leaves, de A. S. Tamaki, de nuevo obra debut de fantasía.

Más allá de que la amarga experiencia de ASOIAF (o con la trilogía, todavía duología inconclusa, de Patrick Rothfuss) haya desalentado al lector promedio de fantasía épica a comprometerse con series «abiertas», la atribución de esa tendencia a un flujo de causas y efectos que se pueda remontar hasta el Gordo Cabrón, y que respondería a una contracción del mercado del género, es, a falta de métricas nuevas y pruebas más extensas, una completa invención de Correia. Que se la tiene jurada a GRRRR Martin y se le nota.

El modelo que conjuga autor desconocido, obra debut y contrato por dos o tres libros sigue existiendo. Lo cual no quiere decir en modo alguno que las editoriales no hayan decidido evitar compromisos con series largas más allá de la trilogía. Aunque sólo sea porque, desde el punto de vista estratégico, es mucho más fácil calcular los márgenes comerciales y proyectar el retorno de una obra en tres volúmenes a seis o siete años que de una de ocho o catorce tomos a Dios sabe cuándo el hijo de puta este entregará el último libro.

Lo que tal vez Correia ha notado es que ya no se publica tanta fantasía épica COMO LA QUE A ÉL LE GUSTA. Viniendo como viene del Puppygate, no nos extrañaría que ésta fuese la razón, consciente o subterránea, del cabreo de Correia. Menos bárbaros homoeróticos con hachas de dos filos y zorrupias medio en pelotas. Menos elfos. Menos dragones. Menos sagas de tropecientos volúmenes. Más romantasy. Más cozy fantasy, progression fantasy, LitRPG, fantasía histórica, grimdark, fantasía de inspiración no europea, autores queer (como la pobre Cait Corrain, de infausta memoria), fantasía híbrida con elementos románticos, novelas autoconclusivas y series cortas de dos o tres libros máximo.

Que la amarga experiencia del fandom y el mercado con el huevaplomismo del Gordo Cabrón haya hecho más difícil vender a un editor la serie de fantasía épica en catorce volúmenes de un autor debutante, algo que, para empezar, nunca fue fácil, no es descartable, pero tampoco es fácil de rastrear como un efecto del retraso en Vientos de invierno y Sueño de primavera. Correlación no implica causalidad. Además, sobran razones por las cuales una serie así sería un riesgo que pocos editores estarían dispuestos a asumir.

Una novela de 200 000 palabras es cara de editar, cara de imprimir y CARÍSIMA de almacenar. Ahora imagínate repetir ese proceso cuatro, cinco, siete veces. Un retraso en la publicación de las siguientes entregas podría hacer que la obra perdiese su ventana de oportunidad, la atención de sus lectores, y una a caída de ventas medianamente significativa podría llevar a la cancelación de los siguientes números. Un lore muy vasto (personajes, nombres, mapas, worldbuilding...), estirado a lo largo de varios libros, puede poner a prueba la paciencia y capacidad de concentración de los lectores más allá de lo razonable. Los algoritmos y las redes sociales favorecen determinadas clases de descubrimiento. Y las editoriales pueden preferir trilogías compactas a sagas potencialmente interminables.

Y ninguna de estas razones exige un Gordo Cabrón por detrás, moviendo los hilos.

Extrapolar, de la evidencia de que «los lanzamientos de fantasía épica tradicional dentro de la fantasía adulta ha disminuido» (y el público potencial de los editores de fantasía se ha desplazado del adulto al young adult), la conclusión «la fantasía épica está muerta y George R. R. Martin la mató» es pasarse mucho de frenada.

Larry Correia ha visto un fenómeno real («los lectores se han vuelto escépticos con las series largas y las sagas inconclusas») y lo ha aprovechado para clavarle otra navaja en los riñones a GRRRRRRR Martin. A quien se la tiene jurada desde el Puppygate. Y Martin a él. Eso es todo. Fin de la historia.

Y, quién te ha visto y quien te ve, Sommer, me ha obligado a salir en defensa del escritor más cojonazos de la historia de la fantasía moderna.

Me siento sucio. Pero no de la manera buena. Ya me entiendes.

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El texto completo de Larry Correia:


I’ve been telling people this for years. 

GRRM pissed off millions of customers but he don’t give a shit. He got his bag. But his legacy is being such an epic bum ass bum that he crippled an entire genre, ruined consumer sentiment, and killed off an entire generation of epic fantasy authors. 

Romantasy and LitRPG grew as a direct result of filling the smoking crater George left in the industry. New writers could no longer get deals to write epic fantasy unless the entire series was in the bag, and nobody can afford to gamble that much time to write that many books they may never sell. 

Publishers no longer took chances on new series because customers had got burned by lazy shirkers like George and Pat. Agents wouldn’t represent new epic fantasy unless the whole thing was done. It hurt Indy because dudes had to convince customers that they weren’t bums too. Except when book one makes $50 total, because customers said Im not starting a new series until it’s done! they sure as shit ain’t writing book two. So it’s a self fulfilling prophesy of suck. 

In the comments Dunning-Krugerands are saying this isn’t true. Look at guys like Brandon Sanderson. Wrong. Guys like him, or me, who already had established names, reputations, and fan bases were fine. We had enough customers who trusted us we could still do new things and people would come along to make it economically viable. 

For example, the only reason my epic fantasy series got picked up is because I was already successful and could guarantee a viable level of sales off my existing fans. Newbs don’t have that. And over the ten years it took for me to write the six books to finish it, the entire time I heard from potential customers, nope, not gonna start a new series that might not finish because of George. 

I am fine during this because I’m still gonna make a couple hundred grand off each of those just off my existing fans. Newbs make two bucks an hour, say to hell with being a writer I’m going back to my day job, and you all missed out on the next great author and his absolutely brilliant series, because you were too mad at billionaire George shoving twinkies in his mouth instead of writing. 

Nope. Guys like me and Brandon are fine. George’s profound laziness screwed over the new guys. Customers and the industry quit taking chances on new guys. We will never know how many excellent fantasy series we missed out on, robbed by George’s laziness burning so many customers. 

Some writers gave up, but others moved into different genres. Which is good. But it sure does suck if epic fantasy is your jam. LitRPG is close but different enough it blew up during this time frame because that’s where the talented went. 

Being such a pretentious, bloviating bum that you damage an entire industry and strangle a generation of aspiring artists is quite the legacy. 

Kal (who is a good writer btw, check out his books) asks what can we do about this? For me personally I’m just gonna continue mocking George’s work ethic in the hopes more normies realize what an outlier he is, and how they should expand their horizons to read other authors who aren’t stuck up, know it all, dickheads. 

And before anybody starts barking at me that I’m such a hypocrite because I’ve not finished all my series, sorry I’ve only finished three of eight so far, and have only written THIRTY books since George’s last one, the next MHI comes out in December, and the last two books are next year, and I’m not planning on retiring anytime soon (if ever).

sábado, 29 de agosto de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVIII): El verdadero rostro de James Bond

Ian Lancaster Fleming nació el 28 de mayo de 1908 en Mayfair, uno de los distritos más pijos de Londres. Su padre, Valentine Fleming, fue diputado de los Comunes por el distrito de Henley de 1910 a 1917 y amochó bajo fuego alemán en el Frente Oriental de la Gran Guerra en mayo de 1917. Su abuelo, Robert Fleming, era un financiero escocés que co-fundó la Compañía Escocesa-Americana de Inversiones y el banco comercial Robert Fleming & Co. Ian tenía dos hermanos menores: Richard y Michael (que murió en Normandía en octubre de 1940 a causa de las heridas recibidas en campaña con la Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire), y un hermano mayor, Peter (que sirvió en los Granaderos de la Guardia durante la Segunda Guerra Mundial y estuvo implicado en operaciones especiales en Noruega y Grecia).


En 1921 a pesar de sus notas mediocres, Ian logró ser admitido en el Colegio del Rey de Nuestra Señora de Eton, donde pronto destacó por su excelente forma física, sus victorias deportivas, su gomina, su coche (era de los pocos alumnos de Eton que poseía uno) y su éxito vaginal. Aconsejada por el responsable de su residencia, escandalizado por el comportamiento de su pupilo, la madre de Ian, Evelyn Fleming, lo sacó de Eton y lo matriculó en el Real Colegio Militar de Sandhurst. Probablemente con la esperanza de que allí el joven Ian adquiriese un poco de templanza y disciplina.

Y le salió el cochino mal capado. Fleming no aguantó ni un año en Sandhurst. Abandonó el Colegio en 1927, con gonorrea y sin haber logrado obtener un mando. Su madre, que comenzaba a perder la paciencia con él, lo mandó a un internado en Austria dirigido por Ernan Forbes, un antiguo espía británico, y su esposa y novelista, Phyllis Bottome. Evelyn Fleming esperaba que la formación en el extranjero y el aprendizaje de idiomas le abriese a su hijo la posibilidad de un puesto de trabajo en el Foreign Office.

Tras un breve paso por la universidad de Múnich y la Universidad de Ginebra, Ian regresó a Reino Unido en septiembre de 1931, del brazo de Monique Panchaud de Bottens, una belleza suiza del cantón del Vaud, con la que le había dado el antojo de casarse, y pasó el examen de ingreso en el Foreign Office.

Aprobó, pero sus notas no fueron para tirar cohetes y tampoco recibió ninguna oferta de trabajo del ministerio de exteriores británico. Echando humo y blasfemando en arameo, lengua que nadie recordaba haberla visto estudiando, Evelyn Fleming tiró de contactos y le consiguió al putero de su hijo mediano un trabajito como periodista y editor asociado en la agencia de noticias Reuters.

En su primer trabajo remunerado digno de llamarse trabajo, Fleming estuvo en Moscú, cubriendo el Asunto Metro-Vickers y casi consiguiendo una entrevista con el mismísimo Stalin. A su regreso, su madre le recibió con un ultimátum: o dejaba a Monique o la familia le cerraba el grifo. Con gran dolor de su corazón (los biógrafos de Fleming retratan a Monique Panchaud de Bottens como el gran amor imposible de Ian Fleming), Ian mandó a su suiza a pastar.

Fleming encontró trabajo de banquero en la firma financiera Cull & Co. en 1933 y de corredor de bolsa en Rowe and Pitman en 1935. Fue una completa nulidad en ambos roles. Mientras esquiaba en Kitzbühel, en el Tirol austríaco, conoció a Muriel Wright, con la que mantudo un largo romance hasta la muerte de ella en 1944, durante uno de los bombardeos que afligieron Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Ian quedó devastado. Aunque, todo hay que decirlo, mientras mantenía interesada a Muriel Wright también se trincaba a Ann O’Neill, la esposa del tercer Barón O’Neill.

En mayo de 1939, y a pesar de sus notoriamente escasas aptitudes para el empleo, Ian fue reclutado como asistente personal del contraalmirante John Godfrey, Director de la Inteligencia Naval de la Royal Navy. Promovido a teniente coronel (y ascendido pronto al rango de comandante). Además de tareas administrativas básicas, el trabajo de Fleming era actuar de colchón entre el contraalmirante Godfrey, famoso por su temperamento explosivo y ácidos requiebros, y las instituciones y negociados de la administración británica de guerra con las que estaba en cotidiano contacto: el Servicio Secreto, la Ejecutiva de Operaciones Especiales, el Comité Conjunto de Inteligencia, la Ejecutiva de Guerra Política y la oficina del Primer Ministro.

Durante la guerra, Fleming hizo gala de su imaginación perversa sugiriendo toda clase de planes de contraespionaje y maniobras de distracción, los cuales no está documentado que llegasen a ejecutarse. Alan Turing y toda la gente de Bletchley Park, empecinados en la ruptura del código nazi Enigma, estaban que fumaban en pipa cuando el Alto Mando desestimó la bizantina propuesta de Ian Fleming para hacerse con la más nueva máquina Enigma y sus libros de códigos.

Fleming también acompañó al contraalmirante Godfrey en un viaje oficial a los Estados Unidos e hizo algunas sugerencias para el diseño de la Oficina del Coordinador de Información estadounidense, órgano de inteligencia que se convertiría en la Oficina de Servicios Estratégicos y, andando el tiempo, en la CIA. Godfrey también puso a Fleming a cargo de la Operación Goldeneye, que desplegó una red de información y operadores «durmientes» en España en previsión de una invasión nazi. También organizó y seleccionó objetivos para la 30 Unidad de Asalto, un cuerpo de comandos creado por él en 1942 e inspirado en la unidad de operaciones especiales organizada y comandada por Otto Skorzeny.

Fleming no participó en misiones de combate en primera línea (lo más cerca que estuvo del frente fue observar la batalla de Dieppe desde la cubierta del HMS Fernie, en una visita de inspección tras un ataque a Cherburgo y en otro viaje al seno mismo de Alemania cuando se localizaron en el Castillo de Tambach los archivos de la armada alemanas de 1870). Y probablemente fuese mejor así, dado que los hombres de la 30AU no llevaban demasiado bien que Ian Fleming se refiriese a ellos como sus «Indios Rojos». Cuando el mando de la División de Inteligencia Naval recayó en el capitán Edmund Rushbrooke, Fleming perdió influencia en la División, aunque le permitieron conservar su control sobre el 30AU hasta junio de 1944.

Fleming pasó a seleccionar objetivos para la Target Force, fundada en agosto de 1944 sobre los éxitos de 30 Unidad de Asalto y encargada de la recopilación de inteligencia, personal, equipo y documentos, en territorio enemigo liberado, de interés para los Aliados. La mayor follada de la T-Force fue el descubrimiento, en el puerto alemán de Kiel, del centro de investigación del cual salían los motores de los cohetes V-2 y los aviones Me 163.

Desmovilizado en mayo de 1945, Fleming permaneció en la reserva hasta 1952, logrando en ese lapso la promoción a Comandante. Ya en tiempo de paz, Fleming regresó al periodismo para el Sunday Times, con un contrato casi cortado a medida que le permitía tomarse tres meses de vacaciones al año, que Ian pasaba en Jamaica, isla de la que se había enamorado en 1942, durante una cumbre de inteligencia anglo-americana en la que había participado. Allí compró una villa a la que llamó, muy teatralmente, «Goldeneye».

Colgado el uniforme, Fleming recuperó sus hábitos de soltero libertino. Rechazó la petición de matrimonio de su amante Anne Charteris, que había enviudado durante la guerra, y se entregó a una vida de vicio y concupiscencia. Anne Charteris se casó con el segundo vizconde de Rothermere, lo cual no le impidió encontrarse numerosas veces con Fleming en Jamaica, bajo el pretexto de visitar a su amigo, el actor, dramaturgo y compositor Noël Coward, residente también en Jamaica. Durante sus visitas a la isla caribeña, Ian y Anne crujían como gorrinos en celo. El uno con el otro. Y también con otras personas (Anne con Hugh Gaitskell, líder del Partido Laborista, Ian con su vecina Blanche Blackwell). Anne incluso dio a luz a la hija mortinata de Ian, Mary.

Harto de darse con los cuernos contra los marcos de las puertas, el vizconde Rothermere se divorció de su fornicadora esposa en 1951 y, finalmente, Ian y Anne se casaron en 1952 (ella con un visible bombo) y tuvieron un hijo, Caspar, que automorisionó de una sobredosis de barbitúricos en 1975, a la edad de 23 años.

Y si has llegado hasta aquí, querido lector, tal vez todavía estés a tiempo de leer que, obviamente, la fuente de la popularidad de Ian Fleming es menos su labor periodística, su despendoleo genital o sus aportaciones al esfuerzo de guerra, que la creación del espía más famoso de todos los tiempos.

James Bond era una idea que Fleming había acariciado durante la guerra, y comentado con sus amigos. Finalmente, poco antes de su boda con Anne Charteris, Fleming se sentó ante una mesa en Goldeneye y escribió Casino Royale en dos meses, promediando unas dos mil palabras diarias (que ya te digo, amado lector, que es un ritmo de trabajo encomiable, sobre todo teniendo en cuenta que Ian pasaba la mayor parte de su tiempo en Jamaica tocándose los cojones). Tirando de contactos de su hermano Peter, escritor él mismo, Fleming consiguió que Jonathan Cape le publicase la novela en abril de 1953 pese a los informes en contra de los lectores de la editorial.

El resto, como suele decirse, es historia. Contra las perspectivas de su editor, Casino Royale fue un éxito de ventas y permitió a Fleming dedicarse por completo a la escritura. A su muerte en 1964, de una cardiopatía causada o agravada por su recalcitrante tabaquismo (fumaba unos 80 Morlands AL DÍA), Ian Fleming había firmado doce novelas y dos antologías de historias cortas protagonizadas por 007. Dos de ellas (The Man with the Golden Gun y Octopussy and The Living Daylights) inéditas y publicadas póstumamente.

James Bond es un carácter tan carismático que las primeras adaptaciones a la pantalla (y otros medios, como las tiras cómicas para el Daily Express dibujadas por John McLusky a partir de 1957) llegaron tan pronto como octubre de 1954, cuando CBS pagó a Fleming mil dólares de la época para adaptar, tomándose extraordinarias libertades en el proceso, Casino Royale a un telefilme de una hora protagonizado por Barry Nelson, al que difícilmente veríamos como un Bond apropiado hoy en día.

Sí, amigo lector. El primer Bond cinematográfico que conoces NO FUE EL PRIMER 007.

De hecho, a Fleming ni siquiera le gustaba Sean Connery como 007. Cuando Eon Productions anunció a su elegido para protagonizar la primera película para cine de James Bond, Ian Fleming torció el culo. A principios de los años 60, Connery era famoso por la práctica del fisioculturismo y por las películas y series de televisión en las que había participado desde 1954. Con su metro ochenta y ocho de estatura, Connery era, a juicio de Fleming, un «desgarbado doble de acción carente de la delicadeza y elegancia para interpretar a James Bond» («an overgrown stuntman lacking the finesse and elegance to play James Bond»).

Ian quería a un actor capaz de transmitir elegancia y sofisticación en pantalla. De haber tenido pito que tocar en la producción (por contrato, no tenía), Fleming, sin dudar ni por un momento, habría escogido a David Niven (el Bond retirado de la no-canónica y casi autoparódica primera adaptación cinematográfica de Casino Royale, estrenada en 1967).

Pero el productor Albert R. Broccoli discrepaba. Él quería un 007 «con pelotas». Connery fue escogido por su imponente presencia («¡pero ¿no has visto que camina como una pantera?!», dicen que dijo la esposa de Albert Broccoli, probablemente chorreándose encima, después de conocer a Connery) y sex appeal. «Ponle un poco de barniz a esa dura piel escocesa [y] tienes al Bond de Fleming en vez de todos esos sarasas amanerados que se ofrecieron para el puesto». Tampoco Connery estaba de acuerdo con la caracterización de 007 que Fleming ofrecía en sus novelas. El Bond de Sean Connery es mucho más epicúreo, arrogante y amoral que el de Fleming.

Ahora bien, es de justicia apuntar que Fleming, cuando por fin pudo echarle un ojo a Agente 007 contra el Dr. No quedó tan impresionado por la actuación de Connery, pese a sus reservas iniciales, que incorporó a su personaje parte de los rasgos más característicos de la actuación de Connery. Por ejemplo su sentido del humor, algo seco. El increíble trabajo del intérprete escocés, su identificación con el personaje alcanzó tales cotas, que Connery es responsable de que para muchos de nosotros, y me refiero a los que ya peinamos canas en los cojones, 007 tiene el rostro de Sean Connery y Sean Connery es Bond.

Lo cual no deja de ser interesante.

Porque Sean Connery se parece físicamente muy poco al Bond que Fleming describe en sus novelas.

En la propia Casino Royale, Vesper Lynd dice que Bond le recuerda a un Hoagy Carmichael «frío y despiadado». Carmichael fue un músico, compositor y cantante estadounidense cuyo cabello negro, rasgos finos, constitución felina y elevada estatura inspiraron a Fleming la fisonomía de 007. En Moonraker, la agente Gala Brand de la División Especial remacha ese parecido: «en cierto modo, se parecía a Hoagy Carmichael. Ese pelo negro que le caía sobre la ceja derecha. Los huesos eran muy parecidos. Pero había algo un poco cruel en su boca, y los ojos eran fríos». El retrato canónico de Bond, establecido por sus novelas, es la de un hombre alto y esbelto, de cabello moreno y corto, rostro huesudo, ojos azul-grisáceos, boca cruel y una cicatriz vertical en su mejilla derecha (que hasta la fecha nunca ha aparecido en ninguna adaptación cinematográfica),

Este retrato mal se concilia con Sean Connery o David Niven.

Ni con George Lazenby (que consiguió el papel de 007 haciéndose un traje en el mismo sastre que Connery y echándole UN PAR DE PELOTAS e inventándose un currículum cinematográfico inexistente).

Ni con Roger Moore (que protagonizó su primera película como 007 a los 45 años, cuatro más de los que tenía Connery cuando dejó el personaje CASI definitivamente porque se sentía «demasiado mayor» para seguir haciendo de Bond, antes de regresar como un 007 envejecido en Nunca digas nunca jamás, otra película no canónica de 007).

Ni con Timothy Dalton (uno de nuestros 007 favoritos y el más parecido, en personalidad, al de las novelas).

O Pierce Brosnan.


Y está a años luz del Bond de Daniel Craig.

Y no digamos ya del ornitólogo estadounidense James Bond, feo como un tumor de escroto, a quien las novelas de Fleming y las películas de Eon Productions le causaron más de un momento embarazoso en aduanas. 


Como ya hemos dicho más arriba, el rostro de Bond, de tener uno, probablemente se parezca más a un joven Hoagy Carmichael que a ninguna otra persona. Ponle una cicatriz a esa cara y tendrás casi un retrato «canónico» de 007.

Pero... ¿cuál fue la inspiración REAL para el personaje de James Bond, más allá de su rostro y físico?

Ah, esa es la cuestión, que decía Xecspir. Andrew Lycett, biógrafo de Fleming, tiene claro que Bond es una amalgama de varias personas reales a las que Ian habría conocido o con las que habría trabajo durante sus años en la Royal Navy. Por lo tanto no tendría sentido buscar un único nomb...

«Pero, coño, Sommer, que yo sólo he venido aquí buscando fotos de Sara Sampaio ligerita de ropa».

Ahí te va:


Hala, a mamarla, pajero de mierda. Usa pañuelos de papel, para que tu madre no te riña.

Para todos los demás, seguimos.

Entre los refrentes reales que se han sugerido como inspiración para James Bond, y la mayoría de ellos corresponden a personas a las que Fleming conoció o pudo haber conocido durante su tiempo como oficial de Inteligencia Naval. Patrick Dalzel-Job, también oficial de inteligencia y comando británico de la 2GM es uno de los candidatos más obvios. Durante su servicio con la Fuerza Anglo-Polaco-Francesa en Noruega desobedeció una orden directa y ayudó a evacuar a unos 5 000 civiles de Narvik. El rey Haakon le concedió la Cruz de Caballero de San Olav, protegiéndole así de la corte marcial que le esperaba en Reino Unido.

Del año 42 al 43, Dalzel-Job condujo operaciones de comando en Noruega desde torpederas Fairmile D y del 43 a principios del 44 se entrenó con la Flotilla Submarina en el uso de submarinos de bolsillo Welman (que se revelaron prácticamente inútiles en combate) mientras sacaba tiempo para entrenar con la División Aerotransportada. Cuando descubrió el 30AU, pidió su traslado a la unidad y sirvió bajo las órdenes de Ian Fleming. Con la 30 Unidad de Asalto, Dalzel-job saltó tras las líneas alemanas dos días después del Día D y llevó a cabo golpes de mano contra objetivos designados en territorio ocupado, entre ellos, la toma de Bremen.

Pero aunque algunas fuentes acreditan que Dalzel-Job afirmaba haber oído de labios del mismo Fleming que él era la inspiración para Bond, el veterano comando británico jamás leyó una novela de 007. «They are not my style»
Dalzel-Job no era bebedor y amó en toda su vida a una sola mujer, la noruega Bjørg Bangsund, con la que contrajo matrimonio en 1945 y que le daría su único hijo, Iain.

Wilfred Albert Biffy Dunderdale, espía y diplomático británico, es también citado a menudo como otra más que probable fuente de inspiración para 007. Bilingüe en inglés y ruso (había nacido en Ucrania), trabajó para el MI6 de 1921 a 1959. Como parte de su servicio (al menos la que se ha hecho pública) ayudó al sultán Mehmed VI a abandonar Constantinopla tras la caída del Imperio Otomano en 1922, fue jefe de puesto en París en los años 30 y oficial de enlace con la inteligencia polaca y francesa. El tipo conducía un Rolls-Royce blindado, usaba gemelos de Cartier y trajes a medida y follaba como un puma. Dunderdale y Fleming se conocieron y trabaron amistad durante la guerra.

Duško Popov, agente serbio que contaminó a la Abwehr alemana con toneladas de información falsa proporcionada por los británicos, también sale en todas las listas de posibles inspiradores reales del agente 007. Popov participó en la Operación Fortitude, la gran misión de contrainteligencia que logró convencer a Hitler de que el desembarco aliado tendría lugar en Calais, no en Normandía. Popov es, además, autor de una autobiografía, Spy/Counterspy, que repasa sus hazañas durante la guerra.

También hay una considerable coña marinera con un diplomático británico de nombre James Albert Bond que habría trabajado en la embajada británica en Varsovia entre 1964 y 1965, desempeñando labores de inteligencia. Dado que no hay absolutamente ninguna evidencia de que Fleming estuviese al corriente de la existencia de este James Bond de la vida real, no podemos contarlo como posible inspiración para su personaje insignia.

El australiano Frederick Sidney Cotton, espía, veterano de ambas guerras mundiales, inventor y oficial del Real Servicio Aéreo Naval, hizo buenas migas con Ian Fleming durante la 2GM y no se descarta que sus pelotas de acero pudiesen servir de inspiración para el personaje de Bond. Cotton se las arregló para esconder una cámara en el fuselaje de su avión y sacar desde el aire fotos de fábricas, instalaciones militares y aeródromos alemanes. Fotos que luego entregaba al MI6. Cotton también pilotó el último avión civil que abandonó Berlín justo antes de que empezase la Segunda Guerra Mundial... y por el camino se las arregló para fotografiar la marina alemana fondeada en Hamburgo.

El espía polaco Bronislaw Urbański, operador de la Sección 993/W «Wapiennik», tiene muchas, pero que muchas papeletas para haber inspirado al Bond real. No sólo sus rasgos físicos y complexión recuerdan llamativa y poderosamente al James Bond literario, sino que sus funciones durante la guerra recuerdan poderosamente la de 007 en la ficción. Urbański pertenecía al Departamento de Seguridad y Contrainteligencia de la Segunda Rama de Información e Inteligencia del Cuartel General del ejército polaco. La sección 993/W era una unidad de reacción rápida encargada de eliminar objetivos enemigos estratégicos, SÍ, ESTAMOS HABLANDO DE PERSONAS, condenadas por tribunales clandestinos en la Polonia ocupada por los nazis. Vamos que Urbański tenía una auténtica «licencia para matar». Transformada en una compañía de fusileros a mediados de 1944, la 993/W tomó parte en el Levantamiento de Varsovia como parte del batallón «Pięść».

Según algunas fuentes, la agente polaca del SOE Krystyna Skarbek (a la que Ian Fleming conoció en persona y en la que se inspiró para crear a Vesper Lynd) habría proporcionado a Fleming los datos del pasaporte de Urbański y una descripción de sus principales características físicas, incluyendo cicatrices muy llamativas. Además, si ponemos lado a lado una foto de Urbański y el único esbozo conocido de Bond dibujado por la propia mano de Fleming, no podemos dejar de notar el parecido:

Otro poderoso candidato a «007 histórico» es William Stephenson, maestro de espías, no sólo por su impresionante hoja de servicio en dos guerras y por hacer los martinis más cargados de los Estados Unidos, sino porque el propio Fleming lo citó en un artículo de The Sunday Times de 1962, como uno de sus principales referentes: [James Bond es] «a highly romanticized version of a true spy. The real thing, the man who became one of the great agents of the War is William Stephenson».

Y, a partir de aquí, las listas de posibles «inspiradores» del personaje de Fleming divagan de lo superficial a lo ridículo, pasando por lo conveniente.

El coronel Charles Howard Dick Ellis, oficial de inteligencia británico de origen australiano y «padre» de la OSS (sus aportaciones al diseño del servicio de inteligencia estadounidense fueron reconocidas por el presidente Truman, que le concedió la Legión al Mérito), a pesar de la cerrada defensa que de él hizo en su día el periodista Phillip Knightley, especializado en el mundo del espionaje («His adventures not only rival those of James Bond; he was James Bond»), no parece haber hecho ninguna aportación reseñable al retrato de 007. Además, las alegaciones hechas en su contra tras la deserción de Kim Philby, y que le atribuyen el doble delito de traición de haber espiado para los nazis y los soviéticos, si bien no sustanciadas por pruebas públicas (el gobierno de Margaret Thatcher rehusó pronunciarse al respecto), arrojan una sombra de sospecha sobre este personaje.

Porfirio Rubirosa Ariza, playboy dominicano, diplomático, piloto de carreras y, según algunas fuentes, sicario a las órdenes del mismísimo Trujillo, se ganó sus galones de pichabrava de lujo gracias a su vida de altos vuelos y su atribuida potencia sexual sobrehumana. Casado cinco veces, muerto al estrellar su deportivo contra un castaño de indias, Rubirosa suele entrar en las listas más exhaustivas de personajes históricos que hayan podido inspirar el personaje de 007, aunque no está documentado que Ian Fleming lo haya conocido jamás.

A quien sí conoció, obviamente, fue a su propio hermano. Robert Peter Fleming raras veces es considerado una inspiración para Bond, a pesar de que durante la guerra realizó labores de inteligencia, contrainteligencia y sabotaje tras las líneas alemanas en Noruega y Grecia y se le tenía por un reputado experto en operaciones especiales.

Sabemos que Fleming consultó al capitán de artillería Robin de La Lanne-Mirrlees mientra escribía Al servicio secreto de su Majestad, pero de ahí a atribuirle algún papel en la caracterización de Bond hay una distancia diez veces mayor que la que nos separa de los amores venéreos de nuestra rubia de bote favorita, distancia ya de por sí insalvable.

El explorador ártico y agente retirado de la Inteligencia Naval Sandy Glen se descartó a sí mismo como posible inspiración para 007, aunque, como Bond, era escocés y había asistido al Fettes College. Además conocía personalmente a Fleming (algo que, para muchos autores, parece ser motivo más que suficiente para haber servido de referente para el espía más famoso de todos los tiempos).

Duane Hudson, Fitzroy Maclean, Michael Mason, Merlin Minshall, Conrad O'Brient-ffrench, Sidney Reilly, Peter Smithers o Forest Yeo-Thomas confirman esta hipótesis de trabajo de que, para ser etiquetado como «el auténtico James Bond» basta haber tenido algún papel relacionado con la inteligencia británica durante la 2GM o haber conocido personalmente a Fleming.

Como habrás deducido ya, de lo expresado más arriba, no hay un único Bond histórico que haya sido la inspiración directa de 007. El personaje insignia de Fleming es una quimera de muchas personas reales, sazonada con la imaginación y personalidad del propio Fleming.

Lo que sí sabemos con bastante certeza es que Christopher Lee NO ES una de esas personas que inspiraron a Ian Fleming para construir a Bond, afirme lo que afirme un rumor  que lleva algunos años circulando por Internet. Como la mitad de lo que circula por la Red de Redes, esa información mezcla realidad apriorismos, parte de una conclusión para guiar al lector por un camino tortuoso de medias verdades y mentiras más o menos descaradas y contiene un vicio de origen: falsea la realidad para conseguir clics de lectores o tejer una polémica completamente artificial.

Vamos a destripar paso por paso este embuste:

1. Ian Fleming y Christopher Lee se conocían y eran familia

Correcto. La madre de Cristopher Lee, la condesa italiana Estelle Marie Carandini di Sarzano, se divorció del padre de Lee, el teniente coronel Geoffrey Trollope Lee del 60º Cuerpo de Fusileros del Rey, y se casó con Harcourt George St-Croix Rose, tío de Ian Fleming. Por lo tanto, Fleming y Lee eran primos POLÍTICOS.

Además, Ian y Christopher se conocían personalmente. Y no sólo de verse en los ambientes de la alta sociedad británica que ambos frecuentaban. Además de los vínculos familiares, Fleming y Lee compartían su obsesión casi enfermiza con el golf, que solían practicar juntos. Se comenta que fue precisamente durante un juego de golf, juntos, que Fleming le propuso a Lee que interpretase al Doctor No en la película de 007 que estaba a punto de entrar en fase de producción. Finalmente el papel se lo acabó llevando Joseph Wiseman.

Si realmente sir Christopher Frank Carandini Lee hubiese sido la inspiración más o menos directa de Bond, ¿por qué Fleming le habría propuesto interpretar al villano en Dr. No en vez de al protagonista? Pregunta retórica. Lee acabaría interpretando a otro villano bondiano: el sicario Scaramanga, en El hombre de la pistola de oro.

2. Christopher Lee hizo carrera como espía en la 2GM


Mentira a medias. Christopher Lee sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y habló, muy superficialmente, de haber trabajado con el SAS en operaciones de las que no podía aportar detalles. Oficial de inteligencia en el 260 Escuadrón de la RAF, parece demostrado, por la documentación desclasificada, que trabajó con el SOE, repetimos, CON el SOE, no PARA el SOE ni EN el SOE.

Como oficial de la RAF adscrito al 260 Escuadrón, Lee se habría ocupado de labores de enlace, planificación y, sí, inteligencia. Pero el SOE era una organización enorme, muy compartimentada, y «trabajar CON el SOE» no significa en absoluto «participar en operaciones especiales». Por la misma regla de tres, cuando Lee afirmaba, en algunas entrevistas, que trabajó con el SAS, repetimos, CON el SAS, no EN el SAS, no estaría en modo alguno afirmando haber pertenecido a la élite de las fuerzas especiales británicas.

Que Lee haya podido realizar misiones con el Long Range Desert Group, vinculado al SAS, no significa en modo alguno que Christopher Lee haya pertenecido a esa unidad o al Servicio Aéreo Especial. Es más, las propias palabras de Lee al respecto son particularmente cautelosas: «I was attached to the SAS from time to time». Pero nunca mencionaba fechas ni misiones concretas. Tal vez porque no podía (suena a coña, pero los miembros del SAS y otras unidades especiales firman contratos de confidencialidad). Tal vez porque, como veterano del ramo, entendía la necesidad de la «seguridad operativa». Tal vez porque no quería poner a prueba la Ley de Secretos Oficiales británica, que es particularmente puñetera. Tal vez porque era un actor, le gustaba hacerse el misterioso, cultivar un cierto tipo de reputación y dejar que los gilipollas le construyesen la campaña de promoción por él.

«Christopher Lee fue un agente secreto» es un titular mucho más atractivo y que vende más periódicos que «Christopher Lee fue un oficial de inteligencia de la RAF e hizo muchas cosas distintas durante la guerra».

3. Lee ha admitido en entrevistas que Fleming creó a 007 basándose en él

ASQUEROSA MENTIRA. Es más, cuando le preguntaban sobre el tema, Lee rechazaba EXPRESAMENTE que Fleming hubiese basado a Bond en él. Por si las propias declaraciones al respecto de su primo político no fuesen lo bastante inequívocas, Lee fue uno de los que primero entendió, y más fervorosamente defendió, cada vez que se le presentaba la oportunidad, que 007 se inspiraba en diferentes personas reales. Que Bond, James Bond tenía muchos padres, no uno solo, y que probablemente él no fuese ninguno de ellos.

4. Lee siguió vinculado al mundo de la inteligencia al acabar la guerra

Parcialmente cierto. Tras la victoria en Europa, Lee fue destinado al Central Registry of War Criminals and Security
Suspects
, organismo dedicado a la localización, identificación y arresto de criminales de guerra nazis. Su formación en Inteligencia y educación políglota (hablaba con fluidez inglés, italiano, francés, alemán y español y se defendía moderadamente bien en sueco, ruso y griego) le hacían particularmente apropiado para esta misión.

Pero de ahí a decir que tras la guerra trabajó como espía, media un mundo.

Lo cual no le quita nada de carne a la afirmación, muy seria y con una mirada de aquellos penetrantes ojos negros, que le hizo a Peter Jackson durante el rodaje de El retorno del rey, cuando el director neozelandés intentó explicarle cuál es el sonido que debía hacer Saruman al ser apuñalado: «Have you any idea what kind of noise happens when somebody is stabbed in the back? Well, because I do.»

Así que no. Lo siento. No siempre una historia, por bien contada que esté, por mucho que nos gustaría que fuese cierta, refleja la realidad.

Pero, joder, a menos te he dado, querido lector empeñado en escribir fan-fiction de 50 pollazos de Grey, lo complicado que es realmente escribir personajes sólidos, arquetípicos, que resistan la prueba del tiempo y sean adaptados a multitud de medios diferentes.

Y, por la misma regla de tres, además de darte la chapa hemos resuelto la entrada de la bitácora.