La fuente del unicornio (publicada por primera vez en 1953) es una de las más conocidas antologías de Theodore Sturgeon, uno de los más celebrados autores de ciencia ficción y, con Alfred Bester, uno de los maestros del relato breve de terror y «ficción especulativa», como a algunos gilipuertas, incluido el autor de estas líneas, les gusta llamar ocasionalmente al género de fantasía y ciencia ficción.
Sturgeon, que en realidad se llamaba Edward Hamilton Waldo (ahora entiendes por qué publicaba bajo pseudónimo), es autor de once novelas, más de 120 cuentos, unas 400 reseñas, artículos y críticas literarias, novelizaciones de guiones cinematográficos, una autobiografía realmente cruda donde no se reprime al hablar de los malos tratos que sufrió a manos de su padre ni de sus experiencias homosexuales (que no le impidieron casarse tres veces y hacer siete hijos), y unos cuantos capítulos para la serie original de Star Trek.
(Aquí una bibliografía del animal).
Autor de la Edad de Oro de la ciencia ficción, su prosa despertaba la admiración y envidia de sus propios colegas. El mismísimo Rey Marciano, Ray Bradbury in person, confesaba en su introducción para Without Sorcery (1948), la primera antología publicada del bueno de Ted, agarrar cada nuevo relato de Sturgeon y viviseccionarlo sin contemplaciones para intentar descubrir qué lo hacía funcionar como un reloj suizo.
Sin embargo, Sturgeon es casi más conocido, sobre todo entre la gente que apenas lee, por su «Ley de Sturgeon», que ya hemos citado numerosas veces en el Paratroopers y que evolucionó de un ambiguo apotegma («Nothing is always absolutely so», «nada es siempre absolutamente así») a una elegante máxima de naturaleza lapidaria («Ninety percent of [science fiction] is crud, but then, ninety percent of everything is crud», «el noventa por ciento de [la ciencia ficción] es basura, pero el noventa por ciento de todo es basura»).
No, la Ley de Sturgeon no es el tema central de esta entrada de la bitácora. Es sólo el hilo conductor.
El tema central de este paracaídas es el unicornio.
Tú sabes que los unicornios no existen.
Yo sé que tú sabes que los unicornios no existen.
Los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.
Nosotros sabemos que los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.
Con toda esa información, no tiene ningún sentido salir a buscar unicornios. Es absurdo. Un desperdicio de tu vida, del tiempo que te quede en este mundo. También el rasgo delator de un infantilismo emocional preocupante. El síntoma de una posible desconexión de la realidad. El «ninety percent of everything is crud» se transforma, en el caso que nos ocupa, en un «ninety-nine point ninety-nine percent of everything is crud». Y sólo dejamos esa centésima de margen porque en ciencia no hay absolutos, solo «afirmaciones no disputadas». La afirmación «todos los cisnes son blancos» es una bomba atómica en la línea de flotación de la credibilidad científica si, porque el universo tiene estas cosas, un día aparece un cisne negro. Por eso, aunque pedante, es mucho más sensata la declaración «en el actual estado de nuestro conocimiento sobre la materia, sólo podemos afirmar que todos los cisnes observados son blancos».
Pero, claro, críate tú leyendo a Verne, a Asimov, a Tolkien, a Clarke, a Moorcock, a Harlan Ellison, a Frank Herbert, a Philip K. Dick, a Ursula K. Le Guin, e intenta convencerte a ti mismo de que los unicornios no existen. De que ese cero coma cero uno por ciento no es una simple concesión a la métrica. Siempre persistirá la duda, soterrada, inconsciente. Porque el adulto que en su infancia ha construido los circuitos neurológicos y asociaciones mentales que la ciencia ficción y la fantasía necesitan para no ser descartados sin consideración, se ha educado a sí mismo para dejar abierta una ventana a lo imposible. Por pequeña que sea.
Quizá por eso los frikis follamos tan poco y nos llevamos tantos desengaños con las adaptaciones a la pantalla de nuestras historias favoritas. Porque en materia vaginal y en el cine, los unicornios no existen. Buscarlos o esperarlos es correr en pos de un precipicio. Y tenemos un grueso catálogo de ejemplos para ilustrar esta realidad.
Los zurullos del cagar es esa chica a la que te ligaste en un after. A las doce de la noche la declaraste del montón. A las dos de la madrugada, cuando ya todas las macizas te habían mandado a la verga, comenzó a parecerte una diosa iluminada por la luz negra de la pista de baile. A las cuatro, estabas dispuesto a pagar por su compañía. Mediste su talle, ni muy generoso ni muy mezquino, y lo proclamaste cinturita de avispa. Su pelo estropajoso se convirtió en deslumbrante cabellera rubia. Sus facciones regulares y anodinas la cara de un angelote. Tallaste desde la distancia sus tetas promedio y viste tremendas maracas.
Y luego llegó el momento de mojar el churro y resultó que la diosa de Pachá no resistía la luz blanca de más de veinticinco vatios. Que sus blondos caracolillos eran una peluca. Su cinturita de avispa, una faja. Sus esculturales sandías, dos tristes higos resecos dentro de un WonderBra™ (y ni siquiera un WonderBra™ de la marca WonderBra™, sino uno sucedáneo chino, de esos con relleno). Y su famélica venusta un hediondo pozo de perdición que no había conocido el agua ni el jabón desde los tiempos del Betamax, y en cuyo grasiento vello, que nacía en su ombligo y le llegaba a las rodillas, se movían unos ácaros del tamaño de centollos.
Y encima la muy impostora se ofendió cuando te tiraste, desnudo, por la ventana del motel, gritando que a partir de ese día te ibas a hacer maricón.
(Nuestro alarido de horror cósmico provocado por el visionado de esta ruinosa mierda aquí).
Juego de Tronos es la novia gótica que siempre has soñado que tendrías. O la tomas, o la dejas. Pero si la tomas, no te queda otra que tomarla entera. Las góticas vienen en lote indivisible. No puedes escoger qué prefieres y qué rechazas. En las primeras semanas de vuestra relación vas a echar los polvos más cerdos y viscosos de tu vida. Tu novia gótica va a hacerte cosas que harían sentirse sucia a Riley Reid. Va a llorar rímel con una sonrisa mientras se atraganta con tu carallo. Te va a estrujar el cipote, con esa almeja afeitada y señalizada por tatuajes carcelarios, hasta que tengas experiencias extracorpóreas. Tu rictus de mongolizado donante de esperma va a despertar la envidia de tus compañeros del club de Futbito.
Pero...
...cuando tú y tu novia gótica os mudéis a vivir juntos vas a tener que comerte toda su mierda emocional. Y estoy hablando de diarreas de cachalote. Desarrollarás la disciplina de madrugar todos los días y leer su puto horóscopo, anticipándote así al infierno que te espera en las próximas veinticuatro horas. Descubrirás que triturarle los Ativanes y disolvérselos en el Colacao es la única manera de mantener bajo precario control su ardiente necesidad de abrirse las venas en la bañera. Entrenarás tu cerebro para que funcione como el de los delfines, o sea que te permita dormir con un hemisferio siempre activo, no sea que la loca hija de puta vuelva a apuñalarte mientras duermes con la chuta de su primo yonqui y sidoso. Y empezarás a cuestionarte tus decisiones vitales cuando pilles la décima clamidia consecutiva o te pongan delante el acta de nacimiento de un dulce bebé, de la escala de los tierras en la Guía Pantone, y del que hasta tu pobre abuelita centenaria, ciega, sorda y medio senil, se da cuenta de que se parece más al perro que a ti.
(Nuestra reflexión sobre la temporada final de Trueno de jogos, antes incluso de haber visto el último capítulo, aquí).
¿Te imaginas que alguna de estas series de televisión hubiese sido un unicornio? Un Los pelillos del cagar escrito por guionistas que sí respetasen a Tolkien, o que (tal vez sea pedir mucho, lo sé) supiesen leer y escribir en alguna lengua civilizada y, al menos una vez en su vida, hubiesen cogido un libro en la mano. ¿Te imaginas que las temporadas finales de Trueno de jogos no se hubiesen precipitado hacia un final tan abrupto como insatisfactorio? ¿Te imaginas que los Davids (Benioff y Weiss) hubiesen hecho examen de conciencia y pasado la antorcha? «Mirad, chicos, estamos agotados. Llevamos diez años con esta mierda y ya no damos más de nosotros. Pero amamos este universo y a estos personajes, y respetamos a nuestra audiencia. Así que hemos decidido hacernos a un lado y dejar el tramo final de la serie en manos de personas con ideas nuevas y las pilas a tope».
(El Gordo Cabrón intentó con todas sus fuerzas que los Davids siguieran adelante con la serie por lo menos hasta la décima temporada. Se rumorea en los mentideros habituales que incluso pidió a HBO que presionase a los Davids para que no precipitasen el final de la saga, aunque se habían quedado ya sin libros que adaptar. Presuntamente, GRRRRRR Martin puso a disposición de los showrunners todas sus notas, resúmenes y esquemas inéditos y les reveló el final previsto de las novelas. Pero, aparte del hecho de que lo habían alienado miserablemente a partir de la cuarta temporada, parece que sus argumentos no ablandaron el corazón de los Davids, que o bien estaban tan agotados como parecían o tenían una prisa del cagarse para empezar a rodar esa trilogía de La guerra de las galaxias que se acabó cancelando).
¿Te lo imaginas, querido lector? Porque eso sería el equivalente a que la diosa del after tuviese unos pomelos duros, altos, aterciopelados. Una melena de sedoso oro puro. Un pubis saneado y fragante. Un corazón de oro. Un fondo fiduciario de nueve cifras. Unas ganas de ser madre que tiembla el Misterio. Que fuese rusa, o ucraniana, modelo de lencería, que aún no le hubiesen quitado el precinto y que, en flagrante e ignominiosa traición a su herencia genética y cultural, no le rezase a un icono de santa Siliconina Goldiggeriga Putonova.
O el equivalente a que la novia gotiquilla siguiese siendo una glotona felatómana e insuperable amazona uterina, pero sin las alforjas de ETSs y desórdenes de la personalidad que suelen distinguir a los componentes de esa tribu urbana. Que te amase más de lo que en la bitácora amamos las puestas de sol sobre el cuerpo de Sara Sampaio reluciente de aceite Jhonson's, y que sus libros favoritos fuesen los de Richard K. Morgan, no esa pornografía para frígidas y enfermas sobre lo romántico que es follarse a un animal de granja.
Pero eso no puede pasar, ¿verdad? Porque cualquiera de esas dos mujeres sería un unicornio, y ya hemos establecido que los unicornios no existen. Ni siquiera en ese cero coma cero uno por ciento que hemos reservado.
Y, sin embargo, la primera temporada de El caballero de los siete reinos se parece sospechosamente a un unicornio.
En un momento convulso, nebuloso, en el que los ejecutivos de cine y televisión han intentado, con catastróficos resultados, aplicar la estrategia de inversión de los gigantes de Silicon Valley («métele millones a esta mierda a ver si, por accidente, algún día empieza a ser rentable»), estrategia que, en el caso del entretenimiento en pantalla, aparentemente pasa por dejarse todo el presupuesto en apabullantes efectos especiales por ordenador, en vez de en escritores competentes y directores con oficio. En una época en la que la RAM está por las nubes, porque los burbujistas de la inteligencia artificial se han aprovechado de la estupidez natural de algunos madroños pastosos con demasiado tiempo libre y escasas luces, y les han prometido que la IA va a ser una revolución que ríase usted de la máquina de vapor, y algunas grandes turbomegacorporaciones maliiiiiignas han comenzado a hacer limpieza de personal laboral, porque ya la IA lo va a hacer todo y lo va a hacer mejor, a partir de ahora, también en el cine, y por eso fuera actores, guionistas y su puta madre y entren gigas de DDR5, y pongamos punto y aparte ya a esta interminable cadena de subordinadas.
En este tiempo, decía, se agradece una serie de televisión modesta, con una historia pequeña que habla de temas universales, con un corazón sano y enérgico y seres humanos delante y detrás de las cámaras. Como aquellas en las que nos destetaron a los espectadores de mi generación.
(¡Ah, la gente de mi generación, qué ingenuos éramos! Nuestra mayor preocupación era que la Inteligencia Artificial empezase a fabricar en masa esqueletos robot que se nos iban a follar por la oreja a todos. Y no es que la preocupación haya sido completamente descartada, no me entiendas mal).
(¡Qué raro darte cuenta, a estas alturas del partido, cuando ya has alcanzado el tiempo de descuento, que la IA te no va a matar a tiros de armas láser ni con explosiones atómicas, sino bombardeándote con vídeos cerdos de slutty thick latina waifus!)
(No. En serio. La IA va a hacer que te peles la cigala hasta quedarte amojamao).
¿Cómo puedo venderte, oh lector escaldado por las gotiquillas sifilíticas y las madres solteras cuarentonas con un dedo de maquillaje y WonderBra™ de los chinos, este pequeño y maravilloso spin-off de Canción de fuego y hielo, basado en tres novelas cortas que GRRRRRR Martin escribió en vez de escribir los últimos volúmenes de su saga monumental, y todo ello sin espóilers, porque quiero que la descubras con candor angelical, como (casi, porque ya me había leído las novelas) hice yo?
Los personajes son arquetípicos y sólidos.
Los actores están colosales.
Los de diseño de producción han construido una ambientación conveniente y convincente a pesar de su menesteroso presupuesto o quizá precisamente a causa de él.
La serie es mucho menos oscura, sórdida y turbia que Juego de tronos o La casa del dragón (cuya tercera temporada se espera para junio del presente año) y, por primera vez para ti, que estás completamente enconado por éstas dos, no castiga la virtud, ni ridiculiza a los héroes, ni se chotea de los ideales de honor, honestidad e integridad que los personajes de GOT se quitan y se ponen como unos calzoncillos, porque de lo contrario los matan con ellos puestos. Y cagados. En lo que a tono se refiere, sin renunciar completamente a la sordidez de las historias de Poniente, El caballero de los siete reinos se acerca más a una historia clásica de fantasía.
El caballero de los siete reinos le da sopas con onda a las últimas temporadas de Juego de tronos, a los primeros capítulos de La casa del dragón y a esa aberración de Los franquillos del coger. Con una fracción del presupuesto del bochornoso antojo de mil millones de dólares de Jeff Bezos (escrito por anormales, diseñado por ciegos, dirigido por mancos, protagonizado por inútiles, alabado por gilipollas). Realmente no hay color. Puesto que es, o se parece mucho a, un unicornio, El caballero de los siete reinos compite únicamente contra si misma. Y es precisamente en la comparación con la carísima mamarrachada de Amazon Studios que se aprecia mejor la colisión ESPECTACULAR entre estas dos culturas empresariales, tan irreconciliables en sus estrategias como dispares en sus resultados.
Pero, si llegados a este punto se te han cansado los ojos de tanto leer (CO-JO-NA-ZOS), te ves este vídeo de Gabriel Incertis y te vas a tomar por donde amargan los Bollicaos.
Donde Los pelillos del cabrear fue perdiendo audiencia, episodio tras episodio, hasta llegar al final de su temporada inaugural con un TERCIO de los espectadores que se habían tragado el piloto (y, para la segunda temporada, perdió al SESENTA por ciento de ese 37% que había conservado en la anterior), El caballero de los siete reinos alcanzó los nueve millones de espectadores en su quinto episodio, frente a los 6,7 millones del capítulo piloto, con un promedio de 13 millones de espectadores por episodio, lo cual la convierte en la serie de HBO Max en exhibición más vista después solo de ese Urgencias sin el reparto original ni acuerdo con las ex mujeres de Michael Chrichton que es The Pitt (y que te recomendamos, porque es fabulosa).
(Y, aunque las cifras hay que tomarlas con pinzas, por si las moscas, no conviene olvidar que los ejecutivos de Prime Video, al hablar de la acogida de su nefanda sodomía post-mortem de Tolkien, se limitaban siempre a las audiencias de los dos primeros episodios, ocultando muy interesadamente la CAÍDA EN BARRENA de visualizaciones que comenzó a partir de ellos).
La pasta que los de Amazon se gastaron en la promoción de su quebrada paja sanchezdragoniana podría haber pagado la deuda externa de Venezuela. El caballero de los siete reinos ha ganado sus audiencias por el boca a boca, a partir de una pequeña cábala de iniciados que recomendaban el programa a sus amigos peor informados. El obsceno desembolso de Los cagarros del mal follar, justificado en su día por la necesidad de hacer justicia al colosal, épico y rico universo imaginario de J.R.R., resulta aún más ignominioso a la vista de su paupérrima puesta en escena. Ese guion de herniado cerebral. Esa Tierra Media que parece cualquier escenario genérico de cualquier fantasía genérica. Esa historia tediosa e insignificante. Esos enanos y negros racializados (porque, por algún motivo, era más importante construir un cuento «for the modern audiences» que respetar el material original). Esos personajes irreconocibles. Esos diálogos de poliestireno. Esa insufrible Faladriel supremacista y asesina. ¡Esa malla de escamas serigrafiada EN UNA PUTA CAMISETA en una producción de mil millones de dólares, QUE ERU ILUVATAR ME LO EXPLIQUE!
El caballero de los siete reinos nos presenta una historia pequeña, centrada en un personaje noble, bonachón y sencillo con el que nos resulta muy fácil conectar. The Ringos of the Powerlessness intentó COMPRAR a sus espectadores con una multimillonaria campaña de marketing, AVASALLADORA y RUIDOSA, que no pudo encubrir la ABSOLUTA VACUIDAD e INANIDAD de su propuesta. Puedes envolver un mojón en pan de oro de veinticuatro quilates. Y será el mojón más caro de la historia. Pero seguirá siendo un mojón. La producción de El caballero de los siete reinos enfocó su propia estrategia de ventas en los personajes, en un argumento sencillo y provinciano que permitiese tratar algunos de los tropos argumentales y morales más antiguos más antiguos del Arte. Y les ha salido bien. Porque puedes diluir tu reflexión sobre la naturaleza humana en huera épica sin alma o descender al nivel de lo cotidiano, en el que todos nos reconocemos, y tratar de los grandes temas de la civilización a una escala que tu público pueda entender.
(También puedes tener a la vez épica y valores, como lo demuestran La odisea o El señor de los anillos, pero para escribir a esa escala hay que ser un puto genio, y a esos, en el caso de que quede alguno vivo, no los contratan para hacer series de televisión).
Haciendo de la necesidad virtud, los productores de El caballero de los siete reinos ocultaron sus espartanos medios recurriendo a todos los trucos del oficio. Planos cerrados y niebla ocultan que no había panoja para construir decorados o contratar extras. Prácticamente una única localización a lo largo de toda la temporada. Un montaje bien planificado que evita el rodaje de planos innecesarios. Un número reducido de personajes protagónicos. El tamaño, y los pobres desgraciados que nos torturamos con los dos primeros episodios de Los anillos del quebrar lo sabemos bien, no aporta en sí mismo valor cinematográfico, narrativo o artístico. De nuevo la metáfora del mojón. Gastarte más dinero no hará que tu película o tu serie de televisión sean automáticamente mejores. O, si prefieres un símil futbolero: tirando de chequera puedes contratar a los once mejores jugadores del mundo. Pero no hay suficiente dinero en el universo que les haga ganar partidos. Cada episodio de la primera temporada de Los anillos... (me canso de buscar apelativos insultantes para esta soberana mierda) costó unos sesenta millones de dólares y el mejor de ellos luce como el puto culo. Cada episodio de El caballero de los siete reinos fue rodado con unos seis millones (un tercio de lo que cuesta uno de La casa del dragón), y parece una superproducción de lujo.
Sólo los relatos íntimos pueden ser realmente universales. Ulises sólo quiere volver a casa. La única motivación de Frodo es proteger de la destrucción su pequeño rincón del mundo. Don Camilo no aspira más que a vivir su tranquila existencia de párroco rural, curar las almas de sus feligreses y, de vez en cuando, darse el gusto de poner de manifiesto la rusticidad del alcalde Pepón. Pero se requieren escritores de talento para elevar una fabulita modesta y sin pretensiones a la categoría de epopeya cultural. Cuando fueron contratados como showrunners de Los anillos... a Patrick McKay y John D. Payne no se les conocía experiencia alguna como escritores o productores, a ningún nivel significativo, en ninguna producción (y, a la vista de su trabajo, es legítimo preguntarse por qué no se dedicaron a vender colchones). No precisamente el currículum que yo buscaría para una serie basada en la obra de Tolkien. Ira Parker, por su parte, sumaba catorce créditos de guion y producción antes de que lo pusiesen al frente de El caballero de los siete reinos (alguno de esos créditos en La casa del dragón, otro de los productos de la franquicia). McKay y Payne vienen de Bad Robot, la productora de J.J. Abrams, donde trabajaron denodadamente para lograr ser reconocidos exactamente en cero créditos de cero producciones. Pero, por alguna misteriosa razón, alguien en Amazon Studios pensó que estos becarios, que seguro que hacen un café cojonudo y unas fotocopias que da gloria verlas, eran las personas apropiadas para llevar a la pantalla una serie sobre la Tierra Media.
Donde El caballero de los siete reinos es humana, íntima y fluida, Los anillos... es altisonante, fría e incoherente. Amazon quería su propio Juego de tronos. Pero como no tenían historia propiamente dicha, ni guionistas, ni director con algo remotamente parecido al talento, imitaron GOT en lo único en lo que podían: el presupuesto. Y no hablamos del presupuesto relativamente «modesto» de la primera temporada, que costó unos 50 millones de dólares, sino el de las tres últimas (cien, setenta y noventa millones respectivamente). Una vez más, la mentalidad de nuevo rico de los ejecutivos de Silicon Valley: «Fake it 'til you Make it», en traducción libérrima: «sigue atrayendo rondas de financiación y gasta como un nabab hasta que lo consigas, o hasta que el FBI te detenga y tus inversores te metan en la cárcel, lo que suceda primero».
Donde El caballero de los siete reinos es una bola de helado de vainilla con chispas de chocolate, servido en el prístino ombligo de Jessica Alba, Los anillos... es un plato de camarones a la diabla que luego tienes que hacer salir a través de unas hemorroides especialmente inflamadas. Donde Los anillos... tiene risibles calcomanías unidimensionales, El caballero de los siete reinos tiene profundidad y personajes icónicos y atractivos. Donde a Los anillos... le sobran HORAS de metraje, en El caballero de los siete reinos cada plano cuenta. Donde Amazon Studios nos da negritud por las bravas y REPPPPPRESENTEISHON, HBO Max nos ofrece una buena historia con villanos a los que ansías odiar, pero a los que acabas compadeciendo. Los anillos... reescribe, corrige y malinterpreta deliberadamente a Tolkien. El caballero... amplía el universo del Gordo Cabrón ateniéndose a sus propias reglas. Y sin hemorroides.
El resultado está a la vista. Las audiencias también (aunque a veces las audiencias se equivocan).
Por si no te había quedado claro, amigo lector: hazte un maratón de El caballero de los siete reinos (que son nueve) antes de que alguno de tus amigos cabrones te la cuente.
Y tiembla.
Tiembla porque la segunda temporada ya ha sido confirmada y HBO quiere otras once o catorce secuelas más de esta pequeña maravilla... pero GRRRRRR Martin sólo ha escrito tres historias de Dunk y Egg. Y ya sabemos a qué velocidad trabaja el Gordo Cabrón.
¿Te suena la historia, amado lector?