domingo, 16 de agosto de 2026

El sentido de la maravilla

El talento no es suficiente.

La primera vez que me interesé por el nombre de un director de cine, el nombre de ese director era Steven Spielberg y esa película fue E.T. El Extraterrestre.


Quería saberlo todo sobre el hombre que había hecho aquella película divertida, emocionante, conmovedora, apasionante, hermosa.

«Todo» resultó ser realmente poco, en aquellos años pre-internet. Lo que pude rascar en los periódicos y revistas que cayeron en mis manos y en los escasos programas de televisión dedicados al cine que se emitían en las dos, si, repito, dos únicas cadenas generalistas que había en España por aquel entonces.

Quería conocer al hombre responsable de aquella magia. No al nivel de aquel alienado gilipollas del que que hablamos en la infancia de la bitácora, pero casi.

Quería averiguar si era posible comprender cómo lo había logrado, cómo había cocinado Spielberg aquella película que aún recuerdo con ternura e ingenuo afecto no amplificados por la nostalgia.

En el transcurso de los años, Steven Spielberg se convirtió en un nombre digno de todo mi respeto. El director de Ohio había logrado la cuadratura del círculo: hacer películas impecablemente ejecutadas, desde el punto de vista técnico, contar historias interesantes, articuladas en torno a grandes temas y preguntas, comunes a toda la humanidad (característica que le permitía saltarse las barreras culturales y convertir sus títulos en fenómenos globales) y, por si eso no fuera suficiente, lograr unas recaudaciones millonarias.

Talento, arte y éxito comercial. Spielberg se convirtió en el «chico de oro», en el «rey Midas»  de Hollywood de la década de los 80. Los productores le ponían el culo. Sus películas raras veces sufrían problemas de financiación. Spielberg era un valor seguro. Darle tu pasta para que te hiciese un largometraje era una inversión sin riesgos.

Y, durante años, incluso décadas enteras, esa tendencia se mantuvo, a lo largo de una carrera que ya es historia del cine y que te vamos a resumir aquí.

El primer largo de Spielberg fue ni más ni menos que El diablo sobre ruedas, con guion de Richard Matheson (sí, ese Richard matheson) a partir de su novela corta homónima (inspirada por un perturbador encuentro personal con un camionero cabronías en la autopista 126 de Fillmore, California). De alguna manera, la novelita de Matheson llegó a manos de los productores de la ABC.

Por aquel entonces, Spielberg (después de haber flunkeado tres exámenes de ingreso en la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad del Sur de California) estaba en nómina en la división de Universal para televisión y había dirigido ya algunos episodios de Marcus Welby, M.D., y Columbo y L.A. 2017, un episodio largo (unos 76 minutos), con temática de ciencia-ficción, de la 13ª temporada del programa Chiller Theater.

Nona Tyson, la secretaria de Spielberg por aquel entonces, le llevó la noticia de que ABC se había hecho con los derechos de la novela de Matheson para hacer de ella un telefilme que estrenar en su programa semanal ABC Movie of the Week. Tyson le entregó a su jefe un ejemplar de la novela corta y Spielberg vio de inmediato el potencial cinematográfico de aquella historia y corrió a ofrecerse como director al productor George Eckstein, llevando consigo un episodio, todavía no emitido, de Columbo dirigido por él, como «portafolio de autor» que ayudase a Eckstein a hacerse una idea de las aptitudes de Spielberg como realizador.
(Programas como ABC Movie of the WeekWorld Premiere Movie de NBC fueron la respuesta de las cadenas de televisión generalistas a los astronómicos derechos de emisión que los estudios de cine, que despreciaban la televisión, exigían a cambio de permitir que sus títulos llegasen a las antenas de los teleespectadores norteamericanos. Como los directivos de las emisoras no podían convencer a los ejecutivos de Hollywood de que la televisión era un medio totalmente respetable para la exhibición de sus títulos, ni tampoco estaban dispuestos a pagar los precios que pedían los estudios, comenzaron a producir y emitir sus propios largometrajes. Ésta fue la cantera de muchos directores de cine en los años 60 y 70, Spielberg entre ellos).

Spielberg le vendió la moto a Eckstein y El diablo sobre ruedas, con un presupuesto misérrimo (450 000 dólares, menos de cuatro millones de los de hoy en día), se rodó en escenarios naturales de Canyon County y Acton a lo largo de trece días de infarto (y tres de propina para reshoots), con los productores comiéndole el culo a Spielberg (entre otras cosas, habían intentado quitarle de la cabeza lo de rodar en exteriores, que siempre encarece los costos de producción). Diez días de corta y pega redujeron a setenta y cinco minutos el metraje de  este título que, en su estreno, alcanzó un 33% de share. Eso significa que uno de cada tres estadounidenses que encendieron la tele aquel día vio El diablo sobre ruedas, amigo lector.
(Entre los espectadores se encontraba un completo desconocido llamado George Lucas, que, aburrido como una ostra en una fiesta que estaba dando otro completo desconocido llamado Francis Ford Coppola, se fue a ver a la tele a una habitación vacía y, en el primer corte a publicidad, fue corriendo a buscar a su barbudo amigo. «Francis, joder, deja ese puto rulo de cocaína y ven a ver esta peli. ¡Esto es cine de cualité!», o algo así).

El megaexitazo de El diablo sobre ruedas llevó a los preboste de Universal a proponer a Spielberg el estreno limitado en salas de un corte extendido de la cinta. Dos días adicionales de reshoots más tarde, Spielberg tuvo material suficiente para armar un montaje de 90 minutos copiado en 35 milímetros (los negativos originales son de 16 milímetros).

Y el resto es historia.

Hoy en día, la opinión unánime entre críticos, historiadores de la televisión y realizadores es que El diablo sobre ruedas es uno de los mejores telefilmes jamás filmados. Poca gente menciona los dos siguiente telefilmes de Spielberg, Algo diabólico y Savage, y casi todas sus biografías saltan directamente a Loca evasión, una road-movie en clave de comedia negra, protagonizada por Goldie Hawn y Ben Johnson, de la que te acabas de enterar que existe.

De Tiburón, por el contrario, probablemente ya hayas oído hablar. Resulta difícil, desde el presente, validar el impacto que tuvo esta cinta (la primera de una franquicia que se pudrió muy pronto y llegó a niveles de vergüenza ajena simplemente atchonburísticos), que obsesionaba a un vecino mismo (se la vio en cine unas tres veces, y todas sus secuelas). Con un presupuesto de siete millones de la época (un poco más de 43 millones de hoy en día), la cinta que reunió a Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss sobre un guion adaptado de la novela homónima de Peter Benchley, recaudó en total unos astronómicos CUATROCIENTOS NOVENTA millones de dólares, cimentando la reputación de Spielberg como «rey midas» de Hollywood.

De repente, todos los estudios querían trabajar con Spielberg, pero él tenía muy claro qué películas no quería dirigir. Rechazó Tiburón 2 (que acabó dirigiendo Jeannot Szwarc). Dijo que no a hacer el remake de King Kong (que acabó en manos de John Guillermin) y le colgó el teléfono a los Salkind, que estaban empeñados en que dirigiese Supermán: la película, que Dick Donner convirtió en un clásico universal.

Encuentros en la tercera fase fue otro pepinazo del bueno de Steve. Veinte millones de presupuesto. Más de 300 de recaudación global. El público y los críticos comiéndole la polla a dos carrillos a Spielberg, que se vino arriba y rodó 1941, una loca comedia con John Belushi y Dan Aykroyd (antes de Granujas a todo ritmo) que se considera el primer «fracaso» de Steven Spielberg porque sólo recaudó 92 millones sobre 35 de presupuesto. Claramente fue rentable, aunque, por supuesto, los de Universal se habían enviciado del retorno de Tiburón y esos 92 millones y casi medio les supieron a poco.

En busca del arca perdida fue un pollazo en la boca de todos aquellos que se descojonaron cuando 1941 no alcanzó las expectativas. Sobre una idea de su amigo George Lucas (el que había arrastrado a Coppola de una oreja para que viese en la tele El diablo sobre ruedas), Spielberg puso a Lawrence Kasdan a escribirel guion y juntos convencieron a Lucas de cambiarle el nombre del protagonista, de Indiana Smith a Indiana Jones, y le quitaron de la puta cabeza todas las estúpidas ocurrencias del director con la segunda papada más repugnante de la historia.
(Entre otras chuminadas, Lucas quería que Indiana Jones practicase kung-fu y llevase la vida disoluta de un playboy millonario. O sea, Lucas quería una mezcla entre Bruce Lee y James Bond. ¡Menos mal que toda esa mierda se cayó a la papelera de Lawrence Kasdan! Y cuidado, que Spielberg también tuvo ideas de bombero que, afortunadamente, fueron descartadas del guion final, como hacer de Indiana un alcohólico incurable).

NINGÚN estudio de Hollywood quiso En busca del arca perdida. Spielberg arrastraba, desde Tiburón, una bien justificada reputación de reventar presupuestos y calendarios de producción, y la relativa cagada de 1941 hacía temer a los estudios que Spielberg fracasase en entregar un éxito de taquilla. Todos los productores que mostraron interés en el proyecto quisieron imponer a un director diferente, pero George Lucas dijo que nones. Que o la peli la dirigía Steven Spielberg o no la dirigía nadie.

Finalmente Michael Eisner, presidente de Paramount Pictures, finalmente ofreció un poco de culo. Paramount produciría la película a cambio de los derechos de las secuelas. Eisner impuso un contrato leonino, con penalizaciones por incumplimiento del calendario de rodaje (fijado en un máximo de 85 días) o rupturas del presupuesto (18 millones de la época, unos 66 millones de hoy en día). Para que le soplase todo el rato en la oreja y le diese de hostias en la nuca si se volvía loco con la pasta, Spielberg contrató al productor Frank Marshall, curtido en producciones de bajo presupuesto, y el rodaje, que se extendió por Francia, Túnez, Estados Unidos e Inglaterra, comenzó en junio de 1980 y concluyó 73 días después, en septiembre de 1980, con Harrison Ford cagándose vivo entre toma y toma (nadie le avisó de que no bebiese agua del grifo en Túnez).

Estrenada en de 1981, En busca del arca perdida fue LA REPANOCHA. Al cierre de su recorrido por las salas internacionales, había recaudado casi 390 millones de dólares, hecho asquerosamente ricos a Spielberg y Lucas (que se habían garantizado, por contrato, jugosas participaciones en beneficios) y abierto una franquicia de tres, sí, TRES, SÓLO TRES, fabulosas películas que todos los críos de nuestra generación recordamos con cariño y volvemos a ver con infantil excitación.

El rey Midas de Hollywood estaba de regreso. Y ¡de qué manera! E.T. El extraterrestre fue otro POLLAZO en las taquillas. Casi 798 millones de recaudación global sobre un presupuesto de 10 millones y medio. La secuela de En busca del arca perdida, Indiana Jones y el templo maldito, que es, de la trilogía (SÍ, TRILOGÍA, SÓLO HAY TRES PELIS DE INDIANA JONES, SÍ, SÓLO TRES), la más floja, fue otro CIPOTAZO circuncidado en la cara de los ejecutivos de la Meca del cine que habían rechazado la primera película. 28 millones de presupuesto. 333 millones de recaudación.

Y este éxito de taquillas de un autor del llamado «New Hollywood», como sucede a menudo (si la envidia fuera tiña...) provocó una reacción en sentido opuesto. Los críticos que habían alabado El padrino, Malas calles y Taxi Driver, arremetieron contra Lucas y Spielberg como padrinos del blockbuster moderno, que esos mismos críticos proclamaron un peligro para la industria.

Esta idea completamente nueva de que una película podía convertirse en un fenómeno de masas centrado en el espectáculo, los efectos especiales, un ritmo que no daba al espectador la opción de pararse a pensar e (importantísimo) las secuelas, despertó entre algunos críticos el temor de que Hollywood comenzase a reemplazar la complejidad dramática por el espectáculo puro y duro. De que la historia fuese desplazada por la experiencia. De que se sacrificase la profundidad por la intensidad.

Como en muchas de las películas del MCU post-Vengadores: Endgame, en las que se rodaban las escenas de acción y luego se desafiaba a un analfabeto de pelo rosa con el injustificado rol de guionista, y sin puta idea del material que estaba adaptando, a escribir un hilo conductor que las conectase, estos críticos tempranos del cine de Spielberg temían que los grandes estudios de Hollywood convirtiesen la experiencia de ir al cine en algo más propio de un parque de atracciones. De que se azuzase a los nuevos realizadores a construir montañas rusas (con un simulacro de narración que medio las hiciese parecer que contaban una historia), no películas propiamente dichas.
(Hay que joderse. La razón que tenían, los cabrones).
Ojo, estos críticos no decían que Spielberg no hiciese buenas películas. Lo que decían era que él (y Lucas, y otros) hacían películas pueriles, que apelaban a la emoción superficial, se refugiaban en unos ritmos vertiginosos y renunciaban a cualquier tipo de ambigüedad moral. Es particularmente ilustrativa de este rechazo la reseña de La guerra de las galaxias firmada por Pauline Kael para New Yorker. Kael denunciaba el «ruido» visual de esta película, su ritmo despiadado, su transparente intención de encadenar una escena impactante tras otra sin tiempo para que el espectador respirase.

Para Kael, La guerra de las galaxias y En busca del arca perdida eran circos de tres pistas, no películas, no lo que debería ser una película. Kael denunciaba que los responsables de marketing de los estudios habían tomado el control del proceso creativo y supeditado toda la industria del cine a criterios puramente mercantilistas. Ya no se rodaban las mejores películas, ni siquiera las que mejor se esperaba que fuesen a funcionar en taquilla, sino las películas que prometían vender más juguetes, más camisetas, más atracciones en parques temáticos, más SECUELAS (¿te suena, amado lector?)

Entretenimiento con sensibilidad artística y portador de mensajes duraderos, atemporales, contra espectáculo prefabricado que sólo produce estímulos fugaces, pero tremendamente adictivos. Secuestrar la atención de un público educado para apreciar y disfrutar un cine adulto y complejo (Easy Rider, Chinatown, The French Connection) y retroevolucionarlo a una etapa emocional pre-adolescente. Ésa era la dicotomía que los críticos de Spielberg temían fuese a desgarrar la industria del cine.

A pesar de las protestas de sus detractores, a Steven Spielberg le ha ido de puta madre desde entonces. Ha cosechado numerosos éxitos punteados por algunos fracasos, pero, a la vista de algunos de sus proyectos, también parece que las críticas a la «infantilización» y «simplificación» de su cine calaron pronto en él. El color púrpura fue la primera intentona de Spielberg de ganarse a los críticos que lo acusaban de cargarse el Séptimo Arte con sus películas palomiteras para toda la familia, en vez de hacer el elevado cine engolado, melancólico y gafapástico, herramienta social transformadora de la civilización, que ellos preferían. Fue un éxito con más de 94 millones sólo en los mercados domésticos (142 millones en total) a partir de sus 15 millones de presupuesto.

El imperio del sol, basada en la novela autobigráfica de J.G. Ballard, fue un nuevo tropezón en la carrera de Spielberg (35 millones de presupuesto, poco más de 66 de recaudación). «Me he ganado el derecho de fracasar», dijo Spielberg.

Indiana Jones y la última cruzada, la última de la trilogía (SÍ, SÓLO HAY TRES, SÓLO TRES PELÍCULAS DE INDIANA JONES), se pasó de largo los 400 millones de recaudación sobre 48 millones de presupuesto.

Always (la última película de la pobre Audrey Hepburn, que ya estaba muy enferma durante el rodaje) fue un sonoro fracaso. 31 millones de presupuesto, poco más de 74 de recaudación. Hook, muy a pesar de tener en cartel a Al Pacino, Julia Roberts y al Hombre Más Divertido Del Mundo fue un éxito de casi 301 millones de recaudación global, pero, por alguna misteriosa razón, raras veces entra en las filmografías de Spielberg que maneja el hombre de la calle.

Y siguieron Parque Jurásico, La lista de Schindler, El mundo perdido: Jurassic Park, Salvar al soldado Ryan (sólo valen de algo el primer y el tercer actos, pero bueno...), Minority Report, Atrápame si puedes, La terminal, La guerra de los mundos... Éxitos de taquilla, grandes, pequeños y mediopensionistas, éxitos de crítica.

Y también Amistad, tremenda HOSTIA en taquillas (40 millones de producción, poco más de 65 millones y medio en entradas vendidas), Inteligencia artificial, otro resbalón de más de 100 millones (a partir de un proyecto de Stanley Kubrick, basado en un cuento de Brian Aldiss, que la muerte le impidió ver terminado). Inteligencia artificial se quedó a las puertas de la rentabilidad con su recaudación de menos de 236 millones.

Todas estas películas, incluso las que fueron rechazadas en su momento por los espectadores, tenían en común, además de la excelencia de su realización (fotografía, montaje, música, efectos especiales, sonido, guion, actuaciones...), que traspasaban generaciones. Uno de los recuerdos que más atesoramos de nuestra infancia es reunir a toda nuestra familia, abuelos, padres, primos, tíos, hermanos, delante de un televisor de tubo catódico (ni Alta Definición, ni HDR, ni 60 fps ni pollas con castañas), para ver una copia en VHS de Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, Parque Jurásico o Tiburón, y ver las caras de asombro, los ojos iluminados por un candoroso e infantil sentido de la maravilla ante aquellos largometrajes que no entendían de edades, ni de culturas, ni de clases.

Spielberg era un realizador de gran talento y extraordinariamente humano, pero sobre todo, por encima de todo, era un cineasta capaz de sentarnos delante de una pantalla y hacernos a todos iguales en asombro, iguales en admiración, iguales en entretenimiento.

Spielberg dominaba el lenguaje y la técnica del cine y, además, poseía un extra del que no pueden presumir otros directores de su generación: Spielberg tenía la capacidad, quizá innata, de instilar en todos nosotros el sentido de la maravilla.

Spielberg nos hacía a todos niños, y nos mostraba mundos nuevos, hasta entonces inexplorados, nos contaba historias nuevas, o historias viejas con un lenguaje que nadie había usado antes, o que había usado de otra manera. Cada estreno de Spielberg era una nueva aventura en la que nos adentrábamos con los ojos como platos y el corazón acelerado de expectación.

El autor de estas líneas no puede rastrear el momento en que esta salsa secreta del cine de Spielberg comenzó a agriarse. Pero claramente el siglo XXI no le sentó bien a la magia del rey Midas de Hollywood de los 70 y los 80 (y parte de los 90).

Múnich sigue siendo una gran película, con una gran historia, con excelentes actores, con una ejecución técnica impecable, pero, sin menospreciar todo eso, no pasa de thriller de espías genérico. John Frankenheimer podría haber dirigido esta cinta. William Friedkin habría hecho una excelente película con este guion y estos actores. Orson Welles y Roman Polanski habrían clavado Múnich. ¿Y Brian de Palma? ¿Y Hitchcock?

Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio, libertades tomadas sobre los cómics que adapta para la pantalla, casi brilla con la misma llama hechizadora de las primeras cintas de Spielberg. Claro que es difícil conectar del todo con esta producción animada, pero por lo menos los viejos buenos ingredientes del cine de Steven Spielberg están más o menos presentes en ella. Después de Tintín, de nuevo, en vez del cine para toda la familia, Spielberg se centró en dramones: War Horse, Lincoln, El puente de los espías, Los archivos del Pentágono.

Y, sí, como si tuviese mala conciencia o 
una versión más joven de sí mismo le pidiese cuentas, de vez en cuando Spielberg firma un Mi amigo el gigante o un Ready Player One (aquí nuestra reseña de la película y aquí la del libro en que se basa).

Pero luego toma decisiones autorales aparentemente absurdas, comercialmente suicidas y, sospechamos, caprichosas, como ese remake de West Side Story que fue UNA HOSTIA COMO UN ARMARIO DE CINCO CUERPOS CON TODAS LAS PUERTAS ABIERTAS, EN LLAMAS Y LLENO DE DINAMITA (100 millones de presupuesto, 76 de recaudación total), con la insufrible Rachel Zegler de protagonista. O rodar Los Fabelman, una cinta técnica y cinematográficamente impecable, pero tan personalísima, tan inextricablemente permeada del ADN biográfico de Spielberg (la cinta dramatiza el largo adulterio de la madre del realizador, conocido y consentido por su padre, que desembocó en un divorcio que partió a la familia), que, al menos al autor de esta entrada del Paratroopers, le resultó inalcanzable, morosa, intransferible, indescifrable, fría, empalagosa y tediosa (salvo esa escena final del encuentro, probablemente apócrifo, de un joven Spielberg/Fabelman con el cíclope gruñón John Ford, interpretado por David Lynch).
(Y no fui el único al que esta película, técnicamente irreprochable, le produjo rechazo. Con 40 millones de presupuesto, ni siquiera el nombre de Spielberg en el cartel logró atraer a los espectadores a los cines, donde Los Fabelman cerró su ciclo de exhibición con poco más de 43 millones de recaudación).

Que a lo mejor este análisis de la filmografía en decadencia del rey Midas de Hollywood cataloga un fenómeno inevitable en todo realizador (a Ridley Scott ya no le queda una parte del cuerpo en el que no le hayamos dado una capa de proverbiales hostias por sus últimas películas). Una consecuencia esperada de la madurez artística de todo cineasta. Los temas más evocadores en la «infancia creativa» de un artista no tiene por qué coincidir con los que le apasionen en la madurez. Los años y años a pie de obra afilan las habilidades del director de cine, depuran su talento, pero también agotan la llama interior. Resulta difícil seguir apasionándote con el rodaje de una escena de persecución cuando has rodado doscientas. No abordarás tu septuagésimo nono título de ciencia-ficción con el mismo entusiasmo con el que abordaste el primero. Los desafíos que te plantearon tus primeras producciones, y que te enseñaron tanto, hoy en día no representan reto alguno. Hoy podrías volver a rodar toda tu filmografía temprana en la mitad de tiempo, por la mitad de presupuesto. Y, de alguna manera, la mera idea te produce un hastío infinito.

También, algo a tener en cuenta, no sólo cambian los directores, cambian las audiencias. Los niños a los que hechizaste con E.T. y Parque Jurásico son hoy adultos interesados en otro tipo de cine, y los hijos que han tenido prefieren ver videos de subnormales bailando maricón en Tik Tok que ir al cine. Y no abramos de nuevo el melón del precio de las entradas, que ha convertido el cine, antaño entretenimiento de proletarios, en una diversión reservada a los ricos. Búscate las entradas pasadas de la bitácora en la que hemos tocado el tema.

El día de la revelación, la más reciente cinta de Spielberg, es una película entretenida, relativamente bien escrita, con buenas actuaciones y una historia interesante, pero le falta el sentido de la maravilla que nos hacía tan atractivo el cine de Spielberg.

Es una película entretenida. Pero no es una película emocionante, salvo en un par de momentos muy puntuales y en respuesta a los consabidos trucos sucios del oficio para «forzar» esa emoción en el espectador. Es una película, a grandes rasgos y sin entrar en el detalle, razonablemente bien escrita. Pero la historia evoca una sorprendente familiaridad con un capítulo largo de Expediente X que ya hemos visto y del que podemos predecir cada puto giro. Tiene unos actorazos (James Woods, Jodie Foster, Matthew McConaugh... huy, perdón, que me lío, quería decir Colin Firth, Emily Blunt, Josh O'Connor, Eve Hewson, Colman Domingo). Pero esos actorazos no logran que nos olvidemos de que estamos viendo una ficción. No consiguen meternos completamente en la película.

El día de la revelación es atractiva, pero destruye nuestra ilusión de reencontrarnos con la magia del Spielberg de antaño. Miramos esta película y queremos ver a aquella chica fantabulosa de fértiles ancas que nos hacía oír música de violines en el instituto, ésa de la que esperábamos, ingenuamente, que se enamorase de nosotros y nos destruyese el virgo a sentadillas, pero sólo vemos un corazón roto, una gonorrea resistente a los antibióticos y dieciocho años de pensión alimentaria.


En los ochenta y noventa, Spielberg nos acostumbró a esperar que sus películas se convirtiesen en éxitos de taquilla (con las excepciones ya señaladas). Con 115 millones de presupuesto, El día de la revelación debería haberse puesto en 288 millones para poder ser declarada rentable. Se ha quedado en 241 y la propina. Es, sin paños calientes, un fracaso. No uno espectacular, tal vez ni siquiera uno justificado, pero una buena hostia con la mano abierta al rey Midas de Hollywood por la misma 
audiencia (o no la misma, como hemos sugerido más arriba) que antes se rendía a sus pies.

Se podrían analizar las razones por las cuales, quizá, esta película no funciona. Pero creo que, desde mi punto de vista, las más llamativas son dos: el personaje de Emily Blunt no parece estar nunca en verdadero peligro (es un puto devs ex machina con piernas que siempre aparece para resolver una situación crítica aparentemente desesperada) y la película no llega nunca a cumplir las promesas que su tráiler hace. Quiero decir, si la revelación prometida es publicar en Internet un montón de vídeos de Ovnis que podrían descartarse con un desdeñoso «están hechos por IA» y sacar en directo en la tele a un alienígena vivo, lo primero apenas merece una ceja arqueada de la cínica generación TikTok y lo segundo ocurre demasiado tarde en la trama para que pueda tener en los personajes, en el universo de El día de la revelación, un impacto más que superficial.

El día de la revelación es una película de suspense y aventuras sin clímax final.

Pero lo peor de todo es que no es una historia ni tan siquiera mínimamente original, no ofrece personajes ni temas nuevos y está muy por detrás, en todos los sentidos, de su referente más obvio, que algunos de nosotros no hemos olvidado.

Contact, de Robert Zemeckis, logró en 1997 todo aquello de lo que Spielberg, en 2026, ha sido incapaz. Todos los temas en los que El día de revelación resbala, Contact los CLAVA: la transformación cultural, social y económica del descubrimiento de inteligencia extraterrestre. La colisión de esta nueva realidad con la sensibilidad espiritual forjada por el dogma religioso. La epifanía de nuestra propia ignorancia, impotencia y pequeñez, enfrentadas a los vastos misterios inexplorados del universo. La resistencia de algunas personas asustadas, ignorantes, o celosas de su posición de autoridad, al cambio inevitable que
acarreará la divulgación de la verdad. La MARAVILLA del pobre provinciano terrícola cuando se asoma, sólo se asoma, a la inmensidad del cosmos.

La misma maravilla que está completamente ausente de la más reciente película de Steven Spielberg. Lo cual no puede dejar de inspirar tristeza a todos aquellos que, no hace tanto tiempo, se sentaban delante de la pantalla con los ojos como platos y el corazón de un niño de once años latiendo en sus pechos para que el director de Tiburón y En busca del arca perdida los transportase a un mundo de aventura, sorpresas y fantasía.

¿Eres lo bastante viejuno, oh probo lector, para recordar cuando Steven Spielberg hacía un cine de chuparse los dedos como quien chupa las sudorosas berzas de Izzy Green?


Pues el bueno de Steve ya ha llegado a la edad biológica y artística en la que sus películas se ven cansadas, formularias, rutinarias, instrascendentes.

Y todo ello porque, nos tememos, en algún punto del camino, Spielberg extravió su sentido de la maravilla.

domingo, 2 de agosto de 2026

Los cojones de Christopher Nolan

«Señor Sommer, haga la crítica de La odisea de Nolan».

Huuuuuum no.


«¿Por qué no, señor Sommer?»

Es queeeee en realidad no me apetece.

«¿No ha visto usted la película?»

Pueeeeees no tenía intención de verla, pero luego me sentí culpable, porque le dije a un amigo que la peli me olía mal, y a él empezaron a quitársele las ganas de verla, así que, por el bien de este amigo, fui a verla con él y...

«Su respuesta es demasiado larga, señor Sommer. ¿Vio usted la película o no?»

Sí.

«Pues háganos la crítica. Sus cuatro lectores mal contados se lo agradecerán».

Es que realmente no me acaba de...

«Le dejo olerme las tetas si me hace la crítica de La odisea, señor Sommer».

He ido al cine a ver La Odisea de Christopher Nolan.

Y estoy un poco perdido.

No sé si me ha gustado o me ha dejado indiferente.

Y eso, en cualquiera de las formas que adopta esa disciplina mayor llamada Arte, siempre es mala señal. Puedes odiar o amar una película, pero cuando no sabes cómo sentirte con respecto a ella, la película tiene un problema.

A la hora de ver una película, lo mejor es ir sin ideas preconcebidas. He dicho «lo mejor», no he dicho que siempre sea posible. Con el diluvio de mierda que le ha caído encima a este largometraje antes incluso de su estreno, a poco que tengas acceso a Internet, llegar a la sala de cine con cualquier nivel de candor, era poco menos que imposible.

Además, cualquier adaptación de La odisea difícilmente te va a contar una historia original o sorprendente. Si no eres un puto paramecio mongolizado por TikTok y Fornite, ya conoces el argumento, los giros de trama y el final. No es la historia lo que te va a sorprender, a menos, insisto, que seas un puto adoquín. Es la forma en que te van a contar esa historia que ya conoces lo que determinará si te gusta o no.

Que no me vea capaz de decidirme al respecto debería ser suficiente para la crítica del más reciente trabajo del director de El caballero oscuro.

«De eso nada, señor Sommer. No hay hocicada de bazungas con esa cantidad de texto. Elabore. Elabore».

Ay.

Que de verdad, me da mucha pereza. En serio.

«Mire como me rebotan las perolas, señor Sommer. Boing, boing, boing».

Mire, Señorita, el atractivo de su tremendo bullate como que ha ido perdiendo poder sobre mí con la exposición continuada. Tengo que decir...

...eh uh uuh ¿eso que brilla son unas gotitas de sudor?

«Boing. Boing».

Después de Tenet, algunos empezamos a temer que la carrera de Christopher Nolan hubiese entrado en barrena, como lo hizo la de Ridley Scott hace años (sin señales de que vaya a remontar en ningún momento entre aquí y el cementerio), por razones ya expuestas aquí y que se pueden resumir en que Tenet no tiene puto sentido. Tenet es aburrida, salvo cuando las escenas «al revés» la convierten en comedia involuntaria. Tenet viola sus propias reglas. Tenet es mala y punto.
(De hecho, Tenet se hostió en taquilla. Con su presupuesto de más de 200 millones de dólares, debería haberse puesto en quinientos millones para ser considerada rentable, pero se quedó en un poco más de 376 millones de recaudación global. Y sí, no se me olvida que se estrenó en 2020, cuando muchos países aún imponían draconianas restricciones sobre los espacios públicos y el acceso a salas de cine, debido al Conavirus).

Y no es la primera mala película del rubio director británico. Dunkerque, unos años antes, también había hecho zozobrar nuestra fe en el talento de Nolan como narrador. Puedes, amado lector mesmerizado por la armonía pélvico-chuminera de nuestra zorrupia preferida, ver la crítica que hicimos en la bitácora de esta tediosa falsificación histórica llena de grandes actores miserablemente desaprovechados, pinchando en el mismo enlace de nuestra reseña sobre Tenet.

Con ese precedente, el anuncio de la siguiente película de Nolan (después de esa película no canónica de 007 con viajes en el tiempo) nos dejó a todos con el ano arrugado. Y a los que seguíamos la obra de Nolan, y la respetábamos, desde Memento e Insomnio, nos dejó con el ano arrugado y apretado. ¿Un biopic sobre Oppenheimer? Pero ¿quién coño iba a ir al cine a ver eso, por el amor de Sara Sampaio Dominátrix?

Nos equivocamos. Me equivoqué. Felizmente, me equivoqué. Oppenheimer fue un bombazo (pun intended). Con un estreno de más de 82 millones y una recaudación global que se quedó a un pelito de gamba de los 976 millones, la película de cien millones de presupuesto sobre el padre de la bomba atómica arrasó en taquilla y revalidó el título de Nolan como director exitoso, con dominio del lenguaje del cine y una marca de estilo propia. Nuestra reseña, aquí, por si quieres ampliar tus conocimientos o refrescar tus recuerdos, amado lector.
(¡Qué raro fue aquel año del Barbenheimer!)

Con nuestra fe renovada, los fans del cine en general, y de la obra de Christopher Nolan en particular, nos sentamos a esperar su siguiente proyecto.

Y, cuando se anunció, nos cagamos encima.

«¿Qué coj...? ¿Se ha vuelto loco?»

Para adaptar la que es, sin discusión posible, la OBRA LITERARIA FUNDACIONAL DE LA IDENTIDAD Y CULTURA EUROPEAS, hay que tener UNAS PELOTAS COMO SANDÍAS.

Y, hombre, nunca le hemos hecho un Cocodrilo Dundee a Christopher Nolan, pero, joder, hay que tener UNOS HUEVOS COMO CAMIONES para adaptar esta historia a la pantalla.

Para ti, que no lees nada más largo que un tweet, esto te resultará novedoso, pero, verás, millennial imbécil, antes de que J.R.R. Tolkien escribiera El señor de los anillos, digo más, antes de que los tátara-tátara-tátara-etcétera-abuelos de Tolkien naciesen, un señor (o varios, según algunos académicos) escribió La ilíada y La odisea.

Hacer la película de cualquiera de estas dos historias es el equivalente a adaptar a la pantalla El señor de los anillos, con la salvedad de que la fábula de Tolkien no ha dado forma a la civilización moderna y La ilíada y La odisea sí lo han hecho.

Unos COJONES COMO BOMBAS ATÓMICAS es lo que necesita el director de cine enfrentado a este proyecto.

Y, a falta de un cojómetro para medir las gónadas artísticas de Christopher Nolan, sólo nos quedaba esperar al estreno de la película para hacernos una idea aproximada de las proporciones de su masa testicular.

Resuelto el trámite, me enfrento a esta página en blanco motivado por la promesa de un husmeo pechugero y con las energías bajas. Realmente no tengo nada reseñable que contar sobre La odisea. No la odio. No la amo. No hay nada especialmente notable sobre esta película. 

Las actuaciones me han parecido correctas. Sin más (salvo la de Zentolla
, digo Zendaya, que es tan irrelevante como siempre). No he visto una escena que me haya impactado, que vaya a recordar en los años venideros, como la inyección de adrenalina en el corazón de Mia Wallace en Pulp Fiction o el tiroteo a la salida del banco en Heat.

Los efectos especiales no se notan, lo cual significa que están bien, supongo (porque no se convierten en el foco de atención, sino que acompañan a la historia). La música está bien. La fotografía, los efectos de sonido... nada reseñable en un extremo o en otro.

Sí, claro, La odisea de Nolan tiene problemas. Los diálogos no acaban de gustarme. Demasiado «simplificados» y demasiado «actualizados» al lenguaje moderno. No es que los freaks de la historia tengamos derecho a esperar diálogos en griego ático, como no esperábamos que los actores de El señor de los anillos de Jackson hablasen todo el rato en oestron y sindarin. Es que Christopher Nolan se ha tomado libertades sobre el texto original que suenan extraordinariamente anacrónicas en boca de estos personajes.

«No, es que yo quiero hacer accesible La odisea a las nuevas generaciones», ha dicho Nolan.

La odisea ha sido accesible a docenas de nuevas generaciones a lo largo de casi tres mil años. De alguna manera, Nolan se las ha arreglado para tomar una historia que, con mayor o menor esfuerzo, ha estado al alcance de millones de jóvenes durante SIGLOS, y la ha convertido en una «obra derivada» baja, inferior, simplificada. Como una «La odisea en cómic», «La odisea resumida para niños», que fue como muchos de nosotros nos asomamos por primera vez a esta historia inmortal.

Ejemplo de esta adaptación «para las audiencias modernas» es la degradación del concepto de xenía (ξενία), «hospitalidad», travestida en etérea y omnipresente «ley de Zeus» que tanto parece justificar soportar okupas abusivos y violentos (lo que, en puridad, viola abiertamente la regla clásica de la hospitalidad) como cualquier otra cosa. Siempre que un personaje de la Odisea de Nolan no quiere hacer lo que debe, se esconde detrás de la Ley de Zeus, plot device artificialmente retorcido por Nolan para intentar tapar los agujeros de trama de su película.
«Zeus’s law, it’s the Golden Rule—treat as you would be treated—and with a theological underpinning in their world, that you might be a god in disguise.»

Parece que Nolan no confía demasiado en la inteligencia de los espectadores de su Odisea. Y no tiene muy clara la distinción entre xenía y ubuntu.

No voy a decir que la película sea mala. No lo es. Tampoco voy a decir que sea excepcional. No lo es. ¿Es buena? Pues... podría serlo. Lo es, a ratos. Lo intenta. Qué lástima que Nolan se haya asegurado de sabotear los esfuerzos de esta película por convertirse en una obra maestra.

Podría decir que me encanta esta película si cada vez que sale en pantalla ese mudo y gigantesco Agamenón no estuviese esperando a que diga «soy Batman» (y parece que Nolan se ha empeñado en hacérmelo imposible de ignorar).

Podría proclamar esta cinta un peliculón si Nolan no me hubiese colado, por cojones, un reparto racialmente diverso que rompe por completo la ilusión, por otra parte logradísima, de estar viendo una fantasía ambientada en el Mediterráneo.

¿Aqueos de naves negras... y pieles negras, Chris? ¿Griegos con rasgos asiáticos? ¿Un aedo negro, rapero y con rastas, Christopher? ¿Lupita Nyong’o haciendo a la vez de Helena de Troya y Clitemnestra? ¿Zentolla, digo Zendaya, Christopher, haciendo de una Atenea que en realidad no es Atenea sino la proyección de los remordimientos de conciencia de Odiseo?

Inciso número uno: Lupita Nyong’o es una mujer bellísima y una muy buena actriz. Pero la hipótesis de que Helena «la de blancos brazos» (recordemos que nació del huevo de un cisne) y Clitemnestra (ambas hijas de Leda) fuesen gemelas es una ocurrencia relativamente tardía, aunque en esta película Christopher Nolan lo presente como una evidencia. Y, aunque así no fuese, ¿me quiere decir, señor Nolan, que este bellísimo rostro africano le parece a usted representativo de la apariencia de los griegos del siglo VIII a.C.? Entonces, por esa misma regla de tres, yo puedo contratar a Ryan Gosling para hacer de Shaka Zulú y a Terry Crews para hacer de Cleopatra, ¿verdad, señor Nolan?

Inciso número dos: ¿por qué la gente sigue contratando a Zentolla, digo Zendaya? No es atractiva, no sabe actuar, pone la misma puta cara en todos los planos y si aparece en una película o una serie es siempre el personaje más odioso y amorfo.

El blackface de manual que le han hecho a algunos personajes de La odisea de Nolan casi no me molesta tanto como la violación anal del carácter de esos mismos personajes y la desfiguración del universo en que transcurren las aventuras de Odiseo y sus compañeros, a fin de que encaje en la ya (gracias a Dios) en declive agenda woke.

¿Una Penélope feminista y empoderada gritándole a la cara a su hijo que no tiene las pelotas para ser rey, no como ella y su renegrido chumino, que llevan veinte años siendo reinas in absentia, y que si no pueden serlo es por esa ley machista que dice que sólo los hombres se pueden sentar en el trono?

¿Un Odiseo de masculinidad deconstruida que se da cuenta de que esa misteriosa amenaza de los «pueblos del mar» que está sembrando el terror por todo el Mediterráneo, son, en realidad, los héroes de la guerra de Troya, de camino a casa?

¿La sugerencia, absolutamente porrera, de que Odiseo debe hacer expiación por sus pecados en Troya y durante su epopeya de regreso a Ítaca, y buscar la absolución navegando hacia poniente hasta... descubrir América, quizá?

Si lo que algunos hemos escuchado en podcasts y leído en bitácoras de Internet es cierto y Nolan ha basado su película en la traducción blasfema (porque cualquier traducción que incluya la ideología del traductor es una blasfemia) de la obra de Homero perpetrada por Emily Wilson, no tenemos que ir muy lejos para buscar culpables de que este largometraje no sea la gran película que tenía la oportunidad de ser.
«[...] Wilson’s translation uses “dad” and “daddy” instead of “father,” and more contemporary language like “crazy” and “tote bag,” which appear in Nolan’s movie.»

No se me ocurre una forma más rápida de que a un muchacho del siglo VII a.C. le metan tremenda hostia que le cambie hasta el signo del zodíaco que llamar «papá» a su padre. No hace tanto que al cabeza de familia, en nuestras casas, se le hablaba de usted. De hecho, algunos de mis compañeros de estudios, gente de campo, todavía lo hacían tan tarde como a finales de la década de los 90 del siglo pasado.

Queda a discreción del autor escoger qué cuenta y qué no cuando adapta una obra tan vasta como La odisea. Nolan se queda con unos cuantos capítulos clave (la caída de Troya, Polifemo, la isla de los lestrígones, Calipso, la matanza de los pretendientes...) y desvirtúa algunos de ellos. ¿Por qué la diosa Circe, representada desde la antigüedad como una mujer de gran belleza, es en la película de Nolan una especie de matrona cincuentona poco agraciada? ¿Por qué, en su descenso al Hades, Odiseo no ve a su madre, Anticlea, sino sólo a Tiresias y los hombres a los que condujo a la muerte en Troya? ¿Por qué no ve a Agamenón, Áyax o Aquiles entre las sombras de los muertos?
(No, contra los rumores maliciosos difundidos antes de su estreno, Ellen Paige no hace de Aquiles en esta película, ¡por fin una buena noticia!)

¡Y esa alusión al «rostro que botó mil naves»! ¡Joder, menuda patada de anacronismo en el culo de los que tenemos un par de lecturas encima! ¡Eso es de la obra teatral de Marlowe, del siglo XVII! Sólo Menelao, tuiteando «¡hemos tomado Troya! #tejodesIlión #asaquearseñores» desde su iPhone, podría echar más rápido y de manera más contundente fuera de la película al espectador culto promedio.

Sin renunciar a sus muchas virtudes, a La odisea de Nolan se le pueden hacer muchos reproches.

Que en realidad no importan un carajo, porque La odisea de Nolan está a punto de picar los setecientos millones de dólares de recaudación, con lo cual, técnicamente y a falta de otras consideraciones, estaría ya en la zona de la rentabilidad (teniendo en cuenta que estamos hablando de dinero recaudado en taquilla, no de entradas vendidas, y que las entradas de las salas IMAX, formato en que fue filmado este largometraje, son mucho más caras que las convencionales).

El problema de la Odisea de Nolan no es que no se haya hecho antes. Es que se ha hecho antes y se ha hecho MEJOR, y, la última vez que se hizo mejor, se hizo hace sólo dos años.

El regreso de Ulises, dirigida en 2024 por Uberto Pasolini, es una pequeña maravilla que refleja excepcionalmente el carácter trágico de ese rey itacense que regresa de Troya cargado de amargura, por los horrores que ha visto y los pecados que ha cometido, sintiéndose culpable de sobrevivir a todos sus compañeros, temiendo no ser reconocido por su esposa, sus criados, sus hijos, pues él mismo, tras veinte años de ausencia, batallas y vagabundeos por el Mediterráneo, ya no se reconoce tampoco.

El Odiseo de El regreso de Ulises es un héroe que ganó la guerra de Ilión, la de las desaforadas torres, pero se perdió a sí mismo. En la victoria, fue derrotado. En el viaje de regreso a casa, perdió su botín, sus naves, a sus compañeros, su memoria (temporalmente) y su propia identidad. Y Ralph Fiennes, ese ACTORAZO, clava la interpretación del Ulises mendigo. El Ulises que teme presentarse ante su esposa, ante el hijo que no le recuerda, ante las viudas de sus compañeros de expedición, y ser juzgado por ellos.

Lamentablemente, no podemos ofrecer unas cifras de taquilla para esta pequeña maravilla, con buen guion y excelentes autores, pues es un producto de Apple TV con estreno limitado en salas (poco más de 600 salas en Estados Unidos, todavía menos pantallas en Reino Unido y España), por las que pasó sin pena ni gloria. La práctica ausencia de una campaña comercial a la altura de esta pequeña joya del séptimo arte no contribuyó en absoluto a incrementar la venta de entradas.
(No pretendemos sugerir que una buena campaña publicitaria fuese a cambiar las cifras de taquilla, pues su ritmo pausado, su condición de producto de nicho, de «película para ponérsela dura a los críticos de los festivales de cine», la convierten en una cinta realmente difícil de vender a audiencias masivas. Lo cual no ha impedido a Nolan uh aaah llamémoslo «homenajear» en su adaptación algunas de las escenas más significativas de la película de Pasolini).

Resulta muy difícil nadar contracorriente, y los resultados de taquilla están ahí, para volver sospechosa esta reseña, pero lo cierto es que el estreno de La odisea de Nolan nos generó preguntas que su visionado no ha sido capaz de contestar. Seguimos sin saber si la película nos gusta o nos deja indiferentes, si la volveremos a ver o le volveremos la espalda, si es buena, regular o fifty-fifty.

Y seguimos sin saber cómo de grandes tiene los cojones Christopher Nolan.

En fin, con esto ya he cumplido ¿Señorita Tetas?

«¿Sí, señor Sommer?»

Traiga aquí esas petacas. No. No es necesario que se seque el sudor. Gracias.

«Lo prometido es deuda, señor Sommer. Pero suénese primero».