domingo, 7 de junio de 2026

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

Weapons fue una de las más gratas sorpresas de 2025. Y los amantes del género de terror no estamos acostumbrados a llevarnos sorpresas. Especialmente las agradables.


Zack Cregger venía de dirigir la comedia pajera Miss Marzo (que no hemos visto; la comedia pajera nunca nos ha gustado), la serie cómico-paródica The Whitest Kids U'Know (que nos enteramos que existía mientras nos documentábamos para esta entrada), la comedia gamberra The Civil War on Drugs (que tampoco hemos visto), donde el propio Cregger hace de Abraham Lincoln..., y de repente Cregger «salió del armario» del jachondeo cinematográfico y dio el salto al terror de bajo presupuesto con Barbarian, una cinta de 2022 de la cual circulan videos promocionales del público cagándose encima durante las escenas más acojonantes.

Y en 2025 llegó Weapons.

El terror es uno de los géneros más difíciles, junto con la comedia. Tan difícil, de hecho, que la mayoría de directores de una cinta de terror renuncian directamente a intentarlo siquiera. Una amiga mía, fan del género, lo formuló perfectamente hace ya años, a la salida de una sesión de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, proyección que nos había dejado a todos ni fu ni fa, ni frío ni calor, cero grados: «ya no se hacen películas de terror. Se hacen películas de asco». Y no puede ser la primera vez que esta cita aparece en la bitácora.

El director de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, que tanto nos había decepcionado, se había marcado un gore regulero, absurdo, cobarde, sin identidad. Un copy-paste de otras cuarenta mil películas mediocres como la suya. Su pereza e ineptitud era tan dolorosamente obvia que, a día de hoy, no recuerdo el título de esa Enésima película de terror que no puedes dejar de ver que presuntamente iba a lograr que nos defecásemos vivos en nuestras butacas. Y he olvidado esa película por los mismos motivos por los cuales son incapaz de distinguir el argumento (¡ja ja ja, «argumento»!) de las películas de Fast and Furious o citar, en el orden correcto, las de Misión Imposible (salvo la abominable Misión Imposible 2, dirigida, es un decir, por John Woo).

Pero no se me ha olvidado The Ring. Ni la versión japonesa ni la americana. No se me ha olvidado El exorcista. No se me ha olvidado La cosa. Psicosis. Alien (¡Ay! ¡El Ridley Scott que sabía hacer cine!). La profecía. No se me han olvidado Poltergeist, The descent, Carrie, Paranormal Activity, ni La semilla del diablo.

Cuando el cine está bien hecho, perdura en la memoria. Independientemente del género.

Pero el cine bien hecho es una especie amenazada. Ya hemos analizado varias veces en la bitácora por qué, no vamos a insistir sobre ello en esta entrada, que no va de esto.

Contar una historia, por cualquier medio, conlleva sus propios retos.

Contar una historia y acertar con las claves de una de las emociones más arraigadas. Contar una historia y estimular adecuadamente los resortes de uno de los instintos primordiales, es más que difícil, es una de las cosas más desafiantes que un narrador puede hacer.

Todos sabemos lo que es el miedo. Pero a cada uno de nosotros nos asustan diferentes cosas (al que esto escribe, por ejemplo, le producen sudores fríos y cagalera las películas de El Fary). Por ese motivo, a la hora de escribir una historia de terror que perdure, que conmueva al público, que salte la barrera del carácter e incluso de las culturas para convertirse en un Arma de Acojonamiento Masivo, hay que bajar a la mina. Al inconsciente freudiano (que ni existe ni ha existido nunca, pero, a efectos prácticos, aceptemos «barco» como animal de compañía). A los miedos atávicos comunes a toda la humanidad.

Y ése es un viaje que no todos los directores de cine, no todos los escritores, están dispuestos a hacer.

Y, así, tenemos películas de, abrir comillas, terror, cerrar comillas, como Wishmaster (menuda mierda), Arrástrame al infierno (menuda estupidez), La casa de ceraSara Sampaio Dominátrix bendita, qué risas!) o Jeepers Creepers.

Sin que esto se vaya a convertir en una tesis sobre el tema, puedes reconocer el «mal cine de terror» cuando satisface las condiciones para encajar en una o varias de estas categorías fundamentales de «cine desganado y torpe»:


Película de sobresaltos. Expediente Warren: The Conjuring, Nunca apagues la luz, Los extraños, La autopsia de Jane Doe, Until Dawn (qué desastrosa forma de cagarse en un buen videojuego).

Thriller (o no) desasosegante con tomatina y tripas con extra de regodeo sádico en el sufrimiento humano. Al interior, Hostel, Wolf Creek, Saw, Terrifier.

La enésima vuelta de tuerca al asesino en serie, terrenal o sobrenatural. Alta tensión, Apex, Scream, Cuando llama un extraño, La noche de Halloween, Última llamadaPesadilla en Elm Street.

Y aunque nos gusta un body-horror como al que más (aquí, nuestra crítica de La sustancia y, pronto, con ayuda de Blas, la de Together. O no. Depende de lo que nos salga de los cojones en los próximos días), las mejores películas de terror, las que recordamos de manera más vívida, a veces en mitad de la madrugada, no son las que nos revuelven las tripas con torturas y mutilaciones, no las de zombis, asesinos en serie aparentemente inmortales, posesiones diabólicas ni vergüenza ajena disfrazada de terror, sino los largometrajes que lograron crear una ATMÓSFERA desasosegante.

Y por eso recordamos El efecto Lázaro, Horizonte final, La posesión, Inseparables, La escalera de Jacob, The lords of Salem, Midsommar, SmileHáblame, Black Phone, Déjame salir, Un lugar tranquilo o Devuélvemela.

¿Que qué caracteriza al género de terror, me preguntas, oh voluptuoso lector obsesionado con la danza potorrera de Riley Reid? Se podría escribir un grueso tratado al respecto, pero lo que caracteriza al género de terror, en párrafo corto, es lo mismo que caracterizaba a la tragedia clásica. La indefensión. La pérdida de control sobre el propio destino (reducido, en el slasher y el body-horror, los primos endogámicos del género, a la pérdida del control sobre el propio cuerpo). Enfrentar a los personajes a una fuerza ominosa, generalmente invisible e incomprensible (aunque esto no es un requisito), inexorable, que les haga perder el control sobre sus vidas y avistar un cercano destino trágico.

Y porque el buen terror apela a algo connatural a la especia humana, hay géneros que apelan a diferentes edades. Fue una experiencia extraordinariamente pedagógica descubrir, durante el tedioso e incómodo visionado de La noche de Halloween, y Scream VI, que el slasher (del cual estas películas son excelentes embajadoras), que antaño me encantaba, a mi edad provecta de cojones descolgados y canosos, ahora me produce una promiscua mezcla de repulsión y aburrimiento.

El slasher/body-horror/gore suele funcionar mejor entre adolescentes y post-adolescentes. Miedo a la transformación del propio cuerpo, a una juventud truncada, a la muerte de la infancia y el nacimiento de las mil jodiendas de la edad adulta. Viernes 13Seducción mortal, Las colinas tienen ojos, Sé lo que hicisteis el último verano, Candyman, Leyenda urbana, Destino final.

Las películas que más acojonan a los padres, o en edad de serlo, son las que implican la pérdida de un hijo, su corrupción hasta volverlo irreconocible, o la terrible sospecha de que ha sido un monstruo todo el rato. La momia de Lee Cronin, Yo, Cristina F, La huérfana, The Hole, Cementerio de animales, The Innocents, Muñeco diabólico, El hijo, Déjame entrar, Morgan, Buenas noches, mamá, Los chicos del maíz, Los sin nombre, El pueblo de los malditos, La cosecha, Stoker (con una de las escenas de masturbación más perturbadoras desde lo de Selma Blair y el crucifijo) .

Por todo lo arriba citado, no sorprenderá que, a partir de cierta edad, las películas que más acojonan son las de la pérdida de la propia identidad, Vinieron de dentro de..., La invasión de los ladrones de cuerpos, Spider, Antebellum, Shutter Island, Cisne negro, Memento, El resplandor, Mulholland Drive, Persona, Perfect Blue, La chica del tren, Audition, El maquinista, Última noche en el Soho, Nosotros, Enemy, Saint Maud, El faro, Carretera perdida y casi cualquiera de zombis o vampiros.
(¡Anda, hijo de puta! ¡Dime que algunos de esos largometrajes no son de terror! ¡Dímelo! ¡«Las películas que más acojonan» y las que «suele[n] funcionar mejor» hemos dicho! ¡Analfabeto! ¡Chusma! ¡Simio!)
El terror ha ocupado en nuestros tiempos el lugar que antes se reservaba para la tragedia. El miedo funciona como herramienta narrativa cuando es el destino travestido. El avatar del dolor, la enfermedad, la vejez, el vacío. El recordatorio de la muerte.

Y hasta aquí llega la introducción a esta entrada, que, por increíble que parezca, no va sobre cine de terror y no va sobre Weapons. Película que desde el Paratroopers te recomendamos.

Va de Zach Cregger, que ha compartido en un reel de Putagram, perdón, en Instaputa, quería decir, su secreto para acabar el primer borrador de tu guion (técnica aplicable a cualquier otro tipo de escritura).

Un secreto, Zach, no me jodas, que no era un secreto para nadie que haya acabado un guion, o una novela.

Zach Egger denomina, a su técnica secreta que no es un secreto, «elfing». Y describe un interesante y productivo ejercicio mental: actuar como si el guion no lo estuvieses escribiendo tú, sino un elfo extraordinariamente pequeño, y extraordinariamente imbécil, que en cuanto empiece a escribir, el pequeño cabrón, no va a parar hasta llegar al final.

A ese elfo no le pides un buen guion. Ni siquiera uno que tenga sentido. Sólo le pides un guion terminado. ¿Que la caga con uno, varios o todos los personajes? Que la cague, el muy hijo de puta. ¿Que destroza las mejores escenas de tu película, y las peores también? Ya lo arreglarás tú luego. ¿Que escribe con faltas de ortografía? Bueno, no todo el mundo ha estudiado en colegio de monjas. ¿Que sus diálogos son abominables? Por lo menos está escribiendo diálogos. ¿Que no hay una correlación entre escenas, que la acción no tiene sentido, que faltan conectores narrativos entre el primer y el segundo acto, o entre el segundo y el tercero, o entre todos? Bueno, para eso estás tú. Para ir rellenando los espacios en blanco.

Lo que el elfo te va a entregar es impublicable. Infilmable. Indefendible. Pero está terminado. El elfo ha aprendido todo lo que se puede aprender sobre la historia y los personajes. No le ha sacado provecho ninguno, pero tú sí vas a hacerlo. El elfo ha cometido TODOS los errores que se podían cometer. Y lo ha hecho por ti. Ahora ya sabes cómo JODER tu guion. Qué hacer para que NO FUNCIONE. Cómo CAGARLA al escribir tu historia. El elfo ha hecho el trabajo sucio por ti.
El elfo no tiene filtros. No tiene vergüenza. no tiene miedo. No tiene límites. Sólo tiene un objetivo: acabar el guion. Y se va a lanzar a por esa meta como un miura a por los riñones de un gringo borracho en un encierro de San Fermín.

Al elfo lo has tirado al fondo de un pozo y el pequeño cabrón ha comenzado a cavar hasta que tocó roca madre y no pudo seguir.

Ahora tú puedes evitar ese pozo. Puedes alzarte de ese abismo creativo. Coges la MIERDA ABSOLUTA que te ha dado el elfo y comienzas a corregir todos sus errores. Le limpias las manchas de café y las huellas de dedos con sabor a dónut de chocolate. Soplas las pelusas de ombligo y la caspa. Corriges la ortografía y la sintaxis. Desarrollas la psicología y las motivaciones de los personajes. Hilas una trama que una todas las escenas. Quitas la morralla. Borras lo que no funciona. Ésta es la parte fácil, porque el elfo ya ha hecho lo más difícil: darte un texto terminado.

Un texto que apesta, pero que ya contiene la estructura de la historia. Cuando quites todo lo que no sirve podrás arreglar lo que está roto y edificar un guion nuevo. Mejor. Al menos tan bueno como el de Weapons.

En este reel que citamos, y que justifica la presente entrada, Zach Cregger se revela como un no-escritor. Zach Egger es un reescritor. Parece igual pero no es lo mismo. Hay autores que escriben, y a la primera sentada obtienen algo que se parecerá al texto final, y «habemos» otros que reescribimos, que tiramos pa'lante como burros con anteojeras (y las venas llenas de anfetas), y luego volvemos atrás y nos ponemos a corregir todas las espectaculares CAGADAS que hemos ido cometiendo a lo largo de la escritura del primer borrador.

Porque lo realmente difícil no es escribir. Eso puede hacerlo cualquier gilipollas. El verdadero reto es ACABAR lo que has empezado a escribir. La prueba de ello es que todo escritor tiene un cajón, o un cubo de la basura, lleno de capítulos sueltos de novelas que no existen, cuentos inconclusos, libros amputados y notas para futuras historias que nunca ha encontrado la piedra de Rosetta para descifrar. Como esa novela de vampiros que el autor de estas líneas ha mencionado tantas veces en la bitácora. O libretas y libretas llenas de ideas para cuentos que no acaban de cuajar.

Limpiar una casa sucia es mucho más sencillo que construirla. Pintar una pared desconchada es más fácil que levantarla, ladrillo a ladrillo. El «elfing» de Zach Cregger es un truco mental. Una estrategia psicológica para liberar la parte creativa de nuestro cerebro de la exigente, a veces paralizante, necesidad de perfección, que es la forma más sincera en que se expresa la vanidad autoral. El ego del escritor fatuo y egocéntrico que se toma demasiado en serio a sí mismo. Una herramienta más, de las muchas en el cajón del escritor, que, bien empleada, ofrece resultados extraordinarios.

Todo escritor aspira a hacer literatura. En la práctica, prácticamente ninguno lo consigue. Todos quieren «clavar» la frase perfecta, la escena perfecta, escribir un personaje universal, arquetípico. Pero eso es difícil de LA HOSTIA. No hay más que un Shakespeare. No hay más que un Homero. Hay un sólo Cervantes. Los Rilke no abundan. Los Dante escasean. Nadie ha podido aún llenar los zapatos de Milton. La mayoría de nosotros deberíamos asumir nuestra mediocridad y renunciar a la Gran Obra alquímica que exige una novela, un poema, un cuento inmortal. Limitarnos a contar historias. Que no es poco. Y rezar porque alguien, alguna vez, descubra que una de esas historias es significativa para él.

La perfección es extenuante. La perfección son unas cadenas. Si escribes intentando alcanzar la perfección, escribir se convertirá en una tortura. Un castigo. Un veneno que te destruirá.

Pero si contratas a un elfo gilipollas, medio analfabeto y particularmente inútil, para que te entregue un manuscrito terminado, horrendo, pueril, mal escrito, imperfecto, podrás centrarte en perseguir algo parecido a la perfección. Quitarle la grasa. Rellenar las grietas. Reducir las fracturas. Alisar las arrugas. Pastear y pintar de nuevo. Y el resultado final, muchas correcciones y reescrituras después, no será perfecto, pero será mejor, infinitamente mejor de lo que habrías conseguido si hubieses intentado hacerlo bien desde el principio. Y, especialmente, estará ACABADO, que, lo creas o no, era, desde el principio, el mayor reto de todos.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Ésa es la lección que resume la entrada de hoy.

Contrata a un elfo imbécil para que escriba un primer manuscrito de tus historias y podrás olvidarte de la perfección para perseguir la idoneidad, que, de todas formas, es lo máximo a lo que puede aspirar tu libro de mierda.

«Pero ¿esto realmente funciona, señor Sommer?»

¡Señorita Tetas, por el amor de Tetios! ¡Avíseme antes de aparecer así, tetamente, que me teta los nervios!

«Mis ojos siguen aquí arriba, señor Sommer».

Tetemos que llegar tuted y yo a un tetuerdo tetilizado. O teta usted de tetar esas tetas con teta teteridad o yo teto que tetar la tetación de...


Gracias. Lo necesitaba.

«Conteste a la pregunta, señor Sommer. Esto del "elfing" funciona o no?»

Tú dirás, tetura. Así hemos tetado esta tetada (¡y tantas otras de la tetácora!)

sábado, 23 de mayo de 2026

«Permítete sentirlo todo»

Lo prometido es deuda, así que ahí va: en el Paratroopers empezamos a pensar que Sam Levinson se ha cargado Euphoria.

Esta Euphoria no. La otra Euphoria.

La serie que dio comienzo a nuestra historia de amor, cinematográfico y estético, con Hunter Schafer, va ya por la recta final de su tercera temporada; que, su creador ha adelantado ya, será muy probablemente la última.
Una de estas cuatro personas no es como las otras tres.

Y los que disfrutamos con las dos primeras no estamos reconociendo a nuestro muchacho y sí nos estamos doliendo de que este maravilloso e impactante marciano vaya a palmarla tan malamente con una tercera temporada tan mediocre y desenfocada.


Salvo que Sam Levinson se haya propuesto hacernos odiosos a todos los personajes de los que nos habíamos encariñado en las dos primeras temporadas, las decisiones creativas tomadas en esta «series finale» (si finalmente se materializa como tal), no tienen realmente ni puñetero sentido.

Si eres, oh pollaviejístico lector, de los veteranos de la bitácora, recordarás (o no, que los porros son los porros) que la primera vez que te hablamos de Euphoria fue probablemente aquí, hace ya ciento y la madre de años.

Recuperamos un fragmento de aquella entrada para hacer bulto en la presente:

«Si quieres un excelente ejemplo de inclusividad, dale un tiento a Euphoria. El personaje de Jules Vaughn, interpretado por Hunter Schaefer, es una delicia y ya se ha convertido en un icono. Porque no es «el personaje transgénero que había que poner en la serie para demostrar lo inclusivos que somos». Es un personaje más al que, salvo un par de imbéciles, nadie cuestiona ni victimiza por ser transexual. Jules es OTRO de los personajes de Euphoria y se da la casualidad de que es transexual. Punto. Jules es trans como Rue (Zendaya) es mulata, Kat (Barbie Ferreira) es obesa, Maddy (Alexa Demie) es latina y Cassie (Sydney Sweeney) tiene las tetas grandes. No es ser transexual lo que la define. Es solo una parte de lo que es.»

«Eso sí, ya te prevengo de que Euphoria no es para todos los estómagos. No solo se ven tetas, mariconismo y alguna que otra pichurra, es que ofrece un desolador retrato de la sociedad actual a través de los ojos de unos adolescentes hechos mierda por las neuras y vicios de sus padres».


Y básicamente eso era Euphoria, una serie sobre adolescentes hechos polvo de Revientavirgos de Abajo, California, que, además de los mil problemas inherentes a la ebullición de la pubertad, que no son pocos, tenían que lidiar con rollos de drogas, amores, identidad sexual, construcción de la propia identidad, supervivencia en su estrato socieconómico de mierda y, muy a menudo, también con los banderillazos de sus familias semi-desestructuradas (o directamente en fase de derribo).

Ciertamente, a algunos de los personajes más interesantes de Euphoria (ciertamente no la petarda de Rue, ¡joder, qué manía le tenemos al insoportable personaje de Zentolla, digo Zendaya!) no resulta difícil de imaginárselos como unos chicos equilibrados, emocionalmente centrados y psicológicamente sanos... si sus padres no fuesen una dupla de soplapollas espiritualmente podridos y moralmente devastados que, claramente, nunca debieron de tener hijos.

La madre de Jules (Hunter Schafer) lo encierra en un manicomio cuando el niño empieza a desarrollar, de manera muy notoria, rasgos de personalidad y comportamientos expresamente femeninos. Y el padre de Jules se gasta un huevo, y la yema de otro, en abogados, y años de apelaciones, mociones y mierdas, antes de conseguir rescatar a su hijo transexual de ese campo de concentración con batas blancas, obtener la custodia plena del niño, al que bajo su tutela permitirá vestirse de chica y hormonarse más que un ciclista... y todo para ser el peor padre guay del universo. ¡Que no se da cuenta de su hijo-hija adolescente sale por las noches para prostituirse, en sórdidos moteles, con hombres de su edad, hostia ya!

Nate (Jacob Elordi) vive hecho un completo lío por culpa de la homosexualidad clandestina de su padre (Eric Dane, que lamentablemente sucumbió, el pasado febrero, a las complicaciones de la Esclerosis Lateral Amiotrófica que sufría), que da la fachada de empresario triunfador y fucker padre de familia, pero que, a espaldas de su mujer y vecinos, y de esos dos hijos a los que estRRRRRRRuJJJJJJJa para que cultiven todos los rasgos más adrenalínicos de la heterosexualidad más tóxica de toxilandia, se vuelve loco por los culos. Y queremos decir los culos con cojones aledaños (así conoce a Jules, que le miente sobre su verdadera edad).

Nate está literalmente hecho MIERDA psicológicamente, inseguro acerca de su propia identidad, de sus inclinaciones sexuales («si papá hace como que le van los chochos, pero en el fondo es maricón perdido, ¿qué coño soy yo entonces?»), desgarrado por el cinismo e hipocresía de su padre, dividido entre el deseo de proteger a su madre y la autoconservación del propio ego, amenazado y minado por ese padre culero.

Kat (Barbie Ferreira, que dejó la serie al final de la segunda temporada, oficialmente para buscar nuevos retos profesionales, perseguida por todo tipo de especulaciones que la actriz se ha apresurado a desmentir), la típica «gordita del cole» completamente superada por las macizorras de sus amigas, descubre el empoderamiento en las mazmorras de internet, confeccionando vídeos femdom para babosos gordofílicos que la consideran su reina. Descubre, un poco tarde, que su actividad de homemade-dominátrix está recableando su cerebro, instilándole una actitud soberbia y despectiva hacia el sexo colgante, desdén que vomita en Ethan (Austin Abrams), el único chico del cole a la que le importaban una mierda sus sudorosas lorzas (no como a ese mierdecilla de Daniel DiMarco, que la mandó a pastar cuando Kat ganó peso), y al que ella, en un rapto de endiosada fatuidad, ridiculiza y descarta como si fuese un lamentable pagafantas.

Y le rompe el corazón a un buen chico, que estaba enamorado de ella (con bullshit pasivo-agresiva nivel olímpico sobre una falsa enfermedad cerebral terminal). Que siempre la había tratado con cariño y respeto. Que la amaba tal y como era. Y que nunca olvidará que se permitió mostrarse vulnerable ante Kat, y que ella aprovechó la oportunidad para ridiculizarlo.
(Kat, con Jules, Fezco y Nate, era uno de los personajes más interesantes de Euphoria. Pero no volverá. Barbie Ferreira se ha ido. Ya fuese por «diferencias creativas», como dijeron algunas fuentes, porque se habría hartado de la serie, ya fuese porque se habría peleado con Levinson sobre el desarrollo de su personaje, como dices otras, ya porque realmente quería probar otras cosas o porque Ferreira descubrió el Ozempic y se hartó de ser «la gordita ésa de Euphoria», esta actriz se ha llevado, con su personaje, buena parte del peso específico, ¡badúm tssh!, de Euphoria).

Tampoco volverá Fezco, aunque en esta tercera temporada hacen el almendruco de mantener vivo al personaje haciendo que llame a Rue por teléfono desde la cárcel. Lamentablemente, Fezco no volverá porque Angus Cloud murió de sobredosis, aparentemente accidental, en julio de 2023, una semana después del fallecimiento de su padre, cuya muerte había dejado devastado al joven y prometedor artista. Desde aquí, deseamos cariñosa y humildemente que ambos se hayan reunido y se ofrezcan mutuo consuelo.

Euphoria nació como movimiento desesperado de los prebostes de HBO. La casa de Los Soprano, True Detective y Juego de tronos se enfrentaba a los inexorables estragos del tiempo, muela que todo lo destruye. También las audiencias. Los espectadores de la cadena estaban envejeciendo y, progresivamente, cancelando sus suscripciones a este mundo, y no había un producto «de enganche» que pudiese atraer a las audiencias jóvenes. Entre otros motivos porque ni los espídicos cogollitos de la Generación Z consumen televisión ni tampoco van precisamente sobrados de capacidad de concentración.

Sam Levinson apareció como Moisés bajando del Sinaí, llevando en alto las Tablas de la Ley. Hijo de Barry Levinson, el afamado director de El mejor, Rain Man y Good Morning Vietnam, Sam venía de escribir y dirigir Nación Salvaje, una especie de borrador de Euphoria, en forma de largometraje, en la que no es difícil rastrear muchas de las obsesiones desarrolladas posteriormente en la serie.

De hecho, algunos actores de Nación Salvaje, como Colman Domingo y Maude Apatow (ella misma Hollywood-royalty, hija de Judd Apatow), repiten en Euphoria, en nuevos roles, obviamente. Por todo lo demás, en Nación Salvaje ya tienes el boceto de Euphoria: grupo adolescente de «amigas contra el mundo», ciudad pequeña de provincias llena de secretos y miserias, personaje trans, personaje anti-gay, dramas de escuela secundaria, violencia, sexo, fotos eróticas filtradas en Internet, una turba furiosa, una matanza... (bueno, esto en Euphoria no se ve. Todavía).

Sam Levinson, que tuvo una juventud jodida nivel Robert Downey Jnr., partió de su propia experiencia personal con las drogas, la depresión y las clínicas de rehabilitación para escribir Nación Salvaje, que fue acogida con dispares opiniones por público y crítica. A nosotros, en la bitácora, nos gustó. Pero para gustos, ya sabes, los colores. Se conoce que alguien en HBO había visto Nación Salvaje y no le había disgustado de todo, así que los que ponen la pasta llamaron a Levinson Hijo, al que más o menos atribuían alguna autoridad en dramas adolescentes a partir de su largometraje debut como director, le expusieron sus problemas y le preguntaron si tenía alguna idea para pescar en el siempre revuelto río de espectadores tiktokeros reguetoneros e instagrammers con déficit de atención.

Y vaya si tenía ideas, el muy tuno. Su idea, concretamente, fue plagiar Euphoria.

¡Que sí, que sí, que Euphoria no es un producto original cien por cien muricano, que es un remake gringo de una miniserie israelí de 2012 que se llama... no te lo vas a creer, amado lector, Euphoria!

¿Que de qué va Euphoria-The Original, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Pues de un puñado de chavales de los años 90 que están psicológica y emocionalmente hechos mierda e intentan paliar el dolor de su spleen adolescente, el vértigo e indefensión producidos por la palmaria renuncia de sus corrosivos padres-colegas a ejercer ningún tipo de autoridad, y el terror a las responsabilidades de la vida adulta, que se les cae encima, follando, viendo porno, endrogándose y matando a alguien, mientras sus atolondrados progenitores (que en la serie raras veces aparecen o son filmados como siluetas sin rostro) no se coscan de nada y todos juntos esquivan misiles de Hamás, supongo, yo qué sé, no he visto la serie.

¿Te suena el argumento, querido lector?


Euphoria-The Original, inspirada en la muerte real de un adolescente llamado Ra'anan Levy, fue un intento de sus creadores, Ron Leshem y Daphna Levin, de hacer una Skins con sabor a jalot. Y fue un ESCANDALAZO en la por lo demás conservadora Israel. Encima, FRACASÓ en alcanzar a su público potencial, dado que, precisamente a causa de su polémico contenido y tono descarnado, se emitía de madrugada. Euphoria-The Original llegó demasiado pronto, antes de las plataformas de streaming, del «visionado pospuesto», del binge watching, y este grito de socorro de las nuevas generaciones israelíes, atrapadas en una espiral autodestructiva, esta llamada de atención dirigida a sus padres, fue cancelada tras su primera y única temporada.

Sam Levinson, siete años más tarde, creyó llegado el momento de darle una nueva oportunidad al concepto. Esta vez en América y en una de las plataformas de televisión por cable más exitosas del continente. Pero, claro, estamos hablando de Hollywood. Allí hay dinero, qué duda cabe. Pero pelotas, lo que se dice pelotas, como que están muy mal repartidas.

Una de las decisiones más polémicas de Levinson, además de reducir, prácticamente emascular, la crudeza de la serie original, fue la deliberada conversión de lo que debería ser el drama de unos adolescentes completamente sobrepasados por las violencias hormonales de la pubertad, y por la supina ineptitud de sus padres, en una experiencia sensual. En la Euphoria de Levinson, la adicción se convierte en glamour. El dolor, en espectáculo. El sexo más turbio en elegancia. La violencia, en brillantina. El empeño de Levinson por sacrificar la desdicha en el altar del estilo convierte esta serie en panegírico romántico de la miseria humana.

Cabe preguntarse si, quizá, ese pecado original de Euphoria, esa condición de «remake de un producto extranjero poco conocido», cuyo parentesco Levinson y HBO estaban decididos a diluir, cuestionar o negar, explica el maltrato sufrido por la fotógrafa Petra Collins, famosa por su personalísima firma de autor. Levinson había visto una exposición de la artista canadiense y se puso en contacto con ella para que se encargase de diseñar todo el apartado visual de Euphoria y, según la propia Collins, también para dirigir la serie. «I wrote a show based on your photos. Will you direct it?» (de aquí).

Collins se mudó a Los Ángeles y pasó cinco meses trabajando codo con codo con Levinson. Escogiendo encuadres, ópticas, filtros, efectos de luz, paletas cromáticas, y participando en las audiciones de los actores... Según Collins, ella construyó el mundo y el lenguaje estético de Euphoria (mientras Sam Levinson seguía puliendo guiones), para acabar despedida en el último minuto por ser «demasiado joven» para dirigir el proyecto y encontrarse, un año más tarde, que Levinson no había tenido empacho en reciclar su estilo visual la seña de identidad de la serie.

Si has visto la primera temporada de Euphoria, querido lector, ahora ya sabes que esa atmósfera mágica, ilusoria, casi lisérgica por momentos, no surgió del talento de Levinson ni del buen oficio de su director de fotografía, sino del ojo de Petra Collins, injustamente relegada de la producción y sin un maldito crédito, ni un agradecimiento «por su inspiración», en toda la serie. Invisibilizada. Oscurecida. Borrada por HBO y Levinson de la historia de Euphoria tanto como la Euphoria de 2012, ¿a fin de ofrecer a los espectadores angloparlantes una impostada credencial de originalidad, quizás?

(Euphoria ARRUINÓ la carrera artística de Petra Collins. «That series was an exorcism to me. [...] I had to change my style because of Euphoria. Lots of people started to take photos in that style and I haven’t felt any more as mine and I felt disconnected from that. I need to find myself again.» ¡Gracias, Hollywood! ¡Como siempre, un placer!).

Imbuido por HBO de poder absoluto como «cineasta experto en dramas adolescentes», y con un cheque de casi cuarenta y dos millones en el bolsillo, Levinson se convirtió en un tren sin frenos. Los actores tuvieron que ponerle límites más de una vez. «Oye, esta escena  no la puedo hacer. Es demasiado fuerte». Las jornadas de rodaje eran agotadoras, de doce, catorce horas, con Levinson reescribiendo diálogos para escenas que sus actores ya estaban en escena, interpretando, e improvisando sobre la marcha planos nuevos. Jacob Elordi acabó vomitando y sangrando en una esquina del plató después de rodar la enésima toma de la pelea con su padre. A Zentolla, digo Zendaya, tuvieron que darle Ventolín en el episodio de la feria (que se rodó íntegramente de noche, peso psicológico añadido para todo el reparto, y en un ambiente caliginoso), porque acabó asfixiándose por el esfuerzo y el estrés...

De alguna manera, Levinson se las arregló para acabar la primera temporada sin que lo crujiesen a demandas (El anime-fanpic homoerótico de Harry Styles y Louis Tomlison, para el que ninguno de los implicados dieron su consentimiento, estuvo a punto de costarle un disgusto y encabronó mucho a todos los fans de One Direction), y sin que ninguno de sus actores perdiese la chaveta, y el estreno de la producción lo elevó a los altares de la televisión de pago.

Naturalmente, la segunda temporada se firmó casi inmediatamente. HBO firmó otro cheque, éste de casi 97 millones de dólares...

...y comenzaron los problemas. Sidney Sweeney, que había tenido algunas escenas de topless en la primera, se leyó los borradores de la segunda temporada y no pudo creer lo que estaba viendo. Levinson quería sacarla en cueros vivos de pelota prácticamente en cada capítulo. Levinson se vio obligado a ceder a las exigencias de Sweeney. Barbie Ferreira anunció que abandonaba la franquicia, por el motivo que fuese (ella ha negado en diversas entrevistas que esa pelea con Levinson, sobre el trastorno alimentario que quería crearle a Kat). Jornadas de veinte horas ininterrumpidas de rodaje que dejaron física y mentalmente exhaustos a los miembros del equipo. Excentricidades como rodar parte de la serie en película de 35 milímetros (lo que encareció la filmación y recortó el margen de actores y técnicos para cometer errores). Y la introducción del personaje de Faye, interpretado por Chloe Cherry... a la que no negamos talento para el drama y que, en la segunda temporada de Euphoria, lo hace DE VICIO, pero a la que conocemos... eeeeh uh... por OTRO tipo de películas. Películas en las que, para nos entiendas si todavía no lo has hecho o te da cansura pinchar el enlace, podría haberse currado un numerito sáfico con nuestra amada Riley Reid.
Hemos visto a esos morritos hacer cosas que nunca creerías.

Pero la segunda temporada de Euphoria se rodó. Y se estrenó. Y, de nuevo, fue un éxito. Tan palmario, de hecho, que HBO le concedió a Levinson un cheque en blanco para un proyecto distinto, The Idol, un estrepitoso FRACASO de público y crítica caracterizado por un calendario de rodaje ENLOQUECIDO, una directora (Amy Seimetz) abandonando el proyecto dando un portazo debido a GRAVÍSIMAS diferencias creativas con Levinson (que, en trayectoria de colisión con la visión de Seimetz, veía el proyecto como una «Euphoria con adultos»), reescrituras de guion sobre la marcha, recast de actores que descubrieron, mid-season, que no iban a volver para terminar la temporada, problemas de presupuesto e insinuaciones sobre un ambiente de trabajo literalmente tóxico.
(Varios testimonios aseveran que la infernal producción de The Idol se salió de madre muchísimo. Según las opiniones de algunos espectadores que la vieron, la «Euphoria con adultos» de Sam Levinson es una fantasía de violación y porno de tortura. En la bitácora no la hemos visto y no podemos opinar. Además, la presente entrada no va de eso. ¡NO TE DISPERSES, SOMMER!).
Euphoria se labró una reputación como «esa indigesta serie de HBO sobre adolescentes (que no para adolescentes) hechos filfa», maravillosamente fotografiada, bien escrita, con personajes complejos, contradictorios y, a menudo, repelentes, tramas adultas (paradójico, ¿eh?), profundidad temática, psicológica y argumental, actores tocados por las musas, tetas y carallos.
Foto original de Petra Collins, antes de que Euphoria arruinase su carrera.

Las tramas, los personajes (y una textura visual muy característica) fue lo que hizo distinguir la primera temporada de Euphoria.

Pero lo que nos encontramos en esta tercera temporada es la voladura controlada del tono, ambiente e incluso personajes de la franquicia que conocíamos de anteriores entregas.

¿En qué se han convertido nuestros personajes, que en las dos primeras temporadas nos conquistaron con sus defectos e inseguridades?

¿La apollardada yonqui depresiva autoindulgente y narcisista de mierda de Rue (Zentolla, digo Zendaya), de lejos el personaje de Euphoria que peor nos ha caído, siempre, y qué poco se nos nota? Empieza la temporada de mula para Laurie, trayendo de México jaco culero para pagar las drogas que debía vender en la segunda temporada, y que prefirió chutarse. De repente pasa a trabajar en un club de strip-tease, pastoreando a las chicas, si se nos permite expresivo así.

¿Nuestra amada Jules, valiente, sensible y emocionalmente rota? Puta de lujo con aspiraciones artísticas, sugar-baby de millonario casado. Hombre, al menos esto es coherente con el personaje, que empieza la serie poniendo el culo por dinero en sórdidos moteles de carretera, pero, joder, ¿esto es todo? O sea, ¿de verdad Sam Levinson quiere decirnos que Jules lleva tres temporadas maniatada en la misma dinámica, que nunca será nada en la vida más que un chapero, que lo único que ha cambiado desde 2019 es el precio por sus servicios?
(Y, además, con todo el trabajo de chapa, pintura y fontanería que se ha hecho, y los kilos que ha perdido, Jules ya no parece Jules porque Hunter Schafer ya no se parece a Hunter Schafer).

¿La pobre y atribulada Cassie (Sidney Sweeney), emocionalmente lisiada y menesterosa de atención? Instragam-whore onlyfanera con cero autoestima.

¿El traumatizado psicópata Nate (Jacob Elordi)? Promotor inmobiliario en caída libre hacia la ruina económica y endeudado con loan-sharks de esos que no tienen sentido del humor.

Dejando de lado a los personajes y centrándonos en el aspecto narrativo, todo ese tono de «mala película de Tarantino» que ha salpicado la tercera temporada de Euphoria es pura y simplemente denigrante y desorientador en un show que empezó como drama adolescente con elementos de humor negro y dirty realism.

En el apartado técnico, lo que más destaca, por abajo, en esta tercera iteración de la serie, es la fotografía. No es mala, pero carece completamente del carácter onírico del arte de Petra Collins. La fotografía de la primera temporada de Euphoria era hipnótica y deslumbrante. La de la segunda empezó a alejarse de su referente, pero aún apuntaba maneras. La de la tercera temporada es sólo correcta.

Las interpretaciones de los actores siguen siendo brillantes, pero los papeles que les han escrito son terribles. Como si los guiones hubiesen sido concebidos para humillar a estos personajes. Desprestigiarlos. Ridiculizarlos. Cassie sale disfrazada de perra. Jules pierde una excelente oportunidad de trabajar para Hollywood porque, a través de Lexi (Maude Apatow), le encargan un lienzo para una serie de televisión FAMILIAR, y entrega una pintura llena de transexuales desnudos con las pichas duras. A Nate le dan una paliza y le cortan un dedo del pie por sus deudas. Faye se CAGA ENCIMA a su regreso de un viaje a México, con el orto lleno de drojaína. Estos personajes atormentados, perdidos, heridos, que en las primeras temporadas nos inspiraban simpatía, lástima y piedad, en esta tercera temporada nos dan asco, risa y vergüenza ajena.

Y todas esas son decisiones deliberadas de Sam Levinson, cuyas motivaciones para dinamitar Euphoria y denigrar a sus personajes nos negamos a investigar.

De drama adolescente con personalidad propia a sucio drama adulto formulario, de personajes adorables, pese a sus defectos, a personajes risibles y repugnantes, de belleza visual a anodino pastiche, el viaje de Euphoria la ha llevado desde la cúspide del prestigio autoral a los valles oscuros de la vulgaridad y pronto, nos tememos (y casi lo deseamos, si así se detiene su decadencia), al olvido en ésta su tercera y tal vez última temporada.

Euphoria ha cambiado. Euphoria nos hacía sentir espanto y admiración en su primera temporada. Euphoria nos hace sentir indiferencia y tedio en su tercera temporada. Y nosotros nos permitimos sentirlo todo. Especialmente la decepción, y la nostalgia de un programa al que amábamos, y cuya dolorosa agonía nos acongoja y, pronto, lamentablemente, nos dejará indiferentes.