sábado, 23 de mayo de 2026

«Permítete sentirlo todo»

Lo prometido es deuda, así que ahí va: en el Paratroopers empezamos a pensar que Sam Levinson se ha cargado Euphoria.

Esta Euphoria no. La otra Euphoria.

La serie que dio comienzo a nuestra historia de amor, cinematográfico y estético, con Hunter Schafer, va ya por la recta final de su tercera temporada; que, su creador ha adelantado ya, será muy probablemente la última.
Una de estas cuatro personas no es como las otras tres.

Y los que disfrutamos con las dos primeras no estamos reconociendo a nuestro muchacho y sí nos estamos doliendo de que este maravilloso e impactante marciano vaya a palmarla tan malamente con una tercera temporada tan mediocre y desenfocada.


Salvo que Sam Levinson se haya propuesto hacernos odiosos a todos los personajes de los que nos habíamos encariñado en las dos primeras temporadas, las decisiones creativas tomadas en esta «series finale» (si finalmente se materializa como tal), no tienen realmente ni puñetero sentido.

Si eres, oh pollaviejístico lector, de los veteranos de la bitácora, recordarás (o no, que los porros son los porros) que la primera vez que te hablamos de Euphoria fue probablemente aquí, hace ya ciento y la madre de años.

Recuperamos un fragmento de aquella entrada para hacer bulto en la presente:

«Si quieres un excelente ejemplo de inclusividad, dale un tiento a Euphoria. El personaje de Jules Vaughn, interpretado por Hunter Schaefer, es una delicia y ya se ha convertido en un icono. Porque no es «el personaje transgénero que había que poner en la serie para demostrar lo inclusivos que somos». Es un personaje más al que, salvo un par de imbéciles, nadie cuestiona ni victimiza por ser transexual. Jules es OTRO de los personajes de Euphoria y se da la casualidad de que es transexual. Punto. Jules es trans como Rue (Zendaya) es mulata, Kat (Barbie Ferreira) es obesa, Maddy (Alexa Demie) es latina y Cassie (Sydney Sweeney) tiene las tetas grandes. No es ser transexual lo que la define. Es solo una parte de lo que es.»

«Eso sí, ya te prevengo de que Euphoria no es para todos los estómagos. No solo se ven tetas, mariconismo y alguna que otra pichurra, es que ofrece un desolador retrato de la sociedad actual a través de los ojos de unos adolescentes hechos mierda por las neuras y vicios de sus padres».


Y básicamente eso era Euphoria, una serie sobre adolescentes hechos polvo de Revientavirgos de Abajo, California, que, además de los mil problemas inherentes a la ebullición de la pubertad, que no son pocos, tenían que lidiar con rollos de drogas, amores, identidad sexual, construcción de la propia identidad, supervivencia en su estrato socieconómico de mierda y, muy a menudo, también con los banderillazos de sus familias semi-desestructuradas (o directamente en fase de derribo).

Ciertamente, a algunos de los personajes más interesantes de Euphoria (ciertamente no la petarda de Rue, ¡joder, qué manía le tenemos al insoportable personaje de Zentolla, digo Zendaya!) no resulta difícil de imaginárselos como unos chicos equilibrados, emocionalmente centrados y psicológicamente sanos... si sus padres no fuesen una dupla de soplapollas espiritualmente podridos y moralmente devastados que, claramente, nunca debieron de tener hijos.

La madre de Jules (Hunter Schafer) lo encierra en un manicomio cuando el niño empieza a desarrollar, de manera muy notoria, rasgos de personalidad y comportamientos expresamente femeninos. Y el padre de Jules se gasta un huevo, y la yema de otro, en abogados, y años de apelaciones, mociones y mierdas, antes de conseguir rescatar a su hijo transexual de ese campo de concentración con batas blancas, obtener la custodia plena del niño, al que bajo su tutela permitirá vestirse de chica y hormonarse más que un ciclista... y todo para ser el peor padre guay del universo. ¡Que no se da cuenta de su hijo-hija adolescente sale por las noches para prostituirse, en sórdidos moteles, con hombres de su edad, hostia ya!

Nate (Jacob Elordi) vive hecho un completo lío por culpa de la homosexualidad clandestina de su padre (Eric Dane, que lamentablemente sucumbió, el pasado febrero, a las complicaciones de la Esclerosis Lateral Amiotrófica que sufría), que da la fachada de empresario triunfador y fucker padre de familia, pero que, a espaldas de su mujer y vecinos, y de esos dos hijos a los que estRRRRRRRuJJJJJJJa para que cultiven todos los rasgos más adrenalínicos de la heterosexualidad más tóxica de toxilandia, se vuelve loco por los culos. Y queremos decir los culos con cojones aledaños (así conoce a Jules, que le miente sobre su verdadera edad).

Nate está literalmente hecho MIERDA psicológicamente, inseguro acerca de su propia identidad, de sus inclinaciones sexuales («si papá hace como que le van los chochos, pero en el fondo es maricón perdido, ¿qué coño soy yo entonces?»), desgarrado por el cinismo e hipocresía de su padre, dividido entre el deseo de proteger a su madre y la autoconservación del propio ego, amenazado y minado por ese padre culero.

Kat (Barbie Ferreira, que dejó la serie al final de la segunda temporada, oficialmente para buscar nuevos retos profesionales, perseguida por todo tipo de especulaciones que la actriz se ha apresurado a desmentir), la típica «gordita del cole» completamente superada por las macizorras de sus amigas, descubre el empoderamiento en las mazmorras de internet, confeccionando vídeos femdom para babosos gordofílicos que la consideran su reina. Descubre, un poco tarde, que su actividad de homemade-dominátrix está recableando su cerebro, instilándole una actitud soberbia y despectiva hacia el sexo colgante, desdén que vomita en Ethan (Austin Abrams), el único chico del cole a la que le importaban una mierda sus sudorosas lorzas (no como a ese mierdecilla de Daniel DiMarco, que la mandó a pastar cuando Kat ganó peso), y al que ella, en un rapto de endiosada fatuidad, ridiculiza y descarta como si fuese un lamentable pagafantas.

Y le rompe el corazón a un buen chico, que estaba enamorado de ella (con bullshit pasivo-agresiva nivel olímpico sobre una falsa enfermedad cerebral terminal). Que siempre la había tratado con cariño y respeto. Que la amaba tal y como era. Y que nunca olvidará que se permitió mostrarse vulnerable ante Kat, y que ella aprovechó la oportunidad para ridiculizarlo.
(Kat, con Jules, Fezco y Nate, era uno de los personajes más interesantes de Euphoria. Pero no volverá. Barbie Ferreira se ha ido. Ya fuese por «diferencias creativas», como dijeron algunas fuentes, porque se habría hartado de la serie, ya fuese porque se habría peleado con Levinson sobre el desarrollo de su personaje, como dices otras, ya porque realmente quería probar otras cosas o porque Ferreira descubrió el Ozempic y se hartó de ser «la gordita ésa de Euphoria», esta actriz se ha llevado, con su personaje, buena parte del peso específico, ¡badúm tssh!, de Euphoria).

Tampoco volverá Fezco, aunque en esta tercera temporada hacen el almendruco de mantener vivo al personaje haciendo que llame a Rue por teléfono desde la cárcel. Lamentablemente, Fezco no volverá porque Angus Cloud murió de sobredosis, aparentemente accidental, en julio de 2023, una semana después del fallecimiento de su padre, cuya muerte había dejado devastado al joven y prometedor artista. Desde aquí, deseamos cariñosa y humildemente que ambos se hayan reunido y se ofrezcan mutuo consuelo.

Euphoria nació como movimiento desesperado de los prebostes de HBO. La casa de Los Soprano, True Detective y Juego de tronos se enfrentaba a los inexorables estragos del tiempo, muela que todo lo destruye. También las audiencias. Los espectadores de la cadena estaban envejeciendo y, progresivamente, cancelando sus suscripciones a este mundo, y no había un producto «de enganche» que pudiese atraer a las audiencias jóvenes. Entre otros motivos porque ni los espídicos cogollitos de la Generación Z consumen televisión ni tampoco van precisamente sobrados de capacidad de concentración.

Sam Levinson apareció como Moisés bajando del Sinaí, llevando en alto las Tablas de la Ley. Hijo de Barry Levinson, el afamado director de El mejor, Rain Man y Good Morning Vietnam, Sam venía de escribir y dirigir Nación Salvaje, una especie de borrador de Euphoria, en forma de largometraje, en la que no es difícil rastrear muchas de las obsesiones desarrolladas posteriormente en la serie.

De hecho, algunos actores de Nación Salvaje, como Colman Domingo y Maude Apatow (ella misma Hollywood-royalty, hija de Judd Apatow), repiten en Euphoria, en nuevos roles, obviamente. Por todo lo demás, en Nación Salvaje ya tienes el boceto de Euphoria: grupo adolescente de «amigas contra el mundo», ciudad pequeña de provincias llena de secretos y miserias, personaje trans, personaje anti-gay, dramas de escuela secundaria, violencia, sexo, fotos eróticas filtradas en Internet, una turba furiosa, una matanza... (bueno, esto en Euphoria no se ve. Todavía).

Sam Levinson, que tuvo una juventud jodida nivel Robert Downey Jnr., partió de su propia experiencia personal con las drogas, la depresión y las clínicas de rehabilitación para escribir Nación Salvaje, que fue acogida con dispares opiniones por público y crítica. A nosotros, en la bitácora, nos gustó. Pero para gustos, ya sabes, los colores. Se conoce que alguien en HBO había visto Nación Salvaje y no le había disgustado de todo, así que los que ponen la pasta llamaron a Levinson Hijo, al que más o menos atribuían alguna autoridad en dramas adolescentes a partir de su largometraje debut como director, le expusieron sus problemas y le preguntaron si tenía alguna idea para pescar en el siempre revuelto río de espectadores tiktokeros reguetoneros e instagrammers con déficit de atención.

Y vaya si tenía ideas, el muy tuno. Su idea, concretamente, fue plagiar Euphoria.

¡Que sí, que sí, que Euphoria no es un producto original cien por cien muricano, que es un remake gringo de una miniserie israelí de 2012 que se llama... no te lo vas a creer, amado lector, Euphoria!

¿Que de qué va Euphoria-The Original, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Pues de un puñado de chavales de los años 90 que están psicológica y emocionalmente hechos mierda e intentan paliar el dolor de su spleen adolescente, el vértigo e indefensión producidos por la palmaria renuncia de sus corrosivos padres-colegas a ejercer ningún tipo de autoridad, y el terror a las responsabilidades de la vida adulta, que se les cae encima, follando, viendo porno, endrogándose y matando a alguien, mientras sus atolondrados progenitores (que en la serie raras veces aparecen o son filmados como siluetas sin rostro) no se coscan de nada y todos juntos esquivan misiles de Hamás, supongo, yo qué sé, no he visto la serie.

¿Te suena el argumento, querido lector?


Euphoria-The Original, inspirada en la muerte real de un adolescente llamado Ra'anan Levy, fue un intento de sus creadores, Ron Leshem y Daphna Levin, de hacer una Skins con sabor a jalot. Y fue un ESCANDALAZO en la por lo demás conservadora Israel. Encima, FRACASÓ en alcanzar a su público potencial, dado que, precisamente a causa de su polémico contenido y tono descarnado, se emitía de madrugada. Euphoria-The Original llegó demasiado pronto, antes de las plataformas de streaming, del «visionado pospuesto», del binge watching, y este grito de socorro de las nuevas generaciones israelíes, atrapadas en una espiral autodestructiva, esta llamada de atención dirigida a sus padres, fue cancelada tras su primera y única temporada.

Sam Levinson, siete años más tarde, creyó llegado el momento de darle una nueva oportunidad al concepto. Esta vez en América y en una de las plataformas de televisión por cable más exitosas del continente. Pero, claro, estamos hablando de Hollywood. Allí hay dinero, qué duda cabe. Pero pelotas, lo que se dice pelotas, como que están muy mal repartidas.

Una de las decisiones más polémicas de Levinson, además de reducir, prácticamente emascular, la crudeza de la serie original, fue la deliberada conversión de lo que debería ser el drama de unos adolescentes completamente sobrepasados por las violencias hormonales de la pubertad, y por la supina ineptitud de sus padres, en una experiencia sensual. En la Euphoria de Levinson, la adicción se convierte en glamour. El dolor, en espectáculo. El sexo más turbio en elegancia. La violencia, en brillantina. El empeño de Levinson por sacrificar la desdicha en el altar del estilo convierte esta serie en panegírico romántico de la miseria humana.

Cabe preguntarse si, quizá, ese pecado original de Euphoria, esa condición de «remake de un producto extranjero poco conocido», cuyo parentesco Levinson y HBO estaban decididos a diluir, cuestionar o negar, explica el maltrato sufrido por la fotógrafa Petra Collins, famosa por su personalísima firma de autor. Levinson había visto una exposición de la artista canadiense y se puso en contacto con ella para que se encargase de diseñar todo el apartado visual de Euphoria y, según la propia Collins, también para dirigir la serie. «I wrote a show based on your photos. Will you direct it?» (de aquí).

Collins se mudó a Los Ángeles y pasó cinco meses trabajando codo con codo con Levinson. Escogiendo encuadres, ópticas, filtros, efectos de luz, paletas cromáticas, y participando en las audiciones de los actores... Según Collins, ella construyó el mundo y el lenguaje estético de Euphoria (mientras Sam Levinson seguía puliendo guiones), para acabar despedida en el último minuto por ser «demasiado joven» para dirigir el proyecto y encontrarse, un año más tarde, que Levinson no había tenido empacho en reciclar su estilo visual la seña de identidad de la serie.

Si has visto la primera temporada de Euphoria, querido lector, ahora ya sabes que esa atmósfera mágica, ilusoria, casi lisérgica por momentos, no surgió del talento de Levinson ni del buen oficio de su director de fotografía, sino del ojo de Petra Collins, injustamente relegada de la producción y sin un maldito crédito, ni un agradecimiento «por su inspiración», en toda la serie. Invisibilizada. Oscurecida. Borrada por HBO y Levinson de la historia de Euphoria tanto como la Euphoria de 2012, ¿a fin de ofrecer a los espectadores angloparlantes una impostada credencial de originalidad, quizás?

(Euphoria ARRUINÓ la carrera artística de Petra Collins. «That series was an exorcism to me. [...] I had to change my style because of Euphoria. Lots of people started to take photos in that style and I haven’t felt any more as mine and I felt disconnected from that. I need to find myself again.» ¡Gracias, Hollywood! ¡Como siempre, un placer!).

Imbuido por HBO de poder absoluto como «cineasta experto en dramas adolescentes», y con un cheque de casi cuarenta y dos millones en el bolsillo, Levinson se convirtió en un tren sin frenos. Los actores tuvieron que ponerle límites más de una vez. «Oye, esta escena  no la puedo hacer. Es demasiado fuerte». Las jornadas de rodaje eran agotadoras, de doce, catorce horas, con Levinson reescribiendo diálogos para escenas que sus actores ya estaban en escena, interpretando, e improvisando sobre la marcha planos nuevos. Jacob Elordi acabó vomitando y sangrando en una esquina del plató después de rodar la enésima toma de la pelea con su padre. A Zentolla, digo Zendaya, tuvieron que darle Ventolín en el episodio de la feria (que se rodó íntegramente de noche, peso psicológico añadido para todo el reparto, y en un ambiente caliginoso), porque acabó asfixiándose por el esfuerzo y el estrés...

De alguna manera, Levinson se las arregló para acabar la primera temporada sin que lo crujiesen a demandas (El anime-fanpic homoerótico de Harry Styles y Louis Tomlison, para el que ninguno de los implicados dieron su consentimiento, estuvo a punto de costarle un disgusto y encabronó mucho a todos los fans de One Direction), y sin que ninguno de sus actores perdiese la chaveta, y el estreno de la producción lo elevó a los altares de la televisión de pago.

Naturalmente, la segunda temporada se firmó casi inmediatamente. HBO firmó otro cheque, éste de casi 97 millones de dólares...

...y comenzaron los problemas. Sidney Sweeney, que había tenido algunas escenas de topless en la primera, se leyó los borradores de la segunda temporada y no pudo creer lo que estaba viendo. Levinson quería sacarla en cueros vivos de pelota prácticamente en cada capítulo. Levinson se vio obligado a ceder a las exigencias de Sweeney. Barbie Ferreira anunció que abandonaba la franquicia, por el motivo que fuese (ella ha negado en diversas entrevistas que esa pelea con Levinson, sobre el trastorno alimentario que quería crearle a Kat). Jornadas de veinte horas ininterrumpidas de rodaje que dejaron física y mentalmente exhaustos a los miembros del equipo. Excentricidades como rodar parte de la serie en película de 35 milímetros (lo que encareció la filmación y recortó el margen de actores y técnicos para cometer errores). Y la introducción del personaje de Faye, interpretado por Chloe Cherry... a la que no negamos talento para el drama y que, en la segunda temporada de Euphoria, lo hace DE VICIO, pero a la que conocemos... eeeeh uh... por OTRO tipo de películas. Películas en las que, para nos entiendas si todavía no lo has hecho o te da cansura pinchar el enlace, podría haberse currado un numerito sáfico con nuestra amada Riley Reid.
Hemos visto a esos morritos hacer cosas que nunca creerías.

Pero la segunda temporada de Euphoria se rodó. Y se estrenó. Y, de nuevo, fue un éxito. Tan palmario, de hecho, que HBO le concedió a Levinson un cheque en blanco para un proyecto distinto, The Idol, un estrepitoso FRACASO de público y crítica caracterizado por un calendario de rodaje ENLOQUECIDO, una directora (Amy Seimetz) abandonando el proyecto dando un portazo debido a GRAVÍSIMAS diferencias creativas con Levinson (que, en trayectoria de colisión con la visión de Seimetz, veía el proyecto como una «Euphoria con adultos»), reescrituras de guion sobre la marcha, recast de actores que descubrieron, mid-season, que no iban a volver para terminar la temporada, problemas de presupuesto e insinuaciones sobre un ambiente de trabajo literalmente tóxico.
(Varios testimonios aseveran que la infernal producción de The Idol se salió de madre muchísimo. Según las opiniones de algunos espectadores que la vieron, la «Euphoria con adultos» de Sam Levinson es una fantasía de violación y porno de tortura. En la bitácora no la hemos visto y no podemos opinar. Además, la presente entrada no va de eso. ¡NO TE DISPERSES, SOMMER!).
Euphoria se labró una reputación como «esa indigesta serie de HBO sobre adolescentes (que no para adolescentes) hechos filfa», maravillosamente fotografiada, bien escrita, con personajes complejos, contradictorios y, a menudo, repelentes, tramas adultas (paradójico, ¿eh?), profundidad temática, psicológica y argumental, actores tocados por las musas, tetas y carallos.
Foto original de Petra Collins, antes de que Euphoria arruinase su carrera.

Las tramas, los personajes (y una textura visual muy característica) fue lo que hizo distinguir la primera temporada de Euphoria.

Pero lo que nos encontramos en esta tercera temporada es la voladura controlada del tono, ambiente e incluso personajes de la franquicia que conocíamos de anteriores entregas.

¿En qué se han convertido nuestros personajes, que en las dos primeras temporadas nos conquistaron con sus defectos e inseguridades?

¿La apollardada yonqui depresiva autoindulgente y narcisista de mierda de Rue (Zentolla, digo Zendaya), de lejos el personaje de Euphoria que peor nos ha caído, siempre, y qué poco se nos nota? Empieza la temporada de mula para Laurie, trayendo de México jaco culero para pagar las drogas que debía vender en la segunda temporada, y que prefirió chutarse. De repente pasa a trabajar en un club de strip-tease, pastoreando a las chicas, si se nos permite expresivo así.

¿Nuestra amada Jules, valiente, sensible y emocionalmente rota? Puta de lujo con aspiraciones artísticas, sugar-baby de millonario casado. Hombre, al menos esto es coherente con el personaje, que empieza la serie poniendo el culo por dinero en sórdidos moteles de carretera, pero, joder, ¿esto es todo? O sea, ¿de verdad Sam Levinson quiere decirnos que Jules lleva tres temporadas maniatada en la misma dinámica, que nunca será nada en la vida más que un chapero, que lo único que ha cambiado desde 2019 es el precio por sus servicios?
(Y, además, con todo el trabajo de chapa, pintura y fontanería que se ha hecho, y los kilos que ha perdido, Jules ya no parece Jules porque Hunter Schafer ya no se parece a Hunter Schafer).

¿La pobre y atribulada Cassie (Sidney Sweeney), emocionalmente lisiada y menesterosa de atención? Instragam-whore onlyfanera con cero autoestima.

¿El traumatizado psicópata Nate (Jacob Elordi)? Promotor inmobiliario en caída libre hacia la ruina económica y endeudado con loan-sharks de esos que no tienen sentido del humor.

Dejando de lado a los personajes y centrándonos en el aspecto narrativo, todo ese tono de «mala película de Tarantino» que ha salpicado la tercera temporada de Euphoria es pura y simplemente denigrante y desorientador en un show que empezó como drama adolescente con elementos de humor negro y dirty realism.

En el apartado técnico, lo que más destaca, por abajo, en esta tercera iteración de la serie, es la fotografía. No es mala, pero carece completamente del carácter onírico del arte de Petra Collins. La fotografía de la primera temporada de Euphoria era hipnótica y deslumbrante. La de la segunda empezó a alejarse de su referente, pero aún apuntaba maneras. La de la tercera temporada es sólo correcta.

Las interpretaciones de los actores siguen siendo brillantes, pero los papeles que les han escrito son terribles. Como si los guiones hubiesen sido concebidos para humillar a estos personajes. Desprestigiarlos. Ridiculizarlos. Cassie sale disfrazada de perra. Jules pierde una excelente oportunidad de trabajar para Hollywood porque, a través de Lexi (Maude Apatow), le encargan un lienzo para una serie de televisión FAMILIAR, y entrega una pintura llena de transexuales desnudos con las pichas duras. A Nate le dan una paliza y le cortan un dedo del pie por sus deudas. Faye se CAGA ENCIMA a su regreso de un viaje a México, con el orto lleno de drojaína. Estos personajes atormentados, perdidos, heridos, que en las primeras temporadas nos inspiraban simpatía, lástima y piedad, en esta tercera temporada nos dan asco, risa y vergüenza ajena.

Y todas esas son decisiones deliberadas de Sam Levinson, cuyas motivaciones para dinamitar Euphoria y denigrar a sus personajes nos negamos a investigar.

De drama adolescente con personalidad propia a sucio drama adulto formulario, de personajes adorables, pese a sus defectos, a personajes risibles y repugnantes, de belleza visual a anodino pastiche, el viaje de Euphoria la ha llevado desde la cúspide del prestigio autoral a los valles oscuros de la vulgaridad y pronto, nos tememos (y casi lo deseamos, si así se detiene su decadencia), al olvido en ésta su tercera y tal vez última temporada.

Euphoria ha cambiado. Euphoria nos hacía sentir espanto y admiración en su primera temporada. Euphoria nos hace sentir indiferencia y tedio en su tercera temporada. Y nosotros nos permitimos sentirlo todo. Especialmente la decepción, y la nostalgia de un programa al que amábamos, y cuya dolorosa agonía nos acongoja y, pronto, lamentablemente, nos dejará indiferentes.

domingo, 10 de mayo de 2026

Una profesión de putas

En febrero de este año se ha ido a corregir galeradas al cielo de los genios uno de los mejores escritores contemporáneos de ciencia-ficción y terror.


Y no le ha importado a nadie porque la prensa generalista se ha asegurado de que muriese prácticamente en la oscuridad, en buena medida olvidado y vilipendiado. Recordado sólo por sus lectores más fieles y llorado por sus mejores amigos.
Y nosotros tomamos prestado el título de la autobiografía de David Mamet (curiosamente descatalogada en el mercado nacional) para vilipendiar a casi todo el género periodístico en su totalidad y, de paso, quejarnos de su fanatismo, intolerancia y estupidez congénita. Que, dado que no nos ofrecen justicia, por lo menos nos respeten la pataleta.

No nos vamos a remontar muy atrás en la biografía de Dan Simmons porque, honestamente, a ti te importa una mierda de perro muerto, querido lector, y a nosotros también. Es mejor poner el «año cero» del autor de Los fuegos del Edén y El terror en el genuino inicio de su carrera como escritor. Y, para pasmo y estupefacción tuya y de muchos (ciertamente no para los informados paracaidistas de esta bitácora), esa carrera empezó con el indomable, inimitable e insobornable Harlan Ellison (a quien, pronto hará ocho añacos le dedicamos un sentido panegírico en la bitácora, aunque difícilmente podríamos haberlo hecho mejor que José R. Montejano en este artículo para Zenda).

Cuando su camino se cruzó con el autor de No tengo boca y debo gritar, Dan Simmons llevaba ya diez años de embrutecedora carrera profesional en la enseñanza, después de graduarse en Literatura e Inglesa por Wabash, escribiendo en sus horas libres historias cortas de terror que enviaba, con dispar éxito, a toda clase de revistas del género. 

Desesperado, a principios de los ochenta Simmons le dijo a su mujer, Karen, que si no obtenía pronto algún tipo de incentivo para seguir intentando abrirse camino en la industria editorial, iba a mandar a la puta lo de escribir pantufladas que nadie quería publicar y dedicarse full-time a su trabajo de profesor.

Y entonces llegó esa conferencia para escritores celebrada en Denver, donde Harlan Ellison, que no le comía la polla a nadie ni era amigo de chuminadas, se fijó en él de entre toda la gente que participaba en un taller de escritura creativa para decirle a Simmons que tenía verdadero talento. Que no dejase de escribir. Que para un escritor de ciencia-ficción, fantasía o terror de la época es, para que me entiendas, como si Jesucristo te dijese «ven conmigo y yo te haré pescador de hombres».

Espoleado por EllisonSimmons acabó ganando el premio Locus, en la categoría de Historia Corta, en 1983, con su cuento The River Styx Runs Upstream. La historia fue publicada, y por primera vez Dan Simmons llamó la atención de los editores.

(En 1984, Simmons volvió a ser premiado con el Locust, esta vez en la categoría de Novela Corta, por Remembering Siri).

Y en 1986 llegó su primera novela publicada, Canción de Kali.

Uno de los libros más perturbadores, agobiantes, aterradores, oscuros y fascinantes que hemos leído jamás los ternascos de la bitácora. Leerla es como adentrarte en una pesadilla de la que te despiertas para descubrir que estás en otra pesadilla.

Su naturaleza de colisión entre el personaje de Robert Luczak, que representa al ilustrado y materialista Occidente, y los intelectuales indios, a los que se representa como primitivos y, hasta cierto punto, supersticiosos ignorantes «lastrados» por la inercia de su milenaria religión del millón de dioses; y la descripción de Calcuta como una especie de infecto vertedero contaminado de maldad en estado puro han despertado las iras de algunos intelectuales sojas con demasiado tiempo libre y excesivas ganas de escenificar su «virtue signaling». Como James Nicoll, sin ir más lejos:
«Post‑9/11, Simmons outed himself as a virulent Islamophobe. Was this a reaction to second-hand trauma or did it bring out something that had been lurking there all along, unnoticed? Or did it cast light on something that had been obvious from the beginning?»

»Simmon’s Calcutta is overpopulated, filthy, violent, diseased, crime-ridden, cult-ridden, and eeeeeeeeevil. Simmons hammers on that theme over and over. From time-to-time Simmons seems to remember that perhaps an unending stream of spittle-flinging invective about all the ways in which a densely populated Asian city fails to please a white American might come across as a little bit racist and inserts mention of a positive aspect of the local culture.»

»I should also note that science fiction, fantasy, and horror aren’t too keen on cities, especially large cities, or persons of colour. Indian megalopolises therefore are likely to be regarded with disdain by your average spec fic author. Also, India in particular has been singled out by various Western pundits and writers as the Asian nation most likely to collapse into famine and civil war. Still…
Song of Kali stands out for sheer unmotivated hatred and xenophobia.»
(No acabamos de entender muy bien cómo coño puedes empezar la crítica de un libro poniendo a caldo las opiniones políticas y actitudes racistas que le atribuyes al autor. Ni cómo una persona con el bagaje de Nicoll es aparentemente incapaz de distinguir entre el narrador de Canción de Kali, que es un personaje más, con razones más que sobradas para detestar Calcuta y a todos los que viven allí, y el escritor de la novela. Ni por qué necesita que le expliquen que Simmons se limitó a retratar una Calcuta imaginaria, quimérica, donde su oscura historia de terror y culto a la muerte pudiese tener lugar).
Canción de Kali ganó el Locus de 1986 a la Mejor novela de un autor primerizo (porque los lectores de Locus, que la premiaron en 1986, al parecer tenían más discernimiento y capacidad de abstracción que James Nicoll en 2024). Fue el pistoletazo de salida para una carrera literaria (tras el éxito de esta novela, Simmons mandó a mamar su trabajo como profesor de inglés) que se ha movido con soltura entre la fantasía y la ciencia-ficción con elementos de terror (aunque menudo Simmons renuncia a las encorsetadoras etiquetas y mezcla géneros en magistral promiscuidad) y que atraviesa varias décadas con obras que ya han conquistado, por derecho propio, un puesto de honor en los anales de la ficción especulativa.

Y probablemente debido a su formación en literatura inglesa, Simmons no se ha resistido a meter «morcillas» de cultureta gafapasta en todas sus obras, o hacer personajes secundarios, e incluso protagonistas de sus novelas, a algunas de las bichas más grandes de las letras anglosajonas y latinas.

Los vampiros de la mente, de 1989, personalmente a los paracaidistas que escribimos en la bitácora nos aburrió soberanamente y es, con carácter oficial, la única novela de Dan Simmons que hemos sido incapaces de acabarnos. ¡Cansina, copóns! El título original de la novela, Carrion Comfort, está tomado de un poema de Gerard Manley Hopkins.
Not, I'll not, carrion comfort, Despair, not feast on thee;
Not untwist — slack they may be — these last strands of man
In me ór, most weary, cry I can no more. I can;
Can something, hope, wish day come, not choose not to be.
But ah, but O thou terrible, why wouldst thou rude on me
Thy wring-world right foot rock? lay a lionlimb against me? scan
With darksome devouring eyes my bruisèd bones? and fan,
O in turns of tempest, me heaped there; me frantic to avoid thee and flee? 


Los cantos de Hiperión, dividida en cuatro volúmenes (Hiperión, La caída de Hiperión, Endimión y El ascenso de Endymion) es una de sus series más conocidas. Una space-opera siniestra e hipnótica inspirada por Los cuentos de Canterbury (al menos, ése es el caso con Hiperión) y con títulos directamente secuestrados de poemas de John Keats.
Deep in the shady sadness of a vale
Far sunken from the healthy breath of morn,
Far from the fiery noon, and eve's one star,
Sat gray-hair'd Saturn, quiet as a stone,
Still as the silence round about his lair;
Forest on forest hung about his head
Like cloud on cloud. No stir of air was there,
Not so much life as on a summer's day
Robs not one light seed from the feather'd grass,
But where the dead leaf fell, there did it rest. 


En los fuegos del Edén, Mark Twain es protagonista de una de las tramas principales de esta novela fascinante con millonarios pastosos, inversores japoneses, esposas trofeo y dioses hawaianos de los de la cáscara amarga.

The Hollow Man alude, obviamente, a ése poema de T.S. Eliot y se inspira, casi rozando el plagio, en El infierno de Dante.
We are the hollow men 
We are the stuffed men 
Leaning together
Headpiece filled with straw. Alas!
Our dried voices, when 
We whisper together 
Are quiet and meaningless
As wind in dry grass 
Or rats’ feet over broken glass
In our dry cellar 


Un verano tenebroso es un It de Stephen King escrito después del It de Stephen King. Aunque Dan Simmons juró más tarde que, en el momento de escribir este libro, no conocía It y el propio King escribió un entusiasta blurb que se reproduce en muchas ediciones de Un verano tenebroso:
«If Summer of Night isn't the best horror novel of the last five years, it is surely one of the best three…»
Aunque no he podido confirmarlo, parece ser que, después de publicado Un verano tenebroso, King y Simmons se reunieron, compararon notas y descubrieron, para su mutuo pasmo, que habían basado sus respectivos libros en experiencias e influencias comunes. Por lo tanto, Un verano tenebroso sería más un «hermano espiritual» de It que el descarado plagio que muchos denunciaron en su día (grupo de niños en un pequeño pueblo, verano iniciático en los años 50/60, mal antiguo y casi cósmico, nostalgia de la infancia, mezcla de aventura juvenil y horror... llega a tus propias conclusiones, amado lector).

El terror es una ficción fantástico-acojonástica sobre la expedición Franklin, cuyos barcos quedaron atrapados en el Ártico en 1847 en una aventurada, y desorientada, misión de búsqueda del huidizo Paso del Noroeste. Por si la historia real no era ya lo bastante perturbadora (entre los náufragos de la expedición se han documentado incluso casos de canibalismo), Simmons le mete una amenaza invisible, terror psicológico, miserias humanas y antiguos espíritus malvados inuit en una obra fascinante que en 2018 fue adaptada en forma de serie de televisión.

Ilión y Olimpo son dos PEDAZO LADRILLOS inspirados directamente en La ilíada de Homero y La tempestad de Shakespeare. Y decimos ladrillos por extensión (unas 400 000 palabras entre las dos), no porque sean aburridas. Que no lo son (aunque sí es ciencia-ficción para los fans «pata negra» de Simmons, absolutamente desaconsejables para neófitos).

La soledad de Charles Dickens es una extraordinariamente desvergonzada novela biográfica, llena de falsedades y exageraciones, sobre los últimos años de vida del colosal escritor de Oliver Twist y de su opiómano amigo Wilkie Collins, que tuvo la mala suerte de nacer en la misma época que Dickens.

Simmons también hizo sus pinitos en el hard-boiled con su trilogía de Joe Kurtz (Hardcase, Hard Freeze y Hard as Nails, que, por lo que yo sé no tienen edición en español, al menos en papel, aunque juraría que he leído Hardcase traducida al idioma de Espronceda).

Paradójicamente, a pesar de su obra extensa (aquí sólo te hemos ofrecido un esbozo, querido lector), historias poderosas, personajes icónicos y atmósferas evocadoras, la obra de Simmons ha conocido poca o ninguna adaptación a la pantalla, más allá de la serie de El terror emitida por AMC. La saga de Hiperión lleva DÉCADAS en el temido «development hell» sin encontrar ni financiación ni formato (que si película dirigida por Scott Derrickson. Que si serie de televisión de Syfy. Que si Bradley Cooper implicado en el desarrollo. que si Warner Bros al timón y Graham King al guion. Que si la concha bendita...).

Un verano tenebroso, al tirón de It y Stranger Things, parecería, a priori, la más «adaptable», al menos en el momento actual. Pues tampoco.

¿La soledad de Charles Dickens? Que no hay manera. Que ni con el nombre de Guillermo del Toro asociado al proyecto se consigue poner esto en movimiento

Los vampiros de la mente. Se intentó. Se desistió. Cuentan las malas lenguas que alguien, en alguna parte, lo sigue intentando.

The Crook Factory. Un gran «nope!»

Canción de Kali. No se hizo la película en los ochenta. No se hizo en los noventa. En el clima pichafrígido actual, nadie tendría huevos de hacerla ahora.

Diremos, en descargo de los productores, que Dan Simmons es, probablemente, el rey de los «libros inadaptables». Sus novelas suelen ser larguísimas. Sus estructuras narrativas complejas desaniman al más pintado de los guionistas (y de esos, aparentemente, ya no quedan). La mezcla de géneros hace muy difícil encontrar el tono apropiado de una posible adaptación a la pantalla. La intertextualidad literaria es IMPOSIBLE de trasladar a una película o serie. Y la ambientación de obras como Los cantos de Hiperión o Ilión/Olimpo (sobre las que en 2004 se compró una opción para la pantalla) requeriría no ya presupuestos nivel Vengadores: Endgame, sino nivel NASA en sus mejores años.

En su dilatada y carrera, Simmons no solo ha tocado todos los palos que se pueden tocar del noir a la ciencia-ficción, sino que ha coleccionado los más prestigiosos premios del mundillo y también algunos de los menos conocidos. El Bram Stoker. El British Fantasy Award. El Hugo. El Nébula. El Ignotus. El Grand Prix de l'Imaginaire. El BSFA. El Premio Theodore Sturgeon. El International Horror Guild Award, ahora extinto. Y el título de Gran Maestro de la World Horror Convention, que lleva sin convocarse, conviene decirlo desde tiempos pre-pandémicos.

Y, a pesar de este bagaje, la muerte de Dan Simmons ha sido deliberadamente ignorada por la mayoría de la prensa generalista.

¿Qué ha pasado?

Pues ha pasado que, en el mefítico monocultivo woke actual, Dan Simmons fue etiquetado como un escritor extremista, ultraconservador y racista. Y funado miserablemente. La condena dictada para las voces independientes que no se amoldan a los pútridos valores tardomarxistas promovidos desde los grandes grupos de comunicación es el escarnio reputacional y la muerte pública. Por ese motivo ni siquiera el fallecimiento del autor protagonista de esta entrada ha merecido más que un titular desganado en algunos medios.

Flashback, una novela de Simmons publicada en 2011, desencadenó el odio de los dueños de los medios y portavoces SJW sobre el autor de Canción de Kali. Esta novela es una distopía ambientada en una futura Norteamérica devastada por las políticas de redistribución forzada de la riqueza y programas sociales desmesurados puestos en marcha por la administración Obama.

La civilización estadounidense, arruinada por las paguitas, los chiringuitos, los subsidios, la ideología fanática y ciega a las más elementales leyes de la economía, ha visto la desaparición de la libertad de expresión (las voces conservadores han sido prohibidas), la imposición de la represión de disidentes (los estadios deportivos se han convertido en improvisados campos de concentración), la crisis energética desencadenada por la «estafa del cambio climático», el reemplazo étnico y cultural motivado por la inmigración masiva y descontrolada, la multiplicación de mezquitas por el país, desplazando a las iglesias cristianas (hay un nuevo califato cobrando forma en Oriente Medio), la desintegración de las infraestructuras críticas, la desaparición del ejército nacional y su sustitución por ejércitos privados de mercenarios, la erradicación del Estado de Israel con armas nucleares (y un «segundo holocausto» que ha matado a millones de judíos) y la popularización de una droga de consumo masivo, llamada Flashback, que da unos «viajes» permiten al consumidor revivir los «buenos viejos tiempos» antes de que la economía se fuese a la verga.

Flashback de Dan Simmons es (los lectores argentinos entenderán esto) una distopía de un cuarto de vuelta de peronismo con doble de fentanilo y cuarto y mitad de islamismo.

En el Paratroopers no nos hemos leído Flashback y nos resulta muy incómodo hacer la crítica de una obra que desconocemos. Las reseñas que hemos encontrado por ahí van del odio rabioso y políticamente motivado al desengaño («How could the witty and potent imagination that produced “The Terror” and “Drood” wither to such smug and censorious dullness?», extractado de aquí).

Las críticas más suaves  a Flashback ponen el énfasis en los diálogos desganados y extraños («mind-numbingly expository... jarring... bizarre... sometimes overtly offensive...», extractado de aquí). En su cargante naturaleza de propaganda anti-izquierdista («as a political novel [...] it's a disaster. Simmons seems unable to keep himself from stopping his book dead with frequent ideological rants»), pro-sionista («In one strikingly tone-deaf moment, the lapsed-liberal professor Fox condemns politicians of the past [...] who weren't sufficiently pro-Israel: "I wish those presidents and senators and representatives had been hanged from lampposts all over Washington."») y tremendamente despectiva hacia las minorías (hay un personaje negro que se llama, literalemente, «Delroy Nigger Brown»).

El escarnio que, a los votantes demócratas y meapilas, les parecía que se le hacía en Flashback a SU presidente, ese «blanco honorario» que ganó el Nóbel de la paz por ser negro y por no ser George W. Bush (y luego autorizó la mayor cantidad de asesinatos selectivos con drones de la historia de EE UU desde que esa tecnología estaba disponible) les cabreó muchísimo.

«I’ve been called a Nazi. I’ve been called a racist. People who have no idea of my life, what I’ve done, how I’ve worked for civil rights throughout my life, or what my politics have been, and what Democratic candidates I’ve written speeches for. [Instead,] I’m [labeled] a racist and a Libertarian, which amuses me. (I had a Libertarian professor once—he was pretty smart, he made some sense, but I’m no Libertarian.)»

No sirvió de nada que Dan Simmons, desde su página web, hoy inaccesible, gritase bien fuerte y bien alto que la novela no representaba sus ideales políticos. Que el presidente de la historia corta original de 1991, en la que había inspirado Flashback, era Reagan, no Obama. Era tarde para librarse de la condena de los apóstoles de la corrección política, los groupies del «desde el río hasta el mar», los pijocomunistas de iPhone y cuenta en Twitter desde la que aúllan y cuenta en Bluesky en la que no les lee ni Dios. La gente ansiosa por pegarse la etiqueta de víctima y creer lo peor de los demás desempolvó sus copias de Canción de Kali y dijo, «¿Veis, veis? ¡Ya en este libro racista, aporofóbico, colonialista y supremacista blanco, Simmons nos estaba mostrando sus verdaderos colores!»

«[These critics] read the wrong version of Flashback. I should just let them all read the 1991 story that was published. Because it was 1991, America went broke because of Ronald Reagan, and the same young character that’s in the 2010 novel, says, “He acted like our grandfather, but the mofo made us broke. He ruined our country.” So I’d be a hero to all the progressives who say I’m not worth reading, and I’m a bastard, and so forth if they read that version.»

Cuando los justicieros de la tecla te declaran culpable, no queda nada que decir en tu defensa. Cualquier invocación del sentido común es considerada obstinación, cualquier exposición de hechos, miedo, cualquier declaración de inocencia, debilidad. Dan Simmons aprendió, quizá demasiado tarde, que no hay posibilidad de diálogo con la morralla aborregada e intolerante de la secta de lo políticamente correcto. Ya sabes, los de «con el fascista no se debate, al fascista se le combate».

«I didn’t care how America went broke, I just needed it broke so I could write this book. I need a completely economically-devastated United States so I could get my people on flashback and look at the effects of this idea of a nation turning its back on the future. They think I was just going after Obama in the book; well, it used to be Reagan, and if I had waited a few years it would be whoever else would be president.»
(Los tres entrecomillados superiores han sido extractados de esta entrevista a Simmons).
La importancia histórica de Dan Simmons en la literatura de terror y ciencia-fición no merece el relativo silencio con el cual fue acogida su muerte. Newsweek, Ars Technica y The Guardian publicaron su obituario. El inframundo de las revistas y bitácoras de ciencia-ficción de Internet encendió velitas por él y clavó a unas cuantas víctimas en el Árbol del Dolor del Alcaudón. Pero el autor de algunas de las novelas de ficción especulativa más interesantes de los últimos treinta años no gozó del homenaje multitudinario, del reconocimiento unánime de una prensa generalista demasiado cobarde para darle el reconocimiento que merecía, ni siquiera en la muerte, o demasiado rencorosa y mezquina para siquiera respetar a un enemigo caído.

De ahí que, desde hace muchos años, cuando nos piden nuestra opinión sobre el oficio de periodista, lo primero que nos sale es decir de ellos lo que David Mamet decía de los guionistas de cine.

Y volvemos a afirmarlo en la presente entrada de la bitácora, último homenaje a un hombre que, por falible que fuese en su carne mortal, era un gigante intelectual y un escritor superdotado, cuyo fallecimiento deja al mundo un poco más oscuro y mucho más pobre y monótono.
«I don’t argue with people now, but if I were to talk to somebody I’d say, “If you’re going to vet every author you read, you’re going to be very busy, and you’re not going to be reading many.”»

Dan Simmons. 1948-2026