Jean Paul Getty probablemente sea uno de los personajes más mezquinos del siglo XX, y eso no es decir poco.
Heredero de los derechos sobre campos petrolíferos que su padre, George Franklin Getty, abogado de seguros, había adquirido en Oklahoma, el joven Getty recibió la educación de un príncipe europeo. Estudió idiomas (francés, alemán, italiano, español, árabe, ruso, latín y griego clásico), se matriculó en Berkeley, si bien no llegó a licenciarse, hizo varios viajes a Europa, ingresó en Oxford y obtuvo una carta de recomendación del presidente Taft que le permitió recibir instrucción en el Magdalen College, si bien no estaba matriculado en él. Pero aprovechó para hacer buenas amistades, como un tal Eduardo Alberto Cristián Jorge Andrés Patricio David, engolado pesetero filonazi racista loco por los chochos divorciados que, cosas de la vida, por breve plazo, fue el rey Eduardo VIII del Reino Unido.
Con un pequeño préstamo de su padre, Getty hizo sus primeras inversiones en una compañía petrolera de Tulsa, ganó su primer millón en 1917 (ajustando la inflación, eso serían unos 26 millones de los de ahora) y dijo que se llevaba los beneficios a Los Ángeles, a frungir coños, hacer bastardos, casarse y divorciarse en serie. Y es que, parece, al tío le ponían a tiro un chocho y perdía el oremus.
Aunque acabó regresando al negocio familiar, Jean Paul había perdido completamente el respeto de su padre, inflexible metodista abstemio y monógamo, que, a su muerte en 1930, sólo le dejó medio millón de dólares de la fortuna familiar (unos diez milloncitos de los de 2026), calculada en unos diez millones de la época (unos 200 millones actuales), y un tercio de las acciones de la Oklahoma Oil Corp. La viuda, Sarah Catherine McPherson, heredó el 95% de la fortuna familiar y los otros dos tercios de la compañía, pero su avispado y codicioso hijo le hizo la del trile para que lo pusiese en un fideicomiso contra el que Getty podía pedir financiación para sus propios negocios, como la adquisición de acciones de la Tidewater Oil Company.
Durante la Gran Depresión, cuando todo el mundo vendía, desesperadamente y los agentes de bolsa se tiraban por las ventanas, Jean Paul Getty compró la Pacific Western Oil Corporation, como parte de una estrategia que culminaría en 1953 con la compra de la Skelly Oil Company. Estos holdings fueron los pilares de Getty Oil, surgida en 1967 de la fusión de todos ellos. Antes ya había llegado a un acuerdo con Ibn Saud en el que se comprometía a mantener el precio del barril de crudo de la Zona neutral saudí-kuwaití a 55 centavos y sufragar al rey árabe un millón de dólares al año. La fluidez de Getty en árabe y su profundo conocimiento de la historia, el arte y la cultura musulmanas derivaron en una duradera amistad personal entre ambos.
Y bueno, resumiendo mucho, digamos que varios autores y economistas conceden a Getty el título de «primer milmillonario de la historia» (una vez más, ajustando la cuantía de su fortuna personal y el valor de sus alrededor de doscientas empresas a la inflación). Vamos, que el tío era asquerosamente rico. Rico nivel Dios. No sólo coleccionaba obras de arte (lienzos de Rubens, Renoir, Tintoretto, Degas, Monet...; ), antigüedades (mármoles romanos y griegos, fundamentalmente, hoy en día exhibidos mayoritariamente en la Villa Getty) e inmuebles carísimos (un castillo del siglo XV cerca de Roma, un rancho en Malibu, Sutton Place, la mansión de 72 habitaciones en Surrey que se convirtió en su centro de operaciones...). El cabrón cagaba oro, como un Lannister.
Y, como a un Lannister, la mayoría de los críos le salieron tarados. Casado cinco veces, divorciado otras cinco (los matrimonios raras veces le duraban cinco años), tuvo cinco hijos reconocidos (y un número indeterminado de hijos ilegítimos) que parecen haber heredado con la sangre paterna todo el epicureismo y desenfreno genital y poco o nada de su ética de trabajo espartana y feroz austeridad. Su quinta esposa, Louise Dudley Teddy Lynch, contó en 2013 que Getty se había puesto tó loco por la cantidad de dinero que ella se gastaba en el tratamiento del único hijo que habían tenido juntos, y que había perdido la vista, a los seis años, debido a un tumor cerebral. El niño murió a los doce años y Getty no se tomó la molestia de asistir a su funeral.
En 1973, George Franklin Getty II, vicepresidente de Getty Oil, se suicidó, dicen algunas malas lenguas, en pleno mal viaje de LSD o ataque de delirium tremens provocado por su alcoholismo recalcitrante (otros atribuyen su automorisión a la depresión severa que sufría).
El tercer hijo de Jean Paul, John Paul Getty II, se dio a una vida hippie pagada por los minolles de papá con la actriz británica Talitha Pol. La pareja se compró un palacio en Marruecos al que llamaron el «Palacio del Placer» y en el que la fornicación era diaria, el ron entraba en cisternas, la coca en camiones y el jaco en carretas. La pareja tuvo una hija a la que hicieron la gigantesca putada de bautizar Tara Gabriel Gramophone Galaxy. Talitha murió de sobredosis de heroína dos años después de separarse de John Paul.
Gordon Getty, el cuarto hijo del patriarca, no tuvo una vida marcada por la tragedia, pero protagonizó su propio escándalo en 1999, cuando se descubrió que mantenía a su familia oficial y a otra «de repuesto» con una mujer llamada Cynthia Beck, que le había dado tres hijas.
Precisamente uno de los hijos de Gordon, Andrew Getty apareció muerto en su domicilio de Los Ángeles en 2015, con un nivel de anfeta en sangre capaz de matar a dos elefantes. John Gilbert, otro hijo de Gordon, apareció en su habitación de hotel de San Antonio, Texas, con un poco de sangre en el fentanilo.
La pésima relación de Getty con sus hijos (que al parecer se transmitía de generación en generación) era casi tan mala como su relación con sus esposas. Se atribuye a Getty la frase «Una relación duradera con una mujer sólo es posible si eres un empresario fracasado». Dicen las malas lenguas, que, en sus últimos años, mantenía en Sutton Place un pequeño harén de concubinas, vinculadas POR CONTRATO a su cama, a las que mantenía a raya y hacía competir entre sí por su «amor» prometiéndoles un buen mordisco de su patrimonio, cuando falleciese. Promesas que jamás había tenido intención de cumplir, porque no es sólo que la diversión preferida de Jean Paul Getty fuese reescribir su testamento, es que estaba convencido de que sus descendientes NO merecían ni un penique de madera de su dinero. «Los hijos de los ricos no deben ser consentidos ni recibir dinero cuando tengan edad de valerse por sí mismos», dicen que dijo una vez, como su padre le había dicho a él (pero el muy cabrón se las ingenió para hacer pasta con la fortuna de la familia de todas formas).
Su racanería, siendo como era un cabrón PODRIDO de dinero ha puesto a Jean Paul Getty en los libros de historia. Cuando el periódico que le llevaban a la mesa del desayuno todos los días subió su precio dos cochinos peniques, Getty estuvo considerando muy seriamente cancelar su suscripción. Jamás tiraba una fotocopia, carta, menú o tarjeta hasta haber aprovechado el papel por ambas caras. Se lavaba sus propios gayumbos para ahorrarse el coste de la lavandería. Hizo instalar una cabina de teléfonos, de las que funcionan con monedas, en su mansión de Surrey, porque en esta casa las llamadas importantes las hago yo o se hacen cuando yo lo mando, y el que quiera telefonear por chuminadas que se lo pague de su bolsillo. Y, naturalmente, el episodio por el que su cicatería se ha vuelto legendaria, estuvo REGATEANDO con los secuestradores de su nieto, John Paul Getty III, para ahorrarse el dinero del rescate, y, por rata, estuvo a punto de lograr que AMOCHARAN al pobre chaval.
El crío (dieciséis años), estaba de tranquis por Roma, donde también residía Gail, su madre, (ya divorciada de John Paul Getty II) y se daba la vida padre, o madre, o sobrina, o todo a la vez, sin responsabilidades, sin una puta lira en el bolsillo, pero confiando, como todo pijito consentido, que en caso de tropezar acudirían al rescate los millones de su acaudalado abuelo. A John Paul Getty III le conocían por «el hippie de oro». Vivía de okupa con unos amigos y su novia (y con la hermana gemela de su novia, a la que dicen que también se garchaba), bebía y comía a crédito usando su apellido como una Visa, se follaba potorros peludos ablandados por la promesa del braguetazo de la década y esnifaba farlopa que no podía permitirse pagar.
Y un día, fue secuestrado.
Su novia de entonces, Gisela Martine Schmidt, ha confesado que la vida hippie no era tan atractiva y romántica como se la habían vendido y que la pareja eran prácticamente unos indigentes que pasaban más hambre que el perro de un ciego. Como quiera que su padre le racaneaba las pensión alimentaria (fiel a la tradición familiar de tener pésimas relaciones con su progenie, John Paul Getty II podía pasarse meses sin tomarse la molestia de cogerle el teléfono a su hijo), ni siquiera les quedaba el recurso de sablear a su madre, que tenía otros hijos a los que dar de comer. Con la cabeza llena de fantasías adolescentes (John Paul Getty III quería irse a vivir a Marruecos con su chorba, y no pegar palo al agua en su puta vida), el churumbel comenzó a coquetear con la idea de fingir su propio secuestro y retirarse, a sus tiernos dieciséis añitos, con la pasta del rescate que sin duda pagaría su acaudalado abuelo. Incluso se puso en contacto con unos indeseables de los bajos fondos romanos para pulir los detalles del plan.
Gisela Martine juró a la policía que su novio había renunciado a ese plan descabellado cuando, en junio de 1973, dos sujetos de facha patibularia lo trincaron en la Piazza Farnese, le metieron la cabeza en una bolsa y el cuerpo en el maletero de un coche. Que la idea de fingir un secuestro y gorronear el dinero del rescate ya no tenía sentido porque tanto Gisela como John Paul III habían conseguido trabajo como modelos fotográficos y ya no necesitaban chulear la fortuna del yayo.
O bien John Paul Getty III olvidó comunicarle el cambio de planes a los secuestradores, o no consiguió convencerlos, o estos habían pillado carrerilla y ya no podían detenerse, porque lo cierto es que el chaval acabó en una cueva de Calabria, vigilado por varios malencarados miembros de la 'Ndrangheta, y una nota de rescate por diecisiete millones (casi 128 millones de dólares a día de hoy) fue enviada a Jean Paul Getty, que la leyó y dijo algo como «el cabrón éste de mi nieto se ha vuelto a quedar sin panoja y, encima, se cree que soy subnormal» antes de triturarla y desentenderse del asunto.
John Paul Getty Jnr., que era un padre penoso, un puto borracho, un marido horrible y un yonqui incurable, no obstante conservaba algo de empatía y se tomó muy en serio la nota de rescate. Acudió a su padre y le suplicó que pagase a los secuestradores. Pero el patriarca de la familia seguía sin creerse lo del rapto y, encima, declaró, si resultaba ser un secuestro legítimo y pagaba a estos raptores, inmediatamente abriría la veda para sus otros trece nietos. Los convertiría en objetivos. Para el frío y maquiavélico multimillonario, mejor amortizar pérdidas y conservar a sus otros nietos que ponerlos en peligro abriendo demasiado pronto la bolsa.
Una segunda nota de rescate se retrasó por culpa de una huelga de funcionarios de Correos en Italia y a los secuestradores de John Paul Getty III comenzaron a inflársele los cojones. Empezaron a torturarlo psicológicamente, le retiraron los magros privilegios de los que disfrutaba en su cautiverio, mataron a un pájaro al que había adoptado como mascota e incluso jugaron a la ruleta rusa. Con su cabeza.
Finalmente, en noviembre del 73, a los secuestradores se les acabó la paciencia y enviaron a la redacción de un periódico una nueva nota de rescate, esta vez por 3 200 000 dólares de la época (unos 24 millones de los de hoy), un rizo de pelo pelirrojo y una de las orejas de John Paul Getty III. «Si en diez días no nos pagan, les mandamos la otra», rezaba la nota.
Si has llegado hasta aquí y crees, oh probo lector con sabor a gonococos macerados en el baboso michino peludo de Riley Reid, que eso fue suficiente para ablandar el duro y negro corazoncito de Jean Paul Getty senior, es que corres más rápido que tu comprensión lectora. El cabrón del petromillonario se puso a regatear con los secuestradores mientras su nieto se medio moría, en aquella cueva calabresa, de la turboinfección que pilló en el muñón de la oreja amputada (también agarró una neumonía del cagarse, por la humedad que hacía allí dentro). Acojonados de que su valiosa gallina se les escoñase antes de poner el huevo de oro, los secuestradores le dieron al pobre chaval brandy para el dolor y dosis veterinarias de penicilina para la infección, consiguiendo, a la vez, convertirlo en un alcohólico sin remedio y volverlo alérgico a los antibióticos.
Finalmente, Jean Paul Getty aceptó pagar el rescate... pero, una vez más, su inhumana racanería asomó la cabeza. El viejo psicópata sólo puso 2 200 000 millones. El máximo que podía desgravarse, vía impuestos, para la época. El resto del dinero del rescate se lo prestó, repetimos, SE LO PRESTÓ, a su hijo John Paul Getty II, padre del muchacho secuestrado, a un 4% de interés. Se conoce que el siniestro magnate multimillonario hijo de puta no tenía suelto en aquel momento.
El 15 de diciembre, cinco meses después de su secuestro, John Paul Getty III fue abandonado en una gasolinera de Lauria, en la provincia de Potenza. De regreso con su madre, intentó llamar a su abuelo para agradecerle el pago del rescate, pero el patriarca se negó a ponerse al teléfono y, según los biógrafos de ambos, abuelo y nieto no volvieron a hablar ni a verse jamás.
(Después de su rescate, John Paul Getty III, haciendo honor a la tradición familiar, llevó una vida putísima. Si antes del secuestro se endrogaba para quedarse a gusto, después lo hacía para combatir los síntomas de una depresión y trastorno de estrés post-traumático que ya siempre le acompañarían. En 1981 se preparó un cóctel de Valium, metadona y alcohol que le jodió el hígado y le causó un derrame cerebral que lo dejó ciego, mudo y cuadriplégico por el resto de sus días, que terminaron en febrero de 2011).
Y esta historia completamente real es tan puñeteramente cinematográfica, tiene personajes tan complejos, profundos y humanos, está llena de tantas zonas grises y versiones contradictorias de los hechos, tiene un final tan ambiguo y poco satisfactorio (no se recuperó el dinero del rescate, los principales promotores del secuestro jamás fueron arrestados ni procesados) y explora temas tan extraordinariamente arquetípicos que cabría esperar que haya inspirado un chorro de series y películas.
Aparentemente, era mucho esperar.
Como cabría esperar, existen muchos documentales sobre lo sucedido, pero no es el true crime lo que nos interesa en esta entrada, y, generalmente, tampoco en esta bitácora, volcada mayoritariamente en la ficción.
La historia del secuestro de John Paul Getty III tiene al menos una «obra derivada / libremente inspirada por» que alcanzó la forma de dos películas, una de 1987 con Scott Glenn y otra de 2004 con Denzel Washington. Ambas películas se basan en Man on Fire, novela de 1980 firmada por A.J. Quinnell (pseudónimo del novelista inglés Philip Nicholson). Pese a titularse igual, la serie de Netflix de este mismo año, además de raceswappear, again, al protagonista (nada reseñable, tratándose de Netflix), parece haberse tomado notorias libertades sobre la historia original de la novela.
De Captivated, proyecto protagonizado por Al Pacino y la pavisosa Katie Holmes que pretende contar el rapto de John Paul Getty III desde la perspectiva de Saverio Mammoliti, uno de los secuestradores (de quien su familia sostiene que mantuvo con su víctima una relación mucho más cercana y afable de lo que cuenta la historia oficial), sólo sabemos que se anunció en 2024 y que en 2025, teóricamente, seguía en preproducción, sin avances reseñables en una dirección u otra.
Así que, para el gran público, la única versión dramatizada del secuestro del «hippie de oro» ha sido, durante años, la espantosa Todo el dinero del mundo de Ridley Scott. Esa oscura, sucia, sudorosa, lenta, pretenciosa, arrogante, racista, hipócrita y xenófoba automamada de preciosista estilo cinematográfico estrenada en 2017 con Christopher Plummer volviendo a rodar todas las escenas del pobre Kevin Spacey, acusado de agresión sexual sobre cuatro víctimas diferentes, al menos una de las cuales era menor de edad cuando presuntamente sucedieron los hechos denunciados, en un período de tiempo que abarcaba dos décadas de conducta depredadora, según los denunciantes.
En la típica reacción hollywoodiense de «oh Dios mío qué hemos hecho», Scott «borró» a Spacey de su película en plena fase de montaje, reclutó al veterano actor canadiense, llamó de nuevo a Michelle Williams y Mark Whalberg para reshootear algunas escenas y se gastó en torno a diez millones de dólares adicionales para volver a rodar cuatrocientos planos del personaje de Jean Paul Getty, ahora con el nuevo intérprete. Pero nada podía salvar esta insufrible castaña de cincuenta millones de presupuesto (y algo menos de 57 de recaudación global, o sea un TURBOHOSTIÓN ÉPICO CON DOBLE TIRABUZÓN Y REBOTE) que retrata a los italianos como mugrientos y transpirados perdonavidas, a las italianas jóvenes como putas, a las viejas como inflados sapos a sueldo de la mafia, a la policía italiana como corruptos e inútiles burócratas, al pijito hedonista niñato de John Paul Getty III como un alma cándida, un espíritu libre de prístino candor, y a su consentidora e irresponsable madre («¿que vive de squatter en una casa ocupada con dos gemelas alemanas, folla chuminazos romanos a pelo y vende en la acera monas pintadas por él mismo para pagarse la marijuana?, bueno, es joven, está en viaje de autodescubrimiento») como una amazona en lucha contra el mundo por el rescate de su hijo.
(En julio de 2023, Spacey fue declarado inocente de todos los cargos).
La HORROROSA (como toda su producción desde Marte, paradójicamente la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott) ficción del director de Alien y Blade Runner sobre el secuestro de John Paul Getty III, con sus personajes unidimensionales, su trama puerilmente manierista, su estética decadente y pretenciosa, fue un nuevo clavo en el ataúd cinematográfico de Scott, que ya no puede seguir viviendo de las rentas de su filmografía temprana. Los que todavía amamos el cine, conocemos y admiramos las primeras películas del casi nonagenario realizador británico y estamos familiarizados, siquiera superficialmente, con el secuestro de John Paul Getty III, no podíamos dejar de repetirnos en nuestras butacas «no se puede contar peor esta historia ni metiéndole ninjas y una máquina del tiempo».
Y, un año después de la DEBACLE de Todo el dinero del mundo, Simon Beaufoy le mojó la oreja a Scott con su miniserie Trust.
Sin renunciar a la típica dramatización necesaria para un producto cinematográfico o televisivo, sin abstenerse de las licencias autorales que todo artista necesita para imprimir su firma creativa o adecuar una historia dada a la gramática del Séptimo Arte, a lo largo de sus diez episodios, esta pequeña maravilla con el ya tristemente desaparecido GIGANTE Donald Sutherland en el papel de Jean Paul Getty, Harris Dickinson como John Paul Getty III, Hilary Swank como Gail Getty, Luca Marinelli y Francesco Colella como dos de los secuestradores, las bellísimas gemelas Laura y Sarah Bellini como el interés vaginal de Getty III y su hermana, y el COLOSAL Brendan Fraser como Fletcher Grace (jefe de seguridad de Getty senior y responsable de hacer contacto con los secuestradores cuando quedó claro que la cosa iba en serio), y TODOS ESTÁN COJONUDOS, hasta los personajes secundarios, logrando, con ayuda de un guion bien resuelto, que esta humilde producción para FX le de OCHOCIENTAS PATADAS EN LOS COJONES al pretencioso, vacuo y denigrante artefacto de Scott POR UNA FRACCIÓN DE SU MULTIMILLONARIO PRESUPUESTO.
Y, sin embargo, inexplicablemente, la serie ha pasado desapercibida.
Lo cual nos lleva en la bitácora a sugerir la conclusión de que tenemos el paladar tan embotado por el cine y televisión de pésima calidad que ya hasta la miel nos sabe a mierda.
Desde la bitácora, aquí queda nuestro humilde esfuerzo a promocionar esta serie de televisión. Aunque sólo sea por pintarle la cara a Ridley Scott, que con los mismos materiales y un volquete de billetes fue incapaz de sacarle PETRÓLEO a esta historia fascinante.
Te jodes, Ridley Scott.