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sábado, 20 de septiembre de 2025

El recastado Capitán Bravido

Danny DeVito estuvo a punto de perder los cojones durante el rodaje de Batman vuelve, en 1992.


El incidente que estuvo a punto de arruinar la vida sexual de la pobre Rhea Perlman sucedió durante una de las escenas del ping...

«Señor Sommer, ¿para cuándo la crítica de Capitán América: Brave New World

¡Aaah! ¡Pero qué cojon...! Señorita, no me joda, ¿cómo coño ha entrado aquí?

«Me envía la agencia. Aparentemente ha habido algún problema con su Lector Cojonazos asignado. Soy su sustituta».

Pero ¿qué sustituta ni niño muerto? ¿Cómo ha encontrado este sitio? ¿Cómo conocía el código de la puerta balística? ¿Cómo ha pasado por el foso de los cocodrilos mutantes con picor de ano? ¿Y por la tierra de nadie batida por fuego de morteros cargados con ojivas termobáricas? ¿Y por el perímetro mortal de obispas pelotinas, votantes de Podemos y transmisoras de la glosopeda?

«Mis ojos están aquí arriba, señor Sommer».

Pero, señorita, por Sara Sampaio Dominátrix ora pro nobis et tollis pecata mundis in dubio pro reo ex machina motu proprio, que esto no es serio, cojón. No puede usted tetar así, en una propiedad tetada, como si esto fuese su teta, y tetar a un ciudadano particular.

«No sé qué decirle, señor Sommer. A mí me manda la agencia con un contrato por obra y servicio. Yo hago mi jornada, usted me sella 
la hoja de trabajo, vuelvo a la agencia y me pagan. Así me han explicado que funciona la cosa. Y mis ojos siguen aquí arriba».

¡Pero... teta! ¿Qué tetas? ¿Cómo tetas va la teta... está tetamente tetando que...?

«Aquí. Arriba. Señor. Sommer. ¿Ve usted el canalillo? Pues siga subiendo, por lo menos hasta los labios. He dicho subiendo, señor Sommer. Está usted bajando. Se ha equivocado usted de labi... ¿Es eso una mascarilla de oxígeno, señor Sommer?».

[Inhala] Mira guapa [inhala], tú eres una mujer con estudios, y yo eso lo respeto, como decía Manquiña. Pero no puedes entrar en mi fortaleza de la soledad, con unas berzas [inhala, inhala] como cabezas de Tyrion Lannister, y empezar a dar órdenes como si ésta fuese tu puta cas... ¡Además, ya hemos dicho todo lo que se podía decir de esa película en la entrada de la bitácora en la que hablamos de los Thunderbolos!

«Señor Sommer, si hace usted la crítica de la película, le enseño un pezón en esa piscina que tiene ahí fuera».

Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido no es la mierda que nos temíamos pero tampoco la película que Marvel Studios necesitaba.

En esta nueva entrega del MCU, que se suponía que deberíamos habernos visto antes de ver Thunderbolos, ese quiero y no puedo de Vengadores de marca blanca que desollamos aquí, Sam Wilson, ya asumido su rol como heredero del escudo del Capitán América, es convocado por el presidente electo de los Estados Unidos, y que no es otro que el ex general Thaddeus Thunderbolt Ross, harto ya de perseguir a Hulk e intentar meter en vereda a los superhéroes con los Acuerdos de Sokovia, que le encarga reunir un nuevo grupo de mamarrachos con poderes, bajo su liderazgo, y sometido directamente a las órdenes de la Presidencia.

«Alerta de espóilers, señor Sommer. Que no se le olvide. Más vale prevenir que tener que lamentar».

Pero señorita, que se me está usted subiendo a las barbas como una...

«Mis pezones son de una belleza sobrenatural, señor Sommer. Rosados. Rodeados de bultitos y con algunas arruguitas muy graciosas».


Antes de que Sam pueda decidir si acepta o no la oferta del presidente Ross, hay un intento de magnicidio múltiple en la Casa Blanca, protagonizado por agentes durmientes a los que, al parecer, han lavado el cerebro (entre ellos, Isaiah Bradley, uno de los intentos frustrados de recrear el suero original del Supersoldado que dio a Steve Rogers sus poderes, y que no conocíamos porque no leímos Truth: Red, White & Black, transparente negrificación temprana del Capi, ni hemos visto Falcon y el Soldado de Invierno).

Así que, de repente, Sam Wilson y su adláter, un nuevo Falcon que tiene la cara de Danny Ramírez because reasons, se encuentran investigando una conspiración internacional contra la vida del presidente Ross y otros magnatarios internacionales, esquivando los atentados de Sidewinder (Giancarlo Espósito) y quedándose con cara de Pikachu sorprendido cuando empieza a ser obvio que el presidente Ross, por misteriosas razones que se irán revelando a lo largo del metraje, no tiene ningún interés en que lleguen al fondo del asunto y hace cuanto puede para estorbarlos.

A partir de ahí, la fórmula habitual: peleas con superpoderes, coreografías que desafían las leyes de la física, guion tontorrón, antagonistas llamativos, un derroche de CGI y una historia con pretensiones de madura y sofisticada pero más obvia y predecible que las intenciones de Riley Reid cuando te manosea el paquete y se relame con efusión de saliva.


La intención de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido, de convertirse en la nueva Capitán América: El soldado de invierno  es tan transparente que es casi invisible. Lamentablemente, como prácticamente todo lo que ha salido, en los últimos diez años, del útero de ese monstruo bicéfalo llamado Marvel/Disney, la película no da la talla. Defrauda a su predecesora. No alcanza el nivel dejado por El Soldado de Invierno. Sufre de eyaculación precoz como un adolescente al recibir una sola mirada de los felinos ojos verdes de Riley Reid. 180 millones de presupuesto declarado. Sobrecostos y reshoots que, según algunas fuentes, sumados a los gastos promocionales, alcanzaron otros doscientos millones de propina, y un batacazo en taquilla con poco más de cuatrocientos quince millones de recaudación que certifican el escaso interés que ha despertado este largometraje entre los fans que, antaño, corrían como Speedies Gonsáleses a verse en pantalla grande TODO lo que llevase la marca Marvel.

Verdes. VERDÍSIMOS.

Y sí, es realmente difícil cuantificar el verdadero coste de producción de una película de estas características, y por lo tanto ofrecer cifras realistas y estimaciones informadas sobre la rentabilidad de un blockbuster. Y es realmente difícil no sólo porque los estudios de cine han convertido en vicio público ofuscar los datos financieros de sus producciones (y si te pica el tema, amado lector, aquí puedes acceder a un, por difícil de creer que lo parezca, SUPERFICIAL análisis de la economía de la industria cinematográfica), sino porque cada película (al menos en los países en los que existe una industria cinematográfica propiamente dicha, algo que en España, con nuestro cine subsidiado hasta el culo, no podemos decir) es una empresa en sí misma y la venta de entradas es sólo una de las diversas fuentes de rentabilidad de la misma.


Los indocumentados de costumbre y los bocazas con cuenta de Twitter siguen diciendo que Los 4 Fantásticos: Primeros pasos, que ha recaudado, hasta la fecha, quinientos diecinueve millones, ha sido un sonoro fracaso porque no ha llegado aún, y previsiblemente jamás llegará, a los mil millones. ¿Tiene algún sentido explicarle a esa gente, ejemplos vivientes del efecto Dunning-Kruger, que, incluso antes de que la nueva película de la Primera Familia de Marvel llegase a las pantallas, ya había recaudado unos 130 millones en patrocinios (Samsung, Space X, Google...)? Sería perder el tiempo.

(Bola extra: la otra competidora de este duelo absurdo que les ha puesto a algunas personas, con demasiado tiempo libre, el carallo como el pomo de una puerta, el Supermán de James Gunn, ha tocado techo con seiscientos quince millones de dólares, que es UN PASTIZAL lo mires por donde lo mires).


Pero no vamos a reabrir el melón de la financiación cinematográfica, que es mucho más compleja de lo que puede dar a entender la «introducción a la economía del cine para dummies» que te ofrecimos en la entrada enlazada más arriba. Vamos a hablar de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido. Que es mala. Pero no horrible. Que podría haber sido peor. Y no lo ha sido por accidente y por los reshoots. Que tampoco ha sido mejor porque no ha empleado los ingredientes que un plato más palatable habría necesitado.

No puedes hacer espagueti a la boloñesa con cartón mojado y mocos.

No puedes hacer Capitán América: El soldado de invierno 2 con estos ingredientes. No importa lo mucho que lo intentes. La ilusión que le pongas. Lo buenas que sean tus intenciones. Tu espagueti a la boloñesa va a saber a cartón mojado y mocos.

Me explico:

Capitán América: El soldado de invierno está dirigida por Anthony y Joe Russo. Sí, los mismos hermanos Russo de Endgame e Infinity War (bueno, y también los directores de Estado eléctrico y los productores, entre otras cosas, de Citadel, con Richard Madden más o menos clonando a su personaje de Bodyguard y Priyanka Chopra estando RRRRRRREBUENA).

Los hermanos Russo no son unos genios. Por ejemplo, parece que Citadel no está funcionando demasiado bien. Se han cancelado sus spin-offs y retrasado hasta 2026 el estreno de la anunciada segunda temporada. Al conglomerado Amazon/MGM no se la ponían gorda los gastos de producción crecientes de este carísimo capricho ―300 millones de dólares― de los hermanos Russo, aquí productores. Tampoco se puede decir que Estado eléctrico esté especialmente bien escrita, pero al menos es entretenida, aunque casi cualquier película de Chris Pratt haciendo de Chris Pratt es, por definición, divertida. Porque Chris Pratt es, por definición, muy divertido.

Los hermanos Russo no son unos genios, pero sólo las películas de la marca Marvel dirigidas por ellos han recaudado más de cinco mil quinientos millones de dólares en las taquillas internacionales.

¿Quién coño es Julius Onah, el director de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido?

No tenemos ni idea. Antes de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido, ha dirigido Luce, que no hemos visto y de la que no podemos por lo tanto dar opinión alguna, The Cloverfield Paradox, que no hemos visto y etcétera, The Girl Is in Trouble, ídem de lienzo; nueve cortometrajes y un videoclip de Avicii.

Y, cuidado, el talento no se refleja necesariamente en un largo currículum profesional. Pero, viendo Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido, resulta demasiado fácil llegar a la conclusión de que a Julius Onah le faltan tablas. Y sería una apreciación sesgada e injusta, toda vez que a este hombre, en palabras de Tim Blake Nelson, que en la película hace de Samuel Sterns/Líder, con los reshoots, los de Marvel Studios le han hecho volver a rodar la misma película película al menos DOS VECES.

Quizá ni siquiera Stanley Kubrick habría conseguido sacar algo en limpio de ese rodaje accidentado, intervenido y microgestionado por los ejecutivos de Marvel Studios/Disney. No vamos a echarnos a la yugular del pobre Julius Onah porque este largometraje sea, seamos justos, tan MEJORABLE,

Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido no es mala. 
Va en serio. Tampoco es buena. Está mal hecha. Tiene demasiada sal, o no la suficiente. Se ha pasado de cocción, o no ha llegado todavía al punto de ebullición. Julius Onah no ha conseguido que Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido se parezca a El soldado de invierno. Quizá porque no sabía. Quizá porque nunca fue esa su intención y la película sólo se medio parece al bautismo de fuego de los hermanos Russo en el MCU porque se lo impusieron los mandamases de Marvel Studios en los reshoots declarados imprescindibles ante la reacción del público de prueba durante los pases preliminares, que divagó entre la indiferencia y la náusea.

En los créditos de esta película figuran como escritores Rob Edwards, Malcolm Spellman y Dalan Musson. Rob Edwards tiene una dilatada experiencia como escritor para televisión (Better Days, Padres forzosos, Un mundo diferente, El príncipe de Bel-Air, Roc) y películas, un par de ellas de Disney (El planeta del tesoro y Tiana y el sapo).

Spellman y Musson, co-escritores de esta película, vienen del mundo del videojuego y parecen haber coincidido en la miniserie de Falcon y el Soldado de Invierno. O sea que los tres son gente de la casa, de cuando Marvel ya era Disney o directamente de Disney. Y si tal vez para este proyecto (con la inconfesada pero evidente intención de hacernos el «trágala» con un nuevo Capitán América racializado) se ha priorizado la fidelidad a la compañía por encima del talento tendrá que ponerlo, negro sobre blanco, una pluma mejor informada. Lo que sí es dolorosamente evidente es que la mezcla de acción, ciencia-ficción y espionaje de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido no está tan bien encolada como podría haberlo estado si el guion hubiese salido de la tecla de otro u otros autores. Como película de acción es genérica y olvidable. Como historia de superhéroes, estereotipada y poco interesante. Como largometraje de espionaje, intrigas internacionales, te deja un poco a medias. Donde las dos últimas iteraciones de Misión Imposible, el referente más cercano de este producto, te agarran por el gañote y no te sueltan hasta tres horas después de los créditos finales, la película del hermano Russo nigeriano pasa por tus tragaderas sin apenas tocar el paladar. La ves, disfrutas de algunas escenas lo que esas escenas te permiten (que no es mucho, porque se quedan a medias), te lamentas de todas las tramas que no se han desarrollado, por todos los personajes y temas que no se han explorado con la suficiente profundidad. Ves lo que Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido podría haber alcanzado en otras manos, y dices, «¡cachis!».

Y luego pasas página, porque en realidad no te interesa demasiado este Capitán América africanizado que no es Steve Rogers, y que por ese pecado original nunca será el auténtico Capitán América sino un suplente que le calienta el escudo al próximo actor que Marvel/Disney designe para vestirse con las barras y estrellas suponemos, esperamos, incluso nos tememos, después de los eventos de Doomsday  y Secret Wars.

Porque quizá la mayor rémora de esta película no sean tanto el director como los escritores, el guion o los reshoots que intentaron amortizar una producción quizá condenada de antemano, sino que Anthony Mackie no puede llenar los zapatos de Chris Evans. Con todo nuestro cariño y respeto, el Halcón es el Halcón, aunque lleve el escudo del Capi, y el Capitán América es el Capitán América, hasta sin su escudo. Esto es lo que hay y no tiene sentido negarlo. No puedes alterar radicalmente las características definitorias de un personaje y esperar que siga siendo reconocible y aceptado por su público objetivo. Peter Parker es Spiderman. Clark Kent/Kal-el es Supermán. James Bond es 007. Bruce Wayne es Batman. Steve Rogers es el Capitán América (salvo cuando pierde la fe en los Estados Unidos, cuelga el escudo y se convierte en Nómada, pero eso queda para los freaks más puntillosos de la bitácora).

Tal vez Sam Wilson tenga el buen corazón, la voluntad a prueba de balas, la vocación y el patrotismo del Capi, pero no es Steve Rogers y eso, por extensión, vuelve imposible que sea el Capitán América o lo condena a que lo sea sólo un poco, o a que parezca estar guardándole el sitio al Steve Rogers de otro universo o línea temporal (tal vez secuestrado por un atolondrado Deadpool) que venga a reclamar sus derechos.

No ayuda a conectar con esta película que la muy puñetera sea un convoluto de piruetas del canon y personajes recasteados, anglicismo bastardo que significa ni sustituye al gallego «recastados», que significa «mestizos, cruzados, nacidos de padres de diferentes razas o castas». Harrison Ford retoma el papel del general Thaddeus Thunderbolt Ross, obsesionado con matar a Hulk, que en la película de Ang Lee interpretó Sam Elliot y en la de Louis Leterrier  tenía la cara de William Hurt, que también desempeñó ese rol en Capitán América: Civil War, en Infinity War y Endgame. Y si Hurt no regresó para esta nueva película del Capi que no es una película del Capi es sólo, mucho nos tememos, porque tuvo la infeliz ocurrencia de morirse en 2022 (algo que, estamos seguros, le fastidia muchísimo).

Pero fíjate la bullabesa mental que provocan estas decisiones de reparto: Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido ha descanonizado el Hulk de Ang Lee pero canonizado el de Louis Leterrier... un Increíble Hulk en el que Bruce Banner/Hulk era interpretado por Edward Norton, a quien Marvel Studios etiquetó, implícitamente, de no ser un «buen jugador de equipo» (Kevin Fiege dijo que buscarían para sustituirle «an actor who embodies the creativity and collaborative spirit of our other talented cast members», citado aquí) y expulsó de la continuidad del MCU, reemplazándolo por Mark Ruffalo.

Sin embargo, en el MCU en el cual Hulk es Mark Ruffalo, la élfica Liv Tyler vuelve a ser Betty Ross (papel que antes sólo había interpretado en El increíble Hulk) y Tim Blake Nelson regresa como Samuel Sterns, mientras que el antaño general, luego secretario de Estado y ahora presidente de los Estados Unidos Thunderbolt Ross, ahora tiene la cara y la voz de Harrison Ford.

Y, de verdad, que a mí personalmente me resultó difícil de cojones ubicar a todos estos actores, de diferentes momentos de la franquicia, sin que mi vena de escritor grite «¡error de continuidad!». No me había sentido tan perdido desde que la línea temporal de los X-Men cinematográficos de Brian Singer se superpuso a la de Matthew Vaughn y de repente tuvimos dos Profesores X (Patrick Stewart y James McAvoy), dos Magnetos (Ian McKellen y Michael Fassbender), dos Cíclopes (James Marsden y Tye Sheridan), dos Jean Greys (Famke Janssen y Sophie Turner), dos Tormentas (Halle Berry y Alexandra Shipp), dos Místicas (Rebecca Romijn y Jennifer Lawrence), dos Bestias (Kelsey Grammer y Nicholas Hoult)... pero el mismo Lobezno, Dios bendiga a Hugh Jackman.


Supongo que, huelga decirlo, de seguir vivo, William Hurt habría interpretado al presidente Ross. Y que bastante tiene el pobre hombre con haberse muerto. Pero es que incluso su supervivencia, que a todos, y a su familia no veas, nos habría hecho felices, no impediría otra colisión entre esta Liv Tyler que asociamos a Edward Norton y que, de haber aparecido Hulk en la película, habríamos visto ahora dándole la réplica a Mark Ruffalo. A mí, por lo menos, me ha sido imposible ignorar esta patada al canon del MCU, problema que no tuve cuando Don Cheadle sustituyó a Terrence Howard como James Rhodey Rhodes/Máquina de Guerra a partir de Iron Man 2.

«Toca GIF animado de Riley Reid haciendo guarreridas españolas, señor Sommer. Justifíquelo usted tan superficialmente como siempre. Y no olvide el verso de Rammstein».

Cuando viendo una peli porno estás más atento a las pestañas postizas de la actriz que a los primeros planos de frungimiento, esa peli tiene un problema.

Deutschland!

Y no es que este salpicón de actores venidos de diferentes cintas que no parecen directamente emparentadas entre sí, que estas sustituciones (algunas, como la de Ross padre, absolutamente inevitables) te saquen automáticamente de la película, pero sí que parecen sugerir la ausencia de un Gran Plan detrás de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido o de la presente Fase... (¿5, era? Hemos perdido la cuenta) en su conjunto. Dado que de todas maneras nos iba a chirriar ver a la Betty del Hulk de Edward Norton dándole la réplica a un general Ross que ya no tiene la cara de William Hurt, ¿por qué no reclutar para el papel a una actriz completamente nueva? ¿Por qué sumir innecesariamente en la confusión a los espectadores que se han visto los últimos veinte años de pelis de superhéroes? Alguien no ha considerado lo suficiente los peligros de esta decisión o ha depositado demasiadas esperanzas en el poder aglutinador de la nostalgia.

Menudo problemón, el de Capitán Afroamérica: El nuevo mundo bravido. Aparte de no contar con un guion decente, un director que sepa lo que está haciendo, una orientación estratégica, a nivel de Estudio, medio coherente, ni una historia realmente interesante, nadie es quien parece o debería ser en esta película. Vuelve Sebastian Stan como Bucky Barnes/El soldado de invierno, pero vuelve poco (apenas sale en el metraje y tiene entre cero y menos de cero peso en la trama). Vuelve el general Ross, solo que, por causas de fuerza mayor, luctuosas, podríamos decir, no es el general Ross que conocíamos. Vuelve el Capitán América... solo que no es Steve Rogers, así que no es realmente el Capitán América. Vuelve Betty Ross. Solo que esta Betty Ross no parece estar en el lugar correcto en esta película. Vuelve la Viuda Negra... solo que no es Natasha Romanoff (Srackett Johansson), por aquello de estar difunta, sino otra Viuda Negra distinta (Ruth Bat-Seraph, interpretada por la casi hobbítica Shira Haas) entrenada en la Habitación Roja, y decimos una Viuda Negra que no valdría ni para comprarle a la original los tampones que nunca necesitará (a las Viudas Negras les extirpan el útero para que no se reproduzcan).


Y la historia, encima, no ayuda a compensar esas carencias. No es que sea mala. Es, como en las películas de Misión Imposible, un vehículo para la acción. Pero es que la acción en este título de Marvel/Disney tampoco está como para invitarla a unas bodas. Las historias de MI pueden ser más simplonas que el pitorro de una tetera. Pero la acción que catalizan quita el aliento. Aquí, te quedas con la sensación de que las dos horas en tu butaca podrían haber dado más de sí. Ah, que el Celestial petrificado de Los eternos, y que todos los personajes e instituciones del MCU llevan doscientas series y cuarenta y ocho películas haciendo como que no existe vuelve a formar parte del canon. Ah. Vale. ¿Y qué? Esa película sigue siendo ESPANTOSA y más os valdría en Marvel Studios haberos olvidado de todo lo relacionado con ella.

Con la poca información de la que disponemos, resulta complicado señalar culpables del mediocre desempeño en taquilla de la más reciente película del Capitán América que no es una película del Capitán América. Resulta tentador acusar al «diversity hiring» de esta pequeña decepción (tanto Julius Onah como Rob Edwards son negros). Pero sería extraordinariamente injusto y mil por mil racista, porque si el guion de Capitán Afroamérica: Nuevo mundo bravido fuese bueno, el color de piel de su director, escritor o protagonista nos importaría exactamente tres mierdas.
Mein Herz in Flammen!

Esta película no es mala.

Es recastada. Bastarda. si fuese un perro sería un perro sin raza. Un mestizo. Un criollo. Un cruzado. Un mil leches. Un chucho. Un juntapulgas. Un chusco. Un sato. Un palleiro. Cuando quiere, no sabe. Cuando sabe, no puede.

Once años después de esto:


Marvel Studios/Disney nos da esto:

Y no cuaja. No emociona. No interesa. ¿Distrae? Sí. La mayor parte del tiempo distrae tanto como mirar secarse una pared recién pintada, pero un poco menos que buscar formas en las nubes. Es una película de trámite. Te la ves, la olvidas y pasas a otra cosa. No deja poso. El retrogusto es solo ligeramente más duradero que el de un buche de agua. No te la vas a ver diez veces más a lo largo de los próximos once años. Porque en realidad no te importa. Éste no es tu Capitán América, que te lo han cambiado. Con estos mimbres no se hacen otros Vengadores (y con los Thunderbolos tampoco). Así, Kevin Feige no te va a devolver a las salas de cine. Con esta receta no volveremos a ver taquillas de mil millones. El MCU necesita un hard reset. Una pizarra en blanco. Un bombardeo en alfombra. Con nápalm. Un borrón y cuenta nueva.

Pero Marvel/Disney sigue ordeñando una vaca putrefacta a la que esa misma quimera corporativa dejó morir de hambre después de baldarla a palos, al mismo tiempo que le baila la danza de los siete velos a los mismos espectadores a los que expulsó de la lechería sirviéndoles bebida de soja vegana, de género fluido y afrodescendiente, y a los que llamó fascistas, colonialistas cisgénero y violadores en serie heteropatriarcales foucaultianos y enseñó el dedo medio por negarse a beber el inmundo mejunje que les ofrecían.

Y eso es todo lo que tengo que decir sobre 
Capitán Afroamérica: Nuevo mundo bravido. Ahora enséñame ese pezón.

«Un trato es un trato, señor Sommer».


[...]

«¿Señor Sommer?»

[...]

«Señor Sommer».

[...]

«Eh... uh... ¿está usted respirando, señor Sommer?»

[...]

«Señor Sommer, ¿dónde ha puesto usted la bombona de oxígeno? ¿Eso del maletín es un desfibrilador?»

[...]

«Creo que éste es el comienzo de una hermosa amistad, señor Sommer».

domingo, 24 de agosto de 2025

Necesitas un poco más de cuadritos asiáticos en tu dieta (II)

Bueno, después de sacarnos de encima los dos megaestrenos del verano, el Supermán de James Gunn y Los 4 fantásticos: Primeros pasos (análisis uno y análisis dos), toca relajarse un poco con un post ligerito, de esos de bala de plata.

(Supermán ha roto el techo de los seiscientos millones, por poco pero lo ha roto, y seguramente se quede ahí, que ya la han estrenado en plataformas de streaming, y Los 4 fantásticos: primeros pasos, está sudando sangre para alcanzar los 500 millones).
Correcto, amado lector. Se viene una entrada de manga/manhua/manhwa con sus respectivos GIFs de asiáticas mollares.

Ya tenías ganas, ¿eh, frikillo?

Empecemos suavecito. Como manteca de cacao untada en los carnosos morritos de Jessica Alba.

악녀라서 편하고 좋은데요?/Agnyeolaseo pyeonhago joh-eundeyo?/Ser una villana es cómodo y agradable, ¿verdad? (Isn't Being A Wicked Woman Much Better?, en algunas traducciones inglesas) de Yoteh y Min Do-Hyang sobre una novela de Mango Kim y Yoteh, es un shojo manga, o como cojones se llame a ese género en coreano (nos ha dado galbana mirarlo), de esos que da gusto leerte aunque ya tengas canas en los pendejos de la pelotera.

La protagonista de Isn't Being A Wicked Woman Much Better? es Do-hee Yoon, una joven universitaria socialmente inepta, crédula y pusilánime, a la que ningunean, explotan y chulean sus compañeros de estudios, su presunto «novio» y hasta su propia familia. Justo después de descubrir que el cabrón de su novio le ha sableado dinero, 
con el cuento del pariente muerto, para unas zapatillas de marca (¿la sosa de Do-hee no ha notado que al muy cerdo se le moría un tío todas las semanas?), ¡plam!, Do-hee muere atropellada por un motorista (por una vez no fue un camión) mientras le decía a su madre por teléfono que la cena para el haragán cojonazos de su hermano se la prepare ella con el chocho, o algo quizá menos fuerte.

Do-hee muere después de tener su primer arrebato de autorrespeto y, ¡chan!, mecánica de isekai al rescate, se reencarna, por así decirlo, en el cuerpo de lady Débora, la hija del poderoso duque Seymour, la misma Débora Seymour que no es otra, hay que joderse, que la bellísima MALA PÉCORA de Devorar una espina negra; la novela barata de «harén inverso» que estaba leyendo cuando palmó. Y queremos decir la clase de villana que te pone muy cachondo odiar, como la Angela Channing de Falcon Crest o la Diana de V.
¿Qué pasa? En algo se nos tenía que notar la edad. Y sí. Está RRRRRRRRREBUENA, ¿eh?

En la novela, el papel de antagonista de lady Débora es el de hacer sufrir a la protagonista, Mia Binoche. Además, como buena mala puta de novela romántica, lady Débora tiraniza a sus criadas, aterroriza a sus pretendientes, desprecia a sus hermanos, desespera con sus pataletas y antojos de niña pija a lord Seymour, que sigue sangrando por la muerte de su esposa, fallecida durante el parto de Enric, el hijo más joven; y, por si eso no fuese lo bastante grave, es LA ÚNICA, en una familia de magos, incapaz de hacer magia, lo que incrementa su complejo de inferioridad y dispara sus arrebatos de ira, que incrementan su aislamiento y aquilatan su ya pésima leyenda.

(¿Lector, qué cojones estás masc...? ¡Ah! «Harén inverso» es un turbio subgénero literario en el que el personaje principal es femenino y acaba reuniendo un gineceo de amantes masculinos).

(De nada, amado lector).

Do-hee despierta en el cuerpo de lady Débora en mitad de la huelga de hambre que ella ha declarado tras negarse su padre a comprarle una carísima joya de la que se había encaprichado. Y su padre le da un ultimátum: o se acaba aquella chorrada o se acaba aquella chorrada. Do-hee se desespera. ¿Cómo puede tener tan mala suerte de morirse siendo un cero a la izquierda y reencarnarse en la mala de la novela? ¿Qué ha hecho para merecer tanto sufrimiento?

Aunque... pensándolo mejor... lady Débora está cien mil veces más KRRRRRRUJIENTE de lo que Do-hee estaba en su anterior vida. Y su familia es mil millones de veces más MILLONARIA. Y lady Débora tiene un guardarropa y un joyero que no se acaban nunca, y sirvientas que la visten, la peinan, le sirven la mesa, le cortan la carne, le preparan el baño y probablemente también le enjabonan y perfuman el trikitraca. Y que le tienen PAVOR, debido a las explosiones de cólera que han hecho famosa a lady Débora antes de que Do-hee se reencarnase en su cuerpo. Así que los criados y proveedores de la familia Seymour están pendientes de su más pequeño gesto para apresurarse a complacerla sin dilación, e malinterpretan los silencios de Do-hee, sobrepasada por el lujo y comodidades de los que se ve repentinamente rodeada, confusa todavía tras la llegada a este nuevo mundo, cuyas reglas en buena medida ignora (los recuerdos de sus lecturas, y los de lady Débora, van emergiendo en su mente poco a poco); interpretan sus silencios como la tormenta que acumula fuerza antes de soltar sus truenos y rayos (¡joder la escena en la que Do-hee se aguanta un estornudo y la modista que le ha llevado unos vestidos se MEDIO CAGA encima!). Así que SE ACOJONAN TODAVÍA MÁS y se esfuerzan el doble en apaciguar a la iracunda y volcánica lady Débora antes de que la sangre llegue al río (y esconden todos los objetos punzantes y arrojadizos que puedan caerle en las manos).

Tal vez ser la mala tampoco sea una putada tan grande, ¿no? En el mundo de Devorar una espina negra, Do-hee, alias lady Débora, ya no tiene por qué ser ninguneada, ni dejada de lado. No tiene por qué consentir que se aprovechen de ella nunca más. Nadie tendría LAS PELOTAS de intentarlo siquiera. Si las explosiones atómicas de ira que han hecho famosa a Débora no fuesen suficientes para amedrentar a cualquier mierdecilla, la reputación de su familia, guardianes de la Torre Mágica por delegación directa del Emperador, lo hará.

Do-hee se ha reencarnado con una cucharilla de oro en la boca.

O no.

Su padre la odia (o sea, odia a Débora Seymour). Sus hermanos la desprecian. Sus pares aristócratas la temen y rechazan y, por si eso no fuese suficiente, está condenada, por la trama de la novela, a acabar enterrada en vida en un siniestro monasterio como castigo a su temperamento y sus numerosos crímenes, especialmente las mil fechorías cometidas sobre la heroína Mia Binoche, heroína del libro y presunta reencarnación de la santa Naila, que le valen a Débora una condena por blasfemia.
(Y no la ahorcan por un «por ser Vos quien sois»).

De modo que Do-hee/Débora traza un plan para evitar el horrible final del personaje que, por un capricho del destino, ahora encarna. En primer lugar, dejar en paz a la puñetera protagonista femenina. A la «santa» (entre comillas porque hay tomate en este tema, oh curioso lector), ni tocarla. Ni hablarle, ¡coño, ya! Do-hee va a aprovechar que ha aterrizado en la novela justo antes del primer encuentro entre lady Seymour y Mia Binoche y pondrá todo su esfuerzo en que ese encuentro no se produzca o que sea lo más inocuo posible.
(Toda esta trama inicial gira en torno al puñetero diamante rosa que desencadenó la ira de la Débora Seymour original, y que es el punto de ruptura de un triángulo amoroso que implica a Débora, Mia y sir Pilaf Montes, no, en serio; pero no vamos a darte más detalles. Si quieres conocer los pormenores, te lees Isn't Being A Wicked Woman Much Better? y aquí tan amigos).

Las reglas parecen claras: No maltrates a la protagonista y no te enchumines del puto diamante rosa y podrá vivir en la crápula, feliz y despreocupada, el resto de tu nueva vida.

Naturalmente no es así. Sin conflicto no hay historia. E Isn't Being A Wicked Woman... tiene bastante historia.

El duque Seymour empieza a sospechar que algo raro pasa con su hija. ¿Semanas castigada sin salir y no ha armado ningún escándalo ni gastado un céntimo? Huy huy huy huy huy. El hermano pequeño de la familia Seymour empieza a salir del cascarón y descubre que su fría, distante y cruel «hermana» se preocupa realmente por él. Encima, Débora está a punto de cumplir diecinueve años y eso significa que, por ley, debe casarse. Por ley y por cojones. De lo contrario, le esperan el destierro y, probablemente, el convento. Así que ahora Do-hee, que no quiere casarse (heroína feminista habemus) necesita hacer una fortuna personal, al margen de la de su familia, para «comprar» su independencia por el procedimiento de comprar un título nobiliario propio.

Do-hee utiliza su buen corazón, que unas pocas semanas de lujo asiático no han corrompido, sus experiencias en su mundo de origen y su conocimiento anticipado de algunos eventos clave de la historia en la que está inserta, conocimiento fruto de su lectura del libro, para SOBREVIVIR en este mundo de fantasía que es su nueva realidad y evitar el destino terrible del personaje al que ahora personifica. Entrega a «su padre» las cartas secretas que «su madre» había enterrado en un cofrecillo en la rosaleda de la mansión familiar. Con un pequeño préstamo, un testaferro y la ayuda de un informante del mercado negro (cuya existencia conoce a través del libro), crea una cuenta bancaria «opaca» y una empresa fantasma e inicia un negocio. Literalmente «inventa» Starbucks (obviamente, bajo otro nombre comercial) y aplica modernas estrategias de mercadotecnia, desconocidas en su mundo adoptivo, para disparar las ventas de café, bebidas y dulces de su cafetería. Descubre, en sus clases en la Universidad, que aunque no puede hacer magia, puede entender las fórmulas mágicas a un nivel que apapufa a sus profesores... porque resulta que esas «fórmulas mágicas» no son más que matemáticas, de las que en su anterior vida Do-hee dominaba. Y debe DESARMAR varias conspiraciones en su contra para humillarla en público o sacar brillo, a su costa, a la reputación de Mia Binoche, la presunta reencarnación de la santa Naila (en serio, aquí hay un tomate que te cagas) y protagonista de la novela.

Y todo eso mientras intenta que no se le note que ella, en realidad, no es realmente Débora Seymour, lo cual implica una cotidiana lucha contra su verdadera personalidad.

Las buenas intenciones de Do-hee a menudo son frustradas, al menos parcialmente, por el terrible pasado de Débora. Debido al horrendo temperamento de lady Seymour, todo el mundo espera de Do-hee lo peor y está más que dispuesto a condenarla por cualquier equívoco sin esperar a oír su defensa o recopilar pruebas. Y si con esto no has decidido aún si te interesa o no leer Isn't Being A Wicked Woman Much Better?, no sabemos qué coño más decirte. Nosotros como que bailamos con cada nuevo capítulo publicado.

Vamos con algo un poco más fuerte:

놀이감/Nol-igam/Literalmente «Juguete» (traducido en algunas versiones inglesas como «Plaything» o «A sense of amusement»), de Q-Boy es una historia retorcida y fascinante. Como lector, no quieres seguir leyendo esta fábula de venganza extrema de un padre enloquecido por el dolor, pero al mismo tiempo no puedes dejar de hacerlo.

Hye-na Lee, la hija de Myung-jun Lee, el vicepresidente del Grupo Hyundo, un poderoso chaebol, se automorisiona, incapaz de seguir soportando los brutales abusos de un grupo de matones de su instituto que la han tomado con ella. Obsesionado con las exigentes responsabilidades de su cargo corporativo y con una investigación a la que Hyundo estaba siendo sometido por aquel entonces, a Myung-jun se le había pasado por alto el deterioro físico y emocional de su hija hasta que fue demasiado tarde.

Cuando los detalles de los malos tratos se hacen públicos, la prensa publica el horror de la sociedad coreana. Sin embargo, Myung-jun comparece ante los medios anunciando que perdona a los abusadores de su hija y pidiendo clemencia para ellos a las autoridades judiciales que llevan el caso. Declaración que aviva las llamas de la cólera de la opinión pública.

Es un truco, por supuesto.

Myung-jun Lee no quiere que a los maltratadores de su hija, responsables en última instancia de su muerte, se los juzgue en un procedimiento normal, que en Corea es extraordinariamente benévolo con los delincuentes juveniles. Quiere ejercer sobre ellos la venganza más cruel, sañuda y expeditiva humanamente posible. Quiere convertir sus últimos días en este mundo en un infierno en la tierra. Hacer que bendigan la muerte como una liberación del dolor. Multiplicar por mil cada minuto de tortura que infligieron a su hija y hacérselo tragar, uno por uno.

El arma secreta de Myung-jun es Karma (el nombre no es accidental) Yoon, una psicópata adolescente, desertora de Corea del Norte, donde fue entrenada y sometida a atroces experimentos médicos (a manos de su propio padre) para convertirla en la máquina de matar perfecta. Sin remordimientos. Sin capacidad para sentir dolor. Karma, rescatada de un centro de detención juvenil (donde armó la de Dios es Cristo), será matriculada en los diferentes institutos a los que asisten los maltratadores de la hija fallecida de Myung-jun, separados tras el suicidio de Hye-na, y ejercerá sobre ellos una serie de torturas tanto físicas como mentales hasta llevarlos a la muerte, cuanto más horrible e ignominiosa, mejor.

Karma Yoon es como la Hina Hongō de Isshō Senkin, a la que te presentamos aquí. Pero con el pelo corto y moreno. Y más chunga.
I can fix her.

El espectáculo de la degradación, tormento y asesinato de adolescentes, los alardes de imaginación perversa de Karma, deberían hacer extraordinariamente indigesta la lectura de Nol-igam.

Pero, de alguna manera, no es así.

Como una larga temporada de Dexter, Nol-igam nos desafía a contemplar los horrendos crímenes de Karma y nos inspira una satisfacción culpable, pues, a fin y al cabo, toda esa violencia maquiavélica y sadiana está dirigida hacia auténtica escoria. Psicópatas tan peligrosos como la propia Karma, responsable de fechorías no menos horribles que las de ella, y que se han crecido y vuelto aún más despiadados al eludir las consecuencias derivadas del suicidio de Hye-na Lee.

Además, hay algo perturbadoramente atractivo en Karma Yoon. No sé si es ese corte de pelo, esos ojos de loca (que se ponen de color rojo cuando Karma entra en modo extra-loca), esa sonrisa de felino a punto de merendarse a un misionero bien cebado, ese cuerpaso serrano de crossfit goddess adolescente o su naturaleza primordial de ángel de la venganza divina; incorruptible, imparable, inflexible, o la ya bien documentada hibristofilia, pero la puñetera desertora del Norte exuda siniestro atractivo por todos sus desquiciados poros.

Cuando sus dos primeros objetivos, Eun-jin Song y Ye-jin Moon, asisten a la presentación de «la nueva» alumna, la marcan como a una nueva víctima a la que martirizar.

Poco imaginan que ellas serán los juguetes de Karma, no al revés. Que Karma les hará la vida imposible. Que las golpeará y humillará. Que las volverá a las unas contra las otras. Que las hará conocer el terror. Que señalará como objetivos a sus familiares y amigos. Y que acabarán rotas, física, reputacional y emocionalmente, como parte de la lujuria de venganza del vicepresidente Myung-jun Lee, que ha desarrollado una estrategia personalizada para destruir a todos los maltratadores de su hija, y a cualquiera que se interponga en el camino de su desquite.

Pero no te creas que Nol-igam es sólo una historia plana de justicia expeditiva y sádica. Además de rebuscadas escenas de tormento (lo de las algas deshidratadas es de un refinamiento bestial casi divino en su maldad), asistimos al desarrollo de los personajes. Karma Yoon resulta no ser un robot asesino sin sentimientos, sino que, a través de sus interacciones sociales en el transcurso de su misión, es capaz de conectar emocionalmente con otras personas, apiadarse de ellas (particularmente si también son alumnos maltratados) y hacerles extensiva su protección.

Myung-jun Lee, por su parte, enloquecido de dolor y remordimientos por no haber visto las señales del martirio de su hija a tiempo de salvarle la vida, el vicepresidente del Grupo Hyundo se hunde en un abismo de cólera violenta. Los rasgos de personalidad psicopática que son tan condenadamente comunes entre los altos directivos corporativos, crecen en la oscuridad del alma de Myung-jun Lee. Y así es como Karma se va volviendo más humana al mismo tiempo que Myung-jun se va volviendo más inhumano. Paradójicamente, esa metamorfosis aumenta el aprecio que Karma siente hacia él.

Y esa misma metamorfosis desespera al jefe Baek, secretario de Myung-jun Lee, que suda sangre para intentar preservar al menos una partícula del alma de su jefe, engolosinado con la sangre de los torturadores de su hija.

Es uno de esos manga que lees con placer culpable. Ves a Karma ponerse TURBOKKKKKACHONDA con los gritos de dolor y los pucheros y súplicas de sus víctimas. El estómago te dice que esto es espantoso. La cabeza te dice que no merecen menos. O al revés. No me acuerdo. Que es que esos ojos de LOCATIS SUPREMA me traen a mal traer. Pero también llegan a darte pena los matones de instituto que caen en manos de Karma. Sólo un poco, pero pena, a fin y al cabo. Te apiadas de la pijita engreída de Ye-jin, completamente alienada por su tiránico padre, y comprendes que sólo ha desahogado en Hye-na Lee el estrés al que es sometida en su propia familia. Pero te recuerdas a ti mismo que llevó a una chica dulce e inocente a la muerte. Y entonces la ves reventar al fin, después de interminables episodios de tormento. Y te sientes mal sintiéndote bien con ese desenlace. O bien sintiéndote mal, no sé, ¡JODER, PUTOS OJOS DE LOCA, ME DEJAN EL SELEBRO HECHO PAPASH!

En su búsqueda de satisfacción, Myung-jun recluta a otras víctimas de los abusadores de su hija. Y les ofrece un pedazo del pastel de la venganza (una cirujana, madre de Ji-yul, otra víctima de los asesinos de Hye-na Lee, tiene oportunidad de cortarle a Jin-woo, el hermano de Eun-jin Song, el único cojón útil que Karma le ha dejado después de que su hermana lo dirigiese, imprudentemente, contra la psicópata norcoreana adolescente. Se lo extirpa SIN ANESTESIA, se nos ha olvidado especificar).

Y con estos materiales ya deberías tener recursos suficientes para decidir si quieres o no leer  Nol-igam/A sense of amusement, oh, sensible lector.

Y, hablando de chicas raritas:

Taya, la nueva novia de Haru Ikeda, un oficinista atosigado de trabajo, sin esperanza y harto de la vida, es un poco extraña.

Taya le hace de comer a su churri, pero nunca se come lo que ella misma prepara.

Taya prefiere comer grillos. Lombrices vivas. Escarabajos.

No parece necesitar dormir. Salvo cuando llega el invierno, y con él el frío.

Tiene un olfato sobrehumano.

Dientes puntiagudos.

Tres pares de ojos.

Cuatro brazos.

Y ama a Haru.

Y Haru ama a Taya.

Taya es un yokai (monstruo o espíritu sobrenatural japonés). Puede hacerse pasar por una mujer morena, de piel bronceada y ojos negros e inexpresivos, como muertos, pero en realidad es alguna clase de criatura fantástica, más araña que mujer, que rescató a un hastiado Haru cuando intentó suicidarse tirándose de un puente. Él le regaló su chaqueta y ella se presentó al día siguiente en su apartamento llevándola puesta. Y desde entonces hacen vida de pareja.

My girlfriend is not human, de Neitheyagi, es una extraña y, de alguna perversa manera, hermosa historia de amor con elementos de humor negro, como cuando Haru, después de echar un polvo con su extraña novia, lee en un artículo que las arañas viuda negra matan y devoran a sus machos después de copular y, digamos, que se preocupa un poco. Taya, de alguna manera, le lee el pensamiento, y lo tranquiliza: «No eres una araña. Estás a salvo. Pero sigue leyendo ese artículo y lo haré (matarlo y devorarlo, quiere decir)».

Taya y Haru afrontan todos los desafíos cotidianos de una pareja corriente, los celos, el mutuo descubrimiento del otro, la hostilidad de los suegros, las pequeñas cosas en las que deben transigir durante la convivencia, la decisión de tener o no hijos... y, además, lidian con ese pequeño detalle de que Taya no sea lo que podríamos llamar una mujer propiamente dicha. Pero, mujer o no, Taya ama a Haru y está dispuesta a todo por protegerle. Tanto es así que maldice a una compañera de trabajo de su novio que lo acusa falsamente de abusar de ella (cagadita de miedo, la compañera se retracta ante Recursos Humanos al día siguiente).

Y, eventualmente, el mundo del que procede Taya, el mundo de los monstruos de leyenda, y el mundo de Haru, colisiona y My girlfriend is not human se convierte en una historia de suspense, con sal y pimienta de terror sobrenatural, que desde el Paratroopers te recomendamos con entusiasmo, oh fino lector siempre ávido de novedades.

Y dado que hemos entrado en la zona de cosas raras, ¿qué tal un poco de Dao of the bizarre immortal?

Dao of the bizarre immortal, autor anónimo, es uno de esos manga atchonburike! que de vez en cuando nos llueven encima. Basado en esta novela, escrita por, suponemos que un pseudónimo, Húwĕi Debĭ (literalmente «pluma de cola de zorro»), novela que al parecer ha tenido bastante éxito en China, Dao of the bizarre... nos presenta a un protagonista fragmentado. Li Huowang vive en un mundo de fantasía, esclavizado por «el maestro», un «cultivador» desdentado, deforme y medio loco que lo explota a él, y a otros pobres miserables, para confeccionar elixires y píldoras que lo ayuden a alcanzar un nuevo nivel de poder. Tal vez la ansiada inmortalidad.

Ese mundo es una pesadilla. Li Huowang y los otros penitentes muelen ingredientes y hacen cocciones mientras viven en penumbra, en unas cuevas oscuras, húmedas e infectas, cubiertos de mugre y sudor, duermen sobre yacijas de paja, se alimentan de porquería, se martirizan unos a otros (en el primer capítulo del manhua, Li Huowang impide que violen a una compañera de penitencia) y, eventualmente, pueden acabar en el fondo del ominoso caldero del Maestro, incorporados como macabros ingredientes a una de sus preparaciones.

Li Huowang debe emplear sus mermadas fuerzas, su voluntad quebrantada y su inteligencia embrutecida por los trabajos serviles y el terror casi constante a sobrevivir en este mundo de pesadilla.

Pero...

Li Huowang también es el adolescente Xiao Li, paciente de una institución mental en un mundo indistinguible del nuestro. Ha sido internado porque sufre unas alucinaciones terribles y extraordinariamente perturbadoras sobre un mundo de pesadilla en el que se llama Li Huowang y trabaja para un siniestro cultivador que no duda en usar sacrificios humanos para elaborar sus pociones y grageas. Hasta sus padres se han rendido con él y sólo recibe visitas de una amiga de la infancia, la dulce Yang Na. Su médico le dice, durante las visitas, que cada vez que sufra otro episodio alucinatorio, se comporte con arreglo a la lógica de la alucinación.

Y nuestro protagonista no sabe cuál de los dos mundos en los que vive es el real.

El mundo de pesadilla se infiltra en el mundo del hospital psiquiátrico (Li consigue llevarse al hospital psiquiátrico un colgante de jade, una tobillera de oro y unas píldoras taoístas del mundo de fantasía que aumentan su esperanza de vida y le conceden fuerza sobrehumana por unos minutos; se toma una de ellas y somete sin esfuerzo a otro paciente, que intentaba violar a Yang Na), y nuestro protagonista lucha por descubrir el vaso comunicante que los conecta, o decidir cuál de sus dos vidas es una alucinación y cuál es la realidad. ¿Es el ayudante de un cultivador que sueña que es un enfermo mental de un hospital psiquiátrico o un enajenado que sueña que es el ayudante de un cultivador homicida? ¿Tal vez ninguna de las dos cosas?

Li debe dividir, o multiplicar, sus energías en la tarea de descubrir la verdad acerca de sus delirios, comprender el pasaje que conecta ambos mundos y SOBREVIVIR en el despiadado, oscuro y desesperanzado mundo en el que ayuda a un desquiciado y contrahecho cultivador a alcanzar la inmortalidad.

Y se le añaden nuevos problemas después de derrotar al cultivador loco y dirigir a los supervivientes de la secta Xishan Donghua hacia la libertad.

Intermedio

Para que todos estemos en la misma página, un poco de terminología.

En la literatura china de fantasía hay fundamentalmente tres subgéneros mayores: wǔxiá (武俠), xiānxiá (仙侠) y xuánhuàn (玄幻). No queremos convertir esta nota marginal en una entrada en sí misma, así que intentaremos ser breves en nuestra categorización.

Wuxia (permítenos ahorrarnos los diacríticos, oh dulce et decorum lector con rostro de efebo y sabor a Riley Reid) significa «héroes marciales» y abarca todas esas obras ficticias en las que humanos normales obtienen literalmente superpoderes a través de la práctica de las artes marciales. No hay ni magia ni mitología implicadas en este género. La ambientación de todas estas historias suele ser la antigua China en cualquiera de sus períodos históricos, aunque no reflejen necesariamente historias reales. Ejemplos cinematográficos de wuxia serían Tigre y dragón de Ang Lee o Hero y La casa de las dagas voladoras, ambas de Zhang Yimou; las tres con la bellísima Zhang Ziyi en papeles protagónicos.

Los protagonistas de las historias wuxia son humanos normales que han adquirido habilidades sobrehumanas a través de las artes marciales.

Xianxia, o «héroes inmortales» introduce lo sobrenatural en historias que pueden, o no, tener elementos de artes marciales. Magia, demonios, fantasmas, dioses, y otras criaturas fantásticas del folclore chino y las doctrinas taoísta y budista, se pasean por este subgénero como los nazis por Bélgica o Riley Reid por nuestros almizclados sueños más pegajosos. Los protagonistas de estas historias cultivan el qi, la energía interna, para adquirir superpoderes y, con un poquito de esfuerzo y suerte, la inmortalidad (algo así como el emperador Qin y sus chupitos de mercurio, que le follaron el cerebro y lo dejaron tó loco de la cabesa).

Es a esta categoría a la que pertenecen las historias de «cultivo» propiamente dichas. Una derivada relativamente reciente del subgénero que se ha hecho muy popular en los eBooks y webcómics chinos. Los «cultivadores» que buscan la inmortalidad en estas historias no se conforman con meditar y abstenerse de follar (correrse malgasta el valioso qi, así que supongo que nunca alcanzaremos la inmortalidad, querido lector; y tú tampoco), sino que recurren a elixires, píldoras alquímicas, piedras mágicas, hechizos, núcleos de energía de monstruos y demonios y toda suerte de marranadas ficticias. Películas de este género serían, por poner unos pocos ejemplos, Zu, los guerreros de la montaña mágica, de Tsui Hark, The Yinyang Master, de Li Weiran, o Zheng tu («Mundo Doble»), de Teddy Chan.

Sobre los diversos niveles o grados de «cultivo» que los personajes pueden alcanzar en este género fantástico, del más bajo al superior, los poderes y habilidades que adquieren en su camino hacia la inmortalidad, y los subgéneros del Xianxia de cultivo (como el Danmei, historias de fantasía, magia y artes marciales con elevado peso de tramas románticas homosexuales), cabría publicar una entrada dedicada. Y no procede aquí hacer tal cosa, que nos olemos que el presente post ya da para potato o para balrog.

Xuanhuan, para poner fin a este interludio, término acuñado por el pionero autor Huang Yi, significa «fantasía misteriosa», y es un cajón de sastre en el que cabe un poco de todo: los temas y tropos característicos del Xianxia y el Wuxia con elementos y aportes extranjeros, fundamentalmente occidentales. En una obra Xuanhuan puedes encontrar taoístas luchando contra orcos o inmortales aliándose con elfos Tolkien-style.

Hasta aquí el intermedio

(De nada).

Y, como, fieles a nuestra costumbre, nos hemos enrollado como persianas, acabamos rapidito con mozas musculadas y fuertes; que es como más nos gusta acabar y, además, sabemos que te gusta tanto como a nosotros, marranete estenolágnico. Y si son musculadas y fuertes y asiáticas, te gusta plus.
estenolagnia

Del gr. στενός stenós 'estrecho' y μάχλος lagnos 'lascivo', 'libidinoso'.

f. excitación sexual causada por la exhibición de fuerza o de la musculatura humana. Término acuñado por el psicólogo alemán Magnus Hirschfeld.
¡Aaaaaaaaah quiero reencarnarme en una gota de sudor de esa espaaaaaldaaaaa!

담배피지 마세요!/Dambaepiji maseyo!/¡No fumes!, es una divertida comedia romántica con elementos picaruelos (vamos, que se ven tetas. Y pililas. Y potorros. Vamos, que es un poquito hentai, pero aquí todos somos adultos, ¿no?). El protagonista, Gang-chan, suma, a las cotidianas tribulaciones de un oficinista random, un problema añadido: a pesar de sus veintisiete años de edad, nunca llegó a desarrollarse del todo, está a un par de palmos del enanismo y, encima, con su carita de niño, parece un alumno de EGB. Los empleados de los Convinis y los camareros de los bares se niegan a servirle alcohol (las multas en Corea por vender alcohol a menores son de ruina). En los centros comerciales, las dependientas lo guían a la sección infantil de las boutiques. Sus compañeros de trabajo se pitorrean de él. Las chicas que le gustan se chotean en su puta cara por haberse creído que estaban dispuestas a salir con un hobbit. En los McDonald´s le sirven Happy Meals. No ha sido capaz de practicar con un mínimo de dignidad ningún deporte digno de ese nombre.

Encima, cuando llega a casa, su refugio, su castillo, con la intención de relajarse con unos videojuegos, una película o unos manhwa de su biblioteca, tiene que lidiar con la peste a faso que esparce por el edificio su vecina de al lado, una huraña y malhumorada fumadora empedernida a la que nunca ha visto la cara.
Gang-chan no puede dormir con la peste a caliqueño. No puede descansar. No puede relajarse.

Cuando finalmente alcanza el momento «¡crack!» y acude a aporrear la puerta de su vecina para reprocharle su incivismo, no tiene ni idea de lo que está poniendo en marcha.

Porque su vecina es Se-young Na, «la osa grizzly de Mapo-gu». Una BESTIA altísima, hipermusculada, una brutal delincuente juvenil que, en su etapa escolar, ANIQUILÓ con las manos desnudas a todos los otros malandros de su vecindario. «Probablemente no podrías derrotarla ni atacándola con un bate de béisbol», «necesitarías un camión grande para cargar a toda la gente a la que ha enviado al hospital», le dice a Gang-chan un compañero de oficina que coincidió con ella en el instituto.

Y, encima, Se-young sale a recibir a Gang-chan toda sudada (estaba haciendo dominadas cuando sonó el timbre) y MEDIO EN BOLAS. Y se chotea de él. Y lo ridiculiza por su estatura y aspecto aniñado.
Estamos asustachondos.

Y ahí es cuando a nuestro héroe, baldado por años de desprecios, bromas e insultos, le crecen un par de cojones y le planta cara a aquella colosal amazona comehombres.

Y, aunque luego la puta toalla se cae, y la exhibición de las colosales, y nos apostamos que durísimas, ubres de Se-young se comen los restos del momentáneo valor viril de Gang-chan, la moza ha quedado tan impresionada con esa subida de testiculina que su corazón empieza a hacer «doki doki», o como coño suenen los corazones en coreano, y ya tenemos la comedia romántica en marcha.

Tiarronas musculadas, personajes descastados, tetas, cuadritos asiáticos y romance. Si necesitas algo más para darle una oportunidad a Dambaepiji maseyo!, estás leyendo la bitácora equivocada.

Y llegamos al final de la presente entrada, por extensión de la misma, no por falta de recomendaciones lectoras.

Felices konichiwás, amado lector.