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sábado, 29 de agosto de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVIII): El verdadero rostro de James Bond

Ian Lancaster Fleming nació el 28 de mayo de 1908 en Mayfair, uno de los distritos más pijos de Londres. Su padre, Valentine Fleming, fue diputado de los Comunes por el distrito de Henley de 1910 a 1917 y amochó bajo fuego alemán en el Frente Oriental de la Gran Guerra en mayo de 1917. Su abuelo, Robert Fleming, era un financiero escocés que co-fundó la Compañía Escocesa-Americana de Inversiones y el banco comercial Robert Fleming & Co. Ian tenía dos hermanos menores: Richard y Michael (que murió en Normandía en octubre de 1940 a causa de las heridas recibidas en campaña con la Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire), y un hermano mayor, Peter (que sirvió en los Granaderos de la Guardia durante la Segunda Guerra Mundial y estuvo implicado en operaciones especiales en Noruega y Grecia).


En 1921 a pesar de sus notas mediocres, Ian logró ser admitido en el Colegio del Rey de Nuestra Señora de Eton, donde pronto destacó por su excelente forma física, sus victorias deportivas, su gomina, su coche (era de los pocos alumnos de Eton que poseía uno) y su éxito vaginal. Aconsejada por el responsable de su residencia, escandalizado por el comportamiento de su pupilo, la madre de Ian, Evelyn Fleming, lo sacó de Eton y lo matriculó en el Real Colegio Militar de Sandhurst. Probablemente con la esperanza de que allí el joven Ian adquiriese un poco de templanza y disciplina.

Y le salió el cochino mal capado. Fleming no aguantó ni un año en Sandhurst. Abandonó el Colegio en 1927, con gonorrea y sin haber logrado obtener un mando. Su madre, que comenzaba a perder la paciencia con él, lo mandó a un internado en Austria dirigido por Ernan Forbes, un antiguo espía británico, y su esposa y novelista, Phyllis Bottome. Evelyn Fleming esperaba que la formación en el extranjero y el aprendizaje de idiomas le abriese a su hijo la posibilidad de un puesto de trabajo en el Foreign Office.

Tras un breve paso por la universidad de Múnich y la Universidad de Ginebra, Ian regresó a Reino Unido en septiembre de 1931, del brazo de Monique Panchaud de Bottens, una belleza suiza del cantón del Vaud, con la que le había dado el antojo de casarse, y pasó el examen de ingreso en el Foreign Office.

Aprobó, pero sus notas no fueron para tirar cohetes y tampoco recibió ninguna oferta de trabajo del ministerio de exteriores británico. Echando humo y blasfemando en arameo, lengua que nadie recordaba haberla visto estudiando, Evelyn Fleming tiró de contactos y le consiguió al putero de su hijo mediano un trabajito como periodista y editor asociado en la agencia de noticias Reuters.

En su primer trabajo remunerado digno de llamarse trabajo, Fleming estuvo en Moscú, cubriendo el Asunto Metro-Vickers y casi consiguiendo una entrevista con el mismísimo Stalin. A su regreso, su madre le recibió con un ultimátum: o dejaba a Monique o la familia le cerraba el grifo. Con gran dolor de su corazón (los biógrafos de Fleming retratan a Monique Panchaud de Bottens como el gran amor imposible de Ian Fleming), Ian mandó a su suiza a pastar.

Fleming encontró trabajo de banquero en la firma financiera Cull & Co. en 1933 y de corredor de bolsa en Rowe and Pitman en 1935. Fue una completa nulidad en ambos roles. Mientras esquiaba en Kitzbühel, en el Tirol austríaco, conoció a Muriel Wright, con la que mantudo un largo romance hasta la muerte de ella en 1944, durante uno de los bombardeos que afligieron Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Ian quedó devastado. Aunque, todo hay que decirlo, mientras mantenía interesada a Muriel Wright también se trincaba a Ann O’Neill, la esposa del tercer Barón O’Neill.

En mayo de 1939, y a pesar de sus notoriamente escasas aptitudes para el empleo, Ian fue reclutado como asistente personal del contraalmirante John Godfrey, Director de la Inteligencia Naval de la Royal Navy. Promovido a teniente coronel (y ascendido pronto al rango de comandante). Además de tareas administrativas básicas, el trabajo de Fleming era actuar de colchón entre el contraalmirante Godfrey, famoso por su temperamento explosivo y ácidos requiebros, y las instituciones y negociados de la administración británica de guerra con las que estaba en cotidiano contacto: el Servicio Secreto, la Ejecutiva de Operaciones Especiales, el Comité Conjunto de Inteligencia, la Ejecutiva de Guerra Política y la oficina del Primer Ministro.

Durante la guerra, Fleming hizo gala de su imaginación perversa sugiriendo toda clase de planes de contraespionaje y maniobras de distracción, los cuales no está documentado que llegasen a ejecutarse. Alan Turing y toda la gente de Bletchley Park, empecinados en la ruptura del código nazi Enigma, estaban que fumaban en pipa cuando el Alto Mando desestimó la bizantina propuesta de Ian Fleming para hacerse con la más nueva máquina Enigma y sus libros de códigos.

Fleming también acompañó al contraalmirante Godfrey en un viaje oficial a los Estados Unidos e hizo algunas sugerencias para el diseño de la Oficina del Coordinador de Información estadounidense, órgano de inteligencia que se convertiría en la Oficina de Servicios Estratégicos y, andando el tiempo, en la CIA. Godfrey también puso a Fleming a cargo de la Operación Goldeneye, que desplegó una red de información y operadores «durmientes» en España en previsión de una invasión nazi. También organizó y seleccionó objetivos para la 30 Unidad de Asalto, un cuerpo de comandos creado por él en 1942 e inspirado en la unidad de operaciones especiales organizada y comandada por Otto Skorzeny.

Fleming no participó en misiones de combate en primera línea (lo más cerca que estuvo del frente fue observar la batalla de Dieppe desde la cubierta del HMS Fernie, en una visita de inspección tras un ataque a Cherburgo y en otro viaje al seno mismo de Alemania cuando se localizaron en el Castillo de Tambach los archivos de la armada alemanas de 1870). Y probablemente fuese mejor así, dado que los hombres de la 30AU no llevaban demasiado bien que Ian Fleming se refiriese a ellos como sus «Indios Rojos». Cuando el mando de la División de Inteligencia Naval recayó en el capitán Edmund Rushbrooke, Fleming perdió influencia en la División, aunque le permitieron conservar su control sobre el 30AU hasta junio de 1944.

Fleming pasó a seleccionar objetivos para la Target Force, fundada en agosto de 1944 sobre los éxitos de 30 Unidad de Asalto y encargada de la recopilación de inteligencia, personal, equipo y documentos, en territorio enemigo liberado, de interés para los Aliados. La mayor follada de la T-Force fue el descubrimiento, en el puerto alemán de Kiel, del centro de investigación del cual salían los motores de los cohetes V-2 y los aviones Me 163.

Desmovilizado en mayo de 1945, Fleming permaneció en la reserva hasta 1952, logrando en ese lapso la promoción a Comandante. Ya en tiempo de paz, Fleming regresó al periodismo para el Sunday Times, con un contrato casi cortado a medida que le permitía tomarse tres meses de vacaciones al año, que Ian pasaba en Jamaica, isla de la que se había enamorado en 1942, durante una cumbre de inteligencia anglo-americana en la que había participado. Allí compró una villa a la que llamó, muy teatralmente, «Goldeneye».

Colgado el uniforme, Fleming recuperó sus hábitos de soltero libertino. Rechazó la petición de matrimonio de su amante Anne Charteris, que había enviudado durante la guerra, y se entregó a una vida de vicio y concupiscencia. Anne Charteris se casó con el segundo vizconde de Rothermere, lo cual no le impidió encontrarse numerosas veces con Fleming en Jamaica, bajo el pretexto de visitar a su amigo, el actor, dramaturgo y compositor Noël Coward, residente también en Jamaica. Durante sus visitas a la isla caribeña, Ian y Anne crujían como gorrinos en celo. El uno con el otro. Y también con otras personas (Anne con Hugh Gaitskell, líder del Partido Laborista, Ian con su vecina Blanche Blackwell). Anne incluso dio a luz a la hija mortinata de Ian, Mary.

Harto de darse con los cuernos contra los marcos de las puertas, el vizconde Rothermere se divorció de su fornicadora esposa en 1951 y, finalmente, Ian y Anne se casaron en 1952 (ella con un visible bombo) y tuvieron un hijo, Caspar, que automorisionó de una sobredosis de barbitúricos en 1975, a la edad de 23 años.

Y si has llegado hasta aquí, querido lector, tal vez todavía estés a tiempo de leer que, obviamente, la fuente de la popularidad de Ian Fleming es menos su labor periodística, su despendoleo genital o sus aportaciones al esfuerzo de guerra, que la creación del espía más famoso de todos los tiempos.

James Bond era una idea que Fleming había acariciado durante la guerra, y comentado con sus amigos. Finalmente, poco antes de su boda con Anne Charteris, Fleming se sentó ante una mesa en Goldeneye y escribió Casino Royale en dos meses, promediando unas dos mil palabras diarias (que ya te digo, amado lector, que es un ritmo de trabajo encomiable, sobre todo teniendo en cuenta que Ian pasaba la mayor parte de su tiempo en Jamaica tocándose los cojones). Tirando de contactos de su hermano Peter, escritor él mismo, Fleming consiguió que Jonathan Cape le publicase la novela en abril de 1953 pese a los informes en contra de los lectores de la editorial.

El resto, como suele decirse, es historia. Contra las perspectivas de su editor, Casino Royale fue un éxito de ventas y permitió a Fleming dedicarse por completo a la escritura. A su muerte en 1964, de una cardiopatía causada o agravada por su recalcitrante tabaquismo (fumaba unos 80 Morlands AL DÍA), Ian Fleming había firmado doce novelas y dos antologías de historias cortas protagonizadas por 007. Dos de ellas (The Man with the Golden Gun y Octopussy and The Living Daylights) inéditas y publicadas póstumamente.

James Bond es un carácter tan carismático que las primeras adaptaciones a la pantalla (y otros medios, como las tiras cómicas para el Daily Express dibujadas por John McLusky a partir de 1957) llegaron tan pronto como octubre de 1954, cuando CBS pagó a Fleming mil dólares de la época para adaptar, tomándose extraordinarias libertades en el proceso, Casino Royale a un telefilme de una hora protagonizado por Barry Nelson, al que difícilmente veríamos como un Bond apropiado hoy en día.

Sí, amigo lector. El primer Bond cinematográfico que conoces NO FUE EL PRIMER 007.

De hecho, a Fleming ni siquiera le gustaba Sean Connery como 007. Cuando Eon Productions anunció a su elegido para protagonizar la primera película para cine de James Bond, Ian Fleming torció el culo. A principios de los años 60, Connery era famoso por la práctica del fisioculturismo y por las películas y series de televisión en las que había participado desde 1954. Con su metro ochenta y ocho de estatura, Connery era, a juicio de Fleming, un «desgarbado doble de acción carente de la delicadeza y elegancia para interpretar a James Bond» («an overgrown stuntman lacking the finesse and elegance to play James Bond»).

Ian quería a un actor capaz de transmitir elegancia y sofisticación en pantalla. De haber tenido pito que tocar en la producción (por contrato, no tenía), Fleming, sin dudar ni por un momento, habría escogido a David Niven (el Bond retirado de la no-canónica y casi autoparódica primera adaptación cinematográfica de Casino Royale, estrenada en 1967).

Pero el productor Albert R. Broccoli discrepaba. Él quería un 007 «con pelotas». Connery fue escogido por su imponente presencia («¡pero ¿no has visto que camina como una pantera?!», dicen que dijo la esposa de Albert Broccoli, probablemente chorreándose encima, después de conocer a Connery) y sex appeal. «Ponle un poco de barniz a esa dura piel escocesa [y] tienes al Bond de Fleming en vez de todos esos sarasas amanerados que se ofrecieron para el puesto». Tampoco Connery estaba de acuerdo con la caracterización de 007 que Fleming ofrecía en sus novelas. El Bond de Sean Connery es mucho más epicúreo, arrogante y amoral que el de Fleming.

Ahora bien, es de justicia apuntar que Fleming, cuando por fin pudo echarle un ojo a Agente 007 contra el Dr. No quedó tan impresionado por la actuación de Connery, pese a sus reservas iniciales, que incorporó a su personaje parte de los rasgos más característicos de la actuación de Connery. Por ejemplo su sentido del humor, algo seco. El increíble trabajo del intérprete escocés, su identificación con el personaje alcanzó tales cotas, que Connery es responsable de que para muchos de nosotros, y me refiero a los que ya peinamos canas en los cojones, 007 tiene el rostro de Sean Connery y Sean Connery es Bond.

Lo cual no deja de ser interesante.

Porque Sean Connery se parece físicamente muy poco al Bond que Fleming describe en sus novelas.

En la propia Casino Royale, Vesper Lynd dice que Bond le recuerda a un Hoagy Carmichael «frío y despiadado». Carmichael fue un músico, compositor y cantante estadounidense cuyo cabello negro, rasgos finos, constitución felina y elevada estatura inspiraron a Fleming la fisonomía de 007. En Moonraker, la agente Gala Brand de la División Especial remacha ese parecido: «en cierto modo, se parecía a Hoagy Carmichael. Ese pelo negro que le caía sobre la ceja derecha. Los huesos eran muy parecidos. Pero había algo un poco cruel en su boca, y los ojos eran fríos». El retrato canónico de Bond, establecido por sus novelas, es la de un hombre alto y esbelto, de cabello moreno y corto, rostro huesudo, ojos azul-grisáceos, boca cruel y una cicatriz vertical en su mejilla derecha (que hasta la fecha nunca ha aparecido en ninguna adaptación cinematográfica),

Este retrato mal se concilia con Sean Connery o David Niven.

Ni con George Lazenby (que consiguió el papel de 007 haciéndose un traje en el mismo sastre que Connery y echándole UN PAR DE PELOTAS e inventándose un currículum cinematográfico inexistente).

Ni con Roger Moore (que protagonizó su primera película como 007 a los 45 años, cuatro más de los que tenía Connery cuando dejó el personaje CASI definitivamente porque se sentía «demasiado mayor» para seguir haciendo de Bond, antes de regresar como un 007 envejecido en Nunca digas nunca jamás, otra película no canónica de 007).

Ni con Timothy Dalton (uno de nuestros 007 favoritos y el más parecido, en personalidad, al de las novelas).

O Pierce Brosnan.


Y está a años luz del Bond de Daniel Craig.

Y no digamos ya del ornitólogo estadounidense James Bond, feo como un tumor de escroto, a quien las novelas de Fleming y las películas de Eon Productions le causaron más de un momento embarazoso en aduanas. 


Como ya hemos dicho más arriba, el rostro de Bond, de tener uno, probablemente se parezca más a un joven Hoagy Carmichael que a ninguna otra persona. Ponle una cicatriz a esa cara y tendrás casi un retrato «canónico» de 007.

Pero... ¿cuál fue la inspiración REAL para el personaje de James Bond, más allá de su rostro y físico?

Ah, esa es la cuestión, que decía Xecspir. Andrew Lycett, biógrafo de Fleming, tiene claro que Bond es una amalgama de varias personas reales a las que Ian habría conocido o con las que habría trabajo durante sus años en la Royal Navy. Por lo tanto no tendría sentido buscar un único nomb...

«Pero, coño, Sommer, que yo sólo he venido aquí buscando fotos de Sara Sampaio ligerita de ropa».

Ahí te va:


Hala, a mamarla, pajero de mierda. Usa pañuelos de papel, para que tu madre no te riña.

Para todos los demás, seguimos.

Entre los refrentes reales que se han sugerido como inspiración para James Bond, y la mayoría de ellos corresponden a personas a las que Fleming conoció o pudo haber conocido durante su tiempo como oficial de Inteligencia Naval. Patrick Dalzel-Job, también oficial de inteligencia y comando británico de la 2GM es uno de los candidatos más obvios. Durante su servicio con la Fuerza Anglo-Polaco-Francesa en Noruega desobedeció una orden directa y ayudó a evacuar a unos 5 000 civiles de Narvik. El rey Haakon le concedió la Cruz de Caballero de San Olav, protegiéndole así de la corte marcial que le esperaba en Reino Unido.

Del año 42 al 43, Dalzel-Job condujo operaciones de comando en Noruega desde torpederas Fairmile D y del 43 a principios del 44 se entrenó con la Flotilla Submarina en el uso de submarinos de bolsillo Welman (que se revelaron prácticamente inútiles en combate) mientras sacaba tiempo para entrenar con la División Aerotransportada. Cuando descubrió el 30AU, pidió su traslado a la unidad y sirvió bajo las órdenes de Ian Fleming. Con la 30 Unidad de Asalto, Dalzel-job saltó tras las líneas alemanas dos días después del Día D y llevó a cabo golpes de mano contra objetivos designados en territorio ocupado, entre ellos, la toma de Bremen.

Pero aunque algunas fuentes acreditan que Dalzel-Job afirmaba haber oído de labios del mismo Fleming que él era la inspiración para Bond, el veterano comando británico jamás leyó una novela de 007. «They are not my style»
Dalzel-Job no era bebedor y amó en toda su vida a una sola mujer, la noruega Bjørg Bangsund, con la que contrajo matrimonio en 1945 y que le daría su único hijo, Iain.

Wilfred Albert Biffy Dunderdale, espía y diplomático británico, es también citado a menudo como otra más que probable fuente de inspiración para 007. Bilingüe en inglés y ruso (había nacido en Ucrania), trabajó para el MI6 de 1921 a 1959. Como parte de su servicio (al menos la que se ha hecho pública) ayudó al sultán Mehmed VI a abandonar Constantinopla tras la caída del Imperio Otomano en 1922, fue jefe de puesto en París en los años 30 y oficial de enlace con la inteligencia polaca y francesa. El tipo conducía un Rolls-Royce blindado, usaba gemelos de Cartier y trajes a medida y follaba como un puma. Dunderdale y Fleming se conocieron y trabaron amistad durante la guerra.

Duško Popov, agente serbio que contaminó a la Abwehr alemana con toneladas de información falsa proporcionada por los británicos, también sale en todas las listas de posibles inspiradores reales del agente 007. Popov participó en la Operación Fortitude, la gran misión de contrainteligencia que logró convencer a Hitler de que el desembarco aliado tendría lugar en Calais, no en Normandía. Popov es, además, autor de una autobiografía, Spy/Counterspy, que repasa sus hazañas durante la guerra.

También hay una considerable coña marinera con un diplomático británico de nombre James Albert Bond que habría trabajado en la embajada británica en Varsovia entre 1964 y 1965, desempeñando labores de inteligencia. Dado que no hay absolutamente ninguna evidencia de que Fleming estuviese al corriente de la existencia de este James Bond de la vida real, no podemos contarlo como posible inspiración para su personaje insignia.

El australiano Frederick Sidney Cotton, espía, veterano de ambas guerras mundiales, inventor y oficial del Real Servicio Aéreo Naval, hizo buenas migas con Ian Fleming durante la 2GM y no se descarta que sus pelotas de acero pudiesen servir de inspiración para el personaje de Bond. Cotton se las arregló para esconder una cámara en el fuselaje de su avión y sacar desde el aire fotos de fábricas, instalaciones militares y aeródromos alemanes. Fotos que luego entregaba al MI6. Cotton también pilotó el último avión civil que abandonó Berlín justo antes de que empezase la Segunda Guerra Mundial... y por el camino se las arregló para fotografiar la marina alemana fondeada en Hamburgo.

El espía polaco Bronislaw Urbański, operador de la Sección 993/W «Wapiennik», tiene muchas, pero que muchas papeletas para haber inspirado al Bond real. No sólo sus rasgos físicos y complexión recuerdan llamativa y poderosamente al James Bond literario, sino que sus funciones durante la guerra recuerdan poderosamente la de 007 en la ficción. Urbański pertenecía al Departamento de Seguridad y Contrainteligencia de la Segunda Rama de Información e Inteligencia del Cuartel General del ejército polaco. La sección 993/W era una unidad de reacción rápida encargada de eliminar objetivos enemigos estratégicos, SÍ, ESTAMOS HABLANDO DE PERSONAS, condenadas por tribunales clandestinos en la Polonia ocupada por los nazis. Vamos que Urbański tenía una auténtica «licencia para matar». Transformada en una compañía de fusileros a mediados de 1944, la 993/W tomó parte en el Levantamiento de Varsovia como parte del batallón «Pięść».

Según algunas fuentes, la agente polaca del SOE Krystyna Skarbek (a la que Ian Fleming conoció en persona y en la que se inspiró para crear a Vesper Lynd) habría proporcionado a Fleming los datos del pasaporte de Urbański y una descripción de sus principales características físicas, incluyendo cicatrices muy llamativas. Además, si ponemos lado a lado una foto de Urbański y el único esbozo conocido de Bond dibujado por la propia mano de Fleming, no podemos dejar de notar el parecido:

Otro poderoso candidato a «007 histórico» es William Stephenson, maestro de espías, no sólo por su impresionante hoja de servicio en dos guerras y por hacer los martinis más cargados de los Estados Unidos, sino porque el propio Fleming lo citó en un artículo de The Sunday Times de 1962, como uno de sus principales referentes: [James Bond es] «a highly romanticized version of a true spy. The real thing, the man who became one of the great agents of the War is William Stephenson».

Y, a partir de aquí, las listas de posibles «inspiradores» del personaje de Fleming divagan de lo superficial a lo ridículo, pasando por lo conveniente.

El coronel Charles Howard Dick Ellis, oficial de inteligencia británico de origen australiano y «padre» de la OSS (sus aportaciones al diseño del servicio de inteligencia estadounidense fueron reconocidas por el presidente Truman, que le concedió la Legión al Mérito), a pesar de la cerrada defensa que de él hizo en su día el periodista Phillip Knightley, especializado en el mundo del espionaje («His adventures not only rival those of James Bond; he was James Bond»), no parece haber hecho ninguna aportación reseñable al retrato de 007. Además, las alegaciones hechas en su contra tras la deserción de Kim Philby, y que le atribuyen el doble delito de traición de haber espiado para los nazis y los soviéticos, si bien no sustanciadas por pruebas públicas (el gobierno de Margaret Thatcher rehusó pronunciarse al respecto), arrojan una sombra de sospecha sobre este personaje.

Porfirio Rubirosa Ariza, playboy dominicano, diplomático, piloto de carreras y, según algunas fuentes, sicario a las órdenes del mismísimo Trujillo, se ganó sus galones de pichabrava de lujo gracias a su vida de altos vuelos y su atribuida potencia sexual sobrehumana. Casado cinco veces, muerto al estrellar su deportivo contra un castaño de indias, Rubirosa suele entrar en las listas más exhaustivas de personajes históricos que hayan podido inspirar el personaje de 007, aunque no está documentado que Ian Fleming lo haya conocido jamás.

A quien sí conoció, obviamente, fue a su propio hermano. Robert Peter Fleming raras veces es considerado una inspiración para Bond, a pesar de que durante la guerra realizó labores de inteligencia, contrainteligencia y sabotaje tras las líneas alemanas en Noruega y Grecia y se le tenía por un reputado experto en operaciones especiales.

Sabemos que Fleming consultó al capitán de artillería Robin de La Lanne-Mirrlees mientra escribía Al servicio secreto de su Majestad, pero de ahí a atribuirle algún papel en la caracterización de Bond hay una distancia diez veces mayor que la que nos separa de los amores venéreos de nuestra rubia de bote favorita, distancia ya de por sí insalvable.

El explorador ártico y agente retirado de la Inteligencia Naval Sandy Glen se descartó a sí mismo como posible inspiración para 007, aunque, como Bond, era escocés y había asistido al Fettes College. Además conocía personalmente a Fleming (algo que, para muchos autores, parece ser motivo más que suficiente para haber servido de referente para el espía más famoso de todos los tiempos).

Duane Hudson, Fitzroy Maclean, Michael Mason, Merlin Minshall, Conrad O'Brient-ffrench, Sidney Reilly, Peter Smithers o Forest Yeo-Thomas confirman esta hipótesis de trabajo de que, para ser etiquetado como «el auténtico James Bond» basta haber tenido algún papel relacionado con la inteligencia británica durante la 2GM o haber conocido personalmente a Fleming.

Como habrás deducido ya, de lo expresado más arriba, no hay un único Bond histórico que haya sido la inspiración directa de 007. El personaje insignia de Fleming es una quimera de muchas personas reales, sazonada con la imaginación y personalidad del propio Fleming.

Lo que sí sabemos con bastante certeza es que Christopher Lee NO ES una de esas personas que inspiraron a Ian Fleming para construir a Bond, afirme lo que afirme un rumor  que lleva algunos años circulando por Internet. Como la mitad de lo que circula por la Red de Redes, esa información mezcla realidad apriorismos, parte de una conclusión para guiar al lector por un camino tortuoso de medias verdades y mentiras más o menos descaradas y contiene un vicio de origen: falsea la realidad para conseguir clics de lectores o tejer una polémica completamente artificial.

Vamos a destripar paso por paso este embuste:

1. Ian Fleming y Christopher Lee se conocían y eran familia

Correcto. La madre de Cristopher Lee, la condesa italiana Estelle Marie Carandini di Sarzano, se divorció del padre de Lee, el teniente coronel Geoffrey Trollope Lee del 60º Cuerpo de Fusileros del Rey, y se casó con Harcourt George St-Croix Rose, tío de Ian Fleming. Por lo tanto, Fleming y Lee eran primos POLÍTICOS.

Además, Ian y Christopher se conocían personalmente. Y no sólo de verse en los ambientes de la alta sociedad británica que ambos frecuentaban. Además de los vínculos familiares, Fleming y Lee compartían su obsesión casi enfermiza con el golf, que solían practicar juntos. Se comenta que fue precisamente durante un juego de golf, juntos, que Fleming le propuso a Lee que interpretase al Doctor No en la película de 007 que estaba a punto de entrar en fase de producción. Finalmente el papel se lo acabó llevando Joseph Wiseman.

Si realmente sir Christopher Frank Carandini Lee hubiese sido la inspiración más o menos directa de Bond, ¿por qué Fleming le habría propuesto interpretar al villano en Dr. No en vez de al protagonista? Pregunta retórica. Lee acabaría interpretando a otro villano bondiano: el sicario Scaramanga, en El hombre de la pistola de oro.

2. Christopher Lee hizo carrera como espía en la 2GM


Mentira a medias. Christopher Lee sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y habló, muy superficialmente, de haber trabajado con el SAS en operaciones de las que no podía aportar detalles. Oficial de inteligencia en el 260 Escuadrón de la RAF, parece demostrado, por la documentación desclasificada, que trabajó con el SOE, repetimos, CON el SOE, no PARA el SOE ni EN el SOE.

Como oficial de la RAF adscrito al 260 Escuadrón, Lee se habría ocupado de labores de enlace, planificación y, sí, inteligencia. Pero el SOE era una organización enorme, muy compartimentada, y «trabajar CON el SOE» no significa en absoluto «participar en operaciones especiales». Por la misma regla de tres, cuando Lee afirmaba, en algunas entrevistas, que trabajó con el SAS, repetimos, CON el SAS, no EN el SAS, no estaría en modo alguno afirmando haber pertenecido a la élite de las fuerzas especiales británicas.

Que Lee haya podido realizar misiones con el Long Range Desert Group, vinculado al SAS, no significa en modo alguno que Christopher Lee haya pertenecido a esa unidad o al Servicio Aéreo Especial. Es más, las propias palabras de Lee al respecto son particularmente cautelosas: «I was attached to the SAS from time to time». Pero nunca mencionaba fechas ni misiones concretas. Tal vez porque no podía (suena a coña, pero los miembros del SAS y otras unidades especiales firman contratos de confidencialidad). Tal vez porque, como veterano del ramo, entendía la necesidad de la «seguridad operativa». Tal vez porque no quería poner a prueba la Ley de Secretos Oficiales británica, que es particularmente puñetera. Tal vez porque era un actor, le gustaba hacerse el misterioso, cultivar un cierto tipo de reputación y dejar que los gilipollas le construyesen la campaña de promoción por él.

«Christopher Lee fue un agente secreto» es un titular mucho más atractivo y que vende más periódicos que «Christopher Lee fue un oficial de inteligencia de la RAF e hizo muchas cosas distintas durante la guerra».

3. Lee ha admitido en entrevistas que Fleming creó a 007 basándose en él

ASQUEROSA MENTIRA. Es más, cuando le preguntaban sobre el tema, Lee rechazaba EXPRESAMENTE que Fleming hubiese basado a Bond en él. Por si las propias declaraciones al respecto de su primo político no fuesen lo bastante inequívocas, Lee fue uno de los que primero entendió, y más fervorosamente defendió, cada vez que se le presentaba la oportunidad, que 007 se inspiraba en diferentes personas reales. Que Bond, James Bond tenía muchos padres, no uno solo, y que probablemente él no fuese ninguno de ellos.

4. Lee siguió vinculado al mundo de la inteligencia al acabar la guerra

Parcialmente cierto. Tras la victoria en Europa, Lee fue destinado al Central Registry of War Criminals and Security
Suspects
, organismo dedicado a la localización, identificación y arresto de criminales de guerra nazis. Su formación en Inteligencia y educación políglota (hablaba con fluidez inglés, italiano, francés, alemán y español y se defendía moderadamente bien en sueco, ruso y griego) le hacían particularmente apropiado para esta misión.

Pero de ahí a decir que tras la guerra trabajó como espía, media un mundo.

Lo cual no le quita nada de carne a la afirmación, muy seria y con una mirada de aquellos penetrantes ojos negros, que le hizo a Peter Jackson durante el rodaje de El retorno del rey, cuando el director neozelandés intentó explicarle cuál es el sonido que debía hacer Saruman al ser apuñalado: «Have you any idea what kind of noise happens when somebody is stabbed in the back? Well, because I do.»

Así que no. Lo siento. No siempre una historia, por bien contada que esté, por mucho que nos gustaría que fuese cierta, refleja la realidad.

Pero, joder, a menos te he dado, querido lector empeñado en escribir fan-fiction de 50 pollazos de Grey, lo complicado que es realmente escribir personajes sólidos, arquetípicos, que resistan la prueba del tiempo y sean adaptados a multitud de medios diferentes.

Y, por la misma regla de tres, además de darte la chapa hemos resuelto la entrada de la bitácora.

sábado, 11 de abril de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVI): ninja el rey, ninja el Papa, sin ninjar nadie se escapa

Si quieres ver realmente cabreado a un historiador japonés, pregúntale por los ninjas. Ya será raro que te defraude.


Si quieres ver 
realmente cabreado a un redactor del Paratroopers, pregúntale por las adaptaciones al cine de sus libros o cómics favoritos. Ya será raro que te defraude.

Lo de los ninjas es una de las imposturas más exitosas de la historia de la cultura popular. Y, en buena medida, un fenómeno casi completamente occidental a pesar de sus orígenes japoneses. Pocas veces una mentira histórica tan evidente se ha aceptado de manera tan absoluta y acrítica, hasta el punto de materializarse en formas que sus promotores caraduras no pudieron ni siquiera anticipar, como la proliferación de dojos, o sea escuelas de Artes Marciales, en las que se enseña el «ancestral arte marcial secreto de los ninjas», entrecomillado en el que hay ni más ni menos que cinco mentiras.

Pero vamos por partes.

Si te vas a la página correspondiente de la whiskypedia, te encontrarás un artículo según el cual, «En la historia de Japón, los ninja (忍者?) o shinobi (忍び?) eran un grupo de mercenarios entrenados especialmente en formas no ortodoxas de hacer la guerra, en las que se incluía el asesinato, espionaje, sabotaje, reconocimiento y guerra de guerrillas, con el afán de desestabilizar al ejército enemigo, obtener información vital de la posición de sus tropas o lograr una ventaja importante que pudiera ser decisiva en el campo de batalla.»

Si además te has visto media docena de películas de artes marciales, o ambientadas en Japón, o eres un fan fatal, un talifán del género, habrás aprendido a asociar con la figura del ninja a esos mercenarios de pijamas negros, armados con espadas de hojas recta, llamadas ninjatosshuriken o estrellas arrojadizas de metal y todo ese arsenal de 007 preindustrial que, al parecer, siempre acompañaba a estos sigilosos y felinos asesinos.

A ver cómo coño te cuento yo ahora que casi todo lo expuesto en los dos párrafos anteriores no ha existido jamás, y que la información verídica que apunta a la existencia de algo que podría parecer un ninja es interesadamente parcial, está exagerada o ha sido malinterpretada por auténticos becerros sin puta idea de la historia, la cultura o el idioma japonés.

Para que me entiendas, ahí va un chorreo de datos puros de oliva, corroborados por múltiples historiadores, japoneses y de los otros:

No hay absolutamente NINGUNA evidencia histórica de que los ninjas o shinobi (luego hablaremos de la nomenclatura y etimología, ten un poco de paciencia) usasen shuriken. Y hasta el nombre es engañoso, pues significa casi literalmente «hoja en la palma de la mano» (手: «te», «mano», 裏: «ura», «espalda, detrás, al revés, dentro, palma»; 剣: «ken», «sable, espada, hoja»).

La primera vez documentada que alguien en el planeta Tierra vio un shuriken, una estrella ninja, fue en la película Shinobi no mono, de 1962, protagonizada por Raizō Ichikawa. Y los que se perdieron esa peli, tal vez vieron su primera estrella arrojadiza ninja en la atchonburística serie de televisión Ninja butai gekkō, de 1964. El arma japonesa más parecida que se conocía hasta los años 60 eran unos dardos de acero (bō shuriken) que no eran más que eso: barritas de acero acabadas en punta. Se conservan ejemplares datados hacia el siglo XVII. Pero ninguno de ellos en forma de estrella, ni de cuatro puntas, ni de tres, ni de su punta madre.

El ninjato, esa espada que presuntamente era el arma secular distintiva del ninja, y que se diferenciaba de la katana samurái en su hoja recta, comparativamente corta, y guarnición (tsuba) cuadrada... bueno, pura y simplemente no ha existido JAMÁS. Es una completa invención. Un producto del siglo XX. La primera vez que alguien vio un ninjato fue en las fotos de un panfleto turístico japonés de 1956 al que aludiremos de nuevo más abajo. Y la segunda vez documentada que alguien vio un ninjato fue en las secuelas de Shinobi no Mono que empezaron a llegar a los cines nipones a partir de 1963: Zoku shinobi no mono, Shin shinobi no mono, Shinobi no mono: Kirigakure Saizo, Shinobi no mono: Zoku Kirigakure Saizō y ya nos cansamos de pegar enlaces, que esta saga tiene más películas que Torrente.

Pero, a pesar de su absolutamente nula historicidad, de su infamante condición de artículo de atrezo cocinado por la gente del diseño de producción de Daiei Studios allá por 1963, por algún misterioso motivo que escapa a la comprensión del autor de estas líneas y que tiene más que ver con la sociología que con la Historia, para cuando Sho Kōshugi y Franco Nero coincidieron en 1981 en La justicia del ninja, este invento de los años 60 se había convertido ya en la espada «histórica» y arma «tradicional» de los ninjas.

Si le aplicas un mínimo de investigación histórica, casi todo el arsenal ninja «tradicional» se desploma ante tus ojos como un incel de catorce años bajo la condescendiente mirada de Sara Sampaio o resulta no ser para nada, ni haberlo sido nunca, un arma estrictamente usada por los ninjas. ¿El kunai? Jamás fue un arma. Los kunai históricos se describen más como espátulas que como cuchillos. Herramientas, no armas. ¿Los makibishi o «abrojos ninja»? Oh, sí, existieron. Pero ni eran exclusivos de los ninja y ni siquiera exclusivos de Japón. Los antiguos romanos ya usaban algo parecido, llamado tribulus, para putear a la caballería enemiga.

¿Y lo de los uniformes negros? Esa pantuflada es tan obviamente mentira que no merecería ni un comentario. Pero como eres subnormal perdido, querido lector (si no, ¿por qué coño estás leyendo esta bitácora?), te lo voy a explicar. Dime: dejando ya de lago el hecho de que vestirte de negro para atacar de noche es más propio de un deficiente mental que de un ladino sicario (¿quieres ser la única «silueta humana» perfectamente reconocible contra un fondo oscuro con varios niveles de sombra y penumbra y diferentes texturas?), pongamos los cojones sobre la mesa: ¿cómo crees que te resultará más fácil acercarte a la persona a la que quieres asesinar o espiar sin que te indentifiquen y te metan un pitonazo por el culo; vestido como una persona normal o disfrazado de capullo supremo con un pijama a la funerala y una máscara? Sieso, que eres un sieso.

El puto chándal negro y la capucha es una convención plástica, típicamente japonesa (registrada en grabados de Hokusai, por ejemplo), y muy ligada al teatro kabuki, que no se asociaba tradicionalmente con los ninjas hasta que estalló este fervor absurdo y también ridículo por el personaje, sino con la iconografía de cualquier, y repito, cualquier personaje teatral que estuviese intentando ocultar su identidad. En el cine mudo occidental de los años veinte el villano usaba chistera y capa y se mesaba un largo bigote ridículo y en la escenografía teatral japonesa de antaño, cuando se quería comunicar al público que un personaje ocultaba su identidad, se le vestía de negro. Y punto en boca.

«Pero, ¿qué coño me estás contando? ¿Que todo lo de los ninjas es mentira?»

...

«¿Hola? ¿Sommer, me oyes?»

Me cago en... pero ¿tú no estabas muerto? O sea, ¿dónde está La Tetas? Si hasta le estaba empezando a coger cariño y todo. Y, vistas así de cerca, ese tremendo par de aldabas jugosas, relucientes de aromática transpiración, como que no es tan intimidante.

«¿Qué Tetas? ¿De qué me hablas? ¡No desvíes la pregunta! ¿Hay alguna prueba histórica de la existencia de los ninjas o no? ¿Tal vez algún documento?»

Pues (suspiro), sí, y no. Hay un libro de estrategia militar y filosofía de los clanes Iga y Kōga (presuntos clanes ninja de toda la vida) titulado Bansenshūkai o Mansenshūkai, que se supone fue recopilado hacia finales del siglo XVII y que se ha llamado, tradicionalmente, «la Biblia ninja». Pero hasta esta «Biblia ninja» es, en gran medida, una mixtificación. Se supone que el Bansenshūkai resume y condensa los principales capítulos del Kanrinseiyō, un volumen anterior y más extenso sobre el mismo tema. Vamos, que sería una especie de Selecciones del Reader's Digest de esa auténtica y genuina «Biblia ninja» original...

...salvo que durante siglos nadie había visto una copia ni
 siquiera extractos o fragmentos del Kanrinseiyō, y muchos estudiosos e historiadores japoneses llegaron a declararlo una completa fantasía. Y DE REPENTE, en 2022, apareció en Koga, no sabemos si muy oportunamente o no, una copia del Kanrinseiyō. Y, hombre, qué quieres que te diga, que un profesor de historia japonesa lo haya autenticado no me basta, personalmente, para aceptarlo como un documento legítimo toda vez que este texto ancestral ninja fue «encontrado» por el «Grupo de investigación ninja de Koga-ryu» (sigue leyendo y entenderás por qué) y presentado a la prensa, de nuevo, por un soplapollas que se hizo fotografiar vestido de patético robabragas.

Pero incluso dando por bueno que el Bansenshūkai fuese una obra legítima, un auténtico texto histórico de 1676 cuya mera existencia respaldaría la veracidad de los ninjas como figuras históricas, su contenido algo atropellado no puede menos que hacer fruncir una ceja. Por lo menos una. Porque es que, además de varios volúmenes sobre doctrina militar y liderazgo, armas y herramientas, el arte del disfraz y la infiltración y el manejo e interrogatorio de prisioneros (hasta aquí, todo coherente y congruente con lo que se espera de un manual ninja), hay libros de filosofía y astrología que resultan realmente difícil de justificar en una «Biblia ninja» y, la rehostia en vinagre, una receta de tofu. Que no tiene nada de especial. Esta receta de tofu es igual a otras muchas recetas de tofu de la época. Este tofu ninja no te va a dar superpoderes ni a enseñar técnicas ninja secretas. Es tofu. Se acabó.

Leyendo por encima los índices, sin profundizar en el contenido del Bansenshūkai, resulta difícil de imaginar que de su lectura vayas a aprender más sobre los ninja de lo que aprenderías sobre el espionaje de la Guerra Fría leyendo las novelas de Ian Fleming. En las que también te puedes encontrar al menos una receta. Ya sabes: dos medidas de vodka, una de ginebra Gordon's, media de quina Lillet, agitado, no revuelto, con hielo picado y servido con una filigrana de piel de limón. No hay ningún secreto ninja en la «Biblia ninja». De su lectura no vas a aprender absolutamente nada sobre liderazgo militar, estrategia o técnicas de infiltración que no pudieses haber deducido tú mismo usando un poco de sentido común. «Ataca cuando tu enemigo no esté preparado», «reconoce el terreno antes de la batalla y escoge el campo que más beneficie a tu ejército», «no le metas nunca la picha a una gótica, por bien que la chupe y gordas que tenga las bufas» y cosas así. Vamos, que el Bansenshūkai no dice nada que no vayas a encontrar en El arte de la guerra de Sun Tzu. Salvo, quizá, la receta del tofu.

Además, el Bansenshūkai «pita» estruendosamente cuando menciona episodios presuntamente reales como ejemplos de hazañas históricas protagonizadas por ninjas. Un ejemplo para ilustrarte, oh amado lector: de acuerdo con el 
Bansenshūkai , durante el período Sengoku, Rokkaku Yoshitaka habría contratado a Tateoka Doshun, ninja de la Confederación Iga, para que le ayudase a tomar el castillo de Sawayama, donde se había atrincherado Dodo Kuranosuke, un antiguo vasallo de Yoshitaka que se había rebelado contra él. Tateoka formó un equipo de menos de cincuenta ninjas, los disfrazó de partidarios de Kuranosuke, entró con ellos por la puerta del castillo sin encontrar oposición, le prendieron fuego a todo y salieron por piernas. En la confusión que siguió al incendio, Yoshitaka pudo por fin tomar la fortaleza enemiga.

El problema es que este relato, tenido por histórico y canónico por los defensores de la presunta historicidad de los ninjas, sólo tiene ninjas y a Tateoka Doshun según el Bansenshūkai. En todos los demás documentos conservados que aluden al sitio y conquista de Sawayama, no se los menciona EN ABSOLUTO, y el Dodo Oki-no-Kami Kuranosuke histórico no era un antiguo samurái de 
Rokkaku Yoshitaka que había traicionado a su señor, sino un vasallo del clan Azai, enemigos de Yoshitaka. Y, aunque la crónica de la conquista de Sawayama recogida en el Bansenshūkai fuese verídica, y todo apunta a que no lo es, curiosamente no encontrarás en ella shuriken, ni capuchas, ni ninjatos, ni pijamas negros, ni bombas de humo, ni chochos en vinagre.

Algo huele a podrido en Dinamarca, digo en Sawayama, cuando hasta la «Biblia ninja» desmiente categóricamente toda la iconografía popularmente atribuida a los ninjas.

(No, no es la fecha de Riley Reid. He dicho que huele a podrido, no a fornicación mercernaria y sífilis).

E incluso aunque estés dispuesto a concederle el beneficio de la duda a todas las evidencias cuestionables y abiertas invenciones modernas que hemos enumerado, muy someramente, hasta ahora, al menos deberías hacer examen de conciencia ante la realidad innegable de que el ninjutsu, ese arte marcial milenario de cuyo estudio el ninja adquiría, presuntamente, todas sus habilidades, ni existe, ni ha existido NUNCA como tal hasta que, llegado el siglo XX, un puñado de instructores caraduras decidió inventarlo.

La mera palabra ninjutsu (忍術) ha representado conceptos muy diferentes a lo largo de la historia. En el Japón medieval era un agregador genérico para cualquier conocimiento o enseñanza sistematizada de estrategia militar. En el período Edo se empezó a usar la palabra como sinónimo de, no miento, ¡BRUJERÍA! El ninjutsu no fue un arte marcial JAMÁS. No ha dejado la más mínima huella en el registro histórico. Y la palabra ninjutsu no fue empleada como denominación de un arte de combate hasta los años 60, cuando un puñado de alelados soplapollas occidentales, trágicamente desinformados por los desorientados escritos de un puñado distinto de periodistas occidentales, tan lerdos como ellos, comenzaron a llegar a Japón empeñados en estudiar «el arte ancestral y secreto de los ninjas». Arte ancestral y secreto que no se podía estudiar, ni en Japón ni en ninguna parte, porque NO EXISTÍA.

«Pero, oye, Sommer, que con una simple búsqueda por Internet te encuentras docenas de academias y dojos japoneses que enseñan ninjutsu».

¡Claro, gilipollas! Porque en economía hay una cosa llamada «ley de la oferta y la demanda». Y cuando algunos maestros japoneses de artes marciales, sinvergüenzas todos ellos del primero al último, vieron llegar a todos aquellos gilipollas de ojos azules con los bolsillos llenos de dólares, y comprendieron que podían escoger entre dar clases de karate o kendo a treinta pavos al mes, o clases de «ninjutsu» por trescientos, el «arte ancestral y secreto de los ninjas» apareció de la nada como por arte de magia. Era absolutamente inevitable. Y, de repente, en busca de legitimidad, 
los archivos de algunas oscuras y minoritarias escuelas de artes marciales, escritos en kanji tan antiguos y desusados que tal vez sólo un par de docenas de personas vivas puedan leerlos, se convirtieron en documentos ninjas legítimos. Y algunos ronin y samuráis famosos por su inclinación a la puñalada trapera y el disimulo se convirtieron, por la magia y el poder de la mano invisible del Mercado, en ninjas de toda la vida, según el relato de estos instructores del «arte ancestral y secreto de los ninjas» que se acababan de inventar.

Hay realidades históricas que han llegado hasta nuestros días tan desenfocadas por la distancia y adulteradas por la ficción que ya nunca podremos más que suponer su naturaleza original. La historia distante y mal documentada acaba desapareciendo o convertida en mito.

Y luego está el caso del ninjutsu, que es exactamente el contrario. El mito moderno se ha «enviado al pasado» buscando cualquier elemento mínimamente histórico que lo legitimase. Por el mismo precio, podrías cambiarte el nombre a Bruce Wayne y contarle a todo el mundo que un raterillo de mierda mató a tus padres en un callejón de Gotham, a la salida del cine. Y tienes mi permiso para decir que venías de ver una peli de ninjas.

Incluso la palabra «ninja» es un invento moderno (y cuando digo moderno digo del siglo XX, allá por los años 70) que no encontrarás en la bibliografía histórica japonesa. En las fuentes históricas, al personaje al que se atribuyen las barrabasadas que nuestro imaginario moderno (contaminado por las interpretaciones perezosas e interesadas del mito) atribuye al ninja se le denominaría shinobi (忍び), e incluso esta denominación tiene matices de los que te vamos a hablar a continuación, ojiplático lector. Y no, no me importa una mierda lo que ponga la Whiskypedia sobre este tema. Este artículo ha sido claramente redactado por un indocumentado. Ahí vienen los matices: incluso la palabra shinobi, a decir de los estudiosos de la historia y la filología japonesas, no parece haberse empleado jamás para denominar a uno o varios individuos como tales, sino que etiqueta un conjunto de tácticas militares y de guerrilla basadas en el sigilo, la sorpresa y el secreto. Shinobi sería un nombre genérico para lo que hoy en día llamamos «operaciones especiales», sin que se conozca documentación histórica alguna que atribuya a los responsables del shinobi una denominación específica.

En otras palabras: en el Japón antiguo, shinobi no era algo que eras, era algo que hacías. Y si alguna vez hubo algo que medio se parecía a los ninjas, fueron los tipos que, bajo determinadas circunstancias, hacían shinobi (guerrilla, operaciones encubiertas, espionaje, sabotaje, contrainteligencia, asesinato de personalidades) y que tal vez, bajo otras circunstancias diferentes, libraban guerras convencionales, en el campo de batalla, cara a cara y con las armas en la mano.

Y sí hay registro histórico de estos señores japoneses que hacían shinobi, y que no sabemos qué denominación profesional se daban a sí mismos, si es que se daban alguna, así que, por comodidad, vamos a llamarlos shinobi, como hemos hecho más arriba. Lamentablemente, las fuentes históricas una vez más se cagan en toda la mojiganga del «asesino furtivo vestido de negro y equipado con un arsenal de armas exóticas» y te presenta a estos shinobi (una vez más, el uso de la palabra es confuso e inexacto, pero lamentablemente necesario) como saboteadores y espías, fundamentalmente. Los shinobi históricos reunían información, difundían rumores y vandalizaban recursos estratégicos. O sea, desempeñaban tareas de espionaje, contrainteligencia y sabotaje. Vamos, lo mismo que hacen (o hacían en su día) los modernos agentes de la CIA, pero con una dieta basada en el arroz en el caso de los shinobi.

La mera existencia del MITO del ninja reside en su valor como excelente arma de propaganda. Existieses o no los ninjas, y todo parece indicar que NO, la mera sospecha de que el señor feudal, yo qué sé, Fujitsu Toshiba o Mitsubishi Nakasone, tuviese a su servicio a misteriosos asesinos furtivos capaces de matar con artes marciales misteriosas, venenos indetectables y armas ocultas, podría haber sido suficiente para que la gente escogiese no tocarle los nakasones a Toshiba. No vaya a ser que se levante un día con el sushi cambiado y nos monte una liadita plus.

«Me estás deprimiendo, Sommer».

Nada más lejos de mi intención, Lector Cojonazos sospechosamente resucitado. Aquí, en el Paratroopers, nada nos gustaría más que hacer a todo el mundo tan felices como Stun_gravy cuando vio que los de DICE habían incorporado su trickshot de 2011 en el Battlefield 3 (el ya famoso, en círculos gamers, rendezook) al tráiler de Battlefield 2042.

Pero la verdad es tozuda. Y no le importan tus sentimientos.

«Pero, yo he visto en un documental de Japón una "aldea ninja", una especie de museo que reproduce una "casa ninja tradicional" y que está llena de escondites, pasadizos secretos y armas ninja».

¿Te refieres a la «aldea ninja» construida como museo por Okuse Heishichirō en la provinca de Iga a principios de los años 50, después de empacharse de una lectura del Bansenshūkai, libro que ya hemos desacreditado como documento histórico? ¿Aldea-museo ninja que fue la principal fuente de ingresos de
Heishichirō y su familia? ¿Esa aldea-museo que cobra 900 yenes de entrada a los adultos y 600 a los niños? Es precisamente en un panfleto publicitario de ese museo, panfleto publicado en 1956 (y al que hemos citado más arriba, cuando hablamos del ninjato), que vemos por primera vez en toda la historia conocida de la humanidad, a un gilipollas vestido de pijama negro pretendiendo ser un «asesino ancestral japonés» y usando presuntas «armas tradicionales del ninjutsu que en realidad no existe». Y lo sabrías si tuvieses un poco de comprensión lectora o de retentiva.

La aldea ninja de Iga es casi tan real como la tumba del rey Arturo en Glastonbury, la Fortaleza de la Soledad de Supermán en el Polo Norte o la virginidad anal de Verónica Leal.

Lo cual no impidió a los productores de la serie de Shinobi no Mono acudir a Heishichirō como «asesor histórico». Sabes que una mentira tuya ha calado en el imaginario colectivo cuando una productora de cine te contrata para que la defiendas.

La historia de amor de Occidente por los ninjas ha llegado a tales extremos que ha contaminado a los propios japoneses, en un patético caso de retroalimentación que provoca entre vergüenza ajena y repelús. Y no hablo de las penosas películas de la Cannon, que al menos eran entretenidas, sobre todo si te las veías de adolescente (y si te fumabas un par de trujas antes de darle al Play, aquello ya era la rehostia). Hablo de cómo la figura del ninja ha permeado casi todos los productos culturales: novela, series de televisión, manga y anime, videojuegos, ¡y no hablemos ya de los cómics! La obsesión por este arquetipo de personaje que manifiesta obsesivamente el amargado, envejecido y (nos tememos, a juzgar de sus declaraciones públicas a partir del atentado) traumatizado por el 11-S, Frank Miller es simplemente legendaria y un buen ejemplo de esta fascinación occidental casi enfermiza.

Nunca de tan poca sustancia se había sacado tanto beneficio.

Si descontamos el Evangelio, claro.

Que un puñado de periodistas y escritores extranjeros y soplapollas, con entre cero y subcero conocimiento del idioma, la cultura o la historia japonesas, empezasen allá por los años 70 a difundir en Occidente verdaderas MONGOLADAS sobre los ninjas, no sería tan triste si en nuestra propia tradición histórica no tuviésemos una élite de asesinos sigilosos (estos reales aunque, como los ninjas, rodeados de leyenda y teatralidad) que no tienen nada que envidiarle a los ninjas japoneses. Y sí, me refiero a los ismailitas nizaríes de Hassan-i Sabbah, el «Viejo de la Montaña». Los sectarios que han dado origen a la palabra misma «asesino»: ḥashshāshīn, o sea «fumadores de hachís». Vamos, «porreros».

Hay varias teorías acerca de por qué los hashishin se llamaban así, o incluso si el término mismo es histórico o un deliberado insulto anacrónico, acuñado por sus detractores. Una teoría da por sentado que los nizaríes eran conocidos como hashishin porque iban trabadísimos a sus misiones encubiertas. Vamos, que se emporraban vivos para no sentir miedo ni dolor. Dado que el Corán prohíbe todo tipo de tóxicos (el porro entre ellos), la voz hashishin sería un ultraje acuñado por los enemigos de los nizaríes, fundamentalmente los Ismaelitas mustalíes, para desacreditarlos ante otros creyentes islámicos. O que simplemente los llamasen hashishin como quien llama hoy en día a otro «subnormal», ridiculizando su fanatismo y ciega devoción a la secta como más propia de la mente débil y voluntad dócil de un yonqui. O que fuese la forma poética de decir, entonces, «descastado, marginal, escoria». O que alguien, en algún momento de la historia, como sugiere el escritor Amin Maalouf, pura y simplemente haya escrito mal la palabra asāsīyūn, que significa «aquellos que son leales a los fundamentos de la fe».

Pero mi explicación preferida de la etimología de este término nos remite al Viejo de la Montaña (Sheij al-Yebal, lo que probablemente era el título hereditario del líder de la secta, no una sola persona) que reclutaba a los aspirantes a su secta de matarifes fanáticos, los llevaba a una de sus fortalezas secretas y los hacía fumarse unas estacas de costo puro de oliva. En una habitación aparte, esperaban unas putacas de prietas carnes y perfumadas cucarachas, vestidas de huríes con vaporosos velos y entrenadas hasta alcanzar la potencia chuminera de una stripper de Las Vegas. Cuando los candidatos ya tenían un globo del quince, estas zorrupias entraban por una puerta secreta y cabalgaban a los porreros como amazonas en celo, haciéndoles conocer delicias venéreas con las que pocos hombres se han atrevido a soñar.

Para cuando a los colgados se les bajaba el melocotón, ya las suripantas habían hecho mutis y entonces aparecía un Asesino ya iniciado o el Viejo de la Montaña in person, y les decía que la experiencia de embrutecedor recreo potorrero que acababan de tener era un anticipo de los placeres que les esperaban el el Paraíso, si mataban para la secta, y mataban mucho, y mataban bien, o, según otras fuentes, que efectivamente habían muerto ya y visitado el cielo, y hecho el unboxing a algunas de las 72 vírgenes (¡JA! ¡VÍRGENES DICE!) a las que tendrían derecho cuando acabasen la misión para la que Alá los había devuelto a la tierra.

Como se creían ya muertos, o después de trincarse a las pelanduscas andaban con una calentura de pirola comprensible pero absolutamente insoportable, estos hashishin no sólo no le tenían miedo a nada, sino que se morían, no pun intended, de ganas de morir matando o volver a chingar colocados. Las misiones suicidas eran lo habitual entre la secta de los nizaríes. Sus incursiones sigilosas, normalmente al amparo de la noche, por ejemplo para dejar una daga bajo la almohada de un posible objetivo sin ser detectados, y sin despertar a su víctima, los hicieron legendarios y convirtieron la secta en una potencia ominosa, aterradora, a la que nadie quería oponerse.
(Puede que todo esto te suene ligeramente, anonadado lector, por la serie de videojuegos de Assassin's Creed, en la que los canadienses de Ubisoft Montreal convirtieron a esta siniestra secta de fanáticos asesinos en superhéroes protectores de la humanidad. Que manda una punta así de carallo, tampoco te engaño).

Y no nos vamos a meter ahora con el tema de los hashishin, que también ha cosechado su buena saca de mitos, bulos y malentendidos, porque ya ha terminado esta larguísima introducción a una entrada que, en realidad, va a ser brevísima (y por eso le hemos metido tanta paja). Retomamos el tema del cabreo con el que abrimos el post para preguntarte si a estas alturas entiendes ya por qué los historiadores japoneses con un mínimo de solvencia se cabrean tanto cuando les preguntan por los ninjas.

Y, aunque los motivos del cabreo son diferentes, la naturaleza de esa indignación del historiador japonés enfrentado a una pregunta sobre los ninjas es la misma del redactor del Paratroopers cuando se le pide su opinión sobre ésta o aquella adaptación a la pantalla de éste o aquel otro libro.

Pero hay milagros en todas partes y, a veces, una adaptación de una novela, sin dejar de ser una traición a su referente (algo por otra parte más o menos inevitable), te deja con un buen sabor de boca. Incluso con un excelente sabor de boca.

Desde que Marte se convirtió en 2015 en un éxito de crítica y público, y, tristemente, en la última película de Ridley Scott que no produce arcadas (aquí, nuestro entusiasta análisis pandémico), estaba claro que había que marcar de cerca las próximas novelas de Andy Weir, porque alguna de ellas podría acabar también adaptada a nuestras pantallas. No parece que Artemis, que despellejamos aquí, vaya a sufrir ese destino. Al menos a corto plazo. Pero si hablamos de la tercera novela de Weir, Project Hail Mary, la película ya ha llegado a nuestras pantallas, con Ryan Gosling de protagonista y Phil Lord y Christopher Miller como director bicéfalo y el propio Gosling como productor ejecutivo.

Y es cojonuda.

La película dura más de dos horas y media y no se te hace larga en ningún momento. Y eso que, como era inevitable, el material original se resume, comprime y condensa y el guionista y directores han tomado algunas decisiones que a los lectores de la novela podrían hacernos arrugar la nariz. Hablo del peso de la comedia, que en la adaptación a la pantalla es muy acusado y en absoluto refleja el tono de la novela que adapta, un drama de ciencia-ficción dura con sólo ocasionales concesiones al humor y casi siempre a través de la personalidad del doctor Ryland Grace (interpretado por Gosling con una emoción y profundidad de registros actorales de los que el actor de Drive y El diario de Noa no suele hacer alarde desde que descubrió que es tan guapo que le pagan igual aunque no se esfuerce).

Hala, ahora vete a verla.

«Pero ¿de qué va la película, Sommer?»

¡Pero qué coño importa! ¡Ve a verla, copóns! Aaaagh. Unos microorganismos alienígenas, los «astrófagos», se están alimentando de la radiación infrarroja del sol, reduciendo su luminosidad y condenando por lo tanto a la Tierra, a medio plazo, a una Edad de Hielo y a la raza humana a la extinción. Entonces, las Naciones Unidas ponen en marcha una misión espacial desesperada hacia Tau Ceti, donde también se ha detectado el organismo alienígena pero que, por algún motivo, no está perdiendo brillo. Un equipo de tres astronautas emprende un viaje sin retorno para determinar si hay, en torno a Tau Ceti, algún limitador del crecimiento del astrófago que pueda salvar la Tierra. Ya está. ¿Contento?

«Mucho, señor Sommer. Ya puedo quitarme esto. ¡Que me da un calor!».

[SFX: sonido de cremallera al bajarse]

¡Aaaaaah! ¡Señoteta! Pero... ¿eso que llevaba puesto era un disfraz?

«Piel genuina, señor Sommer. Toque, toque».

¿Cómo que teta auténtica? ¿Piel humana teténtica? ¿Llevaba usted tetada la piel tetida del tetor tetonazos? ¡Y con una tetallera, como el disfraz de un furro!

«Estaba enterrado en su jardín, señor Sommer. Debajo de la estatua de Súper Mario Bros. Me pareció un desperdicio dejarlo ahí. Reciclar reduce la huella de carbono, ¿verdad?»

Pero, tetorita, ¡que lleva usted puesto un cadáver, me teto en Dios! ¿Y cómo teto ha metido esas tetas dentro de ese pijama de Lector Tetonazos sin que se tete el palmito? ¡Está usted tetando las tetas de la Física!

«Me parece que necesita usted sus medicinas y una ducha fría, señor Sommer. Despida ya la entrada de hoy, si es tan amable».

Hasta aquí teta este teto, querido tetor. Hasta la tetada siguiente.