Mostrando entradas con la etiqueta Todo lo que creías saber probablemente sea mentira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Todo lo que creías saber probablemente sea mentira. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de junio de 2025

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XIV)

Hay dos verdades fundamentales del universo que muchos ternascos con base de carbono no tienen cojones de afrontar cara a cara.

La primera es que nadie besa más cerdo que una actriz porno japonesa. 

Hinako Mori konichiwando a un compañero de rodaje

Será por las draconianas normas contra la pornografía que siguen en vigor en Japón desde que el puritano McArthur y sus ofendiditos jefes les escribieron desde cero todo su corpus legal, estorbando, en el manga y anime hentai y en las películas de fornicasión mersenaria, la vista directa de los gitanales y los planos de mete-saca. Será por lo que sea, pero en el porno japonés los actores hacen con las lenguas lo que se disponen a hacer con los extremos opuestos de sus cuerpos y que la puta censura no les permite mostrar en pantalla. La penetración más viscosa, chorreante y pegajosa que hayas visto en tu gonzo alemán más undreground no califica ni para besito random de preliminares de la peli porno japonesa promedio. Y es que la función crea el órgano y, ya que el derecho en vigor les obliga a esconder detrás de auras y mosaicos los detalles más ginecológicos de sus películas, los actores japoneses han aprendido a utilizar sus lenguas como carallos y las actrices, sus bocas como chuminos.

Julia haciéndole el Toshiba a las amígdalas de un señor.

(Que no veas, y pediríamos perdón por la digresión si no supiésemos que eres un sórdido y un marranete, amado lector, la peaso CRISIS que se está fraguando en la industria japonesa del porno. Porque aunque todos los años cumplen dieciocho años en Japón una cantidad superlativa de mozas ansiosa por ganarse la vida haciendo sentadillas sobre un cipote ante una cámara de vídeo, esa inflación de furcias no se ve equilibrada por nuevas generaciones de actores. Vamos, que hay mayor oferta de actrices que de actores, con lo cual, a medida que los veteranos se van jubilando, muriendo, o fracasando en dar la talla peneana por más pastillitas azules que engullan, los fans siempre ávidos de carne fresca empiezan a protestar, hartos de ver las mismas cuatro caras de macho arrugado en todos los vídeos. Caras cansadas. Apenas capaces de ocultar su hastío —«¿por qué no le hice caso a mi madre y estudié para fontanero?»— o tetanizadas por el miedo —«oh Cristodiosenjesús, ¿ésta ninfa de tripita plana, potorro peludo, rostro de ángel y tremendo par de bazungas es la que me tengo que calzar?; matadme, ¡MATADME YA, no soporto más este infierno, ojalá hubiese nacido maricón!»—; si es que hay gente que se queja de vicio).

(Sólo para poner en claro el problema, ahí van unas cifras: en Japón se ruedan unos cuatro mil vídeos porno AL AÑO. El más veterano actor porno japonés en activo se llama Shigeo Tokuda y tiene ¡NOVENTA TACOS! La proporción de población masculina sigue DECLINANDO ALARMANTEMENTE en Japón con respecto a la población femenina, con una demografía en caída libre, 0,94 hombres por cada mujer, y no hay visos de que eso vaya a cambiar a medio plazo. Pero la proporción hombres/mujeres en la industria japonesa del porno es aún más dramática que en la «vida civil», y fue calculada, en 2016, los datos más recientes que hemos encontrado, en setenta actores en activo para ¡10 000 ACTRICES! ¡Un 0,0007 de machacante para cada suripanta!).

La segunda verdad fundamental del universo que arruga el ano de muchos tolilis sin tripas es que nadie quiere ver, realmente, cómo se hacen las leyes o las salchichas.

La frase literal es «Laws, like sausages, cease to inspire respect in proportion as we know how they are made». Vertida al español sería algo así como «las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabemos cómo están hechas». Atribuida alegremente a Otto von Bismarck, parece ser que en realidad se le ocurrió primero, hacia 1869, al poeta americano decimonónico John Godfrey Saxe, autor también de la famosa paradoja de los ciegos y el elefante, pero eso no es importante ahora mismo.

Por los mismos motivos por los cuales nadie quiere ver meter casquería dentro de un tubito de materia orgánica por el cual, cuando estaba vivo, circulaba la mierda; el sórdido y estomagante espectáculo de la tramitación de una ley basta para convertir al más fanático demócrata en un nihilista o un espadón facha de tomo y lomo. El guillotinado, mutilado y cirugía plástica Frankensteiniana de borradores, anteproyectos, proposiciones, ponencias, enmiendas y el chocho de la Bernarda. Las componendas vergonzantes entre diversos grupos políticos o facciones del mismo partido. Los artículos de acompañamiento metidos a última hora sin avisar a nadie porque para conseguir un mísero voto clave había que forrarle bien el riñón con dinero público al compañero de comisión, ministro correspondiente o barón regional de turno. Las ocurrencias de última hora perpetradas por completos ganapanes sin formación jurídica que se hacen pasar por el bien ponderado fruto de semanas de investigación. Y la descorazonadora evidencia de que, cuando esa ley concebida por subnormales, mal cocinada y peor parida, estalla en las narices de Juan Pueblo, absolutamente ninguno de los mongólicos que ha participado en su elaboración asume responsabilidad alguna, basta para despertar en el más contenido de nosotros el deseo atávico de afilar su machete, llenar un macuto de cartuchos de posta lobera, tirar de escopeta y echarse al monte. Lo cual, puede que sea superfluo señalarlo, no es nada bueno para la credibilidad de las instituciones.

Estirando un poco el argumento, de cuya veracidad no dudamos, además de las leyes y las salchichas, nadie debería ver cómo se elige al papa de Roma. Gracias que le damos a la curia por celebrar sus elecciones a puerta cerrada (que eso mismo significa «cónclave», «cum clavis», «con llave», o sea «cerrados bajo llave»). Ya bastante ascazo dan algunos de los elementos que, a lo largo de la historia, se han calzado las sandalias del pescador como para encima exponer a la comunidad de creyentes del poco edificante espectáculo de las miserias, vanidades y corruptelas involucradas, no nos cabe la menor duda, en todo cónclave cardenalicio.

Ah, perdón, lector sensible, ¿que te he ofendido insinuando que el primado de Roma no es siempre un ser prístino de bondad acrisolada y beatitud a prueba de balas?


Esteban VI (?-897) fue elegido papa de la Iglesia católica en 896, con el apoyo de Lamberto II de Spoleto, a la sazón rey de Italia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Esteban VI ha pasado a la historia por convocar el Concilio Cadavérico o Sínodo del terror (Synodus Horrenda).

Todo se remite a que Lamberto de Espoleto tenía una historia con el predecesor de Esteban VI, el papa Formoso. Y no era una historia de amistad y cariño, precisamente. Coronado rey de Italia por Formoso en el 894 por encima de las aspiraciones de Berengario del Friul y Arnulfo de Carintia, la PÉSIMA relación entre Lamberto y el papa condujo a Formoso a destituir a Lamberto y coronar a Arnulfo como nuevo rey de Italia. Lamberto, que no era un dechado de humildad precisamente, se tomó la descoronación como algo personal y, recién muerto Formoso, entró en Roma al mando de un ejército y, coaligado con o aconsejado por su narcisista madre, Ageltruda, situó en el solio papal a Esteban VI, mera figura decorativa, y ejecutó a través de él su mezquina venganza post-mortem sobre un ya amojamado Formoso.
«Hermano en Cristo, ¿por qué hueles a podrío?»

Siguiendo los deseos de Lamberto, inspirado probablemente por enemigos del papa difunto como Guido IV de Spoleto, Esteban VI hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo hizo vestir con los ornamentos papales, lo sentó en un trono y se lo sometió a una parodia de juicio eclesiástico en el que se le acusó de perjurio, de haber abandonado la diócesis de Porto, de la que era obispo, para estar presente en el concilio donde fue elegido papa, y de haber comprado su elección. Hallado culpable (Formoso, por algún misterioso motivo, quizá relacionado con el hecho de estar muerto, optó por no defenderse de las acusaciones), el putrefacto papa saliente fue despojado de sus vestiduras, su elección fue declarada nula, se le cortaron los tres dedos de la mano con los que impartía las bendiciones, se anularon todos los actos y nombramientos de su papado y su cuerpo, arrastrado por las calles de Roma, desapareció de la historia (quemado, según algunas versiones; enterrado en una fosa común, según otras; arrojado al Tíber, de donde fue rescatado por un pescador, si bien lo de tirar la cecina al río también se atribuye a otro papa posterior. Sigue leyendo) hasta ser rehabilitado por el papa Romano y restituido a la antigua Basílica de San Pedro ya bajo el fugaz pontificado de Teodoro II (sólo duró 20 días).

Meses después del Concilio Cadavérico, un terremoto hundió la fachada y parte de la techumbre de la catedral de San Juan de Letrán. Los seguidores de Formoso vieron la oportunidad y al grito de «¡esto es un castigo divino por el Sínodo del terror», condujeron a una turba enfurecida que asaltó el palacio papal y encarceló a Esteban VI, que murió estrangulado aquel mismo verano.

Sergio III (860-911) también fue una buena pieza. No sólo hizo asesinar a sus predecesores, León V y el antipapa Cristóbal, no sólo fue aupado al papado por Teofilacto, conde de Tusculum, magister militum del emperador Luis El Ciego que derrocó al antipapa Cristóbal (un pieza que se hizo con la silla de San Pedro después de derrocar por la fuerza de las armas a León V y encarcelarlo), no sólo logró la elección después de amenazar, sobornar y corromper a medio colegio cardenalicio, no sólo colocó a toda su familia en puestos de autoridad de la Iglesia, sino que empotraba como un martinete a la hija adolescente de Teofilacto, Marozia (ofrecida por su propia madre, Teodora, más liberal que María Martillo), que le acabaría dando un hijo, futuro papa Juan XII, incluido en la infame lista del período de la historia de la Iglesia Católica bautizado en el siglo XVI por César Baronius  como «La Pornocracia». Literalmente, «el gobierno de las putas», o sea Teodora y Marozia, a cual más intrigante, corrupta y cunetera, que básicamente hacían y deshacían a su capricho en el Vaticano, ejercían la verdadera autoridad y a menudo sobrevivían a los gobernantes.

Y ¿recuerdas el juicio al difunto papa Formoso auspiciado por Esteban VI? Afirman los detractores de Sergio III, como
Liutprando de Cremona, que nos han legado los únicos documentos conservados de su pontificado, una de sus primeras decisiones como primado de la iglesia de Occidente fue anular todas las ordenaciones de Formoso, sacar de nuevo de su tumba el cadáver, juzgarlo, otra vez, declararlo culpable, otra vez, decapitarlo y tirarlo al Tíber. Y es que Sergio III era otro de los enemigos del difunto papa Formoso y amigo del estrangulado Esteban VI, al que rehabilitó y honró con un sentido epitafio en la lápida de su tumba.
(A Liutprando de Cremona hay que creerle lo justo sobre este tema, ya que aparte de ser un antirromano reconocido, se hace la picha un lío con las fechas y data el Concilio Cadavérico bajo el pontificado de Sergio III, no bajo el de Esteban VI. Y lo cita como único juicio al cadáver, no como segundo, que habría sido lo suyo, si tuviese la cronología en orden).

Y, como de tal padre tal hijo, de Juan XII (937-964), alias el «papa fornicario», se ha llegado a decir que convirtió el palacio de Letrán en un gigantesco burdel, que le sacó los ojos a su confesor, que violaba a las peregrinas sin respeto al suelo sagrado, que asesinó a un subdiácono al que previamente había castrado, que invocaba demonios y dioses paganos y que llegó a mantener sexo sweethomealabámico con sus propias hermanas. Además era un maquiavélico y un perjuro que juró lealtad al emperador Otón I y le otorgó el poder de aprobar la consagración de los papas a través del Privilegium Othonis, para luego coaligarse con los bizantinos, húngaros y con los príncipes italianos para combatir al emperador. De la muerte de Juan XII se cuentan dos versiones no necesariamente contradictorias: que fue sumariamente ejecutado por un marido cornudo que lo sorprendió en pleno empotramiento adúltero con su legítima y que murió de una apoplejía en plena acabasión de un polvaso particularmente extenuante.

A Benedicto IX (1012–1056) lo llaman «una desgracia para la silla de San Pedro» y «un demonio del infierno disfrazado de sacerdote». Si la mitad de lo que cuentan sobre él es cierto, holy shit! Papa en tres períodos distintos, de 1032 a 1044, de abril a mayo de 1045 y de noviembre de 1047 a julio de 1048, aficionado a las orgías, la sodomía y el bestialismo, afirma Pedro Damiano; Benedicto IX perdió las sandalias del pescador una vez porque el pueblo de Roma en pleno, harto de su salacidad, se alzó en armas contra él y le hizo poner pies en Pontevedra. Volvió con gente de armas, derrocó a su sucesor, Silvestre III, se ciñó la mitra por segunda vez, comenzó a aburrirse de tanto lujo, tanto pan de oro y tanta fornicación y le vendió, sí, LE VENDIÓ el papado a su padrino, Giovanni Graciano, futuro Gregorio VI, pero luego se arrepintió, volvió a Roma, le hizo la paralela a Clemente II (Enrique III El negro ya había depuesto a Gregorio, acusándolo de simonía, o sea de acceder al cargo previo pago, cosa que efectivamente había sucedido), hasta su muerte, momento en que Benedicto se autoproclamó papa legítimo sin concilios ni hostias y ocupó ilegalmente el palacio de Letrán, adonde se hacía llevar niños de corta edad para usarlos como condones hasta que tropas alemanas lo desalojaron en julio de 1048. Excomulgado a instancias de Dámaso II, se desconocen las circunstancias reales de su muerte.

¿Y cómo cerrar esta brevísima enumeración de papas pútridos, pedófilos y puteros sin mencionar a Alejandro VI (1431-1503), el papa Borgia? Descendiente de valencianos de Játiva y tal vez el peor papa de todos los tiempos (eso de criarte comiendo arroz requemado no puede ser bueno), accedió al asiento de San Pedro mediante la simonía, engendró al menos siete hijos ilegítimos diferentes con algunas de sus muchas amantes (una de ellas Julia Farnesio, «Giulia la bella»), y los colocó bien a casi todos, a costa del tesoro vaticano, por supuesto. Convirtió en una costumbre vender a los mejores postores los capelos cardenalicios y en un arte sanear las arcas papales con el dinero que confiscaba a las familias ricas a las que acusaba de toda clase de delitos inventados, encarcelaba o asesinaba. Su conocimiento enciclopédico del derecho canónico, su indiscutible calidad de animal político, su astucia, su vasta cultura y proteccionismo de las artes, su instinto estratégico y mente maquiavélica, defendidas por sus apologistas no alcanzan a borrar su leyenda negra (escrita por sus enemigos, todo hay que decirlo), en la cual ya es difícil distinguir realidad de ficción. «Borgia» se ha convertido en sinónimo de «envenenador» (el uso extensivo de la cantarella como arma estratégica, allá donde no alcanzaba la corrupción, es uno de los blasones de la familia de Rodrigo VI), de corrupto, de asesino, de sátiro, de incestuoso (se acusa a Rodrigo Borgia de empotrar a su propia hija, Lucrecia, en los ratos libres en los que no la estaba empotrando su hermano, Alejandro) y de todo lo malo de lo que se puede acusar a un ser humano.

Oh, sí, por supuesto que nos hemos dejado en el tintero un montón de mitrados turbios: Urbano VI, que ordenó torturar y asesinar vilmente a los cardenales que se oponían a su pontificado, y que se cabreaba un montón si morían demasiado rápido o no chillaban lo suficientemente alto. Inocencio IV, que aprobó el uso de la tortura para interrogar a los sospechosos de herejía. Bonifacio VIII, famoso pederasta al que se atribuye la infamia de haberse montado un threesome con una madre y su hija. Clemente VI, que gustaba tanto de las putas que acabó pillando una turbogonorrea. Sixto IV, que engendró al menos seis hijos bastardos, uno de ellos con su propia hermana, e instituyó un impuesto eclesiástico sobre la prostitución, que por lo visto rendía más dividendos que la cheese tax. Inocencio VIII, del cual se ignora el número de hijos adulterinos (ocho se le conocen) y que, en su lecho de muerte, exigió que le trajesen una ama de cría, cuanto más joven mejor, para poder esmochar chupándole las tetas. León X, que dilapidó el erario pontificio (llegó a gastarse una séptima parte del tesoro papal en una sola fiesta), e instituyó, para salir de penurias financieras, la venta de indulgencias que desencadenaría la Reforma Protestante y produciría el segundo mayor cisma histórico del cristianismo. Julio II, que además de hacerle la vida imposible a Miguel Ángel, era un putero recalcitrante y contrajo por su vicio colipotérrico un sifilazo que le llenó el cuerpo de llagas hasta tal grado que tuvo que suspender el besapies del viernes santo. ¡Julio III, que nombró cardenal a su chapero!

Las vidas de ocho de los más sórdidos elementos de este colectivo fueron tratadas en este libro, que te dejamos aquí a modo de sugerencia de lectura, por si quieres ampliar tus temas de conversación en tu próxima cita de Tinder, oh preclaro lector ávido de conocimiento.

Resulta muy tentador pillar el rábano por las hojas y tomar los nefastos ejemplos que hemos citado más arriba como la norma, no la excepción, de la conducta moral de los vicarios de Dios en la tierra. Es fácil olvidar que casi todos estos señores accedieron a la silla de Pedro en una época particularmente convulsa de la historia de Europa, poco propicia al cultivo de los más elevados estándares morales y de conducta. No es una justificación de los crímenes y vicios de todos estos hijos de puta, faltaría plus, amado lector, la duda ofende, pero los grandes reyes, príncipes y duques seglares de la época tampoco eran precisamente unos angelitos. Sobre si el escenario creó a los hombres o fue precisamente la baja índole de estos hombres lo que creó las condiciones de la sociedad en la que vivieron es una discusión que sobrepasa los límites y objetivos de esta humilde bitácora jachonda llena de elogios a la belleza lusitana de Sara Sampaio Dominátrix y GIFs de la almizcleña Riley Reid. Y además probablemente sea un debate tan inútil como el de cuántos cargadores de respeto para su MP5 debes llevar encima cuando visites Detroit. Sólo por si pinchas una rueda.

Con tremendo catálogo de vicios y delitos, una persona históricamente informada, razonablemente sensata y con un mínimo de decencia se preguntaría qué clase de hombres querrían sentarse en un trono como el de San Pedro, al cual no hay disolvente que le pueda arrancar los siglos de sangre, mierda, lágrimas, cenizas y lefa acumuladas por algunos de sus previos titulares.


Y ése es uno de los motivos que enriquecen el visionado de Cónclave, de Edward Berger. La película que deberíamos haber tratado en la anterior entrada del Paratroopers, pero que no tratamos, porque no nos salió de los cojones.
(¡Entrada a la que Google le ha puesto verificación de edad! ¡Ya semos pornográficos! Que es que no entendemos el motivo. ¿Los GIFs de Riley saltando sobre una picha no merecieron una pantalla de login y unas cuantas asiáticas pechugonas sí? Me lo expliquen).

Edward Berger, que viene de firmar una adaptación libérrima, y cinematográficamente irreprochable, de Sin novedad en el frente, de Remarque, para Netflix, ha compuesto su más reciente largo como un thriller policial apasionante que se ve conteniendo el aliento y abriendo mucho los ojos, mesmerizados por la belleza de la fotografía, acentuada por una música deliciosa y bendecida por las interpretaciones de un reparto en estado de gracia. Stanley Tucci toda la puta vida ha tenido cara de purpurado (y encima es descendiente de italianos, así que lo lleva en el ADN), pero si no hubiese visto a Ralph Fiennes bajo el capelo cardenalicio no lo habría creído capaz de entregar TREMENDO PAPELÓN, aun sabiendo que es una bestia parda del cine con más de cien créditos como actor, director y productor.
(Ian McKellen, actor Shakespeariano, elogia el Coriolanus de Fiennes, dirigida, producida y protagonizada por él, como una de sus adaptaciones preferidas de una obra del bardo de Stratford. No es precisamente un libreto accesible y tampoco una película simpática, pero desde el Paratroopers te la recomendamos sin vacilación, oh lector embrutecido por los blockbusters escritos, dirigidos y producidos por deficientes mentales).

El papel de un actor, de cualquier actor, es hacernos olvidar que está actuando. Vendernos su papel. Por eso Jessica Alba y Steven Seagal son tan malos. Porque en cada puñetera película hacen de sí mismos. 
Jessica Alba hace de Jessica Alba. Steven Seagal hace de Steven Seagal
(Pero al menos Jessica lo intenta a veces y encima está buena, la jodía. Steven ni siquiera llega a eso. Lo único que tenía al principio de su carrera era su desmesurada estatura y su excepcional forma física, y ahora está tan jodidamente gordo que parece un montgolfier y suda al respirar).

Cuando ves Cónclave no tienes la sensación de estar viendo a unos actores recitando sus diálogos. Edward Berger consigue hacerte creer que ha colado una cámara oculta en un genuino cónclave y estás presenciando, casi en tiempo real, las intrigas, contubernios, maniobras bizantinas, componendas y miserias de una elección papal. Que es que no basta con ponerle a estos actores, cojonudos todos ellos, estolas, brocados, albas y amitos hasta que parezcan príncipes de la Iglesia. El lenguaje corporal, la dicción, las inflexiones de voz son las que venden el personaje más que el vestuario. Y aquí los primeros espadas del reparto, Ralph Fiennes, Stanley Tucci, John Lithgow, Jacek Koman, Isabella Rossellini, Sergio Castellitto, resuelven la papeleta con una matrícula de honor del tamaño de las siliconadas lecheras de Meowri.
O de las de Octokuro, que son más grandes.

Cada elogio que se le haga a Cónclave no será más que una redundancia. La película es excelente y ya estás tardando en verla si no lo has hecho todavía. Este largometraje de intriga con cardenales, auténtica House of Cards vaticano, es un dulce caramelo cinematográfico en una época de ramplonería artística en todos los ámbitos. Un billete dorado de Willy Wonka para los sibaritas del chocolate. Un colirio para ojos de cinéfilo inflamados de tanta mierda visual. Un besito de los labios antípodas de Riley Reid en la punta del carallo.
A ella parece que le apetece.

¿El argumento? Pero ¿qué coños importa el argumento? Se muere el papa, hay que elegir otro y Ralph Fiennes, que es el camarlengo, o sea el que, finiquitado el papa, tiene más autoridad en el Vaticano que el Capitán Pescanova y el General Failure juntos, suda sangre para lograr que la elección del nuevo pontífice sea justa y legal, promover a un nuevo Primado de Roma que respete y continúe la obra progresista y reformista de su predecesor, y proteger de posibles escándalos a la Iglesia. Y, , avispado lector, estos tres objetivos no son necesariamente compatibles entre sí. Y navegar esas contradicciones, y hacer frente a la evidencia de su propia vanidad, componen el drama del personaje. Y todo ello mientras lidia con un cardenal in pectore del que nadie sabía nada, y que constituye un elemento desconocido en la elección, y una serie de atentados islamistas en Roma que excitan las más bajas pasiones de parte del colegio cardenalicio y parecen justificar, para algunos, un golpe de timón reaccionario de la Iglesia.

A la mierda, copóns, ¿qué haces leyendo todavía? ¡Corre a ver Cónclave, me cago en en San Turce y Santa Rantela! ¡Y a ver si el snowflake hijilisputis que denunció la entrada anterior a Google da un paso al frente, que tengo una cosica que decirle!

sábado, 8 de febrero de 2025

Tres meses en 1987

Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación.

No, no me he muerto. No, no me he cansado de la bitácora. No, no me he pasado al sumider... a Twitter. No, no me he quedado sin nada que contar. No, no he renunciado a plantar batalla a la proliferación de artistas mediocres, cine perezoso e historias pueriles.

La historia corta es que me he pasado casi tres meses sin Internet (y que tengo un vecino de cuya madre sospecho que practicó en algún momento la profesión más antigua del mundo). La larga da para entrada de la bitácora.

Y quisiera poder decir que me he pasado tres meses sin Internet porque estaba en una isla privada del Caribe, descargando mis indignas gónadas en las muelles cavidades bien lubricadas de alguna modelo rusa de lencería; o paseándome descalzo por la orilla húmeda de una prístina playa virgen, cogidito de la mano de mi amada Sara Sampaio, arcángel lusitano, como preludio a la escenificación nocturna de nuestro amor incombustible y eterno; o sudando como un pollo bajo el dosel del tálamo nupcial, torturado por el yoga chuminopélvico de la dulce Riley Reid (una vez confirmados los resultados negativos de su análisis de venéreas).

Deutschland!

Pero no.

No he vivido tres meses de pasión carnal. No me he puesto tetas ni el postoperatorio ha sido especialmente largo. No me ha tocado, ¡ay!, un buen bote de la Primitiva o el Urominolles y no me he pasado los tres últimos meses buceando en la crápula mientras mis minolles se multiplicaban en fondos de inversión y carteras de derivados y mis hijos se multiplicaban en los fondos de las matrices de media docena de gold-diggers eslavas.

He vivido tres meses de viaje al pasado. Tres meses de 1987, cuando Internet no estaba ni se le esperaba y los únicos ordenadores a los que yo tenía acceso carecían de periféricos para conectarse a red alguna.

Ha sido interesante.

Una interesante hostia en los dientes.


En casa llevábamos sufriendo interrupciones constantes del servicio desde, por lo menos, la panmierda del conavirus. Se caía la sincronización del router y si regresaba, cuando regresaba, teníamos kilobytes, no megas, de ancho de banda, con lo cual era absolutamente imposible hacer nada. Nos quedábamos sin WiFi pero todo lo demás funcionaba. Nos quedábamos sin Internet pero con teléfono fijo. Nos quedábamos sin WiFi ni fijo pero aún había Internet en los dispositivos cableados...

Un chiste.

A los técnicos de R/Telecable ya los conocíamos por el nombre. Era raro que no tuviésemos a uno de ellos en casa al menos dos veces al mes. Casi todos los fines de semana los pasábamos desconectados, y no por gusto. Estuvimos, en 2020, cinco meses sin conexión alguna (salvo puntuales momentos del día, tal vez ocho minutos una hora, veinte minutos dos horas más tarde...) porque un soplapollas comemierda hijo de setenta y ocho millones de putas bisiestas y media vino a ponerle Internet a nuestra vecina, no le puso Internet y nos dejó a nosotros, que sí lo teníamos, sin conexión. Tras cinco meses y un número obscenamente elevado de llamadas a Atención al Cliente de R/Telecable, visitas del personal de asistencia técnica de  R/Telecable y Vomistar, a uno de ellos se le ocurrió mirar la caja terminal y se resolvió el misterio: el soplapollas comeboñigas hijo de setenta y ocho millones de putas bisiestas y media había conectado la línea de mi vecina y la mía al mismo terminal.

Hay gente que, simplemente, la chupa de cine. Porque ya me explicarás si no cómo coño consiguió aquel tío un trabajo en el ramo de las telecomunicaciones.

Pero recuperar Internet y la línea fija después de cinco meses gritándole siete veces por semana a los pobres teleoperadores de R/Telecable, que, almiñas, no tenían la culpa de que el «técnico» de la subcontrata de la subcontrata de la subcontrata de la vete-tú-a-saber-hasta-dónde-llegaba-eso fuese un reconchudo subnormal incompetente. Recuperar, digo, la conexión después de ese trance no resolvió nuestros problemas: sufríamos interrupciones constantes de conexión. Caídas de sincronización. Podíamos pasarnos horas o días sin línea y luego, mágicamente, se recuperaba sola. Llamabas a Atención al Cliente y, a veces, tocaban el botón mágico pachamámico faloclitoriano a priori y reiniciaban el router en remoto, o nos pasaban a otro puerto del servidor, o yo qué coño sé qué hacían, que no daban explicaciones; o confesaban su impotencia y te enviaban a un técnico a casa, que a lo mejor llegaba tres días después, cuando el problema ya se había arreglado mágicamente; o llegaba y decía «aaaah, coño, que no sabía que tenías ADSL; yo es que sólo entiendo de fibra óptica»; o llegaba, pinchaba la sonda en el PTR y te decía que el problema era «de fuera», o sea de Vomistar, y le pasaba el mono a Vomistar y cerraba la incidencia en R/Telecable; y R/Telecable se despreocupaba de ti, que seguías pagando aunque no recibías el servicio por el cual R/Telecable te cobraba religiosamente todos los meses. Y entonces comenzaba la ruleta de llamadas telefónicas, tanto a R/Telecable como a Vomistar, para que de una puta vez resolvieran el problema. Y, si tenías suerte y conseguías que se pusiera al teléfono algún teleoperador del servicio de Atención al Cliente de Vomistar, y digo un teleoperador de Vomistar capaz de hablar castellano, a lo mejor Vomistar enviaba un técnico al mes siguiente, o al próximo después de ese, y volvías a tener línea. O no.

Una línea de mierda, con un canal de voz lleno de feedback y ruido de fondo, que se cortaba treinta veces diarias y dejaba de funcionar al menos una semana al mes, y un canal de datos, o sea Internet, que era de coña marinera. Encendías el ordenador y lo primero que veías era el iconito de «sin conexión». Y te sentabas a esperar, a veces con un café, y en algún momento recuperabas la conexión. O no. Y entonces reiniciabas el router. Y a veces recuperabas la conexión (en caso contrario, amado lector, vuelve a leerte el párrafo precedente), pero era, insisto, una CONEXIÓN DE PUTA MIERDA. Podías pasarte una hora haciendo pruebas de conexión, una tras otra, y obtener sesenta velocidades diferentes desde «esto es una chingadera, pero al menos es algo» hasta «esto es tanto como no tener Internet». En el primer caso, ponías a descargar un archivo de pocos megas o te sentabas a rellenar un formulario on-line, y te quedabas sin sincronización a la mitad o te caducaba la cookie de inicio de sesión y se te reiniciaba la página o se cancelaba la descarga. Y de ju ju ju ju ja ja ja ja jugar en línea ni hablemos. He sufrido latencias en el Call of Duty de OCHOCIENTOS milisegundos. OCHOCIENTOS, cuando ya a 100 de ping es prácticamente injugable. Y lo de descargarte un videojuego de la PlayStore, uno pequeñito, digamos de nueve-doce Gigas de tamaño, y tener que dejar la consola encendida TODO UN DÍA Y TODA UNA NOCHE (y hacerte el longuis cuando la familia te pregunta por qué Internet va como el culo), daba tanta rabia que tengo prácticamente todos mis juegos digitales de PS4 sin estrenar por pura pereza de descargármelos.

«Bueno, Sommer, tú presumes de entender algo de ordenadores y redes y esas mierdas. ¿Cómo es que no sabías lo que estaba pasando?».

SABÍA lo que estaba pasando, mi querido hijo de puta. Estaba pasando que Vomistar estaba abandonando y cerrando toda su infraestructura de línea de cobre, y no para joder a los rumanos, no (a esos los contrata de teleoperadores), sino porque, aparentemente y siempre según la palabra de Vomistar, ya casi toda España tiene fibra óptica y mantener abiertas las viejas centrales de cobre les suponía un gasto superfluo e inútil.

Bueno, pues en mi casa, y en muchas otras, no había aún la fibra. Y no porque no la hubiésemos pedido CINCO VECES  antes y después de la panmierda. Pero R/Telecable, la compañía a la que nos mantuvimos fieles más tiempo del que obviamente merecían, no instala fibra (o no lo hacía cuando la solicitamos), sino que alquila la de Vomistar. Y, como cuando los comerciales de
R/Telecable se conectaban al ordenador les salía que no teníamos cobertura de fibra en nuestra casa, porque Vomistar no la había instalado aunque hay al menos tres cajas CTO a un tiro de cable de nuestra fachada y la mitad de nuestros vecinos ya tenía fibra óptica, nos decían «no puede ser» y, por consiguiente, R/Telecable, en un lavatorio de manos que ni Poncio Pollatos, le pasaba el muerto a Vomistar, que decía «nos suda nuestro oligopolístico papo, que estos no son clientes» y dejaba caducar la orden de instalación. Y así estábamos desde 2019, con un servicio de calidad decreciente, un Internet que no ofrecerían ni a los refugiados gazatíes en sus tiendas junto a la frontera con Egipto, con los teleoperadores de R/Telecable pidiendo bajas médicas masivas por depresión y sordera crónica causadas por nuestros gritos al teléfono, cada vez que nos quedábamos sin línea, y aquí todas putas y la casa sin barrer.

Cómo coño me las he arreglado, en todo este tiempo, para buscar documentación para mis libros, hacer cursos on-line, ver películas en streaming, mantener al día mi correo electrónico, subir entradas a la bitácora y bajarme vídeos de la contoneante (y probablemente ultrainfecciosa) Riley Reid, es un misterio que todavía no me explico.
Mein Herz in Flammen!

Pero el 12 de noviembre del año caducado, todo cambió. Aunque no como me hubiese gustado. Le siguieron semanas de desengaños, cefaleas por estrés, peloteras con comerciales y teleoperadores, momentos de pura bajona en los que quería pillar un bidón de gasolina y una cerilla y enviar un mensaje, gestiones en el HayUntamiento, consultas a consumo, llamadas a nuestros abogados, vudú, perros y gatos cohabitando y la histeria de las masas.

Aquí va una breve cronología (en serio, apenas puedo resumirlo más sin hacerlo incomprensible o minimizar la dramática extensión de mis tribulaciones):

12 de noviembre de 2024: después de dos semanas de interrupciones constantes de servicio, se cae REfinitivamente la línea de voz y datos. Se da aviso al servicio técnico de R/Telecable, que abre incidencia pero no fija una fecha para la visita del técnico.

13 de noviembre de 2024: ante la ausencia de respuesta por parte de R/Telecable, se contacta de nuevo con el servicio técnico, que confirma la existencia de una incidencia abierta pero tampoco proporciona fecha para resolver el problema. Se me empiezan a hinchar los dos cojones y otros dos que me crecen durante la llamada.

14 de noviembre de 2024: ante la ausencia de respuesta por parte de R/Telecable, se contacta por tercera vez con el servicio técnico. El teleoperador que atiende la llamada afirma desconocer la existencia de una incidencia abierta en mi número y, según él, abre una nueva. Mis cuatro cojones salen por las ventanas de casa y, además, se prenden fuego espontáneamente.

15 de noviembre de 2024: ante la ausencia de respuesta por parte de R/Telecable, se contacta por cuarta vez con el servicio técnico, que confirma que sólo hay una incidencia abierta pero no proporciona fecha para la visita del técnico. Mis cojones son, en ese momento, el punto más caliente del universo.

16 de noviembre de 2024: ante la ausencia de respuesta por parte de R/Telecable, me digo «este hijo de puta va a venir, pinchar el PTR y decirme que es problema de Vomistar, largarse y dejarme otra vez como en 2020 (retrocede doce párrafos para refrescarte la memoria). Bueno, si va a ser Vomistar el que
finalmente tenga que resolver el marrón, como entonces, ¿por qué no paso olímpicamente de R/Telecable, que me han abandonado como a un yayo en agosto, y contrato el cable con Vomistar? Que vengan, me lo pongan todo niquelado, me dejen la línea conectada y luego, en cuanto me hagan la primera chanchada, que me la harán [ya he sido cliente suyo. Tres veces. Si es que en el fondo soy masoquista], me paso a otra compañía pero la fibra ya la tengo puesta».

(Sí, ya sé. Que no aprendo. Que soy subnormal profundo. ¿Qué puedo decir en mi defensa, salvo que estaba desesperado? Sí, estaba desesperado después de algo menos de una semana sin Internet. No imagino qué palabra describiría con justicia mi estado de ánimo casi tres meses después).

Contrato con Vomistar. Hay una oferta de fibra, teléfono fijo, suscripción y descodificador de Vomistar Plus, un dispositivo (televisor, teléfono móvil, tablet, ordenador portátil...), un repetidor WiFi y dos líneas móviles, que me parece conveniente. Firmo el contrato y Vomistar fija la instalación de la línea de fibra óptica para el 19 de noviembre. Ese mismo día 16, cuando regreso de firmar con Vomistar y sin haber avisado previamente de su llegada, se presenta el técnico de R/Telecable, que, ¡oh, sorpresa!, pincha la sonda en el PTR, dictamina que la avería es externa a la red local, cierra la incidencia en R/Telecable y escala la incidencia a Vomistar. Yo me río para adentro («¡poco imaginas, pobre mortal, que ya soy cliente de Lucif... de Vomistar, ja ja ja ja ja!»), ¡joder, qué imbécil soy!, y le doy los buenos días y le deseo lo mejor al técnico de R/Telecable, al que no espero ver de nuevo en mi vida.

18 de noviembre de 2024: Vomistar envía SMS cancelando la instalación programada para el día 19, sin dar más explicaciones ni fijar nueva fecha. Llamo al número de la impresa instaladora. Nadie coge el puto teléfono después de una hora sonando. Llamo al 1004, número de (des)Atención al Cliente de Vomistar, y el segarro emigo que me atiende desde su apartamento en Casablanca, y al que tengo que dar un crash-course de castellano para que podamos mantener algo remotamente parecido a una conversación coherente, me dice que ellos no pueden hacer nada, que Vomistar no hace instalaciones, que eso es otra empresa, que lo único que puede hacer Segarro Emigo es tomarme los datos y abrir una reclamación. Le digo que adelante, sabiendo que la reclamación no llegará a ninguna parte.

23 de noviembre de 2024: el servicio técnico de Vomistar concierta una nueva cita para la instalación de la fibra óptica para el día 26. Le doy las gracias con la mente a Segarro Emigo (no, no se puede ser más gilipollas).

25 de noviembre de 2024: la empresa instaladora subcontratada por la subcontrata de la subcontrata, etcétera, de Vomistar cancela la segunda cita para la instalación. Echando humo, me pongo de nuevo a marcar el 1004 hasta que contesta una persona cárnica y no un robot. Resulta ser un rumano de un call-center de Timisoara, o de donde sea, que apenas entiende el castellano, al que no hay Cristo en Dios que le enseñe a pronunciar correctamente la lengua de Cervantes (o es demasiado vago para intentarlo) pese a todos mis esfuerzos por hacerme entender y que, harto de mis explicaciones, en una actitud grosera y chulesca, me corta en mitad de una frase y me pregunta que qué coño quiero.

«¿Que qué quiero? Lo que he firmado. Lo que Vomistar está moral y legalmente obligado, mediante contrato privado vinculante, a proporcionarme: la instalación de la fibra óptica y el teléfono fijo, la suscripción y el descodificador de Vomistar Plus, el teléfono móvil que escogí (se les habían terminado los ordenadores portátiles de la promoción, o eso me habían dicho en la tienda), el repetidor WiFi y las dos líneas de telefonía móvil. Quiero que mañana, 26 de noviembre, un equipo de instaladores de la subcontrata... etcétera, se plante en mi puerta a las nueve de la mañana, como me dijeron que iban a hacer, y me lo dejen todo funcionando». El rumano, probablemente deseando irse ya para casa, teclea no sé qué mierda en su ordenador y me confirma la cita para la instalación del día 26 a las nueve de la mañana, cosa que agradezco porque, honestamente, estoy empezando a temer por mi salud mental.

26 de noviembre de 2024: me levanto a las siete de la mañana. Doy de comer a las fieras (convivo con cinco gatos, dos perros y una madre septuagenaria). Desayuno. Me ducho. Me visto. Hago la cama. Me siento a esperar a los instaladores.

A las 11:00h, echando chispas e isótopos radiactivos por mis cuatro cojones, contacto de nuevo con el 1004 tras casi 45 minutos en espera con música de ascensor. Otro rumano, diferente al de la víspera (al menos éste comprendía el castellano y no  hablaba como si estuviese comiendo pollas a pares), me informa que la empresa instaladora (la subcontrata... etcétera) ha cancelado la cita sin dar más explicaciones.

27 de noviembre de 2024: me presento en la tienda Vomistar donde firmé el contrato de servicios y armo un espolio. Me cago en sus padres, sus madres, sus abuelas, el rey de España y el santísimo sacramento. Me ofrecen abrir una reclamación y les digo que ni abriéndose de piernas me van a conservar como cliente. Que me den de baja inmediatamente todos los contratos que he firmado con Vomistar y que le den un beso a mi orondo culo porque es la última vez que lo acerco a esa empresa de estafadores e inútiles (¡iluso de mí!). Ese mismo día, firmo contrato de fibra óptica y telefonía fija con Yoigo y me hago con un teléfono móvil para, al menos, tener acceso a mi correo electrónico y publicar la última entrada del Paratroopers de 2025, que, gracias a Sara Sampaio Dominátix, ya estaba compuesta y alojada en el servidor. Será la última publicación en la bitácora por mucho tiempo.

2 de diciembre de 2024: el instalador de Yoigo hace una visita e inspección inicial para planear la instalación. Se marcha prometiendo concertar nueva cita. A Vomistar le salta en los ordenadores la solicitud de Yoigo para conectar un cliente nuevo a su caja CTO (la infraestructura de fibra óptica de mi pueblo, como la de media España, es suya), ven que yo tenía una cita de instalación con ellos que no fue atendida y, de repente y como por arte de magia, les entran las ganas de trabajar. Me llaman «los instaladores de Vomistar», suaves como vaselina con olor a vainilla untada en el gonorreico chumino de Riley Reid. Instaladores de Vomistar que, ¡mira tú qué casualidad, hombre!, ahora que he dado de baja mi contrato con ellos y firmado con Yoigo, estaban «pasando por tu barrio» y me preguntan, muy atentamente, cuándo voy a estar en casa, que me quieren instalar la fibra.
Will dich lieben und verdammen!

No te imaginas, amado lector, lo agradecido que le estoy a los instaladores de Vomistar por haberme dado la oportunidad de soltar un poco del vapor acumulado durante dos semanas de tortura.

«¡LA FIBRA DE VOMISTAR SE LA VAS A COLGAR DE LOS MISMÍSIMOS CUERNOS AL EUNUCO CABRÓN DE TU PADRE, SUBNORMAL MAMACALLOS; Y CUÉLGASELO MIENTRAS LA ZORRA SIDOSA, ENDOGÁMICA Y VEGANA DE TU HERMANA LE PETA EL HOJALDRE CON UN STRAP-ON DE CUARENTA Y CINCO CENTÍMETROS! ¡ESO SI CONSIGUES ENCONTRAR AL CORNUDO DE TU PADRE ENTRE LOS OCHOCIENTOS CLIENTES HABITUALES QUE SOLTABAN EL CUAJO SIFILÍTICO DENTRO DEL COÑO PODRIDO Y LLENO DE MOSCAS Y GUSANOS DE TU REPUTÍSIMA MADRE, QUE LA TUVIERON QUE ENTERRAR CON LA CAJA ABIERTA PARA QUE DE CAMINO AL CEMENTERIO SE LA PUDIESEN FOLLAR POR ÚLTIMA VEZ TODOS LOS PUTEROS DEL PUEBLO!»

3 de diciembre de 2024: Vomistar se pone en contacto para comunicar que pronto estará activa la línea de telefonía móvil contratada (¿?) y llegará al domicilio del reclamante el terminal móvil adquirido (4X¿¿¿???).

4 de diciembre de 2024: después de varios intentos infructuosos de anular por teléfono el contrato que ya debería estar cancelado desde el 27 de noviembre, me presento de nuevo en la tienda Vomistar llevando un paquete de dinamita y les digo que, o me dan de baja la puta línea de telefonía móvil, y cualquier otro contrato que tenga con Vomistar, pasado, presente o futuro, en esta y cualquier otra dimensión alternativa, o la lío architurborecontraparda. La inquieta dependienta de la tienda acaba a gritos con la zorra engreída del 1004 que le atiende la llamada (después de media hora de espera) y que, por su chocho renegrido, se negaba a cancelar la línea móvil aunque por ley la baja es automática desde el momento en que el cliente la solicita, Y YO LO ESTOY SOLICITANDO. Por fin, se da de baja dicha línea de telefonía móvil y me largo de la tienda Vomistar dando un portazo para no volver, toco madera, jamás. Igual me acaban cobrando 6 euros de esa cuenta que no quería, que cancelé DOS VECES y que no llegué a usar, pero lo considero el impuesto por ser subnormal y los pago sin rechistar.

18 de diciembre de 2024:
llegan los instaladores de Yoigo para ponerme la fibra óptica. Les doy un beso de tornillo a cada uno y me juro a mí mismo que ese momento de emotividad desbordada no me hace marica. El cable debe tenderse desde la caja CTO hasta la misma anilla, en la fachada de un vecino mío, por la que ahora me llega el hilo de cobre del ADSL, ya inútil desde el momento en que Vomistar apagó la centralita que me daba servicio. Los instaladores tienen que retirar el cable viejo y poner el nuevo.

Llaman a la puerta del vecino para pedirle permiso para apoyar la escalera en su fachada. El vecino se pone como un ongarután en celo y dice que nones. Que a él no le ponen más cables en la fachada. Le explican que es quitar un cable que ya hay y poner el otro. Le suda los cojones. Voy a hablar con él e intento conmoverlo con mis padecimientos del último mes. Lloro y todo (a ver si, después de todo, sí soy galletero; a fin y al cabo, me pone verraco Hunter Schafer). Me cierra la puerta en las narices. Los técnicos de Yoigo se despiden y se van.

31 de diciembre de 2024: Yoigo se pone en contacto conmigo y renuncia a la instalación de la fibra óptica. El sirio que me habla al otro lado de la línea (y que, bendita novedad, habla un castellano PERFECTO), entre anécdota y anécdota de su infancia en Damasco, me va dando una serie de recomendaciones que no me sirven de nada. «Si pusieras tú unos postes...». No tengo dinero. «Si hicieras una «falsa alta» en Vomistar para que ellos te instalen los postes necesarios (Vomistar no instala postes a menos que el contrato de servicios se firme con ellos) y, luego transcurrido un mes, solicitases la baja con Vomistar y de nuevo el alta con Yoigo...». A la bicha, ni mentarla, por favor. «Si pusieras un router...» (quiere decir una antena que funciona de manera análoga a la de un teléfono móvil y está sujeto a un plan de datos). A mí eso no me sirve. Uso Internet todos los días, varias horas diarias. Sólo componer una entrada de la bitácora, normalita, como ésta, sin mucha navegación lateral buscando enlaces o imágenes, ya se me comería la mayoría de la cuota de datos del mes. Bueno, ¿y Yoigo pone el router?, le pregunto al sirio. «No, no. Eso tendrías que contratarlo con Vomistar». ¿En sirio? Pero, vamos a ver, habib, ¿tú para qué empresa dices que trabajas? En serio.

Día indeterminado de enero de 2025, tengo la fecha por ahí pero me da cansura mirarla: después de llorarle mis penas a un pariente, me llama idiota y desinformado y me recomienda contratar la fibra óptica con Toxo, una compañía regional, gallega, para más señas. «¿Que los otros no te ponen postes? Vete a Toxo, que a mí me pusieron los postes». Y hay que decir que mi pariente vive en mitad de un PUTO MONTE, entre dos PLANTACIONES DE PINOS y tiene fibra desde hace años (mientras que yo, que vivo a veinticinco metros de la carretera general y, repito, a tiro de cable de tres cajas de Fibra, tengo, because reasons, un mojón así de grande). Me voy a una tienda Toxo y le explico al comercial cuáles son mis circunstancias y me dice que no hay problema. Que si hay que poner postes, se ponen, pero que primero tienen que enviar al instalador para que evalúe la situación, saque fotos y haga un croquis. Que el protocolo es el protocolo. Primero el instalador. Luego el intento de instalar en fachada. Luego se ponen los postes.

12 de enero de 2025: el instalador de Toxo viene a mi casa a hacer una instalación en fachada. Sólo que no es una instalación en fachada y así se lo explicamos a él (y ya se lo habíamos explicado al comercial de Toxo). «Bueno, pues para hacer una instalación en poste tienen que venir dos». Si usted lo dice, será verdad, pero no veo qué tengo yo que ver con eso. «Bueno, pues que sepa que me voy sin ponerle la fibra y que a mí esta visita no me la pagan». Lo lamento mucho, pero yo no tengo la culpa de que trabaje usted para retrasados. El instalador hace un par de llamadas y se va muy cabreado.

14 de enero de 2025: sintiéndome un personaje de Kafka al que acaban de hacerle una transfusión de sangre de un personaje de Hunter S. Thompson que se ha fumado a Keith Richards, me aconsejo con la chica de Yoigo. Que es que he estado tantas veces en su tienda que ya es como de la familia y encima está muy buena, la condenada. Me dice que lo intente vía HayUntamiento. Que en el Pueblo Tal, donde vive ella, tuvieron el mismo problema con un vecino tocapelotas y se presentó una instancia al HayUntamiento (el mismo del que dependo yo) y en unos meses (¡meses!) se pusieron los postes, mientras que a los de Vomistar, a los que se les habían solicitado hacía años, no se los esperaba a corto ni a medio plazo. Así que me voy al HayUntamiento, relleno una solicitud explicando mis penas y la paso por el registro.

(OTRO) Día indeterminado de enero de 2025, tengo la fecha por ahí pero bla bla bla: Toxo se pone en contacto conmigo para decirme que esto no es serio. Que si había que poner postes para qué coño dije que era una instalación en fachada (WTFFFFFFF!!!!!). Que de dónde coño he sacado yo que Toxo me iba a poner los postes. Que ellos no ponen postes ni los han puesto nunca y que llame otra vez cuando madure, si es que maduro.

De verdad lo pregunto: ¿está la industria española de las telecomunicaciones en mano de completos deficientes mentales?

17 de enero de 2025: a pesar de haber renunciado a la instalación de la fibra óptica, Yoigo envía un técnico a hacer una evaluación de las posibilidades de instalar la fibra por otra vía. Toxo, por su parte, llama, otra vez, y da de baja el contrato de fibra. Otra vez. Relee el párrafo anterior, oh amado lector que sabes a Jessica Alba.

(Y OTRO) Día (MÁS) indeterminado de enero de 2025, bla, bla, bla: me informo, a través de un amigo de la familia que trabaja en el HayUntamiento, de con qué concejal tengo que hablar para ver si se mueve la solicitud que pasé por registro. Me pregunta que por qué y de repente salta «¡aaaaah, cooooño, por esto
tu vecino de cuya madre sospechas que practicó en algún momento la profesión más antigua del mundo me preguntó el otro día, sin venir a cuento, mientras estábamos hablando de una cosa que no tenía nada que ver con esto, si estaba legalmente obligado a dejar pasar un cable de teléfono por su fachada. ¡Y menudo rebote se pilló cuando le dije que sí! "A mi no hay cojones en todo el HayUntamiento de colgarme un cable en la fachada", me gritó. Y, cuando le mandé por Guasap la ley, me bloqueó».

Con la información disponible, me voy al HayUntamiento a llorarle al concejal del ramo. Tengo que preguntar por él porque, naturalmente (esto es un HayUntamiento español), ha salido a tomar café, así que me envían a la otra punta del pueblo. Allí me entrevisto con él, que, todo hay que decirlo, me atiende muy amablemente y con mucha paciencia, escucha mis penas y luego se encoge de hombros. «Ya», me dice, «pero es que el HayUntemiento no puede hacer nada al respecto de este vecino de usted. Yo no tengo autoridad para obligarle a su vecino a permitirle pasar el cable por su fachada».

Resoplo, frustrado.

Y le suelto la chapa:

«Tiene usted la autoridad del artículo 34.5 de la Ley General de Telecomunicaciones 9/2014 de 9 de mayo; que establece que, en el caso de que no existan 
canalizaciones subterráneas o sea imposible su uso por razones técnicas o económicas, los operadores de telecomunicaciones pueden efectuar despliegues aéreos y por las fachadas siguiendo los previamente existentes. Y la del artículo 549 y siguientes del Código Civil, que establece que las fachadas de los inmuebles por los que discurre el cableado, siendo propiedad privada, quedan sujetas por Ley al deber de soportar la servidumbre establecida por utilidad pública. Y la de la Ley General de Telecomunicaciones 11/2022, de 28 de junio, que amplía y reemplaza la 9/2014 y declara las redes públicas de telecomunicaciones "equipamiento de carácter básico y obra de interés general por encima de los intereses particulares"».

Esto de tener vecinos hijos de puta es mejor que la universidad, brother. Y remacho, al boquiabierto y ojiplático concejal del ramo: «Si tiene usted coche, le puedo guiar ahora mismo a las casas de dos hijos de puta, como el que me tiene a mí sin línea desde hace tres meses, a los que, sentencia judicial mediante, se les expropió las fachadas por razones de utilidad pública para permitir el paso de la línea de teléfonos. Hace más de treinta años. Sí, hay que meterse a abogados y eso, pero la ley deja poco margen a la interpretación y los jueces suelen fallar a favor del demandante».

Principios de febrero de 2025: el vecino cabronías se pone en contacto con nosotros y nos dice que bueno, que vale. Que en aras a mantener la amistad (rota en mil pedazos sin posibilidad de reparación) y la buena vecindad (si me encuentro a este tío en la calle sangrando por una herida en el cuello, me meo en su llaga, le piso la garganta y paso de largo silbando) aceptamos barco y me deja pasar la fibra. Me huelo que ha recibido una llamada del concejal del ramo y que a través suyo, o de ese mutuo conocido que trabaja en el HayUntamiento, ha llegado a sus oídos que ya estábamos en consultas con nuestro abogado para expropiarle la fachada, por cabrón (lo estábamos). Antes de que termine la frase, ya he llegado de un salto a la tienda Yoigo y estoy firmando el contrato. Se fija la instalación para las 9:00 del 6 de febrero.

6 de febrero de 2025: a las 9:30, el instalador de Yoigo llama para cancelar la instalación diciendo que es que no le va a dar tiempo. Reclamo a Yoigo vía Atención al Cliente, le explico a la persona que me atiende que estoy hasta mis reverendísimos cojones, amenazo con interponer una denuncia contra Yoigo en Consumo y otra en la Agencia Española de las Telecomunicaciones si termino ese día sin Internet y cuelgo. Un segundo equipo de instaladores aparece a las 11:30 para realizar la instalación, no exenta de sobresaltos sobre los que no me extenderé.

Y así estamos ahora.

He vuelto, putas.

Y VA A CORRER LA SANGRE.

sábado, 23 de marzo de 2024

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XII + I)

Joder, ¿por dónde empiezo?

Es que mira que me lo han puesto difícil, ¿eh?

¿Por dónde coño empiezo?

Huuuuum.

Pues, mira, empiezo por el final:


Napoleón, de Ridley Scott, como película es un tremendo ñordo y como relato histórico es una nefanda blasfemia. Envueltos en una fotografía y un sonido preciosos, pero ñordo y blasfemia a fin y al cabo.

Mira que es difícil hacer mal una película sobre uno de los tres personajes históricos más veces llevado a las pantallas (los otros dos son, probablemente, Jesucristo y Julio César). Pero, oye, hay que reconocerle el mérito a Ridley Scott: ha pillado una época histórica en la que mal hay que inventar drama alguno, porque con ceñirse a los hechos documentados ya hay más conflicto que suficiente, y un personaje que no necesita adornos, porque su personalidad y biografía le convierten en un coloso que ningún escritor podría haber caracterizado mejor, y, con estos ingredientes que prácticamente le daban la película hecha, se ha currado dos horas y media de grandilocuente SOPOR.

Mira que es difícil fichar a una actriz tan buena como la princesa Margarit... eeeeeh Vanessa Kirby y a un MONSTRUO de la pantalla como Joaquin Phoenix, y darles tremenda MIERDA de papeles, en tremendo FUL DE ESTAMBUL de película que se ve apretando el orto y haciendo muecas de oler un pedo de vegano.

¡Y encima va Toriyama y se muere! ¡Joder, qué racha llevamos!

Sara Sampaio todopoderosa, ¿qué mierda le ha pasado a Ridley Scott? ¿Cómo conciliar al autor de este petardo tedioso, narrativamente dislocado e históricamente perverso con el cineasta genial detrás de Los duelistas, otra película ambientada en la Francia napoleónica, rodada hace 46 AÑOS?

Si no te gusta esta película, no te gusta el cine y punto.

Napoleon es TAN MALA, el retrato que Ridley Scott hace de su protagonista es tan INFAME, que, dada la nacionalidad de su director, cuesta no ver en este largometraje una chovinista actualización de la campaña de desprestigio del más famoso corso de todos los tiempos que, ya en vida de Bonaparte, lanzaron sus enemigos británicos (entre otras cosas, llamándole enano, cosa que, como ya hemos explicado en la bitácora, estaba muy lejos de ser cierto), retratándole como un ridículo gorrino lascivo obsesionado con hacerle guarreridas secsuales a Josefina, pecadooooooorl de la praderaaaaaa.


Joaquin Phoenix, mal dirigido por Ridley Scott, MASACRA a Bonaparte como figura histórica y lo EMASCULA como hombre. Los espectadores que se asomen por primera vez a este personaje a través de la película de Scott podrían llegar a creer que Napoleón era un pagafantas inseguro, un arribista caprichoso y un bragas mediahostia que incendió Europa y se coronó emperador para tener contenta a la viscosa almeja de Josefina. La interpretación ciclotímica de Phoenix, lamentablemente una excepción a su carrera, esas risitas inoportunas heredadas del Joker de Todd Philips y esas perrenchas de púber turbocachondo convierten, en esta producción de Apple TV, a una de las figuras más importantes de la historia occidental en un lastimoso PAYASO. En una parodia hiriente. En un escupitajo a la cara del espectador con un mínimo de cultura general, aunque ya sé que éste cada vez es más difícil de encontrar.

Y no protesto porque crea, como los cabreadísimos espectadores franceses, que no se puede caricaturizar la figura de Bonaparte (la cultura no respeta vaca sagrada alguna). Los hermanos Ibarretxe demostraron cojonudamente bien esa falacia en Sabotage!, una desenfrenada y divertidísima comedia con David Suchet como un cómico Bonaparte y Stephen Fry como un cómico Wellington. Lo que me repugna son las transparentes intenciones que creo intuir detrás de esa caricatura que nos ofrece Scott. En Sabotage! nos invitan a reímos CON Napoleón (también con Wellington; la escena de la bomba, «¡vaya, qué contrariedad!», es simplemente DESPERRECHANTE) mientras que en Napoleón, Ridley Scott nos invita a reírnos DE Bonaparte. Es una distinción nada inocente.

Napoleón no va sobre la Francia revolucionaria. Napoleón no va ni siquiera sobre Bonaparte. Napoleón va sobre el chocho de Josefina. El encoñamiento de Bonaparte por su futura esposa no es que sea la trama principal de la película. Es la ÚNICA trama. Y Joaquin Phoenix aparece más veces copulando como un conejo en celo, y dando vergüenza ajena en esa postura, que comportándose como el estadista y estratega que fue el hombre al que representa en pantalla. El Napoleón de Ridley Scott no despacha con sus consejeros, no recibe embajadores, salvo, que recuerde, una única vez en todo el metraje. Lo que a él le gusta es zambullirse como un merluzo sediento en el acuoso potorro cuarentón de su señora y a ello se dedica durante la mayor parte de la película.
Josefina presentando su dote.

El desempeño de Bonaparte como político y militar queda reducido prácticamente a la nada.

¿El asedio a Toulon? No sucedió así, y, contra lo que sugiere la película de Scott, defendían la plaza un número abrumadoramente mayor de tropas españolas, napolitanas, piamontesas y realistas francesas (15 354 hombres) que inglesas (750). La campaña de Italia, que fue la que encumbró al corso, no se menciona más que en una frase de una carta a Josefina I've already conquered Italy, who surrended without conflict» ¿Mande? ¿Y las batallas de Castiglione, Bassano, Rivoli y el puente de Arcole, en la que el «pequeño cabo» corso estuvo a punto de esmochar? ¿Y la conquista del Piamonte, Lombardía y Venecia?). De la campaña en España, que el mismo Bonaparte consideraba sus horcas caudinas (¡anda que no crujieron franceses nuestros tátaras!) y, con la campaña en Rusia, uno de los factores que precipitaron su caída, ni una palabra. ¿La conquista de Malta? Ni se menciona. La batalla de las pirámides dura diez segundos. ¿La batalla del Nilo, que casi le cuesta a Francia toda su flota? Ni está ni se la espera (por cierto, que a Nelson no se lo menciona en toda la película). ¿Bailén? ¿Trafalgar? Nada. Eso nunca sucedió para Ridley Scott. ¿La batalla de Austelitz? La batalla de Austerlitz, también llamada «batalla de los tres emperadores», fue un quilombo de unas nueve horas y de tal calibre que hay libros enteros y películas larguísimas, como ésta, centradas en ella. Ridley Scott se la ventila en una docena de escenas. Alrededor de cuatro o cinco minutos de película, sin contexto ninguno. Y no, Napoleón no bombardeó deliberadamente el lago helado para que sus enemigos se hundiesen en él, sino que el hielo cedió probablemente bajo el peso de las baterías rusas (después de la batalla se dragó el lago y apenas aparecieron cuerpos sumergidos, y eso que Ridley Scott pretende hacernos creer que palmaron cientos en esas frígidas aguas). Napoleón no lideró una carga de caballería en la batalla de Borodino ni tampoco en Waterloo. Entre otros motivos porque era artillero y porque no debía exponerse al fuego enemigo, que tenía un ejército que dirigir. ¿Las campañas de Prusia, Polonia y Austria? No las conocemos de nada. ¿La Guerra de la sexta coalición? ¿Ein? ¿La batalla de Leipzig, que fue el mayor encuentro armado desde la invención de la pólvora hasta la Primera Guerra Mundial? ¿Lepizig, dices? Oye, a mí de matemáticas nada, ¿eh?
You and me, baby, are nothing but mammals, so let's do it like they do in the Discovery Channel

Que el biopic de uno de los más grandes líderes militares de la historia dedique casi más tiempo a sus lepóridos coitos con su señora que a la planificación y desarrollo de sus batallas ya no es que tenga delito, que lo tiene, sino que resulta hasta sospechoso. El RRRRRRRECORTE abrupto de las campañas napoleónicas, el RRRRRRRESUMEN para millennials de batallas que duraron horas y campañas que duraron meses casi parece delatar la urgencia del director por quitarse de encima todo ese coñazo de uniformes, morriones y mosquetes para volver a lanzar a Bonaparte, priápico perdido, dentro del infértil chumino de Josefina.
(Aunque no sé qué rigor histórico podríamos haber esperado del cineasta responsable de El último duelo. Ha quedado bien claro que a Scott la historia le come sus canosos cojones. Y aunque no sólo pueda estar más que justificado en una obra cultural, sino ser obligatorio tomarse «licencias de autor» sobre hechos históricos conocidos para así hacer de la película un objeto artístico coherente y asequible al espectador —puedes estar bien seguro, oh exquisito lector, que Cómodo no murió como nos sugieren que lo hizo en Gladiator, por poner un ejemplo también de Scott—, las barrabasadas que Ridley Scott le hace a la Historia en Napoleón, lejos de aportar valor narrativo a su largometraje, agravan sus muchas incongruencias narrativas. Y tú, como espectador, no sabes qué carta quedarte. No te están dando rigor histórico y tampoco un argumento medianamente congruente. ¿Qué cojones estás viendo, entonces?).

Los episodios capitales de la vida de Bonaparte se cogen con pinzas o ni siquiera son reflejados en la película. Y los que sí aparecen son maltratados por tan torpe y descabalado uso de la elipsis cinematográfica, que el espectador no puede menos que hacerse la picha un lío. Napoleón se divorcia de Josefina. Se casa con María Luisa de Austria y tiene un hijo con ella. Y todo eso son tres planos 
prácticamente consecutivos. La fecundación y gestación más rápidas de la historia. Hablando de lo cual... ¿dónde coño está la madre? Porque a María Luisa de Austria no la volvemos a ver en todo el metraje.

Vamos a enumerar algunas de las más flagrantes inexactitudes, mentiras descaradas y espectaculares CAGADAS de este engendro indescriptible para que puedas comprender la tortura que nos ha supuesto el visionado de Napoleón, oh paciente y comprensivo lector:

En el momento en que empieza la película, Napoleón tenía veinte años y Josefina veintiséis. Ridley Scott ni se ha molestado en intentar disimular que su actor protagonista es catorce años mayor que su actriz protagonista: Joaquin Phoenix parece el abuelo alcohólico de la princesa Margarit... Vanessa Kirby. Es más, en la secuencia de la boda, dan mal las fechas de nacimiento de ambos. Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, nuestra Josefina de toda la vida, nació en 1763, no en 1767; y Bonaparte no nació en 1768, sino en 1769. Josefina era, por lo tanto, seis años mayor que Napoleón.

A María Antonieta le cortaron el pelo antes de guillotinarla (los cabellos cortados fueron quemados para que no se convirtiesen en reliquias para los realistas). Y Napoleón no estaba presente durante su ejecución. Además, aunque es cierto que la reina consorte de Francia había pedido llegar al cadalso vestida de luto por su esposo ajusticiado, en realidad murió vestida de blanco (las autoridades revolucionarias no le permitieron vestir de negro por temor a que despertase simpatías entre la muchedumbre). Otra torpeza imperdonable en Scott: su montaje conduce al espectador a pensar que a María Antonieta le hicieron su última peluquería en 1789, cuando en realidad perdió la cabeza en 1793.

Nadie sabe muy bien cómo Robespierre acabó con un tiro en la mandíbula antes de ser guillotinado. Según algunas versiones, intentó suicidarse. Según otras, fue una mano anónima la que intentó volarle los nefes al siniestro jacobino. Y no, no arrestaron a Robespierre porque los franceses se hubiesen cansado de sus abusos y del Terror que empleaba como arma política, sino porque el Comité se enteró de que el sanguinario jacobino tenía una nueva «lista negra» de enemigos de la revolución a los que acogotar; lista en la que figuraban los nombres de no pocos miembros del Comité.

En la película, Napoleón pone fin a la insurrección realista contra el Directorio, en octubre de 1795, con una simple andanada de cañonazos. En realidad, el combate duró alrededor de un cuarto de hora. Y, por cierto, pero ¿no eran veinte mil insurrectos contra cuatro mil soldados franceses? ¿Por qué en pantalla lucen todos como cuatro gatos mal contados?

Napoleón JAMÁS disparó sus cañones contra las pirámides (ni tampoco contra la nariz de la esfinge, que ya estaba desnarigada antes de que el corso se pasase por allí). Entre otros motivos porque era un enamorado de la cultura egipcia (según algunas crónicas, pasó toda una noche dentro de la pirámide de Keops, de la que salió profundamente conmovido; «si os contara lo que he experimentado, no lo creeríais», se cuenta que dijo), porque los cañones de la época no podían disparar tan alto y porque la batalla de las pirámides tuvo lugar a varios kilómetros de distancia de ellas. Y los enemigos de Napoleón no eran unos menas andrajosos y mal alimentados. Los mamelucos eran un cuerpo de élite del imperio otomano; jinetes disciplinados y muy bien entrenados. Bonaparte tampoco abandonó Egipto y regresó al galope a París, víctima de un ataque de cuernos COLOSAL, al enterarse de que su esposa, allá en Francia, estaba perfeccionando su técnica de ordeño chuminal con su amante, Hyppolite Charles, sino porque, además de que la peste bubónica y un par de derrotas habían causado estragos entre sus tropas, porque el propio Directorio lo llamó de regreso al continente, pues había rumores de una inminente invasión de una Francia sumida en el marasmo político.
(Aunque Bonaparte se dejó convencer por los hijos de Josefina y, finalmente, no se divorció de ella por su infidelidad con Hyppolite, lo cierto es que la relación entre ambos no volvió a ser la misma, la vida conyugal se fue deteriorando, especialmente una vez determinado que Josefina era ya demasiado mayor para concebir un hijo, y, a partir de 1803, los esposos dormían en habitaciones separadas. Napoleón escribiría más tarde que amaba mucho a Josefina, pero no la estimaba. Eso sí, ¡cómo follaba, la condenada!).
No hubo africanos en las tropas francesas hasta 1830. ¿De dónde coño ha salido este señor? ¿Es la casilla de inclusividad racial que había que marcar?
«A mí no me líe, que yo aquí sólo vengo a ganarme el pan».

Queda establecido el consulado, cuya proclamación fue un poco un carajal (eso está bien reflejado en la película), y de repente Napoleón es el Primer Cónsul y los otros dos (Emmanuel Joseph Sieyès y Roger Ducos) meras figuras decorativas. ¿Cómo ha sucedido eso? Tal vez la respuesta para el espectador sin formación histórica esté en ese «corte del director» de cuatro horas que Ridley Scott ha prometido y que, personalmente, en el Paratroopers se nos han quitado las ganas de ver.

Ni una mención a todas las reformas políticas que Bonaparte llevó a cabo y que sacaron a Francia de la mierda en la que estaba sumida: la centralización administrativa, la división jurisdiccional en prefecturas, la creación del Consejo de Estado, la restauración de la Iglesia católica, el código de justicia napoleónico (que consolidaba el principio de igualdad ante la ley, la tolerancia religiosa, la protección de la propiedad privada, la ecuanimidad en la herencia de hijos reconocidos e ilegítimos, y la abolición de los últimos posos del derecho feudal; aunque también limitó los derechos de las mujeres y de los menores y restringió el divorcio)...

Es cierto que Napoleón se coronó emperador a sí mismo (otra traición a los ideales de la Revolución, como el restablecimiento de la esclavitud en Haití), pero a muy poca gente le sorprendió, porque la ceremonia se había ensayado previamente y todos los que debían estar enterados, y algunos que no, sabían lo que iba a pasar.

No. La madre de Napoleón, con la que Bonaparte mantenía una relación que, en el mejor de los casos, se puede calificar de distante (no estuvo presente en su coronación, por ejemplo, pese a que Ridley Scott intente convencernos de lo contrario), no orquestó un polvo adulterino con Eléonore Denuelle de La Plaigne para hacerle crash-testing a la lefa de su hijo. Eléonore Denuelle de La Plaigne sí tuvo un hijo ilegítimo de Napoleón cuando éste seguía casado con Josefina, pero no como resultado de ningún experimento de fertilidad, sino porque así como Josefina le ponía los cuernos a su marido, Bonaparte se los ponía a su legítima y, al menos una de esas veces, cantó línea y bingo en los óvulos de de La Plaigne. El matrimonio entre Napoleón y Josefina fue de conveniencia por parte de ella y de encoñamiento por parte de él (al menos en esto Scott no se engaña). Donde casi todos los historiadores coinciden en señalar que hubo amor verdadero fue en el matrimonio de Bonaparte con María Luisa de Austria, que se mantuvo fiel al Emperador incluso cuando su propio padre le declaró la guerra. Sí, esa misma María Luisa de Austria que en Napoleón entra en escena, tiene un hijo fuera de plano y desaparece de la película para siempre jamás.

Cuando Napoleón llegó a Moscú, la ciudad ya estaba ardiendo por orden del Zar (la doctrina rusa de «tierra quemada» es al menos tan antigua como la propia Rusia). No empezó todo a incendiarse misteriosamente en medio de la noche, como si ninjas eslavos del espacio exterior anduviesen por ahí corriendo con una caja de cerillas.

Cuando se evadió de Elba, Napoleón sabía perfectamente que Josefina había muerto. No abandonó la isla para reencontrarse con el vicioso potorro de sus sueños pajilleros. La motivación venérea de Bonaparte para regresar a Francia es, además de radicalmente falsa, humillante.

Napoleón y el duque de Wellington JAMÁS-SE-CONOCIERON-EN-PERSONA-NI-CHARLARON-CARA-A-CARA-¡HOSTIA-YA!

Y, por último, Napoleón no la palmó de repente, sentado a la mesa del café, sino tras un cáncer de estómago que, en sus fases finales, lo mantuvo postrado varios días. Bien es cierto que la autopsia determinó que en su cabello se habían depositado cantidades anormalmente elevadas de arsénico. Ya entonces se difundieron rumores de que los británicos lo habían envenenado e incluso hay autores que culpan del óbito al gusto de Bonaparte por el color verde, que en aquellos años se obtenía de una mezcla de cobre y arsénico, que ya te digo yo que bueno para la salud, lo que se dice bueno, no es. Y Napoleón no sólo ordenó pintar las habitaciones de su prisión de este verde, sino que también usaba casacas del mismo pigmento venenoso.

En resumen: ay, Sara Sampaio tres veces santificada.

Mira que ha habido actores que han representado a Napoleón de todas las maneras posibles (Albert Dieudonné, Pierre Mondy, Daniel Gélin, Marlon Brando, Christian Clavier, Armand Assante, Rod Steiger, Phillipe Torreton, Charles Boyer...) y directores que han aportado su visión personal sobre el «pequeño cabo» corso (era el sueño dorado de Kubrick, que llegó a acumular una de las mejores bibliotecas privadas sobre Bonaparte pero no logró financiación y acabó haciendo Barry Lindon, que parece igual pero no es lo mismo). ¡Si hasta ese Harvey Keitel derrotado, solo y melancólico al final de Los duelistas podría muy bien representar a Napoleón en Santa Elena! Pues nada. Que no hay manera. Que Ridley Scott no se ha leído una puñetera biografía de Bonaparte en toda su vida y su carrera como realizador sigue en la mierda desde, como mínimo, Marte (la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott).

¡Ay, Sara Sampaio Dominátrix mía! ¿Dónde ha ido a parar el director de Alien, Blade Runner y Black Hawk Derribado?

Y no, Ridley. Te pongas como te pongas, si tus últimas películas son una puta mierda, la culpa no puede ser de todo el mundo menos tuya.

Ahí queda eso. Me voy a lavarme los ojos con vídeos de la dulce gomorriana Riley Reid.