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domingo, 10 de agosto de 2025

Forever Changed

Hay un problema con Los cuatro fantásticos: primeros pasos, y desde el Paratroopers no nos sentimos capaces de diagnosticarlo.


Pero quizá señalar el problema sea suficiente para que otras personas, mejor preparadas, más guapas y que se duchen más a menudo, reflexionen sobre él, y, con un poco de suerte, encuentren una solución.

Esto es lo que ha pasado: la película llamada a revitalizar el MCU se estrenó el 25 de julio del año corriente con unos saludables 158 427 635 dólares en su primera semana en pantalla (del viernes 25 al jueves 31). Casi ciento cincuenta y ocho millones y medio de dólares. Que no nos lo gastamos, a lo tonto, ni en crema Nivea y Kleenex cuando Riley Reid libera otra hornada de vídeos lúbricos en su Onlyfans.
«¡Para, para! ¡Que se pone toda burra!».

Eran cifras sabrosas y esperanzadoras. Tanto como para justificar que los cuentajudías de Marvel Studios proyectasen una recaudación de entre 45 y 52 millones adicionales en la segunda semana del largometraje de La Primera Familia dirigido por Matt Shakman. Pero es que al término del segundo fin de semana del estreno, es decir, el domingo 3 de agosto, el total acumulado en entradas vendidas, tanto en el mercado doméstico como en el internacional, era de 197 123 387 millones. 38 millones 695 752 dólares más.

No hace falta que te lastimes haciendo las matemáticas, oh querido lector que no pudo estudiar ciencias porque no aprobó la Selectividad, en el Paratroopers nos las hemos currado por ti: esas cifras representan una caída de un 76 por ciento en la recaudación. EN UNA SEMANA.

Date un tiempo para digerirlo.


A 6 de agosto de 2025 (últimos datos publicados en el momento en que escribimos estas líneas), la recaudación global de Los 4 fantásticos: Primeros pasos es de 211 963 853 dólares. O sea que sólo ha sumado otros 14 millones ochocientos mil dólares, a trazo grueso. Una caída de UN NOVENTA POR CIENTO, tomando como referente los datos del primer fin de semana. O sea, un sonoro HOSTIÓN CON LA MANO ABIERTA.

(Siendo justos, también el Supermán de James Gunn ha perdido espectadores a un ritmo alarmante desde su estreno. Un 51% en su segunda semana. Otro 56,6% en la tercera. Un 44% en la cuarta. Todos esos porcentajes calculados sobre las cifras del mercado doméstico. ¿Eh? No, pedazo de subnormal. Supermán 2025 no ha perdido un 152% de espectadores. Cada porcentaje se refiere a la cifra anterior. La segunda semana se recaudó un 51% menos que en la de estreno. La tercera un 56,6% menos que en la segunda  así sucesivamente. ¡Hay, qué daño ha hecho la ESO! La venta de entradas de Supermán también ha declinado desde su estreno, pero la de Los 4 fantásticos: Primeros pasos lo ha hecho mucho más rápido y mucho peor. 13,2 puntos porcentuales más rápido y mucho peor).

Resumen de los párrafos anteriores: la gente fue a ver masivamente Los 4 fantásticos: Primeros pasos en su fin de semana de estreno. Fueron a verla, pero mucho menos, en su primera semana completa, y ahora, de forma inexorable, el público LE ESTÁ VOLVIENDO LA ESPALDA a la Primera Familia de Marvel.

Con un presupuesto estimado en más de 200 millones de dólares (de nuevo, Marvel/Disney nos escamotea las cifras reales para seguir chuleando a sus accionistas e inversores), pintan bastos para este largometraje en particular y para el blockbuster de superhéroes en general.

Y lo más sorprendente es que es una buena película.

Los 4 fantásticos: Primeros pasos es una película realmente buena. Es divertida, es entretenida, está, con algunos matices, bien escrita (los guionistas no son lo bastante inteligentes como para escribirle líneas a Reed Richards). Los actores están fabulosos. El CGI apenas se nota, salvo en un par de planos un poco cantosos (y han afinado MUCHO la texturas del personaje de Shala-Bal, que parecían muy baratas en los tráilers). Pedro Pascal CONVENCE como Mr. Fantástico aunque no se haya afeitado el puto bigote. La estética retrofuturista de episodio largo de Los supersónicos FUNCIONA. El humor, añadido con cuentagotas, no es intrusivo ni cargante. Los uniformes tipo pijama de esquiador encajan bien con esa estética sesentera. Te metes en la acción desde el primer momento y aceptas a los personajes como si los conocieses de toda la vida. Los grandes temas morales (¿matarías a un bebé para salvar a toda la humanidad?) que caracterizan a algunos de los mejores cómics de La Primera Familia están ahí, correctamente expresados: la responsabilidad que conlleva el conocimiento, la familia, no necesariamente de sangre, como núcleo moral y pegamento emocional frente a la adversidad, el sentido del deber, la vocación de servicio que aviva en los miembros del grupo sus nuevos poderes... Y Vanessa Kirby es una fuerza de la naturaleza como Sue Storm y no una Girl-Boss girlbosseando como algunos se temían, y transmite tal familiaridad con Pedro Pascal como si realmente fuesen un matrimonio de años (todos los Fantásticos consiguen comportarse en pantalla como una auténtica familia). Ben Grimm/La Cosa, el mayor desafío técnico de este tipo de películas (y que había sido resuelto de manera tan insatisfactoria en las anteriores entregas), se ve DE COJÓN DE PATO, superrealista. Galactus, al que en la película de 2006 no se atrevieron a representar, y que tenía el potencial de cargarse la suspensión de la incredulidad en esta película, CONVENCE. Además, gender-swapping de Estela Plateada aparte, no hay puta propaganda woke. ¡Gracias, Marvel Studios, por una vez!

Pero la gente no está yendo a ver la película. Fueron, al principio, los que la esperaban con expectación o curiosidad. Luego, algunos acalorados despistados a la caza del aire acondicionado de la salas. Y después, aparentemente, casi nadie.

No es un batacazo como el que se llevó El especialista, otra película divertida, inteligente, entretenida y bien rodada que lo tenía todo para triunfar y se pegó un guarrazo respetable en taquilla (aquí tratamos el tema), pero Los 4 fantásticos: Primeros pasos no está generando adhesión. No está atrayendo al público. No parece haber invitado a un número significativo de espectadores a revisionarla. Los números no paran de caer y la cosa pinta realmente mal para el resto de su ciclo vital en cines.

¿Qué ha pasado?

Ni idea.

Realmente ni idea.

El público potencial de esta película se ha quedado en sus casas por razones que sólo podemos sospechar y el público general, que va al cine por ir a algún sitio o porque es un lugar discreto donde meterle mano a su churri, no la está respaldando masivamente tras su primera semana en exhibición. Y es una película familiar. No hay nada en ella que pueda repeler al público sin vello púbico (de hecho, en la sala en la que la vio el autor de estas líneas, había buena representación de adolescentes y media docena de guajes acompañados por sus padres) y abunda en temas y tramas con los que pueden conectar los viejastros premuertos como el que esto suscribe.
¿Habría ido más gente si hubiesen fichado a nuestra Jessica favorita?

¿Qué ha pasado para que se produzca esta, no indiferencia, sino contracción del interés del público? ¿Los personajes no son lo bastante populares? (nos apostamos tus cojones, oh bien dotado lector, a que una película de la Patrulla X con esta misma calidad habría gozado de mejores audiencias). ¿Su carácter de one-shot, de historia ambientada en su propio cortijo aislado (en el planeta de los 4F de esta película ellos son los únicos superhéroes) ha echado para atrás a los incondicionales de los universos compartidos? ¿El reemplazo de Norrin Radd por Shalla-Bal como Estela Plateada ha cabreado a los guardianes de las esencias, principal público objetivo de este largometraje? ¿O la desastrosa estrategia creativa y comercial de Marvel/Disney en la última década ha alienado a sus antaño incondicionales?

Que otro intente contestar estas preguntas. Aquí bastante tenemos con encontrar excusas para meter a cholón GIFs de Riley Reid ligerita de ropa o haciendo fuera de plano guarreridas españolas. Y fotos de la seráfica Sara Sampaio, por supuesto.

Lo que es dolorosamente obvio es que, si la actual tendencia no se invierte, Los 4 Fantásticos: Primeros pasos va a sufrir una agonía para acercarse siquiera a los quinientos millones de recaudación, que es el umbral de la rentabilidad para una producción de estas dimensiones y este precio.

Problema que no tendría Marvel Studios si no se hubiese gastado doscientos millones (hay quien sugiere que fueron más bien 250) en este producto. Costes de distribución y promoción aparte, que podrían añadir, como mínimo, otros setenta y cinco o cien millones a esa cifra.

Y todo lo escrito más arriba sólo ha servido para introducir por enésima vez, y con esto oficialmente ya nos hemos convertido en una bitácora de repetición, el tema de la insensatez de fumarse doscientos o trescientos millones de presupuesto en una película con el sueño húmedo de ponerse lo más cerca posible de los mil millones de recaudación. Y, una vez más, la «fatiga superheroica» no tiene tanta responsabilidad en el bajo retorno promedio de la última década de blockbusters palomiteros como las decisiones financieras y creativas desatinadas.

Los presupuestos de doscientos millones con proyecciones de mil millones de recaudación tienen muy poco sentido contable. Películas que hayan alcanzado esos beneficios sólo hay 53  en toda la historia del cine, y, entre las diez primeras de esa lista, sólo cuatro títulos pertenecen estrictamente hablando al género de superhéroes (Vengadores: Endgame, Vengadores: Infinity War, Spiderman: No Way Home y Los vengadores).

Y no me salgas, oh impulsivo lector, con la especie de que hacer películas de superhéroes es puñeteramente caro. Si los japoneses de Toho Studios pudieron hacer Godzilla Minus One por menos de quince millones de dólares (y parte de ese presupuesto se gastó en MODERNIZAR las instalaciones de la compañía. Entre otras cosas se construyó una cocina para los empleados y contrataron a un chef a jornada completa), quizá ha llegado definitivamente el momento de analizar las estructuras de gasto de las productoras estadounidenses y acometer una optimización de procesos SALVAJE.

No es sostenible, de NINGUNA DE LAS PUTAS MANERAS, seguir quemando volquetes de pasta en tremendas ultraturbomegapelículas que sólo accidentalmente arrojan beneficios a la altura de la inversión. Alguien con UN BUEN PAR DE PELOTAS debería empezar a cortar cabezas, coloquialmente hablando, en los estudios de cine estadounidense, putos YONQUIS DE DINERO enviciados en un modelo de negocio DERROCHADOR E INEFICIENTE. La inflación por sí misma no explica esta escalada (algunos temas para la reflexión los hemos apuntado aquí, en nuestro análisis de Thunderbolos, sí, hemos escrito «Thunderbolos»).


Las razones de que los costos de producción se hayan disparado y de que el retorno de la producción cinematográfica se haya transformado son de naturaleza multifactorial y, si te apetece, querido lector, puedes pinchar en este enlace que enumera algunas de ellas o seguir leyendo, bragazas, flojo, y te explicamos el bisnes a nuestra manera:

1. ¿Dónde se han ido los buenos chicos?


En los años 80, el típico presupuesto para un drama oscilaba entre los 15 y los 20 millones de dólares. La fuerza del cariño costó 8 millones y se embolsó más de 100 en entradas. Paseando a Miss Daisy se rodó con siete millones y medio y acaparó casi 146 millones de los espectadores del mundo entero. Los gritos del silencio, aunque rindió regulín en taquilla, costó unos catorce millones y recaudó casi 35. El club de los poetas muertos costó algo más de 16 millones y amasó un pastizal de 235 860 116. Oficial y caballero costó siete millones y se acercó a los 130 de recaudación. Grita libertad se estrelló en taquilla con menos de seis millones de recaudación y casi treinta de presupuesto. Rocky III costó 17 millones y recaudó 125. La desgarradora Platoon costó 6 millones y se puso en 138 de recaudación. Rain Man se hizo con 25 millones y sobrepasó ampliamente los 350 de recaudación. Nacido el cuatro de julio: 14 millones de presupuesto, 161 en entradas vendidas, papelón de Tom Cruise y Óscar a la mejor dirección y montaje.

En esta misma década dorada del cine, una película de acción podía hacerse por unos 20-30 millones, (La jungla de cristal, de 1988, costó unos 28 millones; Límite: 48 horas se hizo por 12 millones y recaudó casi ochenta), con excepciones como Superdetective en Hollywood y sus 13 millones de presupuesto (y más de 300 de recaudación) o Top Gun y sus 15 millones de costes para más de 357 de recaudación y un récord de solicitudes de ingreso en la escuela de pilotos de la Marina de los Estados Unidos. 

La comedia, el género rey del decenio, era entonces una de las inversiones más rentables. Los gemelos golpean dos veces, de 1988, costó quince millones y recaudó casi 217. Aterriza como puedas costó tres millones y medio y recaudó más de 83. Granujas a todo ritmo costó 27 millones y medio (contabilizando en esa cifra las carretas de cocaína que se metían John Belushi y Dan Aykroyd) y recaudó 115. Entre pillos anda el juego costó 15 millones y recaudó 90. Loca academia de policía ni siquiera alcanzó los cinco millones de producción y sobrepasó los 81 de recaudación global. Y suma y sigue: Cocodrilo Dundee; menos de 9 millones de presupuesto, más de 320 en entradas vendidas. La guerra de los Rose; 26 millones de presupuesto, 160 de recaudación.

Si tenemos que buscar títulos de los 80 con una inversión en costos de producción comparable a los de las modernas películas de superhéroes, o sea un DERROCHE en efectos especiales, tenemos ejemplos como el de Los cazafantasmas, que costó en torno a 30 millones de 1984 (y sus trucos de cámara siguen manteniendo el tipo hoy en día). Poltergeist costó casi 11 millones y recaudó 77 millones. The Abyss y su ostentosa dotación en efectos especiales creados por ordenador, costó unos 45 millones de 1989. El chico de oro (que se acercó a los 25 millones de presupuesto). Regreso al futuro (unos 19 millones en costes, una recaudación de más de 380 millones). Howard... un nuevo héroe (unos 37 millones gastados y un hostión monumental en taquilla). Cortocircuito (15 millones y más de 40 de recaudación). Aliens: El regreso  (18 millones quinientos mil dólares, 131 millones en entradas). Blade Runner, con 28 millones de presupuesto.

Pero sí, también hubo películas de superhéroes, o algo parecido, en esta década, aunque no muchas: el Batman de Tim Burton costó unos 35 millones de 1989 (equivalentes, ajustando la inflación, a unos 91 millones de hoy en día) y acumuló más de 400 millones de recaudación global antes de YouTube, antes de Twitter, antes del puto Internet como medios de promoción al servicio de los estudios de cine (Indiana Jones y la última cruzada, del mismo año, recaudó un poco más de 474 millones desde su presupuesto de 48 millones). O Supermán II: La aventura continúa, con sus 54 millones estimados de presupuesto y más de 216 de recaudación (el declive de la franquicia comenzó con Supermán III, que, técnicamente, perdió dinero). Supergirl fue un desastre de 35 millones extraordinariamente mal escrito, peor dirigido y pésimamente rodado a pesar de lo guapa que es Helen Slater y la cara que ponía de creérselo. La cosa del pantano de 1982, una triste miseria de 3 millones de presupuesto. The Punisher: Vengador que, honestamente, en la bitácora opinamos no recibió todo el reconocimiento que merecía (9 millones de presupuesto, datos homeopáticos de taquilla, directa a vídeo en muchos mercados y estreno en Estados Unidos pospuesto indefinidamente debido a las penurias financieras de New World Pictures). La sangrienta RoboCop (13 millones de presupuesto, 53 de recaudación). Los inmortales (16 millones de producción, HOSTIA ÉPICA en taquilla y justa reivindicación en los videoclubes). Y, por meter en la misma entrada dos películas con banda sonora de Queen, Flash Gordon (20 millones de presupuesto, ♪ Flash! O-ooooooh! Savior of the Universe! ♫).

Las películas de aquella década reposaban en las historias y en el carisma de los actores y los personajes.

Y en presupuestos asumibles.

Ese modelo de negocio se ha acabado. Las productoras de cine han abandonado a las plataformas de streaming (grandes disruptoras del mercado audiovisual) las películas de presupuesto medio y medio-bajo. Lo que en el Paratroopers llamamos «el fondo de armario», o sea esos títulos que no cuestan ni el presupuesto mensual en farlopa de uno de los JRANDES estudios y que, en buena medida a causa de sus modestos medios, tienen el potencial de producir retornos lucrativos. Porque a sus directores no les queda otra que minimizar los costes de producción, planificar correctamente el rodaje y reposar en la calidad de la historia y el carisma de los personajes.

En los años 90 el género de terror se convirtió, a grandes rasgos, en el proveedor de este «fondo de armario» al que aludimos (y además cantera para nuevos autores, a ver si nos entiendes: «demuéstranos lo que puedes hacer con esta limosna y hablaremos de ascenderte a las grandes ligas»), tendencia inaugurada por títulos ochenteros como Muñeco diabólico (9 millones de presupuesto, 44 de recaudación), Pesadilla en Elm Street y sus misérrimo millón ochocientos mil dólares (que en taquilla se convirtieron en casi 26 millones) o Viernes 13, que obró el milagro de los penes y las paces y convirtió sus poco más de 500 000 dólares de producción en casi 40 millones en entradas. Los 14 millones de Scream ordeñaron 173 millones a las taquillas de 1996. Candyman, el dominio de la mente, sin acercarse siquiera a esas cifras, escribió su nombre tres veces con tinta negra en el libro mayor de Polygram Filmed Entertainment (6 millones gastados, casi 26 recaudados). Abierto hasta el amanecer no llegó a ser rentable en taquilla con sus algo menos de 26 millones de recaudación sobre un presupuesto de unos 19 millones, pero es buen ejemplo de lo que se podía considerar una Serie B de la época (al año siguiente, Horizonte final costó 60 millones y se partió los dientes en las taquillas internacionales. Ni siquiera cubrió costes con sus 26 millones 677 289 dólares en recaudación). El silencio de los corderos, que mezcla terror con thriller policial, se puso en casi 273 millones desde sus 19 millones de producción. Misery, basada en una novela de nuestro feo favorito de Maine, triplicó en recaudación su presupuesto de 20 millones. El Drácula de Bram Stoker pulverizó las taquillas de la década con casi 216 millones sobre 40 de presupuesto. Y, a punto de finalizar el siglo, El proyecto de la bruja de Blair se convirtió en la película más rentable de la historia, que sepamos, con su presupuesto de 60 000 dólares y sus taquillas de 248 639 099 dólares,

En los años 90, ajustando la inflación, el presupuesto promedio de las veinte películas más taquilleras fue de 63 millones de dólares. Y es una lista DOPADA con megaproducciones como Titanic (200 millones), Parque jurásico (63 millones), Star Wars: Episodio I (115 millones), Armageddon (140 millones), Independence Day (75 millones), Hombres de negro (90 millones), Matrix (65 millones) y Terminator 2: El juicio final (más de 100 millones).

Hoy en día, películas como No es país para viejos (25 millones), Expiación. Más allá de la pasión (30 millones), Pozos de ambición (25 millones) o Michael Clayton (21,5 millones), todas ellas de 2007, ya no llegan a la gran pantalla o lo hacen anecdóticamente. Se van directamente al servicio de Video on Demand correspondiente, que es el equivalente moderno a los desaparecidos videoclubs. Entre 2004 y 2019, la inversión en el «fondo de armario» de las productoras decreció un 40% y los presupuestos por película ascendieron a un vertiginoso promedio de 65 millones de producción a los que hay que sumar de 30 a 35 millones más en distribución y promoción. Con el coste de una película «barata» de 2025 (tomando con pinzas el adjetivo) se habrían rodado cuatro de presupuesto moderado en 2005.

¿Cómo coño hemos llegado a ese escenario en el que la categoría presupuestaria que ocupaban las películas de 20 a 70 millones de dólares ha desaparecido y dejado su puesto a leviatanes de doscientos millones de mortadelos?, se preguntan, entre otros, estrellas con una perspectiva lúcida e informada del negocio, como Matt Damon.
"You need those roles to develop as an actor and build your career, and those are gone".

Bueno, ahí está la cuestión. Todo es más caro ahora. Por muchos motivos.

2. El puto bicho

Hacer una película es caro y siempre ha sido caro. Hay que construir escenarios (aunque cada vez más a menudo se filme frente a un croma y se añadan en post-producción los fondos, sacrificando autenticidad en el altar del ahorro). Hay que seleccionar o confeccionar el vestuario. Alquilar cámaras, equipo de sonido e iluminación, pagar a los técnicos, a los actores, a los extras.

Pero el Conavirus ha disparado los costes. Las primas de las compañías de seguros. La inversión en protocolos de seguridad y personal sanitario asignado a la producción. Avatar: El sentido del agua, The Batman, Elvis, Furiosa: A Mad Max Saga, Mission: Impossible - Dead Reckoning Part One, Prey y Jurassic World: Dominion son sólo algunos ejemplos de películas estrenadas cuyos rodajes fueron suspendidos o pospuestos debido a la pandemia. Un solo contagio puede llevar a interrumpir un rodaje que cuesta millones de dólares diarios. Y luego vienen los tests individuales. El rastreo y cuarentena de las personas que hayan dado positivo o estado cerca de un portador del virus. La desinfección del material de rodaje, de los vehículos y de los espacios comunes. Los gritos del productor, que acaba de tener una desagradable conferencia telefónica con la aseguradora del estudio. Las amenazas del sindicato con declarar una huelga por obligar a sus afiliados a trabajar en un ambiente insalubre y las de los infectados con interponer un pleito civil por lo mismo.

Parece peccata minuta, pero el puto bicho lo ha vuelto todo mucho más complicado. Y más caro.

3. Las divas

Brad Pitt se embolsó 32 millones por Wolfs y 30 por F1: La película. Margot Robbie 12,5 millones por Barbie. Ryan Reynolds 30 por Deadpool y Lobezno. Will Smith 26 por Bad Boys: Ride or Die. Jason Statham 24 por Beekeeper: El protector. Y de la morterada de panoja que se embolsó Robert Downey jr. por las últimas películas de Los Vengadores ya hablamos en la anterior entrada, enlazada más arriba.

Aunque el sistema de estrellas está técnicamente roto (ya hemos hablado de esto en anteriores entradas), su cadáver todavía patalea y algunos de los primeros espadas de Hollywood exigen salarios millonarios y participación en beneficios a cambio de sus firmas en un contrato. Y no hablamos solo de actores. Los directores mejor pagados de la industria estadounidense se embolsan un promedio de siete millones por película (la DGA exige por convenio un salario semanal mínimo de 20 616 dólares para sus afiliados); y luego están los monstruos como Christopher Nolan, al que se le atribuye una fortuna personal de 250 millones, J.J. Abrams (300 millones), Ridley Scott (400 millones ganados en su doble faceta de director y productor), Michael Bay (450 millones), James Cameron (800 millones) o Peter Jackson (1 500 millones).

No se acumulan esas cifras cobrando en besos y Lacasitos. Los directores-estrella, con sus salarios de escándalo y porcentajes de taquilla, contribuyen también al incremento de los costos de producción. Más dinero para ellos es menos dinero para hacer la próxima película.

Y, puesto que buena parte las retribuciones de los productores dependen de la participación en beneficios, también ellos mojan su pan en la salsa de los presupuestos del estudio. Cada vez que un ejecutivo de cine oye hablar de que su estudio va a producir una nueva peli de gran presupuesto, empieza a preparase para una follada bien dura.

4. La espada de doble filo

La tecnología ha avanzado tanto desde que Georges Méliès rodó su Viaje a la luna que la recreación de mundos imaginarios o escenas espectaculares en el cine se ha convertido, literalmente, en una mera cuestión de tiempo y dinero.

Pero el CGI también ha incrementado exponencialmente los costos de producción al poner en manos de ejecutivos imbéciles y con afán de protagonismo las herramientas que les permiten reescribir sobre la marcha películas enteras a satisfacción de sus egos hipertrofiados o de las recomendaciones de un estudio de mercado filtrado por el tamiz de la ideología sojas de un comité de papanatas licenciados en una facultad de la Ivy League.

En Avengers: Endgame se renderizó en 3D incluso el vestuario de los actores en algunos de los casi 2 500 planos retocados por ordenador. Un calendario de rodaje demencial, los constantes cambios de diseño, el solapamiento de rodajes (el uniforme de Brie Larson para Capitana Marvel aún no existía como tal mientras se estaban filmando Infinity War/Endgame) y la indecisión de los directores está detrás de este gasto absolutamente evitable con una mejor gestión del plan de trabajo. Dos semanas y media antes del estreno, el equipo de CGI seguía trabajando en la película, a golpe de café y Red Bull y con los nervios hechos mistos.

¿Y, sabes cuánto cuesta UN MINUTO de CGI medianamente fotorrealista en una película? Una media de 5 000 dólares. Las escenas más complejas, con escenario, cámaras, colorimetría y actores generados por ordenador, pueden ponerse tranquilamente en varias decenas de miles de dólares. Hasta James Cameron, «padre», es un decir, de la incorporación MASIVA del CGI en la industria del cine a través de películas como Abyss, Terminator 2 y Avatar, ha declarado ya que el negocio de las películas va a dejar muy pronto de ser rentable como los estudios no encuentren la forma de reducir a la mitad los costos de los efectos especiales digitales.
Esto lo arreglaron antes del estreno. Gracias a Sara Sampaio.

«Ya lo arreglaremos en post-producción» es una frase que debería estar prohibida en un set cinematográfico. Delata al director perezoso y manirroto. Entregar tomas negligentemente rodadas que los técnicos de efectos especiales deben reconstruir DESDE CERO mientras el productor le grita por teléfono a su jefe de equipo se ha convertido en una práctica tan abominable como cara. Cuanto menos ponen de sí mismos los realizadores a la hora de planear y rodar una escena, más trabajo recae del lado de los responsables del CGI. Y si encima el estudio está encima de ellos a diario, exprimiéndolos con los plazos de entrega e introduciendo cambios de último minuto («¿recuerdas esa batalla multitudinaria que el guion dice que se libra en Marte?, pues la hemos trasladado debajo del agua. ¡Ah, y recuerda que estrenamos en cinco días!»), no sólo los resultados finales oscilarán entre la mediocridad y la vergüenza ajena, sino que todas esas correcciones supondrán un costo añadido a toda la producción.

No podemos hablar del encarecimiento de los medios técnicos sin mencionar también el coste del medio empleado en el rodaje. Christopher Nolan es un talifán del IMAX, ese monstruoso y maravilloso leviatán de 70 milímetros y ultra alta definición que se proyecta en una pantalla envolvente (aunque ese amor no impide al rubio realizador británico DESTRUIR una cámara IMAX tras otra). En IMAX rodó Nolan algunas escenas de El caballero oscuro y El caballero oscuro: La leyenda renace, dos terceras partes de Dunkerque, Interstellar y buena parte de Tenet y Oppenheimer... Y prepara el reestreno en este formato de algunas de sus películas más conocidas.

Las cámaras IMAX son CARAS DE COJONES.  Entre 300 000 dólares y un millón las digitales. De medio millón a dos millones las analógicas. Y estamos hablando sólo de las cámaras, unos armatostes tan PUTAMENTE ENORMES Y PESADOS que necesitan trípodes, estabilizadores y monturas especiales que añaden miles de dólares al coste del equipo (aunque ya se han desarrollado modelos más pequeños y ligeros). Este formato también necesita objetivos especiales. Procesos específicos de edición, sonorización (las cámaras IMAX son ruidosas DE LA HOSTIA) y colorimetría. Y las bobinas de las versiones analógicas no dan más que para tres minutos de metraje a 24 fotogramas por segundo. Imagina, amado lector, rodar en celuloide usando bobinas de 1 000 pies de largo (algo más de 300 metros) que cuestan un dólar por pie. 1 000 MACHACANTES POR CADA TRES MINUTOS DE ACCIÓN.

Y si estás pensando que, ya puestos, mejor alquilar el equipo que comprarlo, déjanos decirte que el alquiler de cámaras IMAX, dependiendo del proveedor al que recurras, puede costar de 2 000 a 10 000 dólares diarios o, si te decides por un contrato semanal, de 12 000 a 60 000 George Washingtons. Emplear este formato en tu producción puede comerse de 300 000 dólares a más de dos millones de tu presupuesto. Eso suponiendo que no decidas rizar el rizo con alguna tecnología accesoria más, como el 3D, que, citando a Facu Peralta, llega y pasa de moda más o menos cada treinta años.

5. El peligro amarillo

La internacionalización de las audiencias ha llevado a la estandarización de la producción cinematográfica, a la renuncia de películas con una identidad muy marcada, al sacrificio de la firma de autor y de la originalidad a fin de obtener un producto fácilmente exportable a otras culturas y otros lenguajes.

Una imagen vale más que mil palabras, dice el refrán, y por eso se invierten esas cantidades obscenas de dinero en películas extraordinariamente sencillas a escala argumental donde la imagen reemplaza a la narración. En 2009 había 5 000 salas de cine en China. En 2021, más de 82 000. Ningún estudio de cine está dispuesto a renunciar a ese mercado. Por eso transigen, sin ninguna vacilación, a las exigencias de los distribuidores chinos, cubriendo el rostro de Chadwick Boseman en el cartel de Pantera Negra y haciendo casi desaparecer a Finn del de Star Wars: El despertar de la fuerza. Y por eso también los estudios accidentales favorecen las películas de superhéroes, grandes espectáculos visuales donde las historias simplistas y la pirotecnia de los efectos especiales por ordenador saltan las barreras culturales como no podrían hacerlo títulos de identidad más acusada y narrativa más profunda y enraizada en el ethos occidental.

El mínimo común denominador perseguido por los árbitros de la estrategia comercial de los grandes estudios de cine ha encontrado en las películas de mamarrachos en mallas de colorines el producto perfecto para apelar a las audiencias internacionales. Que en muchas películas del género se ruedan las escenas de acción antes de tener un guion que las una ya ha sido discutido numerosas veces. Y es normal que así sea, cuando primas la naturaleza del cine como espectáculo de feria por encima de su carácter de lenguaje artístico y herramienta para transmitir historias.

Y desde el Paratroopers le vemos mala y escasa solución a este problema.

6. El mardito parné


Artificios contables aparte para evitar pagarle a la gente lo que se le debe por su trabajo, financiar una película es un carajal que no te puedes ni imaginar, querido lector. Para filmar un largometraje como no basta con escribir un cheque de doscientos millones de dólares (aunque Disney suele preferir financiar sus producciones con su propio dinero). A menudo, las productoras pactan con los distribuidores, contrato mediante, la compra de los derechos de exhibición, a un precio tasado, de una película que aún no existe. Así el estudio puede usar ese futurible como aval para conseguir un préstamo con el que financiar la producción. Digamos, si nos lo permites, que el estudio «hipoteca» su película para obtener financiación para la misma, poniendo como garantía de esa «hipoteca» los derechos de distribución de la película.

El «product placement» («posicionamiento de producto») es otra fuente de ingresos a la que las productoras recurren para pagar sus facturas. En la próxima película de presupuesto medio/alto que veas, fíjate en cuantas marcas distintas aparecen en pantalla. Publicidad encubierta, a menudo descarada (pregúntate por qué Roger Moore conduce un Lotus Sprit Turbo en Sólo para sus ojos y Pierce Brosnan conduce un BMW Z3 en Goldeneye, en vez del consabido Aston Martin que, desde James Bond contra Goldfinger, asociamos con 007). Pero el posicionamiento de producto conlleva obligaciones hacia la marca con la que contratas. En Apple son particularmente picajosos al respecto. Si se lo pides, te proveerá de todos los teléfonos, portátiles, tablets y ordenadores que le pidas... siempre y cuando la usen los héroes de la película, no los canallas. Se conoce que los cabrones del mundo no usan iPhones y nosotros sin enterarnos.

También hay películas, y franquicias, que ingresan más por venta de merchandising que en concepto de entradas vendidas. Star Wars y sus, calculados a ojo de buen culero, 42 200 MILLONES de dólares en productos derivados, y la saga Harry Potter y sus 26 000 millones extra en muñequitos, camisetas y agendas escolares, son dos casos paradigmáticos de esta fuente de financiación accesoria de los estudios cinematográficos.

PERO el auge de las plataformas de streaming y de Video on Demand ha privado a las productoras de una de las más poderosas fuentes de amortización de la que gozaban en el pasado: la venta y alquiler de DVDs. Ya en su día, el mercado de alquiler de vídeo había explotado en el trienio 1983-1986, año este último en el que la suma de las ventas y las cuotas de los alquileres domésticos de «cine en casa» superó los 4 000 millones de dólares, eclipsando los ingresos por venta de entradas, que en 1986 alcanzaron los 3 780 millones de dólares. La llegada del DVD a partir de 1997, y su superior calidad de imagen y sonido, supuso tal revulsivo en el mercado doméstico del cine que los alquileres y ventas de DVDs por sí solos llegaron a aportar, en los buenos años, LA MITAD de los ingresos totales de las grandes producciones cinematográficas. Estamos hablando de los años en los que los estudios de cine podían permitirse hacer menos dinero en venta de entradas sabiendo que iban a redondear la recaudación a través del alquiler y las ventas de DVDs (el Blu-Ray no ha llegado nunca a reemplazarlo porque la mayoría de los consumidores no creen que la ligeramente superior calidad de imagen y los contenidos extra justifiquen la sensible diferencia en el precio).

Los problemas de vestuario de las actrices pechugueras también incrementan los costos.

Pero eso se ha acabado. Como el VHS en su día. Ya no quedan videoclubes y el concepto mismo del cine en formato físico está cuestionado. Y, en la búsqueda de nuevas fuentes de financiación, los estudios han abandonado las producciones de mediano presupuesto y entronizado el blockbuster palomitero de superhéroes, estandarizado y supersimplificado, encarecido además por un obsceno despliegue de efectos especiales que parecen haber dejado de pertenecer al lenguaje cinematográfico para convertirse en el medio mismo.

Esta fórmula eso no está funcionando para Los 4 Fantásticos: Primeros pasos. Y cabe preguntarse por qué. Pues también Avatar: El sentido del agua es un Chupa-chups sin pretensiones de trascendencia dramática ni valor narrativo reseñable y, sin embargo, se metió en la saca más de tres mil doscientos millones de dólares. Y eso que está escrita con el culo y dirigida por el James Cameron más desganado de toda su carrera.

¡Quién te ha visto y quién te ve, Jimmy!

Cabe preguntarse hasta qué punto es sostenible el modelo actual de producción cinematográfica. Y cuán beneficiosa habría sido, cuando termine su exhibición en pantalla grande, Los 4 Fantásticos: Primeros pasos, que, insistimos, ES MUY ENTRETENIDA Y NOS GUSTÓ MUCHO, si hubiese gozado de un presupuesto más comedido y una lógica de gasto más optimizada.

Y los paracaidistas de esta bitácora, que queremos que se sigan haciendo películas de superhéroes (y la supervivencia del género pasa por hacer MEJORES películas y, también, películas MÁS BARATAS), no podemos evitar preocuparnos.


Actualización: justo antes de publicar la presente entrada se han hecho públicos los datos actualizados a 8 de agosto y la película que, por primera vez, lleva con dignidad a los 4F a la gran pantalla, ha experimentado un ligero repunte, del cual nos alegramos, que eleva provisionalmente el total de la recaudación global a un poco menos de 390 millones de dólares.


Sigue siendo poco, pero algo ayuda.

Cruzamos los dedos.

Y le ponemos un par de cirios bien gordos a Sara Sampaio Dominátrix. 

domingo, 27 de julio de 2025

«La justicia, como el rayo»

«Sommer, haz la crítica de Thunderbolts».

No.


«Joder, venga, Sommer, enróllate».

Que no.

«Venga, Sommer, ¿qué te cuesta, copón? Es sólo otra película».

Que no me da la gana, coño.

«Sommer, haz la crítica de Thunderbolts de una puta vez o le paso a los abogados de Sara Sampaio las coordenadas del búnker mohoso con olor a esmegma desde el que subes las entradas de la bitácora».

Thunderbolts es, en una frase, la película que nadie pidió sobre el grupo de antihéroes que pocos conocen.

Afrontémoslo: La única razón por la que tenemos Thunderbolts es porque Marvel/Disney ha dado carpetazo a la formación original de Los Vengadores. Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Eric Ba... digo Edward Nort... digo Mark Ruffalo, Scarlet Johansson, Jeremy Renner, no sólo estaban ya un poco mayorcetes para seguir triscando como las cabras de Heidi, vestidos como payasos de rodeo; además imaginamos que empezaban, lógicamente, a estar un poco cansados de hacer siempre más de lo mismo y, para acabar de cagarla, a algunos de sus personajes los han ACOGOTADO de la presente línea temporal del MCU, matando a Tony Stark y a la Viuda Negra, gerontificando al Capitán América, humillando y amariconando al pobre Thor hasta conseguir que NADIE quisiera ver otra película suya...

(Encima, Chadwick Boseman murió de cáncer, dejándonos con el corazón roto a todos, y Jeremy Renner estuvo a punto de esmochar Big Time actuando como el héroe que ha representado en las pantallas. Y las secuelas físicas que le han quedado tal vez le hayan expulsado para siempre del cine de acción).
Lo que pides a Aliexpress y lo que te llega.

Por si esos no fuesen bastantes motivos, también los principales actores de esta generación de Los Vengadores, bien como señal de agotamiento laboral, bien como intento de equilibrar la balanza con los beneficios que sus películas habían acuñado, bien porque se veían en una posición negociadora fuerte y quisieron, quién puede reprochárselo, aprovechar la coyuntura para forrarse bien forrados los riñones, habían logrado unas mejoras contractuales y unos incrementos en sus respectivos cachés que dan vértigo y que incrementaban abruptamente los ya 
pornográficos costos de producción.
Hablando de pornografía: Deutschland!

El caso paradigmático que ilustra este rappel en los salarios de los actores del MCU es el de Robert Downey Jr. De los dos millones de dólares que cobró por su participación en Iron Man (película que recaudó casi seiscientos millones de dólares sólo en taquillas y puso en marcha la reacción en cadena de la que se originó todo el universo cinematográfico Marvel), dio el salto a los diez millones de dólares por Iron Man 2, y de ahí a los cincuenta millones de dólares, DECLARADOS, por Los Vengadores e Iron Man 3. A partir de aquí, las cifras ya es que marean y, encima, nadie parece estar muy seguro de las cuantías exactas. Entre cincuenta y ochenta millones por Vengadores: La era de Ultrón, 65 millones por Capitán América: Guerra Civil y entre diez y quince millones por un puto cameo en Spider-Man: Homecoming.

Lo que conocemos otorga autoridad a los rumores de que, para conseguir que Robert Downey Jr. regresase a la franquicia para cerrar la como Tony Stark/Iron Man en Vengadores: La guerra del infinito y Vengadores: Endgame, Marvel/Disney tuvo que apoquinarle, sólo a él, más que al resto de Vengadores juntos (las cifras declaradas son de 75 millones por las dos películas, aunque hay quien sostiene que fueron 75 por película a pesar de haber sido rodadas conjuntamente, y otros 55 millones de propina en un 8% de participación en beneficios sólo por la venta de entradas de Endgame).

A fin de proporcionar contexto, ahí van unas cifras del resto de actores de la formación original de Los Vengadores: Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Jeremy Renner y Scarlett Morromórbidonsson se habrían embolsado veinte millones de dólares cada uno por Endgame (y la Johansson otros veinte por la tardía y decepcionante Viuda Negra, a la que dimos de hostias hasta en lo blanco de los ojos aquí). Así que la leyenda que compartimos contigo, oh incrédulo lector ávido de sabiduría, en el párrafo superior podría NO IR demasiado desencaminada, dado que Robert Downey Jr. se habría sacado entre 386 y 421 millones de dólares durante su paso por el MCU. A un cinco por ciento de interés, Robert Downey Jr. no tendría que volver a trabajar en su puta vida.
(Pero esto de actuar como que le gusta al bueno de Bobby, así que no sólo aceptó un papel en el Oppenheimer de Christopher Nolan, por el que ganó un Óscar y a través del cual se reconcilió con el cine de autor, sino que, a cambio de una cantidad inconfesable de pasta, ha aceptado regresar al MCU para un último alarido que, se supone, será un reboot general del mismo, esta vez como el villano Dr. Doom para Vengadores: Doomsday y Vengadores: Secret Wars).
"When I was 42, I did two films for Guy Ritchie and learned how to make big Hollywood movies with a civil British flare. I then played a guy named Tony in the MCU for about 12 years. And then recently, that dude Chris Nolan suggested I attempt an understated approach as a last-ditch effort to perhaps resurrect my dwindling credibility. So I share this with my fellow nominees, this has been an exceptional year."
Thunderbolts llega en un momento particularmente delicado. Todo el crédito acuñado durante las fases 1, 2 y 3, once años de «Saga del infinito», se fue directamente A LA VERGA durante la multiversal Fase Cuatro, donde por cada WandaVision nos metieron por el culo cuatro Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos, cinco Eternals, seis Doctor Strange en el multiútero de la chochocharla y catorce Thor: Love and Thunder (en la que jodieron una de las sagas que en la bitácora galardonamos como una de las más conmovedoras del cómic, aunque admitimos que no gozó del favor del público). El favor del público y de la crítica ha declinado espectacularmente desde Endgame. La calidad de las historias, el desempeño de los actores y el interés de los fans se ha despeñado e implosionado como el submarino ése del Titanic (que también una cosa te digo, amado lector, hay que tenerlos DE HORMIGÓN ARMADO para descender a cuatro kilómetros de profundidad en el mar, dentro de una nevera de plástico pilotada desde un mando de videojuegos).

Y esta decadencia de lo que antaño era una franquicia rentable y amada por las audiencias, lleva cinco años sucediendo porque la estrategia de Marvel/Disney (o sea la estrategia de Kevin Feige, ese señor que intentó boicotear Deadpool y Lobezno, la película de los mil trescientos millones de dólares de recaudación) de los últimos diez años la ha diseñado un grupo de piezas con menos luces que una narcolancha y que siguen cometiendo una y otra vez los mismos errores esperando obtener diferentes resultados. Hemos repetido hasta el agotamiento que no tiene absolutamente ningún sentido hacer películas que nadie quiere ver, y que cuestan de 200 a 300 millones, con la pueril esperanza de que suene la flauta del burro de Esopo y el estudio se meta en la buchaca mil o mil doscientos en recaudación. Y es un plan de negocio particularmente inepto cuando intentas hacer esas taquillas de récord a partir de guiones de mierda escritos por completos papanatas, guiones dirigidos por realizadores mancos o maniatados por los treinta mil folios de notas de producción redactadas por un comité, e interpretados por actores poco conocidos o dramáticamente lisiados, en papeles que nunca gozaron de un favor especial del público potencial de esas series y películas, que es básicamente el mismo público que hundieron, o directamente dejaron de comprar cómics, cuando esos mismos personajes aún no habían dado el salto a la pantalla.

Hay bitácoras, canales de Youtube, revistas, no descartaríamos que libros y probablemente también cátedras universitarias, que intentan explicar o aportan materiales de reflexión sobre este fenómeno de la «fatiga superheroica», expresión de deseo de una parte de la crítica cinematográfica que se pajea con películas iraníes en blanco y negro rodadas en lengua de signos al mismo tiempo que consideran deficientes mentales a todos los fans del cine palomitero. No vamos a hacer el mismo esfuerzo aquí. En parte porque nos da astenia y en parte porque no nos da la gana.

¿Hay una fatiga de películas de superhéroes? Opinión personal: todavía no. La habrá, antes o después. A lo largo de la historia del cine, las audiencias han vuelto la espalda a unos géneros para favorecer otros, sin menoscabo de que esas tipologías de películas olvidadas puedan hacer un retorno sorpresivo y encaramarse a las carteleras una vez más, durante un breve lapso de tiempo. El western estaba más que muerto en los años 90 como género mayoritario, hasta que Kevin Costner con Bailando con lobos y Clint Eastwood con Sin perdón le devolvieron una dignidad que no había conocido desde los tiempos de John Ford (y gozaron de una rentabilidad más que jugosa. Sin perdón costó unos quince millones, que recuperó íntegros en su fin de semana de estreno, y cerró su gira por los teatros con casi 160 millones en entradas vendidas. Bailando con lobos, desde sus veinte millones de presupuesto, se CORONÓ con más de 420 millones de recaudación global).

Luego, por supuesto, se subieron al carro un montón de vivillos que intentaban hacer pastuki con la segunda primavera del cine de vaqueros. Y como resultado tuvimos un montón de mierda cinematográfica infumable ambientada en el oeste y unos cuantos títulos respetables y dignos: El tren de las 3:10 (remake de un pequeño clásico del género), Valor de ley (curiosamente otro remake de otro clásico, éste gigantesco), Noticias del gran mundo, Hostiles, Appaloosa y Open Range, por poner sólo algunos ejemplos.

La gente que ha acuñado ese concepto bastardo de «fatiga superheroica» culpa de este teórico otoño del género dominante de las últimas dos décadas (otoño probablemente más imaginario que real) a un desplazamiento del interés de las audiencias... aunque no deja de ser curioso que esos mismos analistas no parezcan ponerse de acuerdo acerca de HACIA QUÉ OTROS PRODUCTOS o géneros cinematográficos se estaría desplazando esa atención. ¿YouTube? ¿Netflix? ¿El cine de Paul Thomas Anderson? ¿Los videojuegos? ¿TikTok? Como si el tipo que lloró y aplaudió cuando Thor reclamó el Stormbreaker obtuviese esa misma satisfacción durante una proyección de Licorice Pizza o subiendo al Interné vídeos suyos bailando a lo subnormal con fondo de reguetón. En fin, uno de los inconvenientes de las Redes es que le han dado voz a gente que estaría mucho más guapa callada.

La primera vez que me corrí en un cine.

En el Paratroopers opinamos que la pretendida fatiga superheroica es una quimera sin vida propia fuera de los mefíticos cerebros de los culturetas gafapastas que la idearon como expresión a sus más clasistas sueños húmedos acerca del cine. No tenemos pruebas, pero tampoco dudas. No se ha producido una brecha cultural que haya hecho pivotar el favor de las audiencias hacia otros temas y géneros (como sucedió con la contracultura de los sesenta y ochenta, alimentada por la ideología hippie y el rechazo a la guerra de Vietnam). No ha pasado tanto tiempo desde el inicio del MCU como para que una nueva generación dé la espalda a los personajes y las películas que conmovieron a sus padres. Lo que sí ha sucedido es que el cine y las series de superhéroes han saturado el panorama del entretenimiento. Que la cantidad ha reemplazado a la calidad. Que los guiones son cada vez peores, los directores se esfuerzan menos, el mensaje ha destronado al argumento, las decisiones creativas han caído en manos de psicópatas narcisistas que no entienden el producto, desprecian a sus clientes, no admiten que estén haciendo algo mal y siguen esperando, gastando cientos de millones de dólares como si saliesen de una fotocopiadora, a que la realidad les dé la razón de una puñetera vez.
La segunda.

No hay una fatiga de películas de superhéroes. Hay una fatiga de malas películas. Haz buen cine, y la gente volverá a sentarse en las butacas. Sigue haciendo truños y luego pregúntate por qué nadie quiere ver tu mierda de películas.

Sea como fuere, sea por los motivos que fuesen, Thunderbolts está aquí y recaudó poco más de 382 millones en taquilla. Que no se los gasta Ábalos en putas, presuntamente, en un día tonto, pero está muy lejos de la rentabilidad que una película de este coste de producción debería alcanzar para que el estudio la cuente como un éxito.
(Marvel/Disney guarda en secreto el presupuesto de esta producción para seguir ghosteando a sus accionistas acerca de cuánto se han devaluado sus carteras, pero nadie que sepa cuatro mierdas del tema será capaz de echar las cuentas de cómo coño podría Hollywood haber hecho un largometraje de este tamaño por menos de 150 millones de dólares. Y añádele otros cincuenta o cien en gastos promocionales. O sea, que para no ser inscrito en los libros de Marvel/Disney con tinta roja, Thunderbolts debería haber superado los cuatrocientos millones de recaudación. Para que te hagas una idea, Capitán América Brave New World, a la que Gary Buechler, la eminencia gris detrás de Nerdrotic, llama, con mucha mala baba, Capitán A(froa)mérica: Brave New World, ha ganado 415 millones en taquilla. Y Marvel/Disney y lo ha proclamado un éxito. Pero lo ha proclamado con la boca pequeña. Quizá porque mienten como perras cuando dicen que sólo ha costado 180 millones, cifra que CASI NADIE CON EL NÚMERO CORRECTO DE CROMOSOMAS SE CREE, ya sea porque todos los reshoots se han comido el beneficio, ya porque no nos hemos olvidado que Marvel/Disney nos la intentó meter de canto con el presupuesto de Doctor Strujo en el chuminoverso de la sororidad sáfico-racializada neurodivergente ).

"Robinson and Gonzalez have been told that overruns and reshoots drove the ‘Brave New World’ budget to $380M. With marketing costs added in, it’ll basically be impossible for the film to turn in a profit."
O sea, que Thunderbolts ha sido otro fracaso del MCU.

Después de ver la película, no hace falta preguntarse el motivo.

Te sientas a ver Thunderbolts y desde el minuto uno tienes la sensación de haber entrado en el cine (o en el salón de tu propia casa, si eres un puto hikikomori como el autor de estas líneas) diez o veinte minutos tarde. «¿Quién es toda esta gente y cómo coño ha llegado aquí?», te preguntas. Y es que no sólo te enteras muy pronto que, antes de verte Thunderbolts se suponía que deberías haberte visto primero Capitán A(froa)mérica: Brave New World, sino que, para entender quién carajo son los personajes y cuál es el trasfondo de cada uno, aparentemente también deberías haberte visto primero Falcon y el Soldado de Invierno, Ant-Man y la Avispa, probablemente también Ant-Man y la Avispa: Quantumanía, Black Panther: Wakanda Forever, Viuda Negra, Ojo de Halcón (a la que casi todo el mundo odia, pero que en la bitácora nos gustó, y esa apreciación no tiene nada que ver lo muy burros que nos pone Hailee Steinfeld) y a saber cuántas otras series y películas más del MCU.

Y, ¿qué quieres que te digamos, amado lector?, si los putos crossovers, que te obligan a seguir una misma historia entre varios títulos, ya nos encabronan cuando nos los encontramos en los cómics, que fue donde probablemente se inventaron, imagínate la gracia que nos hace la perspectiva de tener que vernos cuatro películas que no nos interesan, y tres temporadas completas de otras tantas series de televisión que nos comen los cojones por detrás, para que este desganado conato de blokbuster tenga algo remotamente parecido a un sentido.

Si una película no es coherente por sí misma, si no funciona como unidad narrativa autónoma, esa película está mal escrita, peor dirigida y pésimamente planeada.

Encima, el argumento de Thunderbolts tampoco es demasiado interesante o, nos tememos, más bien, está pésimamente desarrollado. Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus) quiere montarse su propio grupo de superhéroes, directamente bajo sus órdenes, e intenta primero eliminar todos los cabos sueltos que la vinculan a las operaciones encubiertas, rabiosamente anticonstitucionales, que ordenó en el pasado más inmediato. Pena que esos cabos sueltos sean Yelena Belova (Florence Pugh), o sea la Viuda Negra de Aliexpress,  Taskmaster (la pobre Olga Kurylenko), Ghost (Hannah John-Kamen), el U.S.Agente (Wyatt Russell), o sea el Capitán América de Hacendado, y Sentry (Lewis Pullman) y, digamos, se tomen a mal lo de que La Contessa intente churruscarlos como pollos a l'ast. Y el hecho de que entre ellos esté Sentry, tan hiperpoderoso como mentalmente inestable, sólo complica las cosas.

¿Que qué coño es Thunderbolts, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Pues es una especie de carísima Road-Movie sin pretensiones de permanecer en tu memoria, poblada de personajes de la lista B de Marvel con los que no tienes absolutamente ninguna conexión emocional, y por lo tanto sus dramas personales como que te la bufan, personajes que atraviesan unos arcos de transformación precipitados a la vez que predecibles e immotivados. El drama sucede de repente sin que entiendas muy bien cómo. Los personajes sufren y luchan y nadie te ha explicado aún por qué debería importarte lo que les pase. La película termina y tienes la sensación de haber desperdiciado malamente dos valiosísimas horas de tu vida. Un tiempo que ya no recuperarás, y que podrías haber dedicado a otra actividad más gratificante. Como descargarte vídeos del OnlyFans de Riley Reid.
Mein Herz in Flammen!

No, Thunderbolts no es horrible. Tampoco es fantástica. ¿Es aburrida? No especialmente. ¿Es entretenida? Sí. Pero en el mismo sentido en que nos entretiene cualquier programa de televisión al azar que alcanzamos zapeando un sábado de galbana, tirados en el sofá, programa que nunca veríamos a iniciativa propia, pero al que estamos dispuesto a darle la oportunidad de distraerte (no nos atrevemos a usar el verbo «entretener») porque te da pereza buscar otra cosa.

Para el espectador casual, que se mete en el cine huyendo de la caló, Thunderbolts es irrelevante. Irrelevante por su argumento. Irrelevante por sus personajes. Irrelevante por su desarrollo. Hay un par de buenas ideas en Thunderbolts (todo el tono de peli de espías y conspiraciones, o la subtrama sobre la enfermedad mental), pero lamentablemente no cayeron en manos de un guionista con un buen par de pelotas o un director mínimamente a la altura del reto. Florence Pugh no funciona como sustituta de Scarlet Pechonsson (que tampoco funcionó en su película en solitario como Viuda Negra) y cabecilla de este grupo de aturdidos antihéroes. Bucky Barnes está como desorientado (no somos los únicos que opinan que Steve Rogers debería haberle dado a él el escudo del Capitán América, en vez de a Anthony Mackie, pero ya sabemos, Black Lives Matter, negritud, afrocentrismo, otredad, reparaciones históricas, REPPPPPPPRSENTEISSSSHON) durante todo el metraje. Los demás personajes están, pero poco, y las interacciones entre ellos apenas generan interés. Y encima pillan a David Harbour para ser de nuevo el alivio cómico de la película en su papel de Guardián Rojo.
(Y, bueno, como muestra de lo devaluada que ha quedado la marca Marvel, señalar que la segunda de las inevitables escenas post-créditos, que debería habernos hypeado hasta el culo, en realidad nos dejó más fríos que un bacalao seco).

«¡AAAAAAH SOMMER, QUÉ HAS HECHO, QUE NO HAS PUESTO LA ALERTA DE ESPÓILERS!»

Te jodes.

Por chantajista.

Pero es que, para el espectador friki, el nerd gordo, miope y alopécico que se desposó con los cómics porque las chicas de clase no le hacían puto caso, Thunderbolts es, además, una lavativa de salfumán. Y hablo de ese tipo de espectador picajoso a quien el rótulo de «The New AvengerZ and Bob will return» de los créditos finales suena a amenaza (aunque a estas alturas estamos tan encallecidos que ya casi nada nos vulnera).

Entre otros motivos PORQUE ESTOS NO SON LOS THUNDERBOLTS.

Aunque la formación creada por Kurt Busiek y Mark Bagley ha atravesado diversas mutaciones desde su primera aparición, en The Incredible Hulk Nº 449, en enero de 1997, los miembros fundadores originales de los Thunderbolts no eran secundarios del universo comiquero Marvel, sino SUPERVILLANOS haciéndose pasar por héroes que venían a llenar el hueco dejado por los Vengadores, y otros paladines de la Casa de las Ideas, inmolados durante el evento Ongslauth. Como parte de una estrategia a largo plazo para convertirse en los Putos Amos, el Barón Zemo reclutó a Goliath, El Escarabajo, Piedra Lunar, Mimí Aulladora y El Arreglador, les dio nuevas identidades (Atlas, MACH-I, Meteorito, Pájaro Cantor y Tecno) y los hizo presentarse en público como los salvadores por los que clamaba una humanidad devastada por la desaparición de sus más poderosos héroes.

Como en los capítulos de Alfed Hitchcock Presenta o Colombo, en los que ves cometer el crimen durante el primer acto y sabes en todo momento quién es el culpable, la tensión dramática en los cómics de los Thunderbolts originales viene de su necesidad de mantener la farsa sobre sus verdaderas identidades y sus planes secretos... y de la tentación creciente de la virtud, la seducción de los vítores, los aplausos, la gratitud de un público que antes odiaba y vituperaba a estos inadaptados delincuentes, cada vez más distantes de su pasado criminal, más conflictuados por los planes de Zemo y más reacios a abandonar el equipo de los buenos, en los que, por primera vez, se sienten aceptados, celebrados, amados.

No hay prácticamente nada de eso en la película de Jake Schreier. No aparece Piedra Lunar usando su experiencia como psicóloga para mantener cohesionado y bajo control ese grupo de parias. No oímos romperse el corazón de Jolt, la única miembro original del grupo sin un pasado delictivo y a la que el Barón Zemo incorpora como maquiavélica estrategia para blanquear todavía más a su bizantino Caballo de Troya.

Y no aparece nada de eso porque Schreier ha dirigido, lo sepa o no, una versión bastarda, adulterada y travestida de Vengadores Oscuros.

Y no puede hacerlo mejor, el animalico, claro, porque los Vengadores Oscuros son fundados por Norman Osborn tras los acontecimientos de Invasión Secreta, a partir de una selección de antihéroes y criminales disfrazados de héroes (Sentry, Ares, Noh-Varr/Capitán Marvel, de nuevo Piedra lunar haciéndose pasar por Ms. Marvel, Venom usurpando el buen nombre de Spider-Man, Bullseye con el uniforme de Ojo de Halcón, Daken, el hijo de Lobezno, haciéndose pasar por Lobezno, y el propio Osborn con una armadura de Iron Man robada). Y Osborn es un personaje del lore de Spiderman, y Spiderman pertenece a Sony. Y a Sony hay que sacarle con tenazas y dinamita los derechos de autor cada vez que Marvel/Disney quiere incluir a su personaje en los eventos del MCU.

Y, como al frente de Marvel/Disney hay una caterva de simplones sin puñetera idea de qué hacer con la gallina de los huevos de oro que heredaron tras el megaéxito de Endgame, Thunderbolts fracasa en hacerle justicia tanto al grupo homónimo cuya historia de orígenes presuntamente nos cuenta, como a los Vengadores a los que viene a sustituir (hasta el ansiado y sospechado reboot de la franquicia que sucedería tras Secret Wars) como a los Vengadores Oscuros a los que realmente se parece.

¿Te vas a morir por ver Thunderbolts?

No.

¿Te van a quedar ganas de ver más aventuras de estos Vengadores de marca blanca?

Probablemente tampoco.

¿Tiene algún tipo de rumbo la estrategia empresarial de Marvel/Disney?

No lo parece.

¿Está justificada la HOSTIA en taquilla que se ha pegado el largometraje?

Huelga decirlo.

¿Nos queda algo que decir al respecto?

No realmente.

«¿Lo ves, Sommer? Si en el fondo tampoco ha sido para tant...»

«Espera, que me ha sonado el timbre».

«¡HOSTIA! ¡SOMMER! ¡TÚ NO ME HABRÁS ENVIADO A ESTE CALV…!»


[FX: Disparo silenciado]

[FX: Golpe sordo de un cuerpo sin vida cayendo al suelo]

Buen trabajo, Agente 47.