sábado, 29 de agosto de 2020

El elixir


Si eres lector habitual de la bitácora (¡JA!) estarás harto de este tema, con el que además intentamos darle al proceso creativo de un escritor más trascendencia de la que realmente tiene; si eres un recién llegado, tal vez esto te pille de nuevas. Ahí va: escribir es difícil.

Escribir no es algo que se pueda aprender en un libro, ni en un curso, ni viendo vídeos en YouTube, ni recibiendo Master Classes de un escritor, ni bebiendo sus fluidos corporales.

Escribir es una de esas actividades antipáticas que conllevan su propia pedagogía. Por eso, entre otras razones, goza de tan mala fama. Escribir no es algo que puedas adquirir sin esfuerzo (tuyo) y tiempo (tuyo). A escribir se aprende escribiendo o no se aprende de ninguna manera. El escritor se enseña a sí mismo a escribir; leyendo y sobre todo escribiendo. Y a veces se enseña mal, y así tenemos los libros que tenemos en las librerías. Alguno de ellos, no lo descartes, firmado por el autor de estas líneas.

Y éste es el punto de nuestra argumentación en el que entran en escena nuestros viejos amigos los vagos. Vagos convencidos de que escribir, en realidad, no es tan difícil. Que tiene truco. Que se pueden tomar atajos. Hablo de holgazanes que llegan a esto de la letrarragia armados con una herramienta que en realidad no comprenden pero con la que están seguros de tener todo lo necesario para triunfar donde otros, mejor dotados y más esforzados, siguen rompiéndose los cuernos día tras día.

Y esa herramienta omnipotente lleva el pomposo nombre de «El viaje del héroe».


Si pinchas en el enlace de la Friskipedia, leerás que el Viaje del Héroe es un modelo narrativo descrito por el antropólogo Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras. Según la tesis de Campbell, los mitos de épocas y países diferentes estarían estructurados en torno a una «receta» común, surgida no sé muy bien de dónde. Toda historia mitológica sería el relato de un rito iniciático, de profundo carácter espiritual (expresado por Campbell en categorías tan abstractas que probablemente sólo el propio Campbell las entendía), de una metamorfosis. Así pues, no existirían diferentes «mitos», sino uno solo, un «Monomito» (aquí Campbell le sisó la terminología a Joyce) aplicable a todas las épocas y culturas humanas. Y este molde narrativo sería rastreable en el mito de Prometeo, la leyenda de Osiris, la vida de Buda, el relato de la pasión de Cristo y hasta la autobiografía de Sasha Grey, el día que la escriba.

En palabras de la propia Sasha: «¡ghaahj jaagh gaah!».
En el Monomito, el héroe es arrancado de su mundo ordinario y recibe la llamada a la aventura, que le conduce a otro mundo, desconocido por él, donde debe superar una serie de pruebas y completar unas determinadas tareas. Si triunfa, recibirá «el elixir», un conocimiento, un regalo o un objeto de poder, y tendrá que decidir si regresa al mundo «normal» portando ese don. Novelistas, directores y guionistas de cine y televisión, dibujantes de cómics y hasta psicólogos han empleado esta fórmula como herramienta de trabajo sobre la que estructurar sus obras o investigaciones. Seguro que, a poco que te esfuerces, se te ocurre media docena de libros o películas en las cuales la fórmula de Campbell es particularmente visible.

El Monomito de Campbell se divide en tres secciones principales (hay quien, por aquello de la simetría, las convierte en cuatro): «La Separación», en la que el héroe parte hacia la aventura (y que equivale al Primer Acto de la estructura dramática clásica), «La Iniciación», que sigue al héroe en su viaje (Segundo Acto) y «El Regreso» (Tercer y último Acto), que refleja el retorno del héroe, transformado por su viaje, al mundo ordinario. A su vez, estas tres secciones se ramifican en hasta diecisiete etapas que, en la práctica, muy pocos mitos abarcan, limitándose, la mayoría de ellos, a fusionar u obviar varias; y por eso autores como Christopher Vogler hablan de doce etapas mientras que Phil Cousineau y otros las limitan a ocho.



La Salida se compone de cinco etapas:

1. La llamada de la aventura: el héroe, inmerso en su vida cotidiana, recibe una información que representa una llamada a lo desconocido. Siddharta descubre el sufrimiento. Teseo oye hablar del Minotauro. R2-D2 y C3PO entregan el mensaje de Leia a Luke Skywalker. Herbert Sommer ve su primer vídeo de Riley Reid.

2. El rechazo de la llamada: el héroe, temiendo no estar a la altura de la aventura, o acomodado en su vida rutinaria, se niega, en primera instancia, a atender la llamada. Bilbo Bolsón le dice a Gándalf que se pierda, que las aventuras te joden la cena. Luke intenta sacudirse de encima a ese viejo batallitas de Obi-Wan Kenobi. Riley Reid rechaza mis cartas de amor desesperado.

3. La ayuda sobrenatural o El encuentro con el mentor: ya comprometido con la aventura, el héroe recibe la visita de un tutor que le ofrece «el talismán», que le será útil más adelante en su aventura. Merlín guía a Arturo hasta Excálibur. En la Fortaleza de la Soledad, Clark Kent se instruye en el uso de sus poderes con videopodcasts de su fallecido padre extraterrestre. Obi-Wan inicia a Luke en los misterios de La Fuerza.

4. El cruce del primer umbral: el héroe deja atrás su mundo conocido y se interna en otro nuevo del cual desconoce las reglas y fronteras. Marty McFly viaja atrás en el tiempo. Supermán rescata a Lois Lane delante de toda la prensa de Metrópolis. Luke encuentra a sus tíos masacrados y decide seguir a Kenobi. Riley Reid prueba el coito anal.


Esperabas un gif de Riley, ¿eh, cerdo?
5. El vientre de la ballena: el héroe renuncia al mundo que conocía y al concepto que tenía de sí mismo y acepta que no podrá completar su aventura sin someterse a una transformación («metamorfosis», en la terminología de Campbell). Siddharta rechaza su vida de vicio y lujo y empieza a meditar sobre los orígenes de la infelicidad humana. Henry Jones II empieza a creer que la búsqueda del Santo Grial no era, después de todo, una quimera de su viejo. Harry Potter parte hacia Hogwarts.

La Iniciación abarca las siguientes fases:

6. Pruebas, aliados y enemigos: fase que se explica a sí misma, creo yo. El héroe mata dragones, trolls y orcos, hace amigos y también enemigos. Harry Potter conoce a Hermione Granger y Ron Weasley y hace buenas migas con ellos a la voz de ya; también conoce a Draco Malfoy y le cae como el culo desde el minuto cero. Maggie Simpson ve por primera vez al Bebé De Una Sola Ceja. Paul Atreides sobrevive a un par de intentos de asesinato orquestados por los Harkonnen y busca refugio entre los fremen de Arrakis.

7. El encuentro con la diosa: el héroe se asoma a la eternidad, a lo inefable, a la omnipotencia, a través del amor incondicional de una madre o figura materna. Ejem... salvo Frodo conociendo a Galadriel, que le muestra una desoladora visión del futuro, me ha costado un pelín encontrar ejemplos que pudiesen encajar aquí, y los que se me han ocurrido están tan traídos por los pelos (o contienen alusiones tan evidentes al vudú venéreo de Riley Reid) que mejor me los como y los defeco.


8. La mujer como tentadora: en esta fase, el héroe se ve expuesto a toda clase de seducciones que intentan apartarle de su aventura. Esas seducciones no tienen necesariamente por qué estar protagonizadas por una almizcleña ninfa contoneante (venga, dilo tú; no me hagas trabajar tanto), pero ayuda: Morgana Le Fay le baila la Danza de los Siete Velos a Perceval para que no encuentre el Grial. Taṇhā, Arati y Rāga («Deseo», «Desagrado» y «Lujuria»), las tres hijas de Mara, le hacen a Siddharta un strip-tease y un numerito fem-to-fem para perturbar su meditación e impedirle alcanzar el Nirvana. Calipso ordeña vaginalmente a Ulises hasta casi hacerle olvidar que él sólo estaba allí de paso en su camino a Ítaca. Y hablando de eso, la dulce Riley...

9. La expiación con el padre o el abismo: o no necesariamente el padre, sino una figura paterna investida de autoridad o poder omnímodo. Un personaje con poder sobre la vida y la muerte. Un dragón. Es el punto central del Viaje del Héroe. Su ordalía. Luke Skywalker descubre que es hijo de Darth Vader. Héctor sale a batirse con Aquiles frente a las puertas de Ilión, la de las desaforadas torres, consciente de que Aquiles tiene nueve probabilidades contra una de acabar con él. Gandalf le da una mano de hostias al Balrog.

10. La apoteosis:
el héroe sufre una muerte, real o simbólica, que le transforma irreversiblemente. A través de ella obtiene una fracción del conocimiento divino y se prepara para emprender el regreso al hogar. Gándalf el gris regresa del reino de los muertos transformado en Gándalf el blanco, que es lo mismo pero con más lejía. Sherlock Holmes regresa de su presunta muerte en las cataratas de Reichenbach. Paul Atreides bebe el Agua de la Vida.


«¡Te he dicho que aquí no se fuma, copón!».
11. El don final: la aventura ha terminado y el héroe recoge su premio. No tiene por qué necesariamente ser algo material. Puede ser un poder. Un conocimiento. Los Jones, padre e hijo, encuentran al fin el Santo Grial y beben las Aguas Sagradas (por el mismo precio, arreglan su relación de mierda y descubren que se siguen queriendo mucho). El juez retirado y misántropo encuentra una amiga (¿o esto pertenecería a la fase 7? Más sobre este tema abajo; sigue leyendo). Jamal descubre que Forrester le ha confiado el prólogo de su último libro. Jasón encuentra el Vellocino de Oro. Sara Sampaio llama a nuestra puerta y nos confiesa su amor infinito. Y trae de la mano a Riley Reid. Y Riley no está atada ni drogada.

El Regreso
, por su parte, abarcaría las fases:

12. La negativa a regresar: donde el héroe se revela como un verdadero cabestro y se niega a regresar al mundo real y compartir su don con sus semejantes. Siddharta, habiendo alcanzado ya la budidad, se cuestiona si tiene sentido intentar comunicar a la humanidad que ha encontrado la salida al eterno ciclo de renacimiento y muerte. Ulises se lo pasa tan bien entre los duros y bien aceitados muslos de Calipso que la nostalgia por su mierda de isla, su esposa caduca y su reino reseco de cagarrutas de oveja y moscas se le hace más llevadera. Max Rockatansky rechaza todas las oportunidades de regresar a la sociedad (aunque sea una sociedad punkarra y postapocalíptica) que se le hacen y regresa a su eterno vagabundeo, porque el mundo se ha terminado para él. Frodo está tan agotado tras su viaje al Monte del Destino que prefiere dejarse morir antes que intentar siquiera el camino de regreso.


13. El vuelo mágico: ocasionalmente, el héroe debe escapar con el don. Porque se supone que no debería tenerlo, o que no podía sacarlo de donde estaba custodiado. Se me ocurren montones de ejemplos, pero ninguno en esta etapa de la narración. El «Vuelo Mágico» suele ser un elemento temprano de la aventura y no uno de los finales: Prometeo roba el fuego de los dioses. El rey mono roba el Ruyi Jingu Bang a Ao Kuang, el «Rey Dragón de los Mares Orientales». Riley Reid me roba el corazón. ¿Gándalf y las águilas rescatan a Frodo y Sam?

14. El rescate del exterior: también, ocasionalmente, el héroe necesita ayuda para emprender el viaje de regreso, porque ha quedado tan confuso o hecho mierda por la aventura que no puede hacerlo por sí mismo. Atreyu y Fujur rescatan a Bastián, que ha consumido casi todos los deseos que el Auryn concede y perdido hasta su nombre, y lo llevan al manantial de las Aguas de la Vida, donde recupera sus recuerdos antes de abandonar Fantasía. Catwoman impide que Bane mate a Batman. Gollum «salva» a Frodo de su última rendición al anillo. (Pero ¿esto va aquí? ¡Si Gándalf ya lo ha rescatado! ¿A quién se le ha ocurrido este ejemplo mierdamónger? Sigue leyendo...). Thor hace la entrada en escena más apppppppppoteósica del jodido universo Marvel y decanta el combate a favor de Los Vengadores.


Er dio der trueno ej como un Thoro.
15. El cruce del umbral de retorno: en el que él héroe aprende cómo compartir con el mundo la sabiduría adquirida durante su aventura. Siddharta empieza a predicar su receta para emanciparse del sufrimiento. Blade renuncia a la cura que podría devolverle su humanidad y prosigue su misión contra los vampiros. Neo desafía por teléfono a Matrix y afirma su intención de «liberar» a toda la gente posible. Los Hobbits, de regreso en La Comarca, derrotan a Saruman y liberan a sus vecinos. Estoy hablando del libro, no de la película. Lee un poco, ágrafo de los cojones.

16. El maestro de los dos mundos: el héroe ha aprendido a compaginar el mundo interior con el exterior, lo material y lo espiritual. No, yo tampoco lo entiendo y me he roto el frenillo para encontrar ejemplos de esta fase, pero fuera de las figuras mesiánicas como Jesucristo, Osiris o Buda, no se me ocurre nada. ¿Paul Atreides convertido en el mesías de Dune, tal vez? ¿Luke Skywalker convertido finalmente en maestro Jedi? ¿Sasha Grey tras probar su primer batido de zumo de macho?

Esperabas un gif de Sasha, ¿eh, gorrino?
17. La libertad para vivir: el héroe está emancipado de su primitivo miedo a la muerte y puede afrontar el porvenir con corazón puro y el pasado sin remordimientos. Bastián regresa transformado a su mierda de vida real y sorprende a su propio padre con los cambios que ha experimentado su carácter. Bruce Wayne decide que puede vivir sin Batman, finge su propia muerte y se larga a empotrar a Selina Kyle (no, nosotros tampoco entendemos cómo se pagan los condones). Los hobbits prosperan en La Comarca, pero Frodo debe partir a Valinor con los últimos elfos, porque la herida de la daga de Morgul nunca sanará. Luke quema el cadáver de su padre, y con él el pasado.

En serio, este plano sobraba.
Como ya he dicho, esta fórmula ha sido revisada y corregida por diversos autores desde que Campbell la publicó. Hay quien añade fases, como «El nacimiento milagroso del héroe» (Jesús de Nazaret nacido de una virgen, Anakin Skywalker de otra, Moisés hallado en un cesto, a la deriva en un río, Merlín engendrado por un demonio íncubo), y hay quien se las quita y refunde varias en una, pero es innegable que numerosos autores han recurrido al Viaje del Héroe para estructurar sus obras. George Lucas y los entonces hermanos, ahora hermanas, Wachosky, no han hecho ningún esfuerzo por disimularlo. Tanto El hobbit como El señor de los anillos son casi arquetipos del Monomito.

Pero la pregunta es: ¿El Viaje del Héroe es una plantilla de aplicación universal?

La respuesta es no. No todos los viajes son «viajes del héroe». No todas las historias respetan el algoritmo de Campbell, gracias a Dios.

Una cosa que siempre me perturbó del Monomito de Campbell es su inexorable direccionalidad. A la ayuda sobrenatural siempre precede la llamada a la aventura y la revelación conduce a la transformación, pero nunca al revés. El patrón del Viaje del Héroe admite la posibilidad de que el héroe se salte algunos pasos o que varias de las fases de su viaje se amalgamen en una sola, pero no permite los saltos atrás, la retrocesión. Ateniéndote a la receta campbelliana, puedes acabar una aventura en el paso 17, «Libertad para vivir», y empezar una nueva odisea en otra «Llamada a la aventura», pero no puedes alcanzar el punto 10, «La apoteosis», decidir que eso de metamorfosearse no es para ti y saltar al punto 2, «El rechazo a la llamada».


Admítelo: te comerías ese peluche. Y al koala también.
En este sentido, el Viaje del Héroe convierte al héroe en una marioneta sin ningún control sobre su destino. Ésta es una idea congruente con la estructura de los mitos clásicos grecolatinos y con los mismos Evangelios (Jesucristo tentado en el huerto de Getsemaní, torturado, crucificado, muerto y resucitado; pasos 8, 9 y 10 del Monomito), donde todo está predeterminado y el héroe es una hoja en el viento del destino: Layo, rey de Tebas, entrega a su hijo Edipo, todavía bebé, a un pastor con la orden de que lo deje morir en el bosque. Layo intenta así impedir que se cumpla la profecía según la cual Edipo le matará y destronará y cometerá incesto con su propia madre. Recogido por otros pastores y criado en la corte de Pólibo, rey de Corinto, Edipo, ya adulto, consulta al Oráculo de Delfos, que le revela la misma profecía que desencadenó su destierro y huye de Corinto a fin de preservar la vida de Pólibo y evitar el incesto con su madre, la reina Mérope, únicos padres que conoce. Camino de Tebas, se encuentra con su verdadero padre, al que obviamente no conoce de nada y que tampoco ha visto nunca a su hijo, le mata por un quítame allá esas pajas y acaba convertido en rey de la polis y empotrando a Yocasta, su madre.
(Y cuando descubre que ha estado arponeando el único bacalao que le estaba vedado, los de sus hijas aparte, se autotiresia con la aguja de una hebilla).
En los relatos legendarios de la antigüedad clásica, el destino es una fuerza inexorable contra la cual ni los hombres ni los dioses pueden oponer resistencia alguna. En el Monomito de Campbell, el héroe puede tomar atajos, pero no emanciparse del esquema. Está encadenado a él. Todos sus actos, todas sus decisiones, están predeterminadas y por lo tanto carecen de trascendencia, puesto que el héroe carece de auténtico libre albedrío. No es más que otra pieza de la maquinaria narrativa. Es un juguete del destino. Un pelele. Nada que recuerde ni remotamente a un héroe, que es un personaje que toma decisiones, no un personaje al que simplemente le pasan cosas.

La direccionalidad del Viaje del Héroe destruye todo sentido a su epopeya. No se transforma porque quiera, sino porque no le queda otra que hacerlo. No recibe la revelación porque haya superado las pruebas y tentaciones, sino porque tenía que recibirla y vía. No vuelve al hogar más sabio porque haya extraído sabiduría de su experiencia, sino porque así estaba prescrito.

El esquema del Viaje del Héroe convierte todas y cada una de las etapas del personaje en un accidente predecible, y sin embargo inevitable. Y al héroe en un pelanas. Y la historia que queremos contar, en un formulario re-pe-ti-ti-vo.

Otra crítica que se le puede hacer, se le ha hecho y se le hará, al Viaje del Héroe es que Campbell se aseguró de hacer su esquema narrativo tan etéreo, tan extraordinariamente genérico, que puede ser aplicado con carácter casi universal a cualquier tipo de historia. Precisamente porque Campbell tuvo mucho cuidado de no elaborar un modelo excesivamente restrictivo que pudiese socavar su tesis original. Tampoco se molestó demasiado en documentar sus afirmaciones, lo cual hace casi imposible refutarlas. Y si las tesis de Campbell no son falsables, no son científicas. Y si las etapas del Viaje del Héroe no son científicas, El héroe de las mil caras es un Ron Jeremy de Campbell indigno de la atención que ha atraído y de los ríos de tinta que ha hecho correr.

Y eso es en buena medida debido a que, a la hora de elaborar su esquema, Campbell no resaltó las diferencias entre los distintos mitos de diversas épocas y culturas, sino que buscó deliberadamente las similitudes, aunque fuesen anecdóticas. Se aprovechó de lo que le valía para investir de autoridad a su teoría y dejó fuera lo demás. Buscó el mínimo común denominador. Además, y aunque Campbell proclama el carácter universal de su «Viaje», el carácter etnocéntrico de sus premisas es sangrantemente cristalino. Campbell era un antropólogo blanco, estadounidense, de educación católica y heredero de la cultura grecolatina, y cuando estudia los mitos de otras épocas y pueblos, no puede evitar hacerlo desde su condición de hombre blanco, estadounidense, católico...


El Monomito de Campell es un Monomito occidental, judeocristiano, blanco y heredero de la antigüedad clásica.


Esta imagen no tiene ninguna relación con el texto, pero mola mazo.
Y masculino. ¿Dónde están las mujeres en el ciclo de Campbell? No, en serio. No quiero ponerme en plan aliade pero ¿dónde están las mujeres? Porque la tesis de Campbell es perfecta para aplicar al provinciano que conoce al mago, deja su mierdosa aldea natal, adquiere la magia, derrota a varios siervos del Señor Oscuro, mata al dragón y vuelve a su granja cargado de tesoros y con el pito untado aún en la esencia uterina de la princesa. Salvo por el fornicio, esa fórmula se aplica a Luke Skywalker y a Bilbo Bolsón, pero ¿también a Max Rockatansky? ¿En serio? ¿En qué momento el loco Max «resucita» y «vuelve al hogar»?

Pero volvamos a las mujeres, que te veo con ganas de hablar de las mujeres. ¿Qué me dices de Jane Eyre? ¿Y de Offred, la protagonista de El cuento de la criada, de Margaret Atwood? ¿Cumplen con los requisitios del Viaje del Héroe? ¿Es que las mujeres atraviesan las mismas fases de iniciación que los hombres? ¿Ah sí? ¿Qué fase del Viaje del Héroe es la primera menstruación? ¿Las mujeres núbiles tienen los mismos ritos de paso que las menopáusicas? ¿Las reinas que las campesinas? ¿Y por qué cojones el héroe/la heroína sale más fuerte y más sabio de su experiencia, por qué no vuelve a su aldea amargado, enfermo, hecho fosfatina y cagándose en todo el linaje del mago desde los tiempos del pterodáctilo o, como el Max de Mad Max, no vuelve jamás, porque se ha transformado en aquello que más odiaba y, para acabar de cagarla, ya no tiene un hogar al que regresar?
¡Testosterona a saco! ¡Decid «macho»! ¡MÁS FUERTE!
Mira un par de ejemplos de historias que se cagan, de forma más o menos explícita, en el Viaje del Héroe:

Dune, de Frank Herbert, es un esfuerzo deliberado por construir una narración que aparentemente respeta todas las convenciones del Viaje del Héroe pero, en la práctica, hace escarnio del Monomito de Campbell y se mofa de su inflexibilidad y determinismo. Paul Atreides encarna un héroe oportunista que sigue todas las etapas de su Viaje porque no le queda otra. Para él es una cuestión de supervivencia. Si quiere conservar la vida en Arrakis, obtener la protección de los Fremen para él y para su madre y su respaldo en su lucha contra los Harkonnen, debe aprovecharse de las profecías, supersticiones y mitos sembrados para su conveniencia por la Misionaria Protectiva (las Bene Gesserit especializadas en religión y mitología) y convertirse, a su pesar, en el Kwisatz Haderach, el mesías esperado por los Fremen y por las propias Bene Gesserit.

(Y encima Paul, como agravio al héroe Campbelliano, está atado por las visiones de un futuro que le confunden y apenas le dejan margen de maniobra).
Tanto Paul como su madre Jessica explotan el carácter supersticioso y fanatizable de los fremen para recorrer los pasos del Viaje del Héroe que les conduzcan a su venganza sobre los Harkonnen y el Emperador mismo. En el camino, Paul se convierte en una figura ominosa y se echa a las espaldas las vidas y los destinos de millones de personas. Como mesías de los fremen, Paul desencadena una yihad, un auténtico genocidio en la galaxia. En una entrevista a la revista Omni de julio de 1980, Frank Herbert lo explicaba así:
"Demagogues, fanatics, con-game artists, the innocent and the not-so-innocent bystanders-all were to have a part in the drama. This grows from my theory that superheroes are disastrous for humankind."
Si los errores de una persona normal solo le alcanzan a él y a las personas más cercanas, los errores de un héroe pueden alcanzar proporciones apocalípticas. Paul Atreiudes recorre el Camino del Héroe y acaba presidiendo un culto fanático de asesinos ávidos de sangre y desencadenando el asesinato de naciones enteras.

Pronto en las mejores salas... y en las peores creemos que también.
Frank Herbert no le tenía demasiada simpatía al Monomito de Campbell, pero la sutileza de su refutación del Viaje del Héroe se le pasó por alto a algunos.
"[one of my themes for Dune was] Don't give over all of your critical faculties to people in power, no matter how admirable those people may appear to be. Beneath the hero's facade you will find a human being who makes human mistakes. Enormous problems arise when human mistakes are made on the grand scale available to a superhero. [...] Heroes are painful, superheroes are a catastrophe. The mistakes of superheroes involve too many of us in disaster."
La puesta al día de Star Trek firmada por J.J. Abrams en 2009 es otra historia que funciona perfectamente a pesar de sodomizar por los oídos el Viaje del Héroe.

¿Cuál mierda se supone que es la metamorfosis del capitán Kirk de Chris Pine? Empieza la película siendo un capullo que hará lo que haga falta y dirá lo que sea necesario para demostrar que tiene razón y acaba la película siendo un capullo que hará lo que haga falta y dirá lo que sea para demostrar que tiene razón, ah, y capitán del Enterprise, que se me olvidaba. Es un fullero, prepotente, arrogante y manipulador pedazo de mierda en el primer acto y sigue siendo un fullero, prepotente, arrogante y manipulador pedazo de mierda al final del tercer acto. Nunca duda de sí mismo. Considera obstáculos a todos aquellos incapaces de ver lo maravilloso que es. Desprecia a la gente que no comprende que él siempre acierta. Lo único que le importa a este Kirk es ganar a cualquier precio y, por desgracia, los acontecimientos acaban recompensando su proceder, así que no ve necesidad de transformarse, de renunciar a una parte de sí mismo para renacer como mejor persona. Kirk no tiene arco de transformación. Pura y simplemente, se hace cada vez más y más Kirk.


En Star Trek, la dinámica del drama se construye en torno a las personalidades encontradas de Kirk y Spock. Kirk es agresivo, impulsivo, instintivo; Spock es cerebral, lógico, reflexivo. Kirk quiere perseguir a Nero aunque sea hasta el infierno, rescatar al capitán Pike y destruir la nave romulana. Spock quiere reunirse con la flota de la Federación, informar de la destrucción de Vulcano y regresar con refuerzos. El conflicto sólo termina cuando Spock, provocado por Kirk, cede, temporalmente, a su naturaleza humana, y, consciente de sus conflictos, pierde la fe en su propia ecuanimidad, que ahora admite puede estar condicionada por los sentimientos y emociones que lleva toda la vida reprimiendo, y renuncia al mando, dejando a Kirk el camino libre a la silla de capitán.

¿Qué parte del Monomito de Campbell respeta esta película? Porque Spock sí que sufre una transformación: se vuelve un poco más humano (tanto como pueda serlo un vulcaniano) y acaba asumiendo que no puede mantener el control sobre absolutamente todo, pero James Kirk sigue siendo el mismo cabra loca follamisses que hackeó la simulación del Kobayashi Maru, exponiéndose a ser expulsado de la Academia de la Flota Estelar, sólo para poder decir, con sus santos cojones, que era el único cadete que había superado la prueba. ¿Quién es el personaje principal de Star Trek, el héroe de la película? ¿Spock o Kirk? Spock se transforma, Kirk no. ¿Spock es el personaje y Kirk un comparsa? ¿Entonces por qué se reparten la mayor parte del tiempo en pantalla y comparten escena tan a menudo? No pretenderás hacerme creer que Kirk es un secundario en Star Trek, ¿verdad?

Los fanfatales del Viaje del Héroe no se dejan aturrullar por sus evidentes deficiencias. Una de sus muchas justificaciones, cuando una historia no se adhiere mecánicamente al Monomito de Campbell, es que el ciclo no tiene por qué ser lineal, que el autor puede escoger el orden en que su héroe atraviesa las diferentes fases y prescindir de las que no le sirvan (lo cual entra en flagrante contradicción con la tesis de Campbell). También argumentan que una misma historia puede abarcar varios ciclos sucesivos (en cada uno de los cuales el autor puede escoger unas etapas y olvidarse de otras). ¿Me estáis diciendo que la metamorfosis puede ir al principio, en vez de al final? ¿Qué sentido tiene entonces la estructura en fases, cuando la puñetera apoteosis es la pieza central de todo el Monomito de Campbell y la meta a la que su receta apunta? Es más, ¿por qué coño todas las historias deben acabar con una metamorfosis del protagonista? ¿Es que no se pueden escribir historias sin metamorfosis?

¿Se transforma James T. Kirk al final de Stark Trek? Ya hemos visto que no. ¿ Y Clarice Starling al final de El silencio de los corderos? ¿Se transforma Marty McFly al final de Regreso al futuro? ¿Sufre una metamorfosis Jake Gittes al final de Chinatown? ¿El Nota se transforma al final de El gran Lebowski?

No. Ninguno lo hace. Y sus historias sigues siendo coherentes. Siguen siendo buenas historias, incluso grandes historias. Porque no todas las historias tienen necesariamente que incluir una transformación del héroe ni representar un viaje espiritual.

En conclusión, el Viaje del Héroe de Campbell es una herramienta práctica, siempre que tengamos muy presentes sus limitaciones. El viaje del Héroe es «El Viaje del Héroe con pilila». Más aún: es «El Viaje del Héroe con Pilila que Sale de su Pueblo Pelín Amariconado y Regresa Machote Total». No contempla más que una categoría de héroe: masculino y en última instancia triunfante. Es un relato de las etapas del desarrollo de la personalidad masculina. A priori, no sirve para nada más. No sirve para contar historias de perdedores, por ejemplo (¿qué Viaje del Héroe recorre la tripulación de la Firefly?). Y si no sirve para todos los arquetipos de personaje, no es universal. Y si no es universal, el Viaje del Héroe de Campbell es una engañifa.

Lo siento, chicos, sigue sin haber alternativa al trabajo duro.

Leed a Campbell, si queréis. Aplicad el Viaje del Héroe a vuestras historias, si os da la gana, pero Campbell no va a escribir por vosotros y, si vuestra historia es una mierda, lo seguirá siendo con metamorfosis y sin ella.

Ahí queda eso, prendas.

Nos veremos en el infierno.

viernes, 14 de agosto de 2020

"Did you see the sun rise this morning?" (y II)

Estimados amigos de Google y putas de vuestras madres:
La nueva interfaz de Blogger es preciosa. En serio. Es más bonita, sexy, aterciopelada y sin gluten que una puesta de sol sobre el culo sudado de Sara Sampaio. Realmente agradezco el esfuerzo que habéis hecho para proporcionarnos a los usuarios una experiencia sensorial agradable. Como saborear una buena tortilla de patatas, o el orto de Riley Reid.
Ahora bien, con la nueva interfaz me resulta absolutamente imposible trabajar. Tareas tan sencillas como intentar corregir un error tipográfico y salvar los cambios o actualizar una entrada ya publicada hacen que el puto editor rompa por todas partes. Y al volver a la interfaz clásica (que mira que ya daba problemas, como los caprichosos saltos de párrafo que no hay Cristo de corregir, los marcos de imagen que, una vez borrados, no desaparecen del todo o la predisposición de la aplicación a hacer desaparecer entradas o moverlas de un mes para otro, regurgitar las imágenes y moverlas por todo el documento, petar cuando salvas, petar cuando actualizas, petar cuando haces vista previa, petar cuando acabas de corregir un error y salvas el nuevo archivo...) me he encontrado con el divertido fenómeno de los párrafos saltarines. Literalmente tengo que perseguir cada puta línea de texto por toda la pantalla para colocar el puntero o el cursor donde yo quiero y no donde a la aplicación le sale de los cojones. De hecho, éste es el segundo puto intento de publicar la presente entrada.
En el editor.
Ya sé que los usuarios de blogger no pagamos con dinero el servicio de alojamiento en sí, y probablemente penséis que no tenemos derecho a quejarnos, pero si no queréis que la poca gente que aún os soporta migre masivamente a crear contenidos por la patilla a wordpress o algún otro rival os recomiendo que contratéis ingenieros informáticos que no se hayan sacado la carrera comiendo pollas y sodomicéis hasta la muerte a los responsables de este cipostio.
En Matrix.
Nos veremos en el infierno.
Atentamente, Herbert Sommer
Deutschland!
¿Te has planteado alguna vez cuánto cuesta un libro?

Mein Herz in Flammen!
No, no te pregunto si sabes cuánto pagas por él en la librería. Te pregunto si sabes cuánto cuesta hacerlo.

En una entrada anterior te he puesto dos ejemplos de libros de mi autoría, uno de 157 000 palabras y otro de más de 680 000. El mayor de ellos me llevó unos siete años de trabajo. A unos doscientos sesenta días útiles por año, suponiendo al escritor una semana laboral de lunes a viernes, eso son 1 825 horas. Realmente es muy difícil computar el valor de la hora de trabajo de un escritor, o al menos a mí me lo parece. ¿A qué se parece el trabajo de un escritor? Tiene un innegable componente de trabajo de oficina, literalmente sentarse a una mesa y escribir. Sin embargo también se parece al trabajo de un investigador, o sea meter la cabeza en libros, apuntes, enciclopedias, manuales, o e Internet, que siempre es muy socorrido, para una prospección de horas, o incluso días, que se traducirá en una frase o un párrafo que, a lo mejor, termina cayéndose del borrador definitivo. Y, en cierta manera, esto de escribir paridas también se parece al trabajo de un profesor, un profesor con un solo alumno, que es el escritor mismo y luego ya, si eso, sus lectores.

Si nos quedamos con este último baremo y tomamos la media del salario de un profesor, que está en torno a los 17 euros la hora, el Libro Grande de mi ejemplo estaría valorado en unos 31 000 euros solo en mano de obra. Eso son menos de cuatro mil quinientos euros al año por siete años trabajados en el proyecto. Un poco más de lo que cobra la mayoría de los escritores españoles en derechos de autor.

Y que es básicamente una mierda pinchada en un palo y quien sabe si una de las razones por las cuales los anticipos a cuenta de los derechos de autor que se pagan en España son tan miserables. Si fuesen a retribuir a un escritor en base al concepto de horas dedicadas a la redacción de un libro (descontado todo el tiempo que no está escribiendo, sino pensando en una escena, imaginando un personaje, probando en su cabeza un diálogo antes de ver cómo queda en la página...), nadie escribiría. Nadie.

Hay otro baremo para medir el valor de un libro, que es la cantidad de ejemplares vendidos. Como todo artículo susceptible de ser serializado (un disco, un cómic, una película, ya sea a través de las copias físicas o digitales o de la venta de entradas), el libro puede convertirse en un producto de alto valor añadido por simple volumen de ventas. Es a causa de ello, entre otros motivos, que al escritor no se le paga un sueldo, sino un porcentaje sobre el precio por copia. Porcentaje que da entre pena y asco, con un poco de risa tontuela y que raras veces supera el 10% del importe del libro.


(Otro de los motivos de que el escritor no cobre un salario es que los editores también tienen que comer y a algunos escritores cojonazos, como el servidor de ustedes, les puede llevar incluso siete años acabar una novela. Ponte en el pellejo del editor e imagina pagarle los porros y el JB a un escritor durante siete años para tener un libro que, a lo mejor, ni se acaba vendiendo porque es ilegible).
Pero no, no voy a hablar ahora de la paradoja de que el responsable del 90% del trabajo se lleve solo el 10% de los beneficios. Quizá en otro momento.
Los cuadros fantasma: ni están ni se pueden eliminar.
No hemos terminado de calcular el valor del libro. Seguimos:

Quiero que pienses otra ves en ese libro-peñazo que me llevó siete años acabar. O en ese fétido clon híbrido de 50 sombras de Grey y Harry Potter que has escrito. Ya sabes, ése en el que una Hermione con una hidra tatuada en el pubis y barbells en los pezones se ajusta un strap-on y encula a Ron Weasley sin vaselina. Querrás enseñárselo a algún agente literario o algún editor, ¿no? Alguien de la industria que tal vez le encuentre hueco en su desangelado catálogo. Pues que sepas que te conviene protegerlo primero en el Registro de la Propiedad Intelectual. Tonto serías si no lo hicieses. Asegura tu trabajo y tal vez no tengas que llorar luego porque una editorial desalmada le ha dado tu libro a un escritor de la casa, que ha cambiado cuatro chuminadas, la ha publicado y se ha embolsado la pasta que podría haber sido tuya.


Tengo dos noticias para ti: una mala y otra peor: la mala es que el registro de la propiedad intelectual no es gratis. La peor es que en plena era digital siguen exigiendo para el trámite que presentes una copia impresa en DIN A4. Vale, calcula: mis 680 000 palabras de novela-río (argot de autor para «ladrillazo ilegible») se traducen en casi dos mil páginas. Dos mil páginas que hay que imprimir y encuadernar. Eso son cuatro volúmenes, en el caso que nos ocupa (porque la máquina de encuadernar no daba para más). Cuatro guías telefónicas que como te caigan en un pie te lisian seis meses. Hay que comprar los folios. Si los robas en el curro te saldrán más baratos, pero si te pillan y te chutan a la calle no se te ocurra decir que fue idea nuestra. Aprovecha la experiencia para hacer Arte desde el dolor y recuerda que a la Literatura se viene llorado de casa. Además de los folios hay que comprar las fotocopias o el tóner de la impresora. Hay que pagarle al de la tienda de reprografía el coste de las encuadernaciones, que ese hombre tiene hijos que mantener. Y luego tienes que presentarte en el registro, con tu mejor sonrisa, y lograr convencer al simpático funcionario mal pagado que lleva el bisnes de que no, hombre, no, ¿cómo se le ocurre?, no le estás intentando colar cuatro libros por el precio de uno.


«¡Qué cosas tienes, hombre!»
Así pues, el coste material de nuestro libro es horas de mano de obra + gastos en material de oficina + gastos de registro. Los dos primeros valores son variables, el segundo ronda los once euros por cuenta propia (cuando autor y titular de derechos son el mismo ternasco) y se pone en casi treinta por cuenta ajena (cuando la autoría y la titularidad de derechos sobre ese libro no recaen en la misma bestia).

Bien, ahora a mandárselo a tu editor.

Antiguamente, a todos estos gastos citados más arriba había que sumar el coste de las copias y sellos. Sí, copias y sellos. Aunque llevamos décadas usando ordenadores y disfrutando del correo electrónico, hasta no hace tanto tiempo las editoriales interesadas en tu libro de mierda seguían exigiendo que les enviases por correo una copia impresa, paginada y encuadernada. Eso significa sobre grande (ande o no ande) y sellos. Ahora imagínate tener que contestar a diez editoriales y hacer diez copias de esa losa de casi dos mil páginas y empezarás a entender por qué en el Antiguo Régimen (y en la mayor parte del nuevo) a esto del libro solo se dedicaban los curas y los ricos.

Este desembolso se ha eliminado desde que prácticamente todas las editoriales, agencias y certámenes literarios empezaron a aceptar un archivo informático enviado por correo electrónico, pdf, doc o lo que sea, en vez de una copia en papel, debidamente encuadernada y paginada. Que algunos concursos tenían delito, ¿eh? Me parece recordar que al Planeta (¿era al Planeta?; no pondría la mano en el fuego) tenías que presentar cinco copias de tu obra, por si llegaba a finalista (así, cada miembro del jurado tenía su propio ejemplar, y no, cuanto más lo pienso menos convencido estoy de que fuese el Planeta). Cuando todavía participaba en concursos (eso se acabó, no diré que para siempre por las mismas razones por las que no diría «este cura no es mi padre», pero se acabó), descartaba automáticamente todos aquellos que exigían enviar varias copias del relato, cuento o novela. Un gravamen absurdo que nunca obtenía recompensa. Desde hace algún tiempo aplico un criterio parecido a las editoriales. Si el editor es de esos señores chapados a la antigua que no quieren ni oír hablar de enviarles el libro en un pdf adjunto a un correo, ni me molesto. El papeleo que se ahorran ellos es también papeleo que me ahorro yo, y encima dinero.


Si consigues editor llegado a este punto, se acabaron, en teoría, los gastos y comienza la senda de los beneficios.


Pero ¿y si te han rechazado ya todas las editoriales del orbe y decides decantarte por la autoedición?

Bueno, pues en este caso es cuando comienza la diversión.

Autoeditarse no es gratis. No es ni siquiera barato. Autoeditarse significa básicamente que tú asumes todos los trabajos y todos los gastos del editor, ese señor que tiene una plantilla de profesionales especializados en los diversos trabajos que conlleva la creación del libro como artículo serializable. Te hablo de gente que se ha formado para dominar las disciplinas y técnicas de su oficio. Un oficio que no es el tuyo. Que no se puede aprender en un fin de semana. ¿Sabes maquetar un libro? ¿Sabes lo que son las viudas y huérfanas o los ladillos; sabes algo de diagramación? ¿Sabes escoger la tipografía adecuada? 
Ahí te quedan varios ejemplos.
¿Sabes generar un pdf para imprenta? ¿Sabes usar InDesign y Photoshop, los estándares de la industria editorial? E incluso aunque planees sacar tu obra solo en formato electrónico, ¿sabes convertir tu archivo .doc en un eBook? ¿Sabes siquiera cuántos formatos diferentes de eBooks existen, cuáles son los más populares y cómo formatear tu texto a esos formatos?

Si la respuesta a esas preguntas es «no», vete preparando la billetera, porque tendrás que pagarle a alguien que te haga todos esos trabajos. O encontrar a un pagafantas que te lo haga gratis. Probablemente a cambio de sexo oral.

Si la respuesta es «sí», no te pongas muy gallito, que aún no he acabado contigo.


Si quieres publicar tu libro, sí o sí, necesitas un número de ISBN.
Y eso tampoco es gratis. 45 euros cuesta el trámite. Antaño era posible sacarse uno por la patilla en Canadá, donde es gratis, pero los canadianos, que lo creas o no, tontos no son, se dieron cuenta de que un montón de vívales de todo el mundo estaban registrando sus obras bai de feis en Canadá y pusieron como requisito para completar el trámite el aportar una dirección postal real en Canadá a la que enviar la documentación. Hay una forma de que te salga más barato, y es darte de alta como editorial. Y así puedes conseguir lotes de 10 códigos ISBN por 95 euros (9 euros y medio por código) o, si planeas escribir muchos libros, 100 códigos por 549 euros. Y no, no los puedes revender. Están a tu nombre como editor y te jodes.
Pero ¿realmente quieres darte de alta en la agencia del ISBN como empresa? Eso significa presentar la declaración de la renta todos los años, aunque declares cero beneficios. Presentar los pagos del IVA cada tres meses, aunque no tengas IVA que declarar. Ah, ¿que no tienes beneficios? Huy huy huy huuuy, una empresa sin actividad, huy huy huy huuuuy, que se está rifando una inspección de la Agencia Tributaria que ríete tú de ese incómodo momentito rollobóller que tuviste con tu compañera de colonias.



Y todavía no hemos hablado del diseño de portada. La portada es lo primero que van a ver tus lectores. Debe ser atractiva, llamativa; debe despertar en ellos el deseo de leer el libro, o al menos asomarse a las primeras páginas. ¿Cómo piensas hacerlo? ¿Sabes algo de diseño gráfico? ¿Vas a pagar por una imagen de stock, acudir a un banco de imágenes gratuito, sacar tú mismo una foto o hacer un dibujo con Plastidecores o pillar de Google la imagen que más te guste y confiar en que el titular de los derechos no te descubra y te ponga una demanda de te cagas por las bragas?
Y todavía no hemos hablado de la promoción. ¿Vas a anunciar el libro en prensa? Pues eso hay que pagarlo. ¿En televisión? Ve rehipotecando tu casa. ¿En Youtube, con un booktrailer? Enhorabuena. ¿Quién va a hacer ese booktrailer? ¿Tú? ¿Y qué sabes tú de publicidad o de cine? ¿Vas a contratar actores? Esa gente suele cobrar por sus servicios, ya te voy avisando. ¿El booktrailer tendrá música? ¿Y qué te cobrará el compositor y los intérpretes? Vale, dejemos el tráiler. ¿Has previsto enviar «ejemplares de cortesía» de tu libro a revistas editoriales, suplementos culturales, blogs y emisoras de radio? ¿Y tienes el permiso de los directores de esas revistas o secciones para enviarles tu mierda de libro? Y, en el caso de que opines que es mejor pedir perdón que pedir permiso, ¿tienes siguiera las direcciones de toda esa gente? ¿Estás dispuesto a asumir el pago de una multa por envío de spam electrónico?

Escribir un libro parecía fácil. ¿A que sí? Porque los escritores somos unos putos vagos, ¿o no lo somos? Y, encima, todos aspiramos a convertirnos en unos Robin Masters de la vida.

Otro párrafo, la misma mierda.
Dime si lo de montar un puesto de churrero no empieza a parecerte una alternativa vital más que atractiva. Por eso mismo, en aquel decálogo para escritores que te ofrecimos hace tiempo, el primer consejo antes de meterte a escritor era «búscate un curro».

(En serio, búscatelo. Como tienes menos de una probabilidad entre mil de gozar de verdadero talento literario, y ni siquiera eso te garantizaría poder ganarte la vida con él, primero asegúrate las lentejas y luego escribe en tu tiempo libre. Si quieres).
Todos los argumentos en contra de la autoedición que acabo de darte son la carta de venta de las empresas de servicios editoriales que se ofrecen a correr ellos mismos con los imponderables de dejar tu libro listo para la imprenta, tramitación de ISBN incluida. Te hacen informes de lectura a través de los cuales sabrás si el libro es o no publicable, dada la actualidad del mercado y calidad de la redacción, corrigen todos los errores ortográficos y de estilo, se ocupan de la parte gráfica... Joder, algunas de ellas directamente te alquilan a sus escritores. ¿Tienes una buena idea para una novela pero no sabes hacer la o con un canuto? Pásanosla y uno de nuestros ghost writers la escribirá por ti y te la enviará para que la firmes.
¿Sabes leer en los labios?
Que hay quien no se sonroja y directamente se ofrece para la literatura mercenaria. No encuentro la página, pero no hace muchos años había una empresa que se llamaba más o menos precisamente así, «negros literarios» o algo parecido, y ofrecía a sus profesionales de la tecla para escribir tu mierda de libro. Otros escritores, ya con renombre y público, se montan su propia guerrilla de escritores fantasmas, una factoría que ríase usted de la de Warhol (sí, el cacas de Warhol no hacía sus mierdas de farsante artístico, solo le pasaba la idea a sus becarios y luego firmaba los ejemplares y se metía la plata en la buchaca; ¿acaso te sorprende?). No diremos nombres, que luego llegan las demandas judiciales y, además, aquí los nombres los conocemos todos. Tú solo piensa en ese o esa escritor/escritora/escritore que tiene el cuajo de hacernos creer que se curra él solito esos diez o doce volúmenes de quinientas páginas que publica todos los años. Sí, hombre, ése o ésa al que en los actos de presentación no hay un periodista que le diga: «¿El tercer troncho de mil páginas de este año? ¿De qué vas, sobrado de mierda?».

Nunca he recurrido a una de estas empresas y no puedo compartir contigo, mi amado lector, mis impresiones al respecto, pero son empresas. Y como tales te pasarán la minuta. Sus tarifas van desde lo caro a lo escandalosamente caro por unos servicios que, digámoslo con diplomacia, nada te garantizan, porque pasar tu archivo de texto por el corrector automático puede hacerlo hasta un gibón amaestrado, pero convertir un mojón en un éxito de ventas no es algo que se compre con dinero. Ni con talento. Ni siquiera con esfuerzo, perseverancia y una novena a Santa Amenorrea de la Matriz de Plexiglás.

Pero tú eres muy libre de hacer lo que consideres oportuno con tu dinero. Faltaría plus.

Eso sí, ahora no puedes decir que no estabas avisado.

viernes, 17 de julio de 2020

"Did you see the sun rise this morning?" (I)

Robin Masters es un novelista de éxito. Y no quiero decir un buen novelista, laureado por la crítica y alabado por su prosa resplandeciente. Quiero decir que Masters es la clase de mal escritor que, por algún misterioso motivo, consigue que millones de gilipuertas compren sus libros escritos con el culo.
(Ejem...)
Robin Masters viaja en jet privado. Robin Masters se pasa el año solazándose en sus mansiones repartidas por todo el mundo. Robin Masters folla con supermodelos vulpejas, colecciona Arte y antigüedades, supercoches deportivos y hectáreas de bienes inmuebles y lo único que tiene que hacer para mantener su nivel de vida es no derrochar y seguir escribiendo sus novelas facilongas y olvidables, a las que dedica el mínimo esfuerzo.
Y tú quieres ser Robin Masters.

Y yo.

Y todo el mundo que escribe libros, lo confiese o no.

Todos queremos decaer.


Ya seas escritor, agente de seguros o capador de puercos, hay muchas formas de ganar un millón:

Capar un puerco y pedir un millón de euros por el servicio.

Capar diez puercos y pedir 100 000 euros a cambio.

Capar cien puercos y pedir 10 000 euros por puerco.

Capar mil puercos y pedir 1 000 euros por cada par de cojones porcinos.

Capar diez mil puercos y pedir 100 euros la pieza.

Capar cien mil puercos a 10 euros el escroto.

Capar un millón de puercos al competitivo precio de un euro.

Masters optó por la penúltima opción. Sus libros son de los que se editan directamente en rústica y formato de bolsillo. La clásica literatura pulp de crímenes y misterio para amas de casa, oficinistas amargados y burgueses urbanitas que jamás han salido de sus barrios y se creen que la vida es así.


«Al grano: ¿cómo demonios se hace uno millonario vendiendo libros?»

Bueno, hay que vender muchos. Obviamente. El libro es, en sí, un producto de muy bajo valor añadido. Aunque se ocupa del 90% del trabajo, el escritor puede darse con un piedro en el carallo si consigue sacarle un 10% del precio de portada a cada ejemplar vendido. Eso, dependiendo del formato de la edición (rústica, tapa dura, bolsillo, electrónica) puede moverse entre una horquilla de algo menos de un euro por ejemplar a en torno a dos euros por ejemplar. Así que estaríamos en el caso del millón de cerdos, citado más arriba.

La receta del éxito es esquiva y requiere una participación tan elevada del azar que casi podríamos considerar dicha fórmula puramente anecdótica. Demasiados buenos libros, con todo lo necesario para convertirse en éxitos de ventas, han devenido en fracaso editorial y acabado guillotinados y descatalogados como para no tener presente el factor suerte, la intervención del azar. Ello se hace particularmente claro cuando ves los CAGARROS que acaban vendiendo millones de copias porque llegaron en el momento propicio (con frecuencia el único momento en que se podrían haber vendido), gozaron del efímero y tornadizo favor del público o fueron aupados por los ángeles del capitalismo en un fenómeno tan imprevisto como incomprensible.

Si le hacemos la autopsia al escritor de best sellers promedio nos encontramos con este mínimo común denominador:

1. El escritor de libros superventas, particularmente de un tiempo a esta parte, no escribe libros, escribe trilogías y aspira a escribir sagas. George R.R. Martin, J.K. Rowling, Suzanne Collins, Patrick Rothfuss, Dan Brown, Stieg Larsson y hasta Ken Follet se han aplicado el cuento. Llevo años quejándome a los amigos que todavía no me tiran verduras podridas y palos untados en caca de que «trilogía» se ha convertido en un género literario en sí mismo. Todos los comemierdas aspirantes a escritor se sientan delante de sus portátiles (escribir en papel es taaaaaaaaaaaaan burguéééééééééééés) a escribir trilogías.


«¿Qué estás escribiendo, Manolito

«Una trilogía sobre la intersexualidad plutopatriarcal cisgénero en un subtexto de opresión fascisto-machirúlica».

«Con un par, Manolito».
Vamos, que el escritor de best sellers ya no escribe libros. Escribe franquicias. Productos. Su editor le reclama una trilogía con la que cubrir la ventana de ventas de las próximas tres Navidades, por ejemplo, y le da un poco lo mismo que esos libros sean una mierda. Ya se encargará él, con su monstruosa maquinaria de publicidad y la colaboración servil de unos cuantos periodistas mercenarios, de que tres o cuatro millones de almas cándidas compren esa fementida trilogía.

2. El escritor superventas no se complica la vida con un lenguaje florido ni un vocabulario rebuscado. El escritor de best sellers escribe como habla. En un idioma sencillo, apegado a la tierra, conectado con el pueblo. Nada de metáforas rebuscadas, adiós a las subordinadas encadenadas. Párrafos cortos. Capítulos en píldoras de rápida digestión. De esa manera se asegura un público más amplio y diluye el prejuicio decimonónico de que la cultura es solo para las élites ilustradas.

Te lo explico en román paladino: el escritor superventas ha renunciado a escribir literatura. Emplea un lenguaje pobre porque prefiere descender al lodo de sus lectores más tontos en vez de desafiarlos a elevarse sobre su limitado vocabulario. Como bonus, el escritor de best sellers también desdeña la inteligencia de su público y lo reduce a una masa amorfa e irredimible de cretinos aplatanados incapaces de entender nada más complejo que los gruñidos de un chimpancé, genéticamente impedidos de mantener la concentración durante más de sesenta segundos y totalmente incapaces de utilizar un diccionario.


Me pregunto cómo cojones se las arreglaban Balzac y Victor Hugo, que escribían los best sellers de su tiempo. Y no pretenderás hacerme creer que la gente del siglo XIX estaba mejor formada que ahora.

3. El escritor superventas ni reflexiona ni pretende que sus lectores lo hagan. Su libro debe ser legible sin necesidad de esfuerzo intelectual alguno, o de cualquier otro tipo de esfuerzo, ya puestos. No importa lo complejos que sean los temas sobre los que versa su historia, debe evitar profundizar en ellos. E. L. James podría haberse currado una obra compleja sobre una historia de amor retorcido, sobre la dignidad humana en general y la dignidad femenina en particular, sobre las trampas y peligros de la inocencia, las sombras que arroja el engañoso resplandor del éxito, la juventud, la belleza y la riqueza. Pero ¿para qué molestarse? Mejor escribir una novelita porno, mentirosamente transgresora, de una pan sin sal empotorrada de un pijo abusivo.

Todo esto implica que el escritor de best sellers se queda en la superficie. Ni siquiera la araña, busca su reflejo en ella. con lo cual no solo degrada el Arte, sino que por el mismo precio rechaza la oportunidad de crear una obra duradera, que bucee en las claves profundas que han caracterizado la literatura desde por lo menos el Genji Monogatari y que están en la naturaleza misma del arte narrativo, una de las más agudas y precisas herramientas con la ayuda de las cuales el hombre ha intentado responder a preguntas atemporales que le acerquen a una mejor comprensión de sí mismo y del universo.


4. El escritor superventas no se complica la vida con personajes complejos. Los malos tienen que ser muy malos, dejarlo bien claro desde el principio y recordárnoslo cada vez que entran en escena. Los buenos tienen que ser irreprochables; auténticos pilares de virtud y probidad. Los dilemas morales estaban bien para Dostoievski o Nathaniel Hawthorne, pero ¿quién quiere amargarse la existencia escribiendo un pilar de la cultura universal plagiado, copiado, homenajeado y adaptado infinitas veces por otros tantos autores diferentes? Joder, nada de diálogo interior, por favor. Que la gente se aburre de leer tantas palabras juntas. Pon a tus personajes a hacer cosas. Que hablen poco y hagan mucho. Que sepan kung-fu y lleven siempre metralletas en el bolsillo. Y tampoco estaría de más que metieses en la historia algunos dinosaurios y algunos ninjas.

5. El escritor de best sellers es, fundamentalmente, un escritor de intriga. Los libros más vendidos suelen tener un componente mayúsculo de misterio. El crimen y las conspiraciones atraen a más lectores, ya hablemos de los enjuagues judiciales de las novelas de John Grisham, de la corrupción policial y las investigaciones de crímenes que escribe Michael Connelly o las idas de olla opusdeico-templáricas de Dan Brown. Apúntate el dato y aprende de los maestros.

6. El escritor de best sellers sabe que el sexo vende. Todo. Cualquier cosa. Desde abonos del Real Madrid a parcelas en la luna, así que no duda en incluir en su obra una o más de una escena erótica. Escena erótica en la que suele delatar su pobre dominio del idioma, su hambre venérea atrasada y su inepcia a la hora de escribir escenas eróticas. Pero eh, no te prives: si no tienes la suficiente fe en ti mismo como autor y desconfías de haber escrito una historia interesante, no lo dudes: tetas. Fornicio. Concupiscencia. Perros y gatos cohabitando. La histeria de las masas.


¡Zexo, zexo, zexo, zeeeexoooooo!
7. Y ya que hablamos de follar, que sepas que una historia de amor de las que duelen también resulta de lo más apetitosa para los lectores. Y no te cuento para las lectoras. ¿Quieres aumentar tu número de lectoras? Cúrrate un romance tempestuoso, con mucha montaña rusa emocional, estilo Escrúpulo o Los juegos del Tambre. ¡No, hombre, no! ¿Qué Cumbres borrascosas ni qué niño muerto? ¡Mira que te gusta buscarte problemas! Vuelve a leerte los puntos tres y cuatro. ¡Matado!

8. Al escritor superventas no le tiembla la mano a la hora de hacer malabares con hechos históricos conocidos. ¿Que eso acaba poniendo en evidencia su nulo conocimiento sobre la época histórica que describe y su pereza a la hora de elaborar una documentación solvente que pudiese encubrir su palmaria ignorancia? Pero, hombre de Dios, ¿qué lector se va a tomar la molestia de comprobar en la güisquipedia hasta dónde llegan las barrabasadas históricas cometidas por su escritor favorito? La perversión y prostitución de la Historia sigue gozando del favor del público y irradiando atractivo hacia los escritores, que pueden ampararse en la escasa familiaridad con el pasado del lector promedio para imponer sus propias reglas (y esto deviene a menudo en unos diálogos alucinatorios) y gozar de una libertad a la hora de caracterizar personajes, sucesos y ambientaciones, que harían echar espuma por la boca hasta al licenciado en Historia más tonto.


9. Stephenie Meyer, J.K. Rowling y Suzanne Collins están en la lista Forbes de gente hiperpastosa. Las tres son escritoras. ¿Quieres unirte al club de escritores que figuran en la lista Forbes? Plantéate imitar a estas señoras, que, además de respetar prácticamente todas las recomendaciones que te hemos dado hasta el momento, optaron también por escribir para un público adolescente obras protagonizadas por adolescentes. «Escribe sobre jóvenes y para jóvenes» parece una fórmula infalible que justificaría, por sí sola, los ocho puntos precedentes. A fin y al cabo, a la chavalada le gustan las franquicias, que les permiten establecer un sentimiento de identidad imprescindible en esos convulsos años de primeras menstruaciones y primeras pajas, pierden la concentración con los párrafos largos y ni saben qué es un diccionario ni quieren saberlo, son incapaces de reflexiones profundas y de discernir dilemas morales, adoran la intriga, que en realidad forma parte de su cotidianidad (tú ya no recuerdas las camarillas, rivalidades y tensiones, cuando no odios abiertos, del instituto, ¿verdad, amado lector?), no le van a hacer ascos a un buen caliqueño, o incluso dos, siguen creyendo que el verdadero amor tiene que doler, que ser complicado e incluir un componente de abuso, y les trae al pairo la Historia, coñazo de asignatura que no sirve para nada y no tienen interés en estudiar y por eso unos votan a Jodemos y otros a Box.

Tampoco estorbaría tu camino hacia la fortuna que te sometieses a una reasignación de sexo, en el caso de que tengas la poca fortuna de haber nacido con picha y huevos.

10. El escritor superventas escribe sin parar. James Patterson tiene más de cien novelas. Hasta hace poco, Stephen King sacaba prácticamente un libro al año. El escritor de best sellers encarna, en sí mismo, el proverbial millón de monos aporreando un millón de máquinas de escribir. A la hora de escoger entre calidad y cantidad, debe quedarse siempre con la cantidad. Si perservera, antes o después le saldrán dos o tres best sellers. Así pues, no te esmeres mucho en ninguno de tus libros. Siempre puedes volver a intentarlo con el siguiente, con el que tampoco pretende nadie que te dejes los dientes. Tú insiste. Escribe, escribe y escribe. Lo que tú quieres es lograr marcarte un éxito de ventas. Ya te saldrá.


Puede que, como lector de best sellers, hayas sido incapaz de llegar hasta aquí, pero si quieres llegar a convertirte en un Robin Masters de la vida puede que estés dispuesto a escuchar otro dato útil que podría llevarte al nirvana de los escritores superricos:

Si nos atenemos al gráfico elaborado por Mediaworks para Furniture UK, podrías alcanzar el éxito a través del género de fantasía (un 13% del total de ventas), misterio (11%) o el de ficción a secas (16% del total), sea lo que sea esa «ficción literaria moderna», que parece un cajón de sastre en el que meter cualquier novela escrita después de 1950, y en el que caben obras maestras como El guardián entre el centeno de Salinger o la Lolita de Nabokov, libros menores, desde el punto de vista de su aportación a la literatura, pero entretenidos como Kane y Abel, de Jeffrey Archer o Los cañones de Navarone de Alistair MacLean y auténticas mierdas como El valle de las muñecas de Jacqueline Susann o El alquimista, de Paul Coelho.

(Si nos atenemos a un gráfico que no sé de dónde ha salido ni por qué. ¿Por qué una empresa de muebles encargaría ese análisis? ¿Qué mierda está pasando aquí? Manéjense estos datos con cuidado. Parecen coherentes pero no me fío del todo).
Sin embargo, deberías evitar géneros menores, «de nicho», como el realismo mágico, la novela histórica o la ficción para adolescentes, otra etiqueta genérica en la que meter títulos como Los juegos del hambre. Y no, no es una contradicción. La trilogía de Los juegos del hambre, como producto, ha vendido 65 millones de ejemplares solo en los Estados Unidos, pero el género de ficción juvenil como tal es porcentualmente minoritario en las estadísticas. Collins sube la media de un género literario que tiene, relativamente hablando, pocas ventas sobre el total de libros perdidos.

Pero yo en tu lugar no lo dudaría: mira el porcentaje de ventas de la literatura infantil. Sí, en ese sector competirás contra una verdadera legión de auténticas bestias pardas que llevan mucho tiempo en la brea, pero dado el tamaño del pastel a repartir, hay más probabilidades de que te toque un trozo, aunque no necesariamente uno con guinda.

«Pero toda esa gente que has citado son estadounidenses o británicos y escriben en inglés, ¿qué me estás contando?»

Buena observación, querido lector. En efecto, el mercado editorial angloparlante tiene sus propias peculiaridades que no vamos a analizar en profundidad aquí (para no desentonar con la temática de la entrada) y que incluso para los especialistas en la materia son ocasionalmente indescifrables. James Patterson, por ejemplo, que es asquerosamente rico gracias a los libros que vende en Estados Unidos, en España no se come un colín. El aspirante a Robin Masters español, ateniéndonos a los datos de ventas de ficción para 2018, no tiene mucho donde elegir: o novela contemporánea (una vez más sea lo que sea eso) o prácticamente nada. El género negro, al que Patterson consagra su producción, supone poco más de un 14% del total de ventas, a años luz de la «ficción contemporánea» (58,3%) que encabeza las preferencias del público lector ibérico. Incluso la novela romántica, que tiene la reputación de gozar de gran predicamento y un fiel público, no alcanza ni un miserable 4% del total de ventas en 2018. Y de los parientes pobres de todo librero, como la ciencia-ficción, el terror y ese «otros» tan intrigante, mejor ni hablamos, que nos da hasta pena.

(Aunque si E.L. James no enseñó algo es que la tendencia actual es confundir la clásica novela romántica, con sus escenas de amor de chirriante puritanismo donde todo queda a la imaginación del lector, con escribir mommy porn).
Y ya ha llegado el momento de decirte que Robin Masters, nuestro multimillonario escritor superventas, no existe. Es un personaje de la serie de televisión de los ochenta Magnum P.I., recientemente actualizada («remade») con nuevos actores y nuevas tramas.
Lo que pides a Aliexpress.
(Dato curioso: hay al menos una persona escribiendo con el nombre o pseudónimo de Robin Masters, que hasta se curró una página web, hoy abandonada, para promocionar la obra de «autores de novela negra» que, a día de hoy, aún no se han presentado, y en la que solo aparece un libro suyo, libro que he sido incapaz de encontrar a la venta. ¿Estamos ante un caso flagrante de fanpage? ¿O de cara de cemento armado ablandada por la amenaza de un pleito civil? Lo dejo a tu elección).
Robin Masters no existe. Pero hay escritores reales con los que se le podría comparar. Stephen King hace décadas que escribe por vicio. Podría muy bien vivir de las regalías de sus primeros libros, que no han dejado de reeditarse ni de generar productos derivados (películas, series de televisión, cómics, videojuegos; sí, videojuegos) desde que vieron la luz por primera vez. Stephen ha acumulado una fortuna personal que se estima en torno a los 500 millones de dólares, que no te lo has gastado en costo ni en un mal día y, encima, es una mierda al lado de los 800 millones que ha amasado James Patterson
Lo que te llega
Sorprendentemente, y como prueba de su carácter, el bueno de Steve vive de forma relativamente modesta. Aunque no encuentro en Internet el dato para enlazarlo aquí, recuerdo haber leido en una entrevista que le hicieron hace años que se había impuesto un tope de gasto anual de en torno a 300 000 dólares. Y 300 000 dólares en un señor que sólo en 2018 ganó 27 millones es dinero para pipas. Tal vez Stephen recuerda sus orígenes, cuando intentaba criar a su primogénito en una rulotte aparcada en un párking para caravanas y una simple visita imprevista al pediatra podía arruinar por meses la economía familiar. Quizá temía volverse loco con toda esa riqueza y adoptó un estilo de vida relativamente modesto. Quizá la influencia de su religiosa madre le ayudó a mantener la disciplina. Quizá aún recuerda sus adicciones y sabe que no hay nada más peligroso que un yonqui con dinero. Quién sabe. El caso es que, dando por cierto el dato, Stephen King es un millonario que se permite a sí mismo no hacer vida de millonario.
En el extremo opuesto estaría Patricia Cornwell. La autora de las novelas protagonizadas por la forense Kay Scarpetta no es, ni hasta donde sepamos lo ha sido nunca, tan acaudalada como Stephen King. Se le calcula una fortuna personal de 25 millones de dólares, o sea ni siquiera los ingresos de Stephen King en junio de 2018. Y sin embargo esta mujer gasta como una lima nueva. Entre sus muchas excentricidades tiene un helicóptero que pilota ella misma y que ha personalizado con el logotipo de su personaje estrella. No sé cuántos leuros al año cuesta el seguro, revisiones y combustible de un helicóptero, pero seguro que más que los de una Vespa (se ha dado la cifra de que solo en impuestos, ese helicóptero le causa a Patricia Cornwell un quebranto de 152 000 dólares en impuestos). También ha incurrido en gastos absolutamente caprichosos, como alquilar por 30 000 dólares al mes un apartamento en la Trump Tower, apartamento que abandonó a los pocos meses, pagar 756 euros diarios por un servicio de coches de alquiler, invertir siete millones y medio en la renovación de una mansión en Massachusetts (¿será la que dicen que acabó abandonando porque los vecinos hacían mucho ruído y no le permitían concentrarse en la escritura?), abonar casi un millón por un apartamento en Florida, gastarse cinco millones en jets privados, coleccionar coches de lujo...

Y es que la vida de esta mujer es casi una plantilla del topicazo «los ricos también lloran». Ha vendido más de 100 millones de ejemplares de sus libros pero, en un momento dado, descubrió que en su cuenta no quedaban sino algo menos de 13 millones de dólares (algo menos de diez según otras fuentes). Les pidió explicaciones a sus administradores financieros, Anchin, Block y Anchin, de Nueva York, a los que había confiado la gestión de su economía porque Cornwell, que sufre de un trastorno bipolar, no se fiaba de sí misma a la hora de administrar su patrimonio, y tuvieron el cuajo de decirle que la culpa era suya por gastar como un príncipe saudí borracho. La escritora tuvo que denunciar a su propio banco para conseguir sus registros contables, a través de los cuales descubrió que, sin dejar de ser cierto que se había vuelto un poco loca con los gastos, sus administradores se habían pegado la gran vidorra a costa de sus ahorros: ventas de propiedades (entre ellas un Ferrari) cuyo importe nunca fue ingresado, regalos y entradas para conciertos con cargo a sus cuentas y toda suerte de tropelías. Un juez acabó dando parcialmente la razón a la escritora y condenando a Anchin, Block y Anchin a abonarle una indemnización de 50 millones de dólares (ella reclamaba el doble),      

Y mejor no entramos en la vida privada de esta señora, que no nos incumbe y se escapa a los propósitos de esta entrada. Porque su vida personal es droga dura, ¿eh? Maltratada psicológicamente por su padre, huérfana a los siete años, criada en hogares de acogida cuando su madre fue internada por sus problemas depresivos, sufrió anorexia... y con la madurez no ha mejorado su estabilidad personal y mental. Odia a muerte a Kathy Reichs, la escritora de las novelas de Temperance Brennan, o sea Bones; sí, la de la serie de televisión. Llevó a los tribunales a otra escritora, Leslie Sachs, a la que le ganó un juicio por difamación. Sachs acusaba a Cornwell de plagiar uno de sus libros y comenzó una campaña on-line para perjudicarla. Una de sus ex amantes, la agente del FBI Margo Bennet, (sí, Patricia Cornwell es boller, ¿algún problema?), fue víctima de un intento de homicidio por parte de su celoso marido (sí, la amante lesbiana de Cornwell estaba casada con un señor que, cuando se enteró de que su legítima mordía el multimillonario felpudo de una escritora de misterio superventas intentó asesinarla)...


Kathy Reichs es la de la izquierda. A la dra. Brennan (Emily Deschanel) ya la conocíamos.
¿Que cómo son los libros de Patricia Cornwell, me preguntas, mientras clavas en mi pupila tu pupila azul?

Solo leí el primero, Postmortem.

Y fue una de las experiencias lectoras más vacías y deprimentes de mi vida. Coge todo lo que he dicho más arriba sobre cómo se escribe un best seller, súmale un lenguaje paupérrimo, una intriga de corchopán y dispárale salva sobre salva de adverbios y obtendrás el mismo resultado.

Ya ves que hay algunos ejemplos de escritores multimillonarios. Auténticos Robin Masters de carne y hueso. Pero si lo que quieres es llegar a millonario, ya te voy diciendo que lo de hacerte escritor no es el camino más corto, ni el más recto. Ni siquiera creo que sea un camino. Honestamente, pondría la mano en el fuego de que con la lotería primitiva tienes más probabilidades.

Por cada escritor que consigue publicar un libro hay unos mil que jamás lo logran. Y de cada mil libros publicados, solo uno se vende relativamente bien, y «relativamente bien» en España significa unos dos o tres mil ejemplares. Sí. En España se considera un éxito de ventas todo libro que vende más de mil ejemplares. Los de Valdemar, una de las mejores editoriales de este país, con unas traducciones impecables y unas ediciones respetuosas y dignas, te sacan tiradas de mil, mil quinientos ejemplares, y sudan tinta, sangre e isótopos de uranio para venderlos todos. Y si los de Valdemar, profesionales como la copa de un pino, tienen problemas para colocar mil ejemplares en un país de cuarenta millones de habitantes, haz las cuentas y llora.

Fíjate otra vez que todos esos novelistas pastosos son angloparlantes. En un mercado como el Estadounidense, de 328 millones de habitantes (unos 420 si les sumas la población del Reino Unido y Australia), es posible amasar esas fortunas por el tamaño mismo de la potencial masa lectora. Por nuestra parte, en total habrá unos 580 millones de hablantes de castellano en todo el mundo, de los cuales más de 480 millones son hablantes nativos.

Solo hay un problema con esa cifra.

Y es que, aparentemente, esas personas no compran libros escritos en español.

Los escritores españoles superventas no venden, en un buen año, ni el equivalente a lo que se gasta Patricia Cornwell en litio en seis meses. Pérez Reverte ha vendido unos 15 millones de copias de sus libros. El recientemente fallecido Ruiz Zafón colocó 14 millones de ejemplares de La sombra del viento. Ildefonso Falcones vendió cuatro millones de catedrales del mar y al menos otras cuatro manos de Fátima. Matilde Asensi: 3 millones de ejemplares. Javier Sierra: algo más de tres millones. Julia Navarro: algo más de tres millones solo con La hermandad de la Sábana Santa, La Biblia de barro y La sangre de los inocentes.

«Hostia, tío, entonces hay esperanza. Yo también puedo entrar en ese club».

Vamos, que te gustaría ser un Robin Masters.

Decaer.



Ay, hijo mío, cuánto te queda por aprender.

¿No ves que te estoy presentando las excepciones a la norma? Vuelve a leerte las claves para escribir un best seller. ¿Tienes alguna duda, siquiera muy pequeña, de que el 99% de los libros de mierda que llegan a los lectores de las editoriales se atienen estrictamente a esa plantilla? Y sin embargo ¿cuántos de ellos llegan a publicarse y cuántos de los que se publican se convierten en éxitos de ventas? ¿Cuántos Pérez-Revertes y Matildes Asensis conoces? ¿Cuántos Javieres Sierra encuentran editor al año? ¿Eh?

NADIE sabe cómo se fabrica un éxito de ventas. Ni siquiera los editores. Corrijo: ESPECIALMENTE los editores, que han rechazado libros que luego se vendieron fabulosamente bien. NADIE quiso publicar la saga de Canción de fuego y hielo en España. Ningún editor español le veía mercado a esa pitorrada estilo Tolkien-con incesto-y palabrotas. Fue Gigamesh, UNA LIBRERÍA de Barcelona la que peleó por esos derechos y sacó una modestísima tirada de las primeras novelas de la saga. Se cuentan leyendas de que, con el exitazo de la serie de televisión, han circulado maletines llenos de efectivo, volquetes de cocaína y cheques en blanco de algunos de los más poderosos grupos editoriales de este país para hacerse con la exclusiva de la obra de GRRRRRR Martin, que, de momento, se mantiene obstinadamente fiel a Gigamesh en lo que a las novelas de Juego de Tronos se refiere... pero ha sacado Fuego y sangre con Plaza y Janés. Tampoco ninguna de las grandes quiso los derechos en español de Harry Potter. Fue Salamandra (Emecé Editores España hasta que Planeta compró Emecé, fundada por exiliados españoles en Buenos Aires en 1939, y los administradores de la filial española tuvieron que cambiarle el nombre a su empresa) la que se hizo con el libro (y en 2019 Random House se hizo con el libro al comprar Salamandra, cuando ya los libros y las películas se habían convertido en una mina de oro).

Pero no, no voy a ponerte otra media docena de ejemplos de best sellers despreciados por los primeros editores a los que se les ofrecieron.

«Menos mal, porque ya me estaba echando a temblar».


El propósito de esta entrada es desalentarte de alcanzar un patrimonio millonario a costa de la literatura.

«Pero hombre, que según yo lo veo, aún tengo posibilidades».

Que sepas que el escritor español promedio ingresa menos de mil euros en derechos de autor.

«Hombre, mil al mes no está nada mal. Yo firmaba ahora mismo. Con no gastar a manos llen...»

Al año.

«¡Flugschs!»

AL AÑO.

«...».

El ochenta por ciento de los escritores españoles ingresa menos de mil euros en concepto de derechos de autor AL AÑO.

«...».

El escritor de éxito, en España, representa un 0,001% del total sobre una muestra de 603 autores. La mayoría de los literatos de este país tienen la escritura poco más que como afición, porque no pueden permitirse más.

Ni glamour, ni coches deportivos, ni casas en la Costa Azul, ni putas deluxe ni vergas coloradas.


Llama al concesionario y diles que lo vayan devolviendo.
¿Qué tenemos, en lugar de todo eso?

La cantidad de contratos de edición que incluyen cláusulas ilegales es para echarse a temblar. Contratos en los que no se estipula el porcentaje de derechos de autor, o el vencimiento, o el ámbito territorial de la edición, que se hacen a perpetuidad o por plazos superiores a diez años (el máximo legal estipulado es de quince), que incluyen traducciones y obras derivadas, o sea los derechos para cine y televisión, que el escritor ya no podrá negociar aparte. Pero no te preocupes demasiado, porque en torno al 22% de esos contratos se incumplen sistemáticamente y el autor jamás ve un real de sus liquidaciones.

Eso cuando existe un contrato. Porque la cuarta parte de los libros se editan en este país a la buena fé, sin que medie relación contractual alguna entre autor y editor.

Escribir, en este país, es morirse de hambre y que, encima, te llamen vago, rojo, putero y maricón.

Ya va siendo hora de que te lo metas en el cabezón.

Dios, cómo me gustaría ser Robin Masters. Y a ti también.

Pero Robin Masters no existe.


El ministerio fiscal ha concluido, señoría.