domingo, 30 de noviembre de 2025

Necesitas un poco más de cuadritos asiáticos en tu dieta (III)

Tatá tataáááááááá, ¡entrada de bala de plata!, así descansamos un poco de tanta crítica cinematográfica, que ya nos arde el hígado de ver toda la mierda amateur sobrepreciada que está llegando a nuestras pantallas, de diez años a esta parte.

Un disclaimer para atolondrados: los títulos de cómic asiático escogidos en esta entrada, como en cualquier otra, no responden a criterios artísticos, narrativos o crematísticos. Están en esta lista porque nos gustó el dibujo, o el guion, o ambas cosas, o ninguna, pero la historia nos hizo gracia, o no nos la hizo, pero la protagonista nos puso palotes, o porque el concepto nos pareció familiar, o novedoso, o, en última instancia, porque nos salió de nuestros reverendísimos cojones. Y punto en boca.


强则强,我的修为无上限/Qiáng zé qiáng wŏ de xiū wéi wú shàngxiàn/Más fuerte es más fuerte; mi cultivo no tiene límite superior; conocida en inglés bajo varios títulos, el más descriptivo Strength Through Adversity, My Cultivation Knows No Limits, de Huŏ lóng guŏ mànhuà (por el nombre, «cómics de la fruta del dragón de fuego», sospechamos un colectivo de artistas o una editorial de WebComics) no pasará a la historia por la originalidad de su argumento, su tono o su temática.

Pero, joder, qué divertido es, collóns.

Strength Through Adversity es un manga xiānxiá con bastante mala leche y humor atchonburístico (pequeño cursillo sobre las diferencias entre wǔxiá, xiānxiá y xuánhuàn y sobre qué coño es eso del «cultivo» taoísta, aquí). El protagonista, Ye Junlin, se duerme en clase de Matemáticas en su instituto random chino convencional y despierta, convertido en un viejo pellejo al borde de la muerte por senectud, en Kunlun, un mundo de fantasía ambientado en una China antigua idealizada donde, aparentemente, todo Dios «cultiva» para convertirse en un Inmortal.

Con meditación, ejercicios físicos y espirituales, y algunas píldoras alquímicas, Ye Junlin puede ascender por los diversos niveles de «Cultivo» (Refinado de Qi, Establecimiento de cimientos, Formación de núcleo, Alma naciente, Transformación de alma, Integración, Gran ascensión y Tribulación) hasta convertirse en un auténtico Inmortal, un semidiós taoísta eternamente joven y casi todopoderoso.

Sólo hay un pequeño problema.

Cuando Ye Junlin despierta, le queda menos de una hora de vida.

Ye Junlin se ha reencarnado, transmigrado o isekaído (frikoneologismo monger) en el cuerpo provecta del antiguo genio taoísta de la Secta Xuantian de la Región Oriental, que, emboscado por sus enemigos, perdió sus poderes y se convirtió en un mierdecilla hasta picar su cumpleaños 110.

Pero Ye Junlin ha leído tantos isekai manga como nosotros y sospecha la existencia de un «sistema» que le va a ayudar a sortear sus dificultades. Y, efectivamente, ese sistema existe, se activa (con cierta pachorra pero se activa cuando Ye Junlin, desesperado porque no ve pantallas de estado ni mensajes de sistema, empieza a blasfemar como un carretero que se hubiese pillado la minga con la jucremallera del pantalón) y le informa que ha activado la habilidad «fuerza a través de la adversidad», que, cuando se enfrente en combate a un enemigo más poderoso que él, le ascenderá directamente un nivel por encima de su adversario.

Eso es, si consigue enfrentarse a un enemigo más poderoso que él antes de palmarla en los próximos sesenta minutos.

Por suerte para Ye Junlin (armor plot al rescate; repasa nuestro cursillo sobre plot devices aquí, amado, que no mamado, lector), en ese preciso momento la secta Xuantian está siendo atacada por cultivadores demoníacos. Todo se reduce para Ye Junlin a arrastrar sus maltrechos huesos doloridos lo más cerca posible de la batalla, fichar al demonio cultivador que parece más poderoso y empezar a cagarse en su puta madre, el cornudo de su padre, la puta de su hermana y toda su pura raza bisiesta, de los vivos más recientes a los muertos más remotos.

Y funciona, o este manga habría terminado en el primer capítulo. El rey demonio que está atacando a la secta se china (no pun intended) muchísimo con los insultos de Ye Junlin, le dispara su ataque más poderoso y Ye Junlin asciende espontáneamente, en sus últimos segundos de vida, al nivel de cultivo Alma naciente-Etapa intermedia. En vez de palmar, rejuvenece en el acto (y los pollaviejas de la bitácora quizá prefieran obviar lo mucho que se parece el aggiornato protagonista a Dark Schneider, el brujo glotón, arrogante y putero de Bastard!!, de Kazushi Hagiwara), dejando pasmados a sus compañeros de secta, y, con sus nuevos poderes, ESKKKKKKKKKOÑA sin aparente esfuerzo a los demonios atacantes.

A partir de aquí, honestamente, el manga se limita a repetir una y otra vez el mismo argumento: Ye Junlin se enfrenta a enemigos cada vez más poderosos, el «sistema» le permite crecer oportunísticamente con cada combate desigual, de modo que nunca está realmente en peligro (fallo de escritura a la hora de crear suspense en el lector, por otra parte tropo habitual en este tipo de historias asiáticas con personajes overpowered), reúne aliados, se crea nuevos enemigos, ESKKKKKKKKKOÑA a un montón de gentuza, moja unas cuantas bragas y se rasca los cojones a contrapelo, tirado a la bartola (no precisamente la más dignificante imagen de un sabio taoísta), a la espera de que se active la siguiente misión del Sistema o llegue el nuevo retador que pueda «ascenderle» en combate al próximo nivel de Cultivo.

Pero joder, que risión y despliegues de pirotecnica. Que nos hemos echado unos jijis y unos juajuas leyendo este manga que nos han prolongado la vida como una de esas perlas taoístas. ¡Que el primer «discípulo» (reticente) que Ye Junlin recluta es Hong Qianye, un antiguo maestro inmortal, líder de la Secta del Fuego Demoníaco (perdió sus poderes por necesidades del guion), un joven tan esbelto y bello, con facciones tan delicadas y femeninas, que todo kiski lo toma por una chica!, algo que, lejos de halagarlo, le mosquea muchísimo.
No juzguéis y no seréis juzgados.

De hecho, Ye Junlin recluta a Hong Qianye después de que éste se libre de un viejo verde asqueroso que estaba a punto de encularlo por las bravas (en cuanto el sicalíptico fósil cebolleta descubrió que no había estado acosando a una mujer, se dijo «en tiempo de guerra, todo agujero es trinchera» e intentó empitonar a Qianye de todas formas), y lo rescata de otro viejo cabrón que se quería aprovechar del agotamiento de Hong Qianye tras la persecución y el combate para sacarle por las bravas sus mermados poderes.
Si es que va provocando, joder.

Muy lejos de estar agradecido por el rescate, el orgulloso y envidioso Qianye siente un profundo desprecio por Ye Junlin («en mis buenos tiempos, este payaso ni siquiera habría sido admitido en el círculo externo de la Secta del Fuego»), que tampoco se esfuerza especialmente por hacerse querer, para qué engañarnos, y obliga a su «discípulo» a trabajos serviles (hacerle la comida, lavarle los pies, limpiar, darle masajes...). Y, con cada escalada de poder que Ye Junlin le ayuda a alcanzar, ya sea mediante píldoras, infusiones, técnicas secretas (el «Sutra de las Tres Mil Llamas» es la primera cosa que le enseña) o entrenando ese «universo de bolsillo» de tiempo acelerado que consigue como recompensa de una de sus misiones (que es como lo de la nave de Songoku pero en místico), Qianye recupera sus malas costumbres de antiguo Inmortal de la Secta del Fuego Demoníaco e intenta vengarse de su «maestro», ignorando que, por poderoso que se vuelva, el Sistema siempre le pondrá un paso por detrás de él.

No todos los discípulos de Ye Junlin son tan cabronías. Cuando se abre el reino secreto de Luotian, una especie de «mazmorra» oculta, llena de tesoros, que sólo se abre cada pocos miles de años, Junlin recluta a Bai Xiaoxi, «Ratoncita», un adorable ser mágico tragón, cobardica y servicial que ha adquirido poderes taoístas por zamparse el fruto maduro del Gran Árbol Inmortal de Luotian. Claro, para ella ésa no era más que una fruta corriente. Para los caciques de las tribus de Luotian, la fruta era su esperanza de alcanzar la inmortalidad taoísta. Así que ahora quieren comerse a Xiaoxi, que se comió la fruta, con la esperanza de adquirir así el máximo estado de Cultivo. Junlin salva a Ratoncita y ella, en agradecimiento, le acepta como maestro.
Xiaoxi se quedó a medio Sailor Moon.

A Li Wujie, «El demonio de la espada», lo recluta cuando intenta asesinar a Xue Tianyi, del Clan Xue, un cultivador pichabrava y sádico que había secuestrado, violado y asesinado a la hermana de Wujie. Ye Junlin le consigue su venganza (con refinado sadismo), le ayuda a ascender en su cultivo, y Wujie, agradecido, se convierte en discípulo de Junlin

A lo largo de Strength Through Adversity..., que se sigue publicando, nos encontramos con la temática habitual en este tipo de historia: escaladas de poder, combates de artes marciales turbo-mágico-ferolíticas, conspiraciones, una amenaza en la sombra, nuevos aliados, nuevos enemigos, un grupo de impostores que intenta manchar la reputación de Junlin y sus compañeros, y carretadas de humor whatdefuckístico, como cuando Qianye le roba a Xiaoxi la «comida para mascotas» que le ha dado Junlin, y que ha hecho ascender de golpe varios niveles a la ratoncita, se la come a puñados con la esperanza de superar a su maestro (y por fin vengarse de él) y, además de no ascender como pretendía, empieza a tirarse unos pedacos de cuarenta kilotones que lo lanzan al espacio como bomba de palenque.

En serio, te lo vas a pasar teta (¡mierda! ¡Se me ha escapado! ¡No, no estoy llamando a nadie! ¡A la bicha ni mentarla! ¡NI MENTARLAAAAA!) leyendo Qiáng zé qiáng wŏ de xiū wéi wú shàngxiàn.

穿越成倒霉NPC: 我有老婆罩着/Chuānyuè chéng dǎoméi NPC: Wǒ yǒu lǎopó zhàozhe/Transmigrado en un PNJ desafortunado: Tengo una esposa que me protege, de Yingzhi Yao, es otro divertido xiānxiá en el que un estudiante es trasladado por alguna fuerza mágica al videojuego La leyenda de la espada inmortal, que completó años atrás, y se encarna, hay que tener mala suerte, en uno de los Personajes No Jugables más repelentes del videojuego: He Qingyang, que desafía a Ning Yiwan, la protagonista femenina, y es derrotado por ella. Tanto Qingyang como Yiwan son alumnos de la Secta del Reino del Cielo, donde aprenden artes marciales y todas esas mierdas. En la historia original, Qingyang está, no tan en secreto como le gustaría, enamorado de Yiwan, que no sólo rechaza sus avances, sino que lo asesinará más adelante, cuando descubra que, bajo su apariencia humana, Qinyang es un «perro demonio» del Clan del Demonio (Yiwan es una obsesa cazadora de demonios que ríase usted de Bufi Esnachavampiros).

Pero nuestro desafortunado protagonista no puede aprovechar sus conocimientos sobre la trama para ganar ventaja. Porque, cuando jugaba, el muy cojonazos se saltaba todas las cutscenes y todos los diálogos de los PNJs (algo que nunca hay que hacer, chicos). Sólo recuerda superficialmente la trama. Sabe que debe evitar a Liao Xin, una pérfida Venus que finge interés en él pero en realidad está totalmente subyugada al antagonista masculino, Qin Shen. Si Qingyang no mantiene a distancia a la vampiresa, le chupará la esencia vital hasta dejarlo seco. Y no, no estamos hablando de lo que crees que estamos hablando. Marrano. Bueno, sí. También. En la trama original del videojuego, Liao Xin le transfiere a Qin Shen el Qi demoníaco robado a He Qingyang, haciendo al malo de La leyenda de la espada inmortal saltarse de golpe dos niveles de cultivo taoísta y convirtiéndose en una puñeta bien gorda para la protagonista Ning Yiwan.

Ahora que está atrapado en el universo y la historia del videojuego, He Qingyang debe encontrar la manera de sobrevivir a toda costa a su fatal desenlace predestinado. Evitar la cínica seducción falsa de Liao Xin y sus pedazo de berzas como bombonas de butano ¡QUE NO ESTOY LLAMANDO A NADIE! Huir del Reino del Cielo (protegido por una barrera mágica para impedir que se escapen los estudiantes). Elevar su nivel de cultivo taoísta, si tal cosa es posible, cumpliendo misiones fuera del Templo, para que, en el caso de que su confrontación final con Ning Yiwan tenga lugar, maximizar sus probabilidades de supervivencia. Lidiar con las consecuencias de las irresponsables decisiones de su personaje y ocultar que, encima de un intruso que recuerda muy poco de su propia vida y no para de meter la pata, es, en realidad, un perro demonio del Clan del ídem.

Bien, primer paso: completar cuatro misiones para conseguir un pase libre que le permita bajar la montaña. Segundo paso: procurar que la gente que conocía al antiguo Qingyang no note demasiado que un completo intruso ha tomado posesión de su cuerpo. Tercer paso: conseguir que Ning Yiwan, la obsesiva cazadora de demonios, no lo asesine... algo especialmente complicado desde el momento en que Qingyang revierte a su forma de perro demonio cada vez que se pone el sol... Yyyyyy hooooostiaaaa qué mala suerte. Si es Ning Yiwan... «Eh uuh. ¿Que me toma por un "animal espiritual" sin amo, o sea lo que sería un firulais normal en este mundo de cultivadores taoístas? ¿Que le gusto? ¡Pero si ella odia a He Qingyang! Además, ¿por qué recoños es tan dulce y cariñosa si hace unos minutos, cuando estaba sobre dos patas, me trató como la mierda? Tengo que irme cagando lech... jooooodeeeeer pero qué bien huelen estas teturcias duras como balas de cañón. No no no no no no no, tengo que irme tengo que alejarme de esta tentación ¡pero que no me suelta, la condenada! ¡AAAAAAH! ¡QUE ME METE EN LA CAMA CON ELLA, LA MUY ZOÓFILA! Aaaaaay jooooodeeeeer aaaaaay esto va acabar en desaaaaaaastreeeeee».

Chuānyuè chéng dǎoméi NPC: Wǒ yǒu lǎopó zhàozhe está lleno de humor, situaciones picantuelas para casi todos los públicos, exorcismos, peleas de artes marciales, señoras estupendas con unas bufas prietas y respingonas que imaginamos abrillantadas por una ligera capa de aromática transpiración, magia, cacerías de demonios, visitas sorpresas de la familia, investigaciones paranormales, conspiraciones maliiiiignas y una historia de amor no-tan-inesperada entre He Qingyang y Ning Yiwan que probablemente no habría existido si Qingyang no hubiese puesto cuanto estaba en su mano, y un poco más, por huir de Liao Xin y pasar como de la mierda de Ning Yiwan. Y es que, perla de sabiduría pollavieja para ti, snowflake millennial, nada hace medrar tanto el interés de una mujer hermosa como el patente desinterés de un hombre. Menos es más en las tramas románticas, en la vida real y en el manga.
«¡A calentar pollas a un gallinero! ¡Furcia!»

Y con esta pequeña píldora de información ya deberías tener suficientes elementos de juicio para decidir por ti mismo, oh lector agorrinado con las asiáticas jamonas de getalinosas grupas, si te conviene o no la lectura de Chuānyuè chéng dǎoméi NPC... etcétera.
Lo hemos vuelto a hacer, ¿verdad? Esto es como lo de invocar a Bitelchús. Un descuido más y sale Echo Yue de la pantalla y nos saca un ojo con uno de sus pitones.


괴력 난신/Goelyeog nansin/Un monstruo de fuerza extraordinaria, conocido por los lectores angloparlantes como Myst, Might, Mayhem, dibujado por Kim Taehyun, es un manwha del mismo estudio de Solo Leveling (y, como aquel, está basado en un eBook escrito por un tal Han Joong Wueol Ya), y adolece de un tono un poco más grave y oscuro que los ejemplos presentados hasta ahora en la entrada de la bitácora que estás leyendo.

Myst, Might, Mayhem forma parte del mismo universo que las webnovels 절대 검감/Jeoldae geomgam/Observación absoluta (de la cual Myst, Might, Mayhem es secuela directa), 나노 마신/Nano masine/Nano máquinas y 마신 강림/Masin ganglim/El descenso del demonio, sus secuelas.

De nuevo, constante en el presente post del Paratroopers, estamos ante un wǔxiá/xiānxiá (la frontera entre géneros, en el caso de Myst, Might, Mayhem, es borrosa con clara inclinación hacia el 
xiānxiá), coreano esta vez, con un protagonista no por indigesto menos interesante. Jeong, el «primer demonio celestial», regresa un día a casa y encuentra a su abuelo horriblemente asesinado. Aunque era la única familia que tenía, Jeong no siente tristeza, ni soledad, no llora ni elabora el duelo por su abuelo masacrado. Porque Jeong es un psicópata incapaz de sentir empatía. Y su abuelo lo sabía, y educó a Jeong en la necesidad de suprimiese su lado inhumano, su «oscuro pasajero». Pero, privado de su único freno moral, ¿quién va a detener a Jeong?

Nadie. El protagonista de este manhwa se embarca en una cruzada homicida, rastrea al asesino de su abuelo, mata a todos los que sospecha que tuvieron un papel en su asesinato (y resulta ser un chorrón de gente), y a todo el que se le pone por el camino o intenta detenerlo (y ganándose el apodo de «el demonio asesino de la hoz»), y es finalmente derrotado sin apenas esfuerzo por el homicida, un maestro de artes marciales contra el que se descubre impotente. Su energía maníaca y falta de escrúpulos no son rivales para el asesino. ¿Tendría Jeong alguna oportunidad si aprendiese él mismo artes marciales?

Jeong reflexiona sobre todo esto, en la cárcel en la que espera la ejecución de su sentencia de muerte, cuando un desconocido aturde a los guardias con el humo de una mezcla de hierbas narcóticas y se dirige a su celda. Y no viene solo. Le acompaña un muchacho muy bien vestido, de la misma edad de Jeong y que podría pasar por su hermano gemelo. Es Gyeongwoon Mok, el tercer hijo de la familia Mok, un poderoso clan guerrero de la región (el guarda que le precede, Kam, es su escolta). Gyeongwoon necesita un sosias que pueda hacerse pasar por él en su propia casa, y tienta a Jeong con las comodidades, las viandas y placeres que le esperan en la mansión Mok. Jeong ve su oportunidad de escapar, finge avenirse a las condiciones de sus rescatadores, toma el veneno que le dan, con el cual pretenden controlarle (reteniendo el antídoto para mantener dócil a Jeong) y, de camino a la salida de la prisión, KRUKKKKK, desnuca a Gyeongwoon, mira al escolta, y, regodeándose de placer sádico, proclama «ahora el impostor está muerto».

Jeong puede ser un psicópata homicida que se pone turbocachondo cuando mata gente. Pero gilipollas no es. Sabía perfectamente que Gyeongwoon pretendía utilizarlo como señuelo sacrificable. Eliminado el verdadero Gyeongwoon, ahora el escolta Kam tiene que asegurarse de que Jeong viva mientras encuentra la manera de salir del océano de mierda en el que acaba de sumergirse hasta la nacha.

Su marioneta le ha salido respondona, pero el plan original no es un completo desastre. Todavía. Kam lleva a Jeong a la mansión Mok, lo introduce discretamente en las habitaciones del hijo muerto, lo viste con sus ropas y le exige que se mantenga lejos de la vista de la familia, o Kam dejará de proporcionarle el neutralizador del veneno, que Jeong necesita ingerir cada veinticuatro horas para mantenerse con vida. Jeong oye los argumentos de su secuestrador y promete ser bueno.

Naturalmente, miente. Jeong es de largo mucho más listo, maquiavélico y despiadado que el centinela y no tiene la más mínima intención de morir hasta encontrar de nuevo al asesino de su abuelo y matarlo bien muerto.

Pero, antes de lograr su objetivo, Jeong tiene que librarse del veneno que aún lleva dentro, ganar libertad de movimientos por la mansión Mok, hacerse más fuerte y aprender artes marciales por lo menos al mismo nivel que el asesino de su abuelo. Y todo ello bajo la vigilancia de Kam, que no es pelotudo y sabe perfectamente que Jeong no tiene la más mínima intención de respetar el arresto domiciliario y ya está planeando una estrategia para librarse de su supervisión y de la del guarda Goh Chan, que también está al tanto de la conjura.

De hecho, Jeong deduce muy pronto que Kam sólo lo mantiene aislado mientras asegura un pacto, con alguna otra facción dentro de la familia, que le permita librarse sin escándalo ni publicidad del falso Gyeongwoon Mok. Así que Jeong empieza a moverse. ¡Menuda cara la del guarda Goh Chan cuando descubre que Jeong ha aprendido a golpear sus puntos de presión después de ver al escolta Kam hacerlo sólo una vez! ¡O cuando descubre que Jeong YA SE HA LIBRADO DEL EFECTO DEL VENENO Y LLEVA DÍAS PUTEANDO A SUS CARCELEROS! ¡O CUANDO JEONG LO ENVENENA A ÉL Y LE SONSACA INFORMACIÓN A CAMBIO DEL ANTÍDOTO!

Lo que Jeong descubre: Indan Mok, el cabeza de familia del clan Mok, está postrado desde hace semanas, agonizante a causa de una misteriosa enfermedad que ningún médico es capaz de explicar o curar. Y, mira que hace falta ser poco previsor, copóns, no ha designado sucesor dinástico antes de ponerse pachucho. Así que en cualquier momento, antes o después de que Indan se vaya a comer kimchi con San Pedro, podría estallar una guerra civil entre sus cuatro hijos. El plan del difunto Gyeongwoon Mok pasaba por emplear un doble que absorbiese los intentos de asesinato de sus hermanos. Pero tuvo la mala idea de escoger a Jeong, que es más listo de lo que lo era él, y ahora ha introducido en el mismo seno de la familia Mok a una serpiente venenosa. Y no pretendíamos hacer un chiste.

La primera tarea de Jeong en la mansión Mok (para garantizar su propia supervivencia y asegurar su posición en la familia) es desmantelar la intriga palaciega de la Primera Esposa
, la dama Seok (que no parece tener demasiada prisa por encontrar una cura para su marido porque ya está conspirando para asegurar, por la vía del homicidio múltiple, la sucesión de su amariconado hijo). Devolver la salud a Indan, desenmascarar al falso chamán llamado por la dama Seok, y que está en la conspiración, el muy hijo de puta, para hacerse con el sello personal del enfermo y el manual secreto de artes marciales de la familia (y el chamán le hace la del mono a Jeong, y Jeong se lo toma muy a pecho y le da matarile por subnormal, y luego somete a la enfermedad de Indan, que es en realidad un espíritu diabólico, y lo pone a su servicio a fuerza de puro mal rollito psicópata).

Y todo esto sucede sólo en los primeros capítulos del manhwa. Resuelto este primer obstáculo, podremos contemplar el progreso de Jeong, el asesino múltiple full-psicópata, en la casa Mok, donde va a aprender un montón de técnicas secretas que le ayudarán a matar MEJOR, matar a MÁS GENTE, matar a PERSONAS MÁS PODEROSAS y matarlas MÁS RÁPIDO. Y como la hibristofilia es la hibristofilia, y aquí somos muy fans de Hannibal Lecter y Dexter Morgan, los lectores de la bitácora devoramos capítulo tras capítulo de Myst, Might, Mayhem, vemos a Jeong acumular poderes, habilidades marciales y aliados, y hacerse más fuerte y despiadado, y nos impacientamos esperando el día en que pueda al fin enfrentarse de nuevo al asesino de su abuelo y esmocharlo bien esmochado.

Después de la masacre, vamos con algo más ligerito y palatable.
¡No! ¡Eso no! ¡Pedófilo de mierda!

異種族追放コンカフェ/I shuzoku tsuihō konkafe/ConCafé de exilio interespecies, de Sasaki Masahito, es una divertida comedia protagonizada por Yoshio Yoshida, un oficinista random muy fan de los Concept Cafés.
¿Que qué es un Concept Café, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Es una de esas cosas raras japonesas que el anime ha puesto de moda en Occidente. Como las chicas con orejitas de ratón cantando mouso mouso. En un Concept Café puedes ser atendido por guapas mocitas vestidas con uniforme de doncella francesa, que te dan la bienvenida llamándote «amo» y actúan con un impostado candor (pero como se te ocurra tocarles un pelo, sale un bigardo con tatuajes y manos como jamones y te rompe todos los huesos del cuerpo). O tomarte un matcha mientras acaricias a un amoroso gato. O una capibara. O ser atendido por lolitas góticas. O por chicas sudorosas en ropa de ejercicio y con abdominales duros como PARA, SOMMER, QUE TE PIERDES. O por chicas con uniforme de conejita de Playboy. O por guapas mozas (vas viendo el común denominador, ¿verdad, oh, despierto lector?) que te sirven un Gin-tonic mientras te insultan, degradan y humillan.

Un día, a Yoshio le dan las señas de un ConCafé del cual no había oído hablar antes. Un local ubicado en un lóbrego callejón difícil de localizar. Llevado de la curiosidad, le hace una visita para descubrir que es el único cliente y que las camareras, lejos de desvivirse por atenderle, parecen realmente fastidiadas por su llegada.

Y claro que es el único cliente. Porque ese ConCafé está regentado por arrogantes y displicentes hembras de especies mágicas, Lucila la diablesa, Razlight la enana y Catrea la elfa, que han sido exiliadas al reino de los humanos y abierto un ConCafé como medio de pasar más o menos desapercibidas y ganarse el pan.

Pero su ConCafé es un desastre al borde de la bancarrota. Ni un puñetero cliente. Y, si por accidente entra uno, como Yoshio, los ingredientes del mercado negro mágico, con los que se preparan las tapas, tratan de comérselo.

Así que Yoshio, conmovido por los problemas financieros de las tres chicas (y un poco acojonado por sus modales condescendientes), decide echarles una mano a partir de su conocimiento, nivel cliente, de los ConCafés. Las conmina a abandonar su actitud desdeñosa y poner el corazón en su trabajo. Las saca del callejón para que exploren el mundo humano y visiten otros Concept Cafés (¿cómo van a llevar un negocio si no tienen ni idea de lo que hacen y cómo van a servir bien al público si no saben nada de la humanidad porque viven enclaustradas?). Les sugiere ideas para atraer clientes. Negocia un trato mejor con su principal proveedora (una mujer-gato a la que lleva a un Cat Café y soborna con golosinas para gatos). Y las rescata de un malentendido tras otro en los que su alteridad, su naturaleza de criaturas sobrenaturales y su actitud altiva y prepotente, las mete hasta el corvejón cuando interactúan con simples mortales.

I shuzoku tsuihō konkafe es divertida. Está bien dibujada. Es entretenida a rabiar, llena de jocosos equívocos, y te ayudará a lavarte el cobre del paladar, empalagado de la sangre de todo el asesinamiento masivo de Myst, Might, Mayhem.
¡Ole ole! O ara ara!

Y terminamos, que ya casi tenemos entrada para potato de emergencia, con はじめてのセフレ/Hajimete no sefure/Mi primer amigo sexual, de Yurikawa, aunque de momento sólo han liberado dos capítulos, porque chica atlética. Porque abdominales. Porque historia de amor vaginal no exenta de ternura.

Sano Kiyotaka y Aihara Tanaki no tenían planeado enamorarse. Se conocieron a través de una App tipo Tinder, de esas de «encuentra gente para follar sin complicaciones». Y se encontraron. Y follaron. Y les gustó. Y repitieron. Y están empezando a enamorarse, aunque aún no se han dado cuenta, porque son físicamente compatibles, porque Kiyotaka es un pinchahigos bestial, capaz de llenar de condones usados una papelera, en cada encuentro con Aihara, pero también tiene un corazoncito romántico y tierno y una personalidad afable y bonachona, y porque Aihara es valiente, dura, portera de un bar de conejitas capaz de sacar a patadas a borrachos agresivos, pero también una mujer insegura, dulce, sensible y TIENE UN SIX-PACK DE ME-CAGO-EN-LA-HOSTIA-PERO-QUÉ-CACHONDO-QUE-ESTOY-JODER.

A la espera de que liberen más capítulos, sólo podemos recomendarte esta dulce y divertida comedia adulta con tetas y abdominales femeninos, un jefe-yakuza que come galletitas con forma de animales y le da dinero a sus chicas para comprarse ciruelas cuando les baja el tomate (al parecer, a las japonesas eso les alivia los dolores menstruales), unas camareras-conejita intrigadísimas por la extraña relación que une a Kiotaka y Aihara y unos alelados protagonistas que no quieren que se les note demasiado las ganas que tienen de volver a verse.

Verse y chingar como gorrinos.

Algo que probablemente deberías estar haciendo tú, flojo lector, en vez de desperdiciar tus mejores años en esta roñosa bitácora, ahora que ha quedado meridianamente claro que nunca acabarás tu libro de mierda.

Ahí está la puerta. Payaso.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XV): El bolígrafo de la NASA

¿Señorita Tetas?

¿Tetorita?

¿Señoteta?

Buf. Qué alivio.

No, no es que me den miedo. Es que son unas abusonas, reconcho. Van a por ti de dos en dos. ¡Es antideportivo!


Bueno, vamos al turrón.

El caso del Space Pen es un ejemplo de manual del extraordinario valor de lo realmente pequeño.

John Fitzgerald Kennedy lanzó en 1962 al pueblo estadounidense, ante el público congregado en la Universidad William Marsh Rice, una promesa absolutamente descabellada: antes de que acabase la década, los Estados Unidos pondrían a un hombre en la luna. A ser posible, vivo.

«We set sail on this new sea because there is new knowledge to be gained, and new rights to be won, and they must be won and used for the progress of all people. For space science, like nuclear science and all technology, has no conscience of its own. Whether it will become a force for good or ill depends on man, and only if the United States occupies a position of pre-eminence can we help decide whether this new ocean will be a sea of peace or a new terrifying theater of war».
Para cuando el primer presidente católico de los Estados Unidos lanzó este discurso, el programa Mercury que, desde su inicio en 1958, había puesto en el espacio a los primeros astronautas americanos, en respuesta a los éxitos del programa espacial soviético (el primer satélite artificial, el primer ser vivo lanzado al espacio, el primer ser humano puesto en órbita), y que se comió, a lo largo de toda su duración, unos 277 millones de dólares de la época (unos 2 760 000 de hoy en día, ajustando la inflación) estaba a punto de terminar, y no había un reemplazo claro a la vista.

Se escapa a los objetivos de esta entrada de la bitácora analizar el clima estratégico y cultural de la época, los motivos políticos y económicos (dar cientos de millones de dólares en contratos públicos a Estados clave, electoralmente hablando, desarrollar tecnologías «reversibles» o de doble uso que, con el disfraz de la exploración científica, pudiesen aplicarse a sistemas defensivos...). Aunque en el Paratroopers somos unos enamorados del espacio, no tomaremos como excusa esta entrada para cantar alabanzas a los cojones GIGANTESCOS de Alan Shepard, John Glenn, Scott Carpenter, Gordon Cooper, Virgil Gus Grissom y Walter Schirra.

Además, ya se han muerto todos. Lamentablemente.

El estudio de la patada hacia adelante que el programa espacial propinó a la industria, la ciencia y la ingeniería humanas; y los dementes desafíos físicos y técnicos que planteaba el reto de llevar un hombre hasta la luna, vivo, y traerlo de vuelta, a ser posible también vivo, ha llenado, llena y llenará volúmenes. Tecnología que ya estaba disponible, pero con la que no se sabía muy bien qué hacer, se incorporó como un ángel salvador a una necesidad específica de la NASA (la primera patente del Velcro es de 1955, y los astronautas lo usaban literalmente para todo). Nuevos procesos técnicos fueron inventados, perfeccionados o improvisados sobre la marcha: materiales ignífugos (particularmente tras la tragedia del Apolo I), paneles solares, alimentos deshidratados, purificadores de agua, compuestos autorreparables, equipos de telecomunicaciones a larga distancia... Ya sólo la miniaturización de los, por aquel entonces, enormouses ordenadores debe no poco al programa espacial, a los complicados cálculos de trayectoria que requería incluso un mínimo control de las cápsulas espaciales y a la necesidad de reducir el peso al lanzamiento (que, como un tren de fichas de dominó, implica una reducción en la cantidad de combustible, que implica una reducción en el tamaño del cohete).
«We choose to go to the Moon in this decade and do the other things, not because they are easy, but because they are hard; because that goal will serve to organize and measure the best of our energies and skills, because that challenge is one that we are willing to accept, one we are unwilling to postpone, and one we intend to win, and the others, too».
El Space Pen, o «bolígrafo espacial», es la respuesta a uno de los muchos desafíos de la exploración de la Última Frontera. Tan pronto como rusos y americanos empezaron a poner gente en órbita descubrieron un inesperado problema: los bolígrafos convencionales no funcionan en caída libre. La tinta que empapa la minúscula bolita de rodamiento que la traslada al papel necesita de la gravedad para fluir. Y no, sustituir los bolígrafos por lápices no resolvía el problema, sino que creaba otro. Las minas de grafito de los lápices tienen la fastidiosa tendencia a romperse, como se rompen nuestros carallos cuando vemos un vídeo de Riley Reid.
Deutschland!

A los ingenieros de la NASA no les hacía lo que representa ni puñetera gracia tener pedacitos de una sustancia eléctricamente conductora e inflamable flotando a la buena de Dios dentro de sus cápsulas espaciales, así que empezaron a desarrollar un bolígrafo que funcionase en microgravedad. Y lo consiguieron. Tardaron diez años de investigación y prototipos y se gastaron una cantidad inconfesable de dinero en desarrollo (algunas versiones de esta historia hablan de doce millones de dólares de la época, unos 127 millones hoy en día; otros elevan la cifra a 12 billones de dólares, que no se lo gastan en TelaHinco en cocaína ni en un fin de semana de desenfreno), pero finalmente tuvieron listo un superultramegabolígrafo que escribía en caída libre, que escribía boca abajo, en cualquier superficie, incluido el cristal, sobre seco, sobre mojado, sobre grasa y en un rango de temperaturas entre unos pocos grados por encima del cero absoluto y los trescientos grados Celsius.

El programa espacial soviético, que no tenía la pasta ni el tiempo para despilfarrarlo en pendejadas, siguió utilizando lápices. Y esta historia, que rula por los ordenadores de medio mundo desde que Internet aún se lo hacía todo encima, que fue incorporada a los diálogos de Primer, película que tuvimos que explicarte aquí para que dejases de sentirte como un puto subnormal profundo, viene usándose desde hace décadas como ejemplo del gasto excesivo e injustificado de los organismos públicos, dopados con el dinero de los contribuyentes y generalmente a salvo de las consecuencias de malbaratar el erario como príncipe saudí en París.

Y, si ya eres veterano de la bitácora sabrás que las historias de esta sección se dividen en tres tipos: relatos con mayor o menor componente de veracidad, pero, por eso mismo, en cierta proporción inexactos; relatos completamente verídicos, pero tan atchonburísticos que parecen invents, y puras y duras mentiras.

Éste es de los primeros.

Factchecking básico: no, los bolígrafos convencionales no funcionan en microgravedad. Sí, los ingenieros de la NASA querían limitar el uso de lápices dentro de las cápsulas espaciales, por las razones enumeradas más arriba. Sí, la NASA comenzó un programa para desarrollar un «Space Pen», pero... aquí está el primer matiz, en cuanto los cerebrines calcularon el pastizal, el chorro de panoja que tendrían que invertir en el invento antes de lograr un prototipo medianamente usable; teniendo, como tenían, un presupuesto generoso, pero inevitablemente limitado, decidieron abandonar el proyecto.

No había puta manera de justificar tremenda inversión en fabricar un puto boli. Así de simple. A regañadientes, los ingenieros de la NASA toleraron los lápices a bordo de sus máquinas de muerte llenas de conexiones eléctricas y oxígeno hiperinflamable. Aunque no eran lápices random de los que te puedes comprar en el Folder de tu calle. Eran unos lápices especiales, modificados para que los astronautas pudiesen cogerlos fácilmente en microgravedad, incluso con los guantes del traje puestos, y con una mina de grafito especialmente formulada para que fuese más elástica y no tan quebradiza. Los hijos de puta de los lápices espaciales costaban CIEN pollardos la unidad. Así que una caja de doce lápices te salía por mil doscientos mortadelos. Como solución de compromiso a medio camino entre los bolígrafos y los lápices, la NASA también dotó a sus astronautas de portaminas metálicos (se conserva una orden de compra de 34 de estos portaminas, fabricados por Tycam Engineering Manufacturing Inc.), aunque el precio por unidad era escalofriante. Casi 129 dólares 
de la época el portaminas. 4 382 dólares con 26 centavos por todo el lote.

Pero (y aquí está el segundo matiz), la idea del Space Pen no fue abandonada. No del todo. Como nosotros no abandonamos a nuestras otras chicas preferidas, por mucho que reservemos trono, cetro y corona a la menuda y pizpireta Riley.

Friedrich Schächter, inventor austríaco y fundador de la empresa MINITEK, Feinmechanische Produkte G.m.b.H («Productos Mecánicos de Precisión, Sociedad Limitada»), con la colaboración de Erwin Rath, un maestro mecánico vienés, se gastó su propia pastuki para desarrollar el puto Space Pen al que la NASA había renunciado. A través de las patentes estadounidenses de Schächter, y de sus colaboraciones con empresas de Berlín y Van Nuys (California), el fabricante de bolígrafos Paul C. Fisher comenzó a colaborar con MINITEK a partir de 1965. Schächter puso la punta de escritura que había inventado, Fisher su tinta tixotrópica y sus cartuchos presurizados con nitrógeno, y esos dos elementos, una vez reunidos, dieron lugar, finalmente, al reconchudo Bolígrafo Espacial, patentado en 1965 como «Bolígrafo Antigravedad AG7» y fabricado en Boulder City, Nevada.

Cada uno de aquellos Space Pens se vendía a diez dólares de la época, aunque Fisher se los ofreció a la NASA con descuento, si decidían hacerle una buena compra: seis maricoins la unidad. Los ingenieros adquirieron una partida de Space Pens, los sometieron a todas las pruebas infernales que sus diabólicos cerebros fueron capaces de concebir y emitieron un informe que podemos resumir en la frase «¡hostia!, pues no está mal esta mierda, tú», que es lo mismo que dijo tu dulce hermanita pequeña la primera vez que esnifó cocaína en tu cipote. Y fueron un éxito. En 1967, la NASA decidió equipar el Programa Apolo con los Lápices Espaciales del señor Fisher y puso una orden de compra de 400 unidades a dos dólares con noventa y cinco centavos cada una. A un 872,5% de inflación, eso son veintiocho machacantes con sesenta y nueve piastras de 2025 por boli y más de once mil reales de vellón de los de ahora.

El puñetero boli fue un éxito de tal calibre que se dice que hasta los rusos se hicieron con una remesa. El Space Pen se sigue fabricando, se usaba hasta tan tarde como el año 2021 en la Estación Espacial Internacional y es usado erróneamente, por personas sin la suficiente información al respecto, como ejemplo del abuso y rapiña de las arcas públicas por los grandes organismos estatales no suficientemente fiscalizados.

¿Por qué?

Porque es una figura retórica poderosa. «Si lo tienen, lo gastan» (o, como decimos por aquí, «donde lo hay, se gasta, y donde no, se rasca»). Como decían los dos ingenieros de Primer, obligados, por sus parcos medios, a economizar costos y emplear materiales más asequibles en su intento de fabricar en su garaje, con un par de cojones así de gordos, un proyecto abandonado por la NASA. Aaron y Abe no tienen el presupuesto de la NASA. No pueden permitirse invertir en su pequeño proyecto de ciencias lo que la agencia espacial invirtió en el suyo. Así que recurren al ingenio. Haciendo de la necesidad virtud, alteran el diseño, canibalizan el coche de uno, la nevera del otro... y, accidentalmente, inventan una máquina del tiempo.

Los libertarios, los ácratas y cualquier otra persona a la que alguna vez le hayan hecho un culo nuevo en la declaración de la Renta (básicamente cualquier adulto), le tienen un particular afecto a esta falsa historia del boli espacial que le costó a la NASA una exageración de millones cuando podrían haber utilizado lápices, como los cosmunistas (no es una errata). Este cuento macabeo, perpetuado por medio de Internet desde premisas incompletas o falsas, ha abierto o ilustrado seminarios sobre gestión, libros de autoayuda, reuniones estratégicas corporativas, cursos de formación de directivos y, no lo descartamos, alguna fase de preliminares antes de un coito particularmente decepcionante. Porque la moraleja de que la escasez agudiza el ingenio, la necesidad puede convertirse en virtud y la reducción de gastos innecesarios puede llevarte al éxito, es un mensaje atractivo. Inspirador. Fácil de vender.

Un mensaje engañoso. Porque la necesidad no es siempre una virtud. La escasez no siempre agudiza el ingenio y reducir gastos no es garantía del éxito a menos que tengas el único catalizador que puede purificar esos ingredientes: un buen proyecto, la energía para acometerlo y, la duda ofende, talento.

«Lo importante en la vida son las pequeñas cosas», dicen que dijo el mejor filósofo del siglo XX, Marx. Groucho, no Carlos. «Una pequeña fortuna, un pequeño yate, una pequeña mansión...». Y es que lo extraordinariamente pequeño puede tener un valor exacerbado, debido a su escasez, como los diamantes, los perfumes caros, o su costo de producción, como el azafrán o la cocaína. Pero adonde queríamos llevarte, querido lector, en esta entrada de la bitácora, es a una reflexión sobre el catalizador que revaloriza una categoría particular de entidades notoriamente pequeñas. Hablamos del talento, por supuesto, que convierte a nuestra querida Riley Reid en una giganta.

Mein Herz in Flammen!

Y este mensaje de entronización de lo sencillo, de lo pequeño, de lo humilde santificado por los laureles del ingenio, cobra especial valor en el presente entorno cultural, con las productoras invirtiendo cientos de millones de dólares de presupuestos abotargados en películas que podrían haberse rodado, con la misma dignidad y una planificación mínimamente meditada, sin hacer semejantes desembolsos. Películas que nunca recuperarán la inversión, o que directamente se han descoñado por motivos de su padre y de su madre (aunque suelen compartir a la mala calidad y la priorización de los mensajes ideológicos por encima del entretenimiento o de la apelación al interés de los espectadores).


La Blancanieves de imagen real de Disney, protagonizada por la indigesta Rachel Zegler (cada vez que esta muchacha abre la boca, un ejecutivo de Disney se tira por una ventana) costó, dependiendo de las fuentes, 240 ó 270 millones, tendría que haberse puesto al menos en 428 millones para no palmar pasta y recaudó poco más de doscientos millones, sumando todos los mercados. La insufrible Mickey 17, del antaño efectivo Bong Joon-ho, no llegó ni a recuperar en taquilla su presupuesto de 115 millones de producción (118 según otras fuentes), a los que se sumaron alrededor de otros 80 millones extra en gastos de promoción. The Alto Knights, de Barry Levinson, superó por los pelos los diez millones de taquilla y nunca recuperó en venta de entradas su presupuesto de 45 millones pese a haber sido escrita por el guionista de Uno de los nuestros y Casino y tener en cartel a un monstruo de la pantalla como Robert De Niro. Tron: Ares, esa secuela-que no es una secuela, reboot-que aliena a los fans de las primeras películas, ese largometraje «tierra de nadie», con su presupuesto de 170 millones de dólares, está comiendo mierda a nivel olímpico y hay serias dudas de que llegue a la tierra de la rentabilidad.


Y, si echamos la vista al año pasado (por no remontarnos mucho más atrás), es hora de empezar a temblar. Joker: Folie à Deux, una película rodada deliberadamente para ser un FRACASO (misión cumplida; 371 millones de presupuesto, pérdidas de más de 144). Fly Me to the Moon, cien millones de producción, poco más de cuarenta y dos millones de recaudación. Borderlands (también llamada «La película que hicieron los ejecutivos de Hollywood que odian los videojuegos»), 120 millones de presupuesto, TURBOMEGAHOSTIA CON PATATAS en taquilla. 
Megalópolis, la ambiciosa, colosal y desmesurada (136 millones) locura de Francis Ford Coppola (muy dado a ellas, por otra parte), genuino venenato monosódico para las taquillas, con menos de 15 millones de recaudación. Argylle; doscientos millones costó. Vendió entradas por valor de poco más de noventa y seis y por los pelos (se conoce que la única persona con verdadero interés en ver a Henry Cavill husmeando el balcánico potorro de Dua Lipa era la propia Dua Lipa).

Y es en este ecosistema de costes elefantiásicos, improvisación de lujo, planificación encocada de nuevo rico, películas estólidas escritas por analfabetos y dirigidas por vagos o incompetentes, expectativas quiméricas y millonarias campañas de promoción que no arrojan sino retornos liliputienses; es en este panorama desolador de estulticia y negligencia que el cine humilde, el cine bien hecho, las pelis de cuatro duros ricas en talento, prueban que es posible hacer las cosas de otra manera y ganan un valor superlativo como ejemplo de gestión de recursos tanto como enseñanza moral.

Películas como Coherence, dirigida por James Ward Byrkit en 2013, rodada con cuatro duros en un único escenario y protagonizada por una docena de actores de todo a cien al que probablemente no recuerdas haber visto jamás en tu vida. Salvo a Nicholas Brendon, que era Xander Harris en Bufi Esnachavampiros.

Y mira que Coherence está muy lejos de haber sido un éxito de taquilla. De hecho, probablemente acabas de enterarte de que existe, amado lector. A España no llegó hasta octubre de 2013, donde se pasó en el festival de cine de Sitges. No se estrenó comercialmente en salas ibéricas hasta octubre de 2015 y no fue a verla ni Dios (37 128 dólares de recaudación en nuestra piel de toro). En la mayoría de los demás países a los que llegó, fue directa a DVD o a servicios de Streaming, y allí se quedó.

Pero, aunque a menudo establecemos en la bitácora una correlación entre los resultados de taquilla y la calidad de una película (aunque tampoco se nos caen los cojones por señalar nuestro estupor cuando un título concreto no alcanza las cifras a las que, estimamos, estaba destinado), Coherence es una excepción: su paupérrimo desempeño en taquilla ofusca la excelencia de su producción minimalista y honesta.

Coherence pertenece a la misma familia que Primer (rodada con 7 000 dólares), The Man from Earth (200 000 dólares de presupuesto), Cube (278 000 dólares de producción), The Vast of Night (700 000 dólares de presupuesto) y, en menor medida, The Machine (1 000 000 de presupuesto), una cinta de ciencia-ficción rodada con más oficio que dinero, con actores baratos pero competentes, y con una historia bien tramada y una intriga simplemente mesmerizante.

Coherence y sus cincuenta mil dólares de presupuesto transmutan la necesidad en virtud. Su pobreza de medios en acicate de la creatividad. Su tono casi teatral en experiencia inmersiva. Pareces estar viendo en directo la desintegración de ese grupo de amigos que, en mitad de una cena informal, comienzan a experimentar fenómenos inusitados de los cuales culpan al cometa que en ese momento sobrevuela la tierra. La oscuridad envuelve la casa de Mike (Nicholas Brendon). Los teléfonos móviles dejan de funcionar. Internet se cae. Las luces se apagan. Y cuando intentan pedir ayuda a los únicos vecinos, calle abajo, que tienen electricidad alcanzan la misma casa que acaban de abandonar. Y ven a sus amigos a través de las ventanas. Y se ven a sí mismos dentro de la casa. Y huyen despavoridos, llevándose una misteriosa caja metálica abandonada frente a la puerta de la casa y que contiene fotografías suyas. Fotos con la ropa que llevan puesta aquella noche. Fotos que nadie recuerda haber sacado.

Los ocho amigos invitados a una cena tranquila han caído en una especie de prisión cuántica en la que sólo existen ellos. Todas las infinitas variantes de sí mismos. Han quedado aislados de la corriente del tiempo en un laberinto para ratones que atraviesa todos los universos alternativos de la reunión en la casa de Mike. Y no saben cuánto tiempo tendrán que quedarse allí. Ni si podrán salir. Y, si pueden, si regresarán al mundo del que proceden o a algún otro.

James Ward Byrkit, el director y co-guionista de Coherence, llevaba metido en la industria, desempeñando diferentes trabajo, por lo menos desde que en 1995 hizo los storyboards de Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto. Casi siempre adscrito al departamento de arte de las producciones en las que trabajó (Un ratoncito duro de roer, Camino del infierno, Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto, Baby Driver) había escrito la historia (que no el guion) de Rango y llevaba tiempo fantaseando con la idea de rodar una película sin guion (algo a lo que Zack Snyder ya le ha cogido gusto) y sin equipo de rodaje cuando comenzó a tontear con los fundamentos de lo que luego sería Coherence.

Byrkit se pasó al menos un año elaborando mapas, diagramas, planos de casas con flechas señalando los movimientos de los personajes, e investigando las más recientes investigaciones científicas sobre la naturaleza de la realidad. Con su trasfondo teatral, Byrkit estaba acostumbrado a trabajar con medios mínimos, escenarios semivacíos, abstracción casi absoluta, y sabía que el contrapeso de un presupuesto ajustado era un buen reparto, y llegó a la conclusión de que la mejor manera de disfrazar la humildad de su película era centrar la acción en la historia y los personajes. Vamos, hacer la clase de película que los paracaidistas de la bitácora nos miramos como nos gustaría que Rebecca Ferguson nos mirase a nosotros.

Byrkit escogió, deliberadamente, actores que no se conocían de nada, que jamás habían trabajado juntos, y que estuviesen dispuestos a trabajar por una coca cola y un bocadillo de mortadela del Mercadona. Lo único que todos ellos tenían en común era el propio James Ward Byrkit, a quien cada uno conocía por separado. De hecho, la mayor evidencia de que Byrkit reclutó a los amigos que le cogieron el teléfono es que uno de los actores, el que interpreta al personaje de Amir, es el mismísimo Alex Manugian, el co-guionista de Coherence.
«They were just friends that I knew I could just call up and say, 'Show up at my house in a couple days. I can't really tell you what we're doing, trust me I'm not going to kill you. It should be fun!»
(De aquí).

Pero ¿puede haber dos escritores en una película sin guion? Ah, amigo. Ahí está la gracia. Coherence se rodó sin guion, pero no sin texto. En cuanto Byrkit reunió a su elenco en el salón de su propia casa (no había pasta para alquilar un estudio o construir escenarios), les entregó una especie de esquema argumental de doce páginas y les dio rienda suelta. A lo largo de los cinco días que duró el rodaje (la mujer de Byrkit, embarazada de ocho meses, le dijo «cinco días y no más, que aquí vive un huevo Kinder a punto de entregar la sorpresa y necesita tranquilidad»), cada uno de los actores podía recibir una notita con indicaciones que debían mantener en secreto. Algo en plan «hoy tu personaje empieza a sospechar que hay un espía en el grupo», «hoy tu personaje le confiesa a este otro personaje que se cepilló a la mujer de un tercer personaje, y le pide que no diga nada», y cosas así. Ese método de trabajo obligó a los actores a improvisar sobre la marcha, permitió que la película creciese de forma orgánica y generó reacciones genuinas cuando fueron enfrentados a los giros argumentales.
«[...] each day, instead of getting a script, the actors would get a page of notes for their individual character, whether it was a backstory or information about their motivations. They would come prepared for their character only. They had no idea what the other characters received, so each night there were completely real reactions, and surprises and responses. This was all in the pursuit of naturalistic performances».
(De aquí).

¡Y qué actores! ¡LA FIRGEN! Byrkit confiesa que tuvo escalofríos cuando dijo «acción» y aquellos ocho perfectos desconocidos, con un talento y una profesionalidad a prueba de bomba, empezaron a comportarse como viejos amigos que llevasen años celebrando reuniones como aquella, o casados con aquel, o folgándose a aquellotra, la de los dientes, la de cara de guarra. Y, como tenían que replicar al diálogo, mayormente improvisado, de sus compañeros, en un ping-pong actoral constante, sus réplicas fluyen de una manera extraordinariamente espontánea, natural, protegida de los artificios del ensayo y el mecanicismo de la memorización. De todo ello se beneficia la experiencia del espectador, que se zambulle en la acción, que casi acaba olvidando que está viendo una ficción y tiene la sensación de espiar, por el ojo de una cerradura, el colapso de una amistad, dinamitada por la paranoia y los turbios secretos revelados durante la escalofriante noche del cometa.

La menesterosa producción de Coherence tropezó con no pocos obstáculos. Byrkit sólo tenía dos cámaras Canon domésticas y un equipo de sonido básico. La noche que sacaron a todos los actores de la casa para rodar una caminata por un entorno desolado, envuelto en una oscuridad impenetrable, había más luces en la calle que neones en una casa de putas y varios cientos de extras paseándose de un lado a otro porque otro equipo de rodaje, uno que sí manejaba viruta, estaba rodando una película en el mismo barrio. Y, poco más abajo, un tercer equipo rodaba un anuncio de Snickers. Una magnífica discusión entre los actores, metidos en sus personajes, se perdió porque Byrkit estaba tan magnetizado por sus interpretaciones que olvidó encender la cámara. ¿El cometa de los cojones que lo desencadenó todo, y que aparece en varios planos de la película? Una lámpara LED de 30 dólares comprada en Amazon.

Para hacer la misma película, Christopher Nolan habría pedido doscientos millones de dólares, un trasatlántico, dos bombas nucleares y un dodo vivo.

Coherence, con su brillante gestión de austeros recursos, su historia absorbente, su atmósfera claustrofóbica, sus actores entregados y sus grandes reflexiones sobre la naturaleza humana (entregadas en sencillo envoltorio), reconcilia al espectador con el cine como vehículo de cultura, lenguaje estético y herramienta artística. En una época de películas planeadas por algoritmos, escritas por IAs y rodadas por robots, Coherence es cine humano, rodado por humanos y dirigido a humanos, aunque, estrenada con cero promoción y acogida con encogimientos de hombros por los escasos críticos que condescendieron en verla, no haya gozado en su momento del reconocimiento que merecía (mientras que cintas dopadas con millones de dólares y lubricadas por despliegues publicitarios obscenamente costosos acaparaban las mejores pantallas) y subsista en las tiendas de DVDs y en los servicios de Video Bajo Demanda como la pequeña y gratificante joya que siempre ha sido.


¡Uf, hemos llegado al final sin sufrir un ataque total, digo tetal!

Ya puedo sacarme la bolsa de hielo de los gayumbos.