miércoles, 31 de diciembre de 2025

Cuadritos asiáticos para despedir otro año de mierda

Las tradiciones sin significado no son más que el corte de mangas que nuestros antepasados nos hacen desde la tumba.

(Salvo cuando subimos la tradicional foto de la divina Sara Sampaio, o el tradicional GIF de Riley Reid induciéndonos a pecar de pensamiento, palabra y obra. Ésas son tradiciones BUENAS).

Aquí, en la bitácora, tenemos desde los orígenes al menos una tradición que aún tiene significado: acabar el año publicando, el 31 de diciembre, una entrada especial. Hasta 2019 fue un textito con pretensiones literarias. En 2020, año de mierda, año pandémico, una doble peineta de Homer Simpson. En 2021, una falsa entrevista. En 2022, una enmienda total a ese año de mierda. En 2023, una entrega especial de la sección «Todo lo que creías saber probablemente sea mentira» con historias atchonburísticas completamente verídicas. En 2024 nada, porque los cabrones de Vomistar nos dejaron tres meses sin Internet.

Pues este año no nos sale de los aguacates comernos mucho la cabecita con la entrada de Nochevieja, así que, tachán, tachán, bala de plata de cómics asiáticos y a tomar por culo.

Empecemos por una de zombis. No estamos muy por las historias de zombis en la bitácora, pero de todo tiene que haber en la viña del señor y, en el peor de los casos, 종말이 찾아왔다/Jongmal-i chaj-awassda/El fin ha llegado, de Jeon Seon-Wook, tiene un dibujo simplemente precioso en el que, además, los personajes coreanos PARECEN coreanos. Nada de enormes ojos brillantes, ni cabellos de colorines (hasta ahora), ni chorradas de shojo manga.

El fin ha llegado parte del típico escenario de crisis zombi estándar e involucra en ella a Jung Minjun, un mierdecilla de clase obrera con problemas de autoestima, y Han Yena, la clásica pijita engreída, hiperpopular y ávida de atención. La típica Instagram Attention Whore, pero en coreano, con la que, por algún motivo, Minjun acaba siempre compartiendo pupitre.
Turbomaciza está, afirmamos.

Minjun está enchochado de Yena, que ya hemos dicho que es tremendo pibardo, desde la primera vez que coincidieron en la misma clase. Pero sus escasas probabilidades de intercambiar saliva con ella, por no mencionar otros fluidos, cayeron por debajo de cero desde el día en que le dirigió la palabra y Yena no le manifestó más que abierto desprecio. Desde entonces, no ha dejado de llamarle «perdedor», decirle que «apesta a pobre», lamentarse en voz alta cuando acaban en la misma clase y prohibirle mirarla, si por accidente lo pilla contemplándola a distancia.

Sí, Han Yena es un encanto. Cada vez que abre la boquita, no sabes si darle un par de hostias o invitarla a un café. De ácido sulfúrico.

Si la vida de Minjun, una masa subcrítica de hormonas adolescentes a la que la proximidad física de Han Yena lleva al borde de una detonación de por lo menos tres Oppenheimers, no fuese ya lo bastante interesante, encima se ha convertido en el objetivo del matón del instituto, Park Seongbin, un bigardo altísimo y corpulento (musculitos de gimnasio, pendientes de chuloputas, tatuajes de malandro) que le da capa y media de hostias todos los días a nuestro héroe. Porque puede. Porque Minjun, un alfeñique acomplejado y sin carácter, se ha conformado ya con su papel de punching-ball y no se piensa siquiera en defenderse.

Los únicos amigos de Minjun son Bae Sunho y Oh Byeongjun. Tremendo par de frikardos asociales como él, no pueden ayudarlo especialmente a desarrollar un buen par de huevos. Son al menos tan pichafrías como Minjun, tan ineptos físicamente como él y están tan hechos mierda, psicológica y socialmente, como él. No pueden salvarle del cabrón de Seongbin ni abrirle el frío, duro y negro corazoncito de Yena.

Enamorado sin esperanza de Yena, puteado por Seongbin, maltratado físicamente por éste y psicológicamente por aquella, lo único que Minjun tiene en su vida es su ordenador y su colección de videojuegos, de entre los cuales destaca Rage Z, una especie de Call of Duty, si CoD arrancase directamente en el modo zombis. En Rage Z, Minjun es la hostia bendita. El boss (♪ Booooorn in de yu-es-ei ♫). El puto amo. Se sabe todos los mapas. Todas las vulnerabilidades de los mini-bosses. Las mejores tácticas para sacar partido a las misiones.

Pero luego el regreso a la realidad cotidiana se le hace aún más cuesta arriba. Minjun ha llegado a tal estado de tortura emocional que solo quiere que el instituto, el mundo o su vida se acaben de una vez. Odia ir a clase. Aborrece a sus compañeros. Detesta sentirse humillado, menospreciado, maltratado. En el primer capítulo del 
manhua, Minjun está decidido a dejar los estudios. No va a volver a esa escuela en la que lo hacen sentir miserable.

Después de la enésima paliza que recibe de Seongbin, Minjun piensa seriamente en acabar con el dolor automorisionándose. Busca un edificio alto desde el cual saltar a la calle. Medio aturdido, gravita hacia el complejo de apartamentos en el que vive Yena, que lo ve y no pierde la oportunidad de zaherirlo otra vez y, a la vista de sus heridas, le dice que alguien tan patético como él al menos debería tener los redaños de defenderse.

Olvidada por un momento la seducción de la autoacabasión (a fin y al cabo, por grosera que haya sido, Yena ha dicho la verdad), Minjun vuelve a casa y se refugia en los videojuegos, su único consuelo en este mundo. Lanza Rage Z y se une a una partida.

Avanzando en el juego, sus compañeros de juego on-line le dicen que tienen que irse, que ponga las noticias, que algo muy raro está pasando en Corea. Antes de poder hacerlo, el vecino de Minjun, un borrachuzo de mierda, llama a su puerta, 
sangrando como un miura y aparentemente más mamado que una picha que haya entrado en el mismo distrito postal de Riley Reid; e intenta darle un muerdo. Minjun se lo quita de encima con una patada y una potra que no te cuento, cierra la puerta e intenta llamar a la pañoca, pero la línea de la policía está bloqueada y el móvil de Minjun lleno de mensajes de alerta.

Hay gente, por las calles de Seúl, Busan, Incheon y otras ciudades, comportándose como zombis y atacando salvajemente a los no-infectados. Encima, se cae Internet, el servicio de telefonía móvil sólo funciona a ratos (y, cuando lo hace, a Minjun sólo lo contactan su madre y sus amigos Sunho y Byeongjun) y las autoridades del ramo, a través de los informativos de televisión (mientras dura la señal), imponen un confinamiento forzoso de emergencia a todos los civiles como primera medida para controlar lo que, inicialmente, se considera un ataque terrorista.

Alguien, no nos preguntes cómo (no porque no lo sepamos, sino porque si contestamos te jodemos la historia de Jongmal-i chaj-awassda), se las ha arreglado para recrear el escenario de Rage Z en el mundo real, en un momento en el que Minjun estaba solo en casa (en un edificio en el que, además del borrachuzo, algunos vecinos ya han sido infectados) y tenía provisiones para algo menos de dos semanas, suponiendo que no tenga que compartirlas con nadie.

Pero, por algún motivo, Minjun no tiene miedo.

Ya sea porque, justo en la víspera del estallido de la epidemia zombi, había renunciado a la vida y estaba dispuesto a tirar del cable; ya sea porque el escenario escalofriante en que se ha convertido su mundo le resulta familiar, cómodo, puesto que conoce sus reglas desde su experiencia como jugador; ya sea porque ha sobrevivido a los dos primeros ataques zombis, ya sea por el motivo que sea, Minjun no tiene miedo al apocalipsis, ni siquiera cuando el rescate se retrasa y Minjun comprende que tendrá que salir a la calle a buscar víveres si quiere esperar al socorro en su apartamento.

Pero quien llega a su apartamento no es un equipo de rescate. Es Han Yena, desesperada y perseguida por un grupo de malas bestias que quieren comérsela, y no en el buen sentido. Minjun, que no es un desalmado, da refugio a Yena, aunque ella no parece agradecérselo especialmente. La altiva e inalcanzable pijita sigue siendo muy princesita incluso en mitad del fin del mundo (echa a Minjun de su propio dormitorio, «¿pretendías dormir a mi lado?»), no ha perdido su actitud insoportable y, encima, con su llegada ha cortado por la mitad la duración de sus provisiones.
(Si quieres saber cómo conocía Yena la dirección de Minjun, te lees El fin ha llegado y dejas de joder la marrana).

No, por supuesto que nuestros aguerridos protagonistas no se quedan en el minúsculo semisótano de la familia Jung. Ésta es una historia de zombis y eso la convierte, de acuerdo al formulario actualmente en vigor en el género, en una road-movie. Minjun y Yena parten en busca de un refugio mejor, a ser posible defendido por soldados armados. Y acaban formando equipo con Kang Hakcheol, un compañero de instituto y emigrado del norte que es todo lo que Minjun no ha sido nunca (valiente, atlético, decidido y templado. No le tiene miedo ni se deja intimidar ni siquiera por el enorme Seongbin, y no duda en reprocharle las bravuconadas de matoncillo de patio de recreo cada vez que es testigo de una). En su odisea, los tres muchachos acaban encontrándose todos los tropos habituales de historia post-apocalíptica: los saqueadores violentos, las bandas organizadas que llenan el hueco dejado por las instituciones colapsadas, los buenos samaritanos que incluso en medio del caos más absoluto no renuncian a la empatía y a su humanidad, los mierdas secas que aprovechan la anarquía para cobrarse venganza por pasadas ofensas, los hijos de mala verga que ya eran cabrones plus antes de que todo se fuese a la puta y que bendicen la oportunidad de sacar a flote toda su mala raza (sí, estamos hablando de Seongbin)...

En su periplo por un mundo que se está desmoronando, Minjun, Yena y Hakcheol deben superar sus miedos, aprender a confiar y depender los unos de los otros, descubrir las tácticas óptimas de supervivencia en este escenario infestado de peligros (la experiencia de Minjun como jugador de Rage Z es valiosísima a tal fin) y afrontar los cambios que el apocalipsis empieza a obrar en sí mismos. «Huy», se da cuenta Yena «si de repente me parece que Minjun ya no apesta tanto a pobre. De hecho, empieza a olerme a joooodeeeeer qué mojada me estoy ponieeeeeendoooo».

¡Hala! ¡Ya está! ¡A leer Jongmal-i chaj-awassda/El fin ha llegado! ¡Deja de pelarte el pistón mirando vídeos de asiáticas marranas durante un par de horas!


당신의 가격을 알려드립니다/Dangsin-ui gagyeog-eul allyeodeulibnida/Déjame saber tu precio, de Kwak Dong-ju y Mubi, también empieza con una epidemia que desencadena una pesadilla distópica, aunque no la clase de epidemia que imaginas.

Un virus informático de origen desconocido instala en todos los teléfonos móviles del planeta una App que no se puede desactivar ni desinstalar y que asigna un valor monetario a las personas. Nuestra heroína protagonista, Go Gohui (explotada y puteada al máximo por la mala puta de su tiránica jefa), descubre, horrorizada, que su valor es de unos míseros 2 500 won (menos de lo que cuesta un café en Corea). Y cayendo.

Y lo más ignominioso de este fenómeno es que cualquier Juan Lanas puede consultar el valor de otra persona desde la App de su teléfono.

Según la información en pantalla de la propia App, es posible incrementar el valor monetario personal. El problema es que nadie parece tener muy claro cómo se hace eso, y los actos deliberados de «bondad» interesada, o sea la virtud fingida, sólo restan puntos más rápido al infractor. El «valor social» de Gohui no para de descender sin que ella sienta motivación suficiente para invertir la tendencia o sospeche cómo lograrlo.

Lo cual solo la deprime un poco más (Gohui es una chica sumisa, desmotivada, insegura y acomplejada)... hasta que las consecuencias de seguir perdiendo «valor» y alcanzar el cero se hacen escandalosamente públicas. Y entonces empieza una frenética carrera por la supervivencia.

¡PataCHOOOOOOF!

Déjame saber tu precio introduce un montón de temas interesantes y reflexiona sobre un fenómeno que, lo creas o no
, querido lector, no es tan fantasioso como imaginas. En China lleva funcionando este sistema de crédito social desde que, en 2009, se realizó una prueba regional de la versión «perfeccionada» de lo que había sido lanzado en la década de los ochenta como sistema de calificación crediticia. Denunciado por algunos críticos como una intrusiva herramienta de vigilancia global, este sistema, afirman sus defensores, sólo castiga muy superficialmente a los infractores reincidentes.

Pero, si piensas que puedes perder el derecho a subirte a un avión o tomar un tren rápido por haberte saltado unos cuantos semáforos en rojo o entrado en páginas de Internet que el gobierno chino prefiere que no visites, la noticia de que Europa está haciendo pruebas para implementar un mecanismo correctivo similar, debería empezar a arrugarte ambos cojones.

El misérrimo crédito social de Gohui no tarda en comenzar a hacerle la puñeta. Los organizadores de un concurso de cuentos de hadas al que se ha presentado valoran descalificarla, aunque técnicamente había resultado ganadora, no tanto por el temor a que haga ¡PATACHOF! durante la entrega de premios, sino por no asociar el certamen a una persona marcada como un paria social. Algunos locales y negocios comienzan a rechazar a los posibles clientes con crédito bajo e inminente amenaza de licuefacción. Caseros desalojan a sus inquilinos peor valorados por la App. Jefes despiden a sus empleados menos pudientes en Social Coins por el mismo motivo. La jodida App está cambiando el mundo entero, y no necesariamente para mejor.

Los factores que determinan el auténtico valor de una vida humana. La improvisación y tentaciones totalitarias de los gobiernos, superados por un «cisne negro» para el cual no hay manual de instrucciones (en un momento dado, los pobres diablos 
con puntuaciones de miseria como Gohui son internados por la fuerza en un campo de concentración y observados 24/7 por investigadores, vestidos de El juego del calamar, que intentan determinar cómo subir el crédito social). La división social basada en la percepción que otros tienen de nosotros. El efecto que nuestras decisiones tienen sobre otras personas y la posibilidad cotidiana de «reescribirnos» a nosotros mismos, abandonar comportamientos lesivos y adoptar hábitos constructivos que aumentarán nuestro «valor» para la única persona a quien debería realmente importarle (nosotros mismos), son otros temas explorados en Dangsin-ui gagyeog-eul allyeodeulibnida.

Mientras los ciudadanos que van llegando a cero puntos explotan como hámsteres en un microondas, los protagonistas (básicamente Gohui y la valiente reportera Kang Hanji) investigan el origen de la misteriosa App y su mecanismo de funcionamiento, y luchan por elevar o mantener su valoración social para no descender a cero y hacerse mierda espontáneamente.

Hala, esa información debería bastarte para decidir acerca de este interesante manhua. A menos que seas muy, pero que muy sieso.

광마회귀/Gwangmahoegwi/El regreso del demonio loco, basada en una webnovela de Yu Jin-Seong, ha sido vertida en cómic por dos señores de pintorescos nombres: JP e Ihy. Es nuestra aportación de la presente entrada al género del wǔxiá/xiānxiá (fina línea separatoria entre ambas, por lo que se refiere a este título).

El Demonio Loco al que alude el título de este manhua es Zaha Yi, un impulsivo, arrogante y tornadizo vagabundo (claramente inspirado en el joven Musashi) que aspira a convertirse en el Dios de las Artes Marciales.

Qué pena que se haya caído por un precipicio justo después de robar el Jade Celeste a la secta Demonio.

Qué raro que, en el momento de hacerse mierda contra el fondo del acantilado, Zaha se vea en una vastedad vacía y ante un anciano de refulgentes ropas blancas que le dice que la ha liado parda, pardísima, por tragarse la perla de Jade del Cielo, que no solo ha impedido que las almas de los guerreros antiguos, vinculadas a esa reliquia, ascendiesen al paraíso, sino que ahora el qi de Zaha se va a poner bravo, pero lo que se dice bravo.

Zaha se defiende. Lo único que quería era impedir que el líder del Clan del Demonio se hiciese más fuerte, porque el muy cabrón no le guarda el más mínimo respeto a la vida humana, y eso basta para que Zaha lo lleve debajo de un diente.

Zaha puede ser un venado del carallo con un apodo más que justificado, pero, a su manera arrebatada y aparentemente anárquica, tiene un profundo sentido del bien y del mal, y hace el mal necesario para proteger el bien.
Convencido de la moralidad de los actos de nuestro protagonista, el desconocido de ropas blancas hace un chuchu yuyu macumba abracadábrico y Zaha se despierta en el pasado, de nuevo con veintipocos años, cuando no era más que el chico de los recados de la posada de sus difuntos padres, pero con todo su conocimiento acerca del futuro y las técnicas marciales que aprendió a lo largo de su vida.

Pero, ¿es ésta una segunda oportunidad de hacer las cosas bien o una condena a repetir los mismos errores y terminar en un nuevo fracaso?

Bueno, pues te tendrás que leer El regreso del demonio loco para conocer la respuesta. ¿Y qué encontrará allí? A un protagonista caprichoso, imprevisible y osado que va consolidando una base de poder en la prefectura de Ilyang ESCOÑANDO a las sectas y bandas regionales, asimilando nuevas técnicas marciales y cultivando su qi para alcanzar su objetivo de convertirse en el Dios de las Artes Marciales.

Por el camino, verás a Zaha deshaciendo un malentendido con Chae Hyang, la cortesana más cara del burdel de La flor de ciruelo (eeeeeh no, no creo que el juego de palabras sea intencionado), malentendido que le costó a Zaha una paliza de los porteros del putiferio. Deshaciendo el malentendido y, por el mismo precio, lisiando a los porteros de la casa de putas que le dieron la paliza antes de su «momento returner». Y convirtiéndose en el dueño, de facto, de La flor de ciruelo y los otros dos burdeles del pueblo.

Le verás crear su propia secta, «la secta de lo más bajo», o los cimientos de una. Le verás conquistar al Místico Sindicato Negro y autoproclamarse su jefe (después de finiquitar a su predecesor). Y le verás administrarle a Hongshin, el Mono Rojo de los Doce Generales Celestiales (unos tíos ultraturbios, que usan máscaras y matan gente), un turbolaxante, diciéndole que es veneno, para que mate a uno de sus compañeros a cambio del «antídoto». Y ella lo hace. Cagándose viva encima. Literalmente.
Parece inteligente.

A pesar de su apodo, y de los cadáveres que va apilando en su aventura, Zaha no es un matarife sin alma. Ofrece a sus adversarios la oportunidad de proporcionar una razón por la cual no debería matarlos. Se apiada de los masillas de las bandas y los deja marcharse. Siempre que es posible, convierte a los enemigos en aliados y los recluta (mata a aquellos de los  Doce Generales que se mantienen fieles al Gran Rakshasa, pero respeta la vida de los que están hartos de su tiranía). Delega su autoridad en la persona más apropiada para ejercerla. Prohíbe los negocios más turbios y prácticas más humillantes y violentas en las organizaciones que conquista (es particularmente agresivo contra los traficantes de esclavos), y se preocupa por garantizar el bienestar y el progreso de sus miembros. Y no soporta a los abusones.

Zaha adopta más disfraces y emplea más argucias que Odiseo, pero, a veces, simplemente acogota a un cabronazo que lo ha mirado mal. Porque es «el Demonio Loco» a fin y al cabo, y tiene que hacer justicia a su apodo.

Y, si toda esa información no es suficiente para ayudarte a decidir si quieres leer o no El regreso del demonio loco, ninguna cantidad de información lo será.

자매전쟁/Jamaejeonjaeng/Guerra entre hermanas, de Maenggi Ki (el mismo de 커플브레이커/Keopeulbeuleikeo/Rompeparejas, que, honestamente, en la bitácora no nos chistó nada) nos ha tocado la patata, y esperamos que te la toque también a ti, sensible y considerado lector.

La rivalidad entre Haera Chu y Rion Won es bien conocida entre los alumnos del instituto artístico Daehan. Las dos son unas jovencitas rebosantes de talento, grandes dibujantes, pintoras y escultoras. Pero ahí se acaba todo parecido entre ellas.

Haera es una huérfana criada por su pobre abuela, que en su ancianidad se mata a trabajar para mantener a ambas y financiar los materiales de Arte que su nieta necesita (y si nunca has comprado materiales de Arte, ya te avisamos, oh, desinformado lector, que baratos no son). Si Haera ha conseguido entrar en Daehan ha sido solo gracias a una beca que no da para muchas alegrías. Encima, Haera es una chica introspectiva, callada y poco sociable. La típica niña vicente de cola de caballo y gafitas que hemos visto en tantos cómics.

Rion, por su parte, va a clase con una chaqueta y una cartera de Chanel, un broche de diamantes de Cartier y unas zapatillas de Dior. También tiene mucho talento para las Artes, pero no se puede obviar que juega con ventaja: su madre es la guapa, estilosa y celebérrima escultura multimillonaria Miran Won (descendiente de una larga dinastía de artistas famosos e, irónicamente, la inspiración de Haera). Desde que Rion era muy pequeña, Miran ha estimulado la creatividad de su hija y le ha proporcionado todo lo necesario para cultivar su talento. Rion, encima, es extrovertida, accesible, popular y de una belleza candente. La típica «social butterfly».

En los exámenes, certámenes y concursos, Rion siempre consigue el primer puesto y Haera el segundo. Suficiente para que hubiese mucha pelusilla entre ambas si, encima, la mala puta de Rion no fuese una pijita narcisista, ultra-privilegiada y malcriada que sólo se dirige a Haera para señalar, siempre de la manera más humillante posible, sus diferencias de clase (llega a tirarle dinero a la cara para que pague las facturas médicas de su abuela, gravemente enferma, y pretende presentarlo como un acto de bondad) o castigarla por atreverse a robar, aunque sólo sea por un instante, los focos que reclama de su exclusiva propiedad (choca con Haera en los pasillos del instituto después de que la chica de las gafitas y la coleta dé una respuesta particularmente inspirada a una pregunta de una profesora).

Rion encubre su desprecio hacia Haera, a la que ve como una rival, tras una máscara de impostada amabilidad.

No conforme con ser una Cayetana odiosa, pasivo-agresiva y engreída, Rion oculta un secreto realmente siniestro que sólo intuimos por insinuaciones. ¿Por qué se ha propuesto triturar emocionalmente a Haera? ¿Por qué intenta sabotear su carrera artística? ¿Por qué roba el fabuloso examen de dibujo de Rion, que iba a conseguirle una tutoría privada con su admirada Miran, lo tritura y lo tira por el váter?

Bueno, los que nos leímos los primeros capítulos de Guerra entre hermanas, si bien enamorados ya del argumento y de la protagonista, nos suponíamos haber dado con el típico josei manga ambientado en una escuela, la típica trama de superación a través de la diversidad, con un tufillo nada disimulado de guerra de clases.
Chinas con patorras. ¡Lo nunca visto!

Ahora imagínate la cara que se nos quedó cuando Miran Won vio la copia de la Pietà presentada por Haera 
a un concurso del cual la famosa escultora es jurado (y que no es la misma estatua que esculpió Miguel Ángel ni la que podemos visitar hoy en día en el Vaticano, sino la Pietà mancillada a martillazos en 1972 por el tarado de Laszlo Toth) e inmediatamente reconoció la mano de «su hija», pidió que le trajesen a la artista responsable de aquella escultura, reconoció a Haera nada más verla, encontró la marca de nacimiento en su mano y abrazó a la muchacha, emocionada.

Haera es LA AUTÉNTICA Rion Won, desaparecida a los siete años en una isla cerca de Jeju, donde fue recogida, amnésica y medio ahogada, por la que luego se convertiría en su abuela. La Rion Won que hemos conocido hasta este momento es UNA SUSTITUTA. Una impostora.

Y esto pasa en el capítulo octavo de más de cien publicados.
(La pijita insufrible de la Falsa Rion había tomado un jet privado para irse a Italia a tomar apuntes y fotografías directamente del original. Pero no vio la «auténtica Pietà». Por una vez, Haera la ha superado artísticamente).
Si con esto no te hemos abierto el apetito por Guerra entre hermanas, oh insaciable lector, ya no sabemos qué más decirte. Vuelve a tus Tik-Toks de malomos olientales con tantos filtros y asistencia por IA que parecen núbiles zorritas.

Y, comoquiera que en Asia el cuatro es un número yuyu, y aunque estamos escribiendo esto en la tarde del 31 de diciembre y aún nos queda corregir la entrada y subir las imágenes, no nos vamos a ir sin recomendarte por lo menos otro título. Y, como nos negamos a ser esclavos de la tradición, y a pesar de que te hemos acostumbrado, en las últimas entradas sobre cómics-sushi, a cerrar la lista con un buen six-pack femenino en 2D, nos vamos a saltar esa imposición y homenajear, en cambio, a los inicios de esta sección presentándote otra relación imposible entre un lúser freak y una burbujeante gyaru.

描くなるうえは/Kakunaru ue wa/En lo que se refiere al dibujo, de Kyū Takahata y Yūji Kaba es una divertida comedia romántica en la que Yūki Uehara, un estudiante de secundaria que aspira a convertirse en dibujante de manga de género romántico, acepta la descabellada proposición de su extrovertida compañera de clase Niina Miyamoto, también aspirante a mangaka de historias de amooooooorl. Los dos han sometido trabajos a un editor, los dos han recibido la misma cortés negativa, «caray, es que esto no es realista, no hay quien se lo crea, para una historia romántica, no hay el menor sentido de romance aquí».

Miyamoto, con la inocencia que sólo se tiene a ciertas edades, llega a la conclusión de que la falta de experiencia romántica sólo se adquiere acumulando esperiencias románticas. Y, dado que 
Uehara tiene el mismo problema y persigue el mismo objetivo que ella, ambos pueden beneficiarse mutuamente FINGIENDO QUE SON PAREJA y haciendo las cosas que suelen hacer las parejas.

Que sí, que sí. Que Miyamoto propone a 
Uehara ser su novio falso para que ambos puedan dibujar mejores manga románticos y maximizar sus probabilidades de conseguir editor.

Y si nos hemos reservado este título para el final de la presente entrada, es porque Niina nos transmite las mismas vibras positivas, la misma dulzura y entusiasmo que nuestra adorada Marin Kitagawa.

«Y tiene un par de mandingos que... Joooder, quéééééééé beeeerzaaaaas».

¡Eh! ¿Quién ha dicho eso? ¡La teta ni mentarla, que tiene tetales consecuencias! ¡Ni mentarla! ¡Ni mentaaaaaaarlaaaaa!

Por supuesto, tratándose de un seinen manga (por mucho que nos perturbe en Occidente la proliferación de cómics japoneses ORIENTADOS A ADULTOS y que presentan historias de amor ADOLESCENTE), hay numerosas escenas picantuelas, insinuaciones de carne femenina, momentos equívocos, erotismo más o menos disimulado y mucho, mucho humor. Por supuesto, el romance «fingido» entre Miyamoto y Uehara evoluciona lenta e inexorablemente hacia algo mucho menos fingido y definitivamente más...

«Disculpe, señor Sommer, me ha parecido que me llamaba usted. ¿Necesita algo?».

¡Ah! ¡AAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡VADE TETO, TETANÁS!

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