En la entrada anterior, implícitamente, nos como medio comprometimos a ver El botín, la más reciente peli de Ben Affleck y Matt Damon dirigida por Joe Carnahan sobre guion propio coescrito con Michael McGrale.
Bueno, pues ya la hemos visto.
La capitana Jackie Vélez (Lina Esco), la líder del TNT (Tactical Narcotics Team), un equipo especial antidroga de la policía de Miami, es asesinada justo después de recibir un chivatazo sobre un alijo millonario del narco, oculto en una casa de Hialeah. Asuntos Internos y el FBI sospechan de un golpe interno o deciden aprovechar la oportunidad que se les presenta para desmantelar la unidad de la capitana Vélez.
¿Que por qué? Porque al FBI no le gusta un carajo el equipo especial, ahora descabezado, de la capitana Vélez. Y no es que no tengan motivos. Históricamente, esas unidades especiales acaban, nueve de cada diez veces, convirtiéndose en cloacas de corrupción, con polis comportándose como gánsteres y llenándose los bolsillos de dinero sucio. Ni la DEA se libra de esa dinámica casi inexorable. Y es que resulta realmente difícil no pringarte cuando trabajas todos los días, por cuatro duros, contra criminales con el riñón bien forrado y ves pasar por delante de tus ojos volquetes de pasta y carretas de coca. Digamos que hay que estar hecho de una pasta realmente especial para que los dedos no se te vuelvan pegajosos, la nariz no se te llene de polvo y la punta del pito no te pille sabor a stripper.
En El botín, el FBI le tiene ganas al TNT de la capitana Vélez porque los federales vienen ya de desmantelar otra unidad especial del condado de Miami-Dade contaminada por la tentación del dinero negro y las drojas de gratis que se encontraban a diario en sus operaciones. Fueron agentes del FBI quienes lanzallamearon el VCAT (Violent Criminal Apprehension Team), sin discriminar entre morralla y polis honrados, y metieron en el caldero a parte de sus integrantes. Ahora los federales han fijado sus ojos en el TNT con la misma sospecha e intención no declarada de desmantelarlo. Tirando de titulares y estadística, en el FBI han concluido que todas las unidades especiales de la policía de Miami acaban corrompiéndose y, encima, usurpan su jurisdicción, así que van a hacer lo que puedan para acogotarlas.
El agente Byrne (Scott Adkins) dirige la investigación federal del equipo de la capitana Vélez, que, a su muerte, ha quedado bajo la autoridad directa del teniente Dan Dumars (Matt Damon). Estos rudos polis de Miami están desorientados, de luto por su jefa, tienen el corazón roto y la paciencia por los suelos cuando el FBI comienza a tocarles los cojones. El agente Byrne acaba a hostias, en mitad de un interrogatorio, con el sargento detective J.D. Byrne, uno de los miembros más destacados del TNT y mano derecha de Dumars.
Hasta este punto, El botín podría haber sido un policial entretenido, pero también rutinario. De no ser por dos detalles, uno narrativo y otro actoral, que lo vuelven particularmente atractivo para el autor de estas líneas.
Detalle narrativo: el sargento J.D. Byrne y el agente del FBI Del Byrne no tienen el mismo apellido por accidente. Son hermanos. Y, como sucede tan a menudo con los hermanos, se quieren y se odian en la misma proporción (y por eso el agente Byrne, del FBI, no le abre una causa por agresión al sargento Byrne, de la policía de Miami. Porque mamá lo despellejaría).
En este punto, la historia me había ganado. Aunque la relación entre los hermanos Byrne no es imprescindible para la trama, ese pequeño detalle de escritura, casi de humor negro, en cierta medida Familiaaddamsiano, me ganó para el resto de las casi dos horas de metraje.
Detalle actoral: lo flipé mucho con el trabajo de Scott Adkins. Joder. Este hombre es adorable, un atleta del carajo y un actor de acción colosal, pero ¿quién iba a suponerlo? Con el papel apropiado y una buena dirección de actores, Adkins también es capaz de funcionar a nivel dramático. Y lo hace. Tiene sólo unos minutos, pero se come la pantalla cada vez que entra en plano y, ¡manda carallo!, consigue convencerte de que él y Ben Affleck son realmente hermanos.
Sólo por eso ya le habría dado una oportunidad a El botín. Además, soy un enfermo del cine de acción y un yonqui del género negro, así que me puse cómodo en mi butaca y me preparé a disfrutar.
Y sí, joder. La he disfrutado.
El TNT no entiende cómo coño el asesinato de una capitana de la policía de Miami no ha incendiado el Departamento. ¿Por qué parece que a nadie le importa? ¿Por qué no se ha constituido una fuerza operativa para encontrar a los culpables? ¿Por qué mierda se ha entregado la investigación directamente al FBI? ¿Es realmente por falta de presupuesto, como dice el comandante Vallejo (Néstor Carbonell)? ¿O hay algo más que no les están contando?
Aún luchando por procesar el asesinato de su jefa y su incierto horizonte laboral, el TNT tiene que volver a ponerse al trabajo. El teniente Dumars dice a sus hombres que ha recibido un chivatazo de Crime Stoppers sobre un alijo de dinero de los traficantes de insomnio y promotores de rinoplastias. Pero, además de que es mentira, Dumars le da a cada uno de sus chicos una cifra diferente sobre la estimación del matute. ¿Qué está pasando?
Llegados a la «casa segura», guardada por una chica latina, Desirée Molina (convincente y, siempre, preciosa Sasha Calle, injustamente maltratada por Warner/DC como Supergirl en el universo cinematográfico ya muerto del DCU de la Era Snyder), los polis del TNT Miami picotean unos cuantos muros y, ¡ábrete sésamo!, encuentran veinte millones de dólares en efectivo.
VEINTE fokin MILLONES. El TNT tiene el tiempo contado para asegurar el alijo y salir de la casa, con vida, antes de que los dueños de tamaño pastizal vuelvan para reclamarlo. Pero ¿por qué el teniente Dumars no ha llamado aún a Comisaría para dar parte de la incautación? ¿Por qué medio parece que no se fía de sus propios hombres? ¿Por qué incauta los teléfonos del TNT e impone el silencio por radio? ¿Por qué ha mentido sobre el chivatazo que, presuntamente, los ha llevado a aquella casa? ¿Qué coño está planeando? ¿Es que pretende quedarse con la pasta? ¿Por qué Ro (Steven Yeun) oculta un móvil desechable? ¿Y quién coño llama al teléfono fijo de la casa diciéndoles que trinquen la pasta que quieran y se larguen pitando o no saldrán de allí con vida? ¿Qué mierda está pasando? Las sospechas se multiplican. La tensión crece. El equipo empieza a desmoronarse. Se forman bandos enfrentados. Y, por si la cosa no estaba ya lo bastante caliente, las balas empiezan a volar y hasta el sargento Byrne empieza a revolverse contra Dumars, su jefe, su amigo; una tensión que venía creciendo desde el principio porque Dumars le pasó por encima en un ascenso al que ambos aspiraban y porque J.D. estaba especialmente tocado por el asesinato de la capitana Vélez, porque es que se la estaba trincando.
| No nos explicamos el motivo. |
La premisa de El botín está inspirada en la historia real de Chris Casiano, capitán de la policía de Miami que se encontró un ARRASE de pasta, oculto en una casa, mientras dirigía un equipo táctico de narcóticos como el dirigido en la ficción por Dumars. Obviamente, Carnahan y McGrale le han dado un girito, que es lo que haces con una experiencia real cuando quieres convertirla en película, y le han metido balacera, que es lo mínimo que se le pide a una película de acción cuando hay pistolas implicadas.
(La película, en un gesto de solidaridad que a algunos de nosotros, todavía no lo bastante encanallados, nos estruja el lacrimal, está dedicada a Jake William Casiano, el hijo de Chris Casiano, fallecido de cáncer en 2021, a los diez años).
Y, bueno, realmente no hay mucho más que decir de El botín. Es entretenida. Está razonablemente bien desarrollada, aunque, si te has visto media docena de policiales, o media docena de películas, no te van a sorprender demasiado (o nada en absoluto) los giros de guion. Los actores están correctos, e incluso buenos, cuando se permiten a sí mismos serlo (hasta el perrete está cojonudo). Los dos productores (Affleck y Damon) se reservan sus propios momentos protagónicos. Las decisiones de los personajes son coherentes con el carácter que de ellos se nos ha presentado y desarrollado en pantalla. Eso es todo. Ya puedes seguir buscando fotos de tripitas planas y duras de actriz porno (fetiche que te inoculamos accidentalmente aquí) o retomar tu investigación sobre el preciso momento histórico en el que la antaño bellísima Estefanía de Mónaco empezó a parecerse a Stephen King y, ambos, a extras de El planeta de los simios.
Ah, sí, claro. No nos olvidamos. Claro que El botín tiene los recordatorios de la trama a ese espectador promedio al que en Netflix tienen por gilipollas. No es que te soplen la clave del desenlace de la película de manera tan dolorosamente condescendiente como las ochenta o noventa mil veces que en Ready Player One (aquí la elogiamos y aquí ponemos a pan pedir el libro en que se basa) te recuerdan el easter egg de Adventure, para que no llegues al tercer acto tan borracho de efectos especiales que se te haya podido haber olvidado. Es que están todo el rato explicándote lo que acabas de ver. Como si fueses amnésico. O subnormal.
A ver, que El botín no es Casablanca, no es El padrino, no es Chinatown, no es Doce hombres sin piedad y no es El crepúsculo de los dioses. El guion de El botín no va a enseñarse en las escuelas de cine. Y eso se debe a que es esencialmente utilitario. No acaba de construir un ambiente de suspense realmente sólido. Se le ve el cartón. El botín recurre demasiado a menudo al truco sucio de «saco a este personaje de plano para que haga algo que sólo vas a ver después, en un flashback, y que es trascendental para la trama». La primera pase, pero la tercera ya es mala leche.
Además, los personajes son transparentes. No te sorprenden. El que, desde el principio, se comportaba como el «topo» dentro del TNT, acaba revelándose, no te lo vas a creer, querido lector, ¡como el «topo» dentro del TNT! (se conoce que los guionistas de El botín no se leyeron nuestra entrada sobre los dispositivos de trama y no saben lo que es un red herring). Pese a los dos o tres momentos de tentación, perfectamente comprensible, no hay ninguna escena, diálogo o subtrama que te haga temer realmente que los polis honrados del teniente Dumars (salvo el cabrón de la rata chivata de mierda, al que fichas desde la primera mitad del segundo acto como muy tarde) vayan a torcerse y meterse en el bolsillo unos cuantos fajos de billeticos de cien pavos farloperos. Los personajes no son lo bastante ambiguos como para que llegues a temer que se tuerzan o que sean corruptos.
(Veeeenga. Una de regalo, pero sólo porque nos das penica. La de Sweetie Fox, zorrupia rusa cosplayer de amplias tragaderas):
La trama de malrrollito creciente, polis corruptos o corruptibles, corrosivo recelo mutuo y dinámicas de grupo, es en realidad un vehículo para las escenas de acción. El guion de El botín viste de peli de personajes y drama psicológico una clásica peli de «fondo de armario» de las de batamanta y tarde de sábado. No profundiza lo suficiente en la trama del dilema ético, la incertidumbre, la desintegración de un grupo, hasta ese momento cohesionado, causadas por la tentación de ese carajal de dinero irrastreable en un grupo de polis endeudados, puteados por sus jefes y por el FBI, sobreexplotados laboralmente, emocionalmente devastados y, casi lo peor de todo, infrafinanciados.
En ese sentido, la espiral autodestructiva de un grupo de amigos, divididos por el dinero, está mucho mejor representada en Tumba abierta, película de Danny Boyle de 1994 que acabas de descubrir que existe y que le dio a Ewan McGregor uno de sus primeros papeles.
Y es que, insistimos, imposición contractual de Netflix o no, y sin despecho a sus posibilidades como producto de entretenimiento, El botín no destaca precisamente por su escritura. Hay líneas enteras de diálogo que sobran, escenas que podrían haberse quitado, porque alargan innecesariamente el metraje sin aportar ningún valor sustantivo a la historia, y un trazo grueso en algunos personajes que delata las intenciones de los guionistas y del escritor.
«Se está peleando con su hermano. Sí. Su hermano es un agente federal». Eeeeeh, Matt, cariño, que acabamos de verlos juntos en la sala de interrogatorios. Que el Comandante Vallejo acaba de señalarlos como agentes federales. No, hombre, no me entiendas mal. Esta frase está escrita para el espectador promedio de Netflix, ¿verdad? ¡Pero por qué coño me estás contando lo que acabo de ver, Netflix, la leche que mamaste! ¿Que haces cine para porreros, me cago en todo lo cagable?
Joder qué malrrollito dan esos polis con cara de chungos que se presentan en la casa franca del narco sin que nadie los haya mandado. Joder, cómo se esfuerzan por parecer torcidos y mira que se empeñan los del TNT para hacernos ver lo turbios que parecen. No son los polis verdaderamente chungos, ¿verdad que no? ¡Oh, qué sorpresa! ¡No eran los polis verdaderamente chungos! ¡Los los polis verdaderamente chungos eran estos otros polis, los que desde el principio nos han intentado convencer de lo mucho que molaban!
En serio, nada revela más claramente la naturaleza vehicular del guion de El botín que su obvia necesidad de un par de buenas reescrituras. ¿Tanto costaba pillar al poli corrupto Ro (eh, eh, eh, EEEH, ¿QUE NO HAS LEÍDO LA ALERTA DE ESPÓILERS, CARAPOLLA? ¡TÚ VES DEMASIADO NETFLIX, CABRÓN!) y convertirlo en infiltrado de Asuntos Internos o del FBI? Porque, desde el momento en que se saca el «burner» que ha escondido, se delata como el traidor dentro del TNT, y desde el momento la persona que llama a la línea fija de la casa da la cifra del alijo que Dumars le había confiado a Ro, la única incógnita, si es que hay una, es quién está al otro lado de la línea del desechable que Mike Ro esconde a su teniente. A menos que seas el espectador estándar de Netflix, ése que en Netflix creen que es un poco cortito y necesita que le expliquen las cosas.
Si nos dieran un euro por cada película de la que hemos anticipado los giros de trama, las modelos de lencería más prietas y mejor lubricadas estarían saltando como fieras en nuestro cipote. El botín es otra más de la lista. Una película de suspense que no suspende, vamos, que fracasa en sumir al espectador en la incertidumbre y sorprenderle al alcanzar el desenlace. Una película claustrofóbica, con un grupo de policías sitiado, por una fuerza invisible y de dimensiones desconocidas, en una casa-narco, película claustrofóbica, decimos, que no consigue transmitir correctamente la sensación de encierro, de agobio, que se supone que sufren sus personajes (Asalto a la comisaría del distrito 13, una serie B de John Carpenter del año 76, lo logra sin esfuerzo). Una cinta de acción de ritmo irregular, con excesivo «aire» entre las escenas de piñas y tiroteo. Un largometraje de policías corruptos que no merece ni lamerle el esmegma del vergallo a un capítulo de The Shield.
Pero eh, es entretenida. Los actores convencen. El perrete cumple como un campeón. Los personajes con más tiempo de pantalla son lo bastante carismáticos para ser interesantes (aunque sus interacciones no se exploran en la suficiente profundidad y sus personalidades no colisionan con suficiente intensidad para ser VERDADERAMENTE interesantes). Se nota clarísimamente que Damon y Affleck se lo pasaron chachi piruli juan pelotilla haciéndola, y el director Joe Carnahan también. Tiene tiros. Tiene a Sasha Calle. Tiene persecuciones de coches. Coches desde los que se disparan armas automáticas. En fin, ¿qué más se le puede pedir? Quizá alguna que otra teta bien hecha o ninjas, pero no se puede tener todo.
No hay muchas más punta que sacarle a El botín. En serio. Mira que ya nos estamos repitiendo. ¿La recomendamos desde el Paratroopers? Sí, por supuesto. ¿Va a revolucionar el género de acción, la escritura cinematográfica o cualquier otra categoría técnica o creativa? Muy probablemente no. ¿Es una película apropiada para llenar un par de horas de un fin de semana, entre pajotes inspirados por Riley Reid y aullidos de amor no correspondido mirando vídeos de Jessica Alba haciendo flexiones? Sin duda alguna. ¿La vamos a ver más de una vez? Es muy dudoso.
| ¡Oh! ¡Es Ella! ¡Y está haciendo cosas! |
Bueno, no hay más cera que la que arde. No vamos a meter relleno en ésta. Ya ves, o despierto lector al que Netflix quisiera mongolizar, que no nos hemos extendido en el proemio del post. Porque realmente no hay nada más que rascar aquí y porque la entrada que nos sale del cuerpo escribir, basada en un vídeo ajeno que, obviamente, acreditaremos, es de esas que nos llevan dos o tres días de trabajo.
Y, ahora mismo, no nos sale de los huevos pegarnos esa paliza. Ya veremos en la próxima actualización de la bitácora. Hay tiempo para decidirse.
Hala, bastante lejos has llegado para lo poco que te hemos dado. Espero que te aproveche.
Hasta la próxima bat-hora, en el mismo bat-canal.
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