Tener un pene enorme podría no ser tan fabuloso como imaginas. Y John Curtis Estes, más conocido por su nombre profesional de John Holmes (de profesión, sus guarras) es un buen caso de estudio al respecto.
No vamos a contarte aquí su puta vida, que daría no ya para una, sino para varias entradas de la bitácora y que, de hecho, ha sido explorada en documentales, libros, ficciones varias y artículos de prensa (sólo su implicación, nunca aclarada del todo, en los asesinatos de Laurel Canyon, dramatizados en la película Wonderland, ya da para bitácora extralarga de potato de emergencia o balrog).
Hijo de padres divorciados, maltratado por su padre alcohólico y su padrastro abusivo (de quien adoptó el apellido por el que luego sería conocido artísticamente), al abandonar el Ejército, Holmes sobrevivió en varios empleos de mierda en Los Ángeles hasta que su aparatosa herramienta pollil llamó la atención, en un urinario público, de un fotógrafo que le consiguió sus primeros bolos para revistas golfas y pelis marranas en 8 mm.
A lo largo de su carrera, frustrada por sus adicciones y finiquitada por el VIH que contrajo, probablemente, alquilándose como chapero o rodando porno gay (sus amigos y familia niegan que consumiese drogas intravenosas, porque, dicen, le aterraban las agujas), virus que lo acabaría llevado al corral de los quietos en marzo de 1988; John holmes conquistó por derecho propio el título de «el rey del porno», con alrededor de 2 500 créditos en películas triple x a lo largo de dos décadas. Su tarjeta de visita era un personaje propio, el investigador privado Johnny Wadd (literalmente «Juanito Paquete», sí, ese paquete), protagonista de su propia serie de género negro-fornicatorio, en un momento histórico en el que Garganta profunda había sacado el porno del circuito clandestino de las salas X para convertirlo en un fenómeno de cultura pop, en un género todavía sórdido, pero chic. De consumo de masas. Semirrespetable.
La industria del porno en los años 70 y primeros años 80 se parecía muy poco a la de ahora. No vamos a ofrecer un análisis profundo sobre el tema porque la presente entrada no va de eso. Estamos sólo en la introducción del post. Entre otras diferencias, se rodaba en cámara de celuloide. Había guion (malísimo y utilitario, pero lo había) para buena parte de las producciones, digamos, «genéricas». Y se esperaba de los actores y actrices una actitud desenfadada. Histriónica. El aspecto físico no importaba tanto como la personalidad (no tomes esta afirmación como un absoluto, despierto lector; que ya entonces había tetas de silicona, y se notaban), y el cabrón de John Holmes tenía mucha. Personalidad. Y polla.
En nuestros tiempos, excepciones aparte, los profesionales del porno son casi atletas. Machacantes con cuerpos de culturista (y tatuajes de marero salvatruchense). Trotonas con culitos respingones, esculpidos a fuerza de series de sentadillas, y tripitas planas como tablas de planchar (y más piercings que una convención de gotiquillas, y más tinta en la piel de la que hay en la puerta del váter de una gasolinera). Y, signo de los tiempos, tienen que imponerse a la competencia desleal de millones de chicas random que zorrean como bonobos hembra en sus cuentas de Instagram antes de decidirse a zorrear plus, previo pago de una cuota, en Onlyfans. Resulta difícil de imaginar, hoy en día, que tipos contrahechos, vellosos y feúchos como Ron Jeremy o tirillas con cara de acelga como John Holmes pudiesen ganarse las lentejas haciendo videos de fornicación impostada.
| De izquierda a derecha: Lilu Moon, Melissa Burn, Nancy Ace y Solazola. |
Es decir, si dejamos de lado que nadie contrataba a Jeremy o Holmes por su aspecto físico sino, como hemos dicho más arriba, por su capacidad por actuar (SÍ, querido lector; en sus tiempos, los actores porno tenían que ACTUAR), su habilidad para imprimir un determinado carácter a sus interpretaciones, o sea su desparpajo...
...bueno, y por el tamaño de sus carallos.
Lo cierto es que no tenemos una información empírica acerca de las dimensiones del cipote de John Holmes, y los testimonios al respecto son contradictorios. Su amigo y colega Ron Jeremy (tercera vez que lo hemos citado en esta entrada) dice que la tranca de Holmes medía treinta y tres centímetros. Varios estudios comparativos realizados sobre fotografías y capturas de imagen de sus vídeos abarcan un espectro que varía entre las diez pulgadas (25 cm) y las doce pulgadas y tres cuartos de pulgada (32 centímetros). Pero, claro, esos estudios se hicieron a ojo de buen culero, y el paralaje es el paralaje. Bill Amerson, su amigo y representante durante años, aseguró que había visto a Holmes medir su quinto miembro muchas veces y que alcanzaba una longitud total de trece pulgadas y media (34,3 centímetros), con un bellotón del tamaño de una manzana Kanzi. Su última esposa, la también actriz porno Laurie Misty Dawn Rose dice que tururú a las trece pulgadas. Que diez pulgadas de pichula, y eso en un buen día.
La nebulosa sobre este asunto es realmente difícil de penetrar (no pun intended). El propio Holmes, que era un poco (vale, un mucho) fantasmón (Bill Amerson se desesperaba desmintiendo las mentiras que contaba su amigo), llegó a afirmar en una ocasión que su badajo medía dieciséis pulgadas (casi 41 centímetros). En su propia autobiografía, publicada póstumamente, Holmes salda la incertidumbre proclamando que su morronga era «mayor que una cabina de teléfonos, más pequeña que un Cadillac». Bill Margold, actor, director e historiador del porno, afirma en Wadd: The Life & Times of John C. Holmes, documental que te recomendamos, sordidillo lector, si quieres ampliar tus conocimientos sobre el asunto, que el picatoste de John Holmes era tan largo como su antebrazo. La actriz Dorotheia Seka Patton declaró que el nardo de Holmes era el más grande de la industria del porno (otras colegas que también trabajaron con el Rey del Porno discrepan educadamente), y que hacerle una mamada era como meterse un poste de teléfonos en la boca.
| Última foto conocida del chimbo de John Holmes. |
Aquí, en la bitácora, no poseemos información que permita resolver este enigma pichil. El cimborrio de John Holmes es sólo un recurso alegórico que introduce el presente post. y que nos lleva a una pregunta importante: ¿Le compensaba realmente a Holmes tener tremenda cigala?
| Annette Haven. |
La actriz porno Annette Haven, que trabajó con Holmes, (vamos, que dio sentones como una fiera en su pepino) afirma que la pirola de Johnny nunca llegaba a estar completamente dura. Que, hasta en el momento más apasionado de una escena particularmente estimulante, aquella mortadela no pasaba de macarrón muy hecho (Haven compara el garrote de Holmes con una luffa, que es una cucurbitácea de la que se obtiene una esponja natural). En el documental vinculado más arriba, la misma Anette perpetúa el chascarrillo que, afirma, circulaba por la industria de la prostitución artística en los setenta:«el chiste era que si John realmente conseguía tener una erección, se desmayaría por falta de sangre en el cerebro».
(Hace 6 párrafos te hemos dicho, y no nos creíste, que un porcentaje sorprendentemente elevado de actores y actrices de la Edad de Oro del porno eran capaces de alcanzar notorios registros dramáticos, talento del que no pueden presumir la mayoría de las Instagram Attention Whores modernas. Vamos, que sabían actuar, porque la industria les demandaba que lo hiciesen y priorizaba su capacidad de comunicar, no sus anatomías o falta de escrúpulos. Y hemos esperado a llegar a este punto para contarte que Brian de Palma estuvo considerando muy seriamente darle el papel femenino de Doble de cuerpo [torpemente titulada en castellano Doble cuerpo] a Anette Haven, que en el año 84 seguía estando cañón, en vez de Melanie Griffith, que se lo acabó llevando por los pelos, por imposición de Columbia Pictures o por lo que sea. Haven permaneció en la producción como asesora y, digamos, «coreógrafa», de Griffith).
"Aside from the fact that we needed a good actress and someone who could convey sexuality on screen, she had to do this dance routine ―and a lot of actresses dind't want to do it. I tried to talk a few actresses into trying out for it. That's why I was interested in a real porno star because when you are dealing with this kind of explicit sexuality, it can be very unconfortable― for the director as well as the performer. We had only people try out ―Melanie and Annette."
(De Palma en declaraciones al Boca Raton News, 29 de octubre de 1984).
El examen exhaustivo de las primeras películas de Johnny Paquete parece desautorizar a Annette Haven y sugerir que, al menos al principio de su carrera, Holmes podía jurar bandera como un campeón (o fingirlo como una fiera). Y, dado que la dependencia de Holmes de la cocaína se agravó en el ocaso de su etapa profesional, y teniendo presente que la farlopa desencadena o agrava los problemas de erección, los datos visuales y el testimonio de Anette Haven podrían no ser irreconciliables, sino otra evidencia más de la decadencia física y personal de Holmes.
Pero nosotros, porque nos conviene para elaborar nuestro argumento, vamos a dar por buena la declaración de Haven y suponer que John Holmes no lograba sacarle partido a su desaforado vergallo porque aquella poronga privilegiada era incapaz de ponerse realmente dura sin comprometer el riego al cerebro de su propietario.
Porque ésa es, básicamente, la sensación que nos ha producido el visionado de Avatar: Fuego y cenizas, la tercera iteración de la franquicia inaugurada por James Cameron en 2009 y a cuya espantosa secuela le dimos de patadas en el hígado aquí.
A ver, que no se nos malinterprete: Avatar: Fuego y cenizas es, de largo, mucho mejor película que Avatar: El camino del agua; mucho mejor escrita, mucho mejor dirigida, mucho más entretenida, mucho más interesante.
Lo cual tampoco es que sea una apoteosis, porque, básicamente, Fuego y cenizas es LA MISMA PELÍCULA que El camino del agua.
Fuego y cenizas no es una secuela de Avatar. Es una secuela de Avatar: El camino del agua. O un remake de El camino del agua ligeramente mejor hecho. O Moana pero con skins del Fornite.
El argumento es prácticamente el mismo. Los personajes son los mismos (salvo por la inclusión de la Neytiri chunga, o, si lo prefieres, la Neytiri chunga ligeramente menos insufrible que la Neytiri chunga original). Las interacciones entre personajes son las mismas que en la película anterior. Su arco de transformación, prácticamente inexistente. Los temas narrativos, idéntico. El mensaje ecologeta pachamámico gretathumbergiano es más intrusivo y cargante que nunca, cuando en la primera película servía de poética moraleja e invitación a la reflexión personal. La estructura es ya la tercera vez que la vemos. La obsesión de Cameron con el mar y el ecosistema marino empieza a tocar los cojones, y la falacia del «buen salvaje» y el mito del «malvado hombre blanco colonizador» ya cansa por pura saturación.
Fuego y ceniza fracasa en todo aquello en lo que triunfaba Avatar, aunque cuenta lo mismo que El camino del agua, y lo cuenta mejor. Pero en realidad no importa, porque esta gigantesca pitón cinematográfica nunca llega a alcanzar la erección. Entrar entra, como entraba en Annette Haven la grotesca minga de John Holmes, según atestigua la propia Anette Haven; pero entra fofa. Lánguida. Sin ganas. Follar, acabas follando igual y, a diferencia de lo que sucede con El camino del agua, no te sientes sucia después. Sólo un poco decepcionada. Pero tampoco te corres.
De verdad, no hay gran cosa que contar sobre Fuego y ceniza. Neytiri sigue de luto por la muerte de su hijo Neteyam, esmochado en El camino del agua, y eso la hace un poco más insoportable y xenófoba que en la película anterior. Jake Sully sigue siendo un padre penoso y distante. El clon del coronel Quaritch sigue obsesionado con capturar a Jake y someterlo a juicio sumarísimo. La «tgente del tsielo» sigue sin comprar la ideología flower-power cumbayá señor cumbayá de los Na'vi y sigue decidida a colonizar, depredar, explotar y contaminar Pandora. Y, con permiso de Varang (Oona Chaplin, o, si lo prefieres, la Neytiri chunga ligeramente menos insufrible que la Neytiri chunga original), quizá el único personaje mínimamente interesante de esta película, y a pesar de un par de giros de guion y devs ex machina, no por predecibles y repetitivos menos satisfactorios, Fuego y ceniza es como un refrito de la primera Avatar en los escenarios de El camino del agua. Y fíjate lo mucho que nos estamos esforzando, querido lector, por no usar la palabra «pitufos» ni hacer alusiones a Bailando con lobos. Que ya tiene mérito, ¿eh? Como mérito tiene haber hablado tanto de vergas en esta entrada sin haber incrustado, todavía, un GIF de nuestra amada Riley Reid.
| «¡Mierda! ¡Se me coló!», dijo ella. |
No nos malinterpretes, amado lector de ojos verdes que podrían competir con la mirada del millón de cipotes de los esmeraldinos luceros de nuestra ramera cinematográfica preferida: Fuego y ceniza nos ha gustado. Lo hemos pasado bien. Es exactamente la misma película que ya habíamos visto dos veces (con una capa de barniz nuevo por encima), y lo que nos gustó en la primera es lo mismo que nos gusta en la tercera (no, de la segunda no nos gustó nada).
Con un estreno doméstico de 88 millones de dólares y una recaudación de 345 millones en su primer fin de semana de exhibición, Fuego y ceniza tiene muchas posibilidades de ponerse, así, como quien no quiere la cosa, en mil millones. Y más allá. El camino del agua se pasó muy de largo la cifra de los 2 300 millones de recaudación. La Avatar original, sumando estreno, reestreno y estreno de la versión extendida, casi pica los tres mil millones de dólares (ojo con las cifras, porque hay que tener en cuenta la inflación y, también, que una parte significativa de esos reales de vellón procede de las entradas 3D, que cuestan un cojón y la yema del otro, así que Avatar pudo muy bien vender menos entradas que sus secuelas, y recaudar más, y éstas vender menos entradas, pero más caras, y adulterar la contabilidad final).
La serie, hasta la época, ha ganado mocho, mocho dinero, pasta, tela, guita, parné, plata, money.
Como mocho, mocho dinero, pasta, tela, guita, parné, plata, money costó hacer Fuego y ceniza. Alrededor de 400 millones de dólares (una vez más, se nos ofusca el verdadero presupuesto de la producción).
Y, una vez más, tenemos que hacer la pregunta: ¿en qué cojones se los han gastado? Porque en guionistas ya te decimos que no. En escenarios, vestuario, localizaciones y atrezo, sugerimos que tampoco (pantalla verde, trajes de captura de movimiento y a cagar). ¿En desarrollar la tecnología de efectos especiales por ordenador ultra-tecno-sacraméntico-ferolíticos que, sospechamos, es el plan de jubilación de un James Cameron al que le empiezan a pesar los años y se le empieza a advertir la falta de ideas para nuevas historias? Pues, honestamente, no hemos notado el salto generacional prometido. Es más, no sé si solamente nos pasa a nosotros, pero, ya desde El hobbit: un viaje inesperado, la puñetera fotografía HFR nos resulta mareante, confusa (en algunas escenas de acción había tantas cosas moviéndose en pantalla, y tanta profundidad de campo, que no sabías adónde mirar ni qué coño estabas viendo) y nos hace percibir las figuras en pantalla como si estuviesen plastificadas, o pasadas por todos los filtros de TikTok e Instagram conocidos por el hombre y cuatro docenas más todavía a descubrir.
| Yo opino que es un tío o una IA. ¿Y tú? |
Y no, la recaudación de Avatar 3 no es asunto baladí. El propio James Cameron, que se ha negado a revelar cuánto le costó rodarla, ha expresado dudas acerca de su rentabilidad y su temor a que Fuego y ceniza no recaude lo suficiente para que Disney apruebe las dos últimas secuelas de la saga: Avatar 4 (inicialmente prevista para 2029) y Avatar 5 (que, de existir, se estrenaría en algún momento a partir de 2031, suponiendo que Cameron, que para entonces ya habría picado 77 tacos de calendario, no tenga el capricho de morirse por el camino).
Cameron debe de haberlas visto realmente negras con Avatar 3, porque ya ha lanzado que, si a Fuego y ceniza le va mal en las taquillas (o sea, si no recauda por lo menos 2 000 millones, o, mejor aún, cualquier cantidad por encima de esa cifra) y él no puede hacer las películas que le faltan, terminará la historia de su mundo imaginario en una novela, o lo que sea, y se irá a rodar Ghosts of Hiroshima, a partir del libro homónimo; proyecto del que, por el momento, solo hay un guion todavía en desarrollo.
«[...] there’s an argument for taking a pause and figuring that out. There’s an argument for going out and doing some smaller, more personal film in the meantime, while that gets figured out. There’s an argument, in wild success, for us just launching and just going straight into [“Avatar 4” and “Avatar 5”] and I figure out a production methodology where I have a bit of a hiatus where I can make another film. And there’s another argument that says just go make those two damn movies and figure everything else out when I’m 80».
Y hay mucho que decir de la rentabilidad de la serie de Avatar, que hasta unos años estaba garantizada. James Cameron tal vez sea el único director de cine que jamás ha perdido dinero con una película... dejando fuera Piraña: asesinos voladores, película debut de la que fue DESPEDIDO fulminantemente, de la que Cameron reniega y que sus feladores, y el propio Cameron excluyen muy interesadamente de su filmografía. Vamos a darle cancha al director canadiense y asumir que ciertamente este sonoro DESASTRE DE TAQUILLA y crítica fue finalizado por Ovidio G. Assonitis. En palabras del propio Cameron: «the producer wouldn't take my name off the picture because [por contrato] they couldn't deliver it with an Italian name. So they left me on, no matter what I did. [...] In actual fact, I did some directing on the film, but I don't feel it was my first movie.»
(Técnicamente, con 70 millones de presupuesto y sólo 90 de recaudación, The Abyss fue un fracaso, pero por algún motivo esta película escasamente rentable, cuyo rodaje casi le cuesta su salud mental a Mary Elizabeth Mastrantonio, también figura como un éxito en el panegíricio de los hagiógrafos de James Cameron).
Hay mucho que decir de la rentabilidad de Avatar: Fuego y ceniza porque el mercado cinematográfico ha cambiado mucho desde 2009, cuando se estrenó la primera película, y RADICALMENTE desde 2019, aunque solo fuese porque los costes de producción, particularmente de los efectos especiales por ordenador, de los que vemos un abuso creciente en la industria cinematográfica, se han DISPARADO y, encima, los cines no han recuperado, ni parece que vayan a hacerlo a corto ni medio plazo, la afluencia de espectadores anterior al confinamiento durante la pandemia del Covid-19. Y si no entiendes a qué nos referimos, nos referimos a que la asistencia a los cines desde 2019 ha sufrido una caída de, agárrate los huevos, amado lector, un 75 POR CIENTO. Como suena.
Eso por no meternos en un análisis más profundo de los cambios en el mercado del ocio de China, que, por mera fuerza del volumen de espectadores llegó a decidir la rentabilidad de muchos títulos con presupuestos extraordinariamente elevados, y que habían funcionado mal o se habían estrellado en la taquilla doméstica (como fue el caso de Transformers: el último caballero, que en Estados Unidos se metió un HOSTIÓN de menos de 45 millones en su estreno mientras que en China abrió con casi 120 millones). El peso del fandom chino llegó a ser tan determinante que incluso cambió la forma en que se comercializaban, se escribían e incluso se dirigían los largometrajes de gran presupuesto (y está directamente detrás del auge del cine de superhéroes, y de su decadencia artística, cinematográfica y narrativa, como ya hemos señalado en numerosas entradas anteriores)... Pero la insensata política exterior trumpista, y otros factores que no nos planteamos deshilvanar aquí, ha supuesto una contracción del mercado chino para en lo que a recepción de películas extranjeras se trata y un auge de la producción nacional, destinada a cubrir el nicho dejado por los grandes títulos de las productoras occidentales.
(Y ése es uno de los motivos más determinantes por los cuales Ne Zha 2 superó a Del revés 2 como la película de animación más taquillera de la historia, poniéndose con una recaudación acumulada de más de 2 000 millones de dólares, muy por delante de Del revés 2 y sus algo menos de mil setecientos millones).
| En Pixar/Disney cuando se enteraron. |
Y, aunque Avatar: Fuego y ceniza amase una morterada de panoja que haga posible el rodaje de sus secuelas (desenlace que deseamos, pues realmente, y a pesar de sus los desengaños y altibajos, queremos ver el final de esta saga), la recaudación con la que James Cameron sueña, por elevada que sea, no podrá elevar la fláccida narración de las tres películas ni remediar el prácticamente NULO impacto cultural de su emblemática saga.
No se ven, salvo anecdóticamente, cosplayers de Avatar en las convenciones de cómic y videojuegos (y casi siempre coincidiendo con la ventana de estreno de alguna de las películas). Hay entre poca y casi ninguna fan-fiction de Avatar, fuera de algunos subforos y wikis para incondicionales, y de los circuitos subterráneos del porno. Si medimos el eco que una obra artística crea en nuestra civilización a partir de la asimilación de dicha obra en nuestro lenguaje y expresiones artísticas, el proyecto largamente soñado por James Cameron desde los años 90, pospuesto hasta que la tecnología le permitió filmarlo con la merecida dignidad, prácticamente NO EXISTE.
Y quizá, sólo quizá, (idea loca que se nos ha ocurrido así como sin darnos cuenta), parte de esta irrelevancia se deba a que James Cameron ha pasado tanto tiempo diseñando la ecología y etnología de Pandora que no se tomó la molestia de escribir unos personajes carismáticos o una historia mínimamente interesante, aunque se hubiese limitado a tomar los tropos del clásico cuento de hadas como hizo en su día el director con la segunda papada más repugnante de la historia del cine al rodar su La guerra de las galaxias. Y Cameron, que no se está haciendo más joven, está perdiendo la oportunidad, única en una vida que ya entró en período de descuento, de crear una saga inmortal.
En la sala en la que vimos Fuego y ceniza había gente de todas las edades, pero con una notoria sobrerrepresentación de chavalines de en torno a los doce años, en grupitos o acompañados por sus padres. Polluelos que, al terminar la proyección, aplaudieron como focas amaestradas. Que no sé a quién coño aplaudían, los muy cabritos, porque, generación TikTok, se pasaron el 90% de las tres horas de metraje pendientes de las pantallas de sus teléfonos. Quizá Cameron simplemente ha renunciado a escribir una buena película (y ya van tres oportunidades perdidas), y se ha conformado, una vez más, con ofrecernos un demo-reel de su puntera tecnología de efectos especiales que fotocopia, casi hasta la caricatura, el argumento, personajes y temas de ese otro largometraje que nos comprometimos a no mencionar en la presente entrada.
Avatar: Fuego y ceniza es una reata bien gorda y bien cara. Una pinga gigantesca. Un pico pantagruélico. Un chimbo desaforado. Un troncho inmenso. Una garcha titánica. Una pija de proporciones homéricas. Una ñema como un misil. Una callampa que asusta.
Pero nunca llega a ponerse dura del todo.
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