miércoles, 15 de abril de 2020

No todo lo de ahí afuera apesta (contenido no patrocinado por el Covid-19)

"I’m stranded on Mars.
I have no way to communicate with Earth.
I’m in a Habitat designed to last 31 days.
If the Oxygenator breaks down, I’ll suffocate. If the Water Reclaimer breaks down, I’ll die of thirst. If the Hab breaches, I’ll just kind of explode. If none of those things happen, I’ll eventually run out of food and starve to death.
So yeah. I’m screwed."

En Paratroopersdon'tdie nos hemos tirado a la yugular de vete tú a saber cuántas adaptaciones cinematográficas de libros y cómics, las más recientes It: Chapter II y Dr. Sleep. Sin por ello obviar las evidentes dificultades de traducir un libro a una película (porque de eso se trata, de coger una historia redactada en un determinado lenguaje, con una gramática establecida, y trasladarla a otro lenguaje diferente, con una gramática propia), hemos arremetido contra todas aquellas adaptaciones que fracasaban en transportar ese libro a la pantalla ya fuese por emplear medios inadecuados, desfigurar la obra original hasta hacerla desaparecer, partir de una lectura incorrecta o sesgada del material original, limitarse a copiar lo que otros han hecho, plegarse a la tiranía de un formulario elaborado por un departamento de márketing o NO TENER LOS COJONES de hacer el trabajo como debía haberse hecho.

Y esa reiteración en el tema «joder qué malas son las adaptaciones de libros» puede transmitir el mensaje de que, a nuestro juicio, TODAS las adaptaciones de libros son malas, mensaje clasista y prepotente que reduciría esta bitácora al proverbial ventilador de un hater de mierda.

Y no, no todas las adaptaciones de libros son malas.

The Martian es un digno ejemplo de ello.

La película de Ridley Scott adapta la novela de Andy Weir, y es probablemente una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una novela que se han hecho jamás, así como la única película de Ridley Scott desde El consejero que no da mucho asco.

La historia recoge los esfuerzos del astronauta Mark Watney por mantenerse vivo en Marte después de que sus compañeros, dándolo por muerto, hayan abandonado el planeta rojo dejándolo atrás. La única posibilidad de Mark es sobrevivir hasta la llegada de la próxima misión a Marte, y para lograrlo Mark tiene que ingeniárselas para proveerse de aire, agua y alimento en un mundo en el que no hay prácticamente nada, o directamente nada, de ninguna de esas cosas. Y, al principio, ni siquiera puede contar con el consejo y guía de los cerebros de la NASA, porque por carecer hasta carece de un medio de ponerse en contacto con la Tierra (fue la antena de la radio de alta ganancia, arrancada por una tormenta de polvo, la que empaló a Mark, rompiendo en el proceso su monitor médico, y haciendo que sus compañeros de la misión ARES le diesen por muerto).

Se han escrito muchas cosas acerca de esta película, y del libro en el que se inspira, casi todas ellas referentes a la verosimilitud de la misión espacial, de la descripción de Marte y de la tecnología que se presenta en la historia. Pero no es aquí donde vamos a señalar que la ausencia de una atmósfera y su baja gravedad impide que se produzcan en marte los vientos huracanados que son, en definitiva, el McGuffin de The Martian; o que los trajes presurizados que emplean los protagonistas son inverosímiles (un traje de vacío como el que emplean los astronautas en sus paseos espaciales es muchísimo más grueso, mucho menos flexible de lo que sugieren tanto la novela como la película, además de ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE de ajustar sin ayuda externa), o que la radiación a la que Mark estaría expuesto mientras esperaba rescate lo expondría a tener una vida muy corta y llena de cáncer. No entraremos al trapo porque ése no es el propósito de esta bitácora.

Esta entrada solo tiene el propósito de señalar The Martian como la excelente adaptación de un libro que es.


Hay que admitir, de entrada, que Ridley Scott partía con ventaja; y es que he leído pocos libros más cinematográficos, más fáciles de adaptar que la novela de Andy Weir. Casi parece que hubiese escrito su libro con la película en mente. De hecho, solo hay dos escenas clave, y un plano, que echo de menos en la película: el momento en que el rover marciano derrapa y vuelca en el cráter Schiaparelli, la forma ingeniosa con la cual Watney, aislado una vez más de la Tierra, detecta, establece el tamaño y dirección de una segunda tormenta de polvo que podría haberle, esta vez sí, matado, y el momento en que Mark llega al MAV (Mars Ascent Vehicle) que ha de devolverle a casa y celebra su victoria. El resto, con algunas concesiones inevitables para que Scott pudiese hacer suya la historia, está ahí. Hasta la última coma. Todos y cada uno de los retos que Mark debe superar para mantenerse con vida está ahí. Todos sus problemas y todas las soluciones que les aplica. Todas y cada una de las putadas que Marte, convertido en un personaje más, le hace para fustrar sus esfuerzos y convertirlo en polvo. Polvo marciano.
"Really looking forward to not dying."
Mark cultiva patatas (si quieres saber cómo cojones consiguió patatas en Marte, léete el libro o bájate la peli, aprovechando la pandemia) usando sus propias heces (y las del resto de la tripulación) como abono. Mark piratea la sonda Pathfinder (después de localizarla y desenterrarla) para comunicarse con la tierra. Mark vandaliza el segundo rover de la misión para proveerse de lo necesario para un viaje a larga distancia que le granjee siquiera alguna posibilidad de sobrevivir. En un planeta y en unas circunstancias en las que un agujero del tamaño de un grano de arena en su traje de presión podría matarle, Mark descompone los problemas en tareas más pequeñas y se las compone para resolverlas una por una, en orden de prioridad, y de esa manera gana unas horas más, un día más, una semana más a la espera del rescate.

Pero Mark también la caga. Porque no es infalible. Y después de armar un quilombo de la hostia, Mark Watney tiene que discurrir cómo arreglar el Cristo que él mismo ha provocado. Mark fríe la radio del Pathfinder, su único contacto con la Tierra, al apoyar en él un taladro con una salida a tierra sin protección. Obligado a economizar toda la energía posible para funciones vitales, Mark rescata el RTG para emplearlo como calefactor del rover marciano en sus expediciones. Mark se hace la picha un lío con las reacciones químicas e inunda el hábitat, su único refugio, con una atmósfera rica en hidrógeno, extraordinariamente inflamable, y tiene que comerse el tarro para arreglar el marrón.
"It’s Hydrogenville in the Hab.
I’m very lucky it hasn’t blown. Even a small static discharge would have led to my own private Hindenburg.
So, I’m here in Rover 2. I can stay for a day or two, tops, before the CO2 filters from the rover and my space suit fill up. I have that long to figure out how to deal with this.
The Hab is now a bomb."
Eso hace que Mark sea un personaje aún más atractivo: comete errores, se descuida, se enfada, se cabrea, blasfema, tiene que chuzarse Vicodina a pasto y chapucear una bañera para darse un baño caliente porque de tanto trabajo físico tiene la espalda hecha mixtos.

La actuación de Matt Damon realmente ayuda a meterse en la película. Su composición de Mark es tan fiel al libro, tan desenfadada, sin excluir la gravedad de los momentos de suspense y drama, que puedes casi ponerte la peli mientras lees la novela y oir la voz de Damon como narrador (en la práctica sería una estupidez, porque los diálogos han sido adaptados para la película, y por eso he usado el «casi» antes del «ponerte»). Y además, si eres un puto freak, si te gustan la ciencia-ficción, los cómics y los juegos de rol (los de mesa, no los de marranos), en seguida reconoces a Watney como a uno de los tuyos. Un freak, pero un freak exitoso que ha logrado algo que tú jamás lograrás por mucho que lo intentases: alcanzar las estrellas y compartir tienda de campaña con Jessica Chastain. Nuestra marca de pelirroja.


Esos pómulos. ¡Esos pómuloooooghssssss!
Insisto: lo de Ridley Scott con esta película tiene medio mérito porque Andy Weir se lo puso realmente fácil a cualquier hipotético director de cine porque su novela es realmente cinematográfica, tiene la estructura y el ritmo de una película de aventuras y cierto sabor añejo a los pulps de ciencia-ficción de los 50 y 60 que escribían señores como Asimov, Heinlein, Arthur C. Clarke y de los que Andy Weir se declara adicto. Mark Watney no es un superhéroe, es un científico que afronta obstáculos potencialmente letales y los supera (o al menos los palía) con ciencia. Usa las meninges antes que el músculo. Lo único que le diferencia de esos sabios cerebrales y analíticos de la Edad de Oro de la ciencia-ficción es su sentido del humor deliciosamente profano y su actitud transgresora.
"[11:52] WATNEY: The crops are potatoes, grown from the ones we were supposed to prepare on
Thanksgiving. They’re doing great, but the available farmland isn’t enough for sustainability. I’ll run out of
food around Sol 900. Also: Tell the crew I’m alive! What the fuck is wrong with you?
[12:04] JPL: We’ll get botanists in to ask detailed questions and double-check your work. Your life is at stake, so we want to be sure. Sol 900 is great news. It’ll give us a lot more time to get the supply mission together. Also, please watch your language. Everything you type is being broadcast live all over the world.
[12:15] WATNEY: Look! A pair of boobs! -> (.Y.)"
Que Ridley Scott renunciase a intervenir en el guion y a imponerle a la película su sello de autor, es algo que, después de ver Todo el dinero del mundo («todos los italianos son sucios, sudorosos y violentos y todas las italianas unas putas o trabajan para la Mafia»), Alien: Covenant («En realidad, lo que me saca de cama cada mañana es mi deseo de encontrar nuevas formas de lograr que la gente a la que solían gustarle mis películas me odien a muerte») y Prometheus («En realidad ya hace la tira de años que me la pela todo muchísimo»), no terminaremos nunca de agradecerle. De hecho, ésta es la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott que he visto en años, y nunca creí que acabaría diciendo eso como un elogio. La de vueltas que da el mundo. Lejos de intentar estampar su firma en el largometraje, Scott se limita a hacer de mercenario y entrega una película cinematográficamente irreprochable, y quizá debería plantearse hacer eso más a menudo, además de no volver a trabajar con Damon Lindelof. Está claro que no hacen buena pareja.

Y sí, hay infodump, imprescindible en una novela de estas características, obligada en su condición de homenaje a la ciencia-ficción de los «escritores sabios» de los 50 y 60, que aprovechaban sus desbarres sobre amazonas espaciales para darte una lección de mecánica orbital, pero el volcado de datos en The Martian no se presenta en la forma atosigante, pedante y torpe que hemos denunciado otras veces. Si no te interesan la exploración espacial ni la física y no tienes ni repajolera idea de qué mierdas es un RTG (Radioisotope Thermoelectric Generator, básicamente una cápsula llena de plutonio 238 que transforma en electricidad el calor de su propia descomposición atómica), Andy Weir se toma unos párrafos para explicártelo, pero no rompe el ritmo de la narración para soltarte turra y más turra que no viene a cuento solo para que admires lo larga que tiene la documentación, Y NO ESTOY MIRANDO A NADIE.

Gracias, Andy.

Pero lo que me parece todavía más apasionante no es la historia que el libro cuenta y la película adapta (historia que me ha encantado), sino la historia del libro en sí y de su autor, que se convirtió en novelista de éxito por accidente. Y eso es algo que le envidiamos mucho.

"I like writing, but I also like regular meals and I wanted sleep somewhere rather than a park bench so I went into computer programming."
Andy escribió su primer libro estando en la universidad. Cuenta que mientras lo escribía no paraba de decirse a sí mismo: "This is bad. This is crap." Por suerte, cuando lo escribió aun no existía Internet ni mierdas de esas, así que no encontrarás copias electrónicas de esa opera prima deleznable y la única copia física está en poder de la madre del autor, que la guarda celosamente.

Andy trabajaba como programador informático, porque lo de morirse de hambre y ser asociado con maricones y podemitas no le atraía lo más mínimo, y escribía, en sus ratos libres, obras más o menos malísimas que a él mismo le repelían, y las publicaba en su página web personal, donde comenzó a tener un cierto feedback de sus lectores y se labró una pequeña audiencia.

Andy Weir
no se sentó a escribir la obra que le haría famoso, y rico, hasta que, accidentalmente, se hizo con un colchón económico que le permitió dedicarse exclusivamente a escribir por un período de tres años. Sucedió cuando le despidieron de su trabajo en AOL (justo cuando la fusión con Netscape) y fue informado de que tenía la obligación contractual de vender, en un plazo de dos meses, todas las acciones de la compañía, que había recibido como complemente de su sueldo y a las que nunca había prestado excesiva atención. Caprichos de las moiras, resultó que cuando Andy Weir vendió sus acciones de America Online, éstas habían alcanzado su máxima cotización ever, con lo que el atónito Andy Weir se hizo con un buen fajo y pensó «hey, tengo pasta pa' quemar antes de verme tan apurado como para buscarme otro curro. ¿Por qué no me siento ahora mismo a escribir en serio? Si no lo hago ahora, no lo haré nunca». En sus propias palabras: «I was like, “I can live for years on this without having to work. I’m gonna take a shot at being a full-time writer.”»

Y eso fue lo que hizo.


Andy escribía por pasión. Escribía lo que le apetecía. Pasaba las tardes con sus amigotes, llegaba a casa, escribía hasta las cinco de la mañana y se iba a cama hasta la una o las dos de la tarde. No era todavía The Martian, pero era indiscutiblemente mejor que su primer intento. Eso sí, cuando empezó a tomárselo en serio y buscó agente literario o editor que pudiera estar interesado en la obra se dio con los dientes contra ese muro de negativas que todos, sí, todos, hasta LLei Kei Roulin, conocemos con cada hueso de nuestros cuerpos. Tres años de esfuerzos quedaron en nada. La pasta estaba a punto de acabársele y Andy renunció a convertirse en escritor profesional y se puso a buscar laburo otra vez.
«At that point, I said, “I gave [writing] a try. I don’t have to wonder what might have been, but it’s time to face reality: I am a computer programmer.”»
Andy había intentado convertirse en escritor profesional, no había conseguido un contrato de edición y volvió al mundo que conocía, a hacer el trabajo de toda su vida, convencido de que su oportunidad había pasado de largo o de que no tenía posibilidades de ver su obra publicada.

Fue en ese contexto en el cual Andy Weir empieza a escribir The Martian. Pero ya no era la misma persona. Ya no era el mismo escritor. Tenía tres años de experiencia en la chepa, tres años dedicado exclusivamente a escribir. Tres años de trinchera, de cartas de rechazo y de frustración. Ya recolocado en la industria de picar código como si no hubiera un mañana, Andy retomó una novela que había empezado cuando vivía en Boston, y esa obra era The Martian.

Andy escribía en sus ratos libres. Escribía lo que le daba la gana y, capítulo a capítulo, publicaba la obra en su página web, que llegó a tener una lista de correo de unos 3 000 lectores (que ya los quisiéramos en el Paratroopers), algunos de los cuales le sacaban los colores. «No es posible catalizar la hidrazina como lo describes en tu libro». «¿Eres consciente de que cuando exhalamos no todo lo que sale de nuestros pulmones es dióxido de carbono, sino también oxígeno no metabolizado? Porque de lo contrario no serviría de nada hacerle a alguien RCP. Lo matarías».


¡Arfs arfs, pómulos aaaaaarfs!
"I was challenging anybody to find scientific inaccuracies. All the little nerds cracked their knuckles. That was like having 3,000 fact-checkers, which is awesome. They’re not gonna let you slide on shit. They found a lot, and that’s exactly what I wanted."
Cuando el libro estuvo corregido y terminado, Andy lo subió a su página web y probablemente se habría olvidado de él de no ser por las peticiones de sus lectores.

«Hey, Andy, tío, me encanta tu libro pero me fatiga un montón leerlo en tu página web. ¿Podrías currarte una edición en eBook?»

Y Andy lo hizo.

«Hey, Andy, tío, me encanta tu eBook pero soy un completo negado con la tecnología y no consigo cargarlo en mi Kindle. ¿Podrías currarte una edición para Kindle y subirlo a Amazon?»

Y Andy lo hizo. Y las recomendaciones de los lectores pusieron The Martian entre las obras más vendidas de Amazon, de la categoría de ciencia-ficción al cielo.


Y para cuando Random House estaba buscando un nuevo libro que arrojar al mercado, se informó de lo más vendido en Amazon en aquel momento dado, encontraron The Martian y se pusieron en contacto con Andy Weir.

Y para cuando Twentieth Century Fox se puso a buscar un nuevo éxito de taquilla o un nuevo trabajo con el que mantener ocupado a Matt Damon, se fijaron en The Martian y se pusieron en contacto con Andy Weir para negociar la opción preferente para convertir la novela en una película.


Sí, por abracadabrante que suene, los tratos para la edición profesional del libro y los tratos para los derechos cinematográficos llegaron casi al mismo tiempo. Mientras Andy seguía en su cubículo, depurando líneas de código como un Oompa-loompa de la programación cualquiera. Supongo que al recibir la noticia se fue a casa a tocarse el pene durante un buen rato.

¡Florgsflargasblasplaaaaaass!
El libro, que ya era un éxito de ventas en Amazon, se convirtió en un éxito internacional, y la película se convirtió en otro éxito internacional que relanzó las ventas del libro, para regocijo de Andy Weir y de su asesor financiero.

Y algunos años después, un gilipollas se sentó a escribir sobre ello en su mierda de bitácora sin lectores, aprovechando una época flojita por causa de cierto coñavirus, como ejemplo perfecto de traslado de un libro a una película.

Varias lecciones se pueden extraer de esta experiencia:

1. Asegúrate las lentejas y escribe en tu tiempo libre. Dale las gracias a Andy Weir.

2. Que rechacen tu libro todos los editores del universo no significa que sea malo, sino que también los editores pueden ser gilipollas.

3. Búscate lectores cero que encuentren los errores de tu novela (tranquilo, los tiene) y te ayuden a perfeccionar.

4. Andy Weir tiene una suerte que probablemente no se merece y que le envidiamos muchísimo. Por otra parte, no puede negarse que hizo las cosas en el orden correcto.

5. No todas las adaptaciones de libros son una puñetera mierda, y The Martian es buena prueba de ello.
Ahí queda eso.

lunes, 30 de marzo de 2020

«Aquí dentro huele mucho a pipí» (contenido no patrocinado por el Covid-19)

"Which brings us to an ugly truth about many aspiring screenwriters: They think that screenwriting doesn’t actually require the ability to write, just the ability to come up with a cool story that would make a cool movie."
Estamos todos en cuarentena (que apunta ya maneras de cinquentena), así que ahí va un artículo ligerito y ad hoc:

10 cosas que matan a los escritores más rápido que el Covid-19:

1. «No tienes ni puta idea de escribir. ¿Has leído Crepúsculo? ¡Ése sí que es un buen libro! ¡Y la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás, encima!»

Te juro que no sé por dónde empezar a desmontar esa gigantesca pirámide de estiércol mental.
Pero voy a intentarlo.

No por ti, analfabeto, sino por el bien de mi propio cerebro.

Que un libro (o una película, una canción, una obra de teatro...) no te guste, no significa que su autor no domine la mecánica de su arte, sino que la empleó para comunicarte algo que no te importaba, que no te conmovió, que no provocó ninguna reacción en ti.

O simplemente que se equivocó. Que contó una historia y la contó mal. O que contó la historia equivocada. O que no tenía una buena novela, sino solo una buena historia; o que no tenía una buena historia, sino apenas una buena idea, y eso, ya te aviso, no es suficiente. Y es que, a veces, los genios también se equivocan. Stephen King escribió dos de mis libros favoritos. Una lista de mis diez libros favoritos en la que no estuviesen El resplandor e It no sería una lista de mis diez libros favoritos.

Pero Stephen King también escribió Cell y Canción de Susannah. La primera, una buena idea con un excelente primer acto y un desarrollo y final de mierda. La segunda, un completo pedo mental. Un libro vacío de contenido. Un mero puente entre Lobos del Calla y La torre oscura en el cual la acción se mueve un poco para no acabar yendo a ninguna parte en concreto. A ninguna que importe, quiero decir.


Así que mi libro no te gustó.

Me alegro de que leer mi libro no fuese una experiencia a la altura de tus expectativas. Porque tus expectativas están a la altura de Crepúsculo, «la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás», y eso quiere decir que tus expectativas son subterráneas y tu cultura lectora, indigente.

Escribir no es fácil.

Escribir un panfleto machirulo-fundamentalista cristiano-sumiso-mojabragas vírgenes-justificador del acoso sexual es fácil.

Escribir Drácula (1897), que podrías proclamar «la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás» sin provocarme piorrea, es difícil.

Escribir Carmilla (1872) o El vampiro (1819), obras fundacionales que, no te quepa duda, Bram Stoker (exacto, indigente lector: «¿quién?») leyó, y cualquiera de ellas candidata al marchamo de «la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás», es difícil de cojones.

Escribir La fuerza de su mirada (1989), que a menudo coloco en el otro plato de la balanza de «la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás» cuando peso Drácula, es difícil DE LA HOSTIA. Tienes que morir y reencarnarte un buen número de veces para ser digno de lamerle el esmegma del prepucio a Tim Powers (exacto, mi subterráneo crítico literario: «¿quién?»).

Escribir Låt den rätte komma in (lo pongo en sueco porque mola más) está al alcance de unos pocos. No al tuyo, obviamente, que crees que Escrúpulo es «la mejor novela de vampiros que se ha escrito jamás», de lo cual se deduce que:
a. Escrótulo es la única novela de vampiros que has leído en tu vida. Probablemente es el único libro que has leído en tu vida.

b. Crees que Stephenie Meyer inventó a los vampiros (pero, eh, no pasa nada; yo conozco a un ternasco con greñas que cree que Tolkien inventó a los elfos).

y c. Eres un poco imbécil.
Y perdóname si sueno un pelín prepotente, pero no me quitan el sueño las opiniones de un imbécil.

2. «Ah, ¿eres escritor? ¡Qué casualidad! ¡Yo también! Precisamente acabo de terminar una novelita de 2 192 páginas bisiestas y estaba buscando alguien que le echase un vistazo. No te importa leerla y darme tu opinión, ¿verdad que no? ¡Qué majo que eres!»

Sí.

Sí me importa.

Me importa mucho.

Me importa cien mil, porque tengo mejores cosas que hacer con los años que me queden de vida y porque apostaría 99 contra 1 a que tu novelita es una puta mierda infecciosa y radiactiva. Con dientes.


Y no.

No voy a leerla.
No me importa lo simpático que te caiga. No me preocupa lo mucho que hayas disfrutado que no te escupiese en la cara aquel día que pasé a tu lado en la parada de taxis. Me la crujen las ilusiones, expectativas y presunciones que te hayas creado cuando decidiste enviarme tu puto libro. No lo voy a leer. Punto. No insistas.

Me dan igual los derechos que te hayas atribuido a ti mismo porque leíste un texto mío y te gustó, o porque una vez me viste de lejos en la cola del cine, o porque me conociste personalmente en una firma de libros y resulté no ser un capullo absoluto: no voy a leer tu puto libro. Ya sé que es una pérdida de tiempo intentar explicarle a alguien de tu generación que no tienes derecho a algo, pero es la pura verdad. No tienes derecho a que yo lea tu libro. No hay nada, absolutamente nada, que puedas hacer, a ningún nivel, para ganarte ese derecho. Sexo oral con deglución incluido. De hecho, ya me caes un poco mal por haberme puesto en la situación de tener que decirte que no. Te juro que ha sido socialmente embarazoso.

¿Has visto alguna vez esas pedidas de mano
en público, tan americanas ellas, a ser posible durante el descanso de algún evento deportivo multitudinario? ¿Sabes lo que pienso de ellas? Que son una encerrona. Una trampa. El peticionario (normalmente el que se declara es un tío) es un pichafría que no tiene lo que hay que tener para afrontar la perspectiva de un rechazo, así que usa a su favor la presión de grupo para obtener una respuesta afirmativa, o un follamises persuadido de que va a escuchar un «sí» y quiere que todo el mundo vea lo grandes que tiene los cojones.

Tú eres ese tío. Tú eres el que ha venido a declarárseme y pedirme matrimonio en mitad de la Superbowl, con toda América y parte del extranjero mirándonos.

Te odio por hacerme eso. Y «no» es la respuesta más suave que puedes esperar recibir de mí.


La gente me mira raro cuando digo que es una de las historias de amor más bonitas que he leído en la vida.
Además, tú no me engañas, cabrón. Tú no quieres que lea tu puto libro y te diga qué has hecho mal, dónde la has cagado, qué se puede mejorar, qué deberías recortar o abiertamente eliminar. Tú quieres que me lo lea de un tirón, que le robe horas al sueño, que lo proclame la obra fundacional de la literatura Millennial, que diga que es perfecto, que confiese que a mí jamás se me habría ocurrido esa idea, o que se me ocurrió pero no fui lo bastante macho para ponerla por escrito.

Quieres que te coma la picha. No es una acusación. Es la verdad. Todos los escritores quieren oír lo buenos que son, lo mucho que han gustado sus palabras, lo atractivo que era su texto. Escribimos por las mismas razones por las que otros pintan, esculpen el mármol o componen sinfonías: para que la inmortalidad se cuele por debajo de nuestras sábanas y nos coma el coño.


Así que no. No voy a leer tu puto libro. Y sí, tienes mi permiso para pensar que soy un gilipollas por ello. De nada.

Y si necesitas más motivos por los cuales no voy a leer tu libro, pásate por este artículo que Josh Olson escribió al respecto. Lo suscribo al cien por cien.

Ahora agarra tu mierda y lárgate. No tengo nada más para ti.

3. «Me encantó tu libro. Dime, ¿cuánto tiempo hace que eres un satanista nazi transexual procedente de una dimensión paralela?»


Acabo de enterarme de que lo soy. Por el mismo precio y al mismo tiempo, acabo de enterarme de que eres subnormal profundo.

Algo simplemente no funciona cuando una persona lee un libro y le atribuye al autor las opiniones, los comportamientos o la ética de los personajes. Normalmente no de los mejores.

A esa gente le falla comprensión lectora. Leen y son capaces de pronunciar el sonido de los fonemas, comprenden el significado individual de la mayoría de las palabras, pero son incapaces de descifrar su valor en la frase o retener la menor información que transmiten. O no les importa.

«¿Qué estás leyendo, Fernandito?»

«No se».

«¿La casa de los espíritus? Pero si ya te la estás acabando. ¿Te gusta?

«No se».

«¿De qué va?»

«No se».

«¿Cómo se llaman los protagonistas?»

«No se».

«Di "no se" si quieres una hostia en el cielo del paladar».

«No se... ¡Espera un put... uuuuuuuuuh!».


El narrador de una novela es un personaje más; y ya sé que ponerlo por escrito es una pérdida de tiempo, amigo lector, porque eres incapaz de entender lo que lees en tu propio idioma.

Oscar Wilde
se quejaba de que todos sus lectores le sacaban parecidos con sus personajes. Normalmente con los más depravados y decadentes. No encuentro ahora mismo el texto en cuestión, pero de El retrato de Dorian Gray escribió algo como «La gente cree que soy como
Dorian Gray; a mí me gustaría ser Lord Henry Wotton, pero en realidad soy Basil Hallward».

A ver, chicos, hay cinco categorías de imbéciles, de menor a mayor grado de estulticia:

a. Imbéciles.

b. Cretinos sistémicos.

c. Retrasados peligrosos.

d. Gente incapaz de distinguir entre realidad y ficción.

e. Donald Trump.
Mira lo cerca que estás de Donnie. ¿De verdad te atreverás a cruzar esa nebulosa línea divisoria?

Picoteando solo unos pocos ejemplos de algunos de mis libros, tengo agentes secretos, dóminas BDSM, terroristas del IRA, escritores incestuosos, criminales de guerra nazis, comandos del SEAL, pedófilos, traficantes de drogas colombianos, dioses nórdicos, extraterrestres, agentes de seguros, fantasmas e incluso suecos.

Ya te digo que es absolutamente imposible que yo sea todas esas personas. Ni siquiera la mitad de ellas.

Algunos de estos personajes defienden opiniones que para mí son indefendibles. Los agentes secretos están convencidos de que el fin justifica los medios, la dómina BDSM intentará convencerte de que atar e inmovilizar a alguien, mearse en su boca y darle de hostias es la forma normal de mantener relaciones sexuales, el criminal de guerra nazi te cantará las bondades del fascismo y el racismo, el traficante de drogas se presentará como una víctima inocente de la sociedad y el sueco te venderá la moto de que en su país de alcohólicos funcionales y ultraderechistas xenófobos se vive de puta madre.

Ninguno de ellos me representa, la mayoría me caen como el puto culo, pero si tienes la sensación de que les he hecho hablar de forma tan convincente que parecía estar suscribiendo sus alegatos puede que se deba a una de dos razones, o incluso a ambas al mismo tiempo:

a. Eres mu' tonto.

b. Soy un escritor cojonudo y tú eres mu' tonto. No tonto pa' un rato. No. Pa' siempre.

4. «No te lo perdonaré en la vida. ¡Me has convertido en el villano de tu novela! Estoy pensando en demandarte y todo».
Punto número uno: ¿quién coño eres?

Punto número dos: ¿de qué mierda se supone que te conozco?

Punto número tres: no, no voy a compartir contigo mis derechos de autor.

Punto número cuatro: vete a cagar. Haciendo el pino.

5. «¡Me encanta tu puta novela! ¡De verdad que lo flipo con tu puto libro! ¿Cuándo escribes la continuación?»


Eeeeeh... no sé. ¿Nunca, por ejemplo? ¡Todos los personajes mueren en el último capítulo! ¿Sobre qué coño voy a escribir a continuación? ¿Sobre la cata y degustación que los gusanos hacen de sus restos corruptos?

Como explicábamos en la entrada «El venenoso concepto del escritor putilla», el escritor no es tu furcia. No te debe nada. No tiene nada que agradecerte. No es responsable del contrato imaginario que tú supones que firmó contigo cuando compraste su obra, o la leíste, o te la contaron.

El escritor no tiene la obligación de darte lo que tú esperabas. No tiene que hacerte sentir bien. Es un escritor, no una mamada. No tiene por qué empezar una franquicia de ese relato que te gustó tanto. Es un novelista, no Disney. No tiene por qué escribir la secuela de esa novela que te apasionó. Ni la precuela. Ni la tontuela. A lo mejor el escritor ya dijo todo lo que tenía que decir sobre ese tema, sobre esos personajes, sobre ese escenario. A lo mejor incluso ese único libro del cual le estás pidiendo un bis ya le pareció excesivo. Porque sí, amigo lector, hay libros que un escritor escribe aunque no quiere. Porque su editor se lo demanda. Porque tiene esa idea obsesiva y la única manera de librarse de ella es escribirla. Porque aunque parezca mentira me pongo colorada cuando me miras y los libros raras veces se escogen con la cabeza; más a menudo se escogen con las tripas, que están llenas de mierda, y por eso el 99% de los libros son mierda.


Ian McKellen devolvió el anticipo que había recibido a cambio de escribir sus memorias. 1,4 millones de dólares, que no los has visto juntos en tu puta vida. Y yo tampoco. Sir Ian McKellen descubrió que era incapaz de poner por escrito su biografía. Pura y simplemente, exponer su intimidad y contar sus vivencias en la homofóbica sociedad británica de los años 50 y 60, le resultaba demasiado doloroso.

"You know, when I was growing up in 1950s England, there were no gay clubs I knew about. There were no bars. Homosexuals were shamed publicly and imprisoned. You were on your own, looking over your shoulder all the time, hoping in the handshake of a stranger that he might be somebody gay."
Salvando las distancias, yo he escrito al menos dos libros que me dolieron. Y me dolieron LA DE DIOS. Sentarme a escribirlos era el equivalente a sentarme en una silla de faquir y aporrear un teclado al rojo vivo mientras me metían enemas de ácido sulfúrico.

¿Por qué los escribí entonces, si me hacían tan miserable?

Porque tenía que hacerlo.


Ya sé que no lo entiendes.

Y no, no creo que vaya a escribir la segunda parte de ninguno de ellos.

6. «No me gustó nada cómo maltrataste al personaje de Arturito Follacristos en tu libro. ¡No volveré a comprar una novela tuya nunca más!»

Mira, chaval, eso que salimos ganando los dos. Y para lo de tu querido Arturito te sugiero que te escribas tu propio final, si tienes cojones. Y también te aconsejo que no se te ocurra intentar publicarlo, o mis abogados te van a crujir y profanar tu cadáver.

Te diría que volvieses a leer el punto 4, pero es obvio que no sabes leer, así que olvídame y búscate otro hobby. Seguro que hay miles de horas de vídeos de Riley Reid con los que aún no has eyaculado.


Ñam, ñam y reñam. Y Sluuuurp.
7. «Hostia, tío, me encantó tu libro. Me puse hasta cachonda leyéndolo. ¡Me puse más burra que tú imaginándote a Sara Sampaio haciendo un fem2fem con Riley Reid!».

«Fantástico, ¿puedes decirme qué parte te gustó más mientras voy sacando condones de la máquina?»

«La parte en la que Hortensio Gusánez descubre a Roberta Bustomuchez escondida en la cabina de teléfonos, desmontando la bomba nuclear».

«...»

«...»

«...»

«¿He dicho algo malo? ¿Por qué estás poniendo esa cara?»

«Ejum... Yo no escribí ese libro. Jum. Jum. Escritor equivocado, cariño. Ejem. Jum».

«Oh...».

«Pero follar follamos igual, ¿no?»

«Euh... eeeeh... Ay, ¿cómo te digo esto con delicadeza?».

«Que se te ha bajado el celo de golpe y de repente te doy mucho asco, ¿a que sí?»

«¡Qué alivio! ¡Menos mal que lo entiendes!»

«No, si lo entiendo. A la que no entiendo es a la madre que te parió».

«¿Disculpa?»

«No, nada. Cosas mías».
8. «Me gustó tu libro, pero me habría gustado mucho más si lo hubieses ambientado en Montecarlo y el protagonista fuese un enano esquizofrénico del espacio exterior».

Entonces es que no te ha gustado mi libro, gilipuertas. Te ha gustado otro libro, que te has escrito tú solito en tu loca cabecita y que, me estoy oliendo desde aquí, es una puta mierda.

A Dolores Redondo cierto agente literario le ofreció conseguirle editor para El guardián invisible si se avenía a quitar todo lo que está escrito en euskera, trasladar la acción a una gran ciudad, en vez de concentrarla en un pueblecito chiquitín, sacarla de Navarra y el País Vasco, ah, y cargarse todos los localismos.

En otras palabras, este agente literario quería que Dolores Redondo guillotinase todos los elementos que hacen que su novela sea personal, llamativa y única; y que son, en buena medida, los responsables de su éxito. Y quiero decir éxito del que da mucha envidia.

Lo cual solo confirma que ni siquiera los que se ganan la vida con esto tienen ni puta idea de qué conquistará el interés del público. Es como aquello que solía decir Samuel Goldwyn, creo que era (¿o era Louis B. Mayer?), sobre que él no conocía las razones que llevaban a la gente al cine, pero sí sabía que algunas de esas razones eran realmente estúpidas.


¿Habría sido un éxito El guardián invisible si Dolores Redondo le hubiese quitado todo lo que la hace especial? ¿Quién lo sabe? ¿Sería el mismo libro? Obviamente no. ¿Le habría gustado más a ese camuflado agente literario? Sí. ¿Se sentiría Dolores Redondo sucia, mentirosa y falsa? Puedes apostar los huevos.

Tú no has leído mi libro, hijo de puta. Has leído otro, que te has inventado tú solito. Anda y vete a la mierda. O ponte a escribir fan-fiction y deja de joder la marrana. Parásito.

9. «Lo que has escrito no tiene ningún mérito. Has copiado el argumento y la estructura de un libro de Edgard-Lewis Martínez Erzsenberger zu Flottenstein-Arp».

Y él copió el argumento y la estructura de un poema de Goethe. Y Goethe fusiló en su poema un capítulo del Evangelio según San Mateo. Y el que quiera que escribiese ese libro de la Biblia copió descaradamente a Homero. Y Homero se lo debe todo a Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte. Y todos ellos hicieron bien, porque originalidad, amigo mío, es volver a los orígenes.

Una vez me acusaron de... no digamos «plagiar». No. Más bien «homenajear» un relato de Peter Straub. No sirvió de nada explicarle a este caballero que en mi vida había leído nada de Peter Straub y que mal podía haber «homenajeado» una obra que no conocía. Mi interlocutor estaba muy feliz de haberme «pillado» y se largó con su presa en la boca sin darme la más mínima credibilidad, feliz de la paja gafapástica que se acababa de hacer a sí mismo y de la que se iba a hacer cuando llegase a casa.

Y ahora le tengo un asco inmenso al pobre de Peter Straub, que jamás me ha hecho ningún daño, y al que sigo sin leer, en venganza.

Desde su punto de vista, Gafapajasmán acababa de demostrar que cualquier soplapollas puede escribir y que lo mío no tenía mérito ninguno. Porque escribir está al alcance de todo el mundo, ¿verdad? Tú mismo has escrito una novelaza de 2 192 páginas bisisestas protagonizada por un vampiro mariquita reflectante. Y lo peor de todo es que te la han publicado y la recomiendan desde la página web de la Asociación de Satanistas Nazis Transexuales Procedentes de una Dimensión Paralela.
10. «Me encantó tu libro sobre la alienación troglo-patriarcal hegeliana de las masas lumpenproletarias cisgénero a través de la propaganda altermundista dirigida».

Señora, en mi puta vida he escrito un libro así.

(Pero si usted lo ha leído, debería ir al médico. Con urgencia. Aunque sospecho que ya es demasiado tarde).
Yo solía pensar que si un escritor escribe un libro sujeto a múltiples y contradictorias lecturas, la culpa es del escritor.

Entonces empecé a remontar una auténtica riada de tontos. De hecho, compartí piso con algunos de ellos.

Y ahora tengo mis dudas.

Es obvio que si puedes ser malinterpretado lo serás, así que va en tu propio interés asegurarte de que tu obra es lo menos equívoca posible. Aunque solo sea para evitarte escenas como la de arriba.

Pero no importa cuánto te esfuerces. Siempre encontrarás a un tonto que leyó lo mismo que los demás y entendió lo que le salió de los cojones y al que no vas a descabalgar de la burra. Y no te hablo de los que leen El señor de los anillos y ven el ascenso del fascismo, que hasta tiene un pase, por más que hasta en su lecho de muerte Tolkien negase la mayor. Te hablo de los que hacen unas lecturas de las obras artísticas que no se justifican ni con un volquete de porros. La gente que ve una crítica a la Iglesia Católica en El carro de heno, pederastia oculta en los cuadros de Balthus, una oda homosexual en los cómics de Batman, propaganda comunista en las inhabitables casas de Mies van der Cojones, una obra maestra del cine en las pelis de Zack Snyder o una bonita historia de amor en Precipúsculo.

Hitler.
“This is better,” the instructor writes on the title page. “In the alien counterstrike we see the vicious circle in which violence begets violence; I particularly liked the ‘needle-nosed’ spacecraft as a symbol of socio-sexual incursion. While this remains a slightly confused undertone throughout, it is interesting.”

(De It, por Stephen King. ¿De donde si no?).
La Waffen-SS.
Y ésta es la segunda causa de muerte entre los escritores (la primera es su aspirante a viuda; presuntamente), pues no se puede deshacer ese nudo gordiano. Antes reventarás a cabezazos un muro de cemento puro de oliva que harás ver a una persona que está equivocada, que la interpretación que ha hecho de tu libro es parcial, delirante, insultante y falsa. Porque todos los anormales que creen tener el monopolio de la razón exigen, encima, que los demás estén equivocados. No van a embarcarse en un intercambio de ideas. No tienen argumentos para ti, solo convicciones. Están seguros de que han hecho la interpretación correcta de tu libro, de que conocen tus motivaciones mejor que tú y no van a darte ni una victoria, por pequeña que sea. Es más, llegarán al extremo de explicarte A TI, que has escrito el libro, LO QUE REALMENTE QUERÍAS DECIR cuando escribiste tal y cual, Pascual, y qué soterradas corrientes inconscientes te llevaron a contar esa historia y no otra, en tal estilo y no uno diferente y matar a cierto personaje como lo mataste.
Benito Mussolini.
Y quizá la culpa la tenga Sigmund Freud.

Sigmund era un judío austríaco, obsesionado con el sexo, que estaba seguro de haber dado con la explicación a todas las neuras humanas: nos traumamos porque somos unos cerdos y la sociedad no nos permite fornicar como cochinos sin reparar en tontadas como el sexo, la edad o la consanguinidad; ni tampoco expresar abiertamente ese deseo, y entonces reprimimos toda esa voluptuosidad y nos ponemos enfermos.

Y yo empecé darme cuenta de que el psicoanálisis era una butifarrada cuando leí en los diarios de Anaïs Nin que nuestra promiscua escritora follatriz, pocas semanas después de empezar a visitarse con un psicoanalista (Otto Rank, nada menos; uno de los padawans del propio Freud), ya se sentía lo bastante bien informada sobre las bases «científicas» y metodología del psicoanálisis para empezar a psicoanalizar a sus amigos.

Hacen falta de diez a once años para dominar las disciplinas básicas de la Medicina. Pero con unas pocas sesiones de mierda, Anaïs Nin ya se sentía una psicoanalista hecha y derecha y ejercía como tal, entre zambullida en el chumino de Juliette Smerdt y succión del esperma de Henry Miller (y de otros muchos).

Estaba buena, ¿eh? Pues que sepas que probablemente se tiraba a su padre.
¿Por qué? Porque además de basarse en dogmas, que no en hechos empíricos, el psicoanálisis te da una serie de respuestas fáciles a preguntas extraordinariamente complejas. Pura y simplemente, casi todo es culpa del sexo. ¿Te deprimes cuando llueve? Eso es porque te sientes culpable cuando te masturbas. ¿Te deprimes cuando hace bueno? Eso es porque NO te sientes culpable cuando te masturbas, y ambas respuestas me las acabo de inventar, pero ¿a que suenan psicoanalísticas? ¿Eres autista? La culpa es de tu madre, a la que ponías cachonda y, por miedo a gotear como una putaca cuando te tocaba, te negó toda muestra de cariño, y por eso te autistaste. ¿Intentaste acuchillar a tu pobre padre cuando tenías doce años? Eso es porque sufres Complejo de Edipo, vamos que te quieres trincar a tu puñetera madre o al cornudo de tu padre, o incluso empotrar a tu padre, y por eso lo agrediste con un objeto fálico. Puto enfermo.

El psicoanálisis destripa el lenguaje para atribuirle a las palabras el significado que mejor se ajuste a las ideas preconcebidas del terapeuta y a las teorías de su barbudo profeta, o sea Freud; teorías basadas en hipótesis no falsables y que se apuntalan en evidencias sesgadas o manipuladas. El mismísimo Freud tenía la sospechosa tendencia de presentar como éxitos de su terapia casos clínicos de pacientes a los que en realidad nunca curó y no tenía inconveniente en recurrir al «usted se calla, que no sabe quién soy yo» cuando le llevaban la contraria.

Y por culpa de Freud entiendo hay gente dispuesta a leer Mi amiga Flicka y entender que, con ese libro, Mary O'hara estaba cantando alabanzas a Satán. Porque se atribuyen la autoridad para decidir qué quería decir en realidad el escritor cuando dijo qué. Es, ya sabes, esa clase de gente que ya te cae mal antes de conocerla.

Y tú no quieres a esos lectores cerca de ti. Que compren tu libro, que lo lean y se monten las películas que les salgan del culo, pero que no se te acerquen.

Por favor.

Todos los escritores cometemos algún que otro pecado. Y con ellos tenemos más que suficiente. No trates de responsabilizarnos de tus errores de comprensión ni hacernos sufrir por tus delirios de grandeza.

Gracias.

Y con eso termino por ahora, si el Covid-19 o una aspirante a viuda no se me lleva por delante.


¿Mi futura viuda! ¡Ja! ¡Sigue soñando, Sommer!
Coronavíricos saludos a todos. Nos vemos en la próxima bat-cuarentena. A esta misma bat-hora en este mismo bat-canal.