domingo, 19 de julio de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVII): Los ricos también lloran, y sus hijos no veas

Jean Paul Getty probablemente sea uno de los personajes más mezquinos del siglo XX, y eso no es decir poco.


Heredero de los derechos sobre campos petrolíferos que su padre, George Franklin Getty, abogado de seguros, había adquirido en Oklahoma, el joven Getty recibió la educación de un príncipe europeo. Estudió idiomas (francés, alemán, italiano, español, árabe, ruso, latín y griego clásico), se matriculó en Berkeley, si bien no llegó a licenciarse, hizo varios viajes a Europa, ingresó en Oxford y obtuvo una carta de recomendación del presidente Taft que le permitió recibir instrucción en el Magdalen College, si bien no estaba matriculado en él. Pero aprovechó para hacer buenas amistades, como un tal Eduardo Alberto Cristián Jorge Andrés Patricio David, engolado pesetero filonazi racista loco por los chochos divorciados que, cosas de la vida, por breve plazo, fue el rey Eduardo VIII del Reino Unido.

Con un pequeño préstamo de su padre, Getty hizo sus primeras inversiones en una compañía petrolera de Tulsa, ganó su primer millón en 1917 (ajustando la inflación, eso serían unos 26 millones de los de ahora) y dijo que se llevaba los beneficios a Los Ángeles, a frungir coños, hacer bastardos, casarse y divorciarse en serie. Y es que, parece, al tío le ponían a tiro un chocho y perdía el oremus.


Aunque acabó regresando al negocio familiar, Jean Paul había perdido completamente el respeto de su padre, inflexible metodista abstemio y monógamo, que, a su muerte en 1930, sólo le dejó medio millón de dólares de la fortuna familiar (unos diez milloncitos de los de 2026), calculada en unos diez millones de la época (unos 200 millones actuales), y un tercio de las acciones de la Oklahoma Oil Corp. La viuda, Sarah Catherine McPherson, heredó el 95% de la fortuna familiar y los otros dos tercios de la compañía, pero su avispado y codicioso hijo le hizo la del trile para que lo pusiese en un fideicomiso contra el que Getty podía pedir financiación para sus propios negocios, como la adquisición de acciones de la Tidewater Oil Company.

Durante la Gran Depresión, cuando todo el mundo vendía, desesperadamente y los agentes de bolsa se tiraban por las ventanas, Jean Paul Getty compró la Pacific Western Oil Corporation, como parte de una estrategia que culminaría en 1953 con la compra de la Skelly Oil Company. Estos holdings fueron los pilares de Getty Oil, surgida en 1967 de la fusión de todos ellos. Antes ya había llegado a un acuerdo con Ibn Saud en el que se comprometía a mantener el precio del barril de crudo de la Zona neutral saudí-kuwaití a 55 centavos y sufragar al rey árabe un millón de dólares al año. La fluidez de Getty en árabe y su profundo conocimiento de la historia, el arte y la cultura musulmanas derivaron en una duradera amistad personal entre ambos.

Y bueno, resumiendo mucho, digamos que varios autores y economistas conceden a Getty el título de «primer milmillonario de la historia» (una vez más, ajustando la cuantía de su fortuna personal y el valor de sus alrededor de doscientas empresas a la inflación). Vamos, que el tío era asquerosamente rico. Rico nivel Dios. No sólo coleccionaba obras de arte (lienzos de Rubens, Renoir, Tintoretto, Degas, Monet...; ), antigüedades (mármoles romanos y griegos, fundamentalmente, hoy en día exhibidos mayoritariamente en la Villa Getty) e inmuebles carísimos (un castillo del siglo XV cerca de Roma, un rancho en Malibu, Sutton Place, la mansión de 72 habitaciones en Surrey que se convirtió en su centro de operaciones...). El cabrón cagaba oro, como un Lannister.

Y, como a un Lannister, la mayoría de los críos le salieron tarados. Casado cinco veces, divorciado otras cinco (los matrimonios raras veces le duraban cinco años), tuvo cinco hijos reconocidos (y un número indeterminado de hijos ilegítimos) que parecen haber heredado con la sangre paterna todo el epicureismo y desenfreno genital y poco o nada de su ética de trabajo espartana y feroz austeridad. Su quinta esposa, Louise Dudley Teddy Lynch, contó en 2013 que Getty se había puesto tó loco por la cantidad de dinero que ella se gastaba en el tratamiento del único hijo que habían tenido juntos, y que había perdido la vista, a los seis años, debido a un tumor cerebral. El niño murió a los doce años y Getty no se tomó la molestia de asistir a su funeral.

En 1973, George Franklin Getty II, vicepresidente de Getty Oil, se suicidó, dicen algunas malas lenguas, en pleno mal viaje de LSD o ataque de delirium tremens provocado por su alcoholismo recalcitrante (otros atribuyen su automorisión a la depresión severa que sufría).

El tercer hijo de Jean Paul, John Paul Getty II, se dio a una vida hippie pagada por los minolles de papá con la actriz británica Talitha Pol. La pareja se compró un palacio en Marruecos al que llamaron el «Palacio del Placer» y en el que la fornicación era diaria, el ron entraba en cisternas, la coca en camiones y el jaco en carretas. La pareja tuvo una hija a la que hicieron la gigantesca putada de bautizar Tara Gabriel Gramophone Galaxy. Talitha murió de sobredosis de heroína dos años después de separarse de John Paul.

Gordon Getty, el cuarto hijo del patriarca, no tuvo una vida marcada por la tragedia, pero protagonizó su propio escándalo en 1999, cuando se descubrió que mantenía a su familia oficial y a otra «de repuesto» con una mujer llamada Cynthia Beck, que le había dado tres hijas.

Precisamente uno de los hijos de Gordon, Andrew Getty apareció muerto en su domicilio de Los Ángeles en 2015, con un nivel de anfeta en sangre capaz de matar a dos elefantes. John Gilbert, otro hijo de Gordon, apareció en su habitación de hotel de San Antonio, Texas, con un poco de sangre en el fentanilo.


La pésima relación de Getty con sus hijos (que al parecer se transmitía de generación en generación) era casi tan mala como su relación con sus esposas. Se atribuye a Getty la frase «Una relación duradera con una mujer sólo es posible si eres un empresario fracasado». Dicen las malas lenguas, que, en sus últimos años, mantenía en Sutton Place un pequeño harén de concubinas, vinculadas POR CONTRATO a su cama, a las que mantenía a raya y hacía competir entre sí por su «amor» prometiéndoles un buen mordisco de su patrimonio, cuando falleciese. Promesas que jamás había tenido intención de cumplir, porque no es sólo que la diversión preferida de Jean Paul Getty fuese reescribir su testamento, es que estaba convencido de que sus descendientes NO merecían ni un penique de madera de su dinero. «Los hijos de los ricos no deben ser consentidos ni recibir dinero cuando tengan edad de valerse por sí mismos», dicen que dijo una vez, como su padre le había dicho a él (pero el muy cabrón se las ingenió para hacer pasta con la fortuna de la familia de todas formas).

Su racanería, siendo como era un cabrón PODRIDO de dinero ha puesto a Jean Paul Getty en los libros de historia. Cuando el periódico que le llevaban a la mesa del desayuno todos los días subió su precio dos cochinos peniques, Getty estuvo considerando muy seriamente cancelar su suscripción. Jamás tiraba una fotocopia, carta, menú o tarjeta hasta haber aprovechado el papel por ambas caras. Se lavaba sus propios gayumbos para ahorrarse el coste de la lavandería. Hizo instalar una cabina de teléfonos, de las que funcionan con monedas, en su mansión de Surrey, porque en esta casa las llamadas importantes las hago yo o se hacen cuando yo lo mando, y el que quiera telefonear por chuminadas que se lo pague de su bolsillo. Y, naturalmente, el episodio por el que su cicatería se ha vuelto legendaria, estuvo REGATEANDO con los secuestradores de su nieto, John Paul Getty III, para ahorrarse el dinero del rescate, y, por rata, estuvo a punto de lograr que AMOCHARAN al pobre chaval.

El crío (dieciséis años), estaba de tranquis por Roma, donde también residía Gail, su madre, (ya divorciada de John Paul Getty II) y se daba la vida padre, o madre, o sobrina, o todo a la vez, sin responsabilidades, sin una puta lira en el bolsillo, pero confiando, como todo pijito consentido, que en caso de tropezar acudirían al rescate los millones de su acaudalado abuelo. A John Paul Getty III le conocían por «el hippie de oro». Vivía de okupa con unos amigos y su novia (y con la hermana gemela de su novia, a la que dicen que también se garchaba), bebía y comía a crédito usando su apellido como una Visa, se follaba potorros peludos ablandados por la promesa del braguetazo de la década y esnifaba farlopa que no podía permitirse pagar.

Y un día, fue secuestrado.

Su novia de entonces, Gisela Martine Schmidt, ha confesado que la vida hippie no era tan atractiva y romántica como se la habían vendido y que la pareja eran prácticamente unos indigentes que pasaban más hambre que el perro de un ciego. Como quiera que su padre le racaneaba las pensión alimentaria (fiel a la tradición familiar de tener pésimas relaciones con su progenie, John Paul Getty II podía pasarse meses sin tomarse la molestia de cogerle el teléfono a su hijo), ni siquiera les quedaba el recurso de sablear a su madre, que tenía otros hijos a los que dar de comer. Con la cabeza llena de fantasías adolescentes (John Paul Getty III quería irse a vivir a Marruecos con su chorba, y no pegar palo al agua en su puta vida), el churumbel comenzó a coquetear con la idea de fingir su propio secuestro y retirarse, a sus tiernos dieciséis añitos, con la pasta del rescate que sin duda pagaría su acaudalado abuelo. Incluso se puso en contacto con unos indeseables de los bajos fondos romanos para pulir los detalles del plan.


Gisela Martine juró a la policía que su novio había renunciado a ese plan descabellado cuando, en junio de 1973, dos sujetos de facha patibularia lo trincaron en la Piazza Farnese, le metieron la cabeza en una bolsa y el cuerpo en el maletero de un coche. Que la idea de fingir un secuestro y gorronear el dinero del rescate ya no tenía sentido porque tanto Gisela como John Paul III habían conseguido trabajo como modelos fotográficos y ya no necesitaban chulear la fortuna del yayo.

O bien John Paul Getty III olvidó comunicarle el cambio de planes a los secuestradores, o no consiguió convencerlos, o estos habían pillado carrerilla y ya no podían detenerse, porque lo cierto es que el chaval acabó en una cueva de Calabria, vigilado por varios malencarados miembros de la 'Ndrangheta, y una nota de rescate por diecisiete millones (casi 128 millones de dólares a día de hoy) fue enviada a Jean Paul Getty, que la leyó y dijo algo como «el cabrón éste de mi nieto se ha vuelto a quedar sin panoja y, encima, se cree que soy subnormal» antes de triturarla y desentenderse del asunto.

John Paul Getty Jnr., que era un padre penoso, un puto borracho, un marido horrible y un yonqui incurable, no obstante conservaba algo de empatía y se tomó muy en serio la nota de rescate. Acudió a su padre y le suplicó que pagase a los secuestradores. Pero el patriarca de la familia seguía sin creerse lo del rapto y, encima, declaró, si resultaba ser un secuestro legítimo y pagaba a estos raptores, inmediatamente abriría la veda para sus otros trece nietos. Los convertiría en objetivos. Para el frío y maquiavélico multimillonario, mejor amortizar pérdidas y conservar a sus otros nietos que ponerlos en peligro abriendo demasiado pronto la bolsa.

Una segunda nota de rescate se retrasó por culpa de una huelga de funcionarios de Correos en Italia y a los secuestradores de John Paul Getty III comenzaron a inflársele los cojones. Empezaron a torturarlo psicológicamente, le retiraron los magros privilegios de los que disfrutaba en su cautiverio, mataron a un pájaro al que había adoptado como mascota e incluso jugaron a la ruleta rusa. Con su cabeza.

Finalmente, en noviembre del 73, a los secuestradores se les acabó la paciencia y enviaron a la redacción de un periódico una nueva nota de rescate, esta vez por 3 200 000 dólares de la época (unos 24 millones de los de hoy), un rizo de pelo pelirrojo y una de las orejas de John Paul Getty III. «Si en diez días no nos pagan, les mandamos la otra», rezaba la nota.


Si has llegado hasta aquí y crees, oh probo lector con sabor a gonococos macerados en el baboso michino peludo de Riley Reid, que eso fue suficiente para ablandar el duro y negro corazoncito de Jean Paul Getty senior, es que corres más rápido que tu comprensión lectora. El cabrón del petromillonario se puso a regatear con los secuestradores mientras su nieto se medio moría, en aquella cueva calabresa, de la turboinfección que pilló en el muñón de la oreja amputada (también agarró una neumonía del cagarse, por la humedad que hacía allí dentro). Acojonados de que su valiosa gallina se les escoñase antes de poner el huevo de oro, los secuestradores le dieron al pobre chaval brandy para el dolor y dosis veterinarias de penicilina para la infección, consiguiendo, a la vez, convertirlo en un alcohólico sin remedio y volverlo alérgico a los antibióticos.

Finalmente, Jean Paul Getty aceptó pagar el rescate... pero, una vez más, su inhumana racanería asomó la cabeza. El viejo psicópata sólo puso 2 200 000 millones. El máximo que podía desgravarse, vía impuestos, para la época. El resto del dinero del rescate se lo prestó, repetimos, SE LO PRESTÓ, a su hijo John Paul Getty II, padre del muchacho secuestrado, a un 4% de interés. Se conoce que el siniestro magnate multimillonario hijo de puta no tenía suelto en aquel momento.

El 15 de diciembre, cinco meses después de su secuestro, John Paul Getty III fue abandonado en una gasolinera de Lauria, en la provincia de Potenza. De regreso con su madre, intentó llamar a su abuelo para agradecerle el pago del rescate, pero el patriarca se negó a ponerse al teléfono y, según los biógrafos de ambos, abuelo y nieto no volvieron a hablar ni a verse jamás.
(Después de su rescate, John Paul Getty III, haciendo honor a la tradición familiar, llevó una vida putísima. Si antes del secuestro se endrogaba para quedarse a gusto, después lo hacía para combatir los síntomas de una depresión y trastorno de estrés post-traumático que ya siempre le acompañarían. En 1981 se preparó un cóctel de Valium, metadona y alcohol que le jodió el hígado y le causó un derrame cerebral que lo dejó ciego, mudo y cuadriplégico por el resto de sus días, que terminaron en febrero de 2011).

Y esta historia completamente real es tan puñeteramente cinematográfica, tiene personajes tan complejos, profundos y humanos, está llena de tantas zonas grises y versiones contradictorias de los hechos, tiene un final tan ambiguo y poco satisfactorio (no se recuperó el dinero del rescate, los principales promotores del secuestro jamás fueron arrestados ni procesados) y explora temas tan extraordinariamente arquetípicos que cabría esperar que haya inspirado un chorro de series y películas.

Aparentemente, era mucho esperar.

Como cabría esperar, existen muchos documentales sobre lo sucedido, pero no es el true crime lo que nos interesa en esta entrada, y, generalmente, tampoco en esta bitácora, volcada mayoritariamente en la ficción.

La historia del secuestro de John Paul Getty III tiene al menos una «obra derivada / libremente inspirada por» que alcanzó la forma de dos películas, una de 1987 con Scott Glenn y otra de 2004 con Denzel Washington. Ambas películas se basan en Man on Fire, novela de 1980 firmada por A.J. Quinnell (pseudónimo del novelista inglés Philip Nicholson). Pese a titularse igual, la serie de Netflix de este mismo año, además de raceswappear, again, al protagonista (nada reseñable, tratándose de Netflix), parece haberse tomado notorias libertades sobre la historia original de la novela.

De Captivated, proyecto protagonizado por Al Pacino y la pavisosa Katie Holmes que pretende contar el rapto de John Paul Getty III desde la perspectiva de Saverio Mammoliti, uno de los secuestradores (de quien su familia sostiene que mantuvo con su víctima una relación mucho más cercana y afable de lo que cuenta la historia oficial), sólo sabemos que se anunció en 2024 y que en 2025, teóricamente, seguía en preproducción, sin avances reseñables en una dirección u otra.

Así que, para el gran público, la única versión dramatizada del secuestro del «hippie de oro» ha sido, durante años, la espantosa Todo el dinero del mundo de Ridley Scott. Esa oscura, sucia, sudorosa, lenta, pretenciosa, arrogante, racista, hipócrita y xenófoba automamada de preciosista estilo cinematográfico estrenada en 2017 con Christopher Plummer volviendo a rodar todas las escenas del pobre Kevin Spacey, acusado de agresión sexual sobre cuatro víctimas diferentes, al menos una de las cuales era menor de edad cuando presuntamente sucedieron los hechos denunciados, en un período de tiempo que abarcaba dos décadas de conducta depredadora, según los denunciantes.

En la típica reacción hollywoodiense de «oh Dios mío qué hemos hecho», Scott «borró» a Spacey de su película en plena fase de montaje, reclutó al veterano actor canadiense, llamó de nuevo a Michelle Williams y Mark Whalberg para reshootear algunas escenas y se gastó en torno a diez millones de dólares adicionales para volver a rodar cuatrocientos planos del personaje de Jean Paul Getty, ahora con el nuevo intérprete. Pero nada podía salvar esta insufrible castaña de cincuenta millones de presupuesto (y algo menos de 57 de recaudación global, o sea un TURBOHOSTIÓN ÉPICO CON DOBLE TIRABUZÓN Y REBOTE) que retrata a los italianos como mugrientos y transpirados perdonavidas, a las italianas jóvenes como putas, a las viejas como inflados sapos a sueldo de la mafia, a la policía italiana como corruptos e inútiles burócratas, al pijito hedonista niñato de John Paul Getty III como un alma cándida, un espíritu libre de prístino candor, y a su consentidora e irresponsable madre («¿que vive de squatter en una casa ocupada con dos gemelas alemanas, folla chuminazos romanos a pelo y vende en la acera monas pintadas por él mismo para pagarse la marijuana?, bueno, es joven, está en viaje de autodescubrimiento») como una amazona en lucha contra el mundo por el rescate de su hijo.
(En julio de 2023, Spacey fue declarado inocente de todos los cargos).

La HORROROSA (como toda su producción desde Marte, paradójicamente la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott) ficción del director de Alien y Blade Runner  sobre el secuestro de John Paul Getty III, con sus personajes unidimensionales, su trama puerilmente manierista, su estética decadente y pretenciosa, fue un nuevo clavo en el ataúd cinematográfico de Scott, que ya no puede seguir viviendo de las rentas de su filmografía temprana. Los que todavía amamos el cine, conocemos y admiramos las primeras películas del casi nonagenario realizador británico y estamos familiarizados, siquiera superficialmente, con el secuestro de John Paul Getty III, no podíamos dejar de repetirnos en nuestras butacas «no se puede contar peor esta historia ni metiéndole ninjas y una máquina del tiempo».

Y, un año después de la DEBACLE de Todo el dinero del mundo, Simon Beaufoy le mojó la oreja a Scott con su miniserie Trust.


Sin renunciar a la típica dramatización necesaria para un producto cinematográfico o televisivo, sin abstenerse de las licencias autorales que todo artista necesita para imprimir su firma creativa o adecuar una historia dada a la gramática del Séptimo Arte, a lo largo de sus diez episodios, esta pequeña maravilla con el ya tristemente desaparecido GIGANTE Donald Sutherland en el papel de Jean Paul Getty, Harris Dickinson como John Paul Getty III, Hilary Swank como Gail Getty, Luca Marinelli y Francesco Colella como dos de los secuestradores, las bellísimas gemelas Laura y Sarah Bellini como el interés vaginal de Getty III y su hermana, y el COLOSAL Brendan Fraser como Fletcher Grace (jefe de seguridad de Getty senior y responsable de hacer contacto con los secuestradores cuando quedó claro que la cosa iba en serio), y TODOS ESTÁN COJONUDOS, hasta los personajes secundarios, logrando, con ayuda de un guion bien resuelto, que esta humilde producción para FX le de OCHOCIENTAS PATADAS EN LOS COJONES al pretencioso, vacuo y denigrante artefacto de Scott POR UNA FRACCIÓN DE SU MULTIMILLONARIO PRESUPUESTO.


Y, sin embargo, inexplicablemente, la serie ha pasado desapercibida.

Lo cual nos lleva en la bitácora a sugerir la conclusión de que tenemos el paladar tan embotado por el cine y televisión de pésima calidad que ya hasta la miel nos sabe a mierda.

Desde la bitácora, aquí queda nuestro humilde esfuerzo a promocionar esta serie de televisión. Aunque sólo sea por pintarle la cara a Ridley Scott, que con los mismos materiales y un volquete de billetes fue incapaz de sacarle PETRÓLEO a esta historia fascinante.

Te jodes, Ridley Scott.

domingo, 5 de julio de 2026

Una chuminada tras otra

Me he visto Una batalla tras otra para que tú no tengas que hacerlo.


A ver, me habían puesto tan por los suelos esta película que, para qué engañarte, querido lector, era preventivamente reacio a verla. Su largo minutaje, además, (casi tres horas) la hacía de por sí repelente. No es que las películas de tres horas, o casi, no sean buenas. Es que, por el bien de tus neuronas, es una práctica muy sana desconfiar, con carácter preventivo, de los directores de cine que necesitan tres horas para contarte una historia.

Joder, esta película puso mis alarmas en Defcon 2. Algo que me ha sucedido en el pasado, con otros títulos que diferentes personas, por motivos que sólo tendrán sentido para ellas, se emputaron en hacerme aborrecibles antes de que los viese. Como si se hubiesen apropiado de mi derecho a decidir qué me gusta o no. Y demasiadas veces he descubierto, semanas, meses o años después de la campaña de desprestigio, que esa película presuntamente horrenda era, en el peor de los casos, muy entretenida, como para darle carta blanca a los detractores de cualquier largometraje o serie que no haya visto personalmente.

Después de ver Una batalla tras otra, para que tú no tengas que hacerlo, empiezo a sospechar una intención inconfesable en las personas, críticos y LluTuvers que arremetieron por mí contra esta película antes de que tuviese oportunidad de verla. O un reflejo condicionado fruto de la mierda de clima político-cultural que vivimos de unos años a esta parte. O un problema de perspectiva. O todo a la vez.

A Paul Thomas Anderson me resulta realmente difícil ubicarlo como director. Ni lo aborrezco ni lo odio. No voy a decir que me resulte indiferente, porque eso sería falaz, pero sí diré que no corro a ver cada nueva película suya ni canto sus virtudes como cineasta. Que las tiene. Y son innegables. Aunque tampoco es que seamos muy fieles a su filmografía como para poder hacerte ahora un retrato-robot de su estilo.

Creo, pero no me apostaría la punta del cipote, que me vi Hard Eight, Sydney en DVD ó en la tele. Pero no lo recuerdo. Y es muy dudoso que en el año 1996, o incluso después, conociese el nombre de Paul Thomas Anderson o que me importase un cojón. Y la mayoría del público de la época te  podría haber dicho lo mismo. Con unos tres millones de presupuesto, el primer largo de Thomas Anderson recaudó poco más de 224 000 dólares.

No me he visto Boogie Nights. No, no tengo nada personal contra Boogie Nights. No creo que Thomas Anderson vaya a contarme nada de John Holmes, en esta biografía apócrifa y furtiva de John Holmes, que yo no supiese ya, pero tampoco considero que eso sea suficiente motivo para huir de Boogie Nights. No, no descarto ver la película en un futuro más o menos inmediato. Es solo que no siento ninguna necesidad acuciante de verla... y bueno, la idea de ver a Mark Wahlberg poniendo cara como de que folla tampoco creas que me hace mucha ilusión.

(Con quince millones de presupuesto y más de cuarenta y tres millones de recaudación, Boogie Nights fue un moderado éxito. Sin embargo, lo que no vino en parné le llegó a su director en reconocimiento. Esta cinta fue nominada a tres Óscar, y toda la prensa especializada comenzó a comerle la polla a Paul Thomas Anderson. Y el agente de Burt Reynolds tuvo que buscarse otro trabajo, porque Burt lo despidió tras ver el primer corte de la película, y se negó a participar en la gira promocional, y eso a pesar de que ganó un Globo de Oro por este papel).


Magnolia... nah. Directamente no me llama. Que a lo mejor me estoy perdiendo un cacho peliculón... pero, hostia, ¡que no me llama! ¡Punto! Bueno, pues ni me llama a mí ni le llamó a casi nadie en su estreno en cines. 37 millones de presupuesto, 48 de recaudación. A esto, en términos contables, los productores de cine lo han llamado, de toda la vida, una HOSTIA con la mano abierta (con todas las precauciones habidas y por haber, que cada película es un mundo, Magnolia debería haberse puesto en 92 millones y medio para ser considerada rentable).
(Los resultados malo-reguleros en taquilla no impidieron a la prensa cultural, de nuevo, comerle el cipote a dos carrillos a Thomas Anderson por esta película).

¿Que si me vi Punch-Drunk Love? Pues... no lo descarto... del todo... Realmente no podría jurarlo. Tal vez sí. Lo más probable es que no. No. No me suena. Lo siento. El título sí, pero no recuerdo una puta escena, así que probablemente no.

Punch-Drunk Love fue un nuevo HOSTIÓN en taquilla para Thomas Anderson. Unos 25 millones de producción, ni siquiera alcanzó esa cantidad en las pantallas grandes. Una vez más, no obstante, esta película fue la excusa que estaban esperando todos los gafapásticos críticos de cine para ofrecerle el culo a Paul Thomas Anderson.

Tengo pozos de ambición en DVD desde hace tiempo. Me la regalaron, me la encontré por ahí, vino en un periódico dominical, se la robé a un mendigo... no me acuerdo. Aún no me la he visto. No sé por qué. Simplemente no me la he visto. A lo mejor me la veo hoy, si no tengo otra cosa. Mira, ésta si le cundió al Pablo Tomás: en torno a 25 millones de presupuesto, más de 76 millones de recaudación global.
(Con el concepto «recaudación global» hay que tener cuidado, porque de las cifras de las taquillas internacionales habría que deducir los costos de exhibición, doblaje, promoción... Por eso las productoras toman la recaudación doméstica, donde los costes son comparativamente menores, como baremo para determinar si un largometraje es rentable o no).

Mi primer contacto directo, e indeleble en memoria, con el cine de Paul Thomas Anderson vino con The Master. Esta nada disimulada sátira de L. Ron Hubbard en particular, y de la Cienciología en general, fue un nuevo rijostio en taquilla y otro festival de mamadas a su director por parte de la crítica cinematográfica.

Al autor de estas líneas, humildemente, The Master le gustó. Es una película de cocción lenta, que, sobre todo al principio, muestra más que cuenta, que exige atención y un poco de paciencia (tarda en alcanzar un principio narrativo propiamente dicho). Pero me gustó. No me cambió la vida. No es la mejor película del mundo. No la pondría en una lista de las diez mejores. Ni de las cincuenta. Pero quizá sí entre las quinientas mejores. Joaquín Phoenix está tremendo. Philip Seymour Hoffman (en uno de sus últimos papeles antes de automorisionarse con una sobredosis de jaco) ARRASA. Amy Adams enamora. Los personajes, dolorosamente defectuosos, convencen, y la historia atrapa. A poco que te dejes seducir por ella.

Puro vicio es la comedia porrera más entretenida que he visto en años. Humor negro (es Thomas Anderson), pero comedia porrera, desde luego. De nuevo, Joaquín Phoenix cumple CON CRECES, Josh Brolin se come la película cada vez que entra en plano, y los secundarios están DE VICIO (no pun intended) y son DE LUJO: Owen Wilson, Katherine Waterston, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Jena Malone, Maya Rudolph, Martin Short. Y la historia... no niego que tiene su componente de suspense malabábico: ¿puedes resolver el caso de desaparición de tu ex si te pasas el día fumando chustas, pedazo de hippie cabrón?

A ver si adivinas, oh viscoso lector empotorrado del negrísimo mato grosso de nuestra fornicatriz preferida, qué comportamiento tuvo Puro vicio en las taquillas... Exacto, otro TURBOHOSTIÓN. Veinte millones de presupuesto, ni siquiera quince de recaudación global.

¿El hilo invisible? No. No la hemos visto. Y eso que a Daniel Day-Lewis en esta casa se le respeta, como mínimo, desde Mi pie izquierdo. Está ahí, en la bandeja de entrada. No te vamos a marear, querido lector. El hilo invisible fue otro flop: 35 millones de presupuesto, millón arriba, millón abajo, algo más de 53 millones de recaudación (con la ventana de rentabilidad en algún punto en torno a los 87 millones y medio).

Le dimos una oportunidad a Licorice Pizza... pero ¡hermano en Cristo, menudo mojón! A los diez minutos ya odiábamos al protagonista, a los quince, abandonamos la proyección. Y no nos arrepentimos. Al parecer, fue una reacción colectiva. 40 millones de presupuesto, estimados, poco más de 33 de recaudación global. Lo que los jugadores de Mortal Kombat llaman Fatality.

Y entonces llegó Una batalla tras otra.

¿Es buena?

No.

¿Es mala?

Realmente tampoco.

¿Es entretenida?

Bastante.

¿Se fostió en taquilla?

¡Amigo! ¡La duda ofende! Con 130 millones de producción (¡pero ¿quién le ha dado tanta pasta a este ternero, por los duros pitones de Sara Sampaio Dominátrix en una fría mañana de enero?!) es la película más cara de Thomas Anderson y un severo CACHARRAZO de 213 millones (tendría que haberse puesto en 325 millones para ser rentable) que se podría haber evitado con un presupuesto más modesto. Porque es que la película tampoco grita «¡dinero!». No sale ninguno de los Vengadores. No hay grandes despliegues de efectos especiales, y los que se muestran en pantalla pasan desapercibidos. No concibo ningún motivo por el cual esta película no se pudiese haber rodado por 75, 80 millones o incluso menos. Y entonces, suponiendo que hubiese vendido la misma cantidad de entradas, habría sido un hit.

Dónde coños han metido los de Warner esos 130 millones de mortadelos lo sabrán ellos (¿tremendo canutazo contable para lograr una deducción de impuestos? No lo descartemos, a priori). En pantalla no se ven. Pero esto da un poco lo mismo. Podríamos citar varios ejemplos de efectos especiales que son especialmente cojonudos porque no se notan.
(Los caminos de la financiación y de la ingeniería aritmética de los estudios de cine son inescrutables y hemos pelado, un poco, esa banana aquí, aquí, aquí y aquí. De nada.)

Volvamos a Una batalla tras otra.

Es entretenida, pero, ahora que la he visto, entiendo por qué hay tanta gente cabreada con ella.

Espóilers como tetas de Tessa Fowler a partir de aquí.

Te enumero estos elementos de Una batalla tras otra:

1. Grupo paramilitar revolucionario de mierdecillas antifas pijocomunistas, descolinizadores nativistas y culturetas antiimperialistas.

2. Protagonista negra, insufrible, turbofeminista-de-las-repelentes, poliamorosa, que desprecia a los hombres, aborrece a los blancos y ODIA a los militares, pero se enchumina y preña ADREDE de un militar blanco, y encima, mira que no habrá actrices negras donde escoger, es fea de cojones.

3. Protagonista masculino inepto, aliade deconstruido, cornudo feliz, porrero en serie, feliz de criar a la hija birracial de otro peneportador donante de esperma, a la que su madre abandona porque eso de la maternidad es una conjura patriarcal-machista-supremacista blanca que te cagas, Foucault.

4. Defensa numantina de la inmigración ilegal desbocada y oscurita de piel porque teoría del reemplazo, porque privilegio blanco, porque Pachamama, porque alguien nos tiene que pagar las pensiones, porque ♫ Con-ta-míname, mézclate conmigo ♪.

5. Hombres blancos cisgénero heteropatriarcales opresores ¡y racistas sistémicos! Racistas, encima, en dos niveles: a. Nivel «soy racista porque me vuelven loco los chochos negros y no soporto que un chocho me domine, por muy negro que sea» (el personaje de Sean Penn). b. Nivel «todas las razas no blancas no son sino animales» (el grupo ese de illuminati semi-nazis en el que quiere ingresar el personaje de Sean Penn).

¿Ves por donde voy, querido lector?

Con estos mimbres, no debería sorprenderte que mucha gente haya visto Una batalla tras otra como propaganda woke. Y se haya cabreado muchísimo. Piensa, amado lector, que hasta una comedia
de los ochenta, ya clásica, como Cocodrilo Dundee, que, tocadas de huevos y lonchas de cocaína aparte, no puede ser más blanca, ha sido CENSURADA en su encore cut de 2025 (vendido como «el nuevo montaje canónico de Cocodrilo Dundee»). Despídete de la escena en la que Mick Dundee le toca la pollería al travesti del bar, después de que su nuevo amigo taxista le diga que, pese a su sugerente aspecto, es un gachó. Y de su escena reflejo, en la fiesta donde suena de fondo el Live it Up de Mental As Anything y Mick se «asegura» de que la señora de rasgos andróginos y voz gutural que acaban de presentarle es realmente una señora.

La kulturkampf entre los partidarios de la libertad individual y el sentido común y los quintacolumnistas de la corrección política tardomarxista postmoderna ha DESPELLEJADO la percepción de las audiencias hasta tal punto que muchos ya no pueden ver en pantalla un personaje o un actor negro, un inmigrante, un latino, homosexual, una crítica al capitalismo o el statu quo, o un tema de denuncia social cualquiera, sin sospechar que le están intentando colar un panfleto, un video de propaganda woke, un spot victimista diseñado para intentar que el espectador occidental, cristiano, heterosexual y librepensador sienta alguna clase de escrúpulo por haber nacido.

Para los que nunca vimos el color de piel de los Huxtable, los Banks o los Winslow y sus vecinos, para aquellos que lloramos cuando Freddie nos dejó, o aquellos que no le dimos importancia al hecho de que Belker se hiciese amigo de un chapero en Canción triste de Hill Street, o que siempre tomamos como faro moral al inmigrante ilegal más famoso de todos los tiempos, no podemos sentirnos más distanciados de esa hostilidad adquirida, pero entendemos que tanta gente haya desarrollado ese reflejo condicionado como mecanismo de autodefensa.

Pero, mira, esto se arregla con un poco de perspectiva.

Si te sientas a ver Una batalla tras otra como un publirreportaje woke, y estás tan HASTA LOS COJONES, como el autor de estas líneas, de la histeria colectiva surgida del empacho de pajas mentales de filósofos existencialistas franceses amorales y pedófilos que siguen vomitando los emporrados profesores altoburgueses de universidad privada de la Ivy League, lo vas a pasar realmente mal.

Pero si lo ves como una sátira, como una comedia negra que ridiculiza las mermas de la naturaleza humana y los vicios de nuestra sociedad, naturaleza que comparten varias de las películas de Paul Thomas Anderson, no digo yo que te vayas a partir el hojaldre de risa, pero vas a hacer más de una mueca de hilaridad incipiente.

Una batalla tras otra suelta mamporros a izquierdas y derechas, a negros y blancos, a marrones, rosados, rojos y azules; hace tanto escarnio de esos milicianos, que viven en uno de los países más privilegiados del mundo y no son más que un puñado de desnortados cheguevaras que no han sufrido una opresión en sus putas vidas, como de ese deep state de malvados hombres blancos supremacistas raciales, clasistas ultracapitalistas y heteronormativos. Y ahí está la comedia. No comedia de mearte toda, sino de iluminar los problema de nuestra sociedad con la luz de la sátira para que, ya que no nos ponemos de acuerdo sobre la mejor manera de resolverlos, al menos nos pongamos de acuerdo en reírnos de ellos. Que es reírnos de nosotros mismos y de nuestra falible naturaleza. Que es el primer paso para encontrar una solución. Porque la mitad de los problemas de la humanidad vienen de gente que se toma demasiado en serio a sí misma.

Hay que ser realmente muy DENSO para entender esta película como un opúsculo SJW. Pero, vamos a ver, ¿alguien puede creerse realmente que esa cábala de hombres poderosos, blancos y patriarcales, esa logia de masones racistas xenófobos en la que quiere ingresar el personaje de Sean Penn realmente TIENEN UNA PUTA SEDE SOCIAL? ¿QUE ALQUILAN UN EDIFICIO DE OFICINAS PARA SUS REUNIONES? ¿Y QUE LOS CORREOS SEGUROS DE ÑPS GRUPOS CLANDESTINOS TIENEN UN SUPERVISOR AL QUE LLAMAR PARA QUEJARTE DE LA CALIDAD DEL SERVICIO? PERO ¿DE VERDAD SE PUEDE SER TAN SUBNORMAL COMO PARA TOMARSE EN SERIO ESTA PUTA PELÍCULA?

Una batalla tras otra bebe del absurdo de las comedias de los hermanos CohenArizona Baby, El gran Lebowski¡Ave, César! Buscar mensajes ocultos en este largometraje equivale a verse O Brother!, con regla de cálculo y gorro de papel Albal o inferir violencia de género en  Ladykillers. Algo que haría un puto descerebrado, no un adulto con al menos dos neuronas funcionales.

Y cuando llegue el pendulazo (que llegará, porque la historia humana es implacable), si de algo deberían responder los ayatolás del progrerío pijopórrico, es de esto. De haber arruinado el sentido crítico, la individualidad intelectual, la comprensión lectora y narrativa de toda una generación que, en respuesta a un ataque directo, injustificado, masivo y arrollador a su identidad personal, no vio otro recurso que abjurar de las herramientas del diálogo y el razonamiento, por otra parte inútiles contra esta piara de papanatas intolerantes y adoctrinados, atarse a los primitivos instintos de supervivencia y sumar su destino al de la masa igualmente apollardada, que les ofrece una sensación de refugio, de pertenencia, de destino colectivo, y que, al igual que sus adversarios ideológicos, responde con la misma ausencia de juicio mesurado, y se guía por la misma emoción ancestral, ante cualquier cuestionamiento, real o imaginado, de su identidad grupal.

Una batalla tras otra no es propaganda, a menos que te empeñes en verla como propaganda. No es equidistante, a menos que te empeñes en verla así. No es una película fabulosa, tampoco un cagarro, es entretenida, definitivamente un poco lenta (hay escenas innecesariamente largas que te hacen mirar el reloj, impaciente), no lanza lemas (sus personajes lo hacen), sino que señala las contradicciones de los Estados Unidos actuales. No propone soluciones, porque eso no corresponde a una obra de ficción ni a un director de cine, por inteligente y talentoso que fuese, ANTES BIEN, señala las soluciones que ya se han aplicado, y que NO FUNCIONAN (la rebelión violenta de los revolucionarios de Hacendado a los que pertenece el personaje de Leonardo DiCaprio, la represión autoritaria y criptofascista del Estado acojonado por el descontento civil. Y sólo eso debería ser suficiente para llevar al espectador a la reflexión, no a la indignación.
  
Pero al autor de estas líneas, lo que realmente le mosquea de Una batalla tras otra es que no responde la pregunta más importante de todas:

¿Quién coño es tan inconsciente como para invertir en una película de Paul Thomas Anderson, una vez demostrado con todas las métricas que las taquillas lo encuentran mayoritariamente repelente?

En fin, ésta es mi postura al respecto de Una batalla tras otra, la película que he visto para que tú no tengas que hacerlo.