Por algún motivo, hay algunas historias que no sólo se disfrutan, que consiguen que millones de personas no se conformen con leerlas, verlas o disfrutarlas, sino que despiertan en sus seguidores el deseo de habitarlas, prolongarlas, modificarlas y, eventualmente, crear sus propias historias dentro de ese mismo universo.
Esta espiral empieza con el público (la gente que consume una determinada obra cultural, la disfruta, quizá incluso la recomienda, y ahí termina su implicación con ella), pasa al fandom (la comunidad que se reúne para compartir teorías, comparar recuerdos y referencias de ese mismo título), alcanza lo que podríamos llamar la etapa de participación creativa (que comprende a toda la gente que dibuja, hace cosplay, escribe fanfiction, crea vídeos o sugiere modificaciones del canon de su película-libro-cómic-videojuego favorito) y entra ya en la creación autónoma (a la que no todo el mundo aspira, y que señala a aquellos elegidos que empezaron a escribir fantasía o forjar espadas después de leer El señor de los anillos, a hacer cortometrajes con un teléfono móvil y rudimentarios efectos especiales caseros después de meterse en vena las trilogías originales de La guerra de las galaxias, o a dibujar cómics después de leer Batman: The Dark Knight Returns de Frank Miller).
Muy poca gente sigue esta trayectoria arriba descrita. Conozco a docenas de fans de Avatar, de James Cameron, algunos de los cuales me consta que se han visto la película más de una vez en el cine y tienen en casa el BluRay, pero ninguno de ellos, que yo sepa, se ha pintado nunca de azul, ni comprado una estatuilla de Neyitiri y no digamos ya escrito sus propias aventuras ambientadas en Pandora. Cada «escalón» de la espiral del público al creador actúa como un filtro cada vez más restrictivo. Entre los seguidores de Star Trek hay muy pocos que ingresen en una comunidad de Star Trek (aunque precisamente hemos puesto un ejemplo excepcional, donde la transición del mero público al fan entusiasta es más fluida; quizá porque Star Trek siempre ha sido, desde su misma concepción, un producto de nicho para frikis sin otro círculo social que su club de fans de Star Trek), todavía menos se deciden a vestirse de oficial de la Federación Galáctica, de borg o de guerrero klingon, o escribir historias ambientadas en este universo ficticio (de nuevo reiterar que hemos escogido un ejemplo extraordinariamente inapropiado para defender este argumento) y una minoría relativamente insignificante que, desde su condición de fans, den el salto a la actividad creativa pura (profesionalmente o en calidad de aficionados), no necesariamente ligada a la serie de ciencia-ficción imaginada por Gene Roddenberry, sino a cualquier producto de ficción especulativa o de cualquier otro género o medio artístico.
Pero incluso una obra como Star Trek, inventada entre pirula y purila y loncha y loncha de coca (Gene Roddenberry le daba a la drojaína cosa mala), serie de televisión de la que hay convenciones internacionales, de la que existen clubes de fans, fanzines, cortometrajes de animación, fanart e incluso series rodadas por aficionados, por relativamente minoritario que fuese su «universo expandido», es responsable de provocar una reacción en cadena de «vocaciones artísticas», si se me permite usar esa palabra, que supera ampliamente el alcance de otros títulos.
¿Por qué?
Bueno, ahí está la cuestión. O, como diría nuestra amiga Sasha Grey, «guugh guugh gluuugh gluuuj gaaaj glaaaaaajsh».
Sabes que eres parte del fandom cuando no te limitas a recibir un contenido cultural, sino que lo reinterpretas, lo transformas y produces nuevo material a partir de él. Aunque en español este anglicismo se emplea, a nuestro parecer incompleta o incorrectamente, como denominación del conjunto de aficionados a algún pasatiempo, celebridad o producto concreto, la definición más justa de «fandom» sería más o menos, y perdón por ponernos académicos, «conjunto de personas reconocibles por su actividad participativa de un determinado fenómeno cultural».
Pero no todas las creaciones artísticas parecen ofrecer por igual este potencial generativo, inspirador. En la bitácora defendemos que los productos culturales susceptibles de despertar la creatividad de sus admiradores comparten una serie de características comunes más o menos marcadas: un mundo potencialmente habitable, personajes con historias que se extienden más allá de lo narrado en el canon, preguntas que la historia original descuida o no resuelve en absoluto y espacio suficiente para que un creador «independiente» pueda hacer «crecer» ese universo imaginario sin destruir sus cimientos.
Un mundo de ficción no es necesariamente un mundo habitable, o donde alguien quiera o pueda imaginarse viviendo. La galaxia lejana, muy lejana, de Star Wars es un mosaico de ecologías, organizaciones, especies alienígenas, vehículos, uniformes, violaciones a las leyes de la física, señores del crímen, religiones antiguas, bandos enfrentados y filosofía porrohippie. El fan puede ponerse con la imaginación en la piel de un piloto rebelde, un contrabandista, un lord Sith, un droide, el comerciante de un planeta remoto, un jefe criminal de Coruscant o un padawan Jedi oculto tras el triunfo del Emperador Palpatine. No necesitas ser el protagonista ni afectar a la línea argumental principal de la saga para colocarte a ti mismo en una aventura significativa. Con cuatro retales, un cinturón y una espada láser de juguete comprada en los chinos, puedes meterte de cabeza en la fantasía e imaginar tus propias historias.
La Pandora de James Cameron, por su parte, es un mundo mucho menos accesible, desde el punto de vista de la imitación, de la creación de contenido. James Cameron pasó años caracterizando su mundo hasta el menor detalle y dejó muy poco para la colaboración de sus posibles fans. Avatar es casi un documental de National Geographic en el espacio (si durante la escena del polvo entre Jake Sully y Neytiri sale Richard Attenborough para hacer voice-over de las culiadas, a nadie le habría chirrado demasiado). Y disfrazarte de Na’vi requiere una inversión de tiempo, materiales y recursos muy exigente. Además, la condición de Avatar como espectáculo visual concebido expresamente como desafío a la imaginación (y las reglas de la biología y de la física, pero dejemos eso) es abrumadora y, por ese mismo motivo, desalentadora. Cameron puso tan alto el listón de lo imaginable que convirtió su trilogía de películas en un Olimpo casi inalcanzable para el fan promedio.
Harry Potter, por su parte, representa el caso arquetípico de mundo ficticio que invita a sus seguidores a participar. No ofrece una experiencia que admirar pasivamente, abierta la boca como un gilipollas, con tus gafas 3D puestas. Te ofrece un universo al que puedes pertenecer. Hogwarts es una escuela. Tiene profesores, asignaturas, aulas, rivalidades, dormitorios, clubes, amigos, exámenes... No necesitas ser El Elegido ni derrotar a Voldemort para situarte a ti mismo en ese escenario y sentirte cómodo en él, porque, varitas y hechizos aparte, es el tuyo mismo. El mundo de la novela permite proyectar en él las experiencias personales del lector.
Los acontecimientos ligados a las líneas argumentales principales están establecidos por J.K. Rowling en sus novelas, pero hay espacios para que el lector «juegue»: la vida cotidiana de alumnos que son meros figurantes, o ni siquiera se mencionan en los libros, las relaciones entre personajes, los años que preceden o siguen a la trama principal, las consecuencias de episodios apenas esbozados en las novelas y en las películas y los diferentes desenlaces no explorados en el canon.
Además, el lector de la saga que ha hecho asquerosamente rica a J.K. Rowling (¡joder, qué envidia le tenemos, la hostia!) descubre el mundo de Harry Potter al mismo tiempo que lo hace el protagonista, un advenedizo que se identifica con el lector. Explora el universo, se maravilla cuando Potter lo haze, y, libro tras libro, descubre nuevas herramientas con las que visualizar ese microcosmos de fantasía.
También Tolkien ofrece la misma oportunidad de asomarnos a un pedacito de un mundo inmenso, donde las «reglas» están escritas pero hay mucho espacio, mucha libertad para que el lector explore, investigue, imagine, cree. Las lenguas, genealogías, pueblos, migraciones, batallas antiguas y modernas, ruinas, poemas, reinos desaparecidos, canciones, tumbas, son sólo fragmentos que desafían al lector a usar la imaginación, rellenar los huecos, expandir ese universo ancestral a partir de los escombros supervivientes. Y cualquiera que haya jugado a una partida de rol de mesa habrá apreciado los efectos de este «Red Bull para la creatividad» que son El señor de los anillos y El hobbit.
Y sin embargo, los mundos imaginarios que inspiran la vena creativa de sus fans no son, en última instancia, más importantes que sus personajes. Las posibilidades expansivas de un universo imaginario dependen en buena medida de los deseos, contradicciones, secretos, relaciones, virtudes y defectos de sus personajes, particularmente cuando dichos atributos no están establecidos, escritos en piedra, en la trama principal de sus historias.
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| No, por supuesto que no tienes ni ide de quién es Mara Jade. ¡Infiel! |
Eso permite imaginar la infancia y juventud de esos personajes, sus aventuras entre libro y libro, sus manejos en la sombra de tal o cual capítulo, cuando la acción se centra en el protagonista, las consecuencias derivadas de tomar una decisión, u otra, de tomar partido por un bando, o por otro distinto. Cuando alterando un sólo rasgo de ese personaje podemos generar consecuencias que se extienden y multiplican a lo largo de toda la trama, las posibilidades para imaginar, o escribir, historias derivadas del original, es virtualmente infinita.
En pocas palabras: las obras que plantean preguntas, pero no dan respuestas definitivas a todas ellas, son especialmente fértiles para la creación de productos derivados.
(O para conducirte a la ruina económica, como la del tío que tuvo los HUEVAZOS FLAMENCOS de demandar a Amazon por Los porrillos del flatular, acusándolos de plagiar su fanfiction de El señor de los anillos y acabó pagándole las costas a Jeff Bezos y debiéndole a la familia Tolkien un carajal de panoja. Por subnormal).
El universo de Avatar se expande a través de las películas, pero la acción se centra en la familia Sully , la trama de venganza del coronel Guarrich, digo Quaritch, y las aspiraciones coloniales de la «kgente del tsielo». Poco pollo para tanto arroz. Avatar ofrece muy poco que se pueda reutilizar. Particularmente dado que James Cameron se empeña en vendernos el mismo puto argumento una y otra vez, con rendimientos decrecientes en taquilla.
Y no entremos a hablar del Dune de Frank Herbert. Un vasto universo ficticio que lo toca prácticamente todo: geopolítica, religión, psicología, colonialismo, ecología, filosofía, drogas, mesianismo, economía, luchas dinásticas y un background que se extiende durante miles de años. Podría dar para mil productos derivados (y, a grandes rasgos, ha dado, sobre todo en el terreno videojueguero), pero este vasto lienzo, extraordinariamente fértil como fuente de ensayo, objeto de crítica y especulación, resulta dolorosamente inmanejable, directamente indigesto para un creador de ficción al que no le paguen por meterse entre pecho y espalda este mondongo. Hace falta ser un fan muy hardcore de Dune para tratar de clavarle los dientes al universo de Frank Herbert.
La complejidad de Dune no le impide convertirse en excepción a la norma de que un universo particularmente rico se traduce, inexorablemente, en estímulo de la creatividad de los aficionados. Simplemente, pone la portería muy lejos. Una portería muy pequeña. El marco de las novelas de Frank Herbert es muy exigente. Su arquitectura, desafiante. El impacto en el fandom, parece, al menos en nuestra experiencia personal, anecdótico y extraordinariamente tímido.
Así pues, y resumiendo nuestra tesis, un universo «amigable» para la creatividad del fan, con todas las reservas y enmiendas que ayuden a refinar este modelo, parece caracterizarse por ofrecer personajes (no necesariamente protagonistas) susceptibles de desarrollo, una relativa facilidad de inserción del aficionado (te echas una capa por encima y descalzas tus mugrientas pezuñas peludas y ya puedes ir de hobbit), un bajo esfuerzo de identificación (en Hogwarts no te cuesta encontrar referentes de tu propia infancia y adolescencia, ahora, ¿quién ha vivido en lugares que recuerden a Arrakis o Pandora...?) y, esto es muy importante, la existencia de una comunidad unida que aliente la creatividad de sus integrantes.
Y esta larga parrafada nos lleva a Malfoid.
También llamada Female Malfoy ó Fem Malfoy, entre otras cosas.
Este fenómeno de Internet llevaba meses o años quemando mecha lenta, pero explotó en las últimas semanas. Se produjo, casi literalmente un «efecto Streisand» cuando un puñado de sojas soplapollas maltrataron a la pobre ilustradora japonesa Yunayu por un dibujo feminizado de Draco Malfoy («Drago Malafolla», lo llama un amigo mío), el rival de Harry en la saga Harry Potter, que la artista nipona subió a su cuenta de Bluesky (que es como Twitter, pero para lúsers).
Criatura. ¿Cómo se le pudo ocurrir subir, a la red social de los snowflakes sietemesinos y comemierdas, un dibujo inspirado en la obra de esa odiosa tránsfoba fanática promotora del suicidio adolescente de J.K. Rowling (sarcasm mode OFF)? A la pobre Yunayu le cayeron hostias hasta en el cielo del Toshiba, fue escarnecida, escupida, flagelada y coronada de espinas y amenazada con las llamas de la condenación eterna, la siete plagas de Egipto y la funa internetera.
Con ese terror atávico que tienen los japoneses al conflicto, Yunayu pidió disculpas a todas las personas que pudieran haberse sentido ofendidas por su publicación y borró el aporte inmediatamente. También suplicó a los hidrofóbicos perros sarnosos de la secta woke que dejasen de mandarle amenazas de muerte, desearle un cáncer e insultar a sus antepasados, si eran tan amables, kudasai.
Pero alguien, parece ser que también desde Bluesky (sorprende y tranquiliza encontrar, en esa red social de islamocomunistas y antifas de la Brigada del Alfabeto, a personas con un mínimo de empatía), le sugirió a Yunayu que volviese subir su dibujo a la Red de Redes. Esta vez, en la plataforma anteriormente conocida como Twitter.
Y se rompió internet.
Tanto que Yunayu agradeció a todos los fans el cariño que le habían hecho llegar a través de Twitter, y subió un segundo dibujo de Malfoid sonriendo, al parecer tan complacida como su creadora con la acogida que ha disfrutado en el capricho milmillonario de Elon Musk.
La idea de un Malfoy chica está muy lejos de tener nada de nuevo y ha presidido, aparentemente, las fantasías de unos cuantos enfermos al menos desde 2011, que es cuando se han rastreado los tumblrs más antiguos con dibujos de un «genderbender Malfoy» (y también, porque cada uno tiene sus fetiches, de un Severus Snape hembra, con pintas de gotiquilla emo y unas petacas del tamaño de bombonas de butano), varios de los cuales entran directamente en terreno de Regla 34 (aunque los fans de Malfoy Chica se cabrean mucho con los autores de fan-fiction porn de su heroína). Diversos autores, anónimos y pseudónimos, han hecho contribuciones a este tropo internetero, al parecer sin lograr que los haters de J. K. Rowling se ahoguen en la espuma verde filocomunista y camisapardiana que segregan en abundancia.
Y entonces llegó el 22 de septiembre del corriente año, que por azares de la vida, o quizá nada en absoluto casualmente, es también el cumpleaños de Tom Felton (el Draco Malfoy original de las películas), y el/la ilustrador/a (ignoramos su anatomía reproductiva y tampoco nos interesa) Redten subió a su Twitter un dibujo de Malfoid extraordinariamente fiel a la psicología del personaje. Pero con tetas y lo otro también (suponemos, digo; también podría ser un femboy).
En una semana, el post de Redten alcanzó los 89 000 likes (176 000 en el momento en que escribimos esto) y 9 500 reposteos (el doble, en este momento). No sabemos si el dibujo de Redten hubiese gozado de este éxito ni dibujando a Fem Malfoy eh... uuh... más... «picantemente». Ya lo hemos dicho. Puro terreno Regla 34:
Ni Redten ni Yunayu estaban inventando la pólvora. Como hemos dicho más arriba, había gente coqueteando en Internet con un Malfoy Chica desde hace años. Cada uno, las pajas, se las hace como puede. En Corea, sin ir más lejos (sólo yéndonos a Australia podríamos llegar más lejos), hace años que existe una webnovel de 110 capítulos contada desde la perspectiva de una Draco Malfoy femenina. Y una simple mirada a Wattpad arroja un CHORRÓN de títulos de fanfiction basados más o menos en la misma premisa.
Y tal vez esta feminización de Malfoy funciona especialmente bien en Asia, y entre los lectores occidentales de manga y espectadores de anime, porque Draconia Malfoy, Dracia Malfoy, la Malfoid, es el personaje tsundere PER-FEC-TO. Por si te da pereza pinchar en el enlace de la Whiskypedia, tsundere es un tipo de personaje femenino, característico del manganime, que representa a una mujer fría, distante, cuando no abiertamente hostil, que protege con esta armadura de altivez y desprecio un corazón sensible, cálido y afectuoso. Obviamente, un invento japonés. Enfermos, que son unos enfermos estos comedores de sashimi. ¡La de gonorreas que se habrían evitado si nuestros amigos nipones no hubiesen acuñado esta fantasía de la «malota putilla de buen corazón»!
(Y el Fem Malfoy funciona especialmente bien, because reasons, entre los cosplayers asiáticos).
Si te limitas a rascar la superficie del Malfoy original, te quedas con un capullo engreído, pijo malcriado, racista engolado y mierdecilla insoportable. PERO si le pones teturcias y vallaina, por obra y arte de magia del genderbending, obtienes el arquetipo de tsundere por antonomasia, y, de repente, la trama romántica con Potter sale de manera sorprendente y completamente natural. Sobre todo a los fans de Harry Potter a los que lo de Harry con Ginny Weasley siempre nos ha parecido una idea de último momento. Y no de las mejores.
(Bueno, y si no te quedas en la superficie del personaje, o eres un poco hijoputoski de nacimiento, puedes llegar a la conclusión de que la obsesión de Malfoy con Potter, esa fascinación casi enfermiza por él, ese empeño de establecer y mantener una relación con Harry a cualquier precio, aunque sea una relación de rivalidad, roza lo homoerótico o, por seguir usando terminología manga, entra en puro terreno yaoi. Y pensar que los celos de Malfoy por la relación de Harry con otros alumnos despreden un tufillo a ataque de cuernos gay que no se puede aguantar. Y, si eres lo bastante cabrón y retorcido para pensar así, entonces tendrá para ti el DOBLE de sentido que feminizar a Draco dispare automáticamente una trama romántica con Potter).
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| ¡Me la como! ¡Me la comoooooo y me la beeeebooooo! |
Y entró la IA generativa en este caldo de cultivo de princesitas racistas tsundere y proletarios Manolitos gafotas montados en escobas voladoras. Y la Intenné ARRRRRRRDIÓ como carallo de adolescente viendo su primer video de Riley Reid. De repente, X, YouTube y el chichi de la Bernarda se llenaron de clips, generados con Seedance, Sora, Adobe Firefly o los cuernos de tu puta madre, de esta Malfoy Chica, de esta Malfoid a la que, aparentemente, muchos fans de Harry Potter están deseando conocer. Encontrarás, querido lector, a poco que los busques, muchos vídeos con estética anime, directamente doblados en japonés o en inglés con acento británico («Ha-rree Powt-tah!»), pero también otros de estética más realista que, o bien editan escenas de las películas canónicas de la saga (permutando a Hermione u otro personaje por una Malfoid hecha mediante IA, y no, no sabemos todavía qué les parece eso a los de Warner Bros.), o recrean desde cero episodios completamente nuevos de una trama original, ambientada en el universo de Harree Powttah, historia en la que el frío corazoncito de una Malfoy feminizada, y su rubio chumino aristocrático, palpitan de amor por su miope compañero de estudios con la cicatriz del rayo sobre la ceja.
Romanticones que somos los fans de Harry Potter. ¡Menudo descubrimiento, oyes!
Y J.K. Rowling debería pararse a pensar por qué, en el nombre de la rosa, del viento, de los cojones del minotauro y de los siete sabios de la Tabla, no se le ocurrió a ella que un romance entre una Malfoy chica y Potter, habría mejorado EXPONENCIALMENTE su saga.
¿Qué?
Ah, que no nos entiendes, desinformado lector. Peor todavía, crees que exageramos o que te estamos mintiendo al afirmar que, con este pequeño cambio, la saga del Niño que sobrevivió, sería mucho, muchísimo más interesante.
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| Malfoid y Potter buscando al unicornio. |
Vamos a explicártelo. Por partes, que te vemos espesito esta mañana. Cambia el Colacao del desayuno por café Pelmaza Para Los Muy Cafeteros «¡Mi Café!». Espóilerus grandísimus a partir de aquí.
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| «¿En serio, Potter? ¿Espóliers de unas películas que ha visto todo Cristo?» |
El personaje de Draco Malfoy es introducido en el primer libro de la saga, y en la película homónima que adapta ese libro, Harry Potter y la piedra filosofal como antagonista natural de Potter. Su primer encuentro con Harry, su primer encuentro con peso en la trama, tiene lugar en la tienda de Madam Malkin (en la película, el primer encuentro entre ambos se retrasa hasta que han llegado ya a Hogwarts). Allí, Draco habla con desprecio de los magos «proletarios» y se comporta como el insufrible cayetano mediahostia que sus padres han criado. Convencido de que el respeto viene regalado con la sangre familiar. En el Expreso de Hogwarts, Draco ofrece su amistad a Harry (bromance vibes triggering), con la actitud condescendiente de quien se tiene en alta estima a sí mismo y cree que, obviamente, le está haciendo un honor a Harry ofreciéndole un puesto en su corifeo de lameculos.
Harry rechaza la amistad de Draco porque incluso un petiso sin conciencia de clase como él, y al que sus tíos hacen dormir en una alacena bajo una escalera, puede oler a un gilipuertas a kilómetros de distancia. Harry rechaza a Malfoy y rechaza la concepción del mundo jerarquizada, determinista y racista que Draco representa. Desde ese momento, incapaz de sobrellevar el menosprecio de Harry (¿el desengaño amoroso, piiiiraaaaataaaaa?), Draco se convierte en un rompecojones para Harry y sus amigos. Insulta y desprecia a Hermione por su sangre muggle y a la familia Weasley en su totalidad (mugrientos pelopanochos sin gota de sangre azul) por ser de clase baja. Participa en el engaño que hace abandonar sus dormitorios tras la puerta de sol a Harry, Ron y Hermione, y se enfrenta a Potter en el campo de juego de quidditch, donde Harry destaca por su habilidad natural para este deporte (deporte con unas reglas que no tienen putos pies ni cabeza), hiriendo el orgullo patricio de Malfoy.
En Harry Potter y la cámara secreta, Draco sigue su evolución, su arco de personaje, como capullazo supremo y red herring de la saga. Traduce su desprecio por Hermione en un lenguaje violento y despectivo («¡sangre sucia!», la llama), celebra que se haya abierto la Cámara de los secretos (sí, en los libros, y en el título inglés de la película, es «cámara de los secretos», no «cámara secreta», ¡los distribuidores cinematográficos españoles, una vez más, cubriéndose de gloria con las traducciones!) y se felicita de que el «heredero de Slytherin» vaya a hacer una buena limpieza étnica en Hogwarts, Stalin-style.
El libro está deliberadamente escrito para que los prejuicios de Malfoy hagan pensar al lector que ha sido él quien ha abierto la Cámara de los Secretos. Sus exabruptos, además, le aproximan a la ideología excluyente y racista de Condemor, digo Voldemort. En el campo de juego de Quidditch, Harry y Draco se enfrentan en una nueva colisión entre el talento demostrado de Potter contra el privilegio heredado de Malfoy.
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| «El espejo muestra lo que más deseas.» «Pero, Potter, cojones, que aquí sólo nos reflejamos tú y... ¡ME CAGO EN LA...!» |
Draco está ligeramente ausente en la trama principal de Harry Potter y el prisionero de Azkaban, pero no pierde la oportunidad de demostrar su mala crianza. Provoca al hipogrifo, desobedeciendo las instrucciones de Hagrid, durante una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, y se niega a aceptar ninguna responsabilidad en lo sucedido, y tira de conexiones familiares para que el hipogrifo sea sometido a juicio y condenado a muerte. Aquí vemos que Malfoy no sólo es cruel de boquilla y no tolera el menor desafío, sino que tiene la suficiente malicia para retorcer los mecanismos de poder y rescatarse a sí mismo de las consecuencias de sus propia irresponsabilidad.
La idea de que su apellido le evita tener que dar cuentas de sus errores, y le faculta a desplazar a otros la responsabilidad de sus propias acciones, sólo reafirma a Draco en la justicia de sus privilegios, preparando el terreno para su incorporación definitiva a la trama como villano menor.
En Harry Potter y el cáliz de fuego, la amenaza de Condermor, digo Voldemort, comienza a volverse una realidad tangible, y Draco Malfoy se refugia todavía más decididamente en los prejuicios adquiridos en el seno de su familia. No sólo simpatiza con los mortífagos, sino que su inquina personal hacia Harry se transmite a toda la casa de Slytherin, haciendo imposible una alianza con Griffindorf que hubiese reforzado a Hogwarts contra el enemigo común que amenaza a todos.
Llegamos a Harry Potter y la Orden del Fénix y vemos, por primera vez, a Draco gozando de un poder que no depende de su apellido o de las influencias de su padre. Es nombrado prefecto de Slytherin e ingresa en el Escuadrón Inquisitorial de Dolores Umbridge, desde donde sabotea los esfuerzos de Harry y el «Ejército de Dumbledore» por organizar la defensa contra Artes Oscuras de la que Hogwarts está tan necesitada ante el inminente regreso de Condemor, digo Voldemort. Ese regreso inminente que el Ministerio de la Magia niega que vaya a producirse jamás.
Aquí vemos a Malfoy convertido en ejecutor de un sistema totalitario, brazo armado de un régimen de terror que suprime y castiga ferozmente la disidencia y sanciona el cuestionamiento de la propaganda oficial promovida por burócratas reacios a admitir su ignorancia o permitir la sugerencia de que carecen de verdadero control sobre los acontecimientos. En este libro, Malfoy es un comisario político orgulloso de su misión. Feliz de putear a Harry y sus amigos, tanto como pueda y más, con el poder del que ha sido investido. La caída en desgracia y detención de su padre, Lucius Malfoy, traumatiza a Draco y corroe su propia identidad. Sacude hasta los cimientos su presunta excelencia racial y aniquila su plan de vida, que hasta entonces parecía inexorable.
La Orden del Fenix prepara psicológicamente a Draco para incorporarse al bando de Voldemort como masilla y peón del Señor Oscuro en el siguiente libro de la serie.
Harry Potter y el misterio del príncipe nos muestra a un Draco Malfoy emocionalmente destruido, vulnerable, enfrentado por primera vez a su propia ideología, que hasta entonces había sido un ejercicio filosófico o los colores de una casta. Que lo mantenían por encima de la chusma.
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| «¡Potorrus calentísimus!» |
Pero, en este libro, a Malfoy se le exige por primera vez que deje usar de sus ideales como red de seguridad, que deje de refugiarse en ellos de las responsabilidades de la vida y muestre su compromiso, con el bando escogido por su familia, mediante una acción irreversible.
Voldemort ordena a Draco que mate a Dumbledore.
Malfoy sólo tiene dieciséis años. Ha crecido creyéndose la cosa más grande sobre la faz de la Tierra desde la invención del pan Bimbo, pero no es un asesino. Durante toda su vida, pertenecer a la familia Malfoy y defender los ideales excluyentes y aristocráticos de Condemor, digo Voldemort, ha sido un refugio, un pretexto para no sentirse culpable de las ventajas de las que goza y un bastión desde el que se permitía tratar a todo el mundo como a la mierda.
Ahora, el mismo bando cuyos intereses ha defendido con entusiasmo, porque protegían sus privilegios, le encomienda que demuestre su compromiso con la causa y ejecute un homicidio, escenificando su entrega al Señor Oscuro con una ofrenda de sangre.
Y Draco lo intenta.
Y fracasa. Varias veces. Y lastima a otras personas. Y Malfoy se siente cada vez más enfermo, más repugnado por la perspectiva de convertirse en un asesino. La crueldad natural de Draco, su intolerancia clasista, no lo convierten automáticamente en un criminal sin sentimientos. Sigue siendo, a grandes rasgos, un adolescente hecho polvo al que se le ha pedido que haga algo aterrador e irreversible. Draco afronta su lucha interior, el conflicto entre los ideales interiorizados en el seno de su familia y el guardián moral que le dice que se le ha ordenado cometer un delito abominable que lo transformará en algo que ya aborrece.
Cuando finalmente tiene a Dumbledore a su merced en la Torre de Astronomía, se descubre incapaz de matarlo. Si el arresto y exposición de los crímenes de su padre, en el libro anterior, sacudió la identidad de Draco y lo expuso a pública ignominia, la misión de asesinato muestra a Malfoy el reverso de las ideas de su familia que nunca se había obligado a mirar: mantenerse fiel a las creencias de los Malfoy tiene un precio que Draco no se ve capaz de pagar.
Encima, Draco comprende al fin que seguir a Condemor, digo Voldemort, no garantiza a los Malfoy un lugar de honor en el bando de los elegidos. No les rodea de sus iguales, sino que les convierte en finstros vaginares, en torpedos sercsuales de la pradera.
Les coloca en una posición subordinada a Condemor, digo Voldemort. Porque Aquel que no debe ser nombrado no admite cerca a nadie que le pueda hacer sombra.
En el último libro, la última película de la serie, Harry Potter y las reliquias de la Muerte (que los desvergonzados de Warner Bros, porque había que cerrar las ventanas de estreno de navidades de 2010 y verano de 2011, partieron en dos largometrajes, 1 y 2, llenos de casi tanta paja inútil como esta entrada de la bitácora), se produce el clímax de la serie y llega a su fin la rivalidad entre Harry y Draco (y tiene lugar la batalla final contra Condemor, digo Voldemort). Los Malfoy están completamente sometidos a Condemor, digo Voldemort, y la mansión familiar se ha convertido en un lugar de oscuridad, terror y violencia. Draco vacila. No abandona la causa del Señor Oscuro, pero es un colaborador reticente. Ya no importa si Condemor, digo Voldemort, representa o no los ideales en los que cree. Ahora Draco sigue a la Némesis de Potter porque, si no lo hace, su familia pagará las consecuencias.
Ron, Hermione y Harry, desfigurado por un hechizo, son capturados y conducidos a la mansión Malfoy. Bellatrix Lestrange ordena a Draco que identifique a Harry, pero él no lo hace. Aunque eso le habría hecho ganar puntos con Condemor, digo Voldemort, Draco no entrega a Potter, a quien tiene completamente a su merced. Esta situación tendrá su eco durante la batalla final en Hogwarts, cuando Harry impide que Draco muera en el incendio de la Sala de los Menesteres.
Años después, Draco y Harry, ya adultos y padres de sus propias familias, se encuentran en la estación de King’s Cross. Se saludan a distancia. No hay afecto en ese gesto, pero tampoco enemistad. Sea lo que sea que comparten todavía, han decidido pasar página y no transmitir a sus hijos su antigua rivalidad. Nunca serán amigos (demasiado dolor los separa para salvar ese abismo), pero ya no son rivales.
Ahora, amigo lector, coge todo esto que te hemos contado, o recordado, del canon literario de Harry Potter y convierte a Fem Malfoy en una chica (llamémosla Malfoid) enamorada en secreto de Harry y cada vez más enchochada de él, libro tras libro.
¿Lo ves ya, o te lo tenemos que pintar?
Vale, sieso, que eres un sieso. Ahí te va. ¡Lo que nos haces trabajar y qué poco nos lo agradeces!:
La piedra filosofal: Harry y Malfoid se conocen en la tienda de Madam Malkin (o en Ollivanders, o donde carajo sea) sin tener ni idea de quién carajo es el otro. Cuando Malfoid descubre que Potter es el muchacho que sobrevivió a Condemor, digo Voldemort, inevitablemente se siente fascinada por él. No necesariamente enamorada, sino curiosa, intrigada, desconcertada. Conozco familias numerosas que empezaron con menos.
Harry es un desafío para Malfoid. ¿Por qué este personaje tan famoso en el mundo mágico actúa como si no fuese consciente de su leyenda o no le diese importancia? ¿Por qué no explota su reputación y consigue, amparado en ella, los contactos apropiados (con los Malfoy, por ejemplo)? Malfoy Chica sigue queriendo establecer una relación asimétrica con Potter en la que, por supuesto, ella disfrute de una posición superior. Además, aunque no lo puede formular todavía (en este momento de la saga ambos son niños, copóns, ¿qué coño saben los niños de estas cosas?), siente el deseo instintivo de que Harry LA ELIJA. Por eso el rechazo de Potter es tan doloroso. No es sólo una derrota social. Es una herida sentimental. Porque los Malfoy no piden, lo que desean les es concedido sin necesidad de pedirlo. Así ha sido educada Malfoid. Sus padres le han hecho creer que el amor, que tal vez todavía no siente o no puede nombrar, le da derecho a ser correspondida.
La cámara secreta: Malfoid descubre nuevos motivos para aborrecer a Hermione. No sólo es una muggle, además es alguien a quien Harry respeta, escucha y profesa afecto. Hermione USURPA el lugar que Malfoid codicia. Y lo hace sin un apellido ilustre. Con sangre «sucia». Sin esforzarse. Sin imitar el comportamiento desdeñoso y arrogante de Malfoid. Hermione es la REFUTACIÓN VIVA a la crianza de Malfoid, educación que la deja indefensa ante sus propios sentimientos.
Y a Malfoid SE LA RECONCOMEN LOS CELOS. Malinterpreta como un noviazgo la amistad entre Potter y Granger (porque se sitúa a sí misma con la imaginación en el lugar de Hermione). Sigue intentando llamar la atención de Harry, que aún prefiere la compañía de sus amigos o malinterpreta el torpe ritual de cortejo de Malfoid. Harry, que no es consciente de cuánto lastima a Malfoid que Potter no reconozca sus coqueteos. Y Malfoid no sabe cómo acercarse a Harry sin renunciar a la misma actitud altiva y mezquina, a la posición de poder que quiere proteger a toda costa y que es la principal fuerza que aleja a Potter de ella. Es que lleva demasiados años siendo una hija de la gran puta, la pobre.
El prisionero de Azkaban y El cáliz de fuego: hasta este momento el amor, lamentablemente, ha hecho poco (todavía) por curar a Malfoid de sus celos horrendos, sus ansias de dominación y sus fantasías de superioridad. Pura y simplemente, años de educación aristocrática y despótica la han privado del lenguaje emocional que le permita expresar ese amor sin traicionar a su familia y su educación. No hablemos ya de humillarse ante un siervo de la gleba, metafóricamente hablando, como Potter. Cuando Harry defiende a Hagrid y Buckbeak, Malfoid se vuelve aún más agresiva hacia él porque no se sobrepone a la injusticia de que Potter la acuse de ser despiadada y caprichosa.
Y llega la Copa Mundial de Quidditch, y Malfoid descubre que QUIERE lo que HARRY TIENE. Quiere amigos que no la busquen por su apellido y por el provecho que puedan obtener de su familia. Amigos que la contradigan, si piensan que se equivoca. Que se enfaden con ella, cuando se comporta como la princesita chochodeoro que han criado sus padres, pero que permanezcan a su lado, a pesar de todo, porque la aman y la idea de que pueda sufrir o ser herida les resulta insoportable.
Y nuestro rubio Ángel Negro de Slytherin comienza a transformarse, le guste o no, en una jovencita enamorada.
La orden del fénix: Malfoid aprovecha su posición de prefecto para vigilar a Harry. Modo «full stalker loca del coño me toco mucho el berberecho mientras te espío joder cómo me pones cabrón menuda mierda de prismáticos es la última vez que compro en un chino». Malfoid y Potter ya son abiertamente adversarios. Pero Malfoid duda. Cuando descubre que Potter ha organizado clases clandestinas de Defensa contras las Artes Oscuras, y sabe que su deber es denunciarlo al Ministerio, la abruman las dudas. La mera ida de entregar a Harry a las autoridades. De verlo escarnecido y silenciado, la sacude como un rayo. ¡No puede hacerle eso a su churri! ¡Le perdería para siempre! «¡Mecagüen...! ¿Le acabo de llamar "mi churri"?» La detención de su padre no hace nada por su paz mental. De repente, los Malfoy no son invulnerables. Lucius, el progenitor cuya aprobación Malfoid ha buscado toda su vida, ha quedado públicamente destruido. Y Malfoid lo odia, por esa humillación. Y se odia a sí misma por no dejar de amarlo. Y no tiene el amor, ni siquiera la camaradería de Potter para desahogarse en el hombro de un amigo.
El misterio del príncipe: Malfoid recibe la orden de asesinar a Dumbledore. Pero Malfoid, a estas alturas, ya está SANGRANDO de amor por Harry. Y Harry, que en los primeros libros ha estado muy ocupado con sus propias putas que confesar, empieza a notar que siente algo... «raro» por Malfoid. Se inquieta cuando su compañera y rival de capa verde desaparece. Le sorprende el miedo acuciante que comienza a sentir ante la sospecha de encontrarla herida. O muerta, no Dios, muerta no, por favor. «Es una mosca cojonera, pero, joder, como que me he empezado a acostumbrar a tenerla siempre encima de mí. No quiero que le pase nada malo». Al mismo tiempo, le sacude su resistencia a aceptar que su rubia adversaria, a quien conoce desde el primer curso, se esté convirtiendo en una asesina.
Tal vez Harry percibe la vacilación de Malfoid. Su miedo. Por primera vez la ve como una chica normal. Con un corazoncito que sufre, que duda, que llora. Se enfrentan en el baño. Harry lanza el Sectumsempra y hiere gravemente a Malfoid. Y queda HORRORIZADO por lo que ha hecho. No en plan «oh, joder, que acabo de casi morisionar a la chica que en este mismo momento descubro que me gusta, aunque odio que me guste, y, joder, qué bien huele, la jodía, hasta aquí, tirada en el suelo de un cagadero», sino torturado por una mezcla de arrepentimiento, miedo a haber alejado a Malfoid de él (y del camino recto) para siempre, y reconocimiento, quizá por primera vez, de que la extraña relación entre ambos no puede explicarse sólo a partir del odio. Éste no es todavía el momento del Triunfo del Amor a Pesar de Todo™, sino un punto de inflexión. No termina aquí el conflicto. Se vuelve más doloroso. Y más humano.
En la lucha en la Torre de Astronomía, Malfoid se descubre incapaz de matar a Dumbledore, porque no puede ni siquiera sobreponerse a la idea de matar a quien se ha convertido en una figura paterna para Harry, su amado Harry, que jamás la perdonará si comete ese crimen horrible.
Aquí habría que hilar muy fino, porque la única motivación para que Malfoid vacile en su crímen no puede ser el egoísta deseo de ser amada por Potter. Éste es un punto narrativo crítico, donde se produce la transformación definitiva del personaje (aunque no se materialice hasta más adelante). Habría que aproximarse a esta escena desde la empatía. Malfoid no puede convencerse de hacer daño a Dumbledore, ni siquiera aunque eso vaya a aprovecharle a ella y a su familia, porque de repente la idea de hacer sufrir a otros por su propio beneficio se le atraganta. Porque Dumbledore le ha ofrecido ayuda. Se ha apiadado de ella. Le ha ofrecido una salida que no pase por convertirse en la sicaria de Condemor, digo Voldemort. PORQUE DUMBLEDORE SABE QUE EL CORAZÓN DE MALFOID SE ROMPERÁ SI COMETE UN ASESINATO.
Dumbledore, alguien a quien los Malfoy consideran inferior. Al que consideran débil. Al que acusan de minar sus privilegios por admitir «plebeyos» en Hogwarts. A quien han señalado como enemigo, se apiada de Malfoid. Le ofrece ayuda. Le enseña a nuestra atormentada antiheroína LO QUE SIGNIFICA LA VERDADERA HUMANIDAD. Y aparece Snape, como en el canon original, y asesina a Dumbledore, y Harry ve a la chica (de la que ahora comprende que se ha enamorado como un completo gilipollas y contra sus propios intereses) marcharse en compañía de los criminales que han matado a su mentor. Su figura paterna.
Las reliquias de la muerte: Malfoid reconoce a Harry cuando lo llevan a la mansión de su familia. Lo reconoce inmediatamente a pesar de su cara desfigurada, Y Malfoid no puede obligarse a entregar a Potter. Da una respuesta equívoca. Vacila. MIENTE. Miente contra los intereses de su familia. Miente contra la autoridad de Condemor, digo Voldemort. Miente aunque NO TIENE NADA QUE GANAR mintiendo, y sí todo que perder. Miente porque NO PUEDE ENTREGAR A HARRY. Simplemente NO PUEDE. Por primera vez en su vida, Malfoid no se elige a sí misma ni elige a su familia. Elige a otra persona. ELIGE EL AMOR.
En la lucha durante la huida de la mansión, Harry permite a Malfoid conservar la Varita de Saúco. No porque, de repente, confíe ciegamente en ella. ¡Que la ha visto casi cargarse a Dumbledore y luego marcharse con sus asesinos! ¡Como para confiar! No. Harry no lucha por la posesión de la Elden Wand porque, momentos antes, durante la «rueda de reconocimiento», ha visto a Malfoid ELEGIR lo correcto. Y por eso mismo se niega a creer que Malfoid esté condenada sin esperanza. Harry se ha pasado SEIS libros luchando contra Condemor, digo Voldemort, un villano que exige sumisión ciega, atribuye valores morales al linaje y se ha atribuido el derecho a escoger el destino de otros, y él, Potter, NO VA A DECIDIR EL DE MALFOID y convertirse, ni siquiera por un momento, en otro Condemor, digo Voldemort, sobre todo cuando Malfoid acaba de darle pruebas de que conserva un fondo moral que, al menos por el momento, la protege de la servidumbre al Señor Oscuro.
Harry abandona la varita sabiendo que, al hacerlo, podría morir en la batalla final. Y Malfoid sabe que no acaba de recibir en regalo una prenda de amor, sino UNA RESPONSABILIDAD TERRIBLE: ahora tiene poder de vida y muerte sobre Potter (como antes lo tuvo sobre Dumbledore) y, una vez más, la capacidad de ELEGIR SER UNA BUENA PERSONA. Una oportunidad que, en la Torre de Astronomía, atormentada por las dudas, Malfoid no pudo o supo abrazar.
Harry acude a la batalla final en Hogwarts sin la protección de la Varita de Saúco. Malfoid acude llena de miedo, de dudas, de arrepentimiento por lo que ha hecho, por el papel que ha jugado en los planes de Aquel que no debe ser nombrado.
Pero cuando Condemor, digo Voldemort, pone a Potter al borde de la muerte, Malfoid descubre algo más poderoso que el miedo. Se rebela contra Condemor, digo Voldemort, porque la idea de ver morir al amor de su vida le causa un dolor que ninguna muerte, ninguna tortura a manos del Señor Oscuro puede superar. Porque, por segunda vez en la saga, se le ha ofrecido la oportunidad de elegir (algo que Condemor, digo Voldemort, no le ofrecerá jamás) y Malfoid ha escogido VOLVER LA ESPALDA A SU FAMILIA, rechazar el mundo oscuro, aterrador, jerarquizado, MUERTO, que Condemor, digo Voldemort, quiere crear; porque en ese mundo no hay elección, no hay Harry Potter. Y por este acto de amor, Malfoid reivindica su derecho a CONQUISTAR SU LUGAR AL LADO DE HARRY demostrándole que puede hacerse DIGNA DE ÉL y defender los ideales y el mundo que él protege. Que es el único mundo en el que puede existir un Harry Potter.
En esta versión de la historia, el amor no es la piedra filosofal que todo lo transforma, sino una puerta. Atravesarla o no ya es una elección moral de los personajes. Malfoid no se convierte en una loquita de la cabeza que hará lo que sea para que su cari, su cora, le arree sudorosos besos de tornillo al final de los partidos de quidditch antes de practicar sexo adolescente de riesgo en las duchas del vestuario de Griffindorf. Malfoid escoge el bando de los héroes porque, independientemente de que Potter no la perdone jamás por lo que ya ha hecho, de que corresponda o no a sus sentimientos, Malfoid ha descubierto que PREFIERE VIVIR AMANDO. Porque amar preserva EL MUNDO EN EL QUE QUIERE VIVIR.
Y Harry corresponde a su amor no porque el amor de Potter sea el premio de Malfoid, sino porque Malfoid ha elegido que SU PASADO NO VA A DETERMINAR SU FUTURO, que amar vale la pena, SIEMPRE, que es su propia recompensa. Y esa misma doble elección es el rechazo al mundo que Condemor, digo Voldemort, quería construir sobre el cadáver del viejo mundo, y también, al elegir la libertad, Malfoid certifica la DERROTA ABSOLUTA del Señor Oscuro y sus seguidores, enemigos del amor como fuerza purificadora, y del libre albedrío, a los que Harry y sus amigos han combatido a lo largo de toda la saga.
Un acto de amor (Lily Potter sacrificándose para salvar a su hijo) destruyó a Condemor, digo Voldemort, la primera vez, y otro acto de amor (Malfoid escogiendo AMAR, sin promesa de ser jamás correspondida) lo destruye DEFINITIVAMENTE en esta versión corregida, por no decir «mejorada» de la historia.
Y el círculo se cierra.
(A partir de aquí, el desenlace de la historia sería básicamente el mismo, con Malfoid y Harry casándose y haciendo muchos Malfoidpotteritos bajo las sábanas).
El estallido de creatividad en torno a esta Malfoy con chichi, a esta Malfoid, es sólo la más reciente expresión del fenómeno que te hemos presentado en esta entrada: el de la cultura que inspira a otros a crear, enfrentada a la que, por motivos que pueden ser lo aquí enumerados, u otros diferentes, resulta mucho menos amigable en ese sentido.
Y sólo podemos terminar sugiriendo que el Malfoy Chica, la Malfoid, es la forma correcta de explorar las derivadas de un determinado producto cultural, por el efecto dominó de interesantes consecuencias narrativas que ofrece (que creemos haber demostrado en la bitácora), y que enriquecen el canon original con nuevas perspectivas sobre temas y personajes ya explorados previamente.
Ah, sugiriendo eso y también diciendo:
¡A la mierda Ginny, a la mierda el Severus Snape negro y a la mierda Hermione! ¡Queremos un «elseworlds» en torno a una historia de amor entre Harry Potter y un Malfoy chica! ¡Hostia ya!




















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