sábado, 7 de septiembre de 2019

No te llamo Trigon por no llamarte Rodrigon (y II)

En la anterior entrada vimos la cara; hoy presentamos la cruz de los motivos por los cuales siempre es una buena noticia que cancelen una serie de televisión. Particularmente si nos gusta mucho.

La ficción televisiva no se rige por las mismas normas que una novela o una película (aunque las películas se parecen cada vez más a series de televisión, y si no entiendes, oh excelso lector, mi argumento, tal vez te ayude imaginarte toda la trama de las gemas del infinito del MCU como la primera temporada de una serie de televisión con 23 capítulos). A los guionistas de televisión les gustaría que sí, pero ellos no pintan nada en el sistema. Son los mercenarios de la productora y, encima, si no escriben no ganan, si no ganan no comen, si no comen no cagan y si no cagan se ponen de una mala hostia insoportable. Por mayor prurito de dar un buen final a las tramas y los personajes que les produzca su vocación, vergüenza torera u honrilla profesional, estirarán los argumentos hasta el bochorno y darán tantos giros absurdos a la trama como sean necesarios para mantener el interés del público un capítulo más, un mes más, una temporada más, aunque acaben destruyendo el interés de ese mismo público, que total yo aquí soy el último mono y esa hipoteca no se va a pagar sola y además hay otras series en las que pueden contratarme.

Ya mencioné en la entrada precedente que me había metido entre pecho y espalda la primera temporada de Allí abajo. Sí, ¿qué pasa? Yo veo ficción española si la propuesta me parece lo bastante atractiva. ¿Te vale o lo resolvemos a hostias? También vi La casa de Papel, Merlí y Sin Identidad. A otras les di una o dos oportunidades (La embajada, Presunto culpable...) y, por el motivo que sea, no acabaron de seducirme. Decía que vi, y que la disfruté lo digo ahora, la primera temporada de Allí abajo. Lo que no mencioné es el motivo por el cual solo me vi la primera temporada: Allí abajo va de un tímido, algo estirado y cuadriculado vascón, ¡kabenzotz!, que se enamora de una desenfadada, impulsiva y algo caótica andalusa, y de la colisión entre dos personalidades contrapuestas y dos culturas tan extremadamente disímiles. Fin. La serie concluye con El Triunfo del Amor A Pesar De Todo™ y, al final de la primera temporada, a mí se me antojó que la premisa de la serie estaba más que satisfecha y que no había manera de mejorar el resultado. Una vez concluido ese ciclo argumental, yo tenía exactamente cero interés en lo que pudiera pasar a continuación, y que solo podía ser, como así fue, una sucesión de rupturas, reencuentros, triángulos amorosos, cuernos, embarazos...

Vamos, la vida real.

Señores guionistas: la vida real es una puta mierda.

Por eso leemos novelas.

Por eso vemos series de televisión.

Por eso compramos cómics.

Por eso nos bajamos porno.


De Allí abajo se hicieron cinco temporadas que seguro que están muy bien, pero ni me interesan ni es probable que llegen a interesarme nunca. Ya vi la historia que quería ver, ya sé cómo acaba y me la trae al fresco lo que los guionistas quieran contarme a partir de ahora. Pura y simplemente, me la cruje.
A veces está claro desde el principio que hacer una segunda temporada, secuela o lo que sea, es una mala idea. Buscando documentación para la entrada descubro que Héroes llegó a tener cuatro temporadas. No puedo evitar preguntarme cómo y por qué. No conozco serie a la que le pudiera sobrar más una continuación que Héroes. El capítulo vigésimo tercero y último de la primera temporada fue el cierre perfecto de todas las tramas y personajes que se habían empezado a desarrollar desde el piloto. Pura y simplemente, Héroes era una estructura narrativa perfecta. Cuando supe que iban a rodar una continuación me temí lo peor. En cuanto vi en los primeros capítulos de la segunda temporada que algunos personajes a los que habíamos dado por, no es un chiste, heroicamente muertos en la temporada anterior, estaban vivitos y coleando (con lo cual la nobleza de su sacrificio quedaba reducida a nada), me di cuenta de que había más niveles de peoridad en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las soñadas en tu filosofía. Y, ya que mencionamos la Tierra, aprovecho para insistir en que The man from earth no necesitaba una segunda parte. Y si la necesitaba no era ésta. Y si era ésta que se pare el mundo porque yo ya no entiendo nada.
Los albañales de ignominia por los que un equipo de guionistas puede estar dispuestos a arrastrarse en nombre de una injustificada longevidad de las series en las que trabajan no conocen Dios. ¿Recordáis cómo los guionistas de Los Serrano, atrapados entre la espada y la pared, hicieron tirarse por un puente a Resines y luego le despertaron en su cama, donde acababa de tener una larga pesadilla (ocho temporadas de pesadilla, nada menos) y le mandaron de vuelta al minuto uno del primer capítulo? O sea que todo lo que habíamos visto a lo largo de seis años no había sucedido. O sea que nos habían estado tomando el pelo. O sea que la pobre Natalia Sánchez, que estaba a punto de explotar de fajada que iba para que no se le notase (tanto) que ya no tenía trece años, casi revienta por nada, y sí, estoy hablando de tetas. De tetas y del probre Resines, que no se merecía ese maltrato.

Que no creáis que los guionistas de Los Serrano inventaron la mortadela. Ni la filemona. Este truco para cerrar en falso y dar un golpe de picha en la cara de tus espectadores existe desde que el mundo es mundo. Los fans de St. Elsewhere  no daban crédito a sus ojos en el capítulo final de la serie cuando los personajes y el escenario con los que se habían familiarizado a lo largo de seis temporadas empezó a disolverse ante sus ojos, en plan Ubik, y acabaron descubriendo que toda la trama de St. Elsewhere, todas las historias, todos los protagonistas, no eran más que las fantasías de un niño autista. En fin, ¿qué puedo decir? En los ochenta se cometieron muchos crímenes (darle un micrófono a Kylie Minogue, rodar Supermán 4...) y éste no fue el más nefando de todos ellos (lo de Kylie Minogue fue exponencialmente más peor).

El mamífero no extinto con más dientes del planeta.
Tratar a tus espectadores como si fuesen soplapollas, recibe en la profesión, el nombre «hacerse un Bobby Ewing»™, que, para variar, no es nada porno, sino un personaje de la serie Dallas, cuyas catorce temporaditas de nada nos metimos en vena en los años 80 a.N. (antes de Netflix). El personaje de Bobby Ewing, interpretado por Patrick Duffy, fue asesinado en el último capítulo de la octava temporada. En estos casos yo siempre sospecho que el actor pidió más dinero y la productora se lo quitó de en medio para demostrar quién mandaba, pero el propio Duffy afirma que fue él quien pidió ser «asesinado» porque estaba harto de interpretar al «buen chico», y es que las tramas más interesantes y las mejores frases eran para su hermano en la ficción, el malvado J.R. interpretado por Larry Hagman.
Se paraba el mundo cuando echaban esto. Lo juro.
(Como si los productores supiesen qué quiere el público).
Puesto que estaba previsto desde el principio que Bobby Ewing debía morir (el plan original de los guionistas era darle fierro al final de la primera temporada, pero se acojonaron después de ver cómo el personaje atraía masivamente las simpatías del público), al final de la octava temporada, ¡zas!, ¡pum! ¡A la luna! Luego, por esas cabriolas del destino, Patrick Duffy pidió regresar a la serie, en sus propias palabras:
I never intended to come back, which is why Leonard and I decided that the heroic death of Bobby was the best way to go, by saving a life and then dying.

Why did you leave?

I left because I had done the show for seven years. My contract was for seven years. It was obviously an ensemble show and I thought if it was ever a time at the height of the popularity of that show, that I might be able to launch into something that was more of a single, starring venue, that that would be the time to do it. I left the show and that did not happen — typical Patrick Duffy business decision fiasco. I went back on the show because they asked me to and I realized that was the best place to work and I was back with my best friend.
Y ahí fue cuando, oh Dios mío, acuñamos el término:
Whose idea for the dream scene?

That was Leonard Katzman. My wife, oddly enough, had the same instinctual decision. When I said to her I think they’re going to ask me to come back on the show, her first response was you can only do that if the whole last season was a dream. Then when I talked to Leonard, that was indeed what he wanted to do and so we went ahead and did it.

Al final de la novena temporada, Pamela Barnes-Ewing se despierta en su cama, oye correr el agua en la ducha, se levanta, abre la mampara y su marido muerto está allí, vivito y coleando. Todo lo sucedido desde su supuesta muerte hasta ese preciso momento solo había sido una pesadilla y los espectadores de Dallas son todos unos estómagos agradecidos que se chuzarán en vena cualquier cagarro que les tiremos.

 ¡Magia!
(De Dallas han hecho un remake cancelado en su tercera temporada, y es que no dan el mismo morbo el fornicio y las rivalidades a muerte entre despiadados magnates del petróleo que entre malcriados billonarios puntocom).
El Bobby Ewing™ es el más sucio, abyecto e insultante de los trucos de un escritor. Pluguiera a Dios que los guionistas en apuros no recurriesen a él con tanta frecuencia. Y ojalá tampoco estirasen las series hasta agotar todos los trucos de la caja de escritor, salvo precisamente aquellos que no debería usar nunca. Mira, al menos en Magnum, P.I. fueron más valientes: mataron, por los motivos que fuese, al teniente Mac McReynolds, el personaje de Jeff MacKay, y luego permitieron al actor reincorporarse a la serie interpretando a un personaje nuevo; Jim Bonnick, un estafador que, por esas extrañas macumbas de la genética, era físicamente idéntico a Mac.

El Doble Mac™ es un ejemplo de buena escritura, de inteligente solución a un problema narrativo.

El Bobby Ewing™ es un cáncer intelectual.

Los hombres de Paco (una deliciosa parodia de las series policíacas de toda la vida: Baretta, Starsky & Hutch, Canción triste de Hill Street, Brigada Central, Corrupción en Miami...) nos proporciona otro ejemplo de serie que ha sobrevivido a su propia naturaleza. Los protagonistas de la serie son unos gañanes, unos ganapanes, unos inútiles de tal calibre que solo resuelven sus casos por accidente y obligan a su jefe a hacer horas extra para presentar como éxitos policiales lo que son cagadas de marca mayor. Yo no seguía la serie, pero más de una vez me he sentado a ver algún que otro capítulo suelto y me he roto el finstro vaginar de tanto reír.

Y de repente Los hombres de Paco empezó a dejar de hacer gracia. En un cuarto de vuelta al Efecto The Big Bang Theory™, Los hombres de Paco pasó a ser una serie dramática. O sea otro policíaco televisivo más. O sea, que le dio completamente la espalda a sus orígenes (al menos TBBT siguió siendo una comedia).

Como si eso no fuera lo bastante grave, en otro giro copernicano, de repente Los hombres de Paco empezó a meter tramas que ni follarte a tu abuela en su velatorio delante de toda la familia. Como MacGyver, que pasó de James Bond de Bricomanía, capaz de desactivar bombas nucleares con una Victorinox y un chicle usado, a Indiana Jones de saldo, que exploraba ruinas de civilizaciones perdidas o se iba a buscar La Atlántida, ante los ojipláticos ojos de sus espectadores, que no nos atrevíamos a pestañear por no perdernos el plano en el que nos explicaban que todo había sido un sueño, que nos habían colado un
Bobby Ewing™.

La ruina del crédito de Los hombres de Paco se resume en dos palabras: fenómenos paranormales.


Sí. Estoy de acuerdo.
Para entonces, ya algunos de los actores originales (Hugo Silva, Jimmy Castro, Aitor Luna) habían abandonado la serie, llevándose a sus personajes con ellos, y las audiencias daban pena. Ah, pero uno volvió, porque en las series de televisión nadie se muere del todo, no jodas. Oh, que se me olvidaba: también se cargaron al cincuenta por ciento de las lesbianas de la serie. Pero seguro que fue por accidente.
Arrow también acabó convirtiéndose en una infamia estilo Paco's Men™. Arrow, para quien no siga la serie, es la adaptación televisiva de Flecha Verde, superhéroe de DC (editorial que tiene fijación con lo verde: Linterna Verde, La cosa del pantano, El detective marciano, la pilila de Batman...), miembro fundador de La liga de la justicia con Batman, Supermán, Wonder Woman, Aquamán y Linterna Verde.

Quienes oímos hablar de esta serie, nos alicatamos los cojones con hormigón armado, porque la cosa no pintaba nada bien.

La primera temporada nos dejó buen sabor de boca.

La segunda tampoco fue una tontería.

La tercera moló mazo, con toda la trama de Ra's al Ghul y el viaje de Oliver al lado oscuro.

En la cuarta nos dimos cuenta de que los guionistas habían empezado a repetir las tramas más de lo que repite un bocadillo de mierda con cebolla y Arrow, una serie de superhéroes, con acción, hostias como panes, muchas flechas y algunos desequilibrados en mallas, se había convertido (en realidad lo había sido desde el principio) en una serie romántica: ahora te quiero, ahora no, ahora te vuelvo a querer, pero es mejor que no estemos juntos porque así no te harán daño, ahora quiero más a esta otra, ahora me doy cuenta de que esta otra es una petarda y te vuelvo a más querer mucho a ti, ahora te desquiero otra vez...

Fue muy, muy extraño descubrir que Arrow me llevaba dos temporadas de ventaja y no tenía ninguna prisa por ponerme al día porque me fatigaba hasta la molicie la perspectiva de tener que sufrir todo ese merengue romanticón que frenaba la trama y, encima, era cansino de morirse ver a Oliver salir de la isla, y volver, y salir de nuevo, y volver a volver... Pero de morirse bien muerto, ¿eh?

Hablando de muertos: lo de Bones es... es...

Bueno, es «lo de Bones™».

Bones es una serie procedimental. Todos los capítulos son básicamente iguales: aparece un cadáver más bien tirando a pelado, la doctora Brennan determina la causa de la muerte, Zack saca un perfil del homicida, Hodgins determina dónde mataron al muerto o de dónde salió el asesino a partir de los bichos, los minerales o las semillas que aparecen en el cuerpo, Ángela le hace un retrato robot al finado, Booth encuentra al asesino y admite que se te ha puesto un poco dura cuando he escrito «procedimental», que hasta da la impresión de que sé de lo que hablo y todo.

La serie molaba a todos los que disfrutan con los thrillers policiales, con las series de forenses y viendo restos humanos agusanados e imaginándose el olor a putrescina.

Pero en algún momento de la tercera temporada, a la FOX, o al showrunner de Bones, o a los guionistas, o al chichi de la Bernarda se le ocurrió una genialidad del estilo de: «esto empieza a ser un puto coñazo, ¿por qué no hacemos Bones más El código Da Vinci, que ahora está muy de moda?»

Como suena.


Así que se sacaron del ojete una secta del siglo XVIII, los Gorgojones o algo así, obsesionados con la geometría y las sociedades secretas, y con hacer lo mismo que los masones solo que al revés y en plan cabrón; y aparece un asesino en serie que es un Gargajón de esos, y empieza a dejar cadáveres para que las autoridades los encuentren y la doctora Brennan los examine, en un duelo de inteligencia en el cual la desafía a atraparle antes de que tenga tiempo de instruir a su sucesor, el Cagajón aprendiz y más cosas que no me sé muy muy bien porque en el momento en que la subtrama de los Morcojones se convirtió en un hilo argumental recurrente de casi todos los capítulos de Bones yo dejé de ver Bones. Y esa puta serie me encantaba y Emily Deschanel me ponía malo, pero las idas de bolo de sus guionistas acabaron por romper el encantamiento.

Donald Trump antes del afeitado.
Y quisiera poder decir que los pecados arriba descritos son lo peor que un escritor puede cometer en el guión de una serie de televisión.

Pero no.

El peor crímen de un guionista es caer en el tedio, en la fórmula, es repetir y repetir, repetidamente, los repetitivos argumentos que series repetitivas han repetido ya repetidas veces en el pasado y repetirán repetidamente en el futuro.

Dale tiempo suficiente y en tu serie favorita verás:

Un episodio en el que el héroe pierde su magia: a Ralph Hinkley le roban el traje que le da superpoderes. K.I.T.T. se avería. A Richie Adler le formatean el ordenata. A Stringfellow Hawke le roban el helicóptero militar ultrasecreto que previamente había robado él.

Un episodio en el que el héroe se enfrenta a su propia mortalidad: a James Crockett le pegan un tiro y se casi muere. A Murdock le pegan otro y tres cuartos de lo mismo. Thomas Magnum, ¡ESPÓILER!, la dobla en el último episodio de la serie.

Un episodio en el que el héroe conoce a su dopplegänger (esto es, a grandes rasgos, alemán para «gemelo malvado»): Michael Knight conoce a Garth, Jaime Sommers conoce a Lisa Galloway, K.I.T.T. conoce a K.A.R.R., Cybill Sheppherd conoce a Bruce Willis.

Un episodio en el que un enemigo del pasado aparece para vengarse del héroe: Murdoc regresa de la tumba para hundirle la vida a MacGyver y al final parece que se muere, pero vuelve en otro episodio, donde otra vez parece que se muere, pero vuelve en... Peter Griffin se lia a rijostios de nuevo con el pollo enorme. Maggie se cruza con El Bebé De Una Sola Ceja.

Así nació el krav magá.
Un episodio con niño. Los escritores tienden a pensar que nunca te equivocas si escribes un episodio con niño, pero eso es porque no son ellos los que tienen que trabajar con el niño. Pequeños cabrones. ¡Que venga Herodes!

Un episodio en el que el héroe se vuelve malo, pero no, que era todo un truco, o una fase, o un
Bobby Ewing™, ¡pringaos!: Lee Stetson traiciona a la CIA. Buffy roba tiendas, vandaliza escaparates y asesina a inocentes. Willow Rosenberg, por no salirnos de Buffy Esnachavampiros, se vuelve toda loca e intenta provocar el ¡Apocalipsiiiiiisisiis! con sus poderes de bruja piruja.

Un episodio con fantasma, o rollos paranormales, en los que al final te dan a entender que no, pero quizá tal vez, bueno a lo mejor sí, ¿no? Normalmente este episodio se emite por Halloween.

Un episodio-crossover entre varias series de la misma productora o el mismo canal. Los hermanos Simon visitan Hawái y se apalancan en la casa de Robin Masters. Horatio persigue a un delicuente desde CSI Miami a CSI Nueva York y vuelta. Dos médicos de St. Elsewhere se toman algo en la barra de Cheers, adonde suponemos que no regresaron. Iron Fist, Luke Cage, Jessica Jones y Daredevil se encuentran en The Defenders con Elektra y la Teniente Ripley.

«¿Qué krav magá ni que hostias? ¡Patada al pecho y carretera!»
Un episodio en el que el héroe pierde la memoria.

Un episodio con rapto. No, la víctima da más o menos lo mismo. El rapto es lo que cuenta.

Un episodio en el que el héroe, cuya vida ya era lo bastante complicada, se encuentra con un hándicap adicional que se la hace aún más «interesante»: Stingray se queda ciego. A Remington Steele lo incriminan en un delito y tiene que huir de la policía mientras intenta limpiar su nombre. Si el héroe es mujer, los guionistas la dejan preñada y así tienen para varios episodios: Carrie Mathison se queda embarazada en Homeland, Temperance Brennan se queda embarazada en Bones, Jane The Virgin se queda embarazada en... huy, no, espera, que esta serie va precisamente de eso.

Un episodio en el que el héroe tiene que volver a su pueblo natal y descubre un sórdido secreto de familia. Como que sus padres se daban amor anal fumando costo mientras veían The Honeymooners.

Hacer humor con violencia machista. ¡Ah, qué tiempos!
Un episodio homenaje a The Honeymooners.

Un episodio en el que el héroe rememora un trauma del pasado. No necesariamente un acto de sodomía fumeta durante la emisión de The Honeymooners.

Un episodio en el que el héroe golpea la pantalla del televisor desde su lado y dice, con cara de pena: «¡eh! ¿Hay alguien ahí? ¿Adónde se ha ido todo el mundo?»

(Y todo porque en la sala de guionistas no hay un John Bercow que grite):
Un episodio en el que el héroe nos explica lo malas que son las drogas. Un héroe interpretado por un actor que antes de salir a escena se ha limpiado el bigote de coca.

Un episodio narrativamente absurdo y sin un argumento propiamente dicho, hilado a partir de segmentos de vídeo de episodios previos.
 
Un episodio en el que... anda, sigue tú a partir de aquí.
 
Por todo lo expuesto en estas dos entradas no puedo evitar preguntarme qué me depararán las series que ahora mismo estoy siguiendo. Porque ya me conozco casi todos los trucos sucios del oficio y raras veces me llevo una sorpresa. Porque los guionistas de cine y televisión son unos señores que básicamente viven de manipular nuestros sentimientos, como nos manipularon con la puta muerte de Chanquete, las penurias de ese insufrible mocoso italiano con complejo de Edipo que logró ir de los Apeninos a los Andes (sin que le rompieran el culo diez veces por el camino, lo cual prueba que era una serie de ciencia-ficción) y con la ceguera de Mary Ingalls. Además, se consideran más listos que nosotros y dan por sentado que tenemos unas tragaderas que ríase usted de Sasha Grey y que pueden aprovecharse de ellas.
Y no.
(Joder, mira que lloré con la muerte de Chanquete, ¿eh? No volví a llorar tanto hasta que le reventaron la teta izquierda a Mia Khalifa).
No, Mia, no lo ha merecido. ¿Por que pasan estas cosas tan horribles? ¿POR QUÉ?
Sé que hasta Titans, que me gusta pero a la que ya de entrada veo muchos fallos, a poco que dure en antena acabará por defraudarme. Porque hasta ese tono oscuro, adulto, sucio, es impostado. Porque hay violencia, pero es una violencia en penumbra. Porque hay personajes ambiguos y siniestros, pero no pueden evitar que se les note que son los chicos buenos a pesar de todo. Porque seguro que se liberan del dominio de Trigon, que no de Rodrigon, en el primer capítulo de la segunda temporada. Porque hay sexo, pero es un sexo fuera de plano. Que Dick y Kori trincan como jabalíes, pero no veremos a Starfire en pleno orgasmo aplastándole el cráneo a Nightwing con su superheroico potorro a prueba de balas, como vimos en The Boys, serie rompedora, transgresora, adulta y siniestra que, en realidad, ha tenido mucha menos repercusión de la esperada y, tal vez, de la merecida.
¿Habrá muerto feliz?
(Que no es que «adulto» implique necesariamente erotismo. Aquí hace tiempo que tenemos como inspiración de nuestros pensamientos más impuros a la cobriza y peluquiteñida Jessica Alba y con ella nos sobra).
¿Me lo parece a mí o siempre hace el mismo tipo de papeles?
Si le das tiempo suficiente a un guionista de televisión, acabará por empezar a plagiarse a sí mismo y a sus colegas o alcanzará el temido momento Bobby Ewing™, el momento Bones™, el momento Hombres de Paco™, el momento The Big Bang Theory™; porque no todos tienen las tablas, los cojones y el cerebro de currarse un Doble Mac™ y porque, por nobles que sean sus intenciones, el escritor no es más que un francotirador al servicio de la productora y, encima, pretende comer tres veces al día, el muy cerdo. Por eso, si le piden que escriba una segunda temporada de Héroes la escribirá. Si le piden que mate a Bobby Ewing y luego lo resucite dirá «a la orden». Si tiene que convertir Bones en una parodia de El Vincigo Da Code, ni siquiera pestañeará. Y si le piden que deje preñada a Penny solo preguntará: «¿cuántas veces y de qué especie animal queréis que sea el padre?».
Dudo mucho que veamos algo como esto en Titans.
Y, de verdad, no es malicia, ni desidia, ni existe una conspiración de guionistas para hacer nuestra vida miserable; es tan simple como que el guionista es un ser humano, necesita un techo sobre su cabeza y tiene la fea costumbre de comer todos los días. Puede que sus padres hicieran mal al consentirle de niño ese lujo, pero ya es tarde para subsanar dicho error.
No, va, en serio: ¿cómo coño los elige?
Por eso lo mejor que le puede pasar a una buena serie de televisión es ser cancelada antes de sus escritores y productores la conviertan en una mierda.

Porque es una experiencia desoladora descubrir que los guionistas de tu serie favorita
han pensado toda la vida que eres tonto de solemnidad.

martes, 27 de agosto de 2019

No te llamo Trigon por no llamarte Rodrigon (I)

The Big Bang Theory es quizá la serie de televisión más divertida de los últimos veinte años.

Por ese mismo motivo me alegro tanto de que se haya terminado ya.


The Big Bang Theory logró dibujar en mi rostro una sonrisa o hacer florecer en mi pecho una carcajada en momentos realmente chungos de mi vida, cuando lo último que quería hacer era reírme (y lo hice con desprecio hacia mí mismo), pero aun así no pude evitarlo. En un par de negros episodios de mi existencia, en los cuales me hallaba abismado en el dolor, la única luz que me alcanzó allá abajo fue un chiste, una escena o un gag de The Big Bang.

Por eso me hace tan feliz que ya la hayan retirado.

Y lo que es, solo aparentemente, una declaración esquizofrénica constituye la presente entrada en el Paratroopers. Partida por el medio.

Como un chichi.

A partir de aquí sigue el desarrollo de la paradoja por la cual entro en aparente contradicción conmigo mismo y afirmo estar tan feliz de que esta serie de televisión que me gusta tanto y con la que tengo incluso un profundo vínculo sentimental se haya terminado ya.

La versión oficial, y yo no digo que no sea cierta, es que TBBT se fue al carajo porque Jim Parsons estaba harto. Literalmente harto. No creo que nadie se lo pueda reprochar. Tras doce años interpretando a Sheldon Cooper, el pobre de Jim Parsons estaba hasta las mismísimas pelotas del personaje. Seguro que hasta por la calle, en el caso poco probable de que todavía pueda salir a la calle, le llamaban Sheldon. 

En este tiempo, Parsons ha tenido un pequeño papel en la desgarradora The normal heart, una participación en Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, papelillos en varias series que, me da pereza buscarlo, creo que no se han estrenado en España, un montón de trabajos de voice over (El joven Sheldon, spin-off de The Big Bang, entre ellos) y doblaje de dibujos animados y un par de papeles menores en películas de bajo presupuesto. El resto del tiempo, Jim Parsons ha sido Sheldon. Y por el resto de sus días, Jim Parsons será Sheldon, porque un personaje como Sheldon Cooper y una serie como TBBT es de las que marcan para siempre la vida y la carrera de un autor. Como dice Kunnal Nayar, «un día seré viejo e iré por la calle diciendo, "hey, yo salía en The Big Bang Theory"».

La versión oficiosa tras la cancelación es que NBC estaba recibiendo un retorno cada vez menor por cada episodio de TBBT y la espantada de uno de los actores originales ya solo podía ser la puntilla. Imagínate sacarle rendimiento a una serie de televisión para la que antes de rodar un plano tienes que proveer un millón de dólares para cada uno de los cinco personajes principales. Un millón por actor y capítulo. 120 millones de dólares por temporada, o sea lo que cuesta un tráiler de Vengadores, solo para los sueldos de los cinco actores originales.

«¡Pastaaaaaaaaaaa!»
Suma los dos elementos y tendrás masa crítica: audiencias a la baja y un The Big Bang sin Sheldon Cooper. Catástrofe garantizada.

No culpamos a Jim Parsons por estar harto ni a NBC por pensar que había llegado la hora de cerrar el grifo. Realmente hacía tiempo que la criatura había devorado a sus creadores. Tampoco hay que menospreciar el agotamiento. Ni a cambio de un millón de dólares por episodio van a conseguir que vuelvas a tu puesto de trabajo si te sientes físicamente incapaz de hacerlo, si piensas que ya lo has dado todo, que comienzas a repetirte, que empiezas a tomarle el pelo al público.

La serie no podía continuar sin Sheldon. Eso estaba fuera de toda discusión. Sheldon es el epicentro de la mitad o más de las tramas. Sheldon es el tornado alrededor del cual se congregan todos los demás personajes, arrastrados hacia su ojo obsesivo-compulsivo por vientos huracanados. Sheldon es, o ha acabado por convertirse en, que ahí está la cosa, el centro de The Big Bang.

Por eso ha sido tan oportuno, y tan extraordinariamente paradójico, que la inminente ausencia de Sheldon sea la razón esgrimida por los productores para echar el cierre a la serie.

Porque Sheldon Cooper no era, no debería ser, no fue al principio el eje de TBBT.

Fue Penny.

¿Te has limpiado ya la espuma verde de las boqueras?

Sigamos.

El personaje de la teñidísima Kaley Cuoco, Penny, es el motor argumental original de TBBT. Los esfuerzos de Leonard (John Galecki) por conquistarla, los sacrificios y renuncias que está dispuesto a abordar por conseguir hacerse digno de su amor (y los constantes desengaños que la promiscua e iletrada camarera con ínfulas de actriz de serie Z le obsequia) son la piedra angular de las dos primeras temporadas de la serie y el eje central del resto, con rupturas, reconciliaciones, una boda, otra boda, la crisis de la donación de semen (The propagation proposition, episodio 12 de la última temporada)... Las rarezas de Sheldon, la hipersexualidad de Howard, las idas de olla sentimentales y problemas psicológicos diagnosticables de Rayesh, solo aportaban color. TBBT iba sobre un puto nerd bajito, fan de los cómics, miope, trekkie empedernido, rechoncho, apasionado de la ciencia-ficción, con intolerancia a la lactosa y escasas habilidades sociales intentando conquistar el frívolo corazón de una estereotipada rubia fornicadora de la América Profunda (a la que era raro que en un capítulo dado no usasen como reclamo sexual gratuito). En el proceso, a veces se encontraba compitiendo con sus propios amigos, una cuadrilla de freaks tan torpes, solitarios, entrañables y hechos polvo como él. O sea, The Big Bang Theory iba sobre mí y mis amigos.
(Kaley Cuoco ni siquiera era la primera opción para el interés romántico de John Galecki. La actriz Amanda Walsh llegó a rodar un piloto que jamás fue emitido y que se rehizo casi en su totalidad. Y el personaje de Amanda Walsh no se llamaba Penny sino Katie. Las pruebas de pantalla con público fueron unánimes: todos adoraron a Sheldon y Leonard, todos detestaron a Katie).
Se conoce que Penny pega hostias más gordas.
La serie podría haber sobrevivido sin Sheldon (si el favor del público no hubiese condicionado a los guionistas a convertirle en la estrella de la serie). Podría haber sobrevivido sin Howard. Sin Raj, sin Amy Farrah Fowler, sin Bernadette, pero no sin Penny ni Leonard.

Y sin embargo, a The Big Bang Theory le había llegado el momento de morir.

Porque hacía tiempo que TBBT ya no era TBBT. Era otra cosa. No digo que fuese peor. Digo que era diferente. Digo que ya no era la serie que habíamos empezado a ver. Nos la habían cambiado.

Lo he dicho taaaaantas veces.
Desde el momento en que nos dimos cuenta de que ya no cabía más gente en aquel puñetero sofá, deberíamos haber rebobinado unos cuantos episodios y echar un vistazo a las transformaciones que había sufrido la serie.
Para durar doce años en antena, la serie tenía que reinventarse. TBBT no podía incurrir en el mismo error en el que casi todas pecan: no podía empezar de nuevo a repetir esquemas, a contar una vez más lo ya contado. Había un número limitado de veces que Leonard y Penny (o Sheldon y Amy) podían romper y reconciliarse antes de empezar a resultar ridículo. Y hay que reconocer que los guionistas y productores lo hicieron muy bien: abusaron de la paciencia del público solo lo justito y de inmediato se pusieron a explorar nuevas tramas, a desarrollar nuevos personajes, algunos de los cuales no habían sido más que estrellas invitadas o figurantes con escaso diálogo y que acabaron convirtiéndose en verdaderos filones: Wil Wheaton, Stuart, el enfermizo y siniestro dependiente de la tienda de cómics, Bert el geólogo, Zack Johnson, el apirolado ex novio de Penny, el profesor Protón... ¡Y los invitados, por Dios! Leonard Nimoy, Mark Hamill, Satanás, Nathan Fillion, Charlie Sheen, Christopher Lloyd, el puto Stephen Hawking...
Para conseguir mantenerse en antena una temporada más, TBBT tenía que cambiar, crecer, evolucionar.
(Por el camino, insistimos, se sacaron de la manga treinta y dos mil excusas idiotas para sacar en pantalla a Penny con la menor cantidad de ropa posible o en actitudes descaradamente sexuales).
(En serio, es que ni se molestaban en buscarle un sentido. Puro sexploitation).
Solo que eso conllevaba una consecuencia inevitable: The Big Bang Theory cada vez se parecía menos a sí misma. The Big Bang Theory estaba cada vez más lejos de sus fundamentos: el freak patoso enamorado de la lúbrica diosa del sexo o, en un plano paralelo, los considerables problemas de socialización de Sheldon. Los personajes de TBBT crecían. Los personajes de TBBT maduraban, se casaban, tenían hijos, renunciaban a sus frágiles sueños de juventud para aceptar trabajos que odiaban pero que les permitían pagar las facturas, se iban a vivir juntos, veían transformadas sus prioridades por las nuevas circunstancias de sus vidas.

Madurar es lo último que hacen las frutas justo antes de empezar a pudrirse.

The Big Bang Theory era mejor cada episodio (altibajos aparte) pero, al mismo tiempo, a cada episodio era un poco menos The Big Bang. Había pasado de ser una divertida fantasía sobre un nerd que codicia a la chica de sus sueños a simplemente otra sitcom romántica decidida a perpetuar los tradicionales valores familiares estadounidenses. De repente todo el mundo se enamoraba en TBBT. Todo el mundo encontraba pareja. Todo el mundo echaba un polvo. O más de uno. Hasta el asexuado Sheldon Cooper mojaba el churro. ¡Sheldon Cooper, del que sus amigos sospechaban que no tenía genitales! Habíamos empezado conmoviéndonos (y descojonándonos) con los esfuerzos que hacía el pobre Leonard para superar sus evidentes limitaciones físicas y de carácter para elevarse a los brazos de su amor imposible a conmovernos (y descojonarnos) con las tontunas de una típica pareja de profesionales liberales con los mismos problemas, discusiones y pollardías de cualquier matrimonio NORMAL.

Penny, el catalizador de la serie, ya no era «la vecinita de al lado», sino «la hembra que duerme en mi cama y con la que estoy casado». Leonard ya no tenía que esforzarse en conquistarla. Ya no tenía que renunciar a nada por ella. Ya se había asentado. El motor del argumento de la serie se había apagado. Y, por si no fuese lo bastante grave que los personajes protagonistas de TBBT perdiesen su motivación para seguir siendo ellos mismos, el resto el reparto les siguió muy pronto en sus decisiones vitales: Bernadette y Howard ya se habían casado en la temporada cuatro. Sheldon y Amy también se casaron, Leonard y Penny, llevados del entusiasmo general, volvieron a casarse por segunda vez, Koothrappali estuvo a punto de hacerlo también (pero no pudo superar que su único y verdadero amor siempre será Howard) y así todos los personajes iban perdiendo la gracia, la frescura, el atractivo, para convertise en simples estereotipos, con sus rarezas pero estereotipos, de personajes de comedia romántica estadounidense.
The Big Bang Theory tenía éxito porque contaba una fantasía. La de todo hombre con inseguridad... la de todo hombre; especialmente la de todos los putos nerds bajitos, fans de los cómics, miopes, trekkies empedernidos, rechonchos, apasionados de la ciencia-ficción, etcétera: que llegue un día una atolondrada Princesa Encantada, núbil y bien prieta, que se enamore de nosotros y nos sorba hasta las yemas de los cojones. En el momento en que la fantasía se volvió realidad, al menos en la ficción (en la vida real no sucede nunca), la serie tenía que acabar. Pero los productores se debían a la junta directiva de la NBC, no a la coherencia narrativa, así que mantuvieron artificialmente con vida TBBT. Para lograrlo, empezaron a destruir The Big Bang Theory y a construir otra cosa con los pedazos.
Y los espectadores se habían dado cuenta de que aquella ya no era su serie. The Big Bang Theory había crecido poco a poco hasta alcanzar su récord de audiencia en la temporada 7 y, a partir de ahí, había comenzado a perder espectadores, con una única y futil remontada en la temporada 10. Ciertamente es difícil considerar un fracaso a una serie que se despidió con una audiencia media de 17 millones cuatrocientos mil espectadores en su última temporada y 18 millones en su último episodio, pero lo cierto es que los números revelan la lenta, pero inexorable, realidad: el público estaba empezando a darle la espalda al producto. La decisión de Jim Parsons de abandonar TBBT solo precipitó lo inevitable.
Audiencias de The Big Bang Theory.
También podríamos pararnos a hablar de si The Big Bang Theory ha tenido el final que se merecía.

Y yo tengo la sensación de que no.

No jodas, hombre. Que Penny, la que tenía clarísimo que no quería tener hijos, acaba preñada de Leonard. Pura propaganda de familia blanca, anglosajona y cristiana.

Penny. La anti-niños. La que provocó una crisis de pareja cuando le dijo a Leonard que de reproducirse nanay, ni ahora ni nunca, y armó un Panamá cuando Leonard se planteó el donar su semen a Zack y su esposa. Y que la infertilidad voluntaria de Penny se convirtiese en un argumento de la serie nos da una pista de hasta qué punto había cambiado The Big Bang Theory.

Sheldon y Amy ganan el premio Nóbel. Y esa trama es una de las más sosas y prescindibles de la temporada 12.

Raj decide cambiar su vida e irse a vivir con su prometida... y luego se queda como al principio, o sea compuesto, sin novia y con ese mariconístico rollo raro que mantiene con Howard.

La sensación que me dejaron esos dos últimos episodios es que los guionistas buscaban el final perfecto para todos los personajes. Todos consiguen lo que querían (salvo Penny, que quería ser actriz). También me quedé con la sensación de que los guionistas no sabían lo que hacían o ya no les importaba, o no había un plan para acabar la serie en la temporada 12 y simplemente le pusieron un final, cualquier final, el Standard Operational Happy Ending.
Venga ya. ¿Penny preñada? ¿En serio? ¡Por Dios!
Y me quejo a pesar de que TBBT ha conseguido sacar adelante la papeleta de cerrar el ciclo con considerable dignididad, dejando aparte las objecciones presentadas más arriba. Porque lo acostumbrado en el medio es estirar el chicle hasta el absurdo. Como se estiraban las escenas de Penny marcando pezones o haciendo saltar y rebotar a las gemelas.
Dejé de ver Anatomía de Grey cuando me di cuenta de que ya todos los personajes se habían acostado con todos y los guionistas estaban introduciendo nuevos personajes para incrementar las permutaciones fornicatriles. El otro día me asomé a un capítulo y no reconocí a ninguno de los que aparecía en pantalla.

Grissom dejó CSI y CSI, que llevaba un par de temporadas sin oler a rosas, no volvió a levantar cabeza pese a todos los intentos de guionistas y productores por buscarle sustituto: Liev Schreiber, Lawrence Fishburne, Ted Danson...

Abandoné Smallville en la sexta temporada, que ni siquiera llegué a ver completa, harto de que la historia de la infancia de Clark Kent/Supermán se hubiese convertido en Smallville 90210, sensación de volar. Los que se quedaron hasta el final aún se muerden la punta del carallo cada vez que recuerdan que aguantaron estoicamente diez temporadas de merengue y mamoneo romántico solo por darse el gustazo de acabar viendo volar a Supermán y al final... no acabaron viendo volar a Supermán.

Cuando me di cuenta de que 24 llevaba como mínimo desde la tercera temporada vendiéndome la misma historia una y otra vez, dejé 24. Además, ya se había ido Elisha Cuthbert, que me fidelizaba que no veas.

Y de qué manera.
Me mantuve fiel a Dexter hasta el final, y probablemente hice mal.

Cuando Mandy Patinkin se fue de Mentes criminales, dejó de gustarme Mentes criminales.

Dejé Homeland mucho antes de que, espóiler, mataran a su protagonista. Después de eso aún rodaron seis temporadas más. Que yo sepa. La verdad es que hace tiempo que dejé de interesarme por ella.

Tendría que comprobarlo, pero es muy posible que no quede ni un solo personaje original de NCIS (DIECISIETE putas temporadas), aparte de Mark Harmon. Y eran precisamente los personajes los que hacían que viera la serie, con la que me rendí hace años.

Sé exactamente cuándo Juego de Tronos empezó a ir mal.

Modern Family empezó a perder, vertiginosamente, todo interés cuando los pequeños de la serie llegaron a la pubertad y empezaron a no pensar en otra cosa más que en joder.

Y ni siquiera recuerdo cuándo me harté de Los Simpson.

En serio, ya no lo recuerdo. Probablemente cuando también Matt Groening se hartó de ellos.

Me pregunto si ése es el ciclo de vida natural de las series de televisión exitosas: empezar con una pequeña base de seguidores, ir ganando adeptos a medida que los productores exploran las ramificaciones del universo y personajes que han creado y acabar jodiéndose cuando se ha terminado el filón pero la cadena de televisión pretende seguir explotándolo. Muy pocas series cierran en alto, cuando todavía les acompañan las audiencias.

Me lo pregunto porque estoy siguiendo ahora mismo varias series que me gustan, y me estoy temiendo lo que viene a continuación.

¿Cuándo empezaré a advertir los primeros efluvios de podredumbre?

Sons of Anarchy
tiene la mezcla perfecta de intriga policial, drama televisivo y humor negro. Creo que desde A dos metros bajo tierra no me había reído tanto con cosas que no tienen ni puta gracia. También es un gran estudio de personajes. Voy por la tercera temporada y todavía no he empezado a acojonarme.

The Boys, por el momento, es todo lo que esperaba de ella: superhéroes chungos, ambiguos, oscuros y encima clarísimamente pariodas de  personajes clásicos (Supermán, Wonder Woman, Flash...), humor más que negro, Vantablack... No, no es coña. Así, sin esforzar mi memoria, tenemos a Billy Butcher usando un bebé a manera de pistola, a Frenchie metiéndole una bomba por el ano (único punto débil en su cuerpo impenetrable a las balas) a Translucent, y a Popclaw cachonda perdida haciéndole un facesitting tan apasionado a su casero que le tritura el cráneo como si fuese un huevo Kinder. Hay contratada segunda temporada, así que ya veremos.
Titans no es lo que me esperaba. Pero eso no es necesariamente malo. El estilismo puticircus de Starfire sigue sin gustarme. Brenton Thwaites como Dick Grayson aún no me convence. Teagan Croft (ninguna relación con Lara Croft, que yo sepa) aún me parece una Raven blandita y no lo bastante oscura. Sigo preguntándome si el tono deprimente, tenebroso y pelín nihilista de la serie es el apropiado, y sin embargo no podía esperar a ver cada nuevo episodio y aguardo como el comer la segunda temporada, para ver cómo introducen a Bruce Wayne y Superboy y averiguar qué mierda pasa con Dick, ofuscado por el demonio Trigon, y si Deathstroke está a la altura de las circunstancias.
En serio, ¿no podrían haberse currado unas pintas menos putescas para Kory?
A ver, qué mas: tengo pendientes las últimas temporadas de Daredevil y Jessica Jones... aunque The Punisher no me sentó bien, narrativamente hablando. Quiero decir... la serie me encantó, pero el argumento que les llevó trece capítulos desarrollar se habría resuelto en tres. El resto era marear la perdiz y dar vueltas por dar vueltas. Y eso no augura nada bueno para la segunda temporada, que todavía no he visto, y para las de las otras series Netflix que he acabado de mencionar y que, probablemente, y desde el momento en que Marvel ha recuperado los derechos sobre esos personajes, no tendrán tiempo de madurar y pudrirse, como casi le pasó a The Punisher en su primera temporada y le sucedió a The Big Bang Theory en las últimas.

Pero aún están a tiempo de madurar y pudrirse en sus nuevas franquicias. Por motivos que no pueden resumirse en dos patadas.
De modo que hasta aquí llega la cara. En la segunda parte veremos la cruz de los motivos por los cuales, antes o después, acabaré por alegrarme de que cancelen todas mis series de televisión preferidas. Pista: ya he contestado a esa pregunta en esta entrada. Todo lo que contaré a continuación sobre este tema no es más que paja. Relleno. Como las tramas de The Big Bang desde el momento en que Leonard consiguió a Penny y la serie debió haber acabado. Pista plus: me vi entera la primera temporada de Allí abajo. Sí, se que tiene cuatro más, y me importa un higo. Ni las he visto ni las veré.

Así que hasta la próxima, querido lector, y adiós, The Big Bang Theory. Ha sido un placer conocerte, siempre te recordaré con cariño, pero no veas la falta que te hacía largarte de una puta vez.

Our whole universe was in a hot dense state,
Then nearly fourteen billion years ago expansion started. Wait...
The Earth began to cool,
The autotrophs began to drool,
Neanderthals developed tools,
We built a wall (we built the pyramids),
Math, science, history, unraveling the mysteries,
That all started with the big bang!

martes, 13 de agosto de 2019

Al principio parecía buena idea

Como todo el que, en algún momento de su vida, haya leído a Tolkien, yo también quise en su momento escribir una historia de fantasía. A fin y al cabo, ¿cuál podía ser la dificultad inherente a tan rutinaria empresa? Todo lo que necesitas es un mago cascarrabias, un enano susceptible, un apollardado héroe con más espada que cerebro, un puñado de elfos de orejas picudas, un Señor Oscuro, un tesoro y/o objeto mágico y, a ser posible, un dragón.
«¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo!»
Qué fácil, ¿no?

Mira que han pasado de años (hasta pelo tenía entonces) y me sigo sonrojando cuando lo recuerdo.

«No sabes cómo la estás cagando, chaval».
Yo venía de escribir una espantosa novela de ciencia-ficción, candorosamente timorata, y había empezado una novela de género negro que me apasionaba, pero tenía el cuerpo tolkieniano y a mí lo que me había recetado el médico era más cencerro... digoooooo espada y brujería.

Así que me puse a escribir, convencido de que eso lo liquidaba yo en un decir «Imladris».

Je.

Je, je.

Je je je jeeeeee.

Como intento ser un tipo metódico (hace que la vida sea menos caótica), me senté a elaborar mi documentación inicial. Si no sabes a qué me refiero, échale un ojo al método Sommer. Pensaba, y sigo pensándolo, que desde el momento en que te vas a, literalmente, INVENTAR todo el universo de tu novela, el proceso de worldbuilding cobra una importancia más que acusada; primordial. No puedes acudir a un atlas, a una enciclopedia, en busca de información sobre tus personajes, el escenario en el que transcurre la acción o la historia de ese país porque nada de eso existe. Debes crearlo tú. Debes crearte tus propios atlas, tu propia enciclopedia, tus propios libros de historia.

«Bueno», me decía, «¿cuál es la dificultad? Si hay que dibujar unos cuantos mapas, se dibujan y punto».

De verdad que no deja de fascinarme lo papanatas que puedo llegar a ser.

«No lo ha dicho en serio, ¿verdad?».
Antes siquiera de escribir una coma de la novela me vi ya cargado de papeles: un índice de personajes, una somera cronología y unos muy básicos anales del mundo en el que iba a transcurrir el relato, un esquema del libro con un resumen muy, pero que muy elemental, de los episodios que transcurrían en cada uno de sus actos y cuatro apuntes sobre antropología.

Y la magnitud del trabajo que me había propuesto empezó a aflorar.

¿Todos mis personajes eran blancos, todos practicaban la misma religión, si es que practicaban alguna, vivían en el mismo país y hablaban el mismo idioma? Eso no tenía ningún sentido. Eché un vistazo a mis mapas, que aún conservo: yo había dibujado un vasto continente, tal vez tan grande como África o incluso como toda América. ¿La gente del norte hablaba igual que la del sur y compartían cultura con ellos? Pero si hasta en España te bajas a Andalucía y parece que hayas aterrizado en otro planeta. En mi mapa había montañas. ¿No haría un pelín más de frío en esas montañas que en los valles? ¿La gente y los pueblos serían iguales a ambos lados de las cordilleras, auténticas barreras naturales al flujo de las ideas, las gentes y las mercaderías? ¿Quién me iba a comprar esa ocurrencia de absoluto soplapollas?

La geografía empezaba a tocarme las pelotas. Y no acababa sino de empezar.

Abochornado de un mundo tan pobretón, racialmente unificado y culturalmente eunuco, empecé a meterle algo de color. Me inventé una raza de norteños que vivían en la zona más septentrional de mi mundo y les imaginé una cultura que yo visualizaba análoga a la coreana, con sal y pimienta de la Rusia zarista; una sociedad basada en la agricultura y el cultivo del arroz (sí, podrían haber cultivado otra cosa; alguna especie vegetal exótica, pero ya me estaba rompiendo lo bastante los cuernos con la antropología, como para empezar a afeitármelos también con la ecología). Imaginé una casta gobernante de mandarines disolutos y corruptos que parasitaban a un campesinado empobrecido, fanatizado e iletrado. Imaginé a un emperador apirolado y epicúreo, entretenido en empotrar a sus concubinas, sobrevivir a los intentos de envenenamiento y hacer duques a sus bastardos. Imaginé a una élite sacerdotal dedicada a honrar a dioses silenciosos e indolentes y a comerse las migajas de la mesa de los cortesanos y los funcionarios. Imaginé a una aristocracia terrateniente reblandecida por siglos de molicie y privilegios, militante solo a la hora de defender sus prerrogativas, su derecho a cazar con halcón, practicar el arte de la guerra y voltear campesinas en los arrozales. Imaginé casitas de madera con hipocausto, pequeñas aldeas y granjas dispersas aisladas en invierno por la nieve, vastos prados verdes, sombríos cañaverales.

Imaginé también a una irreductible raza de lo que entonces, y todavía ahora, se parecía sospechosamente a tribus celtas. Vivirían en los valles altos de las montañas occidentales, dedicados a la cría de ganado y a las vendettas interminables. Vestirían prendas de lana, adorarían aún a sus primitivos dioses sedientos de sangre y tendrían un exacerbado y a menudo suicida sentido del honor. Imaginé oscuros palacios de madera construidos en torno a inmensos hogares de piedra en los que calentarse las manos enrojecidas por el relente o asar un ternero para el desayuno. Imaginé estilizadas tallas de héroes, gigantes, bestias míticas y antepasados divinizados. Imaginé taraceas de nudos, lobos y serpientes. Espadas anchas y pesadas. Mozas rubias y pelirrojas, ojigarzas y pechugonas. Torques de bronce y barbas despeinadas. Umbríos bosques de roble y castaño. Ritos neolíticos. Poblados fortificados.


También me saqué de la manga un pueblo sureño, que acabó siendo un revoltijo de culturas distintas. Como eran meridionales, el que menos estaba bien morenito y el que más era negro como el carbón. Rendían culto a un batiburrillo de dioses, genios, espíritus y santones, habitaban populosas ciudades de un urbanismo casi compulsivo, remanentes de una alta cultura venida a menos pero todavía orgullosa. Cuanto más me sumergía en su historia, sus tradiciones y costumbres, más parecidos le sacaba con los antiguos egipcios, los pretéritos aztecas, los persas de la época de Asurbanipal, los indios de tiempo de los rajás... y más me esforzaba en desfigurar las evidencias... de modo que acababan pareciéndose a otra cosa. Visualicé calles abarrotadas de gente y florecidas del colorido primaveral de los ropajes y los tenderetes de los vendedores y de los tonos madera y bronce de la tez de los peatones. Visualicé templos escalonados, pirámides, canales, casas de adobe enjalbegadas para los podres y palacios con peristilos para los ricos. Exóticas princesas envueltas en sedas vaporosas e incendiadas de gemas. Mercados de especias. Templos revestidos de oro. Terrazas ajardinadas.

Y empecé a acojonarme.

Era imposible. IM-PO-SI-BLE que estos tres pueblos tan diferentes hablasen la misma lengua, toda vez que los separaban cientos o miles de kilómetros de tierra hostil y siglos de historia diferenciada. ¿Iba a ponerme a imaginar los diferentes idiomas y dialectos que hablaban estas personas? ¿Y qué coño sabía yo de filología, para empezar?

Jooooooodeeeeeer. Llevaba ya dos años con aquel puto libro y aún no había escrito un mal capítulo. ¿No tenía bastante con dejarme los dientes contra la historia y la etnografía que ahora también quería meterme a lingüista?

En la mayoría de libros de fantasía, este problema se resuelve inventándose una lingua franca. Normalmente la del narrador (inglés, castellano, sueco...). Ahora bien, ¿qué motivo tendrían los extranjeros para aprender la lengua de los guiris? ¿Es que dependían de ellos o los habían conquistado? En tal caso, ¿por qué iba nadie a concederle una segunda victoria a los conquistadores diluyendo la propia cultura en la de sus invasores? Los que quisieran congraciarse con sus nuevos amos sin duda harían un esfuerzo por aprender la lengua, pero ¿y el pueblo llano? ¿No se aferraría aún más, en ese momento de incertidumbre, a sus señas de identidad, como protesta silenciosa por la ocupación? Es más, ¿usaban el mismo léxico, por no meternos ya en el jardín de dilucidar si hablaban el mismo idioma, las clases dirigentes que los alpargatones de la plebe?

He leído dos teorías acerca de cómo
Tolkien construyó su mundo: unos autores afirman que J.R.R. primero diseñaba las lenguas y luego imaginaba al pueblo que hablaba esa lengua, lo cual no tiene ningún sentido (¿por qué vas a inventar una palabra para «nieve» si tu pueblo vive en medio de un puto desierto, por ejemplo?), y otros biógrafos postulan todo lo contrario. Con los elfos, por ejemplo, Tolkien habría partido de los duendecillos malvados del folclore escandinavo, los habría convertido en una especie de ángeles de beatitud prístina y belleza a toda prueba (y, ejem, sospechosamente arios, ejem, en el sentido más nazi de la palabra) y luego les habría inventado un idioma, libremente inspirado del latín y el griego, travestido de galés (mira, mira: Mae'n bwrw eira. O sea «nieva») y más que robado del finés.
«Te voy a comer todo el quenya. Y repetir».
Luego estaba el tema de la magia. ¿Había magia en mi libro? En caso afirmativo, ¿era una magia que estaba creciendo, tras un período de decadencia, como en Canción de fuego y hielo o en Elantris, de Brandon Sanderson (que tiene tres excelentes artículos sobre las leyes de la magia), o era una magia que estaba desapareciendo, como en El señor de los anillos, las novelas de la saga de Geralt de Rivia y la primera novela de los dragoneros de Pern de Ann McCaffrey? No era una pregunta para nada banal, y necesitaba tener la respuesta muy clara desde el principio, porque podía determinar el tono, el desarrollo y la conclusión de todo el libro. Y, por si esa pregunta no era lo bastante importante, había otra no menos decisiva: ¿cómo era esa magia? ¿Estaba sometida a reglas o el mago podía, literalmente, hacer lo que le diese la gana? Y, en ese caso, ¿por qué no lo hacía? Quiero decir, si la magia en el libro que me disponía a escribir te vuelve todopoderoso, ¿dónde está el conflicto? En cuanto el enemigo asome el hocico, ¡pum!, al carajo; y ya está.

¿Te hace gracia? Piensa que hay una buena razón por la cual Gandalf no teletransportó a Frodo y Sam al Monte del Destino, pero es una razón creativa, no mágica: porque El señor de los anillos habría durado diez páginas y nadie lo habría leído jamás. ¿Quién coño quiere leer un libro en el que el protagonista no corre peligro en ningún momento, no ha de vencer ninguna dificultad y acaba con el Señor Oscuro en menos tiempo de lo que se tarda en contarlo, un Señor Oscuro que nunca tuvo la menor oportunidad de vencer?

Si te paras a analizarlo te darás cuenta de que Tolkien nunca llegó a especificar cuáles eran los poderes de Gandalf... que, para ser un semidiós, básicamente es un pelín inútil. A lo largo de El señor de los anillos le vemos usar su magia para encender una luz y cerrar una puerta en Moria, hundir un puente, hacer callar a Grima y cuatro mamonadas más. Tal vez Tolkien no quiso hacer demasiado poderoso a su mago, para preservar el drama, el conflicto, la intriga, o tal vez nunca tuvo demasiado claros los poderes de Gandalf porque había pasado demasiado tiempo desarrollando las lenguas y la historia de la Tierra Media.

¿Quién quiere leer una novela sin dilema, sin conflicto, sin emoción, sin alma?

Estaba respondiendo a un millón de preguntas diferentes, un millón de preguntas sin importancia, antes de resolver el único interrogante que debería preocuparme:

«¿Es un buen libro?»

Ni idea. El libro no existía. No podía saber si era bueno o no porque aún no lo había escrito.

Entonces lo entendí.

Entendí por qué tan a menudo, la primera novela que un aspirante a escritor se sienta a perpetrar es una novela de fantasía. No es por las portadas de Frazetta y Boris Vallejo. No es por los guerreros con anatomías que nunca desarrollarán ni las doncellas con anatomías que nunca conocerán. Es porque entiende que la fantasía le da la cohartada perfecta para ser un mal escritor. A fin y al cabo, si algo se lía, narrativamente hablando, porque el escritor es un completo lerdo, siempre podrá decir que lo hizo un mago.

Los géneros literarios especulativos, la fantasía y la ciencia-ficción, especialmente el primero, son el campo de juegos de la imaginación pura. Literalmente no hay más límites creativos que los que el propio escritor se impone.

Por eso la fantasía es el lazareto de los malos escritores.

Digámoslo alto y claro: hay personas con una extraordinaria imaginación, capaces de construir mundos riquísimos y complejos, que no son, no han sido y nunca serán buenos escritores.

Y muchos de ellos se meten a escribir un libro de fantasía porque no puede ser tan difícil, ¿verdad?

Escribir es difícil. Punto. Y, a la hora de escribir, la historia, los personajes y el conflicto deben ser tu primera preocupación.

Lo demás es solo el decorado.

Los géneros de ciencia-ficción y, especialmente, el de fantasía están agusanados de MIERDA. Toneladas, trillones de metros cúbicos de MIERDA escrita por completos analfabetos con mucha imaginación y cero competencias literarias y artísticas, además de lingüísticas; Tolkiens de aliexpress y J.K.Rowlings de bazar de barrio cuya máxima aspiración, aparentemente, es clonar los libros de sus autores favoritos. Christopher Paolini casi lo convirtió en un arte: tomó el argumento de La guerra de las galaxias, lo trasladó a un escenario estilo Tierra Media, le pegó unos cuantos elfos altos, hermosos, inmortales (y excelentes arqueros, no jodas), un puñado de orcos, una colección de nombres extraídos directamente de Tolkien, algunos de ellos con algunas letras cambiadas (Angrenost/Angrenost, Eragon/Aragorn, Beirland/Belerian, Ceranthor/Caranthir, Furnost/Fornost y sigue, y sigue, y sigue...), millones de adverbios y un dragón.

Lástima que se le olvidase aprender a escribir primero.

«Ya me estás tocando el nabo. ¡Mira que te tiro un dragón, ¿eh?!»
(Hay quien dice que si George Lucas no le clavó a Paolini una demanda de te cagas por las bragas fue por no concederle un extra de publicidad gratuita a su torpe libro ni socavar el fandom de lectores de Eragón, que estaban en el mismo grupo de edad e intereses que los de Star Wars. A Kaavya Viswanathan, que hizo básicamente lo mismo que Paolini pero con Salman Rushdie y Megan McCafferty, le cayeron ciento y la madre de amenazas de procesos civiles y su libro fue retirado de las librerías a la espera de una «edición revisada y corregida» que no parece tener prisa por llegar).
Pero no penséis que le tenemos especial manía al pobre de Cristopher Paolini: a fin y al cabo tiene el mérito de haber escrito a los quince años un libro que parece escrito por un crío de quince años. Y en cuanto a esos periodistas comepollas que le llamaron «el nuevo Tolkien» y lo proclamaron un genio, nos sentimos tentados a afirmar lo que dicen que dijo Truman Capote de Andy Warhol: «probablemente sea el primer genio subnormal de la historia». Pero no lo haremos.

¿Cómo se reconoce a un mal escritor, en cualquier género literario, pero muy especialmente en los de ciencia-ficción y fantasía? Adapto y traduzco algunas pistas útiles de cierta página, hoy solo accesible a través de la Wayback Machine en la que, precisamente, ponían a caldo Eragón.

1. Pobre dominio del idioma, con todo lo que ello conlleva: patadas al diccionario, sintaxis atropellada, errores semánticos, fallos de concordancia... Que llevan a un:

2. Ritmo incoherente. En lo relativo a la palabra escrita, la frase es la unidad de tiempo. Si no somos capaces de gestionarlo con la necesaria habilidad, el flujo de la narración se resentirá, con largos y tediosos párrafos expositivos que frenan o bloquean el desarrollo de la trama, diálogos superficiales dignos de la alt-lit y escenas de acción confusas y oscuras. Y el ritmo espasmódico suele ser en buena medida consecuencia del:

3. Abuso de la turra. O sea el infodumping, el name-dropping del que ya hemos hablado en esta bitácora y que permite señalar, por ejemplo, Ready player one como un fiasco, desde el punto de vista literario. Me importa un cojón cuánto te hayas documentado para el libro o cuántos meses hayas invertido en la construcción de tu mundo imaginario. No, repito, NO necesito conocer los nombres de todos los reyes de la dinastía de Putegast, con las batallas en las que participaron y las rameras a las que violentaron. NO lo necesito. Tampoco necesito que me tortures con ese:

4. Estilo florido y pretencioso. No hay nada que grite «¡amateur!» con más fuerza que esto. Cuando el escritor se las da de ilustrado y culto y emplea un lenguaje artificioso, una especie de prosa poética que no sirve a otro fin que el de demostrarnos lo sensible, profundo y leído que es, pero que incurre en todos los consabidos lugares comunes que, en realidad, hasta él está harto de leer. Como dicen que dijo André Bretón: «el primer poeta que comparó las mejillas de una muchacha con rosas probablemente era un genio; el segundo, un imbécil». Y esta característica delata la comodidad que el escritor torpe encuentra en:

5. Los moldes. O si lo prefieres, querido lector, los estereotipos. Los clichés. Y me refiero a todo: la caracterización de los personajes (¿por qué los elfos de Eragón son altos, esbeltos, bellos, inmortales y suspiran por sus glorias pasadas?) como a los diálogos prefabricados («¡No eres rival para mí!»), las descripciones manoseadas, las escenas clonadas vilmente de otras mil novelas parecidas y que abundan en manierismos porque el escritor nunca ha aprendido a:

6. Mostrar, no contar. Porque es un coñazo desarrollar la personalidad del personaje. Porque no nos gustan los héroes torpes o con contradicciones. Porque ¿para qué perder el tiempo explorando el aprendizaje de nuestro protagonista, su relación con otros personajes, si podemos quitar todo eso de en medio con una frase y meterle de cabeza en la acción? Luke Skywlaker fue a Dagobah. Conoció a Yoda. Fin. Porque lo demás sobra. Porque no sabes como hacerlo. Porque no te gusta comerte el tarro con mamonadas. Porque, en realidad, no te gusta ESCRIBIR. Y eso queda en evidencia cuando en tus diálogos:

7. Abusas de los verbos de atribución de diálogo y empleas montones de modificadores. Que es uno de los síntomas delatores más claros de un escritor novato. El verbo de atribución de diálogo es el verbo «decir». Ni el verbo «comentar», ni el «mascullar», ni el «rezongar», ni ningún otro. «Decir» es un verbo tan poderoso que no necesita aderezo, y depende de un escritor escribir diálogos que exploten todas las posibilidades de ese verbo. Si los diálogos están bien escritos, no hace falta especificar que el personaje «dijo» lo que fuese «con sarcasmo», «a gritos», «irónicamente» o como fuese. Y sí, escribir un buen diálogo es complicado, pero se supone que tú sabes hacerlo, amigo escritor. Además, si esto fuera fácil todo el mundo estaría... es igual, déjalo. Olvidaba con quién estaba hablando. ¡Mira que no resistir la tentación de resolver una escena comprometida con un sangrante:...!

8. Devs ex machina. El Devs ex machina implica que en realidad tus personajes nunca han estado en verdadero peligro. Y entonces es cuando tus lectores se cabrean. Si tienen dos dedos de frente. Que probablemente no, porque si los tuviesen no estarían leyendo tu puta mierda de libro.
Y, ojo, no estoy diciendo que yo mismo no incurra en estos y otros muchos errores, digo que los escritores profesionales no deberían hacerlo.

La razón por la cual el amigo Paolini y otros tantos iletrados se ponen a escribir novelas de fantasía es que les dan una excusa para ordeñar su imaginación inagotable, desbarrar durante páginas y páginas sobre genealogía, razas, pueblos, dioses, batallas y reinos, ocultando en el proceso la evidencia de que, en realidad, no tienen una historia que contar, y, si hacen el esfuerzo de intentar componer un relato y las cosas se desmadran, siempre pueden meter en escena a un guerrero invencible o a un mago todopoderoso como socorrido Devs ex machina, y listos. Y pueden hacerlo porque no se han tomado la molestia de definir las capacidades de su mago o de su guerrero, las cosas que pueden y especialmente las que no pueden hacer, sus debilidades, sus limitaciones, o sea, lo que los hace interesantes como personajes, lo que los hace atractivos y posibilita la existencia del conflicto, el drama, que es la novela misma.

Pero seguro que todos ellos hablan un élfico del copón. Aunque no sea más que gaélico al revés. I hceastihb na i hcan?

Si Gandalf hubiese sido todopoderoso, si Frodo fuese inmune al hechizo del Único y Aragorn no tuviese dudas, El señor de los anillos duraría quince páginas y sería una puta mierda por más poemas, canciones y frasecitas en sindarin que Tolkien le hubiese metido.

Aún no he renunciado a escribir mi libro de fantasía. Cuando tenga una buena historia. Y una visión que se parezca lo menos posible a todo lo que han escrito mis predecesores.

La fantasía es el refugio de los vagos. De la gente que afirma estar dispuesta a escribir un libro, pero en realidad no tiene la menor intención de intentarlo siquiera.

Desde entonces siento un profundo respeto por los buenos escritores, escriban lo que escriban.

Y verdadera aversión por los que son, simplemente, escritores de fantasía.