sábado, 6 de julio de 2024

Necesitas un poco más de katsugen en tu dieta (II)

En una entrada anterior atendimos tu expreso deseo, oh, tirano lector, ¡cómo te malcriamos!, y te recomendamos cinco títulos de manga con historias de amor adolescente entre personajes que, a priori, estaban condenados a no entenderse jamás. Vamos, la misma temática que el manga My Dress-Up Darling, que seguimos sin entender por qué todavía no estás leyendo, ¡cojonazos! ¡Que eres un cojonazos!

De nada.

Tu ración de katsugen para hoy.

Hoy queremos hacer algunos añadidos a esa lista.

Porque sí.

Porque no hemos agotado el repositorio de manga romántico adolescente con elementos de comedia (aunque ya nos dijiste, amado lector imaginario, que comenzaban a interesarte otros géneros de manga).

Porque nos resuelve la entrada de la bitácora.

Porque nos da una excusa para seguir poniendo GIFs de japonesas haciendo golferías con la excusa, falaz, de no explicarnos nuestra fascinación por ellas.

Ahí va el lote:


Lv2からチートだった元勇者候補のまったり異世界ライフ / Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu / Relajándome en otro mundo con súper poderes de nivel 2 para hacer trampas, de Miya Kinojo, empezó en 2016 como serie de novelas digitales en la página web de autoedición Shōsetsuka ni Narō (sí, ellos otra vez; la misma página donde empezó su andadura Tokidoki Bosotto Roshiago de Dereru Tonari no Arya-san, que te recomendamos en la anterior entrada), pasó en seguida al papel de la mano del sello editorial Overlap, escrita por el mismo Kinojo e ilustrada por Katagiri (nombre artístico o señor sin apellido, aparentemente). Y tuvo suficiente éxito para ser vertida en 2019 al manga, bajo la firma de Akine Itomachi, serie de la cual se han editado ya 10 volúmenes, y que, era casi inevitable, ha sido trasladada también a un serial de anime simplemente adorable que cerró su primera temporada de emisiones en este mismo mes de junio de 2024.

La historia de Relajándome en otro mundo... es, como su propio nombre indica, un isekai (ya sabes, o tal vez no, millennial de mierda: Fushigi Yûgi, El-Hazard, Tenkū no Escaflowne, Magic Knight Rayearth...), así que, si no te gusta este género (espectacularmente prolífico en la última década y pico), deja ya de joder y pasa al siguiente título de nuestra lista. Pero ya te digo que te vas a perder una serie divertidísima.
(O, mejor aún, si no te deja el isekai deja de leer, ¡gentuza! Porque, si no te gusta el isekai, no te gusta Sen to Chihiro no Kamikakushi, y eso significa que  no mereces respirar el mismo aire que yo. ¡Basura! ¡Funcionario! ¡Ministro!).

Banaza, el bondadoso y tolerante protagonista de Relajándome en otro mundo... es invocado por los magos del reino de Klyrode como candidato a héroe que deberá guiarlos hacia la victoria en su guerra contra los ejércitos de El Oscuro, pero los magos que lo han invocado descubren que no tiene ningún poder ni habilidad de consideración. Además, justo después de llegar Banaza a Klyrode, un segundo héroe, el Héroe Rubio, con unas estadísticas del cagarse, hace su aparición en la sala de invocaciones. Y la gente se emociona tanto con él que olvidan devolver a Banaza a su mundo hasta que el portal ya se ha cerrado, así que al pobre Banaza lo destierran a un bosque (que, incidentalmente, está en poder de los ejércitos del Oscuro) y hacen un esfuerzo por olvidarse de que existe, y de la pasta que se han gastado en traerlo desde su mundo. Allí, ya solo, Banaza mata un slime (una especie de gelatina inteligente, típico monstruo de bestiario de Dragones y Mazmorras) que, jum, jum, ha atraído los hechizos ocultos de «atraer monstruos» que le han puesto en el castillo del rey de Klyrode para que un bicho se coma a Banaza y se joda, por no ser el héroe que todos necesitaban, y, cuando mata al slime, todas sus estadísticas se disparan al infinito.

Sí, he dicho «estadísticas». Esto de incorporar, al universo de un manga de temática fantástica, características sacadas de los videojuegos de rol es, de un tiempo a esta parte, una tendencia creciente que no puedo decir que esté siempre bien utilizada. Bueno, volvemos con Banaza: de ser un mierda seca acaba de convertirse en el gigachad supremo. Es, probablemente, la criatura más poderosa de Klyrode. Ahora podría vengarse del gilipollas del rey de Klyrode, que lo ha secuestrado e intentado matarlo (un pieza, su Bajestad), y de sus lerdos magos. Pero eso no va con su carácter. Banaza era un mercader en su mundo y sólo quiere vivir en paz. Una casa. Un trabajo honrado. Amigos. Tal vez una novia. Y de la guerra entre los demonios y los humanos de Klyrode, prefiere no saber nada. Es un forastero, no conoce los motivos de ninguno de los dos bandos para estar a la gresca y no va a tomar partido. Pero, en su opinión, estaría fetén que los humanos y los monstruos aprendiesen a convivir sin hacerse la puñeta los unos a los otros.

Lo que no quiere decir que no acabe teniendo que usar sus poderes semidivinos. Más de una vez, y a desgana, pero tiene que usarlos. Sobre todo porque el Héroe Rubio de estadísticas impresionantes es un miserable cobardica, corrupto y engreído, incapaz de ganar una mísera discusión sobre fútbol, no te digo ya una batalla, y que le hace unos rotos al ejército de Klyrode que ríete tú de una novia latina.
(También me llama la atención el recurso constate, en las historias de muchos manga y anime que he leído últimamente, al tropo del «mierdecilla sin habilidades al que todos putean porque es una miserable nulidad en todos los aspectos, pero que acaba consiguiendo poderes casi absolutos, a veces de chiripa, otras a base de pura disciplina y fuerza de voluntad, y convirtiéndose en LA REHOSTIA en vinagre». Tema repetido en otros manga como Isekai De Cheat Skill Wo Te Ni Shita Ore Wa, Genjitsu Sekai Wo Mo Musou Suru ~Level Up Wa Jinsei Wo Kaeta, Hazure Waku no [Joutai Ijou Skill] de Saikyou ni Natta Ore ga Subete wo Juurin Suru made o Solo Leveling. Supongo que es la sobrecompensación típica del nerd gordo, virgen y con ansiedad social. Y lo digo con conocimiento de causa).

El componente rom-com de Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu es introducido por Fenrys (Rys, para los amigos) que, a pesar de su nombre, no es el lobo gigantesco, hijo de Loki, que devorará el sol cuando llegue el Ragnarok, sino una diablesa del ejército del Oscuro, hermana de uno de sus más poderosos generales. Banaza la derrota en combate y Rys se somete a él, respetando la tradición de su pueblo de doblegarse ante el más fuerte. Muy lejos de aprovecharse de la pobre Rys, Banaza la acoge como compañera de aventuras y le ofrece respeto, consideración y cariño. Y Rys acaba enamorada hasta las trancas de Banaza, y comienza a llamarle «ダンナ様», «Danna-sama» (literalmente «querido esposo»). Y empieza a intentar aparearse con él (¿qué pasa? Es medio loba. No vas a pedirle la misma contención secsuaaaaarl que a una persona promedio). Y el hecho de que, por la dulzura de su ánimo, carácter servicial e insobornable sentido de la hospitalidad, Banaza atraiga a su lado a un chorro incontenible de macizas, altera la presión arterial de Rys, que es celosa y un pelín territorial y se pregunta cómo carajos va a tener momentos de calidad con su cariñito mientras siga rodeado por la amazona rubia, y un poco lerda, Balirossa, el chicote musculado Blossom, la timorata maga Belano YO-NO-LE-HE-PUESTO-NOMBRE-BORRA-ESA-CARA-DE-GILIPOLLAS-PROFUNDO, la arquera Byleri o el/la andrógino/a genio Hiya (tetas tiene, pero no sabemos si los gitanales se le meten para dentro o le salen para fuera, aunque l@ amamos igual), o sea requerido por la prudente y sensata princesa de Klyrode (reina, después de derrocar al bulto inútil de su padre), que parece que también le empieza a hacer tilín.

El mensaje de comprensión, tolerancia, convivencia y perdón de Lv2 kara Chīto datta Moto Yūsha Kōho no Mattari Isekai Raifu (hasta al abdicado Señor Oscuro Gholl y a la nekomimi Uliminas, la jefa de su servicio secreto, acaba hospedando Banaza en su casa, con la única condición de que no lastime a los otros residentes ni a ningún humano) debería ser suficiente para que te lances a leer... bueno... Lv2 kara Chīto... etcétera, a menos que seas un mojón reseco, muerto por dentro. Y, si no lo haces por el precioso dibujo y por los valores que transmite, hazlo por los juajuas.

転生コロシアム~最弱スキルで最強の女たちを攻略して奴隷ハーレム作ります~ / Saijaku Skill de Saikyo no Onna-tachi o Koryaku Shite Dorei Harem Tsukurimasu / literalmente «Coliseo de la reencarnación: Crea un harén de esclavas conquistando a las mujeres más fuertes con tus habilidades más débiles», frecuentemente resumido en Reincarnation Colosseum, de Harawata Saizou y Zunta, es otro isekai; éste con un giro hentai no por inesperado menos agradecido, aunque por momentos un poco turbio. Una vez más nos encontramos con el tropo del héroe «mierdecilla sin habilidades al que todos putean porque es una miserable nulidad en todos los aspectos pero que acaba consiguiendo poderes casi absolutos, a veces de chiripa, otras a base de pura disciplina y fuerza de voluntad, y convirtiéndose en LA REHOSTIA en vinagre, perpetuado por títulos como Akademi peulleieoleul jug-yeossda ó Ore dake fuguu Skill no isekai shoukan hangyakuki - Saijaku Skill 'Kyuushuu' ga subete o nomikomu made». El protagonista de Reincarnation Colosseum es Koji Mikagami, un estudiante de instituto con notas promedio y casi nulas habilidades atléticas pero que es un fiera de los videojuegos: jamás ha perdido a uno. Como Banaza, de Lv2 kara Chīto datta..., Mikagami es invocado a un mundo de fantasía con magia y esas mierdas. Aparece en el reino de Bumbledol, en guerra contra el reino de Dumbledol (no, no se han matado mucho con los nombrecitos), y donde, desesperados, han empezado a «importar» campeones de otros mundos para ver si consiguen darle la vuelta al conflicto.

Nada más llegar a Bumbledol, a Mikagami lo examinan para descubrir qué habilidades ha adquirido en el tránsito que puedan ser útiles para la guerra y... resulta que no tiene ninguna. Y su «bendición de la diosa» (una especie de «habilidad permanente» aleatoria que se obtiene al ser invocado) es la considerada más baja de todas: «copia», que le permite copiar las habilidades que vea usar un adversario, aunque con una calidad inferior, obviamente, ya que las usará por primera vez. Con un cabreo colosal (no pun intended), la teta sacerdotisa... la suma sacerdoteta... Zayd lo destina al coliseo, donde peleará contra otros gladiadores para diversión de la plebe.
Esta señora. La muy pedazo de cabrona.

PERO...

Esta arena de gladiadores tiene sus propias reglas. El perdedor de un duelo se convierte inmediatamente en esclavo del vencedor.

Que tendrá hijos con él.

Que sí.

El perdedor se convierte en un esclavo seeeeeeecsuaaaaaar.

Si el perdedor es un hombre, se le hace un yuyu macumba sandunguero para convertirlo en mujer. Y si el ganador es otra mujer que ha derrotado a otra mujer, a la triunfadora se le hace un vudú pachamámico tiranosáurico para que le crezca vergajo. Y, al propósito de asegurarse de que hay guarrerida española, la caidita de Roma, el sarto der tigre, a los dos les dan a beber un potente afroasiático... afrocítrico... un CALIENTABURRAS, que hace efecto más rápido en las mujeres que en los hombres, para que, acabado el duelo, se pongan a chingar como gorrinos a la voz de ya.

Te advertimos que Reincarnation... tenía giro hentai.

También tiene tetas. Muchas tetas. Generalmente grandes. Y por pares.
¡Ups! ¡Perdón! Imagen equivocada.

Ah, no. No importa si mueres. Te resucitan con una alquimia holística abracadábrica y ve preparándote para ser el onahole del vencedor.
¡Ésta! ¡Esta es la buena!

El primer adversario de Mikagami es Mary Tortura. Una sádica hija de puta especializada en «limpiar la basura», uséase esmochar invocados lúsers como Mikagami. Es una guerrera sañuda, con una técnica de esgrima insuperable y la habilidad de matar con un único corte de su espada.

Así que nuestro protagonista, a priori, está jodido.

Pero...

...Koji se enfrenta al desafío de la supervivencia en Bumbledol como si el coliseo fuese un videojuego más de los muchos que se ha pasado con la punta del cipote en su mundo de origen. Reúne toda la información que puede sobre los poderes y la psicología de su adversaria y sobre las reglas del Coliseo, y elabora una estrategia. Y la aplica a su duelo contra Mary T
ortura como si a un DLC del Elden Ring.
Buena construcción de personaje, por cierto.

Y gana. Contra todo pronóstico y esperanza, Koji gana el combate. Y se lleva a su adversaria vencida, y ahora esclava secsuaaaaaaaaaar, a las habitaciones de reproducción, y se beben el frontispicio, y se lo monta con ella como un pistón desbocado. Y la pobre Mary Tortura, que, pese a tener un cuerpo que es puro pecado, es una solterona que se había resignado ya a vestir santos, se recontraENCOÑA viva de este lúser reciclado en macho alfa rompechochos, que no sólo la ha derrotado en la arena del coliseo volviendo contra ella sus propios poderes (recordemos que Koji puede copiar los poderes de sus adversarios, aunque su copia es como un Louis Vuitton de seis euros con cincuenta) y la ha humillado delante del público que presenciaba el combate, sino que le ha dado como un testigo de Jehová a un picaporte durante TRES días de lubricidad y concupiscencia, reduciéndola a un sudoroso y trémulo sumidero de orgasmos.

Sí, claro. Técnicamente, lo que ha sucedido entre esos dos es una violación y no hay más que hablar. Pero esto es un manga. Un manga quizá pelín machista, te lo concedemos, amado lector tan sensibilizado con los derechos de las mujeres, pero manga a fin y al cabo, y la fantasía del harén es común a muchas historias del cómic erótico japonés (y a muchas mujeres presuntamente emancipadas del heteropatriarcado cisgénero opresor). ¿Que se conoce que los nipones son todos unos guarrillos? Le predicas a un converso. Mikagami se aprovecha de una drogada Mary Tortura, pero éso es, paradójicamente, lo que ella necesitaba para enchocharse PERDIDA de un hombre: que la sometieran, la humillasen y la hiciesen sentir vulnerable. A ella, que es una guerrera feroz y despiadada. En fin. Las mujeres son complicadas, y los personajes femeninos de manga son MUY mujeres. No le des más vueltas, que Mary no tarda TRES capítulos desde su derrota en beberse ella misma de un trago el zumo de calentura vaginaarrrl y lanzarse sobre Koji como una marrana en celo, sin consideración alguna a su integridad fálica.
Aplicando sus habilidades de gamer, Koji derrota uno tras otro a todos sus rivales. A Marl Barrock, por ejemplo, una pedazo de bestia crossfitera, más dura que la jeta de un concejal de Urbanismo y peor que la carne del pescuezo; un monstruo que, cuando se trajina a sus esclavas, las descoyunta y les rompe brazos y piernas, una adversaria a la que Mikagami no puede derrotar en buena lid por mucho que copie sus habilidades marciales; a ese leviatán machorro y bronceado consigue atraerla lo suficientemente para escupirle en la boca un buche de afrodisíaco. Y, como la poción les hace efecto antes a las mujeres que a los hombres, a partir de ese momento Koji sólo tiene que aguantar todas las hostias que le lluevan y esperar a que Marl, de puro cachonda, no pueda seguir luchando. Y en ese momento...

Y ahora, básicamente, Koji tiene una esclava a la que ha programado para correrse viva cuando le da de cachetes en su musculado culete.

Sí, ya sé que, hablando desde un punto de vista estrictamente ético, esto que te estamos describiendo es simplemente horrible. Pero, joder, si no pierdes de vista que Koji está embarcado en una lucha por su propia supervivencia y sometiendo a un monstruo torturador, o tienes la suficiente madurez intelectual y emocional para comprender que todo pertenece a una obra de ficción (escrita por un pajero, te lo concedemos), con Reincarnation Colosseum te echas unos juajuas que te rompen el orto. Y te lees los siguientes capítulos (que se publican con una morosidad insoportable), ansioso por descubrir a qué nuevos adversarios tendrá que enfrentarse el incómodo antihéroe de esta historia, y qué nuevas tácticas empleará para vencer.

Reincarnation Colosseum no es un manga que vaya a inspirar en ti sentimientos cristianos, sugerirte debates intelectuales de altura ni promover modelos de comportamiento socialmente aceptables (¡si hasta uno de los adversarios de Koji es una Loli, que para mí es de línea roja y llamada a La Meretérica!). Pero entretiene, tiene la justa cantidad de suspense y, encima, da risa.
Y casi para paja.

Y, si no te apetece reírte, léete
Reincarnation Colosseum por las tetas, que siempre son un buen motivo.
Tremendas PETACAS se gasta la Mary Tortura.

«Oye, no me malinterpretes, pero esto del harén como que me ha despertado la curiosidad. ¿Tienes algún otro título de manga sobre el tema?»

Lo que tú eres es un puto cerdo y no se hable más. Estás a dos gallardas con los catálogos del Venca de tu madre de que te contraten en Tele 5.

ピーター・グリルと賢者の時間 / Peter Grill To Kenja No Jikan / Peter Grill y el tiempo filosofal (¿¿¿¿????), de Hiyama Daisuke, es otro HILARANTE ejemplo de manga adulto de fantasía con toques de gorrinería y mucho elemento harén.
«¡Ole ole! O sea... ara ara!»

Peter Grill tiene un sólo objetivo en la vida: casarse con el amor de su vida, Luvelia Sanctos, la atolondrada hija del jefe de la Cofradía de Aventureros, Albatross Sanctos (que, por decirlo con suavidad, aparte de ser un padre posesivo y estar como una puta berza, tiene una relación enfermiza con su hija que roza el incesto platónico). Es por ello que Peter entrenó como una puta bestia sus competencias marciales y participó en el torneo para determinar quién era el guerrero más poderoso del mundo. Y lo ganó. Y ahora, armado con ese marchamo y gloria marciales, espera al fin obtener la aprobación del padre de Luvelia para comprometerse con ella.

PERO...

...desde el momento en que Peter gana el título de «guerrero más fuerte del mundo», se convierte en el objeto de deseo de docenas de hembras de todas las especies humanoides del continente. Furias uterinas que desean preñarse de él para tener una descendencia poderosa: las hermanas Alpacas, Lisa y Mimi, dos ogresas más calientes que la pipa de un hippy; las elfas Vegan y Frutalia Eldriel,
también hermanas, la bellísima (y siniestra) orca Piglette Pancetta (ríete lo que te de la gana, pero, dado que tiene orejas de cerdita, el nombre no podría ser más acertado), Gobuko Nggiell, una sexy hobgoblinesa (con un six-pack del carajo) a la que se da la circunstancia que Peter y su hermana Lucy criaron desde bebé, la ingeniera enana Mithlim Netherlant... y la lista de mozas en celo no para de crecer y crecer y crecer y crecer.
Gobuko y su tableta de chocolate.

Y no aceptan un «no» por respuesta, las muy hijas de puta.

Y, encima, a pesar de toda su disciplina, Peter tiene una fuerza de voluntad extraordinariamente baja a la hora de resistirse a los avances eróticos de todas esas hembras fértiles.

Peter Grill se tiene que enfrentar, capítulo tras capítulo, al problema de satisfacer a su creciente gineceo de guarrillas, poner paz entre ellas cuando reivindican privilegios sobre su esperma, mantener en la inopia a su candorosa novia Luvelia (¡que cree que los niños se hacen rezando y te los trae una cigüeña!), luchar contra sus remordimientos cada vez que se vacía hasta la liofilización testicular en los voraces úteros de todas las hembras con las que, lo quiera o no, le está poniendo las perchas a su chica; sobrevivir a los peligros de un mundo lleno de dragones, trolls y otra bichería, salir con Luvelia (e impedir que su harén de ninfómanas desatadas sabotee sus citas con exigencias de fornicio), resolver las misiones que le encomienda la cofradía de aventureros, escapar a la cólera castradora de su hermana Lucy, resentida contra los puteros después de que su padre abandonase a la madre de ambos para irse a por tabaco (Lucy le dio caza, le cortó el pito y lo picó para hamburguesas), conseguir que su suegro no se entere de su promiscuidad sobrevenida y desarmar todas las trampas que el muy hijo de Satanás de Albatross le pone para hacer fracasar ese compromiso con su hija, que jamás ha aprobado.

Y todo eso, insistimos, entre polvo orgiástico y polvo orgiástico.
¡Nos da una pena, el pobre!

Peter Grill To Kenja No Jikan es ESCACHARRANTE. Joder, las estrategias, a cada una más retorcida, que las guarrillas de Peter se marcan para conseguir una eyaculación exclusiva más que sus rivales, las situaciones de pura comedia de enredo, la siempre inane resistencia de Peter a las exigencias chumineras de sus «novias», ¡el CALENDARIO DE FORNICACIONES que ellas se curran, cuando empiezan a ser demasiadas, y que por supuesto ninguna respeta!, convierten la lectura de este manga en una carcajada continua. Y nunca hay que menospreciar el poder salutífero de la risa.

De Peter Grill To Kenja No Jikan hay anime. Hasta el momento, dos temporadas. Si leer te da como cosica, te ves la serie y disfrutas de esta historia alocada y picantuela.

Marranillo.
Sí. Nos gustan Gobuko y sus abdominales como magdalenas. ¿Qué pasa?

異世界で配信活動をしたら大量のヤンデレ信者を生み出してしまった件 / Isekai de Haishin Katsudou wo Shitara Tairyou no Yandere Shinja wo Umidashite Shimatta Ken / Algo así como «Creé una gran cantidad de seguidoras yandere cuando hice streaming en otro mundo» (sí, ¡otro isekai!, ¿qué pasa? ¿Lo pintas o la emprendemos a hostias?), de Tsuku Iyomine y Myon, me ha llamado la atención en esta categoría de manga sobre (no necesariamente) pendejos que ponen burras a rehatas de señoritas núbiles.

Isekai de Haishin Katsudou... etcétera es, también, muy divertido y, también, un fantástico de temática harén. Aunque no tiene fornicio (al menos de momento), y el dibujo es promedio (traducción: es correcto sin resultar impresionante), pero el planteamiento del argumento, y su influencia en el desarrollo de la historia, es lo que me ha fascinado. En este manga de Iyomine y Myon nos encontramos a Kanata, alumno de la academia real de Sistol, en el reino de Rogias, Ataraxia, un mundo de fantasía con cofradías de aventureros, magia, demonios y cosas así.

Lo que distingue a Kanata de sus compañeros es, aparte de que en la reencarnación ha adquirido poderes semidivinos (vuelve a leerte nuestra breve reflexión de hace unos cuantos párrafos) que se esfuerza por ocultar, por aquello de no destacar; la diferencia, decimos, que distingue a Kanata es que él se ha reencarnado desde otro mundo. Concretamente del nuestro o de uno muy parecido al nuestro. Un mundo en el que la tecnología y la sociedad están más avanzadas que en Ataraxia (y no existía magia). Y Kanata conserva todos sus recuerdos. Recuerda Internet. Recuerda el streaming, algo que en Ataraxia no se conoce. Y, ganoso de currarse un hobby, chapucea con sus poderes una estación de trabajo (la mezcla de magia y ambientación decimonónica con elementos futuristas me resulta un poco chocante) para convertirla en algo parecido a un PC, currarse algo que recuerda a una página web y empezar a retransmitir.

Kanata no es un streamer más. Es EL STREAMER. El único. Ha inventado el medio en Ataraxia y, encima, su estilo de retransmisión es brutalmente honesto y su voz arrecha a las hembras. Al capitán de un equipo de aventureros, que le escribe para contarle que ha rechazado a un mago con capacidad de detectar enemigos y reparar armas, lo llama estúpido por poner en peligro a su equipo y rechazar las habilidades del aspirante, que incrementarían sus probabilidades de supervivencia durante las misiones. «No me importa si eres un dios o un rey. Ahí va un aviso: Si no tienes verdadero criterio, renuncia ahora mismo. ¿O prefieres esperar a que todo el mundo haya muerto?». Al hijo de una familia de clase alta que está comprometido, pero prefiere casarse con una hermosa estudiante de intercambio a la que ha conocido, le desea la muerte y que su prometida se acabe casando con él (con Streamer). «¿Es que no has pensando en tu familia? Éste no es un asunto que se pueda tomar a la ligera. Gánate la confianza de tu novia y no escojas a la gente basándote sólo en su aspecto».

Pero, en sus podcasts, Kanata no sólo pone a caldo a sus oyentes más repipis, también escucha los problemas de sus oyentes, les ofrece consuelo y consejo en la medida de sus posibilidades, y los conquista con su carisma, honestidad y sinceridad naturales.

Y... algunas de sus seguidoras se ponen como fieras en celo oyendo sus voz e interactuando con él.

La reacción en cadena de hembras humedecidas y fanatizadas que, inocentemente, Kanata inicia, da lugar a un TSUNAMI de situaciones hilarantes a cual más bizarra. En fin, yandere podría traducirse como «loco de amor» o «demente por amor», así que no te sorprenderá que algunas de las oyentes de Kanata, amado lector, se calienten como burras con sus streams: la princesa María Atarasishu (compañera de clase de Kanata que ignora completamente que su camarada de academia es el DIOS STREAMER que consigue que, como a Dido, le hierva la médula de los huesos), la reina de los demonios, Lady Shrouza, que se EMPOTORRA VIVA de Kanata cuando él llama a poner fin a la guerra entre humanos y demonios y clama por el inicio de conversaciones de paz entre ambos bandos; la santa Alfana, que santa sí, pero la voz de Kanata reverbera en su útero como en una cámara de ecos en la que alguien estuviese reproduciendo un disco de Barry White. La asesina Cuervo, contratada para matar a Streamer, considerado por algunos prebostes de Ataraxia como una amenaza para el statu quo, y que ELIMINA A SU CLIENTE por osar poner precio a la cabeza de su amado Streamer/Kanata. Kanna, la prostituta pelirroja con cuerpo escultural, para quien la voz de Streamer es su único consuelo desde que defendió en una de sus retransmisiones a las rameras. Todas las mozas que se sienten solas, que se han sentido rechazadas, que no pueden mostrarse vulnerables o sensibles con la gente que las rodean, encuentran en Kanata/Streamer la voz que las absuelve por sus defectos, que les proporciona la energía para seguir adelante, que se niega a juzgarlas.

Que les calienta el chichi a temperatura de lava fundida y las lleva a éxtasis aurales.

Y todo esto sólo en los primeros siete u ocho primeros capítulos publicados. No hemos siquiera empezado a tratar las TRANSFORMACIONES que, casi accidentalmente, Kanata pone en marcha y que medran en las contradicciones y vicios de la sociedad del mundo en el que se ha reencarnado. Los planes que los poderosos de Ataraxia trazan para desenmascararle, silenciarle o desacreditarle. Los extremos a los que están dispuestas a llegar sus más desaforadas seguidoras en prueba de amor y lealtad hacia él.

¿Es que tengo que seguir vendiéndote Isekai de Haishin Katsudou wo Shitara Tairyou no Yandere Shinja wo Umidashite Shimatta Ken? ¡Corre a leértelo ya, copón!

«Hostia, esto del manga me está empezando a gustar, Sommer. ¿Tienes más títulos que recomendarme?»

Espera un momento.


O, mejor, como la entrada nos está quedando un poco larga, espera a la próxima sobre el mismo tema.

lunes, 17 de junio de 2024

Teoría y práctica del tiro en el pie

Parafraseando de un viejo chiste de ingenieros:

TEORÍA es saber por qué las cosas funcionan. Aunque no funcionen.

PRÁCTICA es saber cómo hacer que las cosas funcionen, aunque nadie sepa por qué.

En esta productora de cine, TEORÍA y PRÁCTICA van unidas de la mano.

Porque las cosas no funcionan.

Y nadie sabe por qué.

Acaba de estrenarse The Fall Guy, cinta de acción con toques de comedia, basada en una serie de los 80 protagonizada por Lee Majors.
La serie de los 80.

Y se ha comido un meco muy respetable en taquilla.

Y mucha gente no se explica el motivo.
La peli de 2024.

Una apertura doméstica de menos de 28 millones de dólares (27 747 035 millones), y una recaudación total de algo más de 167 millones, supone, por creativo que te pongas con la contabilidad (y en la bitácora ya hemos explicado lo creativos que pueden llegar a ser los estudios de cine con la contabilidad) un fracaso comercial para este título de 125 millones de dólares de presupuesto, que tendría que haber doblado esa cantidad, como mínimo, para empezar a presumir de rentabilidad.

Y, lo peor de todo es que The Fall Guy es divertida. Es entretenida. Tiene un ritmo trepidante. Personajes atractivos. Una historia de rivalidad y otra de amor. Un guion bien tramado. Un crimen. Una investigación. Un misterio que resolver. Tres actorazos como Ryan Gosling, Emily Blunt y Aaron Taylor-Johnson, y al director de Deadpool 2, Atómica y Bullet Train.

Y The Fall Guy es sólo otro ejemplo de películas que, a priori, estaban llamadas a convertirse en blockbusters pero que a las que el público ha vuelto la espalda. Mira si no, amado lector, el caso de Furiosa: de la saga Mad Max, que tampoco ha conseguido atraer espectadores a las salas de cine a pesar de contar, en el reparto, con una actriz BESTIAL llamada Anya-Taylor Joy y un llenasalas llamado Chris Hemsworth, y detrás de la cámara a una bestia parda llamado George Miller. Sí, ESE George Miller. Y sin embargo, a pesar de estos activos, la HOSTIA que Furiosa se ha metido en las taquillas, con un primer fin de semana de poco más de 26 millones y una recaudación total de 147 millones y pico certifica que la más reciente cinta del aclamado director de Mad Max NI SIQUIERA HA ALCANZADO su presupuesto de 168 millones de producción. No hablemos ya de amortizar la inversión. Mira también si no, amado lector, el caso de The Ministry of Ungentlemanly Warfare, un entretenido y divertidísimo bélico de Guy Ritchie, protagonizado por Henry Cavill, Alan Ritchson y Eiza González, que se ha metido otro HOSTIÓN en taquilla pese a ser una película de Guy Ritchie protagonizada por Henry Cavill.
(Que en el caso del fracaso de Furiosa se aúnan diversos factores: como el hartazgo del público empachado de Strong Independent Women™, que esta película de Mad Max sea una película de Mad Max sin Mad Max, que llegue demasiado tarde para aprovechar el tirón del personaje de Imperator Furiosa presentado en Fury Road, o que no hayan fichado a Charlize Theron, a la que todos asociamos con el personaje).

La gente está dejando de ir al cine. No sólo en Estados Unidos. También en España. Y, si la pérdida de espectadores en un mercado tan masivo como el americano, sin dejar de ser una métrica significativa, podría tener un impacto medianamente relativo, en nuestra piel de toro, con 7 veces menos habitantes que Estados Unidos, comienza a tener trazas de tragedia sectorial garantizada.

Resumiendo la premisa de esta entrada del Paratroopers:

En teoría, The Fall Guy lo tiene todo para triunfar.

En la práctica, se ha estrellado. La gente no ha ido a los cines a verla.

Y nadie sabe por qué.

Pero aquí, en la bitácora, se nos han ocurrido algunas posibles respuestas a este enigma:

1. El precio de las entradas

El precio de las entradas de cine en Estados Unidos no ha dejado de crecer en los últimos años, y se ha notado especialmente tras la pandemia de Covid-19. Ver una película en una sala de la cadena AMC (más de 7 700 pantallas en América, 2 800 en Europa) o Regal Cinemas costaba en 2023 de 10 a 12 dólares por cabeza, dependiendo de la sesión, la ubicación (las entradas en las grandes ciudades son más caras que en las zonas rurales). En un cine Alamo Drafthouse o Angelika Film Center, nos ponemos ya entre 12 y 15 dólares, y el precio de una entrada en un cine Cinemark tampoco es una bicoca: de 9 a 12 dólares. Aunque, sacando la media, el precio promedio de una entrada de cine en Estados Unidos es de 9,11 dólares (según datos del 2019), en algunos de los Estados más poblados, como California o Nueva York, la broma te puede salir por hasta 15 dólares. Si nos remitimos al 2015, donde el precio promedio de la entrada de cine en Estados Unidos saltó, de un cuatrimestre a otro, de 8,12 dólares a 8,61, podemos apreciar el incremento sostenido, a lo largo del tiempo, del coste de ir a ver una película en la tierra de las libertades.

Eso, en pantalla normal para un sesión normal. Las películas 3D, que creo que ya no quedan (el 3D en el cine siempre es una experiencia transitoria), o las entradas IMAX se cagan en la boca de esos precios. Si tomamos como ejemplo los precios sólo de la cadena AMC para 2024, veremos mejor el encarecimiento: 6,99 dólares para una sesión matinal, 12,39 para una sesión de mediodía (precio para adultos; abuelos y nenes tienen precios reducidos), de 11,89 a 14,89 por barba para una sesión vespertina o nocturna. Conviene, no obstante, tener presente que estos son los precios de la modalidad AMC Dine-in, que incluyen cine, bebidas y tapas (traduzco lo mejor que puedo al español el concepto «pub-type food»). Un movimiento desesperado de la cadena AMC para intentar salvar su modelo de negocio.


PERO:

Si la película ha sido grabada con sonido Dolby (formato propietario por el que hay que pagar licencia y que, en teoría, a los distribuidores sólo les permiten reproducir en salas especialmente adaptadas para este formato de audio), los precios en AMC se disparan: 12,49 dólares para una  sesión matinal, 17,89 para una sesión de mediodía (precio para adultos, otra vez; a los niños y espectadores de la Tercera Edad les hacen un goloso descuento de... un dólar con cincuenta miserables centavos), VEINTE DÓLARES con TREINTA Y NUEVE CENTAVOS para una sesión de tarde-noche.


Y, si nos vamos a los precios del IMAX 3D o RealD 3D, ya es para darse a uno mismo la morisión:


Naturalmente, la tentación de responsabilizar de este auge de los precios a las grandes distribuidoras de cine, a su vez presionadas por los estudios americanos, está ahí. Y, ¡conspiranoicos del mundo, uníos!, qué fácil sería echarles la culpa a estos dos sospechosos habituales. Tras la masacre para sus cuentas de resultados que supuso el confinamiento pandémico y, luego, la larga huelga de guionistas, productoras y exhibidores cinematográficos estarían intentando que el consumidor sufragase, de su bolsillo, el coste de mantener sus gigantescas e hipertrofiadas estructuras empresariales. Toda esa grasa infantil de productores, ejecutivos y mandos intermedios que poco tienen que aportar al proceso creativo del cual sale una película que acaba en nuestras pantallas, pero que, salvo joder los guiones con ideas de bombero, por algún motivo, son siempre los últimos en ver la puerta trasera del estudio, llevando las cuatro mierdas de su escritorio dentro de una caja de cartón.

Y no digo yo que ése no sea uno de los motivos principales del alza de precios. A fin y al cabo, cuando una estructura de gasto se vuelve lo bastante grande, la inercia que alcanzan las operaciones cotidianas es tan ENORME que introducir incluso el más pequeño cambio tiene que vencer terribles resistencias. Incluso aunque sea un cambio destinado a racionalizar la administración de recursos y optimizar los procesos de esa estructura.

Pero, a la hora de explicar el alza de los precios de las entradas (y, en otra derivada, de los costos de producción cinematográfica), desde el Paratroopersdon'tdie estimamos que es mejor dejarse de macumbas conspiranoicas y tener presente la alianza blasfema de bajo crecimiento y aumento de la inflación durante por lo menos los últimos dos años, tendencia que, por fin, en enero del presente año parece que empezó a calmarse un poco. En el momento en que estamos picando este párrafo, las expectativas son relativamente halagüeñas al respecto.

Como quiera que ésta no es una bitácora de economía, te buscas tú por tu cuenta estudios solventes sobre el crecimiento de la inflación en el último lustro.

«¡Ya sé por qué ha crecido! ¡Por la guerra en Ucrania!»

¿Me estás diciendo que la culpa del precio de las entradas hay que echárselo a Putin?

Tú, en realidad, no tienes todos los patitos en fila, ¿verdad?

2. La destrucción del sistema de estrellas

Puede que te parezca increíble, amado lector que todavía huele a pañal y leche materna, pero, hace no tantos años, no íbamos al cine a ver la última película de Los Vengadores, la nueva de Spiderman, el más reciente largometraje de Star Wars.

Los pollaviejas de la bitácora íbamos al cine a ver la nueva película de Schwarzenneger, la última de Jodie Foster, el más reciente largometraje de James Cameron. Porque lo que nos importaba no era el producto, era la autoría. El desempeño. Sabíamos que tal o cual actor era capaz de hacernos ver a su personaje, interesarnos en su historia, conmovernos, e íbamos a ver todas sus películas. Sabíamos que tal o cual director de cine dominaba las herramientas narrativas necesarias para sumergirnos en el universo de su película, atraparnos con su historia, mantenernos pegados a la butaca durante noventa minutos, y le dábamos carta blanca por anticipado para todos sus trabajos.

Eso se acabó.

Y de qué manera.

Y estamos pagando las consecuencias.

La destrucción del concepto de autoría ha destruido la forma tradicional de hacer cine. Grandes intérpretes son contratados para hacer un cameo o representar un papel secundario en películas donde no se les permite sacar partido a su talento y amplitud de registros y están completamente maniatados por diálogos de mierda y escenas escritas por deficientes mentales: Michael Douglas y Michelle Pfeiffer en Ant-Man y la avispa; Vincent D'Onofrio en Echo, David Harbour y Rachel Weisz en Viuda Negra. Directores con una firma propia, con un estilo característico, ponen su nombre a proyectos obviamente rodados de antemano por comités de ignorantes soplapollas en los que el director afamado apenas tiene margen para colar una o dos morcillas propias de vergüenza torera, antes de cobrar su cheque y largarse a casa blasfemando en arameo: Sam Raimi en Dr. Stonks en el lesboverso de la uterinidad carpetovetónica; Ron Howard en: Han Solo. Una historia de Star Wars, Juan Antonio Bayona en los dos primeros, y vomitivos, episodios de Los cock-rings del  mal joder.

La gente (cada vez menos) que (todavía) va al cine, ya no va al cine a ver a sus artistas favoritos. Va a ver a sus personajes favoritos. Su franquicia cinematográfica favorita. A lo mejor, si volviésemos a permitir a los actores desplegar su talento, si le permitiésemos a los directores tener de nuevo una voz creativa propia, todavía estemos a tiempo de ayudar a la gente a recuperar su hoy perdida capacidad de apreciación del trabajo cinematográfico bien hecho.

Pero los estudios y productoras no están poniendo de su parte para permitir ese proceso.

Una nueva generación de directivos ha tomado el control de los viejos estudios. Una generación de imbéciles convencidos de que el verdadero producto no es el desempeño del actor ni del director, ni la historia, sino el personaje, o sea la marca. La marca Marvel. La marca Star Wars. La marca Spiderman. La marca Indiana Jones.

Pero ese obvio golpe de timón a la estrategia comercial de los estudios de cine y televisión podría tener hasta sentido si esos mismos estudios de cine y televisión no se hubiesen embarcado en una obvia campaña de DESTRUCCIÓN de las mismas marcas en las que han depositado sus esperanzas de beneficios.

3. La pésima calidad del producto

Disney adquirió Lucasfilms en 2012 porque la compañía del director con la segunda papada más repulsiva de la historia del cine poseía un producto exitoso, rentable; una marca universalmente reconocible de la que Disney esperaba obtener pingües beneficios. Con Lucasfilms, Disney adquirió Star Wars e Indiana Jones. Dos franquicias clásicas, amadas y respetadas por millones de espectadores, de diferentes culturas, a lo largo de varias generaciones.

¿Qué ha hecho Disney con ese valioso patrimonio?

Cagarla una vez tras otra. Matar a Han Solo. Convertir a Luke Skywalker en un puto amargado (y matarlo después, para, supongo, exorcizar Star Wars de su masculinidad tóxica) y a Obi-wan Kenobi en un fugas gallinita. Otorgarle el antagonista de la última trilogía de Star Wars a un niñato con pataletas y el protagonismo a una pavisosa Strong Independent Woman™ que, sin necesidad de entrenamiento alguno, es la mejor jedi de toda la galaxia porque feminismo interseccional. Porque The Force is female. Porque nosotras parimos, nosotras decidimos. ¿Qué más han hecho por el lado de Star Wars? Currarse un villano de plastilina, matarlo porque no sabían qué coño hacer con él, darse cuenta de que la habían cagado pero bien y traer de regreso al Emperador Palpatine porque patata. Porque a alguien hay que traer. ¿Qué otras cosas le han hecho a la pobre e indefensa Star Wars? Amariconar y feminizar el producto. Literalmente. Expulsar a todos los fans de toda la vida, los que vieron la película de jóvenes y le pasaron la afición a sus hijos y nietos. Y, cuando por casualidad les sale algo medio bien hecho, como The Mandalorian, ¿qué hizo Disney cuando esta inesperadamente buena serie empezó a acumular éxito tras éxito de crítica y público? Alienar al protagonista en su propia serie. Hacerlo desaparecer de pantalla durante episodios enteros para centrar la acción en Strong Female Characters™ que le robasen los focos.

¿Que por qué le ha hecho Disney todas esas cabronadas a una franquicia de rentabilidad garantizada, alejándose tanto del producto original que han expulsado a su fiel fandom? Porque en realidad en Disney no tenían ni idea de qué hacer con Star Wars. No tenían un plan para el universo creado por Yoooors Lucas, más allá de comprarlo y sentarse a esperar a que llegasen los volquetes de pasta. No tenían escritores ni directores competentes a los que confiar el proyecto (que para trabajar para Disney en algo relacionado con Star Wars te exigían no ver las películas canónicas, ignorarlo absolutamente todo del lore y no leerte las novelas ni cómics del Universo Expandido empezó siendo un chiste y acabó siendo una tragedia cuando aparecieron los primeros guionistas confirmando que ése eran realmente el criterio de contratación, y sigue sucediendo hoy en día). Querían la gloria, pero no el esfuerzo.

Y, aunque Screenrant aseguraba, en marzo de este mismo año (artículo que es casi un calco de este otro de Cinemablend de 2018), que la compra de Lucasfilms por Disney era una milmillonaria historia de éxito, un artículo de Forbes de abril del presente año cuestionaba la rentabilidad de la inversión al señalar los artificios contables (¡otra vez!) con los cuales la Casa del Ratón Maligno intentaba ocultar a sus accionistas el poco jugo que le estaba sacando en realidad a su dinero (entre otras cosas, habrían OLVIDADO muy convenientemente descontar el coste de adquisición de Lucasfilms a la hora de calcular la rentabilidad de su compra, «[...] Disney based the ROI on the revenue generated by the movies, merchandise, DVDs and Blu Rays rather than the profit they made as it should have done»).

Y ojalá los apóstoles de la secta woke se hubiesen limitado a joder Star Wars.

Han convertido a Indiana Jones en un viejo porreta medio chocho y más inútil que un cepillo de dientes para gallinas. En una vieja pasa encorvada y triste al que putea, chotea y supera una Strong Independent Woman™ llamada a sustituirle.

Han renunciado a recastear y reiniciar a los únicos héroes Marvel que realmente dan pasta, y de los que conservan los derechos (Iron Man, Capitán América, Thor y casi para de contar) y marcarse otra serie de pelis de Los Vengadores, con un tono diferente (un poco menos de coñitas marineras por segundo sería de agradecer), nuevos directores y guionistas con una visión nueva sobre los personajes, historias interesantes, tal vez interpretaciones originales de las viejas sagas clásicas de los cómics, tal vez argumentos nuevos, sacados del material publicado (¿qué tal una visita al universo Ultimate?), o de un conocimiento profundo del universo marveliano. Y han empezado a raspar el fondo del barril, quemando millones de dólares en películas y series de televisión de personajes que raras veces, o nunca, fueron populares o rentables en los cómics, y que sólo tienen en común que tienen vagina o han sido queerificados (como R2D2, que ahora nos acabamos de enterar que es una lesbiana, y supongo que negra y neurodivergente) o raceswapeados.
«Look How They Massacred My Boy».

Han convertido al Doctor en un negro marica que baila.

Dr. Who solía ser una serie en el que un personaje inmensamente sabio se enfrentaba a terribles dilemas éticos y debía tomar decisiones de las que dependía el destino de países, civilizaciones, planetas enteros, del universo y de la continuidad del tiempo mismo. Eso solía ser Dr. Who, antes de que llegase el Doctor con vallaina y la pobre Jodie Whittaker, que mira que no tiene culpa de nada, enviase la serie a abismos históricos de audiencia interpretando a ese Doctor con vallaina que le escribieron, y que no es más que una Charo intragable en perpetua lucha contra el heteropatriarcado opresor y el privilegio blanco cisgenérico.

Y aquellos fans que creían, esperaban, deseaban, que su serie favorita hubiese tocado fondo y, cuando oyeron que volvía David Tennant (era mentira y un sucio truco publicitario), creyeron que por fin, Dr. Who comenzaría a remontar, han tenido que ver cómo convertían al Doctor en un negro marica que baila cuya característica definitoria no es la inteligencia, el valor, la sabiduría ni las férreas convicciones éticas, sino ser un homosexual racializado. Y que se note.

Un negro

marica

que baila.


Las audiencias de la serie NUNCA habían sido tan bajas (y cayendo). Y los mismos fans, esos leales whovians que, antes de que existiese el vídeo doméstico, filmaban los capítulos de Dr. Who directamente en las pantallas de sus televisores con cámaras de aficionado de 8 y 16 milímetros, tienen, encima, que soportar que los acusen de racistas, homófobos, fascistas, machorros y ultraderechistas por no ver la serie que ya no reconocen, que ya no se parece a Dr. Who, con la que no se identifican y que cada vez les gusta menos (y cayendo).
(¡Ah, y tránsfobos! Se me olvidaba el «tránsfobos». ¿Que por qué tránsfobos? Porque las eminencias grises de la BBC, en otra inteligentísima decisión creativa, han fichado a la drag queen Jinkx Monsoon para hacer de El Maestro [que se llama El Maestro pero, al parecer, no es el auténtico El Maestro, la archinémesis del Doctor en anteriores temporadas]).

Una drag queen.

Una artista de cabaré. De burlesque.

En una serie para (más o menos) niños y familias.

Esto no tendría ningún problema, de entrada, si al menos las historias de esta nueva época racializada y homosexualizada de Dr. Who tuviese buenas historias.

Que, aparentemente (nosotros, incondicionales de Tom Baker, nos rendimos con la serie cuando Peter Capaldi la abandonó), no las tiene.

Y fíjate que no hay ningún motivo por el cual la BBC no pueda producir una serie televisiva de viajes en el tiempo y grandes amenazas cósmicas con un personaje negro marica que baila. Podrían incluso titularla El negro marica que baila, y hacerla competir contra Dr. Who. Y los espectadores decidirían cuál de las dos merece la pena.

Pero en vez de eso han decidido transformar al Doctor hasta hacerlo irreconocible y culpar a los fans por no respaldar la serie. Que tal vez sea una estrategia deliberada: las personas interesadas en hacer una serie sobre un marica negro que baila y viaja en el tiempo, una serie de audiencias minoritarias, sobre un personaje minoritario, compita con una serie mainstream, de grandes audiencias y sobre un personaje al que espectadores de todos los olores, colores y sabores pueden encontrar atractivo. Quieren que los productos culturales de masas estén monopolizados por estos personajes minoritarios, orientados a un público minoritario; quieren reeducar al público tradicional de Dr. Who o expulsarlo de la serie para así poder imponerse en el desierto. Como si Dr. Who no hubiese sido lo bastante inclusiva, desde el momento en que la legislación británica dejó de perseguir la homosexualidad.
Los espectadores de Dr. Who.

Tal vez, y admito que ésta puede ser una idea revolucionaria, la BBC (y Disney, y Warner/DC y todos los demás) debería dejar de sexualizar y amariconar a sus personajes clásicos y contratar guionistas por cuota de diversidad y empezar a llamar a verdaderos escritores. Y me refiero a gente que sepa lo que está haciendo. Entonces tal vez puedan dotar de contenido, de valor cinematográfico y genuino interés narrativo, a El negro marica que baila.

4. Las plataformas de VoD

Otra posible explicación al descenso de audiencias en las salas de cine es el auge de los servicios de streaming, la escasa vida de que disfrutan los estrenos en pantalla grande antes de acabar en una plataforma de Video on Demand.

Muchos espectadores que solían acudir a sus cines más cercanos como quien va a misa dominical han abandonado sus templos porque ¿para qué ir al cine a ver Lo que sea cuando en tres meses lo voy a tener en HBO+, Disney+, Hulu, Showtime... lo que sea?

Reformulemos la pregunta: ¿Por qué pagar doce dólares por una entrada de cine, desplazarme de mi domicilio, soportar a los adolescentes maleducados que van a la sala a gritar, hablar por el móvil, hacerse selfies delante de la pantalla o pasarse toda la proyección enviando tuits y luego darme de hostias para salir del centro comercial al mismo tiempo que otros ochenta gilipollas que han tenido la misma puñetera idea que yo, me recontracago en la concha renegrida de sus putísimas madres, cuando, por más o menos esa cantidad en forma de cuota mensual, puedo verla en el salón de mi casa, tranquilo, relajado, tapado con mi bufamanta favorita, entender todos los diálogos sin necesidad de subtítulos, disfrutar de la banda sonora, pausar una escena para ir a cambiarle el agua al canario, comerme unas palomitas de microondas recién hechas, si me apetecen, mientras mi (imaginaria) novia me come el rabo a dos carrillos?

Los estudios de cine no están respetando el ciclo vital de los estrenos en sala. No dejan que los nuevos títulos «respiren» el tiempo suficiente en los cines para completar el circuito de distribución antes de subirla a su plataforma de streaming favorita. Así no hay puta manera de rentabilizar una producción. Todavía menos con los presupuestos millonarios que se estilan hoy en día (¿es realmente sensato hacer películas de 200 millones con la esperanza de recaudar 1 000 millones?), y que en parte se explican por el abuso de los planos de CGI (como, en producción cinematográfica, casi todo se hace hoy día por ordenador, no hay Cristo que atienda a la demanda siempre creciente, no hay suficientes especialistas en 3D para atender todos los pedidos, y los precios se disparan), por el sistema de remuneraciones de los ejecutivos de los estudios, que dependen, en una proporción no pequeña, del valor en bolsa de la empresa, lo que propicia los grandes desembolsos que inflarían, al menos aparentemente el precio de sus acciones, y por la incorporación, a los puestos de responsabilidad de las productoras, de gente salida de las juntas de las empresas tecnológicas, donde se estila mucho el «fake it 'til you make it», o sea, promete la luna y gasta a espuertas como si realmente supieras lo que estás haciendo, hasta que, aunque sea por accidente, te salga un cartón de bingo completo y te forres el riñón, o te pillen y acabes en la falcona, como ésa de Theranos, la de los ojos de loca.

Puestos a diagnosticar mal el problema, los atolondrados periodistas culturales apuntan a un cambio de paradigma, a un giro copernicano en los hábitos de consumo cultural de las nuevas generaciones. Según esa tesis emporrada, el cine está muriendo porque la gente ya no quiere ver películas. Prefiere la cultura a domicilio. Y cuanto más breve e interactiva, mejor.

PERO:

Esa teoría no explica el fenómeno Barbenheimer.

Oppenheimer (nuestro análisis, aquí) abrió las salas en julio de 2023 con un primer fin de semana de más de 82 millones de dólares de recaudación, y cerró su singladura en la gran pantalla con más de 975 millones de dólares sumando recaudación doméstica y mercados internacionales. Barbie, por su parte, ARRASÓ a Oppenheimer con un estreno de 162 millones y más de 1 400 millones de dólares de recaudación global. ¿Que la mayor parte de los espectadores de Barbie fueron a ver esta película porque Margot Robbie y la mayoría del público de Oppenheimer fue a verla porque Christopher Nolan? Dando ese argumento por cierto (lo que constituiría toda una refutación de la tendencia, de destrucción de los nombres propios y glorificación de la marca, adaptada por los estudios de cine y descrita en el punto 2) Eso no basta para explicar una media de mil doscientos millones de recaudación entre las dos.

La gente fue al cine a ver estas dos películas, tan extremadamente distintas la una de la otra.

Parece ser que, si les ofreces a los espectadores una película con buenos actores (o por lo menos atractivos), personajes populares, historia interesante, buena fotografía y efectos; si les ofreces una experiencia que SÓLO SE PUEDE DISFRUTAR PLENAMENTE en una sala de cine, la gente va a las salas de cine.

¿Quién se lo habría podido imaginar?

5. La puta propaganda

Mira que los relaciones públicas sojas de la BBC se han hartado de decir que el Doctor interpretado por Ncuti Gatwa ha escenificado el primer beso gay de la historia de la serie (como si ése fuese un argumento que hiciera obligado su visionado, en nombre de la REPPPPPPPPRESENTEISHON), y mira que la prensa babiosa y canallesca se ha hartado de repetirlo, y mira que los fans pollaviejas se han cansado de desmentirlo, sin que nadie les hiciese caso, aparentemente.


Y es que, no sé los demás, pero, cuando yo me pongo una película, lo mínimo que le exijo es que durante noventa minutos me entretenga. Me distraiga. Si, de paso, me conmueve, me enseña algo que no sabía o me psicotiza con su belleza estética, mejor que mejor, pero no es absolutamente imprescindible.

Y no creo ser el único al que, hace mucho tiempo, le reventaron los dos cojones, y otros dos que pedí prestados, el descubrimiento de que era una misión cercana a lo imposible ver un largometraje o una serie sin que el director y/o el guionista dedicasen cada minuto de metraje a intentar hacerme sentir culpable por haber nacido hombre, heterosexual (Alertas Tempranas Homo causadas por la casi élfica belleza equívoca de Hunter Schafer aparte), blanco, europeo, en una familia estructurada y relativamente feliz, y haber mamado desde niño una cultura de tradición judeocristiana.
Repite conmigo: «nació con pilila, nació con pilila, nació con pilila».

Cuando el Arte sirve a una ideología no es cultura, es propaganda.

Cuando una película renuncia a contarme una historia, presentarme unos personajes atractivos, sugerirme un drama interesante o epatarme con su belleza formal para intentar cambiar mi forma de pensar, no es una película, es una sesión de lavado de cerebro.

Y yo sólo voy al cine a olvidar, durante al menos hora y media, que la vida es una mierda y, encima, vas al final y te mueres.

Y no creo ser el último. Puede que algunas de esas personas que han dejado de ir al cine últimamente también se sientan igual que yo.

En fin, no sé. Es sólo una teoría.

La práctica es que la gente está cada vez más harta del cine.

Y tal vez la industria debería empezar a dejar de mirarse el ombligo y comenzar a hacer algo al respecto, en vez de seguir repitiendo los mismos errores y culpar a sus clientes del resultado.