domingo, 1 de marzo de 2020

"Remember 'The Cant'!" Aprende a escribir con 'The Expanse'

Hace ya un tiempo, en el pleistoceno de la bitácora, me hice una entrevista a mí mismo (mmmm... probablemente no me di suficiente caña; habrá que repetirla con un par de copazos de licor café) en la que explicaba por qué, en mi opinión, y a pesar de ser lenguajes radicalmente diferentes, el cine puede enseñarle a un escritor técnicas narrativas mejor y más efectivamente que ninguno de esos manuales para escritores, de insufrible pedantería, o esos cursos de escritura creativa de los cuales, que yo sepa, solo ha salido una cosa digna de provecho y se llama Camilla Läckberg.
Ella.
Volví a recordar esa entrevista mientras veía los últimos capítulos de la segunda temporada de The Expanse.

The Expanse empezó como una serie de novelas, cuentos y novelas cortas escritas por James S.A. Corey, que en realidad no es un señor, sino dos. James S.A. Corey es el nom de plume de Daniel Abraham y Ty Franck, que publicaron el primer volumen de la serie, Leviathan Wakes ya en 2011.

Doble función, sensación única.
La gracia de esta historia es que Abraham y Franck no pretendían escribir una novela, y menos aún ocho. Su propósito original era crear un MMORPG, que no es la onomatopeya de un sueco atragantándose con una espina de arenque, sino un videojuego de rol multijugador masivo (Massively Multiplayer Online Role-Playing Game, en la bella lengua de Sasha Grey). Los autores querían hacerle la competencia a World of Warcraft o, dado que The Expanse es casi una space-opera típica, más bien a Starcraft, que ni siquiera es un MMORPG. A fin de que el universo de su juego de rol fuese sólido, el autor bicéfalo empezó un proceso de worldbuilding obsesivo. Acumularon pilas y pilas de notas y apuntes sobre detalles técnicos, cálculos de ingeniería, datos astronómicos, información genética y otras categorías de porno para nerds.

En algún momento, la idea de crear un videojuego decayó (la cosa empezaba a parecer demasiado complicada, y sobre todo demasiado cara), y reorientaron sus planes a un juego de rol tradicional, de los de mesa; ya sabes: media docena de vírgenes miopes y con obesidad mórbida reunidos en torno a una mesa, tirando dados y fingiendo ser otras personas (es casi imprescindible que uno de ellos se haga pasar por una elfa medio ninfómana y de tetas bien duras), normalmente a gritos y entre porro va porro viene antes de salir a la calle a matar con katanas desvalidos padres de familia.

Así de duras o más.
Tras varios años profundizando en el proceso de documentación, Daniel Abraham, que llevaba desde 1996 publicando relatos y novelas cortas en antologías y revistas como Asimov's Science Fiction y Fantasy & Science Fiction, y que había ganado un International Horror Guild Award en 2005 por su novela corta Flat Diane (nominada asimismo al Nebula de 2006), se dio cuenta de que tenían más documentación para su juego de rol de la que la mayoría de los escritores acumulan para sus libros ("People who write books don't do this much research", dijo el propio Abraham en una entrevista que, milagrosamente, sigue en YouTube); y él de esto sabe un rato, que Abraham ha colaborado, y mucho, con GRRRR Martin, así que le dijo a su colega algo del estilo de «mira que te cuento: si intentamos convertir toda esta pila de papeles en un libro podemos quedar como los putos amos. ¿Por qué no lo intentamos?»

Y así lo hicieron.

The Expanse está ambientada en un futuro en el cual la humanidad ha colonizado la mayor parte del Sistema Solar. Las Naciones Unidas, convertidas en gobierno transnacional y superpotencia militar del Sistema, gobiernan la Tierra, mientras que los colonos humanos asentados en Marte han declarado la independencia y, en respuesta a las represalias militares y económicas de la Tierra, han abandonado la terraformación del planeta rojo para dotarse de una flota militar con la cual defender sus fronteras y sus intereses extraplanetarios. Atrapados en el medio están los «belters» (¿«cinturonianos»?),  pobladores de los planetas enanos y asteroides del Cinturón (de ahí lo de «belters») de Kuiper, Ceres y Eros, y las lunas de los gigantes gaseosos como Europa, Phoebe, Titania y Ganímedes; que son a quienes les llueven todas las hostias, pues explotan los recursos que codician tanto la Tierra como Marte, demasiado interesados en el hielo (casi única fuente de agua de los belters) y los minerales de esos asteroides como para pararse a considerar minucias del tipo de jornadas laborales dignas, hábitats saludables o derechos humanos de los belters.
The Expanse se cuenta a través de los ojos de diferentes personajes (¿herencia de sus orígenes como juego de rol o decisión narrativa consciente?) en el estilo que se denomina «Tercera Persona Limitada», o sea que no es el «Narrador Omnisciente» que algunos lectores encuentran particularmente odioso. Cada vez que toma la palabra uno de los personajes, a razón de un capítulo por personaje, solo vemos lo que él ve y solo sabemos lo que él sabe, lo cual es una excelente herramienta para construir suspense, pues vemos a un villano tenderle una trampa a los protagonistas, trampa de la cual no podemos prevernirlos, o nos desesperamos porque un personaje se aleja del lugar donde otro personaje necesita su ayuda o pone en marcha un plan que frustra los esfuerzos de un compañero, esfuerzos que el primer personaje ignora.

A lo largo de las novelas de The Expanse, seguimos las desventuras de los supervivientes de la nave Canterbury (y futura tripulación de la Rocinante), James R. Holden, Naomi Nagata, Amos Burton y Alex Kamal, tratando de descubrir qué mierda le ha pasado a su nave, quién la ha destruido y por qué. Acompañamos en su investigación al detective Josephus Aloisus Miller, (¡jajajajajá, Josephus, jajajá!) a quien encargan la búsqueda de la desaparecida Juliette Andrómeda Mao, hija mayor del plutócrata terráqueo Jules-Pierre Mao. Nos asomamos al pasado de Frederick Lucius Johnson, «El Carnicero de la Estación Anderson», un ex marine de las Naciones Unidos reconvertido en lider de la OPA (Outer Planets Alliance, «Alianza de Planetas Exteriores»). Descubrimos las primeras evidencias de vida alienígena. Somos testigos de los sucios manejos de la clase política, podrida de ambición y dispuesta a toda clase de enjuagues con tal de mantener sus prerrogativas, y a las luchas de poder entre Chrisjen Avasarala, Subsecretaria de las Naciones Unidas, y su compañero de administración Sadavir Errinwright. Asistimos al grito de libertad de los belters, hartos de ser el último mono y llevarse todas las hostias y persuadidos de que solo reivindicando su soberanía recibirán un trato respetuoso por las superpotencias de La Tierra y Marte. Y todo eso en un entorno de ciencia-ficción, o sea con viajes espaciales, la amenaza del vacío espacial, combates entre naves, et caetera.
En 2015, el canal SyFy estrenó la primera temporada de The Expanse, que, a grandes rasgos, adapta el primer libro de la serie. A lo largo de diez capítulos se nos presenta el drama y a los personajes (quien no se haya enamorado de Naomi Nagata por culpa de Dominique Tipper que me espere en la calle. Llevaré a unos amigos) y aquí es cuando termina esta introducción, por lo demás larga (marca de la casa).
En primer plano Naomi y su estilismo badass sista.
Introducción que nos lleva a la tesis de esta entrada: la serie de The Expanse es una lección para escritores y un Satisfier mental para espectadores.
(Jajajajajá, pero ¿cómo puede llamarse Josephus?)
Tres son los elementos más exquisitos (y, para un escritor, pedagógicos) de esta serie:

Uno: de la misma manera que las novelas renuncian a tener un narrador omnisciente, la serie renuncia a tener unos personajes puros e intachables. Fred Johnson pasa de leal bulldog de las Naciones Unidas a estadista comprometido con el movimiento de autodeterminación de los mismos belters a los que masacró en su etapa como soldado del imperio. Jim Holden, a priori el más noble de todos, desciende a casi criminales abismos de obsesión en su sed de venganza por la destrucción de la Canterbury y la epidemia de Phoebe. No hay arquetipos en The Expanse. Ningún héroe es intachablemente altruista ni ningún villano descerebradamente malo. Jules-Pierre Mao puede ser un pijo cabrón multimillonario, pero su temor a que la humanidad sea erradicada o sustituida por la especie alienígena que creó la protomolécula es real y sus esfuerzos por proteger la civilización son encomiables, aunque en el proceso no se detenga a reconsiderar el asesinato de masas y hacer una porrada de beneficios para su empresa. Joe Miller empieza la serie siendo un policía absentista y corrupto, que se alza del fango de sus propios defectos a causa del amor que despierta en él la niña rica malcriada, pero idealista, a la que le han encargado encontrar y devolver a su padre con un par de cachetes en su asiático culete.

(¿Qué es la protomolécula? ¿Por qué coño me lo preguntas? ¡Ponte The Expanse y deja de joder la marrana!)
Pero, claro, es una soñadora, es morena y un bellezón, ¡como para no enamorarse!
La variedad de matices en los personajes de The Expanse, su infinita capacidad para superar sus propios defectos, y ofrecer la mejor versión de sí mismos, o hacer lo correcto contra sus propios intereses, y cagarla, o hacer algo increíblemente egoísta y obtener una inesperada recompensa por puro accidente o ser malinterpretados y tomados por campeones de la justicia te mantiene, como espectador, en un estado de perenne ansiedad. Literalmente cualquier cosa puede pasar porque estos personajes son capaces de lo mejor y de lo peor, de sorprenderse a sí mismos, no necesariamente para bien, y son así de caóticos, contradictorios, torpes e impredecibles todo el rato. ¡La diversión nunca acaba!
Dos: en The Expanse, los personajes intentan hacer cosas mientras sus actos tienen consecuencias imprevisibles con las que luego deberán lidiar, aunque en modo alguno fuese su intención inicial provocar dicho efecto. James Holden provoca un conflicto diplomático DE COJONES y se convierte en símbolo involuntario de la rebelión de los belters cuando emite un vídeo en el cual, a partir de información incompleta, y que luego se revela falsa, culpa a Marte de la destrucción de la Canterbury. Los tripulantes de la Rocinante se convierten en héroes accidentales mientras siguen una pista sobre la destrucción de su primera nave y la masacre de sus compañeros. Bobbie Draper pasa de ser una orgullosa sargento del Cuerpo de Marines de Marte a una traidora cuando descubre que, para los prebostes del ejército marciano, ella y su pelotón son peones sacrificables en la prueba de campo secreta de un nuevo tipo de arma. La tripulación de la Rocinante mata accidentalmente al piloto de un carguero al que intentaban rescatar de unos piratas.
Los personajes de The Expanse son maravillosos porque son dolorosamente humanos.
Tres: todas las decisiones son dolorosas. Más dolorosas que un mordisco de Kylie Minogue. No hay una alternativa clara, pura e inocua para las decisiones que toman los personajes. A menudo han de escoger entre el menor de dos males. Con frecuencia, un acto de generosidad y altruismo obtiene como recompensa un terrible dilema moral que pone a los personajes en una situación terriblemente dolorosa. O sea que ni siquiera hacer lo correcto, hacer lo que está bien, sacrificarte, comportarte como un puto héroe te va a salvar del dolor, del desenlace de fuerzas que escapan a tu control «Oh, gracias por ayudarme a reparar la nave que antes me secuestraste y averiaste. Y sí, tengo espacio suficiente para evacuar a todos esos pobres refugiados que están a punto de morir como chinches. Lamentablemente solo tengo oxígeno para veinte, así que tú decides: o nos largamos y los dejamos reventar a todos o me sales ahí y me escoges a veinte, solo a veinte. Ya verás qué gracia les hace a los otros doscientos». Solo quiero hacer notar que entre esa multitud de refugiados esperando evacuación había docenas de mujeres y niños.
(Jajajajá rejá já, ¡si es que mira que hay nombres bonitos y van sus padres y le ponen Josephus jajá ja ja!)
Los personajes de The Expanse son como las moscas del discurso de Gloucester en El rey Lear. Tienen que intentar sobrevivir y conservar su humanidad en un universo frío, traicionero e implacable que no solo intenta matarlos, sino que primero quiere triturarlos, desgarrarlos, reducirlos a la impotencia y la desesperación.
"As flies to wanton boys are we to th' gods,
They kill us for their sport."


El rey Lear, Acto 4, escena 1
El mundo de The Expanse se parece sospechosamente al nuestro, lo cual es uno de los mejores atributos de la ciencia-ficción: ofrecernos un espejo deformado en el que mirar de frente nuestras propias neuras.

Y esa indefensión del héroe ante el destino, tema recurrente de la Literatura como mínimo desde el teatro clásico (y probablemente tambien desde el Poema de Gilgamesh),
es uno de los mayores atractivos de The Expanse, unido al tratamiento de sus personajes. Me creo los dilemas de la subsecretaria Avasarala, me conmuevo con los avatares tripulación de la Rocinante, asisto, lleno de empatía, al enamoramiento del detective Miller de una mujer que no le ha visto jamás, sufro con el desengaño de la sargento Draper cuando descubre que la sociedad marciana, por la que estaba dispuesta a matar y dar la vida, no es la Arcadia de virtudes y justicia que había imaginado.

No sé cuánto se esforzaron los escritores de The Expanse en la fase de documentación, pero sí se que los guionistas de la serie se quemaron desarrollando los personajes y los conflictos del argumento. Tanto que nos permite extraer algunas conclusiones útiles para un escritor.

Toma nota:


Si tus personajes no tienen defectos, tus lectores no se identificarán con ellos. Porque a todos nos repatean los pináculos morales y la perfección.
Si tus personajes no corren peligro, tus lectores no se angustiarán por ellos.

Si tus personajes no sufren, tus lectores tampoco.

(Para sufrimiento, el del pobre de Josephus con ese nombre, jajá ja ja ja)
Si los malos no tienen ninguna oportunidad de salirse con la suya, las victorias de tus héroes no tendrán el más mínimo mérito.

Si las victorias de tus héroes no conllevan el pago de precio alguno, no son auténticas victorias.
«Remember the 'Cant'!»
No importa si duele. Si te duele escribirlo, probablemente a tus lectores les dolerá leerlo, y eso significa que habrás alcanzado el campamento base de la Literatura: lograr conmover a tu público. Ahora ya puedes empezar con lo más difícil: aprender a hacerlo bien. Joder, The Expanse empieza presentándote a la tripulación de la Canterbury, te los hace simpáticos, te los hace entrañables y a continuación los mata a todos menos a cuatro.

Y estas lecciones, que los guionistas de The Expanse nos permiten aprender sin necesidad de pasar por el coñazo ese de tener que leernos un libro, son especialmente difíciles de interiorizar en una época en la que se ha impuesto el estilo Joss Whedon de contar historias. Ya sabes:

"Make it dark, make it grim, make it tough, tell a joke."
«Hazo oscuro, hazlo siniestro, hazlo duro, cuenta un chiste».
Y que son los cuatro mandamientos de los escritores mierder supreme que tienen miedo de comunicar sentimientos humanos, de provocar en sus lectores reacciones humanas, de ser acusados de graves, solemnes y serios y luego, como regalo, van y te joden Justice League (que probablemente fuese insalvable de todos modos).

¿De qué cojones va el Arte sino de transmitir ideas y sentimientos humanos, de conmover a un público humano, de hacernos sentir emociones humanas? ¿Por qué hostia deberíamos aligerar un momento dramático, triste, conmovedor, con una morcilla de humor? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de sentir o de hacer que nuestros lectores sientan?

¿Cuándo se impuso esa idea de que avivar las emociones humanas a través del Arte era algo pecaminoso, obsceno, ridículo? ¿Cuándo coño nos volvimos tan delicados que los críticos de cine empezaron a recomendarnos no ir a ver The Joker, no fuese a suceder que nos traumatizara tanta violencia sin sentido?
Las películas del Universo Cinematográfico Marvel son, en el 90% de los casos y durante el 90% del metraje, un ejemplo lacerante de esta filosofía subnormalizadora que trata de impedir a toda costa que el espectador sufra, que se disguste, que contenga el aliento, que sea humano. O sea que yo, que veo poesía venérea en los vídeos de Riley Reid y puedo llorar como una madre escuchando el Carmina Burana, soy, más o menos, un puto monstruo.

Y sin embargo, ni siquiera los inventores de esta receta repulsiva que nos reduce a bebés emocionalmente lisiados a los que un pequeño susto podría convertir en sociópatas homicidas o retrasados mentales, se atreven utilizarla todo el tiempo. Quizá porque hasta ellos han empezado a darse cuenta de que es una trampa (en tus sueños, Sommer), de que el cine puede ser ante todo espectáculo (y escaparate de franquicias, sobre todo escaparate de franquicias), pero que no puede, no debe, no sigue siendo Arte si huye de las emociones, y no hablo de cuando nos levantaron a toda la sala de cine, en unánima aclamación, vítores, gritos, aplausos y lágrimas:
Sino de cuando, sin anestesia y con saña, en una peli que, por momentos, había llevado el método Whedon a la apoteosis de la vergüenza ajena...
...nos rompieron el corazón.
Y si hasta los reyes del pastel, los traficantes de merengue, los jodetramas y revientaargumentos decidieron, para la más épica peli de superhéroes ever ¡HOSTIA, YA!, ahorrarse en el clímax final la coñita marinera, ir al hueso y sin contemplaciones, destrozarnos vivos, dejarnos tal cicatriz que no se nos olvidase jamás, o sea aplicar el método The Expanse, quizá, solo quizá, deberías plantearte la posibilidad de hacerlo tú también en tu excrementosa El anillo de los señores, Vol. 215.
Josephus, jajajajajá! ¡Cada vez que lo pienso!)
Así que corre a ver The Expanse, antes de que te quiten el sitio.
NOTA: esta entrada debería haber salido en la última quincena de febrero. Gracias, Vomistar, que desde noviembre pasado, en tu infinita sabiduría, vienes gratificándome con interrupciones del servicio de telefonía y datos, la última de ellas de una semana de duración. Nos veremos en el infierno.

sábado, 8 de febrero de 2020

Las comparaciones son odiosas, pero en mi país se descuartiza a la gente por mucho menos

«Warner Brothers ha tenido la feliz ocurrencia de llevar a las pantallas de cine una novela que tengo particularmente fresca en la memoria, porque no hace ni un año que la releí por enésima vez. Y ese conocimiento me permite denunciar It como una mala adaptación de la que tal vez sea la mejor novela de Stephen King».
Decía yo, hace no mucho.
 
Las comparaciones son odiosas, pero IT: Chapter Two es una patada entre las gónadas y Doctor Sleep está muy cerca de ser perfecta.
«[...] no es It. Es algo que se parece a It. Es una película libremente inspirada en It. Una película de terror como otras mil que he visto; mejor que muchas, peor que una infame minoría. Una anodina fotocopia que no merece ni lamerle la mierda de los pelos del culo a It».
Decía yo, prácticamente ayer mismo.
 
Las comparaciones son odiosas, pero la narrativa de IT es irracional, despreciable y enloquecida, mientras que hasta las diferencias más contundentes de Doctor Sleep con respecto al libro que adapta a la pantalla están más que justificadas.
«[...] It es un perfecto ejemplo de película basada en un libro, leído o no, del cual no entendiste una mierda».
«Dientes, dientes, que es lo que les jode».
Decía yo, aunque nadie escuchaba.
 
Las comparaciones son odiosas, pero IT: Chapter Two apesta y Doctor Sleep es un exquisito caramelo con sabor a Riley Reid.
Que debe de ser el sabor de los ángeles.
«It nos habla de lo mágico y maravilloso que es ser niño, de lo esforzado y cruel que es hacerse mayor, y de lo que perdemos en el proceso».
Decía yo, antes de ver IT: Chapter Two y Dr. Sleep.
 
Hace casi tres años (¡joder, cómo pasa el tiempo!) ya habíamos establecido nuestras razones para proclamar IT: Chapter One como una buena película de intriga/fantasía (con momentos de sobresalto, que no de terror) al mismo tiempo que una fallida adaptación del libro de Stephen King.

IT: Chapter Two no llega ni a eso. No es, ni siquiera intenta ser, una buena película. Y de lo de intentar mantenerse fiel al libro es que ni se acuerda.

Las concesiones que Andy Muschietti hizo a la narrativa cinematográfica en la primera película, tal vez con la esperanza de atraer un más amplio espectro de público a las salas, se quedan en nada, porque es que su secuela y conclusión es tan dolorosamente mala que la primera, en comparación, parece una puta obra maestra. Los personajes desfigurados, las correcciones inexplicables e injustificadas a la trama original del libro, la adulteración o mutilación de la mitología establecida por la novela y la decepcionante y acomplejada resolución del clímax final dejan de tener importancia cuando te asomas a ese desperdicio de dinero y nervio óptico que es IT: Chapter Two.

Mike Hanlon, el guardián silencioso, el notario de la historia secreta de Derry, el celador de la llama que vuelve a reunir al Club de los Perdedores cuando queda claro que el payaso Pennywise ha vuelto a matar, se convierte por obra y gracia del largometraje de Andy Muschietti en un mentiroso, manipulador y paranoico comemierda.

Ed Bowers, la Némesis de Los Perdedores (con permiso del Payaso Saltarín), que en la novela, cuando Eso le ayuda a evadirse del locódromo, se convierte en la mano ejecutora del payaso asesino, en IT: Chapter Two es una especie de babeante mongólico al que se cepillan a los dos minutos de aparecer y sin apenas esfuerzo.

La relación venenosa de Beverly con su marido, un puto maltratador (reflejo distorsionado de la relación que Bev mantenía de niña con su propio padre), que en el libro es CLAVE para la resolución del argumento, se reduce a una escena de menos de cinco minutos.

Jessica Chastain leyendo sus escenas de trasfondo. TODAS sus escenas.
El hallazgo por parte de Bill de su vieja bicicleta, Silver (de nuevo otra pieza capital de la trama de la novela, donde la bicicleta permite a Bill reconectar por última vez con el niño que fue y traer de regreso a su esposa, Audra, traumatizada por Eso), es en la secuela cinematográfica un cromo sin la menor trascendencia. Hasta sobra esa puta secuencia, porque es que no afecta para nada a la narración.

Lo único que me arrancó una sonrisa de toda la peli fue el cameo de Stephen King.

Lo único bueno en casi tres horas de agonía.
Porque es que las escenas pretendidamente horroríficas ni siquiera eran eso. Eran escenas de sobresaltos en las que, recurriendo a los trucos más bajos y más sucios de la profesión, Andy Muschietti logró, un par de veces, que pegase un botecito en mi asiento.

Pero eso no es terror. Eso es lo que en inglés se denomina jumpscares, que son, al terror, lo que el porno a la poesía romántica.

Aunque a mí Riley me parece poesía y me pone romántico.
El terror va de crear una atmósfera agobiante, opresiva. Los maestros del terror consiguen hacernos sentir atrapados, impotentes; nos suben a un barco que va camino del infierno y nos hacen creer que no podemos bajarnos de él, que nada que hagamos nos salvará de la condenación eterna.

Los jumpscares son solo eso: sobresaltos. Acercarte a una persona por la espalda y gritarle «¡Uuuuh!». La forma más baja de terror, tan efímera como las risas que provoca una ventosidad particularmente escandalosa.

IT: Chapter One intentaba ser una película de terror, y fracasaba.

IT: Chapter Two ni siquiera intenta tener una narración coherente, joder.


Todas las cosas que me gustaron del Capítulo Uno han desaparecido en el Dos; todas las cosas que aborrecí con toda mi alma están aquí elevadas a la milésima potencia. Y alguien debería decirle a Andy Muschietti que si a James McAvoy no lo sujetas en corto se convierte en Sobreactuado Man, el único superhéroe capaz de joder un buen papel con sus expresiones faciales inhumanas, gritos de mal parido, rubor sanguíneo y yugulares inflamadas.

Andy Muschietti tenía la oportunidad de hacer bien lo que había hecho mal en la primera película.

Pero ni siquiera lo intentó. Atado, sospechamos, por el libreto del guionista (que casi literalmente se inventó medio libro para poder rodar la secuela que le salía de las pelotas), simplemente se dejó llevar. Si propuso algunos cambios al guión es algo que es que ni nos hemos molestado en averiguar, porque en este punto ya le hemos concedido a IT: Chapter Two mil palabras más de las que se merece.


Particularmente si la comparamos con otra adaptación reciente de un libro de Stephen King: Dr. Sueño.

IT y El resplandor son, para mí, los dos mejores libros de Stephen King. Punto.

El resplandor
, además, no sabemos si a causa de la icónica adaptación que hizo Stanley Kubrick (otro ejemplo de fallida adaptación cinematográfica pero que, en este caso, al menos es una película prácticamente perfecta), se ha convertido en un clásico instantáneo, un referente de cultura popular y un modelo imitado hasta la saciedad, no siempre con buen resultado.

Y encima la novela está cojonudamente bien escrita.

Puse en remojo la pelambrera de los huevos cuando supe que Stephen King se había sentado a escribir la segunda parte. Era una decisión que no tenía ningún sentido. El resplandor no necesitaba una segunda parte y, encima, King corría el peligro de descubrir que era incapaz no digamos ya de superar, sino siquiera de hacerle justicia a la novela original, que siempre pongo como ejemplo de libro redondo, libro-universo que se basta a sí mismo (aunque forme parte de un universo ficticio más grande, como lo demuestra el hecho de que Dick Hallorann haga un cameo en IT).

Cuando empecé a leer Dr. Sueño me desanimé. Aquello no era El resplandor. Ni siquiera lo intentaba. No podría nunca igualar la primera novela. Era imposible.

Además, de los personajes de El resplandor solo un Danny Torrance ya adulto seguía vivo. Dado que buena parte de la gracia de El resplandor era observar el mundo a través de los inocentes ojos del Danny Torrance niño, ¿cómo podría seducirme este adulto alcohólico, violento y mugriento (pareado inesperado que dejo porque si no me quejo de que no soy lo bastante ingenioso aunque a menudo me quede en chistoso) que protagonizaba Dr. Sueño?

Bien. Me equivocaba.

No era con este Danny Torrance quebrado, politoxicómano, traumatizado por sus experiencias en el Overlook y la muerte de su padre, con quien debía empatizar. Era con el Danny Torrance que decide poner fin a su espiral de molicie y decadencia, agarrar el toro por las huevas, meterse en alcohólicos anónimos y buscar un trabajo estable... donde además sus poderes psíquicos le permiten ayudar a enfermos terminales a hacer en paz el tránsito a la otra orilla.

Era con Abra Stone, la niña-prodigio con un resplandor superior incluso al que tenía Danny de niño, y que lucha por entender y dominar sus poderes, y de camino hacer justicia a los niños asesinados por los vampiros de resplandor de El Nudo Verdadero, comandados por la malvada Rose El Sombrero (megasexy y terrorífica Rebecca Ferguson).

Era esa relación Obi-Wan Kenobi / Luke Skywalker entre Danny y Abra con la que tenía que empatizar.

Y lo hice.

Dios, adoro Dr. Sueño.

No me atrevería a decir que iguale en excelencia a El resplandor, pero desde luego no la devalúa. Las últimas doscientas páginas me las pasé en trance, casi incapaz de pestañear, dispuesto a creer que cualquier cosa podía suceder, que tal vez los malos de la novela tenían la oportunidad de ganar. El suspense estaba perfectamente logrado, la tensión era real, el drama era opresivo; yo sufría por los personajes, temía por ellos y estaba seguro, seguro, seguro, de que la novela no podía acabar bien y, encima, yo no podía hacer nada para cambiar el desenlace.

Es lo que pedimos a una historia de terror.

Dr. Sueño nos lo da. Por kilotones. En parte gracias a la villana, la odiosa y carismática Rose.

Stephen King escribió la mejor secuela de El resplandor que se podía escribir. Con eso contentó a los miles de lectores que se han pasado décadas pidiendo una segunda parte del libro y que, gracias a Dios, ya no tendrán que esperar a que el feo más rico de Maine se muera y sus herederos contraten a un negro con más caradura que luces para perpetrar una continuación no canónica.

(David Lagercrantz, ¿por qué me miras así?).
La adaptación cinematográfica de Dr. Sueño estaba más que cantada y no se ha hecho esperar.

Y no seré yo el que diga que es la mejor adaptación de la novela que podía haberse hecho.

Pero es buena. Muy buena. Extraordinariamente buena y, si la comparamos con IT: Chapter Two, una obra maestra.

Y parte de las cosas que no me gustan de la película son las decisiones creativas que colisionan con las que Stephen ya había tomado al escribir el libro, y que dudo mucho que pudiesen haberse esquivado.

Rose La Hijadeput... El Sombrero.
Porque el problema es que Dr. Sleep tenía que ser, sí o sí, infiel a la novela (y sin embargo es extraordinariamente fiel) debido a una razón capital:

Dr. Sleep no es una continuación de El resplandor, la novela de Stephen King; es una continuación de El resplandor, la película de Stanley Kurbrick, y, dadas las diferencias de planteamiento y desenlace de ambas, el proceso de adaptación del argumento pasaba, inevitablemente, por traicionar la literalidad de la obra de King a fin de mantener la continuidad del universo cinematográfico establecido por Kubrick.

Al final de El resplandor, de Stephen King, el cocinero Halloran rescata a Wendy y Danny.

Al final de El resplandor, de Stanley Kubrick, Jack Torrance mata a Halloran antes de que pueda rescatar a nadie.

Y esa es la razón de que en Dr. Sleep, la película, el Danny niño hable con el fantasma de Halloran mientras que en Dr. Sueño, la novela, lo hacía con el propio Dick, en carne y hueso.

Al final de El resplandor, de Stephen King, el Overlook salta por los putos aires porque Jack había olvidado bajar la presión de la caldera. Y Jack vuela «hasta la puta luna» montado en el hotel.

Al final de El resplandor, de Stanley Kubrick, Jack muere congelado y se incorpora al repertorio de fantasmas que pueblan el hotel, intacto y listo para seguir jodiéndole la vida a sus próximos guardeses.

Por eso en Dr. Sleep, la película, el clímax final tiene lugar en un Overlook mohoso y desvencijado, pero todavía en pie, mientras que en Dr. Sueño, la novela, la batalla decisiva se libra entre las ruinas ennegrecidas del hotel.


No es Jack, pero se le parece tanto que acojona.
Dr. Sleep no puede menos que traicionar la novela que adapta a la pantalla. Pero es una traición que podemos perdonar fácilmente. Porque hacen que Dr. Sleep sea parte de algo más grande. Mejor.

Dr. Sleep, la película, traiciona Dr. Sueño, la novela, pero lo hace en defensa propia, y el resultado es tan maravilloso, tan coherente y redondo, que nos resulta fácil perdonárselo.

Algo que, lamentablemente, no podemos decir del IT de Andy Muschietti.

Película a la que, me reafirmo, ya hemos dedicado más tiempo del que se merece.

Solo espero que, una vez establecido que es posible hacer buenas adaptaciones cinematográficas de las obras de Stephen King, incluso retorciendo un poco el material original, la máquina que en lo sucesivo decida los proyectos de Warner Bros escoja hacerlo al estilo de Mike Flanagan y no al de Andy Muschietti.

Por el bien del cine y por el bien de los fans de Stephen King, entre los que me cuento.

Y ella también se cuenta. Estamos seguros.

jueves, 23 de enero de 2020

Ya no hacen drogas como las de antes

Ay.

Ay, Harlan Ellison mío.

Van a hacer un remake de Aullidos, un clásico del cine de terror de los años 80. Se lo han encargado al autor del remake de It.

Y ya sé que no debería escandalizarme, porque también van a hacer un remake de Doce del patíbulo, que ya tiene cojones que vayan a joder otra de mis pelis favoritas de sábado por la tarde.

De lo cual me enteré poco después de saber que en Hollywood estaban sopesando un remake de El fugitivo, que era a su vez un remake de 1993 de la serie de televisión de los años 60.

Y, hablando de series, van a remaquear Kung Fu, con una pequeña saltamontas en vez de un pequeño saltamontes. Y ésta era una serie que me encantaba, con toda esa filosofía presuntamente oriental (en realidad eran potorradas de libro de autoayuda) y las risibles escenas de artes marciales (David Carradine no tenía puta idea de kung fu y se notaba a rabiar; Bruce Lee iba a ser el prota de la serie pero nadie quiso poner un duro en una serie de televisión protagonizada por un chino interpretado por un chino).

Échale un ojo a la cartelera de tu barrio y a los próximos estrenos y empieza a vomitar.
Me ha pasado.
Han hecho remake de The Grudge.

Van a hacer remake de New Jack City.

Cara a cara (¿¿¿¿¿¿Por qué??????).

Hellraiser. ¡Si la original es perfecta! ¿Qué van a hacer? ¿Un Hellraiser PG-13?

La princesa prometida, ¡CABRONES!

Disney, con encomiable desvergüenza, ya ha convertido en una industria hacer remakes en 3D o con actores de sus pelis de animación. Han caído, hasta el momento, a menos que la memoria me traicione, Aladdin, La bella y la bestia, El libro de la selva, El rey león y 101 Dálmatas y Mulán, de próximo estreno.
Y, viendo el panorama, no puedo menos que comprender que Triki, el monstruo de las galletas, decida que no merece la pena curarse de su adicción.
A un amigo mío le ha pasado.
¿Qué aportan todas estas «reinterpretaciones» de películas ya rodadas?

Absolutamente nada. Lo de El rey león es de cortarse la picha en finas lonchas, porque literalmente han fusilado la película original plano por plano.

Y no, no veo por qué tendríamos que conformarnos. No entiendo el argumento de «si te gusta realmente el cine irás a verlas igual». Porque es falaz. Porque si te gusta la buena mesa, pero solo te sirven mierda putrefacta, no comértela es más que una opción respetable. Es lo que se espera de ti. Es tu puto derecho. Por los cojones de Backaroo Banzai y los Hong Kong Cavalliers, no hagas como ese colega mío que, harto de que todas las chavalas le mandasen a tomar mucho por el culo, empezó a convercerse a sí mismo de que su historial de fracasos vaginales se debía a que, en realidad, lo que le iban eran los rabos.
Conozco a alguien a quien le ha pasado.
Cuando pagas por un producto, tienes derecho a exigir que te entreguen el mejor producto posible por tu dinero. Desde el punto de vista estrictamente económico, levantarte en mitad de la película y largarte es más rentable que quedarte hasta el final con la esperanza de que mejore o para justificar el precio de la entrada. Si estás sufriendo más que en manos de Pinhead y sus cenobitas, permanecer en tu butaca cuando ha quedado claro que la peli es una mierda «porque si me largo pierdo la pasta de la entrada» es tanto como decir «soy profundamente retrasado y estoy pagando para que me torturen».
Así que, ¿por qué voy a ir al cine a ver algo que ya he visto, una historia que ya conozco, que ya me han contado?

Han hecho el remake de Mujercitas. En clave feminista, al parecer.

Como si la novela no fuese lo bastante feminista.

Parece ser que la película es una maravilla. Yo no lo sé porque no he ido a verla. Y no he ido a verla porque ya me he visto como sesenta mil adaptaciones cinematográficas y televisivas de Mujercitas, la mejores y las peores.

No necesito ver otro remake de Mujercitas. ¡Joder, que Louisa May Alcott no es Shakespeare, copón! ¡No queda nada por explorar ni desarrollar de su libro! Cuatro hermanas que luchan contra la adversidad en una época en la que la mujer solo podía empoderarse, y poco, si se casaba o era millonaria. Punto. ¿Qué más hay que contar de Mujercitas?

¿Por qué la industria del cine se empeña en venderme productos más que agotados?
¿Se han muerto todos los guionistas?

¿O es que la nueva generación de escritores son todos unos ineptos incapaces de parir una idea original?

Abrumado por estas preocupaciones me entero del anuncio de Warner Bros: a partir de ahora, emplearán inteligencia artificial para mejorar el proceso de selección de sus películas.

No te lo pierdas: los directivos de Warner Bros. creen que, hasta ahora, lo habían estado haciendo bien.

Y en ese momento algo hace «click» y todo encaja en su lugar. Y te sientes como unas bragas sucias. Y ojalá no lo hiciese, porque es el equivalente intelectual a descubrir, al final de una paja especialmente gustosa, una milesima de segundo antes de que te salga la primera gota de zumo de perlas, que Riley Reid es clavadita a tu dulce hermana de quince años.
El amigo de un amigo conoce a alguien a quien le ha pasado.
En Warners Bros. ya no confían en sus escritores, ya no confían en sus directores, en sus actores, en sus fotógrafos, en sus músicos, en sus técnicos. Se han convencido de que no tienen todos ellos juntos ni media puta idea de cómo se hace cine y quieren que, a partir de ahora, sea una máquina la que les aconseje qué guiones rodar, qué actores los protagonizarán y en qué papeles, qué director firmará la película, qué enfoque le dará a la producción, cuántos chistes incluirá, a qué audiencia irá enfocada, cuánto se invertirá en la producción.

En Warner Bros. han decidido que los artistas no tienen ni puta idea de hacer Arte y que el Arte, esa manifestación pura de la creatividad humana, debe ser confiada a UNA MÁQUINA.
A Riley es que estas cosas le llegan muy adentro.
Todo. Absolutamente TODO está mal en esa idea.

TODO.

¿Tengo que explicar por qué?
(Simplemente hay días en que me convenzo de que sigo librando una guerra que ya ha terminado. Y la perdimos. Todos).
(Y ¿qué cojones está haciendo Scorsese al respecto? ¿Va a quedarse callado esta vez?).
Me acabo de ver The Room, que es el producto de un director que se vio una película de Tarkovsky, y le sentó mal. Y en ningún momento dejé de ver las puñeteras vías del travelling. Y una película de la que puedes predecir cada escena con minutos de antelación, una película que no te permite olvidar en ningún momento que estás viendo una película, es una mala película. Lo único que podría haber endulzado el mal trago era un desnudo de Olga Kurylenko. y no lo tuvimos.

Poco antes había visto The Dead Center. Creo que nunca había pasado menos miedo viendo una película de terror. Y el que esto escribe se ha visto todas las de Manolo Escobar.
(¿Qué pasa? Todos tenemos un pasado).
The Operative. Me dormí a los cuarenta minutos.

Long Shot. Se supone que era una comedia. No me reí, ni una vez.

¿Cuál fue la última película que consiguió conmoverme, hacerme olvidar que estaba viendo una película, meterme en la acción de lleno y hacérmelo pasar mal en algunos momentos y bien en otros?

Rambo: Last Blood.

Que te da exactamente lo que promete: hiperviolencia descerebrada y casi cero guión al estilo de las pelis de machotes hormonados de los años noventa.
La última película que olvidé, durante menos de hora y media, que era una película, es un largometraje pésimo rodado al estilo de los títulos de acción desparramada que llegaban a los cines, o salían directamente a vídeo, hace treinta añacos.

Y ése es un pensamiento desolador.

En el mundo del cine, en las novedades de las editoriales, en la industria de la música... todo es tan dolorosamente artificial, tan ignominiosamente desganado, tan evidentemente manufacturado por un equipo de marketing que la verdadera creatividad parece arruinada, proscrita, rota.

No es extraño que alguien quiera confiarle ese trabajo a una máquina.

Hay cine más allá del cine de superhéroes, de las secuelas y los remakes.
Hay música más allá de las radiofórmulas, los clones de Beyoncé y las boy-bands de estudio de mercado.
(Y rodar un videoclip es más que poner ojitos de emporrada y susurrar. ¿Me oyes, Billie Eilish? ¡A ver cuándo te haces una moza hecha y derecha y de pelo en pecho y ruedas videoclips como un macho!).
Hay Literatura más allá de... la mierda que sea que publiquen ahora. La verdad es que empieza a darme un poco lo mismo.

Pero...
«La pasion est toute l'humanité. Sans elle, la religion, l'histoire, le roman, l'art seraint inutiles».
Honoré de Balzac
El arte es una expresión de la sensibilidad humana.

Una máquina no puede tener sensibilidad humana. Nunca. Por muy avanzada que sea.

Lo único que una máquina puede darnos es una fórmula. Una franquicia. Un millón de productos absolutamente indistinguibles los unos de los otros y que se acuñan en base a un formulario de lo que se espera que resulte económicamente provechoso. Contratas a un guionista y le das una plantilla sacada del último éxito de ventas para que vaya marcando casillas.

Contratas a un guionista y le pagas para que apague su imaginación. Desactive su cerebro. Se limite a copiar. Para que no sea creativo.

Contratas a un escritor y le exiges que no escriba. Que sea un cobarde. Un mercenario. Un simple copista.

Una máquina.

Lo cierto es que cada vez tiene más sentido que en Warner quieran confiar las decisiones creativas a una máquina.

Los estudios de cine llevan varios años haciéndolo. The Room, The Dead Center, The Operative, Long Shot... han sido escritas y dirigidas por personas que no se han preocupado lo más mínimo por ser creativos, por hacer un buen trabajo, por ser indistinguibles de máquinas, que se han limitado a copiar fórmulas ya agotadas por repetición y que si alguna vez fueron originales, llevan obsoletas por lo menos desde los tiempos del cine mudo.

Mira las películas de Marvel Studios. ¡Y gozo como un marrano en una letrina con la mayoría de ellas!, pero ¿no son todas iguales? Objeto de poder (el teseracto, la armadura de Iron Man, una joya del infinito, el martillo de Thor, las partículas Pym de Ant-Man...), villanos que quieren conseguirlo a toda costa, héroes que intentan impedirlo con todos sus medios, los mismos arcos de transformación, el mismo ritmo, el mismo estilo de música, los mismos chistes, contados en los mismos momentos, la misma fotografía, los mismos estereotipos de personajes...

La fórmula de las franquicias cinematográficas MATA neuronas a ambos lados de la pantalla.

Dime una sola diferencia entre Fast & Furious 3 y Fast & Furious 7.

Estoy esperando.

Soy de la generación que recuerda carteles de películas que eran verdaderas obras de arte. Auténticas pinturas en las que uno o varios artistas expresaban su inspiración y demostraban su dominio de la técnica. Eran carteles humanos hechos por seres humanos como Drew Struzan, Saul Bass, Roger Kastel o Greg y Tim Hildebrant. Artistas humanos que hacían arte humano para seres humanos y nos conmovían en el proceso.
Lo has visto mil veces y no sabías que era de los Hildebrant.
Hoy en día, el cartel de una película es una composición hecha con Photoshop.

Y además, también hace tiempo que todos ellos se ajustan a un formulario, como este usuario de Twitter ha descubierto. Si tuviésemos que deducirlo de los carteles, no nos quedaría más remedio que concluir que solo hay once tipos de películas:

1. Películas de acción azul y naranja.

2. Películas de patorras femeninas.

3. Películas de protagonista desenfocado.

4. Películas de parejas apoyadas la una en la otra.

5. Películas de dar la espalda a contraluz.

6. Películas de vestido rojo.

7. Películas negro y naranja.

8. Películas de niebla melancólica.

9. Películas de ojo.

10. Películas amarillas.

11. Y películas de Tom Cruise de perfil.

¿Dónde está la creatividad aquí?

¿Dónde está la sensibilidad humana?

¿Dónde está el arte?

Mira este cartel de la década de los 80:

y compáralo con estos:
Encuentra las siete diferencias.
Y ahora fíjate en la plantilla que usa Disney para los carteles de sus películas:

Y compáralos con este cartel, de lo más reciente:

O con éste, aún más reciente y que prueba que aún es posible salirse del puto formulario:

Warner Bros. ha decidido que la gente no sabe realmente hacer películas, que mejor se lo encargan a un robot.

Porque, y mira que nos hartamos de decirlo, hace tiempo que en Warner, y en toda la industria del cine, de la literatura y de la música, hace tiempo que no se crea Arte. Se crean franquicias. Productos que permitan vender muchas camisetas, tazones y suscripciones a Disney+.

Porque en los grandes grupos editoriales hace tiempo que llegaron a la conclusión de que la gente no sabe lo que quiere. Que hay que enseñárselo. ¿Y quién mejor para hacerlo que una máquina que pueda reducir una película, un libro, un disco, al nivel del más agilipuertado de sus posibles consumidores?

Un amigo mío está seguro, y no se cansa de decirlo, de que Todd Phillips en realidad no quería hacer una película sobre el Joker. Que su historia iba sobre un simple marginado. Un enfermo mental rechazado por la sociedad que acaba convirtiéndose en icono de una revuelta de los desposeídos. Ése era el plan, pero Todd Philips no consiguió que le prestasen ni un euro de madera para su producción hasta que dijo que el protagonista podía ser, ¿por qué no?, la némesis de Batman. E incluso entonces le dieron cuatro duros. Lo que gastan en Warner en farlopa un fin de semana tranquilito.

Y, como no formaba parte de una franquicia, ni estaba dentro de la continuidad de un posible DCU que, gracias a la incompetencia de Warner, ni siquiera sabemos si existe, le dieron carta blanca.

Y Todd Phillips hizo con su película lo que le salió de los cojones y rodó tal vez la mejor cinta de 2019. Y una de las más rentables, por añadidura.

Porque no dependía de una máquina que escogiese por él al reparto.

El guión.

La fotografía.

La música.

Porque hizo una película humana, protagonizada por personajes humanos, que conmueven a los espectadores humanos.

Ay, Harlan Ellison, ¡qué mal has hecho al marcharte!
(Y, mira, subo otro gif de Riley porque... porque... porque es que me pone a morir, la muy guarrilla. Y ella ya lo sabe. Y sus abogados también).
Cásate conmigo y hazme un hombre decente, Riley.
Warner Bros. va a confiarle las decisiones creativas a una máquina.

¿Y tú? ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Vas a negarte a ser cómplice de esta infamia o colaborar en la destrucción del alma humana?

A mamarla. Ambos sabemos la respuesta.