martes, 17 de marzo de 2020

El venenoso concepto del escritor putilla

Cuando yo empecé a leer bitácoras en Internet, allá por la Edad de Bronce, me hice con una pequeña agenda de autores a los que seguía. Blogueros, les llamaban. Gente que en su tiempo libre subía a sus páginas toda clase de idas de olla sobre temas como manga y anime, cine, ciencia, literatura...

Me resulta un poco desolador descubrir que la inmensa mayoría de esos blogueros han dejado morir sus páginas, las han sacado de la circulación, se han pasado a twitter (donde puedes publicar un muy superior número de polladas por minuto pero poco o casi nada con un mínimo de reflexión o trascendencia) o simplemente llevan años, literalmente años, sin actualizar sus bitácoras.

Y algunos de ellos eran muy buenos. Escritores realmente competentes que contaban cosas interesantes y las contaban bien. De Ender y El Camarada Bakunin de Halón Disparado me gustaba todo, absolutamente todo, y muy especialmente la «frase gamberra de la semana»; citas de autores como Asimov, Kerouac, Bukowski... cosas del estilo de «cualquier profesor que pueda ser reemplazado por una máquina merece ser reemplazado por una máquina» o «nada impide que el bien triunfe sobre el mal; bastaría con que los ángeles se organizaran al estilo de la mafia». De Kitsune Monogatari (una de las que se pasó a Twitter) me gustaba que me contara cosas de Japón que los freaks del manga y del anime ignoran, pasan por alto o con las que se limpian el culo porque lo que ellos quieren son Narutos, Onepieces y tiarronas delgadas pero de teturcias inmensas con unos espadones de te cagas. De El Teleoperador me flipaba que fuese capaz de flagelar a corporaciones multimillonarias y cagarse en sus heridas abiertas y de Patrulla de salvación me ponía cachondo su mala leche, aunque no siempre estuviese de acuerdo con esa actitud suya, pelín arrogante y a veces clasista, hacia la cultura.

Y todo esto no es más que una introducción.


Fue en una de estas bitácoras (la verdad es que ya no recuerdo en cuál), hoy desaparecida, abandonada u ofuscada, que me recomendaron la lectura de El nombre del viento, de Patrick Rothfuss.

El contexto en el cual el autor de la bitácora hacía esta recomendación a todos sus lectores fue más o menos una protesta por la clase de literatura fantástica Tolkien-style que, doloroso es admitirlo, es la única clase de literatura fantástica que conciben los mierdecillas disléxicos que, en realidad, no saben ni pretenden aprender a escribir y que, afrontémoslo, deberían limitarse a la fan-fiction. Mi memoria, siempre traicionera (no ha vuelto a ser la misma desde que me bibí el turmómetro), me sugiere que el bloguero en cuestión se quejaba de que le habían pasado otra mierda de novela Tolkien-style con elfos, enanos, objeto mágico y Señor Oscuro
™ al que derrotar (mi profunda aversión por ese libro me tienta a sugerir que se trataba de Eragón, pero no puedo asegurarlo), novela que el autor de la bitácora ponía de vuelta y media, para luego marcarse unos de esos momentos «aguántame la cerveza» y recomendarnos otro libro infinitas veces mejor: el ya citado El nombre del viento.

Y, mierda, me picó la curiosidad. A través de recomendaciones de ésta o de otra página fue como llegué, por citar solo dos títulos, a Déjame entrar, de John Agvide Lindqvist (una de las tres mejores novelas de vampiros que he leído en mi vida), y a Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke, y nunca me arrepentí de comprarlos. No, no voy a resumirte el argumento de El nombre del viento ni de su secuela, El temor del hombre sabio. Esta entrada del Paratrooper's no va de eso más que tangencialmente. Además, si quieres saber por qué estos dos libros me gustaron tanto, el camino más corto para lograrlo es leértelos.

Que vaya por delante una dolorosa verdad: amparados en la denominación «literatura fantástica» se ha publicado mucha mierda y escrito todavía más. Yo empalmé una larga racha en la que tuve que dejar de leer literatura fantástica porque es que los ojos me chorreaban diarrea. Editores sinvergüenzas han tenido la desfachatez de intentar inventar la Coca Cola publicando cualquier pijotería con elfos, enanos y dragones ambientada en una especie de Edad Media falsificada y escrita por pajilleros sin cultura, talento ni dignidad. Como digo siempre: si pones un dragón en la portada de tu libro es poco probable que me digne a abrirlo siquiera, porque me estás mandando el mensaje de que no te masturbas lo suficiente. Y es por eso que no sentí verdadera curiosidad por Canción de fuego y hielo hasta verme la primera temporada de la serie y decirme a mí mismo «oye, a lo mejor esto no está tan mal». Después de eso, me metí en vena los cuatro volúmenes publicados entonces, pero no voy a hablar aquí de la obra de GRRRRRR Martin... todavía.

Recapitulemos. Estaba hablando de El nombre del viento, de Patrick Rothfuss, que en las primeras páginas de su libro ya nos anticipa, por boca de su personaje, que la historia de Kvothe el asesino de reyes vendrá en tres partes: el susodicho primer volumen, el segundo: El temor del hombre sabio y el tercero: Las puertas de piedra.

Y por fin introduzco el tema de la presente entrada bitácora; porque han pasado nueve años desde la publicación de El temor del hombre sabio y lo único que hemos visto hasta el momento de Las puertas de piedra es esto:

Y algunos de los fans de Rothfuss están empezando a cabrearse. Consideran el retraso una falta de respeto. Proclaman que tienen derecho a leer ¡PERO YA! esa conclusión de las aventuras de Kvothe que tanto se está haciendo desear. Le recuerdan al autor que ELLOS le han hecho lo que es, que ESTÁ EN DEUDA con ellos, que LES DEBE su fama, su carrera y su fortuna, que en vez de vivir su vida debería estar encerrado en una mazmorra, escribiendo Las puertas de piedra.

Que son básicamente, y por no personalizar, las mismas potorradas que tiene que oír el pobre de GRRRRR Martin a propósito de los últimos libros de Canción de Fuego y Hielo.

Chicos, ya siento tener que ser yo el que os pinche el globo...

...pero...

...el retraso de Las puertas de piedra no es ni pretende ser una falta de respeto...,

...no, no tenéis derecho a leer ese libro, ni ningún otro, ni ahora ni nunca, y dais ascopena invocando ese derecho que os habéis concedido a vosotros mismos, putos millennials...,

...Patrick NO OS DEBE UN COJÓN ni tiene que agradeceros nada ni hacer ningún sacrificio por vosotros...

...porque, básicamente, Patrick Rothfuss NO ES VUESTRA PUTA.


Refutación al primer axioma: «¡queremos el libro y lo queremos YA!»

Hijos míos, cómo se nota que no tenéis ni media idea de esto.


Escribir un libro es difícil.

No, perdón, me he expresado mal: escribir un libro es DIFÍCIL DE LA HOSTIA. Ya no te cuento si, encima, pretendes escribir un libro medianamente decente, y por «medianamente decente» me refieron a un libro con un trasfondo sólido, con unos personajes creíbles y atractivos, con unos diálogos interesantes y originales y una historia adictiva. Vamos, lo contrario a parir la octogésima mitosis argumental de El señor de los anillos: el retorno de Salfumán o Harry Potter y el escroto perdido de Hermione, ¡nos ha jodido!, ¿tú sospechabas que era un travelo?

¿Quieres escribir una mierda? No seré yo quien te lo impida. Siéntate delante de un cuaderno en blanco o una pantalla de ordenador, trinca un termo grande de café con Red Bull y un bote tamaño Bob Fosse de anfetas y escribe una mierda. El mundo es muy grande, sesenta mil millones de moscas no pueden equivocarse y siempre hay sitio para otra bosta fétida, tierna y humeante en las estanterías de las librerías.

Pero ¿quieres que Patrick Rothfuss (o GRRRR Martin, o Sasha Grey) escriban un libro cuanto antes o que lo escriban bien?

Escribir un libro, incluso uno malo, lleva tiempo. Hasta vomitar otro cagarro para lobotomizados tiene su ciencia, pero yo no te estaría recomendando El nombre del viento y El temor del hombre sabio si te tuviese por un lobotomizado dispuesto a consumir la primera mierda que un diletante sin oficio ni maneras haya garrapateado mientras le sacaba punta al pito con fotos de cosplays de elfa.
(No hay elfos en los libros del Asesino de reyes. Solo quería dejarlo claro).
Y no es poco reto el que tiene por delante Patrick. Porque si realmente pretende acabar la historia de Kvothe en un tercer y último volumen... bueno, como escritor ya os lo digo, eso es DROGA DURA. Hay tantos flecos entre los dos primeros libros, tantas líneas argumentales que cerrar, tantas preguntas pendientes de respuesta, tantos personajes de cuyos destinos ocuparse que no me sorprendería nada descubrir que el bueno del señor Rothfuss decide sacar su tercer libro en dos volúmenes. Porque si consigue darle un final digno a su trilogía en un único libro de menos de mil páginas, yo seré el primer sorprendido (y pasaré, acto seguido, a destripar la obra para tratar de averiguar cómo coño lo ha hecho).

Refutación al segundo axioma: «¡tenemos nuestros derechos!»

No.

Como lector, no tienes una mierda de derechos. Tu único derecho como lector es leer el libro. Derecho, insisto, no deber. No es imprescindible que lo leas (de hecho, si no te gusta como empieza te recomiendo que ni lo intentes). Leer un libro no te otorga privilegio alguno. Un libro no es un contrato ni adquieres ningún tipo de garantía al comprarlo (o tomarlo en préstamo, que siempre se nos olvida esa posibilidad). No tienes derecho a que te compensen si el libro no te ha gustado, no tienes derecho a que lo reescriban a la medida de tus ideas preconcebidas, a que supriman a los personajes que no te gustan, le den más diálogos y más protagonismo a los que sí ni a que te devuelvan el dinero si el final no satisface tus expectativas.

Como lector tienes un único derecho, y lo ejerces al leer el libro. Un derecho que puedes dejar de ejercer cuando te de la gana, temporal o definitivamente, y sin necesidad de justificarlo.

NO tienes derecho a que el escritor te entregue un producto que te guste.

NO tienes derecho a que el escritor te de lo que esperabas de él.

NO tienes derecho a que el escritor respete las prerrogativas que te has concedido a ti mismo.

NO tienes derecho a que el escritor escriba el libro que tú hubieses querido que escribiese.

NO, repito NO tienes derechos sobre la narración, el estilo, el argumento, los personajes, los diálogos, la fecha de publicación, la estructura o el final. NO los tienes. Esto es lo que hay. O lo tomas o lo dejas, pero basta ya de tocar los cojones.

Los autores tienen derechos, los lectores tienen opiniones, y sus opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno y por todos ellos sale mierda. Y esa mierda apesta.

Refutación al tercer axioma: «¡el autor está en deuda con nosotros!»


No. No lo está.

El autor, lo creas o no, es el último mono en esta historia. Debería ser el primero, que por algo hace el 90% del trabajo, pero es el último. O sea que tú, el lector, ni siquiera eres el último. No eres nadie. No cuentas en el proceso de sacar un libro a la calle. Estás fuera de la ecuación. Eres menos que el último mono. No eres ni el último ñordo que cagó el último mono. Solo eres el gilipollas que pagó veinte leuros por ese libro de los cuales el escritor, si tiene suerte, verá dos leuros. Estás fuera, chaval.

El autor no está en deuda contigo. Él escribió el libro, y allí se acabó su participación en este quilombo. El libro puede haber sido mejor o peor, y tú, amigo lector, tienes derecho a que no te guste y a decirlo bien alto si te apetece.

Pero ese derecho está exactamente al mismo nivel que tu derecho a pelártela con la mano derecha o con la izquierda o a apretar o relajar el ano en el momento de atizarte un pedo, y merece el mismo respeto.

La integridad del autor está muy, pero que muy por encima de los privilegios que hayas decidido arrogarte, del sentido de propiedad sobre su obra que te hayas concedido a ti mismo, sin autoridad alguna para ello, sin permiso del artista, explícito o implícito, y cagándote expresamente en su propiedad intelectual que, dado que él ha escrito el libro y tú no, SÍ le otorga sobre ese libro derechos que tú ni tienes, ni has tenido, ni tendrás nunca.

Leer ese libro que tan profundamente te decepcionó no era obligatorio, y haberlo hecho no te convierte en acreedor del escritor.

Comprar ese libro que ha hecho tan poco por alcanzar tus elevados ideales estéticos y artísticos no era obligatorio, y haberlo hecho no pone a su autor a tu merced.

Ya sé que resulta difícil hacer entender esto a la generación que vomitó sangre purulenta con el final de Mass Effect 3 (la generación que había escogido creerse la mentira de BioWare de que serían capaces de proporcionar un final distinto para cada experiencia de juego, lo cual implicaba escribir un videojuego distinto para cada partida), que logró cambiar el diseño de la película de Sonic (por cierto, aquí hicisteis bien, ¡ole vuestros huevos!), que se niega a usar la palabra «maricón» o sus derivados cuando cantan una canción que la contiene explícitamente o que cree que hay por lo menos 57 sexos distintos, pero que tú te atribuyas un derecho no te lo concede automáticamente ni obliga a los demás a respetarlo. Sobre todo si ese derecho es una cretinez. Particularmente si reclamar ese derecho te delata como un absoluto soplapollas.

Patrick Rothfuss escribirá o no, le entregará o no a su editor el tercer volumen de la Crónica del Asesino de Reyes, y el libro será lo que esperamos de él o no, será bueno o no, y ni depende de nosotros, ni ha dependido nunca y está bien que sea así.

Y lo que vale para Patrick Rothfuss y Las puertas de piedra vale para GRRRRRR Martin y Vientos de invierno, o para cualquier otro escritor y cualquier otra obra. De GRRRRR Martin, que ya está harto de que le llamen Gordo Holgazán y Cabrón, tengo la teoría de que se siente menos forzado a escribir (¿terminar?) ese puto libro desde que la serie de televisión de Juego de tronos le puso un final (uno espantoso) a la historia, y puede que ese mismo desahogo le ayude a terminar, de una puñetera vez, el libro de los cojones, o a no hacerlo y mandarnos a todos a hacer puñetas, que es lo que nos merecemos.

Que no es que GRRRR no esté escribiendo. Se acaba de marcar un supositorio de casi 900 páginas que, a la vista está, no es más que un lavado de cara a las notas que había tomado para Canción de fuego y hielo. Vamos, que GRRRRR Martin nos ha colado por la bisectriz un Silmarillion del reino de Poniente, y no seré yo el que diga que no me gustó, pero sí el que afirme (si no se me ha adelantado nadie aún) que hay al menos seis novelas diferentes que podrían haberse desarrollado a partir de Fuego y sangre, un volumen en el que todo sucede tan rápido, pese a su extensión, hay tal densidad por capítulo de batallas, incesto, dinastías, puterío, traiciones y dragones que no te da tiempo a cogerle cariño a ningún personaje antes de que lo esmochen y, encima, es realmente difícil seguirle la pista a los protagonistas (joder, Rhaenys, Aegon, Rhaenyra, Vysenia, Maegor... ¿es que no tienen más nombres, los putos valyrios, o al menos un apellido?).

El autor solo tiene un compromiso real: el que establece con su obra. Todo lo demás es adjetivo. Si un escritor escribe un libro de una determinada manera es porque le ha dado la gana o porque no ha sido capaz de hacerlo de otra forma. Si un escritor escoge, por motivos que solo a él incumben, no escribir un determinado libro, esperen lo que esperen de él sus lectores, nadie tiene derecho a pedirle cuentas por ello.

Los libros de Michael Crichton se fueron haciendo progresivamente peores a medida que iba importándole más la película que harían a partir de ellos que el libro el sí. Parque Jurásico III es prácticamente un tratamiento de guion con acotaciones para el director de fotografía y todo. Le faltó poner en la novela qué actores quería para los papeles secundarios.

Los últimos libros de Harry Potter fueron denunciados por algunos de sus más fervientes partidarios como notoriamente inferiores a los precedentes (incluyendo una profecía que ni se menciona en ninguna de las primeras novelas y que dejó a más de un lector con el esfínter arrugado), contaminada como estaba J.K. Rowling (que tampoco es que haya escrito nunca como Raymond Carver, para qué engañarnos) por la saga cinematográfica multimillonaria a la que se sentía obligada a seguir proveyendo material, satisfaciendo las expectativas de los ejecutivos del estudio de cine que tenían una idea muy clara del tipo de producto que querían vender y de la audiencia a la que iba destinado, y de lo que esa audiencia esperaba.

Una idea muy clara de la historia a la que ese público creía tener derecho en virtud de una presunta deuda que el escritor habría contraído con ellos.

Antítesis: «¡el escritor es nuestra zorrita!»

No, no lo es.

NO.

NO

LO

ES.


Y si necesitas a estas alturas que te explique por qué, es que eres gilipollas, y yo no pierdo el tiempo con gilipollas.

domingo, 1 de marzo de 2020

"Remember 'The Cant'!" Aprende a escribir con 'The Expanse'

Hace ya un tiempo, en el pleistoceno de la bitácora, me hice una entrevista a mí mismo (mmmm... probablemente no me di suficiente caña; habrá que repetirla con un par de copazos de licor café) en la que explicaba por qué, en mi opinión, y a pesar de ser lenguajes radicalmente diferentes, el cine puede enseñarle a un escritor técnicas narrativas mejor y más efectivamente que ninguno de esos manuales para escritores, de insufrible pedantería, o esos cursos de escritura creativa de los cuales, que yo sepa, solo ha salido una cosa digna de provecho y se llama Camilla Läckberg.
Ella.
Volví a recordar esa entrevista mientras veía los últimos capítulos de la segunda temporada de The Expanse.

The Expanse empezó como una serie de novelas, cuentos y novelas cortas escritas por James S.A. Corey, que en realidad no es un señor, sino dos. James S.A. Corey es el nom de plume de Daniel Abraham y Ty Franck, que publicaron el primer volumen de la serie, Leviathan Wakes ya en 2011.

Doble función, sensación única.
La gracia de esta historia es que Abraham y Franck no pretendían escribir una novela, y menos aún ocho. Su propósito original era crear un MMORPG, que no es la onomatopeya de un sueco atragantándose con una espina de arenque, sino un videojuego de rol multijugador masivo (Massively Multiplayer Online Role-Playing Game, en la bella lengua de Sasha Grey). Los autores querían hacerle la competencia a World of Warcraft o, dado que The Expanse es casi una space-opera típica, más bien a Starcraft, que ni siquiera es un MMORPG. A fin de que el universo de su juego de rol fuese sólido, el autor bicéfalo empezó un proceso de worldbuilding obsesivo. Acumularon pilas y pilas de notas y apuntes sobre detalles técnicos, cálculos de ingeniería, datos astronómicos, información genética y otras categorías de porno para nerds.

En algún momento, la idea de crear un videojuego decayó (la cosa empezaba a parecer demasiado complicada, y sobre todo demasiado cara), y reorientaron sus planes a un juego de rol tradicional, de los de mesa; ya sabes: media docena de vírgenes miopes y con obesidad mórbida reunidos en torno a una mesa, tirando dados y fingiendo ser otras personas (es casi imprescindible que uno de ellos se haga pasar por una elfa medio ninfómana y de tetas bien duras), normalmente a gritos y entre porro va porro viene antes de salir a la calle a matar con katanas desvalidos padres de familia.

Así de duras o más.
Tras varios años profundizando en el proceso de documentación, Daniel Abraham, que llevaba desde 1996 publicando relatos y novelas cortas en antologías y revistas como Asimov's Science Fiction y Fantasy & Science Fiction, y que había ganado un International Horror Guild Award en 2005 por su novela corta Flat Diane (nominada asimismo al Nebula de 2006), se dio cuenta de que tenían más documentación para su juego de rol de la que la mayoría de los escritores acumulan para sus libros ("People who write books don't do this much research", dijo el propio Abraham en una entrevista que, milagrosamente, sigue en YouTube); y él de esto sabe un rato, que Abraham ha colaborado, y mucho, con GRRRR Martin, así que le dijo a su colega algo del estilo de «mira que te cuento: si intentamos convertir toda esta pila de papeles en un libro podemos quedar como los putos amos. ¿Por qué no lo intentamos?»

Y así lo hicieron.

The Expanse está ambientada en un futuro en el cual la humanidad ha colonizado la mayor parte del Sistema Solar. Las Naciones Unidas, convertidas en gobierno transnacional y superpotencia militar del Sistema, gobiernan la Tierra, mientras que los colonos humanos asentados en Marte han declarado la independencia y, en respuesta a las represalias militares y económicas de la Tierra, han abandonado la terraformación del planeta rojo para dotarse de una flota militar con la cual defender sus fronteras y sus intereses extraplanetarios. Atrapados en el medio están los «belters» (¿«cinturonianos»?),  pobladores de los planetas enanos y asteroides del Cinturón (de ahí lo de «belters») de Kuiper, Ceres y Eros, y las lunas de los gigantes gaseosos como Europa, Phoebe, Titania y Ganímedes; que son a quienes les llueven todas las hostias, pues explotan los recursos que codician tanto la Tierra como Marte, demasiado interesados en el hielo (casi única fuente de agua de los belters) y los minerales de esos asteroides como para pararse a considerar minucias del tipo de jornadas laborales dignas, hábitats saludables o derechos humanos de los belters.
The Expanse se cuenta a través de los ojos de diferentes personajes (¿herencia de sus orígenes como juego de rol o decisión narrativa consciente?) en el estilo que se denomina «Tercera Persona Limitada», o sea que no es el «Narrador Omnisciente» que algunos lectores encuentran particularmente odioso. Cada vez que toma la palabra uno de los personajes, a razón de un capítulo por personaje, solo vemos lo que él ve y solo sabemos lo que él sabe, lo cual es una excelente herramienta para construir suspense, pues vemos a un villano tenderle una trampa a los protagonistas, trampa de la cual no podemos prevernirlos, o nos desesperamos porque un personaje se aleja del lugar donde otro personaje necesita su ayuda o pone en marcha un plan que frustra los esfuerzos de un compañero, esfuerzos que el primer personaje ignora.

A lo largo de las novelas de The Expanse, seguimos las desventuras de los supervivientes de la nave Canterbury (y futura tripulación de la Rocinante), James R. Holden, Naomi Nagata, Amos Burton y Alex Kamal, tratando de descubrir qué mierda le ha pasado a su nave, quién la ha destruido y por qué. Acompañamos en su investigación al detective Josephus Aloisus Miller, (¡jajajajajá, Josephus, jajajá!) a quien encargan la búsqueda de la desaparecida Juliette Andrómeda Mao, hija mayor del plutócrata terráqueo Jules-Pierre Mao. Nos asomamos al pasado de Frederick Lucius Johnson, «El Carnicero de la Estación Anderson», un ex marine de las Naciones Unidos reconvertido en lider de la OPA (Outer Planets Alliance, «Alianza de Planetas Exteriores»). Descubrimos las primeras evidencias de vida alienígena. Somos testigos de los sucios manejos de la clase política, podrida de ambición y dispuesta a toda clase de enjuagues con tal de mantener sus prerrogativas, y a las luchas de poder entre Chrisjen Avasarala, Subsecretaria de las Naciones Unidas, y su compañero de administración Sadavir Errinwright. Asistimos al grito de libertad de los belters, hartos de ser el último mono y llevarse todas las hostias y persuadidos de que solo reivindicando su soberanía recibirán un trato respetuoso por las superpotencias de La Tierra y Marte. Y todo eso en un entorno de ciencia-ficción, o sea con viajes espaciales, la amenaza del vacío espacial, combates entre naves, et caetera.
En 2015, el canal SyFy estrenó la primera temporada de The Expanse, que, a grandes rasgos, adapta el primer libro de la serie. A lo largo de diez capítulos se nos presenta el drama y a los personajes (quien no se haya enamorado de Naomi Nagata por culpa de Dominique Tipper que me espere en la calle. Llevaré a unos amigos) y aquí es cuando termina esta introducción, por lo demás larga (marca de la casa).
En primer plano Naomi y su estilismo badass sista.
Introducción que nos lleva a la tesis de esta entrada: la serie de The Expanse es una lección para escritores y un Satisfier mental para espectadores.
(Jajajajajá, pero ¿cómo puede llamarse Josephus?)
Tres son los elementos más exquisitos (y, para un escritor, pedagógicos) de esta serie:

Uno: de la misma manera que las novelas renuncian a tener un narrador omnisciente, la serie renuncia a tener unos personajes puros e intachables. Fred Johnson pasa de leal bulldog de las Naciones Unidas a estadista comprometido con el movimiento de autodeterminación de los mismos belters a los que masacró en su etapa como soldado del imperio. Jim Holden, a priori el más noble de todos, desciende a casi criminales abismos de obsesión en su sed de venganza por la destrucción de la Canterbury y la epidemia de Phoebe. No hay arquetipos en The Expanse. Ningún héroe es intachablemente altruista ni ningún villano descerebradamente malo. Jules-Pierre Mao puede ser un pijo cabrón multimillonario, pero su temor a que la humanidad sea erradicada o sustituida por la especie alienígena que creó la protomolécula es real y sus esfuerzos por proteger la civilización son encomiables, aunque en el proceso no se detenga a reconsiderar el asesinato de masas y hacer una porrada de beneficios para su empresa. Joe Miller empieza la serie siendo un policía absentista y corrupto, que se alza del fango de sus propios defectos a causa del amor que despierta en él la niña rica malcriada, pero idealista, a la que le han encargado encontrar y devolver a su padre con un par de cachetes en su asiático culete.

(¿Qué es la protomolécula? ¿Por qué coño me lo preguntas? ¡Ponte The Expanse y deja de joder la marrana!)
Pero, claro, es una soñadora, es morena y un bellezón, ¡como para no enamorarse!
La variedad de matices en los personajes de The Expanse, su infinita capacidad para superar sus propios defectos, y ofrecer la mejor versión de sí mismos, o hacer lo correcto contra sus propios intereses, y cagarla, o hacer algo increíblemente egoísta y obtener una inesperada recompensa por puro accidente o ser malinterpretados y tomados por campeones de la justicia te mantiene, como espectador, en un estado de perenne ansiedad. Literalmente cualquier cosa puede pasar porque estos personajes son capaces de lo mejor y de lo peor, de sorprenderse a sí mismos, no necesariamente para bien, y son así de caóticos, contradictorios, torpes e impredecibles todo el rato. ¡La diversión nunca acaba!
Dos: en The Expanse, los personajes intentan hacer cosas mientras sus actos tienen consecuencias imprevisibles con las que luego deberán lidiar, aunque en modo alguno fuese su intención inicial provocar dicho efecto. James Holden provoca un conflicto diplomático DE COJONES y se convierte en símbolo involuntario de la rebelión de los belters cuando emite un vídeo en el cual, a partir de información incompleta, y que luego se revela falsa, culpa a Marte de la destrucción de la Canterbury. Los tripulantes de la Rocinante se convierten en héroes accidentales mientras siguen una pista sobre la destrucción de su primera nave y la masacre de sus compañeros. Bobbie Draper pasa de ser una orgullosa sargento del Cuerpo de Marines de Marte a una traidora cuando descubre que, para los prebostes del ejército marciano, ella y su pelotón son peones sacrificables en la prueba de campo secreta de un nuevo tipo de arma. La tripulación de la Rocinante mata accidentalmente al piloto de un carguero al que intentaban rescatar de unos piratas.
Los personajes de The Expanse son maravillosos porque son dolorosamente humanos.
Tres: todas las decisiones son dolorosas. Más dolorosas que un mordisco de Kylie Minogue. No hay una alternativa clara, pura e inocua para las decisiones que toman los personajes. A menudo han de escoger entre el menor de dos males. Con frecuencia, un acto de generosidad y altruismo obtiene como recompensa un terrible dilema moral que pone a los personajes en una situación terriblemente dolorosa. O sea que ni siquiera hacer lo correcto, hacer lo que está bien, sacrificarte, comportarte como un puto héroe te va a salvar del dolor, del desenlace de fuerzas que escapan a tu control «Oh, gracias por ayudarme a reparar la nave que antes me secuestraste y averiaste. Y sí, tengo espacio suficiente para evacuar a todos esos pobres refugiados que están a punto de morir como chinches. Lamentablemente solo tengo oxígeno para veinte, así que tú decides: o nos largamos y los dejamos reventar a todos o me sales ahí y me escoges tú a veinte, solo a veinte. Ya verás qué gracia les hace a los otros doscientos». Solo quiero hacer notar que entre esa multitud de refugiados esperando evacuación había docenas de mujeres y niños.
(Jajajajá rejá já, ¡si es que mira que hay nombres bonitos y van sus padres y le ponen Josephus jajá ja ja!)
Los personajes de The Expanse son como las moscas del discurso de Gloucester en El rey Lear. Tienen que intentar sobrevivir y conservar su humanidad en un universo frío, traicionero e implacable que no solo intenta matarlos, sino que primero quiere triturarlos, desgarrarlos, reducirlos a la impotencia y la desesperación.
"As flies to wanton boys are we to th' gods,
They kill us for their sport."


El rey Lear, Acto 4, escena 1
El mundo de The Expanse se parece sospechosamente al nuestro, lo cual es uno de los mejores atributos de la ciencia-ficción: ofrecernos un espejo deformado en el que mirar de frente nuestras propias neuras.

Y esa indefensión del héroe ante el destino, tema recurrente de la Literatura como mínimo desde el teatro clásico (y probablemente tambien desde el Poema de Gilgamesh),
es uno de los mayores atractivos de The Expanse, unido al tratamiento de sus personajes. Me creo los dilemas de la subsecretaria Avasarala, me conmuevo con los avatares tripulación de la Rocinante, asisto, lleno de empatía, al enamoramiento del detective Miller de una mujer que no le ha visto jamás, sufro con el desengaño de la sargento Draper cuando descubre que la sociedad marciana, por la que estaba dispuesta a matar y dar la vida, no es la Arcadia de virtudes y justicia que había imaginado.

No sé cuánto se esforzaron los escritores de The Expanse en la fase de documentación, pero sí se que los guionistas de la serie se quemaron desarrollando los personajes y los conflictos del argumento. Tanto que nos permite extraer algunas conclusiones útiles para un escritor.

Toma nota:


Si tus personajes no tienen defectos, tus lectores no se identificarán con ellos. Porque a todos nos repatean los pináculos morales y la perfección.
Si tus personajes no corren peligro, tus lectores no se angustiarán por ellos.

Si tus personajes no sufren, tus lectores tampoco.

(Para sufrimiento, el del pobre de Josephus con ese nombre, jajá ja ja ja)
Si los malos no tienen ninguna oportunidad de salirse con la suya, las victorias de tus héroes no tendrán el más mínimo mérito.

Si las victorias de tus héroes no conllevan el pago de precio alguno, no son auténticas victorias.
«Remember the 'Cant'!»
No importa si duele. Si te duele escribirlo, probablemente a tus lectores les dolerá leerlo, y eso significa que habrás alcanzado el campamento base de la Literatura: lograr conmover a tu público. Ahora ya puedes empezar con lo más difícil: aprender a hacerlo bien. Joder, The Expanse empieza presentándote a la tripulación de la Canterbury, te los hace simpáticos, te los hace entrañables y a continuación los mata a todos menos a cuatro.

Y estas lecciones, que los guionistas de The Expanse nos permiten aprender sin necesidad de pasar por el coñazo ese de tener que leernos un libro, son especialmente difíciles de interiorizar en una época en la que se ha impuesto el estilo Joss Whedon de contar historias. Ya sabes:

"Make it dark, make it grim, make it tough, tell a joke."
«Hazo oscuro, hazlo siniestro, hazlo duro, cuenta un chiste».
Y que son los cuatro mandamientos de los escritores mierder supreme que tienen miedo de comunicar sentimientos humanos, de provocar en sus lectores reacciones humanas, de ser acusados de graves, solemnes y serios y luego, como regalo, van y te joden Justice League (que probablemente fuese insalvable de todos modos).

¿De qué cojones va el Arte sino de transmitir ideas y sentimientos humanos, de conmover a un público humano, de hacernos sentir emociones humanas? ¿Por qué hostia deberíamos aligerar un momento dramático, triste, conmovedor, con una morcilla de humor? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de sentir o de hacer que nuestros lectores sientan?

¿Cuándo se impuso esa idea de que avivar las emociones humanas a través del Arte era algo pecaminoso, obsceno, ridículo? ¿Cuándo coño nos volvimos tan delicados que los críticos de cine empezaron a recomendarnos no ir a ver The Joker, no fuese a suceder que nos traumatizara tanta violencia sin sentido?
Las películas del Universo Cinematográfico Marvel son, en el 90% de los casos y durante el 90% del metraje, un ejemplo lacerante de esta filosofía subnormalizadora que trata de impedir a toda costa que el espectador sufra, que se disguste, que contenga el aliento, que sea humano. O sea que yo, que veo poesía venérea en los vídeos de Riley Reid y puedo llorar como una madre escuchando el Carmina Burana, soy, más o menos, un puto monstruo.

Y sin embargo, ni siquiera los inventores de esta receta repulsiva que nos reduce a bebés emocionalmente lisiados a los que un pequeño susto podría convertir en sociópatas homicidas o retrasados mentales, se atreven utilizarla todo el tiempo. Quizá porque hasta ellos han empezado a darse cuenta de que es una trampa (en tus sueños, Sommer), de que el cine puede ser ante todo espectáculo (y escaparate de franquicias, sobre todo escaparate de franquicias), pero que no puede, no debe, no sigue siendo Arte si huye de las emociones, y no hablo de cuando nos levantaron a toda la sala de cine, en unánima aclamación, vítores, gritos, aplausos y lágrimas:
Sino de cuando, sin anestesia y con saña, en una peli que, por momentos, había llevado el método Whedon a la apoteosis de la vergüenza ajena...
...nos rompieron el corazón.
Y si hasta los reyes del pastel, los traficantes de merengue, los jodetramas y revientaargumentos decidieron, para la más épica peli de superhéroes ever ¡HOSTIA, YA!, ahorrarse en el clímax final la coñita marinera, ir al hueso y sin contemplaciones, destrozarnos vivos, dejarnos tal cicatriz que no se nos olvidase jamás, o sea aplicar el método The Expanse, quizá, solo quizá, deberías plantearte la posibilidad de hacerlo tú también en tu excrementosa El anillo de los señores, Vol. 215.
(¡Josephus, jajajajajá! ¡Cada vez que lo pienso!)
Así que corre a ver The Expanse, antes de que te quiten el sitio.
NOTA: esta entrada debería haber salido en la última quincena de febrero. Gracias, Vomistar, que desde noviembre pasado, en tu infinita sabiduría, vienes gratificándome con interrupciones del servicio de telefonía y datos, la última de ellas de una semana de duración. Nos veremos en el infierno.

sábado, 8 de febrero de 2020

Las comparaciones son odiosas, pero en mi país se descuartiza a la gente por mucho menos

«Warner Brothers ha tenido la feliz ocurrencia de llevar a las pantallas de cine una novela que tengo particularmente fresca en la memoria, porque no hace ni un año que la releí por enésima vez. Y ese conocimiento me permite denunciar It como una mala adaptación de la que tal vez sea la mejor novela de Stephen King».
Decía yo, hace no mucho.
 
Las comparaciones son odiosas, pero IT: Chapter Two es una patada entre las gónadas y Doctor Sleep está muy cerca de ser perfecta.
«[...] no es It. Es algo que se parece a It. Es una película libremente inspirada en It. Una película de terror como otras mil que he visto; mejor que muchas, peor que una infame minoría. Una anodina fotocopia que no merece ni lamerle la mierda de los pelos del culo a It».
Decía yo, prácticamente ayer mismo.
 
Las comparaciones son odiosas, pero la narrativa de IT es irracional, despreciable y enloquecida, mientras que hasta las diferencias más contundentes de Doctor Sleep con respecto al libro que adapta a la pantalla están más que justificadas.
«[...] It es un perfecto ejemplo de película basada en un libro, leído o no, del cual no entendiste una mierda».
«Dientes, dientes, que es lo que les jode».
Decía yo, aunque nadie escuchaba.
 
Las comparaciones son odiosas, pero IT: Chapter Two apesta y Doctor Sleep es un exquisito caramelo con sabor a Riley Reid.
Que debe de ser el sabor de los ángeles.
«It nos habla de lo mágico y maravilloso que es ser niño, de lo esforzado y cruel que es hacerse mayor, y de lo que perdemos en el proceso».
Decía yo, antes de ver IT: Chapter Two y Dr. Sleep.
 
Hace casi tres años (¡joder, cómo pasa el tiempo!) ya habíamos establecido nuestras razones para proclamar IT: Chapter One como una buena película de intriga/fantasía (con momentos de sobresalto, que no de terror) al mismo tiempo que una fallida adaptación del libro de Stephen King.

IT: Chapter Two no llega ni a eso. No es, ni siquiera intenta ser, una buena película. Y de lo de intentar mantenerse fiel al libro es que ni se acuerda.

Las concesiones que Andy Muschietti hizo a la narrativa cinematográfica en la primera película, tal vez con la esperanza de atraer un más amplio espectro de público a las salas, se quedan en nada, porque es que su secuela y conclusión es tan dolorosamente mala que la primera, en comparación, parece una puta obra maestra. Los personajes desfigurados, las correcciones inexplicables e injustificadas a la trama original del libro, la adulteración o mutilación de la mitología establecida por la novela y la decepcionante y acomplejada resolución del clímax final dejan de tener importancia cuando te asomas a ese desperdicio de dinero y nervio óptico que es IT: Chapter Two.

Mike Hanlon, el guardián silencioso, el notario de la historia secreta de Derry, el celador de la llama que vuelve a reunir al Club de los Perdedores cuando queda claro que el payaso Pennywise ha vuelto a matar, se convierte por obra y gracia del largometraje de Andy Muschietti en un mentiroso, manipulador y paranoico comemierda.

Ed Bowers, la Némesis de Los Perdedores (con permiso del Payaso Saltarín), que en la novela, cuando Eso le ayuda a evadirse del locódromo, se convierte en la mano ejecutora del payaso asesino, en IT: Chapter Two es una especie de babeante mongólico al que se cepillan a los dos minutos de aparecer y sin apenas esfuerzo.

La relación venenosa de Beverly con su marido, un puto maltratador (reflejo distorsionado de la relación que Bev mantenía de niña con su propio padre), que en el libro es CLAVE para la resolución del argumento, se reduce a una escena de menos de cinco minutos.

Jessica Chastain leyendo sus escenas de trasfondo. TODAS sus escenas.
El hallazgo por parte de Bill de su vieja bicicleta, Silver (de nuevo otra pieza capital de la trama de la novela, donde la bicicleta permite a Bill reconectar por última vez con el niño que fue y traer de regreso a su esposa, Audra, traumatizada por Eso), es en la secuela cinematográfica un cromo sin la menor trascendencia. Hasta sobra esa puta secuencia, porque es que no afecta para nada a la narración.

Lo único que me arrancó una sonrisa de toda la peli fue el cameo de Stephen King.

Lo único bueno en casi tres horas de agonía.
Porque es que las escenas pretendidamente horroríficas ni siquiera eran eso. Eran escenas de sobresaltos en las que, recurriendo a los trucos más bajos y más sucios de la profesión, Andy Muschietti logró, un par de veces, que pegase un botecito en mi asiento.

Pero eso no es terror. Eso es lo que en inglés se denomina jumpscares, que son, al terror, lo que el porno a la poesía romántica.

Aunque a mí Riley me parece poesía y me pone romántico.
El terror va de crear una atmósfera agobiante, opresiva. Los maestros del terror consiguen hacernos sentir atrapados, impotentes; nos suben a un barco que va camino del infierno y nos hacen creer que no podemos bajarnos de él, que nada que hagamos nos salvará de la condenación eterna.

Los jumpscares son solo eso: sobresaltos. Acercarte a una persona por la espalda y gritarle «¡Uuuuh!». La forma más baja de terror, tan efímera como las risas que provoca una ventosidad particularmente escandalosa.

IT: Chapter One intentaba ser una película de terror, y fracasaba.

IT: Chapter Two ni siquiera intenta tener una narración coherente, joder.


Todas las cosas que me gustaron del Capítulo Uno han desaparecido en el Dos; todas las cosas que aborrecí con toda mi alma están aquí elevadas a la milésima potencia. Y alguien debería decirle a Andy Muschietti que si a James McAvoy no lo sujetas en corto se convierte en Sobreactuado Man, el único superhéroe capaz de joder un buen papel con sus expresiones faciales inhumanas, gritos de mal parido, rubor sanguíneo y yugulares inflamadas.

Andy Muschietti tenía la oportunidad de hacer bien lo que había hecho mal en la primera película.

Pero ni siquiera lo intentó. Atado, sospechamos, por el libreto del guionista (que casi literalmente se inventó medio libro para poder rodar la secuela que le salía de las pelotas), simplemente se dejó llevar. Si propuso algunos cambios al guión es algo que es que ni nos hemos molestado en averiguar, porque en este punto ya le hemos concedido a IT: Chapter Two mil palabras más de las que se merece.


Particularmente si la comparamos con otra adaptación reciente de un libro de Stephen King: Dr. Sueño.

IT y El resplandor son, para mí, los dos mejores libros de Stephen King. Punto.

El resplandor
, además, no sabemos si a causa de la icónica adaptación que hizo Stanley Kubrick (otro ejemplo de fallida adaptación cinematográfica pero que, en este caso, al menos es una película prácticamente perfecta), se ha convertido en un clásico instantáneo, un referente de cultura popular y un modelo imitado hasta la saciedad, no siempre con buen resultado.

Y encima la novela está cojonudamente bien escrita.

Puse en remojo la pelambrera de los huevos cuando supe que Stephen King se había sentado a escribir la segunda parte. Era una decisión que no tenía ningún sentido. El resplandor no necesitaba una segunda parte y, encima, King corría el peligro de descubrir que era incapaz no digamos ya de superar, sino siquiera de hacerle justicia a la novela original, que siempre pongo como ejemplo de libro redondo, libro-universo que se basta a sí mismo (aunque forme parte de un universo ficticio más grande, como lo demuestra el hecho de que Dick Hallorann haga un cameo en IT).

Cuando empecé a leer Dr. Sueño me desanimé. Aquello no era El resplandor. Ni siquiera lo intentaba. No podría nunca igualar la primera novela. Era imposible.

Además, de los personajes de El resplandor solo un Danny Torrance ya adulto seguía vivo. Dado que buena parte de la gracia de El resplandor era observar el mundo a través de los inocentes ojos del Danny Torrance niño, ¿cómo podría seducirme este adulto alcohólico, violento y mugriento (pareado inesperado que dejo porque si no me quejo de que no soy lo bastante ingenioso aunque a menudo me quede en chistoso) que protagonizaba Dr. Sueño?

Bien. Me equivocaba.

No era con este Danny Torrance quebrado, politoxicómano, traumatizado por sus experiencias en el Overlook y la muerte de su padre, con quien debía empatizar. Era con el Danny Torrance que decide poner fin a su espiral de molicie y decadencia, agarrar el toro por las huevas, meterse en alcohólicos anónimos y buscar un trabajo estable... donde además sus poderes psíquicos le permiten ayudar a enfermos terminales a hacer en paz el tránsito a la otra orilla.

Era con Abra Stone, la niña-prodigio con un resplandor superior incluso al que tenía Danny de niño, y que lucha por entender y dominar sus poderes, y de camino hacer justicia a los niños asesinados por los vampiros de resplandor de El Nudo Verdadero, comandados por la malvada Rose El Sombrero (megasexy y terrorífica Rebecca Ferguson).

Era esa relación Obi-Wan Kenobi / Luke Skywalker entre Danny y Abra con la que tenía que empatizar.

Y lo hice.

Dios, adoro Dr. Sueño.

No me atrevería a decir que iguale en excelencia a El resplandor, pero desde luego no la devalúa. Las últimas doscientas páginas me las pasé en trance, casi incapaz de pestañear, dispuesto a creer que cualquier cosa podía suceder, que tal vez los malos de la novela tenían la oportunidad de ganar. El suspense estaba perfectamente logrado, la tensión era real, el drama era opresivo; yo sufría por los personajes, temía por ellos y estaba seguro, seguro, seguro, de que la novela no podía acabar bien y, encima, yo no podía hacer nada para cambiar el desenlace.

Es lo que pedimos a una historia de terror.

Dr. Sueño nos lo da. Por kilotones. En parte gracias a la villana, la odiosa y carismática Rose.

Stephen King escribió la mejor secuela de El resplandor que se podía escribir. Con eso contentó a los miles de lectores que se han pasado décadas pidiendo una segunda parte del libro y que, gracias a Dios, ya no tendrán que esperar a que el feo más rico de Maine se muera y sus herederos contraten a un negro con más caradura que luces para perpetrar una continuación no canónica.

(David Lagercrantz, ¿por qué me miras así?).
La adaptación cinematográfica de Dr. Sueño estaba más que cantada y no se ha hecho esperar.

Y no seré yo el que diga que es la mejor adaptación de la novela que podía haberse hecho.

Pero es buena. Muy buena. Extraordinariamente buena y, si la comparamos con IT: Chapter Two, una obra maestra.

Y parte de las cosas que no me gustan de la película son las decisiones creativas que colisionan con las que Stephen ya había tomado al escribir el libro, y que dudo mucho que pudiesen haberse esquivado.

Rose La Hijadeput... El Sombrero.
Porque el problema es que Dr. Sleep tenía que ser, sí o sí, infiel a la novela (y sin embargo es extraordinariamente fiel) debido a una razón capital:

Dr. Sleep no es una continuación de El resplandor, la novela de Stephen King; es una continuación de El resplandor, la película de Stanley Kurbrick, y, dadas las diferencias de planteamiento y desenlace de ambas, el proceso de adaptación del argumento pasaba, inevitablemente, por traicionar la literalidad de la obra de King a fin de mantener la continuidad del universo cinematográfico establecido por Kubrick.

Al final de El resplandor, de Stephen King, el cocinero Halloran rescata a Wendy y Danny.

Al final de El resplandor, de Stanley Kubrick, Jack Torrance mata a Halloran antes de que pueda rescatar a nadie.

Y esa es la razón de que en Dr. Sleep, la película, el Danny niño hable con el fantasma de Halloran mientras que en Dr. Sueño, la novela, lo hacía con el propio Dick, en carne y hueso.

Al final de El resplandor, de Stephen King, el Overlook salta por los putos aires porque Jack había olvidado bajar la presión de la caldera. Y Jack vuela «hasta la puta luna» montado en el hotel.

Al final de El resplandor, de Stanley Kubrick, Jack muere congelado y se incorpora al repertorio de fantasmas que pueblan el hotel, intacto y listo para seguir jodiéndole la vida a sus próximos guardeses.

Por eso en Dr. Sleep, la película, el clímax final tiene lugar en un Overlook mohoso y desvencijado, pero todavía en pie, mientras que en Dr. Sueño, la novela, la batalla decisiva se libra entre las ruinas ennegrecidas del hotel.


No es Jack, pero se le parece tanto que acojona.
Dr. Sleep no puede menos que traicionar la novela que adapta a la pantalla. Pero es una traición que podemos perdonar fácilmente. Porque hacen que Dr. Sleep sea parte de algo más grande. Mejor.

Dr. Sleep, la película, traiciona Dr. Sueño, la novela, pero lo hace en defensa propia, y el resultado es tan maravilloso, tan coherente y redondo, que nos resulta fácil perdonárselo.

Algo que, lamentablemente, no podemos decir del IT de Andy Muschietti.

Película a la que, me reafirmo, ya hemos dedicado más tiempo del que se merece.

Solo espero que, una vez establecido que es posible hacer buenas adaptaciones cinematográficas de las obras de Stephen King, incluso retorciendo un poco el material original, la máquina que en lo sucesivo decida los proyectos de Warner Bros escoja hacerlo al estilo de Mike Flanagan y no al de Andy Muschietti.

Por el bien del cine y por el bien de los fans de Stephen King, entre los que me cuento.

Y ella también se cuenta. Estamos seguros.