jueves, 23 de enero de 2020

Ya no hacen drogas como las de antes

Ay.

Ay, Harlan Ellison mío.

Van a hacer un remake de Aullidos, un clásico del cine de terror de los años 80. Se lo han encargado al autor del remake de It.

Y ya sé que no debería escandalizarme, porque también van a hacer un remake de Doce del patíbulo, que ya tiene cojones que vayan a joder otra de mis pelis favoritas de sábado por la tarde.

De lo cual me enteré poco después de saber que en Hollywood estaban sopesando un remake de El fugitivo, que era a su vez un remake de 1993 de la serie de televisión de los años 60.

Y, hablando de series, van a remaquear Kung Fu, con una pequeña saltamontas en vez de un pequeño saltamontes. Y ésta era una serie que me encantaba, con toda esa filosofía presuntamente oriental (en realidad eran potorradas de libro de autoayuda) y las risibles escenas de artes marciales (David Carradine no tenía puta idea de kung fu y se notaba a rabiar; Bruce Lee iba a ser el prota de la serie pero nadie quiso poner un duro en una serie de televisión protagonizada por un chino interpretado por un chino).

Échale un ojo a la cartelera de tu barrio y a los próximos estrenos y empieza a vomitar.
Me ha pasado.
Han hecho remake de The Grudge.

Van a hacer remake de New Jack City.

Cara a cara (¿¿¿¿¿¿Por qué??????).

Hellraiser. ¡Si la original es perfecta! ¿Qué van a hacer? ¿Un Hellraiser PG-13?

La princesa prometida, ¡CABRONES!

Disney, con encomiable desvergüenza, ya ha convertido en una industria hacer remakes en 3D o con actores de sus pelis de animación. Han caído, hasta el momento, a menos que la memoria me traicione, Aladdin, La bella y la bestia, El libro de la selva, El rey león y 101 Dálmatas y Mulán, de próximo estreno.
Y, viendo el panorama, no puedo menos que comprender que Triki, el monstruo de las galletas, decida que no merece la pena curarse de su adicción.
A un amigo mío le ha pasado.
¿Qué aportan todas estas «reinterpretaciones» de películas ya rodadas?

Absolutamente nada. Lo de El rey león es de cortarse la picha en finas lonchas, porque literalmente han fusilado la película original plano por plano.

Y no, no veo por qué tendríamos que conformarnos. No entiendo el argumento de «si te gusta realmente el cine irás a verlas igual». Porque es falaz. Porque si te gusta la buena mesa, pero solo te sirven mierda putrefacta, no comértela es más que una opción respetable. Es lo que se espera de ti. Es tu puto derecho. Por los cojones de Backaroo Banzai y los Hong Kong Cavalliers, no hagas como ese colega mío que, harto de que todas las chavalas le mandasen a tomar mucho por el culo, empezó a convercerse a sí mismo de que su historial de fracasos vaginales se debía a que, en realidad, lo que le iban eran los rabos.
Conozco a alguien a quien le ha pasado.
Cuando pagas por un producto, tienes derecho a exigir que te entreguen el mejor producto posible por tu dinero. Desde el punto de vista estrictamente económico, levantarte en mitad de la película y largarte es más rentable que quedarte hasta el final con la esperanza de que mejore o para justificar el precio de la entrada. Si estás sufriendo más que en manos de Pinhead y sus cenobitas, permanecer en tu butaca cuando ha quedado claro que la peli es una mierda «porque si me largo pierdo la pasta de la entrada» es tanto como decir «soy profundamente retrasado y estoy pagando para que me torturen».
Así que, ¿por qué voy a ir al cine a ver algo que ya he visto, una historia que ya conozco, que ya me han contado?

Han hecho el remake de Mujercitas. En clave feminista, al parecer.

Como si la novela no fuese lo bastante feminista.

Parece ser que la película es una maravilla. Yo no lo sé porque no he ido a verla. Y no he ido a verla porque ya me he visto como sesenta mil adaptaciones cinematográficas y televisivas de Mujercitas, la mejores y las peores.

No necesito ver otro remake de Mujercitas. ¡Joder, que Louisa May Alcott no es Shakespeare, copón! ¡No queda nada por explorar ni desarrollar de su libro! Cuatro hermanas que luchan contra la adversidad en una época en la que la mujer solo podía empoderarse, y poco, si se casaba o era millonaria. Punto. ¿Qué más hay que contar de Mujercitas?

¿Por qué la industria del cine se empeña en venderme productos más que agotados?
¿Se han muerto todos los guionistas?

¿O es que la nueva generación de escritores son todos unos ineptos incapaces de parir una idea original?

Abrumado por estas preocupaciones me entero del anuncio de Warner Bros: a partir de ahora, emplearán inteligencia artificial para mejorar el proceso de selección de sus películas.

No te lo pierdas: los directivos de Warner Bros. creen que, hasta ahora, lo habían estado haciendo bien.

Y en ese momento algo hace «click» y todo encaja en su lugar. Y te sientes como unas bragas sucias. Y ojalá no lo hiciese, porque es el equivalente intelectual a descubrir, al final de una paja especialmente gustosa, una milesima de segundo antes de que te salga la primera gota de zumo de perlas, que Riley Reid es clavadita a tu dulce hermana de quince años.
El amigo de un amigo conoce a alguien a quien le ha pasado.
En Warners Bros. ya no confían en sus escritores, ya no confían en sus directores, en sus actores, en sus fotógrafos, en sus músicos, en sus técnicos. Se han convencido de que no tienen todos ellos juntos ni media puta idea de cómo se hace cine y quieren que, a partir de ahora, sea una máquina la que les aconseje qué guiones rodar, qué actores los protagonizarán y en qué papeles, qué director firmará la película, qué enfoque le dará a la producción, cuántos chistes incluirá, a qué audiencia irá enfocada, cuánto se invertirá en la producción.

En Warner Bros. han decidido que los artistas no tienen ni puta idea de hacer Arte y que el Arte, esa manifestación pura de la creatividad humana, debe ser confiada a UNA MÁQUINA.
A Riley es que estas cosas le llegan muy adentro.
Todo. Absolutamente TODO está mal en esa idea.

TODO.

¿Tengo que explicar por qué?
(Simplemente hay días en que me convenzo de que sigo librando una guerra que ya ha terminado. Y la perdimos. Todos).
(Y ¿qué cojones está haciendo Scorsese al respecto? ¿Va a quedarse callado esta vez?).
Me acabo de ver The Room, que es el producto de un director que se vio una película de Tarkovsky, y le sentó mal. Y en ningún momento dejé de ver las puñeteras vías del travelling. Y una película de la que puedes predecir cada escena con minutos de antelación, una película que no te permite olvidar en ningún momento que estás viendo una película, es una mala película. Lo único que podría haber endulzado el mal trago era un desnudo de Olga Kurylenko. y no lo tuvimos.

Poco antes había visto The Dead Center. Creo que nunca había pasado menos miedo viendo una película de terror. Y el que esto escribe se ha visto todas las de Manolo Escobar.
(¿Qué pasa? Todos tenemos un pasado).
The Operative. Me dormí a los cuarenta minutos.

Long Shot. Se supone que era una comedia. No me reí, ni una vez.

¿Cuál fue la última película que consiguió conmoverme, hacerme olvidar que estaba viendo una película, meterme en la acción de lleno y hacérmelo pasar mal en algunos momentos y bien en otros?

Rambo: Last Blood.

Que te da exactamente lo que promete: hiperviolencia descerebrada y casi cero guión al estilo de las pelis de machotes hormonados de los años noventa.
La última película que olvidé, durante menos de hora y media, que era una película, es un largometraje pésimo rodado al estilo de los títulos de acción desparramada que llegaban a los cines, o salían directamente a vídeo, hace treinta añacos.

Y ése es un pensamiento desolador.

En el mundo del cine, en las novedades de las editoriales, en la industria de la música... todo es tan dolorosamente artificial, tan ignominiosamente desganado, tan evidentemente manufacturado por un equipo de marketing que la verdadera creatividad parece arruinada, proscrita, rota.

No es extraño que alguien quiera confiarle ese trabajo a una máquina.

Hay cine más allá del cine de superhéroes, de las secuelas y los remakes.
Hay música más allá de las radiofórmulas, los clones de Beyoncé y las boy-bands de estudio de mercado.
(Y rodar un videoclip es más que poner ojitos de emporrada y susurrar. ¿Me oyes, Billie Eilish? ¡A ver cuándo te haces una moza hecha y derecha y de pelo en pecho y ruedas videoclips como un macho!).
Hay Literatura más allá de... la mierda que sea que publiquen ahora. La verdad es que empieza a darme un poco lo mismo.

Pero...
«La pasion est toute l'humanité. Sans elle, la religion, l'histoire, le roman, l'art seraint inutiles».
Honoré de Balzac
El arte es una expresión de la sensibilidad humana.

Una máquina no puede tener sensibilidad humana. Nunca. Por muy avanzada que sea.

Lo único que una máquina puede darnos es una fórmula. Una franquicia. Un millón de productos absolutamente indistinguibles los unos de los otros y que se acuñan en base a un formulario de lo que se espera que resulte económicamente provechoso. Contratas a un guionista y le das una plantilla sacada del último éxito de ventas para que vaya marcando casillas.

Contratas a un guionista y le pagas para que apague su imaginación. Desactive su cerebro. Se limite a copiar. Para que no sea creativo.

Contratas a un escritor y le exiges que no escriba. Que sea un cobarde. Un mercenario. Un simple copista.

Una máquina.

Lo cierto es que cada vez tiene más sentido que en Warner quieran confiar las decisiones creativas a una máquina.

Los estudios de cine llevan varios años haciéndolo. The Room, The Dead Center, The Operative, Long Shot... han sido escritas y dirigidas por personas que no se han preocupado lo más mínimo por ser creativos, por hacer un buen trabajo, por ser indistinguibles de máquinas, que se han limitado a copiar fórmulas ya agotadas por repetición y que si alguna vez fueron originales, llevan obsoletas por lo menos desde los tiempos del cine mudo.

Mira las películas de Marvel Studios. ¡Y gozo como un marrano en una letrina con la mayoría de ellas!, pero ¿no son todas iguales? Objeto de poder (el teseracto, la armadura de Iron Man, una joya del infinito, el martillo de Thor, las partículas Pym de Ant-Man...), villanos que quieren conseguirlo a toda costa, héroes que intentan impedirlo con todos sus medios, los mismos arcos de transformación, el mismo ritmo, el mismo estilo de música, los mismos chistes, contados en los mismos momentos, la misma fotografía, los mismos estereotipos de personajes...

La fórmula de las franquicias cinematográficas MATA neuronas a ambos lados de la pantalla.

Dime una sola diferencia entre Fast & Furious 3 y Fast & Furious 7.

Estoy esperando.

Soy de la generación que recuerda carteles de películas que eran verdaderas obras de arte. Auténticas pinturas en las que uno o varios artistas expresaban su inspiración y demostraban su dominio de la técnica. Eran carteles humanos hechos por seres humanos como Drew Struzan, Saul Bass, Roger Kastel o Greg y Tim Hildebrant. Artistas humanos que hacían arte humano para seres humanos y nos conmovían en el proceso.
Lo has visto mil veces y no sabías que era de los Hildebrant.
Hoy en día, el cartel de una película es una composición hecha con Photoshop.

Y además, también hace tiempo que todos ellos se ajustan a un formulario, como este usuario de Twitter ha descubierto. Si tuviésemos que deducirlo de los carteles, no nos quedaría más remedio que concluir que solo hay once tipos de películas:

1. Películas de acción azul y naranja.

2. Películas de patorras femeninas.

3. Películas de protagonista desenfocado.

4. Películas de parejas apoyadas la una en la otra.

5. Películas de dar la espalda a contraluz.

6. Películas de vestido rojo.

7. Películas negro y naranja.

8. Películas de niebla melancólica.

9. Películas de ojo.

10. Películas amarillas.

11. Y películas de Tom Cruise de perfil.

¿Dónde está la creatividad aquí?

¿Dónde está la sensibilidad humana?

¿Dónde está el arte?

Mira este cartel de la década de los 80:

y compáralo con estos:
Encuentra las siete diferencias.
Y ahora fíjate en la plantilla que usa Disney para los carteles de sus películas:

Y compáralos con este cartel, de lo más reciente:

O con éste, aún más reciente y que prueba que aún es posible salirse del puto formulario:

Warner Bros. ha decidido que la gente no sabe realmente hacer películas, que mejor se lo encargan a un robot.

Porque, y mira que nos hartamos de decirlo, hace tiempo que en Warner, y en toda la industria del cine, de la literatura y de la música, hace tiempo que no se crea Arte. Se crean franquicias. Productos que permitan vender muchas camisetas, tazones y suscripciones a Disney+.

Porque en los grandes grupos editoriales hace tiempo que llegaron a la conclusión de que la gente no sabe lo que quiere. Que hay que enseñárselo. ¿Y quién mejor para hacerlo que una máquina que pueda reducir una película, un libro, un disco, al nivel del más agilipuertado de sus posibles consumidores?

Un amigo mío está seguro, y no se cansa de decirlo, de que Todd Phillips en realidad no quería hacer una película sobre el Joker. Que su historia iba sobre un simple marginado. Un enfermo mental rechazado por la sociedad que acaba convirtiéndose en icono de una revuelta de los desposeídos. Ése era el plan, pero Todd Philips no consiguió que le prestasen ni un euro de madera para su producción hasta que dijo que el protagonista podía ser, ¿por qué no?, la némesis de Batman. E incluso entonces le dieron cuatro duros. Lo que gastan en Warner en farlopa un fin de semana tranquilito.

Y, como no formaba parte de una franquicia, ni estaba dentro de la continuidad de un posible DCU que, gracias a la incompetencia de Warner, ni siquiera sabemos si existe, le dieron carta blanca.

Y Todd Phillips hizo con su película lo que le salió de los cojones y rodó tal vez la mejor cinta de 2019. Y una de las más rentables, por añadidura.

Porque no dependía de una máquina que escogiese por él al reparto.

El guión.

La fotografía.

La música.

Porque hizo una película humana, protagonizada por personajes humanos, que conmueven a los espectadores humanos.

Ay, Harlan Ellison, ¡qué mal has hecho al marcharte!
(Y, mira, subo otro gif de Riley porque... porque... porque es que me pone a morir, la muy guarrilla. Y ella ya lo sabe. Y sus abogados también).
Cásate conmigo y hazme un hombre decente, Riley.
Warner Bros. va a confiarle las decisiones creativas a una máquina.

¿Y tú? ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Vas a negarte a ser cómplice de esta infamia o colaborar en la destrucción del alma humana?

A mamarla. Ambos sabemos la respuesta.

jueves, 9 de enero de 2020

El unicornio

«Grande enigma es el que el unicornio, aunque en mucho espantadizo y temeroso de las gentes, si encuentra tal doncella que todavía no haya tenido trato carnal con varón alguno, se le arrima, osado y sin ningún temor, dobla la testa y sobre el regazo de ella la asienta. Dícese que en tiempos pasados y remotos, había doncellas que de aquello un verdadero proceder hicieron. Quedábanse largos años sin casamiento y practicando la castidad, para servir a los cazadores como reclamo de unicornios. Pronto, sin embargo, se supo que el unicornio se allega sólo a las mozas jóvenes, que a las viejas las tiene por nada. Siendo bestia sabia, el unicornio entiende sin falta que el perdurar en exceso en estado virginal es cosa sospechosa y contraria a la naturaleza».
El trono de hierro de Canción de Fuego y Hielo no es como lo imaginas.

Puede que hayas visto Juego de Tronos, porque había fornicio, tetas y dragones, y puede que en la serie hayas visto más de una vez esa especie de butaquita gris y pinchuda en la que se sentaban los reyes de Poniente en Desembarco del Rey, y que da como ganas de sentar en él a tu abuelita para que te calcete un tanga de lana. Si ya eres un freak con licencia sabrás que el trono en cuestión lo fabricó Balerion, el Terror Negro, dragón del rey Aegon Targaryen (por lo visto los dragones eran unos herreros que te cagas de Onís) arrojando su dragonil aliento sobre más de mil espadas capturadas a los enemigos del Rey Dragón durante la Guerra de la Conquista de Poniente.

¡Incesto! ¡Concupiscencia!
(Menudo pájaro estaba hecho el Aegon I, ¿eh?; se trincaba a sus dos hermanas, Visenya y Rhaenys, que por lo visto estaban más buenas que comer bombones de café en el ombligo de Sara Sampaio, y hasta tuvo hijos con ellas, costumbre que heredaron sus descendientes con funestas consecuencias, genéticamente hablando. La endogamia es lo que tiene).
Y yo, cuando vi el tronito, el tronillo, la butaquita de la serie me dije: «¿Mil espadas? ¿Ahí hay mil espadas?».

Supongo que contarían también los mondadientes.

Porque lo cierto es que, cuando lees la descripción del trono de hierro que nos da GRRRRR Martin en sus libros no te imaginas algo tan chiquito, tan poquita cosa, tan casi de risa. GRRRRR Martin describe una puñetera colina, una gigantesca trona para bebés grandecitos, y con corona, elevada sobre una pirámide en la que hubo que hacer escalones para que los reyes Targaryen pudiesen ascender a su trono. Es decir, esto:

Ahora bien ¿por qué el trono de Juego de Ídemes se parece tan poco al descrito en los libros?

Puede ser por muchas razones, aunque creo que realmente todo se reduce a una: pasta. La serie contaba con un presupuesto generoso, pero finito. Construir esa monstruosidad le habría pegado tal mordisco a la financiación de Juego de Tronos que probablemente la primera temporada, en vez de diez episodios, hubiese tenido tres y nunca se habría rodado la segunda porque HBO habría ido a la quiebra. Además hay una serie de problemas de naturaleza técnica para fotografiar semejante armatoste. ¿Cómo encuadras al rey, o a la mano del rey, en su trono? ¿Cómo sitúas en el plano a sus consejeros y ayudantes cuando es necesario, por el motivo que sea, que compartan escena? ¿Cómo haces que la gente que hable con el rey muestre una actitud digna si tienen que estar todo el tiempo mirando hacia arriba como papanatas estudiando la trayectoria de una mierda de gaviota en pleno descenso?

Este plano habría sido imposible.
Era una decisión sencilla: hacer bien el trono o hacer bien la serie de televisión (y, al menos hasta sus últimas tres temporadas, y no hablemos de la última, la serie estaba MUY BIEN hecha).

¿Cuántas veces hemos tratado en la bitácora los problemas de adaptar un libro a la pantalla?

Pues está claro que no fueron suficientes.

(Acabo de ver It: Chapter Two y sigo de diarrea. A ver si con gaseosa con canela y suero oral recupero fuerzas suficientes para escribir sobre ella).
Ha vuelto a pasar.

Con The Witcher.

Donde Juego de Tronos tomó algunas decisiones de escasa repercusión (nada que afectase al desarrollo de la historia, al menos) que permitieron construir una buena, incluso muy buena, con salvedades (reléase el párrafo ut supra), adaptación televisiva de la obra de GRRRRR Martin, Netflix ha optado por una aproximación a la obra de Andrzej Sapkowski que convierte la primera temporada de The Witcher en algo poco más que ilegible.

Y es una putada, porque la serie está realmente muy bien, y ya están tardando los freaks en marcarse un fan-cut que ponga algo de sentido en el sindiós de líneas temporales cruzadas con el que nos han castigado incluso a las personas que hemos disfrutado de esta primera temporada. Y el error, GARRAFAL, no obedece a una exigencia del presupuesto, ni a problemas de índole técnica, ni a justificación alguna que pudiésemos racionalizar en plan «sí, han hecho más pequeñito el trono de hierro, pero es que o hacían el trono o hacían la serie». No. Obedece, pura y simplemente, a LAS PRISAS.

Prisas inexplicables, innecesarias y completamente inútiles que arruinan la experiencia de visionado de la serie, incluso para quienes la hemos disfrutado tanto como yo. Prisas que, si yo fuese un cabrón machista y resentido, diría que tienen un motivo IDEOLÓGICO.

Pero no, no voy a decir eso.

Sigo diciendo que esos pómulos no son normales.
El personaje de Ciri no se incorpora definitivamente al universo de The Witcher hasta Algo más, la historia corta que cierra el volumen La espada del destino. Después de ese relato, Geralt se lleva a Ciri a Kaer Morhen y, con ayuda de su mentor Vesemir, la entrena como cazadora de monstruos (es lo único que Geralt sabe acerca de cómo criar a un niño porque es como fue criado él) hasta que la niña empieza a echar tetas (en serio) y, paralelamente o como consecuencia de su entrada en la pubertad, empieza a manifestar unos poderes mágicos que acojonan a los brujos, y entonces llaman a Triss Merigold (habrían llamado a Yennefer, pero ya sabemos el problemilla que tiene nuestra bruja de Vengerberg cuando se encuentra con algo de lo que puede sacar partido personal) para que les explique qué carallo pasa allí y, también, para que se ocupe de educar a Ciri en las cosas femeninas de las que Gerlat y Vesemir no saben una mierda. Compresas, tampones y comer helado mirando Anatomía de Grey, fundamentalmente.

Pero, por el motivo que fuese, había prisa en Netflix por meter cuanto antes a Cirilla, que cuando empieza la acción en el primer volumen de la saga de Geralt de Rivia ni siquiera ha sido aún engendrada.

¿Tal vez en Netflix pensaron que con cuatro personajes femeninos fuertes (Tissaia de Vries, la reina Calanthe, Triss Merigold y, no jodas, mi amada Yennefer) no había suficiente en la serie y escogieron meter (¡Tos! ¡Me too! ¡Tos! ¡Carrasp!) por cojones, y perdón por el juego de palabras, a Ciri?

Yennefer está mucho más buena.
El resultado es un verdadero sudoku narrativo. Vemos a Geralt en Cintra y, en el siguiente plano, está en a tomar por culo de Cintra años más tarde, o años más pronto; en este plano es un pelagatos y en el siguiente todas las putas del orbe conocen su historia porque han oído las canciones de Jaskier, y no se nos da ninguna pista de la distancia geográfica o cronológica que separa ambas escenas. Y si te parece que exagero, mira el orden de visionado cronológico recomendado por los propios pelones de Netflix ante el tsunami de espectadores confusos y cabreados:
No puedo menos que solidarizarme con este pobre y esforzado ser humano  que se queja de que el visionado de la serie le ha supuesto una tortura. Yo, que conozco los videojuegos (y me he acabado The Wild Hunt como dos veces y media) y me he leído los seis primeros libros, estaba algo menos que perdido. El esfuerzo intelectual de desmontar cada secuencia de cada capítulo e intentar deducir a qué momento de la cronología de la saga correspondía, partiendo, insisto, de una familiaridad más que cercana con los libros en los que se inspira la serie, fue AGOTADOR.

Lauren Hissrich, la showrunner de la serie, ha salido a prometer que está muy arrepentida, que no lo volverá a hacer más y que la segunda temporada (que ya está firmada y probablemente llegará en 2021) será mucho menos liosa.

Gracias, Lauren. Eso es exactamente lo que pedía la serie desde el principio y algunos de nosotros seguimos preguntándonos por qué mierda no fue eso exactamente lo que la serie nos dio desde el principio, en base a qué oscuros motivos creativos (¡Tos! ¡Me too! ¡Tos! ¡Carrasp!) se precipitó la aparición en la serie del personaje de Ciri, obligando a los guionistas a hacer esos absurdos y desconcertantes saltos mortales con doble pirueta hacia atrás, tirabuzón inverso, pedo en Fa sostenido y torsión de escroto a contrarreloj.

Porque los que flipamos con los videojuegos, nos zambullimos en los libros y amamos a los personajes de la saga de Geralt de Rivia estamos más que desorientados con la serie de Netflix. Imagínate la gente a la que los libros y los juegos se la trae al fresco.

Ésta es la Yennefer que me imagino cuando leo los libros.
Mira que había motivos por los cuales The Witcher podría haberse estrellado.

Henry Cavill fue un Supermán ES-PEC-TA-CU-LAR (aunque las películas en las que apareció encarnando al Último Hijo de Kryptón vayan del profundo desengaño a la mierda absoluta, pero no por su culpa), y sin embargo sigo pensando que como actor va pelín justito en papeles dramáticos y que está demasiado ciclado para ser Geralt de Rivia, a quien se nos describe como un hombre fibroso, atlético, pero no corpulento, más una mangosta que un búfalo.

El Geralt de Henry Cavill es un puto coloso y aún no estoy del todo convencido con su aproximación al carácter del Brujo.

Y no me importa. Me encanta. Henry no interpreta a mi Geralt de Rivia, sino al suyo, pero sigue siendo Geralt.

Anya Chalotra es una mujer preciosa, requisito indispensable para interpretar a la bellísima Yennefer de Vengerberg. Y sin embargo le falta algo. No acabo de verla, físicamente, como Yennefer, a quien las descripciones de los libros atribuyen una hermosura espectacular, algo fuera de este mundo, casi inhumana.

Y no me importa. Anya es lo bastante guapa para hacer de Yen y, encima, clava la personalidad del personaje, que es mucho más importante que el aspecto. LA CLAVA. Aunque sigo pensando que debería ser más guapa, Anya ES Yennefer, y punto en boca.

Ciri... lo peor que puedo decir de Freya Alan es que tiene una cara rara. Lo mejor que puedo decir de Freya Alan es que tiene una cara rara, como si tuviese una herencia exótica, ¿como si fuese descendiente de la Antigua Sangre, por ejemplo?

Mierda. Me está empezando a gustar también la Ciri de la serie de Netflix.

Aunque la de los videojuegos sigue siendo mi favorita.
Jaskier...

Dejémoslo. No he reconocido a Jaskier en Joey Batey. Pero seguro que es culpa mía. Le faltan pomposidad, perilla, pichabravismo y un poco de pluma.

Tampoco es que se hayan esmerado con Triss Merigold. Acostumbrados a imaginarnos esto:

nos han dado esto otro, que no digo yo que esté mal, sino que no es lo esperado, porque es que la actriz ni es pelirroja ni lo parece y tampoco acabo de ver que haya captado la personalidad de Triss:
Pero, a grandes rasgos, los major characters, o sea los personajes principales de una obra de ficción, están bien retratados, son reconocibles; con lo cual los productores de la serie ya tienen medio trabajo hecho.

Y encima Netflix ha tirado de chequera. No he podido encontrar cifras del presupuesto de la serie, pero, más allá de que algunos efectos por ordenador cantan un pelín y de que se han visto algunas batallas multitudinarias filmadas en plano cerrado en el que, con suerte, cabrían veinte o treinta soldados, la serie no parece barata. En ningún momento relevante.

Solo mal narrada. Lamentablemente.

¿Y qué piensa el autor de todo esto? Nada. A Andrzej Sapkowski se la sudan las adaptaciones de sus novelas. Dice que no es grosero, que es indiferente, que no tiene tiempo para ver series de televisión, jugar a videojuegos y leer cómics.

La única implicación de Sapkowski en los productos derivados de sus libros que ha llegado a nuestro conocimiento fue cuando demandó a CD Projekt Red, los responsables de los videojuegos de The Witcher, por un trozo mayor del pastel. Sapkowski había vendido los derechos por 8 000 dólares (no creía que un videojuego basado en sus personajes fuese a interesar a nadie... y resulta que The Witcher 3: Wild Hunt, aparte de ser aclamado como uno de los mejores juegos de la historia, vendió más de 20 millones de copias y toda la serie cerca de 40 millones). Al final han llegado a un arreglo extrajudicial.
(Que conste que la serie de The Witcher que se hizo en Polonia tiene una pinta de barata y desganada que da hasta ternura, así que no es de extrañar que Sapkowski no esté muy interesado tampoco en ésta).
Elfos polacos. Sin coñas.
Una primera temporada que abarca cuarenta años de narración con traicioneros saltos adelante y atrás.

Una temporada que debía abordar las historias de inicio de todos los personajes principales, momento coñazo de toda película, serie de televisión y libro.

Un Henry Cavill demasiado chuzado para el papel.
Lo que pides en Aliexpress.
Un autor al que le tira del nepe la serie.
Lo que recibes.
Una innecesariamente temprana introducción del personaje de Ciri (¡Tos! ¡Tos! ¡Feminismo! ¡Carrasp!) ¿para poder atraer a más espectadoras a la serie?
(Como si hiciese falta).
Un Imperio de Nilfgaard travestido en una especie de oscura metáfora de al Qaeda, o Daesh, o tal vez Irán. No entendí muy bien ese giro de fanatismo religioso que exhiben los servidores de Emhyr van Eyres («La Llama Blanca Que Danza Sobre Los Túmulos De Sus Enemigos»), y además me sobraba.

La serie podría haberse metido una buena hostia.

Pero no. Ha sido un exitazo a pesar de sus defectos.


Y no, venga. He dejado caer, con maldad manifiesta, la insinuación de que el pifostio narrativo de esta primera temporada fuese una decisión consciente por parte de la jefa de guión para meter más vaginas en la serie.
No creo que fuese ese el motivo. Ahora hablo muy en serio. Solo estaba metiendo relleno en la entrada de la bitácora. Ya sabes, querido lector, que aquí somos cabrones y paranoicos de fábrica. Sinceramente, la única razón para introducir tan pronto a Cirilla, y la dislocación de la línea argumental que ello suponía, eran las prisas. Los responsables de la serie querían quitarse de encima las historias de orígenes de todos los personajes lo antes posible, aunque ello supusiese hacer malabares con el tiempo y el espacio, en plan Dr. Who.
La primera temporada picotea de las historias cortas publicadas en los dos primeros volúmenes de la saga de libros (y previamente publicadas como cuentos autoconclusivos en revistas polacas del género), que te recomiendo leer ya mismo. Seguirás sin encontrarle ni pies ni cabeza a la primera temporada de The Witcher, pero, con un poco de suerte, te enamorarás de los libros tanto como yo.

Y las pequeñas decepciones que me ha supuesto la serie (un reparto con el que no estoy satisfecho, la desaparición o incomparecencia de algunos personajes que serán clave en futuras temporadas, la estructura de varios episodios, que me hagan esperar tanto para ver a Yennefer convertida ya en superbruja hiperpoderosa y megasexy...) no obedecen más que al problema que supone siempre trasladar a la pantalla la ficción literaria, al cual hemos aludido varias veces, y más que aludiremos.
Yo también me imagino su pollón. Y tengo miedo.
Cuando leemos un libro, todos nos imaginamos a sus personajes, los escenarios, la acción, a partir de las descripciones del autor. Todos rodamos en nuestra cabeza nuestra propia serie para Netlfix o nuestra trilogía dirigida por Peter Jackson. Leemos la descripción del unicornio y nos lo imaginamos. Y todos quedamos decepcionados, más o menos, cuando nos ofrecen el producto que habíamos visualizado. Porque no es una traslación directa de nuestras fantasías. De nuestro unicornio. Porque eso es imposible. Porque traducir es traicionar. Siempre. Con y sin unicornios, que, encima, no existen.

Me siento algo traicionado por el The Witcher de Netflix.

Pero, mierda, eso no me ha impedido disfrutarla. Mucho. Es un bonito unicornio. Y ya estoy deseando ver la segunda temporada.

¿Cómo podría yo venderle la serie a alguien que aún no la haya visto?

Las peleas a espada hacen que los caballeros de Poniente de Juego de Tronos, cada vez que cruzan el acero, parezcan putos. Putos y mancos.

Son absurdas, pero espectaculares.
¿Por qué no la descabelló mientras le daba la espalda?
Salen elfos.

Aunque ya te anticipo que no se parecen a los elfos amariconados de las pelis de El señor de los anillos. Estos son elfos muy machos.
Elfo netflixero.
Sale Henry Cavill.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Sale Henry Cavill en diversos grados de desnudez.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Sale Henry Cavill sudoroso, en diversos grados de desnudez y follando o recién follado.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Ñam, ñam.
Hay magia.
Hay monstruos a los que hay que matar, por dañinos.
(Esto interesará especialmente a los fans de Buffy Cazavampiros, aunque los peores monstruos, y de hecho es una constante temática de la serie, son las personas dispuestas a hacer cualquier sacrificio a cambio de saciar sus ansias de poder).
Hay intrigas palaciegas, conspiraciones, traiciones, emboscadas...

Se ven tetas.
Yennefer siempre rodeada de las mejores compañías.
Muchas. Y vienen por pares.
(Esto interesará especialmente a los espectadores).
Salen un chorrón de personajes femeninos fuertes, decididos, independientes y empoderados (el palabro de moda).
(Esto interesará especialmente a las espectadoras y cabreará a los votantes de Vox).
Y... no sé... creo que eso es básicamente todo.

Y son básicamente las mismas razones por las cuales te recomiendo la serie de novelas en las que está basada la serie de Netflix, que, acepta mi palabra, no solo están mucho mejor escritas que la susodicha serie, sino que también exploran en mayor profundidad a los personajes y los temas que están solo más o menos insinuados en The Witcher: la corrupción inherente a toda codicia de poder, la fuerza redentora del amor, el peso de la culpa, la fútil resistencia que los mortales oponemos a las corrientes del destino, la reacción ciega y violenta de la gente que sucumbe al miedo y al rechazo que despiertan en ellos la alteridad, «el otro», el diferente, a quien tan rápida y fácilmente aplicamos la etiqueta de monstruo u otra equivalente.

Que es, a fin y al cabo, por qué la saga de Geralt de Rivia nos resulta tan atractiva.

Porque habla de nosotros. De todos nosotros.

¿Qué te parece? Creo que he conseguido hablar de The Witcher sin colar ni un solo espóiler.

martes, 31 de diciembre de 2019

Coordenadas

A mi derecha el mar.

Es el mar que me trae el susurro de las velas de Odiseo, el perfume de las luces de aceite que almizclaban el cuerpo de Calipso y el grito de guerra de los ulfhednar desde sus barbados rostros.

Y sé que en ese mar hay un tesoro, tal vez en una cueva, tal vez al fondo de una sima, un tesoro del que podría aprovecharme para nombrarme a mí mismo conde de Montecristo.

Pero hoy a mi derecha solo veo oscuridad.

A mi izquierda el monte, más allá la montaña.

Es el monte de los aquelarres y los daoine sith, es la montaña desde la que los Olímpicos jugaban con el destino de los hombres como se juega con trebejos de ajedrez.

Y sé que en ese monte hay un lago, o tal vez una roca, y en esa roca, hendida, una espada que aguarda al Pendragón y su Reino del Verano, y sé que esa montaña es solo uno de los jabalcones del bifrost, en cuyo extremo los aesir y las arsinjur celebran un perpetuo banquete.

Pero hoy a mi izquierda solo veo oscuridad.

Frente a mí, el mañana.

No me preguntes acerca del mañana. No sé nada del mañana.

Además, hoy, frente a mí, no veo más que oscuridad.

A mi espalda, el ayer.

Nada diré del ayer. Nos conocemos demasiado bien.

Y no veo en él más que oscuridad.

Sé que hay luz en el mundo, sé que tienen zaga los dolores, sé que hay vida, que hay amor, que hay esperanza.

Pero hoy, a dondequiera que mire, no veo más que oscuridad.


Venga ya el año nuevo y sea lo que sea.

Aunque sea oscuridad.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (I)

Balzac quería empotrar a su propia madre y se casó con la Hańska prácticamente in articulo mortis.

Si algún día decides, y créeme que te lo aconsejo, abordar la gratificante, mas ardua, lectura de ese monumento de la cultura universal que es La comedia humana, del bueno de Honoré de Balzac, te recomiendo muy mucho que lo hagas a partir de una buena edición, con prologuistas solventes, con muchas notas al pie de página. Aunque ello pueda resultar en una lectura más lenta, en una tediosa navegación por las glosas, ganarás en complicidad con la obra y obtendrás no solo un grano de sal de cultura (para tu crecimiento personal), sino un conocimiento, no por superficial menos informado, de la sociedad francesa, y por extensión europea, que Honoré (Honorato en las viejas traducciones que se sentían obligadas a castellanizarlo todo, hasta el nombre del autor) retrató en su monumental obra-rio. Hay, simplemente, demasiados nombres de artistas, ministros, generales, demasiados paisajes, batallas, episodios históricos para que un lector poco versado, o simplemente neófito, en la historia y la cultura de la Francia napoleónica pueda acometer una lectura fluida sin el socorro de las notas del traductor.

Y esta recomendación que te hago, si te precias de lector y persona con cultura, introduce una inquietante posibilidad.

Que lo que leas sea mentira.

En mi edición de La comedia humana no faltan prólogos ni notas al pie. Casi cada novela es introducida por un proemio en el que se explican las circunstancias de su prublicación, la acogida del público, el orden cronológico en el que se integra con otras obras de la La comedia, cuando no se incluye algún discurso del propio Balzac, escrito para alguna de las ediciones del libro, explicando esto mismo. ¡Y será por notas al pie! Como ya he dicho en una entrada de la Bitácora que ni has leído ni leerás ni carallo que te importa, la mitad de mi ejemplar de Esplendores y miserias de las cortesanas sería literalmente ilegible sin notas al pie por cansancio, desidia o renuncia del traductor a volcar al castellano la germanía de los criminales parisinos de la época.

Pero ¿lo que cuentan esos prólogos será verdad?

¿Eh? ¿Te lo habías preguntado?

Imagínate darte cuenta, en determinado momento de tu vida, de que lo que dabas por seguro tal vez no sea más que una versión sesgada e interesada de la realidad. Cuando no directamente un constructo de ficción.

¿A qué viene todo esto?

Vuelve a leer la primera frase de este artículo.

¿Ya?

Proseguimos.

En lo relativo a los amores con espoleta retardada de Honoré de Balzac y su adorada madame Hańska, los prologuistas de mi Comedia humana me vendieron una milonga de amores imposibles por la diferencia de clases (aristócrata ucraniana, gordo y feo burguesito pelagatos provinciano), los lazos matrimoniales (en el momento en que inició correspondencia pseudónima con Balzac, a través de una carta sin remitente firmada solo como «L'Étrangère», la Hańska estaba casada de conveniencia con el mariscal Wacław Hański, y no, no me preguntéis cómo se pronuncia eso; un rico terrateniente y aristócrata polaco de la gobernación de Volinia, perteneciente al Imperio Ruso tras 1796) y la oposición del zar, a quien se le hacían brasas sus zarísticos cojones cuando pensaba en la vagina de una aristócrata rusa mancillada por el sucio esperma de un fétido y rechoncho terruñero francés (el padre de Balzac nació en una miserable familia de agricultores en Tarn, en el Midi-Pyrénées, pero gracias a la formación adquirida de un familiar suyo, párroco de profesión, logró colocarse como funcionario de la secretaría del Consejo Real, en París).

A lo largo de casi todos los volúmenes de mi colección de La comedia humana, los prologuistas nos venden una y otra vez la moto de la relación a contracorriente de Balzac y la
Hańska, del amor que los unía y la sociedad que los separaba, de los mil obstáculos que tuvieron que superar para por fin asistir al tardío El Triunfo del Amor A Pesar De Todo™; de todo lo cual se deduce que:
a) Los prologuistas de mi Comedia humana estaban mal informados.

b) A los prologuistas de mi Comedia humana les daba dentera certificar los aspectos más prosaicos de la vida sentimental de Balzac o temían mancillar su reputación de hombre romántico.

o c) Los prologuistas de mi Comedia humana eran unos putos mentirosos. Y lo sabían.
Porque la historia de amor entre Honoré y Ewelina Hańska es cualquier cosa menos un folletín romanticón y topicástico como los que Balzac escribía.

Y o los prologuistas de mi edición de La comedia humana lo ignoraban y comían flores o lo ocultaron deliberadamente y están llenos de mierda.


Imagínate despertarte un día y descubrir que (casi) todo lo que creías saber (sobre un tema concreto) es mentira.

Las «relaciones» entre madame Hańska y Balzac empezaron, como hemos apuntado más arriba, a partir de una carta que la Hańska, sin ovarios para firmar con su verdadero nombre, le envió a Balzac quejándose del tratamiento de la mujer en su libro La piel de zapa (que ya deberías estar leyendo; sí, sí, deja de leer esta mierda y corre a la librería a hacerte con un ejemplar), así como del cinismo del protagonista y la propaganda atea que la Hańska detectaba en la obra. Balzac, incapaz de responder a una corresponsal que no había sido lo bastante macho para dejar dirección, le remitió su réplica a través de un anuncio clasificado en la Gazette de France. Ewelina lo leyó y contestó de nuevo por carta. Así dio comienzo una correspondencia de quince años en el transcurso de la cual la Hańska acabó desvelando su identidad secreta, como Batman a Gordon al final de The Dark Knight Rises.
(Estimado millennial: los anuncios clasificados eran los tweets de tus abuelos y la Gazette de France era un periódico).
Quince años de amor.

¡Qué bonito y qué romántico, ¿verdad?!

En esos quince años no creo que Balzac y la Hańska se viesen ni media docena de veces (tendría que contarlas pero me da pereza). La correspondencia entre ellos es de coña. De coña. La insistencia, hasta bordear el acoso, de Balzac en encontrarse con la condesa, y las más o menos peregrinas excusas de ésta para demorar o cancelar sus encuentros, son como un juego de ping-pong emocional en el que se ponía a prueba quién tenía más paciencia... o estaba más desesperado.

(Por no entrar a valorar la materia genital, que en esos quince años de correspondencia con la Hańska, Balzac no perdió ocasión de sacar su provinciana y obesa pirola de trepa burgués y meterla en todas las mujeres que se le pusieron a tiro. Hasta hijos ilegítimos tuvo. Para estar loquísimamente enamorado de los güesos de Ewelina, dedicaba más tiempo a empotrar a otras mujeres que a escribirle cartitas diabéticas a ella).
Mis investigaciones acerca de la biografía de Balzac me dejan un amargo paladar, fuente de sospechas acerca de las motivaciones de ambos amantes, que, infiero, no eran del todo limpias.
No me atrevo a cuestionar que la condesa Hańska fuese sincera cuando afirmaba haber encontrado en Balzac un espíritu afín. Pero me parece demasiado conveniente que ella diese el paso de contactarle y luego se dedicase a dinamitar todos los intentos de Balzac por llevar su relación a un nuevo nivel. Literalmente cuando Honoré daba un paso adelante, ella daba un paso atrás, y cuando Balzac reculaba, ella daba solo medio paso, tres cuartos de paso adelante. Le mantenía interesado, le daba esperanzas, pero le desalentaba si intentaba obtener un mayor compromiso romántico de ella. No sé la de cartas amargas, despechadas, que Balzac le escribió a la condesa en esos años, pero fueron muchas.
La Hańska tentando a Balzac.
El caso es que no me cuesta ningún esfuerzo imaginarme a la Hańska leyéndole las apasionadas cartas de amor de Balzac a sus amigas y deschuminándose de risa. A través de la relación epistolar con Honoré no solo se daba pisto a sí misma («tengo línea directa con París», que en aquella época aún era la capital mundial de la cultura y el arte «y estoy enterada antes que nadie de todas las novedades»), sino que se daba repisto, archipisto y recontrapisto («tengo al autor francés de moda loco, loquito por mis huesos: mirad, mirad que cartas de puto baboso plebeyo comemierda me escribe»).

Y tampoco me cuesta el menor esfuerzo imaginarme a Balzac gastando a dos carrillos, endeudándose como un presidente de gobierno argentino y presumiendo ante todos sus amigos (los pocos que ya le quedaban) de que iba a pegar el pollazo de su vida y casarse con una aristócrata millonaria. Porque si hay algo que defina la vida de Balzac al margen de su actividad literaria, y su defensa de la integridad del artista y los derechos de autor (particularmente los suyos), fueron sus ansias de medrar socialmente (ya su padre presumía de haber sido secretario del Conseil du Roi y hasta avocat du roi, cargos que no está documentado que ejerciese jamás) y su absoluta ineptitud económica, que un matrimonio casi morganático con una aristócrata de riñón forrado habrían resuelto de un plumazo.

Balzac no era «de» Balzac. No tenía derecho a usar ese «de», que implicaba un origen aristocrático, por más que él mismo haya dedicado páginas y páginas a justificarse. De hecho ni siquiera tenía derecho a usar el apellido Balzac. El apellido paterno era Balssa, pero su padre lo cambió por el de una familia aristocrática que, casualidades de la vida, no podía protestar el presunto parentesco porque el último de ellos ya llevaba cierto tiempo bastante muerto. Como si yo me pusiese un «de Vivar» o un «Dragwlya» después de mi nombre. Su empeño en asegurarse a la condesa Hańska para casarse con ella tan pronto como su caduco marido la espichase huele demasiado a cuerno quemado, visto su empeño por hacerse pasar por aristócrata, como para no arrojar una sombra de sospecha sobre esa maravillosa mentira de El Triunfo del Amor A Pesar De Todo™ que nos venden los prologuistas y algunos biógrafos de Balzac.
«Wladislaus Dragwlya, vaivoda partium Transalpinarum».
Además, Balzac era un gastón. Un auténtico calavera. Vivía como un magnate sin poder permitirse el lujazo que aspiraba alcanzar algún día. Quería llevar vida de ricacho aunque no podía permitírselo, y cuando, a partir del éxito de Los chuanes, comenzó a recibir invitaciones de la crème de la crème de la aristocracia parisina, sus delirios de grandeza y su codicia de la vidorra que quería pegarse, y a la que sentía que tenía derecho, no hicieron sino aumentar. Balzac gastaba más de lo que ganaba (y llegó a ganar mucho, a pesar de que algunos impresores desaprensivos se hacían por medios inconfesables con los borradores de sus obras y los publicaban en Rusia antes que en Francia, de donde luego los importaban sin abonar a Balzac ni medio euro de madera en derechos de autor). Sus dispendios habituales no solo se iban en el buen comer y el buen beber, vicios de los que nunca se privó, sino también en tareas aparentemente triviales como la corrección de galeradas, en una época en la que el editor se negaba a pagar las correcciones de los errores introducidos durante una composición negligente por parte del impresor, y éstas corrían a expensas del autor. El obsesivo perfeccionismo de Balzac le costó una fortuna en pruebas de imprenta.
Dragwlya era este señor.
En el momento de su muerte, Balzac, uno de los escritores franceses más leídos de su época, sino el que más, estaba prácticamente arruinado. Qué duda cabe que su matrimonio con rica la condesa Hańska, cualesquiera que fuesen los sentimientos del pobre Honoré, habría supuesto la liquidación de todas sus deudas.
Pruebas de imprenta de Béatrix.
¿Qué buscaba Balzac en la condesa Hańska, además de estabilidad económica y prestigio de clase? Pues probablemente el amor que su madre siempre le negó. Anne-Charlotte-Laure Sallambier gozaba de una posición económica desahogada gracias a la herencia de unos padres merceros (en serio; se ve que lo de vender botones y pasamanería antes daba mucha pasta) y, probablemente, nunca llegó a amar a su marido, el trepa Bernard-François Balzac, huy, perdón, Balssa, con quien la casaron a los 18 años (el padre de Balzac tenía entonces cincuenta tacazos) y es muy dudoso que llegara a amar a su segundo hijo (el primero, Louis-Daniel, falleció con un mes de vida y las hermanas de Honoré, Laure y Laurence, y su hermano Henry-François nacieron después de él). No solo confió la crianza de Honoré y su hermana a una nodriza, y es importante el énfasis, LEJOS de la casa familiar (Honoré y Laure pasaron sus primeros cuatro años de vida apartados de sus padres), sino que a los diez años lo despachó a la escuela de gramática de Vendôme donde, sumando la humillación a la frialdad, Balzac debía soportar las burlas de sus compañeros a causa de la ridícula pensión que le hacía llegar su padre, decidido a que su hijo no se acostumbrase a vivir de las rentas familiares. Ése mismo espíritu guió años más tarde los actos de su madre, cuando Balzac anunció su propósito de abandonar los estudios de Leyes (estaba, a la sazón, trabajando de pasante de abogado mientras estudiaba Literatura en la Sorbona) y convertirse en escritor a tiempo completo: la dulce maman le dijo a su hijo algo díscolo «búscate la vida» y jamás le ayudó económicamente en ninguna de sus empresas.

No es descabellado atribuir a Balzac un complejo de Edipo superlativo. Su historial amoroso, devaneos con furcias aparte, es casi una guía Michelín de «buscando una sustituta para mamá». Es bien conocido su romance con Laure Junot, duquesa de Abrantes (¿empiezas a ver un patrón aquí, querido lector?), y escritora a su vez. La duquesa de Abrantes, a quien Balzac ayudó a redactar sus memorias y después ayudó a darle alegría a su cuerpo, Macarena, que tu cuerpo está pa' darle alegría y cosas buenas, tenía quince años más que Balzac y pagó todos sus gastos y todas sus deudas, como una madre haría por un hijo manirroto, hasta que el rollizo Honoré se encoñó de la Hańska (otra posible mamá lo bastante rica para malcriar al munífice escritor, si bien más joven que él) y llegó hasta a olvidar que conocía a una tal Laure Junot. Tanto la olvidó que la duquesa de Abrantes (convertida por Théophile Gautier, que la detestaba, en «duquesa de Abracadantès») acabó sus días arruinada, enferma y sola en un sórdido asilo de París.

Durante toda su accidentada relación a distancia (como ya he dicho, Honoré y Ewelina se vieron bien pocas veces antes de su matrimonio), la condesa se dedicó sistemáticamente a boicotear los esfuerzos de Balzac por obtener de ella un compromiso. Cuando Balzac llegó a San Petersburgo en 1843, la Hańska quedó chafada al ver lo gordo, pálido y feo que se había puesto aquel escritor al que había conocido más lozano y capitán en Suiza, diez años antes. Previamente había roto con él por carta cuando el tío de su ya difunto marido, impugnó el testamento de Wacław. Sus relaciones amorosas de mírame pero no te acerques con ese gordo y arruinado burguesito francés, escritor de folletines, podrían haber amenazado su posición en el litigio que siguió, y que finalmente ganó la condesa. Pero eso no supuso una normalización de sus relaciones.

A fin de sortear el veto del zar, decidido a impedir que la sangre de la nobleza rusa se devaluase con la de un advenedizo alonsanfán, la Hańska quería casarse en secreto. Para entonces, los problemas de salud de Honoré, causados por su estilo de vida de escritor tragón e hiperputero y agravados por su obsesiva actividad literaria (se pasaba las noches escribiendo y bebiendo café), ya iban a la par con sus problemas económicos (tenía pufos por más de 200 000 francos de la época) y la Hańska se negó a plantearse siquiera una vida en común con el escritor a menos que pagase todas sus deudas. Cuando Ewelina abortó el hijo que esperaba de Balzac (a estas alturas, algunos creemos tener motivos para pensar que tanto el embarazo como el aborto fueron fantasías de la condesa), se negó a recibirle en Dresde, donde se había instalado, argumentando que «la emoción de verle» en aquellas circunstancias «sería fatal» e hizo planes de regresar a Wierzchownia. Sin Balzac.

Después de mil epopeyas más (robo de cartas amorosas y chantaje incluidos), finalmente la condesa y el escritor anunciaron su compromiso; pero, poco o casi poco cambió: Balzac siguió endeudándose en París y la condesa Hańska siguió ganando tiempo en Wierzchownia. Y si finalmente se casaron en 1850, y en esto están de acuerdo todos los biógrafos de ambos, fue por pura lástima de la condesa hacia Honoré. La condesa
Hańska, en un acto de suprema compasión y generosidad, solo aceptó contraer matrimonio con aquel quebrado y gordo escritor que decía amarla desde hacía años, cuando su salud, según los mejores doctores del momento, se había deteriorado hasta tal punto que ya no podían quedarle muchos telediarios.
Y no le quedaban. El 18 de Agosto de 1850, Honoré de Balzac, ciego, enfermo del corazón, agotado, enajenado (llegó a decir, en su agonía, «¡ya solo Bianchon podría salvarme!»; Horace Bianchon, médico genial, pero ficticio, es uno de los personajes de La comedia humana), postrado en una cama, murió de gangrena; apenas cinco meses después de haberse casado con su condesa rusa, que, lo que es justo es justo, hay que reconocer que le cuidó esmeradamente en sus últimos días y llegó hasta a hacerle de secretaria, transcribiendo las cartas y papeles que Balzac le dictaba, pero, lo que es justo sigue siendo justo, le sobrevivió sin haber hecho un excesivo sacrificio material o social.
La condesa Hańska no fue a reunirse con su gordo arribista hasta 1882. Treinta y dos años después.

Y los prologuistas de mi edición de La comédie humaine, que me vendieron esa ficción de las relaciones entre Balzac y la
Hańska como la historia definitiva del Triunfo del Amor A Pesar De Todo™, deberían saber todo esto.

Sin embargo, decidieron venderme esta historia entre un arribista de provincias con injustificadas ínfulas patricias y decidido a pegar el braguetazo del siglo (y encontrar a una mamá que le pague los vicios) y una aristócrata adúltera y disoluta como el summun del Triunfo del Amor A Pesar De Todo™.

Cabrones.