lunes, 11 de noviembre de 2019

Aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me miras

"I don't see them. I tried, you know? But that's not cinema. Honestly, the closest I can think of them, as well made as they are, with actors doing the best they can under the circumstances, is theme parks. It isn't the cinema of human beings trying to convey emotional, psychological experiences to another human being."
¿Y si Scorsese tuviera razón?

¿Te lo has planteado, oh probo lector de esta bitácora sin visitantes?

Quiero decir, si alguien como Martin Scorsese, que ha rodado Taxi Driver, Uno de los nuestros, Malas Calles, Casino y otros 60 títulos más, dice que las películas de superhéroes no son realmente cine, ¿no deberíamos al menos concederle el beneficio de la duda y considerar la posibilidad de que sepa de lo que está hablando?

Y si uno de los gordos más entrañables de la historia del cine, el señor que rodó El padrino, Apocalypse Now (y casi mata a Martin Sheen en el proceso), Cotton Club, Drácula de Bram Stoker y figura en otros 32 créditos como director, coincide plenamente con él, e incluso dice que su amigo Scorsese se ha quedado corto, tal vez deberíamos darle una pensada al tema.

"The value of a film that's like a theme park film, for example, the Marvel type pictures where the theaters become amusement parks, that's a different experience. As I was saying earlier, it's not cinema, it's something else. Whether you go for that or not, it is something else and we shouldn't be invaded by it. And so that's a big issue, and we need the theater owners to step up for that to allow theaters to show films that are narrative films."
La tesis de Scorsese es que el cine, dando por sentado que el director haya dominado la gramática de su Arte (que en los tiempos que corren es mucho suponer), debe ofrecer al espectador lo inesperado. Si puedes anticipar cada puñetero giro de la trama, si ya sabes, desde el minuto uno de metraje, que los buenos van a ganar, pase lo que pase, entonces no es cine.

Humildemente, creo que Scorsese se equivoca: el cine de Superhéroes sí es cine.

Pero malo. Generalmente malo.

E incluso MUY malo.

Cuando vemos una película de súpers ya sabemos que ninguno de los Vengadores va a morir antes de los créditos finales. Ya sabemos que Spiderman debe sobrevivir siempre para que los ejectivos de Sony estiren la franquicia todo lo posible. Ya sabemos que una de las razones por las cuales corrieron a hostias a Zack Snyder de Justice League era porque, al final de la peli, Batman moría. La previsibilidad de los argumentos no le quita a las películas de superhéroes la consideración de cine más de lo que lo hacen prácticamente todos los westerns, la mayoría de los thrillers policíacos y casi el cien por cien de las pelis de terror, por citar otros tres géneros que se ajustan a un formulario.

Lo que hace es convertirlas en malas películas.

Orson Welles, recordé en otra entrada de la bitácora, ya no iba al cine porque no podía ver una película sin visualizar las vías del travelling. Yo no disfruto ni siquiera del diez por ciento de los largometrajes y series de televisión que veo porque el director raras veces es capaz de ganarse mi respeto, el guionista acostumbra a fracasar en atraparme o sorprenderme con la trama y casi todos los actores no son más que caras bonitas o cuerpos mollares que es que ni se molestan en intentar que me importe un cojón lo que les suceda a sus personajes.
«¡Mira! ¡Tetas!».
Pero eso no significa que esas películas no sean cine.

Son cine.

Pero del malo.

Y aquí es donde Coppola acierta de lleno:

“I don’t know that anyone gets anything out of seeing the same movie over and over again. Martin was kind when he said it’s not cinema. He didn’t say it’s despicable, which I just say it is.”
Marvel/Disney estableció con Iron Man el formulario de cómo querían hacer una película de superhéroes y se han sujetado a él. Una y otra vez. Una y otra vez. Incluso cuando no tocaba. Incluso cuando podría ser contraproducente.
Contraproducción que debería haber sido evidente desde el principio.
Iron Man es indistinguible de Iron Man 2.

Iron Man 2 es un pésimo clon de Iron Man 3.

Iron Man 3 repite el mismo esquema argumental que Capitán America: el primer vengador.

Capitán América
apenas se diferencia de Thor.

Thor es un calco de Capitana Marvel.

En cada nueva producción del MCU, vemos repetida la misma estructura, los mismos estereotipos de personajes, el mismo argumento, los mismos gags cómicos, los mismos giros de guión, la MISMA MIERDA.


Esa fidelidad al formulario, esa comodidad en la fórmula, esa cobardía creativa ha determinado que una película que debería ser oscura, siniestra, deprimente, apocalíptica, como Thor: Ragnarok, acabase siendo una comedia con la que nos partimos el hueso del ano.

Nos partimos el ojal de risa con una película, y ya me estoy citando otra vez a mí mismo (señal preocupante que debería hacerme reconsiderar el seguir con la bitácora), «con una película en la que Thor pierde a su padre, su reino, sus poderes, su martillo, su dignidad y Hela asesina a sus mejores amigos e impone un régimen de terror en Asgard. Me descojoné con una peli que empieza con una masacre y acaba en el armageddón nórdico».


Como no podía ser de otra manera, los freaks se le han echado a la yugular a estos dos señores. Hasta el freak profesional, Kevin Smith, se ha sentido obligado a desautorizar a ambos maestros:

"My feeling is, Martin Scorsese never sat in a movie theater with his dad and watched the movies of Steven Spielberg in the early ’80s or George Lucas in the late ’70s."

(Y, Damon Lindelof, que siendo como es el co-creador de Lost debería callarse la boquita más a menudo, tampoco ha dejado pasar la oportunidad de conseguir un poco de notoriedad gratuita, que tal vez podría aprovechar para atraer la atención sobre su serie de Watchmen que, sin haberla visto, muchos seguimos creyendo que es una mala idea).
Pero, en su alegato, Kevin Smith no parece ser consciente de que le sale el gorrino mal capado, porque precisamente los puretas del Séptimo Arte señalan a Spielberg y Lucas como los principales responsables de la destrucción del cine en cuanto que medio artístico, de la corrupción del lenguaje cinematográfico en favor del espectáculo descerebrado y la entronización de los golpes de efecto facilongos por encima de la narrativa coherente. Con todo lo que el primer Spielberg podría enseñarles a los jóvenes directores de cine acerca del lenguaje, ritmo y estética cinematográficos, ni siquiera el mejor Spielberg es digno de lamerle la mierda del perineo a Fritz Lang, Cecil B DeMille o Alfred Hitchcock.

Digámoslo alto y claro por si alguien no lo ha entendido: ni todas las películas del MCU juntas suman el valor artístico, expresivo, técnico, emotivo y cinematográfico de un solo fotograma de una película de Scorsese o Coppola. Incluso de las peores (a mí Shutter Island me pareció un cagarro, impecablemente rodado pero cagarro a fin y al cabo, y Jack  es que ni siquiera fui capaz de reconocerla como una película de Coppola).

Pero podría coger ese mismo argumento, ponerme estupendo (quiero decir estupendamente gilipuertas) y decir que toda la filmografía de Scorsese y Coppola juntos no merece ni lamer la sangre menstrual de la escena de la escalera de Odesa de El acorazado Potemkin. Porque eso es lo que pasa cuando te subes a tu caja de jabón y empiezas a pontificar desde una autoridad a la que, por muy duro que hayas trabajado para ganártela, nunca le faltará un dinamitero dispuesto a mandarla a Lima. De hecho, Scorsese es tan consciente de haber sacado los pies del tiesto, de que todas las generalizaciones son peligrosas (me va a convencer a mi Scorsese de que ha intentado verse TODAS las pelis de superhéroes de la última década, ¡ja!), que ha tenido que salir a matizar sus propias palabras y decir que Joker, por ejemplo, que, ejem, estuvo a punto de dirigir y, ejem, jum, jem, ha salido de una de sus productoras, sí es cine.

Scorsese no dice que no se deberían hacer películas de superhéroes, dice que su lugar no es el cine, porque una sala de cine está para que se proyecten otras cosas; la enésima vuelta de tuerca de Scorsese a la película sobre gánsters, por ejemplo. Scorsese dice que las pelis de superhéroes son entretenimiento visual, pero que debería ser un placer culpable que te descargas de Netflix o de donde sea y te ves en tu casa, mientras que las salas de cine quedarían reservadas para las películas de verdad que hacen los cineastas de verdad.

Lo cual no es sino apestoso clasismo. Y encima parece un pelín ataque de cuernos; «¡es que se me comen las mejores salas ahora que voy a estrenar The Irishman! ¡Es que me dejan sin presupuesto para rodar mi Goodfellas 2ª parte!». Scorsese parece más que nunca el Scorsese muy quemado que estrenó hace unos años Silencio, su película más personal y toda una lección de cine que se comió un hostión en taquilla porque, digámoslo así: es un coñazo de casi tres horas de duración, con un presupuesto de más de cuarenta millones de dólares, que no llegó ni a 24 kilos de recaudación porque es lenta y aburrida de cojones, y hay que tener los huevos muy pelados en la butaca, estar muy enamorado del cine de Scorsese o ser un talifán de todo lo japonés para poder verla entera sin dormirte. Yo casi lo conseguí.

Pero Scorsese apunta otro argumento al que no puedo menos que adherirme: hace tiempo que las obscenas recaudaciones del cine palomitero, de los blockbusters megamillonarios, del «cortipego el guión de Iron Man, invierto doscientos kilos en un cagarro de tarados con mallas de colorines y gano mil millones», están pervirtiendo la industria misma del cine.

"[...]we now have two separate fields: There’s worldwide audiovisual entertainment, and there’s cinema. They still overlap from time to time, but that’s becoming increasingly rare. And I fear that the financial dominance of one is being used to marginalize and even belittle the existence of the other."
Y eso, me temo, tiene mala solución. Mientras los estudios de cine sigan tomando las decisiones creativas en base a las expectativas de reparto de dividendos entre los accionistas, mientras el objetivo no sea crear arte, sino minimizar el riesgo de la inversión, el cine de autor sufrirá. Por esa regla de tres, It, que tendría que haber sido la cinta más terrorífica del año 2017, más terrorífica que El Fary en bañador, se convirtió en otra película de sustos (para miedo el que pasé el año siguiente viendo Utøya 22. juli, en la que ni siquiera salen payasos chupacabras asesinos); Justice League y Suicide Squad fueron desmembradas y remezcladas para ajustarse al guión de lo que los ejecutivos de Warner entendían que los ejecutivos de Marvel Studios habían establecido que debe ser una película de superhéroes, con resultados ya conocidos; tenemos nueva película de La maldición y Star Wars: los últimos jedi fue una puta mierda solo ligeramente menos peor que Star Wars: el despertar de la fuerza.
Hasta películas comparativamente menores, como Tolkien, recientemente estrenada, (que tiene mérito haber rodado una película sobre la vida del autor de El hobbit, que nunca pasó de ser un ratón de biblioteca), se revelan, durante su visionado, no un genuino ejercicio de Arte cinematográfico sino otro vergonzoso intento de sacarle los cuartos a las mesnadas de descerebrados frikis que se zurraban a pajas en el patio de butacas durante los pases de El señor de los anillos, metiendo, a patadas, toda suerte de alusiones visuales a las películas de Peter Jackson, basadas en libros que el Tolkien de la película acaba el metraje sin haber llegado a escribir.

Tolkien, la película, no es mas que un larguísimo y aburrido tráiler de veinte millones de dólares, financiado para relanzar las ventas en Blu-Ray de El señor de los anillos y El hobbit de Peter Jackson, o crear expectación hacia esa nueva serie ambientada en la Tierra Media que Amazon estrenará cualquier día de estos. Y le encargaron la campaña publicitaria al director de Tom of Finland (que, como casi todos los directores de cine, quiere poner una pica en Hollywood y tener la posibilidad de trabajar con los pastizales con los que se trabaja allí), una cinta que tampoco es que sea una de Jason Bourne, pero que tiene más intriga y tensión en el protagonista cruzando la frontera con su contrabando de dibujos de bigardos enfundados en cuero, o en cualquiera de sus redadas caza-mariquitas, que Tolkien en todo su metraje (y el discurso integrador y tolerante del protagonista en la macro-rave culera del final ya es para soltar una lagrimita). Las secuencias de este biopic de Tolkien en las trincheras del Somme son particularmente anticlimáticas, alucinaciones eruditas por la fiebre incluidas.

Que ya tiene mérito haber cogido la relativamente tediosa biografía de J.R.R. Tolkien (salvo las penurias económicas de su infancia y su paso por la Primera Guerra Mundial, de la cual volvió psicológicamente tocado, el bueno de John Ronald no deja de ser un académico obsesionado con las lenguas germánicas y las viejas leyendas nórdicas que llevó una vida tirando a regulera, y eso siendo muy generosos) y convertirla en un puto muermo. Con recreación casi explícita del viaje de Frodo y Bilbo a Mordor, eso sí, y otras escenas delirio-oníricas con Espectros del anillo y el propio Sauron de las que sacamos la conclusión de que o bien Tolkien le daba al LSD o el guionista de la película tiene muy poca vergüenza.
Así de descarado.
No veo cómo Tolkien podría haber sido una buena película (y no lo que es: un caro, torpe y evidente artificio publicitario destinado a engordar el patrimonio de sus herederos), porque es que se parece demasiado a cintas preexistentes y, además, sabiendo que el protagonista murió de viejo, famoso en todo el mundo y con relativa holgura económica, desaparece incluso la posibilidad de angustiarnos por el destino incierto del personaje en su lucha para salir de la pobreza o sobrevivir a los campos de batalla de la Gran Guerra, que, repito, en ningún momento nos transmiten sensación de peligro. Hasta la historia de amor entre John Tolkien (Nicholas Hoult) y Edith (la bellísima y solvente Lilly Collins) es un topicazo de principio a fin y el pretendidamente hermoso relato de amistad de los miembros del Tea Club and Barrovian Society (Robert Quilter Gilson, Geoffrey Bache Smith, Christopher Wiseman y el propio Tolkien), que es el puñetero eje argumental de la película, respeta todas las convenciones del género y bascula entre El club de los poetas muertos y The History Boys, con algunos toques de Cuenta conmigo, sin acabar de conmovernos o encontrar una entidad propia. Cuando Tolkien y Wiseman son los únicos que regresan vivos de la Primera Guerra Mundial, nos damos cuenta, dolorosamente, de que como espectadores nos importa exactamente una higa.
Al final todo se reduce a lo mismo: hacer Arte es difícil de cojones. Hacer una película no es lo mismo que hacer un éxito de taquilla. El productor quiere dinero y no un capítulo en los libros de historia del cine. La osadía, la experimentación, se penalizan mientras que la comodidad, la conformidad, se recompensan. En ese sentido es encomiable el esfuerzo de autores como Christopher Nolan por ofrecernos, a través del sonido envolvente multicanal, de la fotografía en IMax de 70 milímetros, etcétera, una experiencia que solo se pueda disfrutar en toda su magnitud en una sala de cine (que lo consiga o no ya es puta de otro lupanar). Pero autores como él, que se sale, un poquitín, de los raíles, son la excepción. La originalidad es un talento escaso y el talento es un don aún más escaso todavía y las opiniones son como los culos: todos tenemos una y todas apestan.

¿O no?

Ya lo he dicho más de una vez: me he visto casi todas las películas de Jessica Alba porque, no me tiréis piedras, Jessica Alba me pone malo. Y aún no he visto una película de Jessica Alba (una cara bonita que es que ni se molesta en intentar que me importe un cojón lo que le suceda a su personaje) que no diese mucho, muchísimo asco, con la contada excepción de Sin City, y no precisamente gracias a ella.

¿Que si las pelis de Jessica Alba son cine? Difícilmente. Ponme aquí una lista de sus largometrajes y desafíame a encontrar en cualquiera de esos títulos un argumento original, una actuación memorable, un guión notable, una escena conmovedora o al menos un respetable dominio de la técnica y la narrativa cinematográficas. Veo las pelis de mi latina teñida predilecta con la misma sensación de culpabilidad voluptuosa con la que leo a Bukowski. No estoy seguro de que lo que Bukowski hacía fuese literatura y estoy bastante seguro de que lo que Jessica Alba hace no merece llamarse cine, pero no me privo del placer que ambos pueden proporcionarme, y ni exijo que los libros de Bukowski sean desterrados de las librerías ni que a mi querida Jessica se la proscriba de las salas de cine, y creo tener una fundada, incluso autorizada opinión acerca de qué es cine y qué es literatura.


No es literatura. Ojalá lo fuese.
Recuerdo estar en mi butaca, intentando pillarle la gracia a Scary Movie, que se suponía que era una parodia de las películas de terror y resulta que es una chabacana sucesión de chistes verdes (y encima malos), dando un respingo cada vez que a mi alrededor el resto de la audiencia se descojonaba hasta las lágrimas y preguntándome «pero ¿de qué mierda se ríe toda esta gente? ¿Soy yo el que tiene un problema o son ellos?».

Desde mi punto de vista, Scary Movie es un desperdicio de celuloide, de dinero y de tiempo. De haber dependido de mí, jamás se habría rodado.

Pero no dependía de mí, y tampoco creo que merezca tener el poder de decidir qué películas llegan o no llegan a los cines. Me basta con no verlas. El mal cine (o el cine que no es cine pero se traviste de cine) es como la mala literatura, la mala música, el Arte vago, como la grasa en las fosas sépticas: siempre acaba en la superficie, donde el que esté interesado en ella pueda cogerla sin esfuerzo.

La mierda buena (aunque ya me he dado cuenta de que estoy llevando la metáfora demasiado lejos) está en el fondo, donde solo unos pocos se atreven a bucear.

Para encontrar a un príncipe azul hay que besar muchos sapos. No exageraba antes cuando decía que no disfruto ni de una de cada diez películas que veo. Porque ya las he visto mil veces. Porque puedo anticipar cada giro de guión. Porque los personajes son predecibles, sosos y estereotipados. Porque la cinta no me transmite la menor emoción ni me estropea la experiencia de su visionado una inoportuna micción (pareado involuntario). Porque veo las vías del travelling. Porque no sale Jessica Alba en bikini mintiendo sudores de glicerina y desnudada por CGI.

El «antes» y el «después». ¿De verdad creíste que estaba en cueros?
Pero seguiré disfrutando de las películas de superhéroes. Sean lo que sean.

O sea, le guste o no a Scorsese, seguiré disfrutando de las mejores películas de Superhéroes, sean o no sean cine, y de casi todas las películas de Jessica Alba (lo más mojada y con la menor cantidad posible de ropa encima), sean lo que sean.

Porque no todo puede ser Chaucer, Dreyer y Kandinsky, como no todo puede ser quinoa, tofu y ensalada; de vez en cuando hay que beberse una Coca-Cola; y si los retrasados mentales que se meaban con Scary Movie tienen derecho a la vida, yo también, y hasta el mal cine de superhéroes, o lo que sea eso, y las malas películas de Jessica Alba, que ya habíamos establecido que no hace nada que amerite llamarse «cine», merecen una oportunidad para encontrar su público.

Un público de gilipollas como tú y como yo; no elevados intelectuales de la categoría de Scorsese, a quien ofende el cine sin riesgos, sin sorpresas, sin valentía.
 

Por más que Scorsese lleve, desde Malas calles, rodando, una y otra vez, la misma película.
Eso.

jueves, 31 de octubre de 2019

La mochila

Tolkien era racista.
«¡Racista, racista!».
Lo siento, Elfolas. Es lo que hay. Tolkien era racista y ni siquiera inventó a los elfos; solo los blanqueó. Ahora vas y lo meneas.

Tolkien, nuestro amado Tolkien, el autor de la divertidísima y emocionante El Hobbit y de la épica, oscura y fabulosa El señor de los anillos, era un racista de tomo y lomo, y sus obras son reflejo de ello.

Pero Tolkien no era racista todo el rato, y ya fue más racista de lo que acabó siendo, y a veces ni siquiera era consciente de ser racista, y a lo mejor no era tan racista como crees.


Y todo eso es posible en la misma persona y al mismo tiempo.

En la Enciclopedia de Tolkien, que NO, repito, NO es un bonito libro con ilustraciones de John Howe y Alan Lee, sino una obra erudita, donde una docenita o así de académicos, estudiosos y doctores de lengua y literatura inglesas y especialistas en la obra de J.R.R. reflexionan, desde un punto de vista académico, sobre la obra de Tolkien, sus influencias, biografía y trabajos «serios», si se me permite el chiste. En la Enciclopedia de Tolkien, repito, la profesora Christine Chism distingue tres tipologías de acusaciones a la obra de Tolkien, relativas al tema que nos ocupa: racismo intencional, sesgo eurocéntrico inconsciente y evolución del racismo latente de las obras tempranas del autor a rechazo expreso del racismo en sus últimos trabajos.

Las pruebas están ahí.

«¿Che apechese un ché, querido?»
Ya no hablo del pestufo anglosajón que tienen todos los protagonistas «buenos» de El Hobbit y El señor de los anillos (de Bilbon Bolsón se ha llegado a decir que es un terrateniente inglés, un ocioso rentista de la gentry, solo que más bajito, más gordo, más flemático y con más pelos en los pies), porque es tan evidente que no debería ser necesario.

Hablo de que los orcos son descritos como «negros» o «de piel negra» (ESDLA 2 Cap 5: "some are large and evil: black Uruks of Mordor" y Apéndice A: "In the last years of Denethor I the race of uruks, black orcs of great strength, first appeared out of Mordor") y "de ojos rasgados". O sea, tal y como el propio Tolkien señala en su correspondencia, «versiones degradadas y repulsivas de los, para los europeos, menos adorables tipos mongoloides» ("...squat, broad, flat-nosed, sallow-skinned, with wide mouths and slant eyes; in fact degraded and repulsive versions of the -to Europeans- least lovely Mongol-types", Carta 210 de junio de 1958 a Forrest J. Ackerman). Y la buena de J.K. Nemisin (que, por si no lo sabes, querido lector, es una hermosota escritora estadounidense de origen africano, vamos, que es negra como el carbón) se quejaba precisamente de ello en su bitácora en respuesta a la carta de un lector, tan bienintencionado como desorientado, que arremetía contra la etiqueta de «fantasía épica» bajo la cual se venden sus libros cuando en ellos no había runas, ni dragones, ni elfos, ni un mal orco que echarse a la boca.

"Think about that. Creatures that look like people, but aren’t really. Kinda-sorta-people, who aren’t worthy of even the most basic moral considerations, like the right to exist. Only way to deal with them is to control them utterly a la slavery, or wipe them all out.

Huh. Sounds familiar.

So maybe now you can understand why I’m not very interested in writing about orcs."
Y no, no voy a entrar a comentar cómo Tolkien, se lo propusiera o no (y yo creo que no se lo propuso), o más bien el éxito de ventas de los libros de Tolkien ha condicionado el concepto mismo que tenemos de Fantasía Épica, como desvela el atolondrado lector al que alude J.K. Nemisin. Estoy hablando del estigma del pecado original cometido por ese escritor blanco, anglosajón y británico, que sugiere en su universo imaginario la existencia de razas orgánicamente malvadas, en contraposición a otras genéticamente bondadosas, a las que se puede diezmar sin sentimiento. En palabras de J.K. Nemisin:
"[...]  I realize the whole concept of orcs is irredeemable. Orcs are fruit of the poison vine that is human fear of “the Other”. In games like Dungeons & Dragons, orcs are a “fun” way to bring faceless savage dark hordes into a fantasy setting and then gleefully go genocidal on them. In fiction, even telling the story from the dark hordes’ PoV, or explaining why they’re so… orcish… doesn’t change the fact that they’re an amalgamation of stereotypes."
Con su blanca palidez.
Y este racismo explícito de la obra de Tolkien transpira también a través de los «malos» de El señor de los anillos, los que luchan en el bando de Sauron, que son los orientales y los sureños o haradrim, a los que se nos describe tirando a oscuritos de piel. Los haradrim, además, que acuden a la batalla montados en sus elefantes de guerra, se parecen tantísimo a los indios que, con la historia que tiene el imperio británico con sus colonias, lo mínimo que consiguen con su aparición es hacernos fruncir una ceja.
Hablo de que la amistad entre Gimli y Legolas se presenta como algo excepcional. Lo nunca visto. Casi un acontecimiento contra natura.

Hablo de que los enanos, que son representados como seres huraños, gruñones, misántropos que evitan en lo posible relacionarse con otras razas, barbudos y codiciosos ávidos de oro, son estereotipos. Concretamente el estereotipo de usurero. Y quiero decir de usurero judío ortodoxo. Como los judíos, los enanos sufrieron una diáspora, se consideran extranjeros en las tierras que habitan, mientras sueñan con regresar a la tierra prometida, y hablan un lenguaje de tipo semítico, algo que el propio Tolkien no se molestó en ocultar ("The dwarves of course are quite obviously - wouldn't you say that in many ways they remind you of the Jews? Their words are Semitic obviously, constructed to be Semitic").

Y solo dos de los Nazgûl son explícitamente de piel clara.

¿Soy el único al que este plano le parece pelín kukluxklánico?
También huele un poco a cuerno quemado esa concepción, presente a lo largo de toda la obra de Tolkien, de que las razas primitivas son moralmente mejores, más fuertes, socialmente más cohesionadas y más pujantes. Los rohirrim, que prácticamente viven sobre las sillas de sus caballos y por no tener no tienen ni cristales en las ventanas de sus barracas, son mejores que los numenóreanos, corrompidos por las comodidades de la civilización. Théoden es mejor rey de lo que Denethor es senescal de Gondor. Bueno, esta idea tiene su excepción: hay un límite inferior a partir del cual una cultura primitiva reduce a sus componentes a poco más que animales parlantes; límite marcado por los salvajes (woses, en el original), que se visten con hierbas y hablan como un indio de película de John Wayne. Uno muy tonto.

Pero creo que lo más siniestro en la obra de Tolkien es esa concepción, denunciada por gente como Andy Duncan en su podcast, de que la vileza se hereda con la sangre. De que hay razas intrínsecamente buenas, por genética, y razas orgánicamente malas. Antropología victoriana acientífica e imperialista. Freca, noble de Rohan bajo el rey Helm Hammerhand, y Wulf, su hijo, son presentados como seres malvados por su herencia dunledina (baja estatura, cabellos castaños y tez trigueña). Los orcos, por el mero hecho de ser orcos, son malvados. Los haradrim y los orientales se ponen del lado de Sauron... porque son haradrim y orientales, supongo; mientras que los elfos son siempre buenos, excelsos, irreporchables, bondadosos y que hasta mean colonia.

A las pruebas me remito.
Pero, como casi todo en esta vida, la respuesta a la pregunta de si Tolkien era o no era racista no se puede responder con un simple sí o no.
Digamos que era racista, pero se avergonzaba de ello e intentaba dejar de serlo.

Tolkien cuenta que los rohirrim cazan a los Hombres Salvajes como si fuesen bestias, como los elfos cazaron en su día a los enanos, a los que no reconocían como personas (y esto es en parte causa de la mala sangre que hay entre elfos y enanos, además de aquel asunto del Nauglamír), y Tolkien saca a un personaje (me parece recordar que es Gandalf) condenando esa práctica. De hecho, la superación de las diferencias físicas o culturales en aras a obtener un bien superior es consustancial al argumento de El señor de los anillos. Buena parte de las interacciones entre Gimli y Legolas están marcadas por su inusitada amistad y por sus mutuos esfuerzos por comprender al otro y sobreponerse a las diferencias que los separan y a los siglos de mala hostia entre elfos y enanos que los enfrentan.

Además, no todos los «malos» de sus obras son oscuritos de piel. Grima, Saruman, Gollum (un ex hobbit) y Lotho Sacovilla-Bolsón son blancos.

Además, ¿que los elfos eran intrínsecamente buenos? A mí Fëanor y sus hijos me parecen cualquier cosa menos unos dechados de virtudes: vengativos, impulsivos, arrogantes, coléricos y asesinos. Vamos, que Fëanor sería casi el Pablo Escobar Gaviria de la Tierra Media, y su familia el puto Cártel de Medellín. Los desmanes de Fëanor llegaron a tal punto que atrajeron la maldición de Mandos sobre todo su clan. ¡Todo un clan de elfos maldito por los propios dioses!

Además, hasta la consideración de los enanos a lo largo de la obra de Tolkien fue mejorando progresivamente, pasando por Mim, el enano mezquino, hasta llegar a la figura de Gimli, el más noble y honesto de ellos, auténtico modelo para su raza.

Aunque un pelín marrano. ¡Aféitate, hippy!
Y su idea de que los rohirrim son mejores que los numenóreanos porque (aún) no se han dejado corromper por los vicios de la civilización no solo está en consonancia con los mitos sobre la Edad de Oro, comunes a todo el occidente europeo, sino que responde también a la fascinación erudita que Tolkien sentía por los pueblos primitivos, a cuyo estudio, a través de la lengua, dedicó su vida. Tolkien era un nostálgico de la imagen literaria del pasado, que probablemente no se correspondía con la realidad, y deploraba los defectos de la sociedad moderna. Creía que la industrialización, la máquina, no solo había destruido la magia, sino corrompido el espíritu humano, y tal vez no estuviese del todo desencaminado.

¿Entonces...? ¿Estamos a Rólex o estamos a setas?


Ay, amigo millennial, me temo que no hay una respuesta sencilla a tu pregunta.
Añadir leyenda
Tolkien no era perfecto, pero no era un malvado.

Tolkien, como todos los escritores, era un fruto de sus experiencias tanto como de la sociedad de su época y estaba, lo supiese o no, condicionado por ambas influencias. La literatura medieval europea en la que se inspira para escribir El Hobbit y El señor de los anillos es claramente racista y clasista. La concepción tardovictoriana y pre-eduardiana de la raza, que, según una mala digestión de los trabajos de Darwin, condicionaría no solo las habilidades físicas, sino también las cualidades intelectuales y espirituales de los individuos, también está presente en la obra de Tolkien.

Pero nada de eso impidió a J.R.R. polemizar en 1938 con Rütten & Loening, que aspiraban a editar El hobbit en alemán siempre y cuando antes de «arriesgarse» a promocionar a un autor de apellido tan obviamente germánico (el tatarabuelo de Tolkien emigró de Alemania a Inglaterra en el siglo XVIII) en el Reich de Hitler pudiesen asegurarse primero de que Tolkien no tuviese nada de judío:

"I do not regard the (probable) absence of all Jewish blood as necessarily honourable; and I have many Jewish friends, and should regret giving any colour to the notion that I subscribed to the wholly pernicious and unscientific race-doctrine." (Cartas, p. 37)
Antes que someterse a facilitar a su editor alemán un Bestätigung (literalmente una «confirmación» de su pureza racial, de sus orígenes no judíos), Tolkien estaba dispuesto a renunciar a que El hobbit se publicase en Alemania. De hecho, el libro no se publicó en Alemania hasta 1957.
"I regret that I am not clear as to what you intend by arisch. I am not of Aryan extraction: that is Indo-Iranian; as far as I am aware none of my ancestors spoke Hindustani, Persian, Gypsy, or any related dialects. But if I am to understand that you are enquiring whether I am of Jewish origin, I can only reply that I regret that I appear to have no ancestors of that gifted people". (Cartas, pp. 37-38).
Y, pese a que toda la mitología tolkieniana está innegable y claramente inspirada en las sagas nórdicas, la repugnancia que le inspiraba la doctrina racial nazi y el desprecio que sentía por Hitler llevó a Tolkien a rechazar incluso ese concepto:
"Not Nordic, please! A word I personally dislike; it is associated… with racialist theories." (Carta de 1967 a Charlotte y Denis Plimmer).
Y si Tolkien parece ocasionalmente algo, o incluso muy racista, en sus primeros libros y algo menos en sus últimos trabajos, o si su correspondencia privada y actitudes personales desmienten ferozmente cualquier sospecha de confraternización con ideologías raciales e imperialistas, pero El hobbit y El señor de los anillos siguen ahí para escarnercerle, es porque Tolkien, además de un lingüista fuera de serie y un escritor superdotado, era un ser humano; y todos los seres humanos llevamos LA MOCHILA.

Todos llevamos LA MOCHILA, pero a algunos se les nota más que a otros. A los escritores, que vomitamos miles de palabras en nuestras mierdas de sobrevalorados libros, cuentos, guiones, columnas de prensa, se nos acaba notando. Y déjame decir, querido lector, que no te puedes sacudir de encima esa MOCHILA. Puedes luchar contra ella, intentar ser consciente en todo momento de que la llevas a tus espaldas, pero no soltarla.

Cuando Tolkien nació, el Imperio Británico todavía era un imperio y ser británico significaba ser ciudadano del imperio y de la más antigua democracia de Europa y no, Suiza no cuenta, que esos son europeos para lo que les interesa y para lo que no les interesa no, Francia va por su quinta república, barajada con restauraciones monárquicas, imperios y ocupaciones teutonas, y la Atenas de Pericles no era una democracia ni vista por abajo, era una oligarquía en la que solo una minoría de notables eran considerados ciudadanos; y ni las mujeres, ni los esclavos, ni los extranjeros.

Tolkien, decía, nació en un imperio orgulloso de sí mismo. Era inevitable que, lo escogiese el bueno de Tolkien o no, algo de ese orgullo y prepotencia blanca, anglosajona y protestante cayese dentro de su MOCHILA. Tan en el fondo que nunca se podría librar de ella por más que le diese la vuelta al costal. Mira si no la diarrea mental de los brexiters, convencidos de que Europa va a perder mucho más que ellos y que acabaremos pasando por el aro y concediéndoles todos los pactos comerciales que nos exijan (y a lo mejor hasta tienen razón, vete tú a saber). Ellos también llevan en su mochila el orgullo del Rule Britannia, Britannia rule the waves, Britons never, never, never shall be slaves; también creen que el último político con un buen par de cojones fue Margaret Thatcher y que Charles, prince of Wales, tiene un buen polvo.

Y eso que se ha abandonado bastante.
Tolkien nació en Sudáfrica, un país en el que una minoría blanca impuso literalmente un estado de terror permanente sobre una mayoría negra. Y, aunque en su discurso de jubilación de la universidad de Oxford el 5 de junio de 1959, Tolkien renegó apasionadamente del apartheid ("I have the hatred of apartheid in my bones; and most of all I detest the segregation or separation of Language and Literature. I do not care which of them you think White."), del cual se consideraba víctima siendo un católico romano criado en un país dominado por los dominees de la Iglesia Holandesa Reformada (la cosa apenas mejoró cuando se instaló en la anglicana Inglaterra), ¿era realmente consciente y estaba en guardia contra las actitudes racistas que le rodearon en su infancia? ¿Podía impedir que ese odio racial y nacionalismo blanco contaminasen, a su pesar, sus palabras? ¿Podemos nosotros hacerlo?

Incluso dando por sentado que hubiese nacido en una burbuja y hubiese sido criado por ángeles, que ya os digo yo que no, Tolkien habría continuado expuesto a las trampas del lenguaje. Piensa en todas las veces que has empleado en sentido negativo expresiones como «oveja negra», «garbanzo negro», «leyenda negra»; piensa en las misas negras de La Voisin, en las pinturas negras de Goya, en la peste negra, en el viernes negro. Piensa en la carga ideológica que la historia, la tradición, los usos, han concedido al lenguaje, o, al menos, a ciertas palabras del lenguaje. Sauron es el Señor Oscuro porque la oscuridad, la negritud, ha sido siempre el marchamo del mal. ¡Y eso que paradójicamente, en nuestra cultura, todo empezó a irse a la mierda con el Portador de la Luz! Incluso en otras culturas, el color negro es asociado con el dolor, la violencia, la guerra... Seguro que Durga tiene la piel de un precioso color salmón, té o caramelo; o puede que hasta fuese blanca, pero Kali es negra, negra como la pez, negra como el infierno, negra como el ojete de un grillo. Y esto es algo grabado a fuego en nuestra memoria evolutiva, desde que éramos bestias desnudas que se arrastraban a sus madrigueras cuando el sol comenzaba a ponerse, conscientes de que la noche les dejaba expuestos, indefensos; de que les privaba de ver acercarse a los depredadores y de buscar una ruta de huída o un refugio más seguro.


A veces la pintan de azul, pero es negra, negra.
Esta mierda está tan arraigada en nuestro inconsciente colectivo que hasta en los cuentos infantiles, con excepciones como Blancanieves, la princesa virtuosa y virginal suele ser rubia, de piel blanca y ojos claros, preferentemente azules, y la mala follatriz y mefistofélica acostumbra a peinar sus negras gedejas y mirar a la heroína del cuento con sus insidiosos ojos negros, herencia envenenada que muchas autoras de novela romántica han estado más que dispuestas a aceptar, y que contamina ¡hasta los westerns!, donde el pistolero malvado suele ser el que lleva el sombrero negro.

La tesis que aquí defendemos es que la ideología de un determinado artista, sea o no consciente de ella, la exponga o no en su obra, debería de importarnos más bien poco a la hora de disfrutar de sus creaciones. Porque es la cruz de la misma moneda clasista e ignorante de los gafapastas que no leen best sellers: «yo no leo a Stephen King porque es una mierda, y Stephen King es una mierda porque yo no lo leo».

I know.
Juzgar a un autor por su mochila, y no por su talento o la calidad de su creación, es de vagos, de ignorantes y de cobardes.

Carl Orff era probablemente un asqueroso nazi, y el Carmina burana es una delicia para los oídos. Un auténtico succionador de clítoris melódico.

John Ford era un señor extraordinariamente conservador (y lo único, por debajo de Dios, a lo que John Wayne tenía miedo), por decirlo con tacto, pero no ha hecho una película que no sea una obra maestra y cualquiera de los mojones que cagaba su irlandés ano era mejor director de cine que ninguno de los que hoy en día se ganan el pan con el celuloide.

Robert A. Heinlein era uno de los tíos más siniestros que te puedas echar a la cara: racista hasta decir «supremacismo blanco», ultracapitalista de toda la vida, encarnizado enemigo de cualquier intento de poner límites o normas a la iniciativa privada, o sea que era, básicamente, enemigo del estado. Aparte estaba autoconvencido de que su país, los Estados Unidos de América, se había ganado el derecho de ser el faro moral de la humanidad y que cualquiera que intentase disputarle ese trono era un enemigo de la humanidad. Muchas de sus novelas y relatosestán preñados de veneno contra los comunistas, asiáticos, Estados centralizados, impuestos, extranjeros, receptores de servicios sociales y otros parásitos del Sueño Americano.


Y sin embargo Robert A. Heinlein era un narrador extraordinario, un escritor de quitarse el sombrero, un novelista de los que ya no quedan y un fabuloso contador de historias.
Y su mochila no nos debería impedir disfrutar de sus obras, como las de Tolkien, Orff y Ford no nos deberían impedir gozar de las suyas. Porque el arte debería estar por encima de las ideologías.

Porque cuando cometes el error de juzgar a un artista por sus ideas, y no por sus obras, te pasas más de tres décadas sin escuchar a Wagner, vetas a Enid Blyton, por racista, sexista y homófoba (vamos, por ser una blanca anglosajona, ¡y británica!, de la primera mitad del siglo XX) o intentas prohibir Tintín en El Congo.

Pero por buenas razones, ¿eh? Siempre por buenas razones.

No. El Arte no es inocuo. Pero tampoco es responsable de los pecados, reales, supuestos, justificados o sin confesar de sus autores. Si Tolkien genera controversia, foméntese el diálogo entre sus lectores y permítaseles extraer sus propias conclusiones. Explíqueseles también por qué algunas cosillas que vemos en los libros de Los cinco o los tebeos de Hergé están mal. Y luego póngaseles el O fortuna (que a mí siempre me devuelve a esta secuencia de una belleza que no me atrevo a profanar con palabras), déjeseles derretirse de gusto y luego hábleseles de las sospechas que recaen sobre Orff.

Pero ponerse las anteojeras antes de leer un libro determinado, cualquier libro, ver una película o escuchar una melodía es propio de gilipollas y encima nos arruina la experiencia.
En plan fojete no furado de cajar.
El Arte debe ayudarnos a contruirnos un criterio.

Y también debería ayudarnos a aprender a diferenciar entre la obra y el creador.

Si rechazas el Arte porque no se ajusta a tus prejuicios, si eres incapaz de disfrutar de la cultura sin hacer una lectura ideológica o careces de las mínimas habilidades intelectuales para comprender (que no aprobar ni defender) el trasfondo del autor, de la sociedad en la que se crió y la cultura desde la cual te habla (o sea, de comprender qué llevaba en su MOCHILA) entonces no mereces el Arte ni la cultura y te sugiero lo mejor que puedes hacer con ella:
No te preocupes, alguien mejor que tú la encontrará y gobernará Inglaterra con ella.
Porque todos llevamos nuestra MOCHILA. Tú también. Y los demás no tenemos la culpa de que tu MOCHILA te haga ser un ignorante y un gilipollas cagapoquito.

Así que deja de joder con la pelota y ponte la tele. Creo que están dando Gran Hermano 2331: canibalismo extremo en alguna parte.
Tetas, petardas... ¡esto es lo tuyo, chaval!
Ambos sabemos que no mereces nada mejor.

Y, además,  aquí hace tiempo que nos rendimos con los gilipollas. 

Estoy hablando de ti, gilipollas. Te habrías dado cuenta ya, si no fueses tan gilipollas.

Gilipollas.

sábado, 12 de octubre de 2019

La mano negra

 "I used to think my life was a tragedy, but now I realize... it's a comedy".
Joker es una obra maestra.

A partir de aquí, querido lector, toda la entrada es un ESPÓILER INMENSO. Prevenido te he.


Joker es una obra maestra.

Punto.

Confieso que estaba en guardia contra esta película. A fin y al cabo, ¿quién coño es Todd Phillips? Pues ni más ni menos que el director de Road Trip, a la que todavía le estamos buscando la puta gracia, de Aquellas juergas universitarias, que ni hemos visto ni putas ganas tenemos, del absurdo, herético e innecesario remake de Starsky y Hutch y de las tres entregas de Resacón en Las Vegas. No parecía la persona apropiada para dirigir un drama, y menos uno de superhéroes.

Confieso que estaba ilusionado con esta película. Porque Joaquin Phoenix es, quizá, el mejor actor de su generación. Un verdadero camaleón capaz de desempeñar cualquier papel, en cualquier película, con cualquier director, derrochando pundonor profesional, intensidad, honradez y genio como pocos. Joaquin Phoenix podría interpretar el papel de Julie Andrews en un remake de Sonrisas y lágrimas y estaría PERFECTO, y, aun así, de entrada no parecía posible igualar la marca indeleble que había dejado Heath Ledger. Pero, una vez más, si Joaquin Phoenix no estaba a la altura del reto, nadie lo estaba.

Le debo una disculpa a Todd Phillips.

Y a Joaquin Phoenix le dejaría hacerme un hijo ahora mismo. Eres el puto amo, Joaquin.

Nostoy, sistoy.
Joker es prácticamente PERFECTA.
(Warner: ahora jodedla con el Batman de Matt Reeves y el Aves de Presa de Cathy Yan, que dejadme que os anticipe que pinta FATAL. Venga, Warner, no os cortéis: jodedla. Jodedla. ¡Que la jodáis!).
Salí del cine poseído por el personaje. Contagiado de su actitud destroyer. Quería pintarme la cara de Arlequín, matar a un pijo e incendiar un par de coches de policía.
Arthur Fleck, que ya empieza la peli muy tocado, se desintegra poco a poco ante nuestros ojos en una Gotham pretérita y rendida al abrazo de ese vitriolo que luego se llamó Reaganomics, en una América donde los valores tradicionales estadounidenses, igualdad, libertad, independencia, sinceridad, privacidad, competitividad, han sido retorcidos, flagelados y prostituidos. La igualdad y libertad han virado en utopía timorata, la independencia se ha convertido en individualismo egoísta, la sinceridad en grosería, la privacidad en aislamiento, la competitividad en justa lid, auténtica carrera de méritos, en los putos Juegos del hambre de las clases acomodadas y los yuppies de Wall Street contra los inermes pazguatos de clase obrera.

Vemos la sucia, violenta y decadente Gotham a través de los ojos del Joker.
Y empezamos a simpatizar con su locura. ¿Cómo va nadie a mantener la estabilidad en un mundo así?

La inversión de valores, el cambio de perspectiva del narrador es tal que Thomas Wayne, normalmente santificado por todas las versiones cinematográficas y literarias, filántropo millonario y benefactor de la humanidad injustamente asesinado, aparece retratado como un plutócrata insensible y prepotente, presto a arremeter contra los desfavorecidos ciudadanos de Gotham, que no han podido, no han querido o no han sabido trabajar para labrarse un futuro mejor; obviando en su discurso, con un cinismo clasista y despiadado, que las condiciones de partida no son las mismas para todos, que no todos los gothamitas han nacido con una cucharilla de plata en la boca, que no todos han tenido garantizados desde la cuna el refugio, el alimento, los cuidados médicos y la educación en las mejores escuelas que Thomas Wayne da por sentadas y no ha hecho nada por merecer; que es muy fácil pedir que trabajen duro los demás cuando tú no has tenido que hacerlo en la vida, que responsabilizar a los pobres de su pobreza y de su falta de oportunidades, cuando perteneces, alimentas y te beneficias del mismo sistema que les mantiene en la pobreza y les niega esas oportunidades, es una de las más crueles, de las más desfachatadas falacias que los privilegiados de toda época han dirigido contra las clases populares. «¿Los pobres? ¿Cómo no va a ser pobres con la mierda de casas que tienen y la mierda de ropa que llevan?».

Pero no nos equivoquemos: el Joker de Todd Phillips no es un justiciero social. Es un puto psicópata. Un asesino que goza matando y que, solo accidentalmente, se convierte en icono de una revuelta de los desfavorecidos contra los privilegiados.

Y esta película increíblemente redonda, firmada por un director especializado en comedias descerebradas, solo ha sido posible porque el director no se la ha planteado en ningún momento como una película de superhéroes. Es una película de autor, con todo lo bueno y lo malo que ello supone. Todd Phillips quería contar la historia de un pobre bastardo que pierde la lucha contra la cordura y se revuelve violentamente contra la misma sociedad que le culpabiliza a él de estar enfermo y triste, de ser pobre y desgraciado y al mismo tiempo le niega la ayuda y las medicinas que necesita para mantenerse cuerdo y las oportunidades de las que podría aprovecharse para sentirse útil e integrado. Solo accidentalmente,
resulta que ese pobre bastardo es el Joker. Y Todd Phillips ha hecho su película con cuatro perras chicas (de Warner Bros., pero cuatro perras chicas) y medios casi artesanales. Si hay CGI, no se nota. Todo el largometraje es trabajo de actores y guion. La ambientación, la fotografía, los planos largos, casi te hacen creer que estás viendo una película rodada en los años setenta. Y no le voy a sacar los parecidos con Taxi Driver y El rey de la comedia porque ya lo ha hecho todo el mundo antes que yo.
Arthur Fleck, atormentado por su enfermedad y su incapacidad de gestionar las emociones, sufre, y pide ayuda a la sociedad que le rechaza por estar enfermo y ser diferente.

Y la sociedad rechaza ayudarle, incluso se permite ridiculizarle, escarnecerle y menospreciarle, precisamente por estar enfermo y ser diferente.

Así que Arthur Fleck suelta los frágiles hilos que aún le unían a la cordura y desata contra esa sociedad insensible y cruel toda la rabia, la frustración de alguien a quien se le niega ayuda, una oportunidad, un lugar en el mundo.

Por el camino, se convierte en El Joker.


De eso va la película. Es, de nuevo, una película de orígenes, aunque nos descubre los orígenes de un supervillano, no los de un superhéroe. A Batman en esta película ni está ni se le espera (y fue uno de los argumentos esgrimido por sus detractores para condenarla antes incluso de verla: que es una película de superhéroes sin superhéroe), y, aunque aparece el niño Bruce Wayne y presencia el asesinato de sus padres, es poco probable que ese Bruce Wayne se convierta algún día en Batman (y si lo hace será en un Batman casi hiperrealista, como el de Christopher Nolan). Así pues estamos ante una historia alternativa, fuera de la continuidad del DCU (aunque Joaquin Phoenix ha dejado caer que si hay secuela cuenten con él). Un auténtico elseworlds cinematográfico, como Gotham: luz de gas, en el que un Batman decimonónico resuelve los crímenes de un Jack el Destripador emigrado a América, o Hijo Rojo, en el que la nave de Supermán no cae en Estados Unidos, sino en la Unión Soviética, y Supermán es criado por un matrimonio de koljosianos como adalid del comunismo y defensor del materialismo dialéctico.

Aviso a navegantes: mientras presenciamos los sufrimientos de Arthur Fleck y su paulatina transformación en el Príncipe payaso del crimen, caemos en la tentación de solidarizarnos con él.

No lo hagáis. Es un puto sociópata y un asesino. Y quizá solo Joaquin Phoenix podía hacérnoslo simpático.

Y llega el momento en el que toca hablar de la consabida mano negra.

La película aún no la había visto nadie. Repito: NADIE y ya figuraba en la página web oficial de los razzies como más que posible candidata a la peor película de 2019.

"The last two live-action films this character appeared in were The Dark Knight and Suicide Squad. Joaquin Phoenix is playing a dangerous game - He’s either going to end up on our list, the Academy’s, or possibly even both. We’ll have to wait and find out when it opens October 4."
Esto fue en julio.
Captura de pantalla para la posteridad. Que luego estas cosas se borran y...
La película no se estrenaba hasta octubre.

En julio, ANTES DE QUE NADIE LA VIESE, ya había una MANO NEGRA moviendo los hilos para perjudicar a Joker. Y no era la de Batman. Y, una vez estrenada con sonoro éxito, hay quien sigue empeñado en convencernos de que, en realidad, no es para tanto.

Ahora sí, al menos en este caso, no tengo dudas: había intereses, no me atrevo a señalar cuáles (carrasp, Disney, carrasp), que deseaban el fracaso de la película de Todd Phillips. Me pregunto si son los mismos intereses empeñados en hacernos creer que todas las películas de Disney/Marvel Studios son una maravilla. Incluso esa mierda de Thor: el mundo oscuro. Y cuando venimos de un acuerdo entre Marvel y Sony para seguir usando al personaje de Spiderman (que es propiedad de Sony) en el MCU, acuerdo que, en un principio frustrado, y tras cuya ruptura inicial la red se infectó, literalmente SE INFECTÓ, de mensajes en twitter, muchos de ellos generados por bots, que le comían la polla a Disney, responsabilizaban a Sony de la ruptura de las negociaciones e invocaban las siete plagas de Egipto sobre la compañía japonesa; cuando pasa algo como eso, digo, solo nos cabe deducir que son intereses ORGANIZADOS.

Captura de pantalla para la posteridad. Que luego estas cosas se borran y...
Insisto: incluso ahora, con la prensa mayoritariamente rendida a la película, con el león de oro del festival de cine de Venecia en el bolsillo, con el público rindiéndose a la magia de Joker, puro cine de oliva del que ya no se hace, cine que esos mierdas de directorzuelos saturados de videoclips no tienen cojones de hacer, sigue habiendo periodistas vendiéndonos que en realidad da mucho asco; que sí, que la cinta tiene buenas intenciones pero fracasa en su objetivo, que mejor no vayamos a verla, que es demasiado violenta y puede inspirar a la gente a hacer cosas malas y encima estigmatiza a los locatis (y el director ha tenido que salir a recordarnos que solo es una película), no como John Wick, a la que los mismos periodistas no dieron tanta caña porque está llena de besitos y abracitos y amor por la humanidad.
Y las hostias siguen lloviendo: que, por buena que sea, no debemos olvidar que a fin y al cabo no es más que otra mierdecilla de película de superhéroes, que, mira, mejor en nuestro cine no se estrena, que aquí no queremos basura (es el mismo cine de Colorado donde un puto sietemesino mató a tiros a doce personas en 2012 durante un pase de El caballero oscuro y todo el mundo estuvo de acuerdo en que la culpa era de la película, no de que en Estados Unidos cualquier desequilibrado pueda conseguir armas de fuego), y algo de malo tendrá cuando el FBI está vigilando las publicaciones en Internet que aluden a ella; que a ver si dejamos ya de hablar del tema, que ni que fuese la primera película que vemos, por cierto, ¿sabéis que en Marvel/Disney vamos a estrenar una película de la Viuda Negra? ¡La Viuda Negra! ¡Una Vengadora! ¡Y sale Scarlett Bustonson!
(Porque aparte del tamaño de su, ¡vive Dios!, hermosa pechuga, y su disposición a lucirla en aparentemente osados, en realidad pacatos, escorzos-tapa-pezón, ya me diréis qué talentos actorales tiene esta señora).
¡Uuups! Casi teta, pero no.
Os juro que el sesgo informativo en contra de Warner/DC y a favor de Disney/Marvel empieza a dar miedo.
En esta escena me cagué y me meé.
Muuuuuuuuucho miedo.

Como en Batman v. Supermán, que es muy mejorable, pero no tan mala como nos habían dicho. Como en Wonder Woman, de la que nos aseguraron, antes incluso de que estuviese terminado el montaje, que era una mierda apestosa y llena de lombrices caníbales. Como en Suicide Squad, que, lo admito, es mala, pero que al lado de Thor: el mundo oscuro es la puñetera El padrino; había poderes en la sombra que planeaban arruinar las posibilidades de Joker en taquilla antes incluso de su estreno, brigadas de agents provocateurs, equipos de contrainteligencia, unidades de desinformación trabajando para provocar el fracaso de la película de Todd Phillips.

Que os den, cabrones. Joker es prácticamente perfecta y, encima, está reventando la taquilla.

El piti después de un trabajo bien hecho.
A mamarla. Hijos de puta. Me voy. Ya se me ha secado el maquillaje y necesito encontrar una escalera.