sábado, 20 de abril de 2024

Una centolla se ha cagado en mi arena

Por la presente declaro que ya me he visto Dune: Parte 2, de Denis Villeneuve.

Y declaro por consiguiente que, de repente, el Dune de David Lynch, que mira que es una mala película de David Lynch y una mala adaptación de la novela homónima, vuelve a ser la mejor adaptación cinematográfica de la obra de Frank Herbert.


Dune 2 no es, a grandes rasgos, una mala película. Ése está muy lejos de ser el problema. Tan lejos como lejos estoy yo de conquistar el frío y negro corazón lusitano de la madrina de nuestra bitácora.

¡Mala mujer! ¡Que eres una mala mujer!

Dune 2 no es una mala película. Es una mala adaptación de un buen libro, que es muchísimo peor. Villeneuve tenía todo lo necesario para hacer una obra maestra. Quizá debería haberse fijado en el cuidado que pusieron Frank Darabont a la hora de adaptar a la pantalla tres conocidísimos relatos de Stephen King: Cadena perpetua, La milla verde y La niebla. Tres pequeñas joyas que deberían enseñarse en todas las escuelas de cine como ejemplos casi perfectos de traducción de material literario a lenguaje cinematográfico.

«Pero hombre, no compares. Estás hablando de adaptar tres novelas cortas o un tochaco de más de doscientas mil palabras».

¡Nos ha jodido! ¡Pues claro que es mucho más difícil adaptar Dune que Rita Hayworth y la redención de Shawshank! Precisamente por esa diferencia de escala, hay que ser muy inteligente, sensible y talentoso para elegir qué escenas y capítulos, qué personajes y tramas del material original vas a trasladar a tu película, y, muy especialmente, qué tono, qué atmósfera vas a construir si quieres no ya que te salga un buen largometraje, sino poder seguir reivindicando la herencia del libro que estás adaptando. El propio Villeneuve hizo un trabajo absolutamente magistral cuando adaptó La historia de tu vida, relato corto de Ted Chiang, en su película La llegada. El cuento de Chiang y la película de Villeneuve (sobre guion de Eric Heisserer) son tan diferentes entre sí que casi parece un nuevo caso de «libremente adaptado de» en vez de «basado en». Pero son diferentes en la forma correcta. La llegada toma todo lo que necesita del original para que La historia de tu vida funcione como largometraje y rellena los vacíos, dejados por el material literario que nunca funcionaría en una película, con recursos narrativos y estilísticos expresa, exclusiva y puramente cinematográficos. La llegada explora nuevas avenidas que complementan, mejoran y amplían el drama de La historia de tu vida, y el cuento de Chiang embellece con su calidad de testimonio íntimo, de pequeña inmensa tragedia, la película de Villeneuve.

Pero todo eso son sólo palabras. Para explicarte, oh, amado lector con sabor a vainilla y olor a gasolina, por qué Dune 2 nos ha gustado como película y horrorizado como adaptación del libro, tenemos que aportar contexto, como en esa nueva función de Twitter: «Los lectores han aportado contexto». Y yo, como lector y espectador, (y, que no se entere mi familia, como crítico de cine) ♫ voy a aportar contexto, tralará, voy a aportar contexto, tralará, voy a aportar conteeeextoooo ♪.

No podemos decir que estuviésemos de acuerdo con todas las decisiones tomadas por el director canadiense para la primera parte de Dune, como quedó meridianamente claro en nuestro análisis del ya lejano 2021. Por ejemplo, sigue sin acabar de gustarme Timothée Chalamet para el papel de Paul. No porque no aparente los quince años que tiene su personaje cuando comienza la aventura, que los aparenta, sino porque no me he visto ni una película de este muchacho, repito, NI UNA, en la que consiguiese transmitirme nada. Mirar a cámara con mueca de intensito no es actuar. Y eso es básicamente lo que le he visto hacer a Chalamet en Lady Bird, en The King, en Bones and All y en las dos partes de Dune.

Thimotee Chalamet tiene tantos registros dramáticos que consigue que Scarlet Johanson parezca Meryl Streep.
Esa jeta. En. Cada. Puto. Plano.

Por no entrar a considerar el trabajo de Zentolla, digo Zendaya, que, si bien aporta un componente exótico que podría evocar la obvia inspiración asiática de los Fremen, tampoco es que nos lo haya hecho flipar con su actuación y, además, tiene un intrusivo protagonismo en Dune 2 que llega a hacérnosla particularmente odiosa. Y aquí es donde las decisiones tomadas por Denis Villeneuve a la hora de adaptar la novela de Frank Herbert a la pantalla comienzan a sonar como una explosión en una cámara de ecos.

Zentolla, digo Zendaya, podría haber sido una Chani perfecta.

Si se pareciera, aunque sólo fuese un poco, a la Chani del libro.

Que es que no.

Ni por asomo. Y no hablamos aquí del parecido físico. A fin y al cabo, dado que Frank Herbert lleva criando malvas desde 1986, no podemos preguntarle qué quería decir exactamente cuando describió a Chani como una «small figure in Fremen robes» con una «cara élfica» o «de elfo» («elfin face») y ojos negros como pozos («black pits of eyes»); y eso podría significar diferentes cosas para cada uno de nosotros y aplicársele muy bien a la descripción de Zentolla, digo Zendaya.

Es decir, si Zentolla, digo Zendaya, consiguiese que nosotros, los lectores del libro, viésemos en ella a Chani.

Que no lo consigue y ni siquiera lo intenta.

Y no quiero personalizar el problema de caracterización de personajes de Dune 2 en la pobre de Zentolla, digo Zendaya, que se ha limitado a interpretar el papel que le dieron y cobrar su cheque. Y no quiero porque sería injusto y llevaría a error. Los retratos absolutamente irreconocibles que Denis Villeneuve, coautor del guion, nos da tanto de Stilgar como de Feyd-Rautha Harkonnen prueban que el PPPPPATINAZO a la hora de caracterizar a Chani no es un accidente, sino una decisión creativa deliberada tomada por personas que no han leído Dune, o que sí lo han leído y odian hasta el tuétano de sus huesos la obra que hizo rico y famoso a Frank Herbert.

Zentolla, digo Zendaya, dirigida por Denis Villeneuve es incapaz de hacernos reconocible a Chani; Javier Bardem, dirigido por Denis Villeneuve es incapaz de hacernos reconocible a Stilgar; y el pobre de Austin Butler, que consiguió convencernos de que era Elvis en... bueno, en Elvis, dirigido por Denis Villeneuve es incapaz de convencernos de que es Feyd-Rautha Harkonnen.

Y de repente ya no tengo tan claro que Denis Villeneuve sea tan fan de Dune como sospechaba que lo era cuando escribí la crítica a la primera película. Porque nadie que haya leído y ame ese libro cometería la MASACRE, sobre los personajes clave de la novela, de la que Villeneuve es responsable.

Si en la crítica a la primera parte de Dune nos quejábamos de que Villeneuve había dedicado excesivo esfuerzo a la construcción del escenario de su película y no el suficiente a la construcción de sus personajes (el fondo nos impedía ver la forma), en este segundo largometraje se alcanza un equilibrio que de poco puede aprovecharnos a los lectores de la novela. Una vez establecido el worldbuilding en la primera película, por fin los personajes de la cinta de Villeneuve tienen la oportunidad de brillar.

Y es en ese preciso momento en que nos damos cuenta, si se nos había pasado por alto, de que la personalidad y el carácter de esos personajes ha sido adulterado, cuando no directamente reescrito de cero para la pantalla, hasta el punto de que yo, que he perdido la cuenta del número de veces que me leí Dune, no sólo estoy completamente perdido en mi butaca, sino que además empiezo a sentirme como el muñeco de ventrílocuo de Thomas Dolby.

A ver si consigo llevarte a mi estado de perplejidad, amado lector, mediante un pequeño análisis comparativo:

En la novela de Frank Herbert, Stilgar el Fremen es el Naib del Sietch Tabr. Líder prudente y justo, guerrero temible en la batalla, Stilgar encuentra en su fe consuelo e inspiración para soportar las terribles privaciones que su pueblo sufre en Arrakis y soñar con un futuro mejor para sus descendientes. Impresionado por la fortaleza de carácter y las habilidades marciales de Paul y Dama Jessica, les ofrece su protección porque, entrenados por ellos, los miembros del Sietch Tabr serán más fuertes. Tendrán mayores probabilidades de supervivencia. Y sí, la sospecha de que Paul pueda ser el mahdi, el mesías esperado por los Fremen, influye sensiblemente en su decisión, pero no es su motivación principal (hasta verla luchar, Stilgar habría matado a Jessica, demasiado mayor para aprender a vivir en el desierto: «Unless you’ve been deep-trained from childhood to live here, you could bring destruction onto an entire tribe»).

Después de que Jessica someta a Stilgar con insultante facilidad, el Naib cambia completamente de opinión con respecto a la concubina del duque Leto e incluso se enfrente a sus propios compañeros por ella. «Do as she says, you wormfaced, crawling, sand-brained piece of lizard turd! Do it or I’ll help her dismember you! Can’t you see the worth of this woman?»

En la película de Villeneuve, Stilgar es un pingo del que se chotean y al que desafían sus propios hombres, sobre todo los más jóvenes y las mujeres, y un fanático religioso timorato y pusilánime del que se aprovechan Paul y Jessica y se befan, mofan y pitorrean en sus barbas los otros jefes Fremen: «He encontrado al Lisan al-Gaib», les dice él. Hocicos arrugados. Tonillo de chufla: «¿Otra vez?», le contestan.
(En el lore de Dune, Naib significa «aquel que ha jurado no ser capturado jamás con vida por el enemigo». Para convertirse en Naib, normalmente hay que desafiar y matar en duelo ritual al anterior Naib. O sea que sólo los mejores guerreros pueden ser líderes de un Sietch Fremen).

En la novela, Chani es la hija de Liet Kynes, el ecólogo imperial, y su esposa Fremen. Es una joven intrépida, decidida, una guerrera feroz y despiadada en la batalla y desarrolla, casi desde la primera mirada que cruzan, una inmediata afinidad con Paul que, en muy poco tiempo, se convierte en amor apasionado y devoción ciega. Chani da un primer hijo a Paul, que muere asesinado, y más tarde (ya en el libro Mesías de Dune), a los mellizos Leto y Ghanima.

En la película, y mira que me ha dolido, porque Chani es uno de mis personajes más favoritos de Dune, Chani también siente una inmediata afinidad por Paul, también se enamora por él y nos dan a entender (porque, para no dinamitar la clasificación por edades, no nos lo muestran) que chingan como fieras. Pero Chani se pasa más tiempo desautorizando a Paul y a su madre, poniendo en duda, a gritos de Karen arenosa, que sean la Reverenda Madre y el Lisan al-Gaib de la leyenda, recriminando al creciente colectivo de partidarios de Paul que ven en él al Mesías prometido, que pongan sus esperanzas de salvación en un extranjero blanco, heterosexual y con pene, que eso es de un machista, supermacista blanco y colonialista que te cagas, en vez de liberarse a sí mismos con la fuerza de su árida racialidad criptoislámica. Y de lo de quedarse preñada del moreno ni de coña, ¿eh? Que el embarazo es una conjura turbopatriarcal inventada por malvados hombres cisgénero para someter a las poderosas y empoderadas mujeres, que, si gobernasen ellas, el mundo sería una Arcadia feliz y viajaríamos a Marte los fines de semana en naves de propulsión pachamamánica úteroclitoriana.

La Chani del libro esmocha ella misma a un retador que pretendía reñir duelo con Paul y matarlo, para convertirse así en el nuevo líder Fremen, «porque no merece molestar a mi cariño por un mierdecilla seca como éste» (estoy parafraseando un pelín), y sufre estoicamente en el papel de concubina, muy consciente de que la supervivencia de Paul, y de todo el linaje Atreides, depende del matrimonio de aquel con Irulan. La Chani interpretada para Denis Villeneuve por Zentolla, digo Zendaya, se pasa medio metraje entrando en plano para protestar, gritar y llevarle la contraria a todo el mundo; no vaya a ser que alguien olvide lo strong independent woman que es, y se acaba LARGANDO, abandonando su tribu, su familia y a su amor, Paul, porque, supongo, está harta de que no le hagan caso, en la peor y más ignominiosa parodia de pataleta feminista histérica que he visto proyectada jamás en una pantalla de cine.

Y yo me asomo a este completo despropósito y no dejo de preguntarme qué coño le ha pasado a uno de mis cinco libros favoritos, por qué me cuesta tanto reconocer a los personajes y por qué la pobre Zentolla, digo Zendaya, que mira que me cae maja la moza, se me hace cada vez más y más odiosa plano tras plano de Dune: Parte 2.

Y entonces entra en escena Feyd-Rautha, y la catástrofe se vuelve ya irredimible como adaptación de material literario.

Feyd-Rautha Harkonnen es el sobrino del barón Harkonnen. Criado por su sádico y pedófilo tío para aspirar un día a desposar a la princesa Irulan, la hija mayor del Emperador, Feyd-Rautha es el anti-Paul. Es aquello en lo que Paul Atreides se habría convertido de ser criado por Vladimir Harkonnen y no por su noble padre, el duque Leto Atreides, y su disciplinada e inteligente madre. Frío, ambicioso, maquiavélico, engreído, cruel, impaciente... le parece que los planes de su tío no se materializan lo bastante rápido e intenta asesinarlo. Y el barón le regaña, por cagaprisas. Y sobre todo por haber fracasado. Y comparte por fin con él sus planes de enviarle a Arrakis como el «salvador» que aliviará a los pobres arrakenos de la tiranía del brutal Rabbán, y podrá ofrecer ese feudo a la princesa Irulan como arras nupciales.
¡Calvos al poder! ¡Friiiiiiiiidooooooooon!

¿Cómo me lo retratan en la película de Villeneuve? Como un sociópata enamorado del dolor. Un asesino caprichoso y cruel. No un personaje que persigue el mismo objetivo que Paul, hacerse con el control de Arrakis y la producción de especia Melange, a través de métodos diferentes, y que tiene la fuerza de voluntad y capacidad marcial suficientes para plantarle cara al Kwisatz Haderach en un duelo a arma blanca, con probabilidades de vencer y cambiar el destino de Arrakis, y del Imperio, para siempre.
El de la serie del 2000 siempre me ha parecido el más Feyd-Rautha de todos.

El Feyd-Rautha de Villeneuve no es Feyd-Rautha. El Stilgar de Villeneuve no es Stilgar. La Chani de Villeneuve no es Chani. Punto. Y ya no voy a meterme con ese Emperador provecta y agotado (¿para qué coño existe la especia geriátrica, si este hombre prefiere abandonarse así?), un desaprovechadísimo Christopher Walken, ni en lo confusa que le resultará al espectador promedio la intervención de la dama Fenring (Léa Seydoux), enviada por la Reverenda Madre a quedarse preñada de Feyd-Rautha, y su inmediata desaparición de la continuidad del largometraje (de nuevo, como en la primera parte, el director no parece tener muy claro qué tramas secundarias son realmente necesarias para su película). ¡Tal vez si Villeneuve la hubiese presentado en el primer largometraje, dejándole un mensaje a Jessica en el invernadero, como en el libro, el espectador desinformado de Dune: Parte 2 no se haría preguntas al respecto!
¿Me contratas a esta mujer para cinco minutos de metraje? ¿Estás de coña?

«Huevos de pascua» para iniciados aparte, Dune 2 es una película para espectadores que no han leído el libro en el que se inspira. O que lo leyeron y lo detestan. Es una película, con una fotografía, una música, unos escenarios, un argumento, una dimensión épica y un sentido del espectáculo que echamos de menos en títulos similares. Es una película entretenida. Incluso, no lo descarto, una buena película que he sido absolutamente incapaz de disfrutar al 100% porque, como pollavieja que lleva unos treinta años cabalgando gusanos de arena, el DOLOR ANAL AGUDO que me producía cada nueva profanación del canon me ha arruinado la experiencia.

Y, siendo muy conscientes de que la adaptación de una novela a la pantalla implica tomar decisiones drásticas sin las cuales es poco menos que imposible traducir, porque de eso se trata, el material literario al lenguaje del cine de manera que permita entregar una película legible y congruente, el visionado de Dune: Parte 2 despierta en el lector de las novelas de Frank Herbert la sospecha de que Villeneuve ha tomado las decisiones equivocadas, acaso guiado por los motivos erróneos.
¿Me contratas a Anya Taylor-Joy para CINCO SEGUNDOS de metraje? ¿En PUTO serio?

Vamos, es un poco el caso de los seguidores de Lean Beef Patty. Que también se interesan en ella por los motivos erróneos.
Motivación para hacer ejercicio ya te digo yo que no buscan.

Y el fracaso de Villeneuve en trasladar a la pantalla una fiel versión cinematográfica de un libro considerado casi universalmente imposible de convertir en película (y todos los intentos al respecto son frustrantes, en distintas proporciones) no sería tan infamante si, como espectador, consiguiera librarme de la sensación de que Warner Bros. esperaba de mí que me gustase Dune: Parte 2 porque es Dune. Que me gustase la película de Villeneuve, independientemente de lo bien o mal hecha que estuviese, de lo fiel o infiel que fuese al material que adapta, sólo porque lleva el título Dune asociada a ella.

Y eso es un problema. Un problema que tal vez proceda afrontar en profundidad en otra entrada de la bitácora y que podría añadir otro elemento de análisis a través del cual explicar por qué la mayoría de las más recientes iteraciones de franquicias amadas por los fans, respetadas por la crítica, y extraordinariamente rentables como productos de cultura pop, en sobrevalorados mojones humeantes de los que casi todo el mundo huye. El problema de la marca.

Cuando el producto no es ya el contenido, sino el continente, los clientes se replantean su fidelidad a dicho producto. En Disney siguen sin explicarse por qué han pinchado en hueso las últimas películas de Star Wars, las de Marvel y la última película de Indiana Jones. «¿Por qué los fans están tan cabreados?», imagino que se preguntan. «Les hemos dado lo que querían: otra película de Indiana Jones, otra película de Star Wars, otra película del universo Marvel».

Ése es el problema.

Que para algunos ejecutivos de los estudios, la marca es el producto, no la película, el continente, no el contenido. Si trabajasen en PepsiCo, embotellarían orina fermentada de burra podrida en botellas de Pepsi y se llevarían las manos a la cabeza cuando los primeros clientes comenzaran a quejarse. «¿Qué se supone que hemos hecho mal? Les hemos dado la marca Pepsi. ¿No es eso lo que querían? ¿Desde cuando lo hay dentro de la botella es más importante que el envase?»

Cuando llegué a los créditos finales de Dune 2 no pude evitar preguntarme si Warner Bros. y Denis Villeneuve realmente esperaban de mí que me gustase la película sólo porque se titula Dune.

La marca por encima del producto.

El continente antes que el contenido.

Y eso me crea un poquitín de ansiedad ahora que la tercera película de Dune, de nuevo dirigida por Villeneuve, ha sido confirmada.
Como Lean Beef Patty confirma que sus abdominales no son de este mundo.

Y echo mano de la letanía bene gesserit contra el miedo.
«I must not fear. Fear is the mind-killer. Fear is the little-death that brings total obliteration. I will face my fear. I will permit it to pass over me and through me. And when it has gone past, I will turn the inner eye to see its path. Where the fear has gone there will be nothing. Only I will remain».

Pero ya no es suficiente.

Nada volverá a ser nunca suficiente después de ver Dune: Parte 2.

sábado, 6 de abril de 2024

«To fall in love at first sight»: Kitagawa es la novia que todos merecemos

Wakana Gojo es un huérfano de quince años criado por su abuelo, un artesano de muñecas hina, que para el joven Wakana constituyen, desde siempre, la única medida de la belleza. Gojo es socialmente inepto, inseguro y tímido hasta bordear la misantropía, y tan tradicional y austero que sólo tiene dos mudas de ropa: su uniforme escolar y su jinbei.


Marin Kitagawa está en el espectro opuesto. Es todo lo que Gojo no ha sido jamás: extrovertida, sociable, encantadora, parlanchina, popular, obsesionada por la moda y por su aspecto. Es la clase de chica a la que, en los manga, para exteriorizar su carácter independiente, nos la dibujan con piercings, mechas de colores imposibles y lentillas de colores aún más imposibles. Vamos, que Kitagawa es una gyaru risueña y de buen corazón.

Naturalmente, cuando pones dos caracteres tan diferentes en un mismo crisol, los estás condenando a colisionar y transformarse en el proceso. El uno es el catalizador de la metamorfosis del otro, incluso aunque ambos elementos de esta maravillosa alquimia se opusieran a la reacción que ya está en marcha y completamente fuera de su control.

Marin y Gojo son los protagonistas de My Dress-Up Darling / その着せ替え人形は恋をする / Sono Bisuku Dōru wa Koi o Suru («La muñeca de porcelana se enamora») / Sexy Cosplay Doll, el manga de Shinichi Fukuda que nos ha robado el corazón en el Paratroopersdon'tdie.

Wakana, que sigue sin ser capaz de igualar la maestría de su abuelo a la hora de pintar las caras de las muñecas hina, se las apaña en cambio muy bien para sacar patrones, cortar y coserles los quimonos. Y a eso se dedica, todo el tiempo que no está en clase o en el taller. Ninguno de sus compañeros de instituto sabe de la devoción que Gojo siente por las muñecas hina, porque Gojo no tiene amigos. Y el propio Wakana,
traumatizado por una intolerante amiga de la infancia a la que horrorizaba la pasión de Gojo por las muñecas hina que fabrica su abuelo; se considera a sí mismo un «bicho raro» con una afición a pintar y vestir muñecas que casi roza la parafilia, y hace cuanto puede para mantener oculta su vocación y evitar relaciones personales que puedan descubrir y censurar su pasión secreta. Cuando la máquina de coser del taller del abuelo se estropea, Gojo decide adelantar trabajo cosiendo algunos quimonos en el taller de costura del instituto. Y se lleva consigo la cabeza de muñeca hina que le sirve de inspiración y acicate para seguir perfeccionando sus habilidades.

Y entonces sucede lo impensable: mientras está trabajando en el taller del instituto, protegido, o eso pensaba, de cualquier encuentro bochornoso con un compañero de estudios, la puerta del aula se abre y aparece Marin. Y le pesca en plena faena. Y descubre la cabeza de muñeca que es el amuleto e ideal de belleza de Gojo. Y Wakana se quiere morir. Está seguro de que su reputación acaba de quedar arruinada. Si ya era un paria social en el instituto, pronto será motivo de cuchufleta por parte de todos sus compañeros. Quince años, y acaba de quedar marcado como un freak para el resto de sus días.

Pero Wakana se ha adelantado a los acontecimientos y hecho algunas suposiciones pobremente informadas acerca de la personalidad de la chica más guapa, más popular y más tierna de su instituto.

Hecho su descubrimiento, Kitagawa reacciona con exagerado entusiasmo (Kitagawa es exagerada en casi todas sus expansiones emocionales). ¿Que Wakana sabe usar una máquina de coser? ¡Pero es superchuli! ¿Dónde aprendiste, Wakana? ¿Y esa cabeza de muñequita qué es? ¿Es una muñeca hina? Déjame verla de cerca, déjame. ¡Ah, qué cosa tan bien hecha, qué bonita; mira qué líneas tan finas, Gojo, ¿la has hecho tú?! Estupefacto, Gojo resuelve las dudas de Marin: sí, aprendí a
usar una máquina de coser en el taller de mi abuelo, que hace muñecas hina; yo aún estoy de aprendiz, de momento sólo me encargo de la ropa, bla, bla, bla.
(De haber sabido Gojo lo que acababa de poner en movimiento, conociendo lo tímido que es, probablemente se habría tirado por la ventana).
«¡Pero métete en el personaje, Juju-sama!»

Kitagawa, al oír que Gojo sabe confeccionar ropa para muñecas, comienza a desnudarse. Imagínate el estupor del pobre Wakana, que todavía no se ha repuesto de la sorpresa de que a Marin le guste su fetiche. Ni siquiera cuando Kitagawa está a punto de quedarse en sostén y bragas y le pide que se dé la vuelta se calman los nervios del pobre Gojo, que bastante tenía con capear los temporales de la pubertad sin esta inspiradora imagen mental de la chica más guapa y con la figura más bonita del instituto. Cuando Gojo recibe autorización para mirar de nuevo a Marin, Kitagawa lleva puesto una especie de vestido negro muy corto, y obviamente confeccionado por ella misma, que parece hecho a mordiscos y que le sienta como el carajo. Gojo mira el modelo (aparentemente un personaje de anime) que Kitagawa le enseña en la pantalla de su teléfono móvil y empieza a señalarle todo lo que está mal (tarda un poco en darse cuenta de que está hiriendo los sentimientos de la pobre Marin, y se disculpa muy efusivamente cuando cae en ello).
Pero que muy efusivamente.

Kitagawa empezó a coser ese vestido porque quiere hacer cosplay, o sea disfrazarse de sus personajes favoritos de manga, anime y videojuegos como expresión pública del amor que siente hacia ellos. Pero no tiene ni idea de costura. ¿Podría ayudarla Wakana a terminar su disfraz, él que se le da tan bien coser? Y Gojo, conmovido por Marin, que ha apreciado la belleza de su muñeca hina y, por primera vez en su vida, le ha hecho sentirse aceptado, accede.

Tal vez no se habría comprometido tan voluntariosamente de haber sabido que el personaje del que Kitagawa quiere disfrazarse es Shizuku, una de las protagonistas del videojuego Las vidas lascivamente milagrosas de las chicas ricas del club de la desgracia de la academia femenina de Santa Humedad, segunda parte.

Espera, espera; que esto hay que repetirlo por si no se ha entendido bien a la primera:

Las vidas lascivamente milagrosas de las chicas ricas del club de la desgracia de la academia femenina de Santa Humedad. Segunda parte.

Sí, al parecer hay una primera parte, y, sí, en Japón hay videojuegos así de raros e incluso más. Los pollaviejas del pueblo no estamos nada escandalizados, que aún recordamos el Cobra Mission.

Kitagawa quiere vestirse de personaje de un videojuego erótico.

Y esta experiencia va a definir a partir de ahora la relación del inseguro y pudoroso Gojo y la arrolladora y entusiasta Marin.
Entusiasta y un poco cerdita.

La otaku Kitagawa tiene una natural preferencia hacia los personajes sexys (y, jum, ejem, también a pasar por alto o hacerse la sorda a, ejem, tos, la observación de Wakana de que tal vez ese tipo de videojuegos, ejem, ejem, tos, carrasp, no estén indicados para su edad, tos, tos, escup). Y el pobre Gojo, que es incapaz de acercarse a su compañera de clase sin temblar de púdica anticipación (y también un poco de tirante estro adolescente), se compromete a hacerle esos disfraces. La mayoría picantones. Algunos de ellos realmente descarados. Y, encima, Marin deja salir a ratos su lado pícaro y chincha a Wakana a sabiendas con dobles sentidos, insinuaciones maliciosas y bromas salaces, que a continuación anula con una risita o por las que pide disculpas jocundamente. ¡Joder, la escena en la que Gojo le toma las medidas a su inesperada amiga, vestida sólo con un adherente biquini, podría ilustrar por sí sola el concepto de «tensión sexual contenida»! («Pero, ¿cómo carajo mido yo a ésta sin tocar su cuerpo?; que como la toque, aquí va a pasar una catastrofía», traducimos muy libremente del japonés).

A lo largo de los primeros capítulos del manga, Gojo ha de superar numerosos obstáculos, pues, obviamente, coser ropa de tamaño gente requiere unas pericias distintas a las exigidas por la confección de ropa para muñecas chiquitinas. Así que Wakana tiene que educarse a sí mismo sobre la materia. Forzarse a salir de su cascarón, donde bajo ningún concepto encontrará la resolución y las habilidades que necesita para cumplir el encargo de Kitagawa. Descubrir títulos de manga y anime, y videojuegos, que hasta aquel momento le habían interesado muy relativamente (su única afición era pintar muñecas hina). Y, sobre todo, acostumbrarse a estar cerca de la preciosa, tierna, hiperactiva, picarona y dulce Marin (¡aaaaaaah! ¿por qué no hay chicas así en el mundo real?) torbellino inagotable de energía fan y
pubescente diosa de la belleza, sin entrar en ebullición hormonal.

Coser disfraces para Kitagawa también tiene también externalidades inesperadas. Y descacharrantes. Marin, que es muy echada pa'lante, se presenta sin avisar en la casa del introvertido Gojo, dándole un susto de muerte («pero ¿cómo ha averiguado esta loca donde vivo?», traducimos libremente del japonés) y se cuela hasta su dormitorio como si llevase toda la vida haciéndolo («pero ¿es que no le preocupa que la gente piense que estamos haciendo marranadas?», traducimos libremente del japonés). El abuelo de Gojo ve las medias de encaje negro que su nieto acaba de comprar para el disfraz de Shizuku y, malinterpretando su descubrimiento, se lleva un patatús de antología. Ya se había quedado muy preocupado cuando pilló a Wakana jugando a Las vidas lascivamente milagrosas de las chicas ricas del club de la desgracia de la academia femenina de Santa Humedad, segunda parte; aunque entonces se dijo que eran cosas de la edad (muy lejos de imaginar que Gojo tenía cero interés en el contenido pornográfico del juego, sino que estaba tomando notas y apuntes, como quien prepara un examen, del vestuario de los personajes). Pero es que, esta vez, de la impresión el pobre vejete se queda catacroquer y se pasa una semana en el hospital. Con el consiguiente disgusto de Gojo, entiéndase. El noventa por ciento de los momentos cómicos del manga proceden de esta aparente inconsciencia de Marin, desinformada o indiferente al perturbador efecto que ejercen sobre el pobre Wakana sus núbiles encantos y desenfadado candor (en el capítulo 18 le abre la puerta a Gojo en picardías, con media teta fuera, pero lo que la horroriza es descubrir que Wakana la está viendo por primera vez sin sus lentillas de colores).

Marin acompaña a 
Gojo a escoger telas y complementos, le presta libros y revistas de cosplay, películas, series y videojuegos. Pero Marin también, en ocasiones, sabotea los esfuerzos de Wakana. Kitagawa estropea las fotos de prueba del disfraz de Shizuku (del videojuego, conviene repetirlo una vez más, Las vidas lascivamente milagrosas de las chicas ricas del club de la desgracia de la academia femenina de Santa Humedad, segunda parte) porque está tan feliz que no puede dejar de sonreír. Y luego casi provoca una catatombe en público, durante su primera sesión de posado con el disfraz de Shizuku, de Las vidas lascivamente milagrosas etcétera, porque la víspera le pareció que sus bufas no estaban a la altura de las del personaje y, antes de vestirse, se metió tres push-ups con relleno. Y ahora las costuras del escote de su disfraz están a punto de EX-PLO-TAR (porque, obviamente, vencidos ímprobos bloqueos psicológicos, Gojo le ha tomado las medidas para el traje con su talla de busto real) y, encima, la pobre Marin está sudando como una bestia de tiro y al borde de un golpe de calor (vale, eso es culpa de Wakana por elegir los tejidos que tenían mejor caída, o sea los más gruesos. Error de novato). Y también es Kitagawa la que se hace el chichi un lío y reserva un «estudio» para unas fotos que, en realidad, ejem, ejem, tos, tos, resulta ser... la habitación de un Love Hotel. Y acaban los dos accidentalmente en una postura un poco comprometida mientras oyen, en la habitación de al lado, a otros dos clientes pasándoselo bomba, y, por un momento, casi...

Aquel primer disfraz, que podría haber sido una simple experiencia divertida para ambos, se convierte en el comienzo de una colaboración permanente y el germen de una relación de afecto y complicidad en el tren de regreso del primer evento de cosplayers de Marin y Wakana como «equipo artístico». En sus asientos, Gojo, resignado a volver a su antigua vida, escucha, extático, cómo Kitagawa declara que tiene por lo menos cincuenta disfraces más que quiere ponerse (y, enfrentado a la perspectiva de seguir cosiéndole trajes a su primera, y de momento única, amiga, Wakana se siente revivir). Agotado por el esfuerzo final para tener listo el disfraz de Shizuku,
de Las vidas lascivamente milagrosas etcétera, amodorrado en su butaca del tren, Gojo, a punto de dormirse, llama a Marin «preciosa», la palabra que reserva para sus muñecas hina, su métrica de toda belleza. Y Kitagawa le oye, y sabe lo que significa esa palabra para Wakana, y de repente el corazoncito de Marin empieza a hacer «doki doki», que es «pom pom» en japonés, y la relación entre ambos adquiere una naturaleza completamente nueva. Y así se subvierten los cánones de la comedia romántica adolescente tal como suele ser tratada en el manga y el anime, donde es casi siempre el chico el primero en enamorarse y el responsable de hacer todo el camino hasta el corazón de su amada.

Leer el manga de My Dress-Up Darling obliga al lector cómplice, a preguntarse cada pocas páginas, y entre sonrisa y carcajada, «pero ¿cómo pueden no darse cuenta este par de hipoglúcidos de que YA SON NOVIOS?»

Cuando Marin agarra un gripón de sesenta pares (por salir a la calle, una de las noches más frías del año, vestida de conejita de Playboy,
uniforme que por supuesto le confeccionó Wakana), Gojo falta a clase para llevarle medicinas y comida caliente, le da la cena en la boca, como a un pollito, y se queda con ella hasta que le baja la fiebre.

Cuando Kitagawa se agobia porque no ha hecho ni una sola página de los deberes que les pusieron en el instituto para las vacaciones de verano, Gojo lo abandona todo para ayudarla con su tarea. Y se come la bronca por entrar al instituto sin llevar puesto el uniforme cuando Marin descubre, ¡será cabeza loca!, que se ha dejado allí la libreta de Matemáticas.

Cuando Wakana ve a Marin en una situación equívoca, en la que parece que unos chicos la están acosando, se abalanza sobre ellos como un puma, dispuesto a machacar cabezas. Poco importa que fuesen los compañeros de trabajo de Kitagawa en el salón de belleza, unas reinonas los dos, que le estaban comunicando su decepción porque Marin se ha arruinado el pelo con las planchas de alisar.

Cuando Marin se lastima con las sandalias durante un festival de fuegos artificiales, de esos que son tan populares en Japón, Gojo se la echa a la espalda como una mochila para que no siga haciéndose daño en los pies.

Cuando Gojo y su abuelo descubren cómo se ha estado alimentando Marin, que no tiene ni idea de cocina y pasa la mayor parte de la semana sola, pues su padre trabaja fuera, la invitan a cenar a su casa para que al menos una vez al día se eche al coleto una pitanza decente.

¿Quién se ha pasado una semana casi sin pegar ojo para terminar el primer disfraz de Marin?
«Atchon burike! ¿De dónde han salido todas esas rosas?»

Cuando Kitagawa se empeña en ver una película de terror, ¿a quién llama por teléfono de noche, cagadita de miedo, porque oye ruidos de asesinos en serie y demonios cenobitas por todo su apartamento? ¿La voz de quién la relaja y tranquiliza y le quita la inquietud?

¿Quién se desafía a sí mismo una y otra vez, y lucha contra sus limitaciones, y se obliga a superarlas, para hacer feliz a Kitagawa?

Gojo, que, entre su ansiedad social y su temor a arruinar la imagen popular y sexy de Kitagawa, no deja de negar a lo largo de los primeros cien capítulos de Sono bisque doll... que él y Marin estén saliendo juntos, actúa en todo momento como un novio abnegado, sensible, cariñoso; acompaña a Kitagawa a los eventos de cosplayers y las sesiones de fotos, lleva siempre agua, para que Marin beba si tiene sed, un pequeño kit de costura por si es necesario reparar el disfraz, parches fríos por si le vuelve a dar un sofocón a su «amiga», y una maleta en la que custodiar las ropas de calle de Kitagawa mientras ella posa para las fotos.

My Dress-Up Darling es un cuento de iniciación a la vida, una oda al valor de la amistad, una elegía a la cultura popular (cómics, videojuegos, series y películas de animación) y a su carácter de lingua franca, de espacio común en el que personas muy diferentes en carácter, e incluso procedentes de sociedades muy distintas (aquí escribe un occidental enamorado de la cultura oriental en general y de la japonesa muy en particular), pueden reunirse, entenderse, forjar vínculos duraderos y enriquecedores. El manga de Shinichi Fukuda es el punto de encuentro de todos aquellos que se han sentido rechazados y excluidos por sus aficiones, santuario especialmente valioso en Japón, donde se considera poco menos que como una conducta antisocial la devoción abnegada hacia un hobby (el manga, el anime, el coleccionismo de juguetes, el deporte, los coches, las idols...) y la palabra otaku tiene la consideración de insulto.

Sono bisque doll... me gusta tanto que, en un típico mecanismo freudiano, estoy dispuesto a justificar mi afición a este manga afirmando que cada disfraz que Gojo confecciona, además de un reto en sí mismo que llevará a Wakana a desarrollar una habilidad nueva o poner a prueba las que ya tenía, y a Marin a meterse en la psicología del personaje y darle alma al disfraz, es toda una lección vital para ambos que los prepara un poco mejor para la edad adulta.

El disfraz de Shizuku, de Las vidas lascivamente milagrosas de las chicas ricas del club de la desgracia de la academia femenina de Santa Humedad. Segunda parte enseña esto a Gojo y Marin: no te cargues de lastres innecesarios y concédete espacio para moverte con libertad.

El disfraz de Soma, de La feroz princesa flor, para Shinju: a veces da miedo decirle a otras personas qué es lo que amas, qué es lo que quieres hacer, y debemos recompensar el coraje que delata esa confesión.

El disfraz de la Prisionera Verónica, de Killing Gigs: ver un buen bajoteto te hace sentir saludable.

El disfraz de Rizu del manga Soy un autor adolescente súper popular de novelas ligeras pero cada noche soy importunado por un súcubo: a veces la vida no te da todo lo que necesitas para salir adelante, y en esos casos te las tienes que arreglar para rellenar los huecos con tu ingenio y tu iniciativa. Y, por el amor de Osamu Tezuka, no vuelvas a organizar una sesión fotográfica sexy en un Love Hotel.

Pero sobre todo, y por encima de todo, Sexy Cosplay Doll es una hermosa fábula en defensa de la tolerancia. La convivencia. La dignidad humana. Como no podía ser de otra manera, habiéndose inspirado Fukuda en la historia personal de una cosplayer a la que su novio amenazaba con romper la relación si ella persistía en vestirse de mamarracha.

Y este título ejemplifica a la perfección la forma en que el manga, como medio artístico, se ha revelado a lo largo de los años como una extraordinaria herramienta cultural para tratar temas universales a través de productos aparentemente ligeros, incluso frívolos, como esta serie de una chica que sólo quiere vestirse de sus personajes favoritos. Misión filosófica de la que los artistas de otros países han desertado, prefiriendo convertir sus cómics, películas y videojuegos en altavoces ideológicos de la excluyente, intolerante e hiperventilada minoría de apóstoles postmodernos y Savonarolas tardomarxistas, al parecer ignorantes de que están tirando piedras contra su propio tejado a fuerza de reincidir una y otra vez en las mismas soflamas histéricas y tácticas vandálicas.

Genuflexión al catecismo woke que explica la suspensión de la incredulidad que todos experimentamos al conocer la noticia de que Demon Slayer / 鬼滅の刃 / Kimetsu no yaiba, la colección de Koyoharu Gotoge, habría vendido más copias por sí misma en 2019 que toda la industria estadounidense del cómic. No era cierto, por muy poco, aunque sonaba plausible (y ya me gustaría poner los enlaces a las páginas que dieron esas noticias, pero esas páginas han desaparecido misteriosamente y sólo se encuentran ya capturas de pantalla y fuentes secundarias).

Si te da pereza pinchar en el enlace de Anime News Network o no te manejas con el inglés, digamos que la confusión, más o menos malintencionada, del autor de ese titular, vino de su incapacidad para distinguir entre «ejemplares en circulación» y «ejemplares vendidos» y en su
presunción, tal vez interesada, de que los 750 títulos más vendidos de 2019 representan «toda la industria estadounidense»; además de palmaria ignorancia del hecho de que, con algunos nichos por edades, la industria del manga japonés apela mayoritariamente a los lectores infantiles y adolescentes (no es el caso particular, por cierto, de Sono bisque doll..., que, sin dejar de ser una historia sobre adolescentes, se engloba en la categoría de manga seinen, o sea orientada a un grupo de lectores más bien masculino y adulto), mientras que el cómic occidental subsiste malamente de un nicho cada vez más reducido de público que ya peina canas y cada vez está más harto de no reconocer a sus personajes de siempre, y de las chuminadas queer que les exigen hacer penitencia por haber nacido.

Y si la noticia arriba citada tuvo tanto eco en redes sociales fue porque resonaba con la propaganda anti-woke fundada sobre las protestas que los lectores de cómics llevamos formulando acerca del tebeo occidental, muy particularmente el americano, contaminado de flequillos rosas, banderas arco iris, negritud, fluidez de género y body-positivity que no sirven en absoluto como muletas de unas historias anémicas, unos artistas ineptos y unos personajes deconstruidos e irreconocibles.
¡Eso es, Kitagawa! ¡Tienes posibilidades! ¡A por él!

Los lectores de cómics que amamos a Tormenta, de la Patrulla-X, que jamás vimos el color de piel de Blade o Spawn y a quienes nos importó un carallo que Estrella del Norte saliese del armario en 1992, en el número 106 de Alpha Flight, no tenemos necesidad de que nos aleccionen sobre feminismo, empatía y REPPPPPPRRRRRRRESENTEISHON.

Los lectores de manga, todavía menos. Que yo aún recuerdo a los heavies de mi instituto, ¡LOS HEAVIES!, pasándose a escondidas los volúmenes de Video Girl Ai como si fuesen costo y especulando en corrillos sobre el futuro de la relación entre Moteuchi y Amano.

Y los lectores de My Dress-Up Darling en particular no tenemos ninguna necesidad de lecciones de tolerancia.

Como en nuestra adolescencia fuimos ridiculizados y rechazados por nuestra admiración del manga y el anime, Gojo teme ser rechazado por su admiración hacia las muñecas hina y su sueño de aprender el oficio tan bien como su abuelo. Igual que nosotros recibimos cariño de otros fans, Marin le ofrece a Wakana comprensión, entusiasmo, respeto, y él a su vez devuelve esa moneda a Shinju, la supertímida hermana de Inui Sajuna / Juju, cuando le confiesa que quiere disfrazarse de hombre pero no se atreve para no hacerle sombra a su hermana menor, la auténtica reina cosplayer de la familia, y porque está acomplejada por el exagerado tamaño de su pecho. Gojo se niega a permitir que las inseguridades de Shinju la alejen de algo que desea, que la hará feliz, y le prepara un disfraz a espaldas de Marin e Inui.
Aunque casi le cuesta la vida. Ese botón habría matado a un ñu adulto.

A Marin le preocupa que Gojo piense que es un poco rarita por querer disfrazarse de personaje de videojuego. Se viene muy arriba cuando Wakana respeta su pasión y se atreve a ayudarla a transformarse en Shizuku.

La novia de Himeno Amane rompió con él cuando descubrió que, además de ser un tirillas, le gustaba vestirse de personajes femeninos. Y tiró a la basura todos sus disfraces. Lo único que preocupa a Gojo cuando conoce a Amane es a qué detalles debería prestar atención cuando maquille a un hombre que quiera parecer una chica. Marin está demasiado enamorada del cosplay de Himeno para importarle tres mierdas que debajo de esa falda haya una pilila y sólo quiere saber dónde compra Amane su maquillaje y sus tetas postizas.

Y quizá el momento más conmovedor, hasta ahora, de My Dress-Up Darling, es el capítulo en el que TODA la clase de Marin y Gojo se reparte el trabajo del festival escolar para que Gojo pueda concentrarse en el disfraz que Kitagawa va a lucir durante el desfile del aula. Así que esos mismos compañeros cuyo juicio Wakana temía cuando sólo pintaba muñecas hina LE INSISTEN en que se deje ya de joder y vaya corriendo a sacar patrones, que se juegan la victoria en el festival. Porque han visto los cosplays de Kitagawa, saben que Gojo es un capo de la costura, le respetan por su talento y le aceptan sin reservas.

Hacer disfraces para Marin le ha dado a Gojo la oportunidad de hacer nuevos amigos. Amigos que LE RIÑEN cuando les dice que ha permitido a Kitagawa, y su rubia cabecita loca, ir sola a comprar materiales porque él quería colaborar con el resto de tareas de su aula para el festival.

De su relación con la hiperexpansiva Marin y otros cosplayers, Gojo saca el arrojo para ampliar su círculo de relaciones y pedir consejo a Akira, un artista de goma EVA que accede a enseñarle a hacer complementos para disfraces.

Menuda sorpresa cuando el tal Akira resulta ser no sólo una chica preciosa
, con su propio pasado doloroso de rechazo e intolerancia por su afición al manga, sino una simp ABSOLUTA de Kitagawa que casi arma un tumulto cuando Marin, (o, como la llama la propia Akira, «mi princesa»), posa en el ComiKet de invierno llevando el cosplay del arcángel Haniel, el personaje de manga favorito de Akira. Y Kitagawa se esmera, por amor a Gojo, en meterse en el papel. Porque Gojo se ha esmerado, por amor a Marin, en hacer un disfraz que nadie jamás ha visto antes. Y Akira, y docenas de fans, miran estupefactos a Kitagawa y no ven a una chica disfrazada. Ven al personaje de manga. Ven un ángel. Y Suzuka tiene que taparle boca a Akira para que no se ponga a gritar como una posesa. Aunque eso sólo funciona unos pocos minutos.

Shinichi Fukuda ha escrito y dibujado una historia romántica que es en realidad un manifiesto. «¡No estáis solos! ¡No tenéis nada de lo que avergonzaros! ¡Hay otras personas en el mundo que comparten vuestra pasión!». Y después de ver la primera temporada de My Dress-Up Darling (ya están tardando en producir la segunda) y leer los volúmenes del manga homónimo publicados hasta ahora, en el Paratroopers sólo lamentamos una cosa:

Que no nos puedan extirpar de la memoria la experiencia para así tener oportunidad de leer esta maravillosa
carta de amor a todos los aficionados al manga, el anime y los videojuegos, como si fuese la primera vez.

Un ángel desciende en el ComiKet.

sábado, 23 de marzo de 2024

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XII + I)

Joder, ¿por dónde empiezo?

Es que mira que me lo han puesto difícil, ¿eh?

¿Por dónde coño empiezo?

Huuuuum.

Pues, mira, empiezo por el final:


Napoleón, de Ridley Scott, como película es un tremendo ñordo y como relato histórico es una nefanda blasfemia. Envueltos en una fotografía y un sonido preciosos, pero ñordo y blasfemia a fin y al cabo.

Mira que es difícil hacer mal una película sobre uno de los tres personajes históricos más veces llevado a las pantallas (los otros dos son, probablemente, Jesucristo y Julio César). Pero, oye, hay que reconocerle el mérito a Ridley Scott: ha pillado una época histórica en la que mal hay que inventar drama alguno, porque con ceñirse a los hechos documentados ya hay más conflicto que suficiente, y un personaje que no necesita adornos, porque su personalidad y biografía le convierten en un coloso que ningún escritor podría haber caracterizado mejor, y, con estos ingredientes que prácticamente le daban la película hecha, se ha currado dos horas y media de grandilocuente SOPOR.

Mira que es difícil fichar a una actriz tan buena como la princesa Margarit... eeeeeh Vanessa Kirby y a un MONSTRUO de la pantalla como Joaquin Phoenix, y darles tremenda MIERDA de papeles, en tremendo FUL DE ESTAMBUL de película que se ve apretando el orto y haciendo muecas de oler un pedo de vegano.

¡Y encima va Toriyama y se muere! ¡Joder, qué racha llevamos!

Sara Sampaio todopoderosa, ¿qué mierda le ha pasado a Ridley Scott? ¿Cómo conciliar al autor de este petardo tedioso, narrativamente dislocado e históricamente perverso con el cineasta genial detrás de Los duelistas, otra película ambientada en la Francia napoleónica, rodada hace 46 AÑOS?

Si no te gusta esta película, no te gusta el cine y punto.

Napoleon es TAN MALA, el retrato que Ridley Scott hace de su protagonista es tan INFAME, que, dada la nacionalidad de su director, cuesta no ver en este largometraje una chovinista actualización de la campaña de desprestigio del más famoso corso de todos los tiempos que, ya en vida de Bonaparte, lanzaron sus enemigos británicos (entre otras cosas, llamándole enano, cosa que, como ya hemos explicado en la bitácora, estaba muy lejos de ser cierto), retratándole como un ridículo gorrino lascivo obsesionado con hacerle guarreridas secsuales a Josefina, pecadooooooorl de la praderaaaaaa.


Joaquin Phoenix, mal dirigido por Ridley Scott, MASACRA a Bonaparte como figura histórica y lo EMASCULA como hombre. Los espectadores que se asomen por primera vez a este personaje a través de la película de Scott podrían llegar a creer que Napoleón era un pagafantas inseguro, un arribista caprichoso y un bragas mediahostia que incendió Europa y se coronó emperador para tener contenta a la viscosa almeja de Josefina. La interpretación ciclotímica de Phoenix, lamentablemente una excepción a su carrera, esas risitas inoportunas heredadas del Joker de Todd Philips y esas perrenchas de púber turbocachondo convierten, en esta producción de Apple TV, a una de las figuras más importantes de la historia occidental en un lastimoso PAYASO. En una parodia hiriente. En un escupitajo a la cara del espectador con un mínimo de cultura general, aunque ya sé que éste cada vez es más difícil de encontrar.

Y no protesto porque crea, como los cabreadísimos espectadores franceses, que no se puede caricaturizar la figura de Bonaparte (la cultura no respeta vaca sagrada alguna). Los hermanos Ibarretxe demostraron cojonudamente bien esa falacia en Sabotage!, una desenfrenada y divertidísima comedia con David Suchet como un cómico Bonaparte y Stephen Fry como un cómico Wellington. Lo que me repugna son las transparentes intenciones que creo intuir detrás de esa caricatura que nos ofrece Scott. En Sabotage! nos invitan a reímos CON Napoleón (también con Wellington; la escena de la bomba, «¡vaya, qué contrariedad!», es simplemente DESPERRECHANTE) mientras que en Napoleón, Ridley Scott nos invita a reírnos DE Bonaparte. Es una distinción nada inocente.

Napoleón no va sobre la Francia revolucionaria. Napoleón no va ni siquiera sobre Bonaparte. Napoleón va sobre el chocho de Josefina. El encoñamiento de Bonaparte por su futura esposa no es que sea la trama principal de la película. Es la ÚNICA trama. Y Joaquin Phoenix aparece más veces copulando como un conejo en celo, y dando vergüenza ajena en esa postura, que comportándose como el estadista y estratega que fue el hombre al que representa en pantalla. El Napoleón de Ridley Scott no despacha con sus consejeros, no recibe embajadores, salvo, que recuerde, una única vez en todo el metraje. Lo que a él le gusta es zambullirse como un merluzo sediento en el acuoso potorro cuarentón de su señora y a ello se dedica durante la mayor parte de la película.
Josefina presentando su dote.

El desempeño de Bonaparte como político y militar queda reducido prácticamente a la nada.

¿El asedio a Toulon? No sucedió así, y, contra lo que sugiere la película de Scott, defendían la plaza un número abrumadoramente mayor de tropas españolas, napolitanas, piamontesas y realistas francesas (15 354 hombres) que inglesas (750). La campaña de Italia, que fue la que encumbró al corso, no se menciona más que en una frase de una carta a Josefina («I've already conquered Italy, who surrended without conflict» ¿Mande? ¿Y las batallas de Castiglione, Bassano, Rivoli y el puente de Arcole, en la que el «pequeño cabo» corso estuvo a punto de esmochar? ¿Y la conquista del Piamonte, Lombardía y Venecia?). De la campaña en España, que el mismo Bonaparte consideraba sus horcas caudinas (¡anda que no crujieron franceses nuestros tátaras!) y, con la campaña en Rusia, uno de los factores que precipitaron su caída, ni una palabra. ¿La conquista de Malta? Ni se menciona. La batalla de las pirámides dura diez segundos. ¿La batalla del Nilo, que casi le cuesta a Francia toda su flota? Ni está ni se la espera (por cierto, que a Nelson no se lo menciona en toda la película). ¿Bailén? ¿Trafalgar? Nada. Eso nunca sucedió para Ridley Scott. ¿La batalla de Austelitz? La batalla de Austerlitz, también llamada «batalla de los tres emperadores», fue un quilombo de unas nueve horas y de tal calibre que hay libros enteros y películas larguísimas, como ésta, centradas en ella. Ridley Scott se la ventila en una docena de escenas. Alrededor de cuatro o cinco minutos de película, sin contexto ninguno. Y no, Napoleón no bombardeó deliberadamente el lago helado para que sus enemigos se hundiesen en él, sino que el hielo cedió probablemente bajo el peso de las baterías rusas (después de la batalla se dragó el lago y apenas aparecieron cuerpos sumergidos, y eso que Ridley Scott pretende hacernos creer que palmaron cientos en esas frígidas aguas). Napoleón no lideró una carga de caballería en la batalla de Borodino ni tampoco en Waterloo. Entre otros motivos porque era artillero y porque no debía exponerse al fuego enemigo, que tenía un ejército que dirigir. ¿Las campañas de Prusia, Polonia y Austria? No las conocemos de nada. ¿La Guerra de la sexta coalición? ¿Ein? ¿La batalla de Leipzig, que fue el mayor encuentro armado desde la invención de la pólvora hasta la Primera Guerra Mundial? ¿Lepizig, dices? Oye, a mí de matemáticas nada, ¿eh?
♫ You and me, baby, are nothing but mammals, so let's do it like they do in the Discovery Channel ♪

Que el biopic de uno de los más grandes líderes militares de la historia dedique casi más tiempo a sus lepóridos coitos con su señora que a la planificación y desarrollo de sus batallas ya no es que tenga delito, que lo tiene, sino que resulta hasta sospechoso. El RRRRRRRECORTE abrupto de las campañas napoleónicas, el RRRRRRRESUMEN para millennials de batallas que duraron horas y campañas que duraron meses casi parece delatar la urgencia del director por quitarse de encima todo ese coñazo de uniformes, morriones y mosquetes para volver a lanzar a Bonaparte, priápico perdido, dentro del infértil chumino de Josefina.
(Aunque no sé qué rigor histórico podríamos haber esperado del cineasta responsable de El último duelo. Ha quedado bien claro que a Scott la historia le come sus canosos cojones. Y aunque no sólo pueda estar más que justificado en una obra cultural, sino ser obligatorio tomarse «licencias de autor» sobre hechos históricos conocidos para así hacer de la película un objeto artístico coherente y asequible al espectador —puedes estar bien seguro, oh exquisito lector, que Cómodo no murió como nos sugieren que lo hizo en Gladiator, por poner un ejemplo también de Scott—, las barrabasadas que Ridley Scott le hace a la Historia en Napoleón, lejos de aportar valor narrativo a su largometraje, agravan sus muchas incongruencias narrativas. Y tú, como espectador, no sabes qué carta quedarte. No te están dando rigor histórico y tampoco un argumento medianamente congruente. ¿Qué cojones estás viendo, entonces?).

Los episodios capitales de la vida de Bonaparte se cogen con pinzas o ni siquiera son reflejados en la película. Y los que sí aparecen son maltratados por tan torpe y descabalado uso de la elipsis cinematográfica, que el espectador no puede menos que hacerse la picha un lío. Napoleón se divorcia de Josefina. Se casa con María Luisa de Austria y tiene un hijo con ella. Y todo eso son tres planos 
prácticamente consecutivos. La fecundación y gestación más rápidas de la historia. Hablando de lo cual... ¿dónde coño está la madre? Porque a María Luisa de Austria no la volvemos a ver en todo el metraje.

Vamos a enumerar algunas de las más flagrantes inexactitudes, mentiras descaradas y espectaculares CAGADAS de este engendro indescriptible para que puedas comprender la tortura que nos ha supuesto el visionado de Napoleón, oh paciente y comprensivo lector:

En el momento en que empieza la película, Napoleón tenía veinte años y Josefina veintiséis. Ridley Scott ni se ha molestado en intentar disimular que su actor protagonista es catorce años mayor que su actriz protagonista: Joaquin Phoenix parece el abuelo alcohólico de la princesa Margarit... Vanessa Kirby. Es más, en la secuencia de la boda, dan mal las fechas de nacimiento de ambos. Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, nuestra Josefina de toda la vida, nació en 1763, no en 1767; y Bonaparte no nació en 1768, sino en 1769. Josefina era, por lo tanto, seis años mayor que Napoleón.

A María Antonieta le cortaron el pelo antes de guillotinarla (los cabellos cortados fueron quemados para que no se convirtiesen en reliquias para los realistas). Y Napoleón no estaba presente durante su ejecución. Además, aunque es cierto que la reina consorte de Francia había pedido llegar al cadalso vestida de luto por su esposo ajusticiado, en realidad murió vestida de blanco (las autoridades revolucionarias no le permitieron vestir de negro por temor a que despertase simpatías entre la muchedumbre). Otra torpeza imperdonable en Scott: su montaje conduce al espectador a pensar que a María Antonieta le hicieron su última peluquería en 1789, cuando en realidad perdió la cabeza en 1793.

Nadie sabe muy bien cómo Robespierre acabó con un tiro en la mandíbula antes de ser guillotinado. Según algunas versiones, intentó suicidarse. Según otras, fue una mano anónima la que intentó volarle los nefes al siniestro jacobino. Y no, no arrestaron a Robespierre porque los franceses se hubiesen cansado de sus abusos y del Terror que empleaba como arma política, sino porque el Comité se enteró de que el sanguinario jacobino tenía una nueva «lista negra» de enemigos de la revolución a los que acogotar; lista en la que figuraban los nombres de no pocos miembros del Comité.

En la película, Napoleón pone fin a la insurrección realista contra el Directorio, en octubre de 1795, con una simple andanada de cañonazos. En realidad, el combate duró alrededor de un cuarto de hora. Y, por cierto, pero ¿no eran veinte mil insurrectos contra cuatro mil soldados franceses? ¿Por qué en pantalla lucen todos como cuatro gatos mal contados?

Napoleón JAMÁS disparó sus cañones contra las pirámides (ni tampoco contra la nariz de la esfinge, que ya estaba desnarigada antes de que el corso se pasase por allí). Entre otros motivos porque era un enamorado de la cultura egipcia (según algunas crónicas, pasó toda una noche dentro de la pirámide de Keops, de la que salió profundamente conmovido; «si os contara lo que he experimentado, no lo creeríais», se cuenta que dijo), porque los cañones de la época no podían disparar tan alto y porque la batalla de las pirámides tuvo lugar a varios kilómetros de distancia de ellas. Y los enemigos de Napoleón no eran unos menas andrajosos y mal alimentados. Los mamelucos eran un cuerpo de élite del imperio otomano; jinetes disciplinados y muy bien entrenados. Bonaparte tampoco abandonó Egipto y regresó al galope a París, víctima de un ataque de cuernos COLOSAL, al enterarse de que su esposa, allá en Francia, estaba perfeccionando su técnica de ordeño chuminal con su amante, Hyppolite Charles, sino porque, además de que la peste bubónica y un par de derrotas habían causado estragos entre sus tropas, porque el propio Directorio lo llamó de regreso al continente, pues había rumores de una inminente invasión de una Francia sumida en el marasmo político.
(Aunque Bonaparte se dejó convencer por los hijos de Josefina y, finalmente, no se divorció de ella por su infidelidad con Hyppolite, lo cierto es que la relación entre ambos no volvió a ser la misma, la vida conyugal se fue deteriorando, especialmente una vez determinado que Josefina era ya demasiado mayor para concebir un hijo, y, a partir de 1803, los esposos dormían en habitaciones separadas. Napoleón escribiría más tarde que amaba mucho a Josefina, pero no la estimaba. Eso sí, ¡cómo follaba, la condenada!).
No hubo africanos en las tropas francesas hasta 1830. ¿De dónde coño ha salido este señor? ¿Es la casilla de inclusividad racial que había que marcar?
«A mí no me líe, que yo aquí sólo vengo a ganarme el pan».

Queda establecido el consulado, cuya proclamación fue un poco un carajal (eso está bien reflejado en la película), y de repente Napoleón es el Primer Cónsul y los otros dos (Emmanuel Joseph Sieyès y Roger Ducos) meras figuras decorativas. ¿Cómo ha sucedido eso? Tal vez la respuesta para el espectador sin formación histórica esté en ese «corte del director» de cuatro horas que Ridley Scott ha prometido y que, personalmente, en el Paratroopers se nos han quitado las ganas de ver.

Ni una mención a todas las reformas políticas que Bonaparte llevó a cabo y que sacaron a Francia de la mierda en la que estaba sumida: la centralización administrativa, la división jurisdiccional en prefecturas, la creación del Consejo de Estado, la restauración de la Iglesia católica, el código de justicia napoleónico (que consolidaba el principio de igualdad ante la ley, la tolerancia religiosa, la protección de la propiedad privada, la ecuanimidad en la herencia de hijos reconocidos e ilegítimos, y la abolición de los últimos posos del derecho feudal; aunque también limitó los derechos de las mujeres y de los menores y restringió el divorcio)...

Es cierto que Napoleón se coronó emperador a sí mismo (otra traición a los ideales de la Revolución, como el restablecimiento de la esclavitud en Haití), pero a muy poca gente le sorprendió, porque la ceremonia se había ensayado previamente y todos los que debían estar enterados, y algunos que no, sabían lo que iba a pasar.

No. La madre de Napoleón, con la que Bonaparte mantenía una relación que, en el mejor de los casos, se puede calificar de distante (no estuvo presente en su coronación, por ejemplo, pese a que Ridley Scott intente convencernos de lo contrario), no orquestó un polvo adulterino con Eléonore Denuelle de La Plaigne para hacerle crash-testing a la lefa de su hijo. Eléonore Denuelle de La Plaigne sí tuvo un hijo ilegítimo de Napoleón cuando éste seguía casado con Josefina, pero no como resultado de ningún experimento de fertilidad, sino porque así como Josefina le ponía los cuernos a su marido, Bonaparte se los ponía a su legítima y, al menos una de esas veces, cantó línea y bingo en los óvulos de de La Plaigne. El matrimonio entre Napoleón y Josefina fue de conveniencia por parte de ella y de encoñamiento por parte de él (al menos en esto Scott no se engaña). Donde casi todos los historiadores coinciden en señalar que hubo amor verdadero fue en el matrimonio de Bonaparte con María Luisa de Austria, que se mantuvo fiel al Emperador incluso cuando su propio padre le declaró la guerra. Sí, esa misma María Luisa de Austria que en Napoleón entra en escena, tiene un hijo fuera de plano y desaparece de la película para siempre jamás.

Cuando Napoleón llegó a Moscú, la ciudad ya estaba ardiendo por orden del Zar (la doctrina rusa de «tierra quemada» es al menos tan antigua como la propia Rusia). No empezó todo a incendiarse misteriosamente en medio de la noche, como si ninjas eslavos del espacio exterior anduviesen por ahí corriendo con una caja de cerillas.

Cuando se evadió de Elba, Napoleón sabía perfectamente que Josefina había muerto. No abandonó la isla para reencontrarse con el vicioso potorro de sus sueños pajilleros. La motivación venérea de Bonaparte para regresar a Francia es, además de radicalmente falsa, humillante.

Napoleón y el duque de Wellington JAMÁS-SE-CONOCIERON-EN-PERSONA-NI-CHARLARON-CARA-A-CARA-¡HOSTIA-YA!

Y, por último, Napoleón no la palmó de repente, sentado a la mesa del café, sino tras un cáncer de estómago que, en sus fases finales, lo mantuvo postrado varios días. Bien es cierto que la autopsia determinó que en su cabello se habían depositado cantidades anormalmente elevadas de arsénico. Ya entonces se difundieron rumores de que los británicos lo habían envenenado e incluso hay autores que culpan del óbito al gusto de Bonaparte por el color verde, que en aquellos años se obtenía de una mezcla de cobre y arsénico, que ya te digo yo que bueno para la salud, lo que se dice bueno, no es. Y Napoleón no sólo ordenó pintar las habitaciones de su prisión de este verde, sino que también usaba casacas del mismo pigmento venenoso.

En resumen: ay, Sara Sampaio tres veces santificada.

Mira que ha habido actores que han representado a Napoleón de todas las maneras posibles (Albert Dieudonné, Pierre Mondy, Daniel Gélin, Marlon Brando, Christian Clavier, Armand Assante, Rod Steiger, Phillipe Torreton, Charles Boyer...) y directores que han aportado su visión personal sobre el «pequeño cabo» corso (era el sueño dorado de Kubrick, que llegó a acumular una de las mejores bibliotecas privadas sobre Bonaparte pero no logró financiación y acabó haciendo Barry Lindon, que parece igual pero no es lo mismo). ¡Si hasta ese Harvey Keitel derrotado, solo y melancólico al final de Los duelistas podría muy bien representar a Napoleón en Santa Elena! Pues nada. Que no hay manera. Que Ridley Scott no se ha leído una puñetera biografía de Bonaparte en toda su vida y su carrera como realizador sigue en la mierda desde, como mínimo, Marte (la menos Ridley Scott de todas las películas de Ridley Scott).

¡Ay, Sara Sampaio Dominátrix mía! ¿Dónde ha ido a parar el director de Alien, Blade Runner y Black Hawk Derribado?

Y no, Ridley. Te pongas como te pongas, si tus últimas películas son una puta mierda, la culpa no puede ser de todo el mundo menos tuya.

Ahí queda eso. Me voy a lavarme los ojos con vídeos de la dulce gomorriana Riley Reid.