domingo, 5 de julio de 2026

Una chuminada tras otra

Me he visto Una batalla tras otra para que tú no tengas que hacerlo.


A ver, me habían puesto tan por los suelos esta película que, para qué engañarte, querido lector, era preventivamente reacio a verla. Su largo minutaje, además, (casi tres horas) la hacía de por sí repelente. No es que las películas de tres horas, o casi, no sean buenas. Es que, por el bien de tus neuronas, es una práctica muy sana desconfiar, con carácter preventivo, de los directores de cine que necesitan tres horas para contarte una historia.

Joder, esta película puso mis alarmas en Defcon 2. Algo que me ha sucedido en el pasado, con otros títulos que diferentes personas, por motivos que sólo tendrán sentido para ellas, se emputaron en hacerme aborrecibles antes de que los viese. Como si se hubiesen apropiado de mi derecho a decidir qué me gusta o no. Y demasiadas veces he descubierto, semanas, meses o años después de la campaña de desprestigio, que esa película presuntamente horrenda era, en el peor de los casos, muy entretenida, como para darle carta blanca a los detractores de cualquier largometraje o serie que no haya visto personalmente.

Después de ver Una batalla tras otra, para que tú no tengas que hacerlo, empiezo a sospechar una intención inconfesable en las personas, críticos y LluTuvers que arremetieron por mí contra esta película antes de que tuviese oportunidad de verla. O un reflejo condicionado fruto de la mierda de clima político-cultural que vivimos de unos años a esta parte. O un problema de perspectiva. O todo a la vez.

A Paul Thomas Anderson me resulta realmente difícil ubicarlo como director. Ni lo aborrezco ni lo odio. No voy a decir que me resulte indiferente, porque eso sería falaz, pero sí diré que no corro a ver cada nueva película suya ni canto sus virtudes como cineasta. Que las tiene. Y son innegables. Aunque tampoco es que seamos muy fieles a su filmografía como para poder hacerte ahora un retrato-robot de su estilo.

Creo, pero no me apostaría la punta del cipote, que me vi Hard Eight, Sydney en DVD ó en la tele. Pero no lo recuerdo. Y es muy dudoso que en el año 1996, o incluso después, conociese el nombre de Paul Thomas Anderson o que me importase un cojón. Y la mayoría del público de la época te  podría haber dicho lo mismo. Con unos tres millones de presupuesto, el primer largo de Thomas Anderson recaudó poco más de 224 000 dólares.

No me he visto Boogie Nights. No, no tengo nada personal contra Boogie Nights. No creo que Thomas Anderson vaya a contarme nada de John Holmes, en esta biografía apócrifa y furtiva de John Holmes, que yo no supiese ya, pero tampoco considero que eso sea suficiente motivo para huir de Boogie Nights. No, no descarto ver la película en un futuro más o menos inmediato. Es solo que no siento ninguna necesidad acuciante de verla... y bueno, la idea de ver a Mark Wahlberg poniendo cara como de que folla tampoco creas que me hace mucha ilusión.

(Con quince millones de presupuesto y más de cuarenta y tres millones de recaudación, Boogie Nights fue un moderado éxito. Sin embargo, lo que no vino en parné le llegó a su director en reconocimiento. Esta cinta fue nominada a tres Óscar, y toda la prensa especializada comenzó a comerle la polla a Paul Thomas Anderson. Y el agente de Burt Reynolds tuvo que buscarse otro trabajo, porque Burt lo despidió tras ver el primer corte de la película, y se negó a participar en la gira promocional, y eso a pesar de que ganó un Globo de Oro por este papel).


Magnolia... nah. Directamente no me llama. Que a lo mejor me estoy perdiendo un cacho peliculón... pero, hostia, ¡que no me llama! ¡Punto! Bueno, pues ni me llama a mí ni le llamó a casi nadie en su estreno en cines. 37 millones de presupuesto, 48 de recaudación. A esto, en términos contables, los productores de cine lo han llamado, de toda la vida, una HOSTIA con la mano abierta (con todas las precauciones habidas y por haber, que cada película es un mundo, Magnolia debería haberse puesto en 92 millones y medio para ser considerada rentable).
(Los resultados malo-reguleros en taquilla no impidieron a la prensa cultural, de nuevo, comerle el cipote a dos carrillos a Thomas Anderson por esta película).

¿Que si me vi Punch-Drunk Love? Pues... no lo descarto... del todo... Realmente no podría jurarlo. Tal vez sí. Lo más probable es que no. No. No me suena. Lo siento. El título sí, pero no recuerdo una puta escena, así que probablemente no.

Punch-Drunk Love fue un nuevo HOSTIÓN en taquilla para Thomas Anderson. Unos 25 millones de producción, ni siquiera alcanzó esa cantidad en las pantallas grandes. Una vez más, no obstante, esta película fue la excusa que estaban esperando todos los gafapásticos críticos de cine para ofrecerle el culo a Paul Thomas Anderson.

Tengo pozos de ambición en DVD desde hace tiempo. Me la regalaron, me la encontré por ahí, vino en un periódico dominical, se la robé a un mendigo... no me acuerdo. Aún no me la he visto. No sé por qué. Simplemente no me la he visto. A lo mejor me la veo hoy, si no tengo otra cosa. Mira, ésta si le cundió al Pablo Tomás: en torno a 25 millones de presupuesto, más de 76 millones de recaudación global.
(Con el concepto «recaudación global» hay que tener cuidado, porque de las cifras de las taquillas internacionales habría que deducir los costos de exhibición, doblaje, promoción... Por eso las productoras toman la recaudación doméstica, donde los costes son comparativamente menores, como baremo para determinar si un largometraje es rentable o no).

Mi primer contacto directo, e indeleble en memoria, con el cine de Paul Thomas Anderson vino con The Master. Esta nada disimulada sátira de L. Ron Hubbard en particular, y de la Cienciología en general, fue un nuevo rijostio en taquilla y otro festival de mamadas a su director por parte de la crítica cinematográfica.

Al autor de estas líneas, humildemente, The Master le gustó. Es una película de cocción lenta, que, sobre todo al principio, muestra más que cuenta, que exige atención y un poco de paciencia (tarda en alcanzar un principio narrativo propiamente dicho). Pero me gustó. No me cambió la vida. No es la mejor película del mundo. No la pondría en una lista de las diez mejores. Ni de las cincuenta. Pero quizá sí entre las quinientas mejores. Joaquín Phoenix está tremendo. Philip Seymour Hoffman (en uno de sus últimos papeles antes de automorisionarse con una sobredosis de jaco) ARRASA. Amy Adams enamora. Los personajes, dolorosamente defectuosos, convencen, y la historia atrapa. A poco que te dejes seducir por ella.

Puro vicio es la comedia porrera más entretenida que he visto en años. Humor negro (es Thomas Anderson), pero comedia porrera, desde luego. De nuevo, Joaquín Phoenix cumple CON CRECES, Josh Brolin se come la película cada vez que entra en plano, y los secundarios están DE VICIO (no pun intended) y son DE LUJO: Owen Wilson, Katherine Waterston, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Jena Malone, Maya Rudolph, Martin Short. Y la historia... no niego que tiene su componente de suspense malabábico: ¿puedes resolver el caso de desaparición de tu ex si te pasas el día fumando chustas, pedazo de hippie cabrón?

A ver si adivinas, oh viscoso lector empotorrado del negrísimo mato grosso de nuestra fornicatriz preferida, qué comportamiento tuvo Puro vicio en las taquillas... Exacto, otro TURBOHOSTIÓN. Veinte millones de presupuesto, ni siquiera quince de recaudación global.

¿El hilo invisible? No. No la hemos visto. Y eso que a Daniel Day-Lewis en esta casa se le respeta, como mínimo, desde Mi pie izquierdo. Está ahí, en la bandeja de entrada. No te vamos a marear, querido lector. El hilo invisible fue otro flop: 35 millones de presupuesto, millón arriba, millón abajo, algo más de 53 millones de recaudación (con la ventana de rentabilidad en algún punto en torno a los 87 millones y medio).

Le dimos una oportunidad a Licorice Pizza... pero ¡hermano en Cristo, menudo mojón! A los diez minutos ya odiábamos al protagonista, a los quince, abandonamos la proyección. Y no nos arrepentimos. Al parecer, fue una reacción colectiva. 40 millones de presupuesto, estimados, poco más de 33 de recaudación global. Lo que los jugadores de Mortal Kombat llaman Fatality.

Y entonces llegó Una batalla tras otra.

¿Es buena?

No.

¿Es mala?

Realmente tampoco.

¿Es entretenida?

Bastante.

¿Se fostió en taquilla?

¡Amigo! ¡La duda ofende! Con 130 millones de producción (¡pero ¿quién le ha dado tanta pasta a este ternero, por los duros pitones de Sara Sampaio Dominátrix en una fría mañana de enero?!) es la película más cara de Thomas Anderson y un severo CACHARRAZO de 213 millones (tendría que haberse puesto en 325 millones para ser rentable) que se podría haber evitado con un presupuesto más modesto. Porque es que la película tampoco grita «¡dinero!». No sale ninguno de los Vengadores. No hay grandes despliegues de efectos especiales, y los que se muestran en pantalla pasan desapercibidos. No concibo ningún motivo por el cual esta película no se pudiese haber rodado por 75, 80 millones o incluso menos. Y entonces, suponiendo que hubiese vendido la misma cantidad de entradas, habría sido un hit.

Dónde coños han metido los de Warner esos 130 millones de mortadelos lo sabrán ellos (¿tremendo canutazo contable para lograr una deducción de impuestos? No lo descartemos, a priori). En pantalla no se ven. Pero esto da un poco lo mismo. Podríamos citar varios ejemplos de efectos especiales que son especialmente cojonudos porque no se notan.
(Los caminos de la financiación y de la ingeniería aritmética de los estudios de cine son inescrutables y hemos pelado, un poco, esa banana aquí, aquí, aquí y aquí. De nada.)

Volvamos a Una batalla tras otra.

Es entretenida, pero, ahora que la he visto, entiendo por qué hay tanta gente cabreada con ella.

Espóilers como tetas de Tessa Fowler a partir de aquí.

Te enumero estos elementos de Una batalla tras otra:

1. Grupo paramilitar revolucionario de mierdecillas antifas pijocomunistas, descolinizadores nativistas y culturetas antiimperialistas.

2. Protagonista negra, insufrible, turbofeminista-de-las-repelentes, poliamorosa, que desprecia a los hombres, aborrece a los blancos y ODIA a los militares, pero se enchumina y preña ADREDE de un militar blanco, y encima, mira que no habrá actrices negras donde escoger, es fea de cojones.

3. Protagonista masculino inepto, aliade deconstruido, cornudo feliz, porrero en serie, feliz de criar a la hija birracial de otro peneportador donante de esperma, a la que su madre abandona porque eso de la maternidad es una conjura patriarcal-machista-supremacista blanca que te cagas, Foucault.

4. Defensa numantina de la inmigración ilegal desbocada y oscurita de piel porque teoría del reemplazo, porque privilegio blanco, porque Pachamama, porque alguien nos tiene que pagar las pensiones, porque ♫ Con-ta-míname, mézclate conmigo ♪.

5. Hombres blancos cisgénero heteropatriarcales opresores ¡y racistas sistémicos! Racistas, encima, en dos niveles: a. Nivel «soy racista porque me vuelven loco los chochos negros y no soporto que un chocho me domine, por muy negro que sea» (el personaje de Sean Penn). b. Nivel «todas las razas no blancas no son sino animales» (el grupo ese de illuminati semi-nazis en el que quiere ingresar el personaje de Sean Penn).

¿Ves por donde voy, querido lector?

Con estos mimbres, no debería sorprenderte que mucha gente haya visto Una batalla tras otra como propaganda woke. Y se haya cabreado muchísimo. Piensa, amado lector, que hasta una comedia
de los ochenta, ya clásica, como Cocodrilo Dundee, que, tocadas de huevos y lonchas de cocaína aparte, no puede ser más blanca, ha sido CENSURADA en su encore cut de 2025 (vendido como «el nuevo montaje canónico de Cocodrilo Dundee»). Despídete de la escena en la que Mick Dundee le toca la pollería al travesti del bar, después de que su nuevo amigo taxista le diga que, pese a su sugerente aspecto, es un gachó. Y de su escena reflejo, en la fiesta donde suena de fondo el Live it Up de Mental As Anything y Mick se «asegura» de que la señora de rasgos andróginos y voz gutural que acaban de presentarle es realmente una señora.

La kulturkampf entre los partidarios de la libertad individual y el sentido común y los quintacolumnistas de la corrección política tardomarxista postmoderna ha DESPELLEJADO la percepción de las audiencias hasta tal punto que muchos ya no pueden ver en pantalla un personaje o un actor negro, un inmigrante, un latino, homosexual, una crítica al capitalismo o el statu quo, o un tema de denuncia social cualquiera, sin sospechar que le están intentando colar un panfleto, un video de propaganda woke, un spot victimista diseñado para intentar que el espectador occidental, cristiano, heterosexual y librepensador sienta alguna clase de escrúpulo por haber nacido.

Para los que nunca vimos el color de piel de los Huxtable, los Banks o los Winslow y sus vecinos, para aquellos que lloramos cuando Freddie nos dejó, o aquellos que no le dimos importancia al hecho de que Belker se hiciese amigo de un chapero en Canción triste de Hill Street, o que siempre tomamos como faro moral al inmigrante ilegal más famoso de todos los tiempos, no podemos sentirnos más distanciados de esa hostilidad adquirida, pero entendemos que tanta gente haya desarrollado ese reflejo condicionado como mecanismo de autodefensa.

Pero, mira, esto se arregla con un poco de perspectiva.

Si te sientas a ver Una batalla tras otra como un publirreportaje woke, y estás tan HASTA LOS COJONES, como el autor de estas líneas, de la histeria colectiva surgida del empacho de pajas mentales de filósofos existencialistas franceses amorales y pedófilos que siguen vomitando los emporrados profesores altoburgueses de universidad privada de la Ivy League, lo vas a pasar realmente mal.

Pero si lo ves como una sátira, como una comedia negra que ridiculiza las mermas de la naturaleza humana y los vicios de nuestra sociedad, naturaleza que comparten varias de las películas de Paul Thomas Anderson, no digo yo que te vayas a partir el hojaldre de risa, pero vas a hacer más de una mueca de hilaridad incipiente.

Una batalla tras otra suelta mamporros a izquierdas y derechas, a negros y blancos, a marrones, rosados, rojos y azules; hace tanto escarnio de esos milicianos, que viven en uno de los países más privilegiados del mundo y no son más que un puñado de desnortados cheguevaras que no han sufrido una opresión en sus putas vidas, como de ese deep state de malvados hombres blancos supremacistas raciales, clasistas ultracapitalistas y heteronormativos. Y ahí está la comedia. No comedia de mearte toda, sino de iluminar los problema de nuestra sociedad con la luz de la sátira para que, ya que no nos ponemos de acuerdo sobre la mejor manera de resolverlos, al menos nos pongamos de acuerdo en reírnos de ellos. Que es reírnos de nosotros mismos y de nuestra falible naturaleza. Que es el primer paso para encontrar una solución. Porque la mitad de los problemas de la humanidad vienen de gente que se toma demasiado en serio a sí misma.

Hay que ser realmente muy DENSO para entender esta película como un opúsculo SJW. Pero, vamos a ver, ¿alguien puede creerse realmente que esa cábala de hombres poderosos, blancos y patriarcales, esa logia de masones racistas xenófobos en la que quiere ingresar el personaje de Sean Penn realmente TIENEN UNA PUTA SEDE SOCIAL? ¿QUE ALQUILAN UN EDIFICIO DE OFICINAS PARA SUS REUNIONES? ¿Y QUE LOS CORREOS SEGUROS DE ÑPS GRUPOS CLANDESTINOS TIENEN UN SUPERVISOR AL QUE LLAMAR PARA QUEJARTE DE LA CALIDAD DEL SERVICIO? PERO ¿DE VERDAD SE PUEDE SER TAN SUBNORMAL COMO PARA TOMARSE EN SERIO ESTA PUTA PELÍCULA?

Una batalla tras otra bebe del absurdo de las comedias de los hermanos CohenArizona Baby, El gran Lebowski¡Ave, César! Buscar mensajes ocultos en este largometraje equivale a verse O Brother!, con regla de cálculo y gorro de papel Albal o inferir violencia de género en  Ladykillers. Algo que haría un puto descerebrado, no un adulto con al menos dos neuronas funcionales.

Y cuando llegue el pendulazo (que llegará, porque la historia humana es implacable), si de algo deberían responder los ayatolás del progrerío pijopórrico, es de esto. De haber arruinado el sentido crítico, la individualidad intelectual, la comprensión lectora y narrativa de toda una generación que, en respuesta a un ataque directo, injustificado, masivo y arrollador a su identidad personal, no vio otro recurso que abjurar de las herramientas del diálogo y el razonamiento, por otra parte inútiles contra esta piara de papanatas intolerantes y adoctrinados, atarse a los primitivos instintos de supervivencia y sumar su destino al de la masa igualmente apollardada, que les ofrece una sensación de refugio, de pertenencia, de destino colectivo, y que, al igual que sus adversarios ideológicos, responde con la misma ausencia de juicio mesurado, y se guía por la misma emoción ancestral, ante cualquier cuestionamiento, real o imaginado, de su identidad grupal.

Una batalla tras otra no es propaganda, a menos que te empeñes en verla como propaganda. No es equidistante, a menos que te empeñes en verla así. No es una película fabulosa, tampoco un cagarro, es entretenida, definitivamente un poco lenta (hay escenas innecesariamente largas que te hacen mirar el reloj, impaciente), no lanza lemas (sus personajes lo hacen), sino que señala las contradicciones de los Estados Unidos actuales. No propone soluciones, porque eso no corresponde a una obra de ficción ni a un director de cine, por inteligente y talentoso que fuese, ANTES BIEN, señala las soluciones que ya se han aplicado, y que NO FUNCIONAN (la rebelión violenta de los revolucionarios de Hacendado a los que pertenece el personaje de Leonardo DiCaprio, la represión autoritaria y criptofascista del Estado acojonado por el descontento civil. Y sólo eso debería ser suficiente para llevar al espectador a la reflexión, no a la indignación.
  
Pero al autor de estas líneas, lo que realmente le mosquea de Una batalla tras otra es que no responde la pregunta más importante de todas:

¿Quién coño es tan inconsciente como para invertir en una película de Paul Thomas Anderson, una vez demostrado con todas las métricas que las taquillas lo encuentran mayoritariamente repelente?

En fin, ésta es mi postura al respecto de Una batalla tras otra, la película que he visto para que tú no tengas que hacerlo.

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