jueves, 9 de enero de 2020

El unicornio

«Grande enigma es el que el unicornio, aunque en mucho espantadizo y temeroso de las gentes, si encuentra tal doncella que todavía no haya tenido trato carnal con varón alguno, se le arrima, osado y sin ningún temor, dobla la testa y sobre el regazo de ella la asienta. Dícese que en tiempos pasados y remotos, había doncellas que de aquello un verdadero proceder hicieron. Quedábanse largos años sin casamiento y practicando la castidad, para servir a los cazadores como reclamo de unicornios. Pronto, sin embargo, se supo que el unicornio se allega sólo a las mozas jóvenes, que a las viejas las tiene por nada. Siendo bestia sabia, el unicornio entiende sin falta que el perdurar en exceso en estado virginal es cosa sospechosa y contraria a la naturaleza».
El trono de hierro de Canción de Fuego y Hielo no es como lo imaginas.

Puede que hayas visto Juego de Tronos, porque había fornicio, tetas y dragones, y puede que en la serie hayas visto más de una vez esa especie de butaquita gris y pinchuda en la que se sentaban los reyes de Poniente en Desembarco del Rey, y que da como ganas de sentar en él a tu abuelita para que te calcete un tanga de lana. Si ya eres un freak con licencia sabrás que el trono en cuestión lo fabricó Balerion, el Terror Negro, dragón del rey Aegon Targaryen (por lo visto los dragones eran unos herreros que te cagas de Onís) arrojando su dragonil aliento sobre más de mil espadas capturadas a los enemigos del Rey Dragón durante la Guerra de la Conquista de Poniente.

¡Incesto! ¡Concupiscencia!
(Menudo pájaro estaba hecho el Aegon I, ¿eh?; se trincaba a sus dos hermanas, Visenya y Rhaenys, que por lo visto estaban más buenas que comer bombones de café en el ombligo de Sara Sampaio, y hasta tuvo hijos con ellas, costumbre que heredaron sus descendientes con funestas consecuencias, genéticamente hablando. La endogamia es lo que tiene).
Y yo, cuando vi el tronito, el tronillo, la butaquita de la serie me dije: «¿Mil espadas? ¿Ahí hay mil espadas?».

Supongo que contarían también los mondadientes.

Porque lo cierto es que, cuando lees la descripción del trono de hierro que nos da GRRRRR Martin en sus libros no te imaginas algo tan chiquito, tan poquita cosa, tan casi de risa. GRRRRR Martin describe una puñetera colina, una gigantesca trona para bebés grandecitos, y con corona, elevada sobre una pirámide en la que hubo que hacer escalones para que los reyes Targaryen pudiesen ascender a su trono. Es decir, esto:

Ahora bien ¿por qué el trono de Juego de Ídemes se parece tan poco al descrito en los libros?

Puede ser por muchas razones, aunque creo que realmente todo se reduce a una: pasta. La serie contaba con un presupuesto generoso, pero finito. Construir esa monstruosidad le habría pegado tal mordisco a la financiación de Juego de Tronos que probablemente la primera temporada, en vez de diez episodios, hubiese tenido tres y nunca se habría rodado la segunda porque HBO habría ido a la quiebra. Además hay una serie de problemas de naturaleza técnica para fotografiar semejante armatoste. ¿Cómo encuadras al rey, o a la mano del rey, en su trono? ¿Cómo sitúas en el plano a sus consejeros y ayudantes cuando es necesario, por el motivo que sea, que compartan escena? ¿Cómo haces que la gente que hable con el rey muestre una actitud digna si tienen que estar todo el tiempo mirando hacia arriba como papanatas estudiando la trayectoria de una mierda de gaviota en pleno descenso?

Este plano habría sido imposible.
Era una decisión sencilla: hacer bien el trono o hacer bien la serie de televisión (y, al menos hasta sus últimas tres temporadas, y no hablemos de la última, la serie estaba MUY BIEN hecha).

¿Cuántas veces hemos tratado en la bitácora los problemas de adaptar un libro a la pantalla?

Pues está claro que no fueron suficientes.

(Acabo de ver It: Chapter Two y sigo de diarrea. A ver si con gaseosa con canela y suero oral recupero fuerzas suficientes para escribir sobre ella).
Ha vuelto a pasar.

Con The Witcher.

Donde Juego de Tronos tomó algunas decisiones de escasa repercusión (nada que afectase al desarrollo de la historia, al menos) que permitieron construir una buena, incluso muy buena, con salvedades (reléase el párrafo ut supra), adaptación televisiva de la obra de GRRRRR Martin, Netflix ha optado por una aproximación a la obra de Andrzej Sapkowski que convierte la primera temporada de The Witcher en algo poco más que ilegible.

Y es una putada, porque la serie está realmente muy bien, y ya están tardando los freaks en marcarse un fan-cut que ponga algo de sentido en el sindiós de líneas temporales cruzadas con el que nos han castigado incluso a las personas que hemos disfrutado de esta primera temporada. Y el error, GARRAFAL, no obedece a una exigencia del presupuesto, ni a problemas de índole técnica, ni a justificación alguna que pudiésemos racionalizar en plan «sí, han hecho más pequeñito el trono de hierro, pero es que o hacían el trono o hacían la serie». No. Obedece, pura y simplemente, a LAS PRISAS.

Prisas inexplicables, innecesarias y completamente inútiles que arruinan la experiencia de visionado de la serie, incluso para quienes la hemos disfrutado tanto como yo. Prisas que, si yo fuese un cabrón machista y resentido, diría que tienen un motivo IDEOLÓGICO.

Pero no, no voy a decir eso.

Sigo diciendo que esos pómulos no son normales.
El personaje de Ciri no se incorpora definitivamente al universo de The Witcher hasta Algo más, la historia corta que cierra el volumen La espada del destino. Después de ese relato, Geralt se lleva a Ciri a Kaer Morhen y, con ayuda de su mentor Vesemir, la entrena como cazadora de monstruos (es lo único que Geralt sabe acerca de cómo criar a un niño porque es como fue criado él) hasta que la niña empieza a echar tetas (en serio) y, paralelamente o como consecuencia de su entrada en la pubertad, empieza a manifestar unos poderes mágicos que acojonan a los brujos, y entonces llaman a Triss Merigold (habrían llamado a Yennefer, pero ya sabemos el problemilla que tiene nuestra bruja de Vengerberg cuando se encuentra con algo de lo que puede sacar partido personal) para que les explique qué carallo pasa allí y, también, para que se ocupe de educar a Ciri en las cosas femeninas de las que Gerlat y Vesemir no saben una mierda. Compresas, tampones y comer helado mirando Anatomía de Grey, fundamentalmente.

Pero, por el motivo que fuese, había prisa en Netflix por meter cuanto antes a Cirilla, que cuando empieza la acción en el primer volumen de la saga de Geralt de Rivia ni siquiera ha sido aún engendrada.

¿Tal vez en Netflix pensaron que con cuatro personajes femeninos fuertes (Tissaia de Vries, la reina Calanthe, Triss Merigold y, no jodas, mi amada Yennefer) no había suficiente en la serie y escogieron meter (¡Tos! ¡Me too! ¡Tos! ¡Carrasp!) por cojones, y perdón por el juego de palabras, a Ciri?

Yennefer está mucho más buena.
El resultado es un verdadero sudoku narrativo. Vemos a Geralt en Cintra y, en el siguiente plano, está en a tomar por culo de Cintra años más tarde, o años más pronto; en este plano es un pelagatos y en el siguiente todas las putas del orbe conocen su historia porque han oído las canciones de Jaskier, y no se nos da ninguna pista de la distancia geográfica o cronológica que separa ambas escenas. Y si te parece que exagero, mira el orden de visionado cronológico recomendado por los propios pelones de Netflix ante el tsunami de espectadores confusos y cabreados:
No puedo menos que solidarizarme con este pobre y esforzado ser humano  que se queja de que el visionado de la serie le ha supuesto una tortura. Yo, que conozco los videojuegos (y me he acabado The Wild Hunt como dos veces y media) y me he leído los seis primeros libros, estaba algo menos que perdido. El esfuerzo intelectual de desmontar cada secuencia de cada capítulo e intentar deducir a qué momento de la cronología de la saga correspondía, partiendo, insisto, de una familiaridad más que cercana con los libros en los que se inspira la serie, fue AGOTADOR.

Lauren Hissrich, la showrunner de la serie, ha salido a prometer que está muy arrepentida, que no lo volverá a hacer más y que la segunda temporada (que ya está firmada y probablemente llegará en 2021) será mucho menos liosa.

Gracias, Lauren. Eso es exactamente lo que pedía la serie desde el principio y algunos de nosotros seguimos preguntándonos por qué mierda no fue eso exactamente lo que la serie nos dio desde el principio, en base a qué oscuros motivos creativos (¡Tos! ¡Me too! ¡Tos! ¡Carrasp!) se precipitó la aparición en la serie del personaje de Ciri, obligando a los guionistas a hacer esos absurdos y desconcertantes saltos mortales con doble pirueta hacia atrás, tirabuzón inverso, pedo en Fa sostenido y torsión de escroto a contrarreloj.

Porque los que flipamos con los videojuegos, nos zambullimos en los libros y amamos a los personajes de la saga de Geralt de Rivia estamos más que desorientados con la serie de Netflix. Imagínate la gente a la que los libros y los juegos se la trae al fresco.

Ésta es la Yennefer que me imagino cuando leo los libros.
Mira que había motivos por los cuales The Witcher podría haberse estrellado.

Henry Cavill fue un Supermán ES-PEC-TA-CU-LAR (aunque las películas en las que apareció encarnando al Último Hijo de Kryptón vayan del profundo desengaño a la mierda absoluta, pero no por su culpa), y sin embargo sigo pensando que como actor va pelín justito en papeles dramáticos y que está demasiado ciclado para ser Geralt de Rivia, a quien se nos describe como un hombre fibroso, atlético, pero no corpulento, más una mangosta que un búfalo.

El Geralt de Henry Cavill es un puto coloso y aún no estoy del todo convencido con su aproximación al carácter del Brujo.

Y no me importa. Me encanta. Henry no interpreta a mi Geralt de Rivia, sino al suyo, pero sigue siendo Geralt.

Anya Chalotra es una mujer preciosa, requisito indispensable para interpretar a la bellísima Yennefer de Vengerberg. Y sin embargo le falta algo. No acabo de verla, físicamente, como Yennefer, a quien las descripciones de los libros atribuyen una hermosura espectacular, algo fuera de este mundo, casi inhumana.

Y no me importa. Anya es lo bastante guapa para hacer de Yen y, encima, clava la personalidad del personaje, que es mucho más importante que el aspecto. LA CLAVA. Aunque sigo pensando que debería ser más guapa, Anya ES Yennefer, y punto en boca.

Ciri... lo peor que puedo decir de Freya Alan es que tiene una cara rara. Lo mejor que puedo decir de Freya Alan es que tiene una cara rara, como si tuviese una herencia exótica, ¿como si fuese descendiente de la Antigua Sangre, por ejemplo?

Mierda. Me está empezando a gustar también la Ciri de la serie de Netflix.

Aunque la de los videojuegos sigue siendo mi favorita.
Jaskier...

Dejémoslo. No he reconocido a Jaskier en Joey Batey. Pero seguro que es culpa mía. Le faltan pomposidad, perilla, pichabravismo y un poco de pluma.

Tampoco es que se hayan esmerado con Triss Merigold. Acostumbrados a imaginarnos esto:

nos han dado esto otro, que no digo yo que esté mal, sino que no es lo esperado, porque es que la actriz ni es pelirroja ni lo parece y tampoco acabo de ver que haya captado la personalidad de Triss:
Pero, a grandes rasgos, los major characters, o sea los personajes principales de una obra de ficción, están bien retratados, son reconocibles; con lo cual los productores de la serie ya tienen medio trabajo hecho.

Y encima Netflix ha tirado de chequera. No he podido encontrar cifras del presupuesto de la serie, pero, más allá de que algunos efectos por ordenador cantan un pelín y de que se han visto algunas batallas multitudinarias filmadas en plano cerrado en el que, con suerte, cabrían veinte o treinta soldados, la serie no parece barata. En ningún momento relevante.

Solo mal narrada. Lamentablemente.

¿Y qué piensa el autor de todo esto? Nada. A Andrzej Sapkowski se la sudan las adaptaciones de sus novelas. Dice que no es grosero, que es indiferente, que no tiene tiempo para ver series de televisión, jugar a videojuegos y leer cómics.

La única implicación de Sapkowski en los productos derivados de sus libros que ha llegado a nuestro conocimiento fue cuando demandó a CD Projekt Red, los responsables de los videojuegos de The Witcher, por un trozo mayor del pastel. Sapkowski había vendido los derechos por 8 000 dólares (no creía que un videojuego basado en sus personajes fuese a interesar a nadie... y resulta que The Witcher 3: Wild Hunt, aparte de ser aclamado como uno de los mejores juegos de la historia, vendió más de 20 millones de copias y toda la serie cerca de 40 millones). Al final han llegado a un arreglo extrajudicial.
(Que conste que la serie de The Witcher que se hizo en Polonia tiene una pinta de barata y desganada que da hasta ternura, así que no es de extrañar que Sapkowski no esté muy interesado tampoco en ésta).
Elfos polacos. Sin coñas.
Una primera temporada que abarca cuarenta años de narración con traicioneros saltos adelante y atrás.

Una temporada que debía abordar las historias de inicio de todos los personajes principales, momento coñazo de toda película, serie de televisión y libro.

Un Henry Cavill demasiado chuzado para el papel.
Lo que pides en Aliexpress.
Un autor al que le tira del nepe la serie.
Lo que recibes.
Una innecesariamente temprana introducción del personaje de Ciri (¡Tos! ¡Tos! ¡Feminismo! ¡Carrasp!) ¿para poder atraer a más espectadoras a la serie?
(Como si hiciese falta).
Un Imperio de Nilfgaard travestido en una especie de oscura metáfora de al Qaeda, o Daesh, o tal vez Irán. No entendí muy bien ese giro de fanatismo religioso que exhiben los servidores de Emhyr van Eyres («La Llama Blanca Que Danza Sobre Los Túmulos De Sus Enemigos»), y además me sobraba.

La serie podría haberse metido una buena hostia.

Pero no. Ha sido un exitazo a pesar de sus defectos.


Y no, venga. He dejado caer, con maldad manifiesta, la insinuación de que el pifostio narrativo de esta primera temporada fuese una decisión consciente por parte de la jefa de guión para meter más vaginas en la serie.
No creo que fuese ese el motivo. Ahora hablo muy en serio. Solo estaba metiendo relleno en la entrada de la bitácora. Ya sabes, querido lector, que aquí somos cabrones y paranoicos de fábrica. Sinceramente, la única razón para introducir tan pronto a Cirilla, y la dislocación de la línea argumental que ello suponía, eran las prisas. Los responsables de la serie querían quitarse de encima las historias de orígenes de todos los personajes lo antes posible, aunque ello supusiese hacer malabares con el tiempo y el espacio, en plan Dr. Who.
La primera temporada picotea de las historias cortas publicadas en los dos primeros volúmenes de la saga de libros (y previamente publicadas como cuentos autoconclusivos en revistas polacas del género), que te recomiendo leer ya mismo. Seguirás sin encontrarle ni pies ni cabeza a la primera temporada de The Witcher, pero, con un poco de suerte, te enamorarás de los libros tanto como yo.

Y las pequeñas decepciones que me ha supuesto la serie (un reparto con el que no estoy satisfecho, la desaparición o incomparecencia de algunos personajes que serán clave en futuras temporadas, la estructura de varios episodios, que me hagan esperar tanto para ver a Yennefer convertida ya en superbruja hiperpoderosa y megasexy...) no obedecen más que al problema que supone siempre trasladar a la pantalla la ficción literaria, al cual hemos aludido varias veces, y más que aludiremos.
Yo también me imagino su pollón. Y tengo miedo.
Cuando leemos un libro, todos nos imaginamos a sus personajes, los escenarios, la acción, a partir de las descripciones del autor. Todos rodamos en nuestra cabeza nuestra propia serie para Netlfix o nuestra trilogía dirigida por Peter Jackson. Leemos la descripción del unicornio y nos lo imaginamos. Y todos quedamos decepcionados, más o menos, cuando nos ofrecen el producto que habíamos visualizado. Porque no es una traslación directa de nuestras fantasías. De nuestro unicornio. Porque eso es imposible. Porque traducir es traicionar. Siempre. Con y sin unicornios, que, encima, no existen.

Me siento algo traicionado por el The Witcher de Netflix.

Pero, mierda, eso no me ha impedido disfrutarla. Mucho. Es un bonito unicornio. Y ya estoy deseando ver la segunda temporada.

¿Cómo podría yo venderle la serie a alguien que aún no la haya visto?

Las peleas a espada hacen que los caballeros de Poniente de Juego de Tronos, cada vez que cruzan el acero, parezcan putos. Putos y mancos.

Son absurdas, pero espectaculares.
¿Por qué no la descabelló mientras le daba la espalda?
Salen elfos.

Aunque ya te anticipo que no se parecen a los elfos amariconados de las pelis de El señor de los anillos. Estos son elfos muy machos.
Elfo netflixero.
Sale Henry Cavill.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Sale Henry Cavill en diversos grados de desnudez.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Sale Henry Cavill sudoroso, en diversos grados de desnudez y follando o recién follado.
(Esto interesará especialmente a las espectadoras).
Ñam, ñam.
Hay magia.
Hay monstruos a los que hay que matar, por dañinos.
(Esto interesará especialmente a los fans de Buffy Cazavampiros, aunque los peores monstruos, y de hecho es una constante temática de la serie, son las personas dispuestas a hacer cualquier sacrificio a cambio de saciar sus ansias de poder).
Hay intrigas palaciegas, conspiraciones, traiciones, emboscadas...

Se ven tetas.
Yennefer siempre rodeada de las mejores compañías.
Muchas. Y vienen por pares.
(Esto interesará especialmente a los espectadores).
Salen un chorrón de personajes femeninos fuertes, decididos, independientes y empoderados (el palabro de moda).
(Esto interesará especialmente a las espectadoras y cabreará a los votantes de Vox).
Y... no sé... creo que eso es básicamente todo.

Y son básicamente las mismas razones por las cuales te recomiendo la serie de novelas en las que está basada la serie de Netflix, que, acepta mi palabra, no solo están mucho mejor escritas que la susodicha serie, sino que también exploran en mayor profundidad a los personajes y los temas que están solo más o menos insinuados en The Witcher: la corrupción inherente a toda codicia de poder, la fuerza redentora del amor, el peso de la culpa, la fútil resistencia que los mortales oponemos a las corrientes del destino, la reacción ciega y violenta de la gente que sucumbe al miedo y al rechazo que despiertan en ellos la alteridad, «el otro», el diferente, a quien tan rápida y fácilmente aplicamos la etiqueta de monstruo u otra equivalente.

Que es, a fin y al cabo, por qué la saga de Geralt de Rivia nos resulta tan atractiva.

Porque habla de nosotros. De todos nosotros.

¿Qué te parece? Creo que he conseguido hablar de The Witcher sin colar ni un solo espóiler.

martes, 31 de diciembre de 2019

Coordenadas

A mi derecha el mar.

Es el mar que me trae el susurro de las velas de Odiseo, el perfume de las luces de aceite que almizclaban el cuerpo de Calipso y el grito de guerra de los ulfhednar desde sus barbados rostros.

Y sé que en ese mar hay un tesoro, tal vez en una cueva, tal vez al fondo de una sima, un tesoro del que podría aprovecharme para nombrarme a mí mismo conde de Montecristo.

Pero hoy a mi derecha solo veo oscuridad.

A mi izquierda el monte, más allá la montaña.

Es el monte de los aquelarres y los daoine sith, es la montaña desde la que los Olímpicos jugaban con el destino de los hombres como se juega con trebejos de ajedrez.

Y sé que en ese monte hay un lago, o tal vez una roca, y en esa roca, hendida, una espada que aguarda al Pendragón y su Reino del Verano, y sé que esa montaña es solo uno de los jabalcones del bifrost, en cuyo extremo los aesir y las arsinjur celebran un perpetuo banquete.

Pero hoy a mi izquierda solo veo oscuridad.

Frente a mí, el mañana.

No me preguntes acerca del mañana. No sé nada del mañana.

Además, hoy, frente a mí, no veo más que oscuridad.

A mi espalda, el ayer.

Nada diré del ayer. Nos conocemos demasiado bien.

Y no veo en él más que oscuridad.

Sé que hay luz en el mundo, sé que tienen zaga los dolores, sé que hay vida, que hay amor, que hay esperanza.

Pero hoy, a dondequiera que mire, no veo más que oscuridad.


Venga ya el año nuevo y sea lo que sea.

Aunque sea oscuridad.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (I)

Balzac quería empotrar a su propia madre y se casó con la Hańska prácticamente in articulo mortis.

Si algún día decides, y créeme que te lo aconsejo, abordar la gratificante, mas ardua, lectura de ese monumento de la cultura universal que es La comedia humana, del bueno de Honoré de Balzac, te recomiendo muy mucho que lo hagas a partir de una buena edición, con prologuistas solventes, con muchas notas al pie de página. Aunque ello pueda resultar en una lectura más lenta, en una tediosa navegación por las glosas, ganarás en complicidad con la obra y obtendrás no solo un grano de sal de cultura (para tu crecimiento personal), sino un conocimiento, no por superficial menos informado, de la sociedad francesa, y por extensión europea, que Honoré (Honorato en las viejas traducciones que se sentían obligadas a castellanizarlo todo, hasta el nombre del autor) retrató en su monumental obra-rio. Hay, simplemente, demasiados nombres de artistas, ministros, generales, demasiados paisajes, batallas, episodios históricos para que un lector poco versado, o simplemente neófito, en la historia y la cultura de la Francia napoleónica pueda acometer una lectura fluida sin el socorro de las notas del traductor.

Y esta recomendación que te hago, si te precias de lector y persona con cultura, introduce una inquietante posibilidad.

Que lo que leas sea mentira.

En mi edición de La comedia humana no faltan prólogos ni notas al pie. Casi cada novela es introducida por un proemio en el que se explican las circunstancias de su prublicación, la acogida del público, el orden cronológico en el que se integra con otras obras de la La comedia, cuando no se incluye algún discurso del propio Balzac, escrito para alguna de las ediciones del libro, explicando esto mismo. ¡Y será por notas al pie! Como ya he dicho en una entrada de la Bitácora que ni has leído ni leerás ni carallo que te importa, la mitad de mi ejemplar de Esplendores y miserias de las cortesanas sería literalmente ilegible sin notas al pie por cansancio, desidia o renuncia del traductor a volcar al castellano la germanía de los criminales parisinos de la época.

Pero ¿lo que cuentan esos prólogos será verdad?

¿Eh? ¿Te lo habías preguntado?

Imagínate darte cuenta, en determinado momento de tu vida, de que lo que dabas por seguro tal vez no sea más que una versión sesgada e interesada de la realidad. Cuando no directamente un constructo de ficción.

¿A qué viene todo esto?

Vuelve a leer la primera frase de este artículo.

¿Ya?

Proseguimos.

En lo relativo a los amores con espoleta retardada de Honoré de Balzac y su adorada madame Hańska, los prologuistas de mi Comedia humana me vendieron una milonga de amores imposibles por la diferencia de clases (aristócrata ucraniana, gordo y feo burguesito pelagatos provinciano), los lazos matrimoniales (en el momento en que inició correspondencia pseudónima con Balzac, a través de una carta sin remitente firmada solo como «L'Étrangère», la Hańska estaba casada de conveniencia con el mariscal Wacław Hański, y no, no me preguntéis cómo se pronuncia eso; un rico terrateniente y aristócrata polaco de la gobernación de Volinia, perteneciente al Imperio Ruso tras 1796) y la oposición del zar, a quien se le hacían brasas sus zarísticos cojones cuando pensaba en la vagina de una aristócrata rusa mancillada por el sucio esperma de un fétido y rechoncho terruñero francés (el padre de Balzac nació en una miserable familia de agricultores en Tarn, en el Midi-Pyrénées, pero gracias a la formación adquirida de un familiar suyo, párroco de profesión, logró colocarse como funcionario de la secretaría del Consejo Real, en París).

A lo largo de casi todos los volúmenes de mi colección de La comedia humana, los prologuistas nos venden una y otra vez la moto de la relación a contracorriente de Balzac y la
Hańska, del amor que los unía y la sociedad que los separaba, de los mil obstáculos que tuvieron que superar para por fin asistir al tardío El Triunfo del Amor A Pesar De Todo™; de todo lo cual se deduce que:
a) Los prologuistas de mi Comedia humana estaban mal informados.

b) A los prologuistas de mi Comedia humana les daba dentera certificar los aspectos más prosaicos de la vida sentimental de Balzac o temían mancillar su reputación de hombre romántico.

o c) Los prologuistas de mi Comedia humana eran unos putos mentirosos. Y lo sabían.
Porque la historia de amor entre Honoré y Ewelina Hańska es cualquier cosa menos un folletín romanticón y topicástico como los que Balzac escribía.

Y o los prologuistas de mi edición de La comedia humana lo ignoraban y comían flores o lo ocultaron deliberadamente y están llenos de mierda.


Imagínate despertarte un día y descubrir que (casi) todo lo que creías saber (sobre un tema concreto) es mentira.

Las «relaciones» entre madame Hańska y Balzac empezaron, como hemos apuntado más arriba, a partir de una carta que la Hańska, sin ovarios para firmar con su verdadero nombre, le envió a Balzac quejándose del tratamiento de la mujer en su libro La piel de zapa (que ya deberías estar leyendo; sí, sí, deja de leer esta mierda y corre a la librería a hacerte con un ejemplar), así como del cinismo del protagonista y la propaganda atea que la Hańska detectaba en la obra. Balzac, incapaz de responder a una corresponsal que no había sido lo bastante macho para dejar dirección, le remitió su réplica a través de un anuncio clasificado en la Gazette de France. Ewelina lo leyó y contestó de nuevo por carta. Así dio comienzo una correspondencia de quince años en el transcurso de la cual la Hańska acabó desvelando su identidad secreta, como Batman a Gordon al final de The Dark Knight Rises.
(Estimado millennial: los anuncios clasificados eran los tweets de tus abuelos y la Gazette de France era un periódico).
Quince años de amor.

¡Qué bonito y qué romántico, ¿verdad?!

En esos quince años no creo que Balzac y la Hańska se viesen ni media docena de veces (tendría que contarlas pero me da pereza). La correspondencia entre ellos es de coña. De coña. La insistencia, hasta bordear el acoso, de Balzac en encontrarse con la condesa, y las más o menos peregrinas excusas de ésta para demorar o cancelar sus encuentros, son como un juego de ping-pong emocional en el que se ponía a prueba quién tenía más paciencia... o estaba más desesperado.

(Por no entrar a valorar la materia genital, que en esos quince años de correspondencia con la Hańska, Balzac no perdió ocasión de sacar su provinciana y obesa pirola de trepa burgués y meterla en todas las mujeres que se le pusieron a tiro. Hasta hijos ilegítimos tuvo. Para estar loquísimamente enamorado de los güesos de Ewelina, dedicaba más tiempo a empotrar a otras mujeres que a escribirle cartitas diabéticas a ella).
Mis investigaciones acerca de la biografía de Balzac me dejan un amargo paladar, fuente de sospechas acerca de las motivaciones de ambos amantes, que, infiero, no eran del todo limpias.
No me atrevo a cuestionar que la condesa Hańska fuese sincera cuando afirmaba haber encontrado en Balzac un espíritu afín. Pero me parece demasiado conveniente que ella diese el paso de contactarle y luego se dedicase a dinamitar todos los intentos de Balzac por llevar su relación a un nuevo nivel. Literalmente cuando Honoré daba un paso adelante, ella daba un paso atrás, y cuando Balzac reculaba, ella daba solo medio paso, tres cuartos de paso adelante. Le mantenía interesado, le daba esperanzas, pero le desalentaba si intentaba obtener un mayor compromiso romántico de ella. No sé la de cartas amargas, despechadas, que Balzac le escribió a la condesa en esos años, pero fueron muchas.
La Hańska tentando a Balzac.
El caso es que no me cuesta ningún esfuerzo imaginarme a la Hańska leyéndole las apasionadas cartas de amor de Balzac a sus amigas y deschuminándose de risa. A través de la relación epistolar con Honoré no solo se daba pisto a sí misma («tengo línea directa con París», que en aquella época aún era la capital mundial de la cultura y el arte «y estoy enterada antes que nadie de todas las novedades»), sino que se daba repisto, archipisto y recontrapisto («tengo al autor francés de moda loco, loquito por mis huesos: mirad, mirad que cartas de puto baboso plebeyo comemierda me escribe»).

Y tampoco me cuesta el menor esfuerzo imaginarme a Balzac gastando a dos carrillos, endeudándose como un presidente de gobierno argentino y presumiendo ante todos sus amigos (los pocos que ya le quedaban) de que iba a pegar el pollazo de su vida y casarse con una aristócrata millonaria. Porque si hay algo que defina la vida de Balzac al margen de su actividad literaria, y su defensa de la integridad del artista y los derechos de autor (particularmente los suyos), fueron sus ansias de medrar socialmente (ya su padre presumía de haber sido secretario del Conseil du Roi y hasta avocat du roi, cargos que no está documentado que ejerciese jamás) y su absoluta ineptitud económica, que un matrimonio casi morganático con una aristócrata de riñón forrado habrían resuelto de un plumazo.

Balzac no era «de» Balzac. No tenía derecho a usar ese «de», que implicaba un origen aristocrático, por más que él mismo haya dedicado páginas y páginas a justificarse. De hecho ni siquiera tenía derecho a usar el apellido Balzac. El apellido paterno era Balssa, pero su padre lo cambió por el de una familia aristocrática que, casualidades de la vida, no podía protestar el presunto parentesco porque el último de ellos ya llevaba cierto tiempo bastante muerto. Como si yo me pusiese un «de Vivar» o un «Dragwlya» después de mi nombre. Su empeño en asegurarse a la condesa Hańska para casarse con ella tan pronto como su caduco marido la espichase huele demasiado a cuerno quemado, visto su empeño por hacerse pasar por aristócrata, como para no arrojar una sombra de sospecha sobre esa maravillosa mentira de El Triunfo del Amor A Pesar De Todo™ que nos venden los prologuistas y algunos biógrafos de Balzac.
«Wladislaus Dragwlya, vaivoda partium Transalpinarum».
Además, Balzac era un gastón. Un auténtico calavera. Vivía como un magnate sin poder permitirse el lujazo que aspiraba alcanzar algún día. Quería llevar vida de ricacho aunque no podía permitírselo, y cuando, a partir del éxito de Los chuanes, comenzó a recibir invitaciones de la crème de la crème de la aristocracia parisina, sus delirios de grandeza y su codicia de la vidorra que quería pegarse, y a la que sentía que tenía derecho, no hicieron sino aumentar. Balzac gastaba más de lo que ganaba (y llegó a ganar mucho, a pesar de que algunos impresores desaprensivos se hacían por medios inconfesables con los borradores de sus obras y los publicaban en Rusia antes que en Francia, de donde luego los importaban sin abonar a Balzac ni medio euro de madera en derechos de autor). Sus dispendios habituales no solo se iban en el buen comer y el buen beber, vicios de los que nunca se privó, sino también en tareas aparentemente triviales como la corrección de galeradas, en una época en la que el editor se negaba a pagar las correcciones de los errores introducidos durante una composición negligente por parte del impresor, y éstas corrían a expensas del autor. El obsesivo perfeccionismo de Balzac le costó una fortuna en pruebas de imprenta.
Dragwlya era este señor.
En el momento de su muerte, Balzac, uno de los escritores franceses más leídos de su época, sino el que más, estaba prácticamente arruinado. Qué duda cabe que su matrimonio con rica la condesa Hańska, cualesquiera que fuesen los sentimientos del pobre Honoré, habría supuesto la liquidación de todas sus deudas.
Pruebas de imprenta de Béatrix.
¿Qué buscaba Balzac en la condesa Hańska, además de estabilidad económica y prestigio de clase? Pues probablemente el amor que su madre siempre le negó. Anne-Charlotte-Laure Sallambier gozaba de una posición económica desahogada gracias a la herencia de unos padres merceros (en serio; se ve que lo de vender botones y pasamanería antes daba mucha pasta) y, probablemente, nunca llegó a amar a su marido, el trepa Bernard-François Balzac, huy, perdón, Balssa, con quien la casaron a los 18 años (el padre de Balzac tenía entonces cincuenta tacazos) y es muy dudoso que llegara a amar a su segundo hijo (el primero, Louis-Daniel, falleció con un mes de vida y las hermanas de Honoré, Laure y Laurence, y su hermano Henry-François nacieron después de él). No solo confió la crianza de Honoré y su hermana a una nodriza, y es importante el énfasis, LEJOS de la casa familiar (Honoré y Laure pasaron sus primeros cuatro años de vida apartados de sus padres), sino que a los diez años lo despachó a la escuela de gramática de Vendôme donde, sumando la humillación a la frialdad, Balzac debía soportar las burlas de sus compañeros a causa de la ridícula pensión que le hacía llegar su padre, decidido a que su hijo no se acostumbrase a vivir de las rentas familiares. Ése mismo espíritu guió años más tarde los actos de su madre, cuando Balzac anunció su propósito de abandonar los estudios de Leyes (estaba, a la sazón, trabajando de pasante de abogado mientras estudiaba Literatura en la Sorbona) y convertirse en escritor a tiempo completo: la dulce maman le dijo a su hijo algo díscolo «búscate la vida» y jamás le ayudó económicamente en ninguna de sus empresas.

No es descabellado atribuir a Balzac un complejo de Edipo superlativo. Su historial amoroso, devaneos con furcias aparte, es casi una guía Michelín de «buscando una sustituta para mamá». Es bien conocido su romance con Laure Junot, duquesa de Abrantes (¿empiezas a ver un patrón aquí, querido lector?), y escritora a su vez. La duquesa de Abrantes, a quien Balzac ayudó a redactar sus memorias y después ayudó a darle alegría a su cuerpo, Macarena, que tu cuerpo está pa' darle alegría y cosas buenas, tenía quince años más que Balzac y pagó todos sus gastos y todas sus deudas, como una madre haría por un hijo manirroto, hasta que el rollizo Honoré se encoñó de la Hańska (otra posible mamá lo bastante rica para malcriar al munífice escritor, si bien más joven que él) y llegó hasta a olvidar que conocía a una tal Laure Junot. Tanto la olvidó que la duquesa de Abrantes (convertida por Théophile Gautier, que la detestaba, en «duquesa de Abracadantès») acabó sus días arruinada, enferma y sola en un sórdido asilo de París.

Durante toda su accidentada relación a distancia (como ya he dicho, Honoré y Ewelina se vieron bien pocas veces antes de su matrimonio), la condesa se dedicó sistemáticamente a boicotear los esfuerzos de Balzac por obtener de ella un compromiso. Cuando Balzac llegó a San Petersburgo en 1843, la Hańska quedó chafada al ver lo gordo, pálido y feo que se había puesto aquel escritor al que había conocido más lozano y capitán en Suiza, diez años antes. Previamente había roto con él por carta cuando el tío de su ya difunto marido, impugnó el testamento de Wacław. Sus relaciones amorosas de mírame pero no te acerques con ese gordo y arruinado burguesito francés, escritor de folletines, podrían haber amenazado su posición en el litigio que siguió, y que finalmente ganó la condesa. Pero eso no supuso una normalización de sus relaciones.

A fin de sortear el veto del zar, decidido a impedir que la sangre de la nobleza rusa se devaluase con la de un advenedizo alonsanfán, la Hańska quería casarse en secreto. Para entonces, los problemas de salud de Honoré, causados por su estilo de vida de escritor tragón e hiperputero y agravados por su obsesiva actividad literaria (se pasaba las noches escribiendo y bebiendo café), ya iban a la par con sus problemas económicos (tenía pufos por más de 200 000 francos de la época) y la Hańska se negó a plantearse siquiera una vida en común con el escritor a menos que pagase todas sus deudas. Cuando Ewelina abortó el hijo que esperaba de Balzac (a estas alturas, algunos creemos tener motivos para pensar que tanto el embarazo como el aborto fueron fantasías de la condesa), se negó a recibirle en Dresde, donde se había instalado, argumentando que «la emoción de verle» en aquellas circunstancias «sería fatal» e hizo planes de regresar a Wierzchownia. Sin Balzac.

Después de mil epopeyas más (robo de cartas amorosas y chantaje incluidos), finalmente la condesa y el escritor anunciaron su compromiso; pero, poco o casi poco cambió: Balzac siguió endeudándose en París y la condesa Hańska siguió ganando tiempo en Wierzchownia. Y si finalmente se casaron en 1850, y en esto están de acuerdo todos los biógrafos de ambos, fue por pura lástima de la condesa hacia Honoré. La condesa
Hańska, en un acto de suprema compasión y generosidad, solo aceptó contraer matrimonio con aquel quebrado y gordo escritor que decía amarla desde hacía años, cuando su salud, según los mejores doctores del momento, se había deteriorado hasta tal punto que ya no podían quedarle muchos telediarios.
Y no le quedaban. El 18 de Agosto de 1850, Honoré de Balzac, ciego, enfermo del corazón, agotado, enajenado (llegó a decir, en su agonía, «¡ya solo Bianchon podría salvarme!»; Horace Bianchon, médico genial, pero ficticio, es uno de los personajes de La comedia humana), postrado en una cama, murió de gangrena; apenas cinco meses después de haberse casado con su condesa rusa, que, lo que es justo es justo, hay que reconocer que le cuidó esmeradamente en sus últimos días y llegó hasta a hacerle de secretaria, transcribiendo las cartas y papeles que Balzac le dictaba, pero, lo que es justo sigue siendo justo, le sobrevivió sin haber hecho un excesivo sacrificio material o social.
La condesa Hańska no fue a reunirse con su gordo arribista hasta 1882. Treinta y dos años después.

Y los prologuistas de mi edición de La comédie humaine, que me vendieron esa ficción de las relaciones entre Balzac y la
Hańska como la historia definitiva del Triunfo del Amor A Pesar De Todo™, deberían saber todo esto.

Sin embargo, decidieron venderme esta historia entre un arribista de provincias con injustificadas ínfulas patricias y decidido a pegar el braguetazo del siglo (y encontrar a una mamá que le pague los vicios) y una aristócrata adúltera y disoluta como el summun del Triunfo del Amor A Pesar De Todo™.

Cabrones.

martes, 26 de noviembre de 2019

Malamente

Dicen de un escritor, de cuyo nombre no consigo acordarme, que cada vez que sacaba libro nuevo hacía una campaña de buzoneo entre sus muchísimos conocidos y amigos y les enviaba una carta clónica en la que, más o menos, se expresaba así:
«Perdona que en mi nuevo libro hable de ti, y espero que aceptes mi palabra de que he intentado hacerlo con afecto y respeto. Confío en que esto no te resulte ofensivo y podamos mantener nuestra amistad».
Y los destinatarios de esas cartas, imbéciles como ellos solos, corrían a la librería más cercana a encargar o comprar el nuevo libro del ladino escritor, para a continuación leerlo con voracidad y dirigirle la siguiente reclamación:
«¡Pero si el libro no dice ni una palabra de mí! ¿De qué cojones me estabas hablando en tu carta?».
A lo que el maquiavélico escritor podría haber replicado:
«No, el libro no dice nada de ti, pedazo de tarado, pero gracias doscientos gilipuertas como tú he hecho crecer la demanda, generado carestía artificial y convencido a los libreros que tenían entre manos un buen negocio, y han pedido más ejemplares. Que parece mentira que sigáis picando el anzuelo con cada nuevo libro mío. Gilipollas».
Muerto matao.
Y es que ya hace tiempo que alguien dijo, no sé quién y en realidad tampoco importa, «que hablen de mí aunque sea bien». Varias personas le han atribuído esta frase a otras celebridades o se la han atribuído a sí mismos. La idea es tan vieja como la humanidad: para un artista, no hay, en principio, mala publicidad. La hipócrita y falsariamente pudorosa Inglaterra victoriana le dio la espalda a Oscar Wilde cuando el Tribunal de la Reina sentenció que le gustaba más un culo que a un tonto un lápiz, los libreros dejaron de vender sus libros, los editores de publicarlos, los impresores de estamparlos, los teatros cancelaron sus obras y Oscar Wilde, bajo el pseudónimo de Sebastian Melmoth, se murió por encima de sus posibilidades, enfermo, alcoholizado, solo y arruinado, en una mugrienta pensión parisina.

Y, poco después de morir, su obra y su figura fueron reivindicadas. Y hasta el día de hoy sus obras no han dejado de representarse, sus libros de reimprimirse, su persona de ser objeto de películas, biografías, cómics, leyendas, volúmenes de aforismos (la mayoría de los cuales probablemente jamás fueron dichos, escritos o siquiera pensados por Wilde), tratados históricos y literarios donde se le presenta como la apoteosis del autor maldito, del spleen romántico y ocasionalmente, en aparente disculpa de su estupidez (recordemos que denunció por libelo al padre de su mancebo, que le había acusado con motivos de ser gay, y lo llevó a los tribunales, donde quedó acreditado que Oscar Wilde perdía aceite en abierto atentado a la legislación británica), epígono de la autodestrucción. Y a poca gente... corrijo, a poca gente VERDADERAMENTE INTELIGENTE le importa lo más mínimo que Wilde fuese maricón perdido y, según la ley de su tiempo, un delincuente. Los que leemos a Wilde no lo hacemos a pesar de sus defectos de carácter, de su obvia imbecilidad, al menos en lo que a la denuncia del marqués de Queensberry se refiere; no hemos expurgado nuestras bibliotecas de sus textos porque fuese cliente habitual de chaperos y muerdealmohadas, no organizamos vigilias a la luz de las antorchas frente a las librerías que aún venden los libros de ese maligno corruptor de indefensos jovencitos ociosos tan amariposados como él, ni exigimos que nos entreguen sus volúmenes para hacerlos pasar por el fuego purificador.

Oscar Wilde pudo ser un imbécil, pero su obra es de una sensibilidad incomparable y sus escritos sangran talento y buen oficio. A Oscar Wilde, la persona, se le pueden hacer toda clase de reproches. A Oscar Wilde el escritor, muchos menos. A la obra de Oscar Wilde, ninguno, y el hecho de que Wilde sea un «maldito», una víctima de su propia imprudencia y un mártir solo hace más atractivos sus libros. Más lectores se han acercado a la figura y la obra de Wilde atraídos por su mala reputación y por la simpatía que despiertan en todos nosotros los perdedores (Vae victis!, decían los antiguos) que por la innegable calidad y laureles de sus letras, y han descubierto dos cosas: que la conducta de Wilde pudiera ser objeto de reproches, al menos en la sociedad de su época y bajo cierta mentalidad, todavía vigente, esgrimida por personas obsesionadas con el sexo (sobre todo con el que practican los demás), y que la obra de Wilde no necesita defensa alguna, no debería haber sufrido represalias, fuesen cuales fuesen los actos de su autor, y tampoco corre el peligro de infectarnos con ninguna retorcida escala de valores susceptible de destruir la cristiandad.


Y es por eso que alguien dijo: «que hablen de mí aunque sea bien». La mala prensa nunca ha impedido que se vendieran las obras de un artista, antes bien, las ha convertido en ese oscuro objeto del deseo (y no me estoy refiriendo a Rihanna) e inspirado la curiosidad de más lectores a los que habría alcanzado una campaña de promoción «normal».
En párafo corto: leyendo a Wilde no te vuelves maricón. El único riesgo al que te expones leyendo a Wilde es que los libros malos, malos de solemnidad, empiecen a saberte a mierda. No te vuelves nazi por leer Mein Kampf. Te podrías hasta echar unas risas con los desvaríos y las flagrantes mentiras de su autor, si no fuese un puto genocida y su asqueroso libelo la Biblia que dio soporte ideológico a la guerra más terrible de la historia de Europa. No te vas a volver comunista por leer Das Kapital (si eres capaz de leerlo, que el propio Marx le confesó a su editor que él mismo apenas lo entendía) ni vas a salir a luchar contra molinos de viento entre dos capítulos de El Quijote. Y, sin embargo, lo que debería ser evidente para cualquier bípedo sin plumas con al menos dos neuronas funcionales y media, se ha convertido en un arcano al alcance de unos pocos y una abstracción cuya existencia ninguna editorial que se precie está dispuesta a admitir.

Señoras y señores, bienvenidos a la enésima iteración de la corrección política y del noble arte de agarrarse la minga con papel de fumar.

Bienvenidos a los contratos de edición con clásula moral.

No es coña. Condé Nast, Simon & Schuster, HarperCollins y Penguin Random House entre otros están incorporando estas cláusulas a los contratos de sus escritores para poder deshacerse de ellos si se portan malamente y se convierten en trending-topic por los motivos equivocados.

Así, sin vaselina.

Y mira que las cosas ya pintan marrones para la cultura sin necesidad de que los grandes medios editoriales fiscalicen la conducta de los creadores. Coge el catálogo universal de obras maestras de la literatura y haz un esfuerzo de imaginación: imagínate que Nabokov (que odiaba El Quijote con todo su eslavo corazoncito y, de hecho, quemó un ejemplar durante una de sus clases) siguiese vivo y le diese por publicar hoy Lolita, un libro en el que un maduro comemierda se encoña de una nínfula adolescente. Su libro duraría en las librerías cinco minutos y Nabokov acabaría en los tribunales por apología de la pederastia. Imagínate que Shakespeare publicase hoy, si encontrara un editor dispuesto a asumir el riesgo, Romeo y Julieta: esa obra de teatro con incitación al suicidio. ¿El Quijote de Cervantes, al que hemos citado en este mismo párrafo?; ofensiva sátira de los enfermos mentales y apología de la aristocracia en la sumisa relación entre Quijote y Sancho. ¿Miguel Strogoff, de Verne?; machismo rampante al ser el protagonista «correo del zar» y no «correa de la zarina» o, mejor, «corree de le zare», y odio a las minorías también en la representación de la gitana Sangarra, perra intrigante, sádica y lujuriosa.

¿Sabes una cosa, querido lector?, Céline escribió un libro entero explicando por qué pensaba que a los judíos apenas se les puede considerar humanos y por qué se merecen todo lo malo que les hacen. Yo no lo he leído (además, a los autores galos siempre me ha aproximado a través de traducciones, que mi francés es de indio de película de John Wayne), procuro limitar la cantidad de mierda que entra en mi sistema, ni puedo estar más en desacuerdo con su tesis, pero los mismos que arrementen con motivo contra el antisemitismo visceral y ponzoñoso de Céline no pueden dejar de admitir que es uno de los mejores poetas franceses de la historia. Aunque lo sea muy malamente.

Imagínate que siguiese vivo e intentase publicar alguno de sus poemarios.

¿Tienen cláusulas morales los contratos de Michel Houellebecq, uno de los bocachanclas más famosos de las letras francesas, renombrado por su habilidad para meterse en unos jardines del copón de Bullas cada vez que abre la boquita? Parece ser que no, porque sigue publicando.

¿Tienen cláusulas morales los contratos de Pérez Reverte, que entra al trapo a ciegas cada vez que se lo agitan delante de los ojos?

Las cláusulas morales no son sino minas y contraminas contractuales destinadas a hacer todavía más aguda la superioridad de la editorial y más precaria la situación de la parte más débil, el escritor, que no tiene el respaldo de bufetes de abogados muchimillonarios, una jugosa cotización en bolsa y contactos de alto nivel entre los mandarines del gobierno. «Ahora vas a tener mucho cuidado con esa boquita y con los agujeros donde metes la verga, o te secuestro y guillotino el libro y encima me devuelves el adelanto». Pero ¿qué es «moral» e «inmoral» y por qué debería permitírsele a la editorial establecerlo a su criterio?

Imagínate que al escritor le da por dejar las drogas. Así, malamente. Oh Dios mío, esto no era lo pactado. Firmamos un contrato con un conocido politoxicómano al que tal vez le quedasen dos chutas antes de irse a «empujar margaritas» (barbarismo intencionado por el "pushing daisies" anglosajón), ¿y ahora el muy hijo de puta se mete al Proyecto Hombre? ¡Menos mal que tenemos la cláusula moral de su contrato para follárnoslo por la oreja!

Imagínate que al escritor le da por convocar una rueda de prensa para confesar que, en realidad, nunca ha sido homosexual, que solo lo fingía malamente porque le prometieron que así encontraría editor más rápido y, encima, se convertiría en icono de la todopoderosa comunidad gay.

O que los tribunales malamente sentencian que el escritor nunca reventó a pollazos a su sobrina de doce años.

O que el escritor, ¿por qué no?, se apunta a uno de esos cursos (juro por Dios que esto existe) en los que malamente enseñan a las chicas blancas a hacer lo que las chicas negras ya nacen haciendo.

Cuenta, cuenta: ni una negra.
(Quiero decir, esto es una flagrante apropiación cultural, ¿no? Y racismo al mismo nivel que Justin Trudeau embetunándose malamente la cara para hacer un Al Jolson. Tan racista como yo afirmando que perrear es un rasgo conductual que algunas, en virtud del color de su piel, tienen instalado de serie en el sistema operativo. La cancelación del contrato estaría más que justificada).
Ahora bien, ¿exactamente qué derecho tiene la editorial a establecer contractualmente cuál ha de ser el comportamiento del escritor con el que suscribe un acuerdo de edición?

Porque la moral es algo muy personal y sujeto a interpretaciones. A los que acaban de condenar en Andalucía por usar malamente el dinero público seguro que les pareció completamente justificado, de moralidad impecable e incluso justo y necesario ese dispendio, aunque el resto de España y el estamento judicial que se pronunció sobre su caso pudieran pensar que dicha práctica los convertía en unos putos caciques.
 

La Inglaterra Victoriana probablemente se llama así porque la personalidad de la reina Victoria I la permeaba todo. Fue la época de efervescencia de un rancio puritanismo que, encima, ni siquiera era la moral británica: era la moral de esa enana gorda y reprimida de Victoria, que veía pichas y chochos por todas partes y mandaba cubrir las patas de las mesas de palacio por si alguien les sacaba parecidos con  piernas femeninas, o vergajos masculinos, y se corría malamente, mientras que, solo en Londres, estaban censadas unas dos mil putas. Quienes adoptaban esa moral lo hacían bien por convencimiento personal bien por seguidismo. La Inglaterra Victoriana probablemente se llama así porque Victoria I logró convencer a todo el reino de que eran unos puercos y de la solución al respecto era ser tan amargada y mal follada como ella.
Esta escena habría matado a la pobre Vicky.
Pero la moral de Victoria no era la de todos. Ni la suya y de sus correligionarios es la nuestra de hoy en día. Por eso, porque las costumbres cambian con los tiempos y es imposible establecer absolutos acerca de qué se considera moral y qué no, las cláusulas morales de los contratos editoriales no tienen razón de ser alguna.
Sin embargo, cuando vas a la letra menuda de esas clásulas descubres que, a fin y al cabo, la moral no tiene nada que ver en su implementación. Solo se incluyen en el contrato para que el editor tenga la posibilidad de dar por extinta la relación contractual con el escritor: «en el momento en que salga a la luz una conducta del autor, pasada o futura, que no concuerde con la reputación del autor en el momento en que se firma el contrato y que conlleve una condena pública generalizada y sostenida del autor que disminuya sustancialmente el potencial de ventas de la obra».
«En el momento en que salga a la luz una conducta del autor [...] que conlleve una condena pública generalizada y sostenida».
¿Qué es una «condena pública»? ¿Dónde debe manifestarse dicha condena para que sea «pública»? ¿En el ágora de la polis, en el casino, en un concierto de Rosalía, en el congreso de los diputados, en la cuenta de Twitter de Heather Vahn? ¿Cuánta gente y qué porcentaje del público debe sumarse a esa condena para que se pueda considerar «generalizada»? ¿Un millar de personas, un millón, diez millones, un seis por ciento del censo de votantes, la mitad de los socios del Club de Amigos del Autoamor con Melones Maduros Recalentados en el Microondas? ¿Cuánto ha de durar la condena para que sea «sostenida»? ¿Seis minutos, cuatro meses, veinte pajas, ciento sesenta y cuatro mil doscientos nueve likes?
(Si la editorial descubre que el autor, conocido contertulio de derechas, ha decidido votar malamente a Podemos, ¿sería suficiente para activar la cláusula moral? Ese comportamiento no concordaría «con la reputación del autor en el momento en que se firma el contrato»).
A la vista de lo que uno se puede encontar en el mundillo editorial, las cláusulas morales casi parecen justificadas: Sherman Alexie, ganador de un National Book Award y un premio Faulkner, fue denunciado por acoso sexual por varias mujeres. Quemaron sus libros en la plaza del pueblo. Milo Yiannopoulus (un señor que, y no profundicemos, ideológicamente da mucho miedo), perdió a su editor por bocazas (¡y qué boquita! ¡Joder!). James Dashner, el escritor de El corredor del laberinto, perdió a sus editores británicos y a su agente después de que aflorasen varias denuncias anónimas de acoso sexual a menores. A Jay Asher, el de Trece Razones (sí, ése de la chica que se suicida y que Netflix convirtió en una serie) le pasó tres cuartos de lo mismo, aunque él defiende su inocencia. Y lo hace en tales términos que apuntan directamente al problema de las cláusulas morales:
“It’s very scary when you know people are just not going to believe you once you open your mouth. [...] I feel very conflicted about it just because of what’s going on in the culture and who’s supposed to be believed and who’s not.”
Ah. Ahí está la gracia.

La cláusula moral es una condena por anticipado. La cláusula moral de tu contrato básicamente da carta de autoridad a los infundios de cualquier soplapollas con teléfono móvil, demasiado tiempo libre y veneno supernumerario. A través de ella, el editor te previene, con antelación, que en caso de que surja una polémica, él ya ha decidido a cual de las dos partes en conflicto va a conceder el beneficio de la duda.

(Espóiler: no es a ti).
La cláusula moral te condena antes incluso de que te acusen.
Cláusula moral y clausilla.
Pero ¿por qué detenerse ahí? Modifiquemos el texto de la clásula moral para que sea posible fulminar al escritor en caso de que haga cualquier cosa que no nos guste, o que no le guste al editor, o al consejo de administración de la editorial.

¿Empieza a fumar? Cláusula moral.

¿Va al estreno de una peli de Isabel Coixet? Cláusula moral.

¿Se lía con una concursante de Gran Hermano? Cláusula moral.

¿Se cambia el corte de pelo? Cláusula moral.

¿Deja de comprar los condones en la farmacia de su barrio y empieza a comprarlos en Todoforros.com? Cláusula moral.

¿Expresa su opinión acerca del nuevo vestido de la Reina de España? Cláusula moral.

¿Mira libidinosamente al perro de nuestro vecino? Cláusula moral.

Las cláusulas morales, tal y como están redactadas, son una herramienta del editor que deja al escritor indefenso ante los haters de twitter y los bots de Facebook. Porque dichas cláusulas no exigen que la conducta objeto de censura sea probada en modo alguno. No castigan el comportamiento, castigan LA REPUTACIÓN. Y cuando de escritores hablamos (que «escritor» sigue siendo sinónimo de putero, borracho, sodomita y rojo), la reputación es una sustancia muy volátil susceptible de desintegración al experimentar el más pequeño cambio en su estado. Basta que un soplapollas pajillero en el sótano de sus padres la tome malamente con el escritor Fulano de Tal, lance una campaña de odio contra él basada en mentiras descaradas, declaraciones sesgadas o deliberadamente malinterpretadas o evidencias cuestionables, para que la editorial pueda sentirse legitimada a activar la cláusula moral.

La ambigüedad en un contrato perjudica a la parte más débil, y hoy en día cualquier mierdoso desde su teléfono móvil puede organizar una campaña de boicot de la reputación on-line de una figura pública. No hace falta probar nada. No hay ni siquiera que esforzarse. Te metes en un hilo de Forocoches y en seguida encuentras voluntarios dispuestos a armarla por mero tedio. Y el común de los mortales no tiene el tiempo, la motivación ni la energía para rastrear ese torrente de veneno hasta sus orígenes y descubrir que no tiene fundamento alguno. Oirán campanas y esto es todo lo que llegarán a saber acerca del tema: que hay algo sucio, vergonzoso o quizá delictivo en tal o cual escritor, y que tal vez debería dejar de leer o comprar sus libros, no sea que le asocien malamente con ese turbio sea-lo-que-sea.

En Japón y Corea, a los componentes de esos grupos musicales de putillas desnutridas y andróginos efebos, sus discográficas les aplican unas cláusulas morales DRACONIANAS. Literalmente a este alpiste para pedófilos se les prohíbe TODO: beber, fumar (no hablemos ya de follar y endrogarse), tener novio/novia/electrodoméstico de recreo genital, casarse o hacer cualquier otra cosa que su discográfica considere escandalosa. ¿Votar a un partido de izquierdas? ¿Comer gasas trans y pasta con gluten? ¿Hurgarse la nariz? ¿Ver La Sexta Noticias? Y luego van y se suicidan y la gente se horroriza y llora mucho por los pobrecitos.

Como el gangnam-style pero poniéndotela gorda.
Y tú dirás, querido lector, «menuda chorrada, ¿no?»

Una de estas chicas, estimado lector, obligada a ello por su agente, tuvo que dar una conferencia de prensa, pedir sentidas disculpas y deshacerse en lágrimas porque le habían hecho una foto.

Te las alinean así para que no las abarques a todas con una sola verga.
(La primera vez que ves un videoclip de K-Pop es como la primera vez que te comes unos peta-zetas: no puedes evitar gritar «¡por los lusitanos pitones de santa Sara Sampaio Dominátrix, ¿qué cojones de Cristo es esta puta mierda y dónde coño puedo conseguir más?!»)
¿Que qué se veía en esa puta foto, por el amor de Dios? Bueno, hombre, yo sabía que los coreanos eran diferentes y era mucho suponer que compartiesen mi criterio de qué es o no es moral, qué es o no es decente, qué es y qué no es comestible; pero confieso que me había imaginado auténticas barbaridades: a esa pobre chica esnifando fetos abortados de monja oblata en el piloso sobaco de un camionero filipino transexual, introduciéndose sapos gigantes vivos en su prístina vagina de muñequita manga, lamiéndole las amígdalas a una compañera de formación con un succionador beso lésbico sáfico tribadístico desvirgador... yo qué sé... al menos enseñando en la camiseta las guindas de sus flanes orientales por culpa de un susto o una inoportuna corriente de aire frío.

No.

En la foto salía sonriendo.
La foto que estuvo a punto de destruir Corea.
Y enseñaba las encías; que no sé yo, a juzgar por la indignación del representante de esta chica y de lo que puedo intuir acerca de su particular código moral, qué clase de órgano erógeno corruptor de la humanidad serán en Corea (¿acaso les recuerdan... ay, Dios, yo qué se, a chuminos con dientes?), pero aquí en España no se conoce ningún caso de alguien que haya orgasmado o se haya quedado preñado del Anticristo por ver unas.

Pero ¿sabes, mi querido lector, cuál es, en última instancia, el motivo principal por el cual estoy en contra de las cláusulas morales?

Porque Ursula K. Le Guin las detestaba y se agarró un cabreo de mil pares de gónadas cuando descubrió que su contrato de edición con HarperCollins las incluía (la negrita es mía) y replicó con una carta mordaz, como solo ella o Harlan Ellison eran capaces de redactar, a sus editores:
"Dear Mr Rupert Murdoch,

Forgive me, for I have sinned.

Because I did not read my contract with your wonderful publishing house HarperCollins carefully, I did not realise my moral obligations.

There is nothing for it now but to confess everything.
[...] I committed bad behavior and said bad words in public that brought me into serious contempt in my home town of Blitzen, Oregon. In fact the people there found me so seriously contemptible that I am now living in Maine under the name of Trespassers W. [...]. I have really suffered for my art. I hope maybe you will forgive me and not terminate me and make me pay back the money [...]. I am sure you will understand better than anybody else could that the only actual crime I have committed was writing my book. And I believe you will see that it was expiated by your giving me the contract for it and publishing it and making a lot of money out of it. [...] And here in Maine I am paying strict regard to public conventions and morals just like you do. I would not go to a Democrat Convention if they paid me and crime is the farthest thing from my mind. I would feel so terrible if I damaged the reputation or sales of my Work, or your reputation. You are my Role Model.

Please believe me your loyal and obedient author,

Trespassers W.

18 January 2011"
Y si la única y genuina Madre de Dragones estaba en contra de las cláusulas morales, no pueden ser nada bueno.
Y no tengo nada más que decir sobre este tema. 

Malamente.