domingo, 7 de junio de 2026

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

Weapons fue una de las más gratas sorpresas de 2025. Y los amantes del género de terror no estamos acostumbrados a llevarnos sorpresas. Especialmente las agradables.


Zack Cregger venía de dirigir la comedia pajera Miss Marzo (que no hemos visto; la comedia pajera nunca nos ha gustado), la serie cómico-paródica The Whitest Kids U'Know (que nos enteramos que existía mientras nos documentábamos para esta entrada), la comedia gamberra The Civil War on Drugs (que tampoco hemos visto), donde el propio Cregger hace de Abraham Lincoln..., y de repente Cregger «salió del armario» del jachondeo cinematográfico y dio el salto al terror de bajo presupuesto con Barbarian, una cinta de 2022 de la cual circulan videos promocionales del público cagándose encima durante las escenas más acojonantes.

Y en 2025 llegó Weapons.

El terror es uno de los géneros más difíciles, junto con la comedia. Tan difícil, de hecho, que la mayoría de directores de una cinta de terror renuncian directamente a intentarlo siquiera. Una amiga mía, fan del género, lo formuló perfectamente hace ya años, a la salida de una sesión de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, proyección que nos había dejado a todos ni fu ni fa, ni frío ni calor, cero grados: «ya no se hacen películas de terror. Se hacen películas de asco». Y no puede ser la primera vez que esta cita aparece en la bitácora.

El director de La enésima película de terror que no puedes dejar de ver, que tanto nos había decepcionado, se había marcado un gore regulero, absurdo, cobarde, sin identidad. Un copy-paste de otras cuarenta mil películas mediocres como la suya. Su pereza e ineptitud era tan dolorosamente obvia que, a día de hoy, no recuerdo el título de esa Enésima película de terror que no puedes dejar de ver que presuntamente iba a lograr que nos defecásemos vivos en nuestras butacas. Y he olvidado esa película por los mismos motivos por los cuales son incapaz de distinguir el argumento (¡ja ja ja, «argumento»!) de las películas de Fast and Furious o citar, en el orden correcto, las de Misión Imposible (salvo la abominable Misión Imposible 2, dirigida, es un decir, por John Woo).

Pero no se me ha olvidado The Ring. Ni la versión japonesa ni la americana. No se me ha olvidado El exorcista. No se me ha olvidado La cosa. Psicosis. Alien (¡Ay! ¡El Ridley Scott que sabía hacer cine!). La profecía. No se me han olvidado Poltergeist, The descent, Carrie, Paranormal Activity, ni La semilla del diablo.

Cuando el cine está bien hecho, perdura en la memoria. Independientemente del género.

Pero el cine bien hecho es una especie amenazada. Ya hemos analizado varias veces en la bitácora por qué, no vamos a insistir sobre ello en esta entrada, que no va de esto.

Contar una historia, por cualquier medio, conlleva sus propios retos.

Contar una historia y acertar con las claves de una de las emociones más arraigadas. Contar una historia y estimular adecuadamente los resortes de uno de los instintos primordiales, es más que difícil, es una de las cosas más desafiantes que un narrador puede hacer.

Todos sabemos lo que es el miedo. Pero a cada uno de nosotros nos asustan diferentes cosas (al que esto escribe, por ejemplo, le producen sudores fríos y cagalera las películas de El Fary). Por ese motivo, a la hora de escribir una historia de terror que perdure, que conmueva al público, que salte la barrera del carácter e incluso de las culturas para convertirse en un Arma de Acojonamiento Masivo, hay que bajar a la mina. Al inconsciente freudiano (que ni existe ni ha existido nunca, pero, a efectos prácticos, aceptemos «barco» como animal de compañía). A los miedos atávicos comunes a toda la humanidad.

Y ése es un viaje que no todos los directores de cine, no todos los escritores, están dispuestos a hacer.

Y, así, tenemos películas de, abrir comillas, terror, cerrar comillas, como Wishmaster (menuda mierda), Arrástrame al infierno (menuda estupidez), La casa de ceraSara Sampaio Dominátrix bendita, qué risas!) o Jeepers Creepers.

Sin que esto se vaya a convertir en una tesis sobre el tema, puedes reconocer el «mal cine de terror» cuando satisface las condiciones para encajar en una o varias de estas categorías fundamentales de «cine desganado y torpe»:


Película de sobresaltos. Expediente Warren: The Conjuring, Nunca apagues la luz, Los extraños, La autopsia de Jane Doe, Until Dawn (qué desastrosa forma de cagarse en un buen videojuego).

Thriller (o no) desasosegante con tomatina y tripas con extra de regodeo sádico en el sufrimiento humano. Al interior, Hostel, Wolf Creek, Saw, Terrifier.

La enésima vuelta de tuerca al asesino en serie, terrenal o sobrenatural. Alta tensión, Apex, Scream, Cuando llama un extraño, La noche de Halloween, Última llamadaPesadilla en Elm Street.

Y aunque nos gusta un body-horror como al que más (aquí, nuestra crítica de La sustancia y, pronto, con ayuda de Blas, la de Together. O no. Depende de lo que nos salga de los cojones en los próximos días), las mejores películas de terror, las que recordamos de manera más vívida, a veces en mitad de la madrugada, no son las que nos revuelven las tripas con torturas y mutilaciones, no las de zombis, asesinos en serie aparentemente inmortales, posesiones diabólicas ni vergüenza ajena disfrazada de terror, sino los largometrajes que lograron crear una ATMÓSFERA desasosegante.

Y por eso recordamos El efecto Lázaro, Horizonte final, La posesión, Inseparables, La escalera de Jacob, The lords of Salem, Midsommar, SmileHáblame, Black Phone, Déjame salir, Un lugar tranquilo o Devuélvemela.

¿Que qué caracteriza al género de terror, me preguntas, oh voluptuoso lector obsesionado con la danza potorrera de Riley Reid? Se podría escribir un grueso tratado al respecto, pero lo que caracteriza al género de terror, en párrafo corto, es lo mismo que caracterizaba a la tragedia clásica. La indefensión. La pérdida de control sobre el propio destino (reducido, en el slasher y el body-horror, los primos endogámicos del género, a la pérdida del control sobre el propio cuerpo). Enfrentar a los personajes a una fuerza ominosa, generalmente invisible e incomprensible (aunque esto no es un requisito), inexorable, que les haga perder el control sobre sus vidas y avistar un cercano destino trágico.

Y porque el buen terror apela a algo connatural a la especia humana, hay géneros que apelan a diferentes edades. Fue una experiencia extraordinariamente pedagógica descubrir, durante el tedioso e incómodo visionado de La noche de Halloween, y Scream VI, que el slasher (del cual estas películas son excelentes embajadoras), que antaño me encantaba, a mi edad provecta de cojones descolgados y canosos, ahora me produce una promiscua mezcla de repulsión y aburrimiento.

El slasher/body-horror/gore suele funcionar mejor entre adolescentes y post-adolescentes. Miedo a la transformación del propio cuerpo, a una juventud truncada, a la muerte de la infancia y el nacimiento de las mil jodiendas de la edad adulta. Viernes 13Seducción mortal, Las colinas tienen ojos, Sé lo que hicisteis el último verano, Candyman, Leyenda urbana, Destino final.

Las películas que más acojonan a los padres, o en edad de serlo, son las que implican la pérdida de un hijo, su corrupción hasta volverlo irreconocible, o la terrible sospecha de que ha sido un monstruo todo el rato. La momia de Lee Cronin, Yo, Cristina F, La huérfana, The Hole, Cementerio de animales, The Innocents, Muñeco diabólico, El hijo, Déjame entrar, Morgan, Buenas noches, mamá, Los chicos del maíz, Los sin nombre, El pueblo de los malditos, La cosecha, Stoker (con una de las escenas de masturbación más perturbadoras desde lo de Selma Blair y el crucifijo) .

Por todo lo arriba citado, no sorprenderá que, a partir de cierta edad, las películas que más acojonan son las de la pérdida de la propia identidad, Vinieron de dentro de..., La invasión de los ladrones de cuerpos, Spider, Antebellum, Shutter Island, Cisne negro, Memento, El resplandor, Mulholland Drive, Persona, Perfect Blue, La chica del tren, Audition, El maquinista, Última noche en el Soho, Nosotros, Enemy, Saint Maud, El faro, Carretera perdida y casi cualquiera de zombis o vampiros.
(¡Anda, hijo de puta! ¡Dime que algunos de esos largometrajes no son de terror! ¡Dímelo! ¡«Las películas que más acojonan» y las que «suele[n] funcionar mejor» hemos dicho! ¡Analfabeto! ¡Chusma! ¡Simio!)
El terror ha ocupado en nuestros tiempos el lugar que antes se reservaba para la tragedia. El miedo funciona como herramienta narrativa cuando es el destino travestido. El avatar del dolor, la enfermedad, la vejez, el vacío. El recordatorio de la muerte.

Y hasta aquí llega la introducción a esta entrada, que, por increíble que parezca, no va sobre cine de terror y no va sobre Weapons. Película que desde el Paratroopers te recomendamos.

Va de Zach Cregger, que ha compartido en un reel de Putagram, perdón, en Instaputa, quería decir, su secreto para acabar el primer borrador de tu guion (técnica aplicable a cualquier otro tipo de escritura).

Un secreto, Zach, no me jodas, que no era un secreto para nadie que haya acabado un guion, o una novela.

Zach Egger denomina, a su técnica secreta que no es un secreto, «elfing». Y describe un interesante y productivo ejercicio mental: actuar como si el guion no lo estuvieses escribiendo tú, sino un elfo extraordinariamente pequeño, y extraordinariamente imbécil, que en cuanto empiece a escribir, el pequeño cabrón, no va a parar hasta llegar al final.

A ese elfo no le pides un buen guion. Ni siquiera uno que tenga sentido. Sólo le pides un guion terminado. ¿Que la caga con uno, varios o todos los personajes? Que la cague, el muy hijo de puta. ¿Que destroza las mejores escenas de tu película, y las peores también? Ya lo arreglarás tú luego. ¿Que escribe con faltas de ortografía? Bueno, no todo el mundo ha estudiado en colegio de monjas. ¿Que sus diálogos son abominables? Por lo menos está escribiendo diálogos. ¿Que no hay una correlación entre escenas, que la acción no tiene sentido, que faltan conectores narrativos entre el primer y el segundo acto, o entre el segundo y el tercero, o entre todos? Bueno, para eso estás tú. Para ir rellenando los espacios en blanco.

Lo que el elfo te va a entregar es impublicable. Infilmable. Indefendible. Pero está terminado. El elfo ha aprendido todo lo que se puede aprender sobre la historia y los personajes. No le ha sacado provecho ninguno, pero tú sí vas a hacerlo. El elfo ha cometido TODOS los errores que se podían cometer. Y lo ha hecho por ti. Ahora ya sabes cómo JODER tu guion. Qué hacer para que NO FUNCIONE. Cómo CAGARLA al escribir tu historia. El elfo ha hecho el trabajo sucio por ti.
El elfo no tiene filtros. No tiene vergüenza. no tiene miedo. No tiene límites. Sólo tiene un objetivo: acabar el guion. Y se va a lanzar a por esa meta como un miura a por los riñones de un gringo borracho en un encierro de San Fermín.

Al elfo lo has tirado al fondo de un pozo y el pequeño cabrón ha comenzado a cavar hasta que tocó roca madre y no pudo seguir.

Ahora tú puedes evitar ese pozo. Puedes alzarte de ese abismo creativo. Coges la MIERDA ABSOLUTA que te ha dado el elfo y comienzas a corregir todos sus errores. Le limpias las manchas de café y las huellas de dedos con sabor a dónut de chocolate. Soplas las pelusas de ombligo y la caspa. Corriges la ortografía y la sintaxis. Desarrollas la psicología y las motivaciones de los personajes. Hilas una trama que una todas las escenas. Quitas la morralla. Borras lo que no funciona. Ésta es la parte fácil, porque el elfo ya ha hecho lo más difícil: darte un texto terminado.

Un texto que apesta, pero que ya contiene la estructura de la historia. Cuando quites todo lo que no sirve podrás arreglar lo que está roto y edificar un guion nuevo. Mejor. Al menos tan bueno como el de Weapons.

En este reel que citamos, y que justifica la presente entrada, Zach Cregger se revela como un no-escritor. Zach Egger es un reescritor. Parece igual pero no es lo mismo. Hay autores que escriben, y a la primera sentada obtienen algo que se parecerá al texto final, y «habemos» otros que reescribimos, que tiramos pa'lante como burros con anteojeras (y las venas llenas de anfetas), y luego volvemos atrás y nos ponemos a corregir todas las espectaculares CAGADAS que hemos ido cometiendo a lo largo de la escritura del primer borrador.

Porque lo realmente difícil no es escribir. Eso puede hacerlo cualquier gilipollas. El verdadero reto es ACABAR lo que has empezado a escribir. La prueba de ello es que todo escritor tiene un cajón, o un cubo de la basura, lleno de capítulos sueltos de novelas que no existen, cuentos inconclusos, libros amputados y notas para futuras historias que nunca ha encontrado la piedra de Rosetta para descifrar. Como esa novela de vampiros que el autor de estas líneas ha mencionado tantas veces en la bitácora. O libretas y libretas llenas de ideas para cuentos que no acaban de cuajar.

Limpiar una casa sucia es mucho más sencillo que construirla. Pintar una pared desconchada es más fácil que levantarla, ladrillo a ladrillo. El «elfing» de Zach Cregger es un truco mental. Una estrategia psicológica para liberar la parte creativa de nuestro cerebro de la exigente, a veces paralizante, necesidad de perfección, que es la forma más sincera en que se expresa la vanidad autoral. El ego del escritor fatuo y egocéntrico que se toma demasiado en serio a sí mismo. Una herramienta más, de las muchas en el cajón del escritor, que, bien empleada, ofrece resultados extraordinarios.

Todo escritor aspira a hacer literatura. En la práctica, prácticamente ninguno lo consigue. Todos quieren «clavar» la frase perfecta, la escena perfecta, escribir un personaje universal, arquetípico. Pero eso es difícil de LA HOSTIA. No hay más que un Shakespeare. No hay más que un Homero. Hay un sólo Cervantes. Los Rilke no abundan. Los Dante escasean. Nadie ha podido aún llenar los zapatos de Milton. La mayoría de nosotros deberíamos asumir nuestra mediocridad y renunciar a la Gran Obra alquímica que exige una novela, un poema, un cuento inmortal. Limitarnos a contar historias. Que no es poco. Y rezar porque alguien, alguna vez, descubra que una de esas historias es significativa para él.

La perfección es extenuante. La perfección son unas cadenas. Si escribes intentando alcanzar la perfección, escribir se convertirá en una tortura. Un castigo. Un veneno que te destruirá.

Pero si contratas a un elfo gilipollas, medio analfabeto y particularmente inútil, para que te entregue un manuscrito terminado, horrendo, pueril, mal escrito, imperfecto, podrás centrarte en perseguir algo parecido a la perfección. Quitarle la grasa. Rellenar las grietas. Reducir las fracturas. Alisar las arrugas. Pastear y pintar de nuevo. Y el resultado final, muchas correcciones y reescrituras después, no será perfecto, pero será mejor, infinitamente mejor de lo que habrías conseguido si hubieses intentado hacerlo bien desde el principio. Y, especialmente, estará ACABADO, que, lo creas o no, era, desde el principio, el mayor reto de todos.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Ésa es la lección que resume la entrada de hoy.

Contrata a un elfo imbécil para que escriba un primer manuscrito de tus historias y podrás olvidarte de la perfección para perseguir la idoneidad, que, de todas formas, es lo máximo a lo que puede aspirar tu libro de mierda.

«Pero ¿esto realmente funciona, señor Sommer?»

¡Señorita Tetas, por el amor de Tetios! ¡Avíseme antes de aparecer así, tetamente, que me teta los nervios!

«Mis ojos siguen aquí arriba, señor Sommer».

Tetemos que llegar tuted y yo a un tetuerdo tetilizado. O teta usted de tetar esas tetas con teta teteridad o yo teto que tetar la tetación de...


Gracias. Lo necesitaba.

«Conteste a la pregunta, señor Sommer. Esto del "elfing" funciona o no?»

Tú dirás, tetura. Así hemos tetado esta tetada (¡y tantas otras de la tetácora!)

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