domingo, 27 de julio de 2025

«La justicia, como el rayo»

«Sommer, haz la crítica de Thunderbolts».

No.


«Joder, venga, Sommer, enróllate».

Que no.

«Venga, Sommer, ¿qué te cuesta, copón? Es sólo otra película».

Que no me da la gana, coño.

«Sommer, haz la crítica de Thunderbolts de una puta vez o le paso a los abogados de Sara Sampaio las coordenadas del búnker mohoso con olor a esmegma desde el que subes las entradas de la bitácora».

Thunderbolts es, en una frase, la película que nadie pidió sobre el grupo de antihéroes que pocos conocen.

Afrontémoslo: La única razón por la que tenemos Thunderbolts es porque Marvel/Disney ha dado carpetazo a la formación original de Los Vengadores. Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Eric Ba... digo Edward Nort... digo Mark Ruffalo, Scarlet Johansson, Jeremy Renner, no sólo estaban ya un poco mayorcetes para seguir triscando como las cabras de Heidi, vestidos como payasos de rodeo; además imaginamos que empezaban, lógicamente, a estar un poco cansados de hacer siempre más de lo mismo y, para acabar de cagarla, a algunos de sus personajes los han ACOGOTADO de la presente línea temporal del MCU, matando a Tony Stark y a la Viuda Negra, gerontificando al Capitán América, humillando y amariconando al pobre Thor hasta conseguir que NADIE quisiera ver otra película suya...

(Encima, Chadwick Boseman murió de cáncer, dejándonos con el corazón roto a todos, y Jeremy Renner estuvo a punto de esmochar Big Time actuando como el héroe que ha representado en las pantallas. Y las secuelas físicas que le han quedado tal vez le hayan expulsado para siempre del cine de acción).
Lo que pides a Aliexpress y lo que te llega.

Por si esos no fuesen bastantes motivos, también los principales actores de esta generación de Los Vengadores, bien como señal de agotamiento laboral, bien como intento de equilibrar la balanza con los beneficios que sus películas habían acuñado, bien porque se veían en una posición negociadora fuerte y quisieron, quién puede reprochárselo, aprovechar la coyuntura para forrarse bien forrados los riñones, habían logrado unas mejoras contractuales y unos incrementos en sus respectivos cachés que dan vértigo y que incrementaban abruptamente los ya 
pornográficos costos de producción.
Hablando de pornografía: Deutschland!

El caso paradigmático que ilustra este rappel en los salarios de los actores del MCU es el de Robert Downey Jr. De los dos millones de dólares que cobró por su participación en Iron Man (película que recaudó casi seiscientos millones de dólares sólo en taquillas y puso en marcha la reacción en cadena de la que se originó todo el universo cinematográfico Marvel), dio el salto a los diez millones de dólares por Iron Man 2, y de ahí a los cincuenta millones de dólares, DECLARADOS, por Los Vengadores e Iron Man 3. A partir de aquí, las cifras ya es que marean y, encima, nadie parece estar muy seguro de las cuantías exactas. Entre cincuenta y ochenta millones por Vengadores: La era de Ultrón, 65 millones por Capitán América: Guerra Civil y entre diez y quince millones por un puto cameo en Spider-Man: Homecoming.

Lo que conocemos otorga autoridad a los rumores de que, para conseguir que Robert Downey Jr. regresase a la franquicia para cerrar la como Tony Stark/Iron Man en Vengadores: La guerra del infinito y Vengadores: Endgame, Marvel/Disney tuvo que apoquinarle, sólo a él, más que al resto de Vengadores juntos (las cifras declaradas son de 75 millones por las dos películas, aunque hay quien sostiene que fueron 75 por película a pesar de haber sido rodadas conjuntamente, y otros 55 millones de propina en un 8% de participación en beneficios sólo por la venta de entradas de Endgame).

A fin de proporcionar contexto, ahí van unas cifras del resto de actores de la formación original de Los Vengadores: Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Jeremy Renner y Scarlett Morromórbidonsson se habrían embolsado veinte millones de dólares cada uno por Endgame (y la Johansson otros veinte por la tardía y decepcionante Viuda Negra, a la que dimos de hostias hasta en lo blanco de los ojos aquí). Así que la leyenda que compartimos contigo, oh incrédulo lector ávido de sabiduría, en el párrafo superior podría NO IR demasiado desencaminada, dado que Robert Downey Jr. se habría sacado entre 386 y 421 millones de dólares durante su paso por el MCU. A un cinco por ciento de interés, Robert Downey Jr. no tendría que volver a trabajar en su puta vida.
(Pero esto de actuar como que le gusta al bueno de Bobby, así que no sólo aceptó un papel en el Oppenheimer de Christopher Nolan, por el que ganó un Óscar y a través del cual se reconcilió con el cine de autor, sino que, a cambio de una cantidad inconfesable de pasta, ha aceptado regresar al MCU para un último alarido que, se supone, será un reboot general del mismo, esta vez como el villano Dr. Doom para Vengadores: Doomsday y Vengadores: Secret Wars).
"When I was 42, I did two films for Guy Ritchie and learned how to make big Hollywood movies with a civil British flare. I then played a guy named Tony in the MCU for about 12 years. And then recently, that dude Chris Nolan suggested I attempt an understated approach as a last-ditch effort to perhaps resurrect my dwindling credibility. So I share this with my fellow nominees, this has been an exceptional year."
Thunderbolts llega en un momento particularmente delicado. Todo el crédito acuñado durante las fases 1, 2 y 3, once años de «Saga del infinito», se fue directamente A LA VERGA durante la multiversal Fase Cuatro, donde por cada WandaVision nos metieron por el culo cuatro Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos, cinco Eternals, seis Doctor Strange en el multiútero de la chochocharla y catorce Thor: Love and Thunder (en la que jodieron una de las sagas que en la bitácora galardonamos como una de las más conmovedoras del cómic, aunque admitimos que no gozó del favor del público). El favor del público y de la crítica ha declinado espectacularmente desde Endgame. La calidad de las historias, el desempeño de los actores y el interés de los fans se ha despeñado e implosionado como el submarino ése del Titanic (que también una cosa te digo, amado lector, hay que tenerlos DE HORMIGÓN ARMADO para descender a cuatro kilómetros de profundidad en el mar, dentro de una nevera de plástico pilotada desde un mando de videojuegos).

Y esta decadencia de lo que antaño era una franquicia rentable y amada por las audiencias, lleva cinco años sucediendo porque la estrategia de Marvel/Disney (o sea la estrategia de Kevin Feige, ese señor que intentó boicotear Deadpool y Lobezno, la película de los mil trescientos millones de dólares de recaudación) de los últimos diez años la ha diseñado un grupo de piezas con menos luces que una narcolancha y que siguen cometiendo una y otra vez los mismos errores esperando obtener diferentes resultados. Hemos repetido hasta el agotamiento que no tiene absolutamente ningún sentido hacer películas que nadie quiere ver, y que cuestan de 200 a 300 millones, con la pueril esperanza de que suene la flauta del burro de Esopo y el estudio se meta en la buchaca mil o mil doscientos en recaudación. Y es un plan de negocio particularmente inepto cuando intentas hacer esas taquillas de récord a partir de guiones de mierda escritos por completos papanatas, guiones dirigidos por realizadores mancos o maniatados por los treinta mil folios de notas de producción redactadas por un comité, e interpretados por actores poco conocidos o dramáticamente lisiados, en papeles que nunca gozaron de un favor especial del público potencial de esas series y películas, que es básicamente el mismo público que hundieron, o directamente dejaron de comprar cómics, cuando esos mismos personajes aún no habían dado el salto a la pantalla.

Hay bitácoras, canales de Youtube, revistas, no descartaríamos que libros y probablemente también cátedras universitarias, que intentan explicar o aportan materiales de reflexión sobre este fenómeno de la «fatiga superheroica», expresión de deseo de una parte de la crítica cinematográfica que se pajea con películas iraníes en blanco y negro rodadas en lengua de signos al mismo tiempo que consideran deficientes mentales a todos los fans del cine palomitero. No vamos a hacer el mismo esfuerzo aquí. En parte porque nos da astenia y en parte porque no nos da la gana.

¿Hay una fatiga de películas de superhéroes? Opinión personal: todavía no. La habrá, antes o después. A lo largo de la historia del cine, las audiencias han vuelto la espalda a unos géneros para favorecer otros, sin menoscabo de que esas tipologías de películas olvidadas puedan hacer un retorno sorpresivo y encaramarse a las carteleras una vez más, durante un breve lapso de tiempo. El western estaba más que muerto en los años 90 como género mayoritario, hasta que Kevin Costner con Bailando con lobos y Clint Eastwood con Sin perdón le devolvieron una dignidad que no había conocido desde los tiempos de John Ford (y gozaron de una rentabilidad más que jugosa. Sin perdón costó unos quince millones, que recuperó íntegros en su fin de semana de estreno, y cerró su gira por los teatros con casi 160 millones en entradas vendidas. Bailando con lobos, desde sus veinte millones de presupuesto, se CORONÓ con más de 420 millones de recaudación global).

Luego, por supuesto, se subieron al carro un montón de vivillos que intentaban hacer pastuki con la segunda primavera del cine de vaqueros. Y como resultado tuvimos un montón de mierda cinematográfica infumable ambientada en el oeste y unos cuantos títulos respetables y dignos: El tren de las 3:10 (remake de un pequeño clásico del género), Valor de ley (curiosamente otro remake de otro clásico, éste gigantesco), Noticias del gran mundo, Hostiles, Appaloosa y Open Range, por poner sólo algunos ejemplos.

La gente que ha acuñado ese concepto bastardo de «fatiga superheroica» culpa de este teórico otoño del género dominante de las últimas dos décadas (otoño probablemente más imaginario que real) a un desplazamiento del interés de las audiencias... aunque no deja de ser curioso que esos mismos analistas no parezcan ponerse de acuerdo acerca de HACIA QUÉ OTROS PRODUCTOS o géneros cinematográficos se estaría desplazando esa atención. ¿YouTube? ¿Netflix? ¿El cine de Paul Thomas Anderson? ¿Los videojuegos? ¿TikTok? Como si el tipo que lloró y aplaudió cuando Thor reclamó el Stormbreaker obtuviese esa misma satisfacción durante una proyección de Licorice Pizza o subiendo al Interné vídeos suyos bailando a lo subnormal con fondo de reguetón. En fin, uno de los inconvenientes de las Redes es que le han dado voz a gente que estaría mucho más guapa callada.

La primera vez que me corrí en un cine.

En el Paratroopers opinamos que la pretendida fatiga superheroica es una quimera sin vida propia fuera de los mefíticos cerebros de los culturetas gafapastas que la idearon como expresión a sus más clasistas sueños húmedos acerca del cine. No tenemos pruebas, pero tampoco dudas. No se ha producido una brecha cultural que haya hecho pivotar el favor de las audiencias hacia otros temas y géneros (como sucedió con la contracultura de los sesenta y ochenta, alimentada por la ideología hippie y el rechazo a la guerra de Vietnam). No ha pasado tanto tiempo desde el inicio del MCU como para que una nueva generación dé la espalda a los personajes y las películas que conmovieron a sus padres. Lo que sí ha sucedido es que el cine y las series de superhéroes han saturado el panorama del entretenimiento. Que la cantidad ha reemplazado a la calidad. Que los guiones son cada vez peores, los directores se esfuerzan menos, el mensaje ha destronado al argumento, las decisiones creativas han caído en manos de psicópatas narcisistas que no entienden el producto, desprecian a sus clientes, no admiten que estén haciendo algo mal y siguen esperando, gastando cientos de millones de dólares como si saliesen de una fotocopiadora, a que la realidad les dé la razón de una puñetera vez.
La segunda.

No hay una fatiga de películas de superhéroes. Hay una fatiga de malas películas. Haz buen cine, y la gente volverá a sentarse en las butacas. Sigue haciendo truños y luego pregúntate por qué nadie quiere ver tu mierda de películas.

Sea como fuere, sea por los motivos que fuesen, Thunderbolts está aquí y recaudó poco más de 382 millones en taquilla. Que no se los gasta Ábalos en putas, presuntamente, en un día tonto, pero está muy lejos de la rentabilidad que una película de este coste de producción debería alcanzar para que el estudio la cuente como un éxito.
(Marvel/Disney guarda en secreto el presupuesto de esta producción para seguir ghosteando a sus accionistas acerca de cuánto se han devaluado sus carteras, pero nadie que sepa cuatro mierdas del tema será capaz de echar las cuentas de cómo coño podría Hollywood haber hecho un largometraje de este tamaño por menos de 150 millones de dólares. Y añádele otros cincuenta o cien en gastos promocionales. O sea, que para no ser inscrito en los libros de Marvel/Disney con tinta roja, Thunderbolts debería haber superado los cuatrocientos millones de recaudación. Para que te hagas una idea, Capitán América Brave New World, a la que Gary Buechler, la eminencia gris detrás de Nerdrotic, llama, con mucha mala baba, Capitán A(froa)mérica: Brave New World, ha ganado 415 millones en taquilla. Y Marvel/Disney y lo ha proclamado un éxito. Pero lo ha proclamado con la boca pequeña. Quizá porque mienten como perras cuando dicen que sólo ha costado 180 millones, cifra que CASI NADIE CON EL NÚMERO CORRECTO DE CROMOSOMAS SE CREE, ya sea porque todos los reshoots se han comido el beneficio, ya porque no nos hemos olvidado que Marvel/Disney nos la intentó meter de canto con el presupuesto de Doctor Strujo en el chuminoverso de la sororidad sáfico-racializada neurodivergente ).

"Robinson and Gonzalez have been told that overruns and reshoots drove the ‘Brave New World’ budget to $380M. With marketing costs added in, it’ll basically be impossible for the film to turn in a profit."
O sea, que Thunderbolts ha sido otro fracaso del MCU.

Después de ver la película, no hace falta preguntarse el motivo.

Te sientas a ver Thunderbolts y desde el minuto uno tienes la sensación de haber entrado en el cine (o en el salón de tu propia casa, si eres un puto hikikomori como el autor de estas líneas) diez o veinte minutos tarde. «¿Quién es toda esta gente y cómo coño ha llegado aquí?», te preguntas. Y es que no sólo te enteras muy pronto que, antes de verte Thunderbolts se suponía que deberías haberte visto primero Capitán A(froa)mérica: Brave New World, sino que, para entender quién carajo son los personajes y cuál es el trasfondo de cada uno, aparentemente también deberías haberte visto primero Falcon y el Soldado de Invierno, Ant-Man y la Avispa, probablemente también Ant-Man y la Avispa: Quantumanía, Black Panther: Wakanda Forever, Viuda Negra, Ojo de Halcón (a la que casi todo el mundo odia, pero que en la bitácora nos gustó, y esa apreciación no tiene nada que ver lo muy burros que nos pone Hailee Steinfeld) y a saber cuántas otras series y películas más del MCU.

Y, ¿qué quieres que te digamos, amado lector?, si los putos crossovers, que te obligan a seguir una misma historia entre varios títulos, ya nos encabronan cuando nos los encontramos en los cómics, que fue donde probablemente se inventaron, imagínate la gracia que nos hace la perspectiva de tener que vernos cuatro películas que no nos interesan, y tres temporadas completas de otras tantas series de televisión que nos comen los cojones por detrás, para que este desganado conato de blokbuster tenga algo remotamente parecido a un sentido.

Si una película no es coherente por sí misma, si no funciona como unidad narrativa autónoma, esa película está mal escrita, peor dirigida y pésimamente planeada.

Encima, el argumento de Thunderbolts tampoco es demasiado interesante o, nos tememos, más bien, está pésimamente desarrollado. Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus) quiere montarse su propio grupo de superhéroes, directamente bajo sus órdenes, e intenta primero eliminar todos los cabos sueltos que la vinculan a las operaciones encubiertas, rabiosamente anticonstitucionales, que ordenó en el pasado más inmediato. Pena que esos cabos sueltos sean Yelena Belova (Florence Pugh), o sea la Viuda Negra de Aliexpress,  Taskmaster (la pobre Olga Kurylenko), Ghost (Hannah John-Kamen), el U.S.Agente (Wyatt Russell), o sea el Capitán América de Hacendado, y Sentry (Lewis Pullman) y, digamos, se tomen a mal lo de que La Contessa intente churruscarlos como pollos a l'ast. Y el hecho de que entre ellos esté Sentry, tan hiperpoderoso como mentalmente inestable, sólo complica las cosas.

¿Que qué coño es Thunderbolts, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? Pues es una especie de carísima Road-Movie sin pretensiones de permanecer en tu memoria, poblada de personajes de la lista B de Marvel con los que no tienes absolutamente ninguna conexión emocional, y por lo tanto sus dramas personales como que te la bufan, personajes que atraviesan unos arcos de transformación precipitados a la vez que predecibles e immotivados. El drama sucede de repente sin que entiendas muy bien cómo. Los personajes sufren y luchan y nadie te ha explicado aún por qué debería importarte lo que les pase. La película termina y tienes la sensación de haber desperdiciado malamente dos valiosísimas horas de tu vida. Un tiempo que ya no recuperarás, y que podrías haber dedicado a otra actividad más gratificante. Como descargarte vídeos del OnlyFans de Riley Reid.
Mein Herz in Flammen!

No, Thunderbolts no es horrible. Tampoco es fantástica. ¿Es aburrida? No especialmente. ¿Es entretenida? Sí. Pero en el mismo sentido en que nos entretiene cualquier programa de televisión al azar que alcanzamos zapeando un sábado de galbana, tirados en el sofá, programa que nunca veríamos a iniciativa propia, pero al que estamos dispuesto a darle la oportunidad de distraerte (no nos atrevemos a usar el verbo «entretener») porque te da pereza buscar otra cosa.

Para el espectador casual, que se mete en el cine huyendo de la caló, Thunderbolts es irrelevante. Irrelevante por su argumento. Irrelevante por sus personajes. Irrelevante por su desarrollo. Hay un par de buenas ideas en Thunderbolts (todo el tono de peli de espías y conspiraciones, o la subtrama sobre la enfermedad mental), pero lamentablemente no cayeron en manos de un guionista con un buen par de pelotas o un director mínimamente a la altura del reto. Florence Pugh no funciona como sustituta de Scarlet Pechonsson (que tampoco funcionó en su película en solitario como Viuda Negra) y cabecilla de este grupo de aturdidos antihéroes. Bucky Barnes está como desorientado (no somos los únicos que opinan que Steve Rogers debería haberle dado a él el escudo del Capitán América, en vez de a Anthony Mackie, pero ya sabemos, Black Lives Matter, negritud, afrocentrismo, otredad, reparaciones históricas, REPPPPPPPRSENTEISSSSHON) durante todo el metraje. Los demás personajes están, pero poco, y las interacciones entre ellos apenas generan interés. Y encima pillan a David Harbour para ser de nuevo el alivio cómico de la película en su papel de Guardián Rojo.
(Y, bueno, como muestra de lo devaluada que ha quedado la marca Marvel, señalar que la segunda de las inevitables escenas post-créditos, que debería habernos hypeado hasta el culo, en realidad nos dejó más fríos que un bacalao seco).

«¡AAAAAAH SOMMER, QUÉ HAS HECHO, QUE NO HAS PUESTO LA ALERTA DE ESPÓILERS!»

Te jodes.

Por chantajista.

Pero es que, para el espectador friki, el nerd gordo, miope y alopécico que se desposó con los cómics porque las chicas de clase no le hacían puto caso, Thunderbolts es, además, una lavativa de salfumán. Y hablo de ese tipo de espectador picajoso a quien el rótulo de «The New AvengerZ and Bob will return» de los créditos finales suena a amenaza (aunque a estas alturas estamos tan encallecidos que ya casi nada nos vulnera).

Entre otros motivos PORQUE ESTOS NO SON LOS THUNDERBOLTS.

Aunque la formación creada por Kurt Busiek y Mark Bagley ha atravesado diversas mutaciones desde su primera aparición, en The Incredible Hulk Nº 449, en enero de 1997, los miembros fundadores originales de los Thunderbolts no eran secundarios del universo comiquero Marvel, sino SUPERVILLANOS haciéndose pasar por héroes que venían a llenar el hueco dejado por los Vengadores, y otros paladines de la Casa de las Ideas, inmolados durante el evento Ongslauth. Como parte de una estrategia a largo plazo para convertirse en los Putos Amos, el Barón Zemo reclutó a Goliath, El Escarabajo, Piedra Lunar, Mimí Aulladora y El Arreglador, les dio nuevas identidades (Atlas, MACH-I, Meteorito, Pájaro Cantor y Tecno) y los hizo presentarse en público como los salvadores por los que clamaba una humanidad devastada por la desaparición de sus más poderosos héroes.

Como en los capítulos de Alfed Hitchcock Presenta o Colombo, en los que ves cometer el crimen durante el primer acto y sabes en todo momento quién es el culpable, la tensión dramática en los cómics de los Thunderbolts originales viene de su necesidad de mantener la farsa sobre sus verdaderas identidades y sus planes secretos... y de la tentación creciente de la virtud, la seducción de los vítores, los aplausos, la gratitud de un público que antes odiaba y vituperaba a estos inadaptados delincuentes, cada vez más distantes de su pasado criminal, más conflictuados por los planes de Zemo y más reacios a abandonar el equipo de los buenos, en los que, por primera vez, se sienten aceptados, celebrados, amados.

No hay prácticamente nada de eso en la película de Jake Schreier. No aparece Piedra Lunar usando su experiencia como psicóloga para mantener cohesionado y bajo control ese grupo de parias. No oímos romperse el corazón de Jolt, la única miembro original del grupo sin un pasado delictivo y a la que el Barón Zemo incorpora como maquiavélica estrategia para blanquear todavía más a su bizantino Caballo de Troya.

Y no aparece nada de eso porque Schreier ha dirigido, lo sepa o no, una versión bastarda, adulterada y travestida de Vengadores Oscuros.

Y no puede hacerlo mejor, el animalico, claro, porque los Vengadores Oscuros son fundados por Norman Osborn tras los acontecimientos de Invasión Secreta, a partir de una selección de antihéroes y criminales disfrazados de héroes (Sentry, Ares, Noh-Varr/Capitán Marvel, de nuevo Piedra lunar haciéndose pasar por Ms. Marvel, Venom usurpando el buen nombre de Spider-Man, Bullseye con el uniforme de Ojo de Halcón, Daken, el hijo de Lobezno, haciéndose pasar por Lobezno, y el propio Osborn con una armadura de Iron Man robada). Y Osborn es un personaje del lore de Spiderman, y Spiderman pertenece a Sony. Y a Sony hay que sacarle con tenazas y dinamita los derechos de autor cada vez que Marvel/Disney quiere incluir a su personaje en los eventos del MCU.

Y, como al frente de Marvel/Disney hay una caterva de simplones sin puñetera idea de qué hacer con la gallina de los huevos de oro que heredaron tras el megaéxito de Endgame, Thunderbolts fracasa en hacerle justicia tanto al grupo homónimo cuya historia de orígenes presuntamente nos cuenta, como a los Vengadores a los que viene a sustituir (hasta el ansiado y sospechado reboot de la franquicia que sucedería tras Secret Wars) como a los Vengadores Oscuros a los que realmente se parece.

¿Te vas a morir por ver Thunderbolts?

No.

¿Te van a quedar ganas de ver más aventuras de estos Vengadores de marca blanca?

Probablemente tampoco.

¿Tiene algún tipo de rumbo la estrategia empresarial de Marvel/Disney?

No lo parece.

¿Está justificada la HOSTIA en taquilla que se ha pegado el largometraje?

Huelga decirlo.

¿Nos queda algo que decir al respecto?

No realmente.

«¿Lo ves, Sommer? Si en el fondo tampoco ha sido para tant...»

«Espera, que me ha sonado el timbre».

«¡HOSTIA! ¡SOMMER! ¡TÚ NO ME HABRÁS ENVIADO A ESTE CALV…!»


[FX: Disparo silenciado]

[FX: Golpe sordo de un cuerpo sin vida cayendo al suelo]

Buen trabajo, Agente 47.

domingo, 13 de julio de 2025

Un chico y su perro: 'Not the hero we deserve but the hero we need'

Hace casi un mes, compartimos aquí, contigo, oh divina exuberancia de los lectores, parte de nuestra experiencia personal con el personaje de Supermán y nuestros temores acerca de la nueva iteración del personaje a manos de James Gunn.


Pues bien, una vez estrenada, este pasado viernes 11 de julio, el largometraje que al universo cinematográfico DC le hace más falta que el comer, nos complace decir que la mayor parte de nuestros miedos, sospechas y reservas han quedado desautorizados.

Para los vagos e impacientes, te resumimos así nuestras primeras impresiones, oh exquisito lector de labios empalagados por el blenorrágico sabor del melenudo chuchurrusco de Riley Reid:
Se gusta a sí misma. Mucho.

¿Es Supermán 2025 la mejor película de superhéroes de la historia?

Ni por asomo.

¿Es Supermán 2025 una buena película de superhéroes?

Sin duda alguna. Amena, emocionante, vertiginosa; joder, nos ha hecho reír, nos ha hecho estremecer, nos ha sacado alguna que otra lagrimita.

¿Es David Corenswet el mejor Supermán de la historia?

Más quisiera.

¿Es David Corenswet un buen Supermán?

David Corenswet es el PUTO MEJOR Supermán cinematográfico... después de Christopher Reeve. Y eso no es decir poco. Porque Christopher Reeve hizo el molde. Un molde sin imperfecciones ni fisuras. Tan bueno que, mucho nos tememos, probablemente sólo Christopher Reeve podría llenarlo (y nos referimos al Chris Reeve entusiasta de Supermán: La película y Supermán II, no al Christopher Reeve desganado de Supermán III ni al definitivamente harto que se paseó por la barata y autodestructiva Supermán IV). Pero David Corenswet ha logrado algo que no parecía posible: dejar una huella propia en el personaje, huella que, quizás, acabe convirtiéndose en el molde de Supermán para toda una nueva generación de espectadores.

Eh, uh, sí, ya nos hemos follado la brevedad y concisión. Creo que llega el momento de hacer sonar la alerta de espóilers:

¡BARRÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚAAAH BARRÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚAAAH BARRÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚAAAH BARRÚÚÚÚÚÚÚÚÚÚAAAH!

Si no has visto todavía Supermán de James Gunn pero planeas hacerlo, no sigas leyendo, querido lector. Si todo te la pela, prepárate para que te reventemos toda la peli. O casi. ¡Me cago en la mantequilla colorá! ¡Venimos con las pilas tan cargadas que nos hacemos los párrafos encima!

Bien, vamos a empezar por lo mejor, pasar a lo menos bueno (porque Supermán 2025 no es perfecta) pero, a pesar de todo, intentar acabar en alto. Y, puesto que hacer cine es difícil, y escribir historias es como montar en una bicicleta en llamas a través del infierno, a veces lo mejor es también lo menos bueno. Así que estate atento a las paradojas, oh eximio lector que ignorabas que te gustaban las pelirrojas, y las rusas, hasta que cruzaste por primera vez tu mirada con la de la concupiscente Jia Lissa y contrajiste tu primera sífilis.
¡Siente como te entran esas espiroquetas!

Empezamos por lo mejor:

Supermán 2025 nos ha dado gustirrinín.

Nos ha tocado el gléitorey friki.

La pepitilla incel.

El diente del potorro que todo lector de cómics desarrolla entre los doce y los veinte años a fuerza de ver superhembras envainadas en Licra y supermaromos enfundados en Elastano.
Pícara y Mariposa Mental. ¡La de primeras pajas de las que son responsables!

Y ese deleite cinematográfico se agradece después del sabor a SIDA con cebolla que nos dejó la presentación y desarrollo del personaje en el Hombre de aceroBatman v Supermán: El amanecer de la justicia y en dos Ligas de la justicia, la una profanada por Joss Whedon y la otra perpetrada por Zack Snyder.


Y aunque probablemente deberíamos esperar al lunes para publicar la entrada con los datos completos de taquilla del primer fin de semana, no nos resistimos a soltar este bombazo aquí, capturado en la mañana del domingo 13:
¡Y nosotros que habíamos fantaseado con una apertura de 80 millones!

Antes de irnos al cine nos cargamos las pilas, y la noche del jueves nos pusimos por enésima vez el clásico de Richard Donner de 1978. Para tener bien fresquita en la memoria la única verdadera vara de medir del cine de superhéroes en general y las películas de Supermán en particular. Y provisto de esa regla del nueve, le hemos hecho la prueba del algodón del mayordomo de Tenn al Supermán de James Gunn.
«El algodón no engaña».

Y la ha pasado. No al cien por cien, pero sí casi al mil por mil. Hay que irse al ajuste fino para encontrarle problemas a la película. Que los tiene, pero eso queda para la sección «Lo menos bueno», y aún no hemos llegado allí.

Ya lo hemos anticipado más arriba, pero conviene repetirlo por si esnifas demasiado pegamento, querido lector: David Corenswet ES Supermán. Lo consigue. Consigue transmitir esa mezcla de bondad natural y cándido optimismo que caracteriza al personaje. De hecho, todos los actores están TRRRRREMENDOS en sus roles. Rachel Brosnahan ES Lois Lane. Skyler Gisondo ES Jimmy Olsen (con un puntillo rompebragas marca de la casa, de la casa James Gunn, que le da al personaje una profundidad agradecida). Nicholas Hoult es el puñetero Lex Luthor. Nathan Fillion es el capullastro engreído de Guy Gardner. Edi Gathegi ES el PUTO MR. TERRIFIC. E incluso los demás actores, por pequeño que sea el tiempo en pantalla que tengan (ya tiene delito que veamos tan poco de Wendell Pierce como Perry White y de Neva Howell y Pruitt Taylor Vicne como Mamá y Papá Kent, respectivamente; ella una fuerza de la naturaleza, casi masculina, él, bonachón y tierno, maternal y femenino) están TRRRRRRREMENDOS. ¡Pero si hasta nuestra musa, la puñetera Sara Sampaio, a la que, salvo un papelito secundario en la desgarradora Carga (imposible vértela sin acabar con mal cuerpo y un corazón roto), no habíamos visto en ninguna otra producción, está, joder, ALUCINANTEMENTE CREÍBLE como Eve Teschmacher, la no-tan-estúpida tragalefas de Luthor (el personaje, no ella; que todo hay que decirlo, siesos, que sois unos siesos)!

Imagínate, oh lector de blondos cabellos angelicales, nuestro estupor en aquella butaca de un cine de provincias cuando nos dimos cuenta, hacia la mitad del segundo acto, de que, desde el primer fotograma, habíamos COMPRADO a TODOS Y CADA UNO DE LOS ACTORES de Supermán 2025 como los personajes que interpretan. ¿Sabes esa extraña sensación de credulidad automática que experimentas cuando ves una película de dibujos animados de Warner Animation Studio? (no será la última vez que aludamos a las producciones animadas de DC. Sigue leyendo). Al tratarse de dibujos, o sea abstracciones, puedes ahorrarte el trabajo intelectual de poner al actor en el rol que interpreta, esfuerzo que es el primer peaje a pagar en esa transacción llamada «suspensión de la incredulidad», compromiso imprescindible para ver una película de payasos en mallas de colorines sin descojonarte de vergüenza ajena. Omitido ese primer paso, puedes descansar en el trabajo de voz (Kevin Conroy, ¡qué mala idea tuviste al morirte! Contigo, se fue la voz perfecta del Batman perfecto que físicamente nunca estuviste capacitado para interpretar), en la psicología del personaje, en sus acciones, que no mienten. Si el personaje está bien construido, no hay un actor que lo estropee con manierismos inoportunos o una facha poco convincente; si está mal hecho, no hay actor, por bueno que sea, que consiga levantarlo. Por eso el género de animación es, en más de un sentido, muchísimo más honesto que cualquier otra categoría cinematográfica.

Pues bien, esa no fue la menor de las sorpresas de Supermán 2025: que en ningún momento vimos a los actores, sino a sus personajes. No tuvimos que hacer el esfuerzo de adaptar nuestro cerebro a las nuevas caras, asignar etiquetas a estos rostros y cuerpos que se parecen tan poco a los que ya conocíamos de otras películas y series. Vimos a David Corenswet y era Supermán/Clark Kent/Kal-el. Vimos a Rachel Brosnahan y era Lois Lane. Vimos a Nicholas Hoult y era Lex Luthor. Fue una epifanía semejante a la que el autor de estas líneas experimentó, en su día, durante la proyección de Batman v Supermán, cuando Ben Affleck se baja de ese helicóptero y un relé hizo «clic» en su cerebro y el que esto escribe VIO a Bruce Wayne, no a Ben Affleck. Y, con todo lo que está mal en esa película, y en todo el cine de Zack Snyder desde, más o menos, 300 (y mira que hay tantas cosas mal hechas en BvS que dio lugar a una serie de seis entradas en la bitácora: una, dostres, cuatro, cinco y seis), ese descubrimiento, esa exclamación instintiva de «¡hostia, Bruce Wayne!», nos metió en la película.

Y esta experiencia de identificación impulsiva de los personajes, que puede parecer superficial, es en realidad la base de la película. Porque de las dos razones que nos impidieron disfrutar en su día de Supermán Returns, de Brian Singer, la más importante fue que en ningún momento llegamos a creernos al pobre Brandon Routh como El último hijo de Kryptón (ni tampoco a la carapánica Kate Bosworth como Lois Lane, ni a un Kevin Spacey muy pasado de vueltas como Lex Luthor). Aunque dicen quienes han visto la serie, colectivo que no nos incluye, que está muchísimo más sólido haciendo del Supermán de Kingdom Come en el crossover de Crisis en Tierras infinitas que unió las series del ya finiquitado Arrowverso. Y hay que reconocer que tiene mejor presencia con el traje azul y rojo, o al menos parece más cómodo, en este evento televisivo que en la película de Brian Singer. Y por una fracción de su presupuesto.
Aquí  que veo a Supermán.

Supermán 2025 nos trae de regreso al Supermán de la Edad de Plata. Por si te da pereza pinchar el enlace o hacer una búsqueda en Google, oh lector mesmerizado por ese fragante derviche que Jessica Alba tiene en lugar de ombligo, la Edad de Plata fue ese ciclo editorial que abarcó los años cincuenta, sesenta y setenta y que se caracterizó por un mayor peso de los componentes de ciencia-ficción en los cómics de superhéroes, así como una humanización de esos mismos superhéroes a través de historias notoriamente inclinadas hacia temáticas costumbristas. Es la era del Cómics Code. De la Tierra Uno. La era del Supermán más humano, terrenal y cercano, de su prima Kara Zor-el (Supergirl), de la Liga de la Justicia de América, de villanos ahora arquetípicos como Brainiac y Bizarro, de la expansión del lore del Último hijo de Kryptón y del desarrollo más profundo de sus raíces psicológicas e identitarias.

Y que James Gunn tome ese referente para su película es bueno.

Es MUY bueno.

El Supermán de la Edad de Plata empieza a preguntarse si dedica tanto tiempo a ser Supermán que ha empezado a dejar morir a Clark Kent. Y emprende una búsqueda interna, se compromete a cuidar y desarrollar a su alter ego. Centra en su carrera profesional cada segundo que no está salvando el mundo o bajando gatitos de los árboles. Convierte a Clark en un referente del periodismo honesto, sincero e insobornable. Y es, en última instancia, ese compromiso de Kal-el con Clark Kent lo que hace humano a Supermán. Lo que lo reconcilia con sus verdaderos orígenes, que no se remiten a ese planeta desaparecido y esa civilización alienígena que no recuerda, sino a la humilde granja de Kansas en la que Jonathan y Martha Kent lo colmaron de amor, lo protegieron del inmenso poder durmiente en sí mismo ayudándole a desarrollar su disciplina y cultivaron sus mejores cualidades naturales a partir de su código ético de proletarios blancos, americanos y cristianos, de un minúsculo pueblo del Estado de los girasoles.

Y todos esos rasgos reconocibles por los lectores pollaviejas, como el autor de esta entrada del Paratroopers, se refleja, de manera más o menos evidente, en Supermán 2025. Un Supermán que duda. Que tiene miedo. Que hace lo correcto a pesar de ello. Que se equivoca. Que busca la forma de enmendarse. Que cae. Que se levanta de nuevo. Un Supermán humano.

ESO es Supermán. La apoteosis de la naturaleza humana. Un espejo de aumento caído de otro mundo en el que ver agigantadas nuestras mejores cualidades. Una luz que nos guía en la oscuridad de nuestras inseguridades. Un maestro que nos aguarda, en lo alto, no como un ángel de espada llameante listo para castigarnos, sino como ese hermano mayor que todos nos merecemos, el que nos enseñó a montar en bicicleta. El que no va a permitir que nos lastimemos. El que nos ayudará a levantarnos. Las veces que sean necesarias. Hasta que aprendamos a mantener el equilibro por nosotros mismos. El bondadoso chico de Kansas comprometido con la verdad, desposado con la justicia y enamorado del American Way of Life.

Supermán nos mira desde el cielo en mudo mensaje: «aquí os espero, chicos. Y aquí seguiré, el tiempo que haga falta, hasta que subáis a reuniros conmigo en las nubes».

ESO es lo que sientes al ver a David Corenswet vestido de rojo, azul y amarillo. Al verlo acudir al rescate. Incluso herido, cansado o abrumado por las dudas. Al priorizar la vida y la seguridad de todos por encima de la suya propia. Salva a inocentes en peligro. Salva a un perrete. Salva A UNA PUÑETERA ARDILLA. Intenta derrotar al kaiju del segundo acto sin matarlo. Porque ni siquiera un gigantesco y peligrosísimo aborto de Stitch y Godzilla con aliento flamígero tiene que morir, si él puede evitarlo. Porque Supermán quiere SALVARNOS A TODOS. Salvar cuanto vive. Salvar el planeta. Porque hasta quienes pecan, quienes se equivocan, incluso lo más resabiados criminales merecen la oportunidad de hacer examen de conciencia, reconocer sus errores, dolerse de sus villanías, alimentar sus mejores virtudes y aspirar a reunirse, algún día, en el cielo, con el ángel de la capa roja y la ese en el pecho.

Supermán es luz. Supermán es optimismo. Supermán es bondad. Supermán es la esperanza de que todos podemos ser mejores si invertimos en nuestro ángel interior. Si permitimos que el sol expulse las tinieblas de nuestras almas. «Supermán» es el nombre que pronuncian, en sus horas de tribulación, todos los habitantes de la Tierra del universo DC cuando anhelan un salvador.
(Joder la escena con los niños de Jarhanpur levantando ese improvisado estandarte con la ese del Último Hijo de Kryptón. ¡Joder lo que me tembló el labio y los lagrimones que me tragué para no quedar retratado como un soplapollas mariquita frente a la núbil morena de cinturita de avispa y tetas como obuses que se sentaba a mi lado! Sí, hay macizas yendo al cine a ver pelis de superhéroes. Asúmelo).

En la más reciente película de James Gunn, David Corenswet no interpreta a Supermán. ES Supermán. James Gunn ha dado con el actor apropiado para el papel, una vez descartado el pobre Henry Cavill, que cayó en manos de un director inepto y unos ejecutivos imbéciles que le negaron la oportunidad de brillar como el Gran Azul. David Corenswet da un alma noble y un corazón generoso al Hombre de Acero. Saca a Supermán a la luz del día, y se convierte en el faro que guía a los fans, y a los espectadores, hacia puertos seguros.

Entrar a valorar el trabajo de los secundarios, de esa Justice League que no se llama todavía Justice League, duplicaría o triplicaría la longitud de la presente entrada, algo que estamos decididos a evitar. Y, para cualquiera que haya temido, aunque sólo fuese por un instante, que la proliferación de superhéroes desdibujase al protagonista, permítasenos tranquilizarlo desde estas líneas. Linterna Verde, Mr. Terrific, Hawkgirl, Ultramán y La Ingeniera no usurpan el tiempo en pantalla de Supermán. Comparten el mismo escenario (que es, a grandes rasgos, el universo de los cómics DC). Casi podríamos decir que forman parte del paisaje, en no poca medida a causa de su relativamente mínima intervención en la historia, descontando a Mr. Terrific, que en esta cinta se convierte casi en un sidekick de Supermán.

Y claro que podríamos entrar a analizar todos y cada uno de los personajes secundarios. Pero no vamos a hacerlo por los motivos enunciados en el encabezado del párrafo anterior. Nos llama la atención que hayan convertido en La Ingeniera (María Gabriela de Faría) de The Authority en una villana a sueldo de Lex Luthor, y nos preguntamos si James Gunn tiene planes para incorporar a algún otro personaje del supergrupo de antihéroes creado por Warren Ellis y Brian Hitch: Jenny Sparks, Jack Hawksmoor, El Doctor... y si ha desarrollado una estrategia para superar la reacción negativa de las audiencias que puede causar la controvertida pareja gay formada por Apollo y Midnighter, obvios trasuntos queer-friendly de Supermán y Batman, que funcionan muy bien en el universo de The Authority previo a la adquisición de Wildstorm por parte de DC y la fusión de ambos mundos ficticios (el Dr. Manhattan ya apareció en la saga del Batman que ríe, cabreando kilotones, dicen las comadres, a Alan Moore).

Ponemos en un párrafo propio el único secundario que nos ha chirriado un poco. Ha sido Hawkgirl, pero por abdominales razones, no por el desempeño de Isabela Merced, por lo demás creíble y correcto. La Hawkgirl de los cómics es una tiarrona alta, musculada y con un six-pack como una tableta de chocolate en el que podrías rallar queso. Isabela Merced es una latina bajita y simpaticona que no parece, a primera vista, haberse tomado demasiadas molestias para ponerse en forma. Y que James Gunn haya desaprovechado esta oportunidad para sacar en pantalla a una moza con un vientre como un paquete de magdalenas nos parece casi un atentado personal.

Decisiones de casting un poco extrañas aparte, James Gunn ha apuntalado su largometraje tomando un buen montón de elementos que apelan a los pollaviejas como el autor de estas líneas, convirtiendo su Supermán en una experiencia transgeneracional. Conserva la fanfarria de John Williams, si bien remezclada e interpretada. Conserva el mundo alienígena de cristal y hielo. Algo que, y vas a pensar que le tenemos una especial tirria, amado lector, Zack Snyder, con su obsesión por los filtros ocre, los zombis, el metal gris y la música de sintetizadores, fue incapaz de lograr.

A eso, Zack, se le llama HACER CINE. Algo que, en un pasado remoto, casi lograste hacernos creer que sabías.

Mención aparte merecen los efectos especiales, casi todos ellos sintetizados en 3D. Lo mejor que puedo decir de ellos es que son imperceptibles. El puto Krypto se roba el show cada vez que aparece en plano y se comporta como un perro de carne y hueso. Y no es poco mérito teniendo en cuenta que Krypto NO EXISTE. Es un personaje completamente generado por ordenador que no genera en ningún momento esa repelente sensación de Valle Inquietante. Y la mayoría de las escenas de vuelo de Supermán 2025 también están renderizadas en una estación de trabajo. Pero NO-SE-NOTA.

Supermán 2025 no es perfecta, ni estaba llamada a serlo, pero tiene CORAZÓN. El Supermán de David Corenswet es ese hermano mayor, ese papá joven y lleno de energía, bondad y compasión, que aparece cuando le necesitamos, cuando le necesitamos DE VERDAD, para salvarnos del peligro. Sin reproches. Sin juicios. Sin demora.

Y ése es un buen Supermán y esta película es una buena semilla para construir, de una puta vez, un DCU digno, noble y, lo más importante para Warner, RENTABLE.

Lo menos bueno

En la lista de lo mejor hemos agradecido que Supermán 2025 nos meta de cabeza en la acción. Pero esa misma cualidad también es una rémora. El ritmo de 
Supermán 2025 es un poco precipitado, sobre todo en el primer acto. Suceden tantas cosas, y tan rápido, que es fácil, querido lector, que te sientas desorientado y quizá un poco expulsado de la película. Esa confusión sólo durará el tiempo que tardes en hacer el ajuste, porque, ahí está el truco, si estás familiarizado con las películas de Warner Bros. Animation Studio, te resultará mucho más fácil, más natural y más cómodo cambiar el fusible. De eso ya hemos hablado más arriba.

Porque, repetimos, ésa es una de las virtudes del Supermán de James Gunn: es al menos tan comiquera y entretenida como las mejores producciones animadas de WB; Batman: Assault on Arkham, Justice League: The Flashpoint Paradox, Superman/Batman: Public Enemies ó La muerte de Supermán. Películas hechas para fans que te meten de cabeza en la acción sin lubricante ni nada. Títulos dirigidos a lectores empedernidos de cómics, a los que se puede limitar la exposición al mínimo imprescindible (en este particular, con reservas en el caso de Supermán 2025. Sigue leyendo).

La exposición también es muy mejorable en este Supermán firmado por James Gunn. Al renunciar a construir una historia de orígenes, cosa que le agradecemos porque no nos apetecía ni un tantito así desperdiciar una hora de película viendo a Clark Kent convertirse, otra vez, en Supermán, y al habernos metido de cabeza en un universo maduro ya establecido, James Gunn debe recurrir a la exposición para suplir el worldbuilding que nos ha negado. Mucha exposición. Y no siempre la maneja correctamente: «le gusta irse a planetas con soles rojos para poder pillar una curda», dice Supermán, palabra arriba, palabra abajo, cuando su prima Kara, Supergirl, (Milly Alcock después de cabalgar dragones en La casa del ídem, aunque algunos de nosotros seguimos pensando que Sasha Calle se merecía otra oportunidad) con un melocotón del carallo, se esnafra contra la puerta de la Fortaleza de la Soledad. Que es Supermán hablándole, en realidad, al público para que entiendan lo que está pasando. Antes ya hemos visto a Lex Luthor admitiendo que envidia a Supermán. ¡Lex Luthor es demasiado narcisista y orgulloso para admitir tal cosa, y James Gunn debería saberlo! Por momentos (estamos en el apartado de «lo menos bueno» de la entrada), el guion de Supermán 2025 está reducido al nivel de comprensión lectora de un niño de cinco años. Un niño TONTO de cinco años. Aunque quizá eso sea deliberado. Una estrategia clásica de propaganda para incrementar las audiencias simplificando el mensaje casi hasta la caricatura. Y, teniendo presente la bajeza narrativa e indigencia intelectual impuesta en el panorama cultural contemporáneo (y cuya consecuencia es la alineación de unas audiencias que YA NO SABEN LEER, ya NO SABEN APRECIAR LA MÚSICA, o si no explícame tú el auge del reguetón, y ya NO SABEN VER CINE), quizá sea inevitable. El síntoma es en sí mismo, la etiología y la enfermedad.

La exposición en Supermán 2025 es, queda dicho, un poco intrusiva. Casi caricaturesca. De pista de audio para personas con discapacidades visuales. Y la exposición sólo delata uno de los más obvios problemas de la narración de esta película en su conjunto, narración que no siempre fluye de manera natural y legible. Hay saltos de escena, y de escenario, que se sienten precipitados, artificiales, forzados. Transiciones que agradecerían un poco más de «aire» entre ellas. Elipsis que no sabes que son elipsis hasta se estrellan en tus morros (en un plano el kaiju mide sesenta centímetros de alto y en el siguiente es de la altura del Flatiron y ha sido avistado varias veces a lo largo y ancho de Metrópolis).

También los diálogos nos hacen echar de menos una segunda o tercera reescritura, si es que han visto corrección alguna, porque las conversaciones de Supermán con los otros personajes, y de esos personajes entre sí, suenan a menudo demasiado coloquiales, desenfadadas casi al nivel de paródicas. Como si hubiesen sido escritas por un guionista de setenta y dos años y cero interacciones sociales que creyese, ingenuamente, que los «jóvenes de hoy» hablan realmente así. Intuimos que es una decisión deliberada que tiene el propósito de socavar el tono grandioso y épico que tienta a toda película de superhéroes, y que, sin un guionista solvente, puede convertirse muy rápido, y muy definitivamente, en grandilocuencia y presuntuosidad. El deseo de aligerar 
Supermán 2025 y hacerla  más accesible a todos los públicos, particularmente a los adolescentes, puede explicar esta decisión, aunque no nos atrevemos a sugerir que la justifique. Magníficos, maduros e ingeniosos eran los diálogos de la hidra Puzo-Newman-el otro Newman-Benton-Mankiewicz para el Supermán de Richard Donner de 1978 y no impidieron, a millones de adolescentes de todos los países y todas las culturas, conectar con el personaje, entre ellos, el autor de estas líneas. Y me niego a creer que los adolescentes de los años ochenta fuésemos más inteligentes que los de ahora.

El guion de Supermán 2025 supedita el progreso de la acción a la coherencia e integridad de la trama. Y eso es un problema. Hay demasiados giros argumentales del tipo «y después», demasiados pocos del tipo «y por consiguiente», y una mareante proporción de otros que podrían pertenecer a cualquiera de los dos tipos. Si no entiendes de qué cojones estamos hablando y no te apetece verte los dos minutos de este vídeo de Trey Parker y Matt Stone, guionistas y creadores de South Park, te lo dejamos masticadito: básicamente, si el conector argumental que une dos escenas es un «y después» en vez de un «y por consiguiente» seguido un «pero», como escritor, has pisado mierda. Y la bouncing betty debajo de la mierda. El método «y después» rompe los huesos de la historia y convierte tu película, tu novela, tu relato, en un archipiélago de gags, un jarrón chino hecho añicos. Una historia encadenada por «y por consiguiente», por su parte, no solo se desarrolla de manera orgánica y lógica, sino que además determina que cada giro de la trama parezca inevitable y cada decisión de los personajes desencadene las consecuencias que les conducen al siguiente conflicto, en una línea coherente, una progresión lógica, una estructura sólida, hasta el desenlace final.

Demasiadas veces, Supermán 2025 avanza a base de escenas «y después» (pasa tal cosa 
y después pasa tal otra, no pasa tal cosa y por consiguiente pasa tal otra). Un error de primero de escritura cinematográfica (y de cualquier otro tipo) que esperamos sea corregido en futuras secuelas.

Tampoco nos acaba de gustar ese giro argumental en el que La Ingeniera recupera los archivos corrompidos del ordenador de la Fortaleza de la Soledad y descubre que en el mensaje completo de Jor-el y Lara-el a su hijo se le despacha a la Tierra como conquistador y verraco de cría para gobernar sobre los débiles humanos y mejorar su raza inferior preñando a todas las mujeres que pueda. Pero entendemos por qué no nos gusta: porque en la mayoría de las representaciones canónicas de Kryptón y en la película fundacional de Rick Donner se nos presenta a los kryptonianos como una civilización ilustrada, de filósofos y científicos aupados a los más elevados estándares éticos. El esfuerzo hecho por Gunn para divorciar la herencia genética de Supermán de su conducta es más que obvio, y volveremos sobre él en la última parte de la entrada.

Hay, además, en Supermán 2025 una inflación de humor a veces nebuloso y molesto, más propio de un título de Guardianes de la galaxia que de una película de Supermán. Viniendo de la mano del mismo director, supongo que era de esperar, pero el tono excesivamente ligero que introduce, por momentos, resulta pueril y algo degradante.

Y Nicholas Hoult está un poco sobreactuado como Luthor. Sólo un poco. Sobreactuado y casi infantilizado por un guion que no le permite ser tan siniestro como Michael Cudlitz en Supermán y Lois, y ni siquiera tan ladino como el Michael Rosenbaum de Smallville, sino que más bien lo  hermana al antagonista psicópata y maquiavélico, pero algo campy, de Gene Hackman en tres de las cuatro películas protagonizadas por Christopher Reeve. De nuevo, sospechamos que se ha perseguido apelar a las audiencias más jóvenes, a las que un Luthor demasiado oscuro podría haber repelido.

Haciendo un aparte para hablar del apartado técnico, dijimos más arriba lo agradablemente sorprendidos que nos quedamos de que el CGI prácticamente no se note en toda la película. Pues bien, el hijo de Metamorfo al que Supermán rescata del universo de bolsillo es la excepción. No es que cante muchísimo que es un muñegote hecho por ordenador. Es que parece un puto personaje de una peli Píxar. TODO está mal en ese puto personaje. La paleta de colores, las texturas, las luces. No se puede haber hecho menos esfuerzo para integrarlo en la película. Aunque, viniendo como venimos del horroroso CGI de The Flash y Black Adam y del bigote de Henry Cavill mal afeitado en la Josstice League, como espectadores no nos escuece perdonar ese patinazo de los animadores, resultado quizá de incluir al puto niño en el último momento de la post-producción, cuando la pasta se había acabado y los plazos de entrega apretaban.

Y de la física de la película, mejor no hablamos, que es física de cómic de superhéroes. O la tomas, o la dejas.

Además, las dos putas escenas extra, una mid-credits y otra post-créditos, son pitofalutadas sin trascendencia, y te las puedes ahorrar sin transpiración. Pero James Gunn ya ha dicho que no le gustan las escenas post-créditos, por más que John Favreau las haya convertido en el estándar del género, y que no estaba dispuesto a poner en ellas nada que condicionase el trabajo de futuros guionistas y directores del DCU. Así que están ahí, pero no avanzan, sugieren ni prometen absolutamente nada de las películas de superhéroes de Detective Comics que puedan llegar, y que deseamos y estamos casi convencidos llegarán, una vez estrenada y amortizada ésta.

Y aunque podríamos seguir rompiéndote los cojones largo rato con esta película, la longitud de la presente entrada, que nos hemos comprometido a mantener unitaria, nos obliga a pasar cuanto antes al necesariamente breve

Final en alto

No vamos a defender la ocurrencia de James Gunn de presentarnos a Jor-el, ese científico bienintencionado del cánon clásico de DC, como un megalómano genocida que envía a su hijo a la Tierra para que se constituya en un Gengis Khan alienígena. Pero estamos dispuestos a justificarla. Porque la idea original de Siegel y Schuster, dos artistas judíos que crearon a su personaje icónico en 1938, era hacer de Supermán un villano, y
con esta decisión Gunn demuestra conocer la intrahistoria del personaje. Además también al Batman de Matt Reeves (que, todo sea dicho, no tiene cabida en el mismo universo que este Supermán, así que espero que estén buscando ya actor para el Batman del DCU) le han dado un pasado turbio (padre vinculado a la mafia, madre con problemas de salud mental...), en una molesta y algo sospechosa moda que se ensaña con los héroes DC causándoles un doble trauma, y que tiene su origen en los cómics (en el caso de Batman, que es el que mejor conocemos en la bitácora, con toda la trama del Guante Negro, por ejemplo. Sí, sí, profundiza, profundiza).

Este desmitificador giro de guion también exterioriza una verdad fundamental sobre el Último Hijo de Kryptón que resulta esperanzadora sobre la comprensión del personaje por parte de James Gunn, nuevo arquitecto del DCU, y de la que otros autores han carecido: Supermán no es un héroe porque tenga superpoderes y haya nacido en otro planeta. Es un héroe porque fue acogido por Pa y Ma Kent, que le inculcaron sus valores. Supermán es un héroe porque ha sido criado COMO UN HUMANO por dos padres bondadosos, cariñosos, trabajadores y honrados. Y por eso, en las escenas finales, Clark ha reemplazado la grabación de sus padres kryptonianos, en la que encontraba inspiración, por videos domésticos de Pa y Ma Kent. Y, con ese acto de rebeldía, Supermán rechaza sus orígenes alienígenas y las funestas esperanzas eugenésicas y dictatoriales de su familia biológica y abraza su naturaleza humana y el código moral de sus padres terrícolas. Supermán escoge la virtud. Escoge a la humanidad. Supermán ESCOGE SER UN BUEN TIPO, elección que se abre todos los días en los corazones de todos nosotros, y escoge INSPIRAR A OTROS CON SU EJEMPLO. Y, si para que Supermán se comprometiese totalmente con su lado más humano, era necesario el mal trago de descubrir que Jor-el era un puto racista totalitario, tal vez haya valido la pena el precio a pagar. Porque esa decisión transparenta un entendimiento profundo e informado del personaje. Y por eso podemos perdonar esta decisión de escritura.

Aunque nos escueza como pis de Pedro Sánchez en una llaga abierta.

Defendemos Supermán 2025 por todas las razones mencionadas más arriba. Porque tampoco en su día nos enamoró Capitán América: El primer vengador, pero lo vimos como un buen paso adelante (y lo fue) para construir el universo cinematográfico que nos acabaría llevando a esto y a esto y esto. Que es la estrategia que los prebostes de Warner del momento, acuciados por las prisas, cegados por el brillo del dólar y maniatados por su propia incompetencia, no fueron capaces de desarrollar. Y, si bien como título seminal del DCU, el Supermán de James Gunn no alcanza las altas cimas de Iron Man, es una buena clave de bóveda que nos puede conducir a lo que siempre hemos pedido, esperado y, hasta la fecha, no hemos obtenido de Warner/DC: copiar lo que funciona de la fórmula que convirtió a Marvel Studios en la gallina de los huevos de oro (hasta que Disney la compró y la mandó a la verga), dotar a su universo cinematográfico compartido de identidad propia y entregarnos una serie de buenas películas y series de SupermánBatmanWonder WomanAquamán y Green Arrow, ¿por qué no? y quizá uno o dos megaeventos cósmicos con toda la Justice League antes de jubilar a la presente e incipiente hornada de nuevos actores, directores y artistas, y pasarle el testigo a la próxima generación.
You can rest now, my dear friend. We'll keep the fire going for you.

El Supermán de James Gunn puede no ser el Supermán que merecemos y desde luego no es el Supermán que habíamos rodado en nuestras cabezas, pero es el Supermán que necesitamos.

Y eso, al que firma esto, le parece mucho más que suficiente.
«I feel that I'm only a steward of a great figure and a great symbol for some brief time on Earth. In the way that all the previous actors who had been the face of Superman had done for their time. And it's a great honor and a great privilege to feel that you can represent what Superman represents
David Corenswet. (Extraído de la entrevista concedida al ubicuo Matías Lértora).

Actualización 14.07.2025

Un lector (sí, tenemos lectores, pocos, pero fieles, ja ja ja, te jodes, chincha rabiña) nos avisa de que la dislexia nos ha pegado fuerte y al publicar la entrada permutamos un julio por un agosto, así que abrimos el post y corregimos el patinaso.

Y, ya que abrimos para editar, nos damos un paseo por Boxofficemojo para comprobar las taquillas del estreno de Supermán 2025.

Y, joder...


Re.

Turbo.

¡DIOS!


¡Y nosotros que nos habríamos quedado satisfechos con una apertura de ochenta u ochenta y cinco millones! Ahora, nos atrevemos a soñar que la cinta de James Gunn mantenga el tipo en las próximas dos semanas y triunfe sobre la división de audiencias que indudablemente se producirá cuando se estrene Los cuatro fantásticos: Primeros pasos, y codiciar que la más reciente película de Supermán se ponga muy, muy cerca de los mil millones de recaudación. Porque, sumando cifras domésticas y taquilla internacional, estamos en cifras de Deadpool & Lobezno, cinta que cerró su andadura por los cines con casi mil trescientos cuarenta millones en entradas vendidas.


Esto se merece una foto de Sara Sampaio. O mejor, un selfie