sábado, 3 de junio de 2017

Las liebres y las sardinas

Hoy voy a compartir contigo, querido lector, tres historias que son también tres lecciones de las que espero puedas algún día aprovecharte.

La primera historia trata sobre el valor y el orgullo, sobre una pequeña luz de esperanza ardiendo en la noche más oscura de la civilización. 

La segunda historia nos habla del esfuerzo titánico de toda una generación, y el sacrificio de no pocas vidas, para expandir las fronteras de la especie humana y para que un anciano pudiese gozar del sexo oral.

Por último, la tercera historia es una reflexión sobre la vida y la muerte, sobre las limitaciones de la existencia humana y la pasión con la cual deberíamos afrontar nuestros días sobre este mundo que es, hasta donde nos ha sido dado conocer, el único del que vamos a disfrutar.
(Vamos con la primera historia.) 
La guerra no terminó.
Londres tras recibir los afectuosos saludos de tío Adolfo.
No todas las bombas alemanas lanzadas sobre Londres durante el blitz de 1940 a 1941 estallaron. Algunas de ellas impactaron contra el suelo y se quedaron allí, bien porque las espoltas no hubiesen tenido tiempo de armarse tras abandonar la bodega de un Heinkel He 111 u otro avión cruzgamado, bien porque en el artefacto hubiese algún componente defectuoso, bien por la fase de las mareas o porque el ángel de la guarda de alguien estuviese particularmente despierto aquel día.

De entre aquellos artefactos sin estallar, no todos pudieron ser sometidos a voladuras controladas (de largo la mejor solución siempre que te enfrentas a un explosivo latente, que puede estallar a traición a poco que intentes manipularlo.) Varias bombas nazis estaban demasiado cerca de edificios estratégicos, redes de comunicaciones, refugios civiles o cualquier otra estructura que habría recibido de lleno la onda expansiva y la metralla, agravando los padecimientos de los sufridos londinenses y privádoles de una instalación crítica. Era en estos casos cuando entraban en acción los artificieros del Royal Logistics Corps, unos fieras con sangre de horchata y pulso de neurocirujano que extraían las espoletas de las bombas sin detonar y trasladaban el artefacto a lugar seguro; tarea tan bizarra como mal pagada a cambio de la cual a veces entregaban un órgano, un miembro o la misma vida.
«Que sepas, Hitler, que nos acordamos mucho de ti, pero más de tu madre.»
Uno de estos artificieros reales se encontró, en el transcurso de su trabajo, con un misterio: al sopesar un detonador recién extraído de una bomba alemana lo encontró extraordinariamente ligero. Como si estuviese hueco. Ante la posibilidad de que los nazis hubiesen desarrollado un nuevo tipo de fulminante, abrió la espoleta y se llevó la sorpresa de su vida. Estaba vacía, a excepción de un librito de cerillas usado en el cual alguien había escrito una frase estremecedora:

«Polonia lucha todavía.»
(Agárrate los machos, que aquí viene la segunda.)
De eso nada, monada.

Cuando el joven Neil Armstrong no era más que un guaje tenía por vecinos al matrimonio Gorsky. En cierta ocasión, mientras el niño Armstrong jugaba al béisbol con su hermano, lanzaron la pelota al jardín de los Gorsky, justo bajo la ventana del dormitorio principal de la casa. El intrépido Neil saltó la valla, corrió como un gamo hasta su pelota y, al agacharse para cogerla, oyó claramente cómo la señora Gorsky le decía a su marido, más o menos lo siguiente:

«¿Mamarte el rabo? ¿Mamarte el rabo, dices? Mira, nene, que una cosa te quede muy clarita: yo te succionaré la verga el día que el chico de los Armstrong camine sobre la luna.»

El 21 de junio de 1969, Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano que ponía el pie nuestro satélite. Él y su compañero Edwin Buzz Aldrin caminaron sobre la muda superficie de la luna, tomaron muestras, realizaron algunos experimentos, hicieron docenas de fotografías y, lo más espectacular de todo, regresaron  para contarlo.

«Heil Hitl!... Estooo... ¡Que me he liao!»
Pero, justo antes de abordar de nuevo el LEM que les devolvería al Módulo de Mando en órbita lunar (donde Michael Collins se moría de envidia y se hurgaba el ano con los cepillos de dientes de sus colegas), Neil Armstron, el astronauta más famoso del mundo, miró a su planeta natal, una hermosa y frágil canica azul en el horizonte, y tuvo un momento de recuerdo para su vecino.

Las últimas palabras que el primer hombre sobre la luna pronunció  antes de emprender el vuelo a casa fueron: «buena suerte, señor Gorsky.» 

Nunca llegamos a saber si la señora Gorsky cumplió su parte del trato.
(Por último, el colofón)
El tiempo que nos fue concedido.
Steve Jobs doctor honoris ego.
En junio de 2005, Steve Jobs (sí, ése Steve Jobs) fue invitado a dar el discurso de graduación de la 114ª promoción de licenciados de la universidad de Stanford. Como yo, él también quiso compartir tres historias con su audiencia. Habló en primer lugar de su condición de hijo no deseado, de cómo su padre biológico le rechazó y su madre soltera decidió darlo en adopción con la única exigencia de que sus padres adoptivos le garantizasen una educación universitaria... que supondría para ellos un esfuerzo económico ímprobo. Steve acabó viviendo como un mendigo. Incapaz de costearse un apartamento o una residencia de estudiantes, dormía en el suelo de los cuartos de sus amigos, cambiaba envases de Coca Cola por centavos para comprarse bocadillos y gorroneba una comida sustanciosa a la semana en el templo de los hare krishna... a once kilómetros de distancia, que recorría a pie porque no tenía ni una triste bicicleta ni pasta para el bus.
(Steve, por cierto, jamás llegó a graduarse, ni en Stanford ni en ningún otro sitio. Su discurso de 2005 fue lo más cerca que estuvo de una graduación.)
Stevie en los ochenta.
La segunda historia que Steve Jobs compartió con su público aquel día fue su despido de Apple, la compañia que él y Wozniac habían fundado juntos. Con treinta años, se vio de repente en la puta calle, expulsado por su propia Junta Directiva. Aunque John Sculley insiste en que nadie le despidió, que Steve se despidió él solito, el fracaso de ventas del Macintosh, producto maldito para el cual ningún desarrollador quería programar ni compilar software, desencadenó la salida de Jobs de la empresa que había creado.
Como Apple, pero con muchísima menos pasta.
Éste fue un momento de crisis personal para Steve Jobs (ya quisiera yo que a los 30 me despidieran de mi empresa y ya sólo me quedase averiguar en qué me iba a gastar mis millones), en el que llegó a considerar la posibilidad de huir de Silicon Valley. Pero se rehizo. Fundó NeXT Computer y también Píxar (sí, sí, ese maravilloso estudio de animación que Disney está destruyendo sistemáticamente) y acabó regresando a Apple en pleno de declive de ésta, como Aragorn a Minas Tirith y, para demostrar que no había rencores, puso de patitas en la calle a toda la Junta Directiva y llevó a la marca de la manzana mordida a lo que es hoy en día.

La tercera y última anécdota que Steve compartió con los alumnos de Stanford en aquel caluroso día de junio de 2005 fue una historia sobre la muerte. Habló de cómo, un año atrás, le habían diagnosticado cáncer de páncreas. El médico le dijo a Jobs: «vete a casa y arregla tus papeles.» Enfrentado a la certeza de su propia  muerte, Steve tuvo pensamientos para su esposa, para sus hijos, a los que ya no vería crecer, y para todos sus seres queridos, de los que tendría meses, tal vez semanas para decir las cosas que debería haber dispuesto de toda una vida para expresar.
Steve Jobs presentando el iPhone.
Aunque una biopsia acabaría demostrando que Steve Jobs sufría la única forma de cáncer pancreático susceptible de cirugía, en su alocución a los estudiantes de Stanford, Jobs empleó su reciente careo con La Parca para exhortar a su joven audiencia a no desperdiciar sus vidas haciendo cosas que no les apasionasen, a perseguir siempre sus sueños, encontrar aquello que les motivaba y esforzarse en hacerlo todos los días de sus vidas, para que cuando les llegue la hora postrera, cuando oigan su llamada a abandonar la escena, no tengan que reprocharse haber vivido alienados de su propia vida.

Y ahora la patada en la boca.

Estas tres historias, aunque no lo parezcan, comparten un denominador común:

Son mentira.

Por el mar corren las liebres por el monte las sardinas, tralará. 
Definitivamente, para esto hay que valer y punto.
Oí por primera vez la historia de la bomba trucada de labios de mi difunto abuelo materno, a quien sobra decir que quería con locura. Nunca me cansaba de volver a escuchar la fábula del prisionero polaco. Mi abuelo (que sabía de Historia más que un catedrático) no recordaba dónde la había leído, o quién se la había contado, y tampoco podía darme ninguna referencia temporal o espacial, ningún nombre o fecha que me permitiesen rastrear ese extraordinario episodio de la más tenebrosa hora del siglo XX.

Soy licenciado en Historia y, si algo aprendí en cinco años de carrera (vale, fueron seis, pero porque fui aparcando todas las asignaturas optativas y de libre configuración hasta el final), es que la ausencia de datos es siempre sospechosa. Si alguien te cuenta un cuento, pero no recuerda quién se lo contó, ni sabe decirte cuándo o dónde pasó todo eso, lo más probable es que dicha persona, quizá con la mayor de las inocencias, te esté contando una mentira.

¿Y qué decir del bulo mamandicio de Armstrong? Por Dios, que es más falso que un euro de madera. Aunque el vejete cabrón de Neil permitió, con su silencio, que la leyenda creciese y creciese. ¡Algo tendría que hacer el hombre para entretenerse, cuando ya al mundo se la bufaba la carrera espacial y a él no se lo ponía firme la butifarra sin pastillitas azules!
Para años de recochineo tuvo, con la puta mentira.
(Pero no me creas. Haces bien: los escépticos heredarán el Cielo. Anda, coge las transcripciones de las transmisiones de la misión Apolo XI y repásatelas tú mismo, campeón.)
Pero creo que la trola más gorda es la de Steve Jobs y su cáncer.
Steve Fassbender haciendo de Michael Jobs.
A Jobs le fue diagnosticado un cáncer de páncreas en 2003. Eso es cierto. Probablemente también sea cierto, pese a su evidente intención melodramática, la escena del oncólogo recomendándole a Jobs que dejase sus asuntos en orden porque muy pronto iba a comerse su último tofu, y la del médico llorando sobre el microscopio tras descubrir, al examinar las células de la biopsia, que Steve no sufría un adenocarcinoma (mayoritario en los enfermos de cáncer de páncreas y prácticamente una sentencia de muerte) sino tumores neuroendocrinos que, efectivamente, podrían ser extirpados mediante cirugía.

Todo lo demás es mentira. Bullshit, Steve. Bullshit.
¡Que sí!
Mientras se dirigía a los estudiantes de Stanford, Steve Jobs no estaba curado de su enfermedad. No se había operado. No había recibido el más mínimo tratamiento. El cáncer seguía dentro de él, más fuerte que nunca, y Steve lo sabía. Todo porque cuando le fue diagnosticado el cáncer, Jobs se negó a operarse o a recibir ningún tipo de tratamiento. Estaba decidido a demostrarle al médico que el páncreas se lo podía curar él solito con zumitos de zanahoria, té de pinocha, incienso, flores de Bach y sus Stevejóbicas pelotas. Que para algo era Steve Jobs, fundador de Apple, genio multimillonario, decimoséptimo avatar de Buda, emperador del universo.

Steve se pasó nueve meses recitando mantras y tomando tisanas de escroto de ciervo, o esnifando bayas de goji o vete tú a saber haciendo qué, y colgándole el teléfono al médico cada vez que le llamaba para suplicarle que se sometiese a la cirugía o prometerle un 100% de supervivencia como mínimo diez años tras la intervención. «¡Guárdate tus venenos destilados del petróleo y probados en animales, curandero! ¡Yo me voy a sanar a mí mismo moviendo la kundalini a través de mis propios chakras y gracias a la autosuficiencia ayurvédica de mis todopoderosos cojones!»

Cuando Jobs regresó al médico, porque ni toda la estevia, las cataplasmas de perejil y los preparados homeopáticos lograban detener el deterioro de su salud, el cáncer ya se había extendido. Y mucho.
Steve ya más allá que acá.
Steve sabía muy bien todo eso cuando leyó su discurso a los graduados de Stanford en 2005. Unos críos que empezaban sus primeros pasos en la vida adulta. Jóvenes que estaban encantados de que Jobs hablase en su graduación, que tal vez consumían productos Apple, que admiraban a Steve, que, me juego lo que sea, le consideraban un ejemplo a imitar, un guía espiritual, un semidios. Steve aceptó la invitación de la universidad y dirigió a los licenciados un discurso motivador. Tal vez aquellos chicos se emocionaron al oírle, seguro que atesoraron sus palabras, que acuñaron su filosofía vital: «haz lo que te apasione y hazlo ya, porque mañana estarás muerto»

Imagina que oyes el mejor discurso que te han dado en tu puta vida.

Y la parte más importante está basada en una mentira.
(Yo también me emocioné con el discurso de Steve, cuando me enviaron el enlace a un vídeo de Youtube hace años.)
(Y era mentira.)
(El cabrón me miró a la cara, por así decirlo, y me mintió.)
Por supuesto que Jobs no estaba obligado a compartir conmigo las truculencias de su historial médico, pero yo tampoco le había preguntado nada. Fue él quien decidió hablarme de su enfermedad. Él escogió qué quería contarme y qué no.

Y escogió mentirme, tal vez creyendo que nunca le pillaría.

Le pillé.

Y no puedo perdonarle que se haya reído de mí.
Todo el mundo miente. Pero no importa, porque nadie escucha.
Se non è vero è ben trovato.

Los novelistas sabemos un cacho largo de esto de contar mentiras. De hecho, por algo a las novelas les pegan la etiqueta «ficción». Una ficción es una fantasía, un cuento, una fábula, una mentira.

Escribir una novela es contar una mentira. Una muy larga.

Pero los novelistas contamos mentiras para contar la verdad. Escribimos ficción para provocar una fricción con la realidad. Nuestras mentiras hacen saltar chispas para que nuestros lectores sean conscientes de cosas que ignoran, temen, que permanecían invisibles ante sus ojos o a las que no osan enfrentarse en el campo abierto de la realidad.

Contamos mentiras porque sabemos que, si les contásemos la verdad, los lectores volverían la cara para el otro lado.

Las tres historias que he contado más arriba tienen su propia fuerza dramática. La primera vez que oí cada una de ellas se me quedaron grabadas. Las he contado muchas veces, deleitando a audiencias más o menos interesadas.

Y luego he confesado el truco.

Marchamo de calidad.
Primer caso de estudio: el valiente prisionero polaco.
Varias docenas de personas me han oído relatar la valentía de ese trabajador polaco, arrancado de su hogar por las tropas fascistas y enviado a trabajar hasta la muerte por extenuación en las fábricas de armas del Reich. Esas personas se han emocionado conmigo imaginando las trémulas y descarnadas manos de ese valiente prisionero de guerra polaco saboteando la espoleta de una bomba nazi (sabotaje que, de ser descubierto, le habría costado la vida) y dejando en su interior un mensaje de esperanza, un testimonio de valentía. He empleado la historia del valiente polaco, esclavizado en las industrias de muerte de Hitler, como metáfora de la resistencia frente al mal, del orgullo indomable, del triunfo de la humanidad. Ese librito de cerillas usado ha encendido en mi público una luz cegadora que, por un momento, les devolvió la fé en el género humano.

Pero ese valiente prisionero polaco no existió. Le he buscado en mis libros de texto. He interrogado a mis compañeros y a mis profesores de la  Facultad. Nadie ha oído hablar de él.
Aquí tampoco estuvo nuestro amigo polaco.
¿Por qué entonces La guerra no terminó tiene tal poder evocador? ¿Por qué se me quedó grabada? ¿Por qué me estremezco cada vez que la cuento, si no es más que una puta mentira?

Porque hubo no uno, sino cientos de trabajadores esclavos, enviados a las factorías del III Reich, que sabotearon las armas nazis. Prisioneros polacos, húngaros, rusos, rumanos que, enfrentados a unas condiciones de hacinamiento indignas incluso del ganado destinado al sacrificio, mantenidos en permanente estado de inanición con una dieta asesina, sometidos a jornadas laborales interminables y a los abusos de sus carceleros, incubaron dentro de sí mismos la voluntad de seguir resistiendo, hasta donde se lo permitía su condición,  y, ante la disyuntiva de conservar sus miserables existencias y colaborar en los crímenes nazis o arriesgarlas estorbando la lujuria asesina de Hitler, optaron por esto último. Se negaron a armar a las SS, inutilizaron municiones, averiaron los motores de los bombarderos de la Luftwaffe y de los carros blindados de las divisiones panzer sabiendo que, de ser descubiertos, lo pagarían con la vida. Porque todos ellos descubrieron algo que les importaba más que la mera subsistencia y empeñaron sus vidas en defenderlo.

Y así, el anónimo saboteador polaco de la bomba nazi se convierte en un arquetipo, en la personificación de todos los hombres y mujeres que, con sus menguadas fuerzas, contribuyeron a frustrar el esfuerzo de guerra nazi.
Birkenau, mayo de 1944. Mujeres judías declaradas aptas para el trabajo.
La guerra no terminó ilustra a la perfección cómo deben contar mentiras los novelistas. El escritor de ficción debe contar una mentira para contar la verdad. Ésa es la única forma noble de mentir cuando te dedicas a esto. Invéntate un personaje, un relato, un escenario, y úsalos para contar verdades como puños, verdades de las que duelen, de las que sólo pueden contarse con mentiras porque la verdad misma es demasiado amarga, dolorosa, insoportable en su forma más pura.

Así se escribió Primera sangre, de David Morell. John Rambo nunca existió, pero ¿cuántos John Rambo volvieron de Vietnam y de otras guerras traumatizados por lo que habían visto y hecho, estigmatizados por unos compatriotas que no apreciaban su sacrificio o que les acusaban de crímenes nefandos? Bien entrado el siglo XXI, David Morell sigue recibiendo cartas de veteranos agradeciéndole que les devolviese su dignidad con esta novela.
Cuando una buena novela se convierte en una buena película.
Miente. Miente como un poseso. Pero miente siempre diciendo la verdad. Convierte tus relatos, guiones y novelas en enormes mentiras escupiendo una verdad tras otra, sin pudor, como si las fuesen a prohibir mañana (al paso que vamos, todo se andará.)
¡Pero no así, por Dios! ¡Menudo orgasmo de frivolidad y mal gusto!
Segundo caso de estudio: al señor Gorsky le van a dejar los cojones como pasas.
La historia de la mamada del señor Gorsky se hizo tan famosa que muchas personas que jamás escucharon las cintas originales de la misión Apolo ni leyeron las transcripciones la dieron por buena. Zack Snyder hasta la aprovechó para sus Estados Unidos alternativos en Watchmen. La razón de por qué esta mentira concreta tuvo tanto éxito salta a la vista: un hecho histórico conocido, un personaje universal, un oscuro secreto de la infancia y una mamada. ¿A alguien se le ocurre cómo mejorarla?

La felación de espoleta retardada del señor Gorsky (y los buenos deseos de su antiguo vecino Neil Armstrong) es una mentira llamada a perdurar en la memoria. Dentro de cien años, los extraterrestres que realicen prospecciones arqueológicas en este planeta que nos habremos cargado entre todos (con la inestimable ayuda de Donald El Cambio Climático es un Invento Comunista Trump) desenterrarán la vieja historia del pito del señor Gorsky y se descojonarán con ella. Si tienen cojones; que esos extraterrestres podrían ser asexuados, como las estrellas de mar o como Keira Knightley.
Es una criatura preciosa, pero, a la vista está, no tiene sexo definido.
De eso nada, monada es un perfecto ejemplo de otra técnica de contar mentiras. Una un poco más burda. Como de chiste de Arévalo. Una mentira para vagos que se aprovecha del desconocimiento del público sobre un detalle concreto (no puede haber muchos que hayan escuchado todas las cintas del programa Apolo o leído todas las transcripciones), del carácter de autoridad que le otorga un personaje famoso (el pobre Neil Armstrong, que sazonó su retiro y senectud negándose a confirmar o desmentir la trola), del inmediato reconocimiento por la audiencia de un hecho conocido (el primer paseo de un hombre por la luna) y de nuestra natural querencia morbosa hacia todo lo relacionado con el sexo.

Juntando esos elementos, De eso nada, monada nos cuela una mentira gordísima. Una falsedad como un piano de grande. Un embuste tan evidente que nadie debería darle la más mínima credibilidad.

Y sin embargo nos la creemos. Porque queremos creerla. Porque nos produce un placer culpable pensar que sucedió tal y como nos lo cuentan. Porque toda mentirijilla sale ganando si le metes a un famoso y algo de sexo. Por eso había gente que aseguraba haber visto el famoso vídeo de la niña, la Nocilla y el pastor alemán llamado Ricky. Aunque ese vídeo no fue emitido. Y no podía ser emitido porque nunca existió. El inventor de tremenda patraña era un auténtico doctor honoris causa en ficción malsana. Una adolescente, una cámara oculta, un coño menor de edad untado en crema de cacao y un poco de zoofilia. ¡Tachán! Los que iban a dar la sorpresa acaban siendo los sorprendidos. Ese giro final, propio de un chiste (de uno del peor gusto) debería haber puesto sobre la pista de la verdad a todos los que oyeron la historia de la Nocilla y el perro Ricky.
(Va Supermán volando por los cielos de Metrópolis y ve a Wonder Woman, en pelota picada y abierta de piernas, tumbada al sol en una azotea. «Ésta es la mía», se dice el Último Hijo de Kryptón. «Con mi supervelocidad puedo meterme en ese amazónico chumino, follármela y largarme antes de que se dé cuenta de lo que pasa.» Dicho y hecho, Supermán se tira como un misil entre las prietas zancas de Wonder Woman y ¡zaca, zaca, zaca! en menos de un segundo acaba y se larga. «¡Por Apolo y por Artemisa!» dice Wonder Woman «¿Qué demonios ha sido eso?». «No lo sé», contesta el Hombre Invisible, «pero me ha dejado el culo hecho una pena.»)

Pero no. Era una mentira tan buena, tan sórdida, tan sucia y perversa que tenía que ser verdad. Y sigue habiendo gente de mi generación convencida de que «algo había» tras ella.
Advertido quedas.
De eso nada, monada nos enseña a contar una mentira muy mala que todo el mundo se quiere creer. Es un recurso para engañar a lectores que desean ser engañados. Úsalo con cuidado, querido lector. Es el truco más viejo del mentiroso, o sea del escritor de ficción, y el más burdo. Es la espada embotada, el vino aguado, el condón agujereado del arsenal del novelista. Te puede sacar de un apuro para una escena, un diálogo, un personaje... pero como eleves esta falacia ruín y pastosa a la categoría de capítulo o, Dios no lo permita, de novela, bajarán las musas del Olimpo y te calzarán una mano de hostias. 

De eso nada, monada, ilustra el recurso al cebo fácil, normalmente de naturaleza sexual o escatológica. Ponle algo de mierda o una señorita núbil en cuero de pelota y, aunque sólo sea por el morbo, todo el mundo querrá leer esa historia. Por eso usan modelos mollares en ropa de nacimiento para anunciar lo que sea: desodorante, relojes, zapatos, seguros... La iglesia católica, en su ignorancia, se fue al extremo opuesto y, claro, así les va ahora, subsistiendo a duras penas con las cuatro beatas rezadoras de siempre.
Que nada, que mi erección no llega.
¿Ejemplo literario de este tipo de mentira? Joder, las sombras de Grey. ¿Cuál si no? Empecé a leer esa insulsa mierda pensando que era un libro erótico y yo, que es que me pongo burro con todas las palabras que empiezan por ese (las culpas, a la Sampaio), sigo esperando que llegue la trempera prometida por la, además de pésimamente escrita, más aburrida novela que me ha caído en las manos desde hace lo menos veinte años.
Tercer caso de estudio: ésta te la guardo, Steve.
Te lo pido como un favor personal: nunca hagas lo mismo que Steve Jobs en su discurso ante los graduados de Stanford.
Ashton Jobs según Steve Kutcher.
Steve Jobs murió el 5 de octubre de 2011 (víctima del mismo cáncer que podría haberse curado con una operación casi rutinaria) y cada vez que pienso en él lo primero que recuerdo no son sus logros como empresario, su empeño en revolucionar la forma en que los seres humanos se relacionaban con la tecnología, su conquista personal de democratizar la informática; el primer pensamiento que me evoca el nombre o la figura de Jobs no es el ignominioso rechazo a su primera hija, ni tampoco sus amargas polémicas con diversos directivos y empleados de Apple, que le acusan de déspota, maltratador psicológico, Narciso enloquecido y cruel...

Una vez descubierta la amarga verdad tras su precioso discurso de graduación ante los alumnos de Stanford, lo primero que me viene a la cabeza cuando alguien menciona a Steve Jobs es que una vez, hace no mucho tiempo, me miró a la cara y me mintió.

Una mentira preciosa, sí.

Pero mentira, a fin y al cabo.
Entérate.
¿De qué me sirve que todo lo demás que contó fuese verdad? ¿Cómo podría respetar el resto de su vangloriado discurso desde el momento en que supe que me había mentido en lo más importante? Toda su introducción previa (su drama personal de hijo no deseado y entregado en adopción, las estrecheces que pasaron sus padres por darle una educación superior, su caída en desgracia desde la dirección de Apple, su regreso triunfal...) quedaba devaluada, enfangada por su mentira.

Steve quiso contar una mentira y lo hizo. Mintió sobre su estado de salud por razones que sólo él conozce y que dudo compartiese con nosotros, en caso de tener oportunidad de preguntarle. Tal vez era demasiado orgulloso para admitir que seguía enfermo, que se había equivocado al rechazar el tratamiento, que, contra lo que había llegado a creer en los años precedentes, no lo podía todo, no lo controlaba todo, no lo sabía todo. Tal vez tenía miedo. Joder, sí, tal vez incluso el genio Steve Jobs, el infalible Steve Jobs, Steve Jobs el ave fénix había tomado conciencia de su propia mortalidad y estaba asustado. A pesar de todas esas monsergas orientales en las que había creído desde siempre, tal vez Jobs sintió el frío dedo de la muerte en la nuca y, por primera vez en su vida, dijo «¡Hostia, que esto es real!» Tal vez no quería mostrar debilidad. Tal vez no quería reventar la cotización en bolsa de Apple.

Fuera por el motivo que fuese, Steve nos mintió a todos.

Y nos mintió de la peor manera posible. Emparedó su mentira entre verdades, de manera que, cuando detectásemos la trola y la sacásemos de la estructura de su discurso, todo se viniese abajo como un castillo de naipes.

¿Cómo seguir creyendo en la filosofía de Steve Jobs, cómo otorgarle el valor que merece su consejo de vivir la vida con pasión, de aprovechar el poco tiempo que nos quede, ahora que hemos descubierto que estaba apuntalado por una mentira?
Hasta Harry se lo ha tomado a mal.
El tiempo que nos fue concedido es la lección más valiosa de las tres que quiero compartir hoy contigo, querido lector: nunca emplees la verdad para contar una mentira. Es una ruindad. Es indigno de un escritor honesto. Es una canallada que tus lectores jamás te perdonarán en cuanto se descubra el pastel (que se descubrirá; no en vano dicen que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo). Como escritor le debes respeto a tu público. No puedes cambiar las normas de la ficción cuando a ti te convenga. No tienes derecho a traicionar la confianza que tus lectores han depositado en ti, aprovecharte de su simpatía, de su credulidad, apelar a sus mejores sentimientos... y a continuación mentirles. Nunca te lo perdonarán.

Gay Talese tenía una sólida fama como periodista y escritor. Se le consideraba uno de los más solventes retratistas del alma estadounidense y el demiurgo, junto a Tom Wolfe, del «nuevo periodismo».

Pero Gay Talese nos contó una mentira gordísima que arroja una sombra de sospecha sobre toda su obra. Nos mintió porque sí. Porque la historia era demasiado buena para estropearla contando la verdad. Porque Gay ya está mayor y le dio pereza comprobar los datos de su fuente. Porque «soy Gay Talese y no eres digno de respirar el mismo oxígeno que yo, ¡chusma!»
La cagaste, Gay, y lo sabes.
Nos mintió. Adrede o por accidente, nos coló un momento Steve Jobs.

Esas cosas no se olvidan.

Esas cosas no se perdonan.

Nunca hagas como Gay Talese.

Nunca, nunca seas como Steve Jobs.

Porque el legado de Steve Jobs ya será siempre, al menos para mí, una mentira.

domingo, 21 de mayo de 2017

La fórmula de la Coca Cola

El precursor

En el año 1886, un ex oficial confederado, el coronel John Pemberton, boticario de vocación y morfinómano de profesión, comenzó a comercializar a través de una farmacia de Atlanta, Georgia, un refresco de su invención destinado a combatir su hábito y el de otros muchos veteranos que, para sobreponerse al dolor de las heridas recibidas durante la guerra de secesión, se habían aficionado a la leche de amapola.

Bueno, según Pemberton, su elixir no sólo era bueno para los yonquis, además curaba los trastornos gástricos, la jaqueca, los desórdenes mentales y la impotencia.

Con un par.

Le daba mucho a la aguja, pero no para hacer macramé.
(No seais muy severos con el muchacho. En su época se creía que el agua carbonatada era la panacea universal. Como antes lo habían sido las sangrías y después lo fueron el radio, las sulfamidas, el gingseng, el té verde, el ibuprofeno... y ahora la paleodieta, el veganismo, los smoothies, el crossfit...)
«¡Ya noto cómo me crece la picha!»
La bebida milagrosa de Johnny Buscavenas ha cambiado de fórmula varias veces a lo largo de su historia. Hoy en día  se compone básicamente de agua azucarada y gasificada, ácido fosfórico, cafeína, colorante y excipientes; pero la leyenda dice que, en su día, John Pemberton se fue a ver al droguero más cercano y le compró todas las mariconadas exóticas del almacén. Así, se le suponen a la primera receta del refresco extracto de nuez de cola, que suena a marranada sexuaaaaaal, y picadillo de hoja de coca, que es lo que toman los peruanos para el mal de altura y la materia prima de la principal exportación de Bolivia.

El brebaje del coronel Pemberton, por si no lo habías adivinado, probo lector, es éste:

Siempre diabeteeeeees.
No, no voy a contarte la historia de la Coca Cola. Para variar, vamos a hablar de construir relatos.

Vamos a hablar de la fórmula.

La única genuina panacea.
Dando por buena la historia referida más arriba, el coronel Pemberton se encerró en su laboratorio y probó diversas combinaciones de hierbas raras con mucho azúcar y dióxido de carbono (eso que no falte) hasta dar con su producto. Es de suponer que en el camino produjo muchos combinados difícilmente potables, no pocos de ellos directamente vomitivos y quien sabe si alguno potencialmente letal, y perdón por los tres adverbios. El pobre Pemberton la palmó joven, antes de ver cómo su Coca Cola Company se convertía en una corporación asquerosamente multimillonaria pero ¡que no! ¡Que no te voy a contar su puta vida! Cómprate el libro y tal.

La fórmula actual de la Coca Cola se mantiene en secreto, custodiada en la bóveda blindada de un banco que bla, bla, bla. Ya si eso, lo buscas en Google y te enteras de los detalles. 

Viendo el éxito del producto original, no tardaron en salirle imitadores con mayor o menor fortuna. El producto más parecido a la Coca Cola, con el cual mantiene una nada disimulada rivalidad comercial, es la Pepsi Cola. Quien quiera que haya probado ambas estará de acuerdo conmigo en que el sabor es casi indistinguible... lo cual no impide que haya gente que odia la Coca Cola pero se pirra por la Pepsi. En fin... el mundo es así. O lo tomas o te pegas un tiro.


Mi hermana la prefiere. A mí como que me da lo mismo.
Pero es que por una empresa que ha tenido más o menos éxito en hacerle la competencia a los de Coca Cola, hay mil doctores Frankenstein que han parido verdaderos monstruos.

¿Habéis probado el sucedáneo de Coca Cola que venden en el DIA? Abominable, como el ídem hombre de las nieves. Pues la osadía no termina ahí. Vete a tres o cuatro supermercados de diferentes franquicias y encontrarás otras tantas bebidas genéricas de cola, a cual más indigesta. Coca Cola de marca blanca con un sabor que escapa a toda descripción. Prueba la Cola del Hacendado. Es decir, si eres hombre, o camionera lesbiana y estás harta de la vida. Vete a Vietnam y degusta su Big Cola. Si te atreves. ¡Pero si hasta Richard Branson sacó una Virgin Cola! (que ni hemos catado ni putas ganas tenemos). Y de la Freeway Cola del Lidl mejor no hablemos, que aun tengo sudores fríos. Con decir que se la eché a unos clavos oxidados y les provoqué alopecia, presbicia y diarrea está todo dicho.


Esto debería ser delito.
¿Adónde quiero llegar?

Todos estos plagiadores no son tan arrogantes como para suponer que a los bebedores de Coca Cola y Pepsi se les puede seducir con sucedáneos. No. Tampoco buscan, mediante ensayo y error, la fórmula secreta del producto al cual pretenden imitar. La intentona supondría una inasumible inversión en investigación y el improbable éxito un ruinoso pleito por parte de The Coca Cola Company.

Lo único que quieren es copar un pedacito del mercado de bebedores de refrescos de cola. Aunque sea pequeño. Arañar un poco del éxito de la Coca Cola. Siquiera por accidente. Pegar un pelotazo bonsai, un pelotacillo.

Vamos, lo que en Paratroopersdon'tdie llamamos pura y simplemente decaer.

Y eso, me temo, los equipara a muchos escritores consagrados y aspirantes a serlo.
(Sí, hay lecciones que conviene estudiarse más de una vez, porque solemos tener la mollera demasiado dura para que nos entren a la primera.)
No lo llames «arte», llámalo «fan fiction.»

Cada vez que alguien se monta en el dólar con una obra literaria (o musical, o cinematográfica) le salen cuatrocientos millones setecientos noventa y tres mil ochenta y dos imitadores. Cuatrocientos millones setecientos noventa y tres mil ochenta y dos hijos de su reputísima madre que pretenden usurparle al/los artista/s original/es un pellizco de su éxito. Pegar un pelotacillo. Con una desvergüenza digna de admiración y una inepcia digna de lástima, estos aspirantes a decaer perpetran Harry Potters de todo a cien, Señores de los Anillos de bisutería, Crepúsculos variados y más sombras de Grey de las que puede apreciar el ojo humano y digerir el estómago de un mortal sin vomitar. La desfachatez puede llegar al punto de imitar incluso el rotulado y portadas de los libros que fusilan, el diseño y paleta de colores de los pósters de las películas que aspiran a desplazar del top ten.

En algunos casos, esas imitaciones no es que entren en el pantanoso terreno del plagio, sino que constituyen, en sí mismas, un casus belli que justificaría el uso de armas nucleares.
Esto existe. Lo juro.
Pero lo peor de todo es que nunca les falta un editor/productor desaprensivo dispuesto a publicarlos/financiarles su mierda de peli/grabar su disco.

En el caso que nos ocupa (recuerda que aquí nos ocupamos de libros y, transversalmente, de películas, por lo que los flins nos enseñan sobre el proceso creativo y la estructura narrativa), la calidad literaria y cinematográfica de estas marcas blancas de Coca Cola brilla por su ausencia. Son el equivalente literario o cinematográfico de la Freeway Cola: un producto infecto surgido de los mefíticos cojones del mismísimo Lucifer para exterminar a la raza humana (y a los clavos de carpintería). Una mierda tan gorda que no merece el nombre de libro, película... lo que sea.

Es pura y simple fan fiction. Homenajes desafortunados de fans sin talento que escriben historias en los escenarios de su libro o película favorita, con los personajes que se la ponen dura. Ejercicios de masturbación mental relegados a los más oscuros hilos de los foros de aficionados a... (pon en la línea de puntos tu novela o peli preferida) y que no deberían ver jamás la luz.

Conatos de pelotacillos.

Por desgracia para la civilización occidental, algunos de estos abortos, de estas pesadillas, acaban viendo la luz.

Así acabó el Imperio Romano.

Párate a pensar un momento e intenta recordar cuántos plagios de Harry Potter has visto últimamente en las librerías. O en el cine.

Parece fácil, ¿verdad?
Cuántos de Los juegos del hambre.

Cuántos de Crepúsculo.

Te lo pido por favor: ni lo intentes.
Cuántos de 50 sombras de Grey (que, ya tiene pelotas, y pelotas irónicas, empezó como fan fiction de Crepúsculo en un foro de aficionados de esa mierda de libro. Anda, pincha en el enlace, pincha. Y llora.)

¿Qué buscan todos estos tíos? La fórmula de la Coca Cola, o sea el secreto del éxito. El pelotacillo. ¿Cuánta nuez de cola, cuánta agua carbonatada, cuánto ácido fosfórico, cuántos fetos de negro liofilizados (¿Yo qué sé qué le echan? Es un secreto.) necesito para ser tan rico como J.K. Rowling? Porque si a ella le salió, a mí también me saldrá. Si está muy claro, coño: un huérfano gafotas con cara de niño Vicente, un pasado misterioso, una escuela de magos, un malo malísimo de la muerte (¿Cómo era que se llamaba? ¿Condemort?), pero de la muerte mortal, ¿eh? Se agita todo bien, se envasa en botellas de Coca Cola, se le cambia el nombre para que no nos crujan a demandas y, ¡pum!, a esperar el primer cheque, ¿verdad?

No.

Lo siento por ti, pero no.

Su propio nivel de maldad.

Si creías que subir tu spin-off no autorizado y probablemente perseguible por vía civil de Los hombres que no amaban a las mujeres a un foro de fans de Stieg Larsson constituía una hazaña, mereces toda mi compasión.

Si pensabas que encontrar un editor con las escasas luces necesarias para dar al tórculo tu fementido clon de combate de Divergente, que a su vez es un fementido clon de combate de Los juegos del hambre (por cierto, ¿qué título le pusiste al final? ¿Indulgente? ¿Refulgente? ¿Convaleciente? ¿Efervescente?) era el no va más, déjame llamarte lúser,  piltrafa, mierdecilla que sólo nueve a risa y ascopena.


Como Los juegos del hambre pero sin juegos, ni hambre.
Nunca jugarás en las grandes ligas, nunca parirás un catastrófico sucedáneo de Coca Cola como sólo los verdaderos genios del mal son capaces de hacer. Nunca provocarás tsunamis de carcajadas de vergüenza ajena, kilómetros de hilos ahítos de veneno en los foros de aficionados ni derrames cerebrales masivos en los críticos literarios.

Y es que sólo hay una cosa peor que intentar replicar la fórmula de la Coca Cola en el váter del piso de protección oficial de tus padres, y es intentarlo a lo grande, en un laboratorio de superalta tecnología, con científicos de prestigio y un presupuesto multimillonario.

Ése, amigo mío, es un nivel de maldad reservado a la gente con pasta. Con mucha pasta. El infranivel de los pelotacillos multimillonarios. Un submundo de decadencia donde todas las hembras son modelos de Victoria's Secret en perpetuo celo, nadie pone ginebra de colorines ni puto pepino en los gin-tonics, puedes codearte con el mismísimo Belcebú y hasta la mierda huele a almizcle.

Vamos con los inevitables ejemplos.


Huy huy huy huy huuuuuy.

No he leído Eragón.

No, tampoco he visto la película basada en Eragón.

No, nunca leeré Eragón ni veré la película.

Tuve el libro en la mano, en cuanto salió.

Dragón (bueno, dragona) en portada.

Mal empezamos.

Abro la primera página. Leo el primer párrafo.

Insulso e intrascedente.

Leo la primer página.

Aburrida de la H-O-S-T-I-A.

Abro el libro por el centro. Leo algunas páginas al azar.

Farfolla de la peor.

Devolví el libro al estante de la librería.

Me desinfecté las manos.

Salí de la librería.


 
Puede que Eragón sea la polla en verso (honestamente lo dudo), pero yo nunca lo sabré.

Eragón sólo llegó a las librerías (y su película a los cines) porque hubo un chaval (que no se hacía suficientes pajas) cuyos padres avariciosos y tocapelotas, convencidos de que iban a pegar un pelotacillo y forrarse el riñón a costa de la novela de su nene, lograron encontrar un editor tan codicioso como ellos que creyó llegada la oportunidad de subirse al carro de Tolkien, aprovechando que la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos había puesto de moda para el gran público el género de espada y brujería (para nosotros, los freaks, nunca dejó de estar de moda).

Una Edad Media idealizada, un protagonista de origen humilde, una elfa con nombre de actriz porno, un villano que parece regurgitado de un borrador de Astérix, un mago, una dragona... ¿qué coño podía salir mal?


Por increíble que parezca, hay hasta cuatro libros, que yo sepa.
Pues que Christopher Paolini no es Tolkien. Nunca ha sido Tolkien. Nunca será Tolkien. No merece ni lamer los calzoncillos sucios de Tolkien. Es más, algunos de nosotros sentíamos agónico dolor rectal cuando las revistas y los suplementos culturales de los periódicos e informativos, con una necedad sin horizonte visible y un cinismo apollardante, identificaban a aquel niñato media hostia como «el nuevo Tolkien», recurso de marketing que revela la pobreza de ideas y la negrura del corazón del publicista.

Bueno, pues alguien se lo creyó. Creyó que Cristopher Paolini era el nuevo Tolkien. Creyó que Eragón era el nuevo El señor de los anillos. Creyó que había descubierto la fórmula de la Coca Cola, y puso pasta para hacer la película.

O lo que sea.

Eragón, la película, se dio una hostia tan grande en taquilla que, del mismo rebote, ascendió de nuevo y volvió a hostiarse otra vez, casi con la misma fuerza. Y ahí sigue. Desde aquí oigo los rebotes: pum, pum, pum...

Presupuesto: cien millones de dólares. Recaudación: apenas setenta y cinco.


...pum, pum, pum, pum...
Christopher Paolini, un chaval que seguro que es majísimo, escribió Eragón, su primera novela, entre los quince y los dieciocho años.
(Hay otros tres libros de la saga, pero casi nadie los ha leído todos.)
(Y los pocos que lo hicieron, hoy lo lamentan.)

Repito: entre los quince y los dieciocho. Hay buenas razones para creer que todavía no se había atizado la primera manola cuando acabó el primer borrador de la novela. En sus emocionantes primeras dos décadas de existencia, Christopher había viajado... básicamente a ninguna parte (vivía en Donde Napoleón Perdió Sus Pelotas, Montana), visto muchas películas en vídeo (sobre todo Star Wars, muchas veces) y, al menos eso dice, leído muchos libros. Vamos, que [SARCASM MODE ONLINE] tenía una vida riquísima, llena de experiencias con las que insuflar corazón y alma a su novela [SARCASM MODE OFFLINE].

Pero no os enfadéis con él. Ni siquiera fue a una puta escuela, por el amor de Cristo. Sus padres lo educaron en casa. Nunca tuvo compañeros de clase. Sus contactos con críos de su edad, o de cualquier edad, eran esporádicos por decir algo. ¿Qué mierda podía saber de interacciones humanas un chaval criado al margen de la sociedad? Aunque, por otra parte, tienes razón; ¿qué coños hace un puto hikikomori escribiendo un libro con personajes que viajan por el mundo y se relacionan entre sí? Es como si yo escribiese la enciclopedia del orgasmo clitoriano de Sara Sampaio.



Ahora tiene unos añitos más y está como buenorro y todo.
Ah, que a ti te gusta Eragón.

Bueno, pues con tu pan te lo comas. Hay quien bebe Coca Cola y hay quien prefiere la Pepsi. No descarto que incluso haya gente dispuesta a beber la Escroto Cola de Supermercados Disentería.

Pero Eragón seguirá siendo Eragón y Escroto Cola seguirá siendo Escroto Cola. Y te diré algo más: si sigues bebiendo Escroto Cola te va a arruinar el paladar y pronto serás incapaz de apreciar el sabor de la Coca Cola o la Pepsi. Es más, pronto serás incapaz de saborear nada. Todo te sabrá a Escroto Cola.

Que sepas que podría echarme toda la tarde aquí

Imagínate que eres productor y te proponen hacer una peli con Lea Thompson, la madre de Marty McFly en Regreso al futuro, como protagonista; Willard Huyck, el guionista de Indiana Jones y el templo maldito, como director; George Lucas de productor ejecutivo y la Industrial Light & Magic (los mismos de Star Wars) a cargo de los efectos especiales... Los ingredientes de un buen refresco de cola, ¿eh?

«Full uncut version». Si es que tiene delito.
Pues no. Howard el pato (basada en el cómic Marvel homónimo) fue una de las catástrofes más sonadas de la década de los 80. Verdadero veneno para las audiencias (costó 36 millones de dólares y recaudó 37... en todo el mundo, y con mucho esfuerzo), ganó cuatro razzies (Peor Película entre ellos) y figura en el documental de 2004 Las 50 peores películas de la historia.
Howard el pato lacado y con hombreras.
No sé qué pensaría hoy si viese Howard el pato.

Sé que la ví en VHS hace como un millón de años, cuando aún tenía pelo e ignoraba que la materia más dura, fría y negra del universo es un corazón de mujer.

Vi Howard el pato y me encantó.

Pero probablemente sólo era otra marca blanca de Coca Cola que, espero, no me haya arruinado el paladar.
(Por cierto, que Marvel podría estar planeando intentarlo otra vez con el pobre Howard. ¡Arrepentíos, pecadores!)
Howard el pato versión millenial.
Y la gente no aprende, ¿eh?

Crónicas de Narnia. Una serie de libros escrita por un colega de Tolkien. Leones que hablan, una bruja cacho cabrona, un batiburrillo de criaturas de fantasía a cual más confuso, cuatro mocosos que viajan a un reino mágico... Hacemos la peli, la publicitamos como «la peli basada en los libros que escribía el tipo que le pagaba las pintas de cerveza a Tolkien» y nos forramos. Se gastaron unos doscientos millones en hacerla y esperaban ganar setecientos u ochocientos.¿Qué podría fallar?
(Dicen las lenguas viperinas que cuando C.S. Lewis le contó a Tolkien en el Eagle & Child, la taberna donde se tajaban vivos y recitaban el kalevala, que estaba escribiendo una novela con un león parlante que representaba a Cristo, faunos, una bruja de las nieves y no sé qué mierdas más, al pobre John se le cayó la pipa de la boca y le dijo: «¿A quién dices que le compras el costo? Pásame su número.»)
¿Un desvergonzado clon de Crepúsculo, unos actores tan guapos y andróginos que se lo comerías todo, todo, todo; y una historia más simple que la anatomía de un pedo? Esto fijo que lo peta, ¿que no?

La brújula dorada. Exitazo de trilogía fantástica. Niña protagonista con mascota y objeto mágico (que no nos explican muy bien qué hostia es, ni para qué coño sirve, ni qué cojones se supone que tiene que hacer con él la puta cría), Daniel Craig en plan machote, un oso que, ¡oh, sorpresa!, habla; Nicole Kidman de mala malísima y Eva Green (pronúnciese «Gre-en», no «Grin») con transparencias. 180 millones de presupuesto. ¿Cómo coño nos vamos a arruinar con ésta?

Que la pongan a trasluz. ¡Que la pongan a trasluz!
¿Una peli de Dragones y Mazmorras con Jeremy Irons? ¡A por ello pero a la voz de ya!

«Oye ¿por qué no hacemos un clon de A todo gas con actores españoles? Los primeros cien millones de recaudación nos los podemos gastar en putas y los siguientes cien en coca.»

Cojonudo. ¿Tú tienes el presupuesto de A todo gas? Vale, no pongas esa cara, olvídalo. ¿Tienes el presupuesto de la campaña de publicidad de A todo gas?

«No, pero no hace falta, hombre. Ponemos dos actores macizos, una actriz de toma pan y moja, bugas rápidos y molones, algo de fornicio y ya está. Ya lo verás.»

Okeis. Pero ¿Podemos al menos estrellar alguno de los coches, para hacer una de esas escenas espectaculares de colisiones que se ven en A todo gas?

«¡Tú has perdido el juicio! ¡Estrellar un coche! ¡Más te vale ni ensuciarlos, que al día siguiente hay que devolverlos al concesionario!»

¿Por qué es sólo Adriana Ugarte la que adopta una pose implícitamente sexual?
¿Te parece poco?

Que sepas que se habló de hacer una secuela de Titanic.

Éste Titanic.

Ni por el cachondeo que nos trajimos mis amigos y yo. «¿Qué van a hacer? ¿Reflotar el pecio y clonar al personaje de Leopoldo DiCardio? ¿Convertirlo en un zombie de los mares en plan Piratas del caribe? ¿Traerlo desde el pasado con una máquina del tiempo? ¿"Hacer un Bobby Ewing"?»

Pero no hay que ir muy lejos. Aquí se quiso filmar una secuela de Celda 211. Algo en plan Malamadre returns o Cell 211 With a Vengeance.

Y cuando termines de reírte recuerda que ya llevamos 8 apellidos vascos, 8 catalanes y hay personas que hablan de ir a por los apellidos gallegos, los andaluces, los leoneses, los asturianos y los de Cuenca; y, a juzgar por cómo les bailan en los ojos todos esos símbolos del euro, no parecen estar bromeando.

Recuerda también que hay un escritor español de best-sellers que ha basado su carrera en plagiarse una y otra vez a sí mismo.

O que tú llevas desde los ocho años escribiendo el mismo clon de Teo va al peep-show.

Y sigue y sigue y sigue...


Cuando el facepalm no es suficiente.
Todas estas marcas blancas de Coca Cola no sólo desvelan la codicia de sus autores, sino que encubren su absoluta indigencia de ideas. ¿Para qué escribir algo original, o que aspire a serlo, para qué experimentar alguna variación sobre un tema clásico, cuando puedo, descaradamente, copiar el último éxito de ventas?

Unos cojones como campanas es lo que tienen.

¿Sabes qué?, puestos a chupar de la teta del talento ajeno, prefiero a los plagiadores honestos. No, no es un oxímoron. El último anillo es la copia más descarada de El señor de los anillos que he leído en mi vida y uno de los libros peor escritos que han pasado por mis manos.

¿Y sabes qué? me encanta.

Me encanta porque va de cara. Me encanta porque no se esconde. Me encanta porque es un clon de El señor de los anillos y te lo dice ya en el título. Y una vez has dado eso por supuesto ya puedes regodearte en esta versión de La guerra del anillo contada por los perdedores, o sea los orcos, donde Sauron era un panoli, Gandalf un talibán armadanzas y belicista, Saruman un bendito y un pacifista, los elfos unos siniestros conspiradores, toda la mandanga del Anillo Único una operación de contrainteligencia que se desmadró (pero ¿a qué Señor Oscuro, Claro o Mediopensionista se le ocurriría concentrar todo su poder en un puto anillo que lo pierdes y te buscas la ruina?) y los hobbits unos tragaldabas borrachines con menos luces que el mostacho de Maduro.

Kiril Yesov no intenta venderte su marca blanca de Coca Cola. Te avisa ya desde el título que vas a beber Escroto Cola de la más peor. Manda pelotas que por accidente, a medida que su asquerosa novela se distancia del material original, empiezas a detectar en El último anillo el embrión de una historia entretenida, incluso una buena historia a la que tal vez, con un poquito más de trabajo (hay no sólo frases y párrafos, sino capítulos enteros que se nota a las claras que ni olieron la mesa de un corrector de estilo), habría podido darle una forma más o menos original.


La portada ya apunta maneras.
Pero entonces probablemente nadie habría publicado su mierda de libro, porque la bebida de Cola que lo peta entre el público freak es Tolkien y la editorial estaba ansiosa por sacar al mercado su propia marca blanca de Coca Cola, a ver si con un poco de suerte le salía algo parecido a la Pepsi.

Querían pegar el pelotacillo.

Buscaban la decadencia.

Creían haber dado con la fórmula de la Coca Cola.

Se equivocaban.

Igual que tú.

Igual que yo.

Igual que todos.

Mi madre no sabe hacer Coca Cola

Pero le salen unas galletas de nata que son orgásmicas. Receta familiar, transmitida de generación en generación y bla, bla, bla.

Te diré más: Coca Cola no sabe hacer galletas de nata.

Y, en el caso de que las hiciesen, nunca les saldrían tan ricas como las de mi madre. Porque las galletas de nata son la especialidad de mi madre y la de ellos hacer Coca Cola.

Encuentra tu receta.

Encuentra tu propia fórmula.

Y deja de tocar los cojones envasando marcas blancas de Coca Cola, ¡coño ya!