lunes, 20 de febrero de 2017

El conceto es el conceto

Tengo una terrible sospecha.

Creo que soy un Darnai.

Al menos un poco. 

La definición de Darnai es, parafraseando al demiurgo del término, el que se toma demasiado en serio las películas que a cualquier cristiano con dos dedos de frente le harían descipotarse de risa: o sea toda la llamada filmografía de género fantástico, las pelis de terror, ciencia-ficción y, sí, cómo no, las de superhéroes.

Creo que al menos en parte esa definición se me aplica a mí.

Y la culpa la tiene... bueno... es lógico, El caballero oscuro.

Partamos de la base de que coger a un ser humano adulto con el número correcto de cromosomas (es un suponer) y embutirlo en un traje de colorines es la forma más rápida de obtener un fantoche.

He aquí la dolorosa evidencia:

 

(Google está petado de cromos como éste, pero en consideración a tu salud mental, querido lector, te ahorraremos la amarga experiencia de poner los enlaces) 

Hay que estar hecho de una pasta muy, pero que muy especial, para vestirte de superhéroe y no parecer un oligofrénico.

Por eso, entiendo yo, fracasó Supermán Returns. Porque, aunque hizo una recreación grandiosa de Clark Kent, Brandon Routh no logró convencerme de que era el último hijo de Kryptón. Cada vez que aparecía en pantalla llevando la capa roja y el pijama azul yo sólo veía... bueno, a un soplapollas con una capa roja, un esquijama azul y los gayumbos por fuera.

Señor disfrazado.
En la pantalla de cine en la que proyectaban Superman Returns nunca vi al personaje. Vi a un cosplayer. A un pringado disfrazado de Supermán. ¡Qué diferencia con la actuación del fallecido Christopher Reeve en la trilogía canónica! (E incluso en ese nefasto aborto titulado Supermán IV.)
Supermán.
Brandon Routh no logró convencerme de que era El Hombre de Acero, quizá porque ni él mismo se lo creía, y creo que Superman Returns fracasó en buena medida porque mucha de la gente que fue a verla tuvo esa misma sensación.
(Bueno, por eso y porque el guión era vomitivo y las interpretaciones de los actores una lavativa de ácido sulfúrico con chinchetas.)
Hay cosas que, pura y simplemente, el cine no soporta. Por ejemplo, podemos tolerar, apreciar e incluso empalmarnos con esta Júbilo (lo último rogándole a todos los dioses que la modelo sea mayor de edad):

Ñam, ñam.
Ninguna queja. Ésa colorida vestimenta ácida es un rasgo característico del personaje y, en una adolescente, o que se supone adolescente buscando reafirmar su identidad, no resulta para nada cantosa. Pero si me sueltan un Lobezno como éste:

 

yo, pura y simplemente, me descarallo entre la risa y la vergüenza ajena.

No le arriendo la ganancia a ningún director de cine cuando le proponen hacer una de superhéroes. El nudo gordiano a cortar es acojonante. Si logras dar con el actor que pueda enfundarse el uniforme sin provocar en el espectador un acceso agudo de ascopena, y eso ya es lo bastante difícil, ¿cómo coño justificas que tu protagonista se vista de fantoche? Ponerse una máscara para proteger su identidad secreta tiene cierto sentido y ya lo hacían El Zorro y el Llanero Solitario en sus tiempos pero ¿y el resto de la equipación? ¿Qué es, para ir conjuntado?


No, no tiene una habitación roja. Es un justiciero.
Cuando me enteré de que estaban planeando hacer una película de La patrulla X se me hizo un nudo en el estómago. No creía que fuese posible trasladar uno de mis cómics preferidos a un largometraje de imagen real. Hay cosas que, pura y simplemente, funcionan en un tebeo pero no funcionan en una pantalla de cine (y por eso la película de Watchmen estaba condenada a ser un fracaso y no defraudó las espectativas). Las reglas de la gramática del cómic podrían no ser traducibles a un largometraje.

Cuando supe que la cosa iba en serio y ya habían comenzado a rodar, el nudo descendió hasta mi cólon. Comencé a tener pesadillas con una banda de sietemesinos vestidos por Ágata Ruíz de la Prada o salidos del peor subidón de ácido de tu vida. Las primeras imágenes, los primeros teasers de la película, me tranquilizaron al menos sobre el tema del vestuario: Brian Singer había vestido a sus X Men como si fuesen motarras, no freaks mierdecillas destinados a la virginidad perpetua. Pero seguía habiendo como un millón de cosas que podían salir mal.


Es innegable que con el negro nunca te equivocas.
Cuando me senté en la butaca del cine para ver la película, lo que llevaba anudados eran los cojones. Con un as de guía. 

Resulta difícil de explicar si nunca has leído cómics o si los primeros cómics de La patrulla X que cayeron en tus manos, a edad muy temprana, no fueron los de la saga de Fénix Oscura (para mí, la mejor de todas las historias de mis mutantes favoritos). No sé con qué compararlo. Imagínate haber crecido con Harry Potter y que un día te encuentres a Hermione en un after y que te haga mismamente tal que así:

«Ya tengo edad pa' ordeñarte y lo sabes. Prepara el carallo.»
Y ni siquiera esta analogía se aproxima al terror atávico que experimenté durante toda la proyección de X-Men: la película. Baste decir que, a la salida del cine, exclamé, para pasmo de los transeúntes que me rodeaban: «¡Gracias, Jack Kirby mío, por no permitir que la cagasen», añadiendo a continuación «¿De qué cojones iba la peli?»
(Sin coñas. Tuve que ir a verla otro día para enterarme de la historia. La posibilidad de que Brian Singer hubiese desfigurado a mi equipo de mutantes favorito me mantuvo ciego de espanto durante el primer pase.)
Oh, sí, hubo un montón de gente que arremetió contra X-Men: La película. Los típicos tocapelotas. Que si Tormenta era demasiado baja, que si Lobezno era demasiado alto, que si Fénix era demasiado vieja, que si Cíclope era demasiado guapo, que si el Profesor X era demasiado calvo, bla, bla, bla... Chuminadas. La peli capta perfectamente la esencia de los cómics y el alma de los personajes. Está hecha con amor y buen sentido. Y se nota.

La primera vez que un cómic me dejó hecho mierda.
Cuando me enteré de que estaban preparando una nueva película de Batman, me lo hice todo encima. Y digo todo.

No creo que se me pueda echar en cara. En fin...

¡Puta droga!
Tardé dos semanas en recuperar el uso de las piernas después de padecer la tortura de Batman Forever. No deja de sorprenderme que haya gente misteriosamente dispuesta a defender tamaña aberración.

El coche era una puta chulada, eso sí.
Y ni siquiera era la peor peli de Batsy que se había perpetrado filmado. Ya sé que puede parecer imposible follar filmar una mierda mayor, pero el mismo responsable del bodrio arriba citado, muy lejos de reconocer su absoluta ignorancia acerca del personaje, el universo que habita o los cómics en general, tuvo los cojonazos de violar rodar otra cinta aún más infecta, lisérgica y desequilibrada que, por el bien de nuestra alma, escogimos no ver. Nunca. (Pero acabamos haciéndolo, por accidente, cierto infausto sábado de galbana paralizante en el sofá del salón, con el mando a distancia fuera de nuestro alcance, o sea, haciendo justicia a su nombre.)


George Clooney sigue pidiendo perdón por este atentado.

Una vez más, el buga era lo único que se salvaba de la quema.

¿De verdad es tan difícil filmar una buena peli de Batman? Tim Burton lo hizo muy bien la primera vez:

El evangelio cinematográfico del Caballero Oscuro.
Y razonablemente bien la segunda (a despecho, entre otras cosas, de algunos diálogos surrealistas):

A Michelle Pfeiffer le habríamos comido lo que nos pidiese.
Admito que Tim tenía el listón considerablemente bajo. A fin y al cabo, su referente directo de un Batman de carne y hueso era... Joder... ¡Tapáos los ojos!

¡Santos michelines, Batman!
(Pero, claro, cuando no hay presupuesto ni para ponerle un par de guatas a las putas orejas de esa capucha, tampoco vamos a ser demasiado exigentes.)
De verdad, no me explico cómo un director tan solvente como esa adorable locaza de Joel Schumacher (en serio: pierde más aceite que mi Seat Toledo) pudo cagarla de semejante manera con sus dos pelis de Batman. Cogió una franquicia millonaria, le puso más neones que un bar de carretera, de esos con puticlub incluido, y un guión que parece el fruto de mojar muchos porros en Coca-Cola. Reventó a la gallina de los huevos de oro. Y eso que tenía el camino allanado. ¡Tim Burton sí que las había pasado putas! La producción del Batman de 1989 tuvo que ir contra corriente incluso desde mucho antes de estrenarse: los fans del cómic bombardearon las oficinas de Warner Bros, y al mismísimo Bob Kane, con cartas de protesta (más de cincuenta mil, según algunas versiones de la historia) por la elección del reparto («¿El payaso del Bitelchús va a hacer de Batman? ¿Es una puta broma?»), Adam West se declaró ofendido de que no se le hubiese ofrecido a él el papel (aunque en 1989 ya sumaba sesenta tacos de calendario y, para qué negarlo, además siempre nos ha dado mucho ascazo) y mil tribulaciones más.

Y entonces llega el día del estreno, empieza la peli...


Al llegar aquí ya nos pusimos palotes.
Nos agarramos a la butaca, con los ojos como platos...

En este plano nos corrimos vivos.
Aguantamos la respiración hasta empezar a verlo todo verde...

Y esto fue casi más de lo que merece un simple mortal.
Y, durante dos horas, volvemos a tener diez años. ¡La peli perfecta de Batman, hasta entonces, hecha por un tío que presume de no haber leído un cómic en su puta vida!
(En Batman vuelve el estudio le dio mucha más correa a Tim Burton y se nota.)

(Se nota demasiado. ¿Soy el único al que le chirría lo de «volar hasta el cielo sus zonas erógenas», por no mencionar otros diálogos absurdos de esta peli?)

(Bueno, la verdad es que no importa un huevo, porque la mejor película que he visto de Batman viene en tres partes y acaba con ésta joya.)

(¿Que por qué un puto videojuego es la mejor peli de Batman que ha visto jamás?)

(Porque, en él, el Joker tiene la mejor voz que ha tenido ni tendrá jamás y porque, jugando a ese videojuego, yo soy Batman.)

Joel Schumacher la había cagado tanto, pero tantísimo, que tuvieron que pasar ocho años antes de que nadie le echase un par e intentara hacer otra peli de Batman. Ocho años. 

¡Santos lustros, Batman!
Batman Begins, dirigida por Christopher Nolan, es una película de orígenes con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva, pero no hay duda de que le devolvió al personaje la dignidad perdida a manos del infausto Schumacher (insisto: como persona es un encanto y como director es la caña, pero pura y simplemente los superhéroes no son para él, de la misma manera que no veo a Francis Ford Coppola rodando una peli porno). Nolan prescinde, quizá demasiado alegremente (pero es mejor hacerlo así, si no te sientes cómodo con esa temática, que meterla con calzador y que quede como el puto culo), de todo el trasfondo fantástico de los cómics de Batman, así que olvidaos de la pelirroja (ñam, ñam) de piel verde con el poder de controlar a las plantas y agilipollar a los heterosexuales, del caralodo que cambia de forma, de Man-Bat (no es coña), de la maga más sexy ever y de toda la farfolla sobrenatural; y no, Ra's al ghul no es un tipo casi inmortal que de vez en cuando se mete en una charca milagrosa y resurge rejuvenecido, sino un vigilante ávido de venganza, más taimado que un jesuíta y con la mala hostia que sólo puede tener un Liam Neeson con perilla.


Con esa facha, tardé tres segundos en adivinar que era el maloso de la peli.
La peli me encantó. No es sólo porque cualquier cosa sería buena después de las dos cagadas Joelschumacherianas, sino porque captaba el alma del cómic, lo ponía en un entorno casi creíble (al parecer, la obsesión del director, visto su empeño por borrar todo lo que oliese a superpoderes y majaderías psíquicas), tan bien dibujado que salías del cine convencido de que era cuestión de tiempo que algún multimillonario traumatizado por el crímen se pusiese el manto del Caballero Oscuro.

Algún día mi sótano se parecerá a éste.

Batman Begins me apasionó.

Por eso empecé a cagarme encima cuando supe que iban a rodar una segunda parte.

Con el Joker.
(San Bill Finger, ten piedad de nosotros)

Conocerle es amarle.
Repito: el Joker.
(Beato Bob Kane, perdona nuestros pecados)

Nunca he tenido tan buen aspecto.
¡Y Dos Caras!
(Diarrea habemus)

¡Dos caras, nada menos! ¡Después de... en fin...!


Idea para un supervillano: kilos de plastilina Jovi.
(Admitámoslo: para un fan de Batman, de los superhéroes, del cine o la vida en general, estas noticias no podían dejar de ser preocupantes, después de haber visto al Tommy Lee Jones más pasado de vueltas de toda su carrera.)

Y el Joker iba a ser Heath Ledger, el insufrible niño bonito de todas esas comedias románticas para adolescentes con amplias tragaderas.


Era tan guapo que apetecía darle una mano de hostias.
¡Gran Scott! Olía a desastre desde el minuto uno.

Pero no.

 

The Dark Knight es, sin ningún género de dudas, la mejor película de Batman hasta la fecha.

Y no lo es porque Heath Ledger, contra todos mis temores, diese vida al Joker más siniestro, acojonante y temible de la historia del cine, preparándose con tal empeño el papel que llegó a poner en riesgo su propia cordura.

Que lo hizo.


Que sepas que te debo una disculpa, tío.

No lo es porque Aaron Eckhart lograse arrugarnos el escroto con su bipolarizado Harvey Dent.

Que lo hizo.

Te dije que no te reventases esa espinilla.

No lo es porque Christian Bale se matase vivo para encarnar a Batman por segunda vez.

Que no lo hizo. Se limitó a aparecer en plano y recoger su cheque. Años más tarde confesó que se avergüenza de su interpretación; que, comparado con el compromiso adquirido por Heath Ledger con su personaje, él da la impresión de estar deseando que la peli se acabe de una puta vez.

«¿Aquí cuándo se cobra?»
(Podría haber sido peor. Bale lleva el manto del Caballero Oscuro con cierta dignidad. Cillian Murphy, que estuvo considerado para el papel y llegó a hacer pruebas de vestuario y cámara, parecía Monchito con orejas de vulcaniano.)
«¡Yo soy Batman!»
Ni lo es porque Maggie Gyllenhaal estuviese muchísimo más buena que la pavisosa de Katie Holmes.


No se casó con Tom Cruise y la amamos por eso.
Que no lo está, pero al menos no nos daba tantas ganas de escupirle en un ojo.


Se casó con Tom Cruise. Caso cerrado, Señoría.
Una vez resuelta en Batman Begins la papeleta de presentar los orígenes del personaje y sus titubeantes primeros pasos, Christopher Nolan nos muestra ya a un Batman en plena cruzada, azote del crímen organizado, Némesis de narcotraficantes, pesadilla de raterillos y revientapisos, campeón de la justicia más expeditiva.

The Dark Knight es la película perfecta de Batman porque va directa a la médula del personaje. 

The Dark Knight es perfecta porque es un thriller policial respetuoso con casi todas las convenciones del género. No le faltan el detective, el delincuente, el interés romántico del detective, el señor del crímen organizado, el policía corrupto...

Entre estos dos saltaban chispas de pura indiferencia.
Resulta fácil olvidarlo por sus pintas de carnaval y toda la cacharrería high-tech que usa, pero Batman es un detective. Te lo concedo: un detective que se viste de rata voladora y frecuenta la compañía de tipos tan desequilibrados como él, vale, pero detective a fin y al cabo.

Jooodeeer, ¡yo quiero uno!
Si el uniforme de Sherlock Holmes son la gorra de cazador y la pipa de espuma de mar, el de Batman es la capa y la capucha de murciélago. Si Holmes tiene a Moriarty, Batman tiene al Joker. Y a eso se dedica el Cruzado de la Capa a lo largo de todo el metraje de The Dark Knight: a intentar resolver un crímen y entregar el criminal a la justicia. Para lograrlo reúne y examina pruebas, interroga contundentemente a testigos reacios a colaborar, tiende una encerrona al criminal, que de tonto no tiene un pelo y se la devuelve, y finalmente le atrapa, pagando un alto precio personal en el proceso: quedarse sin coche, que para un norteamericano es como quedarse sin picha.

Con la pasta que tiene Bruce Wayne ¿por qué no se compra otro?
Por eso entiendo, siento y acabo de argumentar que The Dark Knight es, y de momento sigue siendo, la mejor película de la saga; porque atrapa la esencia del personaje y nos la muestra sin artificios. Batman persigue a un criminal, Batman atrapa al criminal. Punto. Christopher Nolan construyó su El caballero oscuro sobre huesos firmes, sabía qué terreno pisaba, cuáles eran las claves que debía manejar, y se apoyó en ellas para hilar un relato sobre los límites de la libertad y la justicia, la lógica histeria de los indefensos ciudadanos ante el terror fuera de control y lo poco preparados que están los servidores públicos para las amenazas extraordinarias (como si alguien pudiera estarlo).

El pobre Cillian lo intentó, pero...
Por eso defiendo, más allá de las habituales diferencias de opinión y del veneno vertido por los haters más insustanciales, cuyos argumentos tienen la solidez de un pedo espesillo («¡No es una peli de Batman! ¡Es una peli del Joker!» Podría ser cierto, pero no veo cómo se supone que eso desmerece el acabado final. «¡Es demasiado oscura!» Noticia, subnormal: la peli va de Batman y se titula El Caballero Oscuro. Tú eres de los que ven una peli de James Bond y se queja de que Bond beba Martinis, fume, se folle a las macizas y conduzca un Aston Martin. «¡El Joker no habla tanto, se limita a hacer cosas!» ¿Que el Joker no habla? ¿Qué cómics de Batman se han leído estos? ¡Lo que no hace el Joker es callarse!), que The Dark Knight es, hasta la fecha, la mejor película de Batman que se ha rodado jamás.

El conceto es el conceto. Y punto.
Moraleja: busca los huesos de tu historia y agárrate a ellos. Que sean firmes, y tu relato lo agradecerá. Ten claro desde el principio que, si no defines bien el espíritu de tu narración, si no entiendes el universo que te dispones a crear, ni a tus personajes, ni sus motivaciones, ni las reglas por las que se rigen, te vas a comer «hondonadas» de proverbiales hostias mientras lo escribes. Y te lo tendrás más que merecido.


De ésta, si no te importa, hablaremos otro día.

Y, si te importa, vete a tomar por culo, que aquí mando yo.

Sospecho que esa convicción me convierte en un Darnai.

Pero no temáis por mí, queridos lectores: puedo vivir con ello.

Hasta la próxima Bat-cita en el mismo Bat-canal.
(Sí, a mí también se me hace raro no haber fabricado ninguna excusa para meter en este artículo, sin venir a cuento, una foto de Sara Sampaio. ¿Me estaré haciendo viejo?)

martes, 24 de enero de 2017

Lo que cuenta es el final

Carl Casper (Jon Favreau) es un chef en horas bajas: el dueño del restaurante de Los Ángeles en el que trabaja (Dustin Hoffman) no le permite desarrollar toda su creatividad, Carl también se ha divorciado de su explosiva esposa Inez (que hay que ser mongólico para divorciarse de Sofía Vergara), no consigue rehacer su vida sentimental (y eso que curra con Scarlett Johannson, a la que parece hacerle bastante tilín), tiene una relación distante y abiertamente mejorable con su hijo Percy (Emjay Anthony) y, para acabar de redondear su vida de mierda, organiza sin comerlo ni beberlo, si se me permite el chiste, un quilombo espectacular en Twitter con un crítico gastronómico (Oliver Platt) que le echa en cara lo que, en el fondo, él ya sabe: que ha prostituido su integridad, que se ha vendido, que ya no arriesga, que hace una y otra vez la misma mierda porque es lo que atrae al restaurante a masas de paladares estragados incapaces de apreciar su talento.

Palabra de honor que nosotros tampoco lo entendemos.
En plena crisis existencial, Carl abandona  su trabajo en el restaurante (o le despiden, la cosa no me quedó clara del todo), restaura un viejo food truck y se lanza a la carretera a vender mediasnoches, bocadillos cubanos y otras exquisiteces grasientas de esas que hacen millonarios a los cardiólogos y a los directores de funeraria. En esta especie de viaje iniciático, acompañado por su hijo y su amigo Martin (John Leguizamo), Carl recupera la alegría de vivir, la pasión por la cocina y, además, arregla su relación con Percy.

Aunque personalmente me pone mucho más burraco su prima Sandra.
Tal es el argumento de la película Chef, escrita y dirigida en 2014 por John Favreau, que también se reservó el papel protagonista en esta road movie cachonda y aceitosa que emitieron hace nada por televisión y que vi con gran placer.

Salvo por un pequeño detalle que arruinó mi deleite: ese final de mierda.

A su regreso a Ítaca, al volante de su factoría de infartos sobre ruedas, reconciliado consigo mismo, cargadas las pilas con un nuevo plan de negocio en mente y arreglada la relación con su hijo, este barbado y obeso Odiseo que es Carl Casper tiene un momento de debilidad en el que parece que va a recaer en sus viejas costumbres, poner de nuevo distancia entre él y Percy, subordinar a su chaval para que no le estorbe en el nuevo trabajo que se dispone a comenzar.

Pero entonces recapacita, coge el móvil, llama a su Telémaco y le dice que hostia, claro que sí, aquí está tu padre, carne de mi carne, y si quieres que papá te enseñe a cocinar, papá te enseña. ¡Con dos cojones!

Unos meses después no sólo su relación con Percy es excelente, sino que ha hecho las paces con el crítico culinario al que puso de vuelta y media en el primer acto de la película, ha montado un restaurante con él como socio y ha vuelto a casarse con Sofía Vergara.

Y llegados a este punto yo me dije «¡amos, anda, no me jodas!»

Aunque, sin ánimo de despreciar a las Vergaras, aquí seguiremos fieles hasta la muerte a la divina Sara.
Chef es un buen ejemplo de cómo escoñar una buena historia con un final decepcionante. Algo de esto hemos tratado ya en artículos precedentes.

No es la primera vez que me encuentro con este fenómeno indignante. La puta obsesión por el happy ending me ha enmierdado más de una novela, película, relato... ¿Por qué?

Porque la vida no es así.

Oh, coño, claro que todos tenemos buenos momentos. La experiencia de una persona está salpimentada de episodios tan hermosos que las palabras se revelan incapaces de describirlos. Como escribió alguien con mucho más talento que yo, la vida, a veces, es tan feliz que no parece vida.

Pero no todo el tiempo. Ni a todo el mundo.

Hay historias que no pueden acabar bien. E incluso hay historias que no deben acabar bien. Aún diría más: hay historias que acaban bien, razonablemente bien, y no, repito en mayúscula, NO deben acabar mejor, porque entonces el contrato entre el narrador y el receptor de la historia, la llamada «suspensión de la incredulidad» (esa retaca donante de pecho y con ortodoncia de la que ya hemos hablado) se va lo que se dice a tomar por culo.

Chef debió terminar cuando Jon Favreau descuelga el móvil y llama a su hijo para decirle que se lo ha pensado mejor, que si quiere que le enseñe a cocinar las tardes después de clase y los fines de semana, adelante con ello. Si el personaje necesitaba un arco de transformación, ¿no bastaba con rehacer su vida, retomar el control de su carrera y recomponer la relación con su hijo?

Punto.

Pero, en algún momento, al director-actor-guionista se le ocurrió que eso no era suficiente. Que la película tenía que acabar con un home run porque si no ¿para qué coño la había rodado, en primer lugar? O todo o nada. Paquete completo: «recupero el amor por la cocina, reconquisto el respeto de mi hijo, me busco un nuevo curro por la vía del autoempleo, hago las paces con el crítico de cocina que me arruinó la vida, creo un nuevo restaurante, vuelvo a crujir las sabrosonas carnes de Sofía Vergara y, ¡qué cojones!, también me recaso con ella.»


Ahora en teta: ¿alguien me teta explicar por qué tetas se divorció de teta?
A Jon Favreau  se le metió entre los cuernos que no bastaba con una gran victoria. Quería una victoria aplastante. Aniquilar al enemigo. ¡Sin prisioneros! ¿Stalingrado? ¡Quia! ¡Hiroshima!

Y esa decisión se carga la película.

Podría citar otros ejemplos procedentes también del mundo del cine: el tramposo final feliz de Ejecución inminente (cuando es notorio que la película debía acabar con el desgarrador plano de la mano de LisaGay Hamilton golpeando el ojo de buey de la cámara de gas), que convierte un contundente alegato contra la pena de muerte en un puto cachondeo; los veinte minutos de metraje que le sobran al final de Minority report (¿volverá Spielberg a recordar algún día cómo cojones se acaba una película? ¡Oh, a la mierda! ¿Volverá a recordar cómo se hace una película?) y que se cargan el mensaje de la historia («si le concedes poder omnímodo a una organización, alguien encontrará la manera de utilizarlo para sus propios intereses y haber trabajado para esa misma organización no te mantendrá a salvo»); el segundo y tercer actos de Spectre; la inexplicable redención del personaje de Mark Wahlberg y panacea de su ludopatía en El jugador (¿puede renunciar por arte de magia a su adicción alguien que, de manera tan obsesiva y sistemática, busca su propia ruina?); el, oh, Dios mío, clímax final resuelto en diez minutos de Los cuatro fantásticos de Josh Trank (aparece Victor von Doom, es malo malo malísimo, malo de la muerte, intenta cargarse el mundo, lo apiolamos, fin) y mil aberraciones más... Pero insisto: sobre historias entretenidas, incluso buenos relatos, que se pudren al final ya hemos hablado en otra ocasión.

La imagen que se le aparece a Josh Trank cuando se despierta en mitad de la noche, empapado en sudor frío.
No. De lo que se trata esta vez no es de denunciar el grado de cipotismo escala Donald Trump necesario para coger a uno de los supervillanos más carismáticos, temibles y poderosos del universo Marvel y despacharlo con dos sacudidas de polla en un urinario sucio del McDonald's, ignominia que, para que nos entienda la gente que no lee cómics (de todo tiene que haber en este mundo), es como si el Barça y el Real Madrid llegasen a la final de la Champions League, el partido durase treinta segundos, se supendiese porque a Sergio Ramos se le pinza un cojón y el título se lo jugasen luego al tute perrero Morata y Vidal en los vestuarios.

De lo que se trata es de escoñar una buena historia por intentar que el protagonista obtenga una flawless victory que ríase usted de las del Mortal Kombat.


¡Aaaaah! ¡La nostalgia! ¡Esa dulce y pérfida putilla almizcleña!
Esta obsesión por el éxito parece imbuida en el inconsciente colectivo estadounidense. O lo tienes todo o no tienes nada. Si no has triunfado a los cuarenta, deberías comenzar a considerar el suicidio. No basta con que juegues bien al baloncesto los domingos con los amigos: si no firmas un contrato multimillonario con los Chicago Bulls no eres nadie. No basta con fundar una pequeña start-up tecnológica en el garage de tus padres: si no te conviertes en el puto Steve Jobs, no eres más que un lúser. Ah, ¿eres millonario a los treinta y cinco? Pero ¿eres el más millonario del mundo o sólo otro puto millonario del montón? ¡Fuera de mi vista, chusma, más que chusma!

No soy particularmente sensible a las historias de perdedores patéticos. Por poner un ejemplo: no pude acabarme Servidumbre humana, de Maugham, por el ascazo infinito que acabó inspirándome su alelado y hostiable protagonista. Me gusta una buena historia de perdedores como al que más, porque son catárquicas, terapéuticas. («Joder, ya sé que lo mío es grave, pero mira a ese pobre pringado.») Con lo que no trago es con el sadismo. Por eso no pude ver Precious. Porque no era suficiente con que el personaje fuese una adolescente negra en los Estados Unidos, que no es poco hándicap; además tenían que retratarla analfabeta, morbosamente obesa, colgarle una madre maltratadora y un padre malnacido que la viola y la preña y (por si eso no fuera suficiente) hacerla parir un hijo subnormal: su propio hijo-hermano incestuoso.

Toma ya. 

(¿Por qué se quedaron ahí? Podrían haber hecho al crío adicto al crack, autista, musulmán, homosexual, epiléptico y lector de Sánchez Dragó.)

Yéndonos al extremo opuesto, también el triunfo completo de Carl Casper en Chef es insultantemente indigesto. De un plumazo, el director destruye la motivación de su personaje. Ya no es un hombre que ha superado una mala racha, que ha ganado un par de buenas batallas pero es muy consciente de que la guerra continúa. Ya no es una persona con un objetivo. Ya no tiene un propósito porque no le falta nada. No tiene necesidad de seguir esforzándose. Lo ha recuperado todo: trabajo, fama, el respeto de la crítica, el cariño de su hijo, a Sofía Vergara...


En serio: ¿vosotros lo entendéis?
Ha desaparecido el drama.

Ha muerto la historia.

Y todo por cinco minutos de metraje que deberían haberse caído al suelo de la sala de montaje.

¿No estás harto del típico paleto chuloputas que, en las películas y series yanquis, se ocupa de recordarle al europeo, normalmente un francés algo amanerado, «de no ser por nosotros, ahora estaríais todos hablando alemán»?

(Lo cual, dicho sea de paso, es cierto.) 

(Y no es menos cierto que, de no ser por todo el oro, cañones y pólvora que Francia proporcionó a los revolucionarios de las trece colonias de Nueva Inglaterra, ahora en Estados Unidos estarían todos hablando lakota y pagando impuestos abusivos a la corona británica.)

Yo sí. Pero no dejo de advertir en esa actitud perdonavidas el pecado original del alma estadounidense: esa obsesión patológica por el triunfo a toda costa, que encubre un no menos patológico horror al fracaso. Esa competitividad feroz ha llevado a los gringos a que, hoy en día, hasta las guarderías se conviertan en una especie de Los juegos del hambre donde, entre coloreables de Gumball y la Patrulla Canina, a los jóvenes churumbeles se les prepara desde pequeñitos para pisar las gargantas de sus tiernos amiguitos si con eso obtienen plaza en una universidad de la Ivy League.

¡Mama! ¡Papa! ¡Que me aceptan en Princeton!
En su empeño por mostrarnos la caída y auge de Carl Casper, Jon Favreau destruye la relación que habíamos construido con el personaje. Ya no es un hombre que ha descendido a los infiernos y, a fuerza de empeño y trabajo duro, consigue ir levantando cabeza. No. Ahora es otra vez un puto triunfador. El rey del mambo. Y tú, sí, tú que estás viendo la película, va siendo hora que sepas que si no has cumplido tus sueños, alcanzado fama y fortuna, arreglado las cosas con tu crío, encontrado una nueva forma de expresar tu talento y una Sofía Vergara junto a la que pasar las noches no mereces respirar el mismo aire que Carl.

Por eso el montaje del director de Blade Runner de 1992 es superior al original de 1982 en varios órdenes de magnitud. Para empezar, se carga la maldita voz en off, recurso de cine negro que le sentaba a la película como un strap-on a una imagen de La Dolorosa. Luego, además de otras muchas decisiones inteligentes, la cinta termina con la puerta de ese ascensor cerrándose ante Sean Young y Harrison Ford, Deckard y Rachael, convertidos ya en fugitivos de futuro incierto, criminales que ni siquiera saben de cuánto tiempo dispondrán para vivir su amor prohibido ni si podrán disfrutar de los días que les quedan antes de que los antiguos colegas de Deckard den con ellos.

Si no has visto esta película no has visto cine, y punto.

La película empieza con oscuridad y termina con oscuridad. No tenía sentido ponerle un final luminoso, a pleno sol, por una carretera desierta que transcurre entre verdes colinas. Aquella decisión impuesta por los productores del largometraje fue un error. Ésta es la correcta. Deckard y Rachael han logrado algunas pequeñas victorias: él ha sobrevivido a su encuentro con los replicantes comandados por Roy Batty (el mejor Rutger Hauer de todos los tiempos), ha retirado a los «pellejudos» rebeldes, se ha enamorado y ha encontrado algo, a alguien en realidad, que le importa más que su propia vida; ella también ha encontrado el amor, ha comenzado a crear sus propios recuerdos junto a Deckard y ha recibido una inesperada oportunidad de vivir su propia vida, una vida de prófugo, sí, pero vida a fin y al cabo.

Deckard y Rachael han ganado algunas batallas, pero su guerra continúa y, probablemente, lo peor aún está por llegar.

Blade Runner termina cerrando una historia... y empezando otra.

El nuevo final (que en realidad es «el viejo final», el de la copia de trabajo que fue proyectada para los ejecutivos de la Warner y en los pases de prueba con público) de Blade Runner es infinitas veces superior al original porque nos invita a escribir nuestra propia continuación a la historia de Rachael y Deckard.

(Y por eso los que amamos esta película llevamos de diarrea desde que se anunció el rodaje de su secuela.)


Recuerda mis palabras: pronto todas las entrevistas de trabajo serán así.
Chef debió acabar con Jon Favreau llamando por el móvil a su ficticio hijo y comprometiéndose a pasar más tiempo con él.

Pero entonces no estaría escribiendo sobre esta película.

Bueno... quien dice escribiendo dice divagando, como siempre; incapaz de abordar el tema principal y resolver la duda que todos tenemos en este momento.

Pero dudo mucho que nadie vaya a resolver nunca el misterio de con qué carallo alimentan los Vergara a sus niñas.

Aunque, puestos a elegir entre la belleza y la perfección, en Paratroopersdon'tdie nos quedamos con la perfección.

¡Cuarenta años diciéndonos que tenían rabo y bigote! Mucha envidia es lo que hay.
Jon Favreau hizo que su película acabase no sólo bien, sino extraordinariamente bien, convencido de que eso era exactamente lo que el público quería ver: una puñetera flawless victory.

Y se cargó su propia película.

Mi particular consejo: no escribas pensando en el gusto de tus lectores si eso supone traicionar tu relato y a tus personajes.

Tu libro seguirá siendo una mierda, pero al menos será una mierda respetuosa y quién sabe si incluso respetable.

Ésta es una de las lecciones más difíciles de aprender para un escritor: saber cuándo poner fin a una historia. Nuestro amigo Steve incluso ha escrito un cuento, trasladado más tarde a una película que, además de tomarse ciertas libertades sobre el texto original, pone especial énfasis en la necesidad de darle un buen final a un relato.

Al parecer, Jon Favreau todavía tiene que aprender esta valiosa lección.

Le deseamos buena suerte.

Y a ti también.

viernes, 13 de enero de 2017

No te metas en el mundo de la droga.

(Que ya somos muchos y no hay para todos.)

Juas, juas, juas.
Un cuarenta por ciento de los españoles declara no leer jamás.

Mi primera reacción cuando leo noticias como ésta es un diplomático «ellos se lo pierden», sazonado con un clasista «¡Qué bien! ¡Más libros para mí!»

(Pero eso es como si la noticia fuese «un cuarenta por ciento de los españoles declara no follar jamás» y tú pensases que así tocas a más chochos)

Luego vienen las reflexiones, claro. Yo es que soy mucho de reflexionar. Si hubiese sido Dios, el mundo seguiría sin estar terminado y todas las mujeres serían Sara Sampaio.

En esta ocasión, como en casi todas, no puedo evitar preguntarme cuánto del «no me gusta leer» debería traducirse por «no me gustan los libros que he leído.»

Como no tengo hijos en edad escolar ignoro si todavía existen aquello que, en la EGB, llamaban «lecturas obligatorias». En mi infancia, los profesores de literatura te señalaban un libro, seleccionado de un repertorio de clásicos de las letras españolas, que había que leerse sí o sí y sobre el que amenazaban con soltarte una pregunta a traición en el examen de la asignatura, o exigirte un trabajo escrito. 

Me parece que a nadie se le pasó por la cabeza que obligar a críos de doce, trece, catorce años, a leerse El libro del buen amor, El cantar de Mío Cid o las Coplas a las muerte de su padre, que por no parecer no parecen ni escritos en castellano, era el camino más corto entre la indiferencia lectora y odio vesánico a los libros.

 

Para la mayoría de mis compañeros, como para mí mismo, las lecturas obligatorias eran el momento coñazo del curso, porque nos requerían un esfuerzo raras veces recompensado. Aquellos escritores pertenecían a una generación distinta, separada de la nuestra por un páramo de siglos; nos hablaban de cosas que no entendíamos, o que nos importaban una mierda y, para acabar de cagarla, lo hacían en un idioma arcaico que exigía enciclopedias de notas al pie para hacérsenos legible.
Tío, ¿te sabes Thunderstruck?
Con las cantigas medievales no teníamos ese problema... pero, claro, estaban llenas de mala baba y palabrotas.
A vos, Dona Abadesa,
de mim, Don Fernando Esquío,
estas doas vos envío,
porque sei que sodes esa
dona que as merecedes:
catro carallos franceses
e dous aa prioresa.
(Los «carallos franceses» son consoladores)
Mui ben os semellaran
ca se quer levan cordóns
de sendos pares de collons;
agora vólos darán:
catre carallos asnáis
enmangados en coraís,
con que collades o pan.
Aunque mi favorita ever es aquella de:
Foi un dia Lopo jograr
á cas dun infançón cantar:
e mandou-lh’ele por don dar
tres couces ena garganta;
e fui-lh’escass’, a meu cuidar,
segundo com’el canta.
Pero estos momentos de malsano placer intelectual eran raros. Recuerdo perfectamente que, estando en el instituto, me hicieron leer, sí o sí, Las inquietudes de Shanti Andía. Con decir que he tenido que buscar en Internet el argumento de esta puta mierda narcotizante está todo dicho. Si hubiese sido el primer libro que me hubiese caído en las manos, dudo mucho que jamás hubiese vuelto a coger otro, pero es tanto como hacerse maricón después de haber tenido una desagradable experiencia heterosexual con una gorda sarnosa y con halitosis.

En cambio, en aquella época también me obligaron a leer El Quijote y me lo acabé de un tirón, deshuevándome vivo en los pasajes más escatológicos, como cuando Sancho prueba el bálsamo de Fierabrás y empieza «a vaciarse por entrámbolos dos extremos» (se ve que por aquel entonces aún estaba en la fase del humor «caca, pedo, culo, pis»).

No son molinos, don Alonso, son españoles que no leen.
El Quijote era un libro a mi medida como lector, Las inquietudes de Shanti Andía no. Así de simple.

Sospecho que ése es el problema de buena parte de esa gente que lleva a gala no leer nunca: no han encontrado libros a su medida.

Así que llevarse las manos a la cabeza por toda esa gente que, pobrecitos, no leen, tiene poco sentido.

Pero es mucho peor la condescendencia. Culpabilizarte por no haber sido capaz de acabar un libro, o porque no te haya gustado, o no lo hayas entendido.

El supositorio más feo de la historia.

Nunca pude acabar el Ulises, de Joyce.

Me importa una mierda lo bueno que sea. Me la bufa que la consideren la mejor novela inglesa del siglo XX y, si alguien vuelve a afirmar en mi presencia que es pináculo de la cultura occidental, no respondo de mis actos.

No, no voy a darle otra oportunidad a este libro que me repelió como al demonio el agua bendita, que me hizo sentir burlado, como si Joyce se estuviese pitorreando de mí, en mi puta cara. ¿Éste señor quería escribir un libro que fuese casi imposible de leer (aunque, en puridad, el Ulises fue sólo un prototipo y el libro ilegible por antonomasia es el Finnegans Wake, de quien se ha llegado a decir que es intraducible)? Pues con su pan se lo coma.

Leer no debería ser un pentatlón ni una prueba de carácter. La actitud «me voy a acabar este puto libro que detesto por mis cojones» le hace más daño a la cultura occidental que Gandía Shore y los mesentiendes de Belén Esteban. El Ulises es como esos «retos para valientes» que tienen algunos restaurantes de comida rápida en los Estados Unidos: un chuletón de doscientas arrobas que haría vomitar a Son Goku antes siquiera de llegar a la mitad o unas alitas de pollo tan picantes que con la cuenta te traen la tarjeta de visita de un cirujano estomatólogo que, por un módico precio, sustituirá tu garganta corroída por otra de adamantium.

Ahora comer. Después hacer popó, comer más y hacer más popó.
La mayoría de la gente que intenta el reto del chuletón de brontosaurio o las alitas de fénix al rojo vivo abandona. ¿Por qué? Porque se dan cuenta de que están haciendo el primo, coño. Sólo hay dos buenas razones para comer: la primera, y fundamental, la propia supervivencia. La segunda, el placer. Comer por cabezonería. Por tus santos huevos. Por demostrar que eres el tío más macho de Macholandia. Seguir comiendo cuando hace rato que el mero acto de tragar se ha convertido en una tortura sólo tiene sentido para los anormales profundos y para los tíos con más picha que cerebro.

Eso sucede con el Ulises y con otras obras cumbre de la literatura occidental. Parecen haber sido escritas para ponernos la zancadilla párrafo tras párrafo, meternos un dedo en el ojo capítulo tras capítulo. Un dedo que previamente alguien había metido en el ano de un cadáver. 

Hay vacas sagradas del canon occidental que parecen haber sido concebidas para que nadie pueda leerlas, perpetuando el prejuicio de la cultura como privilegio clasista reservado a una élite.

No. No me he leído el Ulises. Ni pienso hacerlo nunca. No merece la pena desperdiciar ni un puto segundo de mi valioso tiempo leyendo un ladrillo escrito por un fatuo que necesita sesenta páginas para afeitar a su protagonista (y si se sigue afeitando o no después lo ignoro, porque no pasé de ahí).

Clásico, decía Mark Twain, es un libro que la gente elogia pero no lee.

También decía que prefería el paraíso por el clima y el infierno por la compañía.
A la misma edad a la que a mí me obligaron a engullir, rumiar y regurgitar el puto coñazo de Las inquietudes de Shanti Andía, a mi hermana pequeña le pusieron de lectura obligatoria Cementerio de Animales, de Stephen King. Y yo me dije ¡olé los huevos de ese profesor! ¡Sí señor! Él sí que había captado el mensaje. Para que los críos lean hay que darles libros que quieran leer. Incluso la mierda de Crepúsculo podría ser mejor que nada, porque abriría la puerta a plantear un debate en clase sobre la siniestra filosofía que destila el libro y explicarles a las chicas que no, que los niños malos no tienen un fondo bueno y sensible esperando a que una chica virginal y media hostia lo despierte; que no, que esa dependencia patológica del ser amado no es para nada normal, ni sana, ni deseable; que el control no es romántico; que colarte por las noches en la casa de alguien para ver cómo duerme es delito... ¡Cuánto jugo se le puede sacar a un libro tan penoso!

No imagino la escena que debió producirse en el seminario cuando a este preceptor, adelantado a su tiempo, se le ocurrió proponer Cementerio de animales como lectura obligatoria. ¿Un libro escrito en inglés por un tío siniestro y más feo que un tumor de escroto en vez de alguna de las joyas inmortales de las letras hispánicas? ¿Un best-seller en lugar de uno de nuestros clásicos? ¡Blasfemia! ¡Herejía! ¡Anatema!

 

Pero el caso es que a mi hermana le encantó el libro. Y al resto de su clase también. Sí, hubo uno o dos zoquetes particularmente difíciles de desasnar que ni siquiera se lo leyeron, pero en un aula de treinta adolescentes no hubo menos de una docena que se lo leyese de cabo a rabo y al menos tres de otra docena no pudieron terminarlo porque «les daba demasiado miedo». El resto de la clase se limitó a plagiar los trabajos de los demás. ¡Aaaah, dulce y tramposa nostalgia de los años pre-Internet! Hoy habrían copipegado una página de la Wiskipedia o de El rincón del vago y vía.

No insinúo que no debamos siquiera intentar leer uno de estos libros indigestos. Digo que, como lectores, tenemos el derecho a seleccionar lo que nos gusta y barra o apetece leer y lo que no. No me produce el menor sonrojo admitir que no pude acabarme La divina comedia de Dante y, si quieres, también te puedo explicar el motivo: porque la segunda y tercera partes no están a la altura de la primera. El infierno me encantó. Lo he releído una media docena de veces. (Eso sí, recomiendo una buena edición, con notas al pie que te ayuden a poner en su justo contexto a todos los personajes con los que Dante y Virgilio se encuentran en su tournée por el averno). El purgatorio me aburrió con ganas y estuvo a punto de hacerme abandonar la lectura. El paraíso lo encontré tan recargado, pretencioso y pagafantístico que no pude llegar al final.

Entre mis galardones se encuentran el haberme terminado, con gran placer por mi parte, algunos libros tenidos por ilegibles, o casi, como Archipiélago gulag, Moby Dick, El silmarillion, Los versículos satánicos, El péndulo de Foucault (también llamada «La novela de Umberto Eco que los fans de El nombre de la rosa fueron incapaces de terminar»), o Las aventuras del buen soldado Švejk. Y este último tiene doble mérito, porque a su extensión (más de setecientas páginas) se añade el que Jaroslav Hašek murió dejándola inconclusa, así que la novela no tiene un final propiamente dicho. La narración termina cuando terminó la vida del autor.

Švejk era más que tonto: era un tonto certificado.
Sin embargo, tuve problemas con Macbeth. «¿Qué pasa aquí?», me dije, porque había disfrutado como un marrano de Noche de reyes, El mercader de Venecia, ¡y sobre todo de Hamlet!
Tis now the very witching time of night,
When churchyards yawn and hell itself breathes out
Contagion to this world: now could I drink hot blood,
And do such bitter business as the day
Would quake to look on.

Pero con Macbeth no podía. Avanzaba a trompicones. Me desanimaba. Estaba a punto de rendirme cuando tuve la inspiración de leer en voz alta.
From Fife, great king;
Where the Norweyan banners flout the sky
And fan our people cold. Norway himself,
With terrible numbers,
Assisted by that most disloyal traitor
The thane of Cawdor, began a dismal conflict;

(¡No! ¡Claro que no leí Macbeth en inglés! Sólo quiero que lo creas para parecer más interesante de lo que soy.)

Y la obra empezó a fluir como aceite Johnson's sobre la piel seráfica de Sara Sampaio. Devoré verso tras verso. Empecé a hacer voces para los distintos personajes: Macbeth, Banquo, Macduff... incluso volví atrás e improvisé tiples cascados para las tres brujas en torno a su caldero.
A sailor's wife had chestnuts in her lap,
And munch'd, and munch'd, and munch'd:--
'Give me,' quoth I:
'Aroint thee, witch!' the rump-fed ronyon cries.
Her husband's to Aleppo gone, master o' the Tiger:
But in a sieve I'll thither sail,
And, like a rat without a tail,
I'll do, I'll do, and I'll do.

En algún momento de la lectura, unos simpáticos señores de camisa blanca llamaron a la puerta de mi cuarto. Querían que me probase una camisa nueva, de una sola manga y abrochada a la espalda.

Los había llamado mi madre, persuadida de que su hijo había sucumbido al mal de Alonso Quijano y, de pasarse las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio se le había secado el cerebro.

¿Sabes un secreto? A Zola le daba sueño Hamlet.

A Zola. El de Germinal y Nana.

Así que no te sientas culpable si no puedes acabarte El arco iris de la gravedad, Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy o Meridiano de sangre. Pura y simplemente, esos libros no eran para ti. Los libros que te convienen te están esperando en el estante de alguna librería.

No tenían para la corona y se puso una mesa camilla.
Es probable que algunos libros difíciles merezcan una segunda oportunidad. Yo todavía no me he rendido con En busca del tiempo perdido, por ejemplo. Aunque mi primer intento no se vio coronado por el éxito, durante la somnífera tarde en la que fracasé en leerlo no tuve la sensación de que Proust se estuviese descojonando de mí en su tumba, que es más de lo que pude hacer con el Ulises.

Pero probablemente nunca leeré un libro escrito por un señor que necesita sesenta páginas para afeitar a un personaje.

Porque si alguien necesita sesenta páginas para contar algo que puede resumirse en una frase, probablemente esa persona nunca debió sentarse a escribir un libro.

Un libro que probablemente sea una mierda.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Sólo palabras

Porque cuando peses los días de tu vida en la romana del tiempo siempre humille al fiel de la balanza el oro de tus sonrisas, no el plomo de tus lamentos.

Porque nunca hubo un día como éste, ni volverá a haberlo.

Por todas las palabras que ahogaste en tus labios.

Por todas las heridas que caligrafían tu seno.

Porque intentaste ser fiel a ti mismo. Y fracasaste. Y volviste a intentarlo una y otra vez.

Porque supiste guardar una promesa (la más importante).

Por los amigos lejanos.

Por los amores perdidos.

Por el primer desengaño.

Por aquellos que abandonaron estas costas con una despedida en la boca y la seguridad de volver a encontrarte en otra orilla, tal vez más hermosa.

Porque un día fuiste inmortal.

Porque un día te sentiste barro.

Porque un día conociste el infierno.

Porque cuando al fin encontraste las respuestas descubriste que te habían cambiado las preguntas.

Por los libros que llenaron tus tardes de niño solitario.

Por la música, que es dolor y panacea; que es risa y también llanto.

Por los días, cada vez más pesados, que tú vuelves livianos como el viento.

Por el viento.

Por el viento.

Por el viento.

Por aquella vez (tú ya sabes cuál) en que la vida te hizo sangre, y tú volviste a levantarte, digno como un rey, y la desafiaste a herirte de nuevo.

(Y la vida tembló como un junco seco)

Porque nunca olvides aquel momento.

Por tus ojos ávidos de magia.

Por tu corazón, lacerado de afecto.

Por sorber conmigo el veneno de aquellos ojos oscuros.

(Ya sabes de cuáles te hablo)

Por mil veces mil razones, que harían de estas pobres líneas un interminable parlamento.

Por romper las cadenas de la rima.

Por corromper a la prosa y a la poesía.

Porque me viste vencido en la orilla del camino y me esperaste.

(Porque el camino no merecía el esfuerzo si no lo recorría contigo)

Porque me escogiste como hermano. 

Porque nunca hubo un día como éste, ni volverá a haberlo.

Porque estás aquí, conmigo. Porque aún tienes otra oportunidad de contribuir al poderoso drama con tu propio verso.

Porque sólo un sueño te separa del mañana.

Porque cabe todo en este único segundo de esperanza.

Por eso y por todo lo demás:

feliz año nuevo. 

(El 2017 lo va a tener realmente difícil para ser tan mierdoso como éste)

(Pero tiene doce meses para lograrlo)

(Amén)