sábado, 11 de abril de 2026

Todo lo que creías saber probablemente sea mentira (XVI): ninja el rey, ninja el Papa, sin ninjar nadie se escapa

Si quieres ver realmente cabreado a un historiador japonés, pregúntale por los ninjas. Ya será raro que te defraude.


Si quieres ver 
realmente cabreado a un redactor del Paratroopers, pregúntale por las adaptaciones al cine de sus libros o cómics favoritos. Ya será raro que te defraude.

Lo de los ninjas es una de las imposturas más exitosas de la historia de la cultura popular. Y, en buena medida, un fenómeno casi completamente occidental a pesar de sus orígenes japoneses. Pocas veces una mentira histórica tan evidente se ha aceptado de manera tan absoluta y acrítica, hasta el punto de materializarse en formas que sus promotores caraduras no pudieron ni siquiera anticipar, como la proliferación de dojos, o sea escuelas de Artes Marciales, en las que se enseña el «ancestral arte marcial secreto de los ninjas», entrecomillado en el que hay ni más ni menos que cinco mentiras.

Pero vamos por partes.

Si te vas a la página correspondiente de la whiskypedia, te encontrarás un artículo según el cual, «En la historia de Japón, los ninja (忍者?) o shinobi (忍び?) eran un grupo de mercenarios entrenados especialmente en formas no ortodoxas de hacer la guerra, en las que se incluía el asesinato, espionaje, sabotaje, reconocimiento y guerra de guerrillas, con el afán de desestabilizar al ejército enemigo, obtener información vital de la posición de sus tropas o lograr una ventaja importante que pudiera ser decisiva en el campo de batalla.»

Si además te has visto media docena de películas de artes marciales, o ambientadas en Japón, o eres un fan fatal, un talifán del género, habrás aprendido a asociar con la figura del ninja a esos mercenarios de pijamas negros, armados con espadas de hojas recta, llamadas ninjatosshuriken o estrellas arrojadizas de metal y todo ese arsenal de 007 preindustrial que, al parecer, siempre acompañaba a estos sigilosos y felinos asesinos.

A ver cómo coño te cuento yo ahora que casi todo lo expuesto en los dos párrafos anteriores no ha existido jamás, y que la información verídica que apunta a la existencia de algo que podría parecer un ninja es interesadamente parcial, está exagerada o ha sido malinterpretada por auténticos becerros sin puta idea de la historia, la cultura o el idioma japonés.

Para que me entiendas, ahí va un chorreo de datos puros de oliva, corroborados por múltiples historiadores, japoneses y de los otros:

No hay absolutamente NINGUNA evidencia histórica de que los ninjas o shinobi (luego hablaremos de la nomenclatura y etimología, ten un poco de paciencia) usasen shuriken. Y hasta el nombre es engañoso, pues significa casi literalmente «hoja en la palma de la mano» (手: «te», «mano», 裏: «ura», «espalda, detrás, al revés, dentro, palma»; 剣: «ken», «sable, espada, hoja»).

La primera vez documentada que alguien en el planeta Tierra vio un shuriken, una estrella ninja, fue en la película Shinobi no mono, de 1962, protagonizada por Raizō Ichikawa. Y los que se perdieron esa peli, tal vez vieron su primera estrella arrojadiza ninja en la atchonburística serie de televisión Ninja butai gekkō, de 1964. El arma japonesa más parecida que se conocía hasta los años 60 eran unos dardos de acero (bō shuriken) que no eran más que eso: barritas de acero acabadas en punta. Se conservan ejemplares datados hacia el siglo XVII. Pero ninguno de ellos en forma de estrella, ni de cuatro puntas, ni de tres, ni de su punta madre.

El ninjato, esa espada que presuntamente era el arma secular distintiva del ninja, y que se diferenciaba de la katana samurái en su hoja recta, comparativamente corta, y guarnición (tsuba) cuadrada... bueno, pura y simplemente no ha existido JAMÁS. Es una completa invención. Un producto del siglo XX. La primera vez que alguien vio un ninjato fue en las fotos de un panfleto turístico japonés de 1956 al que aludiremos de nuevo más abajo. Y la segunda vez documentada que alguien vio un ninjato fue en las secuelas de Shinobi no Mono que empezaron a llegar a los cines nipones a partir de 1963: Zoku shinobi no mono, Shin shinobi no mono, Shinobi no mono: Kirigakure Saizo, Shinobi no mono: Zoku Kirigakure Saizō y ya nos cansamos de pegar enlaces, que esta saga tiene más películas que Torrente.

Pero, a pesar de su absolutamente nula historicidad, de su infamante condición de artículo de atrezo cocinado por la gente del diseño de producción de Daiei Studios allá por 1963, por algún misterioso motivo que escapa a la comprensión del autor de estas líneas y que tiene más que ver con la sociología que con la Historia, para cuando Sho Kōshugi y Franco Nero coincidieron en 1981 en La justicia del ninja, este invento de los años 60 se había convertido ya en la espada «histórica» y arma «tradicional» de los ninjas.

Si le aplicas un mínimo de investigación histórica, casi todo el arsenal ninja «tradicional» se desploma ante tus ojos como un incel de catorce años bajo la condescendiente mirada de Sara Sampaio o resulta no ser para nada, ni haberlo sido nunca, un arma estrictamente usada por los ninjas. ¿El kunai? Jamás fue un arma. Los kunai históricos se describen más como espátulas que como cuchillos. Herramientas, no armas. ¿Los makibishi o «abrojos ninja»? Oh, sí, existieron. Pero ni eran exclusivos de los ninja y ni siquiera exclusivos de Japón. Los antiguos romanos ya usaban algo parecido, llamado tribulus, para putear a la caballería enemiga.

¿Y lo de los uniformes negros? Esa pantuflada es tan obviamente mentira que no merecería ni un comentario. Pero como eres subnormal perdido, querido lector (si no, ¿por qué coño estás leyendo esta bitácora?), te lo voy a explicar. Dime: dejando ya de lago el hecho de que vestirte de negro para atacar de noche es más propio de un deficiente mental que de un ladino sicario (¿quieres ser la única «silueta humana» perfectamente reconocible contra un fondo oscuro con varios niveles de sombra y penumbra y diferentes texturas?), pongamos los cojones sobre la mesa: ¿cómo crees que te resultará más fácil acercarte a la persona a la que quieres asesinar o espiar sin que te indentifiquen y te metan un pitonazo por el culo; vestido como una persona normal o disfrazado de capullo supremo con un pijama a la funerala y una máscara? Sieso, que eres un sieso.

El puto chándal negro y la capucha es una convención plástica, típicamente japonesa (registrada en grabados de Hokusai, por ejemplo), y muy ligada al teatro kabuki, que no se asociaba tradicionalmente con los ninjas hasta que estalló este fervor absurdo y también ridículo por el personaje, sino con la iconografía de cualquier, y repito, cualquier personaje teatral que estuviese intentando ocultar su identidad. En el cine mudo occidental de los años veinte el villano usaba chistera y capa y se mesaba un largo bigote ridículo y en la escenografía teatral japonesa de antaño, cuando se quería comunicar al público que un personaje ocultaba su identidad, se le vestía de negro. Y punto en boca.

«Pero, ¿qué coño me estás contando? ¿Que todo lo de los ninjas es mentira?»

...

«¿Hola? ¿Sommer, me oyes?»

Me cago en... pero ¿tú no estabas muerto? O sea, ¿dónde está La Tetas? Si hasta le estaba empezando a coger cariño y todo. Y, vistas así de cerca, ese tremendo par de aldabas jugosas, relucientes de aromática transpiración, como que no es tan intimidante.

«¿Qué Tetas? ¿De qué me hablas? ¡No desvíes la pregunta! ¿Hay alguna prueba histórica de la existencia de los ninjas o no? ¿Tal vez algún documento?»

Pues (suspiro), sí, y no. Hay un libro de estrategia militar y filosofía de los clanes Iga y Kōga (presuntos clanes ninja de toda la vida) titulado Bansenshūkai o Mansenshūkai, que se supone fue recopilado hacia finales del siglo XVII y que se ha llamado, tradicionalmente, «la Biblia ninja». Pero hasta esta «Biblia ninja» es, en gran medida, una mixtificación. Se supone que el Bansenshūkai resume y condensa los principales capítulos del Kanrinseiyō, un volumen anterior y más extenso sobre el mismo tema. Vamos, que sería una especie de Selecciones del Reader's Digest de esa auténtica y genuina «Biblia ninja» original...

...salvo que durante siglos nadie había visto una copia ni
 siquiera extractos o fragmentos del Kanrinseiyō, y muchos estudiosos e historiadores japoneses llegaron a declararlo una completa fantasía. Y DE REPENTE, en 2022, apareció en Koga, no sabemos si muy oportunamente o no, una copia del Kanrinseiyō. Y, hombre, qué quieres que te diga, que un profesor de historia japonesa lo haya autenticado no me basta, personalmente, para aceptarlo como un documento legítimo toda vez que este texto ancestral ninja fue «encontrado» por el «Grupo de investigación ninja de Koga-ryu» (sigue leyendo y entenderás por qué) y presentado a la prensa, de nuevo, por un soplapollas que se hizo fotografiar vestido de patético robabragas.

Pero incluso dando por bueno que el Bansenshūkai fuese una obra legítima, un auténtico texto histórico de 1676 cuya mera existencia respaldaría la veracidad de los ninjas como figuras históricas, su contenido algo atropellado no puede menos que hacer fruncir una ceja. Por lo menos una. Porque es que, además de varios volúmenes sobre doctrina militar y liderazgo, armas y herramientas, el arte del disfraz y la infiltración y el manejo e interrogatorio de prisioneros (hasta aquí, todo coherente y congruente con lo que se espera de un manual ninja), hay libros de filosofía y astrología que resultan realmente difícil de justificar en una «Biblia ninja» y, la rehostia en vinagre, una receta de tofu. Que no tiene nada de especial. Esta receta de tofu es igual a otras muchas recetas de tofu de la época. Este tofu ninja no te va a dar superpoderes ni a enseñar técnicas ninja secretas. Es tofu. Se acabó.

Leyendo por encima los índices, sin profundizar en el contenido del Bansenshūkai, resulta difícil de imaginar que de su lectura vayas a aprender más sobre los ninja de lo que aprenderías sobre el espionaje de la Guerra Fría leyendo las novelas de Ian Fleming. En las que también te puedes encontrar al menos una receta. Ya sabes: dos medidas de vodka, una de ginebra Gordon's, media de quina Lillet, agitado, no revuelto, con hielo picado y servido con una filigrana de piel de limón. No hay ningún secreto ninja en la «Biblia ninja». De su lectura no vas a aprender absolutamente nada sobre liderazgo militar, estrategia o técnicas de infiltración que no pudieses haber deducido tú mismo usando un poco de sentido común. «Ataca cuando tu enemigo no esté preparado», «reconoce el terreno antes de la batalla y escoge el campo que más beneficie a tu ejército», «no le metas nunca la picha a una gótica, por bien que la chupe y gordas que tenga las bufas» y cosas así. Vamos, que el Bansenshūkai no dice nada que no vayas a encontrar en El arte de la guerra de Sun Tzu. Salvo, quizá, la receta del tofu.

Además, el Bansenshūkai «pita» estruendosamente cuando menciona episodios presuntamente reales como ejemplos de hazañas históricas protagonizadas por ninjas. Un ejemplo para ilustrarte, oh amado lector: de acuerdo con el 
Bansenshūkai , durante el período Sengoku, Rokkaku Yoshitaka habría contratado a Tateoka Doshun, ninja de la Confederación Iga, para que le ayudase a tomar el castillo de Sawayama, donde se había atrincherado Dodo Kuranosuke, un antiguo vasallo de Yoshitaka que se había rebelado contra él. Tateoka formó un equipo de menos de cincuenta ninjas, los disfrazó de partidarios de Kuranosuke, entró con ellos por la puerta del castillo sin encontrar oposición, le prendieron fuego a todo y salieron por piernas. En la confusión que siguió al incendio, Yoshitaka pudo por fin tomar la fortaleza enemiga.

El problema es que este relato, tenido por histórico y canónico por los defensores de la presunta historicidad de los ninjas, sólo tiene ninjas y a Tateoka Doshun según el Bansenshūkai. En todos los demás documentos conservados que aluden al sitio y conquista de Sawayama, no se los menciona EN ABSOLUTO, y el Dodo Oki-no-Kami Kuranosuke histórico no era un antiguo samurái de 
Rokkaku Yoshitaka que había traicionado a su señor, sino un vasallo del clan Azai, enemigos de Yoshitaka. Y, aunque la crónica de la conquista de Sawayama recogida en el Bansenshūkai fuese verídica, y todo apunta a que no lo es, curiosamente no encontrarás en ella shuriken, ni capuchas, ni ninjatos, ni pijamas negros, ni bombas de humo, ni chochos en vinagre.

Algo huele a podrido en Dinamarca, digo en Sawayama, cuando hasta la «Biblia ninja» desmiente categóricamente toda la iconografía popularmente atribuida a los ninjas.

(No, no es la fecha de Riley Reid. He dicho que huele a podrido, no a fornicación mercernaria y sífilis).

E incluso aunque estés dispuesto a concederle el beneficio de la duda a todas las evidencias cuestionables y abiertas invenciones modernas que hemos enumerado, muy someramente, hasta ahora, al menos deberías hacer examen de conciencia ante la realidad innegable de que el ninjutsu, ese arte marcial milenario de cuyo estudio el ninja adquiría, presuntamente, todas sus habilidades, ni existe, ni ha existido NUNCA como tal hasta que, llegado el siglo XX, un puñado de instructores caraduras decidió inventarlo.

La mera palabra ninjutsu (忍術) ha representado conceptos muy diferentes a lo largo de la historia. En el Japón medieval era un agregador genérico para cualquier conocimiento o enseñanza sistematizada de estrategia militar. En el período Edo se empezó a usar la palabra como sinónimo de, no miento, ¡BRUJERÍA! El ninjutsu no fue un arte marcial JAMÁS. No ha dejado la más mínima huella en el registro histórico. Y la palabra ninjutsu no fue empleada como denominación de un arte de combate hasta los años 60, cuando un puñado de alelados soplapollas occidentales, trágicamente desinformados por los desorientados escritos de un puñado distinto de periodistas occidentales, tan lerdos como ellos, comenzaron a llegar a Japón empeñados en estudiar «el arte ancestral y secreto de los ninjas». Arte ancestral y secreto que no se podía estudiar, ni en Japón ni en ninguna parte, porque NO EXISTÍA.

«Pero, oye, Sommer, que con una simple búsqueda por Internet te encuentras docenas de academias y dojos japoneses que enseñan ninjutsu».

¡Claro, gilipollas! Porque en economía hay una cosa llamada «ley de la oferta y la demanda». Y cuando algunos maestros japoneses de artes marciales, sinvergüenzas todos ellos del primero al último, vieron llegar a todos aquellos gilipollas de ojos azules con los bolsillos llenos de dólares, y comprendieron que podían escoger entre dar clases de karate o kendo a treinta pavos al mes, o clases de «ninjutsu» por trescientos, el «arte ancestral y secreto de los ninjas» apareció de la nada como por arte de magia. Era absolutamente inevitable. Y, de repente, en busca de legitimidad, 
los archivos de algunas oscuras y minoritarias escuelas de artes marciales, escritos en kanji tan antiguos y desusados que tal vez sólo un par de docenas de personas vivas puedan leerlos, se convirtieron en documentos ninjas legítimos. Y algunos ronin y samuráis famosos por su inclinación a la puñalada trapera y el disimulo se convirtieron, por la magia y el poder de la mano invisible del Mercado, en ninjas de toda la vida, según el relato de estos instructores del «arte ancestral y secreto de los ninjas» que se acababan de inventar.

Hay realidades históricas que han llegado hasta nuestros días tan desenfocadas por la distancia y adulteradas por la ficción que ya nunca podremos más que suponer su naturaleza original. La historia distante y mal documentada acaba desapareciendo o convertida en mito.

Y luego está el caso del ninjutsu, que es exactamente el contrario. El mito moderno se ha «enviado al pasado» buscando cualquier elemento mínimamente histórico que lo legitimase. Por el mismo precio, podrías cambiarte el nombre a Bruce Wayne y contarle a todo el mundo que un raterillo de mierda mató a tus padres en un callejón de Gotham, a la salida del cine. Y tienes mi permiso para decir que venías de ver una peli de ninjas.

Incluso la palabra «ninja» es un invento moderno (y cuando digo moderno digo del siglo XX, allá por los años 70) que no encontrarás en la bibliografía histórica japonesa. En las fuentes históricas, al personaje al que se atribuyen las barrabasadas que nuestro imaginario moderno (contaminado por las interpretaciones perezosas e interesadas del mito) atribuye al ninja se le denominaría shinobi (忍び), e incluso esta denominación tiene matices de los que te vamos a hablar a continuación, ojiplático lector. Y no, no me importa una mierda lo que ponga la Whiskypedia sobre este tema. Este artículo ha sido claramente redactado por un indocumentado. Ahí vienen los matices: incluso la palabra shinobi, a decir de los estudiosos de la historia y la filología japonesas, no parece haberse empleado jamás para denominar a uno o varios individuos como tales, sino que etiqueta un conjunto de tácticas militares y de guerrilla basadas en el sigilo, la sorpresa y el secreto. Shinobi sería un nombre genérico para lo que hoy en día llamamos «operaciones especiales», sin que se conozca documentación histórica alguna que atribuya a los responsables del shinobi una denominación específica.

En otras palabras: en el Japón antiguo, shinobi no era algo que eras, era algo que hacías. Y si alguna vez hubo algo que medio se parecía a los ninjas, fueron los tipos que, bajo determinadas circunstancias, hacían shinobi (guerrilla, operaciones encubiertas, espionaje, sabotaje, contrainteligencia, asesinato de personalidades) y que tal vez, bajo otras circunstancias diferentes, libraban guerras convencionales, en el campo de batalla, cara a cara y con las armas en la mano.

Y sí hay registro histórico de estos señores japoneses que hacían shinobi, y que no sabemos qué denominación profesional se daban a sí mismos, si es que se daban alguna, así que, por comodidad, vamos a llamarlos shinobi, como hemos hecho más arriba. Lamentablemente, las fuentes históricas una vez más se cagan en toda la mojiganga del «asesino furtivo vestido de negro y equipado con un arsenal de armas exóticas» y te presenta a estos shinobi (una vez más, el uso de la palabra es confuso e inexacto, pero lamentablemente necesario) como saboteadores y espías, fundamentalmente. Los shinobi históricos reunían información, difundían rumores y vandalizaban recursos estratégicos. O sea, desempeñaban tareas de espionaje, contrainteligencia y sabotaje. Vamos, lo mismo que hacen (o hacían en su día) los modernos agentes de la CIA, pero con una dieta basada en el arroz en el caso de los shinobi.

La mera existencia del MITO del ninja reside en su valor como excelente arma de propaganda. Existieses o no los ninjas, y todo parece indicar que NO, la mera sospecha de que el señor feudal, yo qué sé, Fujitsu Toshiba o Mitsubishi Nakasone, tuviese a su servicio a misteriosos asesinos furtivos capaces de matar con artes marciales misteriosas, venenos indetectables y armas ocultas, podría haber sido suficiente para que la gente escogiese no tocarle los nakasones a Toshiba. No vaya a ser que se levante un día con el sushi cambiado y nos monte una liadita plus.

«Me estás deprimiendo, Sommer».

Nada más lejos de mi intención, Lector Cojonazos sospechosamente resucitado. Aquí, en el Paratroopers, nada nos gustaría más que hacer a todo el mundo tan felices como Stun_gravy cuando vio que los de DICE habían incorporado su trickshot de 2011 en el Battlefield 3 (el ya famoso, en círculos gamers, rendezook) al tráiler de Battlefield 2042.

Pero la verdad es tozuda. Y no le importan tus sentimientos.

«Pero, yo he visto en un documental de Japón una "aldea ninja", una especie de museo que reproduce una "casa ninja tradicional" y que está llena de escondites, pasadizos secretos y armas ninja».

¿Te refieres a la «aldea ninja» construida como museo por Okuse Heishichirō en la provinca de Iga a principios de los años 50, después de empacharse de una lectura del Bansenshūkai, libro que ya hemos desacreditado como documento histórico? ¿Aldea-museo ninja que fue la principal fuente de ingresos de
Heishichirō y su familia? ¿Esa aldea-museo que cobra 900 yenes de entrada a los adultos y 600 a los niños? Es precisamente en un panfleto publicitario de ese museo, panfleto publicado en 1956 (y al que hemos citado más arriba, cuando hablamos del ninjato), que vemos por primera vez en toda la historia conocida de la humanidad, a un gilipollas vestido de pijama negro pretendiendo ser un «asesino ancestral japonés» y usando presuntas «armas tradicionales del ninjutsu que en realidad no existe». Y lo sabrías si tuvieses un poco de comprensión lectora o de retentiva.

La aldea ninja de Iga es casi tan real como la tumba del rey Arturo en Glastonbury, la Fortaleza de la Soledad de Supermán en el Polo Norte o la virginidad anal de Verónica Leal.

Lo cual no impidió a los productores de la serie de Shinobi no Mono acudir a Heishichirō como «asesor histórico». Sabes que una mentira tuya ha calado en el imaginario colectivo cuando una productora de cine te contrata para que la defiendas.

La historia de amor de Occidente por los ninjas ha llegado a tales extremos que ha contaminado a los propios japoneses, en un patético caso de retroalimentación que provoca entre vergüenza ajena y repelús. Y no hablo de las penosas películas de la Cannon, que al menos eran entretenidas, sobre todo si te las veías de adolescente (y si te fumabas un par de trujas antes de darle al Play, aquello ya era la rehostia). Hablo de cómo la figura del ninja ha permeado casi todos los productos culturales: novela, series de televisión, manga y anime, videojuegos, ¡y no hablemos ya de los cómics! La obsesión por este arquetipo de personaje que manifiesta obsesivamente el amargado, envejecido y (nos tememos, a juzgar de sus declaraciones públicas a partir del atentado) traumatizado por el 11-S, Frank Miller es simplemente legendaria y un buen ejemplo de esta fascinación occidental casi enfermiza.

Nunca de tan poca sustancia se había sacado tanto beneficio.

Si descontamos el Evangelio, claro.

Que un puñado de periodistas y escritores extranjeros y soplapollas, con entre cero y subcero conocimiento del idioma, la cultura o la historia japonesas, empezasen allá por los años 70 a difundir en Occidente verdaderas MONGOLADAS sobre los ninjas, no sería tan triste si en nuestra propia tradición histórica no tuviésemos una élite de asesinos sigilosos (estos reales aunque, como los ninjas, rodeados de leyenda y teatralidad) que no tienen nada que envidiarle a los ninjas japoneses. Y sí, me refiero a los ismailitas nizaríes de Hassan-i Sabbah, el «Viejo de la Montaña». Los sectarios que han dado origen a la palabra misma «asesino»: ḥashshāshīn, o sea «fumadores de hachís». Vamos, «porreros».

Hay varias teorías acerca de por qué los hashishin se llamaban así, o incluso si el término mismo es histórico o un deliberado insulto anacrónico, acuñado por sus detractores. Una teoría da por sentado que los nizaríes eran conocidos como hashishin porque iban trabadísimos a sus misiones encubiertas. Vamos, que se emporraban vivos para no sentir miedo ni dolor. Dado que el Corán prohíbe todo tipo de tóxicos (el porro entre ellos), la voz hashishin sería un ultraje acuñado por los enemigos de los nizaríes, fundamentalmente los Ismaelitas mustalíes, para desacreditarlos ante otros creyentes islámicos. O que simplemente los llamasen hashishin como quien llama hoy en día a otro «subnormal», ridiculizando su fanatismo y ciega devoción a la secta como más propia de la mente débil y voluntad dócil de un yonqui. O que fuese la forma poética de decir, entonces, «descastado, marginal, escoria». O que alguien, en algún momento de la historia, como sugiere el escritor Amin Maalouf, pura y simplemente haya escrito mal la palabra asāsīyūn, que significa «aquellos que son leales a los fundamentos de la fe».

Pero mi explicación preferida de la etimología de este término nos remite al Viejo de la Montaña (Sheij al-Yebal, lo que probablemente era el título hereditario del líder de la secta, no una sola persona) que reclutaba a los aspirantes a su secta de matarifes fanáticos, los llevaba a una de sus fortalezas secretas y los hacía fumarse unas estacas de costo puro de oliva. En una habitación aparte, esperaban unas putacas de prietas carnes y perfumadas cucarachas, vestidas de huríes con vaporosos velos y entrenadas hasta alcanzar la potencia chuminera de una stripper de Las Vegas. Cuando los candidatos ya tenían un globo del quince, estas zorrupias entraban por una puerta secreta y cabalgaban a los porreros como amazonas en celo, haciéndoles conocer delicias venéreas con las que pocos hombres se han atrevido a soñar.

Para cuando a los colgados se les bajaba el melocotón, ya las suripantas habían hecho mutis y entonces aparecía un Asesino ya iniciado o el Viejo de la Montaña in person, y les decía que la experiencia de embrutecedor recreo potorrero que acababan de tener era un anticipo de los placeres que les esperaban el el Paraíso, si mataban para la secta, y mataban mucho, y mataban bien, o, según otras fuentes, que efectivamente habían muerto ya y visitado el cielo, y hecho el unboxing a algunas de las 72 vírgenes (¡JA! ¡VÍRGENES DICE!) a las que tendrían derecho cuando acabasen la misión para la que Alá los había devuelto a la tierra.

Como se creían ya muertos, o después de trincarse a las pelanduscas andaban con una calentura de pirola comprensible pero absolutamente insoportable, estos hashishin no sólo no le tenían miedo a nada, sino que se morían, no pun intended, de ganas de morir matando o volver a chingar colocados. Las misiones suicidas eran lo habitual entre la secta de los nizaríes. Sus incursiones sigilosas, normalmente al amparo de la noche, por ejemplo para dejar una daga bajo la almohada de un posible objetivo sin ser detectados, y sin despertar a su víctima, los hicieron legendarios y convirtieron la secta en una potencia ominosa, aterradora, a la que nadie quería oponerse.
(Puede que todo esto te suene ligeramente, anonadado lector, por la serie de videojuegos de Assassin's Creed, en la que los canadienses de Ubisoft Montreal convirtieron a esta siniestra secta de fanáticos asesinos en superhéroes protectores de la humanidad. Que manda una punta así de carallo, tampoco te engaño).

Y no nos vamos a meter ahora con el tema de los hashishin, que también ha cosechado su buena saca de mitos, bulos y malentendidos, porque ya ha terminado esta larguísima introducción a una entrada que, en realidad, va a ser brevísima (y por eso le hemos metido tanta paja). Retomamos el tema del cabreo con el que abrimos el post para preguntarte si a estas alturas entiendes ya por qué los historiadores japoneses con un mínimo de solvencia se cabrean tanto cuando les preguntan por los ninjas.

Y, aunque los motivos del cabreo son diferentes, la naturaleza de esa indignación del historiador japonés enfrentado a una pregunta sobre los ninjas es la misma del redactor del Paratroopers cuando se le pide su opinión sobre ésta o aquella adaptación a la pantalla de éste o aquel otro libro.

Pero hay milagros en todas partes y, a veces, una adaptación de una novela, sin dejar de ser una traición a su referente (algo por otra parte más o menos inevitable), te deja con un buen sabor de boca. Incluso con un excelente sabor de boca.

Desde que Marte se convirtió en 2015 en un éxito de crítica y público, y, tristemente, en la última película de Ridley Scott que no produce arcadas (aquí, nuestro entusiasta análisis pandémico), estaba claro que había que marcar de cerca las próximas novelas de Andy Weir, porque alguna de ellas podría acabar también adaptada a nuestras pantallas. No parece que Artemis, que despellejamos aquí, vaya a sufrir ese destino. Al menos a corto plazo. Pero si hablamos de la tercera novela de Weir, Project Hail Mary, la película ya ha llegado a nuestras pantallas, con Ryan Gosling de protagonista y Phil Lord y Christopher Miller como director bicéfalo y el propio Gosling como productor ejecutivo.

Y es cojonuda.

La película dura más de dos horas y media y no se te hace larga en ningún momento. Y eso que, como era inevitable, el material original se resume, comprime y condensa y el guionista y directores han tomado algunas decisiones que a los lectores de la novela podrían hacernos arrugar la nariz. Hablo del peso de la comedia, que en la adaptación a la pantalla es muy acusado y en absoluto refleja el tono de la novela que adapta, un drama de ciencia-ficción dura con sólo ocasionales concesiones al humor y casi siempre a través de la personalidad del doctor Ryland Grace (interpretado por Gosling con una emoción y profundidad de registros actorales de los que el actor de Drive y El diario de Noa no suele hacer alarde desde que descubrió que es tan guapo que le pagan igual aunque no se esfuerce).

Hala, ahora vete a verla.

«Pero ¿de qué va la película, Sommer?»

¡Pero qué coño importa! ¡Ve a verla, copóns! Aaaagh. Unos microorganismos alienígenas, los «astrófagos», se están alimentando de la radiación infrarroja del sol, reduciendo su luminosidad y condenando por lo tanto a la Tierra, a medio plazo, a una Edad de Hielo y a la raza humana a la extinción. Entonces, las Naciones Unidas ponen en marcha una misión espacial desesperada hacia Tau Ceti, donde también se ha detectado el organismo alienígena pero que, por algún motivo, no está perdiendo brillo. Un equipo de tres astronautas emprende un viaje sin retorno para determinar si hay, en torno a Tau Ceti, algún limitador del crecimiento del astrófago que pueda salvar la Tierra. Ya está. ¿Contento?

«Mucho, señor Sommer. Ya puedo quitarme esto. ¡Que me da un calor!».

[SFX: sonido de cremallera al bajarse]

¡Aaaaaah! ¡Señoteta! Pero... ¿eso que llevaba puesto era un disfraz?

«Piel genuina, señor Sommer. Toque, toque».

¿Cómo que teta auténtica? ¿Piel humana teténtica? ¿Llevaba usted tetada la piel tetida del tetor tetonazos? ¡Y con una tetallera, como el disfraz de un furro!

«Estaba enterrado en su jardín, señor Sommer. Debajo de la estatua de Súper Mario Bros. Me pareció un desperdicio dejarlo ahí. Reciclar reduce la huella de carbono, ¿verdad?»

Pero, tetorita, ¡que lleva usted puesto un cadáver, me teto en Dios! ¿Y cómo teto ha metido esas tetas dentro de ese pijama de Lector Tetonazos sin que se tete el palmito? ¡Está usted tetando las tetas de la Física!

«Me parece que necesita usted sus medicinas y una ducha fría, señor Sommer. Despida ya la entrada de hoy, si es tan amable».

Hasta aquí teta este teto, querido tetor. Hasta la tetada siguiente.