La ceremonia de los premios de la Academia de Cine, o, si lo prefieres, la gala de los Óscars, ha venido y se ha ido.
Y básicamente, y aparte de haber servido para fabricar un nuevo meme con Leonardo Dicaprio, la gala de los Óscars nos ha importado a todos un cojón de madera.
Y, como en el Paratroopers somos mucho de pensar (feo vicio que, con el de comer y el de respirar, algún día nos va a buscar la ruina), no hemos podido dejar de preguntarnos si esta indiferencia hacia un evento anual que antiguamente reunía a nuestras familias delante del televisor (como antaño la final de Eurovisión, dicho sea de paso) es un síntoma de la progresiva decadencia de la antaño casi ritualista relación que generaciones pasadas manteníamos con el cine.
Que tal vez no lo sea.
Pero no importa. Desbarrar sobre el tema podría ser la introducción de la presente entrada de la bitácora, o toda la bitácora. No sabemos. No hemos planeado nada. Ya lo iremos viendo.
¿Qué pasa con el cine, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? ¿Qué pasa con la ceremonia de los Óscars, que antes, no sé en tu casa, pero en la mía (y somos currelas de mierda, ¿eh?, que el único con estudios superiores es el que esto suscribe, y aún estoy por medio desasnar), nos cruzábamos apuestas sobre quién ganaría Mejor Película, quién sería el Mejor Director, quién se llevaría el premio a Mejor Guion Original...?
Hace más de dos décadas que todo eso se fue a la verga. Me recuerdo a mí mismo cabreadísimo, discutiendo con mi madre (a quien probablemente, a esas alturas, ya todo ese tema se la bufaba muchísimo) los motivos por los cuales Pulp Fiction era mil veces mejor película que ese demo reel de efectos especiales por ordenador llamado Forrest Gump, ¡y, aunque sólo fuese por Regreso al futuro, yo ya adoraría a Robert Zemeckis! Pero, aparte de intentar hacernos pasar a una de las villanas más odiosas y perversas de la historia del cine, por el «love interest» del protagonista, poner cara de vaca mirando pasar el tren no es actuar, Tom Hanks. Tú puedes hacerlo mucho mejor que eso. ¡Y hazle un test de ADN al puto crío, copóns!
(Zemeckis también es director de Tras el corazón verde, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, La muerte os sienta tan bien, Contact y Náufrago. Un capo, el cabrón).
Pero, claro, no iban a negarle el Óscar a Mejor película al subnormal, ¿cierto? Eso habría sido, no sé, como discriminatorio, ¿cierto?
¡Aleluyas blancas
de los zarzales floridos!
Bien, vamos allá, la primera en la frente: la ceremonia de los Óscars coronó en 1998. Casi sesenta millones de espectadores vieron a Titanic arrasar con la mayoría de los premios, ONCE de las CATORCE categorías en las que concursaba (Mejor película, Mejor director, Mejor dirección artística, Mejor fotografía, Mejor diseño de vestuario, Mejor montaje, Mejor banda sonora original, Mejor canción original que Celine Dion no quería cantar, Mejor sonido, Mejores efectos de sonido y Mejores efectos visuales), y a un joven Ben Affleck y otro joven Matt Damon recoger el Óscar al Mejor guion original por El indomable Will Hunting y al Hombre más gracioso del mundo el de Mejor actor secundario por la misma película.
A partir de 1998, la gala de los Óscars empezó, básicamente, a comerle los cojones a todo el mundo.
La 72ª ceremonia, celebrada en 2000, el año que vimos a Kevin Spacey cascarse varias pajas en American Beauty y Hillary Swank nos hizo dudar de nuestra heterosexualidad en Boys don't cry, fue vista por «sólo» 46 millones de espectadores.
La 73ª, de 2001 (Tigre y dragón, Traffic, Erin Brockovich), sentó ante el televisor a un poco menos de 43 millones.
La 74ª, de 2002 (El señor de los anillos: La comunidad del anillo, Black Hawk derribado, la desgarradora Monster's Ball), a 42 millones.
La 75ª, de 2003 (El pianista, Camino a la perdición, El viaje de Chihiro, Bowling for Columbine), a poco más de 33 millones.
La 76ª, de 2004 (Master and Commander: Al otro lado del mundo, Monster, Mystic River), repuntó con más de 43 millones.
La 77ª, de 2005 (Million Dollar Baby, Spiderman 2, Los increíbles), mantuvo el tipo con 42 millones de espectadores. Y las audiencias de la ceremonia se movieron, en los siguientes certámenes, en esta horquilla de 30-40 millones (casi 39 millones de espectadores en 2006, casi 40 en 2007, 31 millones en 2008, un poco menos de 37 millones en 2009, 41 millones largos en 2010...) hasta que empezaron a llegar las HONDONADAS DE HOSTIAS.
En 2018, la 90ª gala de los Óscars no llegó ni a los 27 millones de espectadores. En 2020, la 92ª se MATÓ con menos de 14 millones de espectadores. En 2021, la 93ª ceremonia se hundió a 10 millones de espectadores. En 2022, remontó un pelín, hasta algo menos de 17 millones. En 2023, no alcanzó los 19 millones por el canto de un duro. En 2024, casi llegó a 19 millones y medio. En 2025, se pasó muy de largo los 19 millones y, llegados a 2026, la 98ª ceremonia de los Premios de la Academia de Cine, ha sido de nuevo incapaz de alcanzar los 18 millones de espectadores.
Noche castellana;
la canción se dice,
o, mejor se calla,
Cuando duerman todos,
saldré a la ventana.
Si te importa el cine aunque sólo sea un poco, o ya te has bajado todos los vídeos de Riley Reid y tienes unos minutos libres para leer esta bitácora de mierda, te estarás preguntando qué coño está pasando, cuál es la motivación de este creciente desinterés del gran público, de los cinéfilos de tropa, por la ceremonia de los Óscars; desdén que corre paralelo, y no nos atrevemos ni a descartar ni a insinuar vasos comunicantes entre ambos fenómenos, al creciente desapego de ese mismo público por el cine, al menos, por el cine en pantalla grande, como mandan los cánones.
En menos de treinta años, la Gala de los Óscars ha perdido dos terceras partes de sus espectadores. Y ése es el motivo por el cual tanta gente sospechó que la hostia de Will Smith a Chris Rock fue, en realidad, un sucio truco de marketing para intentar invertir la caída en barrena de las audiencias del certamen.
(Lo mismo se llegó a decir de la teta de Janet Jackson en la Superbowl de 2004. Lo cual no tiene absolutamente ningún sentido porque las audiencias de la Superbowl, con fluctuaciones ocasionales, no han dejado de crecer desde los años 70).
Como con todos los fenómenos humanos, con absoluta seguridad, también éste ostracismo al cual el Manolo random está condenando la ceremonia de los Óscars sea multifactorial. Pero todo parece empezar en el año 1998. El año de Titanic. El año en que, para sorpresa de no pocos, una película elogiada por las críticas, bien dirigida, con una producción lujosa, y favorecida en las taquillas (yo mismo me la vi más de una vez en el cine), arrasó con casi todas las principales categorías de premios.
La gente que había ido al cine a ver el carísimo (210 millones de la época, unos 337 millones de los de ahora) y superrentable capricho de James Cameron dos, tres veces y las que hicieran falta, llegaron a la gala de los Óscars con expectación. Querían averiguar si su película preferida, la más cara del año 97, el primer título de recaudación milmillonaria (récord que mantuvo hasta Avatar, otra de Cameron, DOCE años más tarde), el largometraje que tanto les había conmovido, hacía justicia a las quinielas y arramplaba con las catorce estatuillas a las que aspiraba. Había hype por esta película antes incluso de que la gente usase la palabra hype.
(Frikifacto para exquisitos: James Cameron ya tenía apalabrado un astillero en Irlanda para construirle una réplica, a tamaño real, del Titanic. Los productores dijeron que nones. Que maquetas y CGI. Eso sí, cuando vieron la factura, se dieron cuenta de que, con lo que había costado recrear por ordenador el malhadado barco, se habrían construido dos Titanics de los de verdad).
El divorcio entre el gusto de los académicos con derecho a voto y las preferencias de las audiencias empezó más o menos aquí. ¿Cuál fue la galardonada como Mejor película del primer año post-Titanic? Shakespeare in Love. Pero ¿es mejor película que Salvar al soldado Ryan, contra la que competía? (volveremos a hablar de ellas más abajo). Según los académicos de Hollywood, sí. Según el público mundial, NI DE COÑA. Aunque funcionó de vicio en taquilla (25 millones de presupuesto, un poco menos de 290 millones de recaudación global), Shakespeare in Love arruga el ano ante los cuatrocientos ochenta y dos millones y pico de la película bélica de Spielberg (que para el humilde autor de estas líneas es aburridísima, excluidos su primer y tercer actos).
¿Y en los años siguientes? ¿De verdad American Beauty (con toda su mala hostia de comedia negra directa a las tripas del Sueño Americano) es mucho mejor película que Las normas de la casa de la sidra, La milla verde, El dilema o El sexto sentido? Si tuviésemos que medirlo en votos de los académicos, indiscutiblemente. Si las entradas vendidas fuesen un valor a tener en cuenta, la cinta debut de M. Night Ramalamadingdong, con sus casi 673 millones de dólares de recaudación, le da sopas con onda a la película de Sam Mendes y sus 356 millones de recaudación. (Las otras candidatas a Mejor película de ese año funcionaron en taquilla entre bien y mal, con La milla verde embolsándose casi 287 millones y El dilema estrellándose sin haber llegado siquiera a recuperar sus 90 millones de presupuesto).
Canta, canta en claro rimo,
el almendro en verde rama
y el doble sauce del río.
Cuidado: la recaudación en taquilla no es la única métrica a considerar, cuando estamos hablando de la calidad de una película. El dilema es una buena película, porque Michael Mann hace, normalmente, buenas películas (salvo Blackhat, que, además de aburridísima, es horrorosa), mientras que Torrente presidente, con todo mi cariño para Santiago Segura, es, y no necesitamos verla para saberlo, un insulto a la inteligencia del espectador y una blasfemia cinematográfica, lo cual no le impedirá hacer, como sus predecesoras, un costal de panoja en las taquillas.
Resulta muy seductora esa idea de que la entrega de los Óscars ha ido perdiendo interés, entre otros motivos, porque las películas presentadas a concurso han dejado de ser las favorecidas por el público, si es que alguna vez lo fueron desde tiempos de Titanic. ¿A quién coño le importa que CODA: Los sonidos del silencio (la peli esa de los sordomudos con la que Marlee Matlin intenta convencernos, una vez más, de que lo de Hijos de un dios menor no fue un «one hit wonder»), le ganase el premio a Mejor película a Licorice Pizza en 2021? A mí desde luego no (y fui incapaz de acabarme Licorice Pizza. ¡Tremendo ñordazo insulso y sobrevalorado, por Sara Sampaio Dominátrix!). Licorice Pizza no la fue a ver ni el Tato (33 millones de recaudación global, 40 millones de presupuesto) y, a pesar de todas esas palmas que ganó en Sundance, CODA, producto de Apple+, no la fue a ver ni Dios en su estreno limitado en salas. La pregunta debería ser ¿por qué estas dos películas, que casi nadie ha visto en un cine de carne y hueso, llegaron a la final de los premios de la Academia de Hollywood?
Que los Óscars son la celebración de la mediocridad, el esnobismo y la cobardía no sorprenderá a nadie medianamente informado al respecto. Si realmente esta ceremonia premiase el talento, Hitchcock, nominado CINCO veces a Mejor director, no debería haberse confirmado con ese humillante Premio honorífico de 1968 que agradeció de forma tan transparentemente lacónica, y Stanley Kubrick habría, por lo menos, cosechado alguna nominación. La lista de actores, escritores y directores que, por oscuros motivos, no recibieron en su momento el reconocimiento que merecían y hubieron de conformarse con un ignominioso «Óscar honorario», abarca nombres como Gary Cooper, Orson Welles, Cary Grant, Akira Kurosawa, Charles Chaplin, Sidney Lumet, Federico Fellini, Mary Pickford, Elia Kazan, Alec Guinness, Michelangelo Antonioni, James Stewart, Hayao Miyazaki o Ennio Morricone, por citar unos pocos.
Además, el clasista desprecio de la Academia por los géneros de evasión pura ha mantenido tradicionalmente vetados de los premios mayores (Mejor película, Mejor dirección, Mejor guion) a géneros cinematográficos enteros, eso sí, extraordinariamente populares, como la comedia, la aventura, el terror y la ciencia ficción. ¿Tenemos que recordar que la Academia cambió inesperadamente las reglas del certamen para IMPEDIR que Howard Shore ganase, otra vez, el Óscar a a la Mejor música por su partitura para El señor de los anillos: Las dos torres? Y funcionó. Ni siquiera fue nominado. El maricón dorado se lo llevó Elliot Goldenthal por su música para Frida. Porque girrrrrrl paua y lanitismo, supongo (y no es que no nos haya gustado Frida o su música, es que resulta difícil imaginar como alguien pudo ganarle ese año a Thomas Newman o, cualquier año, a John Williams, aunque hay que recordar que Williams ya perdió, con su música para Harry Potter y la piedra filosofal, ante Shore y su score para El señor de los anillos: La comunidad del anillo ).
A las palabras de amor
les sienta bien su poquito
de exageración.
¿Y qué me dices del sucio secreto a voces que empezó a enseñar la patita por debajo de la puerta precisamente en 1999, cuando Shakespeare in Love, una divertida, pero en absoluto destacable comedia, le arrebató el premio a Mejor película, entre otras, a Salvar al soldado Ryan? ¿Tendrá eso algo que ver con el desengaño de los espectadores hacia la ceremonia de entrega de premios de la Academia? Atendiendo a todos los indicios, Harvey Weinstein se habría asegurado el premio para su producción por medios extracinematográficos, recurriendo a la más agresiva campaña de promoción de una productora de su tamaño en toda la historia. Cuando el gordo y pichadeforme violador fue procesado y condenado por su patente desprecio al consentimiento sexual, comenzaron a oírse historias sobre cómo las campañas de Miramax se centraban especialmente en los académicos con derecho a voto. He leído las palabras «intimidación» y «soborno» tantas veces asociadas a las políticas de promoción de los Weinstein que no resulta descabellado asociarlas al concepto «compra de votos».
(El Hollywood Reporter recogió una «historia oral» de la campaña pre-Óscar de Miramax para Shakespeare in Love. «The nastiest campaign ever staged». Entre otras cosas, Weinstein reclutó a la siniestra mercenaria Hillary Clinton para que promocionase su película, invitó a conocidos periodistas de medios culturales para poner de chupa de dómine a Salvar al soldado Ryan, a pesar de que adoraba la película, envió copias en VHS de Shakespeare in Love a todo miembro de la academia con derecho a voto cuya dirección postal pudo encontrar, contrató para su campaña de promoción a un montón de publicistas... que casualmente eran todos miembros de la Academia con derecho a voto, llegó a hacer proyecciones privadas para académicos ancianos en sus asilos, hizo campaña telefónica entre los votantes aunque estaba estrictamente prohibido por las normas de la Academia...).
«I started to get all these calls from press saying, “Harvey Weinstein has hired publicists, including Murray Weissman, and, just so you know, they’re trying to get us to write stories saying that the only thing amazing about Ryan is the first 20 minutes, and then after that it’s just a regular genre movie.” I mean, I knew Harvey was spending a ton of money, but that was the first time I was exposed to the idea of a “whisper campaign” against another movie.»
En el Paratroopers, estamos completamente CONVENCIDOS de que el infame Weinstein no usó ninguna táctica para asegurarse la victoria en los Óscars que no hayan empleado, mil millones de veces, los grandes estudios. El problema es que Harvey Weinstein expuso los métodos de los grandes estudios para «influir» directa o indirectamente en las votaciones de los Óscars. Por lo tanto DESLEGITIMÓ el concurso, volviéndolo sospechoso de corrupción (algo que los más despiertos ya habíamos deducido tras la avalancha de películas protagonizadas por deficientes mentales que siguió a Forrest Gump), hipocresía y labilidad. En el momento en que las grandes audiencias se dieron cuenta de que en la noche de los Óscars no ganan las mejores películas, sino las que mejor le hayan acunado las pelotas a los académicos, las más «ligeras» y cómodas (o sea las menos polémicas y arriesgadas), las que representen los volátiles valores que los think tanks del momento declaren de moda esa semana, empezaron a volver la espalda a los oropeles de corchopán y las votaciones timoratas.
(No. No vamos a abrir el agusanado y fermentado melón de las normas DEI instauradas por la Academia en 2024. Esa mierda woke daría para toda una entrada de la bitácora, y sería una entrada más de la que se merece. Que para que tus valores como director, guionista, actor o montador sean reconocidos por tus pares tengas que firmar una película en la que salga al menos una negra obesa, sordociega, inmigrante ilegal, musulmana neurodivergente y transexual no-binaria analfabeta es, sólo, la última garrotada del catecismo SJW de ociosos pijos blancos millonarios).
Cuando la gala de los Óscars dejó de ser un escaparate desde el que descubrir lo mejor que puede ofrecerte la industria del cine, la gente que todavía ama el cine deja de ver la gala de los Óscars. Así de simple.
En este contexto, el incidente de la gala de 2017, cuando un apapahostiado empleado de PricewaterhouseCooper, más preocupado por sacarle fotos con el móvil a los culos de las actrices que por hacer bien su trabajo, le dio a Warren Beatty el sobre equivocado y, por dos minutos, La la land fue la Mejor película de la 89ª ceremonia de los Óscars, casi despertarían ternura de no delatar, a gritos, la erosión de la profesionalidad, seriedad y solemnidad que se exige de un certamen como éste, en el que participan «activos» (películas y cineastas) valorados en miles de millones de dólares.
La caída en las audiencias de la televisión, por razones que no vamos a analizar aquí, tratándose la gala de los Óscars, como se trata, de un fenómenos eminentemente televisivo, también se ha cobrado la parte del león en las audiencias de este evento, antaño multitudinario. La gente ya no ve tanta televisión como antes. O ya no la ve en absoluto. Punto. No ve televisión y se busca otros entretenimientos.
Tampoco vamos a entrar a destripar la voladura del sistema de estrellas, que hemos tratado en otras entradas de la bitácora, y que ha contribuido a reducir el atractivo de la ceremonia de los premios de la Academia. En resumen, los estudios ya no promocionan a sus actores, promocionan a sus personajes. Sus franquicias. A Marvel/Dismey le importa una mierda Chris Evans. Le importa el Capitán América. Ni saben quién es George Lucas ni quieren saberlo. Pero harán películas de Star Wars hasta que vomites. Para ellos, El Capi es marca. La guerra de las galaxias es marca. Son productos financieros. Chris Evans es sólo una cara. George Lucas es sólo un nombre. Si los actores y directores dejan de ser los protagonistas del cine, ¿qué incentivos tiene el espectador promedio para sentarse a ver una engolada y pretenciosa ceremonia de masturbación colectiva en la que, declaradamente, se los ovaciona?
En otro caso de pescadilla que se muerde la cola, la reputación decreciente de los premios de la Academia determina que cada vez menos gente persiga ese galardón. El talento huye ahora de esta competición y de sus reglas amañadas y, con matices, se refugia en las plataformas de Video bajo Demanda. Con lo cual, los únicos candidatos que quedan en la carrera son los que están dispuestos a bajarse los pantalones con las nuevas y antojadizas normas, someterse a los caprichos de los académicos a cambio de rozar con los dedos ese consolador chapado en oro que no garantiza nada, que ha arruinado muchas carreras (ganar un Óscar y que no te vuelvan a ofrecer un papel digno es un fenómeno tan habitual que se ha llegado a acuñar el concepto de la «maldición» de los Óscar). Con lo cual, las películas candidatas se vuelven cada vez menos interesantes para el gran público. Con lo cual, el rango de opciones vuelve a reducirse. Con lo cual… ¡Que cunda el pánico!
A la orilla del río,
por el negro encinar,
sus abarcas de plata
hemos visto brillar.
Y, por si todos estos factores no fuesen lo bastante decisivos, el relevo generacional ha terminado por cristalizar la fragmentación de las audiencias. La entrega de los premios de la Academia se convirtió en un fenómeno cultural y social cuando el cine, y la televisión, imperaban en un estado de monocultivo cultural. Eso se acabó. Ahora, tanto el cine como la tele deben partirse la cara por la atención del público con YouTube, TikTok, Instagram, Su Puta Madre en Bicicleta y como cuarenta compañías de streaming distintas. Quizá por ese mismo motivo, asumida la derrota en esta lid, la Academia de cine de Hollywood ya ha anunciado que, a partir de 2029, parte peras con ABC y se larga a YouTube. Probablemente quince años demasiado tarde para compensar la sangría de espectadores.
Pero quizá, nos atrevemos a sugerir en el Paratroopers, una de las fuerzas soterradas que ha engendrado este desinterés de los espectadores con la ceremonia de los Óscars es la dolorosa evidencia de que ir al cine haya dejado de ser una diversión barata, un entretenimiento proletario, una opción de ocio para pobres (¡aquellas sesiones dobles!, ¡aquellos dominicales con dibujos animados!) para convertirse en un PUTO LUJO al alcance de pocos. Joder, que antes con mil pesetas (seis putos euros) podías pillar el bus, sacarte la entrada de cine, comprarte una Coca Cola, echar unas partidas al Street Fighter II y volver a casa en autobús, y ahora ya sólo la puta entrada te cuesta una mano.
Y esto sucede al final de un proceso que empezó cuando dejaron morir los cines de barrio. Ése cine que estaba a una parada de autobús de distancia, a veces en tu misma calle. Las viejas salas se fueron a la puta, incapaces de mantenerse al día con la avalancha de estrenos semanales que comenzaron a inundar nuestras pantallas. El cine, como una diosa asiática, se reencarnó y multiplicó en numerosos avatares: los cines multisala, donde se incrementaba la oferta proyectando tres, cinco, siete, trece títulos distintos. ¿Y dónde operaban esos multicines? No en los viejos centros urbanos, donde no era posible encontrar locales lo bastante grandes o alquileres lo bastante asequibles. Hasta en España importamos de los Estados Unidos la nefasta cultura del centro comercial, esas abominables blasfemias arquitectónicas que son la paja de sangre del capitalismo. Los ubicamos en los arrabales. Los polígonos industriales. Las afueras, adonde normalmente iban a picarse los yonkarras. Acudimos a esos templos de consumismo atraídos por las luces brillantes, el hilo musical, los restaurantes de comida rápida, las tiendas de ropa barata y videojuegos.
De repente, el cine comenzó a ser algo que sólo se podían permitir las personas con acceso a un coche, los residentes de los principales núcleos urbanos o la gente en disposición a malgastar una hora y media de sus vidas en la carretera para hacer una apuesta a ciegas de noventa minutos ante una pantalla grande y un cubo de palomitas de maíz rancias.
Y cuando el último de los viejos cines de toda la vida se tiró el último pedo (tuve el dudoso honor de oler el cuesco póstumo de varios), cuando la competencia abandonó, ensangrentada y rota, el campo de batalla y los nuevos centros comerciales se convirtieron en los reyes del mambo tocan canciones de amor, y se construyeron más y más centros comerciales con más y más multicines (inflando una burbuja que acabaría haciendo ¡pum!, al menos en Galicia) sus administradores por fin pudieron operar en régimen de monopolio e, inflación mediante (¡será puta!), y espoleados por la codicia de las distribuidoras, extorsionadas por los grandes estudios, comenzaron a subirnos el precio de las entradas.
Un nuevo mordisco de mierdecillas con mugre bajo las uñas fue expulsado de las grandes pantallas. Salvo en ocasiones especiales. Bodas, herencias del abuelo Pichoto y cosas así.
Cuando me fui a estudiar fuera de mi pueblo, una entrada de cine costaba quinientas pesetas. Eso son tres euros, mi querido Millennial. Tres PUTOS euros. En los treinta años transcurridos desde entonces, el precio de las entradas se ha CUADRUPLICADO mientras que la oferta (la cantidad de títulos) y la calidad de la misma se ha DESPLOMADO (nueve salas diferentes, cinco de ellas proyectando la misma puta mierda de Marvel/Disney que costó doscientos millones de dólares de producción y ochenta en promoción y que jamás recuperará ese dinero).
Y llegó Netflix. Y de repente volvió a haber una opción accesible, barata y cómoda de acceso al cine para los peatones sin carné de conducir, los provincianos profesionales y demás pobretones expulsados de los multicines. Por una «tarifa plana» mensual tenías acceso a prácticamente todo lo que había para ver (la cosa se complicó cuando las productoras sacaron los ábacos, calcularon la parte del pastel que se estaban perdiendo y comenzaron a dejar caducar licencias para abrir sus propios servicios de VoD). Otra hornada de espectadores que le hicieron un corte de mangas a las salas de cine a la voz de «¡hasta luigo, Lucas, jaaaarl!»
Y llegó la pandemia mundial por Conavirus e incluso algunas de las más recalcitrantes ratas de centro comercial descubrieron que era posible ver una película sin pedirle prestado el cuerno al abuelo cebolleta para poder seguir los diálogos por encima de los gritos de los hijos de puta a quienes sus padres deberían haber abortado. Que no era obligatorio tener que soportar a los cabrones que llegan tarde o salen a mear cuando la peli ya ha comenzado. A los soplapollas mongolizados que hablan por el móvil en mitad de la proyección o se sacan selfies delante de la pantalla. Ah, y que las palomitas de microondas recién hechas saben incluso mejor que las palomitas recalentadas de su Cinesa o su Cines Yelmo habitual. Y que puedes hacer otras cosas en tu casa, confinado, aparte de ver peliculitas.
Sí, en el salón de tu casa no tenías un buen equipo de sonido, ni una buena acústica, ni una pantalla grande. Pero tampoco tenías que aguantar la mala crianza de todos esos soplapollas cuyo destino natural, habida cuenta de su incapacidad para coexistir con personas normales en una sociedad civilizada, era el fondo de un condón en la cuneta de un descampado. Las ventajas compensaban los inconvenientes y, además, ya habías visto en el MediaMarkt un Samsung de ochenta pulgadas de oferta y tu hijo pequeño, en realidad, no necesita tanto esa ortodoncia.
Y este tren de fichas de dominó cayendo una tras otra no hay mudanza a YouTube, de la Gala de los Óscar, que lo arregle.
El cambio en los hábitos de consumo de los espectadores, las sospechas de comadreo, venialidad y clasismo en los académicos, los escándalos mayores, medianos o menores, la disolución de la atención del público en un creciente mercado de ofertas audiovisuales y el desdén gafapástico hacia los títulos realmente populares podrían explicar, por sí solos o en su conjunto, por qué a la gente común hace muchos años que dejó de interesarle la ceremonia de los Óscars.
No podemos evitar preguntarnos si, quizá, esto se arreglaría en futuras ediciones si los estudios dejasen de hacer películas de mierda.
Pero no nos atrevemos a depositar muchas esperanzas en la inteligencia promedio del ejecutivo cinematográfico.
Y, con esto, queda resuelta la presente entrada.
Hala, a pastar hasta dentro de quince días.
Mañana seré pampero
y se me irá el corazón
a orillas del alto Duero.
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