Hay muchas razones posibles por las cuales una amistad se enfría.
Las más habituales giran en torno a las mujeres, pero bueno... Hay más. Quiero decir, el traslado a otra provincia u otro país está ahí y no se puede negar, pero, por cada amigo con el que perdiste contacto porque se fue a estudiar fuera o sus padres emigraron a América, ¿cuántos tienes que no te hablan desde que se echaron novia, se casaron o les nació el primer hijo, eh? ¿Cuántos?
Sí, hombre, por supuesto. Todos tenemos un amigo al que... eh... uh... va a ser, digamos, difícil que una mujer le arruine las amistades. Sí. Nosotros también tenemos ese tipo de amigo. Y le queremos mucho, además.
Pero todos los demás que no son nuestro emplumado amigo te dirán lo mismo: el chocho es la perdición de casi todas las amistades.
Irónicamente, también fueron mujeres las que me alejaron de Sam Raimi. No las suyas, pero mujeres en última instancia.
Los que conocimos al director de Michigan por sus gamberradas de terror baratiuska, casi paródicas por lo excesivas y menesterosas, su retorcido sentido del humor negro y su habilidad para sacar proverbial petróleo de un presupuesto testimonial y de los registros de actores de la lista B de Hollywood, todavía estábamos intentando digerir Rápida y mortal (una completa mongolada de 1995 que rebaja a actorazos de la talla del desaparecido Gene Hackman, Sharon Stone, Lance Henriksen, Gary sinise y Russell Crowe) cuando se anunció que el director de Posesión infernal y El ejército de las tinieblas sería el responsable de llevar a la pantalla la primera superproducción con actores de carne y hueso de Spiderman.
(Nope. Lo de Nicholas Hammond entre 1977 y 1979 no fueron películas, fue una serie de televisión de dos temporadas que se canceló porque alguien, muy por encima de la cadena alimentaria, temía que la CBS se convirtiese en esa «televisión de superhéroes». Por ese motivo amocharon esta serie y la Mujer Maravilla de Linda Carter, aunque por algún motivo conservaron al Increíble Hulk de Bill Bixby y Lou Ferrigno. Posteriormente, alguien recicló esa serie pionera de Spiderman, montó largometrajes directos a vídeo con los episodios y los lanzó en el mercado de alquiler. que la pela es la pela).«Bueno», nos dijimos al enterarnos de que Sam Raimi iba a dirigir al Cabeza de Red, «ya tiene una película decente de superhéroes: Darkman, de aquella primavera temprana de cine del género que estalló en los 90 como respuesta al éxito apoteósico del Batman de Tim Burton».
«Pero...
...¿es su estilo de rodaje el más apropiado para una película de Spiderman?»
Esa cámara nerviosa, esa promiscuidad entre terror y comedia, ese gusto por el body horror, el zoom mareante, la exageración sonora, el gran angular desmadrado y esa fascinación por el mal... ¿Eran realmente los mejores palos para jugar esta partida?
Bueno, lo fueron para Spiderman, de 2002, y Spiderman 2. No tanto para Spiderman 3, esa película prometedora, pero catastróficamente desaprovechada, que Raimi no quería hacer, no quería hacer así y que se medio cargó la franquicia. Y algunos de nosotros todavía pensamos que esta carísima basura fue una decisión deliberada de Raimi, una voladura controlada de su reputación como «director oficial de películas del Trepamuros» para que no lo volviesen a llamar nunca más.
Y podría ser incluso comprensible. Sam Raimi es mucho más que un simple director de películas de Spiderman o películas de terror-mierder-pobretón. Raimi es uno de esos pocos directores que pueden ajustar su marca de autor a las necesidades de la historia que quieren contar. No es que lo haga siempre, pero sí ha demostrado que puede hacerlo. Cuando quiere. Un plan sencillo es un excelente thriller que, si te has perdido los créditos iniciales, vas a tener problemas para identificar como una película de Raimi. Y Entre el amor y el juego es otro trabajo alimenticio en el que Sam Raimi renuncia a hacerse notar demasiado como cineasta para dejar que la película, y la historia que está contando, «respire».
Arrástrame al infierno, no obstante, grita «¡película de Sam Raimi!» por los cuatro costados.
Y es muy mala. Tan mala que casi parece una parodia de una película de Raimi. Los que encontramos un poco chocantes sus más notorias estridencias estilísticas, más contenidas en la producción de la trilogía de Spiderman. Su bajo presupuesto (en torno a los 30 millones de dólares) la puso automáticamente en la tierra de la rentabilidad (casi 91 millones de dólares). En la bitácora no nos gustó. Punto.
Oz: Un mundo de fantasía costó 215 millones de dólares declarados. Con menos de 500 millones de recaudación, se puede considerar un fracaso. No vamos a abrir de nuevo el melón de la contabilidad de Hollywood y la trampa de la rentabilidad de una producción cinematográfica, que depende de numerosos factores (búscate las entradas correspondientes de la bitácora que tratan este tema), pero, como regla general, esta película debería haberse puesto en al menos 540 millones para ser escrita en negro en los libros de cuentas de Disney.
Y entonces, la acabasión. La película que nos hizo temer que la carrera de Raimi como director de cine personalísimo y encantador, pese a sus excentricidades, se había acabado.
(No. No vamos a volver a hablar de Doctor Falopio en el chochoverso de la vaginosororidad interseccional pachamámico-butleriana. Esta película es simplemente HORRENDA. Y encima se quedó a las puertas de la rentabilidad (con casi 415 millones de presupuesto, debería haberse metido en la buchaca más de 1 000 millones para ser amortizable). Si te apetece, te lees nuestro grito de horror lovecraftiano).
Con estos antecedentes, nos sentamos a ver Send Help con el hojaldre tan apretado que no nos entraba ni un pelo de mejillón.
Send Help empieza como una comedia negra, armada en torno a Linda, una pobre administrativa (Rachel McAdams, que ya había trabajado para Raimi en las dos películas de Doctor Strange) explotada por la típica ultramegacorporación deshumanizadora y maliiiiiiigna, y ninguneada por su jefe, Bradley, (Dylan O'Brien, el prota de El corredor del laberinto, también titulada Esa franquicia tan prometedora que acabó yéndose a la puta en sus secuelas) el típico pijito gilipuerter, maníaco, cínico y machistorro que ha heredado la empresa de papá para pasarse el día jugando al golf y colocando a sus compañeros de fraternidad mientras las pobres currantes como Linda hacen todo el trabajo sin llevarse jamás el mérito.
Pero la cosa cambia cuando el avión en el que ambos viajan se escoña sobre el Pacífico y Linda y Bradley acaban Robinsones en una isla perdida de Tailandia. Allí, a Bradley le valen vergas su fondo fiduciario, su apellido, su licenciatura en ADE por la universidad privada sacacuartos donde sea que haya estudiado, su American Express Centurion o su título de CEO. En la isla, Bradley es tan absolutamente inútil como un strap-on en una efigie de la virgen María. Allí, Linda, que se ha preparado durante años para concursar en la versión Samraimiana de Supervivientes, que ha hecho cursos y memorizado cientos de libros sobre la materia, es la jefa. La que manda. El puto boss. Si Bradley quiere sobrevivir, tiene que hacer todo lo que le diga la misma empleada excéntrica, socialmente inepta y físicamente poco atractiva a la que se ha entretenido puteando.
Y, digamos, no lo lleva bien.
Y, esto es importante, sin entrar en espóilers, Send Help va derivando de manera tan gradual e inexorable de la comedia negra al thriller de terror psicológico visceral y con tomatina que casi no te das cuenta hasta que estás completamente atrapado por la historia.
Empiezas a ver Send Help y te crees que vas a ver la versión Sam Raimi de Seis días y siete noches, aquella comedia romántica del fin del milenio con Harrison Ford y la pobre Anne Heche, y, de repente, te das cuenta de que has estado viendo desde el principio una mezcla de Psicosis y Audition con toppings de Battle Royale y La isla de los condenados.
Y te alegras de tener de regreso a Sam Raimi (que por fin ha recordado cómo se hacen las películas de Sam Raimi sin incurrir en los pecados más molestos del cine de Sam Raimi), ¡por fin!, después de la última y HORRIBLE película mercenaria hecha a sueldo de Marvel/Disney.
Los actores están cojonudos, la historia es perversa, hay un par de giros de guion que casi nos pillaron por sorpresa a los paracaidistas de la bitácora y otro par que nos pillaron... En fin. Send Help nos trae de regreso a un amigo al que echábamos de menos y al que nos alegramos de volver a ver.
Otras dos amigas a las que siempre nos alegramos de volver a ver son las hermanas Mara. Todo el mundo tiene su favorita. En la bitácora, la nuestra es la más guapa de las dos. Eso no significa, en absoluto, que no hayamos disfrutado de La astronauta, protagonizada por la menos agraciada de ellas. La película nos gustó y a Kate siempre le pondremos un café y un cruasán. Por maja.
Resulta difícil (la edad ya nos va jodiendo la memoria) rastrear nuestra historia de amor con La Menos Agraciada de las Hermanas Mara. De Rooney sabemos que la vimos por primera vez en Pesadilla en Elm Street. El origen, penoso intento de relanzar la franquicia inmortalizada por Robert Englund, que en 2010 picó su 63º taco de calendario y ya no estaba de humor para vestirse de gilipuertas y hacer muecas. Y de ahí ya saltamos a la versión americana de Los hombres que no amaban a las mujeres y, directamente, nos enamoramos de Rooney. Y de sus pómulos esculturales.
| ¡Esos PÓMUUUUUULAAAAAAAAARGFSSH! |
Pero con Kate la cosa se complica. No hemos visto, o no recordamos haberlo hecho, Caprichos del destino. Tampoco éramos fans de Ley y orden: Unidad de Víctimas Especiales, Everwood, Nip/Tuck o Caso abierto (soporífera esta puta serie), así que es más que probable que nos hayamos perdido los capítulos en los que salía. Apareció en C.S.I. y CSI: Miami. Así que muy probablemente la vimos por primera vez en cualquiera de ellas porque, para cuando apareció en 24, ya habíamos dejado la serie. ¿Será posible que la primera vez que la vimos en todo su esplendor fuese haciendo de viuda de guerra en Shooter: El tirador o de yonqui en Transsiberian?
Bueno, en realidad no importa demasiado. Lo cierto es que, a pesar de su condición de ser La Menos Agraciada de las Hermanas Mara, a Kate la queremos mucho en la bitácora y siempre nos alegramos de volver a verla, aunque tenga un papelito secundario, como en Marte, o participe en una SOBERANA CAGADA como los 4 Fantásticos de Josh Trank.
La astronauta no es una excepción. Esta película modesta de Prime Video es precisamente lo que te apetece ver una tarde veraniega de sábado, a oscuras en la santidad de su salón, con la caló fuera y tan lejos como sea humanamente posible. Esta sutil pero equilibrada mezcla de géneros (drama, thriller, ciencia-ficción, terror) sostenida completamente por el talento de sus actores (Laurence Fishburne, Gabriel Luna, la propia Mara...) y una historia entretenida que se va desnudando, capa a capa, con la progresión inexorable de una tragedia clásica, hasta un final que, lo admitimos, en la bitácora, con nuestros cojones canosos arrugados en medio siglos de butacas de cine, no nos vimos llegar.
La astronauta no va a hacer historia del Séptimo Arte. No va a enseñarse en las escuelas de cine. Pero, si le das una oportunidad, te va a dar noventa minutos de entretenimiento inofensivo, descafeinado y sin gluten. Sobre todo si eres fan del terror o la ciencia-ficción, o de la arquitectura (como en el remake de Cuando llama un extraño con Camilla Belle en el papel de Carol Kane; si la película, por lo que sea, no te gusta, pero tienes la fortuna de ser un enfermo de la arquitectura como el, la casa donde transcurre la mayor parte de la acción no dejará de fliparte).
La atmósfera se va volviendo cada vez más oprimente y alienígena, los intérpretes, por pequeño que sea su tiempo en pantalla, cumplen, la historia... que tiene mucho más de de «E.T. el extraterrestre para adultos» de lo que imaginas, amado lector, es envolvente e intrigante... ¿Qué más tenemos que decir para venderte esta película, oh inquieto cinéfilo que ha caído en esta bitácora buscando GIFs cerdos de nuestra infecciosa fornicatriz preferida?
Lo de La asistenta es que no lo entendemos.
Esta película tiene tan malas críticas que estábamos casi disuadidos de verla.
Que si «una de las peores adaptaciones de un libro, con guion terrible y personajes horrendos».
Que si «risiblemente inepta».
Que si «fallida en tono y ritmo» y «fuerza el abuso doméstico a niveles de farsa».
Que si «comedia involuntaria».
Que si «pesadilla tonal», sea lo que sea que signifique eso.
Que si «habría funcionado extremadamente bien en taquilla si hubiese sido dirigida por un pangolín discapacitado».
Pero, honestamente, la crítica cinematográfica como que siempre nos ha comido mucho los cojones, además, a estas alturas de la vida estamos tan desengañados del cine como vehículo del Arte que ya lo mínimo que le pedimos a una película es que no nos aburra ni nos insulte y, finalmente, las tremendas berzas de Sydney Sweeney son tan amigas nuestras como las hermanas Mara, así que decidimos concederle a La asistenta el beneficio de la duda.
Y sí, Amanda Seyfried, que es mucho mejor actriz de lo que La asistenta sugiere, está sobreactuadísima. Y Sydney Sweeney, que no es Meryl Streep, pero, con la adecuada dirección es mucho mejor actriz de lo que su monótono y fosilizado desempeño en La asistenta o la tercera temporada de Euphoria sugieren (salvo que siempre la contratan para que haga de dócil pedazo de carne y, para postre, sus jugosos cogollos se llevan todo el protagonismo), no tiene la oportunidad de o no se molesta en intentar brillar en esta producción (mírate Los voyeurs y verás que la moza es más que un buen par de bufas y merece como poco el beneficio de la duda). Y sí, los diálogos son malos, pero están a la profundidad subterránea de los diálogos de la película promedio de los últimos veinte años, así que tampoco vemos dónde coño está el problema. Y sí, el guion tiene unos agujeros del carajo a la vela (¿por qué Nina le tenía listo un cheque a Millie para dárselo en el funeral cuando ni siquiera sabía que iba a asistir al funeral, y, de hecho, intentó convencerla de que desapareciese?), pero ¿cuánta gente de la que ha ido al cine se ha fijado en eso y no en las enormes bullangas de Sydney Sweeney, por poco que las enseñe en esta película, que es muy poco?
Tetas aparte, La asistenta es entretenida. Los fans de la novela se tiran de los pelos por todo lo que se han dejado en el tintero los guionistas de su adaptación a la gran pantalla, pero eso es algo menos que inevitable en toda adaptación de un libro. Algunos críticos se quejan de la estructura narrativa, mucho flashback y mucho foreshadowing, pero esa extraña narración expositiva en parte parece derivarse del propio estilo en que está escrita la novela.
Que no hemos leído.
Y, sinceramente, con saber que la autora de la novela decidió salirse del armario del pseudónimo porque, aparentemente, decidió que no recibía la suficiente atención, ya se nos quitan casi por completo las ganas de leerla. No es que un narcisista no pueda ser un buen escritor (escribir es la apoteosis del narcisismo), es que los escritores que nos caen simpáticos al menos hacen como que intentan que no se les note lo narcisistas que son. Y esta agradecida discreción, con la señora Freida McFadden/Sara Cohen, ni está ni se le espera y nos hace innecesariamente repelente su novela antes incluso de que nos hayamos planteado la posibilidad de leerla.
¡Cobarde! ¡Chaquetera! |
Que va a ser que no, porque, aunque entretenida, La asistenta tampoco es el acabose y no genera, al menos en este humilde paracaidista, esa tracción de «me voy a leer el libro para ver todo lo que me he perdido en la peli», cosa que sí hicieron títulos como La caza del octubre rojo, Alguien voló sobre el nido del cuco o Las amistades peligrosas.
Y terminamos con otro amigo que podría ser, con matices, naturalmente, el Sam Raimi ruso (bueno, kazajo).
Aquí nadie había oído hablar de Timur Bekmambetov (cuyo nombre hemos tenido que cortar y pegar y no estamos del todo seguros cómo se pronuncia) hasta que, por motivos que se nos escapan, llegó a nuestras pantallas la adaptación de Guardianes de la noche, la primera novela de la serie homónima de Sergey Lukyanenko.
Y, afrontémoslo, las, en el momento que escribimos esto, únicas dos películas adaptadas y dirigidas por Bekmambetov sobre la obra de Lukyanenko DESTRIPAN la trilogía original (Guardianes de la noche, Guardianes del día, Guardianes del crepúsculo). Aparte de CEPILLARSE algunas tramas que están muchísimo mejor logradas en los libros (todo lo de la Tiza del Destino está penosamente traducido a la pantalla), el expreso deseo de condensar tres novelas bastante extensas, con multitud de personajes, historias y arcos argumentales obligó a una reescritura radical en la que los guiones de la versión cinematográfica salen perdiendo por goleada ante los libros.
Y sin embargo, hay algo hipnótico, evocador y atrayente en estas dos películas. No sabríamos decir qué provoca ese estado de maravilla. Tal vez el paisaje urbano, seco, deprimente, feo y hostil, del Moscú contemporáneo, que no estamos acostumbrados a ver en pantalla grande. Tal vez esos actores, que en Rusia serán la hostia, pero a este lado del Rin eran caras nuevas llenas de misterio y promesas. Tal vez la atmósfera alucinatoria, pesadillesca, en la que tiene lugar la acción. Tal vez los inusuales movimientos de cámara, casi Samraimianos, de Bekmambetov nos recordaron a los igualmente espídicos trallazos de grúa típicos del estilo Raimi de rodaje.
Sí, tanto Guardianes de la noche como Guardianes del día nos gustaron. Mucho. Infinitas veces menos que los libros que (mal) adaptan, pero nos gustaron. Sobre todo la primera película. La segunda es más caprichosa y más floja. Pero ambas parecen haber funcionado bien en taquilla. Guardianes de la noche tuvo un presupuesto de unos cuatro millones y recaudó más de cincuenta. Guardianes del día costó más o menos lo mismo millones y recaudó casi 43 millones en las taquillas mundiales.
Es difícil, para la gente que nos movemos en otros mercados cinematográficos, entender lo que Guardianes de la noche/Guardianes del día supuso para el cine ruso. En su día, Guardianes de la noche fue la película rusa más taquillera de la historia. Literalmente cambió la forma en que se hacían y comercializaban las películas en el país del vodka y la literatura deprimente (mmmmmh... ¿quiza resultado del consumo masivo de vodka? mmmmmmh). Que Bekmambetov lograse crear esta oscura, convincente, fascinante y ambigua fantasía adulta con el presupuesto de una major de Hollywood para una semana de cocaína dejó a espectadores y cinéfilos de todo el mundo con el culo torcido, abrió de patas los mercados internacionales para un largometraje ruso, que suelen tener muy escaso predicamento fuera de sus fronteras, y a su director de par en par las puertas de Hollywood.
Y sin embargo, la prometida trilogía nunca llegó a nuestras pantallas y, veinte años más tarde, seguimos esperando por Guardianes del crepúsculo. Y aunque Bekmambetov sigue prometiendo esa tercera película, no parece tener prisa por hacerla, sus actores no se están haciendo más jóvenes y algunos de nosotros ya hemos renunciado a verla. Lamentablemente.
Guardianes de la noche es el motivo por el que le concedimos a Bekmambetov el beneficio de la duda a Wanted.
Oh, Dios bendito, Sara Sampaio Dominátrix que estás en tu Habitación Roja llena de charcos de pis y vaselina.
Esta absoluta MIERDA sin pies ni cabeza, presuntamente adaptada del perturbador cómic homónimo firmado por Mark Millar (en realidad toma el buen nombre de ese cómic en vano y se inventa toda la puta historia), con la Angelina Jolie más plastificada de la historia y el James McAvoy más desatado de su carrera, fue el equivalente cinematográfico a lamer un zurullo de perro muerto.
Por culpa de Wanted pasamos olímpicamente de Abraham Lincoln: Cazador de vampiros.
Por eso ni siquiera nos acercamos al enésimo remake de Ben-Hur.
Por eso ni siquiera nos tomamos la molestia de enterarnos de que Profile existía, aunque lo cierto es que tiene buena pinta (una especie de Open Windows con trama de thriller de espías pero sin Sasha Grey enseñando sólo media teta).
Ni tampoco Devyataev, típica peli rusa de la Segunda Guerra Mundial (en Rusia se hacen dos tipos de películas: películas de la Segunda Guerra Mundial y todas las demás).
Fue Rebecca Ferguson, otra de nuestras mejores amigas, la que nos trajo de regreso a Timur Bekmambetov. Nuestra sueca-escocesa favorita y nuestro amor por la ciencia-ficción nos llevaron a Sin piedad, vertiginosa historia sobre temas realmente profundos (los límites a la libertad que se imponen en nombre de la seguridad, y que siempre llevan al abuso, los peligros de la inteligencia artificial, los viciados procesos cuasi-inquisitoriales en los que se deposita en el acusado la responsabilidad de probar su inocencia...) que en realidad sólo actúan de telón, de decorado para un policial con gran peso de la acción y un Chris Pratt que se pasa la mayor parte del metraje atado a una silla, obligado a echar mano de sus registros dramáticos, que no es que sean muchos.
Pero Pratt cumple. De hecho, Sin piedad cumple. Te pasas una hora y media tan clavado a la silla como el protagonista, tan absorbido por la historia, tan metido en la trama que, por un momento, casi te llegas a creer que no hay esperanza, que el personaje de Chris Pratt está jodido. Que va a ser declarado culpable (como Tom Cruise en el montaje original de Minority Report) y esmochado (a diferencia de Tom Cruise en el montaje original de Minority Report).
No sucede, por supuesto. Esto es una película americana de gran presupuesto (unos sesenta millones de dólares). Tiene que tener final feliz. Y lo tiene. Y no te sientes estafado por ese final feliz. Bekmambetov consigue que parezca inevitable y deseable, no la típica concesión a la delicada sensibilidad de los ejecutivos de Hollywood que, de todas manera, no salvó a Sin piedad del abismo recaudatorio. Incomprensiblemente, esta producción de Metro Goldwyn Meyer no alcanzó ni siquiera 55 millones en taquilla.
Pero nos trajo de regreso a uno de nuestros viejos amigos. Y eso siempre es algo que le agradeceremos.
Nuff said.
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