sábado, 7 de marzo de 2026

La fuente del unicornio

La fuente del unicornio (publicada por primera vez en 1953) es una de las más conocidas antologías de Theodore Sturgeon, uno de los más celebrados autores de ciencia ficción y, con Alfred Bester, uno de los maestros del relato breve de terror y «ficción especulativa», como a algunos gilipuertas, incluido el autor de estas líneas, les gusta llamar ocasionalmente al género de fantasía y ciencia ficción.


Sturgeon, que en realidad se llamaba Edward Hamilton Waldo (ahora entiendes por qué publicaba bajo pseudónimo), es autor de once novelas, más de 120 cuentos, unas 400 reseñas, artículos y críticas literarias, novelizaciones de guiones cinematográficos, una autobiografía realmente cruda donde no se reprime al hablar de los malos tratos que sufrió a manos de su padre ni de sus experiencias homosexuales (que no le impidieron casarse tres veces y hacer siete hijos), y unos cuantos capítulos para la serie original de Star Trek.

(Aquí una bibliografía del animal).


Autor de la Edad de Oro de la ciencia ficción, su prosa despertaba la admiración y envidia de sus propios colegas. El mismísimo Rey Marciano, Ray Bradbury in person, confesaba en su introducción para Without Sorcery (1948), la primera antología publicada del bueno de Ted, agarrar cada nuevo relato de Sturgeon y viviseccionarlo sin contemplaciones para intentar descubrir qué lo hacía funcionar como un reloj suizo.

Sin embargo, Sturgeon es casi más conocido, sobre todo entre la gente que apenas lee, por su «Ley de Sturgeon», que ya hemos citado numerosas veces en el Paratroopers y que evolucionó de un ambiguo apotegma («Nothing is always absolutely so», «nada es siempre absolutamente así») a una elegante máxima de naturaleza lapidaria («Ninety percent of [science fiction] is crud, but then, ninety percent of everything is crud», «el noventa por ciento de [la ciencia ficción] es basura, pero el noventa por ciento de todo es basura»).

No, la Ley de Sturgeon no es el tema central de esta entrada de la bitácora. Es sólo el hilo conductor.

El tema central de este paracaídas es el unicornio.

Tú sabes que los unicornios no existen.

Yo sé que tú sabes que los unicornios no existen.

Los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.

Nosotros sabemos que los unicornios saben que tú y yo sabemos que los unicornios no existen.

Con toda esa información, no tiene ningún sentido salir a buscar unicornios. Es absurdo. Un desperdicio de tu vida, del tiempo que te quede en este mundo. También el rasgo delator de un infantilismo emocional preocupante. El síntoma de una posible desconexión de la realidad. El 
«ninety percent of everything is crud» se transforma, en el caso que nos ocupa, en un «ninety-nine point ninety-nine percent of everything is crud». Y sólo dejamos esa centésima de margen porque en ciencia no hay absolutos, solo «afirmaciones no disputadas». La afirmación «todos los cisnes son blancos» es una bomba atómica en la línea de flotación de la credibilidad científica si, porque el universo tiene estas cosas, un día aparece un cisne negro. Por eso, aunque pedante, es mucho más sensata la declaración «en el actual estado de nuestro conocimiento sobre la materia, sólo podemos afirmar que todos los cisnes observados son blancos».

Pero, claro, críate tú leyendo a Verne, a Asimov, a Tolkien, a Clarke, a Moorcock, a Harlan Ellison, a Frank Herbert, a Philip K. Dick, a Ursula K. Le Guin, e intenta convencerte a ti mismo de que los unicornios no existen. De que ese cero coma cero uno por ciento no es una simple concesión a la métrica. Siempre persistirá la duda, soterrada, inconsciente. Porque el adulto que
en su infancia ha construido los circuitos neurológicos y asociaciones mentales que la ciencia ficción y la fantasía necesitan para no ser descartados sin consideración, se ha educado a sí mismo para dejar abierta una ventana a lo imposible. Por pequeña que sea.

Quizá por eso los frikis follamos tan poco y nos llevamos tantos desengaños con las adaptaciones a la pantalla de nuestras historias favoritas. Porque en materia vaginal y en el cine, los unicornios no existen. Buscarlos o esperarlos es correr en pos de un precipicio. Y tenemos un grueso catálogo de ejemplos para ilustrar esta realidad.

Los zurullos del cagar es esa chica a la que te ligaste en un after. A las doce de la noche la declaraste del montón. A las dos de la madrugada, cuando ya todas las macizas te habían mandado a la verga, comenzó a parecerte una diosa iluminada por la luz negra de la pista de baile. A las cuatro, estabas dispuesto a pagar por su compañía. Mediste su talle, ni muy generoso ni muy mezquino, y lo proclamaste cinturita de avispa. Su pelo estropajoso se convirtió en deslumbrante cabellera rubia. Sus facciones regulares y anodinas la cara de un angelote. 
Tallaste desde la distancia sus tetas promedio y viste tremendas maracas.

Y luego llegó el momento de mojar el churro y resultó que la diosa de Pachá no resistía la luz blanca de más de veinticinco vatios. Que sus blondos caracolillos eran una peluca. Su cinturita de avispa, una faja. Sus esculturales sandías, dos tristes higos resecos dentro de un WonderBra™ (y ni siquiera un WonderBra™ de la marca WonderBra™, sino uno sucedáneo chino, de esos con relleno). Y su famélica venusta un hediondo pozo de perdición que no había conocido el agua ni el jabón desde los tiempos del Betamax, y en cuyo grasiento vello, que nacía en su ombligo y le llegaba a las rodillas, se movían unos ácaros del tamaño de centollos.

Y encima la muy impostora se ofendió cuando te tiraste, desnudo, por la ventana del motel, gritando que a partir de ese día te ibas a hacer maricón.
(Nuestro alarido de horror cósmico provocado por el visionado de esta ruinosa mierda aquí).

Juego de Tronos es la novia gótica que siempre has soñado que tendrías. O la tomas, o la dejas. Pero si la tomas, no te queda otra que tomarla entera. Las góticas vienen en lote indivisible. No puedes escoger qué prefieres y qué rechazas. En las primeras semanas de vuestra relación vas a echar los polvos más cerdos y viscosos de tu vida. Tu novia gótica va a hacerte cosas que harían sentirse sucia a Riley Reid. Va a llorar rímel con una sonrisa mientras se atraganta con tu carallo. Te va a estrujar el cipote, con esa almeja afeitada y señalizada por tatuajes carcelarios, hasta que tengas experiencias extracorpóreas. Tu rictus de mongolizado donante de esperma va a despertar la envidia de tus compañeros del club de Futbito.

Pero...

...cuando tú y tu novia gótica os mudéis a vivir juntos vas a tener que comerte toda su mierda emocional. Y estoy hablando de diarreas de cachalote. Desarrollarás la disciplina de madrugar todos los días y leer su puto horóscopo, anticipándote así al infierno que te espera en las próximas veinticuatro horas. Descubrirás que triturarle los Ativanes y disolvérselos en el Colacao es la única manera de mantener bajo precario control su ardiente necesidad de abrirse las venas en la bañera. Entrenarás tu cerebro para que funcione como el de los delfines, o sea que te permita dormir con un hemisferio siempre activo, no sea que la loca hija de puta vuelva a apuñalarte mientras duermes con la chuta de su primo yonqui y sidoso. Y empezarás a cuestionarte tus decisiones vitales cuando pilles la décima clamidia consecutiva o te pongan delante el acta de nacimiento de un dulce bebé, de la escala de los tierras en la Guía Pantone, y del que hasta tu pobre abuelita centenaria, ciega, sorda y medio senil, se da cuenta de que se parece más al perro que a ti.
(Nuestra reflexión sobre la temporada final de Trueno de jogos, antes incluso de haber visto el último capítulo, aquí).

¿Te imaginas que alguna de estas series de televisión hubiese sido un unicornio? Un Los pelillos del cagar escrito por guionistas que sí respetasen a Tolkien, o que (tal vez sea pedir mucho, lo sé) supiesen leer y escribir en alguna lengua civilizada y, al menos una vez en su vida, hubiesen cogido un libro en la mano. ¿Te imaginas que las temporadas finales de Trueno de jogos no se hubiesen precipitado hacia un final tan abrupto como insatisfactorio? ¿Te imaginas que los Davids (Benioff y Weiss) hubiesen hecho examen de conciencia y pasado la antorcha? «Mirad, chicos, estamos agotados. Llevamos diez años con esta mierda y ya no damos más de nosotros. Pero amamos este universo y a estos personajes, y respetamos a nuestra audiencia. Así que hemos decidido hacernos a un lado y dejar el tramo final de la serie en manos de personas con ideas nuevas y las pilas a tope».
(El Gordo Cabrón intentó con todas sus fuerzas que los Davids siguieran adelante con la serie por lo menos hasta la décima temporada. Se rumorea en los mentideros habituales que incluso pidió a HBO que presionase a los Davids para que no precipitasen el final de la saga, aunque se habían quedado ya sin libros que adaptar. Presuntamente, GRRRRRR Martin puso a disposición de los showrunners todas sus notas, resúmenes y esquemas inéditos y les reveló el final previsto de las novelas. Pero, aparte del hecho de que lo habían alienado miserablemente a partir de la cuarta temporada, parece que sus argumentos no ablandaron el corazón de los Davids, que o bien estaban tan agotados como parecían o tenían una prisa del cagarse para empezar a rodar esa trilogía de La guerra de las galaxias que se acabó cancelando).

¿Te lo imaginas, querido lector? Porque eso sería el equivalente a que la diosa del after tuviese unos pomelos duros, altos, aterciopelados. Una melena de sedoso oro puro. Un pubis saneado y fragante. Un corazón de oro. Un fondo fiduciario de nueve cifras. Unas ganas de ser madre que tiembla el Misterio. Que fuese rusa, o ucraniana, modelo de lencería, que aún no le hubiesen quitado el precinto y que, en flagrante e ignominiosa traición a su herencia genética y cultural, no le rezase a un icono de santa Siliconina Goldiggeriga Putonova.

O el equivalente a que la novia gotiquilla siguiese siendo una glotona felatómana e insuperable amazona uterina, pero sin las alforjas de ETSs y desórdenes de la personalidad que suelen distinguir a los componentes de esa tribu urbana. Que te amase más de lo que en la bitácora amamos las puestas de sol sobre el cuerpo de Sara Sampaio reluciente de aceite Jhonson's, y que sus libros favoritos fuesen los de Richard K. Morgan, no esa pornografía para frígidas y enfermas sobre lo romántico que es follarse a un animal de granja.

Pero eso no puede pasar, ¿verdad? Porque cualquiera de esas dos mujeres sería un unicornio, y ya hemos establecido que los unicornios no existen. Ni siquiera en ese cero coma cero uno por ciento que hemos reservado.

Y, sin embargo, la primera temporada de El caballero de los siete reinos se parece sospechosamente a un unicornio.

En un momento convulso, nebuloso, en el que los ejecutivos de cine y televisión han intentado, con catastróficos resultados, aplicar la estrategia de inversión de los gigantes de Silicon Valley («métele millones a esta mierda a ver si, por accidente, algún día empieza a ser rentable»), estrategia que, en el caso del entretenimiento en pantalla, aparentemente pasa por dejarse todo el presupuesto en apabullantes efectos especiales por ordenador, en vez de en escritores competentes y directores con oficio. En una época en la que la RAM está por las nubes, porque los burbujistas de la inteligencia artificial se han aprovechado de la estupidez natural de algunos madroños pastosos con demasiado tiempo libre y escasas luces, y les han prometido que la IA va a ser una revolución que ríase usted de la máquina de vapor, y algunas grandes turbomegacorporaciones maliiiiiignas han comenzado a hacer limpieza de personal laboral, porque ya la IA lo va a hacer todo y lo va a hacer mejor, a partir de ahora, también en el cine, y por eso fuera actores, guionistas y su puta madre y entren gigas de DDR5, y pongamos punto y aparte ya a esta interminable cadena de subordinadas.

En este tiempo, decía, se agradece una serie de televisión modesta, con una historia pequeña que habla de temas universales, con un corazón sano y enérgico y seres humanos delante y detrás de las cámaras. Como aquellas en las que nos destetaron a los espectadores de mi generación.
(¡Ah, la gente de mi generación, qué ingenuos éramos! Nuestra mayor preocupación era que la Inteligencia Artificial empezase a fabricar en masa esqueletos robot que se nos iban a follar por la oreja a todos. Y no es que la preocupación haya sido completamente descartada, no me entiendas mal).

(¡Qué raro darte cuenta, a estas alturas del partido, cuando ya has alcanzado el tiempo de descuento, que la IA te no va a matar a tiros de armas láser ni con explosiones atómicas, sino bombardeándote con vídeos cerdos de slutty thick latina waifus!)
(No. En serio. La IA va a hacer que te peles la cigala hasta quedarte amojamao).

¿Cómo puedo venderte, oh lector escaldado por las gotiquillas sifilíticas y las madres solteras cuarentonas con un dedo de maquillaje y WonderBra
™ de los chinos, este pequeño y maravilloso spin-off de Canción de fuego y hielo, basado en tres novelas cortas que GRRRRRR Martin escribió en vez de escribir los últimos volúmenes de su saga monumental, y todo ello sin espóilers, porque quiero que la descubras con candor angelical, como (casi, porque ya me había leído las novelas) hice yo?

Los personajes son arquetípicos y sólidos.

Los actores están colosales.

Los de diseño de producción han construido una ambientación conveniente y convincente a pesar de su menesteroso presupuesto o quizá precisamente a causa de él.

La serie es mucho menos oscura, sórdida y turbia que Juego de tronos o La casa del dragón (cuya tercera temporada se espera para junio del presente año) y, por primera vez para ti, que estás completamente enconado por éstas dos, no castiga la virtud, ni ridiculiza a los héroes, ni se chotea de los ideales de honor, honestidad e integridad que los personajes de GOT se quitan y se ponen como unos calzoncillos, porque de lo contrario los matan con ellos puestos. Y cagados. En lo que a tono se refiere, sin renunciar completamente a la sordidez de las historias de Poniente, El caballero de los siete reinos se acerca más a una historia clásica de fantasía.

El caballero de los siete reinos
le da sopas con onda a las últimas temporadas de Juego de tronos, a los primeros capítulos de La casa del dragón y a esa aberración de Los franquillos del coger. Con una fracción del presupuesto del bochornoso antojo de mil millones de dólares de Jeff Bezos (escrito por anormales, diseñado por ciegos, dirigido por mancos, protagonizado por inútiles, alabado por gilipollas). Realmente no hay color. Puesto que es, o se parece mucho a, un unicornio, El caballero de los siete reinos compite únicamente contra si misma. Y es precisamente en la comparación con la carísima mamarrachada de Amazon Studios que se aprecia mejor la colisión ESPECTACULAR entre estas dos culturas empresariales, tan irreconciliables en sus estrategias como dispares en sus resultados.

Pero, si llegados a este punto se te han cansado los ojos de tanto leer (CO-JO-NA-ZOS), te ves este vídeo de Gabriel Incertis y te vas a tomar por donde amargan los Bollicaos.

Donde Los pelillos del cabrear fue perdiendo audiencia, episodio tras episodio, hasta llegar al final de su temporada inaugural con un TERCIO de los espectadores que se habían tragado el piloto (y, para la segunda temporada, perdió al SESENTA por ciento de ese 37% que había conservado en la anterior), El caballero de los siete reinos alcanzó los nueve millones de espectadores en su quinto episodio, frente a los 6,7 millones del capítulo piloto, con un promedio de 13 millones de espectadores por episodio, lo cual la convierte en la serie de HBO Max en exhibición más vista después solo de ese Urgencias sin el reparto original ni acuerdo con las ex mujeres de Michael Chrichton que es The Pitt (y que te recomendamos, porque es fabulosa).

(Y, aunque las cifras hay que tomarlas con pinzas, por si las moscas, no conviene olvidar que los ejecutivos de Prime Video, al hablar de la acogida de su nefanda sodomía post-mortem de Tolkien, se limitaban siempre a las audiencias de los dos primeros episodios, ocultando muy interesadamente la CAÍDA EN BARRENA de visualizaciones que comenzó a partir de ellos).

La pasta que los de Amazon se gastaron en la promoción de su quebrada paja sanchezdragoniana podría haber pagado la deuda externa de Venezuela. El caballero de los siete reinos ha ganado sus audiencias por el boca a boca, a partir de una pequeña cábala de iniciados que recomendaban el programa a sus amigos peor informados. El obsceno desembolso de Los cagarros del mal follar, justificado en su día por la necesidad de hacer justicia al colosal, épico y rico universo imaginario de J.R.R., resulta aún más ignominioso a la vista de su paupérrima puesta en escena. Ese guion de herniado cerebral. Esa Tierra Media que parece cualquier escenario genérico de cualquier fantasía genérica. Esa historia tediosa e insignificante. Esos enanos y negros racializados (porque, por algún motivo, era más importante construir un cuento «for the modern audiences» que respetar el material original). Esos personajes irreconocibles. Esos diálogos de poliestireno. Esa insufrible Faladriel supremacista y asesina. ¡Esa malla de escamas serigrafiada EN UNA PUTA CAMISETA en una producción de mil millones de dólares, QUE ERU ILUVATAR ME LO EXPLIQUE!

El caballero de los siete reinos nos presenta una historia pequeña, centrada en un personaje noble, bonachón y sencillo con el que nos resulta muy fácil conectar. The Ringos of the Powerlessness intentó COMPRAR a sus espectadores con una multimillonaria campaña de marketing, AVASALLADORA y RUIDOSA, que no pudo encubrir la ABSOLUTA VACUIDAD e INANIDAD de su propuesta. Puedes envolver un mojón en pan de oro de veinticuatro quilates. Y será el mojón más caro de la historia. Pero seguirá siendo un mojón. La producción de El caballero de los siete reinos enfocó su propia estrategia de ventas en los personajes, en un argumento sencillo y provinciano que permitiese tratar algunos de los tropos argumentales y morales más antiguos más antiguos del Arte. Y les ha salido bien. Porque puedes diluir tu reflexión sobre la naturaleza humana en huera épica sin alma o descender al nivel de lo cotidiano, en el que todos nos reconocemos, y tratar de los grandes temas de la civilización a una escala que tu público pueda entender.
(También puedes tener a la vez épica y valores, como lo demuestran La odisea o El señor de los anillos, pero para escribir a esa escala hay que ser un puto genio, y a esos, en el caso de que quede alguno vivo, no los contratan para hacer series de televisión).

Haciendo de la necesidad virtud, los productores de El caballero de los siete reinos ocultaron sus espartanos medios recurriendo a todos los trucos del oficio. Planos cerrados y niebla ocultan que no había panoja para construir decorados o contratar extras. Prácticamente una única localización a lo largo de toda la temporada. Un montaje bien planificado que evita el rodaje de planos innecesarios. Un número reducido de personajes protagónicos. El tamaño, y los pobres desgraciados que nos torturamos con los dos primeros episodios de Los anillos del quebrar lo sabemos bien, no aporta en sí mismo valor cinematográfico, narrativo o artístico. De nuevo la metáfora del mojón. Gastarte más dinero no hará que tu película o tu serie de televisión sean automáticamente mejores. O, si prefieres un símil futbolero: tirando de chequera puedes contratar a los once mejores jugadores del mundo. Pero no hay suficiente dinero en el universo que les haga ganar partidos. Cada episodio de la primera temporada de Los anillos... (me canso de buscar apelativos insultantes para esta soberana mierda) costó unos sesenta millones de dólares y el mejor de ellos luce como el puto culo. Cada episodio de El caballero de los siete reinos fue rodado con unos seis millones (un tercio de lo que cuesta uno de La casa del dragón), y parece una superproducción de lujo.

Sólo los relatos íntimos pueden ser realmente universales. Ulises sólo quiere volver a casa. La única motivación de Frodo es proteger de la destrucción su pequeño rincón del mundo. Don Camilo no aspira más que a vivir su tranquila existencia de párroco rural, curar las almas de sus feligreses y, de vez en cuando, darse el gusto de poner de manifiesto la rusticidad del alcalde Pepón. Pero se requieren escritores de talento para elevar una fabulita modesta y sin pretensiones a la categoría de epopeya cultural. Cuando fueron contratados como showrunners de Los anillos... a Patrick McKay y John D. Payne no se les conocía experiencia alguna como escritores o productores, a ningún nivel significativo, en ninguna producción (y, a la vista de su trabajo, es legítimo preguntarse por qué no se dedicaron a vender colchones). No precisamente el currículum que yo buscaría para una serie basada en la obra de Tolkien. Ira Parker, por su parte, sumaba catorce créditos de guion y producción antes de que lo pusiesen al frente de El caballero de los siete reinos (alguno de esos créditos en La casa del dragón, otro de los productos de la franquicia). McKay y Payne vienen de Bad Robot, la productora de J.J. Abrams, donde trabajaron denodadamente para lograr ser reconocidos exactamente en cero créditos de cero producciones. Pero, por alguna misteriosa razón, alguien en Amazon Studios pensó que estos becarios, que seguro que hacen un café cojonudo y unas fotocopias que da gloria verlas, eran las personas apropiadas para llevar a la pantalla una serie sobre la Tierra Media.

Donde El caballero de los siete reinos es humana, íntima y fluida, Los anillos... es altisonante, fría e incoherente. Amazon quería su propio Juego de tronos. Pero como no tenían historia propiamente dicha, ni guionistas, ni director con algo remotamente parecido al talento, imitaron GOT en lo único en lo que podían: el presupuesto. Y no hablamos del presupuesto relativamente «modesto» de la primera temporada, que costó unos 50 millones de dólares, sino el de las tres últimas (cien, setenta y noventa millones respectivamente). Una vez más, la mentalidad de nuevo rico de los ejecutivos de Silicon Valley: «Fake it 'til you Make it», en traducción libérrima: «sigue atrayendo rondas de financiación y gasta como un nabab hasta que lo consigas, o hasta que el FBI te detenga y tus inversores te metan en la cárcel, lo que suceda primero».

Donde El caballero de los siete reinos es una bola de helado de vainilla con chispas de chocolate, servido en el prístino ombligo de Jessica Alba, Los anillos... es un plato de camarones a la diabla que luego tienes que hacer salir a través de unas hemorroides especialmente inflamadas. Donde Los anillos... tiene risibles calcomanías unidimensionales, El caballero de los siete reinos tiene profundidad y personajes icónicos y atractivos. Donde a Los anillos... le sobran HORAS de metraje, en El caballero de los siete reinos cada plano cuenta. Donde Amazon Studios nos da negritud por las bravas y REPPPPPRESENTEISHON, HBO Max nos ofrece una buena historia con villanos a los que ansías odiar, pero a los que acabas compadeciendo. Los anillos... reescribe, corrige y malinterpreta deliberadamente a Tolkien. El caballero... amplía el universo del Gordo Cabrón ateniéndose a sus propias reglas. Y sin hemorroides.

El resultado está a la vista. Las audiencias también (aunque a veces las audiencias se equivocan).

Por si no te había quedado claro, amigo lector: hazte un maratón de El caballero de los siete reinos (que son nueve) antes de que alguno de tus amigos cabrones te la cuente.

Y tiembla.

Tiembla porque la segunda temporada ya ha sido confirmada y HBO quiere otras once o catorce secuelas más de esta pequeña maravilla... pero GRRRRRR Martin sólo ha escrito tres historias de Dunk y Egg. Y ya sabemos a qué velocidad trabaja el Gordo Cabrón.


¿Te suena la historia, amado lector? 

sábado, 21 de febrero de 2026

La cara es el espejo del alma

Puede que la abstracción sea la herramienta más poderosa de un escritor de ficción. Más que la imaginación, con la cual está emparentada en promiscuo concubinato. Más que el lenguaje, que sólo es un vehículo expresivo. Más que una buena biblioteca o, en su versión contemporánea, un buen acceso a Internet, donde buscar documentación solvente. La abstracción está por encima de todas ellas. Si quieres escribir fábulas, debes ser capaz de abstraerte.

abstraer

Del lat. abstrahĕre 'arrastrar lejos', 'apartar, separar'.

1. tr. Separar por medio de una operación intelectual un rasgo o una cualidad de algo para analizarlos aisladamente o considerarlos en su pura esencia o noción. 2. prnl. Concentrarse en los propios pensamientos apartando los sentidos o la mente de la realidad inmediata. 

He tenido oportunidad de volver a recordar este axioma en fecha reciente. Aunque entonces no lo llamé «abstracción», sino llamé «esquizofrenia dialéctica». Y me quedé tan ancho.

Vayamos por pollas, digo por partes, que decía Sasha Grey, digo Jack el destripador. Tenemos que empezar por hacer diversas suposiciones:

Supongamos que eres el autor de un libro de fantasía oscura (grimdark fantasy, lo llaman ahora los insufribles gafapásticos cagapoquitos). Y quiero decir MUY oscura. Oscura como los cojones de un grillo. Como el corazón de un concejal de Urbanismo. Oscura como el pelo del chocho de Riley Reid.

Cuando digo «oscura» estoy hablando de una novela protagonizada por personajes ambiguos y adultos, con preocupaciones complejas, multiestratificadas, contradicciones extremas e, incluso entre los «mejores» de ellos, lapsos morales realmente indigestos. Una novela con tramas entrecruzadas, temáticas ambiciosas, macedonia de géneros (noir, ciencia-ficción, thriller político, fantástico, terror, bélico), erotismo a raudales y violencia explícita, sádica.

No es El señor de los anillos, por oscuros que puedan ser algunos capítulos de ese libro. Ni siquiera es el libro random de fantasía con la típica ambientación falsomedieval que J.R.R. puso de moda y al que se adhieren mayoritariamente incluso los autores más modernos y transgresores del subgénero grimdark: El Gordo Cabrón, John Gwynne, R. Scott Bakker, Steven EricksonAndrzej Sapkowski, Joe Abercrombie, Glen Cook, Mark Lawrence, Robin Hobb... por no olvidar los precursores, como el anarquista Michael Moorcock con libros, autor de clásicos del calibre de El bastón rúnico o la Saga de Elric de Melniboné.


Como te gusta complicarte la vida, o porque has leído demasiada fantasía deplorable escrita con esos códigos (o porque ya intentaste en su día perpetrar tu clon de Tolkien, y te sentiste al menos tan sucio como cuando tu dulce hermanita de catorce años te pilló haciéndote una gayola con el catálogo del Venca), has ambientando tu novela de fantasía oscura en la última década del siglo XX, en un mundo muy parecido al tuyo. Y, porque esas parábolas en blanco y negro, donde los buenos son siempre irreprochables y los malos son peores que la carne del pescuezo, ya no armonizan con tu experiencia adulta del mundo (y probablemente tampoco lo hagan con tus lectores), le has metido a tu experimento de grimdark fantasy contemporáneo personajes más o menos execrables, bizantinas luchas corporativas, bandazos de geopolítica, un inquietante deep state de multimillonarios  narcisistas y psicópatas, unas chispitas de chocolate de mitología, artes marciales, gánsteres, acciones encubiertas de equipos de operaciones especiales y mucha follasión. Y decimos follasión no siempre heterosexual y no siempre entre adultos consentidores.

Síp. Tu libro de «espada y brujería» es, en realidad, un libro de «fusiles de asalto y brujería», de «armas atómicas y brujería», de «opas hostiles y brujería», de «mitología nórdica y brujería». Cómo coño has logrado hacer funcionar eso, o si lo has conseguido siquiera, queda a discreción de los lectores, no a la tuya. Con un poco de suerte, estarán demasiado ocupados buscando la siguiente escena sórdida de POOOOOOOLVAAAAAASOOOO viscoso y denigrante para darse cuenta de que has compuesto un pastiche que no termina de empastar del todo.


Como eres un lector bulímico y tienes un par de neuronas que se hablan entre sí, has notado la característica fundamental del grimdark, que lo diferencia de la fantasía épica tradicional, e intentado incorporarla a tu libro: en las novelas «estilo Tolkien», los héroes siempre hacen lo correcto (o al menos eso es lo que se espera de ellos, tentación de Boromir aparte). En tu novela, los «héroes» hacen lo que pueden, lo que les dejan o lo que no les queda más remedio. Y, a veces, el único curso de acción a su alcance es escoger el menor de dos males. Y descubrir si pueden o no sobrevivir a las consecuencias de su elección. Tolkien es fantasía infantil y adolescente, llena de magia, maravilla y esperanza incluso en la hora más oscura de la Tierra Media desde los tiempos de Morgoth y la caída de Gondolin. Tu libro es fantasía para adultos baqueteados, desencantados y con poca o ninguna fe en el futuro, lectores que necesitan que alguien les diga que lo están haciendo tan bien como pueden, y que tal vez la sospecha de que el mundo conspira contra ellos no está del todo desinformada.


¿Me sigues por ahora, querido lector? Bien.

Ahora supongamos que un día te sientas a diseñar un portafolio gráfico para la novela, el abecedario visual, los códigos plásticos del libro. En principio, empieza como un juego. Dado que tus amigos dibujantes están siempre muy ocupados (y 
todavía estás esperando el último encargo que les hiciste, en 2019), o eso dicen, los cacho cabrones; que tú llevas la tira y los que se andan a gatas sin dibujar sistemáticamente (con lo cual, para desoxidarte, tendrías que empezar prácticamente de cero), echas mano de ChatGPT y, regateo aquí, regateo allá, maquíllate, maquíllate, obtienes un primer diseño de dos de los personajes de tu novela que te deja razonablemente satisfecho.
(Te dices a ti mismo que sólo son bocetos, referencias visuales, material de apoyo para tu novela; pero la tentación de usar el dibujo tal cual es casi irresistible, aunque la idea te hace sentirte un poco sucio, como ver el más reciente vídeo ginecológico de tachán tacháaaaan, a ver si lo adivinas).
Deutschland!

Pero coges vicio. Y te curras algunas imágenes más. Con unos prompts exasperantemente largos, que probablemente justificarían por sí solos el pico en el precio de la memoria RAM, te haces con una pequeña carpeta de dibujos inspirados en los personajes y el universo ficticio de tu novela.

Y llega el momento en que te quieres currar una portada para el libro (bueno, vale, dos; no hay puta manera que ese ladrillo quepa en un único volumen).

Y aquí es donde empieza el problema.

Tomas la imagen original, la de los personajes de tu novela que tanto te gustó. La encuadras en un formato estándar de libro en rústica. Le pones el título. Le pones tu nombre. Y durante un tiempo te sientes muy orgulloso de haberte conocido.

Y luego algo empieza a oler a pañal de abuelo. De abuelo muerto hace doce años.

La portada es preciosa. Tan bonita como los ojos de Alexandra Daddario. Probablemente la única mujer de la historia de la humanidad que ha dicho, alguna vez en su vida, «mis tetas están aquí abajo, lince».
Pero tu, que has escrito la novela, sientes que algo no funciona. Que eso no está bien. Que no es la portada apropiada para la obra que introduce. Que no es una fiel representación del tono, temática y, lo más importante, público objetivo al que está dirigido el libro.

¡Pero joder, qué bonita es esa portada, por Dios! ¡Y qué cachondo te pone! ¡Te pone más cachondo que ver a una lesbiana cortando leña!

¡Pero mierda, qué desasosiego más gordo te embarga cuando intentas reconciliar esa portada tan erotizante con el libro que introduce!

Y entonces se produce la escisión. La abstracción. En una proeza intelectual, divides tu conciencia en dos personajes con objetivos contrapuestos: el escritor y el artista con formación en Bellas Artes e Ilustración, los encierras en una habitación de tu mente y los obligas a dialogar en un ejercicio deliberado de e
squizofrenia dialéctica.

Y, saques algo en limpio o no, en el peor de los casos ya te has currado la nueva entrada del Paratroopers.

En este diálogo escindido, Tú, El Escritor, presentas un pliego de condiciones en el que exiges que las portadas tengan como motivo icónico principal los personajes (ese dibujito hecho con IA del que te sientes tan hipócritamente orgulloso). Y es hasta cierto punto de esperar que así sea. Tú, El Escritor, has pasado años dentro de la cabeza de esos personajes. Te has enamorado de ellos, hasta de los más chungos. Has vivido con ellos sus aventuras, sus decisiones, sus errores y proezas. Y, encima, tienes ese precioso dibujo que, ah, joder, ¡qué sensación tan extraña, tan maravillosamente estimulante, poder mirar por primera vez a los ojos a los hijos de tu imaginación y que ellos, a su vez, te devuelvan la mirada!

Tú, El Ilustrador, escuchas a ese gilipollas largar mamonadas por su sucia boquita y tienes que contenerte las ganas de darle cuatro patadas en la sien y petarle el cacas mientras está en el suelo, llorando y llamando a su puta madre. Así que aprietas el culo y asientes como si un mongólico mientras el imbécil del Escritor enumera todas y cada una de sus «razones» (que en realidad son sólo excusas y justificaciones) para pedirte que pongas en la portada de su libro algo que, como responsable del apartado visual de la novela, sabes perfectamente que NO va a funcionar.

Pero por el momento, tú, El Ilustrador, callas y escuchas. Es mejor dejar a los imbéciles ventilar de una sola vez toda su diarrea mental antes de empezar a explicarles por qué son unos completos retrasados en Diseño Gráfico y promoción editorial.

Así que dejas que el pelotudo del Tú Escritor hable y hable, y mueves la cabeza como un perrete de esos de salpicadero de coche, los de la cabecita loca. No porque le estés dando la razón, al pobre bastardo, sino porque, si no le interrumpes, acabará mucho antes de decir chuminadas.

Y tú, El Escritor, terminas de ponerte cachondo... quiero decir en evidencia, y tú, El Ilustrador, empiezas a hablar. Y empiezas fuerte, para marcar tu territorio:

«Mira, piltrafilla, lo que tú me estás describiendo es la receta de un FRACASO de ventas o una demanda civil colectiva, interpuesta por padres de adolescentes traumatizados, que va a temblar el misterio».

«¿Qué?», dice el Tú Escritor, y el Tú Ilustrador pasa a explicarse.
Mein Herz in Flammen!

Como la literatura, las artes plásticas tienen su propia gramática. Una ilustración de portada transmite un mensaje no ya por la escena que pueda o no pueda representar, sino por el motivo pictórico escogido, la técnica empleada, la composición visual, la posición, color y dirección de la luz, ¡la puta tipografía! Una paleta de colores errónea, un tipo de letra irresponsable, y tu novela ligera sobre un otaku adolescente que desarrolla superpoderes de tanto jugar al Animal Crossing, acabará en El Corte Inglés al lado de los Libros de la sangre de Clive Barker.

«¿Qué?», repite el Tú Escritor.

La representación en portada del cuerpo humano, particularmente de unos veinte años a esta parte, se reserva, con carácter prácticamente exclusivo, para la literatura romántica, la novela histórica y los libros orientados a un público infantil y juvenil; aunque estiremos la etiqueta «juvenil», hasta casi romperla, para que alcance la categoría que en inglés se llama «young adult» (y que abarca una horquilla desde los 12 a los 18-20 años). La fantasía adulta, y tu libro, Escritor, es ADULTO DE LA HOSTIA, ha desplazado el diseño de sus portadas de lo figurativo a lo simbólico, del personaje a lo conceptual. Y hay buenas razones para haberlo hecho así.

(Tú, El Escritor, remueves el culo en el asiento, como si te picasen las lombrices).
En primer lugar, la literatura de «ficción especulativa» (género que engloba la epic fantasy de toda la vida y todos los subgéneros de ciencia-ficción que conozcas, y los que se hayan inventado mientras escribíamos este párrafo) ha perdido por fin el virgo. O sea, la inocencia. Ya no se resigna a ser considerada «literatura de segunda», «escapismo descerebrado», «pienso para pajeros». Por eso el diseño de sus encuadernaciones rechaza la apariencia pulp que caracterizaba el género en los ochenta y noventa, y que no era más que la inercia adquirida por aquellas portadas de la Edad de Oro. El género ya no se resigna a subsistir exclusivamente de lectores adolescentes y juveniles, de modo que opta por reclamos visuales que transmitan tono, prestigio y complejidad, no la enésima pitoflautez con dragones y elfos.

En las portadas modernas de los libros de fantasía adulta (el matiz es importante), la figura humana desaparece, se fragmenta, se abstrae, queda reducida a una silueta o se confina en las ediciones ilustradas o de lujo. Y eso es debido a que la portada, «el alma» del libro, debe hacer, de cara al lector, la promesa de lectura CORRECTA.

Una portada de Grimdark Fantasy con personajes reconocibles, calidad narrativa y literalidad más o menos expresa no está susurrando «grimdark fantasy», sino gritando «¡FANTASÍA LIGERA GENÉRICA! ¡PÚBLICO JUVENIL! ¡ÉPICA CONVENCIONAL! ¡EXPANSIÓN DEL AD&D! ¡TOLKIEN, CÓMEME LOS HUEVOS POR DETRÁS!» e incluso «¡FANART-ARAMA! ¡R.A. SALVATORE! (y hasta las portadas de sus libros han empezado a alejarse del estilo D&D)».

Ahora imagínate, Tú El Escritor, por un momento transmutado en Tú El Lector (esquizofrenia plus), pasando por la sección de novedades de la FNAC y viendo esa portada que tanto te gusta, envolviendo la novela que has escrito. Si eres un lector adulto, del tipo que ya no se pone palote con elfas de rotundas tetas y dragones de duras escamas, pasas de largo y limpias la caché de tu memoria a corto plazo. Si eres un adolescente seboso lleno de acné y que acaba de empezar a hacerse las primeras manuelas, abres el libro... y te abofetean los personajes oscuros, de moralidad dudosa, te salpica la cara la sangre y tripas de las escenas de violencia gráfica, y te chorrean en los ojos los fluidos venéreos de los pasajes de sexo turbio y explícito.

Y devuelves a la estantería ese catálogo de decapitaciones, incesto, asesinatos en masa, ninfomanía, desmembramientos y coito anal. Porque no tienes la edad
que necesitas, ni la vida te ha dejado aún suficientes cicatrices, para procesar una novela con ese bagaje. La portada del libro te ha engañado. Ha defraudado tus expectativas. Te ha anticipado falsamente un tono, temática y lenguaje del que en realidad la novela carece y que NUNCA tuvo intención de ofrecerte. Mientras tanto, el público lector que podría estar interesado en una obra así, pasa DE LARGO sin dedicarle una segunda mirada a esa «nueva mierda para lúsers y pereros».

El problema no es que la figura humana, en portada, expulse al lector adulto (y dañado, y amargado). Es el lenguaje visual, el propósito y naturaleza de esa representación de la figura humana lo que puede desorientar al público al que está destinado tu novela (y especialmente al que NO lo está). Entiendo que tengas la picha hecha un lío, Tú El Escritor, si tu idea de «portada de libro de fantasía» es un bárbaro dibujado por Frank Frazetta o una putaca con bikini de cota de malla firmada por Boris Vallejo. Ya me toca la funda de las bolas tener que ser yo, el Tú Ilustrador, el que te lo diga a ti, el Tú Escritor, pero las poses heroicas, la mirada al lector, la estética de cómic/anime/arte conceptual, transmiten el mensaje «¡Somos los protas! ¡Yuuuuupiiii! ¡Míranos! ¡Mira cómo molamos! ¡Molamos tanto como una peli de Zack Snyder

Y eso no va a hacer que se detengan ante tu libro de fantasía oscura, lucha desesperada contra poderes omnímodos, gobiernos en la sombra y fornicio, los únicos lectores que podrían apreciarlo.

Las portadas de fantasía adulta que todavía recurren a la figura humana no se limitan a recrear escenas y tropos de tu libro favorito de «escoge tu propia aventura». Convierten el cuerpo humano en un icono, cargan las tintas en la atmósfera, diluyendo la identidad y la sensación de «personaje protagonista», procuran evitar los rostros claros o las expresiones. La mayoría del género ha dejado progresiva y preferentemente de lado el estilo figurativo y abrazado el simbolismo visual. Canción de fuego y hielo: blasones, colores planos; la saga de The Witcher, vuelta la espalda (con matices y excepciones, sigue leyendo) al cuerpo humano: iconos, texturas, atmósferas. Joe Abercombie: paisajes desolados, abstracciones, objetos inanimados, tipografías puras. Mark Lawrence: arquitectura, paisajes, claroscuros (de nuevo con salvedades).

«Pero», protestas Tú El Escritor, «la portada debe ser la extensión emocional de la novela. Y la novela reposa por entero sobre los hombros de sus personajes. Situarlos en la portada es el reconocimiento que merecen. Es lo que los hace REALES, más allá de las palabras que los describen».

No, dices Tú El Ilustrador. La portada es la interfaz entre el libro y el mercado. Tú, Escritor, estás pensando en tus personajes. Tú, El Ilustrador, tiene la responsabilidad de pensar en los lectores que aún NO LOS CONOCE. Y esa portada no debe desafiar a los libreros («¿Dónde mierda pongo esto? ¿A quién cojones se lo ofrezco?»), sino encontrar de manera orgánica su lugar en las mesas de novedades, debe ser, y esto es muy importante, ser legible en los thumbnails de Amazon y evocar, sin esfuerzo, otros títulos del mismo género.

«Pero...», protestas Tú, El Escritor.

No hay peros, le interrumpes Tú El Ilustrador, y no he terminado de hablar.

Las portadas pulp de los años 30, 40, 50 y 60, cuya resaca pareces no haber superado, Tú El Escritor, no eran figurativas y vistosas por inmadurez artística de sus artistas o lectores, sino por pura necesidad. Esos libros y revistas se vendían en kioscos (el concepto «librería especializada» es de ayer por la tarde), donde competían por la atención del comprador con otros libros, revistas, cómics y tabloides. El lector tenía segundos para decidir en qué se gastaba sus veinte centavos. Las portadas tenían que contar, con el mínimo esfuerzo, qué-pasa-aquí, de-qué-coño-va-esto, me-va-a-gustar-o-no.

Por eso esas portadas «clásicas» muestran cuerpos humanos, normalmente ideales anatómicos, acción congelada, conflicto escenificado y erotismo implícito o expreso. Un lenguaje visual DE IMPACTO, empleado expresamente para atraer la atención del lector en un entorno saturado de «ruido» sensorial.

La caída del kiosco tradicional coincide con el ascenso del «lector iniciado». El género de ficción especulativa se desplaza a las librerías. Los libros reemplazan a las revistas pulp encuadernadas en papel tan barato que se desintegraban mientras las leías. El comprador ya no es un consumidor ocasional, es un lector fiel que conoce el género, que sabe moverse por la sección de fantasía de la librería, que reconoce el nombre del autor porque está familiarizado con su obra.

En este momento histórico, las portadas del género ya no necesitan ser descriptivas. Es entonces cuando digievolucionan y se convierten en identitarias. La fantasía y la ciencia ficción, que durante décadas han arrastrado el contrapeso de «literatura escapista», «género menor», «entretenimiento para adolescentes», escoge abjurar de sus propios clichés (que, repetimos, surgieron originalmente como herramienta de SUPERVIVENCIA). Abandona a las doncellas en peligro, castra a los guerreros semidesnudos, expulsa a los monstruos lovecraftianos.

¿Y cómo se expresa esa nueva estrategia promocional en las editoriales? Pues adoptando códigos extraídos directamente de las portadas de la novela histórica, la ficción «madura» y el ensayo. El contenido no cambia. Asimov sigue siendo el mismo viejo verde obsesionado con las tetas. Úrsula K. Le Guin aún habla sin tapujos de sexualidad en La mano izquierda de la oscuridad. El contenido es el mismo, es el continente el que ahora reivindica la dignidad de un género que ha dejado de disculparse por existir y conquistado su lugar en el mercado.

Y al género de ficción especulativa, esta transición le pilla en mitad de una zancada. Es notorio el cambio en el estilo visual de las portadas de GRRRR Martin, de la época en que Canción de fuego y hielo era otra obra de nicho, alpiste para incels y gordos gafotas, a la actualidad: las típicas convenciones sentadas por los manuales y novelas de Dragones y Mazmorras son descartadas y reemplazadas por portadas simbólicas. Pura metonimia. Conceptualización más o menos acusada.

Las primeras ediciones de Canción de fuego y hielo heredaron el rico, pero ya caduco, patrimonio visual de D&D. Un imaginario que comunica épica clásica y una orientación juvenil, convencional, que mal conciliaba con una historia con forbidden love entre hermanos, enanos borrachos, cinismo, villanos triunfantes, héroes pánfilos, borracheras, nihilismo expreso, zombis, tetas, diarrea, bodas rojas, torturas, putas y puñaladas traperas.

Las ediciones más recientes de la serie (que probablemente nunca veremos terminada, por razones analizadas aquí), parten de un pool de lectores que ya sabe quién es el Gordo Cabrón (bien porque conocen sus libros, bien porque han visto la serie de televisión, de temporada final tan dolorosamente decepcionante) y de qué va esto de las tetas y los dragones. Por eso los ilustradores de las portadas de las reediciones abandonan el personaje y priorizan el mundo, el sistema, el conflicto, en un mundo donde los protagonistas están trabados en una mezquina lucha por el poder (mientras crece en la sombra la verdadera amenaza que todos deberían unirse para combatir).

El huargo de los Stark, el ciervo de los Baratheon, el dragón de los Targaryen, no son dibujos bonitos, son condensadores semánticos. Iconografía identitaria. Y funcionan como atractores visuales e identificadores de marca porque, a la par que se producía la evolución del género, también han crecido y madurado sus lectores. El lector contemporáneo ha visto cine de ciencia ficción y fantasía, ha leído cómics, ha jugado a videojuegos, reconoce los tropos del género y está familiarizado con el hedor a cliché. Porque en ficción especulativa, como en todo lo demás, la mayor parte de lo que se escribe es mierda. Y quiero decir mierda con marcianos, elfos, viajes a la velocidad de la luz y dragones, que es la peor clase de mierda imaginable.

Ese lector contemporáneo sabe lo que promete una portada figurativa: liviandad, personajes irreprochables y monolíticos, villanos estereotipados, suspense de plastilina, moralina más o menos evidente. Y también ha aprendido a identificar lo que se oculta tras una portada simbólica: un worldbuilding rico y profundo, personajes ambiguos y complejos (es decir humanos), superposición de capas narrativas y temas adultos, un texto que RESISTE la relectura, que NO SE AGOTA en la superficie.

La competencia con otros productos culturales ha aportado su granito de arena a esta decadencia de la ilustración figurativa. Los principales rivales del libro son el cómic y, por encima de todo y casi exclusivamente, el cine y las series de televisión. La novela adulta (quitamos aquí los epítetos, porque es una norma universalmente válida) no se beneficia intentando conquistar la atención del público de HBO, no debe cometer el error de perseguir las cifras del nuevo título del MCU, porque si entra a ese campo de juego, si acepta sus reglas, inevitablemente PERDERÁ.

Dos o más personajes en portada, haciendo posturitas y poniendo cara de aguantarse un pedo choricero, no conseguirán que tus posibles lectores saquen los hocicos de sus teléfonos móviles.

El símbolo, el icono en portada, renuncia a esa batalla, perdida de antemano. Desplaza la atención del lector a un plano diferente, donde puede competir con dignidad y posibilidades de victoria contra sus declarados enemigos. Promete complicidad intelectual, profundidad filosófica, recompensa al tiempo invertido en su lectura.

Algo que los medios audiovisuales raras veces pueden ofrecer y nunca igualar.

«Bueno«, dices Tú El Escritor, «pero la edición de Orbit de 2025 de la saga de Geralt de Rivia vuelve a tener personajes en portada».

Algunas ediciones. Algunas ediciones, amigo Escritor. Las encuadernaciones de Orbit para las novelas de El Brujero no descalifican mi tesis, sino que la ratifican al materializar perfectamente esa tensión entre el antiguo y el nuevo lenguaje visual. Y, precisamente, la saga de Geralt de Rivia no puede tomarse como referente porque Gerardo El Magias es una IP consolidada, conocida por el espectador y el lector promedios, que ya están al corriente de su carácter adulto, oscuro, trágico.

Geralt, Yennefer, Ciri, Triss Merigold, no son personajes nuevos que tengan que encontrar su hueco; a estas alturas de la película ya son PUTOS iconos pop y arquetipos culturales. Además, en Orbit no han «recaído» en la estética pulp ni intentado rescatar del olvido los muñegotes de libro de Timun Mas. Sus portadas figurativas son atmosféricas, melancólicas, de un estilismo frío, escultórico. Y ese argumento es más o menos extensivo, por no individualizar, a casi todas las demás portadas figurativas de fantasía adulta que nos puedas tirar a la cara (algunos ejemplos de las cuales ilustran la presente entrada). En casi todos los mercados, en casi todos los idiomas.

Las portadas de Orbit para The Witcher no dicen, «volvemos a los años 60», dicen, «podemos hacer lo que nos salga de la polla porque The Witcher es marca».

El papel del artista de portada no es hacer concesiones al autor, es traducir su novela a un lenguaje legible, que comunique la impresión apropiada y sea fiel al contenido del libro. Que atraiga al lector correcto. Y eso se logra mediante una composición adecuada, un código cromático acorde al tono, atmósfera, historia de la novela y público al que va orientado. El ilustrador de portada puede y debe, o no estaría HACIENDO SU TRABAJO, convertir el INFIERNO de una novela (sobre todo una tan larga y enrevesada como ésta), en un símbolo sofisticado, en un sistema visual que transmita la información correcta al lector correcto.

Y eso no pasa por plegarse a todos los deseos del Tú Escritor.

El Tú Escritor ya ha hecho lo más difícil: escribir el libro.

El Tú Ilustrador tiene ahora por delante una misión no menos esforzada y afanosa: PROTEGER el libro. Convertir tu exuberante universo imaginario en concepto. Crear UNA marca reconocible. Establecer de manera inequívoca el tono y temperamento de la novela. Garantizar en portada una unidad conceptual y una lectura clara que permitan, sin vacilaciones, una muy necesaria DIFERENCIACIÓN de género (literario, no gilipóllico). Respetar la complejidad del libro sin convertir su cubierta en «ruido blanco» incomprensible. Lograr que la tapa sea una puerta que el lector esté deseando cruzar, no un póster de habitación de estudiante universitario que se arruga y tira a la basura después de los exámenes de junio.

Por eso, Tú El Escritor, cuando se trate de cuestiones de diseño de portada, o de cualquier otro tipo de recurso visual, deberías callarte la PUTA BOCA y dejarle ese trabajo al Tú Ilustrador. Zapatero a tus zapatos.

«¿Y... crees que estarás a la altura del desafío, o que podrás encontrar a alguien que lo esté?»

Creo que ya hemos llegado al final de la entrada de esta quincena. Y que en realidad no importa lo que haga o deje de hacer, porque tu libro, como casi todos los libros, probablemente no sea más que una mierda.
(Aquí entramos en ESQUIZOFRENIA MODE [OFF] y recuperamos la unicidad de nuestro ser).